24 enero 2021

Inconformista es el que quiere un mundo mejor empezando por uno mismo

Juan Luis Selma


Convertirse, recuperar la identidad, sacar lo mejor de uno, es labor parecida a la del agricultor

El sábado estuve en el campo de unos amigos, aprovechamos para podar una parra y un viejo manzano que estaba tan abandonado, invadido por una hiedra que lo asfixiaba, que apenas se adivinaba lo que era. Tuvimos que emplearnos a fondo con el hacha y la podadera, se llevó más de un golpe, pero en primavera florecerá y dará unas manzanas espléndidas. Habrá recuperado su ser. La vida nos va llenando de aditamentos, se nos pegan muchas cosas −sobre todo lo cómodo y lo fácil−, nos cansamos de luchar, nos desanimamos. Vamos abandonando los ideales, los sueños, los principios ante los obstáculos, cuesta ser constantes en el esfuerzo. Dejamos las cosas para mañana, después nos justificamos diciendo que no hay que exagerar, y poco a poco, vamos perdiendo el norte, la identidad. Nos pasa lo del viejo manzano, ya no se sabe lo que somos, sobrevivimos a duras penas.

Nos dice Jesús: “El tiempo se ha cumplido y el Reino de Dios está al llegar; convertíos y creed en el Evangelio”. La primera predicación es la llamada a la conversión. El diccionario de la RAE dice que convertir es: “hacer que alguien o algo se transforme en algo distinto de lo que era”. Esto no es exactamente lo que nos pide el Maestro, convertirse es más bien redescubrir lo que somos, abandonar los disfraces, los mimetismos que tanto nos gustan y ser lo que somos. Recuperar nuestra identidad y grandeza. Nos gustaría que la sociedad fuera más justa, que los gobernantes buscaran el bien común, que se cuidara la naturaleza. Queremos que respeten nuestra libertad, que nos traten con amor… todo esto está muy bien. Pues comencemos por el principio, por nosotros mismos.

Una señora conversando con su amiga le decía que estaba contenta, veía a su marido mejor: más cariñoso y cercano; a su hijo más centrado y responsable; incluso la niña era menos contestona… entonces le dijo la amiga: “desengáñate, la que estás cambiando eres tú, por eso lo ves todo mejor”. Las dos tenían razón, la mejoría de uno crea un clímax que hace mejores a los demás: miramos con comprensión, con cariño, damos buen ejemplo y esto hace crecer.

Convertirse, recuperar la propia identidad, sacar lo mejor de uno mismo, es labor parecida a la del agricultor. Necesita trabajo, esfuerzo, lucha. Y también ayuda, solos no podemos. El consejo de un experto, el ánimo de un ser querido, la compañía del amigo ayuda mucho. Para un cristiano la oración y la frecuencia de los sacramentos, especialmente la confesión y la eucaristía son imprescindibles. También el buen ejemplo ayuda: si otros lo consiguen, también yo.

Podemos crear algo similar a las reservas: ambientes adecuados para salvar “al lince”. Reductos de humanidad, de grandeza y belleza donde guarecer la especie más vulnerable y desprotegida: la humana. Y ese entorno es la familia. En ella aprendemos a querer, a convivir, a darnos a los demás. Es una escuela de humanidad donde se nos enseña a compartir, a tener en cuenta las necesidades del otro, a corregir nuestros egoísmos. Un ambiente formativo donde se quitan las malas hierbas, se poda y se abona, se está atento a las plagas que pueden acabar con la plantita. No todo es bonito, suave, agradable. Hay que luchar contra las malas pasiones, contra las tendencias egoístas y torcidas que se nos cuelan.

Estamos un poco hartos del covid-19, tensos y quizás desesperados. Es un buen momento para poner buena cara, para “hacer de tripas corazón”, para agudizar el ingenio y buscar soluciones. Para vivir la contrariedad con grandeza, para aportar. Tiempo de acompañar a los que lo pasan mal, de olvidarnos de nosotros y pensar en los enfermos, los parados, los que están solos. Momento de apoyarnos en Dios, del que sacamos la fuerza.

Tiempo de renovarnos, de cambiar, de mirar hacia arriba. “Para crecer también es fundamental ser capaces de dejar atrás el pasado” (Mariolina Ceriotti). Tiempo de inconformistas que saben que pueden dar más, que pueden ser más auténticos, humanos, de dejar atrás las malas experiencias, de perdonar y de pedir perdón.


Juan Luis Selma, en eldiadecordoba.es

‘Ven y lo verás’ (Jn 1,46). Comunicar encontrando a las personas donde están y como son

Mensaje del Papa para la 55ª Jornada Mundial de las Comunicaciones Sociales 2021


Queridos hermanos y hermanas:

La invitación a “ir y ver” que acompaña los primeros y emocionantes encuentros de Jesús con los discípulos, es también el método de toda comunicación humana auténtica. Para poder relatar la verdad de la vida que se hace historia (cfr. Mensaje para la 54ª Jornada Mundial de las Comunicaciones Sociales, 24-I-2020) es necesario salir de la cómoda presunción del “como es ya sabido” y ponerse en marcha, ir a ver, estar con las personas, escucharlas, recoger las sugestiones de la realidad, que siempre nos sorprenderá en cualquier aspecto. «Abre pasmosamente tus ojos a lo que veas y deja que se te llene de sabia y frescura el cuenco de las manos, para que los otros puedan tocar ese milagro de la vida palpitante cuando te lean», aconsejaba el beato Manuel Lozano Garrido[1] a sus compañeros periodistas. Deseo, por lo tanto, dedicar el Mensaje de este año a la llamada a “ir y ver”, como sugerencia para toda expresión comunicativa que quiera ser límpida y honesta: en la redacción de un periódico como en el mundo de la web, en la predicación ordinaria de la Iglesia como en la comunicación política o social. “Ven y lo verás” es el modo con el que se ha comunicado la fe cristiana, a partir de los primeros encuentros en las orillas del río Jordán y del lago de Galilea.


Desgastar las suelas de los zapatos

Pensemos en el gran tema de la información. Opiniones atentas se lamentan desde hace tiempo del riesgo de un aplanamiento en los “periódicos fotocopia” o en los noticieros de radio y televisión y páginas web que son sustancialmente iguales, donde el género de la investigación y del reportaje pierden espacio y calidad en beneficio de una información preconfeccionada, “de palacio”, autorreferencial, que es cada vez menos capaz de interceptar la verdad de las cosas y la vida concreta de las personas, y ya no sabe recoger ni los fenómenos sociales más graves ni las energías positivas que emanan de las bases de la sociedad. La crisis del sector editorial puede llevar a una información construida en las redacciones, frente al ordenador, en los terminales de las agencias, en las redes sociales, sin salir nunca a la calle, sin “desgastar las suelas de los zapatos”, sin encontrar a las personas para buscar historias o verificar de visu ciertas situaciones. Si no nos abrimos al encuentro, permaneceremos como espectadores externos, a pesar de las innovaciones tecnológicas que tienen la capacidad de ponernos frente a una realidad aumentada en la que nos parece estar inmersos. Cada instrumento es útil y valioso sólo si nos empuja a ir y a ver la realidad que de otra manera no sabríamos, si pone en red conocimientos que de otro modo no circularían, si permite encuentros que de otra forma no se producirían.

