06 febrero 2011

ABECEDARIO DE LA JORNADA MUNDIAL DE LA JUVENTUD 2011


Acogida
Existen dos modelos de alojamiento: en grandes espacios (colegios, parroquias, polideportivos, etc.) para grupos grandes de peregrinos, o en casas de familias, más indicado para grupos pequeños 
Benedicto XVI

«Intentad acoger cada día la Palabra de Cristo. Escuchadle como al verdadero Amigo con quien compartir el camino de vuestra vida. Con Él a vuestro lado seréis capaces de afrontar con valentía y esperanza las dificultades, los problemas, también las desilusiones y los fracasos.»

Catering
Los inscritos con manutención recibirán cheques de comida, que se canjean en más de mil restaurantes en toda la Comunidad adscritos a la JMJ. Muchos establecimientos ofrecerán también la comida o la cena para llevar.
Días en las Diócesis
El programa va del 11 al 15 de agosto.  Para participar hay que inscribirse en la JMJ y señalar la diócesis elegida. A la práctica totalidad de las diócesis españolas se han sumado la diócesis francesa de Bayona y Gibraltar.
 
Euros

La JMJ se autofinancia: las autoridades públicas no aportan dinero a la JMJ. Las inscripciones son la principal fuente de financiación de la JMJ; el resto es cubierto por empresas y particulares.

Festival de la Juventud

Madrid será una fiesta internacional, con actividades musicales, artísticas, históricas y tradicionales españolas y de todos los rincones del planeta. Los actos culturales de la JMJ tendrán lugar del 15 al 19.

Gobierno

El Gobierno de España, la Comunidad de Madrid y Ayuntamiento de Madrid colaboran eficazmente en los temas de su competencia, para que esta cita juvenil mundial sea un gran éxito para España y para Madrid.

Hoteles

La organización no se ocupa de aquellos peregrinos que desean alojarse en hoteles, y delega la gestión en Viajes El Corte Inglés, la agencia oficial de viajes.

Inscripciones

La inscripción es online. Todas las modalidades de inscripción incluyen seguro de accidente, transporte público, mochila y acceso prioritario a los actos centrales.

Jóvenes voluntarios

Son la columna vertebral de la JMJ. Se necesitarán 20.000 voluntarios: quien desee participar ha de inscribirse a través de la página web.


Kairós

La JMJ contará con una Feria de las Vocaciones, ubicada en el Parque del Retiro. Todos los movimientos y realidades eclesiales están invitados a participar en esta muestra de la riqueza espiritual de la Iglesia.


 Liturgia

 El tesoro de la liturgia, cuidada con esmero  hasta los más pequeños detalles (en los ornamentos sagrados, la atención a las rúbricas, la música, la distribución de la comunión, etc.) ayudará a de scubrir la belleza de la fe a muchos jóvenes.



Mochila

La mochila contiene un Evangelio, el Libro del Peregrino (para seguir las ceremonias), la Guía de la JMJ (con el programa, la agenda cultural, etc.), el catecismo YouCat, la camiseta de la JMJ, una gorra, un abanico y un rosario. 
 

Números
La Jornada Mundial de la Juventud es el encuentro de jóvenes más numeroso del planeta. Por los datos que llegan de distintos países, la edición de Madrid tendrá una participación multitudinaria.

Obispos

Numerosos obispos de todo el mundo -casi un cuarto del episcopado mundial- participarán en la JMJ 2011, junto al Papa y acompañando a los jóvenes de sus diócesis. En esos días, Madrid será el centro de la Cristiandad.

Prensa

La participación de medios nacionales e internacionales alcanzará números muy altos: se espera acreditar a más de 5.000 profesionales de la información.


Quién es quién

La JMJ depende del Pontificio Consejo de Laicos, organismo de la Santa Sede presidido por el cardenal Stanislaw Rylko; y del Comité organizador local, presidido por el Cardenal Antonio María Rouco Varela.

 
Reconciliación

Para acercar a los jóvenes el sacramento de la reconciliación, el Parque del Retiro acogerá una ‘Fiesta del perdón', donde los asistentes a la JMJ dispondrán de varios cientos de sacerdotes que escucharán confesiones en muchos idiomas.


Solidaridad

El Fondo de Solidaridad sirve para permitir que participen en la JMJ jóvenes de países en guerra o serias dificultades económicas. Al inscribirse se pide un donativo de 10€ a cada uno de los jóvenes.


Transporte

La red de transporte de Madrid es una de las más completas del mundo. El abono de transporte está incluido en la inscripción, y facilitará la movilidad por toda la Comunidad.


Universal

La JMJ es una muestra de la universalidad de la Iglesia Católica. Se esperan peregrinos de prácticamente la totalidad de países del mundo.


Visados   

  El  Gobierno de España estudia la concesión de visados gratuitos, siguiendo un protocolo que los facilite los peregrinos que vengan con instituciones eclesiales, y garantice al mismo tiempo que no se genera inmigración ilegal.


Website

La página www.madrid11.com es la primera y principal fuente de información acerca de este acontecimiento: programa y horario de los actos, modalidades de inscripción, audiovisuales y carteles promocionales descargables, etc.

XX

Los inscritos tendrán un pase del peregrino, que les asignará un lugar reservado en los actos centrales,  y les dará acceso gratuito a las actividades culturales del Festival de la Juventud.


YouCat

YouCat, abreviación de Youth Catechism, un catecismo escrito para jóvenes, prologado por Su santidad Benedicto XVI, y que será entregado a los participantes.


Zonas

Las zonas de los actos centrales, divididas en sectores para garantizar el orden, la atención y la seguridad de todos, se asignan en función de la proveniencia de los inscritos y de la fecha en que formalicen completamente su inscripción. Cuanto antes se inscriban, más cerca se estará del Papa.


