05 julio 2010

María, Virgen del silencio y de la escucha


El Papa, ayer, durante el rezo del Ángelus


Queridos hermanos y hermanas:

Al término de esta solemne celebración, en la hora de la acostumbrada cita dominical, os invito a recitar juntos la oración del Angelus. A la Virgen María, a la que veneráis con particular devoción en el Santuario de la Madonna della Libera, confío esta Iglesia de Sulmona-Valva: al obispo, a los sacerdotes y a todo el pueblo de Dios. Que pueda caminar unida y gozosa en el camino de la fe, de la esperanza y de la caridad. Que, fiel a la herencia de san Pedro Celestino, sepa siempre unir la radicalidad evangélica y la misericordia, para que todos aquellos que buscan a Dios lo puedan encontrar.
En María, Virgen del silencio y de la escucha, san Pedro del Morrone encontró el modelo perfecto de obediencia a la voluntad divina, en una vida sencilla y humilde, dirigida a la búsqueda de lo que es verdaderamente esencial, capaz de agradecer siempre al Señor reconociendo en cada cosa un don de su bondad.
También nosotros, que vivimos en una época de mayores comodidades y posiblidades, estamos llamados a apreciar un estilo de vida sobrio, para conservar más libres la mente y el corazón para poder compartir los bienes con los hermanos. Que María Santísima, que animó con su presencia materna a la primera comunidad de los discípulos de Jesús, ayude también a la Iglesia de hoy a dar buen testimonio del Evangelio.
¡No tengáis miedo a hacer silencio!


Homilía del Papa en la Misa en la plaza Garibaldi de Sulmona



¡Queridos hermanos y hermanas!:

Estoy muy contento de estar hoy entre vosotros y celebrar con vosotros y para vosotros esta solemne Eucaristía. Saludo a vuestro Pastor, el obispo monseñor Angelo Spina: le doy las gracias por las cálidas expresiones de bienvenida que me dirigió en nombre de todos, y por los regalos que me ha ofrecido y que aprecio mucho en su cualidad de “signos” – como él los ha definido – de la comunión afectiva y efectiva que une al pueblo de esta querida Tierra del Abruzzo con el Sucesor de Pedro. Saludo a los arzobispos y obispos presentes, a los sacerdotes, los religiosos y las religiosas, a los representantes de las asociaciones y de los movimientos eclesiales. Dirijo un pensamiento deferente al Alcalde, Doctor Fabio Federico, agradecido por el cortés discurso de saludo y por los “signos”, los regalos, el representante del Gobierno y a las Autoridades civiles y militares- Un agradecimiento especial a cuantos han ofrecido generosamente su colaboración para realizar esta Visita Pastoral mía. ¡Queridos hermanos y hermanas! He venido para compartir con vosotros las alegrías y esperanzas, fatigas y compromisos, ideales y aspiraciones de esta comunidad diocesana. Sé bien que tampoco en Sulmona faltan las dificultades, problemas y preocupaciones: pienso, en particular, a cuantos viven concretamente su existencia en condiciones de precariedad, a causa de la falta de trabajo, de la incertidumbre por el futuro, del sufrimiento físico y moral y – como ha recordado el obispo – del sentimiento de pérdida debido al cisma del 6 de abril de 2009. A todos quiero asegurar mi cercanía y mi recuerdo en la oración, mientras animo a perseverar en el testimonio de los valores humanos y cristianos tan profundamente arraigados en la fe y en la historia de este territorio y de su población.
¡Queridos amigos! Mi visita tiene lugar con ocasión del Año Jubilar especial convocado por los obispos del Abruzzo y de Molise para celebrar los ochocientos años del nacimiento de san Pedro Celestino. Sobrevolando vuestro territorio, he podido contemplar la belleza del paisaje y, sobre todo, admirar algunas localidades estrechamente ligadas a la vida de esta insigne figura: el Monte Morrone, donde Pedro condujo por mucho tiempo la vida eremítica; la ermita de san Onofre, donde en 1294 le llegó la noticia de su elección como Sumo Pontífice, que tuvo lugar en el Cónclave de Perusa; y la Abadía de “Santo Spirito”, cuyo altar mayor fue consagrado por él después de su coronación, que tuvo lugar en la Basílica de Collemaggio en L’Aquila. A esta Basílica yo mismo, en abril del año pasado, me dirigí para venerar la urna con sus despojos y dejar el palio recibido en el día del inicio de mi Pontificado. Han pasado ya ochocientos años desde el nacimiento de san Pedro Celestino V, pero él permanece en la historia por las conocidas circunstancias de su tiempo y de su pontificado y, sobre todo, por su santidad. La santidad, de hecho, no pierde nunca su fuerza atractiva, no cae en el olvido, no pasa nunca de moda, al contrario, con el paso del tiempo, resplandece cada vez con mayor luminosidad, expresando la perenne tensión del hombre hacia Dios. De la vida de san Pedro Celestino quisiera por tanto recoger algunas enseñanzas, válidas también en nuestros días.
Pedro Angelerio desde su juventud fue un “buscador de Dios”, un hombre deseoso de encontrar respuestas a los grandes interrogantes de nuestra existencia: ¿quién soy, de dónde vengo, por qué vivo, para quién vivo? Él se puso de viaje buscando la verdad y la felicidad, se puso a la búsqueda de Dios, y, para escuchar su voz, decidió separarse del mundo y vivir como ermitaño. El silencio se convierte así en el elemento que caracteriza su vida cotidiana. Y es precisamente en el silencio exterior, pero sobre todo en el interior, donde él llega a percibir la voz de Dios, capaz de orientar su vida. Hay aquí un primer aspecto importante para nosotros: vivimos en una sociedad en la que cada espacio, cada momento parece que tenga que “llenarse” de iniciativas, de actividades, de sonidos; a menudo no hay tiempo siquiera para escuchar y dialogar. ¡Queridos hermanos y hermanas! No tengamos miedo de hacer silencio fuera y dentro de nosotros, si queremos ser capaces no sólo de percibir la voz de Dios, sino también la voz de quien está a nuestro lado, la voz de los demás.
Pero es importante subrayar también un segundo elemento: el descubrimiento del Señor que hace Pedro Angelerio no es el resultado de un esfuerzo, sino que lo hace posible la propia Gracia de Dios, que le precede. Lo que él tenía, lo que él era, no le venía de sí mismo: le había sido dado, era gracia, y era por ello también responsabilidad ante Dios y ante los demás. Aunque nuestra vida sea muy distinta, también vale lo mismo para nosotros: todo lo esencial de nuestra existencia nos ha sido dado sin nuestra aportación. El hecho de que yo vivo no depende de mí; el hecho de que me hayan sido dadas personas que me han introducido en la vida, que me han enseñado qué es amar y ser amado, que me han transmitido la fe y me han abierto la mirada a Dios: todo esto es gracia y no está “hecho por mí”. Por nosotros mismos no habríamos podido hacer nada si no nos hubiera sido dado: Dios nos precede siempre, y en cada vida hay cosas bellas y buenas que podemos reconocer fácilmente como gracia suya, como rayo de luz de su bondad. Por esto debemos estar atentos, tener siempre abiertos los “ojos interiores”, los de nuestro corazón. Y si aprendemos a conocer a Dios en su bondad infinita, entonces seremos capaces también de ver, con asombro, en nuestra vida – como los santos – los signos de ese Dios, que está siempre cerca de nosotros, que es siempre bueno con nosotros, que nos dice: “¡Ten fe en mí!".
En el silencio interior, en la percepción de la presencia del Señor, Pedro de Morrone había madurado, además, una experiencia viva de la belleza de la creación, obra de las manos de Dios: sabía captar su sentido profundo, respetaba sus signos y sus ritmos, hacía uso de ella para lo que es esencial a la vida. Sé que esta Iglesia local, como también las demás del Abruzzo y de Molise, están activamente comprometidas en una campaña de sensibilización para la promoción del bien común y de la salvaguardia de la creación: os animo en este esfuerzo, exhortando a todos a sentirse responsables de su propio futuro, como también del de los demás, respetando y custodiando la creación, fruto y signo del Amor de Dios.
En la segunda lectura de hoy, tomada de la Carta a los Gálatas, hemos escuchado una bellísima expresión de san Pablo, que es también un retrato espiritual perfecto de san Pedro Celestino: “Yo sólo me gloriaré en la cruz de nuestro Señor Jesucristo, por quien el mundo está crucificado para mí, como yo lo estoy para el mundo” (6,14). Verdaderamente la Cruz constituyó el centro de su vida, le dio la fuerza de afrontar las duras penitencias y los momentos más comprometidos, desde su juventud hasta su última hora: él fue siempre consciente de que de ella viene la salvación. La Cruz dio a san Pedro Celestino también una clara conciencia de pecado, siempre acompañada de una también clara conciencia de la infinita misericordia de Dios hacia su criatura. Viendo los brazos completamente abiertos de su Dios crucificado, se sintió llevar al mar infinito del amor de Dios. Como sacerdote, tuvo experiencia de la belleza de ser administrador de esta misericordia absolviendo a los penitentes del pecado, y, cuando fue elegido a la Sede del Apóstol Pedro, quiso conceder una particular indulgencia, llamada "La Perdonanza". Deseo exhortar a los sacerdotes a que se conviertan en testigos claros y creíbles de la buena noticia de la reconciliación con Dios, ayudando al hombre de hoy a recuperar el sentido del pecado y del perdón de Dios, para experimentar esa alegría sobreabundante de la que el profeta Isaías nos habló en la primera lectura (cfr Is 66,10-14).
Finalmente, un último elemento: san Pedro Celestino, aún llevando una vida eremítica, no estaba “cerrado en sí mismo”, sino que estaba lleno de la pasión de llevar la buena noticia del Evangelio a los hermanos. Y el secreto de su fecundidad pastoral estaba precisamente en “permanecer” con el Señor, en la oración, como se nos ha recordado también en el pasaje evangélico de hoy: el primer imperativo es siempre el de orar al Señor de la mies (cfr Lc 10,2). Y sólo después de esta invitación, Jesús define algunos compromisos esenciales de los discípulos: el anuncio sereno, claro y valiente del mensaje evangélico – también en los momentos de persecución – sin ceder ni a la fascinación de la moda, ni al de la violencia o de la imposición; el desapego de la preocupación por las cosas – el dinero y el vestido – confiando en la Providencia del Padre; la atención y cuidado en particular hacia los enfermos en el cuerpo y en el espíritu (cfr Lc 10,5-9). Estas fueron también las características del breve y sufrido pontificado de Celestino V, y estas son las características de la actividad misionera de la Iglesia en toda época.
¡Queridos hermanos y hermanas! Estoy entre vosotros para confirmaros en la fe. Deseo exhortaros, con fuerza y afecto, a permanecer firmes en esa fe que habéis recibido, que da sentido a la vida y que da la fuerza para amar. Que nos acompañen en este camino el ejemplo y la intercesión de la Madre de Dios y de san Pedro Celestino. ¡Amen!

