09 mayo 2012


'LA ORACIÓN ES UNA VALIOSA HERRAMIENTA PARA SUPERAR LAS PRUEBAS'


Palabras del Papa en la Audiencia General

Queridos hermanos y hermanas:
Hoy quisiera detenerme en el último episodio en la vida de san Pedro narrado en los Hechos de los Apóstoles: su encarcelamiento por orden de Herodes Agripa y su puesta en libertad por la intervención milagrosa del Ángel del Señor, en la víspera de su juicio en Jerusalén (cf. Hch. 12,1-17).

La historia está una vez más marcada por la oración de la Iglesia. San Lucas, en efecto, escribe: "Mientras Pedro estaba bajo custodia en la prisión, la Iglesia no cesaba de orar a Dios por él" (Hch. 12,5). Y, después de que salió milagrosamente de la cárcel, con motivo de su visita a la casa de María, la madre de Juan llamado Marcos, se dice que "un grupo numeroso se hallaba reunido en oración" (Hch. 12,12). Entre estas dos notas importantes de la actitud de la comunidad cristiana de cara al peligro y a la persecución, viene contada la detención y la liberación de Pedro, que abarca toda la noche. La fuerza de la oración incesante de la Iglesia se eleva a Dios y el Señor escucha y realiza una impensable e inesperada liberación, mediante el envío de su ángel.
La historia recuerda los grandes elementos de la liberación de Israel de la esclavitud en Egipto, la Pascua hebrea. Como sucede en aquel evento fundamental, también en este caso la acción principal se lleva a cabo por el Ángel del Señor que libera a Pedro. Y las mismas acciones del Apóstol --que se le pide que se ponga de pie rápidamente, ponerse el cinturón y ceñirse las caderas-- reflejan a aquel pueblo elegido en la noche de la liberación por la intervención de Dios, cuando fue invitado a comer a toda prisa el cordero, con las caderas ceñidos, las sandalias en los pies, el bastón en mano, listo para salir del país (cf. Ex. 12,11). Así, Pedro pudo exclamar: "¡Ahora sé que realmente el Señor envió a su ángel y me libró de las manos de Herodes" (Hch.12,11). Pero el ángel recuerda no sólo la liberación de Israel de Egipto, sino también la Resurrección de Cristo. Nos dicen, en efecto, los Hechos de los Apóstoles: "De pronto apareció el ángel del Señor y una luz resplandeció en el calabozo. El ángel sacudió a Pedro y lo hizo levantar" (Hch. 12,7). La luz que llena la habitación
de la cárcel, el acto mismo de despertar al Apóstol, nos refieren a la luz liberadora de la Pascua del Señor, que vence a las tinieblas de la noche y del mal. La invitación, por último, "Pónte el cinturón y sígueme» (Hch. 12,8), se hace eco en nuestros corazones las palabras de la primera llamada de Jesús (cf. Mc. 1,17), que se repite después de la resurrección en el lago de Tiberíades, donde el Señor dice dos veces a Pedro: "Sígueme" (Jn. 21,19.22). Es una apremiante invitación a seguirlo: solo saliendo de sí mismo para entrar en el camino del Señor y hacer su voluntad, se vive la verdadera libertad.

