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JOQUIVESA

Encontrado en la "red" (Mateo 13:47-50)

24 septiembre 2026

Jack Valero: «He querido escuchar «desde abajo» para entender el Opus Dei»

 Teresa Aguado Peña

El portavoz del Opus Dei en Reino Unido reúne 18 historias para mostrar la institución «desde abajo», con sus luces, dificultades y experiencias personales.

«No son historias positivas ni negativas. Son historias normales de gente que trata de hacer cosas, que es imperfecta, que sufre, que ven que Dios entra en su vida y responden de esta manera o de esta otra, que entran en la Obra, que salen de la Obra». Así explicó Jack Valero el propósito de El Opus Dei sin filtros, durante el diálogo mantenido este 22 de septiembre en la Universidad Villanueva con María José Atienza, directora de Omnes. El libro, publicado por Almuzara, reúne las historias de 18 personas vinculadas al Opus Dei y pretende, según explicó su autor, responder a algunas de las cuestiones que habitualmente se plantean sobre la institución «desde abajo», a través de las vidas de sus miembros.

Valero, portavoz del Opus Dei en Reino Unido, explicó que después de 33 años respondiendo a preguntas sobre el poder, el dinero, la influencia o el papel de las mujeres, había percibido una limitación en hacerlo siempre «desde arriba». Por eso decidió contar las experiencias concretas de personas muy diferentes. En el libro aparecen un taxista, un empresario, personas que han viajado durante toda su vida y otras que han permanecido siempre en el mismo lugar. «Hay de todo, como una muestra de lo que hay», señaló.

La libertad en el Opus Dei

¿Qué busca el Opus Dei? Valero respondió a esta pregunta que su finalidad es «ayudar a la gente a encontrar a Dios en su vida normal, en su vida diaria». Según explicó, se trata de ayudar a cada persona a descubrir que Dios está presente en lo que hace y a «ser mejor persona en todo lo que haces». Una tarea que, añadió, se realiza sabiendo que las personas son imperfectas y cometen fallos.

Una de las cuestiones que más enfatizó fue la libertad. Valero considera que es uno de los aspectos que más cuesta comprender desde fuera del Opus Dei. Según su experiencia, los miembros viven de manera intuitiva la posibilidad de tomar decisiones sobre su vida: estudiar una carrera u otra, vivir en un lugar u otro, participar en una manifestación o no, apoyar a un partido político o a otro o seguir determinadas indicaciones sacerdotales. «Lo entienden y así lo viven», afirmó.

En cuanto a los testimonios de antiguos miembros que aseguran haber experimentado falta de libertad o presión, Valero reconoció que estas experiencias deben ser examinadas. «Eso no es bueno, pero vamos a ver de dónde viene y cómo fue», afirmó. A su juicio, quienes se incorporaron al Opus Dei lo hicieron buscando algo bueno, aunque algunas personas descubrieron posteriormente que esa vocación no era para ellas y abandonaron la institución. También señaló la necesidad de escuchar a quienes han sufrido y «cambiar las cosas que hay que cambiar». «Si tratamos de hacer el bien y no escuchamos a los que están dentro algo estamos haciendo mal» añadió.

Numerarias auxiliares: «Quiero que ellas expliquen lo que son»

Valero quiso detenerse especialmente en las numerarias auxiliares. No quiso explicar él mismo su vocación, sino que prefiere que ellas mismas sean las que den testimonio de ello. Es por eso que en su libro decidió incluir las historias de Patricia y Nuala. «Yo quiero que ellas expliquen lo que son, cómo lo hacen y por qué lo hacen», señaló, hasta el punto de situar sus testimonios al principio y al final de la obra. Para él, estos testimonios le han permitido conocer esta realidad «desde abajo».

También reconoció que ha habido situaciones que «no se hicieron bien» y que deben ser reparadas y pedir perdón cuando sea necesario. Pero también insistió en que estos casos particulares no deben reducir ni oscurecer la vocación de las numerarias auxiliares: «Porque, si 43 personas en Argentina han pensado que se les trató mal, hay también otras 500 que escribieron otra carta pidiendo respeto por su vocación, que se entienda lo que hacen y por qué lo hacen».

Escuchar a quienes han sufrido

En cuanto a las personas que han sufrido dentro del Opus Dei o que se han sentido desplazadas después de dejarlo, Valero insistió en la importancia de escuchar. Contó que durante sus 33 años como director en Inglaterra estuvo especialmente pendiente de que quienes consideraran que aquella no era su vocación pudieran marcharse «contentos» y agradecidos por el tiempo vivido allí. Reconoció, sin embargo, que su experiencia es «una muestra pequeñita» y que en otros lugares puede haber casos diferentes.

Mencionó también las oficinas de escucha y otros mecanismos puestos en marcha para atender estas situaciones. «Han cambiado muchas cosas, hemos escuchado muchos años», aseguró, aunque añadió que es necesario «seguir escuchando».

¿Poder y dinero en el Opus Dei?

Con respecto a las acusaciones de que el Opus Dei busca poder político o influencia dentro de la Iglesia, Valero negó que exista un plan de conquista: «El Opus Dei no tiene ningún plan para mejorar el mundo, pero tiene un plan para ayudar a las personas e inspirarles para que cambien el mundo». La institución, explicó no indica a sus miembros qué deben hacer, sino que les anima a tomarse en serio su vocación cristiana y actuar libremente en el mundo.

Por ello, considera que atribuir a la institución una coordinación de planes políticos parte de una dificultad para aceptar la libertad de sus miembros. «Si no hay plan, el poder no tiene importancia», afirmó. Según Valero, las personas que aparecen en su libro no describen el Opus Dei en términos de poder, sino como una familia, un medio de formación y un lugar de apoyo. En el libro, según cuenta, no se habla sobre la palabra «poder».

