09 noviembre 2009

Deporte y pastoral juvenil


Mensaje del Papa al Seminario de Estudios “Deporte, educación y fe”



Al Venerato Fratello Stanisław Card. RYŁKO
Presidente del Consejo Pontificio para los laicos
Con verdadero placer, le envío un cordial saludo a usted, al secretario, a los colaboradores del Consejo Pontificio para los Laicos, a los representantes de los organismos católicos que operan en el mundo del deporte, a los responsables de las asociaciones deportivas internacionales y nacionales y a todos aquellos que forman parte en el Seminario de estudio sobre el tema: “Deporte, educación y fe: por una nueva etapa del movimiento deportivo católico”, organizado por la Sección “Iglesia y deporte” de este Dicasterio.
El deporte posee un notable potencial educativo sobre todo en el ámbito juvenil y, por esto, tiene gran relevancia no sólo en el empleo del tiempo libre, sino también en la formación de la persona. El Concilio Vaticano II lo quiso nombrar entre los medios que pertenecen al patrimonio común de los hombres y que son adecuados para el perfeccionamiento moral y la formación humana (cfr Gravissimum Educationis, n. 4).
Si esto es verdad para la actividad deportiva en general, tanto más lo es para la que se desarrolla en los oratorios, en las escuelas y en las asociaciones deportivas, con el objetivo de asegurar una formación humana y cristiana a las nuevas generaciones. Como tuve forma de recordar recientemente, no debe olvidarse que “el deporte, practicado con pasión y vigilante sentido ético, especialmente para la juventud, se convierte en entrenamiento de la competitividad sana y de perfeccionamiento físico, escuela de formación en los valores humanos y espirituales, medio privilegiado de crecimiento personal y de contacto con la sociedad” (Discurso a los participantes de los Mundiales de Natación, 1 de agosto de 2009).
A través de las actividades deportivas, la comunidad eclesial contribuye a la formación de la juventud, proporcionando un ámbito adecuado a su crecimiento humano y espiritual. De hecho, cuando están dirigidas al desarrollo integral de la persona y las gestionan personal cualificado y competente, las iniciativas deportivas se revelan como ocasión propicia en la que sacerdotes, religiosos y laicos pueden convertirse en verdaderos y propios educadores y maestros de vida de los jóvenes. Por tanto es necesario que, en nuestra época – en la que se advierte la urgente exigencia de educar a las nuevas generaciones –, la Iglesia siga apoyando el deporte para los jóvenes, valorando plenamente también la actividad competitiva en sus aspectos positivos, como por ejemplo, en la capacidad para estimular la competitividad, el valor y la tenacidad en la persecución de los objetivos, evitando, sin embargo, toda tendencia que desnaturalice su misma naturaleza con el recurso a prácticas incluso dañosas al organismo, como sucede en el caso del doping. En una acción formativa coordinada, los dirigentes, los técnicos y los operadores católicos deben considerarse guías experimentados para los adolescentes, ayudándoles a desarrollar sus propias potencialidades competitivas sin descuidar las cualidades humanas y las virtudes cristianas que hacen a la persona completamente madura.
En esta perspectiva, encuentro muy útil que este tercer Seminario de la Sección “Iglesia y deporte” del Consejo Pontificio para los Laicos centre su atención sobre la misión específica y sobre la identidad católica de las asociaciones deportivas, de las escuelas y de los oratorios gestionados por la Iglesia. Auguro de corazón que éste ayude a aprovechar las muchas y preciosas oportunidades que el deporte puede ofrecer a la pastoral juvenil y, mientras auguro un encuentro fructífero, aseguro mi oración invocando sobre los participantes y sobre aquellos que están comprometidos en promover una sana actividad deportiva, de modo particular en las Instituciones católicas, la guía del Espíritu Santo y la protección materna de María. Con estos sentimientos, envío de corazón a todos mi Bendición Apostólica.
En el Vaticano, a 3 de noviembre de 2009
BENEDICTUS PP. XVI
La Iglesia, según Pablo VI


