14 octubre 2011

Carta pastoral
Mons. Javier Echevarría
Prelado del Opus Dei


SUMARIO

FORMACIÓN PARA LA NUEVA EVANGELIZACIÓN
Como los primeros cristianos
Necesidad e importancia de la formación
Libertad, docilidad, sentido de responsabilidad

FORMACIÓN HUMANA
Templanza
Fortaleza
Tono humano
El tono humano de los ministros sagrados

FORMACIÓN ESPIRITUAL
Identificarse con Jesucristo
Los medios
El Sacramento de la Reconciliación
Espíritu de iniciativa y docilidad
Humildad y prudencia al impartir la dirección espiritual
La formación litúrgica
La liturgia de la Palabra
La liturgia eucarística

FORMACIÓN EN LA DOCTRINA CATÓLICA
Fidelidad al Magisterio y libertad en lo opinable

FORMACIÓN PARA EL APOSTOLADO
Apostolado personal de amistad y confidencia
Apostolado de la familia y con la juventud
Apostolado y cultura

FORMACIÓN PROFESIONAL
Trabajo y unidad de vida
Rectitud de intención
Espontaneidad apostólica


Queridísimos: ¡que Jesús me guarde a mis hijas y a mis hijos!

1. Desde el mandato apostólico recibido del Señor (cfr. Mt 28, 19-20), la Iglesia no ha cesado de evangelizar. Muchos frutos vinieron en el transcurso de los siglos: por la gracia de Dios, también la Obra y cada uno de sus fieles. Como en otras épocas, también ahora se está desarrollando en muchos ambientes un fuerte proceso de descristianización que lleva consigo pérdidas muy graves para la humanidad. Dios ha enviado siempre a la Iglesia santos que, con su palabra y con su ejemplo, han sabido reconducir las almas a Cristo. Como ha escrito el Papa Benedicto XVI en su encíclica sobre la esperanza, el cristianismo no es solamente una "buena noticia", una comunicación de contenidos, sino una comunicación que comporta hechos y cambia la vida.
Me detengo ahora en algunos aspectos de esa formación para nuestra vida espiritual y para tomar parte en la "nueva evangelización", como la definió el beato Juan Pablo II.
En 1985, el primer sucesor de nuestro Padre nos dirigió una carta pastoral, moviéndonos a participar muy activamente en este apostolado, insistiendo en la necesidad de esmerarnos en la formación personal y en la extensión de esa labor a las almas.
También Benedicto XVI guía ahora a los cristianos por estas mismas sendas. La reciente creación del Pontificio Consejo para la promoción de la nueva evangelizació es una muestra de ese interés. Todos nos sentimos interpelados por sus palabras en la reciente Jornada Mundial de la Juventud, cuando animaba a los jóvenes a dar testimonio de la fe en los más diversos ambientes, incluso allí donde hay rechazo o indiferencia. No se puede encontrar a Cristo y no darlo a conocer a los demás. Por tanto, no os guardéis a Cristo para vosotros mismos. Comunicad a los demás la alegría de vuestra fe. El mundo necesita el testimonio de vuestra fe, necesita ciertamente a Dios.

FORMACIÓN PARA LA NUEVA EVANGELIZACIÓN
Como los primeros cristianos
2. Como la Obra ha venido al mundo precisamente para recordar la llamada universal a la santidad y al apostolado, san Josemaría afirmaba que la manera más fácil de entender el Opus Dei es pensar en la vida de los primeros cristianos. Ellos vivían a fondo su vocación cristiana; buscaban seriamente la perfección a la que estaban llamados por el hecho, sencillo y sublime, del Bautismo. No se distinguían exteriormente de los demás ciudadanos.
En Pentecostés, el Paráclito impulsó a los Apóstoles y a los demás discípulos a evangelizar, reavivando en sus mentes las enseñanzas de Jesucristo. Basta leer los escritos del Nuevo Testamento, para comprobar cómo una de las primeras ocupaciones de los Doce era plantar la semilla de la fe y alimentarla con sus enseñanzas, de palabra y por carta. La paciente labor de formación que el Señor realizó con los Apóstoles durante tres años, prolongada sin pausas por ellos y sus colaboradores, con la asistencia del Espíritu Santo, transformó el mundo antiguo hasta hacerlo cristiano.
Necesidad e importancia de la formación
3. San Josemaría impulsó a todos a adquirir y a mejorar constantemente la propia formación cristiana, presupuesto indispensable para crecer en intimidad con Jesucristo y darle a conocer a otras almas. Discite benefacere (Is 1, 17), aprended a hacer el bien, repetía con palabras del profeta Isaías; porque es inútil que una doctrina sea maravillosa y salvadora, si no hay hombres capacitados que la lleven a la práctica. Desde sus primeros pasos como sacerdote, dedicó muchas energías a formar doctrinalmente a las personas que se acercaban a su labor pastoral; luego, con el desarrollo del Opus Dei, intensificó esa dedicación y dispuso los medios necesarios para dar continuidad a la tarea formativa; en primer lugar de sus hijos, pero también de las innumerables personas —hombres y mujeres, jóvenes y gente madura, sanos y enfermos—, que se mostraban dispuestos a acoger en sus almas ese mensaje.
Nuestro Padre consideraba cinco aspectos de la formación: humano, espiritual, doctrinal-religioso, apostólico y profesional. Afirmaba que un hombre, una mujer, se va haciendo poco a poco, y nunca llega a hacerse del todo, a realizar en sí mismo toda la perfección humana de que la naturaleza es capaz. En un aspecto determinado, puede incluso llegar a ser el mejor, en relación con todos los demás, y quizá a ser insuperable en esa actividad concreta natural. Sin embargo, como cristiano su crecimiento no tiene límites6.
En lo humano, si nos examinamos con sinceridad, descubrimos enseguida que precisamos perfeccionar nuestro carácter, nuestro modo de ser, adquiriendo y mejorando las virtudes humanas que constituyen el soporte de las sobrenaturales. Lo mismo ocurre en la formación espiritual, pues siempre existe la posibilidad de progresar en las virtudes cristianas, especialmente en la caridad, que es la esencia de la perfección.
En el aspecto doctrinal-religioso, también nuestro conocimiento de Dios y de la doctrina revelada puede y debe crecer: para conformar mejor con los misterios de la fe nuestra inteligencia, nuestra voluntad y nuestro corazón, y asimilarlos con mayor profundidad.
El apostolado, a su vez, es un mar sin orillas, y se requiere preparación para anunciar el amor de Cristo en nuevos ambientes y en más países. Éste era el programa de san Josemaría desde los comienzos, como aparece en un autógrafo de los primeros años de la Obra: conocer a Jesucristo. Hacerlo conocer. Llevarlo a todos los sitios. El prestigio profesional viene a ser el anzuelo de pescador de hombres, para extender el reinado de Cristo —presente ya en su Iglesia— en la sociedad.
El panorama es tan vasto que jamás podremos decir: ¡ya estoy formado! Nosotros nunca decimos basta. Nuestra formación no termina nunca: todo lo que habéis recibido hasta ahora —explicaba nuestro Padre— es fundamento para lo que vendrá después.
Libertad, docilidad, sentido de responsabilidad
4. La identificación con Jesucristo requiere la libre cooperación humana: «El que te hizo sin ti, no te justifica sin ti»9. Esta correspondencia personal juega un papel imprescindible, pero donde no alcanza la criatura llega la gracia de Dios. El Señor nos ha dejado con libertad, que es un bien muy grande y el origen de muchos males, pero también es el origen de la santidad y del amor. Origen del amor: sólo los seres libres están en condiciones de amar y ser felices. Difícilmente crece el amor donde impera la coacción. Y no hay fidelidad sin la decisión libre y firme de identificarse con la Voluntad de Dios.
La Iglesia posee el remedio para curar la debilidad humana, consecuencia del pecado, que se manifiesta —entre otras cosas— en la disminución de libertad interior. Ese remedio, la gracia divina, no sólo sana la libertad natural, sino que la eleva a una libertad nueva y más alta. Jesucristo, en efecto, nos ha arrancado de la esclavitud de la corrupción para participar de la libertad gloriosa de los hijos de Dios (Rm 8, 21). Por eso —exhorta el Apóstol—, manteneos firmes, y no os dejéis sujetar de nuevo bajo el yugo de la servidumbre (Gal 5, 1).
¿Quieres tú pensar —invita san Josemaría— (...) si mantienes inmutable y firme tu elección de Vida? ¿Si al oír esa voz de Dios, amabilísima, que te estimula a la santidad, respondes libremente que sí?. La decisión personal de nuestra respuesta a la llamada de Dios, en la Iglesia y en la Obra, es precisamente la razón de nuestra perseverancia. Más aún, esa libertad se realiza en plenitud, alcanza todo su sentido, sólo mediante la entrega amorosa a la Voluntad de Dios, como hizo Jesús.
La libertad personal —que defiendo y defenderé siempre con todas mis fuerzas— me lleva a demandar con convencida seguridad, consciente también de mi propia flaqueza: ¿qué esperas de mí, Señor, para que yo voluntariamente lo cumpla?. Y añade nuestro Padre: nos responde el mismo Cristo: veritas liberabit vos (Jn 8, 32); la verdad os hará libres. ¿Qué verdad es ésta, que inicia y consuma en toda nuestra vida el camino de la libertad? Os la resumiré, con la alegría y con la certeza que provienen de la relación entre Dios y sus criaturas: saber que hemos salido de las manos de Dios, que somos objeto de la predilección de la Trinidad Beatísima, que somos hijos de tan gran Padre.
5. Al incorporarse al Opus Dei, cada uno acepta libremente el compromiso de formarse para dar cumplimiento a la misión de la Obra en el seno de la Iglesia, y acude, por eso, con agradecimiento a los medios específicos de formación que estableció san Josemaría, fiel al querer divino.
Ponderemos seriamente y con frecuencia la obligación de formarnos bien doctrinalmente, obligación de prepararnos para que entiendan; para que, además, sepan después expresarse los que nos escuchan14. De ahí la necesidad de acudir a los medios de formación dispuestos a aprovecharlos a fondo.
Como señalaba Juan Pablo II, «algunas convicciones se revelan especialmente necesarias y fecundas en la labor formativa. Antes que nada, la convicción de que no se da formación verdadera y eficaz si cada uno no asume y no desarrolla por sí mismo la responsabilidad de la formación. En efecto, ésta se configura esencialmente como "auto-formación". Además está la convicción de que cada uno de nosotros es el término y a la vez el principio de la formación. Cuanto más nos formamos, más sentimos la exigencia de proseguir y profundizar tal formación; como también cuanto más somos formados, más nos hacemos capaces de formar a los demás»15.

FORMACIÓN HUMANA
6. En el aspecto humano, la formación tiende a fortalecer las virtudes y contribuye a la configuración del carácter: el Señor nos quiere muy humanos y muy divinos, con los ojos puestos en Él, que es perfecto Dios y perfecto hombre.
El edificio de la santidad se asienta sobre bases humanas: la gracia presupone la naturaleza. Por eso el Concilio Vaticano II recomienda a los fieles laicos que tengan en sumo aprecio aquellas virtudes «que se refieren a las relaciones sociales, esto es, la honradez, el espíritu de justicia, la sinceridad, los buenos sentimientos, la fortaleza de alma, sin las cuales no puede darse una auténtica vida cristiana».
Una sólida personalidad se construye en la familia, en la escuela, en el lugar de trabajo, en las relaciones de amistad, en las variadas situaciones de la existencia. Se necesita, además, aprender a conducirse con nobleza y rectitud. De este modo, se mejora el carácter como base para fortalecer la fe ante las dificultades internas o externas. No faltan hombres y mujeres que quizá no han tenido ocasión de escuchar la palabra divina o que la han olvidado. Pero sus disposiciones son humanamente sinceras, leales, compasivas, honradas. Y yo me atrevo a afirmar que quien reúne esas condiciones está a punto de ser generoso con Dios, porque las virtudes humanas componen el fundamento de las sobrenaturales.
Actualmente se hace más necesario redescubrir el valor y la necesidad de las virtudes humanas, pues algunos las consideran en oposición a la libertad, a la espontaneidad, a lo que piensan equivocadamente que es "auténtico" en el hombre. Olvidan, quizá, que esas perfecciones habituales del entendimiento y de la voluntad facilitan actuar bien, con rectitud, y hacen que la convivencia social sea justa, pacífica, amable.
Aunque el ambiente que se respire en algunas partes dificulte captar estos valores, no por eso las virtudes humanas dejan de resultar atractivas. Ante los múltiples reclamos que no llenan el corazón, la persona humana termina por buscar algo que merezca realmente la pena. Por eso, a los cristianos se nos presenta la gran labor de mostrar, primero con el propio ejemplo, la belleza de una vida virtuosa, es decir, plenamente humana, una vida feliz.
En la actualidad se nos muestran especialmente relevantes la templanza y la fortaleza.
Templanza
7. Templanza es señorío. Señorío que se logra cuando se advierte que no todo lo que experimentamos en el cuerpo y en el alma ha de resolverse a rienda suelta. No todo lo que se puede hacer se debe hacer. Resulta más cómodo dejarse arrastrar por los impulsos que llaman naturales; pero al final de ese camino se encuentra la tristeza, el aislamiento en la propia miseria.
Esta virtud introduce orden y medida en el deseo, dominio firme y moderado de la razón sobre las pasiones. Su ejercicio no se reduce a una pura negación, que sería una caricatura de esta virtud. Tiende a que el bien deleitable y la atracción que suscita se integren armónicamente en la madurez global de la persona, en la salud del alma. La templanza no supone limitación, sino grandeza. Hay mucha más privación en la destemplanza, en la que el corazón abdica de sí mismo, para servir al primero que le presente el pobre sonido de unos cencerros de lata.
La experiencia revela que la intemperancia dificulta el juicio para determinar lo verdaderamente bueno. ¡Qué pena causan aquellos en los que el placer se convierte en el criterio de sus decisiones! La persona destemplada se deja guiar por las múltiples sensaciones que el ambiente le despierta. Y, dejando de lado la verdad de las cosas y buscando la felicidad en experiencias fugaces —que, por ser pasajeras y sensibles, nunca satisfacen del todo, sino que inquietan y desestabilizan—, hacen entrar a la criatura en una espiral auto-destructiva. Por el contrario, la templanza confiere serenidad y reposo; no acalla ni niega los buenos deseos y nobles pasiones, sino que vuelve al hombre dueño de sí.
En este campo adquieren una especial responsabilidad los Supernumerarios, con su empeño en crear hogares cristianos. San Josemaría comentaba que los padres deben enseñar a sus hijos a vivir con sobriedad (...). Es difícil, pero hay que ser valiente: tened valor para educar en la austeridad. El modo más eficaz de transmitir este enfoque, sobre todo a los niños pequeños, es el ejemplo, pues sólo entenderán la belleza de la virtud cuando contemplen cómo renunciáis a un capricho por amor de ellos, o sacrificáis vuestro propio descanso por atenderles, por acompañarles, por cumplir vuestra misión de padres. Ayudadles a administrar lo que usan: les haréis un gran bien. Insisto: si cuidáis la templanza en vuestros hogares, el Señor premiará vuestra abnegación y sacrificio de madres y padres; y surgirán vocaciones de dedicación a Dios en el seno de vuestra propia casa.
Fortaleza
8. En ocasiones experimentamos dentro de nosotros una cierta resistencia al esfuerzo, a lo que implica trabajo, sacrificio, abnegación. La fortaleza «asegura en las dificultades la firmeza y la constancia en la búsqueda del bien. Reafirma la resolución de resistir a las tentaciones y de superar los obstáculos en la vida moral. La virtud de la fortaleza hace capaz de vencer el temor, incluso de la muerte, y de afrontar las pruebas y las persecuciones».
Luchemos para adquirir hábitos de vencimiento en detalles pequeños: cumplir un horario, cuidar el orden material, no ceder a los caprichos, dominar enfados, acabar tareas, etc. Podremos responder así con más prontitud a las exigencias de nuestra vocación cristiana. Además, la fortaleza nos conducirá a la buena paciencia, a sufrir sin hacerlo pesar a los demás, a sobrellevar las contrariedades que se derivan de nuestras propias limitaciones y defectos, del cansancio, del carácter ajeno, de las injusticias, de la falta de medios. Es fuerte el que persevera en el cumplimiento de lo que entiende que debe hacer, según su conciencia; el que no mide el valor de una tarea exclusivamente por los beneficios que recibe, sino por el servicio que presta a los demás. El fuerte, a veces, sufre, pero resiste; llora quizá, pero se bebe sus lágrimas. Cuando la contradicción arrecia, no se dobla.
Ciertamente, se requiere firmeza para emprender a diario la tarea de la propia santificación y del apostolado en medio del mundo. Surgirán quizá obstáculos, pero la persona movida por la fuerza de Dios —quoniam tu es fortitudo mea (Sal 30 [31] 5), porque Tú eres, Señor, mi fortaleza— no teme actuar, proclamar y defender su fe, también cuando esto suponga ir contracorriente. Volvamos de nuevo los ojos a los primeros cristianos: ellos encontraron numerosas dificultades, pues la doctrina de Cristo aparecía —entonces como ahora— un signo de contradicción (Lc 2, 34). El mundo de hoy necesita mujeres y hombres que ofrezcan en su conducta cotidiana el testimonio silencioso y heroico de tantos cristianos que viven el Evangelio sin componendas, cumpliendo su deber.
Tono humano
9. El afán por cultivar las virtudes humanas colaborará a que se respire el bonus odor Christi (cfr. 2 Cor 2, 15), el buen aroma de Cristo. En este contexto, se demuestra especialmente importante el "tono humano", el comportamiento cordial y respetuoso en las relaciones con los demás. Fomentémoslo en el seno de la familia, en el lugar de trabajo, en los momentos dedicados al entretenimiento, al deporte, al descanso, aunque no pocas veces se precise también en eso ir contracorriente. No tengamos miedo si, en ocasiones, nuestra sencilla naturalidad cristiana choca con el ambiente, porque —como nos enseñó san Josemaría— ésa es entonces la naturalidad que el Señor nos pide.
Hoy se alza imperiosa la necesidad de cuidar el tono humano y de promoverlo a nuestro alrededor. Con frecuencia, en la familia y en la sociedad se descuidan esas manifestaciones de delicadeza en la conducta, en aras de una falsa naturalidad. Existen abundantes maneras de contribuir a la formación en este terreno. Lo primero, como siempre, es el ejemplo, aunque resultará también conveniente insistir mediante conversaciones personales y charlas a grupos de personas. El respeto en el trato mutuo se manifiesta en el modo de vestir digno y honesto, en los temas de conversaciones y tertulias, en la promoción de un espíritu de servicio alegre, dentro del hogar, de la escuela, de los lugares de diversión o descanso; en la atención material de los hogares y en el cuidado de las cosas pequeñas.
Particular importancia reviste el interés por adquirir y fomentar un serio nivel cultural, adecuado a las circunstancias de cada uno, en función de los estudios realizados, del ambiente social, de los gustos y aficiones personales. Me limitaré a recordaros que aquí juegan un papel importante las lecturas y el buen aprovechamiento del tiempo dedicado al oportuno descanso.
10. En los Centros del Opus Dei y en las labores apostólicas alentadas por fieles de la Prelatura, se procura que los jóvenes se acostumbren a pensar en los demás, con generosidad, con afanes de servicio. Animemos positivamente a que se forjen un ideal de vida que no les encierre en límites raquíticos, cómodos o egoístas. Recordemos cómo san Josemaría impulsaba a fomentar en ellas y en ellos todas sus ambiciones nobles, sobrenaturalizándolas.
Si cultivan esas ambiciones nobles, con espíritu de superación y sacrificio, aparecerá más hacedero y sencillo el aprecio de la trascendencia y el relieve sobrenatural de esos esfuerzos; y más fácilmente se ayudará a que avancen en su vida interior y lleguen a ser instrumentos idóneos en las manos de Cristo, en servicio de la Iglesia y de la sociedad.
Muchas chicas y muchos chicos jóvenes —decía Juan Pablo II en una ocasión— «son exigentes en lo que atañe al sentido y al modelo de su vida y desean librarse de la confusión religiosa y moral. Ayudadles en esta empresa. En efecto, las nuevas generaciones están abiertas y son sensibles a los valores religiosos, aunque a veces sea de modo inconsciente. Intuyen que el relativismo religioso y moral no da la felicidad y que la libertad sin la verdad es vana e ilusoria». La criatura que se conforma con horizontes reducidos, muy difícilmente llegará a adquirir una verdadera formación humana y cristiana. No dejemos de alentar a los jóvenes para que sepan enfrentarse con los problemas de este mundo.
El tono humano de los ministros sagrados
11. Para los sacerdotes también se revela imprescindible el ejercicio de las virtudes humanas, por la naturaleza misma del ministerio pastoral. Los presbíteros desarrollan su labor en medio del mundo, en contacto inmediato con toda clase de personas, que —como puntualizó don Álvaro— «suelen ser jueces inexorables del sacerdote, y se fijan ante todo en su modo de proceder como hombre»27.
Un sacerdote afable, educado, disponible para dedicar su tiempo a los demás, sabe presentarse bien y hacer agradable la lucha del cristiano.
Ninguna circunstancia apartó a san Josemaría de la elevada idea que tenía del sacerdote. Aunque, por una parte, debe hacerse todo para todos para llegar a todos (cfr. 1 Cor 9, 19), por otra, no ha de olvidar que es representante de Jesucristo entre los hombres. Por tanto, es lógico que deba esforzarse —dentro de sus limitaciones personales— para que los demás fieles descubran, a través de su comportamiento personal, el rostro del Señor. Conservan toda su actualidad las recomendaciones que nuestro Fundador dirigía a los clérigos, instándoles a cuidar la corrección en el modo de vestir, para que la gente estuviera en condiciones de reconocerles como ministros de Cristo, como dispensadores de los misterios de Dios (cfr. 1 Cor 4, 1).
El sacerdocio abarca toda la existencia del presbítero. Precisamente por esto, porque ha de aparecer real y constantemente disponible, se le ha de reconocer fácilmente, y el traje sacerdotal —la sotana o el clergyman— lo distingue de modo claro. En la sociedad actual —muy ligada a la cultura de la imagen y, a la vez, quizá alejada de Dios—, la vestimenta sacerdotal no pasa inadvertida. Por eso, los sacerdotes de la Prelatura que ejercen su ministerio pastoral en una iglesia, llevan habitualmente el traje talar en el templo, y también en nuestros Centros. De los países donde hay otras costumbres —comentaba nuestro Padre—, no digo nada. Haremos siempre lo que disponga la Iglesia. Sin embargo, dentro de casa llevaremos la sotana: los que hablan de libertad deben, al menos, respetar nuestra libertad de vestir en casa.