Esos detalles de crónica en el Evangelio

A los primeros discípulos que quieren conocerlo, después del bautismo en el río Jordán, Jesús les responde: «Venid y lo veréis» (Jn 1,39), invitándolos a vivir su relación con Él. Más de medio siglo después, cuando Juan, muy anciano, escribe su Evangelio, recuerda algunos detalles “de crónica” que revelan su presencia en el lugar y el impacto que aquella experiencia tuvo en su vida: «Era como la hora décima», anota, es decir, las cuatro de la tarde (cfr. v. 39). El día después −relata de nuevo Juan− Felipe comunica a Natanael el encuentro con el Mesías. Su amigo es escéptico: «¿Acaso de Nazaret puede salir algo bueno?». Felipe no trata de convencerlo con razonamientos: «Ven y lo verás», le dice (cfr. vv. 45-46). Natanael va y ve, y desde aquel momento su vida cambia. La fe cristiana inicia así. Y se comunica así: como un conocimiento directo, nacido de la experiencia, no de oídas. «Ya no creemos por lo que tú nos dijiste, sino porque nosotros mismos lo hemos oído», dice la gente a la Samaritana, después de que Jesús se detuvo en su pueblo (cfr. Jn 4,39-42). El “ven y lo verás” es el método más sencillo para conocer una realidad. Es la verificación más honesta de todo anuncio, porque para conocer es necesario encontrar, permitir que aquel que tengo de frente me hable, dejar que su testimonio me alcance.

Gracias a la valentía de tantos periodistas

También el periodismo, como relato de la realidad, requiere la capacidad de ir allá donde nadie va: un movimiento y un deseo de ver. Una curiosidad, una apertura, una pasión. Gracias a la valentía y al compromiso de tantos profesionales −periodistas, camarógrafos, montadores, directores que a menudo trabajan corriendo grandes riesgos− hoy conocemos, por ejemplo, las difíciles condiciones de las minorías perseguidas en varias partes del mundo; los innumerables abusos e injusticias contra los pobres y contra la creación que se han denunciado; las muchas guerras olvidadas que se han contado. Sería una pérdida no sólo para la información, sino para toda la sociedad y para la democracia si estas voces desaparecieran: un empobrecimiento para nuestra humanidad.

Numerosas realidades del planeta, más aún en este tiempo de pandemia, dirigen al mundo de la comunicación la invitación a “ir y ver”. Existe el riesgo de contar la pandemia, y cada crisis, sólo desde los ojos del mundo más rico, de tener una “doble contabilidad”. Pensemos en la cuestión de las vacunas, como en los cuidados médicos en general, en el riesgo de exclusión de las poblaciones más indigentes. ¿Quién nos hablará de la espera de curación en los pueblos más pobres de Asia, de América Latina y de África? Así, las diferencias sociales y económicas a nivel planetario corren el riesgo de marcar el orden de la distribución de las vacunas contra el COVID. Con los pobres siempre como los últimos y el derecho a la salud para todos, afirmado como un principio, vaciado de su valor real. Pero también en el mundo de los más afortunados el drama social de las familias que han caído rápidamente en la pobreza queda en gran parte escondido: hieren y no son noticia las personas que, venciendo a la vergüenza, hacen cola delante de los centros de Cáritas para recibir un paquete de alimentos.

Oportunidades e insidias en la web

La red, con sus innumerables expresiones sociales, puede multiplicar la capacidad de contar y de compartir: tantos ojos más abiertos sobre el mundo, un flujo continuo de imágenes y testimonios. La tecnología digital nos da la posibilidad de una información de primera mano y oportuna, a veces muy útil: pensemos en ciertas emergencias con ocasión de las cuales las primeras noticias y también las primeras comunicaciones de servicio a las poblaciones viajan precisamente en la web. Es un instrumento formidable, que nos responsabiliza a todos como usuarios y como consumidores. Potencialmente todos podemos convertirnos en testigos de eventos que de otra forma los medios tradicionales pasarían por alto, dar nuestra contribución civil, hacer que emerjan más historias, también positivas. Gracias a la red tenemos la posibilidad de relatar lo que vemos, lo que sucede frente a nuestros ojos, de compartir testimonios.

Pero ya se han vuelto evidentes para todos también los riesgos de una comunicación social carente de controles. Hemos descubierto, ya desde hace tiempo, cómo las noticias y las imágenes son fáciles de manipular, por miles de motivos, a veces sólo por un banal narcisismo. Esta conciencia crítica empuja no a demonizar el instrumento, sino a una mayor capacidad de discernimiento y a un sentido de la responsabilidad más maduro, tanto cuando se difunden, como cuando se reciben los contenidos. Todos somos responsables de la comunicación que hacemos, de las informaciones que damos, del control que juntos podemos ejercer sobre las noticias falsas, desenmascarándolas. Todos estamos llamados a ser testigos de la verdad: a ir, ver y compartir.

Nada reemplaza el hecho de ver en persona

En la comunicación, nada puede sustituir completamente el hecho de ver en persona. Algunas cosas se pueden aprender sólo con la experiencia. No se comunica, de hecho, solamente con las palabras, sino con los ojos, con el tono de la voz, con los gestos. La fuerte atracción que ejercía Jesús en quienes lo encontraban dependía de la verdad de su predicación, pero la eficacia de lo que decía era inseparable de su mirada, de sus actitudes y también de sus silencios. Los discípulos no escuchaban sólo sus palabras, lo miraban hablar. De hecho, en Él −el Logos encarnado− la Palabra se hizo Rostro, el Dios invisible se dejó ver, oír y tocar, como escribe el propio Juan (cfr. 1Jn 1,1-3). La palabra es eficaz solamente si se “ve”, sólo si te involucra en una experiencia, en un diálogo. Por este motivo el “ven y lo verás” era y es esencial.

Pensemos en cuánta elocuencia vacía abunda también en nuestro tiempo, en cualquier ámbito de la vida pública, tanto en el comercio como en la política. «Sabe hablar sin cesar y no decir nada. Sus razones son dos granos de trigo en dos fanegas de paja. Se debe buscar todo el día para encontrarlos y cuando se encuentran, no valen la pena de la búsqueda»[2]. Las palabras mordaces del dramaturgo inglés también valen para nuestros comunicadores cristianos. La buena nueva del Evangelio se difundió en el mundo gracias a los encuentros de persona a persona, de corazón a corazón. Hombres y mujeres que aceptaron la misma invitación: “Ven y lo verás”, y quedaron impresionados por el “plus” de humanidad que se transparentaba en su mirada, en la palabra y en los gestos de personas que daban testimonio de Jesucristo. Todos los instrumentos son importantes y aquel gran comunicador que se llamaba Pablo de Tarso hubiera utilizado el correo electrónico y los mensajes de las redes sociales; pero fue su fe, su esperanza y su caridad lo que impresionó a los contemporáneos que lo escucharon predicar y tuvieron la fortuna de pasar tiempo con él, de verlo durante una asamblea o en una charla individual. Verificaban, viéndolo en acción en los lugares en los que se encontraba, lo verdadero y fructuoso que era para la vida el anuncio de salvación del que era portador por la gracia de Dios. Y también allá donde este colaborador de Dios no podía ser encontrado en persona, su modo de vivir en Cristo fue atestiguado por los discípulos que enviaba (cfr. 1Co 4,17).

