18 marzo 2024

Libre circulación

 Jaime Nubiola

Cuenta Stefan Zweig en «El mundo de ayer» que antes de la Primera Guerra Mundial no hacía falta pasaporte para viajar de un país a otro: «Antes de 1914 la Tierra era de todos. Todo el mundo iba adonde quería y permanecía allí el tiempo que quería. No existían permisos ni autorizaciones; antes de 1914 viajé a la India y a América sin pasaporte y en realidad jamás en mi vida había visto uno» (Acantilado 2001, p. 514). Viene esta cita a mi memoria ante la creciente preocupación en la Vieja Europa ante el continuo flujo de inmigrantes en busca de un futuro mejor.

Quieren reforzar las vallas, pero más bien lo que hay que hacer es mejorar los puentes. A mí me gusta recordar el artículo 13 de la Declaración Universal de los Derechos Humanos (1948): «1. Toda persona tiene derecho a circular libremente y a elegir su residencia en el territorio de un Estado. 2. Toda persona tiene derecho a salir de cualquier país, incluso del propio, y a regresar a su país».

Comprendo que los Estados pueden y deben regular y organizar la inmigración. Copio del Catecismo de la Iglesia Católica que es muy claro y equilibrado en esta materia:

«Las naciones más prósperas tienen obligación de acoger, en cuanto sea posible, al extranjero que busca la seguridad y los medios de vida que no puede encontrar en su país de origen. Los poderes públicos deben velar para que se respete el derecho natural que coloca al huésped bajo la protección de quienes lo reciben.

Las autoridades civiles, atendiendo al bien común de aquellos que tienen a su cargo, pueden subordinar el ejercicio del derecho de inmigración a diversas condiciones jurídicas, especialmente en lo que concierne a los deberes de los emigrantes respecto al país de adopción. El inmigrante está obligado a respetar con gratitud el patrimonio material y espiritual del país que lo acoge, a obedecer sus leyes y contribuir a sus cargas».

Como es sabido, los inmigrantes, tanto en los Estados Unidos como en España, son un elemento clave para la prosperidad del país: constituyen una fuerza de trabajo y de consumo importantísima. Pero esta no es la razón principal. Todos los seres humanos tienen derecho a la libre circulación por todo nuestro planeta.

Fuente: jovenescatolicos.es


Es la única solución

Juan Luis Selma

Comentaba una señora que había pasado una mala racha, que no se reconocía, que ella no era así. En una experiencia de retiro, de reflexión, se dio cuenta del motivo de ese cambio: se había enredado pensando en ella misma, en sus derechos, en su cansancio y en lo poco que era reconocida y valorada. Esta actitud, en vez de ayudarle, le estaba hundiendo, le llevaba a estar más triste, ensimismada, infeliz. Ella, que antes disfrutaba preocupándose de los demás, sirviendo, estando en las cosas de los suyos, se encontraba atrapada en una maraña de malas sensaciones, disgustada.

Hoy muchos prometen la felicidad; han surgido miles de nuevos profetas, de salvadores, vendedores de humo, encantadores de serpientes que ofrecen la libertad; que pretenden abrirnos los ojos, romper las cadenas y, lo que logran, es hacerlas más pesadas, enfrentarnos. Ahondan en las heridas para que sangren más. Lo que pretenden ocultamente es avivar el fuego. Crear descontento y malestar: cuanto peor, mejor. Así, van medrando y hacen su agosto.

Todos amamos la paz, valoramos la familia, el hogar. Nos gusta la armonía, ser amados y amar. Valoramos la verdad; al menos, no nos gusta que nos mientan. Queremos que respeten nuestras posesiones, tener trabajo y ganarnos la vida. Educar a los hijos de modo que puedan defenderse en la vida, tener un futuro. Nos gustaría una sociedad justa, en paz, libre. Pues, todo esto el mundo no lo da.

Me llamó la atención la facilidad de mentir de un niño: con una sonrisa inocente, con carita de bueno, con modales humildes, parecía la misma verdad y estaba actuando. El pecado original, la influencia del maligno, los males ejemplos, hacen estragos, incluso en los niños ¡Qué será en los adultos!

Decía Benedicto XVI: "Donde se excluye a Dios de la vida pública, el sentido de la ofensa contra Dios -el auténtico sentido del pecado- desaparece, y cuando se relativiza el valor absoluto de las normas morales se desvanecen las categorías del bien y del mal, junto con la responsabilidad individual". Lamentablemente, estamos observando el todo vale y que, para llamar la atención, se recurre a cosas cada vez más fuertes, más subidas de tono. Pero hay esperanza, siempre que volvamos a Dios. Él es el único salvador, la solución.

La liturgia de hoy nos presenta esta profecía de Jeremías: "Ya llegan días –oráculo del Señor– en que haré con la casa de Israel y la casa de Judá una alianza nueva. No será una alianza como la que hice con sus padres, cuando los tomé de la mano para sacarlos de Egipto, pues quebrantaron mi alianza, aunque yo era su Señor –oráculo del Señor–… Pondré mi ley en su interior y la escribiré en sus corazones; yo seré su Dios y ellos serán mi pueblo. Ya no tendrán que enseñarse unos a otros diciendo: Conoced al Señor, pues todos me conocerán, desde el más pequeño al mayor –oráculo del Señor–, cuando perdone su culpa y no recuerde ya sus pecados”.

Al leer estas preciosas palabras, podemos pensar que, al profeta ese día le dio un subidón, pero son reales. La Redención ya está hecha. Cristo ha pagado por todos nuestros pecados, nos devuelve nuestra dignidad primera. Basta aceptarla. No hay persona que no esté en proceso de búsqueda, sedienta de amor y de verdad. Esta inquietud puede estar muy escondida, latente, dormida, pero ahí está.

