07 enero 2011

“Debemos resplandecer como hijos de la luz”


El Papa ayer durante el rezo del Ángelus


¡Queridos hermanos y hermanas!:

Celebramos hoy la Epifanía, la manifestación de Jesús a todas las naciones, representadas por los Magos, que llegaron a Belén desde Oriente para rendir homenaje al Rey de los Judíos, cuyo nacimiento habían conocido por la aparición de una nueva estrella en el cielo (cf. Mt 2,1-12). En efecto, antes de la llegada de los Magos, el conocimiento de este acontecimiento había llegado poco más allá del círculo familiar: además de a María y a José, y probablemente a otros familiares, se había dado a conocer a los pastores de Belén, los cuales, oído el gozoso anuncio, habían acudido a ver al niño mientras todavía yacía en el pesebre. La venida del Mesías, el esperado de las gentes anunciado por los Profetas, permanecía así inicialmente en lo oculto. Hasta que, precisamente, llegaron a Jerusalén esos misteriosos personajes, los Magos, a pedir noticias del “rey de los Judíos”, nacido recientemente. Obviamente, tratándose de un rey, fueron al palacio real, donde residía Herodes. Pero éste no sabía nada de ese nacimiento y, muy preocupado, convocó rápidamente a los sacerdotes y a los escribas, quienes, basándose en la célebre profecía de Miqueas (cf. 5,1), afirmaron que el Mesías debía nacer en Belén. Y, de hecho, volviendo a caminar en esa dirección, los Magos vieron de nuevo la estrella, que les guió hasta el lugar donde se encontraba Jesús. Una vez dentro, se postraron y lo adoraron, ofreciendo dones simbólicos: oro, incienso y mirra. He aquí la epifanía, la manifestación: la venida y la adoración de los Magos es el primer signo de la singular identidad del hijo de Dios, que es también hijo de la Virgen María. Desde entonces empezó a propagarse la pregunta que acompañará toda la vida de Cristo, y que de varias maneras atraviesa los siglos: ¿quién es este Jesús?
Queridos amigos, ésta es la pregunta que la Iglesia quiere suscitar en el corazón de todos los hombres: ¿quién es Jesús? Éste es el ansia espiritual que impulsa la misión de la Iglesia: dar a conocer a Jesús, su Evangelio, para que todo hombre pueda descubrir en su rostro humano el rostro de Dios, y ser iluminado por su misterio de amor. La Epifanía anuncia la apertura universal de la Iglesia, su llamada a evangelizar a todas las gentes. Pero la epifanía nos dice también cómo la Iglesia realiza esta misión: reflejando la luz de Cristo y anunciando su Palabra. Los cristianos están llamados a imitar el servicio que hizo la estrella para los Magos. Debemos resplandecer como hijos de la luz, para atraer a todos a la belleza del Reino de Dios. Y a cuantos buscan la verdad, les debemos ofrecer la Palabra de Dios, que conduce a reconocer en Jesús “al verdadero Dios y la vida eterna” (1 Gv 5,20).
Una vez más, sentimos en nosotros un profundo reconocimiento a María, la Madre de Jesús. Ella es la imagen perfecta de la Iglesia que da al mundo la luz de Cristo: es la Estrella de la evangelización. "Respice Stellam", nos dice san Bernardo: mira la Stella, tú que vas en busca de la verdad y de la paz; dirige la mirada a María, y Ella te mostrará a Jesús, luz para todo hombre y para todos los pueblos.

06 enero 2011

Carta del Prelado 

(enero 2011)


Queridísimos: ¡que Jesús me guarde a mis hijas y a mis hijos!

Desde la noche de Navidad, y repetidamente a lo largo de las jornadas siguientes, la liturgia pone en nuestros labios las palabras de un Salmo: cantad al Señor un cántico nuevo, cantad al Señor, la tierra entera. Cantad al Señor, bendecid su Nombre; anunciad, día tras día, su salvación. Proclamad su gloria a las naciones, sus maravillas a todos los pueblos[1].

Esta reiterada invitación a la alegría tiene un motivo claro: el nacimiento del Hijo de Dios, que se ha hecho hombre sin dejar de ser Dios, para alcanzarnos la verdadera libertad. «Dios Padre, cuando llegó la plenitud de los tiempos, envió a su Hijo Unigénito, que —por obra del Espíritu Santo— tomó carne en María siempre Virgen, para restablecer la paz, para que, redimiendo al hombre del pecado, adoptionem filiorum reciperemus (Gal 4, 5), fuéramos constituidos hijos de Dios, capaces de participar en la intimidad divina: para que así fuera concedido a este hombre nuevo, a esta nueva rama de los hijos de Dios (cfr. Rm 6, 4-5), liberar el universo entero del desorden, restaurando todas las cosas en Cristo (cfr. Ef 1, 9-10), que las ha reconciliado con Dios (cfr. Col 1, 20)»[2].

El Redentor nos ha traído, además de otros bienes innumerables, el gran don de la libertad, para poder servir a Dios por amor, movidos interiormente por el Espíritu Santo, que nos ha hecho «hijos en el Hijo»[3]. Por nuestra incorporación al Cuerpo místico de Cristo, se ha arrojado lejos de nosotros el temor que nos sujetaba a esclavitud. Como recuerda San Pablo: fuisteis llamados a la libertad (...). Para esta libertad Cristo nos ha liberado. Manteneos, por eso, firmes, y no os dejéis sujetar de nuevo bajo el yugo de la servidumbre[4].

San Josemaría, comentando unas palabras del Evangelio —veritas liberabit vos[5], la verdad os hará libres—, escribía: «¿Qué verdad es ésta, que inicia y consuma en toda nuestra vida el camino de la libertad? Os la resumiré, con la alegría y con la certeza que provienen de la relación entre Dios y sus criaturas: saber que hemos salido de las manos de Dios, que somos objeto de la predilección de la Trinidad Beatísima, que somos hijos de tan gran Padre. Yo pido a mi Señor que nos decidamos a darnos cuenta de eso, a saborearlo día a día: así obraremos como personas libres. No lo olvidéis: el que no se sabe hijo de Dios, desconoce su verdad más íntima, y carece en su actuación del dominio y del señorío propios de los que aman al Señor por encima de todas la cosas»[6]. Recojo tantas consideraciones de nuestro Padre porque son como monedas de oro que el Señor pone en nuestras manos; saquemos todo el sentido que les daba quien sólo buscaba fomentar el seguimiento de Jesucristo y el servicio a la Iglesia Santa y a las almas. Sí, os vuelvo a sugerir: acudid más a este tesoro, que nos unirá hondamente al querer del Cielo.