«En nuestras manos hay libros, en nuestros ojos hechos», afirmaba san Agustín[3] exhortando a encontrar en la realidad el cumplimiento de las profecías presentes en las Sagradas Escrituras. Así, el Evangelio se repite hoy cada vez que recibimos el testimonio límpido de personas cuya vida ha cambiado por el encuentro con Jesús. Desde hace más de dos mil años es una cadena de encuentros la que comunica la fascinación de la aventura cristiana. El desafío que nos espera es, por lo tanto, el de comunicar encontrando a las personas donde están y como son.

Señor, enséñanos a salir de nosotros mismos,
y a encaminarnos hacia la búsqueda de la verdad.

Enséñanos a ir y ver,
enséñanos a escuchar,
a no cultivar prejuicios,
a no sacar conclusiones apresuradas.

Enséñanos a ir allá donde nadie quiere ir,
a tomarnos el tiempo para entender,
a prestar atención a lo esencial,
a no dejarnos distraer por lo superfluo,
a distinguir la apariencia engañosa de la verdad.

Danos la gracia de reconocer tus moradas en el mundo
y la honestidad de contar lo que hemos visto.

Roma, San Juan de Letrán, 23 de enero de 2021, Vigilia de la Memoria de San Francisco de Sales.

Francisco

23 enero 2021

Pescadores de hombres

Domingo 3ª semana tiempo ordinario

 - Ciclo B -


"Seguidme y haré que seáis pescadores de hombres"

Si, como aquellos hombres, escuchamos su llamada y nos decidimos a seguirlo sin condiciones, también se abrirán en nuestra vida nuevos horizontes que la hacen maravillosa y divina, al llenar de sentido toda nuestra existencia.


Evangelio (Mc 1,14-20)

Después de haber sido apresado Juan, vino Jesús a Galilea predicando el Evangelio de Dios, y diciendo:

− El tiempo se ha cumplido y el Reino de Dios está al llegar; convertíos y creed en el Evangelio.

Y, mientras pasaba junto al mar de Galilea, vio a Simón y a Andrés, el hermano de Simón, que echaban las redes en el mar, pues eran pescadores. Y les dijo Jesús:

− Seguidme y haré que seáis pescadores de hombres.

Y, al momento, dejaron las redes y le siguieron. Y pasando un poco más adelante, vio a Santiago el de Zebedeo y a Juan, su hermano, que estaban en la barca remendando las redes; y enseguida los llamó. Y dejaron a su padre Zebedeo en la barca con los jornaleros y se fueron tras él.


Comentario

Después del bautismo en el Jordán y de haber vencido las tentaciones en el desierto, sobre lo que hemos meditado en los domingos anteriores, Jesús se dirige ahora a Galilea y se instala en Cafarnaún, una población situada junto al lago de Genesaret. Era un pueblo de pescadores, agricultores y comerciantes lleno de actividad, en donde confluían judíos y paganos, gentes de toda procedencia. El mensaje que vino a predicar no estaba dirigido a un grupo cerrado de seguidores, sino que es para todos, para la gente corriente que vive y se afana en las tareas ordinarias.

En este pasaje del Evangelio, con el que Marcos comienza la narración de la vida pública del Maestro, se sintetizan dos rasgos fundamentales del mensaje y de la actividad de Jesús.

Primero, presenta un resumen del contenido esencial de su predicación: “el Reino de Dios está al llegar; convertíos y creed en el Evangelio” (v. 15). La conversión supone un cambio de orientación. Implica un apartamiento del pecado para mirar derechamente hacia la meta a la que todos estamos llamados, que es la bienaventuranza en el reino de los Cielos. Pero es también, una actitud de inconformismo con lo que se viene haciendo rutinariamente, pero se puede hacer mejor, o de otro modo que rinda más frutos. Cuando se escucha esta llamada de Jesús a convertirse, algo comienza a cambiar en la propia vida. Así lo experimentaron Simón y Andrés, Santiago y Juan.

En segundo lugar, con la invitación a quienes serían sus primeros discípulos para que lo siguieran (vv. 16-20), Jesús pone en marcha su Iglesia apoyada en unos hombres sencillos y corrientes, a los que constituiría en Apóstoles. De ellos y de sus sucesores se servirá para actualizar continuamente la llamada universal a la conversión y a la penitencia que abre camino al Reino de los Cielos.

Aquellos hombres estaban afanados en sus tareas diarias, eran pescadores, cuando Jesús les abrió unos horizontes insospechados y ellos lo siguieron con prontitud. Hasta entonces su trabajo consistía en echar las redes, lavarlas, arreglarlas para que se mantuviesen siempre a punto, vender el pescado… Pero el Señor les hace ver que, sin dejar su profesión, ahora los espera otra pesca. Su gran aventura comenzó con un sencillo encuentro, aparentemente casual. Desde el momento en que se abrieron a Jesús y fueron generosos para cambiar de rutinas y emprender su seguimiento, también ellos comenzaron a tener un conocimiento directo del Maestro. No los estaba llamando a ser meros anunciadores de una doctrina, sino amigos íntimos y testigos de su persona. Con ese anzuelo, en adelante serían “pescadores de hombres” (v. 17).

La escena se repite en la vida de cada uno de nosotros, si, como ellos, escuchamos su llamada y nos decidimos a seguirlo sin condiciones. También se nos abre una nueva dimensión, maravillosa, divina, que llena de contenido y sentido toda nuestra existencia. “Jesús nos quiere despiertos -decía San Josemaría-, para que nos convenzamos de la grandeza de su poder, y para que oigamos nuevamente su promesa: venite post me, et faciam vos fieri piscatores hominum, si me seguís, os haré pescadores de hombres; seréis eficaces, y atraeréis las almas hacia Dios. Debemos confiar, por tanto, en esas palabras del Señor: meterse en la barca, empuñar los remos, izar las velas, y lanzarse a ese mar del mundo que Cristo nos entrega como heredad. Duc in altum et laxate retia vestra in capturam!: bogad mar adentro, y echad vuestras redes para pescar”


Fuente: opusdei.org

22 enero 2021

Transformación social y conversión personal

 Rafael María de Balbín

Toda persona humana se perfecciona en sociedad y con ayuda de la sociedad 

Influye en su entorno y por él es influida. Por eso no sería suficiente con que alguien viviera con rectitud, de un modo individualista. Debe proyectar sus convicciones e ideales hacia los demás, en su afán también de ayudarles. Y como nadie da lo que no tiene, su actuación no sería honesta si no es consecuente, poniendo por obra en su propia vida aquello que pretende comunicar y aun exigir a los demás. De lo contrario se produciría una auténtica hipocresía moral.

Y así debe procurar cada quien una justa jerarquía de valores a la hora de la actuación personal, y de ese modo contribuir a la ordenación de la sociedad. Debe subordinar las dimensiones «materiales e instintivas» a las «interiores y espirituales» (San Juan Pablo II. Enc. Centesimus annus, n. 36). Esta consideración es válida para cada persona, para la educación de los hijos en el seno de la familia, para la orientación de los planes y actividades en un marco societario más amplio.

