25 agosto 2022

Los dolores de la creación. La historia de la criatura como misterio de gestación”

 

La teología siempre ha reflexionado sobre la relación de esta singular “asunción” con la muerte, que el dogma no define. Pienso que sería aún más importante hacer explícita la relación de este misterio con la resurrección del Hijo, que abre el camino de la generación a la vida para todos nosotros. En el acto divino del reencuentro de María con Cristo Resucitado no trasciende simplemente la normal corrupción corporal de la muerte humana, no solo eso, sino que se anticipa la asunción corporal de la vida de Dios. De hecho, se anticipa el destino de la resurrección que nos concierne: porque según la fe cristiana, el Resucitado es el primogénito de muchos hermanos y hermanas. El Señor resucitado es Aquel que fue primero, que resucitó antes que todos, luego iremos nosotros: ese es nuestro destino: resucitar.

Podríamos decir –siguiendo las palabras de Jesús a Nicodemo– que es como un segundo nacimiento (cfr. Jn 3,3-8). Si el primero fue un nacimiento en la tierra, este segundo es un nacimiento en el cielo. No es casualidad que el apóstol Pablo, en el texto leído al principio, hable de los dolores del parto (cfr. Rm 8,22). Así como, tan pronto salimos del vientre de nuestra madre, somos siempre nosotros, el mismo ser humano que estaba en el vientre, así, después de la muerte, nacemos al cielo, al espacio de Dios, y seguimos siendo nosotros que hemos caminado sobre esta tierra. Análogamente a lo que le sucedió a Jesús: el Resucitado es siempre Jesús: no pierde su humanidad, su vida, ni siquiera su corporeidad, no, porque sin ella ya no sería Él, no sería Jesús: es decir, con su humanidad, con su vivencia.

Nos lo cuenta la experiencia de los discípulos, a quienes se les aparece durante cuarenta días después de su resurrección. El Señor muestra las heridas que sellaron su sacrificio; pero ya no son la fealdad de la degradación dolorosamente sufrida, ahora son la prueba indeleble de su amor fiel hasta el extremo. ¡Jesús resucitado con su cuerpo vive en la intimidad trinitaria de Dios! Y en ella no pierde la memoria, no abandona su propia historia, no disuelve las relaciones que vivió en la tierra. Prometió a sus amigos: «Cuando me haya marchado y os haya preparado un lugar, de nuevo vendré y os llevaré junto a mí, para que, donde yo estoy, estéis también vosotros» (Jn 14,3). Ha ido a preparar el lugar para todos nosotros y después de preparar un lugar vendrá. No solo vendrá al final para todos, vendrá cada vez para cada uno de nosotros. Vendrá a buscarnos para llevarnos a Él. En este sentido, la muerte es un pequeño paso hacia el encuentro con Jesús que me espera para llevarme a Él.

El Resucitado vive en el mundo de Dios, donde hay lugar para todos, donde se forma una tierra nueva y se construye la ciudad celestial, morada definitiva del hombre. No podemos imaginar esa transfiguración de nuestra corporeidad mortal, pero estamos seguros de que mantendrá nuestros rostros reconocibles y nos permitirá permanecer humanos en el cielo de Dios. Nos permitirá participar, con emoción sublime, de la exuberancia infinita y feliz del acto creador de Dios, cuyas interminables aventuras viviremos de primera mano.

Cuando Jesús habla del Reino de Dios, lo describe como una cena de bodas, como una fiesta con amigos, como el trabajo que hace la casa perfecta: es la sorpresa que hace que la cosecha sea más rica que la siembra. Tomar en serio las palabras evangélicas sobre el Reino capacita nuestra sensibilidad para gozar del amor activo y creador de Dios, y nos pone en sintonía con el destino inaudito de la vida que sembramos. En nuestra vejez, queridos y queridas coetáneos, y hablo a los “viejos” y “viejitas”, en nuestra vejez la importancia de tantos “detalles” de los que está hecha la vida –una caricia, una sonrisa, un gesto, un trabajo apreciado, una sorpresa inesperada, una alegría hospitalaria, un vínculo fiel–, se vuelve más aguda. Lo esencial de la vida, que apreciamos más en la vecindad de nuestra despedida, se nos muestra definitivamente claro. Y así, esa sabiduría de la vejez es el lugar de nuestra gestación, que ilumina la vida de los niños, jóvenes, adultos y de toda la comunidad. Los “viejos” debemos ser eso para los demás: luz para los demás. Toda nuestra vida aparece como una semilla que habrá que enterrar para que nazca su flor y su fruto. Nacerá, junto al resto del mundo. No sin esfuerzo, no sin dolor, pero nacerá (cfr. Jn 16,21-23). Y la vida del cuerpo resucitado será cien mil veces más viva que como la gustamos en esta tierra (cfr. Mc 10,28-31).

No es casualidad que el Señor resucitado, mientras espera a los Apóstoles junto al lago, asa pescado (cfr. Jn 21,9) y luego se lo ofrece. Este gesto de amor cariñoso nos hace darnos cuenta de lo que nos espera al pasar a la otra orilla. Sí, queridos hermanos y hermanas, especialmente vosotros los ancianos, lo mejor de la vida está aún por venir; “Pero somos viejos, ¿qué más tenemos que ver?”. Lo mejor, porque lo mejor de la vida está por venir. Esperamos esa plenitud de vida que nos aguarda a todos, cuando el Señor nos llame. Que la Madre del Señor y Madre nuestra, que nos precedió en el Paraíso, nos devuelva la inquietud de la espera porque no es una espera anestesiada, no es una espera aburrida, no, es una espera con inquietud: “¿Cuándo vendrá mi señor? ¿Cuándo podré ir allí?”. Un poco de miedo porque ese paso no sé lo que significa y pasar esa puerta da un poco de miedo, pero siempre está la mano del Señor que te lleva adelante y, atravesada la puerta, está la fiesta. Estemos atentos, queridos “viejos” y queridas “viejitas”, coetáneos, estemos atentos: Él nos está esperando, sólo un paso y luego la fiesta.

Saludos

Saludo cordialmente a los peregrinos de lengua francesa presentes en esta audiencia, en particular a los peregrinos de Francia y del Líbano, así como a los peregrinos de Burkina Faso que están visitando los santuarios de Italia. Mañana celebraremos a San Luis, rey de Francia, modelo de esposo, padre y político: que su ejemplo apoye vuestro testimonio cristiano. ¡Dios os bendiga a todos!

Saludo a los peregrinos de lengua inglesa presentes en la audiencia de hoy, especialmente a los de Malta, Singapur y Estados Unidos de América. Sobre vosotros y vuestras familias invoco la alegría y la paz de nuestro Señor Jesucristo. ¡El Señor os bendiga!

Saludo cordialmente a los hermanos y hermanas de lengua alemana. En estas semanas de verano son muchas las personas que han partido hacia diferentes destinos de vacaciones. No olvidemos –ante las muchas metas que perseguimos en la vida– la gran meta, el destino final de nuestra existencia: la unidad y la comunión con Dios ¡Mi bendición para todos!

Saludo cordialmente a los peregrinos de lengua española. Pidamos al Señor que, en el camino de esta vida terrena, sepamos sembrar con gestos de amor y ternura lo que cosecharemos en el Reino de los cielos. Que Dios los bendiga. Muchas gracias.

Saludo cordialmente a los fieles de lengua portuguesa, en particular a los peregrinos de la diócesis de Oporto y a los miembros de la Comunidad Amigos de Jesús de Ipatinga. Hermanos y hermanas, que el ejemplo del apóstol san Bartolomé, a quien celebramos hoy, fortalezca en vosotros el compromiso de llevar el Evangelio a todos. ¡Dios os bendiga!

