07 enero 2010

¿Quién perfila el rostro del hombre?

José Luis Restán


Dios que salva lo humano. Ése es el centro del magisterio de Benedicto XVI dirigido a los cristianos que a menudo nos enfangamos en problemas de estrategia y organización, pero también a los hombres que buscan a tientas en la niebla, que quizás maldicen, o que son presa de la última moda literaria que ataca frontalmente a Dios como enemigo del hombre.
Son los Saramago, Dawkins y Onfray haciendo el agosto en nuestras librerías de consumo masivo: el peor Nietzsche redivivo, pero sin la genialidad desesperada del filósofo alemán. El Papa lo sabe y baja a la arena.
En su discurso resumen del año a la Curia, el Papa evocaba su viaje a la República Checa diciendo que «tenemos que preocuparnos de que el hombre no arrincone la cuestión de Dios, cuestión esencial de su existencia, tenemos que preocuparnos de que acepte la cuestión y la nostalgia que en ella se esconde».
Además apuntaba que las personas que se consideran agnósticas o ateas sienten una lógica prevención cuando hablamos de una nueva evangelización, porque no quieren verse convertidas en objeto de misión, ni renunciar a su libertad de pensamiento y de voluntad.
Pero aun así, advierte Benedicto XVI, la cuestión sobre Dios sigue interpelándoles. Y recordando el espacio reservado en el templo de Jerusalén para que los gentiles pudiesen orar a un Dios que buscaban pero aún no conocían, ha planteado esta singular propuesta: «pienso que la Iglesia debería abrir también hoy una especie de "patio de los gentiles", donde los hombres puedan de algún modo engancharse con Dios, sin conocerle y antes de que hayan encontrado el acceso a su misterio, a cuyo servicio se encuentra la vida interior de la Iglesia».
Ahí queda esta propuesta, que no puede dejarnos indiferentes a la hora de plantear el modo de hacer presente la fe en este momento histórico.
Ya en la primera Misa del año nuevo el Papa ha pronunciado una originalísima y sugestiva homilía sobre el rostro de Dios y el rostro de los hombres. El rostro es la expresión por excelencia de la persona, ya que hace aflorar los sentimientos, pensamientos e intenciones del corazón.
Y aunque Dios es por naturaleza invisible, la Biblia se refiere continuamente a su rostro porque es un Dios que se revela, que dialoga con el hombre y se da a conocer, hasta llegar a tomar en Jesús un rostro humano. Y aquí se abre paso la gran cuestión que plantea el Papa, el corazón de su predicación navideña de este año: «¿pero quién, sino Dios, puede garantizar la profundidad del rostro del hombre?».
Imposible no recordar el memorable discurso ante la estatua de la Inmaculada, cuando habló de una convivencia social que nos hace ver sólo la superficie y perder la percepción de la profundidad de los rostros humanos que la componen, convirtiéndolos en objetos intercambiables y consumibles. Si el hombre silencia su sed de significado total, si censura su deseo de un abrazo que no acabe, de una justicia y una felicidad que no puede construir con sus propias fuerzas, entonces se vuelve epidermis, pura reacción, triste mecanismo del carpe diem.
Dios fuente y destino del hombre, pero también camino y recurso para su aventura histórica. «Quien tiene el corazón vacío no percibe más que imágenes planas, privadas de espesor... en cambio cuanto más estemos habitados por Dios estaremos en condiciones de detectar en el rostro del otro a un hermano, no un medio sino un fin, no un rival o un enemigo sino otro yo». ¡Impresionante, sencillo y profundo a la vez!
Como aguda y sustancial es la observación del Ángelus del pasado domingo, cuando retomó la indispensable cuestión de la esperanza ante un año difícil por tantas cosas. Sería estúpido apoyarla en las esotéricas profecías que pueblan espacios televisivos y anaqueles de grandes librerías, pero tampoco podemos sostenerla en las necesarias previsiones de los economistas ni en los proyectos de unos políticos cada vez más separados del sentir y de la experiencia constructiva del pueblo.
De nuevo resuena Spe Salvi, documento de cabecera para los cristianos de este turbulento comienzo de siglo: «Nuestra esperanza está en Dios, no en el sentido de una genérica religiosidad o de un fatalismo encubierto de fe. Nosotros confiamos en el Dios que en Jesucristo ha revelado de manera completa y definitiva su voluntad de estar con el hombre, de compartir su historia... Ésta es la gran esperanza que anima y a veces corrige nuestras esperanzas humanas».
Afortunadamente, ni la tierra es del viento (como dice algún vate de La Moncloa) ni la historia pertenece al mero juego de los poderes de este mundo. Es razonable tener esperanza porque la historia tiene un sentido, porque a través de tantos dramáticos meandros responde al designio del amor de Dios que ha llegado al impensable movimiento de hacerse carne y acampar entre nosotros.
Eso sí, ese designio divino no se cumple automáticamente sino que requiere la libre acogida de cada hombre y mujer. Por eso dice Benedicto XVI que 2010 será más o menos "bueno" no en función de que se den las mejores circunstancias que cada uno sueña, sino en la medida en que colaboremos con la gracia de Dios.
Menuda ducha fría para tantos vanos discursos de estas fechas, pero sobre todo qué respiro, qué canto a la libertad y al valor irreducible de cada vida humana. Qué certeza serena y razonable sobre el futuro. La que todos necesitan.

06 enero 2010

"Los Magos abrieron un camino a la Humanidad"

Misa en la Basílica Vaticana por la Solemnidad de la Epifanía

¡Queridos hermanos y hermanas!

Hoy, Solemnidad de la Epifanía, la gran luz que irradia desde la Gruta de Belén, a través de los Magos procedentes de Oriente, inunda a la humanidad entera. La primera lectura, tomada del Libro del profeta Isaías, y el pasaje del Evangelio de Mateo, que hemos escuchado hace poco, ponen una junto a otra la promesa y su cumplimiento, en esa tensión particular que se produce cuando se leen sucesivamente pasajes del Antiguo y del Nuevo Testamento. He ahí que aparece ante nosotros la espléndida visión del profeta Isaías, el cual, tras las humillaciones sufridas por el pueblo de Israel por parte de los poderes de este mundo, ve el momento en el que la gran luz de Dios, aparentemente sin poder e incapaz de proteger a su pueblo, surgirá sobre toda la tierra, de modo que los reyes de las naciones se inclinarán ante él, vendrán desde todos los confines de la tierra y depositarán a sus pies sus tesoros más precioso. Y el corazón del pueblo se estremecerá de alegría.

Resppecto a esta visión, la que nos presenta el evangelista Mateo parece pobre y andrajosa: nos parece imposible reconocer allí el cumplimiento de las palabras del profeta Isaías. De hecho, llegan a Belén no los poderosos y los reyes de la tierra, sino unos Magos, personajes desconocidos, quizás vistos con sospecha, en todo caso indignos de particular atención. Los habitantes de Jerusalén son informados de lo sucedido, pero no consideran necesario molestarse, y ni siquiera en Belén parece que haya alguien que se preocupe del nacimiento de este Niño, llamado por los Magos Rey de los Judíos, o de estos hombres venidos de Oriente que van a visitarle. Poco después, de hecho, cuando el rey Herodes dé a entender quién detenta efectivamente el poder obligando a la Sagrada Familia a huir a Egipto y ofreciendo una prueba de su crueldad con la masacre de los inocentes (cfr Mt 2,13-18), el episodio de los Magos parece haberse borrado y olvidado. Es por tanto comprensible que el corazón y el alma de los creyentes de todos los siglos hayan sido atraídos más por la visión del profeta que por el sobrio relato del evangelista, como atestiguan las representaciones de esta visita en nuestros belenes, donde aparecen los camellos, los dromedarios, los reyes poderosos de este mundo que se arrodillan ante el Niño y que depositan a sus pies sus dones en cofres preciosos. Pero conviene prestar mayor atención a lo que los dos textos nos comunican.

