06 octubre 2011


“TÚ ESTÁS CONMIGO: 

ESTA ES NUESTRA CERTEZA”


El Papa ayer en la Audiencia General

Queridos hermanos y hermanas:
Dirigirse al Señor en la oración implica siempre un acto de confianza, con la conciencia de confiarse a un Dios que es bueno, “misericordioso, lento a la ira, rico en amor y fidelidad” (Ex34,6-7; Sal 86,15; cfr Jl 2,13; Gn 4,2; Sal 103,8; 145,8; Ne 9,17). Por esto, quisiera hoy reflexionar con vosotros sobre un Salmo impregnado de confianza en su totalidad, en el que el Salmista expresa su serena certeza de que es guiado y protegido, puesto a salvo de todo peligro, porque el Señor es su pastor. Se trata del Salmo 23 (según la tradición greco-latina el número 22), un texto familiar para todos y amado por todos. “El Señor es mi pastor: nada me falta”: así comienza esta bella oración, evocando el ambiente nómada del pastoreo y la experiencia de conocimiento recíproco que se establece entre el pastor y las ovejas que componen su pequeño rebaño. La imagen recrea una atmósfera de confianza, intimidad, ternura: el pastor conoce a sus ovejas una a una, las llama por su nombre y ellas lo siguen porque lo reconocen y se fían de él (cfr Jn 10,2-4). Él las cuida, las custodia como bienes preciosos, está preparado para defenderlas, para garantizar su bienestar, para hacerlas vivir en tranquilidad. Nada puede faltarles si el pastor está con ellas. A esta experiencia se refiere el Salmista, llamando a Dios su pastor, y dejándose guiar por Él hacia pastos seguros:
“El me hace descansar en verdes praderas,
me conduce a las aguas tranquilas
y repara mis fuerzas;
me guía por el recto sendero,
por amor de su Nombre”(vv. 2-3).
La visión que se abre a nuestros ojos es la de los prados verdes y fuentes de agua límpida, oasis de paz hacia donde el pastor acompaña a su rebaño, símbolos de lugares de vida hacia donde el Señor conduce al Salmista, que se siente como las ovejas recostadas en la hierba al lado de un manantial, en situación de reposo, no en tensión o en estado de alarma, sino confiadas y tranquilas, porque el sitio es seguro, el agua es fresca y el pastor vela por ellas. No olvidemos que la escena evocada por el Salmo está ambientada en una tierra en gran parte desértica, tostada por el sol abrasador, donde el pastor semi-nómada de Oriente Medio vive con su rebaño en las estepas áridas que se extienden alrededor de los pueblos. Pero el pastor sabe donde encontrar hierba y agua, esenciales para la vida, sabe guiar hacia el oasis donde el alma se “refresca” y es posible recuperar las fuerzas y coger nuevas energías para retomar el camino.
Como dice el Salmista, Dios lo guía hacia “verdes praderas” y “aguas tranquilas”, donde todo es abundante, donde todo se da copiosamente. Si el Señor es el pastor, incluso en el desierto, lugar de carencia y de muerte, no disminuye la certeza de una radical presencia de vida, hasta el punto que se puede decir: “nada me falta”. El pastor, de hecho, tiene en el corazón el bien de su grey, adecua sus propios ritmos y sus propias exigencias a las de sus ovejas, camina y vive con ellas, guiándolas por senderos “justos”, es decir adaptados a ellas, con atención a sus necesidades y no a las propias. La seguridad de su rebaño es su prioridad y a esto obedece su guía.
Queridos hermanos y hermanas, también nosotros, como el Salmista, si caminamos detrás del “Pastor Bueno”, aunque puedan parecer difíciles, tortuosos o largos los senderos de la vida,incluso a menudo en zonas desérticas espiritualmente, sin agua y con un sol de racionalismo abrasador, bajo la guía del Señor debemos estar seguros de que estos son los “justos” para nosotros y que el Señor nos guía, está siempre cerca de nosotros y que no nos faltará nada. Por esto el Salmista puede declarar un tranquilidad y una seguridad sin dudas ni preocupaciones:
“ Aunque cruce por oscuras quebradas,
no temeré ningún mal,
porque tú estás conmigo:
tu vara y tu bastón me infunden confianza(v. 4).
Quien va con el Señor en los valles oscuros del sufrimiento, de las dudas y de todos los problemas humanos, se siente seguro. Tú estás conmigo: esta es nuestra certeza, la que nos sostiene. La oscuridad de la noche da miedo, con sus cambiantes sombras, la dificultad de distinguir los peligros, su silencio lleno de ruidos indescifrables. Si el rebaño se mueve después de la puesta de sol, cuando la visibilidad no es buena, es normal que las ovejas se inquieten, existe el riesgo de caerse o de alejarse y perderse, y también está el temor de posibles agresores que se escondan en la oscuridad. Para hablar del valle “oscuro”, el Salmista usa una expresión hebrea que evoca las tinieblas de la muerte, por tanto el valle que hay que atravesar es un lugar de angustia, de amenazas terribles, de peligros de muerte. Sin embargo, el orante camina seguro, sin miedo, porque sabe que el Señor está con él. Ese “tú estás conmigo” es una declaración de confianza inquebrantable, que resume una experiencia de fe radical; la cercanía de Dios transforma la realidad, el valle oscuro pierde toda su peligrosidad, se vacía de toda amenaza. El rebaño puede caminar tranquilo, acompañado del sonido familiar del bastón que golpea sobre el terreno y señala la presencia tranquilizadora del pastor.
Esta imagen confortadora cierra la primera parte del Salmo, y deja lugar a una escena distinta. Estamos todavía en el desierto, donde el pastor vive con su rebaño, pero ahora estamos bajo su tienda, que se abre para acoger:
“Tú preparas ante mí una mesa,
frente a mis enemigos;
unges con óleo mi cabeza
y mi copa rebosa”(v. 5).
Ahora el Señor se presenta como el que acoge al orante, con los signos de una hospitalidad generosa y llena de atenciones. El anfitrión divino prepara la comida en la “mesa”, un término que en hebreo significa, en su significado primitivo, la piel del animal que se extendía en la tierra y donde se colocaban los víveres para una comida en común. Es un gesto de compartir no sólo la comida sino también la vida, un oferta de comunión y de amistad que crea vínculos y que expresa solidaridad. Después está el generoso don del aceite perfumado sobre la cabeza, que alivia el calor del sol del desierto, refresca y suaviza la piel, y anima el espíritu con su fragancia. Finalmente la copa rebosante añade una nota de fiesta, con su vino exquisito, compartido con una generosidad abundante. Comida, aceite, vino: son los dones que hacen vivir y que dan alegría porque van más allá de lo que es estrictamente necesario y expresan la gratuidad y la abundancia del amor. Proclama el Salmo 104, celebrando la bondad que viene del Señor: “Haces brotar la hierba para el ganadoy las plantas que el hombre cultiva, para sacar de la tierra el pan y el vino que alegra el corazón del hombre, para que él haga brillar su rostro con el aceite y el pan reconforte su corazón” (v.14 y 15). El Salmista es objeto de muchas atenciones, por las que se ve a un viajero que encuentra refugio en una tienda acogedora, mientras sus enemigos deben detenerse a mirar, sin poder intervenir, porque al que consideraban su presa se le ha dado refugio, se ha convertido en huésped sagrado, intocable. El Salmista somos nosotros cuando somos realmente creyentes en comunión con Cristo.Cuando Dios abre su tienda para acogernos, nada nos puede hacer daño.
Al partir el viajero de nuevo, la protección divina continúa y lo acompaña en su viaje:
“Tu bondad y tu gracia me acompañan
a lo largo de mi vida;
y habitaré en la Casa del Señor,
por muy largo tiempo”(v. 6).
La bondad y la fidelidad de Dios son la escolta que acompaña al Salmista que sale de la tienda y se pone en camino de nuevo. Además es un camino que adquiere un nuevo sentido, se convierte en peregrinación hacia el Templo del Señor, el lugar santo en el que el orante quiere “habitar” para siempre y al que quiere “regresar”. El verbo hebreo que se utiliza aquí tiene el sentido de “volver” pero, con una pequeña modificación vocálica puede entenderse como “habitar” y así está traducido en las versiones antiguas y en la mayor parte de las traducciones modernas. Ambas se pueden mantener: volver al Templo y habitar en él es el deseo de todo israelita, y habitar cerca de Dios, en su cercanía y bondad es el anhelo y la nostalgia de todo creyente: poder habitar realmente donde está Dios, cerca de Él.
La estela del Pastor lleva a su casa, es la mitad de todo camino, oasis deseado en el desierto, tienda de refugio en la huida de los enemigos, lugar de paz donde experimentar la bondad y el amor fiel de Dios, día tras días, en la alegría serena de un tiempo sin fin.
Las imágenes de este Salmo, con su riqueza y profundidad, han acompañado toda la historia y la experiencia religiosa del pueblo de Israel y acompañan a los cristianos. La figura del pastor, en especial, evoca el tiempo del Éxodo, el largo camino en el desierto, como un rebaño bajo la guía del Pastor divino (cfr Is 63,11-14; Sal 77,20-21; 78,52-54). Y en la Tierra Prometida era el rey el que tenía el deber de pacer el rebaño del Señor, como David, pastor elegido por Dios y figura del Mesías (cfr 2Sam 5,1-2; 7,8; Sal 78,70-72). Después en el exilio en Babilonia, casi un nuevo Éxodo (cfr Is 40,3-5.9-11; 43,16-21), Israel es reconducido a la patria como ovejas dispersas y reencontradas, reconducidas por Dios a los exuberantes pastos y lugares de reposo (cfr Ez 34,11-16.23-31). Pero es en el Señor Jesús que toda la fuerza evocadora de nuestro Salmo llega a su plenitud, encuentra el culmen de su significado: Jesús es el “Buen Pastor” que va a buscar a la oveja perdida, que conoce a sus ovejas y que da la vida por ellas (cfr Mt 18,12-14; Lc 15,4-7; Jn 10,2-4.11-18), Él es la vía, el camino justo que lleva a la vida (cfr Jn 14,6), la luz que ilumina el valle oscuro y que vence nuestros miedos (cfr Jn 1,9; 8,12; 9,5; 12,46). Él es el anfitrión generoso que nos acoge y nos pone a salvo de los enemigos, preparándonos la mesa de su cuerpo y de su sangre (cfr Mt 26,26-29; Mc 14,22-25; Lc 22,19-20) y es la definitiva del banquete mesiánico en el Cielo (cfr Lc 14,15ss; Ap 3,20; 19,9). Él es el Pastor real, rey en la dulzura y en el perdón, entronizado en el leño glorioso de la Cruz (cfr Jn 3,13-15; 12,32; 17,4-5).
Queridos hermanos y hermanas, el Salmo 23 nos invita a renovar nuestra confianza en Dios, abandonándonos totalmente en sus manos. Pidamos con fe que el Señor nos conceda caminar para siempre por sus senderos como grey dócil y obediente, nos acoja en su casa, en su mesa y nos conduzca hacia “aguas tranquilas”, para que en la acogida del don de su Espíritu, podamos beber en sus fuentes, manantiales de esa agua viva que “salta hasta la vida eterna” (Jn 4,14; cfr 7,37-39). Gracias.