Cuando el corazón está inquieto, buscando, puede dirigirse a fuentes contaminadas, a pozos envenenados. Puede cometer grandes equivocaciones, pero, en el fondo, está buscando el bien, la felicidad. Un día le pregunté a un buen artista cómo se explica el gusto que tienen algunos de tatuar su piel, de cubrir la belleza corporal con una especia de pintada. Me contestó que lo consideran bonito, bello. Sobre gustos no hay nada escrito, se dice.

Incluso los que estropean su vida con las adicciones, las drogas, buscan momentos de felicidad, de evasión, de consuelo. Pero lo hacen en fuentes equivocadas, en cisternas agrietadas, vacías. ¡Qué responsabilidad tenemos de conducirles a la fuente de agua viva para que sacien su sed, para que vivan!

Cuenta el Evangelio: “En aquel tiempo, entre los que habían venido a celebrar la fiesta había algunos griegos; estos, acercándose a Felipe, el de Betsaida de Galilea, le rogaban: Señor, queremos ver a Jesús”. Todos le quieren ver, es el único que nos puede traer la paz, el sosiego, el amor.

Decía Unamuno, pensador laico, hombre en búsqueda: “No digo que merezcamos un más allá, ni que la lógica lo demuestre; digo que lo necesitamos, merezcámoslo o no, simplemente. Digo que lo que pasa no me satisface, que tengo sed de eternidad, y que sin esta todo me es indiferente. Sin ella no existe ya alegría de vivir… Es demasiado fácil afirmar: Hay que vivir, hay que conformarse con esta vida. ¿Y los que no se conforman?”. Jesús es la única solución. Él dice: “Y cuando yo sea elevado sobre la tierra, atraeré a todos hacia mí”.

Fuente: eldiadecordoba.es

17 marzo 2024

La Cruz, “cátedra de Dios”

El Papa en el Ángelus


Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

Hoy, quinto Domingo de Cuaresma, mientras nos acercamos a la Semana Santa, Jesús en el Evangelio (cf. Jn 12,20-33) nos dice una cosa importante: que en la Cruz veremos su gloria y la del Padre (cf. vv. 23.28).

¿Pero cómo es posible que la gloria de Dios se manifieste precisamente ahí, en la Cruz? Uno podría pensar que eso sucedería en la Resurrección, no en la Cruz, que es una derrota, un fracaso. En cambio, hoy Jesús, hablando de su Pasión, dice: «Ha llegado la hora de que sea glorificado el Hijo del hombre» (v. 23). ¿Qué quiere decirnos?

Quiere decirnos que la gloria, para Dios, no corresponde al éxito humano, a la fama o a la popularidad; la gloria, para Dios, no tiene nada de autorreferencial, no es una manifestación grandiosa de potencia a la que siguen los aplausos del público. Para Dios la gloria es amar hasta dar la vida. Glorificarse, para Él, quiere decir entregarse, hacerse accesible, ofrecer su amor. Y esto sucedió de manera culminante en la Cruz, precisamente allí, donde Jesús desplegó al máximo el amor de Dios, revelando plenamente su rostro de misericordia, entregándonos la vida y perdonando a quienes lo crucificaron.

Hermanos y hermanas, desde la Cruz, “cátedra de Dios”, el Señor nos enseña que la gloria verdadera, la que nunca se desvanece y hace feliz, está hecha de entrega y perdón. Entrega y perdón son la esencia de la gloria de Dios. Y son para nosotros el camino de la vida. Entrega y perdón: criterios muy diferentes a lo que vemos a nuestro alrededor, y también en nosotros, cuando pensamos en la gloria como en algo que hay que recibir más que dar; como algo que hay que poseer en vez de ofrecer. No, la gloria mundana pasa y no deja alegría en el corazón; ni siquiera lleva al bien de todos, sino a la división, a la discordia, a la envidia.

Y entonces podemos preguntarnos: ¿Cuál es la gloria que deseo para mí, para mi vida, la que sueño para mi futuro? ¿La de impresionar a los demás por mi maestría, por mis capacidades o por las cosas que poseo? ¿O la vía de la entrega y del perdón, la de Jesús Crucificado, la vía de quien no se cansa de amar, convencido de que eso da testimonio de Dios en el mundo y hace resplandecer la belleza de la vida? ¿Qué gloria quiero para mí? Recordemos, de hecho, que, cuando entregamos y perdonamos, en nosotros resplandece la gloria de Dios. Precisamente ahí: cuando entregamos y perdonamos.

Que la Virgen María, que siguió con fe a Jesús en la hora de la Pasión, nos ayude a ser reflejos vivientes del amor de Jesús.

Después del  Ángelus

Queridos hermanos y hermanas:

He sabido con alivio que en Haití han sido liberados un profesor y cuatro de los seis religiosos del Instituto Frères du Sacré-Cœur secuestrados el pasado 23 de febrero. Pido que se libere lo antes posible a los otros dos religiosos y a todas las personas que todavía están secuestradas en ese amado país probado por tanta violencia.  Invito a todos los actores políticos y sociales a abandonar todo interés particular y a comprometerse con espíritu solidario en la búsqueda del bien común, sosteniendo una transición serena hacia un país que, con la ayuda de la Comunidad internacional, esté dotado de instituciones sólidas capaces de restablecer el orden y la tranquilidad entre sus ciudadanos.

Sigamos rezando por las poblaciones martirizadas por la guerra, en Ucrania, en Palestina y en Israel, en Sudán. Y no olvidemos a Siria, un país que sufre tanto por la guerra, desde hace tiempo.