FORMACIÓN ESPIRITUAL
12. Esta faceta ha de ocupar «un puesto privilegiado en la vida de cada uno, llamado como está a crecer ininterrumpidamente en la intimidad con Jesús, en la conformidad con la Voluntad del Padre, en la entrega a los hermanos en la caridad y en la justicia».
El Papa Benedicto XVI ha recordado que el itinerario formativo del cristiano en la tradición más antigua de la Iglesia, aun sin descuidar la comprensión sistemática de los contenidos de la fe, tuvo siempre un carácter de experiencia, en el cual era determinante el encuentro vivo y persuasivo con Cristo, anunciado por auténticos testigos. La vida de unión con Cristo, la búsqueda de la santidad, se nutre de auxilios espirituales: conocimiento de la doctrina católica, vida litúrgica y sacramental, acompañamiento espiritual.
Identificarse con Jesucristo
13. Con la acción del Espíritu Santo, los modos de seguir a Jesucristo dentro de la Iglesia son innumerables. Así lo anotaba nuestro Padre, cuando escribía: habéis de ser tan varios, como variados son los santos del cielo, que cada uno tiene sus notas personales especialísimas. —Y, también, tan conformes unos con otros como los santos, que no serían santos si cada uno de ellos no se hubiera identificado con Cristo31.
El Opus Dei, además de las prácticas de piedad —todas tradicionales en la Iglesia— que recomienda a sus fieles o a quienes se acercan a las labores apostólicas, transmite un espíritu, para afrontar y dar sentido a la propia vida, fundamentándola en la filiación divina en Cristo. El eje —el quicio— sobre el que gira toda la labor de santificación, propia y ajena, es el trabajo profesional realizado del mejor modo posible, en unión con Jesucristo y con el deseo de servir a los demás.
Esta ayuda espiritual facilita la unidad de vida, porque los fieles de la Prelatura y los socios de la Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz, aprenden a tomar ocasión de las situaciones concretas en que se encuentran, para convertirlas en ocasión y medio de santidad y de apostolado, actuando siempre con la más plena libertad personal en las cuestiones profesionales, familiares, sociales, políticas, etc., que la Iglesia deja a la personal decisión de los católicos.
En este sentido, san Josemaría explicaba que es imposible establecer una diferencia entre trabajo y contemplación: no se puede decir hasta aquí se reza, y hasta aquí se trabaja. Se continúa siempre rezando, contemplando en la presencia de Dios. Siendo hombres de acción en apariencia, vamos a parar a donde fueron a parar los místicos más altos: volé tan alto, tan alto, / que le di a la caza alcance, hasta el corazón de Dios. ¿Cómo no descubrir un eco de estas enseñanzas en las palabras del Papa Juan Pablo II, dirigidas en Castelgandolfo a fieles del Opus Dei? «Vivir unidos a Dios en el mundo, en cualquier situación, tratando de mejorarse a sí mismos con la ayuda de la gracia y dando a conocer a Jesucristo con el testimonio de la vida. ¿Y qué hay más bello y más entusiasmante que este ideal? Vosotros, insertos y mezclados en esta humanidad alegre y dolorosa, queréis amarla, iluminarla, salvarla».
Los medios
14. La unión del trabajo con la lucha ascética, la contemplación y el ejercicio de la misión apostólica, requiere una honda preparación: por eso, el Opus Dei nos ofrece un amplio abanico de recursos de formación personales y colectivos. Entre los personales, uno reviste especial importancia: es la charla fraterna, que llamamos también Confidencia precisamente por su carácter interpersonal lleno de confianza.
Es una conversación de dirección espiritual, que se sitúa en el contexto del servicio fraterno, para vivir a fondo, con libertad y responsabilidad, el encuentro cotidiano con Cristo en medio del mundo. Ya en las páginas del Nuevo Testamento encontramos cómo el Señor quiso servirse de la mediación de hombres y mujeres para encaminar las almas hacia la meta de la santidad. Cuando llama a san Pablo en el camino de Damasco, le pide que acuda a otro hombre, Ananías, que le comunicará lo que ha de saber acerca del nuevo camino que está a punto de emprender (cfr. Hch 9, 6-18; 22, 10-15). Luego irá a Jerusalén videre Petrum, para ver a Pedro y aprender de él muchos aspectos de la doctrina y de la vida cristianas (cfr. Gal 1, 18). De hecho, la dirección espiritual es una tradición cuyo espíritu se remonta a los primeros pasos de la Iglesia.
En el Opus Dei, esa ayuda espiritual tiende a facilitar que las personas asimilen con fidelidad el espíritu que nuestro Fundador recibió de Dios y nos transmitió, y que ha sido propuesto por la Iglesia como un camino de santidad.
15. San Josemaría explicaba que, en la Obra, la dirección espiritual personal se realiza in actu, es decir, en el momento en que se tiene esa conversación. Esa atención se sitúa en el ámbito del consejo para ayudar a progresar en la vida cristiana. Nuestro Padre comparaba alguna vez la dirección espiritual a la tarea de un hermano, que se preocupa por la marcha de los hermanos más jóvenes; de un amigo o una amiga leales, movidos por el deseo de invitar a otros a ser mejores cristianos. En definitiva, la Confidencia es una conversación entre hermanos, y no la de un súbdito con su superior. Los que atienden esas charlas fraternas actúan con una delicadeza extraordinaria, fruto de la preocupación exclusiva por la vida interior y las tareas apostólicas de sus hermanos, sin pretender jamás influir en los asuntos temporales —de carácter profesional, social, cultural, político, etc.— de cada uno.
En la Obra, la separación entre el ejercicio de la jurisdicción y la dirección espiritual se asegura en la práctica, entre otras cosas, por el hecho de que precisamente quienes reciben charlas de dirección espiritual —los Directores locales y algunos otros fieles especialmente preparados, y los sacerdotes al celebrar el sacramento de la Penitencia— no tienen ninguna potestad de gobierno sobre las personas que atienden. El Régimen local, en lo que comporta de capacidad de gobierno, no se refiere a las personas, sino sólo a la organización de los Centros y de las actividades apostólicas; la función de los Directores locales, en lo que se refiere a sus hermanos, es de consejo fraterno. No coinciden en un mismo sujeto, por lo tanto, las funciones de jurisdicción y de ayuda espiritual. En la Prelatura, la única base de la autoridad de gobierno sobre las personas es la jurisdicción, que reside sólo en el Prelado y en sus Vicarios.
¿Qué ofrece, pues, el Opus Dei? Fundamentalmente, una dirección espiritual a sus fieles y a las demás personas que la pidan. Los fieles de la Prelatura, porque aspiramos a nuestra santificación personal y a realizar la misión del Opus Dei en la Iglesia, no tenemos inconveniente, de ordinario, en hablar con quienes nos indican los Directores —aunque sea alguien más joven—, siempre con plena libertad y con fe en la gracia divina, que se sirve de instrumentos humanos. La charla fraterna no es una cuenta de conciencia. Si en esa dirección espiritual se nos pregunta algo —y, en ocasiones, puede ser bueno y hasta necesario que nos pregunten—, procederán con mucha delicadeza, porque nadie está obligado, concretamente, a decir en la Confidencia lo que es materia de confesión.
Todo lo que os menciono, hijas e hijos míos, os parecerá obvio, pero he deseado recogerlo en el contexto actual de la sociedad, que manifiesta una particular sensibilidad por el respeto a la intimidad de las personas, aunque también abundan, en ciertos ambientes, la falta de pudor y de respeto a la vida privada de los demás. A todos nos explicaron, al poco de conocer la Obra, que no se nos ocurría, ni se nos ocurre, llamar "mi director espiritual" a quien nos escucha, sencillamente porque, repito, no se da ese personalismo en la Obra, ni se ha dado nunca. El que recibe una Confidencia transmite el espíritu del Opus Dei sin añadiduras: quien tiene el encargo de ofrecer esa ayuda desaparece para poner a las almas frente al Señor, dentro de las características de nuestro camino. Un camino, decía nuestro Padre, el de la Obra, que es muy ancho. Se puede ir por la derecha o por la izquierda; a caballo, en bicicleta; de rodillas, a cuatro patas como cuando erais niños; y también por la cuneta, siempre que no se salga del camino.
El Sacramento de la Reconciliación
16. Además de la charla fraterna, acudimos —de ordinario, semanalmente— a un sacerdote para recibir la ayuda espiritual que está unida a la Confesión sacramental. Como es bien comprensible, nos ayudan los confesores que se designan para los distintos Centros, que se han ordenado para servir en primer lugar a sus hermanas y hermanos, con total disponibilidad, y —porque conocen y viven el mismo espíritu— tienen una específica preparación para orientarnos, nunca para mandar. De modo análogo se comporta quien suele acudir al médico de familia, cuando lo hay, en lugar de ir a un desconocido.
A la vez, como siempre dejó muy claro san Josemaría, los fieles de la Prelatura, al igual que todos los católicos, gozan de plena libertad para confesarse o hablar con cualquier sacerdote que tenga facultades ministeriales: os sorprenderá que os recuerde esta verdad tan clara, pero me interesa mencionarla porque quizá podría ser menos conocida por quienes nada saben del Opus Dei o del espíritu de libertad propio de los seguidores de Jesucristo. Además, nuestro Padre estableció que habitualmente sean personas distintas quienes nos atiendan en la charla fraterna y en la Confesión.
Espíritu de iniciativa y docilidad
17. La dirección espiritual requiere, en las personas que la reciben, el deseo de progresar en el seguimiento de Cristo. Son ellas las primeras interesadas en buscar ese impulso con la frecuencia oportuna, abriendo el corazón con sinceridad, de modo que les puedan sugerir metas, señalar posibles desviaciones, alentar en momentos de dificultad, facilitar consuelo y comprensión. Por eso, se mueven con espíritu de iniciativa y de responsabilidad. El consejo de otro cristiano y especialmente —en cuestiones morales o de fe— el consejo del sacerdote, es una ayuda poderosa para reconocer lo que Dios nos pide en una circunstancia determinada; pero el consejo no elimina la responsabilidad personal: somos nosotros, cada uno, los que hemos de decidir al fin, y habremos de dar personalmente cuenta a Dios de nuestras decisiones.
Al acudir a la dirección espiritual, para secundar la acción del Espíritu Santo y crecer espiritualmente e identificarnos con Cristo, debemos cultivar las virtudes de la sinceridad y de la docilidad, que resumen la actitud del alma creyente ante el Paráclito. Así describía esta recomendación san Josemaría, dirigiéndose a todos los fieles, de la Obra o no. Conocéis de sobra las obligaciones de vuestro camino de cristianos, que os conducirán sin pausa y con calma a la santidad; estáis también precavidos contra las dificultades, prácticamente contra todas, porque se vislumbran ya desde los principios del camino. Ahora os insisto en que os dejéis ayudar, guiar, por un director de almas, al que confiéis todas vuestras ilusiones santas y los problemas cotidianos que afecten a la vida interior, los descalabros que sufráis y las victorias.
En esa dirección espiritual mostraos siempre muy sinceros: no os concedáis nada sin decirlo, abrid por completo vuestra alma, sin miedos ni vergüenzas. Mirad que, si no, ese camino tan llano y carretero se enreda, y lo que al principio no era nada, acaba convirtiéndose en un nudo que ahoga.
Y, haciendo eco a la enseñanza de los Padres de la Iglesia y de los autores espirituales, apoyado en la experiencia de muchos años de práctica pastoral, insistía: si el demonio mudo se introduce en un alma, lo echa todo a perder; en cambio, si se le arroja fuera inmediatamente, todo sale bien, somos felices, la vida marcha rectamente: seamos siempre salvajemente sinceros, pero con prudente educación.
El Señor vuelca su gracia abundantemente sobre la humildad de quienes reciben con visión sobrenatural los consejos de la dirección espiritual, viendo en esa ayuda la voz del Espíritu Santo. Sólo una efectiva docilidad de corazón y de mente hace posible el progreso en el camino de la santidad, ya que el Paráclito, con sus inspiraciones y con los consejos de quienes nos atienden, va dando tono sobrenatural a nuestros pensamientos, deseos y obras. Él es quien nos empuja a adherirnos a la doctrina de Cristo y a asimilarla con profundidad, quien nos da luz para tomar conciencia de nuestra vocación personal y fuerza para realizar todo lo que Dios espera. Si somos dóciles al Espíritu Santo, la imagen de Cristo se irá formando cada vez más en nosotros e iremos así acercándonos cada día más a Dios Padre. Los que son llevados por el Espíritu de Dios, esos son hijos de Dios (Rm 8, 14).
Humildad y prudencia al impartir la dirección espiritual
18. Me detengo ahora en las disposiciones de quien asiste a otros en la dirección espiritual. Resalta, en primer lugar, la de querer a los demás como son, buscando exclusivamente su bien. Así, su actitud será siempre positiva, optimista y alentadora. Además, deberá también fomentar en sí mismo la virtud de la humildad, para no perder de vista que sólo es un instrumento (cfr. Hch 9, 15), del que el Señor desea servirse para la santificación de las almas.
Por otra parte, se esmerará en prepararse lo mejor posible para ejercitar su tarea, conocer los principios fundamentales de la vida espiritual que de ordinario recorren las almas, y dudar prudentemente —es decir, no fiarse exclusivamente de su criterio— si se presentan situaciones especiales. En estos casos, además de rezar más, pedirá más luces al Espíritu Santo, para estudiar y enfocar el asunto. Si es necesario, de acuerdo con las enseñanzas de la Moral, se puede hacer una consulta a personas más doctas, presentándola como un caso hipotético y modificando las circunstancias, de manera que —para guardar rigurosamente el silencio de oficio— quede completamente a salvo la identidad de quien se trate, y siempre con la debida prudencia.
En la Obra, desde siempre, conocíamos y aceptábamos expresamente que la persona con quien se habla fraternalmente pueda consultar al Director pertinente, cuando lo considere oportuno para ayudar mejor al interesado. Con el fin de que quede aún más de manifiesto el espíritu de libertad y de confianza en esas situaciones —que no serán ni habituales ni frecuentes—, la persona que recibe la charla fraterna plantea al interesado si desea pedir consejo él mismo a un Director o si prefiere que lo haga el que escucha su Confidencia. Es una manera de proceder que refuerza las medidas de delicadeza y de prudencia vividas desde el principio.
A la vez, todos cuentan con la libertad de acudir directamente al Padre o a un Director Regional o de la Delegación, para hablar de la propia vida interior. Esto nos ofrece la garantía, a quienes acudimos a la dirección espiritual en el Opus Dei, de que vamos a recibir lo que necesitamos y deseamos: el espíritu que nos transmitió san Josemaría, sin añadiduras ni modificaciones. Al mismo tiempo, ni de lejos se lesiona el deber de mantener el secreto natural, que se guarda con el máximo cuidado y severidad: una persona que no fuera ejemplar en este punto, carecería de una disposición fundamental para impartir dirección espiritual.
Quienes atienden a otros, procuran fomentar en todo momento la libertad interior de esas almas, para que respondan voluntariamente a los requerimientos del amor de Dios. La dirección espiritual se ofrece, por tanto, sin uniformar a los fieles del Opus Dei; eso sería ilógico y una falta de naturalidad. La Obra nos quiere libérrimos y diversos. Pero nos quiere ciudadanos católicos responsables y consecuentes, de forma que el cerebro y el corazón de cada uno de nosotros no vayan dispares, cada uno por su lado, sino concordes y firmes, para hacer en todo momento lo que se ve con claridad que hay que hacer, sin dejarse arrastrar —por falta de personalidad y de lealtad a la conciencia— por tendencias o modas pasajeras. Lógicamente, han de hablar con la fortaleza necesaria para estimularles a caminar por la senda que Dios les marca; pero también con suavidad extrema, porque no son ni se sienten dueños, sino servidores de las almas: fortiter in re, suaviter in modo. En efecto, la prudencia exige que, siempre que la situación lo requiera, se emplee la medicina, totalmente y sin paliativos, después de dejar al descubierto la llaga (...). En primer lugar hemos de proceder así con nosotros mismos, y con quienes, por motivos de justicia o de caridad, tenemos obligación de ayudar.
No ha de ser rémora en este encargo el pensamiento de que también uno mismo debe mejorar en ese punto concreto. ¿Acaso no cura un médico que esté enfermo, aun cuando el trastorno que le aqueja sea crónico?; ¿le impedirá su enfermedad prescribir a otros enfermos la receta adecuada? Claro que no: para curar, le basta poseer la ciencia oportuna y ponerla en práctica, con el mismo interés con el que combate su propia dolencia.
La formación litúrgica
19. Dentro de la formación espiritual, muy unida a la formación doctrinal-religiosa, se sitúa el amor por la sagrada liturgia de la Iglesia en la que —de modo eminente en la Santa Misa— se realiza la obra de nuestra Redención. La Santa Misa nos sitúa (...) ante los misterios primordiales de la fe, porque es la donación misma de la Trinidad a la Iglesia. Así se entiende que la Misa sea el centro y la raíz de la vida espiritual del cristiano.
El mensaje cristiano es performativo. Es decir, el Evangelio, y la liturgia que lo trae a nuestra existencia, no es solamente una comunicación de realidades que se pueden saber, sino una comunicación que comporta hechos y cambia la vida.
Nadie con sentido común y sentido sobrenatural puede pensar que la liturgia es "cosa de clérigos"; o que los clérigos "celebran" y el pueblo simplemente "asiste". Bien lejos de semejante concepción, san Josemaría impulsaba la participación de todos: desde la comprensión de la conexión íntima entre liturgia de la Palabra y liturgia eucarística, o de la dimensión esencial de la adoración en la celebración, hasta detalles concretos como el uso del misal de fieles, para facilitar su participación: primero desde el corazón y después con las palabras y los gestos previstos. Recuerdo haber oído que, ya en los años treinta del siglo pasado, para dar más vigor a esa enseñanza, quiso que se dialogara la Misa, con una respuesta en voz alta, a las oraciones que pronunciaba el sacerdote. Entonces no era habitual: faltaban treinta años hasta el Concilio Vaticano II.
La liturgia de la Palabra
20. Toda la historia de la salvación, y la liturgia que la celebra y hace presente, está caracterizada por la iniciativa de Dios que nos convoca y espera de cada uno de nosotros una respuesta actual, con un amor que luego informe toda la jornada, con ánimo de que el Sacrificio del altar se prolongue a lo largo de las veinticuatro horas.
La celebración de la Palabra en la Santa Misa es un verdadero diálogo que exige una contestación delicada: es Dios que habla a su pueblo y éste hace suya esta palabra divina por medio del silencio, del canto, etc.; se adhiere a ese anuncio profesando su fe en el Credo, y lleno de confianza acude con sus peticiones al Señor. En las lecturas, el Paráclito habla con voces humanas para que nuestra inteligencia sepa y contemple, para que la voluntad se robustezca y la acción se cumpla. La posibilidad de que se hagan realidad en nuestra vida, depende de la gracia divina, pero también de la preparación y fervor de quien las lee y las medita, de quien las escucha. «Por las santas Escrituras, en efecto, somos conducidos a cumplir acciones virtuosas y a la pura contemplación».
Aquí se nos presenta un punto bien concreto de examen y de mejora. ¿Qué fruto sacamos de esas lecturas cada día, en la Santa Misa? ¿Saboreamos los instantes de silencio previstos después del Evangelio, para aplicarnos la predicación del Señor? He recordado que «muchos hemos sido testigos de cómo san Josemaría se metía a fondo en las lecturas de la Misa; se le notaba hasta en el tono de la voz. Se repetía, con repetida frecuencia, un hecho: después del Santo Sacrificio, tomaba nota de las frases que le habían herido más profundamente, para llevarlas a la oración personal. Así se enriquecía constantemente su alma y su predicación. Tratemos nosotros de imitar a tan buen maestro. Dios se nos ha revelado para que le conozcamos más y mejor, y para que le demos a conocer, con naturalidad, sin respetos humanos»50.
La liturgia eucarística
21. En esta parte de la Santa Misa, el sacerdote no se dirige principalmente a los fieles reunidos. De hecho, la orientación espiritual e interior de todos, del sacerdote y de los fieles, es versus Deum per Iesum Christum, hacia Dios por medio de Jesucristo. En la liturgia eucarística, sacerdote y pueblo ciertamente no rezan el uno hacia el otro, sino hacia el único Señor. Por tanto durante la oración miran en la misma dirección, hacia una imagen de Cristo en el ábside, o hacia una cruz o simplemente hacia el cielo, como hizo el Señor en la oración sacerdotal la noche antes de su Pasión. ¡Cómo nos ayuda a vivir esta adoración común, este salir al encuentro del Señor que viene, y poner nuestros ojos en la cruz del altar!
22. En el Sacrificio del altar son necesarias la obediencia y la piedad, íntimamente unidas: son también requisitos fundamentales para que la liturgia sea fuente y cumbre de la vida de la Iglesia y de cada cristiano. Obediencia, en primer lugar, porque «las palabras y los ritos litúrgicos son expresión fiel, madurada a lo largo de los siglos, de los sentimientos de Cristo y nos enseñan a tener los mismos sentimientos que Él (cfr. Flp 2, 5); conformando nuestra mente con sus palabras, elevamos al Señor nuestro corazón». He aquí un fundamento profundo de por qué hemos de obedecer, de amar, cada palabra, cada gesto, cada rúbrica, pues hacen llegar el don de Dios, nos ayudan a ser alter Christus, ipse Christus.
El Concilio Vaticano II ha recordado que la plena eficacia de la liturgia depende también de que cada uno, sacerdote o fiel, ponga el alma en consonancia con la voz. Y Benedicto XVI explicaba que en las ceremonias, la vox, las palabras preceden a nuestra mente. De ordinario no sucede así. Primero se debe pensar y luego el pensamiento se convierte en palabra. Pero aquí la palabra viene antes. La sagrada liturgia nos da las palabras; nosotros debemos entrar en estas palabras, encontrar la concordia con esta realidad que nos precede (...). Ésta es la primera condición: nosotros mismos debemos interiorizar la estructura, las palabras de la liturgia, la palabra de Dios. Así nuestro celebrar es realmente celebrar "con" la Iglesia: nuestro corazón se ha ensanchado y no hacemos algo, sino que estamos "con" la Iglesia en coloquio con Dios.
En la vida de san Josemaría se funden de modo admirable piedad y obediencia, y constituyen un ejemplo de algo muy real: de ninguna forma podremos manifestar mejor nuestro máximo interés y amor por el Santo Sacrificio, que guardando esmeradamente hasta la más pequeña de las ceremonias prescritas por la sabiduría de la Iglesia.
Y, además del Amor, debe urgirnos la "necesidad" de parecernos a Jesucristo, no solamente en el interior, sino también en lo exterior, moviéndonos —en los amplios espacios del altar cristiano— con aquel ritmo y armonía de la santidad obediente, que se identifica con la voluntad de la Esposa de Cristo, es decir, con la Voluntad del mismo Cristo.
Me gustaría que estas brevísimas consideraciones acerca de la estructura de la Santa Misa nos ayudasen a todos a fomentar el interés por la liturgia, alimento y parte necesaria de la vida espiritual. Cómo no recordar que nuestro Fundador, ya en el lejano 1930, escribió que todos en la Obra han de tener especial empeño en seguir, con todo interés, todas y cada una de las disposiciones litúrgicas, aun de las que parezcan poco o nada importantes. El que ama no pierde un detalle. Lo he visto: esas pequeñeces son una cosa muy grande: amor. Y obedecer al Papa, hasta en lo mínimo, es amarle. Y amar al Padre Santo es amar a Cristo y a su Madre, a nuestra Madre Santísima, María. Y nosotros sólo aspiramos a eso: porque les amamos, queremos que omnes, cum Petro, ad Iesum per Mariam.