Recordemos a este respecto lo que señalaba San Juan XXIII, a propósito de los valores morales que deben imperar en la sociedad: “La sociedad humana (...) tiene que ser considerada, ante todo, como una realidad de orden principalmente espiritual: que impulse a los hombres, iluminados por la verdad, a comunicarse entre sí los más diversos conocimientos; a defender sus derechos y cumplir sus deberes; a desear los bienes del espíritu; a disfrutar en común del justo placer de la belleza en todas sus manifestaciones; a sentirse inclinados continuamente a compartir con los demás lo mejor de sí mismos; a asimilar con afán, en provecho propio, los bienes espirituales del prójimo. Todos estos valores informan y, al mismo tiempo, dirigen las manifestaciones de la cultura, de la economía, de la convivencia social, del progreso y del orden político, del ordenamiento jurídico y, finalmente, de cuantos elementos constituyen la expresión externa de la comunidad humana en su incesante desarrollo” (Enc. Pacem in terris, n. 36).

A nivel personal y social debe ser respetado cuidadosamente el orden de los medios y de los fines, de tal manera que se otorgue primacía a los valores de la verdad y del bien correspondientes al espíritu humano, antes que a los simples medios materiales de utilidad o de disfrute. Si se otorga a estos últimos la categoría de fin último, hay una visión reductiva de la grandeza y de las posibilidades del hombre y se llega “a considerar a las personas como puros medios para un fin”. Esta inversión “engendra estructuras injustas que «hacen ardua y prácticamente imposible una conducta cristiana, conforme a los mandamientos del Legislador Divino» (Pio XIIDiscurso 1-VI-1941)” (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1887).

No hay que olvidar que el verdadero protagonista de la vida social es el hombre. El comportamiento de cada persona tiene siempre una incidencia social, particularmente en aquellos que detentan una mayor relevancia o tienen una mayor capacidad de convocatoria. Si queremos mejorar la sociedad en que vivimos y prestar a los demás nuestra colaboración y ayuda, conviene que comencemos por nosotros mismos, aplicándonos aquellos remedios que juzgamos necesarios para nuestros conciudadanos. “Es preciso entonces apelar a las capacidades espirituales y morales de la persona y a la exigencia permanente de su conversión interior para obtener cambios sociales que estén realmente a su servicio. La prioridad reconocida a la conversión del corazón no elimina en modo alguno, sino, al contrario, impone la obligación de introducir en las instituciones y condiciones de vida, cuando inducen al pecado, las mejoras convenientes para que aquéllas se conformen a las normas de la justicia y favorezcan el bien en lugar de oponerse a él” (Catecismo..., n. 1888).

El principal obstáculo con que nos encontramos, a la hora de influir positivamente en el entorno social, es el arraigado egoísmo que existe en nosotros, camuflado por nuestra falta de amor a la verdad cuando ésta significa una mayor exigencia personal. Hace falta pedir el auxilio de la gracia divina, sin la cual no sabríamos “acertar con el sendero a veces estrecho entre la mezquindad que cede al mal y la violencia que, creyendo ilusoriamente combatirlo, lo agrava” (Enc. Centesimus annus, n. 25).

Sólo una generosa solicitud por el bien de las demás personas puede lograr que el afán de mejoras sociales desemboque también en un mejoramiento de la propia conducta. “Es el camino de la caridad, es decir, del amor de Dios y del prójimo. La caridad representa el mayor mandamiento social. Respeta al otro y sus derechos. Exige la práctica de la justicia y es la única que nos hace capaces de ésta. Inspira una vida de entrega de sí mismo” (Catecismo..., n. 1889).

Rafael María de Balbín

21 enero 2021

“Donde está vuestro tesoro...” (Lc 12, 34)

 Josep Boira


Jesús se dirige a sus discípulos invitándoles a no estar preocupados por las necesidades materiales, pues la vida vale más que todo eso, y Dios cuida de sus criaturas

“Porque donde está vuestro tesoro, allí estará vuestro corazón”. Con esta sabia frase concluye Jesús unas palabras dirigidas a sus discípulos con las que les invita al abandono en la Providencia de Dios. La enseñanza ha sido provocada por uno de entre la multitud que pide al Maestro que le haga justicia, porque su hermano no quiere repartir con él la herencia. Parece que ese hermano, quizá el mayor de los dos, prefería seguir la común usanza en Israel de que la herencia paterna no se dividiera, sino que se compartiera a modo de fondo común. Pero también existía la posibilidad, quizá no muy bien vista, de que uno de los hijos pudiera pedir la separación de bienes, como se refleja en la parábola del hijo pródigo (cfr. Lc 15, 12). Pero Jesús no quiere ponerse como árbitro de la causa: “Hombre, ¿quién me ha constituido juez o encargado de repartir entre vosotros?” (v. 14). Luego, le previene del peligro de dejarse llevar por la “avaricia” (v. 15). Sería además una actitud necia, tal como el Maestro expone en la parábola conocida como del “rico insensato” (Lc 12, 16-21), que piensa que su vida depende solo de la abundancia de sus bienes. “Por eso” (v. 22), Jesús se dirige luego a sus discípulos invitándoles a no estar preocupados por las necesidades materiales, pues la vida vale más que todo eso, y Dios cuida de sus criaturas. La preocupación, o más bien, la búsqueda (v. 31) hay que ponerla en otra herencia, la del Reino de Dios, un tesoro incomparable con el de los bienes materiales.


La avaricia

Este término (en gr. πλεονεξία) está muy atestiguado en el Nuevo Testamento, sobre todo en las epístolas paulinas (Rm 1, 29; Ef 4, 19; 5, 3; 2Co 9, 5; 1Ts 2, 5; también en 2P 2, 3.14). En Col 3, 5 se dice de ella “que es una idolatría”. Usando otra palabra prácticamente sinónima (literalmente, “amor al dinero”, en gr. φιλαργυρία) San Pablo dice que la avaricia “es la raíz de todos los males” (1Tim 6, 10).

Los sabios del Antiguo Testamento ya habían advertido de lo absurdo de esta actitud. Así, por ejemplo, el Sirácida nos dijo ya exactamente lo mismo que Jesús expuso en la parábola: “Hay quien es rico a fuerza de cuidado y ahorros, y en ello consiste su recompensa; mientras tanto dice: ‘Ya puedo descansar, ahora comeré de mis bienes’. Pero no sabe cuánto tiempo pasará hasta que muera; porque se morirá y dejará todo a los otros” (Si 11, 18-20). Casi un calco lo tenemos en Qohélet: “Me parecen aborrecibles todos los trabajos que hago bajo el sol, pues sus ganancias tendré que dejarlas a quien me suceda” (Qo 2, 18). Los profetas no ahorraron esfuerzos por erradicar esta nefasta actitud, especialmente Amós, (8, 4-6; 2, 6); y de modo implacable, cuando los codiciosos eran autoridades: jefes, profetas y sacerdotes (Is, 56, 11; Mi 3, 11, Jr 8, 10).

Jesús insiste en lo mismo. Un hombre que atesora muchos bienes en esta tierra con la intención de disfrutar de ellos indefinidamente ha olvidado lo más básico: que su vida no está en sus manos, y eso le sitúa en una posición ridícula: todo lo que ha atesorado lo disfrutará otro. Realmente, merece el calificativo de “necio” (v. 20, en gr. ἄφρων, es decir, alguien que ha perdido la razón).


