16 julio 2022

Luces de esperanza

José Antonio García-Prieto Segura


En el mar de nuestra vida, ninguna esperanza monopoliza y agota el ansia de felicidad que, a fin de cuentas, va unida a las pequeñas metas de la travesía

Las gentes del mar tienen como Patrona a la Virgen del Carmen, cuya fiesta celebramos el 16 de julio. Gusta tener protección segura en tareas de riesgo, y el mar, no rara vez, se ha cobrado vidas humanas. Por eso, en las letras de canciones marineras se ruega la intercesión de María invocándola como “Estrella del Mar”. Así, por ejemplo: “Dice una voz marinera: ¿Quién me presta una patera, / para poder rescatar marineros / que en faena no pudieron regresar?” (..) “Y quién lo iba a imaginar, salieron de tierra firme. / Se los llevó el temporal (…) “Reina y Señora del Mar”, Tú que vas por esos mares, quiero cantando rezarle, a esa gente de la mar./…”

De algún modo, todos somos navegantes si consideramos nuestro paso por la tierra como una travesía por los mares del mundo, necesitados de luces de esperanza que nos ayuden a llegar al puerto definitivo: a Dios, en su vida de familia trinitaria. Para los creyentes, ¿qué mejor ayuda y luz de esperanza que María, “Estrella del Mar”? Con esta invocación, Benedicto XVI la saludaba −al final de su Encíclica sobre la esperanza− y hacía esta sugerente reflexión: 

“La vida humana es un camino. ¿Hacia qué meta? ¿Cómo encontramos el rumbo? La vida es como un viaje por el mar de la historia, a menudo oscuro y borrascoso, un viaje en el que escudriñamos los astros que nos indican la ruta. Las verdaderas estrellas de nuestra vida son las personas que han sabido vivir rectamente. Ellas son luces de esperanza. Jesucristo es ciertamente la luz por antonomasia, el sol que brilla sobre todas las tinieblas de la historia. Pero para llegar hasta Él necesitamos también luces cercanas, personas que dan luz reflejando la luz de Cristo, ofreciendo así orientación para nuestra travesía. Y ¿quién mejor que María podría ser para nosotros estrella de esperanza, Ella que con su «sí» abrió la puerta de nuestro mundo a Dios mismo?” (cf. Jn 1,14) (Enc. Salvados en la esperanza, 30-XI-2007, n. 49). 

Los creyentes ponemos como objeto definitivo y pleno de toda esperanza la visión de Dios: en Él y con Él, no caben otros “más allá” que alcanzar. La vida nos enseña que ninguna esperanza puesta en metas de aquí abajo, es la última: conseguido algo, enseguida ponemos la mirada −si no la teníamos ya puesta− en otro objetivo. Por bueno que sea, ninguna esperanza terrena es definitiva y, alcanzado su objetivo, éste se torna como meta volante: tras alcanzarlo, surge otro, otro, y siempre más… En el mar de nuestra vida, ninguna esperanza monopoliza y agota el ansia de felicidad que, a fin de cuentas, va unida a las pequeñas metas de la travesía. Las esperanzas de aquí abajo solo proporcionan una felicidad con cuenta gotas, que diría san Agustín, glosando sus propias palabras: “Nos has hecho, Señor para Ti, y nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en ti” (Confesiones, L. 1, 1).

Sin olvidar, pues, esa meta divina de la esperanza teologal, y la ayuda de María como “Estrella del Mar” para alcanzarla, deseo referirme ahora a otras “luces de esperanza” que aparecen cercanas a nosotros en el navegar de la vida. Benedicto XVI les da mucha importancia: son las de “personas que han sabido vivir rectamente”. Quizá el lector, en sus recuerdos, pueda poner ya nombre y rostro a más de una de esas personas. Ofreceré tres ejemplos, sacados de la vida misma, en los que han brillado luces de esperanza; podrían servirnos de estímulo.

El primero, a decir verdad, solo a medias es un personaje de carne y hueso, aunque bien podría serlo enteramente real; está inspirado por Miguel Delibes en su obra Señora de rojo sobre fondo gris. Ana, protagonista central, mujer de Nicolás que narra su vida junto a ella, es como el paradigma de la persona que ha vivido rectamente. Delibes crea un personaje inolvidable: el de la esposa y madre desvivida continuamente por cuantos tiene a su alrededor y por cuantas personas se cruzan en su camino. Es fácil relacionar esta figura “con las personas que han sabido vivir rectamente”, que decía Benedicto XVI: se hacen y son realmente “luces cercanas, ofreciendo así orientación para nuestra travesía”.

Dos pasajes del libro retratarían la vida de Ana, como mujer de paz y serenidad, incluso hasta en sus momentos de silencio junto al marido, que así los recuerda Nicolás: “Las más de las veces callábamos. Nos bastaba mirarnos y sabernos. Nada importaban los silencios, el tedio de las primeras horas de la tarde. Estábamos juntos y era suficiente. Cuando ella se fue, todavía lo vi más claro: aquellas sobremesas sin palabras, aquellas miradas sin proyecto, sin esperar grandes cosas de la vida eran, sencillamente, la felicidad”. Y como epitafio de toda la obra, bastaría este retrato de Ana: “con su sola presencia, aligeraba la pesadumbre de vivir”. ¿Cabe mayor elogio de alguien? Ojalá fuese un estímulo para todos, porque nadie tiene el monopolio de las luces de esperanza, aunque alguien las posea de modo excelso, como la Virgen del Carmen, “Estrella del Mar”; y, por si fuera poco, también “vida, dulzura y esperanza nuestra” como la invocamos los creyentes en la Salve.

Decía que iba a ofrecer tres ejemplos de personajes que se han mostrado luces del navegante e impulsores de esperanza. Pero termino ya esta primera singladura del artículo dejando los otros dos para la siguiente, con la esperanza −¡sí, una vez más!− de que el lector no se haya cansado al concluir este periplo.

Fuente: religion.elconfidencialdigital.com

15 julio 2022

Marta y María

16.º domingo del tiempo ordinario (Ciclo C)

Evangelio (Lc 10,38-42)

Cuando iban de camino entró en cierta aldea, y una mujer que se llamaba Marta le recibió en su casa. Tenía ésta una hermana llamada María que, sentada también a los pies del Señor, escuchaba su palabra. Pero Marta andaba afanada con numerosos quehaceres y poniéndose delante dijo:

—Señor, ¿no te importa que mi hermana me deje sola en las tareas de servir? Dile entonces que me ayude.

