05 julio 2011

Carta del Prelado del Opus Dei 

(julio 2011) 


Queridísimos: ¡que Jesús me guarde a mis hijas y a mis hijos!

Después de viajar a Pamplona para la revisión médica y también para ver a los enfermos, tengo el propósito de ir a Costa de Marfil y hablar con vuestros hermanos y hermanas de ese queridísimo país, por el que tanto hemos rezado en los meses anteriores. Continuemos en esa misma línea ahora, con el fin de que las heridas producidas por la guerra se curen cuanto antes, sin dejar resentimientos ni odios; que todos sean generosos en el perdón, de modo que la reconciliación entre unos y otros cobre honda realidad, para bien de las familias, de la sociedad civil y de la entera nación. Encomendemos estas intenciones al Corazón Sacratísimo y Misericordioso de Jesús, al que honramos hoy, 1 de julio, en la liturgia, y al Corazón dulcísimo de María, cuya fiesta es mañana. Y pidamos mucho por todos los lugares donde abunda el sufrimiento.

Esta fiesta de Jesús nos invita a meternos, con una oración confiada y filial, en el Corazón de ese Dios que se ha encarnado por amor nuestro. Como escribió nuestro Padre en una homilía, «en esto se concreta la verdadera devoción al Corazón de Jesús: en conocer a Dios y conocernos a nosotros mismos, y en mirar a Jesús y acudir a Él, que nos anima, nos enseña, nos guía». También ahora, desde el Cielo, nos impulsa a renovar nuestro deseo de progresar en el trato personal con la Trinidad Santísima. A propósito de esto, he vuelto a considerar algunas sugerencias del beato Juan Pablo II en su carta apostólica, con la que trazaba las vías de la Iglesia para el nuevo milenio. Tras señalar, como objetivo prioritario, despertar el afán de santidad en todo el pueblo de Dios, concretaba: «Para esta pedagogía de la santidad es necesario un cristianismo que se distinga ante todo en el arte de la oración».

El Señor, a quien no dejamos —no debemos dejar— de agradecer su bondad, se sirvió también del ejemplo y de las enseñanzas de nuestro Fundador, para que todas y todos, también los demás cristianos, atribuyamos la máxima importancia al cultivo de una vida de oración seria y constante. Alimentemos este afán en la lectura asidua de la Palabra de Dios y mediante la participación de todo nuestro yo en la liturgia —especialmente en la Santa Misa diaria—, hasta hacer del trato con Dios carne de nuestra carne, alma de nuestra alma, vida de nuestra vida. Aunque llevemos muchos años esforzándonos cotidianamente en este empeño, estamos persuadidos de que tenemos necesidad de recomenzar jornada tras jornada. «En efecto, señala Benedicto XVI, sabemos bien que la oración no se debe dar por descontada: hace falta aprender a orar, casi adquiriendo siempre de nuevo este arte; incluso quienes van muy adelantados en la vida espiritual sienten siempre la necesidad de entrar en la escuela de Jesús para aprender a orar con autenticidad».

Don Álvaro recordaba con frecuencia el propósito formulado por san Josemaría cuando cumplió 70 años: ser alma de oración. Desde que el Señor comenzó a manifestarse en su vida, en plena adolescencia, nuestro Padre entró por caminos de oración y fue siempre fiel a ese conversar diaria y filialmente con Dios. El hecho de que, tantos lustros después, manifestara ese deseo, aparte de revelar su profunda humildad, supone una confirmación de lo que afirma Benedicto XVI fundado en la experiencia de los santos.

Muchas veces nos hemos detenido a considerar las escenas del Evangelio que nos presentan a Jesús en diálogo con su Padre Dios. A los Apóstoles les maravilló esa actitud del Maestro, y una vez le pidieron: Domine, doce nos orare; Señor, enséñanos a orar. Jesucristo les dio la falsilla, las líneas-guía por las que discurre la oración cristiana: Padre nuestro, que estás en los cielos, santificado sea tu Nombre; venga tu Reino; hágase tu voluntad, así en la tierra como en el cielo.

Cabe recorrer esta senda de muchas maneras, porque la relación de cada alma con Dios será siempre muy personal: el Señor nos cuida a cada uno como a una joya de valor inapreciable: una conmovedora realidad, pues cada alma ha sido rescatada al precio de la sangre de Cristo. No olvidemos que, como consecuencia del seguimiento de sus hijas y de sus hijos, dentro de esta gran autopista —la oración cristiana— que conduce a nuestro Padre celestial, por medio de Jesucristo, a impulsos del Espíritu Santo, el Señor nos ha dicho: vigilate et orate, estad en vela y orad. Todos hemos de frecuentar —como dice Benedicto XVI— la «escuela de Jesús». Y de nuestro amadísimo Padre hemos aprendido a tratar a Dios con piedad de niños y doctrina de teólogos; con hambre de dirigirnos a Jesucristo como a nuestro Hermano mayor y a la Virgen como Madre nuestra; a san José como padre de esta familia sobrenatural que es la Iglesia; a los ángeles como compañeros y custodios en el camino hacia la vida eterna.

Renovemos cotidianamente el afán de tratar personalmente a Dios. Me refiero ahora a los tiempos diarios dedicados a la meditación, que constituyen —junto con el recurso a los sacramentos de la Penitencia y la Eucaristía— el hontanar, la fuente de agua fresca con la que hemos de empapar nuestro trabajo, nuestro apostolado, nuestras actividades familiares y sociales; en definitiva, toda nuestra existencia; también las horas dedicadas al sueño y al descanso. Os aseguro que no es tarea difícil, tampoco en tiempos de aridez espiritual o de cansancio físico o psíquico, si nos dejamos guiar por las luces del Espíritu Santo y los consejos de la dirección espiritual.

«Hemos de ser almas contemplativas —decía san Josemaría en 1973—, y para eso no podemos dejar la meditación. Sin oración, sin meditación, sin vida interior no haríamos más que el mal (...). Ahora parece que tenemos más obligación de ser verdaderamente almas de oración, ofreciendo al Señor con generosidad todo lo que nos ocupa y no abandonando jamás nuestra conversación con Él, pase lo que pase. Si os comportáis de esta manera, viviréis pendientes de Dios durante todo el día, y os esforzaréis seriamente para hacer muy bien esas dos medias horas diarias de meditación».

Nuestro Padre no nos pide que hagamos muy bien la oración, sino que nos esforcemos cada día por empezar, seguir y acabar bien la oración. Es una meta que está a nuestro alcance, con ese recomenzar cada mañana, dejando de lado los fracasos pasados, grandes o pequeños. El resto —prácticamente todo— brota como fruto de la acción del Paráclito en nuestras almas, pues el Espíritu acude en ayuda de nuestra flaqueza: porque no sabemos lo que debemos pedir como conviene; pero el mismo Espíritu intercede por nosotros con gemidos inefables.

Busquemos, pues, en primer lugar, la puntualidad en esas citas con Dios, que jalonan nuestro caminar diario. Parece un detalle de poca monta, pero os confirmo —siguiendo las enseñanzas de san Josemaría— que reviste mucha importancia. «No dejéis nunca la oración mental. Para ser contemplativos, ¿cuál es el mejor camino?: la oración. Cuando un alma empieza a pensar que no sabe hacer oración, que lo que nos enseña el Padre es muy difícil, que el Señor no le dice nada, que no le oye, y se le ocurre: pues para estar así, lo dejo todo, y me quedo con las oraciones vocales, tiene una mala tentación».