Me gustaría hacer hincapié en otro aspecto de la actitud de Pedro en la cárcel; se observa, en efecto, que mientras la comunidad cristiana ora fervientemente por él, Pedro, "dormía" (Hch. 12,6). En una situación así crítica y de serio peligro, es una actitud que puede parecer extraña, pero que denota tranquilidad y confianza; él se fía en Dios, sabe que está rodeado por la solidaridad y la oración de los suyos y se abandona totalmente en las manos de Señor. Así debe ser nuestra oración: asidua, en solidaridad con los demás, confiando plenamente en que Dios nos conoce en el fondo y cuida de nosotros al punto que --dice Jesús-- "hasta los cabellos de sus cabezas están todos contados. Así que no teman..." (Mt. 10, 30-31). Pedro vive la noche del cautiverio y de la liberación de la cárcel como un tiempo de su seguimiento al Señor, que vence las tinieblas de la noche y libera de la esclavitud de las cadenas y del peligro de la muerte. Su liberación es prodigiosa, marcada por varios momentos descritos cuidadosamente: guiado por el ángel, a pesar de la vigilancia de los guardias, atraviesa el primero y el segundo puesto de guardia hasta la puerta de hierro que conduce a la ciudad: y la puerta se abre sola frente a ellos (cf. Hch. 12,10). Pedro y el ángel del Señor realizan juntos un largo trecho de camino, hasta que, entrado en sí mismo, el Apóstol es consciente de que el Señor verdaderamente lo ha liberado y, tras haberlo pensado, va a la casa de María, la madre de Marcos, donde muchos de los discípulos están reunidos en oración; una vez más, la respuesta de la comunidad a la dificultad y al peligro es confiar en Dios, fortalecer su relación con Él. Aquí me parece útil recordar otra situación difícil que ha vivido la comunidad cristiana de los orígenes. Santiago habla de ello en su Carta.
Es una comunidad en crisis, en dificultad, no a causa de la persecución, sino porque en su interior hay celos y contiendas (cf. St. 3,14-16). Y el Apóstol se pregunta la razón de esta situación. Se encuentra con dos razones principales: la primera es el dejarse dominar por las pasiones, por la dictadura de sus propios deseos, del egoísmo (cf. St. 4,1-2a); el segundo es la falta de oración: "no piden" (St. 4, 2b) --o la presencia de una oración que no se puede definir como tal-- "Piden y no reciben, porque piden mal, con el único fin de satisfacer sus pasiones" (St. 4,3). Esta situación cambiaría, según Santiago, si toda la comunidad hablase con Dios, rezando asiduamente y unánime de verdad. Incluso el discurso sobre Dios, de hecho, puede perder su fuerza interior y hasta el testimonio se seca si no están animadas, apoyadas y acompañadas por la oración, por la continuidad de un diálogo vivo con el Señor. Un recordatorio importante para nosotros y nuestras comunidades, tanto las pequeñas como la familia, así como las más amplias como la parroquia, la diócesis, la Iglesia entera. Me hace pensar que han orado en esta comunidad de Santiago, pero han orado mal, sólo para sus propias pasiones. Continuamente debemos aprender a orar bien, realmente orar, orientarla hacia Dios y no hacia el propio bien.
La comunidad, en cambio, que acompaña la prisión de Pedro es realmente una comunidad que ora toda la noche, unida. Y es una alegría que llena los corazones de todos, cuando el apóstol llama a la puerta inesperadamente. Es la alegría y el asombro ante la acción de Dios que escucha. Así que de la Iglesia sale la oración por Pedro y a la Iglesia él regresa para contar "cómo el Señor lo había sacado de la cárcel" (Hch. 12,17). En aquella iglesia, donde él es colocado como roca (cf. Mt 16:18), Pedro cuenta su "Pascua" de liberación: él experimenta que en el seguir a Jesús está la verdadera libertad, está rodeado por la luz radiante de la resurrección, y por esto puede testimoniar hasta el martirio que el Señor es el Resucitado y que "realmente envió a su ángel y me libró de las manos de Herodes" (Hch. 12,11). El martirio que sufrirá después en Roma, lo unirá definitivamente a Cristo, quien le había dicho: Cuando seas viejo, otro te llevará donde no quieras, para indicar de con qué muerte había de glorificar a Dios (cf. Jn. 21,18-19).
Queridos hermanos y hermanas, el episodio de la liberación de Pedro contado por Lucas nos dice que la Iglesia, cualquiera de nosotros, atraviesa la noche de la prueba, pero es la incesante vigilancia de la oración la que nos sostiene. Yo también, desde el primer momento de mi elección como Sucesor de San Pedro, me he sentido siempre sostenido por las oraciones de ustedes, la oración de la Iglesia, especialmente en los momentos más difíciles. Gracias. Con la oración constante y confiada, el Señor nos libera de las cadenas, nos guía para atravesar cualquier noche de prisión que pueda atenazar nuestro corazón, nos da la paz del corazón para hacer frente a las dificultades de la vida, incluso el rechazo, la oposición, la persecución. El episodio de Pedro muestra el poder de la oración.
Y el Apóstol, aunque en cadenas, se siente confiado, en la certeza de no estar nunca solo: la comunidad está orando por él, el Señor está cerca; él sabe que "el poder de Cristo triunfa en la debilidad" (2 Cor. 12,9). La oración unánime y constante es una valiosa herramienta para superar las pruebas que puedan surgir en el camino de la vida, porque es el estar profundamente unidos con Dios, lo que nos permite también estar profundamente unidos a los demás.

Los fieles laicos ante la nueva 


evangelización

Mons. Fernando Ocáriz.