Saludo a los fieles de lengua árabe. La sabiduría de la vejez es el lugar de nuestra gestación, que ilumina la vida de los niños, de los jóvenes, de los adultos, de toda la comunidad, y toda nuestra vida aparece como una semilla que hay que enterrar para que florezca y por eso os digo a vosotros, queridos hermanos y hermanas, especialmente a los ancianos, que lo mejor de la vida aún está por venir. ¡El Señor os bendiga a todos y os proteja siempre de todo mal!

Saludo cordialmente a los peregrinos polacos, especialmente a los niños y jóvenes que se preparan para el comienzo del año escolar. Muchos de ellos podrán estudiar gracias a las “Mochilas llenas de sonrisas” recibidas de Caritas Polonia, que también irán destinadas a refugiados de Ucrania. Seguir compartiendo con los necesitados, dando ejemplo de solidaridad. Os bendigo de corazón.

Dirijo una cordial bienvenida a los peregrinos de lengua italiana. En particular, saludo a las Hermanas de la Caridad de Santa María que están celebrando su Capítulo, a los Seminaristas que participan en un encuentro de formación de verano. Animo a todos a vivir su vocación como un servicio humilde y gozoso a Dios y a los hermanos.

Finalmente, como siempre, mi pensamiento se dirige a los ancianos, enfermos, jóvenes y recién casados, que son muchos. Que el ejemplo del apóstol san Bartolomé, a quien recordamos hoy, os ayude a mirar con confianza a Cristo, que es luz en las dificultades, apoyo en las pruebas y guía en cada momento de la vida. A todos mi bendición.

Llamamiento

Renuevo mi invitación a implorar al Señor la paz para el amado pueblo ucraniano que desde hace seis meses –hoy– sufre el horror de la guerra. Espero que se tomen medidas concretas para poner fin a la guerra y evitar el riesgo de un desastre nuclear en Zaporizhzhia. Llevo en mi corazón a los presos, especialmente a los que se encuentran en condiciones frágiles, y pido a las autoridades responsables que trabajen por su liberación. Pienso en los niños, muchos muertos, y luego en tantos refugiados, aquí en Italia hay muchos, muchos heridos, muchos niños ucranianos y niños rusos que se han quedado huérfanos y los huérfanos no tienen nacionalidad, han perdido a su padre o madre, ya sean rusos o ucranianos. Pienso en tanta crueldad, en tanta gente inocente que está pagando la locura, la locura de todos lados, porque la guerra es locura y nadie en la guerra puede decir: “No, no estoy loco”. La locura de la guerra. Pienso en esa pobre niña que voló por los aires por una bomba que estaba debajo del asiento del automóvil en Moscú. ¡Los inocentes pagan la guerra, los inocentes! Pensemos en esta realidad y digámonos: la guerra es una locura. Y los que ganan con la guerra y el comercio de armas son criminales que matan a la humanidad. Y pensemos en otros países que llevan tiempo en guerra: Siria desde hace más de 10 años, pensemos en la guerra de Yemen, donde muchos niños pasan hambre, pensemos en los Rohingya que vagan por el mundo por la injusticia de ser expulsados ​​de su tierra. Pero hoy de manera especial, a seis meses del inicio de la guerra, pensemos en Ucrania y Rusia: a ambos países los consagré al Inmaculado Corazón de María. Que Ella, como Madre, vuelvas la mirada a estos dos amados países: ¡que mire a Ucrania, que mire a Rusia y nos traiga la paz! ¡Necesitamos paz!

Fuentevatican.va

24 agosto 2022

“Los dolores de la creación. La historia de la criatura como misterio de gestación”

La teología siempre ha reflexionado sobre la relación de esta singular “asunción” con la muerte, que el dogma no define. Pienso que sería aún más importante hacer explícita la relación de este misterio con la resurrección del Hijo, que abre el camino de la generación a la vida para todos nosotros. En el acto divino del reencuentro de María con Cristo Resucitado no trasciende simplemente la normal corrupción corporal de la muerte humana, no solo eso, sino que se anticipa la asunción corporal de la vida de Dios. De hecho, se anticipa el destino de la resurrección que nos concierne: porque según la fe cristiana, el Resucitado es el primogénito de muchos hermanos y hermanas. El Señor resucitado es Aquel que fue primero, que resucitó antes que todos, luego iremos nosotros: ese es nuestro destino: resucitar.

Podríamos decir –siguiendo las palabras de Jesús a Nicodemo– que es como un segundo nacimiento (cfr. Jn 3,3-8). Si el primero fue un nacimiento en la tierra, este segundo es un nacimiento en el cielo. No es casualidad que el apóstol Pablo, en el texto leído al principio, hable de los dolores del parto (cfr. Rm 8,22). Así como, tan pronto salimos del vientre de nuestra madre, somos siempre nosotros, el mismo ser humano que estaba en el vientre, así, después de la muerte, nacemos al cielo, al espacio de Dios, y seguimos siendo nosotros que hemos caminado sobre esta tierra. Análogamente a lo que le sucedió a Jesús: el Resucitado es siempre Jesús: no pierde su humanidad, su vida, ni siquiera su corporeidad, no, porque sin ella ya no sería Él, no sería Jesús: es decir, con su humanidad, con su vivencia.

Nos lo cuenta la experiencia de los discípulos, a quienes se les aparece durante cuarenta días después de su resurrección. El Señor muestra las heridas que sellaron su sacrificio; pero ya no son la fealdad de la degradación dolorosamente sufrida, ahora son la prueba indeleble de su amor fiel hasta el extremo. ¡Jesús resucitado con su cuerpo vive en la intimidad trinitaria de Dios! Y en ella no pierde la memoria, no abandona su propia historia, no disuelve las relaciones que vivió en la tierra. Prometió a sus amigos: «Cuando me haya marchado y os haya preparado un lugar, de nuevo vendré y os llevaré junto a mí, para que, donde yo estoy, estéis también vosotros» (Jn 14,3). Ha ido a preparar el lugar para todos nosotros y después de preparar un lugar vendrá. No solo vendrá al final para todos, vendrá cada vez para cada uno de nosotros. Vendrá a buscarnos para llevarnos a Él. En este sentido, la muerte es un pequeño paso hacia el encuentro con Jesús que me espera para llevarme a Él.

El Resucitado vive en el mundo de Dios, donde hay lugar para todos, donde se forma una tierra nueva y se construye la ciudad celestial, morada definitiva del hombre. No podemos imaginar esa transfiguración de nuestra corporeidad mortal, pero estamos seguros de que mantendrá nuestros rostros reconocibles y nos permitirá permanecer humanos en el cielo de Dios. Nos permitirá participar, con emoción sublime, de la exuberancia infinita y feliz del acto creador de Dios, cuyas interminables aventuras viviremos de primera mano.

