24 diciembre 2024

Navidad

Solemnidad de la Natividad del Señor. 

Evangelio (Lc 2,1-14)

En aquellos días se promulgó un edicto de César Augusto, para que se empadronase todo el mundo. Este primer empadronamiento se hizo cuando Quirino era gobernador de Siria. Todos iban a inscribirse, cada uno a su ciudad. José, como era de la casa y familia de David, subió desde Nazaret, ciudad de Galilea, a la ciudad de David llamada Belén, en Judea, para empadronarse con María, su esposa, que estaba encinta. Y cuando ellos se encontraban allí, le llegó la hora del parto, y dio a luz a su hijo primogénito; lo envolvió en pañales y lo recostó en un pesebre, porque no había lugar para ellos en el aposento.

Había unos pastores por aquellos contornos, que dormían al raso y vigilaban por turno su rebaño durante la noche. De improviso un ángel del Señor se les presentó, y la gloria del Señor los rodeó de luz. Y se llenaron de un gran temor. El ángel les dijo:

— No temáis. Mirad que vengo a anunciaros una gran alegría, que lo será para todo el pueblo: hoy os ha nacido, en la ciudad de David, el Salvador, que es el Cristo, el Señor; y esto os servirá de señal: encontraréis a un niño envuelto en pañales y reclinado en un pesebre.

De pronto apareció junto al ángel una muchedumbre de la milicia celestial, que alababa a Dios diciendo: «Gloria a Dios en las alturas y paz en la tierra a los hombres en los que Él se complace».

Comentario al Evangelio

El feliz anuncio a los pastores sigue resonando en nuestros oídos, año tras año, sin que lleguemos a acostumbrarnos. Nuestro corazón se llena de nuevo de alegría al escuchar el relato del nacimiento del Hijo de Dios, como si fuera la primera vez. El viaje de Nazaret a Belén, María a punto de dar a luz, José en busca de un lugar para el parto, el Niño que nace, los pañales y el pesebre, el anuncio a los pastores, y su apresurada visita. Todo parece nuevo en esta nueva Navidad.

San Lucas encuadra el nacimiento de Jesús dentro de la historia del mundo. El emperador Augusto había logrado instaurar en sus enormes dominios un largo periodo de paz, conocida como la Pax Augusta, pero fue después de muchas guerras, de muchos sometimientos, de mucha esclavitud. Por eso, aquel “primer empadronamiento” podía parecer un gesto de orgullo por parte de la autoridad, pero de ello se sirvió Dios para que se cumplieran las Escrituras, pues estaba escrito por medio del Profeta que en Belén de Judá había de nacer el Mesías (cf. Mt 2,5). El viaje de José con su esposa encinta, no exento de riesgos, era un acto de obediencia humana, pero sirvió de cauce para que María y José obedecieran a Dios, plenamente confiados en que todo saldría bien. Probablemente, José pasó por el agobio ante la dificultad para encontrar el lugar más apropiado para aquel virginal alumbramiento. Pero su fortaleza, serenidad y confianza en Dios se impusieron para que María pudiese dar a luz “a su hijo primogénito”, “el primogénito entre muchos hermanos” (Romanos 8,29), en un lugar aparentemente poco apropiado para Dios, un pesebre, un rincón desconocido de una de las provincias de ese gran imperio. Pero la diligencia de José y la presencia de María convirtieron aquel pobre lugar en el más digno no solo de aquel imperio sino de toda la tierra. Hasta los animales de aquel establo participaban de aquel prodigio: “Conoce el buey a su amo, y el asno, el pesebre de su dueño”, dice el profeta Isaías.

Pero de pronto, el cielo se abre, la gloria de Dios es incontenible, y se manifiesta no a los grandes de la tierra sino a unos pastores. Eran hombres quizá rudos, poco valorados en aquella sociedad, pero fueron los elegidos por Dios para ser testigos directos del gran acontecimiento. Quedaron deslumbrados y atemorizados por el anuncio que venía del ángel, y por la muchedumbre de la corte celestial que alababa a Dios. Conocerían quizá las profecías que hablaban del Mesías que había de nacer en la ciudad de David: “Pero tú, Belén Efrata, aunque tan pequeña entre los clanes de Judá, de ti me saldrá el que ha de ser dominador en Israel” (Miqueas 5,2). Sin embargo, no podían imaginar que aquella noche, en aquellos contornos que ellos tan bien conocían por su trabajo, iba a cumplirse aquella divina promesa. Dios los miró con complacencia por su buena voluntad, por su condición humilde. Superado el temor inicial ante tan inesperada visita, se llenaron de una alegría y paz que jamás habían experimentado. Se cumplieron en ellos las palabras del profeta que escuchamos en la primera lectura de la misa de esta noche: “Multiplicaste el gozo, aumentaste la alegría” (Isaías 9,2).

Para poder participar del gozo del nacimiento del Salvador, necesitamos mirar a María y a José, a los pastores, y admirarnos como lo haría un niño, lleno de asombro. Iremos también nosotros a adorar al Niño y aprenderemos las lecciones de la “cátedra de Belén”, como le gustaba a San Josemaría referirse a este misterio. Quizá la lección que más hay que aprender hoy es la humildad, la de saberse pequeños delante de Dios, y así se cumplirán en nosotros las palabras de Jesús dirigidas a sus discípulos: “El que reciba en mi nombre a uno de estos niños, a mí me recibe; y quien me recibe, no me recibe a mí, sino al que me ha enviado” (Mc 9,37). Hoy el niño es Jesús, el enviado del Padre. Acojámosle.

Fuente: opusdei.org

Chesterton se crece en Navidad

Enrique García-Máiquez

En sus textos, la Navidad cobra vida como una fiesta cargada de sentido, que une lo divino y lo humano en el pesebre nevado de Belén y nos desafía a vivir su alegría con profundidad y asombro.

«Me he comprometido un poco precipitadamente a escribir sobre el espíritu de la Navidad», dijo Chesterton, describiendo con toda exactitud profética mi estado presente; pero mi precipitación conoce un respiro. Vengo a hablar sobre el espíritu de la Navidad en Chesterton, que habló muchísimo (precipitadamente o no, ya da lo mismo) de la Navidad. 