Os saludo a todos vosotros que habéis venido a Roma, desde Italia y desde tantas partes del mundo. En particular, saludo a los estudiantes españoles de la red de residencias universitarias “Camplus”, a los grupos parroquiales de Madrid, Pescara, Chieti, Locorotondo y de las parroquias de San Giovanni Leonardi en Roma. Saludo a la Cooperativa Social de San José de Como, a los niños de Perugia, a los jóvenes de Bolonia en camino hacia la Profesión de Fe y a los muchachos de la Confirmación de Pavia, Iolo di Prato y Cavaion Veronese.

Acojo con placer a los participantes de la Maratón de Roma, tradicional fiesta del deporte y de la fraternidad. También este año, por iniciativa de Athletica Vaticana, numerosos atletas participan en los “relevos de la solidaridad”, convirtiéndose en testigos del hecho de compartir.

Y deseo a todos un feliz domingo. por favor, no os olvidéis de rezar por mí. ¡Buen almuerzo y hasta pronto!.

Fuente: vatican.va

14 marzo 2024

Atraeré a todos hacia mí

5° domingo de Cuaresma (Ciclo B)

Evangelio (Jn 12,20-33)

Entre los que subieron a adorar a Dios en la fiesta había algunos griegos; éstos se acercaron a Felipe, el de Betsaida de Galilea, y comenzaron a rogarle:

—Señor, queremos ver a Jesús.

Vino Felipe y se lo dijo a Andrés, y Andrés y Felipe fueron y se lo dijeron a Jesús. Jesús les contestó:

—Ha llegado la hora de que sea glorificado el Hijo del Hombre. En verdad, en verdad os digo que si el grano de trigo no muere al caer en tierra, queda infecundo; pero si muere, produce mucho fruto. El que ama su vida la perderá, y el que aborrece su vida en este mundo, la guardará para la vida eterna. Si alguien me sirve, que me siga, y donde yo estoy allí estará también mi servidor; si alguien me sirve, el Padre le honrará.

»Ahora mi alma está turbada; y ¿qué voy a decir?: «¿Padre, líbrame de esta hora?» ¡Pero si para esto he venido a esta hora! ¡Padre, glorifica tu nombre!

Entonces vino una voz del cielo:

—Lo he glorificado y de nuevo lo glorificaré.

La multitud que estaba presente y la oyó, decía que había sido un trueno. Otros decían:

—Le ha hablado un ángel.

Jesús respondió:

—Esta voz no ha venido por mí, sino por vosotros. Ahora es el juicio de este mundo, ahora el príncipe de este mundo va a ser arrojado fuera. Y yo, cuando sea levantado de la tierra, atraeré a todos hacia mí.

Decía esto señalando de qué muerte iba a morir.

Comentario al Evangelio

Poco antes de la pasión de Jesús, unos griegos desean ver al Maestro con una diferente petición realizada a través de Felipe. Este gesto por parte de quienes representaban en cierto modo a los gentiles suscitó un discurso del Señor cargado de profundas revelaciones.

Parece como si aquellos gentiles reavivaran en Jesús la conciencia de la inminente hora de su sacrificio supremo por toda la humanidad. El Señor se turba y menciona la posibilidad de pedir al Padre ser librado de esa hora. Pero con la imagen del grano de trigo que muere en la tierra, anuncia por contraste la gran fecundidad que producirá el sacrificio del Calvario, que se actualiza en cada santa Misa y que llega a todas partes.

A propósito del “mucho fruto” que produce, decía el Santo Cura de Ars con audacia que cada santa Misa “alegra a toda la corte celestial, alivia a las pobres ánimas del purgatorio, atrae sobre la tierra toda suerte de bendiciones, y da más gloria a Dios que todos los sufrimientos de los mártires juntos, que todas las penitencias de todos los ascetas, que todas las lágrimas por ellos derramadas desde el principio del mundo y que todo lo que hagan hasta el fin de los siglos”.

Jesús pronuncia también un vaticinio acerca de este sacrificio que iba a realizar: “cuando sea levantado de la tierra, atraeré a todos hacia mí” (v. 32). En la cruz, Jesús arrebata al demonio el pliego de cargos que nos era adverso (cfr. Col 2,14) y obtiene para el mundo el perdón de los pecados y la reconciliación con Dios. El Señor podrá vivir su infinita misericordia con los hombres, en plena armonía con su infinita justicia. Por eso todas las almas y todas las cosas están afectadas por esta atracción del amor de Dios.

Sobre este misterio de la exaltación de la cruz, san Josemaría recibió luces particulares que implicaban a todos los cristianos corrientes en medio del mundo. Como él decía, “Jesús quiere ser levantado en alto, ahí: en el ruido de las fábricas y de los talleres, en el silencio de las bibliotecas, en el fragor de las calles, en la quietud de los campos, en la intimidad de las familias, en las asambleas, en los estadios... Allí donde un cristiano gaste su vida honradamente, debe poner con su amor la Cruz de Cristo, que atrae a Sí todas las cosas”.

En esta escena podemos contemplar también el infinito afán de almas que arde en el corazón sacerdotal de Jesús. Es tanta el ansia que bulle en su interior por salvar y santificar a la humanidad, que ahoga la inquietud ante la muerte con la petición dirigida al Padre celestial: “¡glorifica tu nombre!”, que anticipa la larga oración de Jesús en Getsemaní y que provoca una respuesta amorosa del Padre que todos oyeron.

Los cristianos hemos de parecernos a Cristo, tener los mismos sentimientos que anidaban en su corazón misericordioso (cfr. Flp 2,5) y desear lo mismo que Él, con entrega generosa. Y “con esa alma sacerdotal, que pido al Señor para todos vosotros, —escribió en una ocasión san Josemaría— debéis procurar que, en medio de las ocupaciones ordinarias, vuestra vida entera se convierta en una continua alabanza a Dios: oración y reparación constantes, petición y sacrificio por todos los hombres. Y todo esto, en íntima y asidua unión con Cristo Jesús, en el Santo Sacrificio del Altar”. Porque en la santa Misa, actualización del sacrificio del Calvario, transformamos nuestra vida en una ofrenda como la de Cristo, llena de eficacia sobrenatural y de servicio a los demás.