05 febrero 2011

PREFACIO DEL PAPA AL SUBSIDIO AL CATECISMO PARA LA JMJ DE MADRID



¡Queridos jovenes amigos! Hoy os aconsejo la lectura de un libro extraordinario.
Es extraordinario por su contenido pero también la forma en que se compuso, que yo deseo explicaros brevemente, para que se pueda comprender su particularidad. Youcat ha tomado su origen, por así decirlo, de otra obra que se remonta a los años 80. Era un periodo difícil tanto para la Iglesia como para la sociedad mundial, durante el cual se previó la necesidad de nuevas orientaciones para encontrar un camino hacia el futuro. Después del Concilio Vaticano II (1962-1965) y en el cambiado ambiente cultural, muchas personas ya no sabían correctamente qué debían creer propiamente los cristianos, qué enseñaba la Iglesia, si ésta podía enseñar algotout court, y cómo todo esto se podía adaptar al nuevo clima cultural.
¿El Cristianismo en cuanto tal no está superado? ¿Se puede aún hoy razonablemente ser creyente? Estas son las preguntas que aún hoy muchos cristianos se plantean. El papa Juan Pablo II se resolvió entonces por una decisión audaz: decidió que los obispos de todo el mundo escribieran un libro con el que responder a estas preguntas.
Él me confió la tarea de coordinar el trabajo de los obispos y de velar para que de las contribuciones de los obispos naciese un libro – quiero decir un verdadero libro, y no una simple yuxtaposición de múltiples textos. Este libro debía llevar el título tradicional el Catecismo de la Iglesia Católica, y con todo ser algo absolutamente estimulante y nuevo; debía mostrar qué cree hoy la Iglesia católica y de qué modo se puede creer de forma razonable. Me quedé sustado ante esta tarea, y debo confesar que algo parecido pudiese llevarse a cabo. ¿Cómo podía suceder que autores que están desperdigados en todo el mundo pudiesen producir un libro legible?
¿Cómo podían hombres que viven en continentes diversos, y no solo desde el punto de vista geográfico, sino también intelectual y cultural, producir un texto dotado de una unidad interna y comprensible en todos los continentes?
A esto se añadía el hecho de que los obispos debían escribir no simplemente a título de autores individuales, sino en representación de sus hermanos y de sus Iglesias locales.
Debo confesar que también hoy me parece un milagro el hecho de que este proyecto al final se haya conseguido. Nos encontrábamos tres o cuatro veces al año durante una semana y discutíamos apasionadamente sobre cada una de las porciones de texto que mientras tanto se habían desarrollado.
En primer lugar hubo que definir la estructura del libro: debía ser sencilla, para que cada grupo de autores pudiese recibir una tarea clara y no tuviesen que forzar sus afirmaciones en un sistema complicado. Es la misma estructura que este libro; está tomada sencillamente de una experiencia catequética larga en siglos: qué creemos / de qué forma celebramos los misterios cristianos / de que modo tenemos la vida en Cristo / de que forma debemos rezar. No quiero ahora explicar cómo nos enfrentamos en la gran cantidad de preguntas, hasta que no resultó de allí un verdadero libro. En una obra de este género son muchos los puntos discutibles: todo lo que los hombres hacen es insuficiente y puede ser mejorado, y a pesar de ello se trata de un gran libro, un signo de unidad en la diversidad. A partir de muchas voces se pudo formar un coro pues teníamos la partitura común de la fe, que la Iglesia nos ha hecho llegar desde los apostoles, a través de los siglos, hasta hoy.
¿Por qué todo esto?
Ya entonces, en el tiempo de la redacción del CCC, tuvimos que constatar no sólo que los continentes y las culturas de sus pueblos son diferentes, sino también que dentro de cada sociedad existen “continentes” distintos: el obrero tiene una mentalidad distinta de la del campesino, y un físico distinta de la de un filólogo; un empresario distinta de la de un periodista, un joven distinta de la de un anciano. Por este motivo, en el lenguaje y en el pensamiento, tuvimos que ponernos por encima de todas estas diferencias, y por así decirlo, buscar un espacio común entre los diferentes universos mentales; con ello fuimos siendo cada vez más conscientes de que el texto requería “traducciones” en los diversos mundos, para poder llegar a las personas con sus diferentes mentalidades y problemáticas distintas. Desde entonces, en las Jornadas Mundiales de la Juventud (Roma, Toronto, Colonia, Sydney) se han encontrado de todo el mundo jóvenes que quieren creer, que están a la búsqueda de Dios, que aman a Cristo y desean caminos comunes. En este contesto nos preguntamos si no deberíamos intentar traducir el Catecismo de la Iglesia Católica a la lengua de los jóvenes y hacer penetrar sus palabras en su mundo. Naturalmente, también entre los jóvenes de hoy hay muchas diferencias; así, bajo la probada guía del arzobispo de Viena, Christoph Schönborn, se compuso un Youcat para los jóvenes. Espero que muchos jóvenes se dejen fascinar por este libro.
Algunas personas me dicen que el catecismo no interesa a la juventud de hoy; pero yo no creo en esta afirmación y estoy seguro de que tengo razón. Ésta no es tan superficial como se la acusa de ser; los jóvenes quieren saber en qué consiste de verdad la vida. Una novela criminal es irresistible porque nos implica en la suerte de otras personas, pero que podría ser también la nuestra; este libro es irresistible porque nos habla de nuestro propio destino y que por ello nos afecta de cerca a cada uno de nosotros.
Por este motivo os invito: ¡estudiad el Catecismo! Este es mi deseo de corazón.
Este subsidio al Catecismo no os adula. No ofrece soluciones fáciles, exige una vida nueva por vuestra parte; os presenta el mensaje del Evangelio como “la perla preciosa” (Mt 13,45) por la cual es necesario dar cualquier cosa. Por esto os pido: ¡estudiad el Catecismo con pasión y perseverancia!
¡Sacrificad vuestro tiempo por ello! Estudiadlo en el silencio de vuestra habitación, leedlo entre dos, si sois amigos formad grupos y redes de estudio, intercambiad ideas en Internet. ¡Continuad de todas las formas posibles el diálogo sobre vuestra fe!
Debéis conocer aquello que creéis; debéis conocer vuestra fe con la misma precisión con la que un especialista en informática conoce el sistema operativo de un ordenador; debéis conocerla como un músico conoce la pieza; sí, debés estar profundamente enraizados en la fe de las generaciones de vuestros padres, para poder resistir con fuerza y decisión en los desafíos y las tentaciones de este tiempo. Necesitáis la ayuda divina, si vuestra fe no quiere secarse como una gota de rocío al sol, si no queréis sucumbir a la tentación del consumismo, si no queréis que vuestro amor se ahogue en la pornografía, si no queréis traicionar a los débiles y a las víctimas de abusos y de violencia.
Si os dedicáis con pasión al estudio del catecismo, querría daros un último consejo: sabéis todos como ha sido herida la comunidad de los creyentes por los ataques del mal en los últimos tiempos, por la penetración del pecado en el interior, incluso en el corazón de la Iglesia. No uséis esto como pretexto para huir de la mirada de Dios, ¡vosotros mismos sois el cuerpo de Cristo, la Iglesia! Llevad el fuego intacto de vuestro amor en esta Iglesia cada vez que los hombres le han oscurecido el rostro. “Con solicitud incansable y fervor de espíritu, servid al Señor” (Rom 12,11)
Cuando Israel estaba en el punto más oscuro de su historia, Dios llamó, no a las personas importantes o consideradas, sino a un joven llamado Jeremías, el cual se sintió desbordado por una misión demasiado grande: “Yo respondí: ¡Ah, Señor! Mira que no sé hablar, porque soy demasiado joven”. (Jer 1,6). Pero Dios no se dejó engañar: “El Señor me dijo: No digas: Soy demasiado joven, porque tú irás adonde yo te envíe y dirás todo lo que yo te ordene” (Jer 1,7).
Os bendigo y rezo todos los días por vosotros.
Benedicto pp. XVI