También explicó que cada miembro tiene su economía independiente. Tres cuartas partes de los miembros son supernumerarios y mantienen su propia economía familiar, mientras que los numerarios aportan a la institución lo que no necesitan para sus gastos. Valero señaló que las obras promovidas por miembros del Opus Dei —universidades, colegios, residencias o iniciativas sociales— pueden manejar cantidades importantes de dinero, pero rechazó la idea de que la institución acumule ese dinero para sí.

«Me gusta que las personas se vean como son: imperfectas»

Otro de los elementos que Valero destacó del libro es precisamente la imperfección de sus protagonistas. «Me gusta que todas las personas se vean como son, imperfectas, porque eso es la realidad», afirmó. Frente a una imagen idealizada de los miembros de la institución, las 18 historias muestran personas distintas, con dificultades, fallos y experiencias diversas.

Según explicó, todas las respuestas de los 18 protagonistas a la pregunta sobre qué significa para ellos el Opus Dei son diferentes, pero compatibles. Entre los aspectos que más le han llamado la atención está también la confianza en Dios. Citó el testimonio de una mujer de Holanda que descubrió que no tenía que pedir a Dios que viniera a ayudarla porque «Dios estaba siempre ahí».

Para Valero, una de las tareas pendientes es aprender a comunicar mejor esta experiencia. Los católicos, afirmó, «tienen mucho que decir», pero a veces les falta confianza para expresarlo. «No decirles lo que tienen que decir, sino ayudarles a decirlo mejor», explicó. En su opinión, hablar de la propia fe desde la experiencia personal puede ayudar a evitar tanto la imposición como la sensación de superioridad.

Fuente: omnesmag.com

Publicado por JOQUIVESA en 12:36

23 septiembre 2026

Los documentos del Concilio Vaticano II

El Papa en la Audiencia General

Catequesis. IV. Constitución pastoral Gaudium et spes (GS 12-22) 4. El sentido de la actividad humana en el universo (GS, 33-39) 

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días y bienvenidos!

Continuando nuestro recorrido por la Constitución pastoral Gaudium et Spes del Concilio Ecuménico Vaticano II, llegamos al tercer capítulo de la primera parte, que tiene un título atractivo: «La actividad humana en el mundo». La pregunta de fondo es esta: ¿cuál es el valor de la actividad humana en el mundo, y, por lo tanto, del progreso técnico, social y científico? Podemos recordar que, menos de cuatro años después de la clausura del Concilio, en la noche entre el 20 y el 21 de julio de 1969, el hombre pisó la Luna por primera vez.

Creado a imagen y semejanza de Dios, el ser humano es agente del progreso. Mediante la libertad y la inteligencia aumenta sus propios conocimientos, logrando así que toda la sociedad progrese. Esto se aprecia fácilmente al considerar la mejora en las condiciones de vida a lo largo de las sucesivas generaciones. En efecto, dice el Documento, un «gran número de bienes que antes el hombre esperaba alcanzar sobre todo de las fuerzas superiores, hoy los obtiene por sí mismo» (n. 33).

Por este motivo, algunos pensadores han presentado el progreso técnico-científico como algo que debilita la relación del hombre con Dios hasta el punto de hacerla parecer superflua o, incluso, como algo contrario a la fe cristiana. Y esta lectura ha provocado, respecto a las épocas precedentes, un cambio en la mirada del hombre contemporáneo sobre el mundo. Un prejuicio de este tipo prevalece, principalmente, en esa parte de la cultura occidental que ha perdido su vínculo con la Revelación cristiana. En los humanismos postcristianos, el ser humano y Dios son presentados erróneamente como rivales: para afirmar sus conocimientos, su libertad y su progreso, el hombre debería emanciparse de Dios. Sin embargo, al negar la relación con Dios, al final se pierde también la posibilidad de afirmar el valor trascendente de la persona humana. Es el “drama del humanismo ateo”, bien descrito por un importante teólogo del Concilio Vaticano II, Henri de Lubac. [1]

El Concilio desea proporcionar una respuesta clara. Afirma la Gaudium et spes: «Una cosa hay cierta para los creyentes: la actividad humana individual y colectiva o el conjunto ingente de esfuerzos realizados por el hombre a lo largo de los siglos para lograr mejores condiciones de vida, considerado en sí mismo, responde a la voluntad de Dios» (n. 34). Es más, prosigue la Constitución, «los cristianos, lejos de pensar que las conquistas logradas por el hombre se oponen al poder de Dios y que la criatura racional pretende rivalizar con el Creador, están, por el contrario, persuadidos de que las victorias del hombre son signo de la grandeza de Dios y consecuencia de su inefable designio» (ibid.). En resumen, Dios ha puesto en las manos del hombre y de la mujer una creación todavía in statu viae -es decir, en camino, en crecimiento- para que ellos la conduzcan a buen término por medio de su sabia actividad [2].

Se encuentra aquí una importante referencia al misterio de la Encarnación. La humanidad -y, con ella, el trabajo, el progreso y la autonomía de las realidades creadas- no queda absorbida o anulada por el encuentro con Dios, sino más bien asumida en su totalidad; y sigue siendo, en Cristo, libre y operosa: efectivamente, en Él encuentra la verdad y la libertad plenas. Asimismo, en la celebración eucarística, el fruto del trabajo humano, representado por el pan y el vino, se coloca cada día sobre el altar para ser transformado en el Cuerpo y la Sangre de Cristo.

Desde esta perspectiva surge una verdad importante: para encontrar a Dios, el ser humano no debe abandonar las ocupaciones terrenas, sino que puede vivir plenamente su propia vocación haciendo bien su trabajo cotidiano y santificándolo [3]. Los cristianos participan, como todos, en la edificación de la ciudad de los hombres, con la mirada puesta en el fin de todas las cosas y en el encuentro con Dios, y recordando este fin último a aquellos con quienes comparten la aventura del progreso, la ciencia y la vida.