FORMACIÓN EN LA DOCTRINA CATÓLICA
23. Quien ama sinceramente a Dios, se siente impulsado a conocerle cada vez más y mejor; no se conforma con un trato superficial; busca comprender con mayor profundidad todo lo que a Él se refiere. El afán por adquirir la ciencia teológica —la buena y firme doctrina cristiana— está movido, en primer término, por el deseo de conocer y amar a Dios. A la vez, es también consecuencia de la preocupación general del alma fiel por alcanzar la más profunda significación de este mundo, que es hechura del Creador. Por eso, la formación que el Opus Dei proporciona a sus fieles —considerada desde la perspectiva doctrinal-religiosa— se dirige a que adquiramos la doctrina de la Iglesia y profundicemos en su conocimiento.
Con el mismo horizonte —mirando a Dios y al mundo—, el beato Juan Pablo II señaló la necesidad actual de la formación en la doctrina católica. «Se revela hoy cada vez más urgente la formación doctrinal de los fieles laicos, no sólo por el natural dinamismo de profundización de su fe, sino también por la exigencia de "dar razón de la esperanza" que hay en ellos, frente al mundo y sus graves y complejos problemas. Se hacen así absolutamente necesarias una sistemática acción de catequesis, que se graduará según las edades y las diversas situaciones de vida, y una más decidida promoción cristiana de la cultura, como respuesta a los eternos interrogantes que agitan al hombre y a la sociedad de hoy».
Desde los comienzos del Opus Dei, y aun antes, san Josemaría mostró un especial interés para que las personas a quienes atendía espiritualmente profundizasen en su formación doctrinal-religiosa, porque cada uno ha de esforzarse, en la medida de sus posibilidades, en el estudio serio, científico, de la fe.
24. Como escribía san Gregorio Magno, «muy inútil es la piedad si falta la discreción de la ciencia», y «nada es la ciencia si no tiene la utilidad de la piedad». Nuestro Fundador insistió en que el estudio de la doctrina estuviera acompañado por una sincera vida espiritual, por el trato íntimo con Jesucristo en la oración y en los sacramentos, por una devoción filial a la Virgen Santísima. Enseñaba que la verdad es siempre, en cierto modo, algo sagrado: don de Dios, luz divina que nos encamina hacia Aquel que es la Luz por esencia. Y esto sucede especialmente cuando la verdad se considera en el orden sobrenatural: hay pues que tratarla con respeto, con amor (...). Más aún: estamos persuadidos de que esa verdad divina, que llevamos, nos trasciende: que nuestras palabras resultan insuficientes para expresar toda su riqueza, que es incluso posible que no la entendamos con plenitud y que hagamos el papel de quien transmite un mensaje que él mismo no comprende del todo.
Vale la pena el esfuerzo de la Prelatura para asegurar a todos sus fieles y a otras muchas personas una seria preparación doctrinal; más aún en momentos, como los actuales, en los que esa necesidad se observa de modo más perentorio. Resalta como gozosa realidad la afirmación de nuestro Fundador muchos años atrás: la Obra entera equivale a una gran catequesis, hecha de forma viva, sencilla y directa en las entrañas de la sociedad civil.
Fidelidad al Magisterio y libertad en lo opinable
25. La formación doctrinal abarca todos los campos: desde la filosofía a la teología y al derecho canónico, etc. Mediante esta preparación —que en el caso de los Numerarios y las Numerarias, y de muchos Agregados y Agregadas, cubre los programas que se cursan en las universidades pontificias— se contribuye a que en todos los estratos de la sociedad haya personas decididas a dar un testimonio vivo del Evangelio, con la palabra y con las obras: siempre dispuestos —como escribe san Pedro— a dar respuesta a todo el que os pida razón de vuestra esperanza (1 Pe 3, 15).
De acuerdo con las repetidas directrices del Magisterio, en la explicación de las diferentes materias filosóficas y teológicas, tiene una especial relevancia la doctrina del Doctor común de la Iglesia. Se cumple así la recomendación del Concilio Vaticano II y de varios Romanos Pontífices: «Profundizar en los misterios de la fe y descubrir su mutua conexión (...) bajo el magisterio de Santo Tomás».
San Josemaría se atuvo a esta línea y así lo recordó a los profesores y profesoras encargados de los Estudios generales de la Prelatura. Al mismo tiempo, con una mentalidad abierta al progreso de la ciencia teológica, explicaba que de esa recomendación no se puede concluir que debamos limitarnos a asimilar y a repetir todas y solamente las enseñanzas de Santo Tomás.
Se trata de algo muy distinto: debemos ciertamente cultivar la doctrina del Doctor Angélico, pero del mismo modo que él la cultivaría hoy si viviese. Por eso, algunas veces habrá que llevar a término lo que él mismo sólo pudo comenzar; y por eso también, hacemos nuestros todos los hallazgos de otros autores, que respondan a la verdad.
Os acabo de recordar, con palabras de nuestro Padre, una característica esencial del espíritu del Opus Dei: que corporativamente no tenemos otra doctrina que la que enseña el Magisterio de la Santa Sede. Aceptamos todo lo que este Magisterio acepta, y rechazamos todo lo que él rechaza. Creemos firmemente todo cuanto propone como verdad de fe, y hacemos también nuestro todo lo que es de doctrina católica. Y dentro de esa doctrina amplia, cada uno de nosotros forma su criterio personal. Los Estatutos de la Prelatura establecen la prohibición de que el Opus Dei —como dijo nuestro Fundador— cree o adopte una particular escuela filosófica o teológica68. Esto, además del amor a la libertad, expresa un hecho eclesiológico fundamental: que los miembros de la Prelatura son comunes fieles cristianos o, en su caso, comunes sacerdotes seculares, con idénticos ámbitos de libertad de opinión que los demás católicos.