05 octubre 2011


EL SACERDOTE EN EL SIGLO XXI

Cardenal Mauro Piacenza

Muy queridos Sacerdotes:
Dorothy Thompson, escritora estadounidense, hace algunos decenios publicó en un artículo para una revista los resultados de una cuidada indagación sobre el mal afamado campo de concentración de Dachau.
Una pregunta clave dirigida a los supervivientes fue la siguiente: «¿Quién en medio del infierno de Dachau ha permanecido más largo tiempo en condiciones de equilibrio? ¿Quién ha mantenido por más tiempo el propio sentido de identidad?». La respuesta fue coral y siempre la misma: «los sacerdotes católicos». Sí, ¡los sacerdotes católicos! Éstos han logrado mantener el propio equilibrio, en medio de tanta locura, porque eran conscientes de su Vocación. Tenían su escala jerárquica de valores. Su entrega al ideal era total. Eran conscientes de su misión específica y de los motivos profundos que la sostenían.  
¡En medio del infierno terreno, daban su testimonio: el de Jesucristo!
Vivimos en un mundo inestable. Existe una inestabilidad en la familia, en el mundo del trabajo, en las diversas asociaciones sociales y profesionales, en las escuelas y en las instituciones.
El sacerdote debe ser, sin embargo, constitucionalmente un modelo de estabilidad y de madurez, de entrega plena a su apostolado.
En el camino inquieto de la sociedad, se presenta con frecuencia un interrogante a la mente del cristiano: «¿Quién es el sacerdote en el mundo de hoy? ¿Es un marciano? ¿Es un extraño? ¿Es un fósil? ¿Quién es?».
La secularización, el gnosticismo, el ateísmo, en sus varias formas, están reduciendo cada vez más el espacio de lo sagrado, están chupando la sangre a los contenidos del mensaje cristiano.
Los hombres de las técnicas y del bienestar, la gente caracterizada por la fiebre del aparentar, experimentan una extrema pobreza espiritual. Son víctimas de una grave angustia existencial y se manifiestan incapaces de resolver los problemas de fondo de la vida espiritual, familiar y social. 
Si quisiéramos interrogar la cultura más difundida, nos daríamos cuenta de que está dominada e impregnada de la duda sistemática y de la sospecha de todo lo que se refiere a la fe, la razón, la religión, la ley natural.
«Dios es una inútil hipótesis – escribió Camus – y estoy perfectamente seguro de que no me interesa».
En la mejor de las hipótesis, cae un denso silencio sobre Dios; pero se llega con frecuencia a la afirmación del insanable conflicto de las dos existencias destinadas a eliminarse: o Dios o el hombre.
Si después tuviéramos que dirigir la mirada al conjunto del panorama de los comportamientos morales, no podríamos no constatar la confusión, el desorden, la anarquía que reina en este campo. 
El hombre se hace creador del bien y del mal.
Concentra egoístamente la atención sobre sí.
Sustituye la norma moral con el propio deseo y búsqueda del propio interés.
En este contexto, la vida y el ministerio del sacerdote adquieren importancia decisiva y urgente actualidad. Mejor aún – permitídmelo decir – cuanto más marginado, más importante es, cuanto más considerado superado, se convierte en más actual.
El sacerdote debe proclamar al mundo el mensaje eterno de Cristo, en su pureza y radicalidad; no debe rebajar el mensaje, sino, más bien, confortar la gente; debe dar a la sociedad anestesiada por los mensajes de algunos directores ocultos, detenedores de los poderes que valen, la fuerza liberadora de Cristo.
Todos sienten la necesidad de reformas en el campo social, económico, político; todos desean que, en las luchas sindicales, y en la proclamación económica se reafirme y se observe la centralidad del hombre y el perseguimiento de objetivos de justicia, de solidaridad, de convergencia hacia el bien común.
Todo esto será sólo un deseo, si no se cambia el corazón del hombre, de tantos hombres, que renueven por su parte la sociedad.  
Mirad, el verdadero campo de batalla de la Iglesia es el paisaje secreto del espíritu del hombre y en él no se entra sin mucho tacto, sin mucha compunción,  además de contar con la gracia de estado prometida por el Sacramento del Orden.
Es justo que el sacerdote se inserte en la vida, en la vida común de los hombres, pero no debe ceder a los conformismos y a los compromisos de la sociedad.
La sana doctrina, pero también la documentación histórica nos demuestran que la Iglesia es capaz de resistir a todos los ataques, a todos los asaltos que las potencias políticas, económicas y culturales pueden desencadenar contra ella, pero no resiste al peligro que proviene del olvidar esta palabra de Jesús:   «Vosotros sois la sal de la tierra, vosotros sois la luz del mundo». El mismo Jesús indica la consecuencia de este olvido:  «Si la sal se hace insípida, ¿cómo se preservará el mundo de la corrupción?» (cfr. Mt 5,13-14).
¿A qué serviría un sacerdote tan semejante al mundo, que se convierte en sacerdote mimetizado y no en fermento transformador?
Ante un mundo anémico de oración y de adoración, el sacerdote es, en primer lugar el hombre de la oración, de la adoración, del Culto, de la celebración de los santos Misterios.
Ante un mundo sumergido en mensajes consumistas, pansexuales, atacado por el error, presentado en los aspectos más seductores , el sacerdote debe hablar de Dios y de las realidades eternas y, para poderlo hacer con credibilidad, debe ser apasionadamente creyente, ¡como también ser “limpio”!
El sacerdote debe aceptar la impresión de estar en medio de la gente, como uno que parte de una lógica y habla una lengua diversa de los otros («no os conforméis a la mentalidad de este mundo», Rm 12,12). Él no es como “los otros”. Lo que la gente  espera de él  es precisamente que no sea “como los demás”.
Ante un  mundo sumergido en la violencia y corroído por el egoísmo, el sacerdote debe ser el hombre de la caridad. Desde las alturas purísimas del amor de Dios, del que realiza una particularísima experiencia, desciende al valle, donde muchos viven su vida de soledad, de incomunicabilidad, de violencia, para anunciarles misericordia, reconciliación y esperanza.
El sacerdote responde a las exigencias de la sociedad, haciéndose voz de quien no tiene voz: los pequeños, los pobres, los ancianos, los oprimidos, marginados.
No pertenece a sí mismo sino a los demás. No vive para sí y no busca lo que es suyo. Busca lo que es de Cristo, lo que es de sus hermanos. Comparte las alegrías y los dolores de todos, sin distinción de edad, categoría social, procedencia política, práctica religiosa.        
Él es el guía de la porción del Pueblo, que le ha sido confiada. Ciertamente, no jefe de un ejército anónimo, sino pastor de una comunidad formada por personas que cada una tiene un nombre, su historia, su destino, su secreto.
El sacerdote tiene la difícil tarea, pero eminente, de guiar estas personas con la mayor atención religiosa y con el escrupuloso respeto de su dignidad humana, de su trabajo, de sus derechos, con la plena conciencia de que, entonces, la condición de hijos de Dios corresponde en ellos a una vocación eterna, que se realiza en la plena comunión con Dios.
El sacerdote no dudará en entregar la vida, o en una breve pero intensa temporada de dedicación generosa y sin límites, o en una donación cotidiana, larga, en el estilicidio de humildes gestos de servicio a su pueblo, tendiendo siempre a la defensa y formación de la grandeza humana y del crecimiento cristiano de cada fiel y de todo su pueblo.   
Un sacerdote debe ser contemporáneamente pequeño y grande, noble de espíritu como un rey, sencillo y natural como un campesino. Un héroe  en la conquista de sí, el soberano de sus deseos, un servidor de los pequeños y débiles; que no se humilla ante los poderosos, pero que se inclina ante los pobres y pequeños, discípulo de su Señor y cabeza de su grey.
Ningún don más precioso se puede regalar a una comunidad de un sacerdote según el corazón de Cristo.
La esperanza del mundo consiste en poder contar, también para el futuro, con el amor de corazones sacerdotales límpidos, fuertes y misericordiosos, libres y mansos, generosos y fieles.
Amigos, si los ideales son altos, el camino difícil, el terreno quizás menos minado, las incomprensiones son muchas, pero todo podemos con Aquel que nos da fuerzas (cfr. Flp 4,13). 
El eclipse de la Luz de Dios y de su Amor, no es el apagarse la Luz y el Amor de Dios. Ya mañana lo que se había interpuesto, obscureciendo la fe, arrojando el mundo en una oscuridad espantosa, puede convertirse en menos espeso, y después de una larga pausa, demasiado larga del eclipse, volver el sol, lleno y espléndido.
Más allá de las inquietudes y contestaciones que agitan el mundo, y se hacen sentir también dentro de la Iglesia, están en acción fuerzas secretas, escondidas y fecundas en santidad..
Más allá de los ríos de palabras y discursos, de programas y planes, de iniciativas y organizaciones, hay almas santas que rezan, sufren, expían adorando al Dios-con nosotros.
Entre éstas hay niños y adultos, hombres y mujeres, jóvenes y ancianos, cultos e ignorantes, enfermos y sanos, y hay también tantos sacerdotes, que no sólo son dispensadores de los Misterios de Cristo, pero en la babel actual permanecen signos seguros de referencia y de esperanza, para cuantos buscan la plenitud, el sentido, el fin, la felicidad.
Estemos unidos, queridos amigos, en el Cenáculo de la Iglesia, en torno a María nuestra Madre, con Pedro y los Apóstoles, sumergidos en la comunión de los santos, para ser también nosotros, de verdad, signos seguros de referencia y de esperanza para todos.
Es mi deseo, que convierte en oración por todos vosotros que estáis aquí presentes y por todos vuestros Hermanos, que no están aquí ahora. Os llevaré, de ahora en adelante, siempre conmigo.