Ciertamente, es preciso distinguir bien el progreso temporal del crecimiento del reino de Cristo; sin embargo, el Concilio afirma que tal progreso, «en cuanto puede contribuir a ordenar mejor la sociedad humana, interesa en gran medida al reino de Dios. […] Todos los frutos excelentes de la naturaleza y de nuestro esfuerzo, después de haberlos propagado por la tierra en el Espíritu del Señor y de acuerdo con su mandato, volveremos a encontrarlos limpios de toda mancha, iluminados y trasfigurados» (n. 39).

Finalmente, recordemos que, para constituir auténtico progreso humano -es decir, de todo el hombre y de todos los hombres-, el progreso técnico y científico debe estar animado y orientado por la caridad. Solo así se podrá utilizar siempre para defender la dignidad del hombre y promover las condiciones de vida de todos, especialmente de los más desfavorecidos.

Queridos hermanos y hermanas, el Concilio Vaticano II nos invita a compartir el pan del saber y del saber-hacer, para que todos los hombres y todos los pueblos puedan desarrollar sus potencialidades, de forma que podamos construir juntos, con la ayuda de Dios, un futuro mejor.
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[1] Cfr. H. de Lubac, Le drame de l’humanisme athée (1944), tr. it. Brescia 2013.

[2] Cfr. Catecismo de la Iglesia Católica, n. 302, 306, 307.

[3] Cfr. S. Juan Pablo II, Homilia para la canonización de Josemaría Escrivá de Balaguer (6 de octubre de 2002).
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Saludos

Saludo cordialmente a los peregrinos de lengua española. En la Eucaristía ofrecemos los frutos de la tierra y del trabajo humano para que se conviertan en el Cuerpo y en la Sangre de Cristo. Unamos también nuestra vida y nuestras tareas al sacrificio eucarístico, para que el Señor las transforme en una ofrenda viva, santa y agradable a Él. Que Dios los bendiga. Muchas gracias.

Saludo cordialmente a los peregrinos de lengua española. En la Eucaristía ofrecemos los frutos de la tierra y del trabajo humano para que se conviertan en el Cuerpo y en la Sangre de Cristo. Unamos también nuestra vida y nuestras tareas al sacrificio eucarístico, para que el Señor las transforme en una ofrenda viva, santa y agradable a Él. Que Dios los bendiga. Muchas gracias.
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Llamamiento

El próximo domingo, 27 de septiembre, se celebra la Jornada Mundial del Migrante y del Refugiado. Mi pensamiento va a los migrantes y los refugiados, especialmente a los menores que se ven obligados a abandonar su tierra. Los niños y los adolescentes son los más vulnerables. A menudo viven sufrimientos indescriptibles, violencia, torturas, explotación y situaciones traumáticas, y no es raro que pierdan la vida a lo largo de las rutas migratorias. Hago un llamamiento a la responsabilidad de todos: que cada uno se sienta implicado en la vida de estos jóvenes, que siempre deben ser tutelados y asistidos.
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Resumen leído en español por el Santo Padre

Queridos hermanos y hermanas:

En esta catequesis reflexionamos sobre el tercer capítulo de la Constitución pastoral Gaudium et spes, dedicado a la actividad humana en el mundo. El hombre, creado a imagen y semejanza de Dios, gracias a su libertad e inteligencia es capaz de conocer, de progresar y de mejorar las condiciones de vida de la sociedad.

Algunos pensadores, sin embargo, comenzaron a afirmar erróneamente que la humanidad, para demostrar sus conocimientos, su libertad y su progreso, debería emanciparse de Dios. El Concilio Vaticano II, en cambio, haciendo referencia al misterio de la Encarnación, asevera que los hombres, así como las obras de sus manos, no son anulados en el encuentro con Dios, sino que en Él encuentran su plena verdad y libertad.

Otra consecuencia de esta perspectiva es que el ser humano no debe abandonar las ocupaciones terrenas, sino que está llamado a vivir su vocación realizando bien su trabajo cotidiano y hallando en él un camino de santificación.

Fuente: vatican.va

Publicado por JOQUIVESA en 17:10

22 septiembre 2026

El reloj, la eternidad y el misterio del domingo

Eloy Asenjo Carpintero

Por qué la Eucaristía presencial no es un hábito del pasado, sino un salto directo al Presente absoluto de Dios.

El tiempo no es una línea uniforme. Es una experiencia viva que se estira o se encoge según la disposición del alma.

Nace de nuestra condición material. Somos seres marcados por el pulso de las agujas, atrapados en la dictadura de los minutos. Pero todos conocemos su trampa.

Soportar una conversación tediosa convierte cada minuto en una condena. Miramos el reloj con desesperación. Descubrimos con frustración que apenas han transcurrido unos segundos.

En cambio, junto al amigo entrañable o en los brazos de la persona amada, las horas se disuelven. Sesenta minutos devienen un suspiro. Volamos. ¿Por qué ocurre esto?

La Eternidad no es una cinta sin fin de segundos acumulados. Es la ausencia total de tiempo: un Presente absoluto donde el amor elimina la espera.

Cuando disfrutamos plenamente, rozamos ese Presente. Rozamos la Eternidad. Por unos instantes, el pasado pierde peso y el futuro deja de importar.

El instante incruento: ante una Misa se paran los relojes

Para Dios no existen los calendarios. En su mirada no hay ayer ni mañana. Todo es un constante e ininterrumpido «ahora».

Por eso, ante la celebración de una Misa deberían pararse todos los relojes del mundo.

Al hablar de la Eucaristía como Memorial de la Pasión y Resurrección de Cristo, no nos referimos a un simple ejercicio de memoria. Tampoco a una representación histórica. Cruzamos, sin rodeos, la frontera de la eternidad.

Ante nuestros ojos de carne, el misterio permanece velado bajo la sencillez del pan y del vino. Parece un rito cotidiano.