La nueva evangelización es tarea de todos, laicos o ministros sagrados, como la misma misión de la Iglesia. Cada uno la cumple según su propia función en ella, y acompañando siempre su palabra con el testimonio de una coherente vida cristiana.
      La nueva evangelización, impulsada por Juan Pablo II y por Benedicto XVI, nos remite a la misión misma de la Iglesia, que se puede sintetizar precisamente en la traditio Evangelii, la transmisión del Evangelio. “Evangelio” entendido, no sólo como contenido noético, sino en el sentido global paulino de “fuerza de Dios para la salvación de todos los creyentes” (Ro 1, 16). La nueva evangelización de países y ambientes ya antiguamente evangelizados, pero en gran medida secularizados, plantea peculiares exigencias, necesariamente insertas en la permanente misión salvífica de la Iglesia. A la vez, la realidad compleja en que vivimos requiere novedad de planteamientos pastorales, y apostólicos en general, adecuados a los desafíos de la modernidad y de la post-modernidad.
La participación de los laicos en la evangelización
      Una de las dimensiones del sacerdocio real de los fieles, al que se refiere san Pedro (cfr. 1 Pt 2, 4-10), es la función profética: “...para que anunciéis el poder de aquél que os llamó desde las tinieblas a su luz admirable” (ibid.). Este anunciar es transmitir el Evangelio. Que los laicos participen en la misión de la Iglesia no significa primaria ni principalmente que hayan de colaborar en las funciones de los ministros sagrados, aunque esto sea posible y, en ocasiones, oportuno; además, los ministros no abarcan toda la misión; también ellos participan en ésta. Tanto sobre unos como sobre los otros recae el peso y el honor de la entera misión de la Iglesia: la traditio Evangelii. Pero cada uno la realiza parcialmente, según la propia función eclesial.
      Lo específico de la participación de los laicos en la evangelización fue expresado así por el Concilio Vaticano II, en Lumen gentium, 35: “Cristo, gran Profeta, que con el testimonio de su vida y la fuerza de su palabra, proclamó el Reino del Padre, está cumpliendo su oficio profético hasta la más plena manifestación de la gloria no sólo a través de la Jerarquía, que enseña en Su nombre y con Su poder, sino también a través de los laicos, a quienes, por consiguiente, constituye en testigos y los adorna con el sentido de la fe y con la gracia de la palabra, para que brille la fuerza del Evangelio en la vida cotidiana, familiar y social”. La capacidad y la responsabilidad evangelizadora —el munus propheticum— de los fieles laicos no deriva de una delegación dada por la Jerarquía, sino directamente de Jesucristo, mediante el Bautismo y la Confirmación.
      El sentido de la fe —sensus fidei—, que la Lumen gentium pone como origen inmediato del ejercicio de la función profética de los fieles laicos, es la capacidad que la fe teologal y los dones del Espíritu Santo confieren al creyente para asentir a las verdades reveladas, para discernir con facilidad lo que es conforme o disconforme con esa revelación, para captar sus implicaciones más profundas, no mediante reflexión teológica sino espontáneamente, por una especie de connaturalidad, y para aplicar la fe a la vida. La radicación de la función profética de los laicos en el sensus fidei, pone de relieve también que ésta no es participación en la misión magisterial, propia de la Jerarquía eclesiástica, sino participación directa de la virtus profética deJesucristo, al mismo tiempo que su ejercicio se realiza “bajo la guía del sagrado Magisterio” (Lumen gentium, 12).
      La “gracia de la palabra”, a la que se refiere también Lumen gentium, no se refiere sólo ni principalmente a la “gracia” de una palabra simpática o humanamente convincente, sino sobre todo a la asistencia del Espíritu Santo que, sin conferir una autoridad oficial a la palabra evangelizadora de los laicos, la constituye en vehículo de la Palabra de Dios y, como tal, no sólo transmisora de nociones, sino fuerza eficaz en orden a la fe que salva.
      La dependencia esencial que la tarea evangelizadora tiene de la fe y de la asistencia del Espíritu Santo, nos remite al imprescindible servicio que sólo los ministros de la Iglesia pueden y deben prestar a los laicos, mediante la predicación de la Palabra de Dios con la autoridad de Cristo, en sus diversas formas, y la celebración de los sacramentos. La Iglesia es, en efecto, un pueblo sacerdotal orgánicamente estructurado, que realiza su misión en el mundo con distinción de funciones, que son a su vez interdependientes.
En la vida cotidiana, familiar y social
      Es en este contexto de vida ordinaria —como leemos en las ya citadas palabras de la Lumen gentium—, donde los fieles laicos ejercitan su propia función evangelizadora. Esto es necesariamente así, porque —en expresión de quien, como afirmó Juan Pablo II, fue precursor del Vaticano II en su doctrina sobre el laicado— “la específica participación del laico en la misión de la Iglesia consiste precisamente en santificar ab intra —de manera inmediata y directa— las realidades seculares, el orden temporal, el mundo” (S. Josemaría Escrivá de Balaguer, Conversaciones, 9).