«¡No, hijos míos! Hay que perseverar en la meditación. Esas quejas díselas al Señor en tus ratos de oración; y, si es necesario, repítele durante media hora la misma jaculatoria: Jesús, te amo; Jesús, enséñame a querer; Jesús, enséñame a querer a los demás por Ti... Persevera así, un día y otro, un mes, un año, otro año, y al fin el Señor te dirá: ¡tonto, si estaba contigo, a tu lado, desde el principio!».

Podrán presentarse dificultades, excusas, razonamientos engañosos para retrasar o recortar las medias horas de la meditación. Por eso conviene que demos importancia a la puntualidad en épocas de trabajo más intenso, o en momentos en los que se experimenta cansancio o desánimo. Como recuerda el Papa, «la oración no está vinculada a un contexto particular, sino que se encuentra inscrita en el corazón de toda persona». Siempre resulta posible hablar con el divino Huésped del alma; cabe hallarle en cualquier lugar y en cualquier situación, aunque —si es posible— acudimos al Sagrario, donde Jesús está real y sustancialmente presente, con su cuerpo, su sangre, su alma y su divinidad. En cualquier caso, siempre hemos de poner el esfuerzo de recogernos, alejando en lo posible las distracciones que quizá nos asalten. «Nos recogemos dentro de nosotros mismos —afirmaba san Josemaría en una de sus catequesis—, y adoramos a Dios, que se digna poseernos, y comenzamos a hablar con Él, con naturalidad, como se habla con un hermano, con un amigo, con un padre, con una madre, con un vecino a quien se estima. Como se habla con el amor. Hablad con confianza y veréis qué bien os va. Tendréis vida interior».

Insisto: a veces no sabremos qué manifestarle, cómo conversar con Él, nos faltarán las palabras; pero no olvidemos entonces que hacer oración «es una actitud interior, antes que una serie de prácticas y fórmulas, un modo de estar frente a Dios antes que realizar actos de culto o pronunciar palabras». Otra razón para acudir con fidelidad a la práctica de la oración mental en situaciones de stress o de aridez interior; y evidentemente en esos casos, el cuidado de este recurso se demuestra especialmente necesario. En ocasiones, la charla filial con el Señor no cuajará ni siquiera en palabras interiores; pero el hecho de acompañarle durante los minutos previstos, sin pretender consuelos sensibles, constituye una demostración clarísima de amor a Dios, de identificación con su Voluntad santísima, de olvido de sí. «En este mirar a Otro, en este dirigirse "más allá" está la esencia de la oración, como experiencia de una realidad que supera lo sensible y lo contingente».

Nada más consolador que la certeza de que, si nosotros podemos amar y tratar a Dios, proviene de que Él nos amó primero. Lo afirma el Catecismo de la Iglesia Católica cuando enseña que «esta iniciativa de amor del Dios fiel es siempre lo primero en la oración; la iniciativa del hombre es siempre una respuesta». Por eso, el propósito de esmerarnos en los ratos de meditación, cotidianamente renovado, obliga a Dios —por expresarlo de algún modo— a concedernos su gracia con más abundancia. ¿Piensas, además, con frecuencia, que la única arma del Opus Dei es y será siempre la oración? ¿Cómo defiendes con esta arma el servicio de la Obra a la Iglesia? Ciertamente, tanto amaremos y mantendremos el espíritu que de nuestro Padre hemos recibido, cuanto más almas de oración seamos.

Las enseñanzas de nuestro Padre sobre la oración contienen una enorme riqueza y son de gran utilidad. ¿Quién de nosotros no se ha sentido retratado alguna vez en aquellas frases de una de sus homilías? «A lo largo de estos años, se me han acercado algunos, y compungidos de dolor me han dicho: Padre, no sé qué me pasa, me encuentro cansado y frío; mi piedad, antes tan segura y llana, me parece una comedia... Pues a los que atraviesan esa situación, y a todos vosotros, contesto: ¿una comedia? ¡Gran cosa! El Señor está jugando con nosotros como un padre con sus hijos».

«Se lee en la Escritura: ludens in orbe terrarum (Prv 8, 31), que Él juega en toda la redondez de la tierra. Pero Dios no nos abandona, porque inmediatamente añade: deliciæ meæ esse cum filiis hominum (Ibid.), son mis delicias estar con los hijos de los hombres. ¡El Señor juega con nosotros! Y cuando se nos ocurra que estamos interpretando una comedia, porque nos sintamos helados, apáticos; cuando estemos disgustados y sin voluntad; cuando nos resulte arduo cumplir nuestro deber y alcanzar las metas espirituales que nos hayamos propuesto, ha sonado la hora de pensar que Dios juega con nosotros, y espera que sepamos representar nuestra comedia con gallardía».

No quiero terminar estas líneas sin mencionar algunas fechas más significativas de este mes. Viviremos con más presencia de don Álvaro el día 7, fecha de su petición de admisión en la Obra. El 16, festividad de la Virgen del Carmen, requiere lógicamente que haya un recuerdo especial para la hermana de nuestro Padre, Tía Carmen, que tanto contribuyó a confirmar el aire de familia de los Centros del Opus Dei. En esa fecha, además, encomendemos de modo particular a las benditas almas del purgatorio, confiándolas a la intercesión de nuestra Madre del Cielo.

Como os pido machaconamente, permanezcamos unidos en la oración; pidamos unos por otros, por las labores apostólicas en el mundo entero, por las intenciones del Santo Padre. Ante el Sagrario, en nuestros ratos de meditación, podemos presentar al Señor los afanes que llenan nuestra alma, sirviéndonos de la intercesión de la Virgen y San José, de los Ángeles custodios y de san Josemaría, nuestro amadísimo Padre.

Me da alegría escribiros que el sábado, 18 del mes pasado, he viajado a la isla de Cerdeña, a Cagliari, donde he rezado ante la Patrona, la Virgen de Bonaria. Me consta que san Josemaría rezó por esta tierra y estoy seguro de que mucha gente sarda responderá con generosidad a las llamadas del Señor, precisamente por esa petición de nuestro Padre: ayudémosles, porque también desde allí nos ayudan a manos llenas.

Con todo cariño, os bendice vuestro Padre + Javier.