AUDIENCIA A LOS MIEMBROS DEL TRIBUNAL SUPREMO DE LA SIGNATURA APOSTÓLICA


El Papa ayer en el Palacio Apostólico


Señores cardenales, venerados hermanos en el Episcopado y en el Sacerdocio.
Queridos hermanos y hermanas,
deseo antes que nada, ofrecer mi saludo al Prefecto de la Signatura Apostólica, el señor cardenal Raymond Leo Burke, al cual agradezco el discurso con el que ha comenzado este encuentro. Saludo a los señores cardenales, y a los obispos miembros del Tribunal Supremo, al secretario, los oficiales y todos los colaboradores que desarrollan su ministerio cotidiano en el Dicasterio. Dirijo también un cordial saludo a los referandarios y a los abogados.
Esta es la primera oportunidad en la que me reúno con el Tribunal de la Signatura Apostólica después de la promulgación de la Lex propria, que suscribí el 21 de junio de 2008. Precisamente en el transcurso de la preparación de tal ley surgió el deseo, de los miembros de la Signatura, de poder dedicar -en la forma común de todo Dicasterio de la Curia Romana (Cfr Cost. ap. Pastor bonus, 28 junio 1988, art. 11; Reglamento General de la Curia Romana, 30 abril 1999, artt. 112-117)- una periódica Congregatio plenaria para la promoción de la recta administración de la justicia en la Iglesia (cfr Lex propria, art. 112).
La función de este Tribunal, de hecho, no se limita al ejercicio supremo de la función judicial, sino que también desempeña desde su oficina, en el ámbito ejecutivo, la supervisión de la recta administración de la justicia en el cuerpo eclesial (Cfr Cost. ap. Pastor bonus, art. 121; Lex propria, art. 32). Esto implica entre otras cosas, como la Lex propria indica, la recogida actualizada de información sobre el estado y la actividad de los tribunales locales a través del informe anual que cada tribunal tiene que enviar a la Signatura Apostólica; la organización y elaboración de los datos que vienen de estos; la identificación de estrategias para la valoración de los recursos humanos e institucionales en los tribunales locales, además del ejercicio constante de las funciones de dirección dirigida a los moderadores de los tribunales diocesanos e inter-diocesanos, a los que compete institucionalmente la responsabilidad directa de la administración de la justicia.
Se trata de una obra coordinada y paciente, destinada a proveer a los fieles una administración correcta de la justicia, rápida y eficiente, como yo pedía, en relación a las causas de nulidad matrimonial, en la exhortación apostólica postsinodal Sacramentum caritatis: “Allí donde surgen legítamente las dudas sobre la validez del contrato sacramental del Matrimonio, se debe tener lo necesario para verificar la verdad. Es necesario asegurar, en el pleno respeto al derecho canónico, la presencia en el territorio de los tribunales eclesiásticos, su carácter pastoral, su actividad correcta y rápida. Es necesario que en cada diócesis haya un número suficiente de personas preparadas para el
correcto funcionamiento de los tribunales eclesiásticos. Recuerdo que 'es una obligación grave la de hacer que la estructura institucional de la Iglesia en los tribunales sea cada vez más cercana a los fieles'” (n.29). En aquella ocasión no dejé de referirme a la instrucción Dignitas connubii, que da a los moderadores y a los ministros de los tribunales, bajo la forma devademecum, las normas necesarias para que las causas de nulidad matrimonial sean tratadas y definidas de la manera más rápida y segura. La actividad de esta Signatura Apostólica está dirigida a asegurar que los tribunales eclesiásticos estén presentes en el territorio y que su ministerio sea adecuado a las justas exigencias de rapidez y simplicidad a la que los fieles tienen derecho en el tratamiento de sus causas, cuando, según su competencia, promueve la erección de tribunales interdiocesanos; provee con prudencia la dispensa de títulos académicos de los ministros de los tribunales, incluso verificando su pericia real en el derecho sustantivo y procesal; concede las dispensas necesarias de las leyes procesales cuando el ejercicio de la justicia requiere, en un caso particular, la relaxatio legis para conseguir el fin pretendido por la ley. Esta es también una obra importante de discernimiento y de aplicación de la ley procesal.
La supervisión de la administración recta de la justicia sería insuficiente si no comprendiese también la función de tutela de la recta jurisprudencia (Cfr Lex propria, art. 111, §1). Los instrumentos de conocimiento y de intervención, de los que la Lex propria y la posición institucional proveen a esta Signatura Apostólica, permiten una acción que, en coordinación con el Tribunal de la Rota Romana (Cfr Cost. ap. Pastor bonus, art. 126), es providencial para la Iglesia.
Las exhortaciones y las prescripciones con las cuales esta Signatura Apostólica acompaña las respuestas a los informes anuales de los tribunales locales, muy frecuentemente recomiendan a los respectivos moderadores el conocimiento y la adhesión tanto a las directivas propuestas en las alocuciones pontificias anuales a la Rota Romana, como a la común jurisprudencia rotal sobre los aspectos específicos que son urgentes para los tribunales individuales.
Invito, por tanto, también a la reflexión, que os ocupará estos días, sobre la recta jurisprudencia que hay que proponer a los tribunales locales en la materia de error iuris como motivo de nulidad matrimonial.
Este Tribunal Supremo está también ocupado en otro ámbito delicado de la administración de la justicia, que le fue confiado por el Siervo de Dios Pablo VI; la Signatura conoce, de hecho, las controversias surgidas por una actuación de la potestad administrativa eclesiástica y a esta le remite a través del recurso propuesto legalmente contra las actuaciones administrativas singulares que vienen o han sido aprobadas por el Dicasterio de la Curia Romana (Cfr Cost. ap. Regimini Ecclesiae universae, 15 agosto 1967, n. 106;CIC, can. 1445, § 2; Cost. ap. Pastor bonus, art. 123; Lex propria, art. 34). Este es un servicio de vital importancia: la predisposición de los instrumentos de justicia – desde la solución pacífica de las controversias hasta el tratamiento y definición judicial de las mismas – constituye la oferta de un lugar de diálogo y de restablecimiento de la comunión de la Iglesia.
Aunque es verdad, que a la injusticia se la debe enfrentar, en primer lugar, con las armas espirituales de la oración, de la caridad, del perdón y de la penitencia, no se puede excluir, en algún caso, la oportunidad y la necesidad de que sea respondida con los instrumentos procesales. Estos constituyen antes que nada, un lugar para el diálogo, que puede ser que conduzca a la concordia y a la reconciliación. No por casualidad el ordenamiento procesal prevé que in limine litis, incluso, en toda fase del proceso, haya espacio y ocasión para que “cuando alguien se considere perjudicado por un decreto, se evite el conflicto entre el mismo y el autor del decreto, y que se procure llegar de común acuerdo a una solución equitativa, acudiendo incluso a la mediación y al empeño de personas prudentes, de manera que la controversia se eluda o se dirima por un medio idóneo. ” (CIC, can. 1733, § 1). Son impulsadas para este fin, iniciativas y normativas dirigidas a las instituciones de oficio o consejos que tengan como tarea, según las normas establecidas, de buscar y sugerir soluciones equitativas (Cfr ibid., § 2).
En otros casos, cuando no sea posible solucionar la controversia pacíficamente, el desarrollo del proceso contencioso-administrativo comportará la definición judicial de la controversia: también en este caso la actividad del Tribunal Supremo mira a la reconstitución de la comunión eclesial, o sea al restablecimiento de un orden objetivo conforme al bien de la Iglesia. Sólo esta comunión restablecida y justificada a través de la motivación de la decisión judicial puede dar lugar a una auténtica estructura eclesial en paz y armonía. Es lo que significa el destacado principio:Opus iustitiae pax. La laboriosa restauración de la justicia esta destinada a reconstruir las relaciones entre los fieles y la Autoridad Eclesiástica de un modo justo y ordenado. De hecho, la paz interior y la voluntariosa colaboración de los fieles en la misión de la Iglesia emanan de la restablecida conciencia de desarrollo pleno de la propia vocación. La justicia, que la Iglesia busca, a través del proceso contencioso administrativo, puede ser considerada como el inicio, exigencia mínima frente a una expectativa de caridad, indispensable y al mismo tiempo insuficiente, si se compara con la caridad de la vive la Iglesia. Sin embargo, el Pueblo de Dios peregrino sobre la tierra no podrá realizar su identidad como comunidad de amor si en sí misma no respeta las exigencias de la justicia.
Confío a María Santísima, Speculum iustitiae e Regina pacis, el precioso y delicado ministerio que la Signatura Apostólica desarrolla a servicio de la comunión de la Iglesia, mientras os expreso a cada uno de vosotros la seguridad de mi estima y de mi aprecio. Sobre vosotros y sobre vuestro esfuerzo cotidiano invoco la luz del Espíritu Santo y os imparto a todos mi Bendición Apostólica.