Cuando Jesús habla del Reino de Dios, lo describe como una cena de bodas, como una fiesta con amigos, como el trabajo que hace la casa perfecta: es la sorpresa que hace que la cosecha sea más rica que la siembra. Tomar en serio las palabras evangélicas sobre el Reino capacita nuestra sensibilidad para gozar del amor activo y creador de Dios, y nos pone en sintonía con el destino inaudito de la vida que sembramos. En nuestra vejez, queridos y queridas coetáneos, y hablo a los “viejos” y “viejitas”, en nuestra vejez la importancia de tantos “detalles” de los que está hecha la vida –una caricia, una sonrisa, un gesto, un trabajo apreciado, una sorpresa inesperada, una alegría hospitalaria, un vínculo fiel–, se vuelve más aguda. Lo esencial de la vida, que apreciamos más en la vecindad de nuestra despedida, se nos muestra definitivamente claro. Y así, esa sabiduría de la vejez es el lugar de nuestra gestación, que ilumina la vida de los niños, jóvenes, adultos y de toda la comunidad. Los “viejos” debemos ser eso para los demás: luz para los demás. Toda nuestra vida aparece como una semilla que habrá que enterrar para que nazca su flor y su fruto. Nacerá, junto al resto del mundo. No sin esfuerzo, no sin dolor, pero nacerá (cfr. Jn 16,21-23). Y la vida del cuerpo resucitado será cien mil veces más viva que como la gustamos en esta tierra (cfr. Mc 10,28-31).

No es casualidad que el Señor resucitado, mientras espera a los Apóstoles junto al lago, asa pescado (cfr. Jn 21,9) y luego se lo ofrece. Este gesto de amor cariñoso nos hace darnos cuenta de lo que nos espera al pasar a la otra orilla. Sí, queridos hermanos y hermanas, especialmente vosotros los ancianos, lo mejor de la vida está aún por venir; “Pero somos viejos, ¿qué más tenemos que ver?”. Lo mejor, porque lo mejor de la vida está por venir. Esperamos esa plenitud de vida que nos aguarda a todos, cuando el Señor nos llame. Que la Madre del Señor y Madre nuestra, que nos precedió en el Paraíso, nos devuelva la inquietud de la espera porque no es una espera anestesiada, no es una espera aburrida, no, es una espera con inquietud: “¿Cuándo vendrá mi señor? ¿Cuándo podré ir allí?”. Un poco de miedo porque ese paso no sé lo que significa y pasar esa puerta da un poco de miedo, pero siempre está la mano del Señor que te lleva adelante y, atravesada la puerta, está la fiesta. Estemos atentos, queridos “viejos” y queridas “viejitas”, coetáneos, estemos atentos: Él nos está esperando, sólo un paso y luego la fiesta.

Saludos

Saludo cordialmente a los peregrinos de lengua francesa presentes en esta audiencia, en particular a los peregrinos de Francia y del Líbano, así como a los peregrinos de Burkina Faso que están visitando los santuarios de Italia. Mañana celebraremos a San Luis, rey de Francia, modelo de esposo, padre y político: que su ejemplo apoye vuestro testimonio cristiano. ¡Dios os bendiga a todos!

Saludo a los peregrinos de lengua inglesa presentes en la audiencia de hoy, especialmente a los de Malta, Singapur y Estados Unidos de América. Sobre vosotros y vuestras familias invoco la alegría y la paz de nuestro Señor Jesucristo. ¡El Señor os bendiga!

Saludo cordialmente a los hermanos y hermanas de lengua alemana. En estas semanas de verano son muchas las personas que han partido hacia diferentes destinos de vacaciones. No olvidemos –ante las muchas metas que perseguimos en la vida– la gran meta, el destino final de nuestra existencia: la unidad y la comunión con Dios ¡Mi bendición para todos!

Saludo cordialmente a los peregrinos de lengua española. Pidamos al Señor que, en el camino de esta vida terrena, sepamos sembrar con gestos de amor y ternura lo que cosecharemos en el Reino de los cielos. Que Dios los bendiga. Muchas gracias.

Saludo cordialmente a los fieles de lengua portuguesa, en particular a los peregrinos de la diócesis de Oporto y a los miembros de la Comunidad Amigos de Jesús de Ipatinga. Hermanos y hermanas, que el ejemplo del apóstol san Bartolomé, a quien celebramos hoy, fortalezca en vosotros el compromiso de llevar el Evangelio a todos. ¡Dios os bendiga!

Saludo a los fieles de lengua árabe. La sabiduría de la vejez es el lugar de nuestra gestación, que ilumina la vida de los niños, de los jóvenes, de los adultos, de toda la comunidad, y toda nuestra vida aparece como una semilla que hay que enterrar para que florezca y por eso os digo a vosotros, queridos hermanos y hermanas, especialmente a los ancianos, que lo mejor de la vida aún está por venir. ¡El Señor os bendiga a todos y os proteja siempre de todo mal!

Saludo cordialmente a los peregrinos polacos, especialmente a los niños y jóvenes que se preparan para el comienzo del año escolar. Muchos de ellos podrán estudiar gracias a las “Mochilas llenas de sonrisas” recibidas de Caritas Polonia, que también irán destinadas a refugiados de Ucrania. Seguir compartiendo con los necesitados, dando ejemplo de solidaridad. Os bendigo de corazón.

Dirijo una cordial bienvenida a los peregrinos de lengua italiana. En particular, saludo a las Hermanas de la Caridad de Santa María que están celebrando su Capítulo, a los Seminaristas que participan en un encuentro de formación de verano. Animo a todos a vivir su vocación como un servicio humilde y gozoso a Dios y a los hermanos.

Finalmente, como siempre, mi pensamiento se dirige a los ancianos, enfermos, jóvenes y recién casados, que son muchos. Que el ejemplo del apóstol san Bartolomé, a quien recordamos hoy, os ayude a mirar con confianza a Cristo, que es luz en las dificultades, apoyo en las pruebas y guía en cada momento de la vida. A todos mi bendición.

Llamamiento

Renuevo mi invitación a implorar al Señor la paz para el amado pueblo ucraniano que desde hace seis meses –hoy– sufre el horror de la guerra. Espero que se tomen medidas concretas para poner fin a la guerra y evitar el riesgo de un desastre nuclear en Zaporizhzhia. Llevo en mi corazón a los presos, especialmente a los que se encuentran en condiciones frágiles, y pido a las autoridades responsables que trabajen por su liberación. Pienso en los niños, muchos muertos, y luego en tantos refugiados, aquí en Italia hay muchos, muchos heridos, muchos niños ucranianos y niños rusos que se han quedado huérfanos y los huérfanos no tienen nacionalidad, han perdido a su padre o madre, ya sean rusos o ucranianos. Pienso en tanta crueldad, en tanta gente inocente que está pagando la locura, la locura de todos lados, porque la guerra es locura y nadie en la guerra puede decir: “No, no estoy loco”. La locura de la guerra. Pienso en esa pobre niña que voló por los aires por una bomba que estaba debajo del asiento del automóvil en Moscú. ¡Los inocentes pagan la guerra, los inocentes! Pensemos en esta realidad y digámonos: la guerra es una locura. Y los que ganan con la guerra y el comercio de armas son criminales que matan a la humanidad. Y pensemos en otros países que llevan tiempo en guerra: Siria desde hace más de 10 años, pensemos en la guerra de Yemen, donde muchos niños pasan hambre, pensemos en los Rohingya que vagan por el mundo por la injusticia de ser expulsados ​​de su tierra. Pero hoy de manera especial, a seis meses del inicio de la guerra, pensemos en Ucrania y Rusia: a ambos países los consagré al Inmaculado Corazón de María. Que Ella, como Madre, vuelvas la mirada a estos dos amados países: ¡que mire a Ucrania, que mire a Rusia y nos traiga la paz! ¡Necesitamos paz!