04 octubre 2011

“La Religión y la Moralidad son esenciales para la supervivencia de una sociedad que ama la libertad”

DECLARACIÓN DE LOS OBISPOS DE EEUU


Este mes de octubre, la Iglesia Católica de Estados Unidos celebrará el mes del Respeto a la Vida, una tradición anual de la que es su cuadragésimo año. Comenzando el 2 de octubre de 2001 -con el Domingo del Respeto a la Vida-, los católicos de toda la nación se unirán para testimoniar la igualdad inherente y valor trascendental de cada ser humano.
En incontables liturgias y eventos daremos gracias a Dios por el don de la vida humana y rezaremos para que nos dé su guía y sus bendiciones en nuestros esfuerzos por defender a los miembros más vulnerables de la familia humana.
Expresaremos nuestra oposición a la injusticia y crueldad del aborto en nombre de las víctimas cuyas voces han sido silenciadas. Al mismo tiempo, recordaremos a los supervivientes del aborto, las madres y los padres que lloran la pérdida de un hijo insustituible, que la misericordia de Dios es más grande que la humana, y que pueden encontrar el perdón y la paz a través del sacramento de la Reconciliación y el Proyecto Rachel Ministry de la Iglesia.
El tema elegido para el programa del Respeto a la Vida de este año es Yo he venido para que las ovejas tengan Vida, y la tengan en abundancia (cf. Jn 10,10). En esta breve explicación de su misión, Jesús habla de la esperanza de la vida eterna, que se restaurará a través de su muerte y resurrección, y de nuestra vida terrena.
Siguiendo el mandamiento nuevo de Jesús de amor desinteresado, nuestras vidas pueden enriquecerse y llenarse de alegría y de paz. Por el contrario, tratar a los demás como medios u obstáculos de nuestros propios objetivos, sin aprender nunca a amar con generosidad, es un modo muy pobre de vivir.
Ver la vida como un juego de sumas, en las que el avance de los propios intereses requiere dejar de lado las necesidades de los demás, puede llevar a olvidarnos de quien es especialmente débil, indefenso o que necesita nuestra ayuda. Los niños no nacidos, los ancianos que algunos consideran una “carga” para nuestro sistema sanitario, el supuesto “exceso” de embriones en las clínicas de fertilidad, las personas con discapacidad, las víctimas de los accidentes con daños cognitivos que requieren de asistencia para alimentarse,... cada uno de ellos corre el riesgo de ser considerado “una vida indigna de vivirse”.
La promesa de Jesús de “una vida en abundancia” es especialmente conmovedora hoy, cuando nuestra cultura y, a menudo, nuestros gobiernos promueven los valores contrarios a la felicidad y al verdadero bien de las personas y de la sociedad. Nos enfrentamos a los intentos de expulsar a Dios y al discurso religioso de la vida pública. Esto promueve la propuesta peligrosa de que el ser humano no disfruta de un estatus especial en virtud de lo que Dios dio a la humanidad.
Algunos intentan eliminar a la gente y a las organizaciones cuyos motivos son religiosos de los programas públicos, obligándoles a violar sus propias convicciones morales y religiosas o a dejar de servir a los necesitados. Las mismas fuerzas, ayudadas por la publicidad y los medios de comunicación, promueven una visión egoísta y degradante de la sexualidad humana, exaltando lo positivo de una actividad sexual sin amor o sin compromiso. Esta visión del sexo como “libre” de compromisos y de consecuencias no deja espacio para la apertura a la nueva vida.
Se promueven los anticonceptivos incluso entre los adolescentes como si fueran esenciales para el bienestar de la mujer y el aborto se defiende como un plan “necesario” por si los anticonceptivos fallan. Y estos fallan. Los estudios demuestran que muchas mujeres que buscan abortar, utilizaron anticonceptivos el mes que se quedaron embarazadas. Una y otra vez, los estudios demuestran que el incremento del acceso a la anticoncepción no reduce los porcentajes de embarazos no planeados y de abortos.
Ambas tendencias -una visión distorsionada de la sexualidad y un desprecio del papel de la religión- aparecen en la última decisión del Departamento de Salud y Servicios Humanos de que se demanden los “servicios preventivos” en prácticamente todos los planes de salud privados y que se recoge en la nueva ley de la salud. El Departamento ha mandado que estos servicios incluyan la esterilización quirúrgica y todos los fármacos y dispositivos anticonceptivos aprobados por la FDA- incluyendo el abortivo Ella, muy parecido a la píldora abortiva RU-486.
La decisión es errónea en varios niveles. Los servicios preventivos están dirigidos a la prevención de enfermedades (por ejemplo, vacunas) o a la detección precoz para poder dar un tratamiento urgente (por ejemplo, en la búsqueda de diabetes o cáncer). Pero el embarazo no es una enfermedad. Es la forma normal y saludable en la que cada uno de nosotros venimos al mundo. Lejos de prevenir enfermedades, los anticonceptivos tienen serias consecuencias para la salud, por ejemplo, el aumento del riesgo de la transmisión de enfermedades sexuales, como el SIDA, el aumento del riesgo de cáncer de pecho por el exceso de estrógenos y los coágulos sanguíneos que provocan embolias debido a la progesterona sintética. La obligatoriedad de dicha cobertura no muestra respeto a la salud ni a la libertad de la mujer, ni respeto a las conciencias de aquellos que no quieren formar parte de estas iniciativas problemáticas.
La exención del “empleado religioso” ofrecida por el Departamento es tan estrecha que no protege a casi nadie. Las instituciones católicas que prestan asistencia sanitaria y otros servicios a los necesitados podrían verse obligados a despedir a sus empleados no católicos y a no atender a los pacientes pobres o de otras confesiones. Se ha dicho que el mismo Jesús o el buen samaritano de la parábola famosa, no sería “suficientemente religioso” para entrar en la exención, ya que insistió en ayudar a otras personas con diferente credo.
A todos estos esfuerzos equivocados para promover falsos valores entre nuestra juventud y silenciar la voz de la verdad moral en el ámbito público, y privando a los creyentes de sus derechos protegidos en la Constitución de vivir de acuerdo a sus convicciones religiosas, se debe oponer resistencia a través de la educación, la opinión pública y sobre todo la oración.
Los fundadores de nuestra nación entendieron que la religión y la moral eran esenciales para la supervivencia de una sociedad amante de la libertad. John Adams expresó esta convicción, afirmando: “No tenemos un Gobierno armado capaz de luchar contra las pasiones humanas desenfrenadas sino es con la moral y la religión. Nuestra Constitución fue realizada por un pueblo moral y religioso. Es totalmente inadecuado para el Gobierno de cualquier otro”.
Los católicos no deben rehuir la obligación de afirmar los valores y principios que consideramos esenciales para el bien común, comenzando por el derecho a la vida de todo ser humano y el derecho de todo hombre y mujer a expresarse y vivir según sus creencias religiosas y sus conciencias bien formadas.
Como nos recordó el Papa Benedicto XVI el año pasado en sus discursos ad Limina a los obispos visitantes, “una sociedad debe ser construida sólo en base a un respeto incansable, una promoción y una enseñanza de la naturaleza trascendente de cada ser humano”. “Esta naturaleza común está por encima de todas las diferencias de edad, raza, fuerza, o condiciones de dependencia, preparándonos para ser una única familia humana bajo la mirada de Dios”.
Durante este mes del Respeto a la Vida, al celebrar el gran don divino de la vida, rezaremos y reflexionaremos sobre cómo, cada uno de nosotros, puede renovar su compromiso y testimonio para “respetar, promover y enseñar la trascendente naturaleza del ser humano”, y así apuntalar las bases de nuestra sociedad que realmente lo necesita.

