03 enero 2011


Fiesta de las Familias 2-I-2011
Homilía del Sr. Cardenal-Arzobispo de Madrid

Mis queridos hermanos y hermanas en el Señor:
1. “La Misa de las familias” nos vuelve a reunir en la madrileña Plaza de Colón al comienzo del nuevo año 2011, año de la JMJ en Madrid, que presidirá el Santo Padre. Sres. Cardenales, Arzobispos, Obispos, Sacerdotes y familias cristianas, venidas de muchas diócesis de España y de Europa, nos hemos dado una nueva cita para renovar ante el mundo la proclamación del Evangelio de la familia, para celebrarlo en el marco litúrgico de la Eucaristía y para dar testimonio de él en la plenitud de su significado y contenidos. El Evangelio de la Familia incluye el Evangelio del matrimonio y de la vida y es inseparable del núcleo central de la Buena Noticia de que Jesucristo es el Salvador, el Mesías, el Señor. “En Él, por su sangre, tenemos la redención, el perdón de los pecados, conforme a la riqueza de la gracia que en su sabiduría y prudencia ha derrochado sobre nosotros” (Ef 1,7-8). Y, si no se nos ha dado otro nombre en el que podamos salvarnos en la vida y en la muerte, que no sea el de Jesús, tampoco seremos capaces de acoger la gracia de la salvación y hacerla nuestra, si no es a través de la familia, formada y vivida cristianamente.
2. Proclamamos el Evangelio de la Familia con la palabra iluminada por la Palabra de Dios que se ha hecho Carne en el seno de la Virgen María. Lo celebramos en la Eucaristía, el Sacramento de la oblación y de la Comunión del Cuerpo y de la Sangre de Cristo: el sacramento del “Amor de los amores”, fuente primera y suprema de la caridad y de la unión fraterna. Lo testimoniamos con la presencia pública, expresada en esta magna asamblea de las familias cristianas. Vuestra presencia, queridos padres y abuelos, jóvenes y niños, habla por sí sola en esta mañana de domingo del típico invierno madrileño, frío y soleado a la vez. Los ecos alegres de los villancicos navideños resuenan todavía en el corazón y sigue oyéndose el canto de los ángeles en Belén: “Gloria a Dios en las alturas y paz en la tierra a los hombres que ama el Señor”. ¡A vosotras, queridas familias cristianas, os ama el Señor! Vuestra presencia, sacrificada y gozosa es la que confiere esta mañana al testimonio eclesial del Evangelio de la familia una convincente autenticidad. Refleja fiel y bellamente el día a día de vuestra donación esponsal en la vida íntima de vuestro matrimonio y la generosidad de vuestro amor mutuo: abierto a la vida y a la educación abnegada de vuestros hijos, servicial con “los mayores” de vuestras familias y fraterno en las relaciones con los demás…, con los próximos y los lejanos; amor sensible a las exigencias del bien común. ¡Cuántos son hoy en España los que en el drama de la pérdida del puesto de trabajo han encontrado en la familia ¡en las familias! remedio y amparo! ¡Incontables! Vuestra participación en esta Misa de las Familias, animosa, valiente y festiva, da testimonio sobre todo, y de un modo extraordinariamente elocuente, de cuáles son las raíces más profundas y la savia viva que os sostiene y alimenta: ¡el sí que os habéis dado en Cristo!: el Cristo que ha santificado y continúa santificando vuestra unión para que seáis signo vivo de su amor esponsal a su Iglesia y, en ella, a la humanidad entera. Dichosos sois vosotros –diría el Salmista– porque habéis comprendido lo tremendo que sería perder el amor del Señor y porque seguís sus caminos. Se os puede aplicar con toda razón “su profecía”: comeréis del fruto de vuestro trabajo, seréis dichosos, os irá bien; la mujer será “como parra fecunda” en medio de la casa y vuestros hijos como renuevo de olivo, alrededor de vuestra mesa (Sal 127, 1-2.3).
3. La verdad del matrimonio y de la familia cristiana se hace densa en vuestras vidas. El anuncio del Evangelio, del Evangelio de la familia, adquiere una actualidad inusitada: ¡la fuerza de “la denuncia y profecía” y el acento insobornable de la esperanza en un momento sumamente crítico de la historia! A ese vigor profético del matrimonio y de la familia cristiana, actuando en la sociedad y en la cultura de nuestro tiempo, se referían los Obispos españoles en “sus Orientaciones morales ante la actual situación de España” de 23 de noviembre del año 2006; y, a su irrenunciable valor para construir el progreso verdadero de la sociedad actual, aludía nuestro Santo Padre en la Homilía de la Dedicación de la Basílica de la Sagrada Familia en Barcelona el 7 de noviembre del pasado año. Decía el Papa: “No podemos contentarnos con estos progresos –los técnicos, sociales y culturales–… Junto a ellos deben estar siempre los progresos morales, como la atención, protección y ayuda a la familia, ya que el amor generoso e indisoluble de un hombre y una mujer es el marco eficaz y el fundamento de la vida humana en su gestación, en su alumbramiento, en su crecimiento y en su término natural. Sólo donde existen el amor y la fidelidad, nace y perdura la verdadera libertad”.
4. ¿Es que se puede abordar seria y responsablemente el futuro del hombre –¡un futuro digno!– si se prescinde de la verdad del matrimonio y de la familia? ¿Es posible ignorarla y pasar de ella, si se quiere construir una sociedad libre, justa y solidaria en la que el hombre pueda encontrar las condiciones necesarias para su desarrollo personal de acuerdo con su naturaleza trascendente de imagen e hijo de Dios? Sencillamente: ¡no! Siempre que se cuestiona y/o se niega la verdad del matrimonio y de la familia –¡la plenitud de sus significados personales y sociales!– en la teoría y en la práctica, las consecuencias negativas no se hacen esperar. Se ciegan las fuentes de la vida con la práctica permisiva del aborto. Se banaliza con la eutanasia hasta extremos −hasta hace poco tiempo impensables−, la responsabilidad de vivir y de respetar la vida del prójimo. ¡El derecho irrevocable a la vida queda profundamente herido! Los niños y los jóvenes crecen y se educan en un ambiente de rupturas y distancias paternas, desconfiados y desconcertados, sin conocer una limpia y auténtica experiencia del amor gratuito: de ser queridos por sí mismos y de poder corresponder, igualmente, amando sin cálculos egoístas a los que les dieron la vida –sus padres– y a aquellos con los que la comparten con una insuperable e íntima cercanía –sus hermanos–. Las relaciones sociales se hacen frías y distantes: ¡nos endurecemos consciente o inconscientemente ante el dolor y las necesidad físicas y espirituales de nuestros vecinos y conciudadanos!… La sociedad se envejece y la crisis demográfica –¡imparable!– amenaza y pone en peligro el futuro de nuestros marcos de vida y bienestar económico y social. Esto es lo que está ocurriendo con mayor o menor amplitud e intensidad en las sociedades europeas. Se trata de manifestaciones de una crisis mucho más honda en sus causas, que las que se detectan en los campos de la técnica y de la acción económica, social y política. Son causas, como nos advertía Benedicto XVI en su Encíclica del pasado verano “Caritas in Veritate”, que tienen que ver con la recta formación de la conciencia, con el reconocimiento de la ley natural y de su último fundamento en Dios: ¡con el alma y con la acogida de la gracia y del don del Espíritu! Causas que tienen que ver, en una palabra, con la familia: con su fortaleza interna y con las posibilidades económicas, sociales, jurídicas y culturales de poder ser afirmada y realizada en la integridad de su verdadero ser, ¡libremente!, tanto en la sociedad como en la comunidad política. A lo largo de los siglos de la historia de la humanidad, antes y después de Jesucristo, se han dado períodos de verdadera ceguera histórica: de los pueblos y de sus mayorías culturalmente más influyentes. Con frecuencia, poco menos que cíclica, han cerrado los ojos a lo que estaba aconteciendo en los niveles más profundos de la propia realidad: a sus causas primeras. Los resultados son conocidos: ¡las crisis se convirtieron para muchos en dramas familiares y personales! ¡Devinieron pronto en verdaderas y graves crisis sociales de dificilísima solución!
5. Nos encontramos, pues, queridas familias cristianas de España y de Europa, ante un reto histórico formidable: ser los signos e instrumentos imprescindibles de la esperanza para Europa en una de sus horas más complejas y dramáticas. ¡No hay que tener miedo al afrontar la responsabilidad histórica de vivir el matrimonio y la familia cristianamente con la fortaleza de la fe y con la confianza puesta en la gracia y el amor de Jesucristo! En la Sagrada Familia de Nazareth encontráis el ejemplo y la cercanía espiritual que no os fallará nunca. José no se arredró ante la persecución de que iba a ser objeto el Niño Jesús y, con la Virgen María, su esposa, huyendo a Egipto, lo guardó y lo protegió para el bien y la salvación nuestra. En la oración y en la comunión fraterna del amor de toda la Iglesia y de sus Pastores encontraréis siempre a la gran familia de los hijos de Dios que peregrina por los caminos del hombre de nuestro tiempo entre los peligros del mundo y los consuelos de Dios. ¡La Iglesia os necesita para poder ser evangelizada y para evangelizar! Os necesita como siempre; pero, además hoy, con una nueva, grave e inaplazable urgencia. ¿Cómo podrá sin vosotros mostrarse al mundo como la comunidad de “los elegidos de Dios, santos y amados”? ¿Cómo podrá sin vosotros vivir y dar testimonio de “la misericordia entrañable”, de “la bondad, humildad, dulzura” y de “la comprensión”? ¿y, sobre todo, de la experiencia de haber sido perdonados y del saber perdonar? (cfr. Col 3,12-21).
En este, por tantos cercanos y entrañables recuerdos, evocador marco de la Plaza de Colón, el encuentro de las familias cristianas –¡una auténtica y gozosa fiesta!– alentadas por el Mensaje luminoso y cordial de nuestro Santo Padre Benedicto XVI, está anunciando al mundo: ¡en Europa, en la España y en la Europa de nuestros días, comienza a alumbrar la esperanza!