      La función profética de los laicos, como la de los pastores, es participación del munus propheticum Christi, y Cristo es Revelador y Revelación de Dios, no sólo con sus palabras sino también con todas sus obras. Por esto, y no sólo por una razón de eficacia humana, la evangelización ha de llevarse a cabo con el testimonio de la vida y con la palabra, y la que ejercen los laicos tiene su característica propia —y una especial eficacia— en el hecho de realizarse dentro de las realidades seculares.
      En la vida ordinaria, con sus múltiples relaciones familiares, profesionales y sociales, los fieles laicos pueden unir de formas muy diversas el testimonio de su vida y la palabra que anuncia el Evangelio, contribuyendo —cada uno en la medida de sus posibilidades— a informar con el espíritu de Cristo las instituciones sociales, profesionales, los medios de comunicación, etc. Especialmente importante es la transmisión del Evangelio de persona a persona, en el diálogo de amistad sincera, como el fermento en la masa: “obrando como obraría un fermento” (Apostolicam actuositatem, 2).
      Este modo de transmitir el Evangelio reviste una particular eficacia, también por responder a una realidad antropológica importante: el diálogo interpersonal, en el que se busca transmitir a otro el bien recibido. Este diálogo apostólico surge con naturalidad cuando existe amistad sincera. No se trata de una instrumentalización de la amistad, sino de hacer partícipes a los amigos del gran bien de la fe en Cristo. Como recordó Benedicto XVI en la homilía del comienzo solemne de su pontificado, “nada hay más hermoso que haber sido alcanzados, sorprendidos, por el Evangelio, por Cristo. Nada más bello que conocerle y comunicar a los otros la amistad con Él” (24 de abril de 2005).
      La transmisión del Evangelio exige siempre —más, si cabe, en el diálogo de persona a persona— el respeto de la intimidad y de la libertad de todos; respeto que es una exigencia de la justicia y de la caridad. Lo contrario, pretender imponer las propias convicciones con cualquier tipo de engaño o violencia es, evidentemente, opuesto al espíritu del Evangelio. Ese tipo de proselitismo —el que no respeta la libertad— es del todo inaceptable; sin embargo, el proselitismo en su sentido original propio es no sólo una cosa buena sino una exigencia necesaria de la misión evangelizadora que Jesucristo ha confiado a sus discípulos. De hecho, en ámbito cristiano, la palabra proselitismo ha significado y significa frecuentemente la actividad misionera. Incluso en contextos civiles —jurídicos y políticos— el proselitismo está reconocido positivamente como un componente intrínseco de la libertad religiosa.
Ante los desafíos de sociedades descristianizadas
      La nueva evangelización en países de antigua tradición cristiana se encuentra ante graves, complejos y variados desafíos. El más radical es la difusión del ateísmo en sus diversas expresiones teóricas y la indiferencia religiosa, que están afectando a la fe de no pocos bautizados, produciendo en ellos cuanto menos una pérdida del sentido que la existencia de Dios debería tener en sus vidas. Para afrontarlo, los modos pueden ser muy diversos, pero en cualquier caso es fundamental que cada uno entienda y enseñe que el Evangelio no es sólo ni primariamente un conjunto de verdades y de normas morales: no es un simple sistema de pensamiento y de conducta. El Evangelio es, antes y sobre todo, el mismo Jesucristo (cfr. 1 Co 1, 24).
      La existencia de Dios puede conocerse, aunque con dificultad, con la sola razón humana, y en la nueva evangelización convendrá afrontar algunas veces, de un modo u otro, la gran cuestión filosófica de la existencia de Dios. Sin embargo, lo central será dar a conocer a Jesucristo muerto y resucitado, mostrando —al nivel que, en cada caso, sea posible y adecuado— la verdad histórica de su Resurrección, que es la “demostración” más decisiva de la existencia de Dios. No es aquí el caso de pretender enumerar tantos otros desafíos, teóricos y prácticos, que se presentan ante la nueva evangelización (lógicamente, no sólo a los laicos sino a toda la Iglesia). Uno más, bastante radical, es la mentalidad relativista en sus múltiples expresiones. En la tarea de evangelización convendrá siempre empezar desde aspectos compartidos sobre los que se pueda instaurar un diálogo sincero. Es el caso, por ejemplo, de la difundida conciencia sobre los derechos humanos. No es difícil hacer ver que, sin reconocer valores absolutos —y en último término a Dios—, no tiene sentido ni siquiera el concepto de derechos humanos; el mismo Derecho, en su totalidad, no pasaría de ser —según la conocida afirmación de Karl Marx— “un aparato decorativo del poder”.
      Para afrontar estos y otros desafíos, se precisa una sólida formación doctrinal; pero no es suficiente. La evangelización, el apostolado personal en general, requiere que a la palabra y al diálogo vaya unido el testimonio de una coherente vida cristiana. Para esto, son necesarias, con el fundamento del Bautismo y la fuerza de la Confirmación, una vida sacramental intensa (Eucaristía, Penitencia) y la oración, indispensables para la identificación personal con Jesucristo, que despierte en los laicos su propia responsabilidad apostólica: para que sean conscientes de que —como ha escrito recientemente Benedicto XVI— “Caritas Christi urget nos (2 Co 5, 14): es el amor de Cristo el que llena nuestros corazones y nos impulsa a evangelizar. Hoy como ayer, Él nos envía por los caminos del mundo para proclamar su Evangelio a todos los pueblos de la tierra (cfr. Mt 28, 19)” (Porta fidei, 7).