Fuentevatican.va

¿Pedir perdón o pedir permiso? Las ciudades y el transporte

Enrique Dans


“Si algo es una buena idea, hazlo, es más fácil disculparse que pedir permiso”

Grace Hopper, conocida como «Amazing Grace», Almirante de la Armada de los Estados Unidos y pionera en el desarrollo de software, tenía una máxima que expresó en varias ocasiones: “si algo es una buena idea, hazlo, es más fácil disculparse que pedir permiso”. La máxima que ha sido utilizada en numerosas ocasiones con mayor o menor fortuna en el lanzamiento de ideas de todo tipo, pero que tomó especial relevancia cuando, en muchas ciudades, compañías como Uber, Lyft y muchas otras comenzaron a poner en marcha servicios en los que cualquiera, tras pasar un sencillo proceso de selección, podía utilizar su vehículo para el transporte de personas, sin necesidad de una licencia de taxi. Obviamente, este tipo de servicios generaron una fuerte polémica, fundamentalmente con aquellos que habían pagado sumas importantes por aquellas licencias de taxi que, en su momento, fueron diseñadas para evitar la llamada «tragedia de los comunes«, pero que en un hipotético futuro con una ley de la oferta y la demanda gobernada por apps, pasaba a tener escaso sentido y a funcionar más como un causa que como una solución al problema del transporte urbano.

Las ciudades reaccionaron al desafío de muy diversas maneras. La inmensa mayoría de los ayuntamientos norteamericanos, tras esperar un tiempo para observar el funcionamiento de sus entornos urbanos una vez introducidos los nuevos actores, tomaron la decisión de permitirlos o hicieron algunos aislados intentos de regularlos a veces acompañados de algún tira y afloja con los permisos, pero por lo general, hoy es perfectamente habitual encontrar ese tipo de servicios en la gran mayoría de las ciudades. En otros países, como en la mayor parte de la América latina, en los que de por sí el funcionamiento del taxi estaba sujeto a una regulación más laxa o inexistente y que incluso, en algunos casos, manifestaban problemas de seguridad ciudadana relacionados con ello, compañías como Uber o Cabify fueron generalmente bien recibidos y vistos a la vez como una solución y como una posible fuente de ingresos para muchos. En Europa, la mayor parte de las ciudades optaron por una regulación más dura, por exigir a los conductores licencias como las de vehículo de transporte con conductor (VTC) teóricamente sometidas a una limitación en número, y plantearon en algunos casos prohibiciones, que generalmente, como la de Uber en Londres ayer mismo, terminaron por ser levantadas. Cada vez son más las ciudades que entienden que la solución al problema del transporte pasa por el desarrollo de un transporte público potente, rodeado de una amplia a variedad de iniciativas privadas que disuadan del uso del automóvil particular y nos lleven a una era del automóvil planteado como servicio en lugar de como producto, aunque ello conlleve cambios y resistencias importantes en la concepción y el diseño de las ciudades.

¿Qué han aprendido los ayuntamientos de los episodios con compañías como Uber o Lyft? Todo indica que bastante. En San Francisco, una nueva oleada de compañías, esta vez dedicadas al alquiler por minutos de patinetes eléctricos que podían ser aparcados o – en muchas ocasiones, abandonados – en cualquier sitio, invadieron las ciudades. De la noche a la mañana, y sin que existiesen demasiadas regulaciones para ello, las aceras se llenaron de personas utilizando estos dispositivos, que alcanzan velocidades de hasta 25 km/h pero cuyo uso era hasta ese momento solo habitual como juguetes de niños, y que eran dejados prácticamente en cualquier sitio. En alguna ciudad, incluso, una de las compañías simplemente «informó» al ayuntamiento del despliegue de su flota mediante un mensaje a través de LinkedIn. Algunos ayuntamientos reaccionaron retirando y multando todos los patinetes que encontraron en sus calles aparcados en lugares molestos o sin regular, y demandando suspensiones del servicio.

Ahora, sin embargo, los ayuntamientos parecen estar mostrando una cara diferente: en algunos casos, han comenzado a anunciar licencias oficiales para operar este tipo de servicios – en San Francisco, cinco licencias para un total de 1.250 patinetes durante un plan piloto de seis meses – y han puesto la semana que viene como fecha para decidir cuáles de las compañías, entre Bird, Lime, Skip, Uber, Lyft u otras, son autorizadas a operar. Algunas compañías han anunciado iniciativas para ser vistas con mejores ojos por el ayuntamiento, que van desde planes para la integración de personas de bajos ingresos o para la cobertura de zonas con menor servicio de transporte público, hasta la construcción de infraestructuras para el aparcamiento preferente de sus vehículos, pasando por cuestiones relacionadas con la seguridad o incluso con la donación de un dólar por vehículo y día para contribuir a la construcción de carriles bici.

Ante la perspectiva de un crecimiento masivo de iniciativas de transporte como las bicicletas o los patinetes, los ayuntamientos parecen haber decidido que la actitud adecuada no es la de prohibir u oponerse sistemáticamente, sino la de intentar integrarlas de una manera lo más constructiva posible, con sistemas que, además, contribuyan a llenar las arcas municipales o, cuando menos, a obtener beneficios en forma de infraestructuras o iniciativas interesantes para la ciudad. El «mejor pedir perdón que pedir permiso» funcionó una vez y no estuvo exento de problemas, pero podría haber resultado determinante a la hora de definir cuál va a ser la actitud de los ayuntamientos en un tema como el del transporte urbano que, sin duda, vamos a ver evolucionar de manera dramática a lo largo de los próximos diez años.

Fuente: enriquedans.com/

23 agosto 2022

'De Profundis'

Juan Manuel de Prada


«Yo veo ahora que el dolor, por ser la emoción suprema de que el hombre es capaz, es a la vez el tipo y la prueba de todo gran Arte»

Señalábamos en un artículo anterior, citando a Concepción Arenal, que el dolor es una parte constitutiva de la existencia humana que, bien aprovechada, puede convertirse en origen de todo lo bueno, verdadero y bello que somos capaces de realizar. Esta realidad, tan evidente y fecunda (que, sin embargo, nuestra época podrida prefiere ignorar), es el asunto principal de la larguísima carta que Oscar Wilde dirige desde la prisión de Reading –condenado a trabajos forzados– a lord Alfred Douglas, el causante de su desgracia. Esta sobrecogedora carta se publicaría luego bajo el título de De Profundis, en alusión directa al salmo 130 (o 129, en la numeración Septuaginta).

En De Profundis, Wilde ha dejado de ser ese hedonista elegante que nuestra época podrida gusta tanto de homenajear. Ahora es un paria, un maldito, execrado por quienes antaño lo endiosaron, a quien se obliga a beber el cáliz del sufrimiento. Y Wilde lo apura hasta las heces, descubriendo con perplejidad que el sufrimiento «es el único medio por el que somos conscientes de existir». Pero, para soportar ese sufrimiento, Wilde confiesa contar con un depósito de Amor que, por supuesto, nada tiene que ver con el «retorcimiento de la pasión y el deseo» que en el pasado experimentó. Así, entregándose al Amor, Wilde saca milagrosamente fuerzas para ofrecer el perdón a Douglas, el causante de su infortunio; y también para arrepentirse de su anterior vida mundana. De repente, todos los placeres que antaño le colmaban ahora se le antojan por completo insignificantes. Y no le importa pasar el resto de sus días en la más pura indigencia (como, en efecto, le ocurrirá), mientras se vea libre «de resentimiento, dureza y acritud». «Ahora encuentro escondido en mi naturaleza –escribe, convencido– algo que me dice que no hay nada en el mundo que carezca de sentido, y el sufrimiento menos que nada».