El Papa saluda a los participantes a la Misa de las Familias en Madrid

Ayer durante el rezo del Angelus:

"Saludo con afecto a los numerosos Pastores y fieles reunidos en la Plaza de Colón, de Madrid, para celebrar con gozo el valor del matrimonio y la familia bajo el lema: “La familia cristiana, esperanza para Europa”. Queridos hermanos, os invito a ser fuertes en el amor y a contemplar con humildad el Misterio de la Navidad, que continúa hablando al corazón y se convierte en escuela de vida familiar y fraterna. La mirada maternal de la Virgen María, la amorosa protección de San José y la dulce presencia del Niño Jesús son una imagen nítida de lo que ha de ser cada una de las familias cristianas, auténticos santuarios de fidelidad, respeto y comprensión, en los que también se transmite la fe, se fortalece la esperanza y se enardece la caridad. Aliento a todos a vivir con renovado entusiasmo la vocación cristiana en el seno del hogar, como genuinos servidores del amor que acoge, acompaña y defiende la vida. Haced de vuestras casas un verdadero semillero de virtudes y un espacio sereno y luminoso de confianza, en el que guiados por la gracia de Dios se pueda sabiamente discernir la llamada del Señor, que sigue invitando a su seguimiento. Con estos sentimientos, encomiendo fervientemente a la Sagrada Familia de Nazaret los propósitos y frutos de ese encuentro, para que sean cada vez más las familias en las que reine la alegría, la entrega mutua y la generosidad. Que Dios os bendiga siempre".



Palabras del Papa a los participantes de la Fiesta de la Familia 2010 durante el rezo del Angelus:
Saludo con afecto a los numerosos Pastores y fieles reunidos en la Plaza de Colón, de Madrid, para celebrar con gozo el valor del matrimonio y la familia bajo el lema: “La familia cristiana, esperanza para Europa”. Queridos hermanos, os invito a ser fuertes en el amor y a contemplar con humildad el Misterio de la Navidad, que continúa hablando al corazón y se convierte en escuela de vida familiar y fraterna. La mirada maternal de la Virgen María, la amorosa protección de San José y la dulce presencia del Niño Jesús son una imagen nítida de lo que ha de ser cada una de las familias cristianas, auténticos santuarios de fidelidad, respeto y comprensión, en los que también se transmite la fe, se fortalece la esperanza y se enardece la caridad. Aliento a todos a vivir con renovado entusiasmo la vocación cristiana en el seno del hogar, como genuinos servidores del amor que acoge, acompaña y defiende la vida. Haced de vuestras casas un verdadero semillero de virtudes y un espacio sereno y luminoso de confianza, en el que guiados por la gracia de Dios se pueda sabiamente discernir la llamada del Señor, que sigue invitando a su seguimiento. Con estos sentimientos, encomiendo fervientemente a la Sagrada Familia de Nazaret los propósitos y frutos de ese encuentro, para que sean cada vez más las familias en las que reine la alegría, la entrega mutua y la generosidad. Que Dios os bendiga siempre.


02 enero 2011

¿De qué nos sirve un Dios niño?