La libertad de amar a Dios y, por Él, a todos los hombres, surge como una de las principales consecuencias de la filiación divina. Por eso hemos de defenderla, respetarla y promoverla en todos los órdenes de la existencia. Es éste el tema señalado para la Jornada Mundial de la Paz que se celebra hoy, primer día de enero. En su Mensaje, titulado La libertad religiosa, camino para la paz, Benedicto XVI dirige un vibrante llamamiento a los estadistas, a los líderes religiosos y a todos los hombres y mujeres de buena voluntad, para que promuevan y defiendan este bien grandísimo, propio de quienes han sido creados a imagen y semejanza de Dios, que —junto con el bien de la vida— constituye el fundamento más hondo de todos los derechos de la persona. «En efecto —escribe el Papa—, la apertura a la verdad y al bien, la apertura a Dios, enraizada en la naturaleza humana, confiere a cada hombre plena dignidad, y es garantía del respeto pleno y recíproco entre las personas. Por tanto, la libertad religiosa se ha de entender no sólo como ausencia de coacción, sino antes aún como capacidad de ordenar las propias opciones según la verdad»[7].

Nos viene a la memoria la apasionada defensa del don divino de la libertad, que San Josemaría llevó a cabo durante toda su vida. Muy claramente se manifiesta en su respuesta a la pregunta de un periodista. Decía nuestro Fundador: «el Opus Dei, desde que se fundó, no ha hecho nunca discriminaciones: trabaja y convive con todos, porque ve en cada persona un alma a la que hay que respetar y amar. No son sólo palabras; nuestra Obra es la primera organización católica que, con la autorización de la Santa Sede, admite como Cooperadores a los no católicos, cristianos o no. He defendido siempre la libertad de las conciencias. No comprendo la violencia: no me parece apta ni para convencer ni para vencer; el error se supera con la oración, con la gracia de Dios, con el estudio; nunca con la fuerza, siempre con la caridad»[8].

Desgraciadamente, el derecho civil a honrar y servir a Dios según el dictado de la propia conciencia, encuentra hoy grandes dificultades en muchos países. En no pocos lugares, como lamenta con dolor el Romano Pontífice, «los cristianos son actualmente el grupo religioso que sufre el mayor número de persecuciones a causa de su fe»[9]; una persecución que con frecuencia —hemos sido testigos de este hecho recientemente, una vez más— desemboca en el martirio. «En otras regiones —prosigue el Santo Padre—, se dan formas más silenciosas y sofisticadas de prejuicio y de oposición hacia los creyentes y los símbolos religiosos»[10]. Ocurre incluso en naciones de mayoría y de tradición cristiana multisecular. Ante estos abusos del poder, ningún hombre y ninguna mujer honrados deben permanecer indiferentes. «Todo esto no se puede aceptar, porque constituye una ofensa a Dios y a la dignidad humana; además es una amenaza a la seguridad y a la paz, e impide la realización de un auténtico desarrollo humano integral»[11].

No penséis que la situación actual sea inédita. Quizá en nuestros días se manifiesta con mayor extensión y con matices nuevos, también porque las comunicaciones son más fáciles y rápidas, aunque no siempre en la opinión pública se atribuye a la intolerancia religiosa el relieve que merece. Pero no supone algo nuevo en la historia, como Jesús mismo advirtió: si el mundo os odia, sabed que antes que a vosotros me ha odiado a mí (...). No es el siervo más que su señor. Si me han perseguido a mí, también a vosotros os perseguirán. Si han guardado mi doctrina, también guardarán la vuestra[12].

Había sido anunciado en el Antiguo Testamento. Escuchemos de nuevo a San Josemaría: «recordad el salmo segundo: ¿por qué se han amotinado las naciones, y los pueblos traman cosas vanas? Se han levantado los reyes de la tierra, y se han reunido los príncipes contra el Señor y contra su Cristo (Sal 2, 1-2). ¿Lo veis? Nada nuevo. Se oponían a Cristo antes de que naciese; se le opusieron, mientras sus pies pacíficos recorrían los senderos de Palestina; lo persiguieron después y ahora, atacando a los miembros de su Cuerpo místico y real. ¿Por qué tanto odio, por qué este cebarse en la cándida simplicidad, por qué este universal aplastamiento de la libertad de cada conciencia?»[13]. Pregunta que se han formulado innumerables personas a lo largo de los siglos. La respuesta nos la ofrece la Sagrada Escritura, especialmente el libro del Apocalipsis, que —con un lenguaje lleno de imágenes y símbolos— describe las luchas de la Iglesia en el curso de la historia, hasta que Jesucristo venga en su gloria para tomar posesión definitiva de su reino.

«¿Que hay muchos empeñados en comportarse con injusticia?», escribía San Josemaría. «Sí, pero el Señor insiste: pídeme, te daré las naciones en herencia, y extenderé tus dominios hasta los confines de la tierra. Los regirás con vara de hierro y como a vaso de alfarero los romperás (Sal 2, 8-9). Son promesas fuertes, y son de Dios: no podemos disimularlas. No en vano Cristo es Redentor del mundo, y reina, soberano, a la diestra del Padre»[14]. La oración es la primera exhortación del Papa en su Mensaje: «invito a los católicos a rezar por sus hermanos en la fe, que sufren violencias e intolerancias, y a ser solidarios con ellos»[15]. Dirijámonos al Señor, cada día, con verdadera fe y confianza, con una petición sincera por todos los que sufren persecución —larvada o descubierta— a causa de sus convicciones religiosas. Os invito a actuar así, sirviéndome de aquellas palabras del Señor que estaban con frecuencia en labios de nuestro Padre, y que en la Obra recitamos cada día: ut omnes unum sint![16]; que todos sean una sola cosa, por el amor a Dios y el respeto a quienes son imagen de Dios. Así podemos colaborar en «la construcción de un mundo en el que todos puedan profesar libremente su religión o su fe, y vivir su amor a Dios con todo el corazón, con toda el alma y con toda la mente (cfr. Mt 22, 37) »[17].

Para que este anhelo de fraternidad universal no se quede en un deseo inoperante, esmerémonos en tratar con la máxima comprensión y delicadeza a los demás católicos, a cada uno, amando todos los caminos que en el seno de la Iglesia conducen a Dios. Acordémonos del pasaje del Evangelio, que narra la intolerancia de algunos Apóstoles de Jesús —aún no había descendido sobre ellos el Espíritu Santo— ante las actuaciones de quienes no se contaban entre el número de los discípulos: Maestro, hemos visto a uno que expulsaba demonios en tu nombre y se lo hemos prohibido, porque no viene con nosotros. Jesús contestó: —No se lo prohibáis, porque no hay nadie que haga un milagro en mi nombre y pueda a continuación hablar mal de mí: el no está contra nosotros, con nosotros está[18]. Nuestro Padre solía comentar así este pasaje: «hijos míos, no pongáis nunca obstáculos al trabajo apostólico de quienes trabajen por Jesucristo (...). A nosotros no nos molesta nadie. Nos da mucha alegría que todos trabajen: ¡que es un mar inmenso el mundo de las almas!, ¡que vosotros améis la labor de los demás! No nos estorba nadie»[19].