Fuente: opusdei.org

El Papa invita a redescubrir la Confesión

Giovanni Tridente

El Papa presidió recientemente la celebración anual de Cuaresma "24 horas para el Señor", dedicada al sacramento de la Penitencia, en la que confesó personalmente a algunos fieles.


 Como desde hace diez años, el Papa Francisco volvió a presidir la iniciativa “24 horas para el Señor“, coordinada por el Dicasterio para la Evangelización – Sección para las Cuestiones Fundamentales de la Evangelización en el Mundo, una jornada entera dedicada a vivir y “redescubrir” el Sacramento de la Confesión, que este año tuvo lugar los días 8 y 9 de marzo.

Como el año pasado, el Pontífice quiso vivir esta celebración anual de la Cuaresma, ya undécima, en una parroquia romana, esta vez en el barrio de Aurelio, no lejos del Vaticano, confesando personalmente a algunos fieles. Le acompañaba, como siempre, monseñor Rino Fisichella, proprefecto del Dicasterio para la Evangelización.

Rendirse a Jesús

“No renunciemos al perdón de Dios, al sacramento de la Reconciliación”, sugirió el Papa a los fieles presentes durante su homilía, explicando que recorrer a la confesión “no es una práctica de devoción, sino el fundamento de la existencia cristiana”. Tampoco es “poder decir bien nuestros pecados”, sino “reconocernos pecadores” y abandonarnos “en los brazos de Jesús crucificado para ser liberados”. Un modo, en definitiva, de obtener “la resurrección del corazón” que el Señor obra en cada uno.

Caminar en una vida nueva

Un deseo de renovación que viene de Cristo mismo, que quiere a sus hijos “libres, ligeros por dentro, felices y en camino” en lugar de “aparcados en los caminos de la vida”. La metáfora del camino se ha tomado también del pasaje de san Pablo a los Romanos elegido para la celebración de este año: “Caminar en una vida nueva” (Rom 6, 4), y se refiere claramente al momento del Bautismo. En la vida de fe, por tanto, no hay “jubilación” -imagen que el Pontífice utiliza a menudo cuando quiere indicar el deseo de avanzar en la vida, rehuyendo el aburrimiento y la ociosidad como fin en sí mismo-, sino un continuo dar pasos hacia adelante que, sin embargo, deben estar orientados hacia el bien.

Sin embargo, “¿cuántas veces nos cansamos de caminar y perdemos el sentido de seguir adelante”? Aquí, entonces, el camino cuaresmal viene al rescate, como una oportunidad para “renovarnos” y volver “a la condición del renacimiento bautismal” gracias al perdón divino: “El Señor quita las cenizas de las brasas del alma, limpia esas manchas interiores que nos impiden confiar en Dios, abrazar a nuestros hermanos y hermanas, amarnos a nosotros mismos” perdonándolo todo.

Dios perdona siempre

De hecho, el Papa Francisco volvió a reiterar que Dios siempre perdona y nunca se cansa de hacerlo; más bien somos nosotros los que nos cansamos de pedirle perdón. “Poned bien esto en vuestra mente: sólo Dios es capaz de conocer y sanar el corazón, sólo Él puede liberarlo del mal”. Lo importante es creerlo, desear purificarse y recurrir a su perdón, para volver “a caminar en una vida nueva”.

Penitenciaría Apostólica

Siguiendo con el tema de la Reconciliación, en la mañana del 8 de marzo el Papa Francisco recibió en audiencia a los participantes en el Curso sobre el Foro Interno promovido por la Penitenciaría Apostólica, a quienes dirigió un denso discurso sobre el significado y la correcta interpretación de la oración que se recita durante la Confesión, el Acto de Contrición.

Una oración, escrita por san Alfonso María de Ligorio, maestro de teología moral, que a pesar de su lenguaje un tanto antiguo, conserva, según el Papa, “toda su validez, tanto pastoral como teológica”.

Arrepentimiento, confianza y propósito

En particular, el Pontífice se detuvo, en su discurso preparado y luego pronunciado ante los presentes, en tres actitudes particulares: el arrepentimiento ante Dios -esa conciencia de los propios pecados que impulsa a reflexionar sobre el mal cometido y a convertirse-; la confianza -como reconocimiento de la infinita bondad de Dios y de la necesidad de anteponer en la vida el amor a Él-; la intención -la voluntad de no recaer más en el pecado cometido-.

A los confesores -concluyó el Papa Francisco- se les confía una “tarea hermosa y crucial” que puede permitir a los numerosos fieles que se acercan al sacramento de la Confesión “experimentar la dulzura del amor de Dios”. Un servicio fundamental que debe ser preparado con mayor esmero aún en vista del próximo Jubileo de la Esperanza.

Fuente: omnesmag.com


Giovanni Tridente

El testamento de Joseph Ratzinger

Miguel Ángel Garrido Gallardo

Recogiendo el legado de Joseph Ratzinger, el autor propone actuar «veluti Deus daretur», como si Dios existiera: ese es el testamento de Benedicto XVI


Avance

La cultura occidental se ha transmitido con la presuposición de que los seres humanos podemos conocer la verdad. Esta convicción, que descubre a Dios como garante de una Ley Natural, sufre un proceso de desgaste que dura ya siglos y que se remonta a autores como el franciscano Guillermo de Occam (ca. 1280-1347), padre del nominalismo, doctrina que pone en cuestión que los nombres transmitan conceptos y no más bien remitan cada uno a otro en una serie indefinida. Ciertamente, ni Occam ni otros muchos autores de la serie niegan la existencia de Dios, pero dejan sin base la epistemología optimista. Se experimenta como un absurdo que el ser humano, creado por Dios, esté destinado a equivocarse y no a conocer la verdad a pesar de los pesares. Este punto de partida lleva inexorable a la muerte de Dios, profetizada por Nietzsche.