Pero el Señor le respondió:

—Marta, Marta, tú te preocupas y te inquietas por muchas cosas. Pero una sola cosa es necesaria: María ha escogido la mejor parte, que no le será arrebatada.

Comentario

Cuenta san Lucas que una mujer llamada Marta recibió a Jesús en su casa. “Lo acogió como suele recibirse a los peregrinos —comenta san Agustín—. Aunque en realidad, la sierva recibió a su Señor, la enferma a su Salvador, la criatura a su Creador”. Nos dice el relato que esta mujer tenía una hermana llamada María. Pero Marta es nombrada en primer lugar, probablemente porque sería la dueña de la casa. En cualquier caso, pronto Marta se verá sobrecargada e inquieta con la preparación de todo lo que le parece necesario para servir a Jesús. Mientras tanto, María disfruta de la conversación “no solo sentada cerca de Jesús —señala san Juan Crisóstomo— sino junto a sus pies; para manifestar la presteza, la asiduidad, el deseo de oírlo y el gran respeto que profesaba al Señor”. Al final, molesta por lo que considera una insolidaridad de su hermana y quizá cierta indiferencia de Jesús, Marta increpa al Señor con toda confianza para que sea Él quien pida a María que colabore. No sabemos si al final María e incluso el propio Jesús se levantaron a ayudar. El evangelista recoge más bien una lección fundamental del Maestro: “Marta, Marta, tú te preocupas y te inquietas por muchas cosas. Pero una sola cosa es necesaria: María ha escogido la mejor parte, que no le será arrebatada”.

A lo largo de la historia de la Iglesia esta escena ha sido muy meditada e interpretada por los Padres y los santos. Con frecuencia se ha visto a Marta como símbolo de la acción y del trabajo en este mundo, así como a María un símbolo de la contemplación y de lo que será la visión beatífica de Dios. Entonces, “¿qué quiere decir Jesús? —se preguntaba el papa Francisco— ¿Cuál es esa cosa sola que necesitamos? Ante todo es importante comprender que no se trata de la contraposición entre dos actitudes: la escucha de la Palabra del Señor, la contemplación, y el servicio concreto al prójimo. No son dos actitudes contrapuestas, sino, al contrario, son dos aspectos, ambos esenciales para nuestra vida cristiana; aspectos que nunca se han de separar, sino vivir en profunda unidad y armonía. Pero entonces, ¿por qué Marta recibe la reprensión, si bien hecha con dulzura? Porque consideró esencial solo lo que estaba haciendo, es decir, estaba demasiado absorbida y preocupada por las cosas que había que hacer. En un cristiano, las obras de servicio y de caridad nunca están separadas de la fuente principal de cada acción nuestra: es decir, la escucha de la Palabra del Señor, el estar —como María— a los pies de Jesús, con la actitud del discípulo. Y por esto Marta es reprendida”.

Jesús da a entender que la escucha atenta a sus pies hay que preferirla y anteponerla para cumplir de verdad su mandamiento de amor. San Josemaría explicaba así esta realidad: “María escogió la mejor parte, se lee en el Santo Evangelio. –Allí está ella, bebiendo las palabras del Maestro. En aparente inactividad, ora y ama. –Después, acompaña a Jesús en sus predicaciones por ciudades y aldeas. Sin oración, ¡qué difícil es acompañarle!”. Por eso Jesús afirma también que “la mejor parte” de María no le será arrebatada, aludiendo al hecho de que la parte de Marta sí se puede perder. Es decir, sin la contemplación, que da sentido y eficacia a la labor que se hace por Dios, antes o después se terminaría también abandonando esta. San Josemaría ataja este problema admirablemente cuando exhorta en otro lugar: “Trabajemos, y trabajemos mucho y bien, sin olvidar que nuestra mejor arma es la oración. Por eso, no me canso de repetir que hemos de ser almas contemplativas en medio del mundo, que procuran convertir su trabajo en oración”. Porque cuando se cuida la oración, antes o después todo se convierte en lugar de encuentro con Dios, de diálogo amoroso con Él.

Fuente: opusdei.org


Palabra de Dios: luz, vida y espada

Ramiro Pellitero

     El 23 de enero se celebró el Domingo de la Palabra de Dios, instituido por el Papa Francisco para el tercer domingo del tiempo ordinario. Una iniciativa pastoral llamada a promover la formación de los fieles, en orden a facilitarles extraer de la Sagrada Escritura "frutos inestimables de sabiduría, esperanza y vida” (Carta Aperuit illis, 30-IX-2019).

En su homilía, el Papa evocó la iniciativa de la Palabra de Dios al crear el mundo, y su amor al habernos elegido en Cristo, su Palabra eterna. Si en el Antiguo Testamento Dios nos habló por los profetas, al llegar la plenitud de los tiempos, esa Palabra se ha cumplido: ya no es una promesa, sino que se ha realizado (cf. Lc 4, 21). Ahora, “por obra del Espíritu Santo habitó entre nosotros y quiere hacernos su morada, para colmar nuestras expectativas y sanar nuestras heridas”.

Como aquellos judíos que le contemplaban en la sinagoga de Nazaret, teniendo sus ojos fijos en Él (cf. Lc 4, 20), también nosotros deberíamos ser capaces de captar su la radical novedad de esta Palabra que es Cristo. En ella, propone Francisco, podemos contemplar dos aspectos unidos entre sí: “la Palabra revela a Dios y la Palabra nos lleva al hombre. Ella esta en el centro, revela a Dios y nos lleva al hombre”.

La Palabra reveladora de Dios

Primero, la Palabra revela a Dios. “Nos revela el rostro de Dios como el de Aquel que se hace cargo de nuestra pobreza y le preocupa nuestro destino”. No como un tirano que se encierra en el cielo, ni como un frío observador indiferente e imperturbable, un dios neutral e indiferente. Es el “Dios con nosotros”, Palabra hecha carne, que toma partido a nuestro favor y se involucra y compromete con nuestro dolor, el “Espíritu Amante” del hombre.