Angelo Scola, Cardenal-Patriarca de Venecia

La modalidad con que el Hijo de Dios viene a salvarnos no es un rito mágico, ni un mecanismo extrínseco o extraño a nosotros: el acontecimiento de la Navidad pone en marcha la libertad de los hombres y, por tanto, su responsabilidad
¿Qué necesidad tenemos hoy, en el año 2010, de un Dios niño? ¿En qué sentido es capaz de darnos un futuro, de permitirnos mirar hacia adelante llenos de una esperanza que Benedicto XVI ha definido como "confiada"? El anuncio de la Navidad nos encuentra este año afligidos y consternados frente a los numerosos signos de malestar del cuerpo social al que pertenecemos.
      Durante su dolorosa y extrema protesta, los trabajadores de la industria químicaVinyls (Venecia) me decían: «Para nosotros, la Navidad no existe si no existe un futuro de trabajo», y es bien comprensible su angustiosa incertidumbre. ¿Y qué decir de los jóvenes, tantas veces engañados sobre la naturaleza del deseo que abre al hombre a la realidad entera, que se encuentran sin ideales que defender y sin perspectiva de futuro? Y nosotros, los adultos, no podemos decir que estemos fuera de este vacío, sino que somos cómplices de una sociedad que el alarmante informeCensis en Italia define como "frágil, cínica, pasivamente adaptativa, condenada al presente".
      Paradójicamente, es precisamente aquí donde se encarna la Navidad: Dios no ha tenido miedo de "empastarse" con las contradicciones propias de la condición humana. Haciéndose familiar a nosotros, más íntimo a nosotros que nosotros mismos —como dice el gran Agustín—, nos sostiene en la dignidad de nuestros afectos, de nuestro trabajo y de nuestro reposo. Pero la modalidad con que el Hijo de Dios viene a salvarnos no es un rito mágico, ni un mecanismo extrínseco o extraño a nosotros: el acontecimiento de la Navidad pone en marcha la libertad de los hombres y, por tanto, su responsabilidad.
      Por tanto, aún más en un momento de grave dificultad —no sólo económica y política— como la que estamos atravesando, la Navidad nos exhorta a despertar, nos provoca un sobresalto de densidad humana que consiste en "vivir relaciones buenas como camino para construir prácticas virtuosas".
      ¿Por dónde empezar? Por las relaciones elementales y constitutivas: el padre y la madre ofrecen a los hijos un sentido claro de la vida, una dirección en el camino. La escuela y todos los demás agentes educativos hacen otro tanto. En el mundo del trabajo y de la economía, la primacía del hombre y de su dignidad se documenta dentro de la concreción cotidiana de la vida relacional. Esto requiere un beneficio equitativo, que en la mayoría de los casos tendrá que reinvertirse en la empresa, del que, en diversos grados, pueden participar todos los empleados. Las finanzas tendrán que volver a su función original: asegurar el futuro de la economía real.
      Son necesarias políticas familiares eficaces y políticas de inmigración realistas, pero magnánimas, con un compromiso serio para acabar con la miseria en el mundo y favorecer la paz, defender y garantizar la libertad religiosa frente a las abominables persecuciones. Y así podríamos seguir enumerando.
      Son signos que exigen un cambio de marcha —en términos cristianos, eso se llama conversión— para que no se vea al otro como un enemigo potencial o como alguien de quien defenderse y separarse, sino sobre todo como un recurso, como una gran ocasión para madurar y crecer.
      El misterio de la Navidad nos dice que Dios, el Otro por excelencia, ha dejado atrás su gloria para dejarse encerrar en la humanidad tierna y frágil de un niño. "Para que la debilidad se hiciese fuerte y la fortaleza, débil" (San Agustín).
      Por amor al hombre, Dios baja del cielo y viene a la tierra. En su vida entre nosotros, en las relaciones buenas y en las prácticas virtuosas que entabló con sus amigos, Jesús nos mostraba el tipo de hombre que proponía. Un hombre capaz de gratuidad, uno que primero ama, sin esperar nada a cambio, que se conmueve profundamente delante de la necesidad de los demás —pensemos en las curaciones que Él realizó—, un hombre que, delante de nuestra necesidad radical de salvación, da su vida en la cruz por nosotros.
      De la Santa Navidad nos llega la pro-vocación para no vivir más como si Dios no fuera familiar. Tomémosla en serio, como hizo María, como hizo José. En él se ve bien cuál es la estatura de un hombre que vive con Dios. La forma misteriosa e inaudita de la concepción de un hijo por parte de la mujer destinada a ser su esposa no se convierte, para José, en una objeción para amar, sino en una ocasión para amar aún más profundamente.
      Como ha dicho el Papa Benedicto, «en él se perfila el hombre nuevo, que mira al futuro con confianza y coraje, no siguiendo su propio proyecto, sino totalmente confiado a la infinita misericordia de Aquél que... abre el tiempo de la salvación».
Feliz Navidad.

La Sagrada Familia, “modelo de vida”

El Papa el 26 de diciembre, durante el rezo del Ángelus


Queridos hermanos y hermanas:

El Evangelio según san Lucas narra que los pastores de Belén, tras haber recibido del ángel el anuncio del nacimiento del Mesías, “fueron rápidamente y encontraron a María, a José, y al recién nacido acostado en el pesebre" (2,16). Ante los primeros testigos oculares del nacimiento de Jesús se presentó, por tanto, la escena de una familia: madre, padre e hijo recién nacido. Por esto la Liturgia nos hace celebrar, en el primer domingo después de Navidad, la fiesta de la santa Familia. Este año, esta cae precisamente el día después de Navidad, y, prevaleciendo sobre la de san Esteban, nos invita a contemplar este “icono” en el que el pequeño Jesús aparece en el centro del afecto y de la solicitud de sus padres. En la pobre gruta de Belén – escriben los Padres de la Iglesia – resplandece una luz vivísima, reflejo del misterio profundo que envuelve a ese Niño, y que María y José guardan en sus corazones y dejan transparentar en sus miradas, en los gestos, sobre todo en sus silencios. Ellos, de hecho, conservan en lo más íntimo las palabras del anuncio del ángel a María: “Aquel que nacerá será llamado Hijo de Dios" (Lc 1,35).
¡Y sin embargo, el nacimiento de cada niño lleva consigo algo de este misterio! Lo saben bien los padres, que lo reciben como un don y que, a menudo, hablan así de él. A todos nos ha pasado oír decir a un papá y a una mamá: “¡Este niño es un regalo, un milagro!". En efecto, los seres humanos viven la procreación no como un mero acto reproductivo, sino que perciben su riqueza, intuyen que cada criatura humana que se asoma a la tierra es el “signo” por excelencia del Creador y Padre que está en los cielos. ¡Qué importante es, entonces, que cada niño, al venir al mundo, sea acogido por el calor de una familia! No importan las comodidades exteriores: Jesús nació en un establo y como primera cuna tuvo un pesebre, pero el amor de María y de José le hizo sentir la ternura y la belleza de ser amado. De esto necesitan los niños: del amor del padre y de la madre. Esto es lo que les da seguridad y lo que, al crecer, permite el descubrimiento del sentido de la vida. La santa Familia de Nazaret atravesó muchas pruebas, como esa – recordada en el Evangelio según san Mateo – de la “matanza de los inocentes”, que obligó a José y María a emigrar a Egipto (cfr 2,13-23). Pero, confiando en la divina Providencia, encontraron su estabilidad y aseguraron a Jesús una infancia serena y una educación sólida.
Queridos amigos, la santa Familia es ciertamente singular e irrepetible, pero al mismo tiempo es “modelo de vida” para toda familia, porque Jesús, verdadero hombre, quiso nacer en una familia humana, y haciendo así la bendijo y consagró. Confiemos por tanto a la Virgen y a san José a todas las familias, para que no se desanimen frente a las pruebas y a las dificultades, sino que cultiven siempre el amor conyugal y se dediquen con confianza al servicio de la vida y de la educación.

