Juan Luis Selma
- Creer es pasar de la oscuridad a la luz: abrir los ojos, como el ciego del Evangelio, y descubrir con asombro una vida nueva.
Comentaba un hombre maduro, recién convertido, como colofón de su encuentro con Dios: "¡Pero si Dios lo que quiere es que sea feliz!" Y añadía: "En ningún sitio se respeta más la libertad que en la Iglesia: entras o sales porque quieres." Los conversos —los que descubren de pronto la fe— ven a Dios con asombro, con la novedad del ciego que recupera la vista.
Esto es lo que experimentan muchos jóvenes: asombro ante un panorama de verdad, autenticidad, gratuidad y libertad. Creer transforma, te presenta otra manera de ver la vida. Decía este hombre que ver cómo se trataban y querían unos amigos suyos le abrió los ojos: vivían en cristiano.
San Pablo lo expresa así: "Hermanos: antes erais tinieblas, pero ahora sois luz por el Señor. Vivid como hijos de la luz, pues toda bondad, justicia y verdad son fruto de la luz." Él mismo experimentó ese paso de la oscuridad a la luz: persiguió a la Iglesia, a Cristo, hasta que se encontró con Él. Una luz intensa del cielo lo envolvió y cayó al suelo, tras lo cual escuchó la voz de Jesús: "Yo soy Jesús, a quien tú persigues."
Decía Benedicto XVI: "Este viraje de su vida, esta transformación de todo su ser, no fue fruto de un proceso psicológico, de una maduración o evolución intelectual y moral, sino que llegó desde fuera: no fue fruto de su pensamiento, sino del encuentro con Jesucristo."
El Evangelio de hoy narra la curación del ciego de nacimiento. Ante las preguntas inquisidoras de los fariseos, él responde: "Solo sé que yo era ciego y ahora veo." Y más adelante añade: "Eso es lo raro: que vosotros no sabéis de dónde viene, y sin embargo, me ha abierto los ojos." Esa es la conversión: ver con ojos nuevos, vivos, sin prejuicios.
Seguía Benedicto en su catequesis: "También nosotros podemos encontrarnos con Cristo en la lectura de la Sagrada Escritura, en la oración, en la vida litúrgica de la Iglesia. Podemos tocar el corazón de Cristo y sentir que Él toca el nuestro. Solo en esta relación personal con Cristo, solo en este encuentro con el Resucitado, nos convertimos realmente en cristianos. Así se abre nuestra razón, se abre toda la sabiduría de Cristo y toda la riqueza de la verdad."
Creer no es algo cultural, ambiental o teórico. Es vida: vida nueva, transformada. Pablo comenzó a considerar "pérdida" y "basura" todo aquello que antes constituía para él el máximo ideal. Ese cambio no es pura ascesis —trabajo y esfuerzo—; es gracia, don. No cambiamos nosotros: nos transforma Él.
No podemos perder la capacidad de asombrarnos por lo cotidiano. ¿Qué pasaría si un día no saliera el sol? No hace mucho sufrimos un apagón: nada de electricidad, luz, gasolina, televisión, wifi, redes, microondas ni horno eléctrico. Cuando volvió la corriente, respiramos y, seguramente, dimos gracias. Valoramos lo de siempre, lo que consideramos seguro.
A veces un buen revolcón de la vida nos viene bien: una enfermedad, la pérdida de un ser querido, un revés económico o emocional. También una noche oscura sirve para avivar la fe. Una crisis familiar puede ayudar a reconquistar, a mirar con otra luz a la persona amada, a recuperar su amor.
En nuestra tierra gozamos de muchas conquistas y valores recibidos de la fe de nuestros mayores. Hay mucha vida cristiana, incluso en aquellos que piensan que no creen. Muchos cristianos durmientes que, de pronto, pueden despertar. Y no son pocos los que viven una fe tibia, light, amodorrada. Es bueno despertar, darnos cuenta de que Jesús pasa junto a nosotros y puede remover, agitar, despertar. La Cuaresma es un momento muy propicio para despertar.
La costumbre apaga, pero la gratitud enciende. La fe no cambia las cosas: cambia la mirada. Y cuando cambia la mirada, todo se vuelve nuevo.
Propongo algunas rutinas para despertar:
Mira a tu familia como si fuera la primera vez. Observa detalles que antes pasaban desapercibidos: una sonrisa, un gesto, un esfuerzo.
Reza no para repetir, sino para despertar. Una oración breve pero consciente puede renovar un día entero.
Pregunta: "¿Qué regalo hay escondido aquí?" Incluso en el cansancio o el caos, suele haber algo que Dios quiere mostrar.
Fuente: eldiadecordoba.es