FORMACIÓN PARA EL APOSTOLADO
26. El conocimiento profundo de las verdades religiosas fundamentales, así como de los aspectos éticos y morales que se relacionan más de cerca con el ejercicio del propio trabajo, es importante también para hacer una amplia labor apostólica en el ambiente profesional en el que cada uno se desenvuelve. La luz de los seguidores de Jesucristo no ha de estar en el fondo del valle, sino en la cumbre de la montaña, para que vean vuestras buenas obras y glorifiquen a vuestro Padre que está en el cielo (Mt 5, 16).
Ciertamente abundan las personas de corazón grande, capaces de enamorarse de Dios, a las que falta la luz de la doctrina que oriente y dé sentido a sus vidas. Y a los cristianos incumbe el deber y el gozo de proporcionársela. Un pasaje del Nuevo Testamento lo ilustra claramente. Cumpliendo un mandato del Espíritu Santo, el diácono Felipe se dirigió al camino que conducía a Gaza. Por allí transitaba una carroza en la que un alto personaje, ministro de la reina de Etiopía, regresaba a su país después de haber adorado a Dios en Jerusalén. Corrió Felipe a su lado y oyó que leía al profeta Isaías. Entonces le dijo: —¿Entiendes lo que lees? Él respondió: —¿Cómo lo voy a entender si no me lo explica alguien? Rogó entonces a Felipe que subiera y se sentase junto a él (Hch 8, 30-31).
Es tarea de los católicos anunciar, con paz y perseverancia, la buena nueva de Jesús, obviar la ignorancia religiosa por medio de la difusión de la doctrina revelada. El apostolado cristiano —y me refiero ahora en concreto al de un cristiano corriente, al del hombre o la mujer que vive siendo uno más entre sus iguales— es una gran catequesis, en la que, a través del trato personal, de una amistad leal y auténtica, se despierta en los demás el hambre de Dios y se les ayuda a descubrir horizontes nuevos: con naturalidad, con sencillez he dicho, con el ejemplo de una fe bien vivida, con la palabra amable pero llena de la fuerza de la verdad divina.
Debemos propagar ardientemente la Verdad de Cristo, hacer que otros participen del tesoro que hemos recibido, de modo que experimenten que nada hay más hermoso que haber sido alcanzados, sorprendidos, por el Evangelio, por Cristo. Nada más bello que conocerle y comunicar a los otros la amistad con Él.
27. En el Decreto sobre el apostolado de los laicos, el Concilio Vaticano II enseña que «el apostolado solamente puede conseguir su plena eficacia con una formación multiforme y completa. La exigen no sólo el continuo progreso espiritual y doctrinal del mismo seglar, sino también las diversas circunstancias de cosas, de personas y de deberes a los que tiene que acomodar su actividad (...). Además de la formación común a todos los cristianos, no pocas formas del apostolado, por la variedad de personas y de ambientes, requieren una formación específica y peculiar».
En los últimos años, este afán de almas ha requerido más vigor, para contrarrestar el secularismo que ha avanzado a grandes pasos, hasta adquirir carta de ciudadanía en países tradicionalmente cristianos. Volver a impregnar con el espíritu de Cristo las raíces de esas naciones es precisamente el objetivo de la nueva evangelización. En la Prelatura, esa labor se resume en orientar y estimular a cada persona, para que realice la misión evangelizadora recibida en el Bautismo, con el espíritu y los medios específicos del Opus Dei, a través del apostolado de amistad y confidencia.
Juan Pablo II insistía en que el mundo «reclama evangelizadores creíbles, en cuya vida, en comunión con la cruz y la resurrección de Cristo, resplandezca la belleza del Evangelio (...). Todo bautizado, en cuanto testigo de Cristo, ha de adquirir la formación apropiada a su situación, para que la fe no sólo no se agoste por falta de cuidado en un medio tan hostil como es el ambiente secularista, sino para sostener e impulsar el testimonio evangelizador».
Apostolado personal de amistad y confidencia
28. Nuestro Señor ha venido a esta tierra para que todas las almas alcancen la vida eterna, y quiere contar también con sus discípulos: ut eatis, que vayáis —nos repite a los cristianos, como a los Apóstoles— y deis fruto, y vuestro fruto permanezca (cfr. Jn 15, 16). Por tanto, hijas e hijos míos, hemos de llevar su doctrina por los más diversos ambientes, ya que nos interesan todas las almas para el Señor. Pero resulta lógico comenzar por quienes Dios ha puesto más cerca de nosotros.
En la Prelatura del Opus Dei, como os decía, damos prioridad a lo que san Josemaría llamaba apostolado de amistad y confidencia: un trato personal en el que un corazón vierte en otro su conocimiento y su amor a Cristo, facilitando que se abra a los suaves impulsos de la gracia.
La amistad supone —y al mismo tiempo crea— comunión de sentimientos y de afanes. Pero «donde principalmente se realiza esa comunicación es en la convivencia (...); de aquí que el convivir sea propio de la amistad. Con ese trato, se emprende el primer paso del camino de la amistad. Por tanto, nos da alegría aprovechar las ocasiones que la labor profesional y social nos brindan de conocer a nuevos amigos, con el deseo de ayudarles y, también, de aprender de ellos: la amistad es esencialmente mutua. Nuestro Padre nos animaba a conducirnos como Cristo que pasa al lado de la gente, por el sendero de la vida cotidiana. El Señor quiere servirse de nosotros —de nuestro trato con los hombres, de esta capacidad nuestra, que nos ha dado Él, de querer y de hacernos querer—, para seguir haciéndose Él amigos en la tierra.
Entre las características de este modo de servir, destaca la necesidad de saber adaptarse a la capacidad y a la mentalidad de cada uno, de modo que entiendan lo que escuchan. San Josemaría llamaba don de lenguas a este esfuerzo por hacerse entender, que brota como fruto de la gracia, de la oración y de la preparación personal, para que la doctrina de la Iglesia resuene con tonalidades nuevas en los oídos de las personas. Hay que repetir lo mismo, pero de modos diversos. Es la forma lo que debe ser siempre nuevo, distinto; no la doctrina.
Se trata de imitar a Jesús, que exponía las más altas enseñanzas por medio de parábolas, de comparaciones que todos —cada uno a su nivel— estaban en condiciones de entender. Fomentemos el deseo de exponer las verdades cristianas de forma atractiva: que vuestra palabra sea siempre grata, sazonada con sal, de forma que sepáis responder a cada uno como conviene (Col 4, 6). No se trata de una formalidad, o de mostrarnos eruditos, sino de hablar con contenido, buscando la gloria de Dios y el bien de las almas.
29. En este contexto, el conocimiento profundo de la Sagrada Escritura —del Antiguo y del Nuevo Testamento—, fruto de una lectura asidua y de una meditación atenta, resulta de una importancia fundamental. Lo ha recordado recientemente el Papa Benedicto XVI, en la Exhortación apostólica Verbum Domini sobre la Palabra de Dios en la misión de la Iglesia. Allí, entre otros grandes santos a quienes el Señor concedió luces especiales para ahondar en el sentido espiritual de la Biblia, el Papa afirma que uno de esos rayos de luz se manifiesta en san Josemaría Escrivá y su predicación sobre la llamada universal a la santidad.
El Romano Pontífice escribe que un momento importante de la animación pastoral de la Iglesia en el que se puede redescubrir adecuadamente el puesto central de la Palabra de Dios es la catequesis, que, en sus diversas formas y fases, ha de acompañar siempre al Pueblo de Dios. Y muestra cómo el encuentro de los discípulos de Emaús con Jesús, descrito por el evangelista Lucas (cfr. Lc 24, 13-35), representa en cierto sentido el modelo de una catequesis en cuyo centro está la "explicación de las Escrituras", que sólo Cristo es capaz de dar (cfr. Lc 24, 27-28), mostrando en sí mismo su cumplimiento. De este modo, renace la esperanza más fuerte que cualquier fracaso, y hace de aquellos discípulos testigos convencidos y creíbles del Resucitado. ¿No os traen a la memoria estas palabras la afirmación gozosa de nuestro Padre cuando predicaba que, ahora, Emaús es el mundo entero, porque el Señor ha abierto los caminos divinos de la tierra81?
Recordad cómo nos transmitió las enseñanzas de este pasaje de san Lucas. Comentaba que toda la vida de Cristo es un modelo divino que debemos imitar, pero lo que nos cuenta el evangelista de la escena de Emaús nos pertenece muy especialmente. De esa escena evangélica se sirvió también para hablarnos del apostolado personal de amistad y confidencia. Ponía hincapié en una característica importante: es preciso tomar la iniciativa, salir al encuentro de las personas para ofrecerles nuestra amistad y ayudarlas en su búsqueda de Dios, con un respeto y defensa de la intimidad y de la libertad de todos.
En el camino de Emaús, el Resucitado va en busca de dos discípulos que regresaban a sus casas, desanimados por los acontecimientos dolorosos que habían presenciado: la Pasión y Muerte de su Señor. Ese gesto de Jesús nos enseña que la amistad lleva a participar en las alegrías y en las penas de nuestros amigos, a que seamos solidarios y les dediquemos tiempo. Jesús camina junto a aquellos dos hombres, que han perdido casi toda esperanza, de modo que la vida comienza a parecerles sin sentido. Comprende su dolor, penetra en su corazón, les comunica algo de la vida que habita en Él. De igual modo hemos de compartir las preocupaciones, las ilusiones, las dificultades de quienes tratamos, siendo uno más entre nuestros compañeros de oficio o profesión, sin que nos separe de ellos ninguna barrera: una estupenda característica del espíritu de la Obra, que no saca a nadie de su sitio y que nos invita a estar en el mundo sin ser mundanos.
Así hemos de conducirnos en el ambiente en que nos movemos, sin perder de vista que —si somos fieles— Jesucristo actúa en nosotros, y desea servirse de nuestro ejemplo y de nuestra palabra para llegar a otras personas, al tiempo que ellas nos enriquecen con su amistad. Nada más lógico que los verdaderos amigos se comuniquen entre sí sus alegrías y sus penas, su quehacer y, desde luego, el tesoro mayor que posee un cristiano: precisamente, la vida de Cristo. Les hablaremos de Dios, del gozo de tenerlo en nuestra alma en gracia, del valor inmenso que sólo Él puede conferir a una existencia humana.
Actuando así, los cristianos cooperan eficazmente en la misión evangelizadora de la Iglesia, metiendo a Cristo en el corazón y en el alma de sus conocidos, para contribuir a alzar la Cruz en la cima de todas las actividades humanas.
Apostolado de la familia y con la juventud
30. Son muchas las actividades que contribuyen a fortalecer la extensión del reino de Dios. Sin embargo, algunas tienen objetivamente una trascendencia mayor, según las necesidades de cada época y de cada lugar. La familia, la formación de la juventud, el mundo de la cultura, plantean, en gran parte, el reto de la nueva evangelización a la que impulsa el Santo Padre.
La familia necesita urgentemente que se reafirme su humus originario, querido por Dios en la creación, que desgraciadamente las costumbres y las leyes civiles de muchos países se empeñan en pervertir. Es una tarea de importancia capital, en la que los católicos coincidimos con personas de otras creencias, o sin religión alguna, conscientes de que la promoción de la familia —comunión de amor entre un hombre y una mujer, indisoluble y abierta a la vida— construye una columna insustituible para la recta ordenación de la sociedad, y un fundamento importante para que los hombres alcancen la madurez y la felicidad. Además de lo que podamos contribuir en colaboración con otras gentes, personalmente se puede ayudar, por ejemplo, a que los cónyuges se perdonen mutuamente y entiendan mejor que su vida es entrega al otro; y, si se trata de un matrimonio cristiano, a que comprendan que participan en un misterio: en la unión de Cristo con su Iglesia. Esa fidelidad de ambos, manifestación del amor verdadero con el paso del tiempo, traza también el camino para llegar al Cielo.
La labor apostólica con la juventud constituirá siempre un reto vital para el mundo y para la Iglesia, porque en esos años se forjan quienes enderezarán el rumbo de la sociedad y la harán avanzar por las sendas trazadas por el Creador y Redentor.
En este ámbito, cobra especial relieve el apostolado de la diversión y el buen uso del tiempo libre. Me limito a recordaros lo que os escribí en 2002: que es preciso llenar de contenido cristiano «las costumbres, las leyes, la moda, los medios de comunicación, las expresiones artísticas. Aspectos todos que laten en el corazón de la batalla para la nueva evangelización de la sociedad, a la que el Santo Padre convoca sin tregua a los cristianos».
Apostolado y cultura
31. El amplio mundo del pensamiento y de la cultura, de las ciencias, las letras y la técnica, sigue demostrándose como un área privilegiada que es preciso iluminar con las luces del Evangelio. «Los cristianos, pues, han de tener una fe que les permita enfrentarse críticamente con la cultura actual, resistiendo a sus seducciones; incidir eficazmente en los ámbitos culturales, económicos, sociales y políticos; manifestar que la comunión entre los miembros de la Iglesia católica y con los otros cristianos es más fuerte que cualquier vinculación étnica; transmitir con alegría la fe a las nuevas generaciones; construir una cultura cristiana capaz de evangelizar la cultura más amplia en que vivimos».
Los apostolados de la Obra son un mar sin orillas. Queremos abrir los brazos de par en par a cada persona, como Cristo en la Cruz. De ahí nuestro empeño por llegar a los que están más lejos de Dios, como nos enseñó san Josemaría, que amaba —siempre lo repitió— el apostolado ad fidem. Nuestro Padre nos alentaba a tener especial empeño en el apostolado ad gentes, con los gentiles (...). Primero —repetiré lo de siempre—, con una amistad sincera, leal, humanamente buena. Tomando ocasión de las múltiples relaciones que se originan en el ejercicio de la labor profesional, en un mundo caracterizado por la globalidad, resultará fácil dialogar con personas de otras confesiones y creencias, o con gentes sin religión alguna, con el deseo de suscitar en ellas el deseo de conocer mejor a Dios. Ayudaremos incluso a quienes muestren una actitud negativa frente a la Iglesia católica, si procuramos tratarles con mansedumbre, paciencia, comprensión y cariño.
Considero importante sobre todo —decía Benedicto XVI en un discurso a la Curia Romana— el hecho de que también las personas que se declaran agnósticas y ateas deben interesarnos a nosotros como creyentes. Cuando hablamos de una nueva evangelización, estas personas tal vez se asustan. No quieren verse a sí mismas como objeto de misión, ni renunciar a su libertad de pensamiento y de voluntad. Pero la cuestión sobre Dios sigue estando también en ellos, aunque no puedan creer en concreto que Dios se ocupa de nosotros.
Aunque en iniciativas de este tipo participen especialmente sólo algunos, sentimos el deber de apoyarlas con nuestra oración. Porque cada uno de nosotros, hijos de Dios en la Iglesia santa, sólo quiere vivir para llevar el nombre del Señor a todos los pueblos y a todas las culturas, hasta los últimos rincones de la tierra (cfr. Hch 9, 15).