02 julio 2010

Portadores de paz


Monseñor Jesús Sanz Montes, arzobispo de Oviedo



El evangelio de Lucas nos sigue narrando ese viaje, sube que sube hacia Jerusalén. Jesús, como enviado del Padre, había venido para traer a los hombres un modo nuevo de vivir y convivir entre ellos y ante Dios, que luego el pecado frustró. La vida humana se convirtió compleja y hostil, muy lejana del proyecto amoroso de Dios que nos la ofre­ció como un camino armonioso e inocente. Sin embargo el pecado, no pudo arrancar del corazón humano el inmenso deseo de habitar un mundo de belleza y de hacer una historia bondadosa. Pero la crónica diaria restregaba al hombre la incapacidad de realizar ese camino por el que en el fondo su corazón seguía latiendo. Jesús vino para responder a ese drama humano, rompiendo el fatalismo de to­dos sus callejones sin salida. La venida de Jesús es la llegada del Reino de Dios, el comienzo de la posibilidad para los hombres, de ser verdadera y apasionadamente hu­manos, el inicio de esa otra historia en la que coinciden los caminos de Dios y los del hombre. No obstante, el Señor no ha querido realizarlo todo ni realizarlo solo. Por eso, con­sciente de que es mucho el trabajo y pocos los obreros, invitará a pedir al dueño de la mies que envíe más manos, más corazones, que vayan preparando la creciente llegada de ese Reino.
El Señor envía a sus discípulos a los caminos del mundo, a las casas de los hom­bres hermanos, para hacerles llegar el gran mensaje, el gran acontecimiento: el Reino de Dios ha llegado, ya se aproxima, está muy cerca. Y con él, se terminan todas nue­stras pesadillas para dar comienzo ese sueño hermoso que Dios nos confió como tarea, y que como ansia infinita puso latente en el pálpito de nuestro herido e inquieto corazón.
Como a aquellos discípulos también a nosotros nos envía para anunciar el mismo Reino de Dios, de modo que aquello que sucedió entonces siga sucediendo. No anunciamos una paz de supermercado, una paz que se negocia y pacta como herramienta política, sino una paz que es una Vida, y un Nombre, y un Rostro concreto: Dios con nosotros, en nosotros y entre nosotros. Porque no anunciamos una paz nuestra ni la que el mundo nos puede dar, sino la que Dios nos regala y nos confía, la paz que nace de la verdad, de la justicia, de la libertad, del amor. Portadores de la paz del Reino de Dios, es lo que el Señor ha querido confiarnos como una herencia inmensa y una tarea llena de desafío e ilusión.
Caridad y testimonio, claves del apostolado