En realidad, ¿qué vio Isaías con su mirada profética? En un solo momento, él atisba una realidad destinada a marcar toda la historia. Pero también el acontecimiento que Mateo nos narra no es un breve episodio prescindible, que se cierra con la vuelta apresurada de los Magos a sus propias tierras. Al contrario, es un comienzo. Estos personajes procedentes de Oriente no son los últimos, sino los primeros de la gran procesión de aquellos que, a través de todas las épocas de la historia, saben reconocer el mensaje de la estrella, saben caminar por los caminos indicados por la Sagrada Escritura y saben encontrar, así, a Aquél que es aparentemente débil y frágil, pero que en cambio es capaz de dar la alegría más grande y más profunda al corazón del hombre. En Él, de hecho, se manifiesta la realidad estupenda de que Dios nos conoce y está cerca de nosotros, de que su grandeza y poder no se expresan en la lógica del mundo, sino en la lógica de un niño inerme, cuya fuerza es sólo la del amor que se nos confía. En el camino de la historia, hay siempre personas que son iluminadas por la luz de la estrella, que encuentran el camino y llegan a Él. Todas viven, cada una a su manera, la misma experiencia que los Magos.

Éstos trajeron oro, incienso y mirra. No son ciertamente dones que respondan a necesidades primarias o cotidianas. En aquel momento la Sagrada Familia habría tenido ciertamente mucha más necesidad de algo distinto que el incienso y la mirra, y tampoco el oro podía serle inmediatamente útil. Pero estos dones tienen un significado profundo: son un acto de justicia. De hecho, según la mentalidad vigente en aquel tiempo en Oriente, representan el reconocimiento de una persona como Dios y Rey: es decir, son un acto de sumisión. Quieren decir que desde aquel momento los donadores pertenecen al soberano y reconocen su autoridad. La consecuencia que deriva de ello es inmediata. Los Magos no pueden ya proseguir por su camino, no pueden ya volver a Herodes, ya no pueden ser ya aliados con aquel soberano poderoso y cruel. Han sido llevados para siempre al camino del Niño, la que les hará desentenderse de los grandes y los poderosos de este mundo y les llevará a Aquel que nos espera entre los pobres, el camino del amor que por sí solo puede transformar el mundo.

No sólo, por tanto, los Magos se han puesto en camino, sino que desde aquel acto ha comenzado algo nuevo, se ha trazado una nueva vía, ha bajado al mundo una nueva luz que no se ha apagado. La visión del profeta se realiza: esa luz no puede ya ser ignorada en el mundo: los hombres se moverán hacia aquel Niño y serán iluminados por la alegría que solo Él sabe dar. La luz de Belén sigue resplandeciendo en todo el mundo. A cuanto la acogen, san Agustín les recuerda: "También nosotros, reconociendo en Cristo a nuestro rey y sacerdote muerto por nosotros, lo honramos como si le hubiésemos ofrecido oro, incienso y mirra, nos falta sólo dar testimonio de él tomando un camino distinto del que hemos venido" (Sermo 202. In Epiphania Domini, 3,4).

Si leemos por tanto juntas la promesa del profeta Isaías y su cumplimiento en el Evangelio de Mateo en el gran contexto de toda la historia, parece evidente que lo que se nos dice, y lo que en el belén tratamos de reproducir, no es un sueño ni tampoco un vano juego de sensaciones y emociones, privadas de vigor y de realidad, sino que es la Verdad que se irradia en el mundo, a pesar de que Herodes parece siempre ser más fuerte y que ese Niño parezca que puede relegado entre aquellos que no tienen importancia, o incluso pisoteado. Pero solamente en ese Niño se manifiesta la fuerza de Dios, que reúne a los hombres de todos los tiempos, para que bajo su señorío recorran el camino del amor, que transfigura al mundo. Con todo, aunque los pocos de Belén se han convertido en muchos, los creyentes en Jesucristo parecen ser siempre pocos. Muchos han visto la estrella, pero son pocos los que han entendido su mensaje. Los estudiosos de la Escritura del tiempo de Jesús conocían perfectamente la palabra de Dios. Estaban en grado de decir sin dificultad alguna qué se podía encontrar en ella sobre el lugar en el que el Mesías habría de nacer, pero, como dice san Agustín: "les sucedió como a los hitos (que indican el camino) se quedaron inertes e inmóviles " (Sermo 199. In Epiphania Domini, 1,2).

Podemos entonces preguntarnos: ¿cuál es la razón por las que unos ven y encuentren, y otros no? ¿Qué es lo que abre los ojos y el corazón? ¿Qué les falta a aquellos que permanecen indiferentes, a aquellos que indican el camino pero no se mueven? Podemos responder: la demasiada seguridad en sí mismos, la pretensión de conocer perfectamente la realidad, la presunción de haber ya formulado un juicio definitivo sobre las cosas volviendo cerrados e insensibles sus corazones a la novedad de Dios. Están seguros de la idea que se han hecho del mundo y no se dejan ya conmover en lo profundo por la aventura de un Dios que quiere encontrarles. Ponen su confianza más en sí mismos que en Él y no consideran posible que Dios sea tan grande que pueda hacerse pequeño, que se pueda acercar verdaderamente a nosotros.

Al final, lo que falta es la humildad auténtica, que sabe someterse a lo que es más grande, pero también el auténtico valor, que lleva a creer a lo que es verdaderamente grande, aunque se manifieste en un Niño inerme. Falta la capacidad evangélica de ser niños en el corazón, de asombrarse, y de salir de sí para encaminarse en el camino que indica la estrella, el camino de Dios. El Señor sin embargo tiene el poder de hacernos capaces de ver y de salvarnos. Queramos, entonces, pedirle a Él que nos dé un corazón sabio e inocente, que nos consienta ver la estrella de su misericordia, nos encamine en su camino, para encontrarle y ser inundados por la gran luz y por la verdadera alegría que él ha traído a este mundo. Amén.

Los Magos de Oriente, modelos del verdadero sabio

Hoy durante el rezo del Ángelus

 

¡Queridos hermanos y hermanas!

Celebramos hoy la gran fiesta de la Epifanía, el misterio de la Manifestación del Señor a todas las gentes, representadas por los Magos, venidos de Oriente para adorar al Rey de los Judíos (cfr Mt 2,1-2). El evangelista Mateo, que relata el acontecimiento, subraya que éstos llegaron a Jerusalén siguiendo una estrella, avistada en su surgimiento e interpretada como signo del nacimiento del Rey anunciado por los profetas, o sea, el Mesías. Llegados sin embargo a Jerusalén, los Magos necesitaron las indicaciones de los sacerdotes y de los escribas para conocer exactamente el lugar a donde dirigirse, es decir, Belén, la ciudad de David (cfr Mt 2,5-6; Mi 5,1). La estrella y las Sagradas Escrituras fueron las dos luces que guiaron el camino de los Magos, los cuales aparecen como modelos de los auténticos buscadores de la verdad.

Éstos eran unos sabios, que escrutaban los astros y conocían la historia de los pueblos. Eran hombres de ciencia en un sentido amplio, que observaban el cosmos considerándolo casi un gran libro lleno de signos y de mensajes divinos para el hombre. Su saber, por tanto, lejos de considerarse autosuficiente, estaba abierto a ulteriores revelaciones y llamadas divinas. De hecho, no se avergüenzan de pedir instrucciones a los jefes religiosos de los judíos. Habrían podido decir: hagámoslo solos, no necesitamos a nadie, evitando, según nuestra mentalidad actual, toda "contaminación" entre la ciencia y la Palabra de Dios. En cambio los Magos escuchan las profecías y las acogen; y, apenas se vuelven a poner en camino hacia Belén, ven nuevamente la estrella, casi como confirmación de una perfecta armonía entre la búsqueda humana y la Verdad divina, una armonía que llenó de alegría sus corazones de auténticos sabios (cfr Mt 2,10). El culmen de su itinerario de búsqueda fue cuando se encontraron ante "el niño con María su madre" (Mt 2,11). Dice el Evangelio que "postrándose le adoraron". Habrían podido quedarse desilusionados, es más, escandalizados. En cambio, como verdaderos sabios, se abrieron al misterio que se manifiesta de modo sorprendente; y con sus dones simbólicos demostraron que reconocían en Jesús al Rey y al Hijo de Dios. Precisamente en ese gesto se cumplen los oráculos mesiánicos que anuncian el homenaje de las naciones al Dios de Israel.

Un último detalle confirma, en los Magos, la unidad entre inteligencia y fe: es el hecho de que "advertidos en sueños de que no volvieran a Herodes, volvieron a su tierra por otro camino" (Mt 2,12). Habría sido natural volver a Jerusalén, al palacio de Herodes y al Templo, para proclamar su descubrimiento. En cambio, los Magos, que han elegido como soberano al Niño, lo custodian escondiéndolo, según el estilo de María, o mejor de Dios mismo, y tal como habían aparecido, desaparecieron en el silencio, apagados, pero también cambiados tras el encuentro con la Verdad. Habían descubierto un nuevo rostro de Dios, una nueva realeza: la del amor. Que nos ayude la Virgen María, modelo de verdadera sabiduría, a ser auténticos buscadores de la verdad de Dios, capaces de vivir siempre la profunda sintonía que hay entre la razón y la fe, entre la ciencia y la revelación.