Homilía del Papa al presidir el día 8 la misa en Brescia



Queridos hermanos y hermanas:
Es grande mi alegría al poder partir con vosotros el pan de la Palabra de Dios y de la Eucaristía aquí, en el corazón de la diócesis de Brescia, donde nació y recibió su formación juvenil el siervo de Dios Giovanni Battista Montini, el Papa Pablo VI. Doy las gracias en particular al obispo, monseñor Luciano Monari, por las palabras que me ha dirigido al inicio de la celebración, y con él saludo a los cardenales, a los obispos, a los sacerdotes y diáconos, a los religiosos y religiosas, y a todos los agentes pastorales. Doy las gracias al alcalde por sus palabras y su regalo, y a las demás autoridades civiles y militares. Un saludo especial dirijo a los enfermos que se encuentran dentro de la catedral.
En el corazón de la liturgia de la Palabra de este domingo, XXXII del tiempo ordinario, encontramos el personaje de la pobre viuda, o más bien, nos encontramos ante el gesto que realiza al dejar en el tesoro del templo las últimas monedas que le quedan. Un gesto que, gracias a la mirada atenta de Jesús, se ha convertido en proverbial: "el óbolo de la viuda" es, de hecho, sinónimo de la generosidad de quien da sin reservas lo poco que posee. Ahora bien, antes quisiera subrayar la importancia del ambiente en el que se desarrolla este episodio evangélico, es decir, el templo de Jerusalén, centro religioso del pueblo de Israel y corazón de toda su vida. El templo es el lugar del culto público y solemne, pero también de la peregrinación, de los ritos tradicionales y de las disputas rabínicas, como las que refiere el Evangelio entre Jesús y los rabinos de aquel tiempo, en las que, sin embargo, Jesús enseña con una autoridad singular, la del Hijo de Dios. Pronuncia juicios severos, como hemos escuchado, sobre los escribas, a causa de su hipocresía: éstos, mientras ostentan gran religiosidad, se aprovechan de la gente pobre imponiéndoles obligaciones que ellos mismos no observan. Jesús, en definitiva, muestra su afección al templo como casa de oración, pero precisamente por este motivo quiere purificarlo de usos impropios, es más, quiere revelar su significado más profundo, ligado al cumplimiento de su mismo Misterio, el Misterio de su muerte y resurrección, en la que Él mismo se convierte en el nuevo y definitivo Templo, el lugar en el que se encuentran Dios y el hombre, el Creador y su criatura.
El episodio del óbolo de la viuda se enmarca en este contexto y nos lleva, a través de la mirada misma de Jesús, a fijar la atención en un detalle que puede escaparse pero que es decisivo: el gesto de una viuda, muy pobre, que echa en el tesoro del templo dos monedas. Jesús también nos dice hoy, como en aquel día a los discípulos: ¡prestad atención! Mirad lo que hace esa viuda, pues su acto contiene una gran enseñanza; expresa la característica fundamental de quienes son las "piedras vivas" de este nuevo Templo, es decir, la entrega completa de sí al Señor y al prójimo; la viuda del Evangelio, al igual que la del Antiguo Testamento, lo da todo, se da a sí misma, y se pone en las manos de Dios para los demás. Este es el significado perenne de la oferta de la viuda pobre, que Jesús exalta, pues ha dado más que los ricos, quienes ofrecen parte de lo que les sobra, mientras ella ha dado todo lo que tenía para vivir (Cf. Marcos 12,44), y de este modo se ha dado a sí misma.
¡Queridos amigos! A partir de esta imagen evangélica, deseo meditar brevemente sobre el misterio de la Iglesia y, de esta manera, rendir homenaje a la memoria del gran papa Pablo VI, que consagró a ella toda su vida. La Iglesia es un organismo espiritual concreto que prolonga en el espacio y en el tiempo la oblación del Hijo de Dios, un sacrificio aparentemente insignificante respecto a las dimensiones del mundo y de la historia, pero decisivo a los ojos de Dios. Como dice la Carta a los Hebreos, también en el texto que acabamos de escuchar, a Dios le bastó el sacrificio de Jesús, ofrecido "una sola vez", para salvar al mundo entero (Cf. Heb., 9, 26. 28), pues en esa única oblación se condensa todo el Amor del Hijo de Dios hecho hombre, como en el gesto de la viuda se concentra todo el amor de aquella mujer por Dios y por los hermanos: no le falta nada y no se le puede añadir nada. La Iglesia, que nace incesantemente de la Eucaristía, de la autoentrega de Jesús, es la continuación de este don, de esta sobreabundancia que se expresa en la pobreza, del todo que se ofrece en el fragmento. Es el Cuerpo de Cristo que se entrega enteramente, Cuerpo partido y compartido, en constante adhesión a la voluntad de su Cabeza. Me alegra saber que estáis profundizando en la naturaleza eucarística de la Iglesia, guiados por la carta pastoral de vuestro obispo.
Esta es la Iglesia que el siervo de Dios Pablo VI amó con amor apasionado y trató de dar a comprender y amar con todas sus fuerzas. Releamos su "Pensamiento en la muerte", allí donde, en la parte conclusiva, habla de la Iglesia. "Podría decir --escribe-- que siempre la he amado... y que por ella, no por otra cosa, me parece haber vivido. Pero quisiera que la Iglesia lo supiera". Es el tono de un corazón palpitante, que sigue diciendo: "Quisiera finalmente comprenderla totalmente, en su historia, en su designio divino, en su destino final, en su composición compleja, total y unitaria, en su humana e imperfecta consistencia, en sus desgracias y sufrimientos, en las debilidades y las miserias de tantos de sus hijos, en sus aspectos menos simpáticos, y en el esfuerzo perenne de fidelidad, de amor, de perfección y de caridad. Cuerpo Místico de Cristo. Quisiera abrazarla, saludarla, amarla, en cada ser que la compone, en cada obispo y sacerdote que la asiste y la guía, en cada alma que la vive y la ilustra; bendecirla". Y le dirige las últimas palabras como si se tratara de la esposa de toda una vida: "Y a la Iglesia, a la que le debo todo y que fue mía, ¿qué le diré? Que Dios te bendiga, sé consciente de tu naturaleza y de tu misión, ten conciencia de las verdaderas y profundas necesidades de la humanidad; y camina pobre, es decir, libre, siendo fuerte y amando a Cristo".