Además, el mensaje central —que es lo difícil— me lo han dado hecho. Me dijo el director de Nuestro Tiempo que tenía la ilusión de que el artículo sobre la Navidad y Chesterton fuese, de alguna manera, un regalo de Navidad que la revista hacía a sus lectores. ¡Ah, ahí está! Chesterton es un regalo de Navidad infalible. «¡Un regalo enorme!», precisaría él con humildad, y un guiño. Te lo esperas y aun así te sorprende. Además, no conozco a nadie al que la Navidad le gustase más y la explicase mejor. Si regalamos a Chesterton por Navidad es —juego de espejos— porque Chesterton nos regala la Navidad.

Como ha notado el poeta José Julio Cabanillas: «Chesterton se crece cuando habla de la Navidad». Él clamaría: «¿Cómo que “me crezco”? ¿¡Todavía más!?». «Al resto las navidades nos engordan —le explicaría yo—, pero a usted, querido Gilbert, le expanden en un sentido metafórico, esto es, literario». «Ah», suspiraría, convencido a medias, pero aliviado.

«Una mayoría de la gente seguirá observando costumbres que no pueden explicar y celebrará la navidad y mantendrá los regalos y las bendiciones del día de navidad. y algún día se despertarán y descubrirán por qué» (G. K. Chesterton)

La Navidad le encaja como un guante: la entiende a la perfección, aplaude su tiempo y su espacio, la disfruta como nadie, lo hace disparando a diestro y siniestro, como le gusta, y, por último, nos invita a nuestra propia Navidad. Analicemos, dedo a dedo, poco a poco, cada uno de estos puntos de su guante. Aprovecharemos sus propias ideas, colgando sus citas como si fuesen bolas (de tan redondas que son) del árbol de Navidad que es el propio autor.

Chesterton nos explica qué es la Navidad

G. K. escribió un artículo sobre «El espíritu de la Navidad», que ha dado título a una festiva recopilación de textos navideños en un volumen publicado por la editorial Renacimiento, traducido por Aurora Rice. Sin embargo, a pesar de tanto espiritismo, Chesterton no se pierde en vaguedades ni en fantasías ni en felices fiestas ni en coloridos deseos bienintencionados ni designa «algo que decididamente es el espíritu, no de la Navidad, sino una cosa que combina tal vez el optimismo infundado del ateo americano con el pacifismo del dulce hindú». Lo importante —recalca— es la encarnación: nació un niño de carne y hueso que era Dios.

Nuestro autor brinda con todos, por supuesto, pero no se mueve un ápice del dogma, porque sabe que la felicidad desparramada, los deseítos por doquier y los brindis mismos dependen de ese Niño en el pesebre. Avisa: «Una mayoría de la gente seguirá observando costumbres que no pueden explicar y celebrará la Navidad y mantendrá los regalos y las bendiciones del día de Navidad. Y algún día se despertarán y descubrirán por qué». Por Quién.

En cambio, le vale el acercamiento más devocional de los pastores o el más intelectual de los Reyes: «Contentémonos con decir que la mitología vino con los pastores y la filosofía con los Reyes». En un hermoso villancico, Eugenio d’Ors se resignaba a su papel de sabio: «Para calar pronto / si viene el Señor, / cuídate ser Mago / si no eres Pastor». Chesterton, en cambio, era capaz de ser pastorcillo y Majestad de Oriente (y un poco buey, aunque no mudo, añadiría él con una carcajada angélica).

Chesterton aplaude el invierno

Tras arrodillarse, que es lo primero, ante el Niño, Chesterton se pone a disfrutar las circunstancias, empezando por el frío, que le parece de perlas: «Que el Hijo de Dios naciese en diciembre significa algo: que Cristo no es meramente el sol de verano de los prósperos sino la hoguera del invierno de los desafortunados». Esto le permite gozarse en un sinfín de paradojas, como «que el nacimiento de un Niño sin hogar se celebre en cada hogar» o que «el hombre elija para estar más alegre el momento preciso en que todo el universo material está más triste. Este contraste, este desafío místico es lo que da su cualidad de virilidad y realidad […] Incluso el acebo pincha». Se regodea en la suerte: «No somos meros adoradores de la naturaleza; el hombre sabe sonreír cuando la naturaleza frunce el ceño».

El frío cumple una función esencial: apiña a la familia en torno al hogar. E invita a invitar al pobre y al desvalido. El invierno es una llamada a la caridad. Casa y caridad, fuego y juego, Chesterton no puede aplaudir más.

En su visita a Tierra Santa, tuvo la suerte de ver nevar en Belén. «Cada rumor de realismo, cada forma indirecta de racionalismo, cada opinión científica de tercera mano, aceptada por su autoridad, me habían llevado a ver el país donde nació Cristo como un lugar semitropical, sin otra cosa que palmeras y parasoles. Fue al mirarlo yo cuando resultó que era exactamente igual que una felicitación de Navidad». Esta coincidencia de la imagen estereotipada con la realidad in situ le llenó de gozo y le llevaría a hacer, acerca del mito que es verdad, reflexiones muy similares a las que luego Tolkien compartiría con C. S. Lewis, y que culminarían en la conversión de este. Todas las historias antiguas del dios que nace entre los hombres cuajaron en el Niño que nace en Belén, sí, y entre la nieve. De entre los mitos, uno fue real, el más mítico.

Chesterton se embala

El autor inglés no es un Papá Noel bonachón limitándose a unos estentóreos «Ho, ho, ¡ho!». Su interés por el bien común y por la política era constante y no dejaba de sacar corolarios combativos de sus planteamientos vitales y teológicos. Con la Navidad, no hizo una excepción. Como sostiene el obispo Munilla, Chesterton es el patrón de la batalla cultural que no calla ni bajo agua.

Primero coge carrerilla en la memoria histórica. La Navidad en Inglaterra tenía un inequívoco aire medievalizante e implicaba una evocación a la Merry England. Según Chesterton, «que Shakespeare, Dickens y Walter Scott escribieran sobre la Navidad nos parece muy natural». Él, claro, se apunta a ese póker de ases.