Sin embargo, en el orden de la realidad profunda, estamos pisando el suelo del Calvario. Estamos detenidos, en silencio, frente al Sepulcro vacío.

Ahí no hay distancia temporal. La redención está sucediendo exactamente hoy.

La pedagogía del calendario: aprender a aprehender

Aterrizar una realidad infinita en la limitación humana no es tarea sencilla. Ninguna mente es capaz de aprehender de un solo golpe la inmensidad del misterio divino en una única celebración.

Por eso la Iglesia, como madre sabia, fue articulando el año litúrgico. Una actualización constante de la obra de salvación que Cristo realiza en la historia.

Nos regaló así una pedagogía estructurada en «tiempos fuertes»: Adviento, Navidad, Cuaresma, Semana Santa y Pascua. Estaciones del alma diseñadas para enseñarnos a tratar mejor a Dios.

Junto a ellos, el Tiempo Ordinario ilumina la belleza de lo cotidiano. Nos recuerda los treinta años de vida oculta del Señor en Nazaret: el valor santificador del trabajo sencillo, el descanso, la amistad y la rutina de cada día.

Y salpicó el calendario con fiestas del Señor, de la Virgen, de los Apóstoles, de los Mártires y de los Santos. Rostros concretos que nos demuestran que la eternidad se deja habitar en la tierra.

Iniciación y gestos: la riqueza de la pedagogía litúrgica

Para sumergirse en este misterio, la catequesis no puede quedarse en meras normas teóricas: debe ser una verdadera iniciación a la liturgia.

Cada gesto encierra un misterio. La señal de la Cruz, la inclinación reverente, la genuflexión, el silencio sagrado, el incienso, el lavabo del sacerdote, el despliegue del Corporal sobre el altar o el esmero cuidadoso en las purificaciones no son rutinas vacías. Detrás de cada uno de estos actos se despliega todo un universo de culto, reverencia, delicadeza y amor.

Descubrir ese lenguaje oculto transforma el rito en encuentro.

El «día de los días»: una flecha hacia la Parusía

San Juan Pablo II, en su Carta apostólica Dies Domini (31 de mayo de 1998), enseña que el domingo es el día del Señor, el día de la Iglesia, el día del hombre y, por último, «el día de los días».

Es la Pascua semanal. El día en que Cristo resucitó de entre los muertos. El día que revela el sentido último del tiempo.

Brotando de la Resurrección, el domingo atraviesa los meses, los años y los siglos como una flecha recta. Los penetra y los orienta hacia la segunda venida de Cristo.

El domingo prefigura el día final: el de la Parusía, cuando todos resucitaremos.

«Sine Domenica non possumus»: una necesidad vital

Esta convicción no es una novedad moderna; está esculpida en las raíces mismas del cristianismo.

En el siglo IV, bajo la feroz persecución del emperador Diocleciano, los mártires de Abitinia fueron apresados por celebrar la Eucaristía dominical. Ante el tribunal, proclamaron con valentía una frase que resonará para siempre: «Sine domenica non possumus!» (¡Sin el domingo no podemos vivir!).

Para aquellos primeros cristianos, la Misa dominical no era un cumplimiento piadoso ni un simple precepto. Era el aliento para no morir por dentro. Era una necesidad vital.

El valor innegociable de estar ahí: presencia y caridad

Comprender esta arquitectura espiritual transforma radicalmente la naturaleza del domingo. Entender que en el altar el tiempo se detiene deja sin argumentos a quienes pretenden reducir la fe a una pantalla.

El Papa León XIV en la audiencia del 12 de agosto de 2026 lo recordó con firmeza pastoral: la convocatoria de los fieles —el auténtico convenire in unum— exige una presencia viva, consciente y activa.

No puede ser sustituida por una retransmisión virtual ni por una actitud pasiva de mero espectador. No se puede abrazar un misterio a través de un monitor. No se puede estar físicamente al pie de la Cruz sin estar presente.

Por eso mismo, la Iglesia llama al amor y a la corresponsabilidad: hay que favorecer las mejores condiciones para que puedan participar en la Misa aquellos que, por motivos laborales imperiosos, tienen difícil ausentarse del trabajo.

Y cuando la enfermedad impida a alguien acudir, la comunidad no lo abandona a la frialdad de una retransmisión. Herederos del impulso de los primeros cristianos, la Iglesia conserva ese detalle genial y profundamente humano: llevar físicamente el Santo Sacramento a la cama de los enfermos. Así, no son espectadores ante un televisor, sino receptores reales e íntimos del mismo Cuerpo de Cristo que la comunidad ha celebrado.

Es hora de despertar del ajetreo cotidiano. La próxima vez que crucemos el umbral de un templo, sepamos dónde estamos.

El reloj se detiene. La eternidad abre sus puertas.

Fuente:  exaudi.org

Publicado por JOQUIVESA en 12:04

21 septiembre 2026

Mi trabajo se paga solo: con la alegría de hacerlo

Juan Luis Selma


Las parábolas de la viña recuerdan que la felicidad no se compra, sino que nace de lo que se asume libremente y por amor.

Hay cosas que no tienen precio. Cuando buscamos recompensa por ellas, quizá es que no las valoramos como merecen. Hace unos días, un amigo me comentó que, después de leer el artículo sobre el perdón, pensaba que algunos podían considerarlo una debilidad. Siendo así, ¿cómo explicar por qué uno perdona? Una respuesta sencilla y verdadera es esta: para tener paz y ganas de vivir. Salimos ganando.

Hemos perdido la visión altruista de la existencia y hemos entrado en una lógica comercial: ¿Qué gano con esto? ¿Cuánto más gano, más feliz soy? Hay un plan —o al menos una tendencia cultural— de empequeñecer a las personas, de robarles su grandeza. Me recuerda la primera tentación en el Paraíso: el demonio les promete ser como dioses cuando ya lo eran y no se daban cuenta.