04 febrero 2011

LA SAL LUMINOSA


Monseñor Jesús Sanz Montes

   En los evangelios de los próximos domingos vamos a ir escuchando el comentario que Jesús mismo hará al sermón de las Bienaventuranzas que escuchábamos el domingo pasado. Será Él quien vaya desarrollando lo que significa una vida dichosa, feliz, bienaventurada, según la lógica de su Buena Noticia.
         La felicidad cristiana, quiere el Señor que se parezca a la sal: para dar sabor, para evitar la corrupción. La bienaventuranza de los cristianos, su dicha, quiere Jesús que se parezca a la luz: para disipar toda oscuridad y tenebrismo. Y esta es la relación que hay entre el evangelio de este domingo y el del domingo pasado. Ciertamente, que hay muchas cosas desabridas en nuestro mundo que dejan un pésimo sabor, o se corrompen. E igualmente constatamos que en la historia humana, la remota y la actual, hay demasiadas cosas oscuras, apagadas, opacas. No es un drama de éste o aquél país, de ésta o aquélla época, sino un poco el fatal estribillo de todo empeño humano cuando está viciado de egoísmo, de insolidaridad, de aprovechamiento, de cinismo, de injusticia, de mentira, de inhumanidad...
         La presencia cristiana en un mundo con tantos rincones desaboridos y oscureci­dos, no es un alarde sabihondo. Los cristianos en tantas ocasiones hemos sido prota­gonistas o al menos cómplices de un mundo tan poco bienaventurado e infeliz. Por eso no es lo que pide el Señor en este evangelio una posición presuntuosa. No pretendemos decir a la gente insípida y apagada: miradnos a los cristianos. Sería arrogante e incluso hipócrita. Nuestra indicación es otra: miradle a Él, mirad a la Luz, acoged la Sal. Es lo que dice Pablo en la 2ª lectura: he venido a vosotros a anunciaros el testimonio de Dios, no el mío, y lo he hecho no con ardid humano sino en la debilidad y el temor en los que se ha manifestado el poder del Espíritu (cfr. 2Cor 2,1-4).
            Pero esa Luz y esa Sal que constituyen la Buena Noticia de Jesús, son visibles y audibles cuando se pueden reconocer en la vida de una comunidad cristiana, en la vida de todo cristiano. Ya lo decía Isaías: en ti rom­perá la luz como aurora, y se volverá mediodía la oscuridad cuando partas tu pan con el hambriento y sacies al indigente (cfr. Is 58,8-10). Jesús nos quiere felices, dichosos, bienaventurados, nos quiere con una vida llega de sabor y plena de luminosidad. Una luz que ilumina toda zona oscura, y una sal que produce un gusto de vida nueva. Es decir, una "luz salada" que puesta en el cande­lero de una ciudad elevada hace que el testimonio de Dios sea visible y audible, para que quien nos vea y escuche pueda dar gloria a nuestro Padre del cielo (cfr. Mt 5,16).

03 febrero 2011

¿Por qué ser tomista?

 
Mons. João Scognamiglio Clá Dias, E.P.



"Eterna es la fidelidad del Señor" (Sl 116, 2).

Uno de los síntomas por los cuales podemos discernir cómo Dios crea el alma humana con vistas a la vida eterna es la inextinguible sed de eternidad que brota de su más profundo núcleo. Y eso acontece a pesar del hombre constatar hasta qué punto es efímera su existencia terrenal, tal cual dice el Eclesiástico: "La duración de la vida humana es cuando mucho de cien años. En el día de la eternidad estos breves años serán contados como una gota de agua del mar, como un grano de arena" (Eclo 18, 8).