03 octubre 2011


CARTA APOSTÓLICA EN FORMA DE MOTU PROPRIO
“QUAERIT SEMPER”
DEL SUMO PONTÍFICE BENEDICTO XVI
con la cual es modificada la Constitución Apostólica Pastor Bonus y se transfieren algunas competencias de la Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos a la nueva Oficina para los procedimientos de dispensa del matrimonio rato y no consumado y las causas de nulidad de la sagrada ordenación constituida en el Tribunal de la Rota Romana.
La Santa Sede siempre ha buscado adecuar la propia estructura de gobierno a las necesidades pastorales que en cada período histórico surgían en la vida de la Iglesia, modificando por eso la organización y la competencia de los Dicasterios de la Curia Romana.
El Concilio Vaticano II confirmó, además, dicho criterio, reiterando la necesidad de adecuar los Dicasterios a las necesidades de los tiempos, de las regiones y de los ritos, sobre todo en lo que concierne a su número, denominación, competencia, modos de proceder y recíproca coordinación (cfr. Decreto Christus Dominus, 9).
Siguiendo tales principios, mi Predecesor, el beato Juan Pablo II, procedió a una reorganización de la Curia Romana mediante la Constitución Apostólica Pastor Bonus, promulgada el 28 de junio de 1988 (AAS 80 [1988] 841-930), configurando las competencias de los diversos Dicasterios teniendo en cuenta el Código de Derecho Canónico promulgado cinco años antes y las normas que ya se preveían para las Iglesias orientales. Luego, con sucesivos procedimientos, tanto mi Predecesor como yo mismo, hemos intervenido modificando la estructura y la competencia de algunos Dicasterios para responder mejor a las cambiantes exigencias.
En las presentes circunstancias ha parecido conveniente que la Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos se dedique principalmente a dar nuevo impulso a la promoción de la Sagrada Liturgia en la Iglesia, según la renovación querida por el Concilio Vaticano II a partir de la ConstituciónSacrosanctum Concilium.
Por lo tanto, he considerado oportuno transferir a una nueva Oficina constituida en el Tribunal de la Rota Romana la competencia de tratar de los procedimientos para la concesión de la dispensa del matrimonio rato y no consumado y las causas de nulidad de la sagrada Ordenación.
En consecuencia, siguiendo la propuesta del Eminentísimo Prefecto de la Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos y con el parecer favorable del Excelentísimo Decano del Tribunal de la Rota Romana, oído el parecer del Supremo Tribunal de la Signatura Apostólica y del Pontificio Consejo para los Textos Legislativos, establezco y decreto cuanto sigue:
Art. 1.
Son abolidos los artículos 67 y 68 de la mencionada Constitución Apostólica Pastor Bonus.
Art. 2.
El artículo 126 de la Constitución Apostólica Pastor Bonus es modificado según el siguiente texto:
«Art. 126 § 1. Este Tribunal actúa como instancia superior en el grado de apelación, ante la Sede Apostólica, con el fin de tutelar los derechos en la Iglesia, provee a la unidad de la jurisprudencia y, a través de sus sentencias, sirve de ayuda a los tribunales de grado inferior.
§ 2. En este Tribunal se constituye una Oficina a la cual compete juzgar sobre el hecho de la no consumación del matrimonio y sobre la existencia de una causa justa para conceder la dispensa. Por eso, recibe todas las actas junto con el voto del Obispo y con las observaciones del Defensor del Vínculo, pondera atentamente, según el especial procedimiento, la súplica dirigida a obtener la dispensa y, si es el caso, la somete al Sumo Pontífice.
§ 3. Esta Oficina es también competente para tratar las causas de nulidad de la sagrada Ordenación, según la norma del derecho universal y propio, congrua congruis referendo.
Art. 3.
La Oficina para los procedimientos de dispensa del matrimonio rato y no consumado y las causas de nulidad de la sagrada Ordenación es moderada por el Decano de la Rota Romana, asistido por Oficiales, Comisarios, diputados y consultores.
Art. 4.
El día de la entrada en vigor de las presentes normas, los procedimientos de dispensa del matrimonio rato y no consumado y las causas de nulidad de la sagrada Ordenación pendientes ante la Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos serán transferidas a la nueva Oficina en el Tribunal de la Rota Romana y por ella serán definidos.
Ordeno que todo lo que he deliberado con esta Carta apostólica en forma de Motu proprio sea observado en todas sus partes, no obstante cualquier disposición contraria, aunque sea digna de particular mención, y establezco que sea promulgado mediante la publicación en el periódico L’Osservatore Romano, entrando en vigor el día 1º de octubre de 2011.
Dado en Castelgandolfo, el día 30 de agosto del año 2011, séptimo de Nuestro Pontificado.
Benedicto XVI

“DIOS SE PONE EN NUESTRAS MANOS”