La felicidad, el sentido, la nobleza, aquello que nos hace grandes, no vienen de fuera. No hay que mendigarlos ni comprarlos: hay que extraerlos de nuestro interior. La fe nos recuerda que somos imagen y semejanza de Dios. San Agustín recorrió el mundo buscando sentido, hasta que comprendió que la verdadera alegría estaba dentro, donde Dios nunca había dejado de estar:

“Tú estabas conmigo, y yo no estaba contigo, ni conmigo. Me retenían lejos las cosas. No te veía ni te sentía, ni te echaba de menos. Mostraste tu resplandor y pusiste en fuga mi ceguera. Exhalaste tu perfume, y respiré y suspiro por Ti. Gusté de Ti, y siento hambre y sed. Me tocaste, y me abraso en tu paz”.

Durante varios domingos escucharemos las parábolas de la viña. En una de ellas, los trabajadores contratados a distintas horas reciben el mismo salario. Los primeros se quejan: han trabajado más, luego deberían recibir más. Es la lógica del asalariado. Pero cuando uno trabaja en lo suyo, cuando lo hace libremente y con gusto, no lleva la cuenta de las horas ni del esfuerzo. Si además disfruta, se recrea en el trabajo bien hecho.

Cuando actuamos en libertad, porque queremos, encontramos sentido. Nos realiza. No necesitamos pago ni reconocimiento externo. La recompensa es el propio crecimiento, la satisfacción interior, el gusto por lo bien hecho y el servicio prestado.

Es cierto que la vida nos conduce por derroteros no deseados, que hay tareas y circunstancias que preferiríamos evitar. Pero la finalidad puede hacerlas más amables. Puedo ver una película que no me gusta si eso hace feliz a mi familia. Puedo sacrificar mi gusto por amor y, al hacerlo, lo hago libremente, por un motivo querido.

El dueño de la viña responde: “Amigo, no te hago ninguna injusticia. ¿No nos ajustamos en un denario? Quiero darle a este último igual que a ti. ¿No tengo libertad para hacer lo que quiera en mis asuntos? ¿O vas a tener envidia porque yo soy bueno?”

Las comparaciones y la envidia nos quitan la paz. Nos roban el gusto por lo bien hecho y la satisfacción interior del bien realizado. Cuando entran en el corazón, lo alteran y nos hacen necesitar más que el otro.

La mayoría de los grandes compromisos que asumimos -el matrimonio, la familia, la vocación cristiana, una profesión, la amistad- los adquirimos libremente. No son un peso, sino una elección que nos engrandece y que repercute en bien propio y de los demás. Si vamos a trabajar a la viña es porque queremos, y de ese acuerdo hay que sacar gusto.

Hace poco, un compañero joven me preguntaba qué hacer para que su sacerdocio no se marchite. La respuesta es vivirlo libremente, disfrutando, sin centrarlo en obligaciones y cumplimientos, sino en el amor, sin buscar nada.

Lo mismo en la vida conyugal: si me entrego por amor, es para hacer feliz al otro, no para recibir. Lo que importa es lo que doy, no lo que recibo. El amor es gratuito; lo que se compra es otra cosa.

En nuestra relación con Dios y en todo lo que se refiere a la Iglesia -que nos da a Cristo- no podemos funcionar por obligación. No depende de lo que nos den en la parroquia ni de la homilía del sacerdote. Lo que importa es la cercanía de Dios, su perdón, su palabra. Somos nosotros los que ganamos y los que debemos aportar.

Fuente: eldiadecordoba.es

Publicado por JOQUIVESA en 12:50

El Señor es misericordia y perdón

El Papa ayer en el Ángelus

Queridos hermanos y hermanas, ¡feliz domingo!

En la liturgia de hoy, el Señor, por boca del profeta Isaías, nos da un gran motivo de esperanza, diciéndonos que sus pensamientos no son nuestros pensamientos y que sus caminos no son nuestros caminos (cf. Is 55,8). Sí, los designios de Dios son infinitamente más grandes y, digamos, más “humanos” que aquellos que nosotros, hombres y mujeres marcados por el pecado, podemos concebir y llevar a cabo. Por eso, he aquí el llamado más actual que nunca del profeta: abandonar nuestros caminos torcidos y volver al Señor, que es misericordia y perdón (cf. vv. 6-7).

En el Evangelio, las parábolas de Jesús describen la novedad de lo que Dios tiene reservado para nosotros, pero por lo general también revelan la resistencia que estamos inclinados a objetar a una justicia más generosa y a un amor más grande. Hoy, en particular, escuchamos la historia de los trabajadores llamados a trabajar en la viña (cf. Mt 20,1-16), unos trabajaron todo el día, otros sólo unas horas, y otros desde el atardecer. Pero el punto central de la parábola está en el momento de la retribución, cuando el propietario, cumpliendo con su palabra, les paga según lo acordado a los trabajadores de la primera hora, pero quiere que vean su generosidad y, ante sus ojos, trata a los últimos de la misma manera.

De hecho, hay un detalle que no debemos dejar que pase desapercibido. El propietario le da al administrador una orden precisa que debe seguir: hay que pagar a los trabajadores «empezando por los últimos y acabando por los primeros» (Mt 20,8). La reacción negativa de quienes habían trabajado todo el día se habría podido evitar fácilmente; sin embargo, es intencional, porque la revelación de la bondad de Dios es para todos, no sólo para unos cuantos. Dios tiene caminos diferentes y pensamientos nuevos incluso para aquellos que se consideran los primeros y creen haberse ganado lo que son, haber merecido los resultados que han alcanzado. Todos, por el contrario, ganamos alegría, inteligencia y futuro cuando la ley del amor interrumpe la del cálculo, la experiencia de la misericordia extiende la del mérito, el don de la paz detiene las rivalidades y nos hace cercanos en la gratitud.