El hombre tiene sed de perpetuar su recuerdo 


Entretanto, arde en el hombre el deseo de prolongar establemente su recuerdo junto a los que con él viven, como también entre aquellos que en el futuro habrán de existir. La angustia, muchas veces, impregna el espíritu de quien se coloca en la perspectiva de ser enteramente olvidado por los suyos y por la posteridad. Es simplemente considerar este versículo del Eclesiastés: "No hay memoria de lo que es antiguo, y nuestros descendientes no dejarán memoria junto a aquellos que vendrán después de ellos" (Ecle 1, 11); casi siempre hay cierta amargura en el fondo del alma de quien experimenta la progresiva cercanía de la muerte.

Este es el pánico psíquico que estuvo en la raíz de la ansiosa búsqueda del éxito de parte de tantos infelices. Ellos más encontraron frustración que felicidad y, lo que es peor, ‘ad perpetuam rei memoriam'. Más aún, ese recuerdo que ansiaban se fijó en las estelas de la Historia, bien al extremo opuesto de la gloria divina que deseaban. Los tiempos que nos precedieron están cuajados de ilustraciones de esta triste situación. Algunas, sin embargo, se tornaron paradigmáticas como es, por ejemplo, el caso de Alejandro Magno (356 - 323 a.C.).
Nos cuenta la Historia, que él llegó a exigir de sus súbditos un culto de idolatría, considerándose dios. Pero, ¿de qué le valieron la sucesión de magníficas victorias, la fundación del Imperio Griego y el haberse tornado el dominador absoluto del Oriente Próximo? [1]
De paso recordemos otro nombre, cargado de significado, para ilustrar los desastrosos resultados a los que conduce este malvado delirio de autopromoción. Recordemos cómo el emperador Calígula se volvió famoso por los excesos de crueldad. Su memoria permaneció - y así se prolongará hasta el final de los tiempos - manchada por los peores crímenes y atrocidades, y jamás dejará de ser objeto de horror y abyección.

"Eterna será la memoria del justo"

¡Cuánto erraron estos y tantos otros hombres! Pues el camino para perpetuar la memoria es totalmente otro, tal cual afirma el Salmista: "Eterna será la memoria del justo" (Sl 111, 6), o el propio Libro de la Sabiduría: "Más vale una vida sin hijos, pero rica de virtudes: su memoria será inmortal, porque será conocida de Dios y de los hombres" (Sb 4, 1). Aún más nimbada de gloria será la inmortalidad de su memoria, si de sus labios o de su pluma brotan sabias y elevadas explicitaciones según los recursos de la razón humana, sobre las últimas causas, el mundo, el hombre y la propia existencia de Dios, como también de sus atributos. Y si ese esfuerzo no se apoya exclusivamente en la inteligencia sino, de manera especial, en las luces que nos proporciona la Revelación, el fulgor de ahí resultante será mayor.

Perfecta unión entre filosofía y teología

Un indiscutible ejemplo de quien, en esa línea, marcó los acontecimientos de la Iglesia y fue aureolado de la mejor fama es Santo Tomás de Aquino. Por un rico soplo del Espíritu Santo, supo él conjugar las verdades filosóficas y teológicas como procedentes de la Verdad Creadora e Inteligencia Suprema. Y eso porque la Filosofía es la más importante de las ciencias para servir a la Teología, siendo ésta la primera entre todas ellas. Una estudia el orden de la naturaleza y la otra, el orden de la gracia. Ambas muy armónicas, pues, de ellas, uno solo es el creador: ¡Dios! Él es el autor de la verdad natural, como también de la revelada, y de ahí que hay un necesario y perfecto entrelazamiento entre razón y fe.
En el corazón del Doctor Angélico, la lógica adquiere alas sin perder su contacto con la tierra, y las ciencias físicas, metafísicas y filosóficas, con toda humildad, se inclinan delante de la autoridad divina para servir a la Teología. En su mente encontramos un inocente resumen de toda la ciencia de la Edad Media, e incluso de la del mundo antiguo, purificada y santificada; allí estaban la Filosofía y la Teología conducidas a una perfecta unión, la razón sometida a la fe con nuevo vigor y energía. Por eso no debemos considerar sus obras como simples ensayos de Teología o de Filosofía, pero sí un monumento-síntesis de enorme envergadura y profundidad, esplendor de una gran época. De ahí se vuelve comprensible también hoy el motivo por el cual se debe buscar en Santo Tomás una de las más bellas aplicaciones del método, o mejor aún, de la lógica en toda la fuerza de su claridad y penetración, y nunca con las barreras con que la envolvieron en los siglos posteriores.

La Suma Teológica marcó su época y la posteridad

Ya sea en el alma de los santos, ya sea en la voz del Magisterio de la Iglesia, siempre hubo un reconocimiento del genio divino con el cual Santo Tomás elaboró su Suma Teológica, discerniendo y desarrollando todos los ramos del conocimiento humano, agrupándolos, entrelazándolos y entregándolos al servicio de la fe. Es en esta perspectiva que encontramos a Santo Alberto Magno abismado delante de la Suma Teológica producida por su ex-alumno, cuando con mucho esfuerzo intentaba él hacer avanzar la suya, que hace cierto tiempo comenzara.
"Cuando Alberto leyó la Suma de su antiguo alumno, exclamó maravillado: ‘¡Esto es perfecto y definitivo!' Y se abstuvo de continuar la suya. El Concilio de Trento confirmó su parecer: sobre la mesa de la sala colocó, a lado de la Biblia, la Suma de Santo Tomás, como testamento de la Edad Media". [2]


1. Cf. Gran Enciclopedia Rialp, Vol. I, Madrid: Rialp SA, 1971.
2. WEISS, J. B. Historia Universal, Barcelona, Tip. de la Educación, 1929, Vol. VII, p. 170.
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02 febrero 2011