Audiencia del Papa a la Delegación del Círculo de San Pedro



Queridos socios del Círculo de San Pedro:

Estoy contento de acogeros con ocasión de este grato encuentro, que me ofrece la oportunidad de renovaros mi reconocimiento por vuestra generosa obra al servicio de la Santa Sede. Este momento tiene lugar en la inminencia de la Solemnidad litúrgica de los santos Pedro y Pablo y nos permite, en cierto modo, pregustar la alegría de esta fiesta tan significativa para vuestra benemérita Asociación y para la Iglesia entera. Os saludo a todos con afecto, empezando por vuestro Presidente General, el Duque Leopoldo Torlonia, a quien agradezco por las gentiles palabras que me ha dirigido en nombre de todos, y de vuestro Asistente espiritual.
Hemos concluido hace poco el Año Sacerdotal, tiempo de gracia, durante el cual la Iglesia fa reflexionado con especial atención sobre la figura de san Juan María Vianney, el Santo Cura de Ars, recordando el 150° aniversario de su muerte. Él fue un modelo de vida evangélica no sólo para los sacerdotes, sino también para los laicos, especialmente para cuantos, como vosotros, están comprometidos en el vasto campo de la caridad. Un aspecto peculiar de la vida de este humilde sacerdote fue de hecho el desapego de los bienes materiales. Él no poseía nada, lo distribuía todo a los más necesitados; para sí mismo no sentía necesidad de nada: todo lo consideraba superfluo. El amor a los pobres lo había aprendido de pequeño, viendo como eran acogidos y asistidos por sus padres, en casa. Este amor le llevó, durante su vida sacerdotal, a distribuir a los demás todo lo que tenía. Dio vida también a una casa de acogida, a la que llamó “La providencia”, para niñas y chicas pobres: a ellas dedicaba todo esfuerzo para que recibiesen una sana educación cristiana. Que su ejemplo constituya para vosotros, queridos socios del Círculo de San Pedro, una constante invitación a abrir los brazos a toda persona que necesita un signo tangible de solidaridad. Seguid siendo este signo concreto de la caridad del Papa hacia cuantos se encuentran en necesidad tanto en sentido material como en sentido espiritual, como también hacia los peregrinos que llegan a Roma de todas partes del mundo para visitar las tumbas de los Apóstoles y para encontrarse con el Sucesor de Pedro.
Como se ha recordado hace poco, vosotros habéis venido aquí para entregarme el Óbolo de San Pedro recogido en las Iglesias de Roma. Deseo expresaros mi viva gratitud por este signo de participación en mi solicitud por las personas más necesitadas. Éste representa como un punto de convergencia entre dos acciones complementarias, que se unen en un único y elocuente testimonio de caridad evangélica, pues por un lado da un lato manifiesta el afecto de los habitantes de esta Ciudad y de los peregrinos hacia el Sucesor de Pedro, y por el otro expresa la solidaridad concreta de la Santa Sede hacia las muchas realidades de desgracia y de indigencia que, por desgracia, sigue habiendo en Roma y en tantas partes del mundo. Acercando a las parroquias romanas y gestionando centros de asistencia y de acogida en la Capital, tenéis la posibilidad de ver directamente las múltiples situaciones de pobreza aún presentes; al mismo tiempo, podéis también constatar cuán intenso es en la gente el deseo de conocer a Cristo y de amarlo en los hermanos.
Mediante este compromiso vuestro de salir al encuentro de las necesidades de los menos afortunados, difundís un mensaje de esperanza, que brota de la fe y de la adhesión al Señor, haciéndoos así heraldos de su Evangelio. Que la caridad y el testimonio sigan siendo por tanto las líneas guía de vuestro apostolado. Os animo a proseguir con alegría esta acción vuestra, inspirándoos incesantemente en los indefectibles principios cristianos y trayendo siempre nuevo vigor de la oración y del espíritu de sacrificio – como dice vuestro lema –, para llevar copiosos frutos de bien tanto a la comunidad cristiana como a la sociedad civil.
Confío vuestras aspiraciones, propósitos y toda actividad a la maternal protección de la Virgen Santa, Salus Populi Romani, para que guíe vuestros pasos, haciéndoos cada vez más convencidos agentes de solidaridad y constructores de paz en todos los ámbitos donde tiene lugar vuestra meritoria acción asociativa. Con estos deseos, invoco la celestial intercesión de los Santos Pedro y Pablo, y de buen grado imparto a cada uno de vosotros, a vuestras familias y a cuantos encontráis en vuestro servicio cotidiano una especial Bendición Apostólica.
El turismo, ocasión para acercarse a Dios