Wilde confiesa que el error más craso de su existencia consistió en querer saborear tan sólo los frutos del «lado soleado del jardín»

Misteriosamente, el hombre nacido para el placer halla en el dolor el sentido más hermoso y recóndito de la vida: frente a quienes hablan del sufrimiento como un misterio, Oscar Wilde ve en él «una revelación» que le permite descubrir cosas de sí mismo que hasta entonces habían permanecido ocultas: «Yo veo ahora que el dolor, por ser la emoción suprema de que el hombre es capaz, es a la vez el tipo y la prueba de todo gran Arte». Así, revelado a sí mismo a través del dolor, Wilde confiesa que el error más craso de su existencia consistió en querer saborear tan sólo los frutos del «lado soleado del jardín». Y ahora que, abandonado por quienes antes lo endiosaron, ha tenido valor para probar los frutos del «lado sombrío», ¿con quién se ha encontrado? Se ha encontrado con Quien dijo que todas las desgracias que les ocurren a los otros le ocurren a Él. Las páginas que Wilde dedica a su reconciliación con Jesús se cuentan entre las más hermosas jamás salidas de la pluma de un escritor: «Todos los que entran en contacto con su personalidad —afirma— sienten de algún modo que la fealdad de sus pecados desaparece y la belleza de su dolor se les revela». Postrado en la abyección, abandonado como un despojo, Wilde se sabe sin embargo amado por Jesús, que le brinda la posibilidad, como a los jornaleros de la viña, de obtener íntegramente su salario, aunque se haya incorporado muy tarde al trabajo. Y sabe que Jesús está dispuesto a entregarse excepcionalmente por él, sabe que encontrará la salvación, con tan sólo arrepentirse de lo que ha hecho: «Claro que el pecador ha de arrepentirse —escribe—. Pero ¿por qué? Sencillamente porque de otro modo no podría comprender lo que ha hecho. El momento del arrepentimiento es el momento de la iniciación. Más que eso. Es el medio por el que uno altera su pasado».

El pecador más vulgar y humilde puede, en efecto, alterar a través del arrepentimiento su pasado, puede borrarlo para siempre a los ojos de Dios, aunque los hombres sigan señalándoselo, hurgando ponzoñosamente en las heridas. Wilde sabe al fin que «el momento más alto de un hombre es cuando se arrodilla en el polvo y se golpea el pecho y reconoce todos los pecados de su vida». Así, arrodillado en el polvo, espera su salida de prisión, que coincidirá con la época de las bellezas primaverales; y concluye lanzando un apóstrofe a su antiguo amante: «No te dé miedo el pasado. Si te dicen que es irrevocable, no lo creas. El pasado, el presente y el futuro no son sino un momento a la vista de Dios, a cuya vista debemos tratar de vivir. […] Lo que tengo ante mí es mi pasado. He de conseguir mirarlo con otros ojos, hacer que Dios lo mire con otros ojos».

Jornalero de última hora, Oscar Wilde cobró íntegro su salario. Y nos dejó como prenda de su salvación este bellísimo y estremecedor De Profundis, que ninguna persona dotada de sensibilidad puede leer sin que sus ojos se aneguen de lágrimas.

Fuente: elcorreo.com/

 

22 agosto 2022

La resaca del botellón

Juan Luis Selma


Vivir una vida sin filtros, sin límites ni barreras es como beber un agua sin filtrar, sin depurar

Hace unos días me di un largo paseo por los alrededores de Córdoba, el día estaba fresco y animaba al ejercicio. Me llamó la atención algo nada nuevo, los restos de la presencia de jóvenes: bolsas, servilletas, vasos, botellas y productos que mejor no concretar. No tengo nada en contra de que se reúnan, lo que no acabo de entender son los efectos de estas quedadas: resaca, suciedad, vacío. ¿No podemos ofrecerles nada más?

Invertimos mucho en educar la sensibilidad ecológica, el respeto por la naturaleza, la sostenibilidad… pero no parece que alcancemos buenos resultados. Los mayores debemos preguntarnos si somos buen ejemplo. ¿Me gustaría que mis hijos fueran como yo soy? ¿Sé mostrarles el camino de la felicidad? ¿Honradamente, a pesar de mis limitaciones, pienso que soy un buen ejemplo? Son preguntas que requieren calma, tiempo, profundidad para poder responderlas.

Cuenta el Evangelio que uno se acercó a Jesús y le preguntó si eran pocos los que se salvaban. Lamentablemente esta cuestión no parece tener actualidad, quizás sean pocos a los que les interese la salvación. Incluso hay quien dice que puestos a elegir optarían por el infierno, que será más divertido. Lo mejor es condenarse, dicen. El Señor no da una respuesta directa, no dice si son pocos o muchos. Hay quien piensa que todos se salvarán, que será bastante fácil engañar al Buen Dios. Su respuesta es que hay que entrar por la puerta estrecha, nos muestra el camino.

Salvarse no es sin más ir al cielo, ni condenarse es sencillamente parar en el infierno. El asunto es más complejo, no solo hace referencia al final de la vida. Es cuestión de cómo la vivo, de cómo me voy haciendo, de si mi vida es un cielo o un infierno. Y esto tiene que ver con mis decisiones, mis actos, mis sentimientos. A cómo me veo ante el espejo, al entorno en el que me muevo, a lo que doy a los demás. Salvarse tiene mucho que ver con liberarse, con romper con todo lo que me esclaviza, me hace daño, o daña a los que quiero.

Querer salvarse y que se salven los que quiero tiene que ver mucho por la puerta que elijo, con el camino que quiero recorrer. La puerta ancha es la del todo vale. Vivir una vida sin filtros, sin límites ni barreras es como beber un agua sin filtrar, sin depurar. Te puede saciar la sed, pero puedes coger de todo, como vemos que pasa con ciertas enfermedades ligadas a una vida permisiva. De la resaca no te puedes escapar. Entrar por la puerta estrecha es vivir con esperanza, con ilusión. Es soñar en cosas grandes.

Todo el mundo puede atravesar la puerta ancha, nada te estorba para traspasarla. La vida fácil, cómoda, egoísta, sensual la pueden recorrer todos, no tiene mérito y tampoco llena, no vale la pena. Solo los soñadores, los que tienen proyectos valiosos, los esforzados, los que eligen lo mejor se desprenden de la ganga para quedarse con el oro puro. Parece que es de listos entrar por el portillo ancho, pero realmente es elección de tontos. No es fácil hacer buenas elecciones. Será feliz en el Cielo quien sabe hacer de esta vida un anticipo de él.

Una última consideración nos facilita el pasaje evangélico: “No sé de dónde sois”. Esto lo escuchan aquellos que “hemos comido y hemos bebido contigo, y has enseñado en nuestras plazas”. Si tanta gente se aparta de Dios, vive como si no existiera, algo de culpa tendremos los que “hemos comido y bebido contigo”, los que vamos a misa, los que hemos escuchado sus enseñanzas. ¿Las hemos asimilado? ¿Vivimos como hijos de Dios? Ser cristiano no es tener creencias, es un encuentro con Cristo que cambia nuestra vida, le da una nueva dimensión. Es una ganancia. Venderlo todo para adquirir un gran tesoro.

Monseñor Ocáriz escribía: “os sugiero que pongáis ante todo la mirada en vuestro hogar. Pensad si vuestros hijos pueden estar felices de pertenecer a su familia, porque tienen unos padres que les escuchan y les toman en serio, que les quieren como son; que se atreven a hacerse con ellos sus mismas preguntas; que les ayudan a percibir, en las pequeñas realidades de la vida diaria, el valor de las cosas, el esfuerzo que requiere sacar adelante un hogar; que saben exigirles, que no tienen miedo de ponerles en contacto con el sufrimiento y la fragilidad, tan presentes en la vida de mucha gente, quizá empezando por la propia familia; que les ayudan, con su piedad, a tocar a Dios, a ser «almas de oración». Ayudadles, en fin, a crecer sanos y fuertes de corazón, para que puedan escuchar a Dios que dice a cada uno y a cada una, como a Juan y Andrés, «venid y veréis»”. Transmitir este modo de vivir es hacer felices a los demás, evitarles las desagradables resacas.