01 enero 2011

Dios, su tienda en nuestra contienda

Monseñor Jesús Sanz Montes


Fue el discípulo amado, el que se recostó en el pecho del Maestro en aquella cena decisiva de intimidades, recuerdos y traiciones. No olvidará las palabras esenciales que escuchó de los labios del Maestro. San Juan nos refiere al comienzo de su Evangelio con estremecedoras palabras, qué es lo que hizo el Hijo de Dios: "la Palabra se hizo carne, y acampó entre nosotros" (Jn 1,14). Una imagen que muy bien podría comprender aquél Pueblo que sabía a lo largo de su historia lo que significa vivir a la intemperie y cobijarse en una tienda. La tienda era para el pastor, para el peregrino, para el viajante... un lugar de reposo, de restablecimiento de las fuerzas desgastadas.
Dios es el que ha querido "acamparse" en el terruño de todas nuestras intemperies, enviando a su propio Hijo como una tienda en la que poder entrar para cobijarnos de todos los descobijos pensables de nuestra vida. De este modo tan inauditoDios ha cambiado de dirección y domicilio viniéndose a nuestro barrio, a nuestra casa. Pese a todos los nobles esfuerzos y a los agotadores intentos de hacer un mundo nuevo, constatamos nuestra incapacidad de diseñar una tierra que sea por todos habitable, una tierra en la que las sombras de guerras, mentiras, corruptelas, tristezas,injusticias, muertes... no eclipsen el fulgor por el que sueñan los ojos de nuestro corazón.
Dios se ha hecho tienda, se ha acampado, nos ha dirigido su Palabra, nos ha manifestado su Gloria, nos ha regalado su Luz. Creer en la Encarnación de Dios, celebrar su Natividad, es posibilitar desde nuestra realidad personal y comunitaria, que aquel acontecimiento sucedido hace dos mil años siga sucediendo, y nuestra vida cristiana pueda ser un grito o un susurro del milagro de Dios: que los exterminios que hacemos y subvencionamos, con todos nuestros desmanes y pecados de acción y de omisión no tienen la última palabra, porque ésta corresponde a la de Dios que ha querido acamparse.
¿Podrán entrever nuestros contemporáneos, que efectivamente Dios no está lejano en su cielo, que se ha acampado muy cerca de nosotros? ¿Qué gestos tendríamos que ofrecer para testimoniar esta verdad, para que a través de nuestro vivir cotidiano tejido de pequeños o grandes momentos, puedan las gentes experimentar en la historia cristiana que Dios es Amor, que es Ternura, que es Verdad, que es Luz, que es Paz? Sólo si nuestra vida sabe a esto, si sabe a lo que sabe la de Dios, si somos tierra abierta para que en nosotros y entre nosotros, Él siga plantando su Tienda en medio de nuestras contiendas.

Hay esperanza

Monseñor Felipe Arizmendi Esquivel


VER


Ha concluido un año más y siempre nos preguntamos cómo será el siguiente. El panorama no parece halagüeño: El desempleo no se abate; la violencia y la inseguridad no disminuyen; el narcotráfico extiende sus redes; la corrupción campea en todas partes; la extorsión es el nuevo negocio; los secuestros se hacen más crueles; la inconformidad social es más agresiva; la economía es incierta; la política se concentra mucho en los procesos electorales; la educación pública se politiza; para algunos medios de comunicación lo que vale es el ingreso económico, no tanto los valores morales; la migración es más insegura; aumentan los suicidios, los abortos, la desintegración de las familias. ¿Exagero? Nada de eso; me faltaría enumerar otros factores.
A nivel de Iglesia, la pederastia clerical comprobada nos ha acarreado pérdida de confianza y de credibilidad, sobre todo en aquellos que no tienen una fe bien cimentada. Aunque hay muchos que regresan a nuestra Iglesia, también otros desertan, o se alejan, sea por falta de una evangelización más cristocéntrica, sea por nuestras propias fallas, sobre todo por la falta de bondad y de atención pastoral. La increencia llega a varios ambientes. El relativismo moral y dogmático parece sentar sus reales. El laicismo excluyente no da el paso a una laicidad positiva e incluyente. No son suficientes las vocaciones religiosas, misioneras y sacerdotales. Muchos seglares no asumen su vocación y misión apostólica en sus tareas ordinarias. La formación religiosa es deficiente. Los hermosos y profundos documentos eclesiales, como Aparecida y nuestras cartas pastorales, se quedan en papeles. Nos falta más corazón y dinamismo pastoral para llevar a cabo el encargo de Jesús de evangelizar y formar discípulos misioneros. ¿Soy pesimista? Me faltaría referir otros puntos, que nos cuestionan y punzan.

JUZGAR

Ante estas oscuridades, hay esperanza. No estamos derrotados. La Iglesia no perecerá. Nuestra seguridad se genera en la victoria de Jesucristo sobre la muerte y el pecado. El está de nuestra parte. Nos asiste el Espíritu Santo, quien nunca dejará a la deriva a la Iglesia fundada por Jesús. Nos alienta el testimonio de tantas personas buenas y santas que conforman nuestras familias y comunidades eclesiales. Nos impulsa el ejemplo de tantos catequistas, diáconos, misioneros, religiosas, sacerdotes y obispos, que entregan diariamente su vida por los demás, en una pastoral integral. Pasan desapercibidos, pero son como la sabia y la sangre que sostienen y dan vida.

Nos dijo el Papa Benedicto XVI, en Aparecida: "La Iglesia, que participa de los gozos y esperanzas, de las penas y alegrías de sus hijos, quiere caminar a su lado en este período de tantos desafíos, para infundirles siempre esperanza y consuelo". Pero nuestro aporte no es de índole política o económica, sino llevar a todos a Jesucristo, que es el único Salvador, pues "sin Cristo no hay luz, no hay esperanza, no hay amor, no hay futuro".

Por ello, "la meta es conducir al encuentro con Jesucristo vivo, Hijo del Padre, hermano y amigo, Maestro y Pastor misericordioso, esperanza, camino, verdad y vida. La referencia a Cristo ayudará a ver la historia como Cristo la ve, a juzgar la vida como Él lo hace, a elegir y amar como Él, a cultivar la esperanza como Él nos enseña, y a vivir en Él la comunión con el Padre y el Espíritu Santo" (DA 336). Ofrecer a Jesucristo no es una evasión, pues "no se concibe que se pueda anunciar el Evangelio sin que éste ilumine, infunda aliento y esperanza, e inspire soluciones adecuadas a los problemas de la existencia" (DA 333).