FORMACIÓN PROFESIONAL
32. Al constituir el trabajo ordinario, según el espíritu del Opus Dei, el quicio de la santificación personal y el marco habitual de la labor apostólica de sus fieles, se comprende que en la Prelatura se fomente la buena preparación profesional. El estudio, la formación profesional que sea, es obligación grave entre nosotros.
En tiempos recientes, el Magisterio de la Iglesia ha abordado el tema del trabajo —y todos leemos esa enseñanza pensando en la predicación de san Josemaría, desde 1928— como ámbito para la búsqueda de la santidad por parte de los fieles laicos. Ha insistido en «la formación de una espiritualidad del trabajo, que ayude a todos los hombres a acercarse a través de él a Dios, Creador y Redentor, a participar en sus planes salvíficos respecto al hombre y al mundo, y a profundizar en sus vidas la amistad con Cristo».
Trabajo y unidad de vida
33. En la homilía Amar al mundo apasionadamente, san Josemaría insistió en la importancia de la unidad de vida en el cristiano, que armoniza la piedad, el trabajo y el apostolado. Lo he enseñado constantemente con palabras de la Escritura Santa: el mundo no es malo, porque ha salido de las manos de Dios, porque es criatura suya, porque Yaveh lo miró y vio que era bueno (cfr. Gn 1, 7 y ss). Somos los hombres los que lo hacemos malo y feo, con nuestros pecados y nuestras infidelidades. No lo dudéis, hijos míos: cualquier modo de evasión de las honestas realidades diarias es para vosotros, hombres y mujeres del mundo, cosa opuesta a la voluntad de Dios.
Por el contrario, debéis comprender ahora —con una nueva claridad— que Dios os llama a servirle en y desde las tareas civiles, materiales, seculares de la vida humana: en un laboratorio, en el quirófano de un hospital, en el cuartel, en la cátedra universitaria, en la fábrica, en el taller, en el campo, en el hogar de familia y en todo el inmenso panorama del trabajo, Dios nos espera cada día. Sabedlo bien: hay un algo santo, divino, escondido en las situaciones más comunes, que toca a cada uno de vosotros descubrir (...).
No hay otro camino, hijos míos: o sabemos encontrar en nuestra vida ordinaria al Señor, o no lo encontraremos nunca. Por eso puedo deciros que necesita nuestra época devolver —a la materia y a las situaciones que parecen más vulgares— su noble y original sentido, ponerlas al servicio del Reino de Dios, espiritualizarlas, haciendo de ellas medio y ocasión de nuestro encuentro continuo con Jesucristo.
La formación que proporciona la Prelatura tiende a fomentar el necesario espíritu sobrenatural, para que cada uno se empeñe en realizar el trabajo con la mayor perfección humana posible y con afán de servicio, convirtiéndolo en instrumento de santidad y de apostolado. Para eso, hemos de esforzarnos por alcanzar el necesario prestigio profesional entre nuestros compañeros, que se adquiere con el empeño y la dedicación a lo largo de los años. Cada uno recibe esta formación específica como los demás ciudadanos: en las universidades, en las escuelas técnicas, en los talleres, etc., donde realiza sus estudios o aprende un oficio. El espíritu de la Obra nos impulsa a conservar y a mejorar con constancia esa preparación. Todos nos sabemos libérrimos, tanto en el momento de elegir la profesión como al ejercitarla. La Obra sólo enseña el modo de santificarse en esas tareas, sin inmiscuirse en las opciones laborales de cada uno.
No importa el tipo de tarea que se lleve a cabo, siempre que sea honrada: ¿qué es más importante: ser catedrático en la Sorbona o hacer los trabajos de la casa? Te diré que si tú eres santa, porque te estás santificando en el trabajo, eso es lo más importante. Y añadía en otro momento: cuando, refiriéndome a las mujeres de la limpieza que trabajan en la Universidad de Navarra, afirmo que no sé si su trabajo es tan importante o más que el de la Junta de Gobierno, no hago comedia: repito sencillamente lo que he pensado siempre. La tarea de una de esas mujeres que acude con alegría y lo hace todo por amor, puede ser heroica, nada vulgar, y desde luego más eficaz que la de un gran investigador que sólo piense en publicar sus estudios. Insisto, ¿qué vale más?: depende del amor y del sacrificio con que se realiza el propio trabajo, pero con un sacrificio gustoso, alegre, voluntario; en caso contrario, es mejor que no se haga.
A todos los católicos compete el deber de hacer cuanto esté en su mano para que Cristo reine efectivamente en la sociedad, y estas ansias santas se manifiestan también procurando adquirir el necesario prestigio profesional, candelero para que brille la luz de Cristo (cfr. Mc 4, 21).
Los estudiantes, por su parte, han de sentir el deber de obtener buenas calificaciones. No me olvidéis aquella consideración que san Josemaría escribió en Camino, que ha servido de guía a tantas generaciones de jóvenes en el mundo entero: una hora de estudio, para un apóstol moderno, es una hora de oración.
Rectitud de intención
34. Al mismo tiempo que cuidamos la preparación profesional, recordemos con responsabilidad que la ocupación laboral —cualquiera— nos traza siempre un medio para alcanzar la santidad y atender el apostolado. Es muy necesario no perder este punto de mira en los momentos actuales, porque en la sociedad de hoy, altamente competitiva, resulta fácil poner la profesión en la primera línea de los afanes, por encima de los otros deberes con Dios, con la propia familia y con las demás personas. Os insisto, con nuestro Padre: trabajad cara a Dios, sin ambicionar gloria humana. Algunos ven en el trabajo un medio para conquistar honores, o para adquirir poder o riqueza que satisfaga su ambición personal, o para sentir el orgullo de la propia capacidad de obrar.
Los hijos de Dios en su Opus Dei no vemos jamás en nuestro trabajo profesional algo relacionado con el egoísmo, la vanidad o la soberbia: vemos solamente una posibilidad de servir a todos los hombres por amor a Dios. Por eso, añadía: un buen índice de la rectitud de intención, con la que debéis realizar vuestro trabajo profesional, es precisamente el modo en que aprovecháis las relaciones sociales o de amistad, que nacen al desempeñar la profesión, para acercar a Dios esas almas: llegando, en su caso, si se ven las oportunas circunstancias, a plantearles el problema de su vocación.
En el marco de la preparación profesional, hemos de tender necesariamente a conocer bien aquellos temas de la doctrina católica más relacionados con el ámbito de la propia profesión, o que gozan de especial actualidad en el país; quizá distintos de un lugar a otro, pero algunos con vigencia en todas partes; por ejemplo, los relacionados con el matrimonio y la familia, la educación, el "evangelio de la vida", la bioética, la justicia y la caridad en las relaciones laborales... Por eso, el ejemplo de rectitud en el cumplimiento de los deberes profesionales, familiares y sociales constituye un testimonio fehaciente que todos hemos de dar. «Como consecuencia de vuestra rectitud humana y cristiana —os he escrito—, nacerán además —en los ambientes en los que os desenvolvéis— muchas iniciativas directamente encaminadas a resolver concretos problemas sociales, en noble y fraterna colaboración con otros hombres y mujeres de buena voluntad. Alzo en estos momentos mi corazón en acción de gracias a Nuestro Señor, porque alrededor de la Prelatura, con la ayuda de tantos Cooperadores, católicos y no católicos, florecen abundantes realidades de solidaridad que contribuyen a implantar la justicia y la paz sobre la tierra, llevando a decenas de millares de personas —como decía nuestro Padre— el bálsamo fuerte y pacífico del amor (Es Cristo que pasa, n. 183)».
Espontaneidad apostólica
35. Hijas e hijos míos, he querido poner de nuevo ante vuestros ojos que la única ambición, el único deseo del Opus Dei y de cada uno de sus hijos es servir a la Iglesia, como Ella quiere ser servida, dentro de la específica vocación que el Señor nos ha dado. Y con alguna frecuencia, san Josemaría se refirió al Opus Dei diciendo que es una desorganización organizada, porque el modo propio de colaborar en la misión de la Iglesia, querido por Dios, consiste en proporcionar formación a las personas, en los diversos aspectos. Se puede afirmar que la Prelatura del Opus Dei gasta todas sus energías en esta tarea, en esta catequesis. Luego, vosotras, vosotros, singularmente, con el bagaje de la preparación recibida y asimilada, con libertad y responsabilidad personales, procuráis infundir la linfa del espíritu cristiano en el torrente circulatorio de la sociedad.
Respondiendo a la pregunta de un periodista sobre este aspecto tan característico de la Obra, nuestro Padre explicaba que concedemos una importancia primaria y fundamental a la espontaneidad apostólica de la persona, a su libre y responsable iniciativa, guiada por la acción del Espíritu; y no a las estructuras organizativas, mandatos, tácticas y planes impuestos desde el vértice, en sede de gobierno.
Antes de concluir, vuelvo a lo fundamental: esforcémonos día tras día en nuestra dedicación cristiana a Dios y a los demás. Esmerémonos por ser mujeres y hombres fidelísimos al Romano Pontífice, rezando con continuidad por su persona e intenciones; vivamos una afectiva y efectiva unión con los Obispos y todos los fieles católicos. Llenémonos de optimismo y de gratitud al Señor, al participar en la nueva evangelización. Recurramos a la intercesión de la Santísima Virgen, Reina del mundo y Madre de la Iglesia, para que nos obtenga del Cielo las gracias necesarias.
Como es natural, ponemos como especial intercesor de toda esta labor formativa a san Josemaría, que con su vida y enseñanzas ha dejado bien plasmado el espíritu recibido de Dios el 2 de octubre de 1928, para que sus hijas e hijos, y muchas otras personas, podamos recorrer todos los senderos de la tierra, haciéndolos divinos con la gracia del Espíritu Santo.
Con todo cariño, os bendice
vuestro Padre
+ Javier
Roma, 2 de octubre de 2011.

La verdadera pureza


Durante la ‘JMJ’ de Madrid 2011, Benedicto XVI aconsejó a los jóvenes que hicieran crecer la vida en plenitud por medio de la gracia divina, que se plantearan la santidad generosamente y sin mediocridad

      El Lavatorio de Tintoretto es un cuadro de escuela veneciana, pintado hacia 1547, que se puede contemplar en el Museo del Prado. Representa la escena que narra San Juan (13, 3 ss.), cuando Jesús lava los pies a sus discípulos, también a Pedro. Éste se resiste al principio, pero enseguida rectifica. Después el Señor les propone que sigan ese ejemplo, y se laven los pies entre ellos. Esto suele interpretarse diciendo que el lavatorio, en primer lugar, expresa la purificación que necesitaban los discípulos, realizada por el misterio de la muerte de Jesús. En segundo lugar, expresa el ejemplo de humildad que Jesús propone a los discípulos. Algunos autores dicen que lo segundo sería una añadidura “moral” a lo primero, e incluso podría oscurecerlo.
      En realidad se trata de dos aspectos muy unidos. Y esto se ve cuando Jesús enuncia su mandamiento nuevo: «Amaos los unos a los otros como yo os he amado» (v. 34). Pero ¿qué quieren decir propiamente estas palabras?

La purificación que necesitamos

      Comencemos con la purificación o la pureza. Hay dos modos de entender reductivamente la pureza que necesitamos los hombres para unirnos a Dios. Primero, el camino que tomaron las religiones antiguas: habían sentido vivamente la necesidad de purificarse y la resolvieron por medio de una serie de ritos (en la religión judía, por medio de sacrificios de animales). Segundo, para Plotino y después muchos de sus seguidores filósofos (lo que queda en buena parte de la ética oriental), la purificación del hombre consistiría más bien en irse separando de las realidades materiales de este mundo, considerándolas inferiores y despreciables, para ir ascendiendo hasta la unión con el espíritu absoluto.
      Esto lo desarrolla Benedicto XVI en el volumen segundo de su libro Jesús de Nazaret (cap. 3). Sostiene que, según la fe cristiana, lo que nos purifica es el amor de Jesús, que supera los sacrificios de los animales. Además, Jesús no renuncia en modo alguno a su cuerpo, sino que realiza su obra redentora precisamente como Dios encarnado.
      Todo ello, por cierto, tiene una gran importancia para comprender en qué consiste la vida cristiana (vivir la misma vida de Cristo) y cómo la santidad se lleva a cabo en y por medio de las tareas ordinarias familiares, profesionales, culturales.
      Sin embargo, incluso dentro del cristianismo se han dado malentendidos, como señala el Papa: «La espiritualidad del siglo XIX ha vuelto a convertir en unilateral el concepto de pureza, reduciéndolo cada vez más a la cuestión del orden en el ámbito sexual, contaminándolo también nuevamente con la desconfianza respecto a la esfera material y al cuerpo». Y aquí viene lo importante: en la gran aspiración de la humanidad a la pureza, afirma, «lo esencial es estar en su Cuerpo [de Jesús], estar penetrados por su presencia» (pp. 76s).
      Esta perspectiva termina por esclarecer el sentido del lavatorio de los pies de los discípulos, también respecto a la segunda significación: el ejemplo de humildad y entrega que Jesús da a sus discípulos. Porque ¿qué significa «amaos como yo os he amado»?

El significado del "mandamiento nuevo"

      Apunta Joseph Ratzinger: «La exigencia de hacer lo que Jesús hizo no es un apéndice moral al misterio y, menos aún, algo en contraste con él» (p. 80). No significa simplemente «amar hasta estar dispuestos a sacrificar la propia vida por el otro» (p. 81). La verdadera novedad se refiere «al nuevo fundamento del ser que se nos ha dado». Dicho de otro modo: «La novedad solamente puede venir del don de la comunión con Cristo, del vivir en Él» (p. 82). En efecto: esto es lo que Cristo nos da con la Eucaristía: la unión con Él y todos los que están con Él. Por eso el “mandamiento nuevo” sólo puede ser entendido y vivido“en” la Iglesia, Cuerpo místico de Cristo.
      Benedicto XVI cita a San Agustín cuando éste explica que Jesús, al proponer en el Sermón de la Montaña la limpieza de corazón (cf. Mt 5, 8), está hablando de ese “corazón puro” que es la unión con Él y que nos va purificando, a medida que nos dejamos sumergir en su misericordia.
      Por eso —prosigue el Papa— Tomás de Aquino escribió que la nueva Ley (la Ley del amor cristiano o de la vida de la gracia) no es una norma nueva, sino la nueva interioridad dada por el mismo Espíritu de Dios. (Es decir: es el Espíritu Santo el que nos hace ser miembros de ese mismo Cuerpo que formamos con Jesús, y nos hace vivir no ya individualmente, sino en la familia de Dios que es la Iglesia, al servicio de las necesidades de los demás).
      De esta manera Benedicto XVI entiende que el lavatorio de los pies «significa la totalidad del servicio salvador de Jesús»: ese amor suyo en el que nos sumerge, y que es «el verdadero lavatorio de purificación para el hombre» (p. 92).

La verdadera pureza: el amor a Dios y a los demás

      En definitiva, como hemos visto, su argumentación es que la verdadera pureza que trae el cristianismo va más allá de una mera “pureza ritual”, y también de una mera exigencia para la voluntad (una suprema exigencia moral). La verdadera pureza es la del amor a Dios y a los demás, en identificación con Cristo, y por tanto vivido en la Iglesia con todas las consecuencias. Entre ellas está la santificación del propio cuerpo y de las demás nobles realidades humanas, para que ahí se encarne la vida divina, que la recibimos para darla.
      Pues bien, esto se realiza concretamente gracias al el sacramento del Bautismo, y por ese segundo bautismo que es la Confesión de los pecados (cf. 1 Jn 8, ss; St 5, 16): «En la confesión el Señor vuelve a lavar siempre nuestros pies sucios y nos prepara para la comunión de mesa con Él» (p. 93).
      Durante la JMJ de Madrid 2011, Benedicto XVI aconsejó a los jóvenes que hicieran crecer la vida en plenitud por medio de la gracia divina. Que se plantearan la santidad generosamente y sin mediocridad. Y que tuvieran presente que «ante nuestras flaquezas, que a veces nos abruman, contamos también con la misericordia del Señor, siempre dispuesto a darnos de nuevo la mano, y que nos ofrece el perdón en el sacramento de la Penitencia» (Discurso en la plaza de Cibeles, 18-VIII-2011).
      De hecho hubo esos días muchos miles de confesiones, y sigue habiéndolas, porque la verdadera pureza de corazón sólo se alcanza dejándose sumergir en el Cuerpo de Cristo, para vivir con Él por los demás.