Actualmente, y siempre, una tarea de importancia capital consiste en enseñar a todos —especialmente a las jóvenes generaciones— a comportarse de esta manera. Por ejemplo, ¡qué gran labor pueden realizar un padre o una madre de familia con sus hijos, en el seno del hogar, con el ejemplo y con la enseñanza oportuna! Y lo mismo en la escuela, un profesor o una profesora con criterio cristiano. Y un amigo con sus amigos, en ese apostolado de amistad y confidencia que San Josemaría enseñó a realizar. Este es un modo eficacísimo de actuar, para desterrar «el fundamentalismo religioso y el laicismo», que son —como señala el Papa— «formas especulares y extremas del rechazo del legítimo pluralismo y del principio de laicidad»[20]. Con una acción capilar y constante, aunque pueda parecer de poca importancia, se da lugar a un fenómeno como el de la piedra caída en el lago, que produce círculos cada vez más amplios, cada vez más lejos[21]. ¿Rechazas las habladurías, por desgracia tan comunes? ¿Te ejercitas en la comprensión y, cuando resulta necesario, sabes hacer la corrección fraterna? ¿Respetas y no coartas el carácter de los otros?

Además, cada uno, en uso de su legítima libertad civil, procurará influir en las costumbres sociales y en las leyes con los medios honrados que tenga a su alcance, invitando a comprometerse en esta tarea de comprensión a otras personas que, aunque no tengan fe, son gentes de buena voluntad. Porque «la libertad religiosa no es patrimonio exclusivo de los creyentes, sino de toda la familia de los pueblos de la tierra. Es un elemento imprescindible de un Estado de derecho; no se puede negar sin dañar al mismo tiempo los demás derechos y libertades fundamentales, pues es su síntesis y su cumbre»[22].

Nos acercamos a un nuevo aniversario del nacimiento de nuestro Padre. En estas fechas, podemos hacerle el regalo de ser muy fieles a sus enseñanzas y de difundirlas, de modo que se extienda más y mejor el conocimiento de su figura y de sus escritos. Los que hemos vivido a su lado y le hemos tratado personalmente, podemos atestiguar la verdad de aquellas palabras que dejó escritas: «llevo toda mi vida predicando la libertad personal, con personal responsabilidad. La he buscado y la busco, por toda la tierra, como Diógenes buscaba un hombre. Y cada día la amo más, la amo sobre todas las cosas terrenas: es un tesoro que no apreciaremos nunca bastante»[23]. En el paso por la tierra y en las enseñanzas de este sacerdote enamorado de Dios —y, por tanto, de la libertad—, hallaremos puntos de contacto con las ansias de tantos amigos y compañeros que buscan el bien y la felicidad, y no los hallan, porque nadie les ha indicado dónde se encuentran.

Antes de terminar, deseo haceros partícipes de mi alegría por haber viajado a Bucarest, en Rumania, antes de Navidad. Las personas de la Obra que residen allí se desenvuelven gustosamente, con alegría, en medio de dificultades de espacio, del mínimo necesario de comodidad, como repetía nuestro Padre apoyándose en la doctrina de Santo Tomás de Aquino; y esa realidad lleva consigo muchos frutos de almas. Estuve sólo dos días, muy intensos, en los que pude tocar con la mano, una vez más, cómo el espíritu del Opus Dei arraiga en lugares de cultura y tradiciones diversísimas. Ayudadme a dar gracias a Dios y seguid pidiendo por la Iglesia y por el Papa, bien unidos a todas mis intenciones, ¡que son muchas!

Con todo cariño, os bendice y os desea un año 2011 lleno de frutos espirituales

vuestro Padre

+ Javier

Roma, 1 de enero de 2011.




[1] Sal 95 [96] 1-3.

[2] San Josemaría, Es Cristo que pasa, n. 183.

[3] Concilio Vaticano II, Const. past. Gaudium et spes, n. 22.

[4] Gal 5, 13 y 1.

[5] Jn 8, 32.

[6] San Josemaría, Amigos de Dios, n. 26.

[7] Benedicto XVI, Mensaje para la Jornada Mundial de la Paz de 2011, 8-XII-2010, n. 3.

[8] San Josemaría, Conversaciones, n. 44.

[9] Benedicto XVI, Mensaje para la Jornada Mundial de la Paz de 2011, 8-XII-2010, n. 1.[

10] Ibid.

[11] Ibid.

[12] Jn 15, 18-20.

[13] San Josemaría, Es Cristo que pasa, n. 185.

[14] Ibid., n. 186.

[15] Benedicto XVI, Mensaje para la Jornada Mundial de la Paz de 2011, 8-XII-2010, n. 1.

[16] Jn 17, 21.

[17] Benedicto XVI, Mensaje para la Jornada Mundial de la Paz de 2011, 8-XII-2010, n. 1.

[18] Mc 9, 38-40.

[19] San Josemaría, Notas de una meditación, 16-IV-1954.

[20] Benedicto XVI, Mensaje para la Jornada Mundial de la Paz de 2011, 8-XII-2010, n. 8.

[21] Cfr. San Josemaría, Camino, n. 831.

[22] Benedicto XVI, Mensaje para la Jornada Mundial de la Paz de 2011, 8-XII-2010, n. 5.

[23] San Josemaría, Es Cristo que pasa, n. 184.
“Es la Palabra de Dios la verdadera estrella”

Homilía del Papa en la misa de la Epifanía del Señor



Queridos hermanos y hermanas:

En la solemnidad de la Epifanía la Iglesia continúa contemplando y celebrando el misterio del nacimiento de Jesús salvador. En particular, el aniversario de hoy destaca el destino y el significado universal de este nacimiento. Haciéndose hombre en el seno de María, el Hijo de Dios vino no sólo para el pueblo de Israel, representado por los pastores de Belén, sino también para toda la humanidad, representada por los Magos. Y es precisamente sobre los Magos y sobre su camino en búsqueda del Mesías (cf. Mt 2,1-12) sobre lo que la Iglesia nos invita hoy a meditar y a rezar. En el Evangelio hemos escuchado que ellos, llegados a Jerusalén desde el Oriente, preguntan: “¿Dónde está el rey de los Judíos que acaba de nacer? Porque hemos visto su estrella al oriente y venimos a adorarle” (v. 2). ¿Qué tipo de personas eran, y que especie de estrella era aquella? Ellos eran probablemente sabios que escrutaban el cielo, pero no para buscar “leer” en los astros el futuro, eventualmente para recaudar un dinero; eran más bien hombres “en búsqueda” de algo más, en búsqueda de la verdadera luz, capaz de indicar el camino que recorrer en la vida. Eran personas seguras de que en la creación existe lo que podemos definir como la “firma” de Dios, una firma que el hombre puede y debe intentar descubrir y descifrar. Quizás el modo para conocer mejor a estos Magos y acoger su deseo de dejarse guiar por los signos de Dios es detenernos a considerar lo que ellos se encuentran, en su camino, en la gran ciudad de Jerusalén.
En primer lugar se encontraron al rey Herodes. Ciertamente él estaba interesado en el niño del que hablaban los Magos; sin embargo no con el objetivo de adorarlo, como quiere dar a entender mintiendo, sino para suprimirlo. Herodes es un hombre de poder, que sólo logra ver en el otro a un rival a combatir. En el fondo, si reflexionamos bien, también Dios le parece un rival, más bien, un rival especialmente peligroso, que querría privar a los hombres de su espacio vital, de su autonomía, de su poder; un rival que indica el camino que recorrer en la vida e impide, así, hacer todo lo que se quiere. Herodes escucha de sus expertos en las Sagradas Escrituras las palabras del profeta Miqueas (5,1), pero su único pensamiento es el trono. Entonces Dios mismo debe ser ofuscado y las personas deben reducirse a simples peones que mover en el gran tablero de ajedrez del poder. Herodes es un personaje que no nos resulta simpático y que instintivamente juzgamos negativamente por su brutalidad. Pero debemos preguntarnos: ¿quizás hay algo de Herodes también en nosotros? ¿Quizás también nosotros, a veces, vemos a Dios como una especie de rival? ¿Quizás también nosotros somos ciegos ante sus signos, sordos a sus palabras, porque pensamos que pone límites a nuestra vida y no nos permite disponer de la existencia a nuestro gusto? Queridos hermanos y hermanas, cuando vemos a Dios así acabamos por sentirnos insatisfechos y descontentos, porque no nos dejamos guiar por Aquel que es el fundamento de todas las cosas. Debemos eliminar de nuestra mente y de nuestro corazón la idea de la rivalidad, la idea de que dar espacio a Dios es un límite para nosotros mismos; debemos abrirnos a la certeza de que Dios es el amor omnipotente que no quita nada, no amenaza, sino que es el Único capaz de ofrecernos la posibilidad de vivir en plenitud, de experimentar la verdadera alegría.
Los Magos se encuentran después con los estudiosos, los teólogos, los expertos que lo saben todo sobre las Sagradas Escrituras, que conocen las posibles interpretaciones de ellas, que son capaces de citar de memoria cualquier pasaje y que por tanto son una preciosa ayuda para quien quiere recorrer el camino de Dios. Pero, afirma san Agustín, ellos quieren ser guías para los demás, indican el camino, pero no caminan, permanecen inmóviles. Para ellos las Escrituras se convierten en una especie de atlas que leer con curiosidad, un conjunto de palabras y de conceptos por examinar y sobre los que discutir doctamente. Pero nuevamente podemos preguntarnos: ¿no está también en nosotros la tentación de considerar las Sagradas Escrituras, este tesoro riquísimo y vital para la fe de la Iglesia, más como un objeto para el estudio y la discusión de los especialistas que como el Libro que nos indica el camino para llegar a la vida? Pienso que, como he indicado en la Exhortación apostólica Verbum Domini, debería nacer siempre de nuevo en nosotros la disposición profunda a ver la palabra de la Biblia, leída en la Tradición viva de la Iglesia (n. 18) como la verdad que nos dice lo que es el hombre y cómo puede realizarse plenamente, la verdad que es el camino por recorrer cotidianamente, junto a los demás, si queremos construir nuestra existencia sobre roca y no sobre arena.
Y llegamos así a la estrella. ¿Qué tipo de estrella era aquella que los Magos vieron y siguieron? A lo largo de los siglos esta pregunta ha sido objeto de discusiones entre los astrónomos, Kepler, por ejemplo, consideraba que se trataba de una “nova” o una “supernova”, es decir de una de esas estrellas que normalmente emiten una luz débil, pero que pueden tener de manera improvisada una violenta explosión interna que produce una luz excepcional. Sí, cosas interesantes, pero que no nos guían a lo que es esencial para entender esa estrella. Debemos volver al hecho de que esos hombres buscaban las huellas de Dios; buscaban leer su “firma” en la creación; sabían que “los cielos narran la gloria de Dios” (Sal 19,2); estaban seguros, de que Dios puede vislumbrarse en lo creado. Pero, como hombres sabios, sabían sin embargo que no es con un telescopio cualquiera, sino con los ojos profundos de la razón en búsqueda del sentido último de la realidad y con el deseo de Dios movido por la fe, como es posible encontrarlo, incluso se hace posible que Dios se acerque a nosotros. El universo no es el resultado de la casualidad, como algunos quieren hacernos creer. Contemplándolo, estamos invitados a leer en él algo profundo: la sabiduría del Creador, la inagotable fantasía de Dios, su infinito amor por nosotros. No debemos dejarnos limitar la mente por teorías que llegan siempre sólo hasta un cierto punto y que -si miramos bien- no están de hecho en contradicción con la fe, pero no logran explicar el sentido último de la realidad. En la belleza del mundo, en su misterio, en su grandeza y en su racionalidad no podemos dejar de leer la racionalidad eterna, y no podemos menos que dejarnos guiar por ella hasta el único Dios, creador del cielo y de la tierra. Si tenemos esta mirada, veremos a Aquel que ha creado el mundo y Aquel que nació en una cueva en Belén y continúa habitando en medio de nosotros en la Eucaristía, son el mismo Dios vivo, que nos interpela, nos ama, quiere conducirnos a la vida eterna.
Herodes, los expertos en las Escrituras, la estrella. Pero sigamos el camino de los Magos que llegan a Jerusalén. Sobre la gran ciudad la estrella desaparece, ya no se ve. ¿Qué significa? También en este caso debemos leer el signo en profundidad. Para aquellos hombres era lógico buscar al nuevo rey en el palacio real, donde se encontraban los sabios consejeros de la corte. Pero, probablemente con asombro, debieron constatar que aquel recién nacido no se encontraba en los lugares del poder y de la cultura, aunque en aquellos lugares se les ofrecían preciosas informaciones sobre él. Se dieron cuenta, en cambio, de que, a veces, el poder, incluso el del conocimiento, barra el camino al encuentro con el Niño. La estrella les guió entonces a Belén, una pequeña ciudad; les guió entre los pobres, entre los humildes, para encontrar al Rey del mundo. Los criterios de Dios son diferentes a los de los hombres; Dios no se manifiesta en el poder de este mundo, sino en la humildad de su amor, ese amor que pide a nuestra libertad ser acogido para transformarnos y hacernos capaces de llegar a Aquel que es el Amor. Pero también para nosotros las cosas no son tan diferentes como lo eran para los Magos. Si se nos preguntara nuestra opinión sobre cómo Dios debería haber salvado el mundo, quizás responderíamos que debería haber manifestado todo su poder para dar al mundo un sistema económico más justo, en el que cada uno pudiera tener todo lo que quisiera. En realidad, esto sería una especie de violencia sobre el hombre, porque lo privaría de elementos fundamentales que lo caracterizan. De hecho, no involucrarían ni nuestra libertad, ni nuestro amor. El poder de Dios se manifiesta de manera totalmente diferente: en Belén, donde encontramos la aparente impotencia de su amor. Y es allí donde nosotros debemos ir, y es allí donde reencontramos la estrella de Dios.
Así nos aparece bien claro también un último elemento importante del acontecimiento de los Magos: el lenguaje de lo creado nos permite recorrer un buen tramo de camino hacia Dios, pero no nos da la luz definitiva. Al final, para los Magos fue indispensable escuchar la voz de las Sagradas Escrituras: sólo ellas podían indicarles el camino. Es la Palabra de Dios la verdadera estrella, que, en la incertidumbre de los discursos humanos, nos ofrece el inmenso esplendor de la verdad divina. Queridos hermanos y hermanas, dejémonos guiar por la estrella, que es la Palabra de Dios, sigámosla en nuestra vida, caminando con la Iglesia, donde la Palabra ha plantado su tienda. Nuestro camino estará siempre iluminado por una luz que ningún otro signo puede darnos. Y podremos también nosotros convertirnos en estrellas para los demás, reflejo de esa luz que Cristo ha hecho resplandecer sobre nosotros. Amén.