Como portavoz cualificado de esa Palabra en la Iglesia, Francisco se dirige a sus oyentes, a cada uno de nosotros, personalmente:

“Él es un Dios cercano, compasivo y tierno, quiere aliviarte de las cargas que te aplastan, quiere caldear el frío de tus inviernos, quiere iluminar tus días oscuros, quiere sostener tus pasos inciertos. Y lo hace con su Palabra, con la que te habla para volver a encender la esperanza en medio de las cenizas de tus miedos, para hacer que vuelvas a encontrar la alegría en los laberintos de tus tristezas, para llenar de esperanza la amargura de tus soledades. Él te hace caminar, no dentro de un laberinto, más bien por el camino, para encontrarlo cada día”.

Y por eso nos pregunta Francisco si llevamos en el corazón y transmitivos en la Iglesia esta “imagen” verdadera de Dios, envuelta en la confianza, misericordia y alegría de la fe. O si, por el contrario, le vemos y mostramos de un modo riguroso, envuelto en miedo, como un falso ídolo que ni nos ayuda ni ayuda a nadie.

La Palabra nos lleva a los demás

En segundo lugar, la Palabra nos lleva al hombre. Cuando comprendemos que Dios es compasivo y misericordioso, vencemos la tentación de una religiosidad fría y exterior, que no toca ni transforma la vida. “La Palabra nos impulsa a salir fuera de nosotros mismos para ponernos en camino al encuentro de los hermanos con la única fuerza humilde del amor liberador de Dios”.

Esto es lo que hizo y dijo Jesús en la sinagoga de Nazaret, cuando reveló que “Él es enviado para ir al encuentro de los pobres - que somos todos nosotros - y liberarlos”. No vino a entregar una serie de normas sino a liberarnos de las cadenas que nos aprisionan el alma. “De este modo nos revela cuál es el culto que más agrada a Dios: hacernos cargo del prójimo”.

De ahí que la Palabra de Dios se opone a la rigidez: “La rigidez no nos cambia solo nos esconde, la Palabra de Dios nos cambia”. Penetra en el alma como una espada (cf. Hb 4,12): por una parte consuela, revelándonos el rostro de Dios; por otra parte provoca y sacude, mostrándonos nuestras contradicciones y poniéndonos en crisis. “No nos deja tranquilos, si quien paga el precio de esta tranquilidad es un mundo desgarrado por la injusticia y el hambre, y quienes sufren las consecuencias son siempre los más débiles. (…) La Palabra pone en crisis esas justificaciones nuestras que siempre hacen depender aquello que no funciona del otro o de los otros”.

El Papa no habla de teorías: “Cuánto dolor sentimos al ver morir en el mar a nuestros hermanos y hermanas porque no los dejan desembarcar”.

Continúa metiendo la espada en el alma: “La Palabra de Dios nos invita a salir al descubierto, a no escondernos detrás de la complejidad de los problemas, detrás del 'no hay nada que hacer' o del '¿qué puedo hacer yo?' o del 'es un problema de ellos o de él'. Nos exhorta a actuar, a unir el culto a Dios y el cuidado del hombre”.

Además de la rigidez, que para Francisco es típica del pelagianismo moderno, también a la Palabra de Dios se opone toda “espiritualidad angélica” o desencarnada, propia de los movimientos neo-gnósticos. Con una expresión bien gráfica la describe el Papa: “Una espiritualidad que nos pone ‘en órbita’ sin cuidar de nuestros hermanos y hermanas”.

En cambio: “La Palabra que se ha hecho carne (cf. Jn 1, 14) quiere encarnarse en nosotros. No nos aleja de la vida, sino que nos introduce en la vida, en las situaciones de todos los días, en la escucha de los sufrimientos de los hermanos, del grito de los pobres, de la violencia y las injusticias que hieren la sociedad y el planeta, para no ser cristianos indiferentes sino laboriosos, cristianos creativos, cristianos proféticos”.

La Palabra de Dios no es letra muerta, sino espíritu y vida. Citando a Madeleine Delbrêl (mística francesa que trabajó en los ambientes obreros de Paris, falleció en 1964 y actualmente está en proceso de beatificación) dice Francisco que “Las condiciones de la escucha que reclama de nosotros la Palabra del Señor son las de nuestro ‘hoy’: las circunstancias de nuestra vida cotidiana y las necesidades de nuestro prójimo” (La alegría de creer, Santander 1997, 242-243).

Todo ello nos compromete, señala el Papa, primero a poner la Palabra de Dios en el centro de la pastoral, a escucharla y desde ahí a escuchar y atender las necesidades de los demás.

Fuente: iglesiaynuevaevangelizacion.blogspot.com/

14 julio 2022

Pietro Angelo Muroni: «La liturgia revela el misterio y nos abre a la presencia de Cristo»

Federico Piana

El profesor Pietro Angelo Muroni, decano de teología de la Pontificia Universidad Urbaniana, desgrana en esta entrevista para Omnes los puntos clave de Desiderio Desideravi, el documento sobre la formación litúrgica de todos los fieles.


Nada más leer la reciente carta del Papa Francisco al Pueblo de Dios sobre la liturgia, titulada «Desiderio desideravi», el profesor Pietro Angelo Muroni, decano de teología de la Pontificia Universidad Urbaniana, autor de numerosos libros sobre fe y espiritualidad y sacerdote de la diócesis de Sassari, tuvo la certeza de que la importancia de este documento radica en que no se dirige sólo a la jerarquía eclesiástica: «Afecta -dice- a todo el Pueblo de Dios, porque la formación litúrgica debe interesar a todos, debe implicarnos a todos. Lo dice el Papa: la liturgia es la dimensión fundamental para la vida de la Iglesia». Tanto es así, explica Don Muroni, que la carta «no quiere ser un tratado de teología litúrgica, no quiere tener un sesgo académico. En cambio, el Papa quiere que sea un elemento de reflexión para contemplar la belleza y la verdad de la celebración cristiana».

Profesor, ¿así que el Papa está llamando al pueblo de Dios a volver a la verdadera esencia de la liturgia?

– Ciertamente. El Papa llama al pueblo de Dios a volver al espíritu de la liturgia, como lo definiría el teólogo Romano Guardini. No hace mucho, el Papa recibió en audiencia a los miembros del Pontificio Instituto Litúrgico con motivo del 60º aniversario de su fundación y les dijo: cuidado cuando la liturgia se convierte en un campo de batalla por cuestiones que no son esenciales o que incluso son obsoletas. Por eso, el Pontífice, ante el peligro de la mundanidad espiritual, que también trató en su primera exhortación apostólica Evangelii Gaudium, quiere exhortarnos a todos a considerar la integridad de lo que celebramos.

¿Cuáles son los otros elementos importantes de este documento?