13 octubre 2011


"DEBEMOS PERMANECER SIEMPRE ABIERTOS A LA ESPERANZA"


El Papa ayer en la Audiencia General

Queridos hermanos y hermanas:
En las anteriores catequesis hemos meditado sobre algunos Salmos de lamento y de fe. Hoy quisiera reflexionar con vosotros sobre un Salmo de tipo festivo, una oración que, en la alegría, habla de las maravillas de Dios. Es el Salmo 126 -según la numeración greco-latina el 125-, que celebra las grandes cosas que el Señor ha realizado en su pueblo y que continuamente realiza en todos los creyentes.
El Salmista, en nombre de todo Israel, comienza su oración recordando la experiencia exultante de la salvación:
“Cuando Yaveh hizo volver a los cautivos de Sión,
como soñando nos quedamos;
entonces se llenó de risa nuestra boca
y nuestros labios de gritos de alegría” (vv. 1-2a).

El Salmo habla de una “suerte restablecida”, es decir restituida a su estado original, en toda su anterior positividad. Es decir, se parte de una situación de sufrimiento y de necesidad a la que Dios responde dando la salvación y llevando al orante a la condición anterior, incluso enriquecida y mejorada. Es lo que le sucede a Job, cuando el Señor le devuelve todo lo que había perdido, redoblándolo y ampliando una bendición todavía mayor (cfr Jb 42,10-13), es lo que experimenta el pueblo de Israel cuando vuelve a su patria tras el exilio en Babilonia. Es justamente la referencia al fin de la deportación en tierra extranjera lo que se interpreta en este Salmo: la expresión “restablecer la suerte de Sión” es leída y comprendida por la tradición como un “hacer volver a los prisioneros de Sión”. En efecto, el retorno del exilio es el paradigma de toda intervención divina de salvación porque la caída de Jerusalén y la deportación a Babilonia han sido unas experiencias devastadoras para el pueblo elegido, no sólo sobre el plano político y social, sino también y sobre todo en el plano religioso y espiritual. La pérdida de la tierra, el final de la monarquía davídica y la destrucción del Templo parecen un desmentido de las promesas divinas, y el pueblo de la alianza, dispersado entre los paganos, se interroga dolorosamente sobre un Dios que parece haberlos abandonado. Por esto, el final de la deportación y el retorno a la patria se experimentan como un maravilloso retorno a la fe, a la confianza, a la comunión con el Señor; es un “restablecimiento de la suerte” que implica también la conversión del corazón, el perdón, la amistad reencontrada con Dios, la conciencia de su misericordia y la renovada posibilidad de alabarlo (cfr Jr 29,12-14; 30,18-20; 33,6-11; Ez 39,25-29). Se trata de una experiencia de alegría abrumadora, de sonrisas y de gritos de júbilo, talmente bella que “nos parece soñar”. Las intervenciones divinas tienen, a menudo, formas inesperadas, que van más allá de lo que el hombre pueda imaginar; de aquí la maravilla y el gozo que se expresan en la alabanza: “El Señor ha hecho cosas grandes”. Es lo que dicen las naciones y es lo que proclama Israel:
“Hasta los mismos paganos decían:
'¡El Señor hizo por ellos grandes cosas!'.
¡Grandes cosas hizo el Señor por nosotros
y estamos rebosantes de alegría!” (vv. 2b-3).

Dios hace maravillas en la historia de los hombres. Realizando la salvación, se revela a todos como Señor potente y misericordioso, refugio del oprimido, que no se olvida del lamento de los pobres (cfr Sal 9,10.13), que ama la justicia y el derecho y de cuyo amor está llena la tierra (cfr Sal 33,5).
Por esto, ante la liberación del pueblo de Israel, todas las gentes reconocen las cosas grandes y estupendas que Dios realiza para su pueblo y celebran al Señor en su realidad de Salvador. Israel se hace eco de la proclamación de las naciones y la repite, pero como protagonista, como directo destinatario de la acción divina: “Grandes cosas ha hecho el Señor por nosotros”; “por nosotros” o más precisamente “con nosotros”, en hebreo ‘immanû, afirmando así esta relación privilegiada que el Señor tiene con sus elegidos y que encontrará en el nombre Emmanuel, "Dios con nosotros", con el que se conoce a Jesús, su culmen y su plena manifestación (cfr Mt 1,23).
Queridos hermanos y hermanas, en nuestra oración debemos considerar más a menudo como, en los sucesos de nuestra vida, el Señor nos ha protegido, guiado, ayudado y así alabarlo por todo lo que ha hecho por nosotros. Debemos estar atentos a las cosas buenas que el Señor nos da. Estamos siempre pendientes de los problemas, las dificultades y casi no queremos darnos cuentas de las cosas buenas que vienen del Señor. Esta atención, que se convierte en gratitud, es muy importante para nosotros y nos crea un recuerdo del bien que nos ayuda también en las horas de oscuridad. Dios realiza cosas grandes, y quien experimenta esto -atento a la bondad del Señor con la atención del corazón- está lleno de alegría. Con esta nota festiva se concluye la primera parte del Salmo. Ser salvados y volver a la patria del exilio es como volver a la vida: la liberación abre a la risa, pero junto a la esperanza de un cumplimiento que todavía hay que desear y pedir. Esta es la segunda parte del Salmo que dice así:
“¡Cambia, Señor, nuestra suerte
como los torrentes del Négueb!
Los que siembran entre lágrimas
cosecharán entre canciones.

El sembrador va llorando
cuando esparce la semilla,
pero vuelve cantando
cuando trae las gavillas” (vv. 4-6)

Si al comienzo de la oración, el Salmista celebraba la alegría de una suerte restablecida por el Señor, ahora la pide como una cosa que no se ha realizado todavía. Si se aplica este Salmo a la vuelta del exilio, esta aparente contradicción se explicaría con la experiencia histórica, vivida por Israel, de vuelta a una patria difícil, sólo parcial, que induce al orante a solicitar una ulterior intervención divina para llevar a plenitud la restauración del pueblo.
Pero el Salmo va más allá del dato puramente histórico para abrirse a dimensiones más amplias, de tipo teológico. La experiencia consoladora de la liberación de Babilonia está inacabada, “ya” sucedida, pero “aún no” ha llegado a su plenitud. Así, mientras en la alegría se celebra la salvación recibida, la oración se abre a la esperanza de una plena realización. Por esto el Salmo utiliza imágenes particulares que, con su complejidad, remiten a la realidad misteriosa de la redención, en la que se entrelazan el don recibido y el que todavía no ha llegado, vida y muerte, alegría soñadora y lágrimas penosas. La primera imagen hace referencia a los torrentes secos del Négueb, que con las lluvias se colman de aguas impetuosas que devuelven la vida al terreno seco y lo hacen reflorecer. La petición del Salmista es, por tanto, que el restablecimiento de la suerte del pueblo y la vuelta del exilio sean como el agua, abrumadora e imparable, y capaz de transformar el desierto en una inmensa región de hierba verde y flores.
La segunda imagen se desplaza de las colinas áridas y rocosas del Négueb a los campos que los agricultores cultivan para obtener el alimento. Para hablar de salvación, se recuerda aquí la experiencia de cada año que se renueva en el mundo agrícola: el momento difícil y fatigoso de la siembra, y la alegría tremenda de la recogida. Una siembra que se acompaña con las lágrimas, porque se tira lo que todavía se podría convertir en pan, exponiéndose a una espera llena de inseguridades: campesino trabaja, prepara el terreno, esparce la semilla, pero, como tan bien ilustra la parábola del sembrador, no sabe donde acerá esta semilla, si los pájaros se la comerán, si se echará raíces, si se convertirá en espiga (cfr Mt 13,3-9; Mc 4,2-9; Lc 8,4-8). Esparcir la semilla es un gesto de confianza y de esperanza; es necesario el trabajo del hombre, pero luego se entra en una espera impotente, sabiendo que muchos factores serán determinantes para el buen resultado de la recogida y que el riesgo de un fracaso está siempre presente. Pero, año tras año, el campesino repite su gesto y lanza su semilla. Cuando esta se convierte en espiga y los campos se llenan de mies, entonces aparece la alegría de quien está ante un prodigio extraordinario. Jesús conocía bien esta experiencia y hablaba de ella con los suyos: “Decía: 'Así es el Reino de Dios: como un hombre que lanza la semilla en el terreno; duerma o vele, de noche o de día, la semilla germina y crece. Cómo, él mismo no lo sabe” (Mc 4,26-27). Es el misterio escondido de la vida, son las maravillosas “cosas grandes” de la salvación que el Señor realiza en la historia de los hombres y cuyo secreto los hombres ignoran. La intervención divina, cuando se manifiesta en plenitud, muestra una dimensión abrumadora, como los torrentes del Négueb y como el grano de los campos, evocador este último de la desproporción típica de las cosas de Dios: desproporción entre el cansancio de la siembra y la inmensa alegría de la recogida, entre el ansia de la espera y la visión tranquilizadora de los graneros llenos, entre las pequeñas semillas lanzadas a la tierra y la visión de las gavillas doradas por el sol. En la cosecha todo se transforma, el llanto termina, deja su lugar a gritos de alegría exultante.
A todo esto se refiere el Salmista para hablar de la salvación, de la liberación, del restablecimiento de la suerte, del retorno del exilio. La deportación a Babilonia, como toda situación de sufrimiento y de crisis, con su oscuridad dolorosa hecha de dudas y de aparente lejanía de Dios, en realidad, dice nuestro Salmo, es como una siembra. En el Misterio de Cristo, a la luz del Nuevo Testamento, el mensaje se hace más explícito y claro: el creyente que atraviesa esa oscuridad es como el grano de trigo que cae en tierra y muere, pero para dar mucho fruto (cfr Jn 12,24); o bien, retomando otra imagen querida por Jesús, es como la mujer que sufre con los dolores del parto para poder llegar a la gloria de haber dado a la luz una vida nueva (cfr Jn 16,21).
Queridos hermanos y hermanas, este Salmo nos enseña que, en nuestra oración, debemos permanecer siempre abiertos a la esperanza y firmes en la fe en Dios. Nuestra historia, aunque marcada a menudo por el dolor, las inseguridades y momentos de crisis, es una historia de salvación y de “restablecimiento de la suerte”. En Jesús termina nuestro exilio, toda lágrima se enjuga, en el misterio de su Cruz, de la muerte transformada en vida, como el grano de trigo que se destruye en la tierra y se convierte en espiga. También para nosotros este descubrimiento de que Jesús es la gran alegría del “sí”de Dios, del restablecimiento de nuestra suerte. Pero como aquellos que -volviendo de Babilonia llenos de alegría- encontraron una tierra empobrecida, devastada, como también las dificultades de la siembra hacen llorar a los que no saben si al final habrá cosecha. Así también nosotros, después del gran descubrimiento de Jesucristo -nuestra vida, camino y verdad- entrando en el terreno de la fe, en “la tierra de la Fe”, encontramos a menudo una vida oscura, dura difícil, una siembra con lágrimas, pero seguros de que la luz de Cristo, al final, nos da una gran cosecha. Debemos aprender esto también en las noches oscuras; no olvidar que la luz está, que Dios ya está en medio de nuestras vidas y que podemos sembrar con la gran confianza de que el “sí” de Dios es más fuerte que todos nosotros. Es importante no perder este recuerdo de la presencia de Dios en nuestra vida, esta alegría profunda de que Dios ha entrado en nuestra vida, liberándonos: es la gratitud por el descubrimiento de Jesucristo, que ha venido a nosotros. Y esta gratitud se transforma en esperanza, es estrella de la esperanza que nos da la confianza, es la luz porque los dolores de la siembra son el inicio de la nueva vida, de la grande y definitiva alegría de Dios.

12 octubre 2011


DISCURSO DEL PAPA DURANTE LAS VÍSPERAS EN LA CARTUJA DE SAN BRUNO


Venerados Hermanos en el Episcopado, queridos hermanos cartujos, hermanos y hermanas:
Doy gracias al Señor que me ha traido a este lugar de fe y de oración, la Cartuja de Serra San Bruno. Al renovar mi saludo reconocido a monseñor Vincenzo Bertolone, arzobispo de Catanzaro-Squillace, me dirijo con gran afecto a esta comunidad cartuja, a cada uno de sus miembros, a partir del Prior, padre Jacques Dupont, a quien doy las gracias de corazón por sus palabras, pidiéndole que haga llegar mi pensamiento grato y bendiciente al Ministro General y a las Monjas de la Orden.
Quisiera ante todo subrayar que esta visita mía se pone en continuidad con algunos signos de fuerte comunión entre la Sede Apostólica y la Orden Cartuja, que han tenido lugar durante el siglo pasado. En 1924 el Papa Pío XI emanó una Constitución Apostólica con la que aprobó los Estatutos de la Orden, revisados a la luz del Código de Derecho Canónico. En mayo de 1984, el beato Juan Pablo II dirigió al Ministro General una Carta especial, con ocasión del noveno centenario de la fundación por parte de san Bruno de la primera comunidad en la Chartreuse, cerca de Grenoble. El 5 de octubre de ese mismo año, mi amado Predecesor vino aquí, y el recuerdo de su paso entre estos muros está aún vivo. En la estela de estos acontecimiento pasados, pero siempre actuales, vengo hoy a vosotros, y quisiera que este encuentro nuestro pusiera de relieve un vínculo profundo que existe entre Pedro y Bruno, entre el servicio pastoral a la unidad de la Iglesia y la vocación contemplativa en la Iglesia. La comunión eclesial de hecho necesita una fuerza interior, esa fuerza que hace poco el padre prior recordaba citando la expresión "captus ab Uno", referida a san Bruno: "aferrado por el Uno", por Dios, "Unus potens per omnia", como hemos cantado en el himno de las Vísperas. El ministerio de los pastores toma de las comunidades contemplativas una linfa espiritual que viene de Dios.
"Fugitiva relinquere et aeterna captare": abandonar las realidades fugitivas e intentar aferrar lo eterno. En esta expresión de la carta que vuestro Fundador dirigió al Preboste de Reims, Rodolfo, se encierra el núcleo de vuestra espiritualidad (cfr Carta a Rodolfo, 13): el fuerte deseo de entrar en unión de vida con Dios, abandonando todo lo demás, todo aquello que impide esta comunión y dejándose aferrar por el inmenso amor de Dios para vivir sólo de este amor. Queridos hermanos, vosotros habéis encontrado el tesoro escondido, la perla de gran valor (cfr Mt 13,44-46); habéis respondido con radicalidad a la invitación de Jesús: “Si quieres ser perfecto, le dijo Jesús ve, vende todo lo que tienes y dalo a los pobres: así tendrás un tesoro en el cielo. Después, ven y sígueme" (Mt 19,21). Todo monasterio – masculino o femenino – es un oasis en el que, con la oración y la meditación, se excava incesantemente el pozo profundo del que tomar el “agua viva” para nuestra sed más profunda. Pero la Cartuja es un oasis especial, donde el silencio y la soledad son custodiados con particular cuidado, según la forma de vida iniciada por san Bruno y que ha permanecido sin cambios en el curso de los siglos. “Habito en el desierto con los hermanos”, es la frase sintética que escribía vuestro Fundador (Carta a Rodolfo, 4). La visita del Sucesor de Pedro a esta histórica Cartuja pretende confirmar no sólo a vosotros, que vivís aquí, sino a toda la Orden en su misión, de lo más actual y significativa en el mundo de hoy.
El progreso técnico, especialmente en el campo de los transportes y de las comunicaciones, ha hecho la vida del hombre más confortable, pero también más agitada, a veces convulsa. Las ciudades son casi siempre ruidosas: raramente hay silencio en ellas, porque un ruido de fondo permanece siempre, en algunas zonas también de noche. En las últimas décadas, además, el desarrollo de los medios de comunicación ha difundido y amplificado un fenómeno que ya se perfilaba en los años Sesenta: la virtualidad, que corre el riesgo de dominar sobre la realidad. Cada vez más, incluso sin darse cuenta, las personas están inmersas en una dimensión virtual a causa de mensajes audiovisuales que acompañan su vida de la mañana a la noche. Los más jóvenes, que han nacido ya en esta condición, parecen querer llenar de música y de imágenes cada momento vacío, casi por el miedo de sentir, precisamente, este vacío. Se trata de una tendencia que siempre ha existido, especialmente entre los jóvenes y en los contextos urbanos más desarrollados, pero hoy ha alcanzado un nivel tal que se habla de mutación antropológica. Algunas personas ya no son capaces de quedarse durante mucho rato en silencio y en soledad.
He querido aludir a esta condición sociocultural, porque esta pone de relieve el carisma específico de la Cartuja, como un don precioso para la Iglesia y para el mundo, un don que contiene un mensaje profundo para nuestra vida y para toda la humanidad. Lo resumiría así: retirándose en el silencio y en la soledad, el hombre, por así decirlo, se “expone” a la realidad de su desnudez, se expone a ese aparente “vacío” que señalaba antes, para experimentar en cambio la Plenitud, la presencia de Dios, de la Realidad más real que exista, y que está más allá de la dimensión sensible. Es una presencia perceptible en toda criatura: en el aire que respiramos, en la luz que vemos y que nos calienta, en la hierba, en las piedras... Dios, Creator omnium, atraviesa todo, pero está más allá, y precisamente por esto es el fundamento de todo. El monje, dejando todo, por así decirlo, “se arriesga”, se expone a la soledad y al silencio para no vivir de otra cosa más que de lo esencial, y precisamente viviendo de lo esencial encuentra también una profunda comunión con los hermanos, con cada hombre.
Alguno podría pensar que sea suficiente con venir aquí para dar este “salto”. Pero no es así. Esta vocación, como toda vocación, encuentra respuesta en un camino, en la búsqueda de toda una vida. No basta, de hecho, con retirarse a un lugar como éste para aprender a estar en la presencia de Dios. Como en el matrimonio, no basta con celebrar el Sacramento para convertirse en una cosa sola, sino que es necesario dejar que la gracia de Dios actúe y recorrer juntos la cotidianeidad de la vida conyugal, así el llegar a ser monjes requiere tiempo, ejercicio, paciencia, “en una perseverante vigilancia divina – como afirmaba san Bruno – esperando el regreso del Señor para abrirle inmediatamente la puerta" (Carta a Rodolfo, 4); y precisamente en esto consiste la belleza de toda vocación en la Iglesia: dar tiempo a Dios de actuar con su Espíritu y a la propia humanidad de formarse, de crecer según la medida de la madurez de Cristo, en ese particular estado de vida. En Cristo está el todo, la plenitud; necesitamos tiempo para hacer nuestra una de las dimensiones de su misterio. Podríamos decir que éste es un camino de transformación en el que se realiza y se manifiesta el misterio de la resurrección de Cristo en nosotros, misterio al que nos ha remitido esta tarde la Palabra de Dios en la lectura bíblica, tomada de la Carta a los Romanos: el Espíritu Santo, que resucitó a Jesús de entre los muertos, y que dará la vida también a nuestros cuerpos mortales (cfr Rm 8,11), es Aquel que realiza también nuestra configuración a Cristo según la vocación de cada uno, un camino que discurre desde la fuente bautismal hasta la muerte, paso hacia la casa del Padre. A veces, a los ojos del mundo, parece imposible permanecer durante toda la vida en un monasterio, pero en realidad toda una vida es apenas suficiente para entrar en esta unión con Dios, en esa Realidad esencial y profunda que es Jesucristo.
¡Por esto he venido aquí, queridos hermanos que formáis la comunidad cartuja de Serra San Bruno! Para deciros que la Iglesia os necesita, y que vosotros necesitáis a la Iglesia. Vuestro lugar no es marginal: ninguna vocación es marginal en el Pueblo de Dios: somos un único cuerpo, en el que cada miembro es importante y tiene la misma dignidad, y es inseparable del todo. También vosotros, que vivís en un aislamiento voluntario, estáis en realidad en el corazón de la Iglesia, y hacéis correr por sus venas la sangre pura de la contemplación y del amor de Dios.
Stat Crux dum volvitur orbis – así reza vuestro lema. La Cruz de Cristo es el punto firme, en medio de los cambios y de las vicisitudes del mundo. La vida en una Cartuja participa de la estabilidad de la Cruz, que es la de Dios, de su amor fiel. Permaneciendo firmemente unidos a Cristo, como sarmientos a la Vid, también vosotros, hermanos cartujos, estáis asociados a su misterio de salvación, como la Virgen María, que junto a la Cruz stabat, unida al Hijo en la misma oblación de amor. Así, como María y junto con ella, también vosotros estáis insertos profundamente en el misterio de la Iglesia, sacramento de unión de los hombres con Dios y entre sí. En esto vosotros estáis también singularmente cercanos a mi ministerio. Vele por tanto sobre nosotros la Madre Santísima de la Iglesia, y que el santo padre Bruno bendiga siempre desde el cielo a vuestra comunidad.