¿Qué se puede añadir a palabras tan altas e intensas? Sólo quisiera subrayar esta última visión de la Iglesia "pobre y libre", que recuerda la figura evangélica de la viuda. Así debe ser la comunidad eclesial para poder hablar a la humanidad contemporánea. Giovanni Battista Montini llevaba particularmente en su corazón, en todas las estaciones de su vida, desde los primeros años de sacerdocio hasta el pontificado, el encuentro y el diálogo de la Iglesia con la humanidad de nuestro tiempo. Dedicó todas sus energías al servicio de la Iglesia, siendo lo más conforme posible a su Señor Jesucristo, de modo que, al encontrarla, el hombre contemporáneo pudiera encontrar a Jesús, porque de Él tiene necesidad absoluta. Este es el anhelo profundo del Concilio Vaticano II, al que corresponde la reflexión del papa Pablo VI sobre la Iglesia. Él quería exponer de forma programática algunos puntos importantes en su primera encíclica, Ecclesiam suam, del 6 de agosto de 1964, cuando aún no habían visto la luz las constituciones conciliares Lumen gentium y Gaudium et spes.
Con aquella encíclica el pontífice se proponía explicar a todos la importancia de la Iglesia para la salvación de la humanidad, y al mismo tiempo, la exigencia de establecer entre la comunidad eclesial y la sociedad una relación de mutuo conocimiento y amor (cf. Enchiridion Vaticanum, 2, p. 199, n. 164). "Conciencia", "renovación", "diálogo": estas son las tres palabras elegidas por Pablo VI para expresar sus "pensamientos" dominantes --como él los define-- al comenzar su ministerio petrino, y la tres tienen que ver con la Iglesia. Ante todo, la exigencia de que ella profundice en el conocimiento de sí misma: origen, naturaleza, misión, destino final; en segundo lugar, su necesidad de renovarse y purificarse contemplando al modelo que es Cristo; por último, el problema de sus relaciones con el mundo moderno (Cf. ibídem, pp. 203-205, nn. 166-168). Queridos amigos, y me dirijo especialmente a los hermanos en el episcopado y en el sacerdocio, ¿cómo no ver que la cuestión de la Iglesia, de su necesidad en el designio de salvación y de su relación con el mundo, sigue siendo hoy, absolutamente central? Es más, ¿cómo no ver que el desarrollo de la secularización y la globalización han hecho esta cuestión aún más radical, ante el olvido de Dios, por una parte, y ante las religiones no cristianas, por otra? La reflexión del Papa Montini sobre la Iglesia es más actual que nunca; y más precioso es aún el ejemplo de su amor por ella, inseparable de su amor por Cristo. "El misterio de la Iglesia --leemos en la encíclica Ecclesiam suam-- no es un mero objeto de conocimiento teológico, ha de ser un hecho vivido, del cual el alma fiel aun antes que un claro concepto puede tener una casi connatural experiencia" (ibídem, n. 13). Esto presupone una robusta vida interior, que es "el gran manantial de la espiritualidad de la Iglesia, su modo peculiar de recibir las irradiaciones del Espíritu de Cristo, expresión radical insustituible de su actividad religiosa y social e inviolable defensa y renaciente energía de su difícil contacto con el mundo profano" (ibídem,13). Precisamente el cristiano abierto, la Iglesia abierta al mundo, tienen necesidad de una robusta vida interior.
Queridos, ¡que don inestimable para la Iglesia es la lección del siervo de Dios Pablo VI! Y como es entusiasmante cada vez aprender de su ejemplo. Es una lección que afecta a todos y que compromete a todos, según los diferentes dones y ministerios que enriquecen al Pueblo de Dios por la acción del Espíritu Santo. En este año sacerdotal me gusta subrayar cómo esta lección interesa y afecta de manera particular a los sacerdotes, a quienes el Papa Montini reservó siempre un afecto y una atención especiales. En la encíclcia sobre el celebato sacerdotal escribió: "'Apresado por Cristo Jesús' (Fil 3, 12) hasta el abandono total de sí mismo en él, el sacerdote se configura más perfectamente a Cristo también en el amor, con que el eterno sacerdote ha amado a su cuerpo, la Iglesia, ofreciéndose a sí mismo todo por ella... La virginidad consagrada de los sagrados ministros manifiesta el amor virginal de Cristo a su Iglesia y la virginal y sobrenatural fecundidad de esta unión" (Sacerdotalis caelibatus, 26). Dedico estas palabras del gran Papa a los numerosos sacerdotes de la diócesis de Brescia, aquí representados, así como a los jóvenes que se están formando en el seminario. Y quisiera recordar también las palabras que Pablo VI dirigió a los alumnos del Seminario Lombardo, el 7 de diciembre de 1968, mientras las dificultades del post-Concilio se añadían a los fermentos del mundo juvenil: "Muchos --dijo-- se esperan del Papa gestos clamorosos, intervenciones enérgicas y decisivas. El Papa considera que tiene que seguir únicamente la línea de la confianza en Jesucristo, a quien le preocupa más su Iglesia que a ningún otro. Él calmará la tempestad... No se trata de una espera estéril o inerte, sino más bien de una espera vigilante en la oración. Esta es la condición que Jesús escogió para nosotros de modo que Él pueda actuar en plenitud. También el Papa necesita ayuda con la oración" (Insegnamenti VI, [1968], 1189). Queridos hermanos, que los ejemplos sacerdotales del siervo de Dios Giovanni Battista Montini os guíen siempre y que interceda por vosotros san Arcangelo Tadini, a quien hace poco he venerado en mi breve visita a Botticino.
Mientras saludo y aliento a los sacerdotes, no puedo olvidar, especialmente aquí, en Brescia, a los fieles laicos, que en esta tierra han demostrado una extraordinaria vitalidad de fe y de obras, en los diferentes campos del apostolado asociado y del compromiso social. En las "Enseñanzas" de Pablo VI, queridos amigos de Brescia, podéis encontrar indicaciones siempre preciosas para afrontar los desafíos del presente, sobre todo, la crisis económica, la inmigración, la educación de los jóvenes. Al mismo tiempo, el Papa Montini no perdía ocasión para subrayar el primado de la dimensión contemplativa, es decir, el primado de Dios en la experiencia humana. Y, por ello, no se cansaba nunca de promover la vida consagrada, en la variedad de sus aspectos. Él amó intensamente la multiforme belleza de la Iglesia, reconociendo en ella el reflejo de la infinita belleza de Dios, que se trasparenta sobre el rostro de Cristo.
Recemos para que el fulgor de la belleza divina resplandezca en cada una de nuestras comunidades y la Iglesia sea signo luminoso de esperanza para la humanidad del tercer milenio. Que nos alcance esta gracia María, a quien Pablo VI quiso proclamar, al final del Concilio Vaticano II, madre de la Iglesia. ¡Amén!
Conclusiones del Congreso sobre la Enseñanza de la Religión en la Escuela