– En primer lugar, se insiste en que la liturgia es la Obra de Dios, en la que Dios implica al hombre. El punto número 7 de la Sacrosanctum Concilium dice: en esta gran obra, en la que Dios, a través del rito, llega al hombre para salvarlo, Cristo une a su Iglesia, su esposa. Por lo tanto, es Dios quien nos alcanza pero, al mismo tiempo, Dios involucra a la Iglesia. Otro elemento importante del documento es precisamente la invitación a redescubrir la belleza de la liturgia. En este sentido, ya en la Evangelii Gaudium, el Papa Francisco había subrayado el hecho de que la Iglesia evangeliza -y se evangeliza a sí misma- con la belleza de la liturgia.

¿Qué quiere decir el documento cuando habla de la belleza?

– Una belleza, explica el Papa en la carta, que no es la búsqueda del esteticismo, de las formas bellas. Aunque, sin duda, la liturgia debe ser bella, no debe ser descuidada. El redescubrimiento continuo de la belleza de la liturgia significa el redescubrimiento de la belleza del misterio de Cristo celebrado en la liturgia. Hay que llegar a emocionarse con la liturgia, lo que significa ir más allá de la mera observancia de reglas y normas.

¿Es otro elemento importante la encarnación?

– Sí, porque la encarnación es el fundamento teológico de la fe cristiana, pero también de toda la liturgia. Es decir, la liturgia no es incorpórea; la liturgia se expresa a través de la humanidad del hombre y se expresa también a través de gestos, actitudes, signos y símbolos que forman parte de la vida del hombre.

Es hermoso lo que dice la Sacrosanctum Concilium en el número 83: Cristo, al asumir la naturaleza humana, trajo a esta tierra del exilio ese canto que se entona eternamente en los lugares celestiales. La encarnación de Cristo se convierte en el vínculo por el que nos unimos a Él para unirnos al Padre y a la Iglesia celestial.

¿El documento también profundiza en el redescubrimiento del sentido del misterio?

– Desde luego que sí. El Papa nos pide que tengamos cuidado con la humeante expresión ‘sentido del misterio’. A veces, señala el Pontífice, se acusa a la reforma litúrgica del Concilio Vaticano II de haber eliminado el sentido del misterio en la celebración. Pero, ¿cuál es, para nosotros, el misterio? La literatura paulina nos explica que el misterio de Dios es Cristo, Cristo mismo que reveló al Padre.

Es obvio, pues, que la liturgia para nosotros sigue siendo trascendente, el hombre nunca puede penetrar profundamente en lo que se celebra en la liturgia. Pero Cristo también vino a través de la liturgia, de los sacramentos, para revelarse, no para esconderse. La liturgia revela el misterio y nos abre a la presencia de Cristo en su Palabra, en las especies eucarísticas, en el sacerdote, en el pueblo de Dios.

La carta también menciona la formación. ¿Por qué es importante?

– Si no hay formación litúrgica, no se puede entender con el corazón lo que se celebra. Si no entiendo lo que estoy haciendo en la liturgia, es difícil que la respete. La formación es esencial, especialmente en los seminarios. Me temo que ciertas derivas, como el pelagianismo y el gnosticismo, que se cuelan en la liturgia dependen también de la falta de formación. Si educamos bien a los futuros sacerdotes en el verdadero sentido de la liturgia, tendremos, como consecuencia, laicos formados en el verdadero sentido de la liturgia. Por el contrario, tendremos sacerdotes que vivan la liturgia como algo que hay que hacer. Como dice el Papa en esta carta, hay que formarse para la liturgia, pero también formarse con la liturgia.

Fuente: omnesmag.com

13 julio 2022

Necesidad de la formación litúrgica

Ramiro Pellitero

“La acción celebrativa no pertenece al individuo sino a Cristo-Iglesia, a la totalidad de los fieles unidos en Cristo, por medio de la Palabra de Dios y los signos sacramentales”

             La carta apostólica Desiderio desideravi (29-VI-2022), del Papa Francisco, subraya la necesidad de la formación litúrgica para todos los fieles, no solo para los laicos. La carta señala que la liturgia cristiana se entiende y se vive como encuentro con Cristo, sobre todo en la Eucaristía. Distingue el sentido de la liturgia con respecto a ciertas ideologías. Propone el asombro ante lo creado, como modo para redescubrir la belleza y el simbolismo de la liturgia, contando con la oración, la acción del Espíritu Santo y la realidad de la Iglesia.

Verdad, fuerza y belleza de la liturgia: el encuentro con Cristo

La finalidad de la liturgia, cuyo centro es la celebración de los sacramentos y especialmente la Eucaristía, es la comunión de los cristianos con el cuerpo y la sangre de Cristo. Es el encuentro de cada uno y de la comunidad cristiana como un solo cuerpo y una sola familia, con el Señor.

La liturgia, señala el Papa, garantiza la posibilidad del encuentro con Jesucristo en el “hoy” de nuestra vida, para trasformar todas nuestras actividades –el trabajo, las relaciones familiares, el esfuerzo por mejorar la sociedad ayudar a quien nos necesita– en luz y fuerza divinas. Esto es lo que Cristo ha querido en su última Cena. Esta es la finalidad de sus palabras: “Haced esto en memoria mía”. Desde entonces nos espera en la Eucaristía. Y la misión evangelizadora de la Iglesia no es otra cosa que la llamada para ese encuentro que Dios desea con todas las personas del mundo, encuentro que comienza en el bautismo.

En varias ocasiones enuncia progresivamente los objetivos de este documento: “Con esta carta quisiera simplemente invitar a toda la Iglesia a redescubrir, custodiar y vivir la verdad y la fuerza de la celebración cristiana” (n. 16); “Redescubrir cada día la belleza de la verdad de la celebración cristiana” (antes del n. 20); “(…) Reavivar el asombro por la belleza de la verdad de la celebración cristiana, recordar la necesidad de una auténtica formación litúrgica y reconocer la importancia de un arte de la celebración que esté al servicio de la verdad del misterio pascual y de la participación de todos los bautizados, cada uno con la especificidad de su vocación” (n. 62).

Eucaristía e ideologías

Además de la ignorancia sobre la liturgia –o una comprensión superficial y reductiva-, lamenta Francisco la instrumentalización de la Eucaristía al servicio de dos visiones ideológicas: un subjetivismo individualista que encierra al hombre en su propia razón y sentimientos, y un confiar solamente en las propias fuerzas (cf. Evangelii gaudium, 94). Para ambos venenos, que Francisco ha denunciado como variantes de un antropocentrismo disfrazado de verdad católica (cf. exhort. ap. Gaudete et exsultate, 35) propone aquí, como antídoto, la formación litúrgica.