“El esplendor de la verdad, la belleza de la caridad”, homenaje de artistas



EL PAPA EN LA INAUGURACIÓN DE UNA MUESTRA DE ARTE EN EL VATICANO



Señores cardenales, Venerados hermanos en el Episcopado y en el Sacerdocio, queridos amigos:
Es para mí una gran alegría encontraros y recibir vuestro homenaje creativo y multiforme con ocasión del 60° aniversario de mi Ordenación sacerdotal. Os estoy sinceramente agradecido por vuestra cercanía en esta celebración tan significativa e importante para mi. En la Celebración eucarística del pasado 29 de junio, Solemnidad de los Santos Apóstoles Pedro y Pablo, di las gracias al Señor por el don de la vocación sacerdotal. Hoy os doy las gracias por la amistad y la gentileza que me manifestáis. Saludo cordialmente al cardenal Angelo Sodano, decano del sacro Colegio, y al cardenal Gianfranco Ravasi, presidente del Consejo Pontificio de la Cultura, que, junto a sus colaboradores, ha organizado esta singular manifestación artística, y le doy las gracias por las corteses palabras que me ha dedicado. Dirijo también mi saludo a todos los presentes, de manera particular a vosotros, queridos Artistas, que habéis acogido la invitación a presentar una creación vuestra en esta Muestra.
Nuestro encuentro de hoy, en el que tengo la alegría y la curiosidad de admirar vuestras obras, quiere ser una nueva etapa de ese recorrido de amistad y de diálogo que emprendimos el 21 de noviembre de 2009, en la Capilla Sixtina, un acontecimiento que llevo aún impreso en el alma. La Iglesia y los artistas vuelven a encontrarse, a hablarse, a apoyar la necesidad de un coloquio que quiere y debe llegar a ser cada vez más intenso y articulado, también para ofrecer a la cultura, es más, a las culturas de nuestro tiempo, un ejemplo elocuente de diálogo fecundo y eficaz, orientado a hacer este mundo nuestro más humano y más bello. Vosotros hoy me presentáis el fruto de vuestra creatividad, de vuestra reflexión, de vuestro talento, expresiones de los diversos ámbitos artísticos que representáis aquí: pintura, escultura, arquitectura, orfebrería, fotografía, cine, música, literatura y poesía. Antes de admirarlas junto a vosotros, permitidme que me detenga solo un momento en el sugerente título de esta Exposición: "El esplendor de la verdad, la belleza de la caridad”. Precisamente en la homilía de la Misa pro eligendo pontifice, comentando la bella expresión de san Pablo de la Carta a los Efesios,veritatem facientes in caritate (4,15), definí el “hacer la verdad en la caridad” como una fórmula fundamental de la existencia cristiana. Y añadí: "En Cristo, coinciden verdad y caridad. En la medida en que nos acercamos a Cristo, también en nuestra vida, verdad y caridad se funden. La caridad sin verdad estaría ciega: la verdad sin caridad sería como un 'címbalo que retiñe' (1Cor 13,1)”. Ea precisamente desde la unión, quisiera decir desde la sinfonía, desde la perfecta armonía de verdad y caridad, de donde emana la auténtica belleza, capaz de suscitar admiración, maravilla y alegría verdadera en el corazón de los hombres. El mundo en que vivimos necesita que la verdad resplandezca y no sea ofuscada por la mentira o por la banalidad; necesita que la caridad inflame y no sea superada por el orgullo y por el egoísmo. Necesitamos que la belleza de la verdad y de la caridad alcance lo íntimo de nuestro corazón y lo haga más humano. Queridos amigos, quisiera renovaros a vosotros y a todos los artistas un llamamiento amistoso y apasionado: no separéis nunca la creatividad artística de la verdad y de la caridad, no busquéis nunca la belleza lejos de la verdad y de la caridad, sino que con la riqueza de vuestra genialidad, de vuestro impulso creativo, sed siempre, con valor, buscadores de la verdad y testigos de la caridad; haced resplandecer la verdad en vuestras obras y haced de modo que su belleza suscite en la mirada y en el corazón de quien las admira el deseo de hacer bella y verdadera la existencia, toda existencia, enriqueciéndola con ese tesoro que no disminuye nunca, que hace de la vida una obra de arte y de cada hombre un artista extraordinario: la caridad, el amor. Que el Espíritu Santo, artífice de toda la belleza que hay en el mundo, os ilumine siempre y os guíe hacia la Belleza última y definitiva, la que inflama nuestra mente y nuestro corazón y que esperamos poder contemplar un día en todo su esplendor. Una vez más, gracias por vuestra amistad, por vuestra presencia y porque lleváis al mundo un rayo de esta Belleza que es Dios. De verdadero corazón os imparto a todos vosotros, a vuestros seres queridos y al entero mundo del arte mi Bendición Apostólica.

04 julio 2011

El aborto, ¿una señal de algo todavía peor?