05 enero 2010

Por qué me convertí al catolicismo


G. K. Chesterton


Aunque sólo hace algunos años que soy católico, sé sin embargo que el problema "por qué soy católico" es muy distinto del problema "por qué me convertí al catolicismo". Tantas cosas han motivado mi conversión y tantas otras siguen surgiendo después... Todas ellas se ponen en evidencia solamente cuando la primera nos da el empujón que conduce a la conversión misma. Todas son también tan numerosas y tan distintas las unas de las otras, que, al cabo, el motivo originario y primordial puede llegar a parecernos casi insignificante y secundario.
La "confirmación" de la fe, vale decir, su fortalecimiento y afirmación, puede venir, tanto en el sentido real como en el sentido ritual, después de la conversión. El convertido no suele recordar más tarde de qué modo aquellas razones se sucedían las unas a las otras. Pues pronto, muy pronto, este sinnúmero de motivos llega a fundirse para él en una sola y única razón.
Existe entre los hombres una curiosa especie de agnósticos, ávidos escudriñadores del arte, que averiguan con sumo cuidado todo lo que en una catedral es antiguo y todo lo que en ella es nuevo. Los católicos, por el contrario, otorgan más importancia al hecho de si la catedral ha sido reconstruida para volver a servir como lo que es, es decir, como catedral. ¡Una catedral! A ella se parece todo el edificio de mi fe; de esta fe mía que es demasiado grande para una descripción detallada; y de la que, sólo con gran esfuerzo, puedo determinar las edades de sus distintas piedras.
A pesar de todo, estoy seguro de que lo primero que me atrajo hacia el catolicismo, era algo que, en el fondo, debería más bien haberme apartado de él. Estoy convencido también de que varios católicos deben sus primeros pasos hacia Roma a la amabilidad del difunto señor Kensit. El señor Kensit, un pequeño librero de la City, conocido como protestante fanático, organizó en 1898 una banda que, sistemáticamente, asaltaba las iglesias ritualistas y perturbaba seriamente los oficios. El señor Kensit murió en 1902 a causa de heridas recibidas durante uno de esos asaltos. Pronto la opinión pública se volvió contra él, clasificando como "Kensitite Press" a los peores panfletos antirreligiosos publicados en Inglaterra contra Roma, panfletos carentes de todo juicio sano y de toda buena voluntad.
Recuerdo especialmente ahora estos dos casos: unos autores serios lanzaban graves acusaciones contra el catolicismo, y, cosa curiosa, lo que ellos condenaban me pareció algo precioso y deseable.
En el primer caso --creo que se trataba de Horton y Hocking-- se mencionaba con estremecido pavor, una terrible blasfemia sobre la Santísima Virgen de un místico católico que escribía: "Todas las criaturas deben todo a Dios; pero a Ella, hasta Dios mismo le debe algún agradecimiento". Esto me sobresaltó como un son de trompeta y me dije casi en alta voz: "¡Qué maravillosamente dicho!" Me parecía como si el inimaginable hecho de la Encarnación pudiera con dificultad hallar expresión mejor y más clara que la sugerida por aquel místico, siempre que se la sepa entender.
En el segundo caso, alguien del diario "Daily News" (entonces yo mismo era todavía alguien del "Daily News"), como ejemplo típico del "formulismo muerto" de los oficios católicos, citó lo siguiente: un obispo francés se había dirigido a unos soldados y obreros cuyo cansancio físico les volvía dura la asistencia a Misa, diciéndoles que Dios se contentaría con su sola presencia, y que les perdonaría sin duda su cansancio y su distracción. Entonces yo me dije otra vez a mi mismo: "¡Qué sensata es esa gente! Si alguien corriera diez leguas para hacerme un gusto a mi, yo le agradecería muchísimo, también, que se durmiera enseguida en mi presencia".
Junto con estos dos ejemplos, podría citar aún muchos otros procedentes de aquella primera época en que los inciertos amagos de mi fe católica se nutrieron casi con exclusividad de publicaciones anticatólicas. Tengo un claro recuerdo de lo que siguió a estos primeros amagos. Es algo de lo cual me doy tanta más cuenta cuanto más desearía que no hubiese sucedido. Empecé a marchar hacia el catolicismo mucho antes de conocer a aquellas dos personas excelentísimas a quienes, a este respecto, debo y agradezco tanto: al reverendo Padre John O'Connor de Bradford y al señor Hilaire Belloc; pero lo hice bajo la influencia de mi acostumbrado liberalismo político; lo hice hasta en la madriguera del "Daily News".
Este primer empuje, después de debérselo a Dios, se lo debo a la historia y a la actitud del pueblo irlandés, a pesar de que no hay en mí ni una sola gota de sangre irlandesa. Estuve solamente dos veces en Irlanda y no tengo ni intereses allí ni sé gran cosa del país. Pero ello no me impidió reconocer que la unión existente entre los diferentes partidos de Irlanda se debe en el fondo a una realidad religiosa; y que es por esta realidad que todo mi interés se concentraba en ese aspecto de la política liberal. Fui descubriendo cada vez con mayor nitidez, enterándome por la historia y por mis propias experiencias, cómo, durante largo tiempo se persiguió por motivos inexplicables a un pueblo cristiano, y todavía sigue odiándosele. Reconocí luego que no podía ser de otra manera, porque esos cristianos eran profundos e incómodos como aquellos que Nerón hizo echar a los leones.
Creo que estas mis revelaciones personales evidencian con claridad la razón de mi catolicismo, razón que luego fue fortificándose. Podría añadir ahora cómo seguí reconociendo después, que a todos los grandes imperios, una vez que se apartaban de Roma, les sucedía precisamente lo mismo que a todos aquellos seres que desprecian las leyes o la naturaleza: tenían un leve éxito momentáneo, pero pronto experimentaban la sensación de estar enlazados por un nudo corredizo, en una situación de la que ellos mismos no podían librarse.
En Prusia hay tan poca perspectiva para el prusianismo, como en Manchester para el individualismo manchesteriano. Todo el mundo sabe que a un viejo pueblo agrario, arraigado en la fe y en las tradiciones de sus antepasados, le espera un futuro más grande o por lo menos más sencillo y más directo que a los pueblos que no tienen por base la tradición y la fe. Si este concepto se aplicase a una autobiografía, resultaría mucho más fácil escribirla que si se escudriñasen sus distintas evoluciones; pero el sistema sería egoísta. Yo prefiero elegir otro método para explicar breve pero completamente el contenido esencial de mi convicción: no es por falta de material que actúo así, sino por la dificultad de elegir lo más apropiado entre todo ese material numeroso. Sin embargo trataré de insinuar uno o dos puntos que me causaron una especial impresión.
Hay en el mundo miles de modos de misticismo capaces de enloquecer al hombre. Pero hay una sola manera entre todas de poner al hombre en un estado normal. Es cierto que la humanidad jamás pudo vivir un largo tiempo sin misticismo. Hasta los primeros sones agudos de la voz helada de Voltaire encontraron eco en Cagliostro. Ahora la superstición y la credulidad han vuelto a expandirse con tan vertiginosa rapidez, que dentro de poco el católico y el agnóstico se encontrarán lado a lado. Los católicos serán los únicos que, con razón, podrán llamarse racionalistas. El mismo culto idolátrico por el misterio empezó con la decadencia de la Roma pagana a pesar de los "intermezzos" de un Lucrecio o de un Lucano.
No es natural ser materialista ni tampoco el serlo da una impresión de naturalidad. Tampoco es natural contentarse únicamente con la naturaleza. El hombre, por lo contrario, es místico. Nacido como místico, muere también como místico, sobre todo si en vida ha sido un agnóstico. Mientras que todas las sociedades humanas consideran la inclinación al misticismo como algo extraordinario, tengo yo que objetar, sin embargo, que una sola sociedad entre ellas, el catolicismo, tiene en cuenta las cosas cotidianas. Todas las otras las dejan de lado y las menosprecian.
Un célebre autor publicó una vez una novela sobre la contraposición que existe entre el convento y la familia (The Cloister and the hearth). En aquel tiempo, hace 50 años, era realmente posible en Inglaterra imaginar una contradicción entre esas dos cosas. Hoy en día, la así llamada contradicción, llega a ser casi un estrecho parentesco. Aquellos que en otro tiempo exigían a gritos la anulación de los conventos, destruyen hoy sin disimulo la familia. Este es uno de los tantos hechos que testimonian la verdad siguiente: que en la religión católica, los votos y las profesiones más altas y "menos razonables" --por decirlo así-- son, sin embargo, los que protegen las cosas mejores de la vida diaria.
Muchas señales místicas han sacudido el mundo. Pero una sola revolución mística lo ha conservado: el santo está al lado, lo superior es el mejor amigo de lo bueno. Toda otra aparente revelación se desvía al fin hacia una u otra filosofía indigna de la humanidad; a simplificaciones destructoras; al pesimismo, al optimismo, al fatalismo, a la nada y otra vez a la nada; al "nonsense", a la insensatez.
Es cierto que todas las religiones contienen algo bueno. Pero lo bueno, la quinta esencia de lo bueno, la humildad, el amor y el fervoroso agradecimiento "realmente existente" hacia Dios, no se hallan en ellas. Por más que las penetremos, por más respeto que les demostremos, con mayor claridad aún reconoceremos también esto: en lo más hondo de ellas hay algo distinto de lo puramente bueno; hay a veces dudas metafísicas sobre la materia, a veces habla en ellas la voz fuerte de la naturaleza; otras, y esto en el mejor de los casos, existe un miedo a la Ley y al Señor.
Si se exagera todo esto, nace en las religiones una deformación que llega hasta el diabolismo. Sólo pueden soportarse mientras se mantengan razonables y medidas. Mientras se estén tranquilas, pueden llegar a ser estimadas, como sucedió con el protestantismo victoriano. Por el contrario, la más exaltación por la Santísima Virgen o la más extraña imitación de San Francisco de Asís, seguirían siendo, en su quintaesencia, una cosa sana y sólida. Nadie negará por ello su humanismo, ni despreciará a su prójimo.
Lo que es bueno, jamás podrá llegar a ser DEMASIADO bueno. Esta es una de las características del catolicismo que me parece singular y universal a la vez. Esta otra la sigue: Sólo la Iglesia Católica puede salvar al hombre ante la destructora y humillante esclavitud de ser hijo de su tiempo. El otro día, Bernard Shaw expresó el nostálgico deseo de que todos los hombres vivieran trescientos años en civilizaciones más felices. Tal frase nos demuestra cómo los santurrones sólo desean --como ellos mismos dicen-- reformas prácticas y objetivas. Ahora bien: esto se dice con facilidad; pero estoy absolutamente convencido de lo siguiente: si Bernard Shaw hubiera vivido durante los últimos trescientos años, se habría convertido hace ya mucho tiempo al catolicismo. Habría comprendido que el mundo gira siempre en la misma órbita y que poco se puede confiar en su así llamado progreso. Habría visto también cómo la Iglesia fue sacrificada por una superstición bíblica, y la Biblia por una superstición darwinista. Y uno de los primeros en combatir estos hechos hubiera sido él. Sea como fuere, Bernard Shaw deseaba para cada uno una experiencia de trescientos años. Y los católicos, muy al contrario de todos los otros hombres, tienen una experiencia de diecinueve siglos.
Una persona que se convierte al catolicismo, llega, pues, a tener de repente dos mil años. Esto significa, si lo precisamos todavía más, que una persona, al convertirse, crece y se eleva hacia el pleno humanismo. Juzga las cosas del modo como ellas conmueven a la humanidad, y a todos los países y en todos los tiempos; y no sólo según las últimas noticias de los diarios Si un hombre moderno dice que su religión es el espiritualismo o el socialismo, ese hombre vive íntegramente en el mundo más moderno posible, es decir, en el mundo de los partidos. El socialismo es la reacción contra el capitalismo, contra la insana acumulación de riquezas en la propia nación. Su política resultaría del todo distinta si se viviera en Esparta o en el Tibet. El espiritualismo no atraería tampoco tanto la atención si no estuviese en contradicción deslumbrante con el materialismo extendido en todas partes. Tampoco tendría tanto poder si se reconocieran más los valores sobrenaturales. Jamás la superstición ha revolucionado tanto el mundo como ahora.
Sólo después que toda una generación declaró dogmáticamente y una vez por todas, la IMPOSIBILIDAD de que haya espíritus, la misma generación se dejó asustar por un pobre, pequeño espíritu. Estas supersticiones son invenciones de su tiempo --podría decirse en su excusa--. Hace ya mucho, sin embargo, que la Iglesia Católica probó no ser ella una invención de su tiempo: es la obra de su Creador, y sigue siendo capaz de vivir lo mismo en su vejez que en su primera juventud: y sus enemigos, en lo más profundo de sus almas, han perdido ya la esperanza de verla morir algún día.