El Papa ayer durante el rezo del Ángelus

¡Queridos hermanos y hermanas!
El Evangelio de este domingo se cierra con una amonestación de Jesús, particularmente severa, dirigida a los jefes de los sacerdotes y a los ancianos del Pueblo: “Por eso os digo: Se os quitará el Reino de Dios para dárselo a un pueblo que rinda sus frutos” (Mt 21,43). Son palabras que hacen pensar en la gran responsabilidad de quien en cada época, está llamado a trabajar en la viña del Señor, especialmente con función de autoridad, e impulsan a renovar la plena fidelidad a Cristo. Él es “la piedra que los constructores desecharon”, (cf. Mt 21,42), porque lo han juzgado enemigo de la ley y peligroso para el orden público, pero Él mismo, rechazado y crucificado, ha resucitado, convirtiéndose en la “piedra angular” en la que se pueden apoyar con absoluta seguridad los fundamentos de cada existencia humana y del mundo entero. De esta verdad habla la parábola de los viñadores infieles, a los cuales un hombre había confiado su propia viña para que la cultivaran y recogieran los frutos. El propietario de la viña representa a Dios mismo, mientras la viña simboliza a su pueblo, así como la vida que Él nos dona para que, con su gracia y nuestro compromiso, hagamos el bien. San Agustín comenta que “Dios nos cultiva como un campo para hacernos mejores” (Sermo 87, 1, 2: PL 38, 531). Dios tiene un proyecto para sus amigos, pero por desgracia la respuesta del hombre se orienta muy a menudo a la infidelidad, que se traduce en rechazo. El orgullo y el egoísmo impiden reconocer y acoger incluso el don más valioso de Dios: su Hijo unigénito. Cuando, de hecho, “les envió a su hijo –escribe el evangelista Mateo- … [los labradores] agarrándole, le echaron fuera de la viña y le mataron” (Mt 21,37.39). Dios se pone en nuestras manos, acepta hacerse misterio insondable de debilidad y manifiesta su omnipotencia en la fidelidad a un designio de amor, que al final prevé también la justa punición para los malvados. (cf. Mt 21,41).

Firmemente anclados en la fe en la piedra angular que es Cristo, permanezcamos en Él como el sarmiento que no puede dar fruto por sí mismo si no permanece en la vid. Solamente en Él, por Él y con Él se edifica la Iglesia, pueblo de la nueva Alianza. Al respecto escribió el Siervo de Dios Pablo VI: “El primer fruto de la conciencia profundizada de la Iglesia sobre sí misma es el renovado descubrimiento de su vital relación con Cristo. Cosa conocidísima, pero fundamental, indispensable y nunca bastante sabida, meditada y exaltada”. (Enc. Ecclesiam suam, 6 agosto 1964: AAS 56 [1964], 622).
Queridos amigos, el Señor es siempre cercano y operante en la historia de la humanidad, y nos acompaña también con la singular presencia de sus Ángeles, que hoy la Iglesia venera como “Custodios”, es decir, ministros de la divina premura por cada hombre. Desde el inicio hasta la hora de la muerte, la vida humana está rodeada de su incesante protección. Y los Ángeles coronan a la Augusta Reina de las Victorias, la Bienaventurada Virgen María del Rosario, que en el primer domingo de octubre, precisamente en estos momentos, desde el Santuario de Pompeya y desde el mundo entero, acoge la súplica ferviente para que sea abatido el mal y se revele, en plenitud, la bondad de Dios.
Carta del Prelado del Opus Dei

(octubre 2011)


Queridísimos: ¡que Jesús me guarde a mis hijas y a mis hijos!

Mañana celebraremos un nuevo aniversario del momento en que la luz de Dios se hizo clara como el sol de mediodía en el alma de nuestro Fundador. Domine, ut videam!, Domina, ut sit!, había clamado insistentemente desde su adolescencia. Y la respuesta del Señor, por intercesión de la Santísima Virgen, le llegó el 2 de octubre de 1928. Os invito a rememorar la escena, tal como san Josemaría la dejó consignada en sus apuntes espirituales, para tratar de sacar enseñanzas aplicables a nuestra existencia cotidiana. Y os invito también a que todos los días deis gracias a la Trinidad Santísima por haber querido el Opus Dei.

Se hallaba nuestro Padre —lo conocemos todas y todos— haciendo unos días de retiro espiritual. En la mañana de la tercera jornada, después de celebrar la Santa Misa, prolongaba su oración, repasando las notas que había ido tomando en los meses y años anteriores: luces que el Señor le había ido dando con vistas a lo que le iba a pedir. Hasta ese momento, en su mente existían sólo ideas fragmentarias sobre lo que Dios esperaba de su vida, fogonazos de luz que no sabía interpretar con exactitud. En su corazón fomentaba una disponibilidad rendida para cumplir la Voluntad divina, desconociendo qué era. Y, de repente, aquellas luces parciales, aquellos atisbos del querer de Dios, se le revelaron claramente. «Recibí la iluminación sobre toda la Obra, mientras leía aquellos papeles. Conmovido me arrodillé —estaba solo en mi cuarto, entre plática y plática— di gracias al Señor, y recuerdo con emoción el tocar de las campanas de la parroquia de N. Sra. de los Ángeles».

La primera reacción de san Josemaría fue, como se deduce de este texto autobiográfico, una profunda conmoción de todo su ser, con una manifestación externa bien concreta: cayó de rodillas en adoración ante el designio divino, porque —como señala Benedicto XVI— «la oración tiene una de sus típicas expresiones en el gesto de ponerse de rodillas». Con esa actitud, la criatura reconoce su necesidad absoluta de Dios, sin el que nada es, nada puede. En esa experiencia, la persona agraciada por Dios «se dirige toda ella al Ser frente al cual está; orienta su alma a aquel Misterio del que espera la realización de sus deseos más profundos y la ayuda para superar la indigencia de su propia vida».

Ese acto de sumisa aceptación, con el que nuestro Padre comenzó su camino en el Opus Dei, estaba impregnado de humildad. ¡Cuántas veces, recordando esos momentos, mostró su profunda convicción de que el Señor se sirvió de él como de un instrumento desproporcionado, para que quedase claro que la Obra venía de Dios, no era fruto del ingenio humano! «Es como si una persona hubiera tomado la pata de una mesa y hubiera escrito —con una hermosa caligrafía— un manuscrito miniado, precioso», decía en una ocasión. Recordando aquella intervención divina en su alma, comentaba: «No me pidió permiso Jesucristo para meterse en mi vida. Vino y se plantó allí: tú me haces esto y esto, y yo... como un borriquito. Es Señor de todas las criaturas.

»Tenéis derecho a meteros en las almas de todos, para ayudarles a ser mejores, respetando la libertad de cada uno. Quizá alguna vez no os recibirán bien, pero en otras ocasiones os irán a buscar. Esto está claro: no sólo es un derecho del cristiano, sino que es un deber: id y enseñad a todas las criaturas (Mt 28, 19)».

No tendría nada de particular que los discípulos de Jesús, al considerar la grandeza del encargo divino y la pequeñez de nuestras fuerzas, nos preguntásemos en alguna ocasión: ¿cómo es posible que Dios se haya fijado en mí, para realizar toda esa labor?; ¿cómo es posible que me haya dirigido su llamada, si soy tan poca cosa, si carezco de virtudes y de medios? En esos momentos, san Josemaría aconsejaba abrir el Evangelio de san Juan y meditar «aquel pasaje en el que se narra la curación del ciego de nacimiento. Ved cómo Jesús hace barro, con polvo de la tierra y saliva, y aplica ese lodo a los ojos del ciego para darle la luz (cfr. Jn 9, 6). El Señor usa como colirio un poco de lodo». Y añadía, dirigiéndose a sus hijas e hijos en el Opus Dei, con palabras que se pueden aplicar perfectamente a todos los cristianos: «Con el conocimiento propio de nuestra flaqueza, de nuestro ningún valer, pero con la gracia del Señor y la buena voluntad, somos medicina, para dar luz; somos —experimentando nuestra poquedad humana— fortaleza divina, para los otros».

Especialmente en la Misa y en los ratos de oración, al situarnos frente a Dios sin ocultar nuestra miseria, pero también con la convicción de ser hijos suyos queridísimos, el barro de nuestra debilidad personal se convierte en medicina para la salud de tantas personas. Metidos en ese horno ardiente de caridad, que es el Corazón de Cristo, nuestra alma se va identificando más y más con Jesús por la acción del Espíritu Santo. «La oración, que es apertura y elevación del corazón a Dios, se convierte así en una relación personal con Él. Y aunque el hombre se olvide de su Creador, el Dios vivo y verdadero no deja de tomar la iniciativa, llamando al hombre al misterioso encuentro de la oración». ¿Acudimos puntualmente a esas medias horas de oración, para hablar de tú a tú con nuestro Dios? ¿Qué esfuerzo ponemos para no perder ni un minuto de esos tiempos?