05 enero 2011

Matriz eterna del amor
Ramiro Pellitero

María es la primera que escucha la Palabra, la acoge con fe y la encarna en su cuerpo y en su entera existencia. La hace así vida divina en la tierra, entregada primero a los cristianos y, a través de ellos, al mundo
«Luna grande de enero que sin rumor nos besa…, matriz eterna donde el amor palpita, madre, madre», cantó a la Virgen María el poeta español Dámaso Alonso (1898-1989).
      Hay en el museo nacional dell Bargello, Florencia, un alto relieve esculpido en mármol por Miguel Ángel hacia 1503-1505, que se conoce como Tondo Pitti, porque tiene forma redonda (=tondo) y le fue encargada por Bartolomeo Pitti.
      La Virgen mira de frente, sentada en un bloque de piedra. A la derecha se encuentra Jesús-Niño, descansando sobre un libro abierto en el regazo de su madre. A la izquierda y detrás de María se asoma discretamente San Juan Bautista, como diciendo: «El que viene después de mí ha sido antepuesto a mí, porque existía antes que yo» (Jn 1, 15). 
      El Niño apoya su brazo en las palabras de la Escritura que él mismo encarna. En el banco marmóreo que sirve de asiento a María, puede verse ante todo la “piedra angular” o la “piedra viva” que es Cristo, rechazada por los constructores.
      San Pedro decía que los cristianos son también piedras vivas del nuevo Templo que el Espíritu Santo edifica: «También vosotros —como piedras vivas— sois edificados como edificio espiritual para un sacerdocio santo, con el fin de ofrecer sacrificios espirituales, agradables a Dios por medio de Jesucristo» (1 Pe, 2-4). Pues bien, María es la figura por excelencia de esas piedras vivas, que son los creyentes en Cristo.
      Miguel Ángel la representa en actitud contemplativa, coronada con la imagen de un querubín. Según T. Verdon, María aquí representa a la Iglesia en su sentido profundo: como la entera humanidad llamada en Cristo a la filiación divina. En  su contemplación resume la búsqueda espiritual —que surge en todos los hombres de todos los tiempos— de sentido, de verdad y de belleza. Una búsqueda que implica necesariamente la Cruz (cf. La belleza nella parola, ed. San Paolo, 2007).
      Y es cierto, porque, por su docilidad al Espíritu Santo, el corazón de María consideraba todas las cosas en la perspectiva de la salvación, convirtiéndose en el altar desde donde se elevaba constantemente el culto a Dios en unión con su Hijo: la alabanza y la acción de gracias, la reparación y la intercesión por el bien de todas las personas. Y ese culto se traducía en un servicio callado y continuo a la misión que ella tenía encomendada.
      El Evangelio de San Lucas recoge dos expresiones de Jesús que vinculan especialmente a María con la Palabra de Dios: «Mi madre y mis hermanos son estos: los que escuchan la Palabra de Dios y la ponen por obra» (8, 21); «Dichosos los que escuchan la Palabra de Dios y la cumplen» (11, 28). Con estas palabras —observa Benedicto XVI— «Jesús muestra la verdadera grandeza de María, abriendo así también para todos nosotros la posibilidad de esa bienaventuranza que nace de la Palabra acogida y puesta en práctica» (Verbum Domini, n. 124).
      Así la vida de María no sólo fue –como la de cada santo– «un rayo de luz que sale de la Palabra de Dios» (ib, n. 48); sino el medio, sublime y sencillo a la vez, por el que la Palabra de Dios, donde estaba la vida, llegó a ser luz y vida del mundo.
      En efecto, María es la primera que escucha la Palabra, la acoge con fe y la encarna en su cuerpo y en su entera existencia. La hace así vida divina en la tierra, entregada primero a los cristianos y, a través de ellos, al mundo. Ella es grande primero porque fue escogida para ser Madre de Dios. También porque, como coronación de su vida fiel, asumió al pie de la Cruz la maternidad de esta familia —la Iglesia—, que escucha la Palabra de Dios y la ofrece como vida plena de los hombres. 
      Al explicar la encarnación del Verbo, anota San Atanasio que la Palabra de Dios tomó de María nuestra condición: «María está presente en este misterio, para que de ella la Palabra tome un cuerpo, y, como propio, lo ofrezca por nosotros» (Carta a Epicteto). Y añade el santo doctor: «Estas cosas no son una ficción». Como diciendo: no son imaginaciones ni leyendas, sino el gran acontecimiento en el que María ocupó un lugar único.
      Por Cristo, con Él y en Él, que se nos da en la Eucaristía, y gracias a la Virgen madre, los cristianos somos como el cuerpo de la Palabra de Dios, que habla al mundo en la vida ordinaria de cada día. Así nuestras pequeñeces y limitaciones se convierten en signo e instrumento de la grandeza e infinitud de Dios Amor.  
Los Reyes Magos


Ángel Llorente M.




Una ilusión, una empresa, una fe. Una sola era la fuerza y uno solo el objetivo: llegar a Belén y encontrar a Jesús

Hacia el final del reinado de Herodes, cierto día llegaron a Jerusalén unos "Magos" provenientes de la región de Persia, preguntando por el lugar donde había nacido el Rey de los Judíos o Mesías, tan anunciado por los profetas Isaías, Jeremías, Ezequiel y Daniel.

- ¿Cómo os ha llegado a vosotros, tan lejos, la noticia si todavía no se ha inventado la radio ni la televisión? -dijo Herodes.

- Por las estrellas que hemos visto brillar. Por una estrella nueva, misteriosa, brillante más que el sol, que acaba de nacer. Hemos estudiado todas las escrituras: las de los Bedas, los libros antiguos de los Persas, las predicciones de Egipto y las profecías vuestras. Hemos llegado a la conclusión, sin lugar a dudas, que la estrella recientemente descubierta por nosotros es la que está anunciada en el Libro de los Números y el Rey que ha nacido es el que anuncia el profeta Zacarías: humilde y justo. Sin duda que el pueblo judío es el más privilegiado de las naciones, porque ha nacido en él, el Rey que gobernará naciones con justicia y mansedumbre, sin espada, sólo con la sabiduría de su inteligencia. Pero..., no sabemos dónde.

- Ese es un asunto fácil para mis letrados y sabios -dijo Herodes a los Magos. Seguro que no lo habéis leído todo. Ya veréis cómo mis doctores de la Ley y los sabios de Israel en poco tiempo nos resuelven el problema.

En efecto, llamó Herodes a los sacerdotes y escribas y les ordenó al punto:

- Quiero que investiguéis dónde y cuándo tiene que nacer el Mesías. No me lo digáis ahora. Mantened el "suspense" hasta los postres. ¡Hoy tengo una cena importante!