Hay trazas reaccionarias en la celebración y él las recalca: «La Navidad no encaja en absoluto con ese gran futuro que se abre ante nosotros. La Navidad no está fundada sobre el gran concepto comunitario que sólo halla su expresión definitiva en el comunismo. La Navidad no ayuda realmente a la expansión más elevada, sana y vigorosa del capitalismo. No se puede esperar que la Navidad encaje con las esperanzas modernas de un gran futuro social. La Navidad contradice al pensamiento moderno. Es un obstáculo para el progreso. Arraiga en el pasado, en el pasado remoto…».

«No somos meros adoradores de la naturaleza; el hombre sabe sonreír cuando la naturaleza frunce el ceño» (G. K. Chesterton)

La Navidad es una protección también de la familia, de la conciliación (aunque Chesterton no usa esa palabra), de la tradición y, muy concretamente de la casa. Es la gran fiesta del distributista, como explica: «Y uno de los pilares y primeros principios de la domesticidad, como señala Belloc con razón, es la institución de la propiedad privada. El pudin de Navidad representa el misterio maduro de la propiedad: eso se demuestra comiéndolo».

Entre las cosas que han de volver está la religión, y la Navidad habrá hecho de puente sobre el paganismo de los tiempos modernos: «Personalmente no dudo de que volverá (no sé cómo) un credo inspirador y atrayente a nuestra nación. La religión es auténticamente imprescindible, como el fuego en invierno: donde no hay visión, el pueblo perece, y perece de frío. La nación que carece de dioses no sólo muere, sino que además muere de aburrimiento. Pero si algún día vuelve a fundarse firmemente una fe, será interesante cuando menos ver esas pocas cosas que han hecho de puente sobre el abismo, que se mantuvieron firmes cuando se perdió la fe, que seguían de pie cuando se volvió a encontrar. Entre estas cosas realmente interesantes, una de ellas será probablemente la celebración inglesa de la Navidad».

Chesterton disfruta la Navidad

El puente sobre el río de la posmodernidad será, por tanto, la celebración. Esto es, que hay que festejar por todo lo alto que Dios se haya avenido a venir a las bajuras de una cueva en Belén. GKC nos da un grandísimo ejemplo en todo lo referente a celebrarlo: «Entonces, tal vez sea porque soy un insensato, pero me parece que ahora me gusta más la Navidad (en comparación con el resto del año) que cuando era niño». Hay que disfrutarlo todo. Siempre perspicaz, se dio cuenta de que «los puritanos de antes atacaban la Navidad en su totalidad; los nuevos puritanos la atacan en detalle, poco a poco». Antes querían discutir o la veracidad de la historia o la verdad del misterio, ahora quieren robarnos la alegría a pellizcos con reparos dietéticos, con quejas anti consumistas o con supuestas tristezas o síndromes psicológicos. 

Chesterton apuesta por los regalos a la vez que arremete contra el consumismo. La clave de la no contradicción de la paradoja estriba en que lo importante no es comprar nada, sino darlo. El acento está en la entrega, no en la adquisición. «El propio Cristo es un regalo de Navidad», nos recuerda para zanjar los remilgos.

Lo de la dietética le resbala: «La Navidad y la salud suelen ser antagónicas, y yo desde luego me pongo de parte de la Navidad». Y, aunque no lo dijo él, puestos a unir lo mundano con lo litúrgico: para hacer dietas son maravillosos el Adviento y la Cuaresma, además de los viernes, en general. No caigamos ahora en la báscula, digo, en la trampa.

Tampoco tiene mucha paciencia con los que se ponen quisquillosos con las diversiones simples: «Están aquellos a los que no les gusta hacer el tonto; prefieren desempeñar ese mismo papel pero más en serio». «La hilaridad implica humildad», recuerda. Uno tiene que servir a los demás a menudo sirviendo de motivo de su risa, sobre todo de los niños.

Es lógico: «Religión y alboroto van de la mano, como demuestra la historia. El alboroto es propio del bribón, y la religión significa saber que eres un bribón. Alguien dijo, y muchas veces se ha citado: “Sé bueno y serás feliz, pero no te divertirás”. Es ingenioso, pero se equivoca profundamente en su cálculo de la naturaleza humana. Me inclino a decir que la verdad es justamente lo contrario. Sé bueno y te divertirás, pero no serás feliz. Si tienes un buen corazón, siempre serás ligero de corazón; siempre tendrás el poder de disfrutar de las fiestas especiales de la humanidad y de las buenas noticias de la humanidad. Pero el corazón que está ahí para aligerarse también está ahí para dolerse; realmente, si lo único que deseas es ser feliz compensaría no tener corazón en absoluto. Afortunadamente, sin embargo, ser feliz no es tan importante como divertirse, mantener vivo en uno mismo el poder inmortal del asombro y la risa, y una especie de reverencia juvenil».

Chesterton nos invita a nuestra Navidad

Ya tenemos casi listo este tarjetón de Navidad que nos envía Chesterton precipitadamente a los lectores de Nuestro Tiempo, pero nos falta traérnoslo corriendo a casa y ponerlo sobre la repisa de la chimenea. Él nos da un último consejo: «Fingimos ser antiguos personajes de Dickens, cuando deberíamos ser personajes nuevos de Dickens en la realidad». Esto es, no tenemos tanto que imitar a los personajes de Chesterton, como ser chestertónicos en nuestra actitud y talante, en nuestro propio hogar y con nuestras tradiciones. Aurora Rice, su espléndida e incansable traductora ya citada, me escribía: «Si Chesterton hubiera conocido la Navidad española, ¡cómo la habría disfrutado! Habría escrito artículos sobre la zambomba, el aguardiente y su botella, los villancicos… ¡y el belén! Siempre el belén. Me imagino a Chesterton como un niño entusiasmado, montando un inmenso belén que invadiera toda la casa, para desesperación de Frances…».