08 mayo 2012


Carta del Prelado del Opus Dei
(mayo 2012)

Queridísimos: ¡que Jesús me guarde a mis hijas y a mis hijos!

La llegada del mes de mayo trae siempre a nuestras almas una particular alegría. Al júbilo pascual se une el comienzo de unas semanas dedicadas especialmente a la Virgen, en gran número de países. ¿Y cómo no van a llenarse de gozo los hijos al notar de forma especial y con más cercanía la presencia de la madre? Resulta muy lógico que suceda así. Como aseguraba un antiguo escritor eclesiástico, la Virgen, durante la visita a santa Isabel, «con su lengua (...) hizo brotar para su prima, como de una fuente, un río de dones divinos. En efecto, allí donde llega la
 llena de gracia, todo queda colmado de alegría».

Hoy desearía repasar una vez más con vosotros algunos de los motivos de júbilo y de agradecimiento que nos trae este quinto mes del año. Ya el primer día, la fiesta de san José Artesano, hoy conmemorada, constituye un momento de auténtico
 gaudium para las mujeres y los hombres que, como nosotros, han de buscar la santificación personal y ejercer el apostolado en el trabajo profesional y por medio del quehacer cotidiano. Recuerdo la alegría de nuestro Padre cuando se comenzó a celebrar esta memoria litúrgica, pues —como escribió en una de sus homilías— esa fiesta, que es una canonización del valor divino del trabajo, muestra cómo la Iglesia, en su vida colectiva y pública, se hace eco de las verdades centrales del Evangelio, que Dios quiere que sean especialmente meditadas en esta época nuestra.

La fiesta de san José Artesano nos invita a no olvidar el valor trascendente de una tarea profesional honrada, bien cumplida, como la que el santo Patriarca desarrolló durante muchos años. Como condición imprescindible, se requiere realizarla con perfección sobrenatural y humana, es decir, con el deseo de dar gloria a Dios y de servir al prójimo, independientemente de la consideración social que se le atribuya. ¡Cuántas veces escuché comentar a san Josemaría que el valor divino del trabajo humano depende del amor a Dios con que se lleva a cabo, del espíritu de servicio con que se empieza y se termina!

Aprovecho esta carta para pediros oraciones por los 35 diáconos de la Prelatura, a los que administraré la ordenación presbiteral dentro de cuatro días. En años anteriores, cada uno de estos hombres procuraba santificarse y moverse apostólicamente en el ámbito de su profesión civil. En adelante, la labor sacerdotal se convertirá para ellos —por expresarlo de algún modo— en su
 profesión, a la que dedicarán todas las horas de la jornada, con el inmenso gozo de saberse instrumentos del Señor en la aplicación de la redención a las almas. Recemos para que vivan como sacerdotes santos, doctos, alegres y deportistas en el terreno sobrenatural, pues así lo deseaba san Josemaría: sacerdotes-sacerdotes, sacerdotes cien por cien.

Otro motivo de alegría para mí ha sido el viaje pastoral que realicé a Camerún en la semana de Pascua; un país que tantas esperanzas ofrece a la Iglesia en África y en todo el mundo. Y, más recientemente, los días que he pasado en Pamplona con motivo de los cincuenta años del comienzo de la Clínica Universidad de Navarra. En los diez lustros transcurridos, innumerables personas —médicos, enfermeras, personal administrativo— se han dedicado a atender con espíritu cristiano a los enfermos; y millares de pacientes han recuperado la salud, han aprendido a ofrecer a Dios sus sufrimientos, y algunos incluso la muerte, en estrecha unión con
 Jesucristo en la Cruz. Doy gracias a Dios con toda el alma —acompañadme también vosotros—, porque la solicitud de san Josemaría por los enfermos, puesta de manifiesto desde los comienzos de la Obra y aun antes, encontró cauce en este gran proyecto que nuestro Fundador impulsó personalmente, así como en tantas otras iniciativas similares que han ido surgiendo a lo largo de los años en diversos países.

Pero, hijas e hijos míos, el mes de mayo nos habla, sobre todo, de la continua presencia de la Santísima Virgen en el camino de la Iglesia y de cada cristiano. Nada más lógico, pues, que tratemos de obtener el mayor fruto espiritual y apostólico de las próximas semanas.

En primer lugar, me detengo en esa costumbre mariana muy querida: la romería de mayo. Mañana, día 2, se cumple otro aniversario de la que san Josemaría realizó, acudiendo al santuario de Nuestra Señora de Sonsoles en 1935, en compañía de dos hijos suyos, y abriendo el paso a esta costumbre mariana en la Obra. Desde entonces, ¡a cuántos millares de ermitas y santuarios de la Virgen se ha ido piadosamente en el mundo entero, siguiendo las huellas de nuestro Padre! Pidámosle que caminemos en la romería con su mismo recogimiento y confianza en nuestra Madre, con su mismo espíritu apostólico; y, con este fin, invitemos también a algún amigo, colega o pariente, para que nos acompañe en esa muestra filial de cariño a Nuestra Señora.

Hacia la mitad del mes, celebraremos tanto la fiesta de la Virgen de Fátima como el aniversario de la novena de san Josemaría a Nuestra Señora de Guadalupe, en 1970: dos recuerdos que nos han de impulsar a cuidar con esmero los ratos de oración mental y las oraciones vocales, especialmente el Rosario, tan recomendado por Nuestra Señora a los tres pastorcillos. Seamos santamente ambiciosos en nuestras intenciones apostólicas, suplicando a María por la Iglesia y el Papa; por los frutos del
 Año de la fe para el que nos estamos preparando; por la renovación de la vida cristiana en todo el mundo.