Convocado por los obispos de Castilla y León




Los profesores de Religión Católica participantes en el III Congreso de "Religión en la Escuela: Otra forma de mirar", convocado por los obispos de Castilla y León y celebrado en Zamora los días 6 y 7 de Noviembre de 2009,
MANIFIESTAN:
La clase de Religión en la Escuela responde a un derecho irrenunciable de los padres que está claramente protegido por nuestro derecho constitucional.
Es preciso llevar a cabo un "pacto por la educación" en el que tengan cabida real todas las fuerzas implicadas en la misma; revisando en profundidad las actuales leyes educativas.
La clase de religión en la escuela es una opción y una oportunidad en el espacio propio de lo escolar, que entendemos uno de los lugares para la formación completa e integral de la persona.
Ofrecemos la clase de religión como camino de búsqueda para poder entender al hombre y al mundo desde una posición crítica que impida la manipulación de la persona.
Los profesores de religión de Castilla y León creemos que el diálogo "Fe-Cultura" es el mejor instrumento para garantizar a padres y alumnos la visión coherente e integradora de la realidad actual, sin exclusivismos segregadores pero sin renunciar a la búsqueda de la verdad.
Denunciamos el laicismo excluyente que pretende imponer la desaparición de lo religioso en todos los ámbitos de la vida social, y defendemos la laicidad que propugna lo propio de cada actividad humana y la autonomía de los saberes en sus propios contenidos y metodologías.
Ofrecemos a los padres y alumnos de Castilla y León nuestro trabajo profesionalmente actualizado de modo permanente, y nuestra vocación de servicio para quienes en nuestros días buscan "otra forma de mirar".
María, Madre de la Iglesia


Recuerda el Papa en el Ángelus la doctrina de Pablo VI



Al finalizar esta solemne celebración, doy cordialmente las gracias a quienes han garantizado la animación litúrgica y a quienes de diferentes maneras han colaborado en la preparación y realización de mi visita pastoral aquí, a Brescia. ¡Gracias a todos! Saludo también a quienes nos siguen a través de la radio y la televisión, así como a quienes están en la plaza de San Pedro, de manera especial a los numerosos voluntarios de la Unión Nacional Pro Loco de Italia. En el momento del Ángelus, deseo recordar la profunda devoción que el siervo de Dios Giovanni Battista Montini tenía por la Virgen María. Celebró su primera misa en el santuario de Santa María de las Gracias, corazón mariano de la ciudad, no muy lejos de esta plaza. De ese modo, puso su sacerdocio bajo la materna protección de la Madre de Jesús, y este lazo lo acompañó toda la vida. A medida que sus responsabilidades eclesiales aumentaban, él iba madurando una visión siempre más amplia y orgánica de la relación entre la Bienaventurada Virgen María y el misterio de la Iglesia. Desde esta perspectiva, es memorable el discurso de cierre del tercer período del Concilio Vaticano II, el 21 de noviembre de 1964. En esa sesión, fue promulgada la constitución sobre la Iglesia, Lumen gentium, que, según palabras de Pablo VI, "tiene como cumbre y corona todo un capítulo dedicado a la Virgen". El Papa observó que se trataba de la más amplia síntesis de doctrina mariana, nunca antes elaborada por algún concilio ecuménico, con el fin de "manifestar el rostro de la santa Iglesia, a la que María está íntimamente unida" (EnchiridionVaticanum , Bolonia 1979, p. [185], nn. 300-302). En ese contexto, proclamó a María Santísima "Madre de la Iglesia" (Cf. ibídem, n. 306), subrayando, con profunda sensibilidad ecuménica, que "la devoción a María... es un medio esencialmente ordenado a orientar las almas a Cristo y así unirlas al Padre en el amor del Espíritu Santo" (ibídem, n. 315). Recordando esas palabras del Pablo VI, también nosotros elevamos hoy nuestra oración: Virgen María, Madre de la Iglesia, te encomendamos a la Iglesia bresciana y a toda la población de esta región. Recuerda a todos tus hijos; lleva a Dios sus oraciones; conserva firme su fe; fortalece su esperanza; aumenta su caridad. Oh clemente, oh piadosa, oh dulce Virgen María (Cf. ibídem, nn. 317.320.325).
MENSAJE CON MOTIVO DEL 50 ANIVERSARIO DE MANOS UNIDAS