Los letrados se pusieron al punto a investigar en las Escrituras sobre el asunto y no tardaron en encontrarlo en los "rollos" de los profetas Isaías y Miqueas.

Mientras tanto, Herodes dio un banquete suculento a los extraños Magos. Consumieron vinos generosos de ambas riberas del Jordán, en copas romanas de doble asa. Les hizo obsequios y recibió de ellos regalos.

Después de hablar un rato con ellos y de mostrarles todas sus maravillosas reformas, con talante autosuficiente les dijo:

- Sepamos ahora lo que dicen mis escribanos sobre las profecías de ese nuevo rey. ¡Quizás pueda ser el Mesías! Aunque yo, en política, soy de la opinión de que hay que pactar con los romanos. Son generosos y bravos. Ellos son el progreso. Así lo aconsejan los tiempos modernos... ¡Veamos!

Los escribas se presentaron y con voz altisonante leyeron sus conclusiones:

- Majestad, ilustres magos orientales, señoras y señores. Hemos encontrado una frase que indica el lugar exacto del nacimiento del Rey de la Paz:

Y tú, Belén de Efratá, aunque eres la menor entre los clanes de Judá, de tí ha de salir aquel que ha de dominar en Israel y cuyos orígenes son desde antiguo, desde muy antaño.


Entonces Herodes hizo desalojar la sala de oídos indiscretos y dijo a los Magos:

Teniéndolo tan fácil no estaba yo suficientemente informado. He estado muy atareado en la reconstrucción del templo. He embellecido la ciudad, que estaba arruinada después de medio siglo de luchas. Bajo mi mandato se ha establecido la paz gracias a más tratados con los romanos. No es bueno dar publicidad al nacimiento de "otro" rey nuevo. Id vosotros a Belén e informáos de todo lo referente a ese niño y a sus padres. Luego yo, en el momento oportuno, también iré a postrarme ante él y adorarle. Haré preparativos y dispondré tambien mis regalos para hacerle honores divinos.

Los inocentes magos quedaron admirados de la discreción del rey y le dijeron: Así lo haremos, gran rey Herodes.

Después de dormir ese día en palacio, se despertaron muy temprano y emprendieron el camino del sur, por donde está Belén a sólo media jornada. Al amanecer de ese día, volvieron a ver la estrella y cabalgaron hacia ella hipnotizados. Cuando la estrella quedó encima de ellos, estaban entrando en el poblado de Belén.

No sabemos si los Reyes Magos eran tres, o cinco, o más. Fueran los que fueran les unía una misma estrella o cometa; una ilusión, una empresa, una fe. Una sola era la fuerza y uno solo el objetivo: llegar a Belén. La fees la única razón para llegar a Belén y encontrar a Jesús.

Pero volvamos a los Magos nuestros. Los hemos dejado entrando en Belén. Están buscando a un niño y solamente tienen como pista las luces que se van encendiendo aquí y allá. Belén es una algarabía. Aunque el poblado no es grande,hay gente de todas partes y por todas partes; gente altiva y orgullosa de ser de Belén, la tierra de David, el fundador de la casa de Belén.

Los Magos pasaron aquel día preguntando... explicando..., buscando... Pero fue en vano. ¡Qué distraida va la gente aún cuando Dios está a su lado! -pensaron.

Y cayó la tarde, y entró la noche cerrada. Rebuznos; mugidos; ladridos; lloros de niños. ¡Nada! De pronto, una de las muchas cuevas de la montaña quedó iluminada: ¡Qué raro! ¡Mirad, mirad! ¡Lo encontramos! ¿No veis aquella cueva iluminada?

- No. No vemos nada.¡Locos! ¡Visionarios!

Pero aquellos magos ya no oían más que la voz que les hablaba por dentro: ¡Lo hemos encontrado! ¡Lo hemos encontrado!

Y se fueron a aquella cueva con sus camellos y sus criados. Y tuvieron que entrar con la cabeza gacha... porque la puerta era baja. Y vieron un Niño en brazos de una mujer con carita de niña. Se postraron... Y a José le dieron los tres besos rituales en las barbas. Luego, estuvieron un rato sin decir nada... ¡Sólo contemplando! Miraban a María... Miraban al Niño... Y miraban todo el interior de la cueva iluminada con una luz que no se sabía de dónde partía. Pero eso, ¿qué importaba? Lo verdaderamente importante es que estaba iluminada.

Los Magos eran unos hombres que tenían cabeza de sabios y corazón de niños. Eran almas evangélicas desde antes que Jesús predicara. Su aventura debía ser coronada con el éxito porque habían descubierto que un Niño es el más grande. No venían a buscar a Herodes el Grande, sino al más grande, que era, precisamente un niño: ESTE NIÑO.

"El amor conyugal debe fluir en una apertura constante a la vida"


Mons. Demetrio Fernández González


 Gran repercusión tuvo en los medios españoles, y en no pocos internacionales, la homilía que Mons. Demetrio Fernández González, obispo de Córdoba, España, hizo en la Fiesta de la Sagrada Familia, en la catedral de Córdoba, el 26 de diciembre pasado.
El tema central de sus palabras fue evidentemente la familia, pero con múltiples derivaciones y aplicaciones a las circunstancias actuales en que esa institución básica se encuentra.
Tras recordar que "según el plan de Dios, la familia consiste en la unión estable de un varón y una mujer", "unión santificada por la bendición de Dios en el sacramento del matrimonio, cuyo vínculo es fuente permanente de gracia y es irrompible, es decir indisoluble", el obispo de Córdoba recuerda también que ésta unión "por su propia naturaleza está abierta a la vida y suele desembocar en el nacimiento de nuevos hijos que completan el amor de los padres y constituyen como la corona de los padres".Esta unión llega a su expresión máxima con la venida de Cristo, quien con su gracia purifica el amor matrimonial, motor de la vida familiar: "El amor matrimonial, vivido desde Cristo, ya no es un sentimiento pasajero, sino lo más radical del corazón humano, sanado por la gracia y capaz de darse de nuevo cada día. Jesucristo nos hace capaces de amarnos como Él nos ama, hasta el extremo, hasta dar la vida. Y esto no es un heroísmo del cristiano, sino que es una gracia de Dios que se alimenta continuamente de los sacramentos, de la Palabra, de la convivencia de cada día. Es un amor que convierte las dificultades en ocasiones de más amor", expresó el prelado.
La opción a la fecundidad, la apertura a la vida, que debe tener todo matrimonio verdaderamente cristiano, no son en la mente del obispo sino la consecuencia de una concepción del amor como una total donación de sí mismo hacia el amado: "El amor conyugal debe fluir en una apertura constante a la vida, que recibe de Dios responsablemente los hijos, como el mejor regalo del matrimonio. El Magisterio de la Iglesia insiste en que el amor conyugal debe ser humano, total, exclusivo y fecundo, porque la persona llega a su plenitud en el don de sí mismo. Cualquier recorte en esta donación es una merma en el don de sí mismo, es un achicamiento de la grandeza a la que el hombre (varón o mujer) es llamado. Entre los esposos, esta mutua donación tiene su expresión incluso en la donación corporal, en el lenguaje de la sexualidad que Dios mismo ha situado en el corazón humano".
En este sentido, una perversión de la noción auténtica del amor matrimonial que coloca como valor absoluto la búsqueda del placer, encarna e incuba el egoísmo más absoluto, y lleva con frecuencia hasta la violencia: "Cuando lo único que se persigue es el placer, la satisfacción de uno mismo, el otro se convierte en objeto, y el amor se convierte en egoísmo. La sexualidad entonces es el lenguaje del egoísmo, del egoísmo más terrible, porque utiliza al otro para su propio provecho. Lo que Dios ha hecho -la sexualidad humana- como expresión del amor auténtico, el hombre (varón o mujer) puede convertirlo fácilmente en lenguaje del más puro egoísmo, que conduce a disfrutar del otro a toda costa, incluso hasta la violencia psicológica o física", dijo Mons. Fernández González.
Así, la familia, que debe ser el recinto del verdadero amor, se trasforma en el habitáculo del desamor, llevando desconsuelo y frustración: "Nunca sufre más la persona humana que cuando padece desamor, y más aún si lo padece por parte de quienes deben amarle. Nada tan doloroso para el corazón humano como el sentirse objeto del otro o el sentir no correspondido el amor que ha puesto en su vida. Nuestra época padece más que nunca este desamor. Pero precisamente en nuestra época se quiere prescindir del plan de Dios, precisamente por ser de Dios. Una vez más, cuando el hombre se aparta de Dios, se acarrea toda clase de males en contra de sí mismo y en contra de los demás."