Lo bonito es que Aurora Rice no se equivoca. Chesterton conoció la Navidad española y la vivió con entusiasmo. La historiadora Belén Rincón ha documentado la visita que Chesterton hizo a España en 1926 para dar una conferencia en la Residencia de Estudiantes. Vivió con la familia del director, Alberto Jiménez Fraud, e hizo, como era de esperar, una gran amistad con la hija más pequeña. Pasaba largas horas jugando con el belén que tenían puesto en la casa. Y escribió estas líneas preclaras: «Los españoles aún poseen más costumbres que modas, y sus costumbres les son naturales. [La fiesta de los Reyes Magos es] un magnífico ejemplo de cómo unas gentes que conservan ese instinto popular son capaces de poner en acción un poema. […] Imaginan a los Reyes acercándose más cada día, y si hay imágenes de esas figuras sagradas, se las hace avanzar un poco cada noche. Esto resulta ya extrañamente impresionante, bien se considere como un juego de niños o como una meditación mística sobre los misterios del tiempo y el espacio».

Juego y meditación, tradición propia y dogma universal, seamos chestertonianos de los pies a la cabeza, y no nos dejemos nada por celebrar. ¡Muchísimas felicidades!

Fuente: Nuestro Tiempo


23 diciembre 2024

Todo, por un Niño que nos ha nacido

Juan Luis Selma

Llevamos varias semanas con las ciudades y los pueblos alborotados: luces por todas partes, villancicos, nacimientos, adornos, cacharritos para los niños, comidas para los mayores, concursos, visitas, compras y regalos … ¡Qué jaleo!, y todo, porque nace un Niño. La verdad es que abrazar a un recién nacido es muy hermoso.

Esta semana he visitado a una familia amiga en la maternidad de un hospital. El bebé dormía plácidamente junto a su madre. Me enseñaron una foto hecha poco después del parto, la niña cogía con su minúscula manita el dedo de su madre, segura, tranquila, confiada. Me dejaron que la acunara un rato y ¡qué felicidad! Los niños son nuestra mayor riqueza, nuestro futuro.

Dice el Salmo 127: “La herencia que da el Señor son los hijos; su salario, el fruto del vientre: son saetas en manos de un guerrero, los hijos de la juventud. Dichoso el hombre que llena con ellas su aljaba: no quedará derrotado cuando litigue con su adversario en la plaza”. Desde siempre se han considerado un gran bien los hijos. La confusión actual, la renuncia a la procreación, el ver a los hijos como una carga, no deja de ser antinatural, obra del maligno. Un nuevo niño es un regalo, el futuro para la familia, los padres y la sociedad.

Ante el invierno demográfico de España, algunas autoridades locales están promoviendo la procreación con ayudas económicas, publicidad, etc. Pienso que los medios y los ciudadanos con un poco de sentido común deberíamos mostrar una actitud más positiva y esperanzada frente a la paternidad. Basta con ver la sonrisa de un niño, su inocencia e ingenuidad, para darse cuenta de su inmenso valor.

Cuenta Marian Rojas Estapé, conocida psiquiatra y escritora, que, para impartir una conferencia importante, tuvo que delimitar mucho el tiempo entre el acto y dar el pecho a su bebé; debía atravesar Madrid en horas de mucho tráfico. Llegó a su casa muy estresada, nerviosa y notó que, según iba amamantando al bebé, se fue aplacando, tranquilizando y serenando. Concluyó que este acto materno estimulaba la secreción de dopamina, la hormona del placer. La naturaleza, expresión de la Providencia divina, sabe hacer muy bien las cosas; cuando se la respeta, coopera con nuestra felicidad; en cambio, si vamos en su contra, nos hacemos daño.

Narra el Evangelio de hoy un doble encuentro: el de dos madres, una muy joven y otra madura, y el de dos criaturas, aun dentro del seno de sus madres. María e Isabel, Juan el Bautista y Jesús. “Y cuando oyó Isabel el saludo de María, el niño saltó en su seno, e Isabel quedó llena del Espíritu Santo; y exclamando en voz alta, dijo: -Bendita tú entre las mujeres y bendito es el fruto de tu vientre. ¿De dónde a mí tanto bien, que venga la madre de mi Señor a visitarme? Pues en cuanto llegó tu saludo a mis oídos, el niño saltó de gozo en mi seno; y bienaventurada tú, que has creído, porque se cumplirán las cosas que se te han dicho de parte del Señor”.

Confluyen lo humano con lo divino. Isabel y Juan perciben el halo de la divinidad, la belleza de la gracia, del don de Dios junto al gozo del encuentro. Todos se alegran, adultos y niños. La Navidad es nuestro “tropiezo” con la trascendencia. A través de un Niño recién nacido nos llenamos de la luz de Dios, de su santidad. Es tiempo de esperanza; la imagen de un Niño que nace, de una nueva vida que comienza, nos invita renacer, a ser en plenitud, a volver a los inicios y desarrollar nuestra totalidad e integridad; a soñar en alcanzar nuestros deseos.

El Papa ha querido dedicar el nuevo jubileo del 2025 a la Esperanza. En Nochebuena no solo nacerá Jesús en el Portal de Belén, naceremos todos con Él, renacerá la esperanza. Para disfrutar de estas Navidades, hagámonos niños confiados; olvidemos las malas experiencias, los resabios, dejemos que se curen las heridas. Perdonemos y pidamos perdón. Un buen reseteo del disco duro nos irá muy bien: una buena confesión, un sincero pedir perdón y olvidar las ofensas.

“Por aquellos días, María se levantó y marchó deprisa a la montaña”. Marchemos también nosotros llenos de confianza, vayamos al Portal como los niños. Escribe Monseñor Ocáriz: “A veces, en la vida se pasan momentos complicados. Pero siempre podemos dirigir nuestra mirada a Jesús Niño para confiarle nuestras inquietudes y deseos. No estamos solos en ningún momento, porque Cristo quiere compartir con nosotros su paz; una paz que, como sucedió en Belén, no siempre significa ausencia de problemas, sino la certeza de la fe en el amor de Dios por cada uno. Este es el fundamento de nuestra esperanza”.

Quien tiene esperanza, ama la vida, ama las vidas nuevas, ama a los niños ¡Qué nuestras calles y plazas se llenen del alegre bullicio de los niños!