LA PERFECCIÓN CRISTIANA EN SANTA TERESA DE ÁVILA


El Papa hoy en la Audiencia General

Queridos hermanos y hermanas:
En el curso de las Catequesis que he querido dedicar a los Padres de la Iglesia y a grandes figuras de teólogos y de mujeres de la Edad Media, he podido detenerme también en algunos Santos y Santas que han sido proclamados Doctores de la Iglesia por su eminente doctrina. Hoy quisiera iniciar una breve serie de encuentros para completar la presentación de los Doctores de la Iglesia. Y comienzo con una Santa que representa una de las cumbres de la espiritualidad cristiana de todos los tiempos: santa Teresa de Jesús.
Nace en Ávila, en España, en 1515, con el nombre de Teresa de Ahumada. En su autobiografía ella misma menciona algunos detalles de su infancia: el nacimiento de “padres virtuosos y temerosos de Dios”, dentro de una familia numerosa, con nueve hermanos y tres hermanas. Aún niña, con al menos 9 años, pudo leer las vidas de algunos mártires que le inspiran el deseo del martirio, tanto que improvisa una breve fuga de casa para morir mártir y subir al Cielo (cfr Vida 1, 4); “quiero ver a Dios” dice la pequeña a sus padres. Algunos años después Teresa habló de sus lecturas de la infancia y afirmó haber descubierto la verdad, que resume en dos principios fundamentales: por un lado “el hecho de que todo lo que pertenece a este mundo, pasa”, por el otro que sólo Dios es para “siempre, siempre, siempre”, tema que recupera en su famosísimo poema “Nada te turbe, nada te espante; todos se pasa,/ Dios no se muda, la paciencia todo lo alcanza, /quien a Dios tiene nada le falta, ¡Sólo Dios basta!”. Se quedó huérfana de madre a los 12 años, le pidió a la Virgen Santísima que fuera su madre (cfr. Vida 1,7).
Si en la adolescencia la lectura de libros profanos la había llevado a las distracciones de la vida mundana, la experiencia como alumna de las monjas agustinas de Santa María de las Gracias de Ávila y la lectura de libros espirituales, sobre todo clásicos de espiritualidad franciscana, le enseñan el recogimiento y la oración. A la edad de 20 años entra en el monasterio carmelita de la Encarnación, siempre en Ávila. Tres años después, enferma gravemente, tanto que permanece durante cuatro días en coma, aparentemente muerta (cfr Vida 5, 9). También en la lucha contra sus propias enfermedades la Santa ve el combate contra las debilidades y las resistencias a la llamada de Dios. Escribe: “Deseaba vivir porque comprendía bien que no estaba viviendo, sino que estaba luchando con una sombra de muerte, y no tenía a nadie que me diese vida, y ni siquiera yo me la podía tomar, y Aquel que podía dármela tenía razón en no socorrerme, dado que tantas veces me había vuelto hacia Él, y yo le había abandonado” (Vida 8, 2) . En 1543 pierde la cercanía de sus familiares: el padre muere y todos sus hermanos emigran uno detrás de otro a América. En la Cuaresma de 1554, a los 39 años, Teresa llega a la cumbre de su lucha contra sus propias debilidades. El descubrimiento fortuito de “un Cristo muy llagado” marca profundamente su vida (cfr Vida 9). La Santa, que en aquel periodo siente en profunda consonancia con el san Agustín de las Confesiones, describe así la Jornada decisiva de su experiencia mística: “Sucedió... que de repente me vino un sentimiento de la presencia de Dios, que de ninguna forma podía dudar que estaba dentro de mí o que yo estaba toda absorbida en Él” (Vida 10, 1).
Paralelamente a la maduración de su propia interioridad, la Santa comienza a desarrollar de forma concreta el ideal de reforma de la Orden Carmelita: en 1562 funda en Ávila, con el apoyo del Obispo de la ciudad, don Álvaro de Mendoza, el primer Carmelo reformado, y poco después recibe también la aprobación del Superior General de la Orden, Giovanni Battista Rossi. En años sucesivos continuó la fundación de nuevos Carmelos, en total diecisiete. Fue fundamental su encuentro con san Juan de la Cruz, con el que, en 1568, constituyó en Duruelo, cerca de Ávila, el primer convento de carmelitas descalzas. En 1580 obtiene de Roma la erección en Provincia autónoma para sus Carmelos reformados, punto de partida de la Orden Religiosa de los Carmelitas Descalzos. Teresa termina su vida terrena justo cuanto está ocupándose de la fundación.
En 1582, de hecho, tras haber constituido el Carmelo de Burgos y mientras está realizando el viaje de vuelta hacia Ávila, muere la noche del 15 de octubre en Alba de Tormes, repitiendo humildemente dos expresiones: “Al final, muero como hija de la Iglesia” y “Ya es hora, Esposo mío, de que nos veamos”. Una existencia consumada dentro de España, pero empeñada por toda la Iglesia. Beatificada por el papa Pablo V en 1614 y canonizada en 1622 por Gregorio XV, fue proclamada “Doctora de la Iglesia” por el Siervo de Dios Pablo VI en 1970.
Teresa de Jesús no tenía una formación académica, pero siempre atesoró enseñanzas de teólogos, literatos y maestros espirituales. Como escritora, se atuvo siempre a lo que personalmente había vivido o había visto en la experiencia de otros (cfr Prólogo al Camino de Perfección), es decir, a partir de la experiencia. Teresa consigue entretejer relaciones de amistad espiritual con muchos santos, en particular con san Juan de la Cruz. Al mismo tiempo, se alimenta con la lectura de los Padres de la Iglesia, san Jerónimo, san Gregorio Magno, san Agustín. Entre sus obras mayores debe recordarse ante todo su autobiografía, titulada Libro de la vida, que ella llama Libro de las Misericordias del Señor. Compuesta en el Carmelo de Ávila en 1565, refiere el recorrido biográfico y espiritual, escrito, como afirma la misma Teresa, para someter su alma al discernimiento del “Maestro de los espirituales”, san Juan de Ávila. El objetivo es el de poner de manifiesto la presencia y la acción de Dios misericordioso en su vida: por esto, la obra recoge a menudo el diálogo de oración con el Señor. Es una lectura que fascina, porque la Santa no solo narra, sino que muestra revivir la experiencia profunda de su amor con Dios. En 1566, Teresa escribe el Camino de Perfección, llamado por ella Admoniciones y consejos que da Teresa de Jesús a sus monjas. Las destinatarias con las doce novicias del Carmelo de san José en Ávila. Teresa les propone un intenso programa de vida contemplativa al servicio de la Iglesia, a cuya base están las virtudes evangélicas y la oración.