ACTUAR

Nosotros tenemos una solución, un camino, que es Jesucristo. No seamos sólo promotores sociales. No reduzcamos la Iglesia a una ONG. No nos quedemos sólo en análisis de la realidad. "Estamos llamados a ser maestros de la fe y, por tanto, a anunciar la Buena Nueva, que es fuente de esperanza para todos, a velar y promover con solicitud y coraje la fe católica" (DA 187), pues "toda la vida de nuestros pueblos fundada en Cristo y redimida por Él, puede mirar al futuro con esperanza y alegría" (DA 128).

31 diciembre 2010

El hombre es, por naturaleza y vocación, un ser religioso

P. Alex Barbosa de Brito

Porque proviene de Dios y hacia Él camina; el hombre solo vive una vida plenamente humana si vive libremente su relación con Dios. El hombre está hecho para vivir en comunión con Dios, en el cual encuentra su felicidad: "Cuando esté enteramente en Vos, nunca más habrá dolor y prueba; repleta de Vos por entero, mi vida será verdadera" (San Agustín, Conf. 10,28,39)

Por naturaleza, porque teniendo sed de lo infinito, nunca se satisface enteramente con las criaturas que se le presentan por los sentidos, por ser éstas relativas e finitas. El hombre tiene sed natural de algo absoluto y trascendente que lo tome por entero, en todas sus potencias, y en la propia esencia misma de su alma de modo eterno e infinito.

Por vocación, pues si el mismo Dios creó la humanidad con este instinto que la estimula a buscarlo es porque de hecho desea que lo haga, visto ser propio de la Sabiduría Divina no hacer nada sin una finalidad. Este deseo de lo absoluto en el hombre constituye, por tanto, un llamado puesto en su propia naturaleza, siendo una señal infalible de su vocación religiosa.

Llevando en consideración lo dicho arriba, se vuelve fácil comprender lo que es afirmado en el párrafo siguiente: "El hombre está hecho para vivir en comunión con Dios, en el cual encuentra su felicidad". (CATECISMO, 2001: 26)

He aquí lo que dice a este respecto Santo Tomás:

La beatitud última y perfecta, no puede estar sino en la visión de la divina esencia, para la evidencia de lo que dos cosas se deben considerar. La primera es que el hombre no es perfectamente feliz, mientras le resta algo para desear y buscar. La segunda es que la perfección es relativa a la naturaleza de su sujeto. Ahora, el sujeto del intelecto es la esencia, y es, la esencia de las cosas, como dice Aristóteles. Por donde, la perfección del intelecto está en la razón directa de su conocimiento de la esencia de una cosa. De un intelecto, pues, que conoce la esencia de un efecto sin poder conocer, por él, lo que la causa esencialmente es, no se dice que alcanza la causa en sí misma, aunque pueda, por el efecto, saber si ella existe. Por donde, permanece naturalmente en el hombre el deseo de también saber lo que es la causa, después de conocido el efecto y de sabido que tiene causa. Y tal deseo es el de admiración y provoca la indagación, como dice Aristóteles. [...] Si, pues, el intelecto humano, conociendo la esencia de un efecto creado, solamente sabe que Dios existe, su perfección tampoco no alcanzó la causa primera. Y así, tendrá su perfección por la unión con Dios como el objeto en que solo consiste la beatitud del hombre conforme ya se dijo. (AQUINO, I-II Q. 3, A. 8, REP, 1980: 1057)

Entretanto, aunque Dios haya creado la humanidad con tales anhelos naturales, éstos son insuficientes para producir de un modo perfecto esta relación, por la incapacidad de la naturaleza humana, sumada por las consecuencias del pecado original. Es lo que afirma el Doctor Angélico respecto a la Doctrina Sagrada:

Para la salvación del hombre, es necesaria una doctrina, conforme a la revelación divina, más allá de las filosóficas, investigadas por la razón humana. Porque, primeramente el hombre es por Dios ordenado a un fin que le excede la comprensión racional [...]. Ahora, el fin debe ser previamente conocido por los hombres, que para él tienen que ordenar las intenciones y actos. De suerte que, para la salvación del hombre, fue preciso, por divina revelación, hacer conocidas ciertas verdades superiores a la razón. Pero también, en aquello que de Dios puede ser investigado por la razón humana, fue necesario ser el hombre instruido por la revelación divina. Porque la verdad sobre Dios, elaborada por la razón, por pocos llegaría a los hombres, después de largo tiempo y de mezcla con muchos errores. (AQUINO, I Q. 1, A1, REP, 1980: 2)

Se hace necesaria, por tanto, una intervención de la propia Divinidad, revelándose en su Misterio Trinitario como afirma el Catecismo (2001: 27):

Mediante la razón natural, el hombre puede conocer a Dios con certeza a partir de sus obras. Pero existe otro orden de conocimiento que el hombre de modo alguno puede alcanzar por sus propias fuerzas, el de la Revelación divina (Cf. Conc. Vaticano I: DS 3015). Por una decisión totalmente libre, Dios se revela y se dona al hombre. Lo hace revelando su misterio, su proyecto benevolente, que concibió desde toda la eternidad en Cristo en pro de todos los hombres. Revela plenamente su proyecto enviando a su Hijo bien amado, Nuestro Señor Jesucristo, y el Espíritu Santo.

A respecto de la finalidad de esta Revelación, he aquí lo que agrega la misma obra:

Dios, que "habita una luz inaccesible" (1Tm 6,16), quiere comunicar su propia vida divina a los hombres, creados libremente por él, para hacer de ellos, en su Hijo único, hijos adoptivos (Cf. Ef 1,4-5). Al revelarse, Dios quiere tornar a los hombres capaces de responderle, de conocerlo y de amarlo bien, más allá de lo que serían capaces por sí mismos. (CATECISMO, 2001: 28).

Como se observa en el trecho arriba, el fin de la Revelación consiste en el hecho de que el hombre participe de la propia vida divina, con los debidos auxilios de Dios, para que sea capaz de llevar a cabo tanto más allá de sus fuerzas. Esa vida divina hace que la naturaleza humana se vuelva íntimamente unida a Dios, a través de la adopción filial, por medio de Jesucristo.

El motivo de la Revelación es el amor de Dios: "Por amor, Dios se reveló y se donó al hombre". (CATECISMO, 2001: 32).

¿Cuál debe ser la respuesta del hombre a ese amor que Dios le manifiesta por la Revelación? La encontraremos nuevamente en el Catecismo (2001: 48): "La respuesta adecuada a esta invitación es la fe. Por la fe, el hombre somete completamente su inteligencia y su voluntad a Dios".

Tal fe, como fundamento de la santidad, trae como consecuencia el actuar correctamente, como está en el Catecismo (2001: 468): "Quien cree en Cristo se vuelve Hijo de Dios. Esta adopción filial lo transforma, propiciándole seguir el ejemplo de Cristo. Ella lo torna capaz de actuar correctamente y de practicar el bien".