Mensaje del Consejo Pontificio para la Jornada Mundial del Turismo



Con el tema “Turismo y diversidad biológica”, propuesto por la competente Organización Mundial, la Jornada Mundial del Turismo quiere ofrecer su contribución a este 2010, declarado por la Asamblea General de las Naciones Unidas "Año Internacional de la Diversidad Biológica".
Tal proclamación nace de la profunda preocupación "por las repercusiones sociales, económicas, ambientales y culturales de la pérdida de la diversidad biológica, incluidas las consecuencias adversas que entraña para la consecución de los objetivos de desarrollo del Milenio, y destacando la necesidad de adoptar medidas concretas para invertir esa pérdida".1
La biodiversidad, o diversidad biológica, hace referencia a la gran riqueza de seres que viven en la Tierra, así como al delicado equilibrio de interdependencia e interacción que existe entre ellos y con el medio físico que los acoge y condiciona. Esta biodiversidad se traduce en los diferentes ecosistemas, de los que son un buen ejemplo los bosques, los humedales, la sabana, las selvas, el desierto, los arrecifes de corales, las montañas, los mares, o las zonas polares.
Ante ellos se ciernen tres graves peligros, que requieren una solución urgente: el cambio climático, la desertificación y la pérdida de la biodiversidad. Esta última se está desarrollando en los últimos años a un ritmo sin precedentes. Estudios recientes indican que, a nivel mundial, están amenazados o en peligro de extinción el 22% de los mamíferos, el 31% de los anfibios, el 13.6% de las aves o el 27% de los arrecifes.2
Hay numerosos sectores de la actividad humana que contribuyen en gran manera a estos cambios, y uno de ellos es, sin duda alguna, el turismo, el cual se sitúa entre los que han experimentado un mayor y rápido crecimiento. Al respecto, podemos recordar las cifras que nos ofrece la Organización Mundial del Turismo (OMT). Si las llegadas internacionales de turistas fueron de 534 millones en el año 1995, y de 682 millones en el 2000, las previsiones que aparecían en su informe Tourism 2020 Vision son de 1006 millones para el año 2010, y que llegarían a 1561 millones en el año 2020, con un crecimiento medio anual de 4.1%.3 Y a estas cifras de turismo internacional habría que añadir aquellas aun más importantes del turismo interno. Todo ello nos muestra el fuerte crecimiento de este sector económico, lo que comporta unos importantes efectos en la conservación y uso sostenible de la biodiversidad, con el consiguiente peligro de que se transforme en un serio impacto medioambiental, especialmente por el consumo desmesurado de recursos limitados (como el agua potable y el territorio) y por la gran generación de contaminación y residuos, superando las cantidades que serían asumibles por una determinada zona.
La situación se ve agravada por el hecho de que la demanda turística se dirige cada vez más hacia los destinos de naturaleza, atraída por sus innumerables bellezas, lo que supone un impacto importante en las poblaciones visitadas, en su economía, en el medio ambiente y en su patrimonio cultural. Este hecho bien puede ser un elemento perjudicial o, por el contrario, contribuir significativamente y en modo positivo a la conservación del patrimonio. El turismo vive así una paradoja. Si por una parte surge y crece gracias al atractivo de unos parajes naturales y culturales, por otra parte éstos pueden llegar a ser deteriorados e incluso destruidos por el mismo turismo, por lo que acaban siendo rechazados como destinos al no gozar ya del atractivo que estaba en el origen.
Por todo ello, debemos afirmar que el turismo no puede eximirse de su responsabilidad en la defensa de la biodiversidad, sino que, por el contrario, debe asumir un rol activo en la misma. El desarrollo de este sector económico ha de ir acompañado ineludiblemente de los principios de sostenibilidad y respeto a la diversidad biológica.
De todo esto se ha preocupado seriamente la comunidad internacional, y sobre el tema se han realizado reiterados pronunciamientos.4 Y la Iglesia quiere sumar su voz, desde el espacio que le es propio, partiendo de la convicción que ella misma "tiene una responsabilidad respecto a la creación y la debe hacer valer en público. Y, al hacerlo, no sólo debe defender la tierra, el agua y el aire como dones de la creación que pertenecen a todos. Debe proteger sobre todo al hombre contra la destrucción de sí mismo".5 Sin entrar en la cuestión de soluciones técnicas concretas, que escaparían a su propia competencia, la Iglesia se preocupa de llamar la atención sobre la relación entre el Creador, el ser humano y la creación.6 El Magisterio reitera insistentemente la responsabilidad del ser humano en la preservación de un ambiente íntegro y sano para todos, desde el convencimiento que "la tutela del medio ambiente constituye un desafío para la entera humanidad: se trata del deber, común y universal, de respetar un bien colectivo".7
Tal como señala el Papa Benedicto XVI en su encíclica Caritas in veritate, "el creyente reconoce en la naturaleza el maravilloso resultado de la intervención creadora de Dios, que el hombre puede utilizar responsablemente para satisfacer sus legítimas necesidades -materiales e inmateriales- respetando el equilibrio inherente a la creación misma",8 y cuyo uso representa para nosotros "una responsabilidad para con los pobres, las generaciones futuras y toda la humanidad".9 Por ello, el turismo debe ser respetuoso con el medio ambiente, buscando alcanzar una perfecta armonía con la Creación, de modo que, garantizando la sostenibilidad de los recursos de los que depende, no origine trasformaciones ecológicas irreversibles.
El contacto con la naturaleza es importante y por tanto el turismo se debe esforzar por respetar y valorar la belleza de la creación, desde el convencimiento de que "muchos encuentran tranquilidad y paz, se sienten renovados y fortalecidos, al estar en contacto con la belleza y la armonía de la naturaleza. Así, pues, hay una cierta forma de reciprocidad: al cuidar la creación, vemos que Dios, a través de ella, cuida de nosotros".10
Hay un elemento que hace todavía más exigente si cabe este esfuerzo. En su búsqueda de Dios, el ser humano descubre algunas vías para acercarse al Misterio, que tiene como punto de partida la creación.11 La naturaleza y la diversidad biológica nos hablan del Dios Creador, el cual se hace presente en su creación, "pues por la grandeza y hermosura de las criaturas se llega, por analogía, a contemplar a su Autor" (Sb 13, 5), "pues fue el Autor mismo de la belleza quien las creó" (Sb 13, 3). Es por ello que el mundo, en su diversidad, "se presenta a la mirada del hombre como huella de Dios, lugar donde se revela su potencia creadora, providente y redentora".12 Por este motivo, el turismo, acercándonos a la creación en toda su variedad y riqueza, puede ser ocasión para promover o acrecentar la experiencia religiosa.
Todo esto hace urgente y necesario buscar un equilibrio entre turismo y diversidad biológica, en el que ambos se apoyen mutuamente, de modo que desarrollo económico y protección del ambiente no aparezcan como elementos contrapuestos e incompatibles, sino que se tienda a conciliar las exigencias de ambos.13
Los esfuerzos por proteger y promover la diversidad biológica en su relación con el turismo pasan, en primer lugar, por desarrollar estrategias participativas y compartidas, en las que se comprometan los diversos sectores implicados. La mayoría de los gobiernos, instituciones internacionales, asociaciones profesionales del sector turístico y organizaciones no gubernamentales defienden, con una visión a largo plazo, la necesidad de un turismo sostenible como única forma posible para que su desarrollo sea al tiempo económicamente rentable, proteja los recursos naturales y culturales, y sirva de ayuda real en la lucha contra la pobreza.
Las autoridades públicas deben ofrecer una legislación clara, que proteja y potencie la biodiversidad, reforzando los beneficios y reduciendo los costes del turismo, al tiempo que debe velar por el cumplimiento de las normas.14 A esto debe acompañar ciertamente una importante inversión en planificación y en educación. Los esfuerzos gubernamentales deberán ser mayores en aquellos lugares más vulnerables y donde la degradación haya sido mayor. Quizá en algunos de ellos, el turismo debería ser restringido o, incluso, evitado.
Por su parte, se le pide al sector empresarial del turismo "que conciba, desarrolle y lleve a cabo sus actividades reduciendo al mínimo su impacto negativo, e incluso contribuyendo de manera efectiva a la conservación de ecosistemas sensibles y del medio ambiente en general, beneficiando directamente a las comunidades locales e indígenas".15 Para ello, sería conveniente realizar estudios previos de la sostenibilidad de cada producto turístico, evidenciando los aportes positivos reales como los riesgos potenciales, desde la convicción de que el sector no puede buscar el objetivo del máximo beneficio a cualquier coste.16
Finalmente, los turistas deben ser conscientes de que su presencia en un lugar no siempre es positiva. Con este fin, han de ser informados sobre los beneficios reales que comporta la conservación de la biodiversidad, y ser educados en modos de turismo sostenible. Así mismo, deberían reclamar a las empresas turísticas propuestas que contribuyan realmente al desarrollo del lugar. En ningún caso, ni el territorio ni el patrimonio histórico-cultural de los destinos deben salir perjudicados en favor del turista, adaptándose a sus gustos o deseos. Un esfuerzo importante, que de modo especial debe realizar la pastoral del turismo, es la educación en la contemplación, que facilite a los turistas descubrir la huella de Dios en la gran riqueza de la biodiversidad.
Así, de la mano de un turismo que se desarrolle en armonía con la creación, se facilitará que en el corazón del turista se repita la alabanza del salmista: "Señor, dueño nuestro, que admirable es tu nombre en toda la tierra" (Sal 8, 2).
Ciudad del Vaticano, 24 de junio de 2010
+ Antonio Maria VegliòPresidente
+ Agostino MarchettoArzobispo Secretario