04 enero 2010

Carta del Prelado del Opus Dei

Enero 2010


Queridísimos:
¡Que Jesús me guarde a mis hijas y a mis hijos!Durante los días pasados, la Iglesia nos ha invitado a recorrer una y otra vez el camino de Belén, para adorar y dar gracias a Jesucristo. Todo ha girado en torno a Él, en esta primera semana del tiempo de Navidad. Los demás personajes de la escena —la Virgen y San José, en primer lugar—, quedaban en un segundo plano, porque el Protagonista principal es Nuestro Señor, el Hijo eterno del Padre —Luz de Luz, Dios verdadero de Dios verdadero—, que se ha hecho verdadero hombre por nosotros y por nuestra salvación. Ahora, al comenzar el nuevo año, se nos invita a fijarnos en los otros personajes de la Navidad; en la Virgen María, en primerísimo lugar; y, junto a Ella, inseparable de Ella, en San José.Hoy, Solemnidad de Santa María, Madre de Dios, se nos llena el alma de admiración y de gozo, al dirigir a Nuestra Señora esta invocación, raíz de todas las gracias con que el Omnipotente enriqueció a la que, desde la eternidad, había elegido como Madre de su Hijo, según la naturaleza humana. Por ese título, fue concebida inmaculada y está llena de gracia, es siempre virgen, subió en cuerpo y alma a los cielos, ha sido coronada como Reina de la creación entera, por encima de los ángeles y de los santos. Más que Ella, sólo Dios[1]. Así lo ha querido el Señor, así lo enseña la Iglesia, así lo creemos los cristianos. No hay peligro de exagerar, escribe San Josemaría. Nunca profundizaremos bastante en este misterio inefable; nunca podremos agradecer suficientemente a Nuestra Madre esta familiaridad que nos ha dado con la Trinidad Beatísima[2].Hoy se nos presenta una ocasión estupenda para dar un nuevo impulso a nuestro trato filial con la Virgen y agradecerle su desvelo materno por nosotros. María conduce siempre a Jesús, como les sucedió a aquellos personajes del Oriente, los Reyes Magos, a quienes una estrella acompañó hasta Belén para adorar al Mesías que acababa de nacer. ¿Y dónde lo encontraron? San Mateo lo refiere con enorme sencillez: entrando en la casa, vieron al niño con María, su madre, y postrándose le adoraron; luego, abrieron sus cofres y le ofrecieron presentes: oro, incienso y mirra[3]. ¿Nos empeñamos en ser más de María, para pertenecer enteramente a Dios? ¿Repetimos con sinceridad aquellas palabras que pronunciaba nuestro Padre: ¡Madre de Dios y Madre nuestra!?La segunda parte de la Navidad, que hoy comenzamos, sin dejar de seguir centrada en Jesús, nos presenta las consecuencias de la encarnación y nacimiento del Señor. De modos diversos, se nos recuerda que Dios ha tomado nuestra naturaleza para que todos los hombres y mujeres lleguen a ser hijos e hijas de Dios. Así se resume la nueva que —según el anuncio de los ángeles a los pastores— era para todo el pueblo[4]; no sólo se dirigía a la casa de Israel, sino a la humanidad entera, a la que Dios ha querido convocar en la Iglesia, Cuerpo místico de Cristo. Lo había anunciado el profeta, muchos siglos antes, cuando escribió: ¡Levántate, resplandece, que llega tu luz, y la gloria del Señor amanece sobre ti! Mira que las tinieblas cubren la tierra, y la oscuridad, los pueblos, pero sobre ti amanece el Señor, sobre ti aparece su gloria. Las naciones caminarán a tu luz, los reyes, al resplandor de tu aurora. Alza tus ojos y mira alrededor: todos ellos se congregan, vienen a ti. Tus hijos vienen de lejos, tus hijas abrazadas a su costado. Entonces, mirarás y te pondrás radiante, palpitará y se ensanchará tu corazón, pues la abundancia del mar se volcará sobre ti, llegará a ti la riqueza de las naciones. Te cubrirá una multitud de camellos, dromedarios de Madián y Efá, todos vendrán de Sabá cargados de oro e incienso, y pregonando alabanzas al Señor[5].Esta profecía se cumplió «cuando los tres Magos, llamados desde un país lejano, fueron conducidos por una estrella para conocer y adorar al Rey del cielo y de la tierra. La docilidad de esta estrella —explica San León Magno— nos invita a imitar su obediencia y a hacernos también, en la medida de nuestras posibilidades, los servidores de esta gracia que llama a todos los hombres a Cristo»[6].La Epifanía nos habla de la fiesta de la humanidad entera, pues manifiesta que todos los pueblos y naciones quedan convocados a formar parte del Pueblo de Dios; e, inseparablemente, se alza como una llamada al sentido de responsabilidad de los cristianos, con quienes el Señor desea contar para que lleven hasta el extremo de la tierra la buena nueva. Como explica el Papa San León, «animados por este celo, debéis aplicaros a ser útiles los unos a los otros, a fin de brillar como hijos de la luz (cfr. Ef 5, 8) en el reino de Dios, al que se llega por la fe recta y las buenas obras»[7].Han transcurrido veinte siglos desde que ese misterio fue revelado y realizado en Cristo, pero aún no se ha cumplido plenamente[8], señala el Romano Pontífice. La misión de la Iglesia continúa realizándose hasta el final de los siglos, porque cada época histórica, cada país, cada nueva generación, ha de ser conducida a Cristo. La escena de la Epifanía resulta perennemente actual. Ante este panorama, Benedicto XVI se pregunta: ¿en qué sentido, hoy, Cristo es aún lumen gentium, luz de los pueblos? ¿En qué punto se encuentra —si se puede hablar así— este itinerario universal de los pueblos hacia Él? ¿Está en una fase de progreso o de retroceso? Y también: ¿quiénes son hoy los Magos? ¿Cómo podemos interpretar, pensando en el mundo actual, a estos misteriosos personajes evangélicos?[9].La respuesta a estas preguntas se halla en manos de cada cristiano. Todo depende de la gracia de Dios; y, al mismo tiempo, todo depende de la correspondencia de los seguidores de Cristo, que hemos de continuar el surco trazado por Nuestro Señor y hecho más hondo por las sucesivas generaciones de fieles, desde los Apóstoles y las mujeres de la primera hora hasta los tiempos actuales. ¿No os llena de alegría considerar que el Señor cuenta con cada una y con cada uno de nosotros, a pesar de nuestra personal debilidad, para anunciar el Evangelio hasta los confines de la tierra?En la actualidad resulta prioritario impregnar con la doctrina de Cristo algunos ámbitos particulares. Pienso sobre todo en las tareas de los gobernantes, de los científicos e investigadores, de los profesionales de la opinión pública, etc.; pero todos los hombres y mujeres tienen —tenemos— necesidad de escuchar la voz del Señor y de seguirla. Para esto es preciso pedir a Dios —con humildad, con insistencia, con confianza— que abra a su luz las inteligencias y los corazones. También hoy muchos y muchas han de poder decir: hemos visto su estrella en el Oriente y hemos venido a adorarle[10]. Y lo manifestarán si los que creemos en Cristo nos acercamos a ellos con sincera amistad, impregnada de caridad y comprensión, de simpatía también humana, avalada por la oración y el sacrificio; y también con agradecimiento