Y el efecto de esta fe, puesta en obras de perfección, solo puede ser lo que viene en seguida, en el mismo trecho: "En unión con su Salvador, el discípulo alcanza la perfección de la caridad, la santidad. Madurada en la gracia, la vida moral florece en vida eterna en la gloria del cielo". (CATECISMO, 2001: 468).

Redacción (Jueves, 30-12-2010, Gaudium Press) Como resultado de dicho anteriormente, se torna evidente que la Revelación es un llamado a la santidad pronunciado por el propio Dios, y tal llamado se dirige a la universalidad de los hombres y mujeres:

Que quede bien claro que todos los fieles, cualquiera sea su posición en la Iglesia o en la sociedad, son llamados a la plenitud de la vida cristiana y a la perfección de la caridad. La santidad promueve una creciente humanización. Que todos pues se esfuercen, en la medida del don de Cristo, para seguir sus pasos, tornándose conformes a su imagen, obedeciendo en todo a la voluntad del Padre, consagrándose de corazón a la gloria de Dios y al servicio del prójimo. La historia de la Iglesia muestra cómo la vida de los santos fue fecunda, manifestando abundantes frutos de santidad en el pueblo de Dios. (LUMEN GENTIUM, 2007: 223)

En Cristo Jesús somos todos llamados a pertenecer a la Iglesia y, por la gracia de Dios, a alcanzar la santidad. (LUMEN GENTIUM,2007: 231)

La finalidad para la cual la Iglesia propone algunos de estos fieles que alcanzaron la plenitud de la vida cristiana, y ya recibieron el premio de la bienaventuranza eterna a la veneración pública, está en el siguiente hecho, expresado en los textos abajo:

Al canonizar a ciertos fieles, esto es, al proclamar solemnemente que estos fieles practicaron heroicamente las virtudes y vivieron fidelidad a la gracia de Dios, la Iglesia reconoce el poder del Espíritu de santidad que está en sí y sustenta la esperanza de los fieles proponiéndolos como modelos e intercesores. (CATECISMO, 2001: 238)

De hecho, los que alcanzaron la patria y están presentes en el Señor, por él, con él y en él interceden continuamente junto al Padre. Hacen valer los méritos que obtuvieron por el único mediador entre Dios y los hombres, Jesucristo, por haber servido en todo al Señor y completado en su propia carne la pasión de Cristo, en favor del cuerpo, que es la Iglesia. Su fraternidad útil es así un precioso auxilio para nuestra debilidad. [...]

La Iglesia también siempre creyó que los apóstoles y mártires de Cristo que, derramando su sangre, dieron el testimonio supremo de fe y de amor, están particularmente unidos a nosotros. Por eso los venera con particular distinción, juntamente con la santa Virgen María y los santos ángeles, implorando piadosamente el auxilio de su intercesión. A ellos se unen inmediatamente los que imitaron más de cerca la castidad y la pobreza de Cristo, seguidos de todos aquellos que se santificaron por la práctica de las virtudes cristianas y cuyo carisma los recomienda a la piadosa devoción y a la imitación de los fieles.

Al contemplar la vida de aquellos que siguieron fielmente a Cristo, somos estimulados a considerar, bajo una nueva luz, la búsqueda de la ciudad futura. En medio de las innúmeras veredas de este mundo, aprendemos el camino correcto para llegar a la santidad, que consiste en la perfecta unión con Cristo, según el estado y la condición de cada uno. Dios manifiesta con claridad a los hombres su presencia y su rostro a través de la vida de aquellos que, iguales a nosotros en la humanidad, fueron transformados de manera más perfecta según la imagen de Cristo. Por ellos, Dios nos habla, nos da una señal de su reino y nos atrae a la verdad del Evangelio, por una inmensa cantidad de testigos. (LUMEN GENTIUM, pp. 233-234)

Entretanto, esta santidad, que es en su esencia la misma en todos aquellos que de ella participan, manifiesta formas accidentales diferentes en la diversidad de los santos. Esta verdad la vimos expresada en el trecho del documento "Lumen Gentium", en el cual se percibe una jerarquía y alteridad de santidades a través de la enumeración sintética de las diversas clases de santos veneradas por la Iglesia.

Es lo que encontramos en Saint-Laurent (1997: 47):

Reina entre los santos una admirable variedad. La virtud de un rey, como San Luis IX, no es igual a la de un mendigo voluntario, como San Bento José Labre. La perfección de un viejo, como el gran San Antonio del Desierto, no es la de un joven, como San Estanislao Kostka. La santidad de un laico, no es la de un sacerdote o de un obispo. Cada uno de estos héroes sublimes de la vida cristiana tiene su propia fisionomía sobrenatural.

Existe, por tanto, además de una vocación a la santidad que se refiere a la generalidad de los hombres, un llamado específico para cada uno, un modo de ser santo diverso para cada familia de almas y para cada ser humano en su individualidad.

Para finalizar citaremos un bello pasaje sobre este asunto del P. Garrigou-Lagrange, en el cual se da una definición de santidad bastante clara y expresiva, haciéndola una consecuencia lógica de la vivencia profunda y radical de la fe, de la cual procede el amor a Dios y al prójimo:

Se puede juzgar la vida normal de la santidad a través de dos puntos de vista bien diferentes:

- Uno, focalizando nuestra naturaleza...

- Pero también tomando como referencia los misterios sobrenaturales de la morada de la Santísima Trinidad en nosotros, de la Encarnación redentora y de la Eucaristía.

Ahora, este último punto de vista es el único que representa el juicio de la sabiduría, per "altissimam causam"; el otro modo es por la ínfima causa [...].

Si es verdad que la Santísima Trinidad habita en nosotros, que el Verbo se hizo carne, que se ofrece sacramentalmente por nosotros cada día, en la Misa y se da a nosotros como alimento, si todo esto es real, solamente los santos que viven de esa presencia divina por conocimiento casi experimental frecuente, y por un amor siempre creciente, en medio de las oscuridades y dificultades de la vida, solamente estos santos están enteramente en orden. Y la vida de íntima unión con Dios, lejos de presentarse, en lo que tiene de esencial, como cosa extraordinaria en sí, aparece como la única normal.

Antes de llegar a esta unión, somos como personas todavía medio adormecidas, que no viven suficientemente del tesoro inmenso que nos fue dado, y de las gracias siempre nuevas concedidas a los que quieren seguir generosamente a Nuestro Señor.

Por santidad entendemos una unión íntima con Dios, esto es, una gran perfección de amor de Dios y del prójimo, perfección que permanece siempre en la vida normal, pues el precepto del amor no tiene límites.

Para precisar aún más, diríamos que la santidad es el preludio normal inmediato de la vida en el Cielo, preludio que es realizado o en la Tierra, antes de la muerte, o en el Purgatorio, y que supone que el alma está perfectamente purificada, capaz de recibir la visión beatífica.