El día 17, que este año coincide con la solemnidad de la Ascensión del Señor, es el vigésimo aniversario de la beatificación de nuestro Padre. ¡Qué memoria de las maravillas de la gracia nos trae esta fecha, compartida con el beato Juan Pablo II y con el queridísimo don Álvaro! ¡Qué ocasión tan buena para aumentar nuestra gratitud a Dios y nuestros afanes de seguir el ejemplo del instrumento fiel que escogió el Cielo para fundar el Opus Dei!

En las fechas siguientes del mes, podemos acompañar de cerca a Nuestra Señora en la preparación de la fiesta de Pentecostés, que este año se celebra el domingo 27. San Josemaría nos impulsaba a detenernos en esos días —o en los siguientes—, de modo personal, en la consideración del decenario al Espíritu Santo. Asume una importancia capital que nos mantengamos muy cerca de la Virgen en esas jornadas, aprendiendo de Ella a tener más intimidad con el Santificador de nuestras almas.

Hace pocas semanas, considerando la presencia de Nuestra Señora en el Cenáculo de Jerusalén, con los Apóstoles y las santas mujeres, en espera de la venida del Paráclito,
 Benedicto XVI hacía notar que con María comienza la vida terrena de Jesús y con María inician también los primeros pasos de la Iglesia. Dios quiso que su Hijo se encarnara en las entrañas purísimas de la Virgen, y el mismo Señor nos la dio por Madre junto a la Cruz. Por eso, cuando los primeros discípulos se congregaron en el Cenáculo a la espera del Consolador prometido, la Virgen Santa se encontraba entre ellos, pidiendo «con sus oraciones el don del Espíritu, que en la Anunciación ya la había cubierto con su sombra».

Advierte el Papa que
 la presencia de la Madre de Dios con los Once, después de la Ascensión, no es, por tanto, una simple anotación histórica de algo que sucedió en el pasado, sino que asume un significado de gran valor, porque con ellos comparte lo más precioso que tiene: la memoria viva de Jesús, en la oración; comparte esta misión de Jesús: conservar la memoria de Jesús y así conservar su presencia.

No es difícil imaginar que, en el tiempo entre la Ascensión del Señor y la venida del Espíritu Santo, los discípulos, teniendo a su lado a la Madre de Jesús, escucharían de su viva voz y con gran piedad tantos recuerdos como Ella conservaba en su corazón: desde el anuncio de la Encarnación al nacimiento en Belén; desde los azarosos meses que siguieron a la persecución de Herodes hasta los años de trabajo y la estancia en Nazaret; desde los tiempos felices de la predicación y milagros del Señor durante la vida pública, hasta las horas tristes de su pasión, muerte y sepultura; y luego la alegría de la resurrección, las apariciones en Judea y Galilea, las últimas instrucciones del Maestro... Al compás de las fuertes vivencias de María, el Espíritu Santo iba preparando a los Apóstoles y a los otros discípulos para la plenitud de Pentecostés.

¡Qué buena escuela, hijas e hijos míos, es el Cenáculo! Escuela de oración, en la que Santa María resalta como maestra inigualable.
 Maestra de oración, decía nuestro Padre; y también Maestra del sacrificio escondido y silencioso. Allí la Virgen permanece a la escucha de las inspiraciones del Paráclito y enseña a los primeros a oír a Dios en el recogimiento de la oración. Venerar a la Madre de Jesús en la Iglesia significa, por consiguiente, aprender de Ella a ser comunidad que ora: ésta es una de las notas esenciales de la primera descripción de la comunidad cristiana trazada en los Hechos de los Apóstoles (cfr. Hch 2, 42). Con frecuencia se recurre a la oración por situaciones de dificultad, por problemas personales que impulsan a dirigirse al Señor para obtener luz, consuelo y ayuda. María invita a abrir las dimensiones de la oración, a dirigirse a Dios no sólo en la necesidad y no sólo para pedir por sí mismos, sino también de modo unánime, perseverante y fiel, con "un solo corazón y una sola alma" (Hch 4,  32).

Es una misión que la Virgen confía a quienes desean ser fieles hijos suyos: enseñar a otras personas a dirigirse a Dios en todo momento, no sólo en las necesidades perentorias o en las situaciones difíciles.
 Para algunos, todo esto quizá resulta familiar; para otros, nuevo; para todos, arduo. Pero yo —escribió san Josemaría— (...) no cesaré de predicar la necesidad primordial de ser alma de oración ¡siempre!, en cualquier ocasión y en las circunstancias más dispares, porque Dios no nos abandona nunca. No es cristiano pensar en la amistad divina exclusivamente como en un recurso extremo. ¿Nos puede parecer normal ignorar o despreciar a las personas que amamos? Evidentemente, no. A los que amamos van constantemente las palabras, los deseos, los pensamientos: hay como una continua presencia. Pues así con Dios.

De este modo se comportó siempre la Virgen Santísima.
 En el Calvario, junto al patíbulo, reza. No es una actitud nueva de María. Así se ha conducido siempre, cumpliendo sus deberes, ocupándose de su hogar. Mientras estaba en las cosas de la tierra, permanecía pendiente de Dios. Cristo (...) quiso que también su Madre, la criatura más excelsa, la llena de gracia, nos confirmase en ese afán de elevar siempre la mirada al amor divino.