Fuente: eldiadecordoba.es


¿Son pocos los que se salvan?

 El Papa ayer en el Ángelus


Cari fratelli e sorelle, buona domenica!

Nel brano del Vangelo di Luca della liturgia di questa domenica, un tale domanda a Gesù: «Sono pochi quelli che si salvano?». E il Signore risponde: «Sforzatevi di entrare per la porta stretta» (Lc 13,24). La porta stretta è un’immagine che potrebbe spaventarci, come se la salvezza fosse destinata solo a pochi eletti o ai perfetti. Ma ciò contraddice quanto Gesù ci ha insegnato in molte occasioni; e infatti, poco più avanti, Egli afferma: «Verranno da oriente e da occidente, da settentrione e da mezzogiorno e siederanno a mensa nel regno di Dio» (v. 29). Dunque, questa porta è stretta, ma è aperta a tutti! Non dimenticare questo: a tutti! La porta è aperta a tutti!

Ma per capire meglio questa porta stretta, occorre chiedersi che cosa essa sia. Gesù trae l’immagine dalla vita del tempo e probabilmente si riferisce al fatto che, quando arrivava la sera, le porte della città venivano chiuse e ne restava aperta una sola, più piccola e più stretta: per rientrare a casa si poteva passare solo di lì.

Pensiamo allora a quando Gesù dice: «Io sono la porta: se uno entra attraverso di me, sarà salvato» (Gv 10,9). Ci vuole dire che per entrare nella vita di Dio, nella salvezza, bisogna passare attraverso di Lui, non di un altro, di Lui; accogliere Lui e la sua Parola. Come per entrare in città bisognava “misurarsi” con l’unica porta stretta rimasta aperta, così quella del cristiano è una vita “a misura di Cristo”, fondata e modellata su di Lui. Significa che il metro di misura è Gesù e il suo Vangelo: non quello che pensiamo noi, ma quello che ci dice Lui. E allora si tratta di una porta stretta non perché sia destinata a pochi, no, ma perché essere di Gesù significa seguirlo, impegnare la vita nell’amore, nel servizio e nel dono di sé come ha fatto Lui, che è passato per la porta stretta della croce. Entrare nel progetto di vita che Dio ci propone chiede di restringere lo spazio dell’egoismo, di ridurre la presunzione dell’autosufficienza, di abbassare le alture della superbia e dell’orgoglio e di superare la pigrizia per attraversare il rischio dell’amore, anche quando comporta la croce.

Pensiamo, per essere concreti, ai gesti quotidiani di amore che portiamo avanti con fatica: pensiamo ai genitori che si dedicano ai figli facendo sacrifici e rinunciando al tempo per sé stessi; a coloro che si occupano degli altri e non solo dei propri interessi: quanta gente è così, buona; pensiamo a chi si spende al servizio degli anziani, dei più poveri e dei più fragili; pensiamo a chi va avanti a lavorare con impegno, sopportando disagi e magari incomprensioni; pensiamo a chi soffre a motivo della fede, ma continua a pregare e ad amare; pensiamo a quanti, anziché seguire i propri istinti, rispondono al male con il bene, trovano la forza di perdonare e il coraggio di ricominciare. Questi sono solo alcuni esempi di gente che non sceglie la porta larga del proprio comodo, ma la porta stretta di Gesù, di una vita spesa nell’amore. Costoro, dice oggi il Signore, saranno riconosciuti dal Padre molto più di quelli che si credono già salvati e, in realtà, nella vita sono «operatori di ingiustizia» (Lc 13,27).

Fratelli e sorelle, noi da che parte vogliamo stare? Preferiamo la strada facile del pensare solo a noi stessi o scegliamo la porta stretta del Vangelo, che mette in crisi i nostri egoismi ma ci rende capaci di accogliere la vita vera che viene da Dio e ci fa felici? Da che parte stiamo? La Madonna, che ha seguito Gesù fino alla croce, ci aiuti a misurare la nostra vita su di Lui, per entrare nella vita piena ed eterna.

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Dopo l'Angelus

Cari fratelli e sorelle!

Seguo da vicino con preoccupazione e dolore la situazione creatasi in Nicaragua, che coinvolge persone e istituzioni. Vorrei esprimere la mia convinzione e il mio auspicio che, per mezzo di un dialogo aperto e sincero, si possano ancora trovare le basi per una convivenza rispettosa e pacifica. Chiediamo al Signore, per l’intercessione della Purissima, che ispiri nei cuori di tutti tale concreta volontà.

Fratelli e sorelle, saluto tutti voi, romani e pellegrini di vari Paesi: famiglie, gruppi parrocchiali, associazioni. In particolare, saluto la comunità del Pontificio Collegio Nord Americano, specialmente i nuovi seminaristi appena arrivati, e li esorto all’impegno spirituale e alla fedeltà al Vangelo e alla Chiesa. Saluto le consacrate dell’Ordo virginum e le incoraggio a testimoniare con gioia l’amore di Cristo.

Saluto i fedeli di Verona, Trevignano, Pratissolo; i giovani di Paternò, Lequile e quelli del cammino della Via lucis che, sostenuti dall’esempio dei Santi della “porta accanto”, incontreranno i poveri che vivono nei pressi delle stazioni ferroviarie. E un saluto anche ai ragazzi dell’Immacolata.

Perseveriamo nella vicinanza e nella preghiera per il caro popolo ucraino, che sta vivendo una immane crudeltà.

Vi auguro una Buona domenica e per favore non dimenticatevi di pregare per me. Buon pranzo e arrivederci!

Fuente: vatican.va

21 agosto 2022

La puerta angosta

21.º domingo del Tiempo ordinario (Ciclo C).

Evangelio (Lc 13,22-30)

Y recorría ciudades y aldeas enseñando, mientras caminaba hacia Jerusalén. Y uno le dijo:

— Señor, ¿son pocos los que se salvan?

Él les contestó:

— Esforzaos para entrar por la puerta angosta, porque muchos, os digo, intentarán entrar y no podrán. Una vez que el dueño de la casa haya entrado y haya cerrado la puerta, os quedaréis fuera y empezaréis a golpear la puerta, diciendo: «Señor, ábrenos». Y os responderá: «No sé de dónde sois». Entonces empezaréis a decir: «Hemos comido y hemos bebido contigo, y has enseñado en nuestras plazas». Y os dirá: «No sé de dónde sois; apartaos de mí todos los servidores de la iniquidad». Allí habrá llanto y rechinar de dientes, cuando veáis a Abrahán y a Isaac y a Jacob y a todos los profetas en el Reino de Dios, mientras que vosotros sois arrojados fuera. Y vendrán de oriente y de occidente y del norte y del sur y se pondrán a la mesa en el Reino de Dios. Pues hay últimos que serán primeros, y primeros que serán últimos.


Comentario

La escena que nos presenta el evangelio es muy actual. Jesús está en camino hacia Jerusalén. Mientras avanza, las gentes que lo rodean van hablando con Él y le comentan sus inquietudes. Como ellos, también nosotros somos caminantes, que nos dirigimos hacia la patria celestial.