Respecto a lo primero, el veneno del individualismo (una variante de neo-gnosticismo), advierte: “La acción celebrativa no pertenece al individuo sino a Cristo-Iglesia, a la totalidad de los fieles unidos en Cristo” (n. 19), por medio de la Palabra de Dios y los signos sacramentales. Estos signos, siguiendo el camino de la Encarnación, están de acuerdo con el lenguaje del cuerpo, que se extiende a las cosas, al espacio y al tiempo.

Respecto a lo segundo, la presunción de salvarnos por nuestra cuenta (neo-pelagianismo), “la celebración litúrgica nos purifica proclamando la gratuidad del don de la salvación recibida en la fe”. Quien nos salva es el Señor. Por eso la liturgia no tiene nada que ver con un “moralismo ascético”, es decir, la propuesta de buscar la santidad en primer lugar con nuestras fuerzas y nuestras luchas; sino con el deseo que tiene Jesús de darse para ser luz, alimento y fuerza de nuestra vida.

Teología, belleza, asombro

Se detiene el Papa en el significado teológico de la liturgia, según el Concilio Vaticano II (cf. Const. Sacrosanctum concilium, 7) en relación con Cristo, su sacerdocio y el misterio pascual de su muerte y resurrección. En palabras de Francisco: “La liturgia es el sacerdocio de Cristo revelado y entregado a nosotros en su Pascua, presente y activo hoy a través de los signos sensibles (agua, aceite, pan, vino, gestos, palabras) para que el Espíritu, sumergiéndonos en el misterio pascual, transforme toda nuestra vida, conformándonos cada vez más con Cristo” (n. 21).

En cuanto a la belleza de la liturgia, advierte que no se trata de un “esteticismo ritual” (que se fijase sólo en los ritos exteriores). Pero se sitúa también lejos de la “dejadez banal”, de una “superficialidad ignorante”, y también de un “funcionalismo práctico” exagerado. “Seamos claros: hay que cuidar todos los aspectos de la celebración”; pero aún esto no sería suficiente para una participación litúrgica plena. ¿Qué propone además Francisco?

Ante todo “el asombro ante el misterio pascual”, es decir la actitud de quien aprecia la maravilla y el significado de lo que se celebra. Por eso es necesaria una “seria y vital formación litúrgica”.

Como marco histórico, aduce que la posmodernidad ha heredado de la modernidad la tendencia al individualismo y al subjetivismo. En cambio, el Concilio Vaticano II ha situado en el primer puesto, no al hombre, sino a Dios, por medio de la oración y de la liturgia (la constitución sobre la liturgia fue la primera aprobada).

En palabras de san Pablo VI: “La liturgia, la primera fuente de la vida divina que se nos comunica, la primera escuela de nuestra vida espiritual, el primer don que podemos hacer al pueblo cristiano, que con nosotros que cree y ora, y la primera invitación al mundo para que desate en oración dichosa y veraz su lengua muda y sienta el inefable poder regenerador de cantar con nosotros las alabanzas divinas y las esperanzas humanas, por Cristo Señor en el Espíritu Santo” (Conclusión de la segunda sesión del Concilio, 4-XII-1963).

Iglesia y persona

La liturgia, declara el Concilio, es “la cumbre a la cual tiende la acción de la Iglesia y, al mismo tiempo, la fuente de donde mana toda su fuerza” (Sacrosanctum concilium, 10). De ahí que, deduce Francisco, sería banal interpretar las tensiones que hoy se advierten en la interpretación de la liturgia, como simples divergencias de sensibilidades. En realidad, señala el Papa, la cuestión de fondo es eclesiológica; es decir, comprender que la liturgia es expresión de la Iglesia, como lo es el Concilio mismo.

Por eso subraya que solo la Iglesia –comunidad de los que siguen a Cristo resucitado unidos en su cuerpo por el Espíritu Santo- vence “el angosto espacio del individualismo espiritual” (n. 32). En efecto, aquí se juega la realidad misma de lo que es ser persona en sentido pleno: un ser llamado a subsistir en sí mismo y madurar en relación con los demás.

A este propósito añade el Papa con expresión que puede llamar justamente la atención: “Solo la Iglesia de Pentecostés puede concebir al hombre como persona, abierto a una relación plena con Dios, con la creación y con los hermanos” (n. 33). Cabría preguntarse: ¿Es que fuera de la Iglesia la persona no encuentra su realización y su reconocimiento? Y cabría entonces responder: puede ser, más o menos; pero no plenamente, según la fe cristiana.

Formación para y desde la liturgia

Así llegamos a la formación litúrgica en concreto. Y aquí Francisco toma la mano segura de Guardini para proponer una “formación para la liturgia y la formación desde la liturgia” (n. 34)

En primer lugar, formación "para" la liturgia. Esto incluye, señala el Papa, el conocimiento del sentido teológico de la liturgia, unido a la comprensión de los textos eucológicos (litúrgicos), los dinamismos rituales y su valor antropológico.

El sentido teológico de la liturgia incluye el hecho de que quien celebra no es solo el sacerdote sino toda la Iglesia, Cuerpo de Cristo.

Ese “sentido” de la liturgia requiere no solo estudio y explicación, sino también: la “experiencia de fe viva, alimentada por la oración” (n. 36); la conexión de todas y cada una de las disciplinas de la teología con la liturgia (atención a la formación sacerdotal); el situar la celebración eucarística dominical en el centro de la vida cristiana; vivir el anuncio de la fe o la evangelización como consecuencia de la celebración litúrgica; la formación (litúrgica) permanente para los ministros y todos los bautizados.

En segundo lugar, formación "desde" la liturgia. Es decir, la formación que cada bautizado requiere para participar en la celebración, cuyo fin primero es la alabanza y acción de gracias a Dios Padre, por Cristo en el Espíritu Santo. Al mismo tiempo, por la comunión eucarística, nos convertimos en aquello que comemos (San León Magno).