El tesoro

La consiguiente invitación a confiar en la providencia se convierte en una mirada de asombro hacia todo lo creado, de lo cual el hombre es lo más valioso, y Dios su artífice, que vela por sus criaturas de modo maravilloso. Por tanto, no es propio de un discípulo de Jesús inquietarse por las necesidades materiales del mañana. Realmente, son necesidades: “Sabe vuestro Dios que estáis necesitados de ellas” (v. 30). Hay que verlas como recibidas de nuestro Padre Dios, con agradecimiento, y descubrir que Dios es providente en todas las cosas, también en lo material.

Esa actitud contemplativa y agradecida hacia lo creado permite focalizar la verdadera inquietud, la urgente búsqueda personal, el objetivo que uno puede perder: el Reino de Dios. Lo otro llega como un añadido. Jesús expresa esto con unas palabras que brotan de lo más hondo de su corazón, como dando voz a los deseos más profundos de su Padre Dios respecto a los discípulos: “No temáis, pequeño rebaño, porque vuestro Padre ha tenido a bien daros el reino. Vended vuestros bienes y dad limosna. Haceos bolsas que no envejecen, un tesoro que no se agota en el cielo, donde el ladrón no llega ni la polilla corroe. Porque donde está vuestro tesoro, allí estará también vuestro corazón” (vv. 32-34).

El pueblo de Israel conocía estas enseñanzas, aunque, por la pedagogía divina que se da a lo largo de la historia de la salvación, las promesas divinas estaban al inicio más vinculadas a lo terrenal. Moisés así se lo recuerda: “¡Que el Señor te haga abundar en bienes: frutos de tus entrañas, frutos de tu ganado, frutos de tus campos en la tierra que el Señor, tu Dios, prometió a tus padres que te daría! ¡Que el Señor te abra su óptimo tesoro, los cielos, dando a su tiempo la lluvia a la tierra y la bendición a todas las obras de tus manos!” (Dt 28, 11-12). Mucho tiempo después, el Templo que hizo construir Salomón, lleno de riqueza y esplendor, poseía un tesoro, que conservaba los materiales más preciados: “Quedó completada la obra que realizó el rey Salomón para el Templo del Señor. Después Salomón llevó los objetos consagrados por su padre David, la plata, el oro y los utensilios, y los depositó en el tesoro del Templo del Señor” (1R 7, 51). Son realidades que también funcionan como figuras que nos acercan a lo que más adelante será la enseñanza evangélica. Los bienes y tesoros de la tierra vienen de Dios y son solo un pequeño anticipo de las verdaderas riquezas, tal como se dice al final de la parábola: “Así es el que atesora para sí y no es rico ante Dios” (v. 21).

El verbo “atesorar” (en gr. θησαυρίζω) tiene aquí un valor parecido al de πλεονεξία: afán de acumular cosas materiales. Pero ese mismo término tiene también su acepción positiva: atesorar para “ser rico ante Dios”, obtener del Señor su óptimo tesoro, los cielos (cfr. Dt 28, 12). De ese modo, en oposición a un tesoro material que será heredado y disfrutado por otro distinto al que lo ha acumulado, surge otro tesoro, otra herencia que Dios ha repartido a sus hijos a manos llenas: el tesoro del Reino de Dios. En él hay que poner el corazón, para que sea el tesoro de los discípulos de Jesús.


Conclusión

Ante una cuestión de justicia humana, que Jesús no quiere resolver, se plantea otra cuestión de vital importancia: el grave error de poner el corazón en el mero disfrute egoísta de las riquezas acumuladas, sin caer en la cuenta de la brevedad de la vida terrena, y sin tener en cuenta el cuidado amoroso que Dios tiene de sus criaturas. Esa actitud lleva consigo el terrible riesgo de perder el mayor tesoro, imposible de ser corroído por la polilla o codiciado por un ladrón: el Reino de Dios, la herencia que el Padre ha dado a sus hijos y que ya se puede disfrutar en esta tierra, por medio de la obras de caridad con el prójimo.

Josep Boira es Profesor de Sagrada Escritura

Fuente: Revista Palabra

La oración por la unidad de los cristianos

 El Papa ayer en la Audiencia General


En esta catequesis me detengo sobre la oración por la unidad de los cristianos. De hecho, la semana que va del 18 al 25 de enero está dedicada en particular a esto, a invocar de Dios el don de la unidad para superar el escándalo de las divisiones entre los creyentes en Jesús. Él, después de la Última Cena, rezó por los suyos, «para que todos sean uno» (Jn 17,21). Es su oración antes de la Pasión, podríamos decir su testamento espiritual. Sin embargo, notamos que el Señor no manda a los discípulos la unidad. Ni siquiera les dio un discurso para motivar su exigencia. No, rezó al Padre por nosotros, para que seamos uno. Esto significa que no bastamos solo nosotros, con nuestras fuerzas, para realizar la unidad. La unidad es sobre todo un don, es una gracia para pedir en la oración.

Cada uno lo necesita. Pues nos damos cuenta de que no somos capaces de conservar la unidad ni siquiera en nosotros mismos. También el apóstol Pablo sentía dentro de sí un conflicto doloroso: querer el bien y verse inclinado al mal (cfr. Rm 7,19). Comprendió así que la raíz de tantas divisiones que hay a nuestro alrededor −entre las personas, en la familia, en la sociedad, entre los pueblos y también entre los creyentes− está dentro de nosotros. El Concilio Vaticano II afirma que «los desequilibrios que fatigan al mundo moderno están conectados con ese otro desequilibrio fundamental que hunde sus raíces en el corazón humano. Son muchos los elementos que se combaten en el propio interior del hombre […] Por ello siente en sí mismo la división, que tantas y tan graves discordias provoca en la sociedad» (Gaudium et spes, 10). Por tanto, la solución a las divisiones no es oponerse a alguien, porque la discordia genera otra discordia. El verdadero remedio empieza por pedir a Dios la paz, la reconciliación, la unidad.

Esto vale ante todo para los cristianos: la unidad puede llegar solo como fruto de la oración. Los esfuerzos diplomáticos y los diálogos académicos no bastan. Jesús lo sabía y nos abrió el camino, rezando. Nuestra oración por la unidad es así una humilde pero confiada participación en la oración del Señor, quien prometió que toda oración hecha en su nombre será escuchada por el Padre (cfr. Jn 15,7). En este punto podemos preguntarnos: “¿Yo rezo por la unidad?”. Es la voluntad de Jesús pero, si revisamos las intenciones por las que rezamos, probablemente nos demos cuenta de que hemos rezado poco, quizá nunca, por la unidad de los cristianos. Sin embargo de esa depende la fe en el mundo; el Señor pidió la unidad entre nosotros «para que el mundo crea» (Jn 17,21). El mundo no creerá porque lo convenzamos con buenos argumentos, sino si damos testimonio del amor que nos une y nos hace cercanos a todos.

En este tiempo de graves dificultades es todavía más necesaria la oración para que la unidad prevalezca sobre los conflictos. Es urgente dejar de lado los particularismos para favorecer el bien común, y por eso nuestro buen ejemplo es fundamental: es esencial que los cristianos prosigan el camino hacia la unidad plena, visible. En los últimos decenios, gracias a Dios, se han dado muchos pasos adelante, pero es necesario perseverar en el amor y en la oración, sin desconfianza y sin cansarse. Es un recorrido que el Espíritu Santo ha suscitado en la Iglesia, en los cristianos y en todos nosotros, y del que ya no volveremos atrás. ¡Siempre adelante!