Hermanos y hermanas, es una gracia ser colaboradores de Dios, trabajar en su viña, servir a su Reino de justicia y de paz. No hay lugar para la envidia y la división allí donde irrumpe la novedad de Dios. Busquemos, pues, al Señor mientras se deja encontrar; invoquémoslo mientras está cerca; abandonemos los caminos torcidos y los pensamientos inicuos (cf. Is 55,6-7).

Miremos a nuestra Santísima Madre: es una criatura como nosotros, pero está libre de toda mancha; por eso nos ayuda a tener esperanza en Dios y a confiar en su misericordia, para que sus caminos se conviertan en nuestros caminos y sus pensamientos se conviertan en nuestros pensamientos.

Después del Ángelus

Queridos hermanos y hermanas:

Con gran preocupación sigo las noticias sobre la crisis humanitaria que está sucediendo en algunas zonas de Somalia, donde algunos episodios de violencia y fenómenos climáticos extremos están haciendo que se agraven las de por sí precarias condiciones de vida de la población, en especial de mujeres y niños. Espero una generosa intervención por parte de la comunidad internacional, de manera que no falte la asistencia necesaria a estos hermanos y hermanas nuestros. 

Y ahora, les dirijo mi saludo a todos ustedes, romanos y peregrinos.

Doy la bienvenida al obispo y a los fieles de la diócesis de Toruń en Polonia, que están visitando los lugares de los milagros eucarísticos en Italia; así como a las familias provenientes de la diócesis de Spiš en Eslovaquia.

Saludo a los padres jesuitas que inician su nuevo ciclo de estudios en Roma; y al grupo de la parroquia romana de la Sagrada Familia de Nazareth, con la Polisportiva Centocelle y el Oratorio “San José Manyanet”.

Envío mi bendición a la población de Pescantina, cercana a Verona, que hoy se reúne en torno al Monumento a los ex internati, para recordar a cuantos fueron deportados y estuvieron prisioneros durante la Segunda Guerra Mundial. Lo hago para evidenciar que no debemos olvidar, sino aprender de la historia para no volver a caer en los errores del pasado.

Queridos hermanos, les agradezco que hayan venido. ¡Feliz domingo a todos!.

Fuente: vatican.va

Publicado por JOQUIVESA en 12:44

18 septiembre 2026

Los obreros de la viña

25º domingo del Tiempo ordinario (Ciclo A) 

Evangelio (Mt 20,1-16)

El Reino de los Cielos es como un hombre, amo de una casa, que salió al amanecer a contratar obreros para su viña. Después de haber convenido con los obreros en un denario al día, los envió a su viña. Salió también hacia la hora de tercia y vio a otros que estaban en la plaza parados, y les dijo: «Id también vosotros a mi viña y os daré lo que sea justo». Ellos marcharon. De nuevo salió hacia la hora de sexta y de nona e hizo lo mismo. Hacia la hora undécima volvió a salir y todavía encontró a otros parados, y les dijo: «¿Cómo es que estáis aquí todo el día ociosos?» Le contestaron: «Porque nadie nos ha contratado». Les dijo: «Id también vosotros a mi viña». A la caída de la tarde le dijo el amo de la viña a su administrador: «Llama a los obreros y dales el jornal, empezando por los últimos hasta llegar a los primeros». Vinieron los de la hora undécima y percibieron un denario cada uno. Al venir los primeros pensaban que cobrarían más, pero también ellos recibieron un denario cada uno. Cuando lo tomaron murmuraban contra el amo de la casa: «A estos últimos que han trabajado sólo una hora los has hecho iguales a nosotros, que hemos soportado el peso del día y del calor». Él le respondió a uno de ellos: «Amigo, no te hago ninguna injusticia; ¿acaso no conviniste conmigo en un denario? Toma lo tuyo y vete; quiero dar a este último lo mismo que a ti. ¿No puedo yo hacer con lo mío lo que quiero? ¿O es que vas a ver con malos ojos que yo sea bueno?» Así los últimos serán primeros y los primeros últimos.

Comentario

La parábola de los obreros de la viña es una de las explicaciones más gráficas del Reino de los cielos y, por extensión, de cómo debe ser la respuesta humana a la llamada divina. La imagen de la viña tiene mucha raigambre bíblica y es empleada habitualmente en el Antiguo Testamento para simbolizar la acción de Dios sobre el pueblo elegido, asemejado éste a un campo de viñedos que se cuida con esmero y debe producir el buen vino de la salvación (cfr. Is 5,1-7; Sal 80; Ez 15,1-8).

En la parábola, Jesús se refiere a la contratación de jornaleros que trabajan el campo. Como sucede con otras parábolas, el desarrollo de la historia nos desconcierta y desafía nuestros criterios y esquemas. En principio, parece que los obreros contratados a primera hora tienen razón cuando dicen que han trabajado mucho más que aquellos que el amo contrata a última hora de la tarde. Si el amo es bueno con estos por trabajar un poco, ¿por qué su bondad no se refleja más con los que han trabajado más? En cambio, el amo responde a uno de los que se quejan: “Amigo, no te hago ninguna injusticia; ¿acaso no conviniste conmigo en un denario? Toma lo tuyo y vete; quiero dar a este último lo mismo que a ti. ¿No puedo yo hacer con lo mío lo que quiero? ¿O es que vas a ver con malos ojos que yo sea bueno?” (vv. 13-15).

En cierto sentido la lección de la parábola versa sobre la caridad hacia Dios y hacia los demás: ya que todos nos acogemos y beneficiamos de la misericordia divina, (que cuenta con una viña y puede dar trabajo a quienes carecen de él), no tiene sentido exigir a Dios supuestos derechos de justicia, o quejarse de que otros se beneficien de su amor. Ya que Dios es magnánimo, nos pide a todos ser magnánimos como Él.