Hoy, la mentalidad dominante ha venido a poner entre paréntesis a Dios, dando lugar a lo que Jean-François Lyotard, en un famoso libro de 1979, ha llamado el fin de los grandes relatos, o sea, la aparición de un proyecto de ser humano como relato sin remitente. En una sociedad del relativismo absoluto, tendría que tener cabida el que acepta que existe la verdad, el que busca la verdad. Sin embargo, en la sociedad posmoderna, esa es la única opción vetada. Se piensa que el que confía en la verdad es potencialmente un violento, ya que el que está convencido de la verdad tenderá a imponerla, incluso por la fuerza. Además, aunque no fuera un violento, quien acepta la nítida diferencia entre verdad y mentira, el bien y el mal, juzga, y eso «no se soporta».

En plena época de Descartes, Hugo Grocio (1583-1645) planteaba que determinadas intuiciones básicas de derecho natural serían aceptables aunque no pusiésemos el fundamento de garantía que es Dios, veluti Deus daretur, como si Dios existiera. Benedicto XVI propone ese Vivir como si Dios existiera como eficaz medio de acción para regular las leyes de la concordia debida entre creyentes y no creyentes. En el famoso discurso de Habermas sobre la «Dialéctica de la Secularización», que reconocía el disenso de unos y otros, religiosos y laicos, se subraya también capacidad para el reconocimiento mutuo. La neutralidad cosmovisiva del poder estatal, que garantiza las mismas libertades éticas para todos los ciudadanos, es incompatible con la generalización política de una visión del mundo laicista. Los ciudadanos secularizados, en cuanto que actúan en su papel de ciudadanos del Estado, no pueden negar por principio a los conceptos religiosos su potencial de verdad, ni pueden negar a los conciudadanos creyentes su derecho a realizar aportaciones del discurso religioso a las discusiones públicas. Esta idea de Habermas es muy valiosa a la hora de repensar el concepto de tolerancia en las sociedades actuales. «Se trata del humilde servicio de la verdad, lejano de cualquier imposición a ‘verdadazos’», subraya Garrido Gallardo. La propuesta del creyente hoy como si Dios existiese encierra que el que cree en Dios propone una verdad e invita a afrontarla, en primer lugar la aceptación de la Ley Natural. Ese es el testamento de Joseph Ratzinger», concluye Garrido Gallardo.

Artículo

El día uno de abril de 2005 se entregó al entonces cardenal Joseph Ratzinger el premio San Benito «por su labor excepcional a favor de la vida y de la familia en Europa». El acto fue en el monasterio de Subiaco, donde Benito de Nursia comenzó en el año 500 la labor inspiradora de lo que hasta hace poco ha fundamentado Europa y su cultura cristiana y que se ha extendido a lo largo y ancho del mundo a través de los siglos. Pocos días después, el condecorado fue elegido papa y se impuso precisamente el nombre de Benedicto.

Con motivo de este acto, pronunció una conferencia, titulada Europa en la crisis de la cultura que trata de dicha crisis de la cultura entre el segundo y tercer milenio de la era cristiana que, como acabamos de decir, no es sólo una cuestión de Europa, sino una realidad universal. Allí propuso un lema como quintaesencia de la posición cristiana actual en el diálogo entre creencia en increencia (veluti Deus daretur) que ha repetido después, de una manera u otra, numerosas veces hasta el punto de que se puede considerar su denominador común al respecto, su testamento para esta hora de la historia.  Precisamente se acaba de publicar una colección de textos del papa Benedicto a los que su editor, Ricardo Calleja, pone como título común Vivir como si Dios existiera y en los cuales se comprueba lo que acabo de afirmar.

El proceso de secularización

La cultura cristiana y occidental se ha transmitido con la presuposición, pacíficamente aceptada, de que los seres humanos podemos conocer la verdad, estamos destinados a conocer la verdad a pesar de los numerosos errores que cometemos y tenemos que rectificar. Esta convicción que descubre a Dios como garante de una Ley Natural sufre un proceso de desgaste que dura ya siglos y que se remonta a autores como el franciscano Guillermo de Occam (ca. 1280-1347), padre del nominalismo, doctrina que pone en cuestión que los nombres transmitan conceptos y no más bien remitan cada uno a otro en una serie indefinida. Esta pretensión, que supone, por ejemplo, que a Dios se le conoce sólo por la Fe, está en el trasfondo de una serie de pensadores  que desembocan en lo que lo que Paul Ricoeur (1965) llama la «filosofía de la sospecha» que se asienta en los siglos XIX y XX y que se ha ido formando a lo largo del Humanismo, el Renacimiento, la Ilustración… Descartes (1546-1650), Voltaire (1694-1778), Kant (1724-1804), Hegel (1770-1831), Nietzsche (1844-1900) y hasta el mayo francés de 1968, inspirado de manera inmediata por Marx (1818-1883) y Freud (1856-1939) principalmente.

Ciertamente, ni Occam ni otros muchos autores de la serie niegan la existencia de Dios, pero dejan sin base la epistemologías optimista que experimenta como un absurdo que el ser humano, creado por Dios, esté destinado a equivocarse y no a conocer la verdad a pesar de los pesares. Así, este punto de partida lleva inexorable a la muerte de Dios. Nietsche lo profetiza en este conocido texto vibrante de La Gaya Ciencia (1882):

¿No habéis oído hablar de aquel loco que, en una mañana luminosa, encendió la linterna, corrió al mercado y gritaba incesantemente: ─Yo busco a Dios, busco a Dios? Como allí había muchos que no creían en Dios, suscitó una gran carcajada. ─¿Es que Dios se ha perdido?, decía uno. ─¿Se ha escapado, como un niño?, decía otro ─¿O es que se ha escondido? ¿Nos tiene miedo? ¿Se ha embarcado? ¿Ha emigrado?, se gritaban divertidos unos a otros.