Conferencia Episcopal Española, CCXIV Comisión Permanente


“Tuve hambre y me disteis de comer; tuve sed y me disteis de beber...” (Mt 25, 35)
I. Memoria del pasado. “Declarar la guerra al hambre”
En el L aniversario de Manos Unidas, la Conferencia Episcopal Española quiere enviar un mensaje de felicitación, agradecimiento y estímulo a los numerosos asociados y colaboradores que, inspirados por su conciencia cristiana, están comprometidos generosamente en la lucha contra el hambre en el mundo.
Ha transcurrido medio siglo desde que las Mujeres de Acción Católica Española promovieran en 1959 la I Campaña contra el hambre. En 1956, responden al llamamiento de la Unión Mundial de Organizaciones Femeninas Católicas para remediar las tres hambres que afligen el mundo: “hambre de pan, hambre de cultura y hambre de Dios” y propondrán un día de ayuno voluntario en el primer viernes de cada Cuaresma. Lo consideraron no sólo como un gesto de solidaridad con los necesitados, sino también como una eficaz identificación que les ayuda a experimentar en su propia persona las penalidades que padece el que tiene hambre. A esto le seguirá espontáneamente una limosna a favor de los más necesitados, naciendo así la colecta anual pensada para ayudar a financiar proyectos concretos de desarrollo en el Tercer Mundo que se ha incrementado progresivamente año tras año.
En posteriores campañas se fueron ampliando los objetivos y se creó un Servicio Educativo y de Documentación; se fue profundizando en la acción educativa y se diseñó material didáctico escolar llevando la inquietud por el problema del hambre incluso hasta la universidad. Además, se concretaron las prioridades: el desarrollo agropecuario y pesquero, la promoción cultural, la atención sanitaria, la promoción de la mujer, la promoción social, etc.
Durante estos cincuenta años, Manos Unidas ha trabajado para erradicar la miseria, la nutrición deficiente, la enfermedad y el atraso cultural en los países del Tercer Mundo, y para identificar y eliminar sus causas estructurales; ha denunciado en la sociedad española el problema del hambre y las penurias del subdesarrollo y ha reunido fondos para financiar proyectos.
Sus campañas contra el hambre se insertan con naturalidad en la práctica de la Iglesia por lo que la activa participación de Manos Unidas en el apostolado social de la Iglesia es digna de todo aplauso y gratitud.
II. Tarea en el presente. “Salvaguardar las señas de identidad”
El aniversario es también una ocasión propicia para reflexionar sobre el camino recorrido, para profundizar en las vivencias fundacionales y reavivar la conciencia de la propia singularidad. Manos Unidas, “la Asociación de la Iglesia en España para la ayuda, promoción y desarrollo del Tercer Mundo”, ha nacido en la Iglesia y, de su asociación de apostolado, la Acción Católica que, manteniendo una unión muy estrecha con la Jerarquía, persigue fines propiamente apostólicos. En este sentido, debemos esforzarnos por preservar como un preciado tesoro esta identidad cristiana y misionera, superando toda tentación secularista y el reduccionismo que comporta, y manteniéndonos firmes en la enseñanza de Jesucristo que nos ha dicho: “No sólo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios” (Mt 4,4)
Manos Unidas no puede descuidar su acción misionera: ha de evangelizar promocionando y promocionar evangelizando, buscando el desarrollo integral del hombre y no sólo satisfacer sus necesidades materiales.
También los asociados a Manos Unidas deben seguir cuidando sus inspiraciones originales: la apertura al otro, el interés por las personas, la fina sensibilidad ante el sufrimiento, la acogida y el don gratuito. Estos principios han brotado del Evangelio y de la Doctrina Social de la Iglesia.
Por otro lado, Manos Unidas es una organización de voluntarios en el ámbito diocesano; sus socios y colaboradores entregan desinteresadamente su tiempo, su saber y sus bienes en favor del proyecto con generosa gratuidad.
Esta característica es un timbre de gloria que desde el principio ha mantenido Manos Unidas, y algo que hay que defender como propio de una organización de la Iglesia; salvando siempre, en su justa medida, la colaboración de personas técnicas contratadas, que ayuden a desarrollar las iniciativas con la mayor eficacia posible.
III. Compromiso ante el futuro. “Afrontar los nuevos retos del hambre en el mundo”
Aunque es mucho lo que en estos cincuenta años se ha conseguido, todos y especialmente los asociados a Manos Unidas consideran que no se ha llegado todavía a la meta y que hay que seguir trabajando sin descanso: todavía más de ochocientos cincuenta millones de personas sufren malnutrición y padecen hambre.
En nuestros días, constatamos la aparición de nuevos riesgos para la vida de los pobres, ocasionados por la agresión al equilibrio medioambiental, por los desequilibrios económicos y por la crisis de la energía y de los alimentos.
La crisis económica que nos oprime con el desolador problema del paro que genera está poniendo a prueba nuestra capacidad de respuesta. La crisis de humanidad que está en su base es un argumento más a favor de la eficacia de un planteamiento de búsqueda de soluciones integrales: la batalla contra el hambre de pan no puede desligarse de la formación de una conciencia moral responsable, fundamentada en la fe en Dios.
La obligada solidaridad entre los que compartimos una misma condición y un mismo destino nos exige compartir, siendo preciso modificar nuestros hábitos de vida y adecuarlos a una sobria austeridad. La Iglesia a través de múltiples iniciativas de sus miembros trata de hacer realidad esos principios de modo original y conforme a su naturaleza.
El problema del hambre continúa angustiando a la humanidad. La pobreza es una de las más graves preocupaciones de la comunidad internacional. Su solución nos apremia a todos, reconociendo que «la visión del desarrollo como vocación comporta que su centro sea la caridad». En este sentido, es necesaria una conversión del corazón a la caridad de Cristo, sabiendo que hay recursos técnicos suficientes para acabar con la lacra de la pobreza. Esta conversión nos lleva a transformar las estructuras de pecado que contribuyen a las situaciones de injusticia. Es la urgente tarea que se ofrece a los miembros de Manos Unidas, en la que todos estamos llamados a colaborar.
En la celebración gozosa de su L aniversario, damos gracias a Dios por estos años de esforzada labor, en los que esta organización eclesial ha sido un signo vivo y profético de su amor a las personas con cualquier clase de necesidad.
Pedimos también al Espíritu Santo que continúe suscitando en nuestras parroquias y comunidades la generosidad del corazón y el compromiso del voluntariado, que todos los hombres y mujeres de buena voluntad, juntamente con las instituciones y gobiernos, hagan una apuesta decidida por el desarrollo integral de los países y que, como aquellas mujeres pioneras de Acción Católica del año 1959, “declaren la guerra al hambre de pan, de cultura y de Dios en el mundo”.

06 noviembre 2009

La Santa Sede pide no olvidar que el inmigrante “es una persona”


Monseñor Marchetto en el III Foro "Migraciones y Desarrollo"