Fuente: eldiadecordoba.es

22 diciembre 2024

Felicitación de Navidad del prelado del Opus Dei (2024)

Mons. Fernando Ocáriz 

¡Muy feliz Navidad a todos!

Son muy poquitos días los que faltan. Precisamente el día 24 comienza el año jubilar que el Papa dedica especialmente a algo tan importante para todos, que es la esperanza.

«La esperanza que no defrauda». Con esas palabras de san Pablo, comienza el documento con el que el Papa ha convocado este año jubilar: «La esperanza que no defrauda».

¿Pero qué esperanza es esta? Muchas esperanzas, lógicamente, en este mundo son buenas, pero luego no se cumplen. Pero la que no defrauda, lo sabemos bien, es la esperanza —como dice San Pablo en la epístola a los Colosenses-—, la esperanza que está en los cielos (cfr. Col 1,5)

Pero no es una esperanza en los cielos como algo lejano, sino los cielos que es «el Dios con nosotros», es la fuerza de Dios, el amor de Dios. Esa es la seguridad de nuestra esperanza. Una esperanza que efectivamente no defrauda. Podemos nosotros defraudar a Dios, pero Dios no nos defrauda nunca a nosotros.

Vemos ahora, en estos días cercanos a la Navidad, a Dios que se hace un niño por nosotros, que se nos entrega; que transforma— de alguna manera también para nuestra vida— el frío, la oscuridad, la pobreza de Belén en la gran riqueza del amor de Dios por nosotros, de la entrega que Él mismo hace de sí, hacia nosotros, a cada uno, a cada una de nosotros.

Por eso la Navidad es siempre un motivo de alegría, de fiesta. Y, a la vez, pensando en esa esperanza que el Señor pone en nosotros, vemos que a tantas personas les falta. Por eso nos mueve también al afán apostólico. No porque seamos mejores, sino porque hemos recibido, con la gracia de Dios, la fe, la esperanza, también para transmitirlas.

De tal manera que, viendo el mundo como está —con tantas dificultades, guerras, pobrezas, disensiones, pero a la vez, con tanta gente buena, como muchas veces lo consideramos— podemos ¡todos! colaborar a que esa bondad florezca más mirando especialmente al niño recién nacido, a la Virgen María, a San José. Esa entrega de Dios tan asombrosa, que es para cada uno de nosotros.

Pero necesitamos la fe. La fe en el Señor, la seguridad en su amor. Ahora me viene a la memoria esa oración que san Josemaría repetía mucho, y nos enseñaba a repetir dirigiéndose al Señor: «auméntanos la fe, la esperanza y la caridad» —el amor—.

Porque necesitamos el don de Dios para tener esperanza; y para poder darla también a los demás, unido al cariño, a la entrega, al servicio, que es lo que nos hace felices. Lo sabemos muy bien, lo decía san Josemaría: «lo que hace feliz no es una vida cómoda, sino una vida enamorada» (cfr. Surco, 795). Un enamoramiento que es darse, que es entrega. No es egoísmo, sino todo lo contrario.

Es también la Navidad —contemplando el misterio de ese Dios que se nos da de este modo tan total— una ocasión para que renovemos nuestro deseo de servicio, de entrega, que es lo que nos hace felices, lo que nos hace alegres y eficaces.

Yo rezo por todos vosotros, por todas vosotras. Os pido, lógicamente, que recéis por mis intenciones, por todos los trabajos que se están haciendo, también ahora por los estatutos de la Obra, por tantas intenciones apostólicas en el mundo entero, y sobre todo recemos mucho, siempre, por el Papa: por sus intenciones, por toda la Iglesia.

Muy feliz Navidad de nuevo. Confío mucho en la oración de todos vosotros también por mí y por mis intenciones, que Dios os bendiga.

Fuente: opusdei.org

Bendita tú entre las mujeres...

El Papa en el Ángelus

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

Lamento no estar en la Plaza con ustedes, pero me estoy mejorando y se deben tomar precauciones.

Hoy el Evangelio nos presenta a María que, tras el anuncio del ángel, visita a Isabel, su pariente anciana (cf. Lc 1, 39-45), que también espera un hijo. Así, es el encuentro de dos mujeres felices por el don extraordinario de la maternidad: María acaba de concebir a Jesús, el Salvador del mundo (cf. Lc 1, 31-35), e Isabel, a pesar de su avanzada edad, lleva en su seno a Juan, que preparará el camino que precederá al Mesías (cf. Lc 1, 13-17), Juan Bautista.

Ambas tienen mucho de qué alegrarse, y tal vez podríamos sentirlas lejanas al ser protagonistas de milagros tan grandes, que normalmente no ocurren en nuestra experiencia. El mensaje que el Evangelista quiere darnos, pocos días antes de Navidad, es este, es distinto. En efecto, la contemplación de los signos prodigiosos de la acción salvífica de Dios no debe hacernos sentir nunca lejanos de Él, sino ayudarnos a reconocer su presencia y su amor cerca de nosotros, por ejemplo en el don de cada vida, de cada niño, de su madre. El don de la vida… He leído en el programa “A tua immagine” algo hermoso que estaba escrito: ¡Ningún niño es un error! El don de la vida…

En la plaza, habrá también hoy madres con sus hijos, y quizá también haya algunas que estén en la «dulce espera de uno». Por favor, no seamos indiferentes a su presencia, aprendamos a admirarnos de su belleza y, como hicieron Isabel y María, aquella belleza de las mujeres encinta, bendigamos a las madres y alabemos a Dios por el milagro de la vida. A mí me gusta – me gustaba, porque ahora no puedo hacerlo – cuando en la otra diócesis andaba en bus, cuando subía al bus una mujer embarazada, de inmediato le daban el puesto para sentarse: ¡Un gesto de esperanza y de respeto!

Hermanos y hermanas, estos días nos gusta crear un ambiente festivo con luces, adornos y música navideña. Recordemos, sin embargo, expresar sentimientos de alegría cada vez que nos encontremos con una madre que lleva a su hijo en brazos o en su regazo. Y cuando esto nos suceda, oremos en nuestro corazón y digamos también, como Isabel: «Bendita tú entre las mujeres y bendito el fruto de tu vientre» (Lc 1, 42); cantemos como María: «Proclama mi alma la grandeza del Señor» (Lc 1, 46), para que toda maternidad sea bendecida, y en cada madre del mundo sea agradecido y exaltado el nombre de Dios, que confía a los hombres el poder dar la vida a los a los hombres y a las mujeres.