"Creo que el problema del aborto es que es como una luz de advertencia muy grave que está arrebatando vidas, pero que es indicativa de algo que está más omnipresente y profundamente arraigado en nuestra sociedad de lo que uno pueda llegar a pensar: la pérdida de la propia de identidad por la que participamos del poder creador de Dios y por la que somos llamados a ser madre y padre"
El aborto es una señal de alarma ante un peligro omnipresente y arraigado profundamente en nuestra sociedad, la pérdida de la identidad humana.
      Estas son las observaciones que hace el padre Robert Gahl, profesor adjunto de Ética en la Universidad Pontificia de la Santa Cruz.
      El padre Gahl ha hablado con el programa de televisión Dios llora en la Tierra de la Catholic Radio and Television Network (CRTN) en colaboración con Ayuda a la Iglesia Necesitada, sobre la historia del aborto y lo que significa de cara al futuro.
El aborto es un sufrimiento universal. En el mundo se llevan a cabo más de 53 millones de abortos. En algunos países, más del 70% de las mujeres han abortado. ¿Por qué de repente estas cuestiones se han hecho tan presentes hoy: aborto, eutanasia?
Bueno, es una triste paradoja, que evoca, en última instancia, el pecado original. Con el pecado original, Adán y Eva trataron en realidad de suplantar a Dios para, en su lugar, ser dioses. Cuando hoy los seres humanos intentan asir el poder divino —el poder sobre el origen de la vida— y suplantarlo de manera que pueden controlar el comienzo de la vida de un modo que es contrario al designio de Dios y, por lo mismo, contrario al designio de amor, se sienten poderosos por un instante. Puede incluso que vean que han tenido éxito con el producto que han logrado. Sin embargo, poco después, experimentan la frustración e incluso la negación de su propia identidad porque su identidad es la del amor, porque están hechos para el amor.
Nuestros corazones están hechos para el amor. Por eso, en vez de personas enamoradas, en vez de nuestros lazos familiares, nos convertimos en simples constructores —gente que controla productos. Se convierte en la negación de nuestra propia dignidad, porque si nuestro poder de dar vida es simplemente el de producir elementos que se encuadran en el “he sido producido” y “soy sólo el final de la línea de un sistema de producción mecanizado”, esto no es sino la negación de mi propia dignidad como hijo de Dios —como hijo de mis padres.
Si tuviéramos que mirar hacia atrás en la historia, ¿cuál fue el momento, el detonante si usted quiere, que permitió que diéramos el paso hasta llegar a que, por ejemplo, el aborto y la investigación con células madre se hicieran aceptables y la eutanasia apareciera en el horizonte?
El aborto está, tristemente, tan extendido por todas partes que hoy muchos, incluso los documentos de la ONU, lo ven como un derecho reproductivo. El origen de esto es la revolución sexual, que no fue una revolución de liberación, sino una revolución del narcisismo, de la desesperación, de cortar lazos, afecto, amistad y amor por los demás. Y en el centro de la revolución sexual, que actuó como una especie de catalizador —como arrojar gasolina a un fuego desatado— estaba el desarrollo de los anticonceptivos químicos, que permitió que la gente tuviera sexo sin tener bebés por lo que podía disfrutar la sexualidad como una simple búsqueda egoísta. Fueron capaces de desconectar ese orden intrínseco orientado al don de la vida, y lo hicieron, desconectaron la sexualidad de los compromisos serios de amor, de formar una familia y, por supuesto, de convertirse en padre y en madre —en realidad una disminución de la dignidad humana.
Creo que el problema del aborto es que es como una luz de advertencia. Es una luz de advertencia muy grave que está arrebatando vidas, pero que es indicativa de algo que está más omnipresente y profundamente arraigado en nuestra sociedad de lo que uno pueda llegar a pensar.
¿Y qué es?
Es la pérdida de la propia de identidad por la que participamos del poder creador de Dios y por la que somos llamados a ser madre y padre.
El aborto se ha justificado a menudo como el derecho a elegir, pero también como un llamamiento al amor. Por ejemplo, preferiría abortar a mi hijo que criarlo sin amarlo. ¿Cómo hemos llegado a esta situación invertida, en la que la muerte se justifica por amor?
El verdadero amor humano es incondicional. Cuando amas a alguien, no importa lo que ocurra. No importa lo que le pase, le cuidarás. Si enferma, si queda paralizado por un accidente de coche, le cuidas el resto de su vida. En la otra clase de amor — una forma de amor egoísta— sólo te das a alguien mientras quieras. El aborto se convierte en este tipo de amor manipulado —un medio de salida. Tenemos que cambiar completamente y decir que es necesario aceptar a todos, a toda vida humana, como decía la Madre Teresa, no hay hijos no deseados. Si hay un niño que alguien dice que no es deseado, que me lo traigan para que cuide de ese niño porque quiero a ese niño.
Y esta es la verdad. Así que si alguien ha sido capaz de decir que el aborto nos permite actuar con una especie de cuidado altruista por los demás, al evitar las dificultades, esta lógica lleva de modo trágico, yo diría de modo asesino, a afirmar que los discapacitados no deberían existir. Una vez hecho esto, es la negación de toda dignidad humana.
Hemos pasado de la vida como algo intrínsecamente importante a poner el énfasis en la calidad de vida. El cambio hacia la calidad de vida plantea la pregunta: ¿Cuál es mi calidad de vida? ¿Estoy disfrutando de mi calidad de vida? Esto apunta después a los discapacitados: ¿Están disfrutando de la calidad de vida que deberían disfrutar, algo que de hecho pone en cuestión su misma vida?
Exacto. Una parte de la aberrante lógica, que es inherente a lo que acabamos de describir, lleva también a juicios sobre cada uno de nosotros según nuestro rendimiento; mi valor se basa en lo que puedo hacer por la sociedad. Si en un determinado momento, mis resultados resultan decepcionantes debido a la enfermedad, a un error, o a estar en un sector de la economía industrial que ya no desea el consumidor, yo no sería ya querido y, por tanto, dejaría de ser importante. Esta forma de juzgar se aplica también a las madres que dan a luz a niños que tienen, por ejemplo, síndrome de Down. Se juzga a estas madres con dureza y de modo negativo; esto es horrible, como si fuera una mala elección el traer al mundo a su hijo, que es un ser humano hermoso. Esta es la eugenesia, que ya ha tomado cuerpo en las sociedades occidentales, en las que cerca del 90% de los niños con síndrome de Down son abortados antes de nacer por culpa de esta lógica perversa.
El mayor don de Dios a la humanidad ha sido el don de co-crear la vida con él. ¿Qué hace el aborto al quebrar esta relación entre el hombre y Dios?
Nos olvidamos a veces, debido al “cientificismo” —que reduce todo a hecho científico— que el comienzo de una nueva vida humana no sólo viene de un hombre o una mujer, sino también de Dios. Exige la participación de tres personas, porque el alma humana es inmaterial. Es el alma espiritual la que es creada directa e inmediatamente por Dios. Por eso cuando un hombre y una mujer se unen para tener un hijo es también —tanto o más— hijo de Dios. De ahí que, si se quiere recuperar este respeto por la vida, será porque hayamos vuelto a tomar conciencia del papel de Dios al dar la vida y, por lo mismo, de este poder que tenemos dentro de nosotros, que es en realidad un poder divino y trascendente. Se trata de un poder creador por el que casi tenemos a Dios en la palma de la mano porque podemos decirle, en cierto sentido, cuándo crear una nueva alma humana. Por tanto, si renovamos ese respeto por la intervención de Dios, nos ayudará también a respetarnos unos a otros como imágenes de Dios, como otros Cristos.
En países como Rusia, más del 70% de las mujeres han abortado. La proporción de abortos en algunas provincias rusas puede alcanzar los ocho o diez abortos por mujer, porque lo utilizan como un medio de control de la natalidad. En China, la política de un solo hijo ha obligado a las mujeres a abortar. ¿Qué impacto espiritual y psicológico tiene esto en una sociedad?
En Europa del Este en la que vemos estos índices tan altos de abortos, que a menudo se asocian a altos índices de suicidios, alcoholismo y depresiones graves, hay una sensación de nihilismo, de pérdida total del sentido de la vida. Esto ocurre en una sociedad que no se basa en el amor a sus hijos. Es necesario que esto se cambie. Gracias a Dios en algunos de estos países se está notando una tendencia en la dirección correcta. En la Federación Rusa, en concreto, ha habido últimamente un aumento de la tasa de natalidad. La proporción de abortos sigue siendo muy alta pero queda la esperanza de que este aumento de la tasa de natalidad siga de modo que el índice de abortos se reduzca.
¿Qué más puede hacer la Iglesia en este tema?
En primer lugar, cuando pensamos en la “Iglesia”, tendemos a pensar en la jerarquía —en nosotros, sacerdotes, obispos, el Papa— pero, en realidad, la Iglesia es el conjunto de todos los cristianos bautizados. La Iglesia es una familia, por lo que necesitamos que todos —todos los cristianos bautizados— acepten la vida con amor. Necesitamos también ayuda en los centros para embarazadas. La Iglesia magisterial, la Iglesia jerárquica, por supuesto, tiene que ser también coherente con los principios de la teología moral católica en este tema.
La Iglesia ha de continuar siguiendo el ejemplo de Karol Wojtyla, que, como arzobispo de Cracovia, abrió centros de ayuda a mujeres en situaciones de crisis. Pero en realidad todo se reduce a esto: Dios es amor. Soy hijo de Dios. Estoy hecho a imagen de Dios, por lo que tengo que hacer presente entre los demás seres humanos el rostro de Dios, que es el rostro del amor. Si hacemos esto en todas nuestras relaciones humanas, si mostramos de verdad respeto por la dignidad humana, si mostramos respeto y amor a las personas que sufren, entonces podemos empezar a recuperar los principios que son necesarios para que toda vida humana sea aceptada. La vida entonces no será jamás considerada sólo como un producto, como los bebés de diseño que se hacen en un tubo de ensayo según los deseos de algún fabricante.
Volviendo atrás, me gustaría añadir también que necesitamos recuperar nuestra sexualidad, así como la conciencia de que la sexualidad es sagrada y necesitamos, por tanto, vivir la modestia y el respeto hacia nuestra sexualidad y nuestros deseos sexuales con castidad y fortaleza de modo que nos preparen a dar vida dentro de la estructura de la familia.