El hombre loco irrumpió entre ellos, y los traspasó con la mirada: ─¿Dónde ha ido Dios?, gritó, os lo diré yo: ¡Lo hemos matado!, vosotros y yo ¡’Todos nosotros  somos sus asesinos! Pero ¿cómo hemos hecho eso? ¿Cómo hemos podido trasegarnos el mar? ¿Quién nos ha dado una esponja para borrar el horizonte entero? ¿Qué hemos hecho, al desligar la tierra de su sol? ¿Hacia dónde se mueve la tierra ahora? ¿En qué dirección nos movemos  nosotros? ¿Lejos de todo sol? ¿No nos precipitamos continuamente? ¿Hacia atrás, a los lados, adelante, por todas partes? ¿Es que hay aún un arriba y un abajo? ¿No vamos errantes por una nada infinita? ¿No alienta sobre nosotros el espacio vacío para aspirarnos? ¿No hace ahora más frío? ¿No anochece continuamente y cada vez es más de noche? ¿No hay ya que encender las linternas por la mañana? ¿No nos llega nada del hedor de la putrefacción divina? ¡También los dioses se corrompen! ¡Dios ha muerto! ¡Dios está muerto! ¡Y lo hemos matado nosotros! ¿Cómo nos consolaremos nosotros los más asesinos entre todos los asesinos? La cosa más santa y más poderosa que hasta ahora había tenido el mundo se ha desangrado, degollada por nuestros cuchillos ¿Con qué nos lavaremos para purificarnos de esta sangre? ¿Con qué agua podremos purificarnos? ¿Qué ritos de expiación, qué fiestas sagradas deberemos inventar? ¿No es demasiado grande para nosotros la grandeza de este acto? ¿No habremos de convertirnos nosotros mismos en dioses, sólo para mostrarnos dignos de ellos? No se realizó jamás una acción mayor; y todo el que nazca después de nosotros pertenecerá ya, gracias a esta acción, a una historia superior a todas las que han existido hasta ahora.


Al llegar a este punto, el hombre loco calló, y de nuevo miró a la cara a sus oyentes. También ellos callaban y lo miraban sorprendidos. Al fin estrelló en el suelo la linterna, que se hizo añicos, apagándose.

Y concluye:

─Yo llego demasiado pronto ─dijo entonces─: éste no es aún mi tiempo. Este acontecimiento monstruoso está aún en camino y en marcha, aún no ha llegado a los oídos de los hombres. También el relámpago y el trueno necesitan tiempo, la luz de las estrellas tiene necesidad de tiempo, las acciones precisan tiempo, aun después de haber sido hechas, para ser vistas y oídas. Esta acción está para los hombres todavía más lejos que las estrellas más lejanas, ¡y, sin embargo, han sido ellos mismos los que la han llevado a cabo! (núm. 125).

Poscristianismo/posmodernidad

El tiempo ha llegado. La mentalidad dominante ha venido a poner entre paréntesis a Dios, dando lugar a lo que Jean-François Lyotard , en un famoso libro de 1979, ha llamado el fin de los grandes relatos, o sea, la aparición de un proyecto de ser humano como relato sin remitente: si en el cuento de Caperucita Roja hiciéramos abstracción de la madre, Caperucita se quedaría sin saber que su objetivo es entregar la merienda. Ante la pregunta de ¿quién nos dice para qué estamos aquí?, nos encogemos de hombros y, si no reconocemos un remitente, tampoco tenemos un objetivo. ¿Cuál será el objetivo? Aquello que me apetece, aquello que viene bien a mi instinto, que sé yo, puede ser una cosa y la contraria. Se ha caído en un absoluto relativismo, aunque con una consecuencia que podríamos llamar paradójica. Si todo es relativo, nadie tiene derecho a oponerse al otro en nada. Vivimos en una pista de coches de choque de una feria en la que cada uno puede hacer lo que quiera con tal de no chocar con el de al lado. Sin embargo, eso no es exactamente así.

Como he recordado en alguna ocasión, en una sociedad del relativismo absoluto,  tendría que tener cabida el que acepta que existe la verdad, el que busca la verdad (una manía más). Sin embargo, en la sociedad posmoderna, el relato con remitente es la única opción cuyo concurso no se acepta: es el lobo de caperucita, la burguesía del marxismo, el demonio del cristianismo.

Esto ocurre por una razón o, si se quiere, por dos razones concatenadas entre sí. Primero, se piensa que el que confía en la verdad es potencialmente un violento, ya que el que está convencido de la verdad tenderá a imponerla, incluso por la fuerza; segundo, porque, aunque no fuera un violento quien acepta la nítida diferencia entre verdad y mentira, el bien y el mal, me juzgará, aunque sea interiormente, si lo que hago no coincide con la verdad y el bien: me estará juzgando y eso, «no lo soporto, no lo soporto, no lo soporto».