01 julio 2010

San Giuseppe Cafasso, otro modelo de sacerdote


El Papa ayer en la audiencia general



Queridos hermanos y hermanas:
Hemos concluido hace poco el Año Sacerdotal: un tiempo de gracia que ha traído y traerá frutos preciosos a la Iglesia; una oportunidad para recordar en la oración a todos aquellos que han respondido a esta vocación particular. Nos acompañaron en este camino, como modelos e intercesores, el Santo Cura de Ars y otras figuras de santos sacerdotes, verdaderas luces en la historia de la Iglesia. Hoy, como anuncié el pasado miércoles, quisiera recordar otra, que sobresale en el grupo de los “Santos sociales” en Turín del siglo XIX: se trata de san Giuseppe Cafasso.
Su recuerdo parece debido, porque precisamente hace una semana se celebraba el 150 aniversario de su muerte, que tuvo lugar en la capital piamontesa el 23 de junio de 1860, a la edad de 49 años. Además, quiero recordar que el Papa Pío XI, el 1 de noviembre de 1924, aprobando los milagros para la canonización de san Juan María Vianney y publicando el decreto de autorización para la beatificación de Cafasso, acercó estas dos figuras de sacerdotes con las siguientes palabras: “No sin una especial y benéfica disposición de la Divina Bondad, asistimos a este surgimiento de la Iglesia católica de nuevos astros,, el párroco de Ars, y el Venerable Siervo de Dios Giuseppe Cafasso. Precisamente estas dos hermosas, queridas, providencialmente oportunas figuras se nos debían presentar hoy; pequeña y humilde, pobre y sencilla, pero tanto más gloriosa, la figura del párroco de Ars, y la otra bella, grande, compleja, rica figura de sacerdote, maestro y formador de sacerdotes, el Venerable Giuseppe Cafasso". Se trata de circunstancias que nos ofrecen la ocasión para conocer mejor el mensaje, vivo y actual que surge de la vida de este santo. Él no fue párroco como el cura de Ars, sino que fue sobre todo formador de párrocos y de sacerdotes diocesanos, incluso de sacerdotes santos, entre ellos san Juan Bosco. No fundó, como tantos otros sacerdotes del siglo XIX piamontés, institutos religiosos, porque su “fundación” fue la “escuela de vida y de santidad sacerdotal" que realizó, con el ejemplo y la enseñanza, en el Internado Eclesiástico de san Francisco de Asís, en Turín.
Giuseppe Cafasso nació en Castelnuovo d’Asti, el mismo pueblo que san Juan Bosco, el 15 de enero de 1811. Fue el tercero de cuatro hijos. La última, la hermana Marianna, será la madre del beato Giuseppe Allamano, fundador de los Misioneros y de las Misioneras de la Consolata. Nació en el Piamonte del siglo XIX, caracterizada por graves problemas sociales, pero también por tantos santos que se empeñaban en ponerles remedio. Éstos estaban unidos entre sí por un amor total a Cristo y por una profunda caridad hacia los más pobres: ¡la gracia del Señor sabe difundir y multiplicar las semillas de santidad! Cafasso realizó los estudios secundarios y el bienio de filosofía en el Colegio de Chieri y, en 1830, pasó al Seminario teológico, donde, en 1833, fue ordenado sacerdote. Cuatro meses más tarde hizo su ingreso en el lugar que para él será la única y fundamental “etapa” de su vida sacerdotal: el Internado Eclesiástico de san Francisco de Asís, en Turín. Entrado para perfeccionarse en la pastoral, aquí él hizo fructificar sus dotes de director espiritual y su gran espíritu de caridad. El Internado, de hecho, no era solo una escuela de teología moral, donde los jóvenes sacerdotes, procedentes sobre todo del campo, aprendían a confesar y a predicar, sino que era también una verdadera y propia escuela de vida sacerdotal, donde los presbíteros se formaban en la espiritualidad de san Ignacio de Loyola y en la teología moral y pastoral del gran Obispo san Alfonso María de Ligorio. El tipo de sacerdote que Cafasso encontró en el Internado y que él mismo contribuyó a reforzar – sobre todo como Rector – era el del verdadero pastor con una rica vida interior y un profundo celo en el cuidado pastoral: fiel a la oración, comprometido en la predicación, en la catequesis, dedicado a la celebración de la Eucaristía y al ministerio de la Confesión, según el modelo encarnado por san Carlos Borromeo, por san Francisco de Sales y promovido por el Concilio de Trento. Una feliz expresión de san Juan Bosco sintetiza el sentido del trabajo educativo en aquella comunidad: "en el Internado se aprendía a ser sacerdotes".
San Giuseppe Cafasso intentó llevar a cabo este modelo en la formación de los jóvenes sacerdotes, para que, a su vez, se convirtiesen en formadores de otros sacerdotes, religiosos y laicos, según una especial y eficaz cadena. Desde su cátedra de teología moral educaba a ser buenos confesores y directores espirituales, preocupados por el verdadero bien espiritual de la persona, animados por un gran equilibrio en hacer sentir la misericordia de Dios y, al mismo tiempo, un agudo y vivo sentido del pecado. Tres eran las virtudes principales del Cafasso profesor, como recuerda san Juan Bosco: calma, delicadeza y prudencia. Para él la verificación de la enseñanza transmitida estaba constituida por el ministerio de la confesión, a la cual él mismo dedicaba muchas horas de la jornada; a él se dirigían obispos, sacerdotes, religiosos, laicos eminentes y gente sencilla: a todos sabía ofrecer el tiempo necesario. De muchos, también, que llegaron a ser santos y fundadores de institutos religiosos, fue sabio consejero espiritual. Su enseñanza nunca era abstracta, basada solo en los libros que se utilizaban en ese tiempo, sino que nacía de la experiencia viva de la misericordia de Dios y del profundo conocimiento del alma humana adquirida en el largo tiempo transcurrido en el confesionario y en la dirección espiritual: la suya era una verdadera escuela de vida sacerdotal.