Ahora, desde el Cielo, donde vive glorificada en cuerpo y alma, la Santísima Virgen sigue muy de cerca a cada uno, cumpliendo a la letra el encargo que le hizo Jesús en la persona de san Juan:
 mujer, aquí tienes a tu hijo. Encomendémosle todas las fases de paso de nuestra existencia personal y eclesial —recomienda Benedicto XVI—, entre ellas la de nuestro tránsito final. María nos enseña la necesidad de la oración y nos indica que sólo con un vínculo constante, íntimo, lleno de amor con su Hijo, podemos salir de "nuestra casa", de nosotros mismos, con valentía, para llegar hasta los confines del mundo y anunciar por doquier al Señor Jesús, Salvador del mundo.

¿Rezamos el
 Dominus tecum del avemaría con la piedad diaria con que lo repetía nuestro Padre? ¿Cómo insistimos a la Virgen para que nos ayude a aprovechar los dones y los frutos del Espíritu Santo?

Seguid muy unidos a mis intenciones, que se resumen en una oración intensa por la Iglesia, por el Papa, por los
 sacerdotes y religiosos, por la santidad de todo el pueblo cristiano. Pidamos al Espíritu Santo, recurriendo a la intercesión de la Virgen, que suscite en todos, pastores y fieles, el anhelo de cumplir en todo momento la santa Voluntad de Dios.

Y acompañadme en el viaje que pienso realizar a Eslovaquia dentro de pocos días; para que también allí el espíritu del Opus Dei se difunda más y más, sembrando en todos los ambientes el amor a la Iglesia y el deseo de santificarse y santificar en medio de las tareas ordinarias. No imagináis con qué piedad insistente pidió nuestro Padre por esa tierra, en 1968, cuando hubo un conato de liberarse del yugo del marxismo.

Con todo cariño, os bendice vuestro Padre

+ Javier

07 mayo 2012


UNIDOS A JESÚS, LA VID, PRODUCIMOS MUCHO FRUTO


El Papa ayer en el 'Regina Coeli'

¡Queridos hermanos y hermanas!
El evangelio de hoy, Quinto Domingo de Pascua, se inicia con la imagen de la viña. Jesús dijo a sus discípulos: "Yo soy la vid verdadera y mi Padre es el viñador" (Jn. 15,1). A menudo, en la biblia, a Israel se le compara con la viña fecunda cuando le es fiel a Dios; pero si se aleja de Él, se vuelve estéril, incapaz de producir aquel "vino que recrea el corazón del hombre", como canta el salmo 104 (v. 15). La viña verdadera de Dios, la vida verdadera, es Jesús, quien con su sacrificio de amor nos da la salvación, nos abre el camino para ser parte de esta viña. Y como Cristo permanece en el amor de Dios Padre, así los discípulos, sabiamente podados por la palabra del Maestro (cf. Jn. 15,2-4), si están profundamente unidos a Él, se convierten en sarmientos fecundos, que producen cosechas abundantes. San Francisco de Sales escribe: "La rama unida y articulada al tronco rinde fruto no por su propia virtud, sino en virtud de la cepa: nosotros estamos unidos por el amor a nuestro Redentor, como los miembros a la cabeza; por eso es que las buenas obras, portando el valor de Él, merecen la vida eterna" (Trattato dell’amore di Dio, XI, 6, Roma 2011, 601).
En el día de nuestro bautismo, la Iglesia nos injerta como sarmientos en el misterio pascual de Jesús, en su propia persona. De esta raíz recibimos la preciosa savia para participar en la vida divina. Como discípulos, también nosotros, con la ayuda de los pastores de la Iglesia, crecemos en la viña del Señor unidos por su amor. «Si el fruto que debemos portar es el amor, su premisa es este "permanecer”, que tiene que ver profundamente con aquella fe que no abandona al Señor» (Gesù di Nazaret, Milán 2007, 305). Es indispensable permanecer siempre unidos a Jesús, depender de Él, porque sin Él no podemos hacer nada (cf. Jn. 15,5). En una carta escrita a Juan el profeta, que vivió en el desierto de Gaza en el siglo V, un creyente hacía la pregunta: ¿Cómo es posible tener el hombre la libertad, y a la vez no poder hacer nada sin Dios? Y el monje responde: Si el hombre inclina su corazón hacia el bien y pide ayuda de Dios, recibe la fuerza necesaria para llevar a cabo su trabajo. Por eso es que la libertad humana y el poder de Dios van juntos. Esto es posible porque el bien viene del Señor, pero se realiza gracias a sus fieles (cf. Ef. 763, SC 468, París 2002, 206). El verdadero "permanecer" en Cristo garantiza la eficacia de la oración, como dice el beato cisterciense Guerrico de Igny: «Oh Señor Jesús, ... sin ti no podemos hacer nada. Porque tú eres el verdadero jardinero, creador, cultivador y custodio de tu jardín, que plantas con tu palabra, riegas con tu espíritu y haces crecer con tu fuerza» (Sermo ad excitandam devotionem in psalmodia, SC 202, 1973, 522).
Queridos amigos, cada uno de nosotros es como un sarmiento, que vive solo si hace crecer cada día con la oración, con la participación a los sacramentos y con la caridad, su unión con el Señor. Y quien ama a Jesús, la vid verdadera, produce frutos de fe para una abundante cosecha espiritual. Supliquémosle a la Madre de Dios, para que permanezcamos injertados de forma segura en Jesús, y que toda nuestra acción tenga en Él su principio y su final.