LA MIRADA DE JESÚS SE POSA HOY SOBRE TODOS LOS OPRIMIDOS



El Papa ayer con motivo del Ángelus


Queridos hermanos y hermanas:
Hoy en el Evangelio, el Señor Jesús nos repite esas palabras que conocemos tan bien, pero que siempre nos conmueven: “Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados, y yo os daré descanso. Tomad sobre vosotros mi yugo, y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón; y hallaréis descanso para vuestras almas.Porque mi yugo es suave y mi carga ligera” (Mateo 11, 28-30). Cuando Jesús recorría las calles de Galilea anunciando el Reino de Dios, y curando a muchos enfermos, sentía compasión de la muchedumbre, porque estaban cansados y abatidos, como ovejas sin pastor (Cf. Mateo 9, 35-36).
Esa mirada de Jesús parece extenderse hasta hoy, hasta nuestro mundo. También hoy se posa sobre tanta gente oprimida por condiciones de vida difíciles, así como desprovista de válidos puntos de referencia para encontrar un sentido y una meta a la existencia. Multitudes extenuadas que se encuentran en los países más pobres, probadas por la indigencia; y en los países más ricos también hay muchos hombres y mujeres insatisfechos, incluso enfermos de depresión. Pensemos, además, en los numerosos evacuados y refugiados, en cuantos emigran arriesgando su propia vida. La mirada de Cristo se posa sobre toda esta gente, es más, sobre cada uno de estos hijos del Padre que está en los cielos, y repite: “Venid a mí todos…” .
Jesús promete que dará a todos “descanso”, pero pone una condición: “Tomad sobre vosotros mi yugo, y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón”. ¿En qué consiste este “yugo”, que en lugar de pesar aligera, y en lugar de aplastar levanta?
El “yugo” de Cristo es la ley del amor, es su mandamiento, que ha dejado a sus discípulos (cf.Juan 13, 34; 15,12). El verdadero remedio para las heridas de la humanidad --tanto materiales, como es el hambre y las injusticias, y psicológicas y morales, causadas por un falso bienestar-- es una regla de vida basada en el amor fraterno, que tiene su manantial en el amor de Dios. Por esto es necesario abandonar el camino de la arrogancia, de la violencia utilizada para procurarse posiciones cada vez de mayor poder, para asegurarse el éxito a toda costa. También por respeto del ambiente es necesario renunciar al estilo agresivo que ha dominado en los últimos siglos y adoptar una razonable “mansedumbre”. Pero sobre todo en las relaciones humanas, interpersonales, sociales, la regla del respeto y de la no violencia, es decir, la fuerza de la verdad contra todo abuso, puede asegurar un futuro digno del hombre.
Queridos amigos, ayer celebramos una particular memoria litúrgica de María Santísima, al alabar a Dios por su Corazón Inmaculado. Que la Virgen nos ayude a “aprender” de Jesús la humildad verdadera, a tomar con decisión su yugo ligero, para experimentar la paz interior y ser capaces de consolar a otros hermanos y hermanas que recorren con fatiga el camino de la vida.

02 julio 2011

 La familia rural, modelo donde se confirma el papel esencial de la mujer

EL PAPA A LOS PARTICIPANTES DE LA 37ª CONFERENCIA DE LA FAO



Señor Presidente, Señores Ministros, Señor Director General, Ilustres Señores, Gentiles Señoras:
1. Estoy particularmente contento de acogeros a todos vosotros, que participáis en la XXXVII Conferencia de la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura, prosiguiendo una larga y agradable tradición iniciada hace sesenta años con la creación de la FAO en Roma.
A través suyo, Señor Presidente, deseo agradecer a las numerosas delegaciones gubernamentales que han querido estar presentes en este encuentro, testimoniando así la efectiva universalidad de la FAO.
También me gustaría renovar el apoyo de la Santa Sede por la meritoria e irremplazable labor de la Organización y confirmaros que la Iglesia Católica se compromete a colaborar con vuestros esfuerzos para responder a las necesidades reales de numerosos hermanos y hermanas en humanidad.
Aprovecho esta oportunidad para saludar al señor Jacques Diouf, Director General, que con eficiencia y dedicación ha permitido a la FAO afrontar los problemas y las crisis suscitadas por las realidades globales cambiantes que afectan, incluso de un modo dramático, a su específico campo de acción.
Al Director General electo, el señor José Graziano da Silva, presento mis votos más sinceros por el éxito de su actividad futura, con la esperanza de que la FAO pueda responder, siempre más y mejor, a las esperanzas de sus Estados Miembros y aportar soluciones concretas a las personas que sufren a causa del hambre y la malnutrición.
2. Vuestros trabajos han indicado políticas y estrategias capaces de contribuir al importante relanzamiento del sector agrícola, de los niveles de producción alimentaria y del desarrollo más general de las áreas rurales. La crisis actual que afecta ahora a todos los aspectos de la realidad económica y social requiere, de hecho, todos los esfuerzos para intentar eliminar la pobreza, primer paso para liberar del hambre a millones de hombres, mujeres y niños que no disponen del pan cotidiano. Una completa reflexión, sin embargo, exige buscar las causas de esta situación sin limitarse a los niveles de producción, a la creciente demanda de alimentos o a la volatilidad de los precios: factores que, aunque importantes, pueden hacer que el drama del hambre se lea en términos exclusivamente técnicos.
La pobreza, el subdesarrollo y por tanto el hambre, a menudo son el resultado de comportamientos egoístas que, partiendo del corazón del hombre, se manifiestan en su actuación social, en los intercambios económicos, en las condiciones de mercado, en la carencia del acceso a la comida, y se traducen en la negación del derecho primario de toda persona a nutrirse y, por tanto, a estar libre del hambre. ¿Cómo podemos callar el hecho de que incluso el alimento se ha convertido en objeto de especulaciones o está ligado a los cambios de un mercado financiero que, privado de leyes seguras y pobre en principios morales, parece anclado sólo al objetivo del beneficio? La alimentación es una condición que concierne al derecho fundamental a la vida. Garantizarla significa también actuar directamente y sin demora sobre los factores que, en el sector agrícola, pesan de manera negativa sobre la capacidad de fabricación, los mecanismos de la distribución y el mercado internacional. Y esto, cuando una producción alimentaria global, según la FAO y expertos autorizados, es capaz de alimentar a la población mundial.
3. El marco internacional y los frecuentes temores causados por la inestabilidad y el aumento de precios, exigen respuestas concretas y necesariamente unitarias para conseguir resultados que los Estados, individualmente, no pueden garantizar. Esto significa hacer de la solidaridad un criterio esencial para toda acción política y toda estrategia, a fin de que la actividad internacional y sus reglas sean instrumentos de servicio efectivo para toda la familia humana y en particular para los más necesitados. Es, por tanto, urgente, tener un modelo de desarrollo que considere no sólo la amplitud económica de las necesidades o la fiabilidad técnica de las estrategias a seguir, sino también la dimensión humana de todas las iniciativas y que sea capaz de llevar a cabo una auténtica fraternidad (cf Caritas in Veritate, 20), apelando a la recomendación ética de “dar de comer a los hambrientos”, que pertenece al sentimiento de compasión y de humanidad inscrito en el corazón de toda persona y que la Iglesia cuenta entre las obras de misericordia. Desde esta perspectiva, las instituciones de la Comunidad internacional están llamadas a trabajar de manera coherente siguiendo su mandato para apoyar los valores propios de la dignidad humana, eliminando los comportamientos cerrados y sin dejar espacio a instancias particulares que se hacen pasar por intereses generales.
4. La FAO está también llamada a relanzar su estructura liberándola de obstáculos que la alejan del objetivo indicado por su Constitución: garantizar el crecimiento nutricional, la disponibilidad de la producción alimentaria, el desarrollo de las áreas rurales, a fin de asegurar a la humanidad la liberación del hambre (cf FAO, Constitución, Preámbulo). Con este objetivo, se hace esencial una plena sintonía de la Organización con los gobiernos para orientar y apoyar las iniciativas, especialmente en la coyuntura actual, que ve reducir los recursos económicos-financieros, mientras que el número de hambrientos en el mundo no disminuye según los objetivos esperados.
5. Mi pensamiento se dirige a la situación de millones de niños que, primeras víctimas de esta tragedia, son condenados a una muerte precoz, a un retraso en su desarrollo físico y psíquico u obligados a formas de explotación para poder recibir un mínimo de alimento. La atención hacia las jóvenes generaciones puede ser un modo de contrastar el abandono de las áreas rurales y del trabajo agrícola, para permitir a comunidades enteras, cuya supervivencia está amenazada por el hambre, que vean su futuro con mayor confianza. Debemos constatar, de hecho, que a pesar de los compromisos asumidos y las consiguientes obligaciones, la asistencia y las ayudas concretas se limitan a menudo a las emergencias, olvidando que una coherente concepción del desarrollo debe ser capaz de diseñar un futuro para toda persona, familia y comunidad, favoreciendo objetivos a largo plazo.
Por tanto, hay que apoyar las iniciativas que se desean llevar a cabo en el ámbito de toda la Comunidad internacional para redescubrir el valor de la empresa familiar rural y apoyar su función central para alcanzar una seguridad alimentaria estable. De hecho, en el mundo rural, el tradicional núcleo familiar se esfuerza por favorecer la producción agrícola mediante la sabia transmisión de padres a hijos, no sólo de sistemas de cultivo o de conservación y distribución de los alimentos, sino también de modos de vida, de principios educativos, de la cultura, de la religiosidad, de la concepción de la sacralidad de la persona en todas las fases de su existencia. La familia rural es un modelo, no sólo de trabajo, sino de vida y de expresión concreta de la solidaridad, donde se confirma el papel esencial de la mujer.
Señor Presidente, Señoras, señores,
6.El objetivo de la seguridad alimentaria es una exigencia auténticamente humana, somo conscientes de ello. Garantizarla a las presentes generaciones y a las que vendrán significa también preservar los recursos naturales de una explotación frenética, porque la carrera del consumo y del despilfarro parece ignorar toda consideración al patrimonio genético y a las diversidades biológicas, tan importantes para las actividades agrícolas. Pero a la idea de una apropiación exclusiva de estos recursos se opone la llamada que Dios dirige a los hombres y mujeres para que “labrando y cuidando” la tierra (cf Gn 2,8-17) promuevan una participación en la utilización de los bienes de la Creación, objetivo que la actividade multilateral y las reglas internacionales pueden, ciertamente ayudar a alcanzar.
En nuestra época en la que a los muchos problemas que afectan a la actividad agrícola se añaden nuevas oportunidades para contribuir a aliviar el drama del hambre, podéis trabajar para que a través de la garantía de una alimentación correspondiente a las necesidades, cada uno pueda crecer según su verdadera dimensión de criatura hecha a semejanza de Dios.
Esta es la esperanza que deseo expresar, mientras invoco sobre vosotros y sobre vuestro trabajo, la abundancia de las bendiciones divinas.