Por medio de la liturgia, de sus gestos y sus signos, toda la creación es atraída por Cristo y puesta al servicio del amor y de la gloria del Padre. Así es, y así se confirma la enseñanza del libro del Génesis, hecha plena por la obra de Cristo: el hombre, toda su actividad, y su trabajo están al servicio del culto a Dios y del servicio, por amor a Dios, a todos los hombres. Por eso el hombre plenamente “vivo” es que conoce a Dios y vive según Él (San Ireneo). Es preciso, dice el Papa, redescubrir con asombro las cosas creadas, “con una mirada nueva, no superficial, respetuosa, agradecida” (n. 46).

Además, y en relación con lo que más arriba decía Francisco sobre los “dinamismos rituales y su valor antropológico”, subraya con Guardini la necesidad de que la formación litúrgica ayude a devolver al hombre la capacidad para comprender y vivir lo expresado en los símbolos. Para empezar, añade Francisco, el profundo y bello significado del propio cuerpo, al servicio del alma. Observa el sucesor de Pedro que, aunque actualmente se haya perdido el sentido del símbolo, no hay que renunciar a esa tarea porque el lenguaje simbólico es constitutivo del hombre y está al servicio de su trascendencia.

La iniciación en el lenguaje simbólico de modo sencillo la pueden hacer los padres o los abuelos, los párrocos y los catequistas enseñando a hacer la señal de la cruz, el arrodillarse o las fórmulas de la fe. En efecto, el lenguaje simbólico va más allá del conceptual y comienza más bien por la vía de la belleza, de la confianza y del afecto.

Entre los signos litúrgicos destaca el Papa tres: el silencio, el arrodillarse, la Palabra. El silencio, donde está previsto en la liturgia, es símbolo de la presencia y acción del Espíritu Santo, que mueve al arrepentimiento y a la escucha, a la adoración y a la entrega generosa. El arrodillarse es manifestación de arrepentimiento, de humildad y agradecimiento, también de fe ante la presencia de Dios. La Palabra se proclama y se escucha, inspira la oración y se hace vida de la persona y de la comunidad.

Además, Francisco invita a redescubrir el sentido el año litúrgico (en cuanto camino de formación, centrado en la Pascua, y configuración con Cristo) y del domingo, día del Señor (como regalo de Dios a su pueblo, medio de formación, luz e impulso para la comunión fraterna y el servicio).

El papel de los ministros

¿Cuál es el papel de los ministros en la formación litúrgica? Ante todo, señala Francisco, cuidar el “arte de celebrar” (que no es ni una mera observancia de las rúbricas ni creatividad sin reglas) y explicar la primacía de la acción del Espíritu Santo (por delante de los subjetivismos o de los culturalismos, que conceden una prevalencia a sensibilidades individuales o incorporan sin criterios elementos culturales). También deben enseñar la dinámica del lenguaje simbólico, ya apuntada.

Con Guardini, el Papa insiste en superar el individualismo y el subjetivismo por medio de una oración obediente a la Iglesia. De esta forma la misma “disciplina” de la Iglesia va formando nuestros sentimientos, actitudes y comportamientos en conformidad con lo que somos: un solo cuerpo, la Iglesia.

Por lo que se refiere al modo de presidir las asambleas litúrgicas, Francisco advierte del riesgo de un “exagerado personalismo” de los ministros. Y señala la necesidad de que sean “presencia particular del Resucitado”. En todo caso el “arte de celebrar” se aprende en gran medida a partir de la oración y el contacto con el fuego del Espíritu Santo. El Espíritu es el modelador del ministro, para que presida adecuadamente la liturgia a la vez que va configurando su vida de acuerdo con lo que celebra.

Concluye pidiendo que, ante la importancia de la comunión y la belleza de la liturgia, abandonemos las polémicas que nos dividen. En tres ocasiones se refiere a la carta apostólica “Traditionis custodes” (2021) sobre el uso de la reforma romana antes de la reforma de 1970. Afirma aquí haberla escrito “para que la Iglesia pueda elevar, en la variedad de lenguas, una única e idéntica oración capaz de expresar su unidad” que desea restablecer en toda la Iglesia de Rito Romano (n. 61).

Fuente: iglesiaynuevaevangelizacion.blogspot.com

12 julio 2022

Sanadores

Juan Luis Selma

Lo que da valor a mi vida no es lo que tengo: dinero, posición; sino la calidad de mis relaciones

Rafael, estudiante se segundo de Bachillerato, acaba de regresar de un campo de trabajo en Sudáfrica junto a sus compañeros del colegio Retamar. Quiere estudiar medicina y cuenta la siguiente experiencia: “Fui uno de los afortunados que pasó una mañana en el hospital local, ofreciéndome como ayudante. Estuve en la consulta de urgencias. Inmediatamente apareció una joven de solo 23 años, que venía con un gran dolor de estómago. En su rostro resaltaba la indiferencia y desesperanza por su vida. Diez minutos después la médico le dio tres noticias. Tenía Sida, estaba embarazada y había sufrido un aborto natural. Pero lo más sorprendente fue que no se inmutó. ¿Acaso alguien se sorprende de estas noticias en el tercer mundo? Tuvieron que intervenirle, sin anestesia, para sacarle los restos de su bebé. Le vi sola, con su dolor, y le di la mano. Un gesto muy pequeño, que después me agradeció con una sonrisa muy grande”.

Acaba el relato con esta consideración: “Volvemos con ganas de ayudar más. Hemos visto los problemas del tercer mundo. Los nuestros son, sencillamente, del primer mundo”. Corremos el peligro de desfigurar la realidad al encerrarnos en nuestros problemas y pensar que somos los más desgraciados del mundo. Ampliar horizontes, mirar al que está a nuestro lado, pararnos para hacernos cargo de sus necesidades y problemas es un gran antídoto para los nuestros. Si no salimos de nosotros corremos el peligro de deshumanizarnos.

El Evangelio de hoy es proverbial. Cuenta la parábola del buen samaritano. Nos dice que la vida eterna, el cielo −la felicidad−, se logra amando a Dios con todas nuestras fuerzas y al prójimo como a nosotros mismos. El Maestro nos muestra quién es nuestro prójimo. Es cualquier persona que pase junto a nosotros: el vecino, el compañero de trabajo, la cajera del súper, el conductor del autobús… El otro no solo es digno de atención y de respeto, es mucho más, es el que, al relacionarnos, me hace persona. Somos, en buena parte, nuestras relaciones.

Lo que da valor a mi vida no es lo que tengo: talentos, dinero, posición, sino la calidad de mis relaciones. El que es capaz de tener una relación amistosa, confiada, respetuosa con Dios; aquel que se sabe querido por el Ser supremo; que es consciente de que su vida tiene sentido de misión; que le aguarda el Paraíso, tiene mucho ganado.