por el bien que realizan.Lo que maravilla en la actitud de los Magos —comenta Benedicto XVI—,es que se postraron en adoración ante un simple niño en brazos de su madre, no en el marco de un palacio real, sino en la pobreza de una cabaña en Belén (cfr. Mt 2, 11). ¿Cómo fue posible? ¿Qué convenció a los Magos de que aquel niño era "el rey de los judíos" y el rey de los pueblos? Ciertamente los persuadió la señal de la estrella, que habían visto "al salir", y que se había parado precisamente encima de donde estaba el Niño (cfr. Mt 2, 9). Pero tampoco habría bastado la estrella, si los Magos no hubieran sido personas íntimamente abiertas a la verdad. A diferencia del rey Herodes, obsesionado por sus deseos de poder y riqueza, los Magos se pusieron en camino hacia la meta de su búsqueda, y cuando la encontraron, aunque eran hombres cultos, se comportaron como los pastores de Belén: reconocieron la señal y adoraron al Niño, ofreciéndole los dones preciosos y simbólicos que habían llevado consigo[11].Insistamos en considerar que Nuestro Señor se dirige a todos los hombres, para que vengan a su encuentro, para que sean santos. No llama sólo a los Reyes Magos, que eran sabios y poderosos; antes había enviado a los pastores de Belén, no ya una estrella, sino uno de sus ángeles (cfr. Lc 2, 9). Pero, pobres o ricos, sabios o menos sabios, han de fomentar en su alma la disposición humilde que permite escuchar la voz de Dios[12].Ésta es la tarea del cristiano que desea ser coherente con su vocación: mostrar a Cristo a los demás, ser altavoz —primero con el ejemplo, pero también con la palabra oportuna— de las enseñanzas de la Iglesia, especialmente en los temas más debatidos en la opinión pública: el respeto a la vida humana en todas sus fases; el deber de procurar que las leyes civiles fomenten y protejan la verdadera naturaleza de la familia establecida por el Creador, basada sobre el matrimonio indisoluble de un hombre con una mujer, abierta a la vida; el derecho a elegir para los hijos un modelo educativo que responda al ideario espiritual y moral de cada uno, etc.No penséis, sin embargo, que esta labor está reservada a quienes trabajan o se mueven directamente en esos ambientes. Como os mencioné recientemente, tomando un pensamiento de nuestro Padre, a sumar se comienza por uno, y después se añade otro, y otro... Es eficacísimo el apostolado personal de cada uno en el ámbito donde habitualmente se desenvuelve su existencia ordinaria. Por eso, conviene que nos detengamos, en el examen de conciencia, sobre cómo hemos sabido ayudar a las almas para que se avecinen a Dios: qué oración, qué sacrificios, cuántas horas de trabajo bien acabado hemos ofrecido, qué conversaciones hemos mantenido —oralmente, por escrito, aprovechando todos los medios a nuestro alcance— con amigos, parientes, compañeros, conocidos. Y hablemos de esta santa preocupación en la dirección espiritual personal, para que nos ayuden e impulsen en el apostolado, que es deber de todo cristiano.Pocos días después de la Epifanía celebramos la fiesta del Bautismo del Señor. Si la manifestación del Mesías a los Magos preanunciaba el designio salvífico universal de Dios, en el Bautismo del Jordán ese designio comienza ya a cumplirse. Como explican los Padres de la Iglesia, «el Salvador, con el misterio de su bautismo, consagró las aguas de todas las fuentes»[13]. A partir de ese momento, convertida en instrumento y signo de santificación, el agua bautismal, con la eficacia que le confiere la invocación de la Santísima Trinidad, tiene en sí la virtud de perdonar todos los pecados.La epifanía es un misterio que guarda muchas facetas. La liturgia recuerda la manifestación de Cristo no sólo a los Magos o durante su Bautismo en el Jordán, sino también en Caná de Galilea, cuando convierte el agua en vino. Este año, en el evangelio del segundo domingo del Tiempo ordinario, se destaca la figura de la Madre de Jesús[14]. Con su intercesión en favor de los hombres, María "obliga" en cierto modo a Jesús a adelantar "la hora" de su manifestación mesiánica, favoreciendo así la fe de los primeros discípulos. Acudamos a Ella para que despierte también nuestra fe, frente a los desafíos apostólicos —¡maravillosos desafíos!— en los que los cristianos estamos metidos.Escuchemos la recomendación de nuestro Padre: Si nuestra fe es débil, acudamos a María. Por el milagro de las bodas de Caná, que Cristo realizó a ruegos de su Madre, creyeron en Él sus discípulos (Jn 2, 11). Nuestra Madre intercede siempre ante su Hijo para que nos atienda y se nos muestre, de tal modo que podamos confesar: Tú eres el Hijo de Dios.— ¡Dame, oh Jesús, esa fe, que de verdad deseo! Madre mía y Señora mía, María Santísima, ¡haz que yo crea![15].Dentro de pocas fechas es un nuevo aniversario del nacimiento de San Josemaría. Hablando de modo humano, resulta lógico que tratemos de ofrecerle algún obsequio; ¿y qué mejor "regalo" que el deseo de acrecentar nuestro afán apostólico, con obras concretas que manifiesten ese celo por la salvación de las almas, que Jesucristo ha encendido en nuestro corazón? Luego, mediado ya el mes de enero, el tradicional octavario de oración por la unidad de los cristianos nos brindará una nueva ocasión para pedir al Paráclito que los esfuerzos ecuménicos del Santo Padre Benedicto XVI —y, con él, de todos los cristianos— obtengan el fruto deseado.Gracias a Dios, el incidente que sufrió el Papa en la noche de Navidad no ha tenido consecuencias. En una visión de fe, hemos de considerarlo como una llamada de la Providencia, para que nuestra oración por el Romano Pontífice sea más constante y más intensa.Mis intenciones siguen siendo muy numerosas. Vayamos todos a una en este año que comienza, con unidad de oración y de intenciones, para que el Señor, por la intercesión de su Santísima Madre, nos conceda todo lo que le pedimos.Días atrás, por varios motivos, he podido acercarme a Suiza. Como siempre, he viajado con todas y con todos. Tuve la oportunidad de rezar en Einsiedeln, lugar mariano que visitó muchas veces San Josemaría y también el queridísimo don Álvaro. A los pies de la Virgen puse fuertemente vuestra vida, para que queramos y sepamos transformarla en Opus Dei, ofrecida a Dios con una sinceridad continuada.
Con todo cariño, os bendice vuestro Padre + Javier
Roma, 1 de enero de 2010.
[1] San Josemaría, Amigos de Dios, n. 276.[2] Ibid.[3] Mt 2, 11.[4] Lc 2, 10.[5] Is 60, 1-6.[6] San León Magno, Homilías sobre la Epifanía 3, 5 (PL 54, 244).[7] Ibid.[8] Benedicto XVI, Homilía en la solemnidad de la Epifanía, 6-I-2007.[9] Ibid.[10] Mt 2, 2.[11] Benedicto XVI, Homilía en la solemnidad de la Epifanía, 6-I-2007.[12] San Josemaría, Es Cristo que pasa, n. 33.[13] San Máximo de Turín, Homilía 13 A, 3 (CCL 23, 46).[14] Cfr. Misal Romano, Domingo II del Tiempo ordinario (C), Evangelio (Jn 2, 1-11).[15] San Josemaría, Santo Rosario, Comentario al segundo misterio de luz.
Con motivo de la "gran perdonanza"