No obstante, estos prejuicios se pueden corregir. Poco antes del discurso de Subiaco, el 19 de enero de 2004, el cardenal Joseph Ratzinger había sostenido un diálogo en la Academia Católica de Baviera con el conocido filósofo agnóstico Jürgen Habermas sobre «Dialéctica de la Secularización» . Y Habermas llegaba a la siguiente conclusión: «El concepto de tolerancia en sociedades pluralistas concebidas liberalmente no sólo considera que los creyentes, en su trato con no creyentes y creyentes de otras confesiones, son capaces de reconocer que lógicamente siempre va a existir cierto tipo de disenso, sino que, por otro lado, también se espera la misma capacidad de reconocimiento ─en el marco de una cultura política liberal─ de los no creyentes en su trato con los creyentes. Para el ciudadano sin sensibilidad para lo religioso, esto no supone de ningún modo una obligación trivial, ya que significa que debe determinar autocríticamente la relación entre fe y conocimiento desde la perspectiva de su conocimiento mundano. La expectativa de la no-concordancia de fe y conocimiento se merece tan sólo el predicado de “razonable” cuando se otorga a las creencias religiosas ─también desde el conocimiento secular─ un estatus epistémico que no se tache simplemente de irracional. Por ello, en la opinión pública política, las imágenes naturalistas del mundo ─que provienen de un trabajo especulativo de informaciones científicas y que son relevantes para la propia comprensión ética de los ciudadanos─ no tienen preferencia prima facie frente a concepciones de vida cosmovisivas o religiosas con las que compiten. La neutralidad cosmovisiva del poder estatal, que garantiza las mismas libertades éticas para todos los ciudadanos, es incompatible con la generalización política de una visión del mundo laicista. Los ciudadanos secularizados, en cuanto que actúan en su papel de ciudadanos del Estado, no pueden negar por principio a los conceptos religiosos su potencial de verdad, ni pueden negar a los conciudadanos creyentes su derecho a realizar aportaciones del discurso religioso a las discusiones públicas. Es más, una cultura liberal política puede incluso esperar de los ciudadanos secularizados que participen en los esfuerzos para traducir aportaciones importantes del discurso religioso a un lenguaje asequible para el público en general» (págs. 46-47).

Por otra parte, el discurso basado en el consenso que no remite a ningún principio no puede afirmar la veracidad de conclusión alguna. Sin embargo, la pretensión de verdad es una intuición común. De hecho, el grupo que queda en minoría suele tachar de errónea la decisión de los que han conseguido la mayoría. El agnóstico Yuval Noah Harari manifiesta al final de Sapiens el desasosiego que produce el término a que conduce la historia del ser humano sin Dios:

(Nosotros), animales sin importancia, hemos avanzado desde las canoas a los galeones, a los buques de vapor y a las lanzaderas espaciales, pero nadie sabe adónde vamos. Somos más poderosos de lo que nunca fuimos, pero tenemos muy poca idea de qué hacer con todo ese poder. Peor todavía, los humanos parecemos ser más irresponsables que nunca. Somos dioses hechos a sí mismo, con solo las leyes de la física para acompañarnos, no hemos de dar explicaciones a nadie. En consecuencia, causamos estragos a nuestros socios animales y al ecosistema que nos rodea, buscando poco más que nuestra propia comodidad y diversión, pero sin encontrar nunca satisfacción. ¿Hay algo más peligroso que unos dioses insatisfechos e irresponsables que no saben lo que quieren? (pág. 456).

Como si Dios existiera

Joseph Ratzinger afronta en su discurso de Subiaco este estado de cosas y se pregunta por el fundamento de la evangelización en el actual ambiente poscristiano «donde ya no brilla en el hombre el esplendor de ser imagen de Dios, que es lo que le confiere su dignidad y su inviolabilidad, sino sólo el poder de las capacidades humanas. ¿Pero de qué hombre? Hay que añadir los enormes problemas planetarios; la desigualdad en el reparto de los bienes de la tierra, la creciente pobreza, más aún, el empobrecimiento y explotación de la tierra y de sus recursos naturales, el hambre las enfermedades que amenazan el mundo entero, el choque de culturas. El hombre ya no es otra cosa que imagen del hombre». Y formula una propuesta.

En plena época de Descartes, Hugo Grocio (Huigh de Groot, 1583-1645) planteaba que determinadas intuiciones básicas de derecho natural serían aceptables aunque no pusiésemos el fundamento de garantía que es Dios, «etsi Deus non daretur» (aunque Dios no existiera): es una hipótesis, pues no poner ese fundamento, cree Grocio, es algo impensable. Para la situación actual, Ratzinger propone la formulación «veluti Deus daretur» (como si Dios existiera).

La oferta del creyente hoy para proponer el derecho natural aunque Dios no existiera puede provocar dos tipos de rechazo por parte del laico:

•        Tú, que eres creyente, me conduces a obrar de una manera que dices común, aunque sabes que presupone a Dios. Es un engaño.

•        Tú que eres creyente, quieres obviar que la propuesta se deriva de la fe para que no sea objetada en el ámbito secular. Es una cobardía.

La propuesta del creyente hoy como si Dios existiese encierra dos presuposiciones:

•        Yo, que creo en Dios, esté persuadido o no de que he llegado a tal propuesta por la fe, hago la oferta por creerla verdadera y, en todo caso, no debiera ser objetada por provenir de un conocimiento quizás iluminado por la fe, ya que, como recordaba arriba Habermas, no es de recibo que los creyentes sufran una censura inquisitorial por parte de los laicos. Como no es aceptable la viceversa.

•        Yo, que creo en Dios, propongo al laico una verdad y le invito, porque es verdad, a afrontarla, incluso si piensa que presupone a Dios y tiene que cuestionarse la racionalidad de hacer algo cuyo fundamento carece de realidad.

En la crisis de la cultura entre el segundo y el tercer milenio en que el cristianismo afronta completar la evangelización de África, desarrollar la evangelización de Asia y restaurar la evangelización del mundo de cultura europea, el punto de partida de Joseph Ratzinger asume la complejidad de la situación y concreta una postura humilde en el diálogo con la increencia. Se trata del humilde servicio de la verdad, lejano de cualquier imposición a verdadazos. Empecemos por proponer a todos la aceptación de la Ley Natural, veluti Deus daretur, como si Dios existiera (que existe). Ese es su testamento.