También percibimos en el extracto de arriba que la condición normal de la naturaleza humana es la santidad, pues, si por orden entendemos la recta disposición de las cosas según su naturaleza y de acuerdo con determinado fin, debemos inferir que el verdadero orden para una persona humana está en la unión con Dios, su causa y su finalidad.

29 diciembre 2010

La presencia del Vaticano en Internet cumple 15 años

Nueva frontera de la misión en el “continente digital”

 En el  día de Navidad se ha celebrado el décimo quinto aniversario de la presencia de la Santa Sede en Internet, que tuvo lugar con la publicación en la red del mensaje del papa Juan Pablo II con motivo de la Navidad de 1995 en el recién nacido portal www.vatican.va
La Santa Sede no sólo está celebrando este aniversario con un especial matasellos especial de Correos Vaticanos, sino también con el estudio de nuevos proyectos que garanticen una nueva presencia del Papa y del Vaticano, como dice precisamente el diseño filatélico "Usque ad ultimum Terrae", "hasta los confines de la Tierra".
El Servicio Internet Vaticano (antigua Oficina Internet de la Santa Sede), una de las tres oficinas de la Dirección de Telecomunicaciones del Estado de la Ciudad del Vaticano, vive este trabajo con la conciencia y la responsabilidad de ser "los brazos, las piernas, las manos digitales del Santo Padre" en la evangelización del nuevo "mundo digital", de esta "nueva cultura digital", dirigida a los "migrantes digitales y a los nativos digitales", como señala Benedicto XVI en sus últimos mensajes para las jornadas mundiales de las comunicaciones sociales.
La página  www.vatican.va, que establemente se encuentra entre las diez mil más visitadas en el mundo, según explica monseñor Lucio Adrián Ruiz, sacerdote argentino a cargo de la Oficina, es la prueba de que en estos quince años, en los que Internet ha cambiado la geografía social del planeta, "la Iglesia, en su cabeza, en su punto central, ha estado presente en este cambio cultural desde el inicio, no como quien toma o persigue un tren que ya ha pasado, sino como quien forma parte de quienes lo ponen en movimiento".
En estos días navideños, las páginas en Internet de Radio Vaticano (www.radiovaticana.org) y del Consejo Pontificio para las Comunicaciones Sociales (www.pope2you.net), en colaboración con el Centro Televisivo Vaticano, están emitiendo por primera vez en alta definición las celebraciones navideñas de Benedicto XVI, en sinergia con el Servicio Internet del Vaticano.
No sólo Vatican.va  
De hecho, como advertía monseñor Ruiz en una entrevista publicada el 12 de agosto por la edición italiana de "L'Osservatore Romano", cuando se habla de la presencia de la Santa Sede en Internet no hay que pensar sólo en el sitio www.vatican.va, sino en toda la familia de las páginas web ".va", que garantiza la presencia oficial de la Sede Apostólica.
Entre estos sitios, por ejemplo, se encuentran www.vaticastaate.va  (la página web de la Ciudad del Vaticano) y www.resources.va (una página dedicada a la respuesta de la Iglesia a la crisis de los abusos sexuales).
"Desde este año, comenzarán a ver la luz otros muchos sitios de varios organismos de la Curia Romana, que formarán parte de la familia '.va', es decir, una representación y presencia virtual de lo que uno encuentra en la realidad virtual, cuando visita en Roma a la Sede Apostólica", anuncia el responsable.
"Vatican.va lo consideramos como una especie de ventana virtual del Papa en la red, como la del Ángelus, que permite al pontífice asomarse a Internet, recorrer las autopistas digitales, hacer escuchar su propia voz y su propia presencia en todo el mundo. Una ventana que permite, en cierto sentido, el ejercicio del ministerio petrino, de padre y maestro universal, en la red Internet".
"Por este motivo, al igual que en los Ángelus de la plaza de San Pedro no hay espacios de diálogo con quien viene a encontrar y escuchar el Papa, del mismo modo en nuestro sitio no está prevista la interactividad con los usuarios: no es un chat, ni una red social, ni se ha abierto una dirección de correo electrónico para escribirle", añade.
 Pastoral y teología en la red "Hay motivos prácticos y teológicos al mismo tiempo. Por lo que se refiere a los primeros, basta pensar en cuánta gente querría interactuar con el Papa en Internet, lo que haría imposible la gestión de una mole de trabajo de esta magnitud; por lo que se refiere a las razones teológicas, hay que tener en cuenta que al pontífice le corresponde la misión universal, mientras que la personal, el contacto con cada persona, corre a cargo de los sacerdotes y obispos, cuyo papel hay que valorar para no correr el riesgo de suprimir la riqueza de la Iglesia, que tiene toda una jerarquía de ministerios y carismas".
"Ahora bien, esto no significa que no nos demos cuenta de la necesidad de actualizar el lenguaje, de hacerlo comprensible a los usuarios de Internet de hoy, que ha cambiado tanto desde que la página vio la luz por vez primera. Por este motivo, estamos estudiando una renovación no sólo gráfica, sino también estructural, que permitirá disfrutar del contenido, es más, de la presencia virtual del Papa, de una mejor manera", añade el responsable.

Nuevos retos"Vatican.va contiene 500.000, es decir, ¡medio millón!", explica monseñor Ruiz. Entre sus nuevos proyectos, anuncia, "vamos a ampliar la sección de los papas, incluyendo a todos los sucesores de Pedro, tratando de publicar los documentos principales de cada uno de manera que pueda seguirse el hilo conductor del magisterio pontificio en línea".
Por lo que se refiere a los idiomas, las novedades principales afectan a la ampliación de información y documentación en chino.
"Se está proyectando la posible apertura del ruso y el árabe, pero en cuestiones de idiomas el problema está en la falta de personal a disposición", reconoce.
"Estamos trabajando en el archivo de vídeo del Papa: crearemos una página con una colección de todos los vídeos presentes en el sitio. Desde agosto de 2009, ofrecemos el streaming transmitido por el Centro Televisivo Vaticano de cada uno de los eventos y actividades del pontífice: Ángelus, audiencias generales, homilías, viajes...".

La página web www.vatican.va recibe una media de un millón de hits al día cuando no hay eventos extraordinarios. Los países de los que procede el mayor número de visitas son por orden estadístico: Estados Unidos, Italia, España, Alemania y Brasil, seguidos de Corea del Sur, México, Canadá, Francia y China.
Las palabras más registradas por el motor de búsqueda de www.vatican.va son "vatican", "vaticano", "catholic", "romano", "osservatore", "church", "santa".