Su secreto era sencillo: ser un hombre de Dios; hacer, en las pequeñas acciones cotidianas, “lo que pueda volverse en mayor gloria de Dios y en provecho de las almas". Amaba de forma total al Señor, estaba animado por una fe bien arraigada, sostenido por una oración profunda y prolongada, vivía una sincera caridad hacia todos. Conocía la teología moral, pero conocía también las situaciones y el corazón de la gente, de cuyo bien se hacía cargo, como el buen pastor. Cuantos tenían la gracia de estar cerca de él se transformaban en otros tantos buenos pastores y confesores válidos. Indicaba con claridad a todos los sacerdotes la santidad que alcanzar que alcanzar precisamente en el ministerio pastoral. El beato don Clemente Marchisio, fundador de las Hijas de san José, afirmaba: “Entré en el Internado siendo un gran travieso y un cabeza loca, sin saber qué quería decir ser sacerdote, y salí de allí totalmente distinto, plenamente imbuido de la dignidad del sacerdote". ¡Cuantos sacerdotes fueron formados en el Internado y después seguidos espiritualmente! Entre estos – como ya he dicho – surge san Juan Bosco, que lo tuvo como director espiritual durante 25 años, desde 1835 hasta 1860: antes como clérigo, después como sacerdote y después como fundador. Todas las elecciones fundamentales de la vida de san Juan Bosco tuvieron como consejero y guía a san Giuseppe Cafasso, pero de un modo bien preciso: el Cafasso no buscó nunca de formar en don Bosco un discípulo "a su imagen y semejanza", y don Bosco no copió a Cafasso; le imitó ciertamente en las virtudes humanas y sacerdotales – definiéndolo “modelo de vida sacerdotal" – sino según sus propias actitudes personales y su propia peculiar vocación; un signo de la sabiduría del maestro espiritual y de la inteligencia del discípulo: el primero no se impuso sobre el segundo, sino que le respetó en su personalidad y le ayudó a leer cuál era la voluntad de Dios sobre él. Queridos amigos, ésta es una enseñanza preciosa para todos aquellos que están comprometidos en la formación y educación de las jóvenes generaciones y es también una fuerte llamada de cuán importante es tener una guía espiritual en la propia vida, que ayude a entender lo que Dios quiere de nosotros. Con sencillez y profundidad, nuestro Santo afirmaba: “Toda la santidad, la perfección y el provecho de una persona está en hacer perfectamente la voluntad de Dios (…). Felices nosotros si consiguiéramos verter así nuestro corazón dentro del de Dios, unir de tal forma nuestros deseos, nuestra voluntad a la suya, que formen un solo corazón y una sola voluntad: querer lo que Dios quiere, quererlo en el modo, en el tiempo, en las circunstancias que Él quiere y querer todo eso no por otro motivo sino porque Dios lo quiere".
Pero otro elemento caracteriza el ministerio de nuestro Santo: la atención a los últimos, en particular a los encarcelados, que en la Turín del siglo XIX vivían en en lugares inhumanos e inhumanizadores. También en este delicado servicio, llevado a cabo durante más de veinte años, él fue siempre el buen pastor, comprensivo y compasivo: cualidad percibida por los detenidos, que acababan por ser conquistados por ese amor sincero, cuyo origen era Dios mismo. La simple presencia de Cafasso hacía el bien: serenaba, tocaba los corazones endurecidos por las circunstancias de la vida y sobre todo iluminaba y removía las conciencias indiferentes. En los primeros tiempos de su ministerio entre los encarcelados, recurría a menudo a las grandes predicaciones que llegaban a implicar a casi toda la población carcelaria. Con el paso del tiempo, privilegió la catequesis pequeña, hecha en los coloquios y en los encuentros personales: respetuoso de las circunstancias de cada uno, afrontaba los grandes temas de la vida cristiana, hablando de la confianza en Dios, de la adhesión a Su voluntad, de la utilidad de la oración y de los sacramentos, cuyo punto de llegada es la Confesión, el encuentro con Dios hecho para nosotros misericordia infinita. Los condenados a muerte fueron objeto de cuidados humanos y espirituales especialísimos. Él acompañó al patíbulo, tras haberles confesado y administrado la Eucaristía, a 57 condenados a muerte. Les acompañaba con profundo amor hasta la última respiración de su existencia terrena.
Murió el 23 de junio de 1860, tras una vida ofrecida totalmente al Señor y consumada por el prójimo. Mi Predecesor, el venerable siervo de Dios papa Pío XII, el 9 de abril de 9 1948, lo proclamó patrono de las cárceles italianas y, con la Exhortación apostólica Menti nostrae, el 23 de septiembre de 1950, lo propuso como modelo a los sacerdotes comprometidos en la confesión y en la dirección espiritual.
Queridos hermanos y hermanas, que san Giuseppe Cafasso sea una llamada para todos a intensificar el camino hacia la perfección de la vida cristiana, la santidad; en particular, recuerde a los sacerdotes la importancia de dedicar tiempo al Sacramento de la Reconciliación y a la dirección espiritual, y a todos la atención que debemos tener hacia los más necesitados. Nos ayude la intercesión de la Beata Virgen María, de la que san Giuseppe Cafasso era devotísimo y que llamaba “nuestra querida Madre, nuestro consuelo, nuestra esperanza".
“Pedro y Pablo, santas raíces de la Iglesia de Roma”