Un llamado a la afirmación de la doctrina católica

En su homilía Mons. Fernández hace un llamado a la afirmación valiente de la doctrina católica en estos temas: "Queridos esposos (y queridos sacerdotes y catequistas de estos temas). La Iglesia nos enseña que en la relación conyugal de los esposos, va contra el plan de Dios que en la unión sexual sea impedida la apertura a la vida. Todo acto matrimonial debe estar abierto por su propia naturaleza a la vida. La encíclica ‘Humanae vitae' enseña claramente esta doctrina, y -¡ay de nosotros!-, si la extorsionamos diciendo lo contrario o dejando a la conciencia de cada uno que haga lo que quiera. La conciencia no es la subjetividad que se afirma a sí misma, sino la capacidad de conocer la verdad y obedecerla con todo el corazón". Occidente busca remedio a la grave amenaza del "invierno demográfico" (España tiene la tasa de natalidad más baja del mundo). "En el desierto demográfico que padecemos, en el que el mundo occidental se muere de pena, todos tenemos nuestra parte de culpa. No sólo los legisladores y los políticos por no favorecer la familia verdadera, sino también los transmisores de la verdad evangélica (obispos-presbíteros-catequistas) por haber ocultado o negado la doctrina de la Iglesia en este punto", manifestó el obispo.
Un incentivo para difundir el plan de Dios sobre la familia, aunque en varios aspectos sea contrario a la mentalidad moderna, es el convencimiento de que sólo en su cumplimiento el hombre hallará la auténtica felicidad: "Estamos convencidos de que el plan de Dios es el único que hace felices a los hombres. Y la primera tarea que se nos encomienda a los que así lo creemos es la de vivirlo en coherencia y con una plenitud cada vez mayor, expresó el prelado.

04 enero 2011

Epifanía del Señor



P. Antonio Izquierdo





Jesucristo, desde su nacimiento, es un signo de contradicción para los hombres. Para unos, como los sabios que vienen de Oriente (evangelio) o como para Pablo, proveniente de la diáspora, es epifanía, manifestación fulgurante de su misterio (segunda lectura); epifanía prefigurada en la primera lectura, según la cual todos los pueblos se sentirán atraídos por la luz y la gloria de Jerusalén. Para otros, que viven en Jerusalén, capital del judaísmo, y que detentan la autoridad política (Herodes) o religiosa del pueblo judío (sacerdotes y maestros de la ley), Jesús, el Mesías, no es sino un rival peligroso (para Herodes) o un simple objeto de ciencia sagrada, sobre el que informan con la objetividad del experto (sacerdotes, escribas).




Mensaje doctrinal


1. Actitudes paradigmáticas ante Jesús. Ya desde los comienzos mismos de su vida, y luego en todo el Evangelio, se hallan dos actitudes fundamentales de los hombres hacia Jesús: aceptación o rechazo. María, José, los pastores, los sabios de Oriente o Magos (evangelio de hoy), Simeón y la profetisa Ana aceptan la realidad y el misterio que envuelven a Jesús de Nazaret. El rey Herodes, los sacerdotes y maestros de la ley (evangelio), los betlemitas, toman una postura de rechazo. Desde los comienzos Jesús es una bandera discutida: unos, llenos de gozo, quieren llevarla siempre muy alta; otros, hostiles, quieren abajarla y destruirla. No es el caso, pero es fácil de percibir, que ya en el Antiguo Testamento éstas dos son las actitudes de los hombres ante Dios, que en el Nuevo Testamento son las posturas de los individuos y de los pueblos ante Jesucristo y ante la primitiva Iglesia, y que esas posturas han continuado en la historia hasta el presente. Quiera o no quiera el hombre, lo sepa o no lo sepa, la persona de Jesús tiene que ver con su vida, y no precisamente de un modo puramente accidental. Jesús es el parteaguas de la vida humana y de la historia. La razón está en que todo hombre en el fondo de su conciencia busca un Salvador, y el único verdadero Salvador es Jesucristo. Esta verdad no es un axioma filosófico ni una deducción silogística, sino una amorosa revelación de Dios "a los apóstoles y profetas" y a través de ellos a todos los hombres (segunda lectura). Los hombres pueden equivocarse en la búsqueda del Salvador, pueden incluso pensar y buscar otros salvadores, pero en cualquier caso a quien buscan, el blanco hacia el que dirigen la flecha de su corazón es Jesús de Nazaret, el Redentor del mundo.


2. De las actitudes a los hechos. Las actitudes conducen lógicamente a la acción. Los Magos descubren en el firmamento la estrella del Mesías, se ponen diligentemente en camino, vencen no pocas dificultades, y, ante el niño Jesús, se postran, le adoran y le ofrecen sus regalos: oro, incienso y mirra. Son hechos concretos con los que manifiestan su alegre aceptación. Ellos son los representantes de los pueblos gentiles, prefigurados en la primera lectura, tomada de Isaías: "A tu luz caminarán los pueblos, y los reyes al resplandor de tu aurora". Herodes se sobresalta, indaga, disimula sus intenciones, trama la muerte de ese niño. Los sumos sacerdotes y escribas, por su parte, muestran su conocimiento de la Escritura, limitándose simplemente a informar. A lo largo de la vida de Jesús y en los veintiún siglos de cristianismo, ¡cuántos millones de acciones a favor y en contra de Jesús, de rechazo y de aceptación! Ésta es una clave de valor extraordinario para leer y entender la historia de Occidente, pero también de Oriente: la historia universal. Los grandes derrocamientos y caída de los imperios, los grandes fenómenos de cambio de paradigma político, cultural o social, con todas las consecuencias que conlleva, los grandes movimientos ideológicos, ¿no reciben su luz más potente del "evento Cristo", rechazado por unos, aceptado por otros? Todos, pero especialmente los historiadores, debemos reflexionar sobre esta clave histórica.