01 julio 2011

CUANDO DIOS NOS DESVELÓ SU SECRETO


Monseñor Jesús Sanz Montes

      No fue reservado, no nos engañó con largas interminables para ocultarnos la entraña de su corazón. Llegó un momento en el que Dios en su Hijo quiso decírnoslo todo. Puesto a desvelarse este Dios, puesto a revelarse, lo hizo de una manera insospechada. ¿Cuáles eran las claves en las que Dios se contaba y se cantaba?: "Te doy gracias, Padre, Señor de cielo y tierra, porque has escondido estas cosas a los sabios y entendidos y las has revelado a la gente sencilla”. Dios ha desvelado su secreto, pero los sabios sabihondos y los hinchados entendidos..., ni saben ni en­tienden. Sólo todos los pocos sencillos que en el mundo han sido, sólo a ellos les ha querido revelar Dios sus adentros, porque "así le ha parecido mejor".
      Podríamos pensar que este Dios, tenía también su manía persecutoria, o al menos su personal selección del personal, y que por lo tanto la emprendió con los sapientes, los potentes y los tenientes para favorecer a los que no lo eran. Pero la verdadera cues­tión es preguntarse quién ha abandonado a quién, quién selecciona a quién. Porque sólo van a Jesús, y sólo en Él encuentran solaz y descanso, quienes realmente se hallan de tantos modos machacados: "Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados, y yo os aliviaré... y encontraréis vuestro descanso", y éstos, no suelen coinci­dir con aquellos a los que el Padre "esconde" su secreto.
      Sólo los sencillos en su corazón y en su vida, podían enten­der las palabras de Jesús. Porque sólo ellos se sabían desbordados por tanto cansancio y tanto agobio. Sin sentir vergüenza de su limitación, sin tener que maquillarla y disfrazarla: eran pobres, sin po­der, sin saber, sin tener. Los que sabían y podían y tenían, ellos se pagaban a sí mis­mos... aunque sus monedas fueran siempre desesperadamente insuficientes, pero de­bían seguir aparentando que no ocurría nada, que no existían agobios ni cansancios, y por lo tanto que no padecían ninguna indigencia que les forzase a escuchar a alguien que les invitaba a ir a él para en él encontrar la paz y recuperar la esperanza.
      Nosotros, dos mil años después, somos herederos y continuadores del secreto de Dios, ese que quita cansancios, seca lágrimas, desliga agobios, rompe cadenas, abre esperanzas, y todo lo llena de un buen olor de Buena Nueva. Estos son sus gestos y su lenguaje. Quiera el Señor que los sencillos de hoy, los pobres de nuestra tierra, puedan tener acceso al corazón de Dios manso y humilde, espejado y regalado en el corazón de los cristianos, para que como Jesús y con Jesús, también ellos den gracias al Padre.  

 ¿QUÉ ES LA TEOLOGÍA?


El Papa en la entrega del “Premio Ratzinger”