Rezar significa luchar por la unidad. Sí, luchar, porque nuestro enemigo, el diablo, como dice la palabra misma, es el divisor. Jesús pide la unidad en el Espíritu Santo, hacer unidad. El diablo siempre divide, porque es conveniente para él dividir. Insinúa la división, en todas partes y de todos modos, mientras que el Espíritu Santo hace siempre converger en unidad. El diablo, en general, no nos tienta con la alta teología, sino con las debilidades de nuestros hermanos. Es astuto: engrandece los errores y los defectos de los otros, siembra discordia, provoca la crítica y crea facciones. El camino de Dios es otro: nos toma como somos, nos ama mucho, pero nos quiere como somos y nos toma como somos; nos toma diferentes, nos toma pecadores, y siempre nos impulsa a la unidad. Podemos hacer una comprobación sobre nosotros mismos y preguntarnos si, en los lugares donde vivimos, alimentamos la conflictividad o luchamos por hacer crecer la unidad con los instrumentos que Dios nos ha dado: la oración y el amor. En cambio, alimentar la conflictividad se hace con el chismorreo, siempre, hablando mal de los otros. El chismorreo es el arma que el diablo tiene más a mano para dividir la comunidad cristiana, para dividir a la familia, para dividir a los amigos, para dividir siempre. El Espíritu Santo nos inspira siempre la unidad.

El tema de esta Semana de oración se refiere precisamente al amor: “Permaneced en mi amor y daréis fruto en abundancia” (cfr. Jn 15,5-9). La raíz de la comunión es el amor de Cristo, que nos hace superar los prejuicios para ver en el otro a un hermano y a una hermana al que amar siempre. Entonces descubrimos que los cristianos de otras confesiones, con sus tradiciones, con su historia, son dones de Dios, son dones presentes en los territorios de nuestras comunidades diocesanas y parroquiales. Empecemos a rezar por ellos y, cuando sea posible, con ellos. Así aprenderemos a amarlos y a apreciarlos. La oración, recuerda el Concilio, es el alma de todo el movimiento ecuménico (cfr. Unitatis redintegratio, 8). Que sea por tanto la oración el punto de partida para ayudar a Jesús a cumplir su sueño: que todos sean uno.

Saludos

Saludo cordialmente a los fieles de lengua francesa. En esta semana de oración por la unidad de los cristianos, os invito a rezar por los cristianos de otras confesiones y, cuando sea posible, a rezar con ellos. Así aprenderemos a amarlos y apreciarlos. ¡Dios os bendiga!

Saludo cordialmente a los fieles de lengua inglesa. En esta semana de oración por la unidad de los cristianos, pidamos al Padre el don de la plena unidad entre todos los discípulos de Cristo, para la difusión del Evangelio y la salvación del mundo. Sobre vosotros y vuestras familias invoco la alegría e la paz del Señor Jesús. ¡Dios os bendiga!

Saludo con afecto a los fieles de lengua alemana. Pidamos al Espíritu Santo que nos dé su fuerza en el compromiso por la unidad con Cristo y los hermanos, para ser testigos creíbles de su amor en este mundo. El Señor os bendiga a vosotros y a vuestra familias.

Saludo cordialmente a los fieles de lengua española. El lema de esta Semana de oración por la unidad de los cristianos es «Permanezcan en mi amor y darán fruto en abundancia». Pidamos al Señor que este lema se haga vida en nosotros. Recemos por los cristianos de otras confesiones y, si es posible, recemos junto con ellos, para que se cumpla el sueño de Jesús: que todos sean uno. Que Dios los bendiga.

Dirijo un cordial saludo a los fieles de lengua portuguesa. En estos días mi oración va a cuantos sufren por la pandemia, especialmente en Manaus, en el norte de Brasil. Que el Padre Misericordioso os sostenga en este momento difícil. ¡Os bendigo de corazón!

Saludo a los fieles de lengua árabe. La oración es el alma de todo el movimiento ecuménico. Que sea el punto de partida para ayudar a Jesús a realizar su sueño: que todos sean uno. ¡El Señor os bendiga a todos y os proteja ‎siempre de todo mal‎‎‎‏!

Saludo cordialmente a los polacos. Queridos hermanos y hermanas, en esta semana ecuménica, quiero recordaros lo que San Juan Pablo II dijo durante la visita a Polonia en 1997: “la oración para recuperar la plena unidad es un deber particular nuestro. Es obligado tender intensamente a la reconstrucción de la unidad querida por Cristo, y es obligado rezar por esa unidad: pues es don de la Santísima Trinidad” (Wroclaw, 31-V-1997). Yo también os invito: rezad, y la oración en común sea para vosotros inspiración en la profundización de la recíproca fraternidad. ¡Os bendigo de corazón!

Dirijo un cordial saludo a los fieles de lengua italiana, animando a seguir siempre a Cristo con humildad y docilidad, para ser testigos de verdad y de caridad.

Mi pensamiento va finalmente, come de costumbre, a los ancianos, jóvenes, enfermos y recién casados. En esta Semana de Oración por la Unidad de los Cristianos os invito a haceros cargo de este problema, rezando para que todos los cristianos acojan la invitación del Señor a la unidad de la fe en la única Iglesia por Él fundada.

Llamamiento

Pasado mañana, viernes 22 de enero, entrará en vigor el Tratado para la prohibición de las armas nucleares. Se trata del primer instrumento internacional jurídicamente vinculante que prohíbe explícitamente esas armas, cuyo uso tiene un impacto indiscriminado, afecta en breve tiempo a una gran cantidad de personas y provoca daños al ambiente de larguísima duración. Animo vivamente a todos los Estados y a todas las personas a trabajar con determinación para promover las condiciones necesarias para un mundo sin armas nucleares, contribuyendo al avance de la paz y de la cooperación multilateral, de las que hoy la humanidad tiene tanta necesidad.

20 enero 2021

Conservadores, ¡nos llaman!

 ENRIQUE Gª-MÁIQUEZ


Una serie reciente de textos importantes, desde Feria (Círculo de Tiza, 2020), el libro de memorias de Ana Iris Simón, hasta el artículo de Diego S. Garrocho en El Español, 'Carta a un joven postmoderno', pasando por María Palmero en Vozpópuli con '¿Quién quiere tener hijos pudiendo ver Netflix y gozar de sexo sin compromiso?', plantean con crudeza el fracaso de la postmodernidad y del proyecto de vida que ésta propone a los jóvenes de hoy. Es una corriente de opinión que se abre paso: la traducción española de La teoría sueca del amor, aquel documental trágico.

Recomiendo los textos vivamente. Aquí no vengo a resumirlos, sino a centrarme en lo que nos interpela de una manera indirecta a los conservadores.

Cuando esos jóvenes caen en la cuenta del tocomocho de la postmodernidad (léanlos), miran atrás y añoran las vidas de sus padres y de sus abuelos, con familias numerosas, comunidades arraigadas y creencias estables. Han descubierto solos algo que ya escribió Chesterton: cuando se tiene enfrente un abismo, lo más progresista es dar un paso atrás. Una calle sin salida tiene una salida.