El misterio de la estrella de Belén

Emílio Portugal Coutinho

En las Sagradas Escrituras nos encontramos a Dios muchas veces comunicarse a los hombres por medio de señales en la naturaleza: la brisa de la tarde en el Paraíso, el arco iris después del diluvio, la zarza ardiente, la diáfana nube de San Elías, etc... Y en su propio nacimiento, Él quiso usar de una señal en el cielo, la Estrella de Belén.
Este hecho es narrado únicamente por un evangelista: San Mateo.
En verdad, en aquella época se admitía que el nacimiento de personas importantes estaba relacionado con ciertos movimientos de los astros celestiales.
Así, se decía de Alejandro Magno, Julio César, Augusto, y hasta filósofos como Platón tuvieron su estrella, aparecida en el cielo cuando ellos vinieron al mundo.
Mucho se ha hablado respecto de la estrella aparecida a los tres Reyes Magos, guiándolos hasta el lugar bendito en donde el Salvador había de nacer. Y no han faltado hombres de ciencia que han intentado encontrar una explicación natural para ese suceso sobrenatural, centro de la historia humana. No tenemos la pretensión de hacer un compendio científico a este respecto, pero no deja de tener cierto interés conocer, aunque sea de modo sumario, las principales tentativas de solucionar este enigma.
Una de las primeras teorías surgidas era que ese astro habría sido el planeta Venus. Cada 12 meses, poco antes de nacer el sol, él aparece diez veces más claro que la más brillante de las estrellas: la Sirius. Pero ese ya era, entonces, un fenómeno muy conocido por los pueblos de Oriente y, por tanto, para los Reyes Magos nada tendría de extraordinario.
Otra hipótesis surgió de un astrónomo reconocido en los medios científicos del siglo XVI: Johannes Kepler.
Intentó demostrar con sus largos estudios que ese astro no era sólo uno, sino la conjunción de dos planetas: Júpiter y Saturno. Cuando ellos se sobreponen, suman sus respectivos brillos. Un fenómeno de esos fue observado por él en 1604 y pudo producir un efecto semejante al que nos cuenta la Biblia. A partir de ahí, Kepler defendió su teoría.
Existen tres problemas al hacer esta afirmación: primero, esa conjunción dura apenas algunas horas, y la estrella que apareció a los Reyes Magos fue visible durante semanas; segundo, Júpiter y Saturno nunca se funden completamente en una única estrella. A simple vista, siempre se podrían distinguir dos cuerpos; tercero, a menos que la fecha del nacimiento del Niño Jesús esté muy mal calculada, tal conjunción sólo podía tener lugar tres años después.
Hay quien dice que la estrella fue, en verdad, un meteoro especialmente brillante. Pero un meteoro sólo puede durar algunos segundos, y sería muy forzado creer que esos pocos segundos de visibilidad bastarían para guiar a los Reyes Magos en un viaje a través de kilómetros, en un desierto inhabitable, y que al llegar a Belén, apareciera otro meteoro semejante, indicando el lugar exacto donde estaba el Niño Dios.
Orígenes, Padre de la Iglesia, nacido en Alejandría, Egipto, llegó a reconocer que la estrella de Belén era un cometa. Algunos cometas llegan a ser centenares de veces mayores que la tierra, y su luz puede dominar el firmamento durante semanas.
Incluso, algunos sustentan que San Mateo había quedado tan impresionado con el cometa Halley, visto en los cielos en el año 66 d.C., o por el testimonio de los más antiguos cristianos que lo habían visto en el año 12 a.C., que lo incluyó en la historia. Otros afirman que fue el propio Halley la estrella de Belén. Pero debemos reconocer que las dos fechas citadas están muy apartadas del nacimiento de Jesús para ser unidas a él. Y según los datos catalogados, no hay mención de ningún otro cometa que haya sido observado a simple vista entre los años 7 a.C. y 1 d.C., período en el cual se acepta haber nacido el Mesías. Además, lo habitual es que en la antigüedad fueran anunciadores de desgracias y no de beneficios.
Una última hipótesis científica es que habría sido una "Nova". Existen ciertas estrellas que explotan de tal forma que su luz aumenta centenares de veces en pocas horas. Son las llamadas "Novas", o "Supernovas", dependiendo de la intensidad de la explosión.
Se calcula que cada mil años, aproximadamente, una estrella se transforma en Supernova, siendo ese fenómeno visible durante varios meses, incluso durante el día.
Sin embargo, ya no se cree en esa hipótesis, pues tales explosiones, debido a su magnitud, aún después de siglos, dejan trazos inconfundibles en el espacio, como manchas estelares, etc. Entretanto, hasta hoy no se descubrió ningún indicio de tal fenómeno ocurrido en ese periodo histórico.
Si bien que las diversas tentativas de explicación científica no hayan dado respuestas satisfactorias al respecto del misterio de la estrella de Belén, eso en nada disminuye el mérito de los esforzados estudiosos, que con recta intención buscan desvelar los enigmas de la naturaleza.
Dejando de momento esas hipótesis de lado, volvamos nuestros ojos a otro aspecto de la cuestión: el campo teológico, donde se considera que la estrella era la realización de la profecía del Antiguo Testamento: "Una estrella avanza desde Jacob, un cetro se levanta de Israel" (Num 24, 17).
Algunos teólogos defienden que San Mateo hizo una interpretación de las tradiciones de la época, refiriéndose al astro no como una estrella en el sentido literal, sino como símbolo del nacimiento de un personaje importante.
Pero Santo Tomás, el doctor angélico, ya pensó en eso en su época y resolvió la cuestión en la Suma Teológica (III q. 36 a. 7), usando cinco argumentos de San Juan Crisóstomo:
1º.- Esta estrella siguió un camino de norte a sur, que no es lo común en las estrellas.
2º.- Ella aparecía no solo de noche, sino también durante el día
3º.- Algunas veces ella aparecía y otras, se ocultaba.
4º.- No tenía un movimiento continuo: avanzaba cuando era preciso que los magos caminasen, y se detenía cuando ellos debían detenerse, como la columna de nubes en el desierto.
5º.- La estrella mostró el parto de la Virgen no sólo permaneciendo en lo alto, sino también descendiendo, pues no podía indicar claramente la casa si no estuviese cercana a la Tierra.
Pero si ese astro no fue propiamente una estrella ¿qué era?
Según el propio Santo Tomás, todavía citando al Crisóstomo, podría ser:
1º.- El Espíritu Santo así como apareció en forma de paloma sobre Nuestro Señor en su Bautismo, también apareció a los Reyes Magos en forma de estrella.
2º.- Un ángel, el mismo que apareció a los pastores, apareció a los Reyes Magos en forma de estrella.
3º.- Una especie de estrella creada aparte de las otras, no en el cielo sino en la atmósfera próxima a la tierra, y que se movía según la voluntad de Dios.
Como solución al misterio de la estrella de Belén, Santo Tomás afirmaba ser más probable y correcta esta última alternativa.
De cualquier forma, tenemos la seguridad de que esa estrella continúa brillando, no solo en lo alto de los árboles de Navidad, sino principalmente en el alma de cada cristiano al conmemorar la Luz nacida en Belén para iluminar los caminos de la Humanidad.