Entre los pasajes más preciosos está el comentario al Padrenuestro, modelo de oración. La obra mística más famosa de santa Teresa es el Castillo interior, escrito en 1577, en plena madurez. Se trata de una relectura de su propio camino de vida espiritual y, al mismo tiempo, de una codificación del posible desarrollo de la vida cristiana hacia su plenitud, la santidad, bajo la acción del Espíritu Santo. Teresa se remite a la estructura de un castillo con siete estancias, como imágenes de la interioridad del hombre, introduciendo, al mismo tiempo, el símbolo del gusano de seda que renace en mariposa, para expresar el paso de lo natural a lo sobrenatural. La Santa se inspira en la Sagrada Escritura, en particular en el Cantar de los Cantares, para el símbolo final de los “dos Esposos”, que le permite describir, en la séptima estancia, el culmen de la vida cristiana en sus cuatro aspectos: trinitario, cristológico, antropológico y eclesial. A su actividad de fundadora de los Carmelos reformados, Teresa dedica el Libro de las fundaciones, escrito entre el 1573 y el 1582, en el que habla de la vida del naciente grupo religioso. Como en la autobiografía, el relato se dedica sobre todo a evidenciar la acción de Dios en la fundación de los nuevos monasterios.
No es fácil resumir en pocas palabras la profunda y compleja espiritualidad teresiana. Podemos mencionar algunos puntos esenciales. En primer lugar, santa Teresa propone las virtudes evangélicas como base de toda la vida cristiana y humana: en particular, el desapego de los bienes o pobreza evangélica (y esto nos concierne a todos); el amor de unos a otros como elemento esencial de la vida comunitaria y social; la humildad como amor a la verdad; la determinación como fruto de la audacia cristiana; la esperanza teologal, que describe como sed de agua viva. Sin olvidar las virtudes humanas: afabilidad, veracidad, modestia, cortesía, alegría, cultura. En segundo lugar, santa Teresa propone una profunda sintonía con los grandes personajes bíblicos y la escucha viva de la Palabra de Dios. Ella se siente en consonancia sobre todo con la esposa del Cantar de los Cantares, con el apóstol Pablo, además de con el Cristo de la Pasión y con el Jesús eucarístico.
La Santa subraya después cuán esencial es la oración: rezar significa “frecuentar con amistad, pues frecuentamos de tú a tú a Aquel que sabemos que nos ama” (Vida 8, 5) . La idea de santa Teresa coincide con la definición que santo Tomás de Aquino da de la caridad teologal, como amicitia quaedam hominis ad Deum, un tipo de amistad del hombre con Dios, que ofreció primero su amistad al hombre (Summa Theologiae II-ΙI, 23, 1). La iniciativa viene de Dios. La oración es vida y se desarrolla gradualmente al mismo paso con el crecimiento de la vida cristiana: comienza con la oración vocal, pasa por la interiorización a través de la meditación y el recogimiento, hasta llegar a la unión de amor con Cristo y con la Santísima Trinidad. Obviamente no se trata de un desarrollo en el que subir escalones significa dejar el tipo de oración anterior, sino que es una profundización gradual de la relación con Dios que envuelve toda la vida. Más que una pedagogía de la oración , la de Teresa es una verdadera “mistagogia”: enseña al lector de sus obras a rezar, rezando ella misma con él; frecuentemente, de hecho, interrumpe el relato o la exposición para realizar una oración.
Otro tema querido a la Santa es la centralidad de la humanidad de Cristo. Para Teresa, de hecho, la vida cristiana es relación personal con Jesús, que culmina en la unión con Él por gracia, por amor y por imitación. De ahí la importancia que ella atribuye a la meditación de la Pasión y a la Eucaristía, como presencia de Cristo, en la Iglesia, para la vida de cada creyente y como corazón de la liturgia. Santa Teresa vive un amor incondicional a la Iglesia: ella manifiesta un vivo sensus Ecclesiae frente a episodios de división y conflicto en la Iglesia de su tiempo. Reforma la Orden Carmelita con la intención de servir y defender mejor a la “Santa Iglesia Católica Romana”, y está dispuesta a dar la vida por ella (cfr Vida 33, 5).
Un último aspecto esencial de la doctrina teresiana, que quisiera subrayar, es la perfección, como aspiración de toda la vida cristiana y meta final de la misma. La Santa tiene una idea muy clara de la “plenitud” de Cristo, revivida por el cristiano. Al final del recorrido del Castillo interior, en la última “estancia”, Teresa describe esa plenitud, realizada en la inhabitación de la Trinidad, en la unión a Cristo a través del misterio de su humanidad.
Queridos hermanos y hermanas, santa Teresa de Jesús es verdadera maestra de vida cristiana para los fieles de todo tiempo. En nuestra sociedad, a menudo carente de valores espirituales, santa Teresa nos enseñan a ser testigos incansables de Dios, de su presencia y de su acción, nos enseña a sentir realmente esta sed de Dios que existe en nuestro corazón, este deseo de ver a Dios, de buscarlo, de tener una conversación con Él y de ser sus amigos. Esta es la amistad necesaria para todos y que debemos buscar, día a día, de nuevo.
Que el ejemplo de esta Santa, profundamente contemplativa y eficazmente laboriosa, nos impulse también a nosotros a dedicar cada día el tiempo adecuado a la oración, a esta apertura a Dios,
a este camino de búsqueda de Dios, para verlo, para encontrar su amistad y por tanto la vida verdadera; porque muchos de nosotros deberíamos decir: “no vivo, no vivo realmente, porque no vivo la esencia de mi vida”. Porque este tiempo de oración no es un tiempo perdido, es un tiempo en el que se abre el camino de la vida, se abre el camino para aprender de Dios un amor ardiente a Él y a su Iglesia y una caridad concreta hacia nuestros hermanos. Gracias.