Dentro de un momento bendeciremos las figuras del «Niño Dios», yo he traído el mío. Me lo regaló el Arzobispo de Santa Fe; fue hecho por aborígenes ecuatorianos… estas figuras del «Niño Dios» que ustedes han traído. Podemos preguntarnos, entonces: ¿Doy gracias al Señor porque se hizo hombre como nosotros, para compartir en todo, excepto en el pecado, nuestra existencia? ¿Yo alabo al Señor y lo bendigo por cada niño que nace? ¿Soy gentil cuando encuentro a una madre encinta? ¿Sostengo y defiendo el valor sagrado de la vida de los pequeños desde su concepción en el seno materno?

Que María, la Bendita entre todas las mujeres, nos haga capaces de experimentar asombro y gratitud ante el misterio de la vida que nace.

Después del Ángelus

Queridos hermanos y hermanas

Sigo siempre con atención y preocupación las noticias que llegan de Mozambique, y deseo renovar a ese amado pueblo mi mensaje de esperanza, paz y reconciliación. Rezo para que el diálogo y la búsqueda del bien común, sostenidos por la fe y la buena voluntad, prevalezcan sobre la desconfianza y la discordia.

La atormentada Ucrania sigue siendo golpeada por atentados en las ciudades, que a veces dañan escuelas, hospitales, iglesias. Que callen las armas y resuenen los villancicos. Recemos para que en Navidad cese el fuego en todos los frentes de guerra, en Tierra Santa, en Ucrania, en todo Medio Oriente y en el mundo entero. Y con dolor pienso en Gaza, en tanta crueldad; en los niños ametrallados, en los bombardeos de escuelas y hospitales... ¡Cuánta crueldad!

Saludo con afecto a todos ustedes, romanos y peregrinos. Saludo a la delegación de ciudadanos italianos que viven en territorios que esperan desde hace tiempo una recuperación para proteger su salud. Expreso mi cercanía a estas poblaciones, especialmente a las que han sufrido la reciente tragedia de Calenzano.

Esta mañana he tenido la alegría de estar con los niños, con sus madres, que acuden al Dispensario Santa Marta, en el Vaticano, dirigido -aquí en el Vaticano- por las Hermanas Vicentinas, ¡qué buenas religiosas son! Entre ellas hay una hermana que es como la abuela de todo, la buena sor Antonietta, a la que recuerdan con tanto amor. Y a mí, tantos niños que había, me han llenado el corazón de alegría. Repito: «¡Ningún niño es un error!».

Y ahora bendigo a las imágenes del «Niño Dios», yo he traído el mío, las figuritas del Niño Jesús que ustedes, queridos niños y jóvenes, han traído aquí y que pondrán en el pesebre al regresar a casa. Les agradezco este gesto sencillo, pero importante. Los bendigo de corazón a todos, a sus padres, a sus abuelos, a sus familias. Y, por favor, ¡no se olviden de sus abuelos! Que nadie esté solo estos días.

Y les deseo a todos un buen domingo. Por favor, no se olviden de rezar por mí. Que el Señor los bendiga. Que tengan un buen almuerzo y ¡adiós!.

Fuente: vatican.va

21 diciembre 2024

El celo de la Virgen María

Domingo 4ª semana de Adviento. 

Evangelio (Lc 1, 39-45)

Por aquellos días, María se levantó y marchó deprisa a la montaña, a una ciudad de Judá; y entró en casa de Zacarías y saludó a Isabel. Y cuando oyó Isabel el saludo de María, el niño saltó en su seno e Isabel quedó llena del Espíritu Santo; y exclamando en voz alta, dijo:

—Bendita tú entre las mujeres y bendito es el fruto de tu vientre. ¿De dónde a mí tanto bien, que venga la madre de mi Señor a visitarme? Pues en cuanto llegó tu saludo a mis oídos, el niño saltó de gozo en mi seno; y bienaventurada tú, que has creído, porque se cumplirán las cosas que se te han dicho de parte del Señor.

Comentario al Evangelio

En el Evangelio de san Lucas, la Visitación sigue inmediatamente a la Anunciación, por la simple razón de que así sucedieron las cosas en la realidad. Ciertos comentadores hacen notar que probablemente la Virgen María ha intuido en el saludo de San Gabriel una invitación a atender a su pariente Isabel. “Y ahí tienes a Isabel, tu pariente, que en su ancianidad ha concebido también un hijo, y la que llamaban estéril está ya en el sexto mes” (Lc 1, 36). Su explicación parece convincente, y en la decisión de María tenemos sin duda materia más que suficiente para meditar sobre el espíritu de servicio.

Sin embargo, no es esa la dirección que vamos a tomar en nuestro comentario. Más bien, nos vamos a fijar en el adverbio “deprisa”, traducción castellana de la expresión latina “cum festinatione”. ¿Por qué razón hacemos las cosas “deprisa”, es decir sin demora? La más poderosa es ciertamente el amor o el cariño. Cuando se quiere de veras a alguien, se hacen las cosas que se refieren a él “deprisa”, sin dejarse dominar por la pereza. En cambio, un amor o un cariño “tibios” invocan cualquier pretexto para retrasar todo lo que exige un esfuerzo.

En nuestra meditación, puede ser útil que nos pongamos en el lugar de la Virgen María, para entender así mejor su manera de actuar. ¿Qué acaba de suceder? San Gabriel le ha comunicado la noticia más asombrosa de toda la historia humana: que la Encarnación prometida por Dios y anunciada por los profetas va a realizarse, si ella está de acuerdo. Y al responder “fiat mihi”, “Verbum caro factum est”, el Verbo se hizo carne en sus entrañas purísimas. Si pensamos en nosotros ¿cuál es nuestra tendencia al enterarnos de una buena noticia, algo bueno que deseábamos desde hacía mucho tiempo? En general, aislarnos más o menos, para saborear a fondo lo que se nos ha dicho. ¿Qué hizo nuestra Madre?: “se levantó y marchó deprisa a la montaña” (Lc 1, 39).