Ante estas personas o, mejor dicho, por ellas, el conservador tiene que hacer tres cosas. La primera, dejarse ya de la dichosa estrategia del aggiornamento, que consiste en rebajar o encubrir o terminar perdiendo nuestras convicciones para "abrirnos" a los demás. ¿No ven que los demás, cuando se interesan de verdad por nuestras convicciones, las quieren enteras, firmes, sin edulcorar, sin abrir, nuevas del paquete?

Luego, hay que entrar a saco en la batalla política. Como ellos denuncian, hay leyes y situaciones estructurales (precariedad laboral, problema de la vivienda, pérdida del significado social de la familia, depauperación educativa, etc.) que dificultan o imposibilitan la vuelta a lo normal. ¡Hemos de arremangarnos!

Por último, hay que prepararse a defraudarlos. Desean tener hijos, recuperar tradiciones, sostener principios contra viento y marea, encontrar un sentido… De alguna manera, incurren en la muy inspiradora paradoja de idealizar la realidad. Pero nosotros, los realistas, ni estamos a la altura ni somos exactamente lo que sueñan. Hemos de enseñarles que esto es así, y que les pasará; pero que uno puede reírse de sí mismo, porque el que falla es él, y no sus principios ni sus amores. Y cuando el que falla es uno, es un fallo pequeño, como uno. No se hunde el mundo.

Fuente: Diario de Cádiz


¿Intelectuales cristianos o/y Cristianos intelectuales? (I)

 Ernesto Juliá

Un cristiano sin Fe y sin Razón, sin Dogma y sin Moral cristianos, nada tiene que transmitir al mundo que cualquier otro hombre con un poco de sentimiento no pueda hacer

Hemos vivido en la Iglesia con un cierto temblor de espíritu estos días de Navidad. Hemos leído: “El pueblo que habita en tinieblas ha visto una gran Luz”. ¿La ha visto de verdad? ¿Hemos transmitido los creyentes en Cristo, Dios y hombre verdadero, esa Luz del Cielo que nos habla del amor de Dios, de arrepentirnos de nuestros pecados, de convertirnos en verdaderos hijos de Dios en Cristo? ¿Hemos abierto los ojos para acercarnos al Niño y a la Vida Eterna, el Cielo; y así no alejarnos nunca de Él, que sería el infierno?

Este es, en mi opinión, el fondo del problema cuando se debate sobre los intelectuales cristianos o cristianos intelectuales, como prefieren algunos.

El debate está abierto, y en mi opinión seguirá abierto en la medida en que los cristianos creyentes seamos conscientes de una cuestión de fondo: la dificultad y, a la vez, la necesidad de no separar las dos formas de conocimiento que todo ser humano tiene: la Fe y la Razón. Si las separamos dividimos al hombre y a los hombres; cada parte se quedará con su verdad, que no será nunca la Verdad.

Esta es una cuestión siempre abierta en el panorama de pensamiento de un intelectual cristiano, o si se prefiere, de un cristiano intelectual, que sea consciente de que Dios ha dejado la creación en nuestras manos, y nos ha dado los instrumentos y las indicaciones para que podamos vivir ese maravilloso encargo.

Las indicaciones son los mandamientos de la ley de Dios −ley natural− y el mandamiento nuevo de Jesucristo −que nos amemos los unos a los otros como Él nos ha amado y nos ama; ambos son la base de la Moral. Y los instrumentos son la Fe y la Razón, alimentadas en y con los Sacramentos, y sostenidas en las verdades de la Fe. Así el cristiano que piense, sea más o menos intelectual, se moverá a razonar y hacer lo posible con su vida, para iluminar la vida de las personas, de la sociedad, de las naciones, de los pueblos con la Verdad de la Fe y de la Razón que Jesucristo ha dado al hombre y al mundo: “Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida”.

Esta fue y sigue siendo la ímproba tarea que los cristianos −más o menos intelectuales− hemos desarrollado a lo largo de los siglos. Y digo cristianos y no Iglesia, para evitar que por Iglesia muchos entiendan solamente al papa, a obispos, a sacerdotes, a religiosos, a monjas, etc., cuando la tarea de alumbrar el mundo con la luz de Dios, la luz de Cristo, es misión que el Señor nos ha encomendado a todos −hombres y mujeres; laicos y sacerdotes; seglares y religiosos; jóvenes y mayores; casados y solteros−, los que creemos que Jesucristo es Dios, Hijo de Dios, Dios y hombre verdadero.

Y he escrito “alumbrar” el mundo, no simplemente dialogar con el mundo. Los cristianos hemos evangelizado todas las culturas con las que nos hemos encontrado y lo hemos hecho leyéndoles el Evangelio eterno de Jesucristo y abriendo su cultura a la luz y a las enseñanzas de Jesucristo. Si se pretende leer el Evangelio y mirar “al futuro con espíritu moderno y abrirlo a la cultura moderna” como algunos eclesiásticos y seglares “intelectuales” desean, no se conseguiría otra cosa que su “cristianismo” desapareciera de la faz de la tierra, como hemos podido constatar en buena parte del Occidente desarrollado.

Un cristiano sin Fe y sin Razón, sin Dogma y sin Moral cristianos, nada tiene que transmitir al mundo que cualquier otro hombre con un poco de sentimiento no pueda hacer. Y en subrayar este punto me parece que coinciden los diversos participantes en el intercambio de ideas, más que debate, que se ha abierto.

Torralba señala: “lo que falta es que la maduración en la fe vaya acompañada de la correspondiente profundización existencial e intelectual, es decir, ayudar a los jóvenes a vivir y a pensar por si mismo”.

Brugarolas, hablando de los intelectuales de los primeros siglos, reconoce que “eran conscientes de poseer la única riqueza estrictamente necesaria para construir una cultura cristiana: la fe que fecunda la inteligencia y la caridad, el amor en vertical hacia Dios del que nace el amor horizontal hacia los hombres”.

¿Puede un cristiano intelectual dimitir de su misión, por aquello del “espíritu del siglo” o porque eso de la “moral cristiana” ya no se lleva? Puede, sin duda, pero no debe: dejaría de ser intelectual cristiano, y dejaría de actuar como cristiano.

Por desgracia, esa superficial falta de fe lleva a hablar, en algunos ambientes de la Iglesia, de la conveniencia de separar la “pastoral” de la “doctrina”. La pastoral se convierte entonces en un entretenimiento sin compromiso alguno, en el que todos somos “hermanos” y pretendemos llevarnos bien. Se alimentan algunos sentimientos en el orden social: los pobres, los migrantes, los discapacitados, etc.; y se deja vacía la inteligencia, que ya no se dirige a un Dios Uno y Trino, y no oye hablar de los Misterio de la Fe, ni de la Moral, que son la luz de un mundo en tinieblas.

Arana recoge un hecho que ilustra muy bien esta falta de Fe y de Razón que hace prácticamente imposible la acción de los cristianos intelectuales en la sociedad:

“Un colega mío, catedrático de filosofía de universidad, se ofreció a impartir clases en una catequesis de Confirmación. Muy pronto el responsable de la misma lo llamó a capítulo. “Pero, ¿qué me dicen que estás enseñando a los chavales?” “Pues… los misterios de la Fe: Trinidad, Encarnación, Redención”. “No, no, ¡qué barbaridad! Lo que tienes que enseñarles es que Jesús los ama…”. “Pero, padre, ¿se da cuenta usted que estos chicos ya saben resolver integrales y estudian biología molecular?” Imposible fue que entrara en razón. Mi amigo tuvo que dimitir de su cometido.