CALABRIA, TIERRA DE PIEDAD MARIANA


El Papa en el rezo del Ángelus el día 9

Queridos hermanos y hermanas:
Mientras llegamos al término de nuestra celebración, nos dirigimos con filial devoción a la Virgen María, a la que en este mes de octubre veneramos en particular con el título de Reina del Santo Rosario. Sé que hay muchos santuarios marianos presentes en esta tierra vuestra, y me alegro de saber que aquí en Calabria está viva la piedad popular. Os aliento a practicarla constantemente a la luz de las enseñanzas del Concilio Vaticano II, de la Sede Apostólica y de vuestros Pastores. Confío a María con afecto vuestra comunidad diocesana, para que camine unida en la fe, en la esperanza y en la caridad. Que os ayude la Madre de la Iglesia a tener siempre en el corazón la comunión eclesial y el compromiso misionero. Que sostenga a los sacerdotes en su ministerio, ayude a los padres y a los maestros en su tarea educativa, consuele a los enfermos y a los que sufren, conserve a los jóvenes un alma pura y generosa. Invoquemos la intercesión de María también para los problemas sociales más graves de este territorio y de toda la Calabria, especialmente los del trabajo, de la juventud y del cuidado de las personas discapacitadas, que requieren creciente atención por parte de todos, en particular de las Instituciones. En comunión con vuestros obispos, os exhorto en particular a vosotros, fieles laicos, a que no falte la contribución de vuestra competencia y responsabilidad en la construcción del bien común.
Como sabéis, hoy por la tarde me dirigiré a Serra San Bruno para visitar la Cartuja. San Bruno vino a esta tierra hace nueve siglos, y dejó un signo profundo, con la fuerza de su fe. ¡La fe de los santos renueva el mundo! Con la misma fe, también vosotros, renovad hoy a vuestra amada Calabria!

HOMILÍA DEL PAPA EN LA MISA EN LAMEZIA TERME EN SU VIAJE PASTORAL


¡Queridos hermanos y hermanas!
Es grande mi alegría de poder partir con vosotros el pan de la Palabra de Dios y de la Eucaristía. Estoy contento de estar por primera vez aquí en Calabria y de encontrarme en esta Ciudad de Lamezia Terme. Os doy mi cordial saludo a todos vosotros que habéis venido tan numerosos y os doy las gracias por vuestra calurosa acogida. Saludo en particular a vuestro pastor, monseñor Luigi Antonio Cantafora, y le doy las gracias por las corteses palabras de bienvenida que me ha dirigido en nombre de todos. Saludo también a los arzobispos y a los obispos presentes, a los sacerdotes, a los religiosos y a las religiosas, a los representantes de las Asociaciones y de los Movimientos eclesiales. Dirijo un pensamiento deferente al alcalde, Prof. Gianni Speranza, agradecido por el cortés discurso de saludo, al representante del Gobierno y a las autoridades civiles y militares, que con su presencia han querido honrar este encuentro nuestro. Un agradecimiento especial a cuantos han colaborado generosamente a la realización de mi Visita Pastoral.
La liturgia de este domingo nos propone una parábola que habla de un banquete de bodas al que muchos son invitados. La primera lectura, tomada del libro de Isaías, prepara este tema, porque habla del banquete de Dios. Es una imagen – la del banquete – usada a menudo en las Escrituras para indicar la alegría en la comunión y en la abundancia de los dones del Señor, y deja intuir algo de la fiesta de Dios con la humanidad, como describe Isaías:“El Señor de los ejércitos ofrecerá a todos los pueblos sobre esta montaña un banquete de manjares suculentos, un banquete de vinos añejados”(Is 25,6). El profeta añade que la intención de Dios es la de poner fin a la tristeza y a la vergüenza; quiere que todos los hombres vivan felices en el amor hacia Él y en la comunión recíproca; su proyecto entonces es el de eliminar la muerte para siempre, de enjugar las lágrimas de todos los rostros, de hacer desaparecer la condición deshonrosa de su pueblo, como hemos escuchado (vv. 7-8). Todo esto suscita profunda gratitud y esperanza: “Ahí está nuestro Dios, de quien esperábamos la salvación: es el Señor, en quien nosotros esperábamos; ¡alegrémonos y regocijémonos de su salvación!”(v. 9).
Jesús en el Evangelio nos habla de la respuesta que se da a la invitación de Dios – representado por un rey – a participar en este banquete suyo (cfr Mt 22,1-14). Los invitados son muchos, pero sucede algo inesperado: rehúsan participar en la fiesta, tienen otras cosas que hacer; al contrario, algunos muestran despreciar la invitación. Dios es generoso hacia nosotros, nos ofrece su amistad, sus dones, su alegría, pero a menudo nosotros no acogemos sus palabras, mostramos más interés por otras cosas, ponemos en primer lugar nuestras preocupaciones materiales, nuestros intereses. La invitación del rey encuentra incluso reacciones hostiles, agresivas. Pero esto no frena su generosidad. Él no se desanima, y manda a sus siervos a invitar a muchas otras personas. El rechazo de los primeros invitados tiene como efecto la extensión de la invitación a todos, también a los más pobres, abandonados y desheredados. Los siervos reúnen a todos los que encuentran, y la sala se llena: la bondad del rey no tiene límites, y a todos se les da la posibilidad de responder a su llamada. Pero hay una condición para quedarse en este banquete de bodas: llevar el vestido de bodas. Y entrando en la sala, el rey advierte que uno no ha querido ponérselo y, por esta razón, es excluido de la fiesta. Quisiera detenerme un momento sobre este punto con una pregunta: ¿cómo es posible que este comensal haya aceptado la invitación del rey y, al entrar en la sala del banquete, se le ha abierto la puerta, pero no se ha puesto el vestido de bodas? ¿Qué es este vestido de bodas? En la Misa in Coena Domini de este año, hice referencia a un bello comentario de san Gregorio Magno a esta parábola. Él explica que ese comensal ha respondido a la invitación de Dios a participar en su banquete, tiene, en cierto modo, la fe que le ha abierto la puerta de la sala, pero le falta algo esencial: el vestido de bodas, que es la caridad, el amor. Y san Gregorio añade: "Cada uno de vosotros, por tanto, que en la Iglesia tiene fe en Dios ya ha tomado parte en el banquete de bodas, pero no puede decir que lleva vestido de bodas si no custodia la gracia de la Caridad” (Homilía 38,9: PL 76,1287). Y este vestido está tejido simbólicamente por dos leños, uno arriba y el otro abajo: el amor de Dios y el amor del prójimo (cfr ibid.,10: PL 76,1288). Todos nosotros somos invitados a ser comensales del Señor, a entrar con la fe en su banquete, pero debemos llevar y custodiar el vestido de bodas, la caridad, vivir un profundo amor a Dios y al prójimo.
¡Queridos hermanos y hermanas! He venido para compartir con vosotros las alegrías y esperanzas, las fatigas y empeños, los ideales y aspiraciones de esta comunidad diocesana. Sé que os habéis preparado a esta Visita con un intenso camino espiritual, adoptando como lema un versículo de los Hechos de los Apóstoles: “¡En el nombre de Jesucristo de Nazaret, levántate y camina!”(3,6). Sé que tampoco en Lamezia Terme, como en toda la Calabria, faltan dificultades, problemas y preocupaciones. Si observamos esta bella región, reconocemos en ella una tierra sísmica no sólo desde el punto de vista geológico, sino también desde un punto de vista estructural, comportamental y social; es decir, una tierra donde los problemas se presentan de forma aguda y desestabilizadora; una tierra donde el desempleo es preocupante, donde una criminalidad a menudo atroz hiere el tejido social, una tierra en la que se tiene la continua sensación de estar en emergencia. A la emergencia, vosotros los calabreses habéis sabido responder con una preparación y una disponibilidad sorprendentes, con una extraordinaria capacidad de adaptación a los problemas. Estoy seguro de que sabréis superar las dificultades de hoy para preparar un futuro mejor. No cedáis nunca a la tentación del pesimismo y de cerraros en vosotros mismos. Recurrid a los recursos de vuestra fe y de vuestras capacidades humanas; esforzaos en crecer en la capacidad de colaborar, de cuidar del otro y de todo bien público, custodiad el vestido de bodas del amor; perseverad en el testimonio de los valores humanos y cristianos tan profundamente arraigados en la fe y en la historia de este territorio y de su población.
¡Queridos amigos! Mi visita se coloca casi al final del camino emprendido por esta Iglesia local con la redacción del proyecto pastoral quinquenal. Deseo dar gracias con vosotros al Señor por el provechoso camino recorrido y por tantas semillas de bien sembradas, que permiten esperar bien para el futuro. Para afrontar la nueva realidad social y religiosa, distinta del pasado, quizás más llena de dificultades, pero también más rica en potencialidades, es necesario un trabajo pastoral moderno y orgánico que comprometa en torno al obispo a todas las fuerzas cristianas: sacerdotes, religiosos y laicos, animados por el compromiso común de evangelización. Al respecto, he sabido con favor del esfuerzo actual por ponerse a la escucah atenta y perseverante de la Palabra de Dios, a través de la promoción de encuentros mensuales en diversos centros de la Diócesis y la difusión de la práctica de la Lectio divina. También oportuna es la Escuela de Doctrina Social de la Iglesia, tanto por la calidad articulada de la propuesta como por su divulgación capilar. Auguro vivamente que de estas iniciativas brote una nueva generación de hombres y mujeres capaces de promover no tanto intereses parciales, sino el bien común. Deseo también alentar y bendecir los esfuerzos de cuantos, sacerdotes y laicos, están comprometidos en la formación de las parejas cristianas al matrimonio y a la familia, con el fin de dar una respuesta evangélica y competente a los muchos retos contemporáneos en el campo de la familia y de la vida.
Conozco, además, el celo y la dedicación con que los sacerdotes llevan a cabo su servicio pastoral, como también el trabajo de formación sistemático e incisivo dirigido a ellos, en particular hacia los más jóvenes. Queridos sacerdotes, os exhorto a arraigar cada vez más vuestra vida espiritual en el Evangelio, cultivando la vida interior, una intensa relación con Dios y alejándoos con decisión de una cierta mentalidad consumista y mundana, que es una tentación constante en la realidad en que vivimos. Aprender a crecer en la comunión entre vosotros y con el obispo, entre vosotros y los fieles laicos, favoreciendo la estimación y la colaboración recíprocas: de ello vendrán sin duda múltiples beneficios tanto para la vida de las parroquias como para la misma vida social. Sabed valorar, con discernimiento, según los conocidos criterios de eclesialidad, los grupos y movimientos: estos deben integrarse bien dentro de la pastoral ordinaria de la diócesis y de las parroquias, en un profundo espíritu de comunión.
A vosotros, fieles laicos, jóvenes y familias, os digo: ¡no tengáis miedo de vivir y dar testimonio de la fe en los distintos ámbitos de la sociedad, en las múltiples situaciones de la existencia humana! Tenéis todos los motivos para mostraros fuertes, confiados y valientes, y esto gracias a la fe y a la fuerza de la caridad. Y cuando encontréis la oposición del mundo, haced vuestras las palabras del Apóstol: “Todo lo puedo en aquel que me conforta” (Fil 4,13). Así como se comportaron los santos y las santas, florecidos, en el transcurso de los siglos, en toda la Calabria. Que ellos os custodien siempre unidos y alimenten en cada uno el deseo de proclamar, con las palabras y con las obras, la presencia y el amor de Cristo. Que la Marde de Dios, tan venerada por vosotros, os asista y os conduzca al profundo conocimiento de su Hijo. ¡Amén!
“La Palabra de Dios en la vida del sacerdote”