Fuente: nuevarevista.net

13 marzo 2024

Migajas de amigo

Teo Peñarroja

Una amistad vale tanto como los bienes que se comparten en ella


Muchas noches me prometo: «Mañana me desinstalo el WhatsApp». Y a veces me cuesta dormirme pensando en las más de cien conversaciones que me esperan. En lugar de comerme el tarro podría abrirlas, pero con frecuencia no tengo la respuesta, la energía o la moral. Como contrapeso a mi problemática relación con la mensajería instantánea, se me da bien la gente en las distancias cortas. Me gustan las conversaciones, las personas y el café, y cuando ejerzo esas pasiones no miro el móvil. Lo mío roza lo patológico, pero en el ser humano, inopinadamente cuerpo, la atención viene configurada para funcionar a pequeña escala. 

No lo digo, aunque también, por los efectos nefastos del diseño de usuario con criterios mercantiles en la psicología y en la vida política, sino por el modo en que da la puntilla a una institución moribunda: la amistad. Me he ruborizado al leer El arte de ser un buen amigo, de Hugh Black, que a finales del XIX tenía un concepto tan elevado del tema que casi me pareció una novela romántica. Mi primera reacción a esas líneas fue visceral, de vergüenza y desconcierto, y eso me preocupa. Porque el mundo contemporáneo no sospecha la hondura a la que puede llegar la amistad. Los griegos le otorgaban sin despeinarse más categoría que al eros.

En el prólogo, David Cerdá recoge esta cita de Lewis en Los cuatro amores: «Quienes no tienen nada, no pueden compartir nada, quienes no van a ninguna parte no pueden tener compañeros de ruta». Una amistad vale tanto como los bienes que se comparten en ella. Se entiende que esos corazones que podían construir mundos enteros —La Tierra Media, Narnia— pudiesen acurrucar en un pub de Oxford, The Eagle and Child, una intimidad común por la que mereciera la pena dar la vida. La amistad es aristocrática. Solo los más nobles son capaces de ella, tanto más quien posee un mundo interior lleno y vivo

Pero eso no basta: hay que saltar al cuadrilátero y amar hasta la extenuación, porque la venerable philia también es asimétrica. Siempre hay uno que da más, y esa entrega no queda en un ajuste de cuentas —me debes tanto—, sino en esa escalada absurda de cariño por el otro que llevó a Simone Weil a decir que la amistad «ni se busca, ni se sueña ni se desea; se ejerce». 

Para este noble empeño nos enfrentamos hoy a un problema mayúsculo: WhatsApp. Sus vibraciones nos impiden, primero, cultivar un mundo interior —¿qué lectura se puede hacer con el móvil al lado?— y, después, prestar atención a nuestro entorno inmediato. Y he aquí la trampa más diabólica de la cosa: cuando ignoramos nuestra obligación de amar con todo el cuerpo, con toda diligencia, a quien tenemos delante, nos pensamos grandes amigos por estar chateando con otras cinco o seis personas. Migajas.

Fuente: Nuestro Tiempo

Servir para cambiar el mundo

José Miguel Ponce

Estoy convencido de que las personas mejoramos cuando practicamos el espíritu de servicio como actitud de vida

«Yo soñaba que la vida era alegría. Desperté y

vi que la vida es servicio.

Serví y vi que el servicio da alegría».

(Rabindranath Tagore)

“En vez de quejarte, haz algo para cambiar”.  Es el titular de una entrevista a una empresaria. Me parece un magnífico lema para los miles de españoles enfadados, desencantados, molestos, decepcionados… Si la conclusión es “todo está mal” y “esto no hay quien lo arregle”, entonces no nos debe extrañar que las cosas no se arreglen. Además, los que se quejan no mejoran como personas.

Eso de “alguien debería hacer algo” no es una solución.  Y esto vale para los grandes problemas del país, pero también para los problemas de la propia familia, empresa, comunidad de vecinos, pueblo, etc. Esta situación me recuerda la frase de Gandhi:“si quieres cambiar el mundo empieza por cambiarte a ti mismo”. Cuando mejoramos en nuestras actitudes y comportamientos, también mejora nuestro entorno y, por tanto, el mundo.

¿Qué podemos hacer cada uno para cambiar el mundo? Por ejemplo, procura trabajar mejor. Cumple con más delicadeza tus deberes. Párate a saludar al vecino, sí, a ese que es aburrido, molesto… Pon una sonrisa en tu cara.  Aconseja a un colega que adopte esa actitud. Así habrás conseguido que haya un sinvergüenza menos en el mundo, o dos, y que haya un ambiente un poco más alegre y optimista a tu alrededor. Y cuando llegue la noche, podrás alegrarte por esa pequeña victoria. Y, lo más importante, estarás cambiando tú por dentro.

Estoy convencido de que las personas mejoramos cuando practicamos el espíritu de servicio como actitud de vida. Servir es ayudar a alguien, es una actitud permanente de colaboración hacia los demás. La persona servicial lo es en su trabajo, con su familia, con sus amigos, etc. pero también en la calle, ayudando en cosas aparentemente insignificantes, pero que van haciendo la vida más agradable.

Es importante desarrollar el espíritu de servicio como actitud en la educación o en las actividades de formación en las universidades y empresas. Servir supone ejercitar virtudes como la humildad, la generosidad, la paciencia, la alegría, la solidaridad, entre otras, además de tener la preocupación de pensar en las necesidades y deseos de los demás. Para adquirir esta actitud, debemos esforzarnos por descubrir pequeños detalles de servicio en lo cotidiano.

Todos experimentamos que al prestar un servicio nos sentimos más alegres y felices, mejoramos como personas porque estamos ejercitando virtudes. Como decía el poeta:  Yo soñaba que la vida era alegría. Desperté y vi que la vida es servicio. Serví y vi que el servicio da alegría.

Fuente: womanessentia.com