Sugerencias pastorales


1. ¡Atentos a los signos de Dios! Los Magos vieron una estrella nueva en el firmamento, y ésta suscitó su interés y su búsqueda. Fue un signo que Dios les envió y no lo dejaron pasar sin más, sino que descifraron su sentido y se pusieron en marcha. En efecto, el año 7 a.C. se efectuó la conjunción de Júpiter y Saturno en la constelación Piscis. Júpiter representaba la soberanía universal, Saturno era la estrella del pueblo judío, y Piscis significaba el fin de los tiempos. Conclusión: en Judea ha nacido el rey universal, en la plenitud de los tiempos. ¡Atención, reflexión, acción! Hemos de estar atentos porque Dios va sembrando, día tras día, no pocos signos de su presencia y de su amor eficaz, en la pequeña realidad de nuestra vida y en los diversos acontecimientos de la historia local, nacional o internacional. Hemos de reflexionar porque se trata de signos, no de evidencias, y porque los signos por su misma naturaleza remiten a otra realidad más allá de ellos mismos. Una vez interpretado correctamente el signo, hemos de pasar, de la atención y de la reflexión a la acción, para que el signo de Dios fructifique en la tierra de los hechos concretos. Dios sigue hoy hablando al hombre con palabras y con acciones, quizás lo que suceda es que los hombres no estamos preparados para descifrar su lenguaje. Los mártires del siglo XX, ¿no son un signo de Dios? Dos millones de jóvenes reunidos en Roma para la Jornada Mundial y el Jubileo de la Juventud, ¿no es acaso una palabra significativa que Dios nos dirige? ¿Y los Movimientos eclesiales? ¿Y el renacer del espíritu religioso y del ansia de trascendencia?...


2. Un mundo con algo que ofrecer a Dios. Cada año los cristianos celebramos la Navidad, la Epifanía. Dios se nos da, pequeño e impotente, sobre un pesebre o en manos de su Madre, María. Se nos da como Salvador, como Amor, como camino de vida, a todos sin excepción. ¿Qué ofrece, en cambio, el mundo al Salvador? ¿Qué le ofrecemos nosotros, cada uno de nosotros? ¿Tiene el mundo un poco más de paz que ofrecer a quien es llamado el "príncipe de la paz"? ¿Tiene el mundo algo más de solidaridad para con los más necesitados, sean individuos o naciones, para ofrecer a quien quiso hacerse en todo solidario con los hombres, menos en el pecado? ¿Ofrece el mundo más pan a los que tienen hambre, más medicinas a los que están enfermos, más ayuda para la educación a quienes no tienen posibilidades, sabiendo que "cuando lo hicisteis con uno de estos mis hermanos más pequeños conmigo lo hicisteis"? ¿Cuenta el mundo con más verdad, más honestidad, con más justicia para quien es la Verdad, para quien es el Justo por excelencia? El mundo, cada nuevo año, puede ofrecer muchas cosas buenas a Dios. Cada uno de nosotros es parte de ese mundo, y puede y debe contribuir para ofrecer "algo" a Dios.
La familia, el mejor nido para la paz

P. Fernando Pascual


La relación que existe entre familia y paz es profunda. Tan profunda que cada familia puede convertirse en fuente de concordia mundial o en inicio de nuevas tensiones en un planeta hambriento de justicia y de perdón.

El Papa Benedicto XVI, en su mensaje para la Jornada mundial de la paz (2008), habla precisamente de la familia humana como “comunidad de paz”. Vale la pena considerar algunas ideas que ofrece este mensaje sumamente actual.

La familia, explica el Papa (n. 3), permite experimentar “algunos elementos esenciales de la paz: la justicia y el amor entre hermanos y hermanas, la función de la autoridad manifestada por los padres, el servicio afectuoso a los miembros más débiles, porque son pequeños, ancianos o están enfermos, la ayuda mutua en las necesidades de la vida, la disponibilidad para acoger al otro y, si fuera necesario, para perdonarlo”.

Por eso, lo mejor que puede hacer cualquier estado es proteger y promover la institución de la familia. Al revés, un estado avanza hacia la violencia y la injusticia cuando daña o incluso destruye el núcleo fundamental, el “nido” (así llama el Papa a la familia) donde se aprende a vivir para la paz (cf. nn. 3-5).

Benedicto XVI enumera algunos de los peligros que van contra la paz al atentar contra la familia: “todo lo que contribuye a debilitar la familia fundada en el matrimonio de un hombre y una mujer, lo que directa o indirectamente dificulta su disponibilidad para la acogida responsable de una nueva vida, lo que se opone a su derecho de ser la primera responsable de la educación de los hijos, es un impedimento objetivo para el camino de la paz” (n. 5).

La familia merece, por lo tanto, ser tutelada, también en aspectos tan importantes como la vivienda y la educación. Señala el Papa cómo cada familia “tiene necesidad de una casa, del trabajo y del debido reconocimiento de la actividad doméstica de los padres; de escuela para los hijos, de asistencia sanitaria básica para todos” (n. 5).

Después de hablar de la familia a nivel global, en su relación con el ambiente y con la vida económica, Benedicto XVI evidencia la importancia de reconocer y aceptar la norma moral como camino hacia la paz en todos los niveles. “Una familia vive en paz cuando todos sus miembros se ajustan a una norma común: esto es lo que impide el individualismo egoísta y lo que mantiene unidos a todos, favoreciendo su coexistencia armoniosa y la laboriosidad orgánica” (n. 11). Este principio, que vale para la familia, vale también para las sociedades y para la humanidad:

“¿Existen normas jurídicas para las relaciones entre las Naciones que componen la familia humana? Y si existen, ¿son eficaces? La respuesta es sí; las normas existen, pero para lograr que sean verdaderamente eficaces es preciso remontarse a la norma moral natural como base de la norma jurídica, de lo contrario ésta queda a merced de consensos frágiles y provisionales” (n. 12).

Las partes finales de este mensaje constituyen una invitación apremiante a trabajar por la paz en aquellas regiones de la tierra que sufren por culpa de la violencia y de la guerra, así como a relanzar el desarme, especialmente respecto de las armas nucleares.

A la vez, el Papa recuerda los importantes aniversarios que jalonan el año 2008: 60 aniversario de la Declaración universal de los derechos humanos (1948), 40 aniversario de la primera Jornada mundial por la paz (1968), 25 aniversario de la Carta de los derechos de la familia (1983).

La paz del mundo se construye desde la paz que nace de las familias. Todos podemos poner algo de nuestra parte. Todos podemos acoger la invitación que el Papa dirige “a todos los hombres y mujeres a que tomen una conciencia más clara sobre la común pertenencia a la única familia humana y a comprometerse para que la convivencia en la tierra refleje cada vez más esta convicción, de la cual depende la instauración de una paz verdadera y duradera” (n. 15)