Mensaje del Papa para el Año Santo Compostelano




A Mons. Julián Barrio Barrio Arzobispo de Santiago de Compostela
1. Con ocasión de la apertura de la Puerta Santa, que da comienzo al Jubileo Compostelano de 2010, hago llegar un cordial saludo a Vuestra Excelencia y a los participantes en esa significativa ceremonia, así como a los pastores y fieles de esa Iglesia particular, que por su vinculación inmemorial con el Apóstol Santiago hunde sus raíces en el Evangelio de Cristo, ofreciendo este tesoro espiritual a sus hijos y a los peregrinos de Galicia, de otras partes de España, de Europa y de los más lejanos rincones del mundo.
Con este acto solemne, se abre un tiempo especial de gracia y de perdón, de la "gran perdonanza", como dice la tradición. Una oportunidad particular para que los creyentes recapaciten sobre su genuina vocación a la santidad de vida, se impregnen de la Palabra de Dios, que ilumina e interpela, y reconozcan a Cristo, que sale a su encuentro, les acompaña en las vicisitudes de su caminar por el mundo y se entrega a ellos personalmente, sobre todo en la Eucaristía. Pero también los que no tienen fe, o tal vez la han dejado marchitar, tendrán una ocasión singular para recibir el don de "Aquel que ilumina a todos los hombres para que puedan tener finalmente vida" (Lumen gentium, 16).
2. Santiago de Compostela se distingue desde tiempos remotos por ser meta eminente de peregrinos, cuyos pasos han marcado un Camino que lleva el nombre del Apóstol, hasta cuyo sepulcro acuden gentes especialmente de las más diversas regiones de Europa para renovar y fortalecer su fe. Un Camino sembrado de tantas muestras de fervor, penitencia, hospitalidad, arte y cultura, que nos habla elocuentemente de las raíces espirituales del Viejo Continente.
El lema de este nuevo Año Jubilar Compostelano, "Peregrinando hacia la luz", así como la carta pastoral para esta ocasión, "Peregrinos de la fe y testigos de Cristo resucitado", siguen fielmente esta tradición y la reproponen como una llamada evangelizadora a los hombres y mujeres de hoy, recordando el carácter esencialmente peregrino de la Iglesia y del ser cristiano en este mundo (cf. Lumen gentium, 6.48-50). En el Camino se contemplan nuevos horizontes que hacen recapacitar sobre las angosturas de la propia existencia y la inmensidad que el ser humano tiene dentro y fuera de sí, preparándole para ir en busca de lo que realmente su corazón anhela. Abierto a la sorpresa y la trascendencia, el peregrino se deja instruir por la Palabra de Dios, y de este modo va decantando su fe de adherencias y miedos infundados. Así hizo el Señor resucitado con los discípulos que, aturdidos y desalentados, iban de camino hacia Emaús. Cuando a la palabra se añadió el gesto de partir el pan, a los discípulos "se les abrieron los ojos" (cf. Lc 24, 31) y reconocieron al que creían sumido en la muerte. Entonces se encuentran personalmente con Cristo, que vive para siempre y forma parte de sus vidas. En ese momento, su primer y más ardiente deseo es anunciar y atestiguar lo ocurrido ante los demás (cf. Lc 24, 35).
Pido fervientemente al Señor que acompañe a los peregrinos, que se dé a conocer y entre en sus corazones, "para que tengan vida y la tengan en abundancia" (Jn 10, 10). Ésta es la verdadera meta, la gracia, que el mero recorrido material del Camino no puede alcanzar por sí solo, y que lleva al peregrino a convertirse en testigo ante los demás de que Cristo vive y es nuestra esperanza imperecedera de salvación. En esa Archidiócesis, junto a otras muchas organizaciones eclesiales, se han puesto en marcha múltiples iniciativas pastorales para ayudar a lograr este fin esencial de la peregrinación a Santiago de Compostela, de carácter espiritual, aunque en ciertos casos se tienda a ignorarlo o desvirtuarlo.
3. En este Año Santo, en sintonía con el Año Sacerdotal, un papel decisivo corresponde a los presbíteros, cuyo espíritu de acogida y entrega a los fieles y peregrinos ha de ser particularmente generoso. Peregrinos también ellos, están llamados a servir a sus hermanos ofreciéndoles la vida de Dios, como hombres de la Palabra divina y de lo sagrado (cf. Al retiro sacerdotal internacional en Ars, 28 septiembre 2009). Aliento, pues, a los sacerdotes de esa Archidiócesis, así como a los que se sumen a ellos durante este Jubileo y a los de las diócesis por donde pasa el Camino, a prodigarse en la administración de los sacramentos de la Penitencia y de la Eucaristía, pues lo más buscado, lo más preciado y característico del Año Santo es el Perdón y el encuentro con Cristo vivo.
4. En esta circunstancia, expreso mi especial cercanía a los peregrinos que llegan y seguirán llegando a Santiago. Les invito a que hagan acopio de las sugestivas experiencias de fe, caridad y fraternidad que encuentren en su andadura, a que vivan el Camino sobre todo interiormente, dejándose interpelar por la llamada que el Señor hace a cada uno de ellos. Así podrán decir con gozo y firmeza en el Pórtico de la Gloria: "Creo". Les ruego también que en su oración cadenciosa no olviden a los que no pudieron acompañarles, a sus familias y amigos, a los enfermos y necesitados, a los emigrantes, a los frágiles en la fe y al Pueblo de Dios con sus Pastores.
5. Agradezco cordialmente a la Archidiócesis de Santiago, así como a las Autoridades y otros colaboradores, sus esfuerzos en la preparación de este Jubileo Compostelano, como también a los voluntarios y a cuantos están dispuestos a contribuir a su buen desarrollo. Confío los frutos espirituales y pastorales de este Año Santo a nuestra Madre del cielo, la Virgen Peregrina, y al Apóstol Santiago, el "amigo del Señor", a la vez que imparto a todos con afecto la Bendición Apostólica.