Y, por supuesto, cómo me relaciono con los míos. Lo importante no es cómo me siento: valorado, querido, comprendido, a gusto; sino qué sienten los demás: cónyuge, hijos, padres, hermanos, amigos… Dice mucho de uno conseguir que los demás se sientan importantes, queridos, comprendidos, valorados. Siguiendo la ley del embudo gana el más fuerte, no el que tiene razón. El egoísmo, individualismo problemático, resalta los propios intereses olvidándose u oponiéndose a los de los demás. Como dice Hobbes, el egoísmo pone al hombre en desacuerdo consigo mismo al crear un hambre que no puede satisfacerse.

La parábola nos muestra un hombre herido por criminales, desnudo, tirado por el suelo. Se le cruzan un sacerdote y un levita, ambos están muy ocupados, tienen que cumplir sus obligaciones en el Templo. Los dos pasan de largo. Tiene que ser un samaritano, un extranjero, quien le presta atención: “Pero un samaritano que iba de viaje, al verlo, se compadeció de él, se le acercó, ungió sus heridas con aceite y vino y se las vendó; luego lo puso sobre su cabalgadura, lo llevó a un mesón y cuidó de él”.

Primero hay que acercarse. Podemos vivir en la misma casa, en lo que tendría que ser un hogar y estar muy alejados. Esposos que llevan tiempo sin hablarse, sin mirarse a los ojos, sin acariciarse. Padres que no hablan con sus hijos y, para compensar, les llenan de regalos y caprichos. Hermanos que viven como desconocidos. No puede haber amor sin proximidad física y afectiva. Tengo que dejar mi camino, mis cosas, intereses y problemas para aproximarme a otro. Olvidar lo mío e interesarme por lo suyo. Interrumpir mi camino para salir al encuentro del otro. Sin una acción, sin una renuncia, sin una disposición querida y decidida no hay encuentro.

Después el samaritano unge las heridas. Primero las ha reconocido, se ha dado cuenta, las ha visto sangrar y se ha conmovido. Ya dice mucho de uno, el darse cuenta de lo herido que está el otro. El primer paso para ser un buen sanador es tener un buen ojo clínico. Luego viene la compasión, el sufrir: ¡Me duelen tus heridas! Luego aliviarlas con aceite y vino y cargar con tu dolor y tu persona. Te abrazo, cargo contigo, llevo tu peso. Ya no te dejaré solo y me olvidaré de lo mío: trabajo, proyectos, pasado… porque tú eres lo único que me importa.

Fuente: eldiadecordoba.es

Salvar a Europa

Antonio García-Prieto Segura

“Si san Benito fue (…) una estrella luminosa en su tiempo, marcado por una profunda crisis de los valores y de las instituciones, era porque aprendió a discernir entre lo esencial y lo secundario en la vida espiritual, poniendo firmemente en el centro al Señor.” (Discurso a la Confederación benedictina, 19-IV-2018)

La figura de san Benito, patrono de Europa, cuya fiesta celebraremos los católicos el próximo día 11, me ha sugerido el título de estas líneas.  Título audaz si tomamos en serio el verbo “salvar” y, sobre todo, el complemento adjudicado: “Europa”. Las dificultades de semejante reto no radican tanto en el verbo “salvar” que significa “librar de un riesgo o peligro, poner en seguro”, sino en el complemento atribuido. Decir “Europa” lleva a pensar  -más allá de su connotación geográfica-, en un continente con muchos siglos de historia y una riqueza de valores que, por su contenido humano y espiritual, ha iluminado al mundo entero, aunque no siempre todo hayan sido luces. Actualmente, ¿qué es o qué supone “Europa” que haya de salvarse?.

Hoy nos envuelve toda una barahúnda de problemas: estamos asediados por innumerables frentes de batallas y no solo armamentísticas -léase, Ucrania-, sino también de tipo económico, de carácter ecológico ambiental, de naturaleza estrictamente humana por una inmigración galopante y sus amargos frutos de marginación y sufrimiento indecibles… En esta atmósfera social no se trataría solo de “salvar los muebles” en el sentido original de la expresión -rescatar los enseres materiales sobrevividos a una catástrofe-, sino por encima de todo, la dignidad de las personas, mirando por lo más preciado que cada uno de nosotros posee: la vida y la libertad como dones recibidos de Dios, a través de nuestros padres.

Salvar a Europa, pues, en favor de la persona, y superar la actual crisis de valores que, de no hacerlo, nos llevaría al naufragio. El papa Francisco se refería expresamente a este reto: “Si san Benito fue (…) una estrella luminosa en su tiempo, marcado por una profunda crisis de los valores y de las instituciones, era porque aprendió a discernir entre lo esencial y lo secundario en la vida espiritual, poniendo firmemente en el centro al Señor.” (Discurso a la Confederación benedictina, 19-IV-2018). La crisis de entonces aconteció con el hundimiento del Imperio Romano, hacia finales del siglo V. Al margen de las diferencias históricas y coyunturales entre aquel período y los momentos actuales, lo que sigue permaneciendo esencial, común e invariable, como centro de la crisis, es y seguirá siéndolo hasta el fin de los tiempos, la persona humana, varón o mujer: un ser en íntima simbiosis de carne y espíritu, con los valores intangibles de su dignidad, por tener un origen divino y un destino eterno más allá de la muerte. Si prescindimos de estas referencias carece de sentido hablar de salvación: sea de Europa o, ya puestos, del lucero del alba. Todo quedaría en “salvar los muebles”, enseres materiales perecederos, un objetivo al fin de extrema pobreza por su estrechez de horizontes.    

Fuente: religion.elconfidencialdigital.com

10 julio 2022

“Tuvo compasión”

 El Papa en el Ángelus


Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

El Evangelio de la Liturgia de hoy narra la parábola del buen samaritano (cfr. Lc 10,25-37); todos la conocemos. Como telón de fondo, el camino que desciende desde Jerusalén hasta Jericó; a un lado, yace un hombre al que los ladrones han golpeado y robado. Un sacerdote que pasa lo ve pero no se detiene, sigue adelante; lo mismo hace un levita, esto es, un encargado del culto en el templo. «En cambio -dice el Evangelio-, un samaritano que viajaba por allí, al pasar junto a él, lo vio y tuvo compasión» (v. 33). No olvidemos estas palabras: “tuvo compasión”; es lo que siente Dios cada vez que nos ve en dificultad, en pecado, en una miseria: “tuvo compasión”. El evangelista desea precisar que el samaritano viajaba. Por tanto, aquel samaritano, a pesar de tener sus propios planes y de dirigirse a una meta lejana, no busca excusas y se deja interpelar por lo que sucede a lo largo del camino. Pensémoslo: ¿el Señor no nos enseña a comportarnos precisamente así? A mirar a lo lejos, a la meta final, poniendo al mismo tiempo mucha atención en los pasos que hay que dar, aquí y ahora, para llegar a ella.