CARDENAL PIACENZA


Acerca de la recepción de la Exhortación apostólica postsinodal Verbum Domini de Benedicto XVI
Querido Señor Arzobispo, queridos sacerdotes y amigos:
La Exhortación apostólica postsinodal Verbum Domini representa un paso fundamental en el camino de recepción de la Constitución apostólica Dei Verbum del Concilio ecuménico Vaticano II.
En ese sentido, siempre es bueno recordar que la única auténtica hermenéutica del gran acontecimiento conciliar es la de la continuidad y de la reforma.
Lo recordó explícitamente el Santo Padre en el Discurso para el intercambio de felicitaciones con ocasión de la Navidad a la Curia Romana del 22 de diciembre de 2005, dando de ese modo, precisamente al principio de Su Pontificado, la indicación de un gran tema que hay que afrontar siempre.
No existen dos Iglesias católicas, una preconciliar y una postconciliar; ¡si así fuera, la segunda sería ilegítima!
En la única Iglesia católica, instituida por Nuestro Señor Jesucristo sobre la roca de Pedro y sobre el fundamento de los Apóstoles, es necesario reconocer una profunda unidad histórica, doctrinal y teológica.
Para que una doctrina pueda ser acogida no debe representar una ruptura con el pasado o con todo el cuerpo doctrinal, sino que debe ser su desarrollo natural, orgánico.
Aunque cambien las circunstancias históricas y culturales y cambien —a veces— los modos de expresarse, ¡el eterno Evangelio de Cristo no puede cambiar! Cristo es el mismo ayer, hoy y siempre. ¡No cambia el Verbum Domini! Esta estabilidad de Cristo, de la verdad y de la Iglesia no es sino la traducción histórica de la Teología del Cuerpo Místico de San Pablo. Al igual que un cuerpo no puede tener órganos incompatibles o partes desarrolladas de manera no armónica, así sucede con la Iglesia de Cristo.
Queridos amigos, es siempre importante, pues, sentirse hijos de la única Iglesia, la de Jesús, de la Santísima Virgen María, de los Apóstoles, de los Padres y de todos los Santos que, a lo largo de dos mil años, ha suscitado el Espíritu.
El mismo Espíritu que, en la Iglesia, al comienzo de la era cristiana, inspiró los escritos del Nuevo Testamento y que, misteriosamente, en la relación entre Dios y el pueblo de Israel, nos ha entregado todo el patrimonio veterotestamentario.
1. La Palabra de Dios: una Persona
¡Verbum Domini! ¡Palabra de Dios! ¿Qué es la Palabra de Dios? ¿Qué papel tiene en la vida de un sacerdote?
En el n. 11 de la Exhortación apostólica, el Santo Padre afirma: «La Palabra eterna, que se expresa en la creación y se comunica en la historia de la salvación, en Cristo se ha convertido en un hombre «nacido de una mujer» (Ga 4, 4). La Palabra aquí no se expresa principalmente mediante un discurso, con conceptos o normas. Aquí nos encontramos ante la persona misma de Jesús. Su historia única y singular es la palabra definitiva que Dios dice a la humanidad».
La Palabra de Dios, el Verbo de Dios, por lo tanto, es ante todo Su Hijo Unigénito, Aquel del cual, en el Credo, decimos: «Dios de Dios, Luz de Luz, Dios verdadero del Dios verdadero, engendrado, no creado, de la misma naturaleza del Padre».
¡Por consiguiente, Su Palabra es una Persona, no un libro!
Es necesario reconocer que el Cristianismo mantiene, respecto a los escritos en los cuales se inspira, una relación única, que ninguna otra tradición religiosa puede tener.
La Palabra de Dios, que es la Persona del Hijo Eterno, que el Padre pronunció antes de todos los siglos, se hizo carne, entró en el tiempo y en la historia de los hombres. «Y la Palabra se hizo carne, y puso su Morada entre nosotros» (Jn 1, 14).
Este hecho marcó y marca, definitivamente, la historia humana, que, desde la Encarnación en adelante, es la historia del Enmanuel, el Dios-con-nosotros.
El Hijo de Dios hecho hombre nos ha revelado los secretos del Padre, nos libró de la condición servil, causada por el pecado, y nos introdujo en una amistad nueva e inesperada con Dios. «No os llamo ya siervos, porque el siervo no sabe lo que hace su amo; a vosotros os he llamado amigos, porque todo lo que he oído a mi Padre os lo he dado a conocer» (Jn 15, 15).
Sí, el Señor Jesús nos ha dado a conocer todo lo que ha “oído del Padre”; por lo tanto, en Cristo Único Salvador, hemos recibido la Revelación definitiva de Dios, es más, a Dios mismo.
La experiencia de Dios en medio de los hombres, lo que Él nos ha revelado del Padre, lo que Él nos ha enseñado para la vida, y lo que Él ha instituido, ya sea eterno o transitorio, todo está contenido en las Sagradas Escrituras divinamente inspiradas. En efecto, el Santo Padre escribe en el n. 17 de la Verbum Domini: «Aunque el Verbo de Dios precede y trasciende la Sagrada Escritura, en cuanto inspirada por Dios, contiene la palabra divina (cf. 2 Tm 3, 16) “en modo muy singular”». Por esta razón, las Sagradas Escrituras son Palabra de Dios y, al mismo tiempo, la Palabra de Dios es “más grande” de las Sagradas Escrituras, porque es la Persona misma de Jesús.
2. Dimensión neumática y eclesial de la Palabra de Dios
Como católicos, además, sabemos muy bien que la Revelación no consiste, únicamente, en lo que está materialmente contenido en las Sagradas Escrituras, sino que es el conjunto inseparable de Sagrada Escritura y de la ininterrumpida Tradición eclesial, autorizadamente interpretadas por el Magisterio.
Nunca es lícito separar la Escritura de la Tradición; como tampoco es lícito separarlas de la interpretación que de ellas ha dado y da el Magisterio de la Iglesia. Separaciones de este tipo conllevan siempre gravísimas consecuencias espirituales y pastorales.
Una Escritura sin Tradición sería un libro histórico y la historia nos habla del pensamiento de los demás, mientras que la Teología quiere hablar de Dios (cf. A. Schökel, Salvezza e liberazione: l’Esodo, 1997, EDB, p. 10).
Del mismo modo, una Tradición desvinculada de la relación constitutiva con la Sagrada Escritura, correría el riesgo de abrazar, en su seno, elementos espurios o ilegítimos.
Asimismo, siempre es útil recordar que los textos del Nuevo Testamento nacieron en el seno de la Tradición eclesial y que, por menos en las primeras décadas de la Era cristiana, la Iglesia vivió de la Eucaristía, de la oración, de la memoria viva del acontecimiento de Cristo y de la guía de los Apóstoles.
Por consiguiente, el tríptico Escritura-Tradición-Magisterio, en realidad, desde el punto de vista estrictamente histórico, debería configurarse como: Tradición, entendida como lugar en el cual la Escritura nace, Escritura y Tradición vinculada a la Escritura; todo, autorizadamente interpretado por el Magisterio, es decir, por los legítimos Sucesores de los Apóstoles.
Lo que hemos dicho hasta aquí pertenece al patrimonio común de la Iglesia y se enseña con autoridad en la Constitución dogmática Dei Verbum del Concilio ecuménico Vaticano II. Aunque, de parte de algunos, ha habido en estas décadas otras interpretaciones, estas no son fieles a la interpretación correcta del Concilio y, también por esta razón, los Padres, junto con el Romano Pontífice, dedicaron un Sínodo a la Palabra de Dios en la vida de la Iglesia, para reconocer su justo lugar y evitar prudentemente algunas unilateralidades ilegítimas.
Otro aspecto de fundamental importancia, que subraya ampliamente la Verbum Domini, es la dimensión neumática de la Revelación, en su conjunto y en los varios aspectos-momentos que la constituyen. En efecto, se lee en el n. 15 de la Exhortación: «No se comprende auténticamente la Revelación cristiana sin tener en cuenta la acción del Paráclito», y también, en el número siguiente: «Puesto que la Palabra de Dios llega a nosotros en el cuerpo de Cristo, en el cuerpo eucarístico y en el cuerpo de las Escrituras, mediante la acción del Espíritu Santo, sólo puede ser acogida y comprendida verdaderamente gracias al mismo Espíritu».
Ante todo, siempre es necesario recordar la relación íntima e insustituible entre Jesucristo y el Espíritu: toda la vida del Señor es una vida en el Espíritu, de la Anunciación a la Ascensión, y el Espíritu no es algo vago e indefinido para nosotros, los cristianos, sino que es siempre el Espíritu de Cristo.
Este “de Cristo” es un genitivo posesivo, que nos dice que el Espíritu es Suyo, al igual que es del Padre; y es el mismo Espíritu Suyo que se nos da a nosotros, en el Bautismo, en la Confirmación y, con el poder de transmitirlo a los hermanos, sobre todo en la Ordenación sacerdotal.
Si Cristo es la plenitud de la Revelación y toda la existencia de Cristo está en el Espíritu, entonces la misma Revelación es un evento neumático: la Tradición la anima el Espíritu, la Escritura la inspira el Espíritu y el Magisterio, en la tarea de interpretar autorizadamente Escritura y Tradición, la guía el Espíritu.
De ello deriva que la misma relación del Sacerdote con la Palabra de Dios debe ser una relación neumática. Es decir, se debe evitar todo enfoque meramente positivista o limitado al historicismo, que no permita la comprensión del significado real del texto. Las Escrituras, si nos acercamos a ellas prescindiendo de su dimensión neumática, se quedan como mudas y, en lugar de hablar de Dios y hacer que escuchemos Su Voz, narran simplemente una historia.
3. Palabra de Dios y Ministerio ordenado
Como afirma el gran San Jerónimo: «Quien ignora las Escrituras, ignora a Cristo». No podemos, por tanto, ignorar las Escrituras, y el primer elemento para que haya una relación entre el sacerdote y la Sagrada Escritura, es conocer su contenido: leerlas, conocer su estructura, tener en la mente los nexos entre las distintas partes y, sobre todo, conocer la Escritura en su globalidad, sin los excesos de parcelación que, con demasiada frecuencia, caracterizan el conocimiento de la realidad en la época, del relativismo y del cientificismo.
Esta obra de conocimiento de las Escrituras, lejos de consistir en una mera memorización, se convierte en uno de los principales factores para favorecer en el sacerdote el conocimiento y la consiguiente identificación con el pensamiento de Cristo: «[al sacerdote] no le basta conocer su aspecto lingüístico o exegético, que es también necesario —afirma el Santo Padre en el n. 80—; necesita acercarse a la Palabra con un corazón dócil y orante, para que ella penetre a fondo en sus pensamientos y sentimientos y engendre dentro de sí una mentalidad nueva: “la mente de Cristo” (1 Co 2, 16)».
Leer y releer los episodios de los que el Señor es protagonista, las respuestas que Él da en las diferentes circunstancias y la actitud que asume ante los pobres, los pequeños, los débiles, los pecadores, las mujeres, etc. determina la progresiva asimilación de Su pensamiento y de Su modo de actuar.
En este sentido, la obligada fidelidad a la Liturgia de las Horas, en su integridad, es maestra fundamental para permanecer establemente en contacto con la Palabra de Dios, especialmente en el Oficio de las Lecturas, que nos la da abundantemente, junto a ese momento de autorizada Tradición eclesial que representan los Padres de la Iglesia.
Así hacemos experiencia progresivamente de que la Palabra de Dios narra nuestra vida; narrando las vicisitudes del pueblo de Israel y las de quien se encontró con Jesús, nuestro Señor, narra el camino de fe de todo hombre y, por tanto, de todo sacerdote.
Por otra parte, por el ministerio que se nos ha encomendado, no somos solamente, con todos nuestros hermanos, oyentes de la Palabra, sino también autorizados anunciadores e intérpretes de esta. Todo bautizado, en virtud la inmersión en el Misterio pascual de la muerte y Resurrección está llamado a dar testimonio de Cristo y a anunciar la Palabra. El sacerdote, además de participar de este mandato común a todo cristiano, recibe otro específico y ministerial, y su anuncio, sobre todo en la predicación y en la catequesis, participa, en cierto modo, de la autoridad del mismo Magisterio eclesial.
Se cae por su propio peso que no podemos anunciar lo que no conocemos y no hemos hecho nuestro; por tanto, la posibilidad del anuncio está estructuralmente vinculada al conocimiento de las Escrituras y a la familiaridad e identificación con el pensamiento de Cristo.
No es así, en cambio, para la eficacia del anuncio, que, contrariamente a cuanto se piensa habitualmente, no depende del conocimiento sino de la vida y del testimonio. Además la eficacia es totalmente dependiente de la acción poderosa de la gracia y del insondable misterio de la libertad humana. En ese sentido, no existe, en la dinámica del anuncio, ningún mecanicismo. También esto nos ayuda, como ministros de la Palabra, a purificarnos del funcionalismo y a encomendar totalmente al Señor, en la oración, la acción de la Palabra en el corazón de los hombres.
En la tarea de anunciadores es necesario tener constantemente presente la unidad de Sagrada Escritura, Tradición y Magisterio, de la que hemos hablado. No es posible anunciar la Palabra, olvidando o —peor— reprobando la Tradición que la ha generado. Igualmente ineficaz resultará el anuncio separado o —peor— en contraste con el Magisterio eclesial.
Con la fuerza que nos da la experiencia de que la Palabra de Dios describe nuestra vida, es necesario anunciarla, acompañando también a los fieles a la misma conciencia. En este sentido, en la evangelización pueden coexistir dos dinámicas diferentes, ambas legítimas. Es posible que del anuncio de la Palabra nazca la fe y la renovación de la vida, y es igualmente posible que la experiencia de una vida nueva, que se da de modo imprevisto y gratuito mediante un encuentro, abra a la fe y, sucesivamente, sea reconocida en el encuentro con las Sagradas Escrituras.
¡No os escondo mi propensión y mi simpatía humana por esta segunda dinámica, que, como creo comprender leyendo los textos de las Sagradas Escrituras, fue también la de Andrés y Juan, cuando esa tarde, alrededor de las cuatro, se encontraron con Jesús!
El núcleo de la relación entre el sacerdote y la Palabra de Dios, por lo tanto, está representado por esa “Palabra de Dios en acto” que es su propia existencia y la de los fieles. Estos, mediante el anuncio y el ministerio de los sacerdotes, encuentran al Señor.
En este sentido, el Cristianismo no es “religión del libro” sino que es un hecho, un Acontecimiento que sucedió en la historia, del cual, en la actualidad, es posible hacer experiencia vital y esta experiencia es contagiosa, misionera en sí misma, es más, ¡es el elemento más eficazmente misionero con el que el Espíritu ha dotado a Su Iglesia!
Esta claridad de juicio en la relación con las Sagradas Escrituras, las sitúa en su  justo lugar, insustituible, también en la vida de la Iglesia, la cual vive de la eficacia de la Palabra, también y sobre todo en la administración de los Sacramentos. Sin Palabra, no sólo no tendríamos el anuncio, sino que no tendríamos tampoco los Sacramentos.
4. Palabra de Dios y cultura
Ser personas que escuchan y anuncian la Palabra de Dios hace de los sacerdotes hombres necesariamente capaces de incidir en la cultura. En ese sentido, es bueno recuperar una noción amplia del término "cultura", no relegada a los simples conocimientos, sino capaz de imprimir un estilo, plasmar una mentalidad, generar una civilización.
Nada, como el anuncio de la Palabra, genera cultura. Es decir, genera un modo nuevo de concebir la vida, las relaciones, la sociedad e incluso la política. Un modo que, cuanto más evangélico es, más se descubre profunda y sorprendentemente correspondiente al corazón humano.
Es urgente y necesario, en ese sentido, superar todo complejo de inferioridad respecto de la cultura; la Palabra de Dios, y nosotros con ella, es portadora de un significado, que ninguna cultura sólo humana posee.
Como recuerda la Verbum Domini: «Dios no se revela al hombre en abstracto, sino asumiendo lenguajes, imágenes y expresiones vinculadas a las diferentes culturas. Es una relación fecunda, atestiguada ampliamente en la historia de la Iglesia» (n. 109).
Relación que, por un lado, ve como normativos los datos culturales a través de los cuales aconteció la Revelación y, por otro, requiere nuestra aportación continua, creativa y sobre todo misionera.
En una cultura relativista, hedonista, consumista e individualista, la Palabra de Dios, y nosotros con ella, está llamada a poner de nuevo al hombre en relación con Dios y con sus hermanos, en relación auténtica con la realidad y con la razón, abriéndole continuamente a la verdad.
Los fieles esperan oír la Palabra de Dios de los labios del sacerdote; buscan el pensamiento de Dios en las valoraciones del sacerdote; los caminos de Dios en los caminos que indica y recorre el sacerdote.
Debemos ser conscientes de que, contrariamente a cuanto algunos poderes fuertes tienden a insinuar, el Cristianismo representa el mayor movimiento de desarrollo y de civilización que la historia humana haya conocido jamás.
Nos recuerda la Exhortación apostólica al respecto: «[La Palabra de Dios] nunca destruye la verdadera cultura, sino que representa un estímulo constante en la búsqueda de expresiones humanas cada vez más apropiadas y significativas. Toda auténtica cultura, si quiere ser realmente para el hombre, ha de estar abierta a la transcendencia, en último término, a Dios» (n. 109).
¡Toda cultura, incluida la contemporánea, queridísimos hermanos, necesita siempre esta transcendencia! Y nosotros debemos ser portadores de ella.
Que nos sostenga en esta obra la Santísima Virgen María, primera portadora de la Palabra hecha carne en Ella, que se convirtió en su "cultura", porque era su horizonte.