La Santa Sede ha destacado la necesidad de recordar que el inmigrante es una persona, en el III Foro Mundial “Migraciones y Desarrollo” que se celebra estos días en Atenas (Grecia).
El secretario del Consejo Pontificio para la Pastoral de los Emigrantes e Itinerantes, monseñor Agostino Marchetto, intervino este miércoles en el encuentro, en el que se reflexiona sobre el modo de integrar las políticas de migración en las estrategias de desarrollo.
Monseñor Marchetto afirmó que una correcta aproximación a la gestión de la migración “debería considerar sobre todo que el migrante es una persona humana y, en cuanto tal, posee derechos inalienables, que deben ser respetados por todos y en cualquier situación”.
“Esto comporta numerosas consecuencias y exige medidas específicas, tales como la necesidad de proteger la dignidad de los inmigrantes, y de políticas que afronten las causas de la migración, para que nadie se vea obligado a abandonar su propio país”, indicó.
“Además -añadió-, a cuantos de ellos ofrecen una aportación válida y regular a nuestra sociedad, es necesario hacerles encontrar un contexto capaz de luchar contra las actitudes de discriminación, de intolerancia y de xenofobia, que incluso llegan a tomar como pretexto el trasfondo religioso o étnico”.
Monseñor Marchetto puso sobre la mesa el “difuso sentimiento de derrota” al que asistimos hoy en día frente a muchos de los compromisos asumidos hace sólo unos pocos años.
En este sentido, constató que “los conflictos nuevos y prolongados, la crisis económica, la proliferación de emergencias ambientales, las amenazas a la seguridad interna y externa de los Estados, algunas alarmas sanitarias, la tentación de subordinar las opciones políticas a los intereses de poder o a los beneficios a corto plazo, junto a otros factores, ponen fuertes hipotecas al desarrollo y condicionan de manera significativa las decisiones y la gestión de la migración a nivel mundial”.
En su discurso, el prelado ofreció la respuesta a este desafío que Benedicto XVI propone en su encíclica “Caritas in veritate”: orientarse por los criterios de la justicia y el bien común.
Solidaridad y subsidiariedad
Monseñor Marchetto destacó que el Papa, en su última encíclica, “hace una constante llamada a la solidaridad”, y añadió que “ésta es particularmente urgente en el ámbito de la movilidad laboral”.
“La degradación humana, el derroche social, influyen no sólo de forma grave en la vida de los trabajadores, sino también en sus relaciones familiares, en el grupo social que les acoge y del que provienen, y en el crecimiento económico de ambos, ya que los costes humanos repercuten también en los económicos”, explicó.
Por otra parte, quiso destacar también que “un nuevo acercamiento a estos problemas puede ser ofrecido por el principio de subsidiariedad”.
Ello, en el ámbito de las migraciones, “exige interesar en la gestión de las migraciones a todos los actores implicados en todos los niveles, reconociendo, donde sea posible, la justa autonomía de los ámbitos intermedios (comunidades en la diáspora, asociaciones de migrantes, familias, etcétera)”.
En su discurso, el prelado indicó también que “la integración se realiza plenamente allí donde, entre los inmigrantes y la población autóctona, no se limita sólo al ámbito económico-social, sino que incluye, en la recíproca disponibilidad y acogida, también el cultural”.

05 noviembre 2009

"Estad preparados con las lámparas encendidas"


Misa en sufragio por los cardenales y obispos muertos el último año

¡Venerados hermanos en el Episcopado y en el Sacerdocio, queridos hermanos y hermanas!

"¡Qué alegría cuando me dijeron: Vamos a la casa del Señor!". Las palabras del Salmo 122, que hemos cantado hace poco, nos indican a elevar la mirada del corazón hacia la "casa del Señor", hacia el Cielo donde está misteriosamente reunida, en la visión beatífica de Dios, la multitud de todos los santos, que la liturgia nos ha hecho contemplar hace algunos días. A la solemnidad de los Santos ha seguido la conmemoración de todos los Fieles difuntos. Estas dos celebraciones vividas en un profundo clima de fe y de oración, nos ayudan a percibir mejor el misterio de la Iglesia en su totalidad y a comprender cada vez más que la vida debe ser una espera siempre vigilante, una peregrinación hacia la vida eterna, cumplimiento último que da sentido y plenitud a nuestro camino terreno. A las puertas de la Jerusalén celeste "ya están puestos nuestros pies" (v. 2).

A esta meta definitiva han llegado ya los llorados cardenales Avery Dulles, Pio Laghi, Stéphanos II Ghattas, Stephen Kim Sou-Hwan, Paul Joseph Pham Đình Tung, Umberto Betti, Jean Margéot, y los numerosos arzobispos y obispos que nos han dejado durante este último año. Les recordamos con afecto y damos gracias a Dios por el bien que han hecho. En su sufragio eterno ofrecemos el Sacrificio eucarístico, reunidos, como cada año, en esta Basílica Vaticana. Pensemos en ellos en la comunión, real y misteriosa, que nos une a nosotros, peregrinos en la tierra, a cuantos nos ha precedido en el más allá, seguros de que la muerte no rompe los vínculos de fraternidad espiritual sellados por los Sacramentos del Bautismo y del Orden.

En estos venerados hermanos nuestros queremos reconocer a los siervos de los que habla la parábola evangélica proclamada hace un momento: siervos fieles, a los que el amo, de vuelta de las bodas, ha encontrado despiertos y preparados (cfr Lc 12,36-38); pastores que han servido a la Iglesia asegurando al rebaño de Cristo el cuidado necesario; testigos del Evangelio que, en la variedad de los dones y de las tareas, han dado prueba de vigilancia activa, de dedicación generosa a la causa del Reino de Dios. Cada celebración eucarística, en la que tantas veces participaron, primero como fieles y luego como sacerdotes, anticipa del modo más elocuente cuanto el Señor ha prometido: Él mismo, sumo y eterno Sacerdote, hará sentar a sus siervos a la mesa y les servirá (cfr Lc 12,37). Sobre la Mesa eucarística, banquete nupcial de la Nueva Alianza, Cristo, Cordero pascual, se hace nuestro alimento, destruye la muerte y nos da su vida, la vida sin fin. Hermanos y hermanas, permanezcamos también nosotros despiertos y vigilantes: que los encuentre así "el amo cuando vuelve de las bodas, llegando en medio de la noche o antes del alba" (cfr Lc 12,38). ¡También nosotros, entonces, como los siervos del Evangelio, seremos bienaventurados!