02 enero 2010

Un 2010 intenso para Benedicto XVI

Cuatro viajes internacionales y un Sínodo inédito sobre Oriente Medio

El año 2010 que comienza Benedicto XVI se anuncia como uno de los más intensos en sus cinco años de pontificado.

El pontífice, que el 16 de abril cumplirá 83 años, debería realizar cuatro viajes apostólicos a Malta, Portugal, Chipre y Reino Unido, presidir un inédito Sínodo de los Obispos de Oriente Medio, y peregrinar, en Italia, a lugares tan simbólicos como la Sábana Santa de Turín.

Será un año de decisiones esperadas, como podría ser la beatificación de Juan Pablo II, la redacción de la segunda parte de su libro sobre "Jesús de Nazaret", o la publicación de su exhortación apostólica sobre la Palabra de Dios, en la que recogerá las conclusiones del Sínodo de Obispos del mundo de octubre de 2008.

Y como en años precedentes, 2010 puede traer también decisiones inesperadas en temas centrales para este pontificado como es el avance en la unidad con los cristianos de otras confesiones, o con los creyentes de otras religiones, en particular judíos y musulmanes.

De hecho, uno de los acontecimientos que marcarán este año lo protagonizará ya el 17 de enero, día en el que por primera vez visitará la sinagoga de Roma, un gesto de reconciliación en momentos en que sectores judíos han criticado el reconocimiento de las virtudes heroicas de Pío XII.

Año de Oriente Medio

Benedicto XVI, al hacer un balance de 2009 junto a sus colaboradores de la Curia Romana, recordando el Sínodo de África y su primera visita a ese continente como Papa en el mes de marzo pasado, constataba que ha sido un año marcado por el "signo de África" (Cf. ZENIT, 21 de diciembre).

De este modo, se podría decir, que 2010 se presenta "bajo el signo de Oriente Medio", pues del 10 al 24 de octubre de 2010 ha convocado a obispos de ésa área turbulenta del planeta en torno al tema: "La Iglesia Católica en Oriente Medio: Comunión y testimonio. 'La multitud de los creyentes no tenía sino un solo corazón y una sola alma' (Hechos 4,32)".

El "Documento de trabajo" ("Instrumentum laboris") de esa asamblea de patriarcas, obispos y otros representantes cristianos, será entregado por el Santo Padre en su visita a Chipre, programada del 4 al 6 de junio.

Ese viaje es estratégico, pues plantea, además, temas centrales para este pontificado, como el diálogo con la Iglesia ortodoxa local, que desde la elección del arzobispo Crisóstomo II se ha convertido en un poderoso motor del ecumenismo, así como con el Islam, a causa de la presencia turca en la dividida isla.

Otros viajes

El primer viaje que realizará Benedicto XVI tendrá por objetivo Malta, entre el 17 y el 18 de abril, en coincidencia del 1.950 aniversario del naufragio de san Pablo en el archipiélago, que, según la tradición, tuvo lugar en el año 60 durante su viaje hacia Roma. El Apóstol de las Gentes fue acogido por la población local y permaneció allí tres meses.

El Papa Joseph Ratzinger celebrará la fiesta litúrgica de la Virgen de Fátima, en ese santuario, el 13 de mayo, en el 93 aniversario del inicio de las apariciones a los tres pastorcitos, durante su peregrinación apostólica a Portugual, en la que visitará, además, Lisboa y Porto.

Se trata de una etapa en su vuelta al mundo por los grandes santuarios marianos (precedido por Loretto --Italia--, Altötting --Alemania--, Mariazell --Austria--, Aparecida --Brasil--, Lourdes --Francia--, Mvolyé -Camerún--, Pompeya --Italia--, y otros).

El cuarto viaje internacional previsto para este año por el Papa tiene por meta el Reino Unido: si bien las fechas del viaje no son oficiales, se prevé que la visita se desarrolle entre el 17 y el 19 septiembre.

En este viaje, debería beatificar a John Henry Newman (1801-1890), intelectual anglicano que se convirtió al catolicismo hasta llegar a ser cardenal.

La visita tendrá, por tanto, decisivas repercusiones ecuménicas, después de la publicación del "motu proprio", anunciado el 20 de octubre, que prevé la posibilidad de acoger en el seno de la Iglesia católica a comunidades anglicanas que desean volver a la comunión plena con el obispo de Roma.

Para este año, el Santo Padre ha previsto cuatro viajes pastorales a Italia. El primero será a Turín, donde rezará ante la Sábana Santa de Turín, el 2 de mayo, en el marco de la exposición extraordinaria de la reliquia prevista del 10 de abril al 23 de mayo (http://www.sindone.org).

El 4 de julio se trasladará a Sulmona, en la región de los Abruzos flagelada por el terremoto de abril pasado, con motivo del octavo centenario del nacimiento del Papa Celestino V (fallecido en 1296), uno de los pocos pontífices que han abdicado.

El 5 de septiembre el Papa visitará Carpineto Romano, pequeño pueblo de la provincia de Roma, al celebrarse el segundo centenario del nacimiento del Papa León XIII.

El otro viaje a Italia está previsto para el domingo 3 de octubre, a Palermo, capital de Sicilia, para participar en dos importantes encuentros para la Iglesia en la isla más grande del Mediterráneo: con las familias y con los jóvenes.

Otros acontecimientos

Entre los acontecimientos programados para el año 2010 uno de los más importantes será la clausura del Año Sacerdotal, que tendrá lugar en Roma del 9 al 11 de junio de 2010.

A este encuentro el Papa no sólo ha invitado a los presbíteros de todo el mundo, sino a todos los bautizados para testimoniar el amor de toda la Iglesia por sus sacerdotes, en la clausura del 150 aniversario del fallecimiento de san Juan María Vianney.

¿Beatificación de Juan Pablo II?


En el año 2010 podría tener lugar la beatificación de Juan Pablo II. Para ello, se necesita que avance el proceso, que prevé el reconocimiento de un milagro por parte de una comisión científica, de una comisión de teólogos, de una comisión de cardenales y obispos, y por último, del mismo Papa.

Por el momento no es posible prever una fecha precisa, pues como han explicado varias voces de la Santa Sede es necesario dejar que el proceso siga su curso habitual.

01 enero 2010

"Reconocer el rostro del Creador lleva a tener mayor amor"

Homilía del Papa en la Misa de hoy

¡Venerados Hermanos, ilustres Señores y Señoras, queridos hermanos y hermanas!

En el primer día del nuevo año tenemos la alegría y la gracia de celebrar a la Santísima Madre de Dios y, al mismo tiempo, la Jornada Mundial de la Paz. ¡En ambos aniversarios celebramos a Cristo, Hijo de Dios, nacido de María Virgen y nuestra verdadera paz! A todos vosotros, que estáis aquí reunidos: Representantes de los pueblos del mundo, de la Iglesia romana y universal, sacerdotes y fieles; y a todos los que están conectados mediante la radio y la televisión, repito las palabras de la antigua bendición: que el Señor te descubra su rostro y te conceda la paz (cfr. Nm. 6,26). Precisamente el tema del Rostro y de los rostros querría desarrollar hoy, a la luz de la Palabra de Dios -Rostro de Dios y rostros de los hombres- un tema que nos ofrece también una clave de lectura del problema de la paz en el mundo.

Hemos escuchado, sea en la primera lectura -extraída del Libro de los Números- sea en el Salmo responsorial, algunas expresiones que contienen la metáfora del rostro referida a Dios: "El Señor haga resplandecer su faz sobre ti y te otorgue su gracia" (Nm 6,25); "Apiádese Dios de nosotros y bendíganos, haga resplandecer su faz sobre nosotros" (Sal 66/67, 2-3). El rostro es la expresión por excelencia de la persona, es lo que la hace reconocible y por lo que se muestran sentimientos, pensamientos, intenciones del corazón. Dios, por su naturaleza, es invisible, sin embargo la Biblia le aplica también a Él esta imagen. Mostrar el rostro es expresión de su benevolencia, mientras que esconderlo indica ira e indignación. El Libro del Éxodo dice que "El Señor hablaba a Moisés cara a cara, como habla un hombre a su amigo" (Ex 33,11), y siempre a Moisés el Señor promete su cercanía con una fórmula muy singular: "Mi rostro caminará contigo y te daré descanso" (Ex 33,14). Los Salmos nos muestran a los creyentes como los que buscan el rostro de Dios (cfr. Sal 26/27, 8; 104/105, 4) y los que en el culto aspiran a verlo (cfr. Sal 42,3), y nos dicen que "los hombres rectos" lo "contemplarán" (Sal 10/11,7).