En estos últimos meses, os he recordado la importancia de cuidar esos ratos diarios de meditación. No me cansaré de insistiros, porque —siguiendo la enseñanza de nuestro Padre, bien anclado en la tradición de la Iglesia— estoy convencido, como vosotras y vosotros, de que es ésta la única arma de que disponemos los cristianos, para vencer en las peleas grandes y pequeñas, para la gloria de Dios, que se presentan a lo largo de nuestras jornadas.

Benedicto XVI expone ampliamente este aspecto en una de las catequesis sobre la oración, que está desarrollando en las audiencias generales. Al considerar el misterioso episodio de la lucha nocturna del patriarca Jacob con un desconocido, antes de atravesar el vado que le conduciría al encuentro con su hermano Esaú, el Papa recuerda —con palabras del Catecismo de la Iglesia Católica— que «la tradición espiritual de la Iglesia ha tomado de este relato el símbolo de la oración como un combate de la fe y una victoria de la perseverancia». Y comenta: «El texto bíblico nos habla de la larga noche de la búsqueda de Dios, de la lucha por conocer su nombre y ver su rostro; es la noche de la oración que, con tenacidad y perseverancia, pide a Dios la bendición y un nombre nuevo, una nueva realidad, fruto de conversión y de perdón».

Dejadme que os insista: perseveremos en el combate de la oración, sin descuidar o rebajar nunca, por ningún motivo, esos ratos de charla con nuestro Padre Dios; dialoguemos con Jesucristo, nuestro Hermano mayor, que nos enseña a tratar a su Padre celestial; demos entrada al Paráclito, que desea inflamar nuestros corazones en el amor de Dios. Pongamos como intercesora a la Virgen Santísima, Madre de Dios y Madre nuestra, que es Maestra de oración; y recurramos a san José, a los ángeles y a los santos, especialmente a san Josemaría, que con su doctrina y su ejemplo nos ha mostrado el modo de ser contemplativos en medio del mundo.

Tornemos a las palabras con las que nuestro Padre describía lo que sucedió en su alma el 2 de octubre de 1928. Después de haber anotado que cayó de rodillas, adorando a Dios ante el designio divino que en aquel momento se le descubría, añade que su alma se llenó de un profundo sentimiento de gratitud: «Di gracias al Señor, y recuerdo con emoción el tocar de las campanas de la parroquia de N. Sra. de los Ángeles».

Para quien sabe que de Dios le viene todo lo bueno, y que nada de valor posee por sí mismo, el agradecimiento se muestra como el reverso de la adoración: componen inseparablemente las dos caras de una moneda. Por eso nuestro Padre quiso que la fecha del 2 de octubre, así como la del 14 de febrero —aniversario de otras decisivas intervenciones del Señor en la historia de la Obra— fuesen días de honda y constante acción de gracias en el Opus Dei. ¿Sabéis cómo mostraba su gratitud?: con abundantes actos de desagravio.

Elevemos, pues, nuestro corazón al Señor llenos de gratitud. El 6 de octubre es también un día muy oportuno para manifestar esos sentimientos, por la canonización de san Josemaría, que nos recuerda que es posible llegar a la verdadera santidad, como nuestro Padre, que recorrió con fidelidad, un día y otro, esta senda que se abre paso entre las circunstancias normales de la vida cotidiana.

Ciertamente, este empeño requiere una pelea constante contra todo lo que nos pueda apartar del amor de Dios; una lucha que recupera vigor y energías en los momentos dedicados al trato personal con el Señor. La pelea nocturna de Jacob «se convierte así, para el creyente, en un punto de referencia para entender la relación con Dios (...). La oración requiere confianza, cercanía, casi en un cuerpo a cuerpo simbólico no con un Dios enemigo, adversario, sino con un Señor que bendice y que permanece siempre misterioso (...). Por esto el autor sagrado utiliza el símbolo de la lucha, que implica fuerza de ánimo, perseverancia, tenacidad para alcanzar lo que se desea. Y si el objeto del deseo es la relación con Dios, su bendición y su amor, entonces la lucha no puede menos de culminar en la entrega de sí mismos a Dios, en el reconocimiento de la propia debilidad, que vence precisamente cuando se abandona en las manos misericordiosas de Dios».

En el preciso momento en que san Josemaría veía la Obra, el 2 de octubre de 1928, escuchaba el eco de las campanas de la iglesia de Nuestra Señora de los Ángeles, que repicaban a voleo en honor de su patrona. «Nunca han dejado de sonar en mis oídos», recordó muchas veces nuestro Padre. Y casi al final de su vida, con una de las cartas que llamó "campanadas", nos exhortaba a mantenernos en una vigilia de amor a Dios: «Quisiera que esta campanada metiera en vuestros corazones, para siempre, la misma alegría e igual vigilia de espíritu que dejaron en mi alma —ha transcurrido ya casi medio siglo— aquellas campanas de Nuestra Señora de los Ángeles»[15].

En el mes de agosto tuve que volver a Pamplona para terminar la revisión médica, interrumpida antes de viajar a África; y el 23 de ese mes me "escapé" a Torreciudad. Allí se encuentra la única campana del templo de Nuestra Señora de los Ángeles, que se salvó de la destrucción. Quise estar en el santuario todo el tiempo posible, e hice la oración de la tarde en la capilla del Santo Cristo. Llevándoos conmigo a todas, a todos, pedí al Señor —como nos aconsejaba nuestro Padre— que supiésemos mirar su entrega para mejorar la nuestra. Estad seguros, seguros, de que ¡podemos!

La Santísima Virgen ha estado presente en todas las encrucijadas del camino del Opus Dei; por eso es lógico que nuestras acciones de gracias lleguen a Dios a través de Ella. Recurrimos a su intercesión en todos los momentos, pero especialmente en sus fiestas. En este mes tenemos varias: Nuestra Señora del Rosario, el próximo 7 de octubre; el día 12, la Virgen del Pilar, a la que nuestro Fundador tuvo tanta devoción desde pequeño, y a la que acudió cotidianamente mientras se preparaba para el sacerdocio, pidiéndole —Domina, ut sit!, ¡Señora, que sea!— la realización de lo que presagiaba en su alma. No olvidemos tampoco que el 11 de octubre de 1943 —entonces fiesta mariana, pues se conmemoraba en esa fecha la Maternidad divina de María— la Obra recibió la primera aprobación escrita de la Santa Sede.

Recordando al beato Juan Pablo II —este año podremos celebrar su memoria litúrgica, el 22 de octubre—, digamos a Santa María llenos de confianza: totus tuus, quiero ser todo tuyo, como lo fue este santo Pontífice, como lo fue nuestro queridísimo Padre. Podemos aprovechar esa conmemoración para pedir la intercesión de Juan Pablo II en favor de la Iglesia y del Opus Dei, para rezar por el Papa. Encomendadle también mis intenciones.