"Las almas de los justos están en las manos de Dios" (Sb 3,1). La primera lectura, tomada del libro de la Sabiduría, habla de justos perseguidos, condenados injustamente a muerte. Pero aunque si su puerte – subraya el Autor sagrado – sucede en circunstancias humillantes y dolorosas tales que parecen una desgracia, en verdad para quienes tienen fe no es así: "ellos están en la paz" y, aun si sufrieron castigos a los ojos de los hombres, "su esperanza está llena de inmortalidad" (vv. 3-4). Es doloroso el alejamiento de los seres queridos, el acontecimiento de la muerte es un enigma lleno de inquietud, pero, para los creyentes, venga como venga, está siempre iluminado por la "esperanza de la inmortalidad". La fe nos sostiene en estos momentos humanamente llenos de tristeza y de malestar: "A tus hijos la vida no ha sido quitada, sino transformada – recuerda la liturgia –; y mientras se destruye la morada de este exilio terreno, se prepara una morada en el Cielo" (Prefacio de difuntos). Queridos hermanos y hermanas, sabemos bien y lo experimentamos en nuestro camino, que no faltan dificultades y problemas en esta vida, hay situaciones de sufrimiento y dolor, momentos difíciles que comprender y aceptar. Todo esto sin embargo adquiere valor y significado si se considera en la perspectiva de la eternidad. Cada prueba, de hecho, acogida con paciencia perseverante y ofrecida por el Reino de Dios, viene en nuestra ayuda espiritual ya aquí abajo, y sobre todo en la vida futura, en el Cielo. En este mundo estamos de paso, purificados en el crisol como el oro, afirma la Sagrada Escritura (cfr Sb 3,6). Misteriosamente asociados a la pasión de Cristo, podemos hacer de nuestra existencia una ofrenda agradable al Señor, un sacrificio voluntario de amor.

En el Salmo responsorial y después en la segunda lectura, tomada de la primera carta de san Pedro, encontramos como un eco a las palabras del libro de la Sabiduría. Mientras el Salmo 122, retomando el canto de los peregrinos que suben a la Ciudad santa y tras un largo camino llegan, llenos de alegría, a sus puertas, nos proyecta en el clima de fiesta del Paraíso, san Pedro nos exhorta, durante la peregrinación terrena, a tener viva en el corazón la perspectiva de la esperanza, de una "esperanza viva" (1,3). Frente al inevitable disolverse de la escena de este mundo – anota – se nos ha dado la promesa de una "heredad que no se corrompe, no se mancha y no se marchita" (v. 4), porque Dios nos ha regenerado, en su gran misericordia, "mediante la resurrección de Jesucristo de entre los muertos" (1,3). Este es el motivo por el que debemos estar "colmados de alegría", aunque estemos afligidos por varias penas. Si, de hecho, perseveramos en el bien, nuestra fe, purificada por muchas pruebas, resplandecerá un día en todo su fulgor y volverá en alabanza, gloria y honor nuestro cuando Jesús se manifieste en su gloria. Aquí está la razón de nuestra esperanza, que ya aquí nos hace exultar "de gloria indecible y gloriosa", mientras estamos en camino hacia la meta de nuestra fe: la salvación de las almas (cfr vv. 6-8).

Queridos hermanos y hermanas, con estos sentimientos queremos confiar a la Divina Misericordia a estos cardenales, arzobispos y obispos, junto con los que hemos trabajado en la viña del Señor. Definitivamente liberados de lo que queda en ellos de fragilidad humana, los acoja en Padre celeste en su Reino eterno y les conceda el premio prometido a los servidores buenos y fieles del Evangelio. Que les acompañe, son su solicitud maternal, la Virgen Santa, y les abra las puertas del Paraíso. Que la Virgen María nos ayude también a nosotros, aún caminantes por la tierra, a mantener fija la mirada hacia la patria que nos espera; nos anime a estar preparados "ceñidos vuestros lomos y con las lámparas encendidas" para acoger al Señor cuando "llegue y llame" (Lc 12,35-36). A cualquier hora y en cualquier momento. ¡Amen!

“Teología del corazón”, más que “teología de la razón”