Señores cardenales, venerados hermanos, ilustres señores y señoras:
Ante todo, quisiera expresar mi alegría y gratitud por el hecho de que, con la entrega de su premio teológico, la fundación que lleva mi nombre otorgue reconocimiento público a la obra llevada a cabo a lo largo de toda una vida por dos grandes teólogos, y a un teólogo de la generación más joven le dé un signo de aliento para avanzar por el camino emprendido
Al profesor González de Cardedal me une un camino común de muchos decenios. Ambos iniciamos con san Buenaventura y dejamos que él nos indicara la dirección. Durante su larga vida de estudioso, el profesor González ha tratado todos los grandes temas de la teología, y ello no sólo reflexionando o hablando desde un punto de vista teórico, sino enfrentándose siempre al drama de nuestro tiempo, viviendo e incluso sufriendo de forma totalmente personal las grandes cuestiones de la fe y, con ellas, las cuestiones del hombre de hoy. De esta forma, la palabra de la fe no es algo del pasado, en sus obras se convierte realmente en nuestra contemporánea.
El profesor Simonetti nos ha abierto de una manera nueva el mundo de los Padres. Precisamente al mostrarnos desde el punto de vista histórico, con precisión y atención, lo que dicen los Padres, éstos se convierten en personas contemporáneas nuestras, que hablan con nosotros.
El padre Maximilian Heim ha sido elegido recientemente abad del monasterio de Heiligenkreuz –monasterio de gran tradición en las cercanías de Viena–, asumiendo con ello el cometido de actualizar una gran historia y llevarla hacia el futuro. A este respecto, espero que el trabajo sobre mi teología que nos ha ofrecido pueda serle útil, y que la abadía de Heiligenkreuz logre, en este tiempo nuestro, desarrollar aún más esa teología monástica que siempre ha acompañado a la universitaria, formando con ésta el conjunto de la teología occidental.
Sin embargo, mi tarea no consiste en pronunciar aquí una laudatio de los galardonados, lo que ya ha realizado de manera competente el cardenal Ruini. Ahora bien, quizá la entrega del premio nos depare la ocasión de dedicar unos momentos a la cuestión fundamental de qué es realmente “teología”. La teología es ciencia de la fe, nos dice la tradición. Pero aquí surge inmediatamente la pregunta: ¿Es esto realmente posible? ¿No se trata de una contradicción? ¿Acaso la ciencia no es lo contrario de la fe? ¿La fe no deja de ser fe, cuando se convierte en ciencia? ¿Y no deja tal vez la ciencia de ser ciencia, cuando se ve ordenada o incluso subordinada a la fe? Tales cuestiones, que ya constituían un serio problema para la teología medieval, ante el concepto moderno de ciencia se han vuelto aún más apremiantes, a primera vista incluso sin solución. De este modo puede comprenderse por qué, durante la Edad Moderna, en muchos ambientes la teología se replegara principalmente en el campo de la historia, con el fin de demostrar en él su seria cientificidad. Hay que reconocer con gratitud que de este modo se realizaron obras grandiosas, y que el mensaje cristiano recibió nueva luz, capaz de hacer visible su íntima riqueza. Ahora bien, si la teología se repliega totalmente en el pasado, deja hoy la fe a oscuras. En una segunda fase, el interés se concentró en la praxis para mostrar cómo la teología, puesta en relación con la psicología y la sociología, es una ciencia útil que da indicaciones concretas para la vida. Esto resulta también importante, pero si el fundamento de la teología, la fe, no se convierte al mismo tiempo en objeto del pensamiento; si la praxis sólo se refiere a sí misma o vive únicamente de los préstamos de las ciencias humanas, entonces queda vacía y sin fundamento.
Estas vías, por lo tanto, no son suficientes. Por útiles e importantes que sean, se convertirían en subterfugios si la pregunta verdadera quedara sin respuesta. Dicha pregunta es la siguiente: ¿Es verdad lo que creemos o no? En la teología está en juego la cuestión sobre la verdad, que es su fundamento último y esencial. Aquí, una expresión de Tertuliano puede hacernos dar un paso más: escribe que Cristo no dijo: “Yo soy la costumbre”, sino: “Yo soy la verdad”, Non consuetudo sed veritas (Virg. 1, 1). Christian Gnilka ha mostrado que el concepto consuetudopuede hacer referencia a las religiones paganas, que, según su naturaleza, no eran fe, sino “costumbre”: se hace lo que se ha hecho siempre; se observan las formas cultuales tradicionales, esperando mantenerse así en la justa relación con el ámbito misterioso de lo divino. El aspecto revolucionario del cristianismo en la antigüedad fue precisamente su ruptura con la “costumbre” por amor a la verdad. Tertuliano habla aquí basándose sobre todo en el Evangelio de San Juan, en el que se encuentra también la otra interpretación fundamental de la fe cristiana, que se expresa en la designación de Cristo como Logos. Si Cristo es el Logos, la verdad, el hombre debe corresponderle con su propio logos, con su razón. Para llegar hasta Cristo, debe seguir el camino de la verdad. Debe abrirse al Logos, a la Razón creadora, de la que se deriva su propia razón y a la que ésta lo remite. De este modo se comprende que la fe cristiana, por su misma naturaleza, debe suscitar la teología, tenía que interrogarse sobre la razonabilidad de la fe, aunque, naturalmente, el concepto de razón y el de ciencia abarquen muchas dimensiones, por lo que la naturaleza concreta del nexo entre fe y razón debía y debe ser nuevamente evaluada.
Por lo tanto, aun cuando resulta claro, en el cristianismo, el nexo fundamental entre Logos, verdad y fe, la forma concreta de este nexo ha planteado y sigue planteando preguntas siempre nuevas. Está claro que, en este momento, dicha pregunta, que ha ocupado y ocupará a todas las generaciones, no puede tratarse con detalle, ni siquiera a grandes rasgos. Quisiera intentar tan sólo proponer un brevísimo apunte. San Buenaventura, en el prólogo a su Comentario a las Sentencias, habló de un doble uso de la razón: de un uso inconciliable con la naturaleza de la fe y de otro que, por el contrario, es propio de la naturaleza de la fe. Existe, según dice, laviolentia rationis, el despotismo de la razón, que se convierte en juez supremo y último de todo. Este tipo de razón es ciertamente inviable en el ámbito de la fe. ¿Qué entiende con ello Buenaventura? Una expresión del Salmo 95, 9 puede mostrarnos de qué se trata. Dice allí Dios a su pueblo: “...en el desierto [...] vuestros padres me pusieron a prueba y me tentaron, aunque habían visto mis obras”. Se alude aquí a un doble encuentro con Dios: ellos han “visto”. Pero no les basta, por lo que ponen a Dios “a prueba”. Quieren someterlo a experimento. Se le somete, por así decir, a un interrogatorio, y a un procedimiento de prueba experimental. Esta modalidad de uso de la razón ha alcanzado la cumbre de su desarrollo durante la Edad Moderna, en el ámbito de las ciencias naturales. La razón experimental se presenta hoy ampliamente como la única forma de racionalidad declarada científica. Lo que no pueda verificarse o falsificarse científicamente cae fuera del ámbito científico. Con este planteamiento se han realizado, como es sabido, obras grandiosas, y nadie se atreverá seriamente a dudar de que sea justo y necesario en el ámbito del conocimiento de la naturaleza y de sus leyes. Pero semejante uso de la razón tiene un límite: Dios no es un objeto de la experimentación humana. Él es Sujeto y se manifiesta tan sólo en la relación de persona a persona, lo que forma parte de la esencia de la persona.
Desde esta perspectiva, Buenaventura alude a un segundo uso de la razón, válido para el ámbito de lo “personal”, para las grandes cuestiones del mismo ser hombre. El amor quiere conocer mejor a aquél que ama. El amor, el amor verdadero, no vuelve ciego, sino vidente. De ello forma parte, precisamente, la sed de conocimiento, de un conocimiento auténtico del otro. De ahí que los Padres de la Iglesia hallaran precursores y adelantados del cristianismo, fuera del mundo de la revelación de Israel, no ya en el ámbito de la religión consuetudinaria, sino en los hombres que buscaban a Dios, que buscaban la verdad: en los “filósofos”, en personas que estaban sedientas de verdad y que, por lo tanto, estaban en camino hacia Dios. Cuando falta este uso de la razón, las grandes cuestiones de la Humanidad caen fuera del ámbito de la razón y quedan abandonadas a la irracionalidad. De ahí la importancia de una teología auténtica. La fe recta orienta a la razón hacia su apertura a lo divino, para que ésta, guiada por el amor a la verdad, pueda conocer a Dios más de cerca. La iniciativa de este camino la tiene Dios, que ha puesto en el corazón del hombre la búsqueda de su rostro. Por lo tanto, forman parte de la teología, por un lado, la humildad que se deja “tocar” por Dios, y, por otro, la disciplina que se vincula al orden de la razón, que preserva al amor de ceguera y que ayuda a desarrollar su fuerza visual.
Soy muy consciente de que con todo esto no se ha dado respuesta a la cuestión acerca de la posibilidad y el cometido de la recta teología, sino que sólo se ha puesto de relieve la grandeza del reto inherente a la naturaleza de la teología. Sin embargo, el hombre necesita precisamente este reto, ya que nos impulsa a abrir nuestra razón interrogándonos acerca de la verdad misma, acerca del rostro de Dios. Por eso damos las gracias a los galardonados, que han mostrado en sus obras que la razón, cuando recorre la pista trazada por la fe, no es razón enajenada, sino razón que responde a su altísima vocación. Gracias.