Toda la historia bíblica se puede leer como progresivo desvelo del rostro de Dios, hasta llegar a su plena manifestación en Jesucristo. "Al llegar la plenitud de los tiempos -nos ha recordado también hoy el apóstol Pablo- envió Dios a su Hijo" (Gal 4,4). Y rápidamente añade: "nacido de mujer, nacido bajo la ley". El rostro de Dios ha tomado un rostro humano, dejándose ver y reconocer en el hijo de la Virgen María, que por eso veneramos con el título altísimo de "Madre de Dios". Ella, que ha custodiado en su corazón el secreto de la divina maternidad, ha sido la primera en ver el rostro de Dios hecho hombre en el pequeño fruto de su vientre. La madre tiene una relación muy especial, única y de todos modos exclusiva con el hijo recién nacido. El primer rostro que el niño ve es el de la madre, y esta mirada es decisiva para su relación con la vida, con sí mismo, con los demás, con Dios; es decisiva también para que él pueda convertirse en un "hijo de la paz" (Lc 10,6). Entre las muchas tipologías de iconos de la Virgen María en la tradición bizantina, se encuentra la llamada "de la ternura", que representa al niño Jesús con el rostro apoyado -mejilla a mejilla- en el de la Madre. El Niño mira a la Madre, y ésta nos mira a nosotros, casi como reflejando al que observa, y reza, la ternura de Dios, bajada en Ellos del Cielo y encarnada en aquel Hijo de hombre que lleva en brazos. En este icono mariano podemos contemplar algo de Dios mismo: un signo del amor inefable que le ha llevado a "dar a su hijo unigénito" (Jn 3,16). Pero ese mismo icono nos muestra también, en María, el rostro de la Iglesia, que refleja sobre nosotros y sobre el mundo entero la luz de Cristo, la Iglesia mediante la cual llega a toda persona la buena noticia: "Ya no es siervo, sino hijo" (Gal 4,7) -como leemos todavía en san Pablo.

¡Hermanos en el Episcopado y en el Sacerdocio, Señores Embajadores, queridos amigos! Meditar sobre el misterio del rostro de Dios y del hombre es una vía privilegiada que conduce a la paz. Ésta, de hecho, comienza por una mirada respetuosa, que reconoce en el rostro del otro a una persona, cualquiera que sea el color de su piel, su nacionalidad, su lengua, su religión. ¿Pero quién, si no Dios, puede garantizar, por así decirlo, la "profundidad" del rostro del hombre? En realidad, sólo si tenemos a Dios en el corazón, estamos en condiciones de detectar en el rostro del otro a un hermano de humanidad, no un medio sino un fin, no un rival o un enemigo, sino otro yo, una faceta del infinito misterio del ser humano. Nuestra percepción del mundo y, en particular, de nuestros similares, depende esencialmente de la presencia en nosotros del Espíritu de Dios. Es una especie de "resonancia": quien tiene el corazón vacío, no percibe más que imágenes planas, privadas de espesor. En cambio, cuanto más estemos habitados por Dios, seremos también más sensibles a su presencia en lo que nos rodea: en todas las criaturas, y especialmente en las otras personas, aunque a veces el rostro humano, marcado por la dureza de la vida y del mal, pueda resultar difícil de apreciar y de acoger como epifanía de Dios. Con mayor razón, por tanto, para reconocernos y respetarnos como realmente somos, es decir hermanos, necesitamos referirnos al rostro de un Padre común, que nos ama a todos, a pesar de nuestros límites y nuestros errores.

Desde pequeños, es importante ser educados en el respeto al otro, también cuando es diferente a nosotros. Hoy cada vez es más común la experiencia de clases escolares compuestas por niños de varias nacionalidades, aunque también cuando esto no ocurre, sus rostros son una profecía de la humanidad que estamos llamados a formar: una familia de familias y de pueblos. Más son pequeños estos niños, y más suscitan en nosotros la ternura y la alegría por una inocencia y una hermandad que nos parecen evidentes: a pesar de sus diferencias, lloran y ríen de la misma manera, tienen las mismas necesidades, se comunican de manera espontánea, juegan juntos... Los rostros de los niños son como un reflejo de la visión de Dios sobre el mundo. ¿Por qué entonces apagar su sonrisa? ¿Por qué envenenar sus corazones? Desgraciadamente, el icono de la Madre de Dios de la ternura encuentra su trágico opuesto en las dolorosas imágenes de tantos niños y de sus madres en las garras de la guerra y la violencia: prófugos, refugiados, emigrantes forzados. Rostros minados por el hambre y la enfermedad, rostros desfigurados por el dolor y por la desesperación. Los rostros de los pequeños inocentes son una llamada silenciosa a nuestra responsabilidad: frente a su condiciones de impotencia, destruyen todas las falsas justificaciones de la guerra y de la violencia. Debemos simplemente convertirnos en diseñadores de la paz, deponer las armas de todo tipo y comprometernos todos juntos para construir un mundo más digno de la persona.

Mi Mensaje para la XLIII Jornada Mundial de la Paz de hoy: "Si quieres cultivar la paz, custodia lo creado", se inscribe en la perspectiva del rostro de Dios y de los rostros humanos. Podemos, de hecho, afirmar que la persona es capaz de respetar a las criaturas en la medida en la que lleva en su propio espíritu un sentido pleno de la vida, de otro modo será llevado a despreciarse a sí mismo y a lo que lo rodea, a no tener respeto por el entorno en el que vive, por lo creado. Quien sabe reconocer en el cosmos los reflejos del rostro invisible del Creador, es llevado a tener mayor amor a las criaturas, mayor sensibilidad por su valor simbólico. Especialmente el Libro de los Salmos es rico en ejemplos de este modo propiamente humano de relacionarse con la naturaleza: con el cielo, el mar, las montañas, las colinas, los ríos, los animales... "¡Cuántas son tus obras, Señor! -exclama el Salmista- ¡Todas las hiciste con sabiduría! Está llena la tierra de tus criaturas" (Sal 104/103,24).

En particular, la perspectiva del "rostro" invita a reafirmarse en lo que, también en este Mensaje, he llamado "ecología humana". Existe de hecho un nexo muy estrecho entre el respeto a la persona y la salvaguarda de lo creado. "Los deberes hacia el medio ambiente derivan de aquellos hacia la persona considerada en sí misma y en relación con los demás (ibid., 12). Si la persona se degrada, se degrada el entorno en el que vive; si la cultura tiende a un nihilismo, si no teórico, práctico, la naturaleza no podrá no pagar las consecuencias. Se puede, en efecto, constatar un recíproco influjo entre el rostro de la persona y el "rostro" del medio ambiente: "cuando la ecología humana es respetada en la sociedad, también la ecología ambiental saca beneficio" (ibid.; cf Enc. Caritas in veritate, 51). Renuevo, por tanto, mi llamada a invertir en educación, poniéndose como objetivo, además de la necesaria transmisión de nociones técnico-científicas, una más amplia y profunda "responsabilidad ecológica", basada en el respeto a la persona y a sus derechos y deberes fundamentales. Sólo así el compromiso por el medio ambiente puede convertirse verdaderamente en educación a la paz y construcción de la paz.

Queridos hermanos y hermanas, en el Tiempo de Navidad se repite un Salmo que contiene, entre otras cosas, también un ejemplo estupendo de cómo la venida de Dios transfigura lo creado y provoca una especie de fiesta cósmica. Este himno empieza con una invitación universal a la alabanza: "Cantad al Señor un cántico nuevo, /cantad al Señor, la tierra toda. / Cantad al Señor, bendecid su nombre" (Sal 95/96,1). Pero en un cierto punto este llamamiento a la exultación se extiende a todo lo creado: "Alégrense los cielos, regocíjese la tierra, / truene el mar y cuanto en él se contiene. / Salte de júbilo el campo y cuanto hay en él, / y exulten todos los árboles de la selva" (ibidem 11-12). La fiesta de la fe se convierte en fiesta de la persona y de lo creado: esa fiesta que en Navidad se expresa también mediante la decoración decoración en los árboles, las calles, las casas. Todo reflorece porque Dios ha aparecido en medio de nosotros. La Virgen Madre muestra al Niño Jesús a los pastores de Belén, que se alegran y alaban al Señor (cf Lc 2,20); la Iglesia renueva el misterio para las personas de todas las generaciones, les muestra el rostro de Dios, para que, con su bendición, puedan caminar por la senda de la paz.