Audiencia General del Papa en día 4



Queridos hermanos y hermanas,
en la última catequesis presenté las características principales de la teología monástica y de la teología escolástica del siglo XII, que podríamos llamar, en un cierto sentido, respectivamente, “teología del corazón” y “teología de la razón”. Entre los representantes de una y otra corriente teológica tuvo lugar un amplio debate, a veces encendido, simbólicamente representado por la controversia entre san Bernardo de Claraval y Abelardo.
Para comprender esta confrontación entre los dos grandes maestros, es bueno recordar que la teología es la búsqueda de una comprensión racional, en cuanto sea posible, del misterio de la Revelación cristiana, creídos por la fe: fides quaerens intellectum – la fe busca la inteligibilidad – por usar una definición tradicional, concisa y eficaz. Ahora, mientras que san Bernardo, típico representante de la teología monástica, pone el acento sobre la primera parte de la definición, es decir, en la fides - la fe, Abelardo, que es un escolástico, incide sobre la segunda parte, es decir, sobre el intellectus, sobre la comprensión por medio de la razón. Para Bernardo la fe misma está dotada de una íntima certeza fundada en el testimonio de la Escritura y en la enseñanza de los Padres de la Iglesia. La fe además se refuerza por el testimonio de los santos y por la inspiración del Espíritu Santo en el alma de cada creyente. En los casos de duda y de ambigüedad, la fe debe ser protegida e iluminada por el ejercicio del Magisterio eclesial. Así a Bernardo le cuesta ponerse de acuerdo con Abelardo, y más en general con aquellos que sometían las verdades de la fe al examen crítico de la razón; un examen que comportaba, en su opinión, un grave peligro, el intelectualismo, la relativización de la verdad, la puesta en discusión de las mismas verdades de la fe. En esta forma de proceder Bernardo veía una audacia llevada hasta la falta de escrúpulos, fruto del orgullo de la inteligencia humana, que pretende “capturar” el misterio de Dios. En una de sus cartas, dolorido, escribe así: “El ingenio humano se apodera de todo, no dejando ya nada a la fe. Se enfrenta a lo que está por encima de él, escruta lo que le es superior, irrumpe en el mundo de Dios, altera los misterios de la fe, más que iluminarlos; lo que está cerrado y sellado no lo abre, sino que lo erradica, y lo que no encuentra viable lo considera como nada, y rechaza creer en ello” (Epístola CLXXXVIII,1: PL 182, I, 353).
Para Bernardo la teología tiene un único fin: el de promover la experiencia viva e íntima de Dios. La teología es por tanto una ayuda para amar cada vez más y mejor al Señor, como recita el título del tratado sobre el Deber de amar a Dios (De diligendo Deo). En este camino, hay diversos grados, que Bernardo describe detalladamente, hasta el culmen, cuando el alma del creyente se embriaga en las cumbres del amor. El alma humana puede alcanzar ya en la tierra esa unión mística con el Verbo divino, unión que el Doctor Mellifluus describe como "bodas espirituales". El Verbo divino la visita, elimina las últimas resistencias, la ilumina, la inflama y la transforma. En esta unión mística, ésta goza de una gran serenidad y dulzura, y canta a su Esposo un himno de alegría. Como recordé en la catequesis dedicada a la vida y a la doctrina de san Bernardo, la teología para él no puede sino nutrirse de la oración contemplativa, en otras palabras, de la unión afectiva del corazón y de la mente con Dios.
Abelardo, que por otra parte es precisamente quien introdujo el termino “teología” en el sentido en que lo entendemos hoy, se pone en cambio en una perspectiva diversa. Nacido en Bretaña, en Francia, este famoso maestro del siglo XII estaba dotado de una inteligencia vivísima y su vocación era el estudio. Se ocupó primero de la filosofía, y después aplicó los resultados alcanzados en esta disciplina a la teología, de la que fue maestro en la ciudad más culta de la época, París, y sucesivamente en los monasterios en los que vivió. Era un orador brillante: sus lecciones eran seguidas por verdaderas y propias masas de estudiantes. De espíritu religioso pero de personalidad inquieta, su existencia fue rica en golpes de escena: rebatió a sus maestros, tuvo un hijo con una mujer culta e inteligente, Eloísa. Estuvo a menudo en polémica con sus colegas teológicos, sufrió también condenas eclesiásticas, aunque murió en plena comunión con la Iglesia, a cuya autoridad se sometió con espíritu de fe. Precisamente san Bernardo contribuyó a la condena de algunas doctrinas de Abelardo en el sínodo provincial de Sens de 1140, y solicitó también la intervención del Papa Inocencio II. El abad de Claraval rechazaba, como hemos recordado, el método demasiado intelectualista de Abelardo, que a sus ojos reducía la fe a una simple opinión desenganchada de la verdad revelada. Los temores de Bernardo no eran infundados, sino que eran compartidos, por lo demás, por otros grandes pensadores de su tiempo. Efectivamente, un uso excesivo de la filosofía hizo peligrosamente frágil la doctrina trinitaria de Abelardo, y así su idea de Dios. En el campo moral su enseñanza no estaba privada de ambigüedad: insistía en considerar la intención del sujeto como única fuente para describir la bondad o la malicia de los actos morales, descuidando así el significado objetivo y el valor moral de las acciones: un subjetivismo peligroso. Este es – como sabemos – un aspecto muy actual para nuestra época, en la que la cultura aparece a menudo marcada por una tendencia creciente al relativismo ético: sólo el yo decide qué es bueno para mí, en este momento. No hay que olvidar, con todo, los grandes méritos de Abelardo, que tuvo muchos discípulos y que contribuyó al desarrollo de la teología escolástica, destinada a expresarse de modo más maduro y fecundo en el siglo sucesivo. No deben minusvalorarse algunas de sus intuiciones, como por ejemplo cuando afirma que en las tradiciones religiosas no cristianas hay ya una preparación a la acogida de Cristo, Verbo divino.
¿Qué podemos aprender nosotros hoy, de la confrontación, de tonos a menudo encendidos, entre Bernardo y Abelardo, y, en general, entre la teología monástica y la escolástica? Ante todo creo que muestra la utilidad y la necesidad de una sana discusión teológica en la Iglesia, sobre todo cuando las cuestiones debatidas no han sido definidas por el Magisterio, el cual sigue siendo, con todo, un punto de referencia ineludible. San Bernardo, pero también el mismo Abelardo, reconocieron siempre sin dudarlo su autoridad. Además, las condenas que este último sufrió nos recuerdan que en el campo teológico debe haber un equilibrio entre los que podríamos llamar los principios arquitectónicos que nos han sido dados por la Revelación y que conservan por ello siempre una importancia prioritaria, y los interpretativos sugeridos por la filosofía, es decir, por la razón, y que tienen una función importante, pero sólo instrumental. Cuando este equilibrio entre la arquitectura y los instrumentos de interpretación disminuye, la reflexión teológica corre el riesgo de contaminarse con errores, y corresponde entonces al Magisterio el ejercicio de ese necesario servicio a la verdad que le es propio. Además, hay que subrayar que, entre las motivaciones que indujeron a Bernardo a ponerse contra Abelardo y a solicitar la intervención del Magisterio, estaba también la preocupación de salvaguardar a los creyentes sencillos y humildes, a los que hay que defender cuando corren el riesgo de ser confundidos o desviados por opiniones demasiado personales y por argumentaciones teológicas sin escrúpulos, que podrían poner en peligro su fe.
Quisiera recordar, finalmente, que la confrontación teológica entre Bernardo y Abelardo concluyó con una plena reconciliación entre ambos, gracias a la mediación de un amigo común, el abad de Cluny Pedro el Venerable, del que hablé en una de las catequesis anteriores. Abelardo mostró humildad en reconocer sus errores, Bernardo usó gran benevolencia. En ambos prevaleció lo que debe estar verdaderamente en el corazón cuando nace una controversia teológica, es decir, salvaguardar la fe de la Iglesia y hacer triunfar la verdad en la caridad. Que esta sea también hoy la actitud con la que hay confrontaciones en la Iglesia, teniendo siempre como meta la búsqueda de la verdad.