El camino de la vida se puede afrontar con la actitud de un turista tranquilo y despreocupado, atento sólo a disfrutar de todo lo placentero que se le ofrezca, o como un peregrino que va ligero de equipaje y se entretiene poco en lo que le sale al paso, porque su objetivo es alcanzar su destino. Pero, y si caminamos con comodidad disfrutando de lo que nos apetece en cada momento ¿no llegaremos también a la presencia del Señor? Aquel que es bueno y misericordioso ¿no nos abrirá gustoso la puerta para invitarnos a su banquete eterno? Es frecuente encontrarse con personas que están convencidas de que, al final, serán muchísimos, todos, lo que se salven. Así pensarían algunos de los que iban caminando con Jesús, y tal vez al escuchar sus palabras, un poco temeroso, uno de ellos le pregunta para quedarse tranquilo: “Señor, ¿son pocos los que se salvan?” (v. 23).

Jesús no le responde directamente, sino que le invita a reflexionar. Le dice que lo importante no es el número, si serán muchos o pocos, sino acertar con el buen camino, el que lleva a la puerta que da acceso a la salvación.

Jesucristo es la puerta (cf. Jn 10,9) que nos abre el acceso a Dios Padre y, en comunión con él, disfrutamos de su misericordia, de su protección y de su cariño. La puerta es estrecha porque nos exige ser sacrificados, comprimir nuestro orgullo, quitarnos de encima la carga de nuestras faltas, y perder el miedo a abrir el corazón con humildad. Es estrecha, pero está siempre abierta de par en par.

En su respuesta, Jesús alude a que la invitación al banquete de la vida inmortal se ha cursado a la humanidad entera, y las gentes se dirigen hacia allá desde todos los puntos cardinales. Se espera a pobres y ricos, sanos y enfermos, ancianos y niños, hombres y mujeres, y a todos se les quiere dispensar una gran acogida. La salvación no es clasista, ni está reservada a algunos privilegiados. Pero Jesús hace notar que hay “una sola condición igual para todos: la de esforzarse por seguirlo e imitarlo, tomando sobre sí, como hizo él, la propia cruz y dedicando la vida al servicio de los hermanos”.

La salvación es asequible a todos, pero no es una baratija. La vida de verdad no se disputa ante una videoconsola, ni es como una serie de televisión donde se interpreta un rol ficticio sin mayores consecuencias reales. Se dirimen en ella asuntos importantes, y por eso se requiere actuar con responsabilidad y esfuerzo. En el día del juicio seremos juzgados según nuestras obras. No bastará con declararse amigos de Jesús: “Hemos comido y hemos bebido contigo, y has enseñado en nuestras plazas” (v. 26). Hay cielo y hay infierno.Los “servidores de la iniquidad” (v. 27) estarán allí donde “habrá llanto y rechinar de dientes” (v. 28). En cambio, serán acogidos todos los que hayan obrado el bien y buscado la justicia, aun a costa de sacrificios. Dios no excluye a nadie, pero quedarán fuera quienes no quieran entrar por la puerta estrecha.

“Quisiera haceros una propuesta –decía el Papa Francisco-. Pensemos ahora, en silencio, por un momento, en las cosas que tenemos dentro de nosotros y que nos impiden atravesar la puerta: mi orgullo, mi soberbia, mis pecados. Y luego, pensemos en la otra puerta, aquella abierta de par en par por la misericordia de Dios que al otro lado nos espera para darnos su perdón”.

Fuente: opusdei.org


La familia es la Iglesia doméstica

Escrito por P.P. Francisco

“No olvidemos que, por el sacramento del matrimonio, Jesús está presente en esta barca”

Amoris Laetitia recoge los frutos de las dos Asambleas sinodales sobre la familia: la extraordinaria de 2014 y la ordinaria de 2015. Frutos madurados en la escucha del Pueblo de Dios, que se compone  mayoritariamente  de familias, que son el primer lugar para vivir la fe  en Jesucristo y   beba de la rica espiritualidad que germina en la familia. La familia es la Iglesia doméstica (cfr. Lumen gentium, 11; Amoris laetitia, 67); en ella, los esposos y los hijos están llamados a cooperar en la vivencia del misterio de Cristo, a través de la oración y el amor realizados en la concreción de la vida cotidiana y en las situaciones, en el cuidado mutuo capaz de acompañar para que nadie quede excluido y abandonado. “No olvidemos que, por el sacramento del matrimonio, Jesús está presente en esta barca”, la barca de la familia (Carta a los esposos en el Año Familia “Amoris laetitia”, 26-XII-2021).

La vida familiar, sin embargo, está  hoy  más probada  que  nunca. En primer lugar, desde hace algún tiempo “la familia atraviesa una profunda crisis cultural, como todas las comunidades y lazos sociales” (Evangelii gaudium, 66). Además, muchas familias sufren por la falta de trabajo, de  una  vivienda digna o de una tierra donde poder vivir en paz, en una época de grandes y vertiginosos cambios. Estas dificultades afectan la vida familiar, generan  problemas  de relación. Hay muchas “situaciones difíciles y familias heridas” (Amoris laetitia, 79). La posibilidad misma de formar una familia hoy en día es a  menudo  difícil y a los jóvenes les resulta muy difícil casarse y tener hijos. De  hecho, los  cambios  de  época que estamos viviendo hacen que la  teología  moral asuma los desafíos de nuestro tiempo y hable un lenguaje comprensible para los interlocutores –no sólo “para los expertos” –; y así ayudar a “superar las adversidades y los contrastes” y fomentar “una nueva creatividad para expresar en los desafíos actuales los valores que nos constituyen como pueblo en la sociedad y en la Iglesia, Pueblo de Dios” (ibíd.). Subrayo: nueva creatividad.

En este sentido, la familia juega hoy un papel decisivo “en los caminos de la ‘conversión pastoral’ de nuestras comunidades y de la ‘transformación misionera de la Iglesia’”. Para que esto suceda, es necesaria una reflexión teológica –“incluso a nivel académico”– que esté verdaderamente atenta “a las heridas de la humanidad” (Carta Ap. Motu Proprio “Summa familiae cura” que instituye el Pontificio Instituto Teológico Juan Pablo II para las Ciencias del Matrimonio y la Familia, 19-IX-2017). En este sentido es importante que la Universidad Gregoriana y el Instituto Juan Pablo II, en conjunto, hayan  organizado  este  evento, con  la  participación de teólogos y teólogas de los cuatro continentes. Laicos,  clérigos  y  religiosos, de diferentes lenguas  y culturas, intervienen y se  confrontan en un  diálogo entre generaciones abierto también a jóvenes investigadores.

De manera especial, a este respecto, quisiera recordar la necesidad de la inter y transdisciplinariedad, tanto en la teología, como entre la teología, las ciencias humanas y la filosofía. Este método favorecerá la profundización de las reflexiones teológicas sobre el matrimonio y la familia. Se podrá mostrar el vínculo recíproco entre la reflexión eclesiológica y sacramental y los ritos litúrgicos, entre éstos y las prácticas pastorales, entre las grandes cuestiones antropológicas y las cuestiones morales vinculadas a la alianza conyugal, a la generación y al complejo entramado de relaciones familiares. De hecho, los diferentes enfoques teológicos no deben acercarse o yuxtaponerse, sino ponerse en diálogo para que se instruyan unos a otros, de manera sinfónica y coral, al servicio de un único gran objetivo, que se puede resumir en esta pregunta: ¿Cómo las familias cristianas de hoy, en la alegría y el esfuerzo del amor conyugal, filial y fraterno, dan testimonio de la buena noticia del Evangelio de Jesucristo?

