04 mayo 2026

¿Quién es el que está en la Cruz?

Juan Luis Selma

Con alegría celebramos las Cruces de mayo: las adornamos con flores, las rodeamos de música y de fiesta. Son ocasión para salir a la calle, tomar algo, encontrarnos con los amigos y disfrutar de la vida. Esta tradición hunde sus raíces en la invención —o “descubrimiento”— de la Santa Cruz por Santa Elena, madre del emperador Constantino, acontecimiento que tuvo lugar en Jerusalén en el año 327, no lejos del Calvario.

Como escribe san Cirilo, aquel día “una enorme cruz luminosa apareció en el cielo, sobre el Santo Gólgota, y se extendió hasta el Monte de los Olivos”. Y, como proclama san Pablo, “debemos gloriarnos en la cruz de nuestro Señor Jesucristo, porque en Él está nuestra salvación, nuestra vida y nuestra resurrección, y por Él fuimos salvados y redimidos”. La Cruz es nuestra insignia y nuestra salvación.

Recientemente hemos visto la profanación de una cruz en el Líbano por un soldado del ejército de Israel, y el dolor que esto ha causado a los cristianos. La Cruz no es simplemente una enseña o un símbolo: su valor está en el Crucificado, en Aquel que fue clavado en ella. Y ese Crucificado no es un hombre cualquiera: es el Hijo de Dios, “Dios verdadero de Dios verdadero”, como proclamamos en el Credo. Es decir, de la misma naturaleza del Padre: Dios.

También estamos celebrando las primeras comuniones, un momento precioso para nuestras niñas y niños. Todos recordamos la nuestra con cariño. Fue un día importante, no por los regalos o la fiesta familiar, sino por lo que realmente celebrábamos. Del mismo modo, tras la aparente frivolidad de las Cruces late algo mucho más profundo. Lo que anima estas fiestas populares —como también la Semana Santa— es el misterio de la Encarnación, la presencia del Hijo de Dios hecho carne.

Con facilidad caemos en el reduccionismo, en “coger el rábano por las hojas”, quedándonos en la superficie. Pero no podemos olvidar lo que hay detrás de lo que celebramos. El valor de un crucifijo no está en su material, ni en su valor artístico o sentimental. Lo mismo sucede con la Eucaristía: es el Cuerpo de Cristo, no “una galleta”, con perdón. La liturgia nos recuerda que “las cosas santas deben tratarse santamente”.

La carta a los Hebreos afirma: “La fe es fundamento de lo que se espera y garantía de lo que no se ve…”. Y continúa enumerando cómo, por la fe, los antiguos “conquistaron reinos, administraron justicia, vieron promesas cumplidas…”, y también cómo otros “fueron torturados, pasaron por burlas y azotes, cadenas y cárceles… el mundo no era digno de ellos”. La fe sostiene, ilumina y da sentido.

Quien está clavado en la Cruz es Dios. En la comunión se recibe a Dios.

Por eso debemos acercarnos a estos misterios con fe, sabiendo lo que hacemos. Los niños de primera comunión —si han sido bien formados— distinguen perfectamente el pan normal del Pan Eucarístico. Saben a quién reciben y lo hacen con devoción. Hoy mismo me decía uno: “Tengo que confesarme porque dentro de dos días hago la comunión y en catequesis me han dicho que para comulgar no hay que tener ningún pecado”.

El fundamento de nuestra fe son las palabras del mismo Jesucristo. Él nos dice: “Yo y el Padre somos uno”. “Yo soy; y veréis al Hijo del Hombre sentado a la diestra del Poder y viniendo en las nubes del cielo”. Y el Padre declara sobre Él: “Este es mi Hijo amado, en quien me complazco”. “Este es mi Hijo amado; escuchadlo”.

Nos hemos acostumbrado a tratar a Dios como a un colega más; lo hemos hecho tan cercano que hemos dejado de valorarlo. No sabemos quién es. No apreciamos su belleza, su hermosura, su santidad. Este empequeñecer a Dios nos empequeñece también a nosotros: nos quita valor, nos aparta de nuestra verdad. Somos tan grandes y valiosos que el mismo Dios da la vida por nosotros.

"En verdad, en verdad os digo: yo soy la puerta de las ovejas. Todos los que han venido antes de mí son ladrones y bandidos; pero las ovejas no los escucharon”. Quien está clavado en la Cruz es el Hijo del Dios vivo.

Fuente: eldiadecordoba.es