Es significativo que los primeros cristianos fuesen llamados “discípulos del Camino” (cfr. At 9,2). El creyente, en efecto, se parece mucho al samaritano: como él, está de viaje, es un viandante. Sabe que no es una persona “que ha llegado”, y desea aprender todos los días siguiendo al Señor Jesús, que dijo: «Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida» (Jn 14, 6). Yo soy el Camino: el discípulo de Cristo camina siguiéndolo a Él, y así se hace “discípulo del Camino”. Va detrás del Señor, que no es sedentario sino que está siempre en camino: por el camino encuentra a las personas, cura a los enfermos, visita pueblos y ciudades. Así actuó el Señor, siempre en camino.

De este modo, el “discípulo del Camino” -es decir, nosotros los cristianos- ve que su modo de pensar y de obrar cambia gradualmente, haciéndose cada vez más conforme al del Maestro. Caminando sobre las huellas de Cristo, se convierte en viandante y aprende – como el samaritano – a ver y a tener compasión. Ve y siente compasión. Ante todo, ve: abre los ojos a la realidad, no está egoístamente encerrado en el círculo de sus propios pensamientos. En cambio, el sacerdote y el levita ven al desgraciado pero es como si no lo hubiesen visto, pasan de largo, miran a otro lado. El Evangelio nos educa a ver: guía a cada uno de nosotros a comprender rectamente la realidad, superando día tras día ideas preconcebidas y dogmatismos. Muchos creyentes se refugian en dogmatismos para defenderse de la realidad. Y, además, seguir a Jesús nos enseña a tener compasión: a fijarnos en los demás, sobre todo en quien sufre, en el más necesitado, y a intervenir como el samaritano: no pasar de largo sino detenerse.

Ante esta parábola evangélica puede suceder que culpabilicemos o nos culpabilicemos, que señalemos con el dedo a los demás comparándolos con el sacerdote y el levita: “¡Este y aquel pasan de largo, no se detienen!”; o que nos culpabilicemos a nosotros mismos enumerando nuestras faltas de atención al prójimo. Pero quisiera sugerir otro tipo de ejercicio. Cierto, cuando hemos sido indiferentes y nos hemos justificado, debemos reconocerlo; pero no nos detengamos ahí. Hemos de reconocerlo, es un error, pero pidamos al Señor que nos haga salir de nuestra indiferencia egoísta y que nos ponga en el Camino. Pidámosle que nos haga ver y tener compasión. Esta es una gracia, tenemos que pedirla al Señor: “Señor, que yo vea, que yo tenga compasión, como Tú me ves a mí y tienes compasión de mí”. Esta es la oración que os sugiero hoy: “Señor, que yo vea, que yo tenga compasión, como Tú me ves y tienes compasión de mí”. Que tengamos compasión de quienes encontramos en nuestro recorrido, sobre todo de quien sufre y está necesitado, para acercarnos y hacer lo que podamos para echar una mano.

A menudo, cuando me encuentro con algún cristiano o cristiana que viene a hablar de cosas espirituales, le pregunto si da limosna. “Sí”, me dice. -“Y, dime, ¿tú tocas la mano de la persona a la que das la moneda?”  -“No, no, la dejo caer”. -¿Y tú miras a los ojos a esa persona? –“No, no se me ocurre”. Si tú das limosna sin tocar la realidad, sin mirar a los ojos de la persona necesitada, esa limosna es para ti, no para ella. Piensa en esto: “¿Yo toco las miserias, también esas miserias que ayudo? ¿Miro a los ojos a las personas que sufren, a las personas a las que ayudo?” Os dejo este pensamiento: ver y tener compasión.

Que la Virgen María nos acompañe en esta vía de crecimiento. Que Ella, que nos “muestra el Camino”, esto es, Jesús, nos ayude también a ser cada vez más “discípulos del Camino”.

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Después del Ángelus

Queridos hermanos y hermanas:

me uno al dolor del pueblo de Sri Lanka, que sigue padeciendo los efectos de la inestabilidad política y económica. Junto con los obispos del país, renuevo mi llamamiento a la paz, y pido a las autoridades que no ignoren el clamor de los pobres y las necesidades de la gente.

Deseo dirigir un pensamiento especial al pueblo de Libia, especialmente a los jóvenes y a todos los que sufren a causa de los graves problemas sociales y económicos del país. Exhorto a todos a buscar de nuevo soluciones convincentes, con la ayuda de la comunidad internacional, a través del diálogo constructivo y la reconciliación nacional.

Y renuevo mi cercanía al pueblo ucraniano, atormentado a diario por brutales ataques cuyas consecuencias paga la gente común. Rezo por todas las familias, especialmente por las víctimas, los heridos, los enfermos; rezo por los ancianos y los niños. ¡Que Dios muestre el camino para poner fin a esta guerra absurda!

Hoy se celebra el Domingo del Mar. Recordamos a todos los marinos con estima y gratitud por su valioso trabajo, así como a los capellanes y voluntarios de “Stella Maris”. Encomiendo a la Virgen a los marinos que se encuentran bloqueados  en zonas de guerra, para que puedan volver a casa.

Saludo al grupo del Colegio Santo Tomás de Lisboa y a los fieles de Viseu, Portugal; al Coro "Siempre así" de España, a los jóvenes de la Archidiócesis de Berlín y a los niños de Confirmación de Bolgare (Bérgamo). Dirijo también mi saludo a los peregrinos polacos, y lo extiendo a los participantes en la peregrinación anual de la familia de Radio María al Santuario de Częstochowa. Y saludo a los sacerdotes de varios países que participan en el curso para formadores de seminario organizado por el Instituto Sacerdos de Roma.

Les deseo a todos un feliz domingo. Por favor, no se olviden de rezar por mí. ¡Buen almuerzo y hasta la vista!

Fuente: vatican.va