La Iglesia, en su camino sinodal, se construye sobre la escucha recíproca entre quienes forman el Pueblo de Dios. En este caso, “¿cómo hubiera sido posible hablar de familia sin preguntar a las familias, escuchando sus alegrías y sus esperanzas, sus dolores y sus angustias?” (Discurso en el 50° aniversario de la institución del Sínodo de Obispos, 17-X-2015). Precisamente por eso surge una necesidad viva del diálogo: ciertamente no como una “mera actitud táctica”, sino como una “necesidad intrínseca de experimentar en común el gozo  de la  Verdad y profundizar en su sentido y  en sus  implicaciones  prácticas” (Veritatis gaudium, 4c). El  método  dialógico nos  pide  superar  una  idea  abstracta  de  la verdad, desligada de la experiencia de las  personas, culturas, religiones. La verdad de la Revelación se dirige  a  la  historia –¡es histórica!–,  a sus destinatarios, que están llamados a realizarla en la “carne” de su testimonio. ¡Cuánta riqueza de bien hay en la vida de tantas familias, en todo el mundo! El don del Evangelio, además del Dador, supone un destinatario al que hay que tomar en serio, al que hay que escuchar.

El matrimonio y la familia pueden constituir un “kairos” para la teología moral, para repensar las categorías interpretativas de la experiencia moral a la luz de lo que sucede en el ámbito familiar. Entre  teología  y acción pastoral es necesario establecer, una y  otra  vez, un  círculo  virtuoso. La  praxis  pastoral  no puede deducirse de principios teológicos abstractos, como la reflexión teológica no puede limitarse a reiterar la práctica. Cuantas veces se presenta el matrimonio “como una carga que soportar a lo largo de la vida” más que como “un camino dinámico de crecimiento y realización” (Amoris Laetitia, 37). Esto no quiere decir que la moral evangélica  renuncie  a  proclamar  el  don  de  Dios, del  que nace la tarea y la dedicación. La teología tiene una función crítica, de comprensión de la fe, pero su reflexión parte de la experiencia  viva  y  del sensus  fidei  fidelium. Sólo así la comprensión teológica de la fe realiza su necesario servicio a la Iglesia.

Y   precisamente   por   eso  es  más  necesaria  que  nunca  la  práctica  del  discernimiento, abriendo espacio “a la conciencia de los fieles, que muchas veces responden lo mejor posible al  Evangelio en medio de sus limitaciones y pueden llevar a cabo su discernimiento  personal ante situaciones en las que se rompen todos los esquemas” (ibíd.).

Queridos hermanos y hermanas, en el  centro de nuestro compromiso, como pastores y como teólogos, está el reconocimiento  de la  relación inseparable, a pesar de las tragedias y penalidades de la vida, entre la conciencia y el bien. La moral evangélica está tan lejos del moralismo, que hace de la observancia literal de las normas la garantía de la propia justicia ante Dios, como del idealismo, que, en nombre de un bien ideal, desalienta y aleja del bien posible (cfr. Amoris laetitia, 308; Evangelii gaudium, 44). En el centro de la vida cristiana está la gracia del Espíritu Santo, recibida en la fe vivida, que suscita actos de caridad. El bien, por tanto, es un llamamiento, es una “voz” («Te de testimonio tu conciencia, que es la voz de Dios», S. Agustín, In Epistolam Ioannis ad Parthos tractatus, 6,3) que libera y solicita las conciencias, como  dice el texto de la Gaudium et spes: “En lo más profundo de su conciencia descubre el hombre la existencia de una ley que él no se dicta a sí mismo, pero a la cual debe obedecer. […] La conciencia es el núcleo más secreto y el sagrario del hombre, en el que éste se siente a solas con Dios, cuya voz resuena en el recinto más íntimo de aquélla” (n. 16).

A todos vosotros se os pide hoy repensar las categorías de la teología moral, en su vínculo recíproco: la relación entre gracia y libertad, entre conciencia, bondad, virtudes,  norma  y  phrónesis aristotélica, prudentia  tomista  y  discernimiento espiritual, relación entre naturaleza y cultura, entre la pluralidad de lenguas y la unicidad del ágape. Sobre este último aspecto, en particular, quisiera subrayar que la diferencia de culturas es una preciosa oportunidad que nos ayuda a comprender aún más lo que el Evangelio puede enriquecer y purificar la experiencia moral de la humanidad, en su pluralidad cultural.

Así ayudaremos a las familias a redescubrir el significado del amor, palabra que hoy “a menudo aparece desfigurada” (Amoris laetitia, 89): porque el amor “no es sólo un sentimiento”, sino la elección en la que cada uno decide “Hacer el bien […] de manera sobreabundante, sin medir, sin exigir  recompensas, por el solo gusto de dar  y  servir” (ibíd., 94). La  experiencia  concreta  de  las  familias  es  una extraordinaria escuela de vida buena. Por eso  os invito  a  vosotros, teólogos y teólogos morales, a proseguir vuestro trabajo, riguroso y precioso, con fidelidad creativa al Evangelio y a la experiencia  de  los hombres y mujeres de nuestro tiempo, en particular a la experiencia  de  vida  de los creyentes. El sensus fidei fidelium, en la pluralidad de las culturas, enriquece a la Iglesia, para que hoy sea signo de la misericordia de Dios, que nunca se cansa de nosotros. En este sentido, vuestras reflexiones encajan muy bien en el actual proceso sinodal: este Congreso Internacional forma plenamente parte de él y puede aportar su propia contribución original.

Quisiera añadir una cosa, que en este momento hace tanto daño a la Iglesia: es como un "dar marcha atrás", sea por miedo, sea por falta de ingenio, sea por falta de coraje. Es cierto que los teólogos, incluidos los cristianos, debemos volver a nuestras raíces, es verdad. Sin las raíces no podemos dar un paso adelante. Nos inspiramos en las raíces, pero para seguir adelante. Esto es diferente de retroceder. Volver  atrás no es cristiano. De hecho, creo que es el autor de la Carta a los Hebreos quien dice: “Nosotros no somos gente que retrocede”. El  cristiano  no puede volver atrás. Volver a las raíces, eso sí, para inspirarse, para continuar. Pero volver atrás es retroceder para tener una defensa, una  seguridad  que evite el riesgo de seguir adelante, el riesgo cristiano de llevar la fe, el riesgo cristiano de hacer el camino con Jesucristo. Y eso es un riesgo. Hoy, este retroceso se ve en muchas figuras eclesiásticas – no  eclesiales,  eclesiásticas– que  surgen  como hongos, aquí, allá, allá, y se presentan como propuestas de vida cristiana. En la teología moral también hay un retroceso con propuestas casuísticas, y la casuística que yo  creía  enterrada  bajo  siete  metros, resurge como propuesta –un poco disfrazada– de “hasta aquí se puede, hasta aquí no se puede, de aquí sí, de aquí no”. Y reducir la teología moral a la casuística es  el pecado  de volver atrás. La casuística ha sido superada. La  casuística  está  superada. La  casuística fue mi alimento y el de mi generación en el estudio de la teología moral. Pero es propia del tomismo decadente. El verdadero tomismo es el de Amoris laetitia, el que tiene lugar allí, bien explicado en el Sínodo y aceptado por todos. Es la doctrina viva de Santo Tomás, que nos hace avanzar arriesgándonos, pero en la obediencia. Y eso no es fácil. Por favor, estad atentos a ese retroceso que es una tentación actual, incluso para vosotros, teólogos de la teología moral.

¡Que la alegría del amor, que encuentra un testimonio ejemplar en la familia, se convierta en signo eficaz de la alegría de Dios que es misericordia y de la alegría de quien recibe  esta  misericordia  como  un don!  Alegría. Gracias, y por favor no olvidéis de rezar por mí, ¡lo necesito! Gracias.

Fuente: vaticannews.va