“Marchar”, o sus sinónimos, es un verbo muy presente en la Santa Escritura, porque Dios en su bondad infinita nos pide a menudo que nos movamos, que “marchemos” aquí o allá, para servirle, para ser útiles en los cometidos que ha previsto en sus planes eternos y que nos da a conocer por el conducto reglamentario. En ese sentido, “instalarse” es el verbo opuesto a “marchar”. Por esta razón, la tendencia a instalarse, una cierta dificultad para superar la pereza, son signos bastante claros de la existencia en nosotros de la tibieza, al menos en algunos ámbitos de nuestra vida.

Para preparar bien la gran fiesta de Navidad, y para prepararnos nosotros mismos bien, sería bueno que en los días próximos pensásemos mucho en nuestra Madre del Cielo. Porque su amor y su celo son la antítesis de cualquier tibieza. Ésta consiste con frecuencia en seguir al Señor “de lejos”, como San Pedro en la noche del Jueves Santo (cfr. Mt 26, 58). En cambio, sabemos que en la Virgen María “Dominus tecum”, “el Señor está contigo”, no a distancia, ni lejos. Al mismo tiempo, el tibio tiene en general un gran vacío interior. En cambio, nuestra Madre es “gratia plena”, “llena de gracia”, sin lugar alguno para cualquier especie de vacío. Se compara también a la tibieza a un fuego que se está apagando, porque no se le alimenta bien. En cambio, el corazón de la Virgen está en llamas, con un amor de una fuerza impresionante. Por estas razones, y sin duda por muchas más, “se levantó y marchó deprisa a la montaña”, para servir y cumplir así la voluntad de Dios.

¿Qué propósito podríamos hacer en este cuarto domingo de Adviento, cuando sólo faltan algunos días para Navidad? Tratar de hacer las cosas previstas “deprisa”, “cum festinatione”, sobre todo el cumplimiento de nuestros deberes ordinarios, como muestra de nuestro amor a Dios y a los demás. Y si nos damos cuenta de que ciertas zonas de nuestra vida se han enfriado, pensemos en el punto siguiente de “Camino” (492): “El amor a nuestra Madre será soplo que encienda en lumbre viva las brasas de virtudes que están ocultas en el rescoldo de tu tibieza”.

Fuente: opusdei.org

20 diciembre 2024

Ahora sí llega Navidad, pero…

José Antonio García-Prieto Segura

 Me apresuro a disipar la eventual sorpresa de algún lector al tropezarse con ese “pero” adversativo que sigue a la “Navidad”. Lejos de mí quitar un ápice de importancia al festejo del Nacimiento del Hijo de Dios hecho hombre, y a la consiguiente alegría de esta gran fiesta. Entonces ¿a qué viene ese “pero…”? Efectivamente, hay que aclararlo: Navidad, pero sin quedarnos en una alegría blandengue, bullanguera y epidérmica de lucecitas y dulces, rebajando la grandeza de lo que significa y encierra la palabra “Navidad”, como por desgracia viene sucediendo últimamente.

Este año, por ejemplo, algunos han empezado a desvirtuar la Navidad al pretender adelantarla caprichosamente y por las buenas al pasado mes de octubre -o más bien por las malas, habría que decir-, como ha sucedido en algún país de Hispanoamérica. Y ya en noviembre, en muchas ciudades ha sonado el pistoletazo de salida para la profusión de luces por doquier, árboles navideños, etc... Bienvenidos sean la iluminación y adornos exteriores que acompañan estas fiestas, pero ¿dónde queda la presentación del misterio de Belén, con las pequeñas figuras del Niño en la cuna, junto a María y José? Apenas si se echan de ver en algún que otro escaparate; se diría que las luces tintineantes y las ramas de los árboles navideños no dejan ver el bosque del misterio que les da la vida: la figura del Niño-Dios nacido en Belén.

Ahora sí llega Navidad, pero vivámosla a fondo con la máxima alegría que pide este hecho histórico, y no superficialmente. Para los cristianos, una alegría así solo es posible si ahondamos en las raíces últimas de este misterio divino. Hace XXI siglos, en Belén y en una cueva para guardar el ganado, nació un niño que no habría pasado de ser uno más como tantos otros, si faltase la luz de la fe. Pero si dejamos entrar esta luz divina en nuestra cabeza y corazón, el creyente se arrodilla ante ese Niño porque siendo como tantos otros, sabe a la vez que es Dios, y cree con san Pablo que “en él habita toda la plenitud de la divinidad corporalmente” (Col 2, 9). Esta realidad de un Niño-Dios, en brazos de su madre María o recostado en el pesebre, es algo tan inaudito que merecería un asombro permanente.

Con todo, Belén solo fue el comienzo porque sabemos que hubo más, muchísimo más que ahora conviene recordar. El plan completo de la Historia y de cuanto Dios ha hecho por nosotros, me gusta imaginarlo como un inmenso cuadro que llevase por título: “El Amor de Dios”; en este lienzo histórico, resaltaré ahora junto al nombre de Belén, 4 nombres más: Egipto, Nazaret, Jerusalén y, en esta ciudad, el montículo del Calvario. Este cuadro nos muestra el amor infinito de Cristo, fugitivo hacia Egipto, perseguido por los ambiciosos del mundo: entonces, Herodes, a quien hoy no le faltan sucesores. Después, en Nazaret lo vemos santificando el trabajo ordinario, antes de proclamar a los cuatro vientos la llegada del Reino de Dios. Finalmente, Jerusalén, donde la locura de su amor alcanzó ya extremos inimaginables, como fue convertir los elementos del pan y del vino en su Cuerpo y en su Sangre, para entregarse todo Él como alimento de vida eterna, y como anticipo sacramental de lo que, al día siguiente haría de modo cruento en el Calvario, derramando en la Cruz hasta su última gota de sangre.