Un cristiano intelectual, un cristiano cualquiera, sabe que nadie es “cualquiera” ante Dios, y sabe también con meridiana claridad que la Fe y la Razón dan un sentido pleno a nuestro vivir

La historia del hombre no es construir una ciudad terrena definitiva y eterna, que el tiempo acabaría convirtiendo en ruinas, en polvo del desierto; y así lo recuerda Javier Paredes: “El fin de la historia −lo he escrito muchas veces y no he enseñado cosa distinta a mis alumnos durante cuarenta años− es que el hombre sea plenamente hombre, que vuelva a Dios, que sea santo”.

Ya no son pocos los que se dan cuenta de que todas las ideologías −comunismo, liberalismo ateo, consumismo, ideología de género, etc.−, que han pretendido dar un sentido al vivir del hombre, apartándolo de Dios, de Cristo, han fracasado rotundamente, y han dejado, están dejando, además de millones de muertos entre asesinatos políticos, mártires, abortos, suicidios, un vacío inmenso en el espíritu del hombre. Por desgracia, no pocos pretenden colmar ese vacío derramando su vivir en puro desorden sexual: lgtbi.

En este contexto, anclados en la fe, −la Doctrina- el cristiano que piensa y profundiza en el contenido de la doctrina, dogma y moral, que la Iglesia ha anunciado en nombre de Cristo a lo largo de los siglos, abrirá su alma al anhelo de vivir en la tierra con esa perspectiva, y anunciar la Pastoral en nombre del Señor, no solo persona a persona, sino también en el ámbito de su profesión, en su trabajo, en su familia, en la sociedad, incluso también en el actuar de la función de gobierno del Estado, que debe mirar siempre al bien común del pueblo.

Y también sabe ese cristiano que piensa, y que conoce, aunque solo sea un poco de la historia de la Iglesia, que el cristianismo ha influido en todas las culturas con las que se ha encontrado; y lo ha hecho, no a base de encuentros con  intelectuales de esas culturas, como si se tratara de un enfrentamiento entre culturas; sino hablando con quienes le rodeaban, con amigos, familiares, compañeros de profesión, etc., etc., en una labor callada y paso a paso, llevándoles con el trato personal a descubrir las semillas divinas que Dios Creador ha depositado en lo hondo de cada criatura suya, y que la Fe en Cristo, Dios y hombre verdadero, va ayudando a descubrir, a revitalizar, hasta llegar a una verdadera unión entre Fe y Razón, fundamento de la cultura del occidente cristiano, como con tanta claridad señaló en su momento Christopher Dawson.

El cristiano intelectual no impone nunca la Fe: la Proclama, y la Predica, porque sabe que todo hombre está viviendo a la espera de Jesucristo; y sabe también que la Luz sobrenatural del Cielo que trae Cristo puede iluminar a todo ser humano a descubrir las luces naturales que, unidas a las sobrenatural, le ayudan a descubrir el sentido de su vivir.

Convencido, como todo cristiano, de que el hombre no es un ser autónomo que se “construye” a sí mismo, sino un ser creado que se realiza plenamente en la relación unitiva con su Creador, Ricardo Calleja para su atención muy especialmente en esta tarea de los cristianos intelectualmente cristianos, sin mencionar posibles encuentros, diálogos, con las ideologías reinantes, sencillamente porque las “ideologías” no quieren dialogar con nadie: se encierran en síi mismas para proclamar su “verdad”. El cristiano anuncia la Verdad.

Escribe Calleja: “Junto a las verdades naturales y reveladas, existe otro tipo de verdades que son cristianas en un sentido específico: las verdades desveladas. Estas no requieren la fe personal, pues por sí mismas son asequibles a la razón y a la experiencia humana. Pero sólo están “disponibles” a la humanidad una vez que han sido reveladas y mientras configuran la experiencia humana”.

“Me refiero fundamentalmente −aunque no solo− a la vivencia cristiana del alma humana: La visión radical de la libertad y la responsabilidad personales que implica la noción de pecado, frente al fatum trágico; la posibilidad de dar sentido al sufrimiento; la misericordia de Dios y la llamada a la compasión, que no se disuelven en un sentimentalismo optimista, porque no se contraponen a la verdad y la justicia; la posibilidad del perdón divino y la invitación a perdonar, que permiten volver a empezar, y da lugar a tantos relatos de redención; etc. La luz que Jesucristo arrojó sobre la existencia humana ha dado lugar a una cultura inédita y fecunda, en el pensamiento, en las artes, en la música, en la narrativa, y en la vida personal, familiar y social. “Cristo, el nuevo Adán −dice el Concilio Vaticano II− manifiesta plenamente al propio hombre y le descubre la sublimidad de su vocación”.

El intelectual cristiano quizá llegue a cerrar el horizonte de su misión en alcanzar una “cultura cristiana”. El cristiano intelectual no caerá en ese error, porque sabe que su Fe, el dogma y la moral cristiana, son verdadera luz para todo hombre, −y, por tanto, para toda cultura que el hombre pueda llegar a crear y a establecer−; y para cada hombre, en su caminar en la tierra con Dios, con Cristo, hasta el Cielo.

“Lo que falta es que la maduración en la fe vaya acompañada de la correspondiente profundización existencial e intelectual, es decir, ayudar a los jóvenes a vivir y a pensar por sí mismos. Esperar que la catequesis de primera comunión sirva para toda la vida sería como pretender que un ingeniero pueda manejarse sabiendo poco más que la tabla de multiplicar” (Torralba).

Cristiano intelectual, y después, intelectual cristiano; porque la misión de la Iglesia no es la de construir una ciudad terrena, ni un orden social–político-económico determinado; sino la de hacer posible, con la Doctrina y la Pastoral, con las Verdades de Fe, y las normas de la Moral, que la Fe se una a la Razón, e ilumine el caminar histórico del hombre en cualquier cultura que se encuentre, a la que con su vida y sus palabras, purificará de cualquier afirmación contraria a la Ley de Dios, contraria a la Verdad, la liberará del ateísmo, y le mostrará el camino de su vivir al recordarle el Bien de la Moral que rechaza abortos, eutanasias, desordenes sexuales desde la homosexualidad hasta el incesto, adulterio, y demás variantes de las lgtbiq… Le llevará a descubrir que “la Verdad os hará libres”, con esa Libertad, don precioso que sólo el hombre ha podido recibir de un Dios Creador, Padre, Amor.

Un buen ejemplo de la labor de un cristiano intelectual que da testimonio de su Fe, y prepara la presencia de un intelectual cristiano es esta carta que recoge Paredes, y que ha recibido un profesor amigo suyo.

“Estimado profesor: Quería felicitarle estas fiestas, ahora que no tengo ninguna asignatura pendiente con usted, para que la sinceridad no se confunda con peloteo, me abrió los ojos respecto a la Iglesia y hasta me estoy pensando el sacerdocio, en fin, que estas fechas las pase rodeado de su familia y amigos, y que el año que viene sea mejor”.

Cristianos intelectuales” y “Intelectuales cristianos”; apoyándose mutuamente en la gran misión cristiana que mira al Cielo y a la tierra, sin separarlos nunca.


Ernesto Juliá, en religion.elconfidencialdigital.com