El Papa tras el rezo del Ángelus en la fiesta de los santos Apóstoles



Queridos hermanos y hermanas:

Hoy la Iglesia de Roma festeja sus santas raíces, celebrando a los Apóstoles Pedro y Pablo, cuyas reliquias se custodian en las dos Basílicas dedicadas a ellos y que adornan toda la Ciudad querida por los cristianos residentes y peregrinos. La solemnidad empezó ayer por la tarde con la oración de las Primeras Vísperas en la Basílica Ostiense. La liturgia del día vuelve a proponer la profesión de fe de Pedro frente a Jesús: “Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo” (Mt 16,16). No es una declaración fruto de un razonamiento, sino una revelación del Padre al humilde pescador de Galilea, como confirma el mismo Jesús diciendo: “no te ha revelado esto la carne ni la sangre” (Mt 16,17). Simón Pedro está tan cerca del Señor como para convertirse él mismo en una roca de fe y de amor sobre la que Jesús ha edificado su Iglesia y “la ha hecho -como observa san Juan Crisóstomo- más fuerte que el mismo cielo” (Hom. in Matthæum 54, 2: PG 58,535). De hecho, el Señor concluye diciendo: “lo que ates en la tierra quedará atado en los cielos, y lo que desates en la tierra quedará desatado en los cielos” (Mt 16,19).
San Pablo – de quien hemos celebrado recientemente el bimilenario de su nacimiento – con la Gracia divina ha difundido el Evangelio, sembrando la Palabra de verdad y de salvación en medio de los pueblos paganos. Los dos Santos Patronos de Roma, a pesar de haber recibido de Dios carismas y misiones diversas que cumplir, son ambos fundamento de la Iglesia una, santa, católica y apostólica, “permanentemente abierta a la dinámica misionera y ecuménica, ya que es enviada al mundo a anunciar y testimoniar, actualizar y extender el misterio de comunión que la constituye” (Congregación para la Doctrina de la Fe, Communionis notio, 28 de mayo de 1992, n. 4: AAS 85 [1993], 840). Por eso, durante la santa Misa de esta mañana en la Basílica Vaticana, he entregado a treinta Arzobispos Metropolitanos el Palio, que simboliza tanto la comunión con el Obispo de Roma, como la misión de apacentar con amor a la única grey de Cristo. En esta solemne ocasión, deseo también dar las gracias de corazón a la Delegación del Patriarcado Ecuménico, como testimonio del vínculo espiritual entre la Iglesia de Roma y la Iglesia de Constantinopla.
El ejemplo de los Apóstoles Pedro y Pablo ilumine las mentes y encienda en los corazones de los creyentes el santo deseo de cumplir la voluntad de Dios, para que la Iglesia peregrina en la tierra sea siempre fiel a su Señor. Dirijámonos con confianza a la Virgen María, Reina de los Apóstoles, que desde el Cielo guía y sostiene el camino del Pueblo de Dios.
El peor enemigo de la Iglesia no es la persecución


Homilía del Papa en la Solemnidad de los santos Apóstoles Pedro y Pablo



Queridos hermanos y hermanas:

Los textos bíblicos de esta Liturgia eucarística de la solemnidad de los santos Apóstoles Pedro y Pablo, en su gran riqueza, ponen de relieve un tema que se podría resumir así: Dios está cerca de sus fieles servidores y los libra de todo mal, y libera a la Iglesia de las potencias negativas. Es el tema de la libertad de la Iglesia, que presenta un aspecto histórico y otro más profundamente espiritual.
Esta temática atraviesa toda la Liturgia de la Palabra de hoy. La primera y la segunda lectura hablan, respectivamente, de san Pedro y de san Pablo subrayando precisamente la acción liberadora de Dios respecto de ellos. Especialmente, el texto de los Hechos de los Apóstoles describe con abundancia de detalles la intervención del ángel del Señor, que libera a Pedro de las cadenas y le lleva fuera de la cárcel de Jerusalén, donde le había hecho encerrar, bajo estrecha vigilancia, el rey Herodes (cfr Hch 12,1-11). Pablo, en cambio, escribiendo a Timoteo cuando ya siente cercano el fin de la vida terrena, hace un balance conclusivo de ella, en el que se ve que el Señor siempre ha estado cerca de él, le libró de muchos peligros y aún lo librará introduciéndole en su Reino eterno (cfr 2 Tm 4, 6-8.17-18). El tema está reforzado por el Salmo responsorial (Sal 33), y encuentra un particular desarrollo también en el pasaje evangélico de la confesión de Pedro, allí donde Cristo promete que las potencias de los infiernos no prevalecerán sobre su Iglesia (cfr Mt 16,18).
Observando bien se nota, respecto a esta temática, una cierta progresión. En la primera Lectura se narró un episodio especifico que muestra la intervención del Señor para liberar a Pedro de la prisión; en la segunda Pablo, sobre la base de su extraordinaria experiencia apostólica, se dice convencido de que el Señor, que ya le libró “de la boca del león”, le librará “de todo mal” abriéndole las puertas del Cielo; en el Evangelio en cambio ya no se habla de los Apóstoles en singular, sino de la Iglesia en su conjunto y de su seguridad respecto a las fuerzas del mal, entendidas en sentido amplio y profundo. De esta forma vemos que la promesa de Jesús - “los poderes del infierno no prevalecerán” sobre la Iglesia – comprende tanto las experiencias históricas de persecución sufridas por Pedro y Pablo y por otros testigos del Evangelio, sino que va más allá, queriendo asegurar la protección sobre todo contra las amenazas de orden espiritual; según cuanto el mismo Pablo escribe en la Carta a los Efesios: "Nuestra lucha no es contra enemigos de carne y sangre, sino contra los Principados y Potestades, contra los Soberanos de este mundo de tinieblas, contra los espíritus del mal que habitan en el espacio" (Ef 6,12).
En efecto, si pensamos en los dos milenios de historia de la Iglesia, podemos observar que – como lo había predicho el Señor Jesús (cfr Mt 10,16-33) – nunca han faltado las pruebas a los cristianos, que en algunos periodos y lugares han asumido el carácter de verdaderas y auténticas persecuciones. Estas, sin embargo, a pesar de los sufrimientos que provocan, no constituyen el peligro más grave para la Iglesia. El mayor daño, de hecho, lo padece ésta de lo que contamina la fe y la vida cristiana de sus miembros y de sus comunidades, erosionando la integridad del Cuerpo místico, debilitando su capacidad de profecía y de testimonio, empañando la belleza de su rostro. Esta realidad está atestiguada ya por el epistolario paulino. La Primera Carta a los Corintios, por ejemplo, responde precisamente a algunos problemas de divisiones, de incoherencias, de infidelidades al Evangelio que amenazan seriamente a la Iglesia. Pero también la Segunda Carta a Timoteo – de la que hemos escuchado un pasaje – habla de los peligros de los “últimos tiempos”, identificándolos con actitudes negativas que pertenecen al mundo y que pueden contagiar a la comunidad cristiana: egoísmo, vanidad, orgullo, apego al dinero, etc. (cfr 3,1-5). La conclusión del Apóstol es determinante: los hombres que operan el mal – escribe – "no irán lejos, porque su insensatez se pondrá de manifiesto como la de aquellos” (3,9). Hay por tanto una garantía de libertad asegurada por Dios a la Iglesia, libertad tanto de los lazos materiales que buscan impedir o coartar su misión, como de los males espirituales y morales, que pueden erosionar la autenticidad y la credibilidad.
El tema de la libertad de la Iglesia, garantizada por Cristo a Pedro, tiene también una relación especifica con el rito de imposición del Palio, que hoy renovamos para treinta y ocho arzobispos metropolitanos, a los cuales dirijo mi más cordial saludo, extendiéndolo con afecto a cuantos han querido acompañarles en esta peregrinación. La comunión con Pedro y sus sucesores, de hecho, es garantía de libertad para los pastores de la Iglesia y para las propias comunidades confiadas a ellos. Lo es en los dos planos puestos en claro en las reflexiones precedentes. En el plano histórico, la unión con la Sede Apostólica asegura a las Iglesias particulares y a las Conferencias Episcopales la libertad respecto a poderes locales, nacionales o supranacionales, que pueden en ciertos casos obstaculizar la misión de la Iglesia. Además, y más esencialmente, el ministerio petrino es garantía de libertad en el sentido de la plena adhesión a la verdad, a la auténtica tradición, para que el Pueblo de Dios sea preservado de errores referidos a la fe y a la moral. El hecho por tanto de que, cada año, los nuevos metropolitanos vengan a Roma a recibir el Palio de manos del Papa va incluido en su significado propio, como gesto de comunión, y el tema de la libertad de la Iglesia nos ofrece una clave de lectura suya particularmente importante. Esto parece evidente en el caso de Iglesias marcadas por persecuciones, o también sometidas a injerencias políticas o a otras duras pruebas. Pero esto no es menos relevante en el caso de comunidades que sufren la influencia de doctrinas engañosas, o de tendencias ideológicas y prácticas contrarias al Evangelio. El Palio por tanto se convierte, al mismo tiempo, en prenda de libertad, de forma análoga al “yugo” de Jesús, que Él invita a tomar, cada uno sobre sus hombros (cfr Mt 11,29-30). Como el mandamiento de Cristo – aún exigente – es "dulce y ligero" y, en lugar de pesar sobre quien lo lleva, lo levanta, así el vínculo con la Sede Apostólica – aún comprometido – sostiene al Pastor y a la porción de Iglesia confiada a sus cuidados, haciéndoles más libres y más fuertes.
Quisiera sacar una última indicación de la Palabra de Dios, en particular de la promesa de Cristo de que las potencias del infierno no prevalecerán sobre su Iglesia. Estas palabras pueden tener también un significativo valor ecuménico, desde el momento en que, como señalaba hace poco, uno de los efectos típicos de la acción del Maligno es precisamente la división dentro de la Comunidad eclesial. Las divisiones, de hecho, son síntomas de la fuerza del pecado, que sigue actuando en los miembros de la Iglesia también después de la redención. Pero la palabra de Cristo es clara: "Non praevalebunt – no prevalecerán" (Mt 16,18). La unidad de la Iglesia está arraigada en su unión con Cristo, y su causa de la plena unidad de los cristianos – que siempre hay que buscar y renovar, de generación en generación – está también sostenida por su oración y por su promesa. En la lucha contra el espíritu del mal, Dios nos entregó en Jesús al “Abogado” defensor, y, después de su Pascua, “otro Paráclito" (cfr Jn 14,16), el Espíritu Santo, que permanece con nosotros para siempre y que conduce a la Iglesia hacia la plenitud de la verdad (cfr Jn 14,16; 16,13), que es también la plenitud de la caridad y de la unidad. Con estos sentimientos de confiada esperanza, estoy contento de saludar a la Delegación del Patriarcado de Constantinopla, que, según la bella costumbre de las visitas recíprocas, participa en las celebraciones de los Santos Patronos de Roma. Demos juntos gracias a Dios por los progresos en las relaciones ecuménicas entre católicos y ortodoxos, y renovemos el compromiso de corresponder generosamente a la gracia de Dios, que nos lleva a la comunión plena.
Queridos amigos, os saludo cordialmente a cada uno de vosotros: señores cardenales, hermanos en el Episcopado, señores embajadores y autoridades civiles, en particular al Alcalde de Roma, sacerdotes, religiosos y fieles laicos. Os doy las gracias por vuestra presencia. Que los santos Apóstoles Pedro y Pablo os obtengan amar cada vez más a la santa Iglesia, cuerpo místico de Cristo Señor y mensajera de unidad y de paz para todos los hombres. Que os concedan también ofrecer con alegría, por su santidad y su misión, las fatigas y los sufrimientos soportados por la fidelidad al Evangelio. Que la Virgen María, Reina de los Apóstoles y Madre de la Iglesia, vele siempre sobre vosotros, en particular sobre el ministerio de los arzobispos metropolitanos. Que con su ayuda celestial podáis vivir y actuar siempre en esa libertad, que Cristo nos ha conseguido. Amen.