Recordar así con breves pinceladas ese cuadro completo y hablar del Calvario y de la Cruz, parece que ahora no toca estando en Navidad. Sin embargo, solo mirando la historia completa, la Navidad adquiere toda su prodigiosa fuerza de amor divino y humano. Cristo vino a redimirnos y por tanto, Belén y el Calvario están estrechamente unidos, son inseparables, y lejos de disminuir la alegría del creyente, deben potenciarla máximamente. Dos últimas consideraciones reforzarán lo escrito hasta aquí.

Una primera, me la suscitó una felicitación de Navidad que recibí hace un par de años. Era un dibujo con las figuras de Jesús y de Papá Noel; éste llevaba un enorme talego a sus espaldas. A Jesús se le veía cargado con su Cruz. Encabezaba el dibujo esta pregunta dirigida a los dos: “¿Qué llevas ahí?”. Bajo la figura de Papá Noel, leíamos su respuesta: “Llevo muchos regalos para todo el mundo”. Jesús, por su parte, contestaba: “Yo llevo uno solo, pero alcanza para todos”.  En román paladino: el Niño de Belén nos ha regalado y ofrecido a cada uno, el amor inmenso que nos mostró muriendo en la Cruz.

Y segunda consideración, que completa la anterior: “Belén”, como muchos saben, en hebreo “Bet-léhem”, significa “casa del pan”. El Niño nacido en Belén, predicando en Cafarnaúm, dirá: Yo soy el pan que ha bajado del cielo (…) Yo soy el pan de vida (…); y el pan que yo daré es mi carne para la vida del mundo” (Jn 6, 41; 48: 51). Lo hizo, como he recordado antes, al instituir la Eucaristía y, al día siguiente, ofrecerse en la Cruz. Un regalo de amor que no pasa y se hace presente cada vez que celebramos la Misa, porque Jesús lo quiso expresamente, al pedir a los apóstoles: “Haced esto en conmemoración mía” (Lc 22, 19). Se comprende que, para los fieles católicos, celebrar la Navidad tenga como referencia central la llamada “Misa del Gallo”, a la hora en que comienza la fiesta del Nacimiento.

La reflexión de un santo contemporáneo condensaría de algún modo la entraña de estas líneas. Como fruto de su vida interior, san Josemaría escribió: “Humildad de Jesús: en Belén, en Nazaret, en el Calvario... —Pero más humillación y más anonadamiento en la Hostia Santísima: más que en el establo, y que en Nazaret y que en la Cruz. Por eso, ¡qué obligado estoy a amar la Misa! («Nuestra» Misa, Jesús...)”. (Camino, 533). El amor verdadero siempre será entrega sacrificada y alegre en bien de la persona amada.

Para concluir: ningún “pero” adversativo a la Navidad, sino todo lo contrario. Ojalá la festejemos con alegría honda, aunque no falten cruces en la vida personal y en la convivencia social. A todos deseo esa alegría cristiana, junto con la paz proclamada por los ángeles al anunciar el Nacimiento de Jesús. Para todos, pues: ¡Feliz Navidad!  

Fuente: religion.elconfidencialdigital.com


19 diciembre 2024

Mensaje del prelado del Opus Dei (16 diciembre 2024)

Mons. Fernando Ocáriz


Queridísimos: ¡que Jesús me guarde a mis hijas y a mis hijos!

El próximo día 24 comenzará el Jubileo para toda la Iglesia. Precisamente los días de Navidad nos hablan del mensaje central que el Papa ha señalado para el Año jubilar: la esperanza.

A ojos humanos, aquella noche en Belén podría dar motivos para la desesperanza. Jesús nació rodeado de soledad, pobreza y frío; sin honores y sin comodidades: únicamente acogido por el cuidado amoroso de María y José, y el saludo de unos pastores. Sin embargo, Dios quiso entrar así en la historia humana. Y es en medio de esa fragilidad en donde se esconde la promesa de un futuro esperanzador. El nacimiento de Jesús transforma la oscuridad en luz, nos ofrece compañía y consuelo, nos indica dónde está la verdadera riqueza.

El Papa nos recuerda que la vida cristiana es un camino que «necesita momentos fuertes para alimentar y robustecer la esperanza, compañera insustituible que permite vislumbrar la meta: el encuentro con el Señor Jesús» (Spes non confundit, n. 5). El Jubileo puede ser uno de esos momentos fuertes, en los que quizá experimentemos de manera más clara una esperanza segura en la misericordia divina.

A veces, en la vida se pasan momentos complicados. Pero siempre podemos dirigir nuestra mirada a Jesús Niño para confiarle nuestras inquietudes y deseos. No estamos solos en ningún momento, porque Cristo quiere compartir con nosotros su paz; una paz que, como sucedió en Belén, no siempre significa ausencia de problemas, sino la certeza de la fe en el amor de Dios por cada uno. Este es el fundamento de nuestra esperanza.

Saber que Dios es el primer interesado en nuestra felicidad –tanto terrena como eterna– nos puede ayudar a dar sentido a las contrariedades que se presentan en la vida. «Omnia in bonum», «todo es para bien», solía repetir san Josemaría. Misteriosamente, todo puede contribuir a nuestro bien y al de los demás, porque el amor de Dios es más fuerte que el mal. No podemos suprimir por completo las dificultades, pero sí es posible recorrerlas junto a Jesús, compartiéndolas con él. «Lo que cura al hombre no es esquivar el sufrimiento y huir ante el dolor, sino la capacidad de aceptar la tribulación, madurar en ella y encontrar en ella un sentido mediante la unión con Cristo, que ha sufrido con amor infinito» (Benedicto XVI, Spe Salvi, n. 37). Procuremos ayudar en la medida de lo posible y, sobre todo, acompañar con la oración a las muchas personas que sufren actualmente las consecuencias de guerras y de desastres naturales.

Podemos pensar que la noche de Navidad fue un momento de emociones encontradas para la Virgen María y para san José: la pena de no poder ofrecer un lugar más digno a Jesús, junto a la alegría inmensa de tenerlo en sus brazos. A ellos les podemos pedir que el nacimiento del Señor sostenga siempre nuestra esperanza.

Con mi felicitación por la Santa Navidad y mi bendición más cariñosa

vuestro Padre


Roma, 16 de diciembre de 2024