El Papa Francisco lo explicaba así: “Con esta parábola, Jesús quiere abrir nuestros corazones a la lógica del amor del Padre, que es gratuito y generoso. Se trata de dejarse asombrar y fascinar por los «pensamientos» y por los «caminos» de Dios que, como recuerda el profeta Isaías no son nuestros pensamientos y no son nuestros caminos (cf Is 55, 8). Los pensamientos humanos están, a menudo, marcados por egoísmos e intereses personales y nuestros caminos estrechos y tortuosos no son comparables a los amplios y rectos caminos del Señor. Él usa la misericordia, perdona ampliamente, está lleno de generosidad y de bondad que vierte sobre cada uno de nosotros, abre a todos los territorios de su amor y de su gracia inconmensurables, que solo pueden dar al corazón humano la plenitud de la alegría”.

San Josemaría deducía también de la parábola la necesidad de aprovechar el tiempo para hacer el bien, para trabajar en la viña del Señor, en medio de nuestras ocupaciones corrientes: “aquel hombre vuelve en diferentes ocasiones a la plaza para contratar trabajadores: unos fueron llamados al comenzar la aurora; otros, muy cercana la noche. Todos reciben un denario: el salario que te había prometido, es decir, mi imagen y semejanza. En el denario está incisa la imagen del Rey. Esta es la misericordia de Dios, que llama a cada uno de acuerdo con sus circunstancias personales, porque quiere que todos los hombres se salven. Pero nosotros hemos nacido cristianos, hemos sido educados en la fe, hemos recibido, muy clara, la elección del Señor. Esta es la realidad. Entonces, cuando os sentís invitados a corresponder, aunque sea a última hora, ¿podréis continuar en la plaza pública, tomando el sol como muchos de aquellos obreros, porque les sobraba el tiempo?”

“Acude conmigo a la Madre de Cristo. —invitaba san Josemaría como conclusión—. Madre Nuestra, que has visto crecer a Jesús, que le has visto aprovechar su paso entre los hombres: enséñame a utilizar mis días en servicio de la Iglesia y de las almas; enséñame a oír en lo más íntimo de mi corazón, como un reproche cariñoso, Madre buena, siempre que sea menester, que mi tiempo no me pertenece, porque es del Padre Nuestro que está en los Cielos”.

Fuente: opusdei.org

Publicado por JOQUIVESA en 8:59

La rutina

Javier Vidal-QuadrasTrias de Bes

Necesitamos aprender a vivir extraordinariamente lo ordinario. Poner el corazón en lo que hacemos. Mirar cuando miramos. Escuchar cuando escuchamos. Besar cuando besamos. Estar cuando estamos

Las vacaciones tienen algo de paréntesis. Cambian los horarios, los lugares, las comidas, las conversaciones. Tenemos más tiempo para estar juntos, para improvisar, para observar. Pero llega septiembre y vuelven el despertador, el colegio, el trabajo, los horarios, las actividades, los mensajes pendientes, las prisas. Volvemos a lo de siempre. Y lo de siempre tiene un peligro: que acabemos haciéndolo como siempre.

El ser humano es un ser de costumbres, gracias a Dios, porque sería agotador tener que decidir conscientemente cada mañana cómo lavarnos los dientes, conducir hasta el trabajo o preparar el desayuno. Los hábitos nos facilitan la vida. Nos permiten hacer muchas cosas sin tener que pensarlas.

El problema empieza cuando ese automatismo se traslada también al corazón. Podemos entrar en casa y dar un beso sin besar. Preguntar “qué tal” sin esperar realmente una respuesta. Sentarnos a cenar juntos mientras cada uno sigue habitando en su propio mundo. Podemos decir “te quiero” de la misma manera que decimos “hasta luego”.

Cuando algo sucede todos los días, podemos dejar de descubrir su valor. El beso de esta mañana se parece mucho al de ayer. La conversación durante la cena recuerda otras mil conversaciones. Los niños vuelven a contarnos historias que quizá no nos interesan demasiado. Nuestro marido o nuestra mujer sigue siendo la misma persona que eran ayer.

La manera de combatir la rutina no consiste en intentar que nuestra vida deje de ser rutinaria. Sería imposible y, seguramente, poco deseable. No necesitamos llenar el matrimonio de acontecimientos extraordinarios, cenas románticas o escapadas sorpresa. Necesitamos aprender a vivir extraordinariamente lo ordinario. Poner el corazón en lo que hacemos. Mirar cuando miramos. Escuchar cuando escuchamos. Besar cuando besamos. Estar cuando estamos.

Hay pequeños gestos que pueden ayudarnos: dejar el móvil cuando el otro nos habla; preguntar algo y escuchar la respuesta hasta el final; recibirnos y acogernos al volver a casa; decir alguna vez, sin que haya ningún motivo especial: “Me gusta estar contigo”.

Y hacer lo mismo con nuestros hijos, porque también ellos pueden convertirse, sin querer, en parte del decorado de nuestra vida. Los llevamos, los recogemos, les damos de comer, les preguntamos por los deberes, organizamos sus horarios… y podemos acabar gestionándolos como cualquier otra área de nuestra vida.

Aunque hay otro camino para salir de lo rutinario. San Josemaría lo expresaba así: “El peligro es la rutina: imaginar que en esto, en lo de cada instante, no está Dios, porque ¡es tan sencillo, tan ordinario!”

Rutina no equivale a repetición, sino a automatismo, y el amor verdadero nunca es rutinario: un enamorado puede decir mil veces “te quiero” poniendo el corazón en todas ellas.

Nuestra vida verdadera no acontece durante las vacaciones, ni en los aniversarios, ni en esos momentos excepcionales que fotografiamos. Sucede un miércoles cualquiera, mientras preparamos la cena, recogemos la cocina, leemos un post que no nos dice nada nuevo o damos un beso antes de apagar la luz.