Con todo cariño, os bendice vuestro Padre + Javier

02 octubre 2011


LA LIBERTAD RELIGIOSA EN EL MUNDO


Padre John Flynn

El pasado 13 de septiembre el Departamento de Estado estadounidense publicaba su último Informe sobre Libertad Religiosa Internacional. A pesar de que su título es Informe 2010, sólo cubre los últimos seis meses del año, de manera que las futuras ediciones cubrirán el periodo de información de cada año completo.
En la presentación del informe, Michael H. Posner, secretario adjunto de la Oficina para la Democracia, los Derechos Humanos y el Trabajo, afirmaba que vuelven a ser considerados países de especial preocupación los mismos ocho que en la última edición del informe: Birmania, China, Eritrea, Irán, Corea del Norte, Arabia Saudí, Sudán y Uzbekistán.
No obstante, hay muchos países en los que hay graves violaciones de la libertad religiosa, añadía Posner. Señalaba que hay una preocupación especial por la situación de los cristianos en Siria, donde la inestabilidad y la violencia están conduciendo a numerosas violaciones de los derechos humanos.
Al tratar de libertad religiosa, Pakistán, Irak, Vietnam, Egipto eran algunos de los países señalados como graves infractores.
El informe comenzaba señalando la diversidad de formas con las que se restringe la libertad religiosa:
- Represión activa por parte del Estado e impunidad. En países como Irán y Corea del Norte, la religión está bajo un control estricto como parte de un esfuerzo más amplio por dominar la vida política y social en general. Otros Estados, como Eritrea, acosan a la gente hasta tal punto que los creyentes tienen que renunciar a su fe o abandonar el país.
- Ataques violentos de los extremistas. En ocasiones, los grupos extremistas empeoran la situación, como cuando el año pasado al-Qaeda hizo llamamientos para lanzar ataques violentos contra las minorías religiosas de Oriente Medio. En el 2010 hubo ataques contra lugares sagrados sufíes, chiítas, ahmadiyadíes y cristianos y contras sus fieles en Pakistán, observaba el informe. Nigeria también sufrió un aumento notable de la violencia, tanto contra cristianos como contra musulmanes. En febrero de este año hubo un nuevo episodio de violencia que se estima que causó 96 muertes.
- Leyes contra la apostasía y la blasfemia. Estas leyes suelen utilizarse para discriminar a las minorías religiosas. La blasfemia y la conversión del islam, o apostasía, pueden ser castigadas con la muerte en Afganistán, Irán, Pakistán y Arabia Saudí. Se invoca también con frecuencia para obtener ventajas en las disputas o enfrentamientos personales por la posesión de propiedades.
- Antisemitismo. Según el Departamento de Estado, el año pasado hubo una continuación o un incremento del antisemitismo en todos los continentes. Los actos han ido desde la profanación de cementerios a la negación del Holocausto y la publicación de libros y caricaturas.
- Prohibiciones a la vestimenta y expresión musulmana. La prohibición de prendas religiosas en público ha seguido en algunas partes de Europa y se ha introducido también en Francia. Los tribunales franceses ratificaron la ley y en abril de este año se impusieron las primeras sanciones por la nueva ley.
- Prohibiciones derivadas o relacionadas con la seguridad. Algunos países han aprobado o están considerando aprobar leyes que restrinjan la libertad religiosa basándose en la necesidad de proteger la seguridad nacional. Algunos Gobiernos han restringido las actividades de grupos que consideran amenazas.
Por países
En la parte dedicada a Birmania, el informe comentaba que el Gobierno sigue controlando las reuniones y actividades de prácticamente todos los grupos religiosos. Además, las denominaciones religiosas tienen que pedir permiso antes de celebrar cualquier gran evento público. Según el Departamento de Estado, las autoridades niegan con frecuencia la aprobación de las solicitudes para celebrar las fiestas tradicionales cristianas o musulmanas.
También es difícil obtener la aprobación oficial para construir nuevas iglesias o lugares de culto y, en algunos casos, las autoridades bloquean incluso la restauración de los edificios existentes. Los censores del Gobierno siguen aplicando restricciones a la publicación local de la Biblia, el Corán y otros textos cristianos y musulmanes.
La promoción del budismo por parte del Gobierno ha llevado a casos de huérfanos y jóvenes sin techo que han sido dados en acogida a monasterios budistas en vez de a grupos cristianos, para evitar la influencia de los misioneros.
Por otro lado, adherirse o convertirse al budismo sigue siendo una ley no escrita para quienes quieran ascender en los cargos del Gobierno y en la jerarquía militar.
Al mismo tiempo, el Gobierno mantiene un estricto control de los monjes budistas para asegurar que no promueven los derechos humanos o políticos. Tras las manifestaciones a favor de la democracia en el 2007, varios monjes budistas fueron arrestados y el año pasado muchos de ellos seguían en prisión.
En cuanto a China, el informe comenzaba observando que sólo se permite el culto a aquellas denominaciones religiosas que están englobadas dentro de las cinco asociaciones religiosas patrióticas aprobadas por el Estado (budistas, taoístas, musulmanes, católicos y protestantes).
Otros grupos, como los católicos leales al Vaticano, no pueden registrarse como entidades legales. En algunos sitios, las autoridades han acusado a los miembros de las denominaciones no oficiales de delitos como la celebración de actividades religiosas ilegales o de alterar la estabilidad social.
"El nivel de respeto del Gobierno por la libertad religiosa según la ley y en la práctica ha bajado durante el periodo cubierto por el informe", señalaba el Departamento de Estado. Los líderes musulmanes de la región autónoma de Xinjiang Uighur y los líderes budistas tibetanos han informado de que la discriminación aumentó el año pasado.
Quienes quieran entrar en un seminario oficial tienen que obtener el apoyo de su asociación religiosa patriótica. El Gobierno exige además a los estudiantes que demuestren su "confianza política". Los temas políticos forman parte también de los exámenes de los estudiantes de todas las escuelas religiosas.
Durante el periodo analizado en el informe, las autoridades han seguido vigilando, y en ocasiones acosando, tanto a las denominaciones registradas como a las no registradas. Algunos líderes y seguidores religiosos han sido arrestados o sentenciados a penas de cárcel por sus actividades religiosas.
En cuanto a Vietnam, el informe indicaba que hay muchas noticias de abusos de la libertad religiosa. Por ejemplo, muchos católicos y protestantes señalan que los cristianos sufren una discriminación no declarada cuando intentan acceder a cargos gubernamentales.
Algunos creyentes sufren acoso o represión, especialmente si pertenecen a grupos que no tienen reconocimiento oficial. Algunas de las medidas adoptadas por las autoridades incluyen obligar a la Iglesia a dejar de reunirse, el cierre de las iglesias no registradas, y presionar a los individuos para que renuncien a sus creencias religiosas.
Hubo graves conflictos el año pasado entre los feligreses de la iglesia católica de Dong Chiem, que protestaban por la demolición en enero de una gran cruz de hormigón. La multitud de varios centenares de personas fue atacada por la policía, que utilizó gases y golpeó a una docena de individuos.
El informe añadía que, dos semanas después, un religioso católico fue golpeado por la policía hasta quedar inconsciente por intentar entrar en la parroquia cerca de donde la cruz fue demolida. Más tarde, en febrero, un grupo de monjas y otros católicos de Ho Chi Minh City que peregrinaron hasta la parroquia fue acosado por la policía y se le negó la entrada.
Necesarias más medidas
Aunque el Departamento de Estado confirmaba su compromiso con la defensa de la libertad religiosa, la Comisión para la Libertad Religiosa Internacional (USCIRF) expresaba su decepción de que no se hubieran añadido más países a la lista de países de especial preocupación.
"La repetición de la actual lista sigue manteniendo omisiones flagrantes, como Pakistán y Vietnam", afirmaba Leonard Leo, presidente de la USCIRF, en un comunicado de prensa el 13 de septiembre.
En su propio informe anual, publicado a principio de año, la USCIRF recomendaba que el Secretario de Estado mantuviera la lista existente de ocho país, pero también que añadiera a la lista Egipto, Irak, Nigeria, Pakistán, Turkmenistán y Vietnam.
Dejando a un lado las diferencias de opinión en la lista de países de especial preocupación, lo que está claro por el último informe es que a demasiados países se les permite salirse con la suya negando un derecho humano básico, la libertad religiosa.

01 octubre 2011

La oración en la familia de Dios

La interpretación de la oración de Getsemaní, en el segundo volumen del libro ‘Jesús de Nazaret’, de Benedicto XVI, ilumina la comprensión y vivencia de la oración
      
El Greco contempló la agonía de Jesús en el Huerto de Getsemaní, ese momento de particular intensidad en la oración del Señor. Ahí se condensa, por decirlo así, su amor y obediencia al Padre para el bien de la humanidad; y, por tanto, su disposición a tomar en sus manos el cáliz amargo de la Pasión, que sostiene el ángel. Éste aparece con la túnica dorada de la gloria, también para consolarle.
      La luz de la luna hace brillar la figura de Jesús, ensalzada por la roca que le cubre. Hay una diagonal que baja desde el ángel hasta Jesús y desemboca en los soldados que se disponen a prenderle (abajo a la derecha). Todo ello como expresión de la voluntad del Padre que Jesús está abrazando, en la unidad de amor del Espíritu Santo.
      Bajo el ángel, arrebujados en sus vestidos, están los apóstoles, cercanos pero soñolientos y como empequeñecidos. Han dejado solo al Señor, a pesar de su petición: «Velad y orad».
      La túnica exterior de Jesús, de color azul, cae al suelo como para indicar su humillación (“kénosis”), el dejar su poderío divino; así queda de relieve el sacrificio (la túnica interior, roja) que Jesús lleva a cabo en su pasión y muerte: su ofrenda al Padre y su servicio salvador a todas las personas del mundo.