BENEDICTO XVI CELEBRA LOS 150 AÑOS DE “L'OSSERVATORE ROMANO”



Al ilustrísimo señor Profesor Giovanni Maria Vian Director de “L’Osservatore Romano”:
Para un periódico diario, 150 años de vida son un periodo verdaderamente considerable, un largo e importante camino lleno de alegrías, dificultades, compromisos, satisfacciones, y de gracia. Por tanto, este importante aniversario de L’Osservatore Romano – cuyo primer número salió con fecha del 1 de julio de 1861- es, antes que nada, un motivo de agradecimiento a Diospro universis beneficiis suis: por todo aquello, es decir, que su Providencia ha dispuesto en este siglo y medio, durante el cual el mundo ha cambiado profundamente, y por lo que dispone en la actualidad, cuando los cambios son continuos y cada vez más rápidos, sobre todo en el ámbito de la comunicación y de la información.
Al mismo tiempo, la actual alegre celebración ofrece también la ocasión para algunas reflexiones sobre la historia y el papel de este periódico, llamado habitualmente “el periódico del Papa”. Estamos invitados, por tanto, -como dijo Pío XI en 1936, hace exactamente 75 años,- a dar “una ojeada al camino recorrido y a dar otra al camino que queda por recorrer”, destacando sobre todo, la singularidad y la responsabilidad de un periódico que, desde hace un siglo y medio, da a conocer el Magisterio de los Papas, y que es uno de los instrumentos privilegiados al servicio de la Santa Sede y de la Iglesia.
L'Osservatore Romano tuvo su origen en un contexto difícil y decisivo para el Papado, con la conciencia y la voluntad de defender y apoyar las razones de la Sede Apostólica, que parecía estar en peligro por fuerzas hostiles. Fundado por iniciativa privada, con el apoyo del Gobierno Pontificio, este diario se definió como “político religioso”, proponiéndose como objetivo la defensa del principio de justicia, en la convicción, basada en la palabra de Cristo, de que el mal no tendrá la última palabra. Tal objetivo y tal convicción fueron expresados por dos célebres refranes latinos -el primero obtenido del derecho romano y el segundo de un texto evangélico- que, desde el primer número de 1862, se leen bajo su cabecera: Unicuique suum y sobre todo,Non praevalebunt (Mt 16,18).
En 1870, el fin del poder temporal -considerado como providencial a pesar de los abusos y actos injustos sufridos por el Papado- no abrumó a L'Osservatore Romano, ni hizo inútil su presencia ni su función. De hecho, quince años después, la Santa Sede decidió comprar la propiedad. El control directo del periódico por parte de la autoridad pontificia hizo aumentar con el tiempo su prestigio y autoridad, que creció más adelante, sobre todo en la línea de imparcialidad y de valentía mantenida frente a las tragedias y los horrores que marcaron la primera mitad del siglo XX, es decir, “fiel a un instituto internacional y supranacional”, como escribió el cardenal Gasparri en 1922.
Se sucedieron entonces eventos trágicos: el primer conflicto mundial, que devastó Europa cambiándole el rostro; la afirmación de los totalitarismos, con ideologías nefastas que negaron la verdad y oprimieron al hombre; finalmente los horrores de la Shoá y de la II Guerra Mundial. En aquellos años tremendos, y después durante el periodo de la guerra fría y de la persecución anticristiana realizada por los regímenes comunistas de muchos países, a pesar de la carencia de medios y de las fuerzas, el periódico de la Santa Sede supo informar con honestidad y libertad, apoyando la obra valiente de Benedicto XV, de Pío XI y de Pío XII, en defensa de la verdad y de la justicia, único fundamento de la paz.
Del segundo conflicto mundial, L'Osservatore Romano salió con la cabeza alta, como pronto reconocieron voces laicas autorizadas y como en 1961, en ocasión del centenario del periódico, escribió el cardenal Montini, que dos años después se convirtió en Papa con el nombre de Pablo VI: “Sucede como cuando en una sala se apagan todas las luces, y permanece encendida sólo una: todas las miradas se dirigen a la que ha quedado encendida; y por fortuna esta era la luz vaticana, la luz tranquila y luminosa, alimentada por la apostólica de Pedro. L'Osservatoreaparecía entonces como lo que, en sustancia, ha sido siempre: un faro orientador”.
En la segunda mitad del siglo XX, el periódico comenzó a circular por todo el mundo a través de una corona de ediciones periódicas en distintas lenguas, impresas no sólo en el Vaticano: actualmente hay ocho, entre las que, desde 2008, también está la versión en malaya publicada en la India, la primera en caracteres no latinos. A partir del mismo año, en un tiempo difícil para los medios de comunicación tradicionales, la difusión se apoyó en la combinación con otros diarios en España, Italia, Portugal y ahora en una presencia en Internet cada vez más eficaz.
Periódico “singularísimo” por sus características únicas, L'Osservatore Romano, en este siglo y medio, ha dado cuenta, antes que nada, del servicio dedicado a la verdad y a la comunión católica por parte de la Sede del Sucesor de Pedro. El periódico ha informado puntualmente de las intervenciones pontificias, ha seguido los dos Concilios celebrados en el Vaticano y las muchas Asambleas sinodales, expresiones de la vitalidad y de la riqueza de los dones de la Iglesia, pero no ha olvidado nunca hacer presente también la obra y la situación de las comunidades católicas en el mundo, que a veces viven condiciones dramáticas.
En este tiempo -marcado a menudo por la falta de puntos de referencia y por la eliminación de Dios del horizonte de muchas sociedades, también de antigua tradición cristiana- el cotidiano de la Santa Sede se presenta como un “periódico de ideas”, como un órgano de formación y no sólo de información. Por esto, debe saber mantener fielmente la tarea desarrollada en este siglo y medio, con atención también al Oriente cristiano, al irreversible compromiso ecuménico de las distintas Iglesias y Comunidades eclesiales, a la búsqueda constante de amistad y de colaboración con el Judaísmo y con las demás religiones, al debate y confrontación cultural, a las voces de las mujeres, a los temas bioéticos que plantean cuestiones decisivas para todos. Continuando la apertura a nuevas firmas -entre las que destacar a un número creciente de colaboradoras- y acentuando la dimensión y la característica internacional presente desde el origen del periódico, después de 150 años de una historia de la que puede estar orgulloso,L'Osservatore Romano sabe expresar la cordial amistad de la Santa Sede por la humanidad de nuestro tiempo, en defensa de la persona humana creada a imagen y semejanza de Dios y redimida por Cristo.
Por todo esto, deseo dirigir mi pensamiento de reconocimiento a todos los que, desde 1861 hasta hoy, han trabajado en el periódico de la Santa Sede: a los directores, a los redactores y a todo el personal. A usted, señor director, y a todos los que cooperan actualmente en este entusiasta, comprometido y benemérito servicio a la verdad y a la justicia, como también a los benefactores y a quienes lo apoyan, aseguro mi constante cercanía espiritual y envío de corazón una especial Bendición Apostólica.