Y es ahí, en eso tan sencillo, tan ordinario, donde, además, nos espera Dios… y Él, si le dejamos entrar, lo hace todo nuevo y maravilloso. En el próximo post os hablaré de una iniciativa que va en esta dirección: ayudar a los matrimonios a romper la rutina a través de la presencia de Dios en sus vidas.

¡Feliz vuelta a la no rutina!

Fuente: javiervidalquadras.com

Publicado por JOQUIVESA en 8:52

17 septiembre 2026

La llamada divina y la libertad

 Lucas Buch


La aparente contradicción entre el plan de Dios y la libertad humana se resuelve al comprender que la vocación no es una imposición externa, sino un proyecto de vida que se descubre y se abraza libremente a través de una relación íntima de amor y amistad personal con Él.


Me reencontré recientemente con una frase de Juan Pablo II que volvió a llamar mi atención: “en la vocación brillan a la vez el amor gratuito de Dios y la exaltación de la libertad del hombre”. ¿Cómo es posible conjugar la existencia de un plan divino (la vocación) y la libertad ─¡la exaltación de la libertad!─ del hombre?

Una línea, que ha seguido un cierto desarrollo en los últimos años, afirma que la voluntad de Dios consiste en haber creado libre al ser humano. Dios te ama y te quiere libre: tu vocación se resume en el modo en que decidas responder libremente al amor de Dios. En este proceso, la única determinación es la que deriva de los talentos personales y las condiciones de cada cual, algo que es, en último término, accidental. Por lo demás, es la creatividad generosa la que configura la llamada. 

Esta visión resulta animante y ayuda a desplegar las posibilidades de nuestra libertad, pero presenta también algunas dificultades. Tomé conciencia de ello al leer el libro En tus manos, Padre, del carmelita belga Wilfrid Stinissen. El libro sigue tres pasos: “Aceptar la voluntad de Dios”, “Obedecer la voluntad de Dios” y “Ser instrumento de Dios”. En el segundo, el autor recoge la idea de que “la voluntad de Dios no está escrita en ningún lugar en el cielo. Como Dios nos ha dado una voluntad libre, también quiere que la usemos. Con tal de que no violemos expresamente la voluntad manifiesta de Dios y las leyes de la Iglesia, podemos decidir por nosotros mismos lo que queramos hacer”.

Era el modo en que un profesor de filosofía explicaba el designio de Dios para cada uno. Años más tarde, el mismo autor preguntó “a un buen amigo si Dios quería algo en cada momento, incluso en las cosas más pequeñas. La respuesta fue inmediata: ‘Por supuesto, de otro modo la obediencia no tendría sentido’”. Suena fuerte, pero se comprende fácilmente: si no hay una voluntad determinada, no es posible hablar de obediencia. Y, en efecto, si Dios no hubiera tenido una voluntad para María, difícilmente habría ella decidido ser Madre del Mesías (mucho menos lo habría logrado por su sola generosidad…). También Jesús tenía claro lo que el Padre le pedía en cada momento ─y en hacerlo consistía su alimento─. 

Si Dios tiene un plan determinado, ¿la libertad se reduce a decir “sí” a lo que Dios determina? El Sínodo de los Obispos de 2018, dedicado a los jóvenes y la vocación, señalaba la necesidad de pensar esa relación evitando todo determinismo y todo extrinsecismo: “La vocación no es ni un guion ya escrito que el ser humano debería simplemente recitar ni una improvisación teatral sin esquema”. 

Lo que Stinissen ayuda a comprender es que es posible recorrer el camino de la voluntad de Dios ─na voluntad bien precisa─ desde una vivencia de profunda libertad. Así lo experimentan los santos y las santas de cualquier época. Quizá sea este el punto decisivo: para quien todavía se concibe como un individuo distinto de Dios, es imposible que su voluntad no aparezca como una imposición, por leve que sea. Se le puede animar a confiar en Dios, que le ha creado libre; y se le puede hacer ver que la voluntad divina no es otra que su propia felicidad, y que le ha creado libre para poner en juego esa capacidad radical… Pero todo eso no basta para convencer a alguien, si ve a Dios como un extraño. 

La llamada divina solo se comprende y se vive con plena libertad desde la relación personal con Dios. Su voluntad puede ser un camino de libertad, en la medida en que la propia vida se concibe desde la comunión con Él. De ese modo, el amor vivido ilumina la realidad: amor ipsenotitiaest, según la conocida frase de san Gregorio Magno, el amor mismo es conocimiento. El amor vivido permite comprender la vocación de un modo que antes resultaba ininteligible. Ricardo de San Víctor lo expresó así: ubi amor, ibioculus ─onde hay amor, se podría traducir─, se abre la capacidad de ver lo que antes estaba oculto. 

Así, quien está unido a Dios por el amor experimenta la llamada como una invitación a la plena libertad. En cambio, quien no vive ese amor es incapaz de comprenderlo. En pocas palabras, el fenómeno de la vocación solo se entiende cabalmente desde la unión con Dios, en la unión con Él. 

Si esto es así, más que intentar explicar el fenómeno vocacional desde la relación entre obediencia y libertad, habría que hacerlo desde el par comunión-llamada. León XIV lo ha apuntado recientemente, al responder a las preguntas del pequeño Renzo en Barcelona: “Más importante que preguntarse si uno será sacerdote, médico, maestro, padre de familia o cualquier otra cosa, es preguntarse si quiere ser amigo de Jesús. Porque la amistad con Jesús nos da alegría, nos hace libres y nos ayuda a ver, paso a paso, la vocación y el camino que Dios ha pensado para cada uno”. Para quien es amigo de alguien, la idea de compartir un proyecto con él no supone una exigencia extrínseca, sino algo que es tan propio como la propia vida. Para quien vive la amistad con Cristo, sus propuestas son más propias, que sus mismos deseos. Y al responder a esa llamada, pondrá en juego su entera libertad, a la vez obediente y creativa.

Fuente: omnesmag.com

Publicado por JOQUIVESA en 11:00
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