El "misterio de las dos voluntades"

      La oración cristiana vive de la oración de Cristo. Como muchos antes que él, Benedicto XVI contempla especialmente, en el volumen segundo de su libro Jesús de Nazaret, la oración del Señor en el Huerto de Getsemaní, al comienzo de su pasión.
      Según el Evangelio de San Marcos, Jesús rezó, caído en tierra, de esta manera: «Abbá, Padre; todo es posible para ti; aparta de mí esta copa; pero no sea lo que yo quiero, sino lo que quieras tú» (14, 36). El Evangelio de San Juan recoge otras palabras paralelas pronunciadas el Domingo de Ramos: «Padre, líbrame de esta hora (…). Padre, glorifica tu nombre» (12, 27s).
      Observa Joseph Ratzinger que aquí aparece una contraposición entre dos voluntades: la “voluntad natural” de Jesús como hombre, que se resiste a sufrir; y su voluntad como Hijo que se abandona a la voluntad del Padre.
      Según el Papa, las palabras que recoge San Juan iluminan el misterio de estas “dos voluntades”, pues ponen de relieve la conciencia que Jesús tenía de su misión. Misión que, en último término tiene como fin que Dios sea glorificado (conocido y amado por el hombre, no sólo como desde fuera, sino participando de su vida íntima: en eso consiste, según San Ireneo, propiamente la “vida” del hombre). 
      Escribe Benedicto XVI: «Jesús pronunció las dos peticiones, pero la primera, la de ser ‘librado’, se funde con la segunda, en la que ruega por la glorificación de Dios en la realización de su voluntad; así el conflicto en lo más íntimo de la existencia humana de Jesús se recompone en la unidad» (p. 186). Esto es una importante afirmación, porque apunta a la resolución de ese “misterio de las dos voluntades”, que, de esta manera, no quedan como yuxtapuestas en paralelo, sino unificadas por la obediencia (amorosa) de Jesús.
      Y se pregunta el Papa si bastaría, entonces, decir que esta oración de Jesús implica una distinción entre la voluntad del hombre Jesús y su voluntad como Dios (así se ha visto con frecuencia). El Concilio de Calcedonia (451) estableció que en la única Persona del Hijo de Dios se unían las dos naturalezas, la humana y la divina “sin confusión ni división”. Hoy, señala Benedicto XVI, conviene explicar más profundamente ese misterio, dejar más claro que la voluntad de Jesús no queda absorbida por la de Dios; pues, de ser así, Jesús quedaría como un hombre sin voluntad, dejaría de ser hombre.

Jesús se identifica con la voluntad del Padre

      Ya en el siglo VII San Máximo el Confesor explicó que la voluntad humana o “natural” de Jesús permanecía como tal, y al mismo tiempo asumía la voluntad divina. Con ello la voluntad humana alcanza su cumplimiento, y no su destrucción. En el pecador, su voluntad natural se resiste a unirse con la voluntad de Dios, y en esa medida esclaviza al propio hombre y lo empequeñece.
      Pues bien, según Benedicto XVI, la voluntad herida del hombre queda restaurada por Jesús: «Jesús restaura la voluntad natural del hombre (…) y restablece así al hombre en su grandeza» (p. 190).
      De esta manera la petición “no se haga mi voluntad sino la tuya”, no manifiesta sin más la oración del “hombre” ante“Dios”; sino que «es realmente una oración del Hijo al Padre, en la que la voluntad natural humana ha sido llevada por entero dentro del Yo del Hijo (…). Pero este ‘Yo’ ha acogido en sí la oposición de la humanidad y la ha transformado, de modo que, ahora, todos nosotros estamos presentes en la obediencia del Hijos, hemos sido incluidos dentro de la condición de hijos» (p. 191). Y esto queda subrayado por el hecho de que Jesús empleara la palabra Abbá, con la que los niños judíos se dirigían al padre de familia (pero en modo alguno a Dios), lo que revela la última esencia de la relación entre Jesús y su Padre.

Jesús se ofrece como sacerdote, para darnos la verdadera vida

      Así se entiende bien lo que afirma la Carta a los Hebreos sobre la oración de Jesús en Getsemaní, al decir que Cristo rezó al Padre «a gritos y con lágrimas» (5, 7). Este gritar y suplicar significa, según Benedicto XVI, que Jesús ejerció así su sumo sacerdocio: su obediencia es la que consumó su consagración sacerdotal: «Precisamente en esto, en su auto-donación, (…) Cristo se ha convertido en sacerdote en el verdadero sentido» p. 194).
      La Carta a los Hebreos añade: «… y por su actitud reverente fue escuchado». Esto quiere decir, para Joseph Ratzinger, no sólo que el Padre envió al ángel para que lo confortara, sino y sobre todo, que lo resucitó. Más aún: no sólo lo salvó personalmente de las consecuencias de la muerte, sino que convirtió la muerte de Jesús en una muerte «por los otros». Y así la cruz se convirtió en el camino para la gloria de Dios, que es vida de los hombres:
      «Desde la cruz viene a los hombres una vida nueva. En la cruz, Jesús se convierte en fuente de vida para sí y para todos. En la cruz, la muerte queda vencida. El que Jesús fuera escuchado afecta a la humanidad en su conjunto: su obediencia se convierte en vida para todos» (p. 196).
* * *
      Esta interpretación de la oración de Getsemaní ilumina la comprensión y vivencia de la oración. Apuntemos aquí tres consecuencias, en relación con la Iglesia, la oración cristiana y la oración misma de Jesús.

La misión de la Iglesia: gloria de Dios y salvación de los hombres

      El misterio de las “dos voluntades” (de Jesús, como hombre que pide ser salvado y como Hijo, que quiere la gloria del Padre) representa los dos aspectos de la misión de la Iglesia: la salvación de los hombres y la gloria de Dios; aquí se ve que no son dos fines yuxtapuestos. Dios no es un contrincante del hombre, sino su Padre, su creador y su redentor, el que le hace posible vivir plenamente. La salvación del hombre, su vida verdadera, no está “al lado de” y mucho menos “contra” la gloria de Dios; sino que consiste precisamente, como dice San Ireneo, “en” la gloria de Dios.

La oración del cristiano no es individualista; siempre acontece en la familia de Dios

      De ahí también que cuando un cristiano reza auténticamente, su oración no es en modo alguno individualista o intimista; al contrario, se abre a la oración de la Iglesia entera (que nace y vive de la oración de Jesús), familia de Dios. Por eso la oración de cada cristiano ha de configurarse según la “escuela” de la oración litúrgica (la celebración de la Misa y de los otros sacramentos, y la Liturgia de las Horas). El modelo y el corazón de la oración es siempre la oración del Hijo ante su Padre, intercediendo y ofreciéndose por sus hermanos.
      A este propósito conviene recordar otra oración de Jesús a su Padre, que recoge la Carta a los Hebreos: «Me preparaste un cuerpo; (…) aquí vengo (…) para hacer, oh Dios, tu voluntad» (Hb 10, 5-7; cf. Ps 40, 7). Aquí se manifiesta la actitud sacerdotal de Jesús durante toda su vida (no solamente en su pasión y muerte). Participando de esta actitud, la oración en la vida ordinaria del cristiano (en medio de sus tareas familiares, profesionales y sociales) es manifestación de su “alma sacerdotal” (en palabras de San Josemaría Escrivá).
      El “cuerpo” del que Jesús habla no es sólo su Cuerpo como hombre, sino también su Cuerpo místico, es decir la Iglesia, al que están llamados todas las personas del mundo, particularmente los más sufrientes y necesitados. La Trinidad ha preparado para Cristo ese cuerpo que es la Iglesia, para que, especialmente a través de los cristianos laicos, la vida de Cristo se encarne y vivifique todas las realidades humanas.

El Espíritu Santo, protagonista íntimo de la oración en el Cuerpo místico

      En la oración misma de Jesús cabría subrayar la acción del Espíritu Santo. Pues, en efecto, el Espíritu es el que, en último término, actúa de modo que la voluntad humana de Jesús se identifique con la de su Padre (cf. Catecismo de la Iglesia Católica, n. 475). El Espíritu Santo es también quien unifica y vivifica, por el amor, a todos los cristianos en el Cuerpo místico de Cristo. Y, por tanto, es el que hace, más allá de nuestros pobres esfuerzos pero contando con ellos, que nuestra oración sirva a la gloria de Dios (el resplandor de su amor) y al bien de todos los hombres.