HOMILÍA DE BENEDICTO XVI EN EL DÍA DE LA VIDA CONSAGRADA


Misa celebrada en la Basílica de San Pedro

¡Queridos hermanos y hermanas!
En la Fiesta de hoy contemplamos al Señor Jesús a quien María y José presentan en el templo “para ofrecerlo al Señor” (Lc 2,22). En esta escena evangélica se revela el misterio del Hijo de la Virgen, el consagrado del Padre, venido al mundo para cumplir fielmente su voluntad (cfr Hb 10,5-7).
Simeón lo señala como “luz para iluminar a los pueblos” (Lc 2,32) y anuncia con palabras proféticas su ofrecimiento supremo a Dios y su victoria final (cfr Lc 2,32-35). Es el encuentro de los dos Testamentos, el Antiguo y el Nuevo. Jesús entra en el antiguo templo, Él, que es el nuevo Templo de Dios: viene a visitar a su pueblo, llevando a cumplimiento la obediencia a la Ley e inaugurando los últimos tiempos de la salvación.
Es interesante observar de cerca esta entrada del Niño Jesús en la solemnidad templo, en un gran ir y venir de muchas personas, ocupadas en sus asuntos: los sacerdotes y los levitas con us turnos de servicio, los numerosos devotos y peregrinos, deseosos de encontrarse con el Dios santo de Israel. Ninguno de estos sin embargo se entera de nada. Jesús es un niño como tantos otros, hijo primogénito de dos padres muy sencillos. Tampoco los sacerdotes resultan capaces de captar los signos de la nueva y particular presencia del Mesías y Salvador. Solo dos ancianos, Simeón y Ana, descubren la gran novedad. Llevados por el Espíritu Santo, encuentran en ese Niño el cumplimiento de su larga espera y vigilancia. Ambos contemplan la luz de Dios, que viene a iluminar el mundo, y su mirada profética se abre al futuro, como anuncio del Mesías: Lumen ad revelationem gentium! (Lc 2,32). En la actitud profética de los dos ancianos está toda la Antigua Alianza que expresan la alegría del encuentro con el Redentor. A la vista del Niño, Simeón u Ana intuyen que es precisamente Él el Esperado.
La Presentación de Jesús en el templo constituye un icono elocuente de la entrega totak de la propia vida para quienes, hombres y mujeres, son llamados a reproducir en la Iglesia y en el mundo, mediante los consejos evangélicos, “los rasgos característicos de Jesús virgen, pobre y obediente” (Exhort. ap. postsinod. Vita consecrata, 1). Por ello la Fiesta de hoy fue elegida por el venerable Juan Pablo II para celebrar la Jornada anual de la Vida Consagrada. En este contexto, dirijo un saludo cordial y agradecido a monseñor João Braz de Aviz, a quien hace poco nombré prefecto de la Congregación para los Institutos de Vida Consagrada y las Sociedades de Vida Apostólica, con el secretario y los colaboradores. Con afecto saludo a los Superiores Generales presentes y a todas las personas consagradas.
Quisiera proponer tres breves pensamientos para la reflexión en esta fiesta.
El primero: el icono evangélico de la Presentación de Jesús en el templo contiene el símbolo fundamental de la luz; la luz que, partiendo de Cristo, se irradia sobre María y José, sobre Simeón y Ana y, a través de ellos, sobre todos. Los Padres de la Iglesia unieron esta irradiación al camino espiritual. La vida consagrada expresa ese camino, de modo especial, como “filocalía”, amor por la belleza divina, reflejo de la bondad de Dios (cfr ibid., 19). Sobre el rostro de Cristo resplandece la luz de esa belleza. “La Iglesia contempla el rostro transfigurado de Cristo, para conformarse en la fe y no correr el riesgo de perderse ante su rostro desfigurado en la Cruz … ella es la Esposa ante el Esposo, partícipe de su misterio, envuelta por su luz, [por la cual] son alcanzados todos sus hijos … Pero una experiencia singular de la luz que emana del Verbo encarnado la hacen ciertamente los llamados a la vida consagrada. La profesión de los consejos evangélicos, de hecho, los pone como signo y profecía para la comunidad de los hermanos y para el mundo” (ibid., 15).
En segundo lugar, el icono evangélico manifiesta la profecía, don del Espíritu Santo. Simeón y Ana, contemplando al Niño Jesús, ven su destino de muerte y de resurrección para la salvación de todas las gentes y anuncian tal misterio como salvación universal. La vida consagrada está llamada a ese testimonio profético, ligada a su doble actitud contemplativa y activa. A las consagradas y consagrados se les ha concedido manifestar el primado de Dios, la pasión por el Evangelio practicado como forma de vida y anunciado a los pobres y a los últimos de la tierra.
“En virtud de este primado nada puede ser antepuesto al amor personal por Cristo y por los pobres en los que Él vive. La verdadera profecía nace de Dios, de la amistad con Él, de la escucha atenta de su Palabra en las distintas circunstancias de la historia” (ibid., 84).En este sentido la vida consagrada, en la día a día en los caminos de la humanidad, manifiesta el Evangelio y el Reino ya presente y activo.
En tercer lugar, el icono evangélico de la Presentación de Jesús en el templo manifiesta la sabiduría de Simeón y Ana, la sabiduría de una vida dedicada totalmente a la búsqueda del rostro de Dios, de sus signos, de su voluntad, una vida dedicada a la escucha y al anuncio de su Palabra. “Faciem tuam, Domine, requiram: tu rostro Señor, yo busco (Sal 26,8) … La vida consagrada es en el mundo y en la Iglesia signo visible de esta búsqueda del rostro del Señor y de los caminos que conducen a Él (cfr Jn 14,8). La persona consagrada testifica, por tanto, el esfuerzo gozoso y a la vez laborioso, de la búsqueda asidua y consciente de la voluntad de Dios” (cfr Cong. Para los Institutos de Vida Consagrada y Sociedades de Vida Apostólica, Istr. El servicio de la autoridad y la obediencia. Faciem tuam Domine requiram [2008], 1).
Queridos hermanos y hermanas, escuchad asiduamente la Palabra, porque ¡toda sabiduría de vida nace de la Palabra del Señor! Escrutad la Palabra a través de la lectio divina, porque la vida consagrada “nace de la escucha de la Palabra de Dios y acoge el Evangelio como su norma de vida. Vivir en la estela de Cristo casto, pobre, obedientes en este sentido una “exégesis” de la Palabra de Dios. “El Espíritu Santo, en virtud del que ha sido escrita la Biblia, es el mismo que ilumina con luz nueva la Palabra de Dios a los fundadores y fundadoras. De ella ha brotado cada carisma y de ella quiere ser expresión cada regla, dando origen a itinerarios de vida cristiana marcados por la radicalidad evangélica”. (Ex. ap. postsinodal Verbum Domini, 83)
Vivimos hoy, sobre todo en las sociedades más desarrolladas, una condición a menudo señalada por un pluralismo radical, por una progresiva marginación de la religión de la esfera pública, por un relativismo que afecta a los valores fundamentales. Esto exige que nuestro testimonio cristiano sea luminoso y coherente y que nuestro esfuerzo educativo sea cada vez más atento y generoso. Vuesra acción apostólica en particular, queridos hermanos y hermanas, se convierta en una tarea de vida, que acceda, con perseverante pasión, a la Sabiduría como verdad y como belleza, “esplendor de la verdad”. Sabed orientar con la Sabiduría de vuestra vida y con la confianza en las posibilidades inagotables de la educación verdadera, la inteligencia y el corazón de los hombres y de las mujeres de nuestro tiempo hacia la “vida buena del Evangelio”.
En este momento mi pensamiento va con especial afecto a todos los consagrados y las consagradas, en todas las partes del mundo, y los encomiendo a la Beata Virgen María:
Oh María, Madre de la Iglesia,
confío a ti toda la vida consagrada,
para que obtenga la plenitud de la luz divina:
que viva en la escucha de la Palabra de Dios,
en la humildad para seguir la estela de Jesús tu Hijo y nuestro Señor,
en la acogida de la visita del Espíritu Santo,
en la alegría cotidiana del Magnificat,
para que la Iglesia sea edificada por la santidad de vida
de estos tus hijos e hijas,
en el mandamiento del amor. Amen