03 mayo 2012


FRUCTÍFERA RELACIÓN ENTRE LA PALABRA DE DIOS Y LA ORACIÓN

El Papa ayer en la Audiencia General

Queridos hermanos y hermanas:
En la última catequesis hemos visto cómo, en la oración personal y comunitaria, la lectura y la meditación de la sagrada escritura nos abren a la escucha de Dios, que nos habla e infunde luz para entender el presente. Hoy me gustaría hablar sobre el testimonio y la oración del primer mártir de la Iglesia, san Esteban, uno de los siete elegidos para el servicio de la caridad hacia los necesitados. En el momento de su martirio, narrado en los Hechos de los Apóstoles, se manifiesta, nuevamente, la fructífera relación entre la palabra de Dios y la oración.
Esteban es llevado a juicio ante el Sanedrín, donde se le acusa de haber declarado que "Jesús... destruiría este Lugar [el templo], y cambiaría las costumbres que Moisés nos transmitió" (Hch. 6,14). Durante su vida pública, Jesús había predicho efectivamente la destrucción del Templo de Jerusalén: "Destruyan este santuario y en tres días lo levantaré" (Jn. 2,19). Sin embargo, como señala el evangelista Juan, "hablaba del santuario de su cuerpo. Cuando, fue levantado, pues de entre los muertos, se acordaron sus discípulos de que había dicho eso, y creyeron en la Escritura y en las palabras que había dicho Jesús" (Jn. 2,21-22).
El discurso de Esteban ante el tribunal, el más largo de los Hechos de los Apóstoles, se desarrolla justamente sobre esta profecía de Jesús, el cual es el nuevo templo, inaugura el nuevo culto, y reemplaza con la ofrenda de sí mismo en la cruz, los sacrificios antiguos. Esteban quiere demostrar lo infundado de la acusación de que está subvertiendo la ley de Moisés y presenta su visión de la historia de la salvación, la alianza entre Dios y el hombre. Relee así todo el relato bíblico, itinerario contenido en la Sagrada Escritura, para mostrar que aquel conduce al "lugar" de la presencia definitiva de Dios, que es Jesucristo, especialmente en su Pasión, Muerte y Resurrección. En esta perspectiva, Esteban también lee su condición de discípulo de Jesús, siguiéndolo hasta el martirio. La meditación sobre la Sagrada Escritura le permite entender así su misión, su vida, su presente. En esto está guiado por la luz del Espíritu Santo, por su relación íntima con el Señor, tanto que los miembros del Sanedrín vieron su rostro "como el de un ángel" (Hch. 6,15). Este signo de la asistencia divina, refiere al rostro radiante de Moisés bajado del Monte Sinaí después de haberse encontrado con Dios (cf. Ex. 34,29-35, 2 Cor. 3,7-8).
En su discurso, Esteban comienza a partir de la llamada de Abraham, un peregrino en la tierra dada por Dios y que tenía sólo una promesa; después va a José, vendido por sus hermanos, pero asistido y liberado por Dios; para llegar a Moisés, que se convierte en un instrumento de Dios para liberar a su pueblo, pero que encuentra muchas veces el rechazo de su propio pueblo. En estos acontecimientos narrados en la Sagrada Escritura, los que Esteban demuestra estar en escucha religiosa, surge siempre Dios, que no se cansa de ir al encuentro del hombre, a pesar de encontrar a menudo una oposición obstinada. Y esto en el pasado, en el presente y en el futuro. Por lo tanto, en todo el Antiguo Testamento él ve una prefiguración del acontecimiento de Jesús mismo, el Hijo de Dios hecho carne, que como los antiguos padres, encuentra obstáculos, rechazo, muerte. Esteban se refiere luego a Josué, a David y a Salomón, puestos en relación con la construcción del templo de Jerusalén, y concluye con las palabras del profeta Isaías (66,1-2): "Los cielos son mi trono y la tierra la alfombra de mis pies. Pues ¿qué casa me van a edificar, o qué lugar de reposo, si el universo lo hizo mi mano y todo vino al ser? –oráculo del Señor--?" (Hch. 7,49-50). En su reflexión sobre la acción de Dios en la historia de la salvación, poniendo de relieve la perenne tentación de rechazar a Dios y su acción, él dice que Jesús es el Justo anunciado por los profetas; en Él, Dios mismo se ha hecho presente de una manera única y definitiva: Jesús es el "lugar" del verdadero culto. Esteban no niega la importancia del templo, pero hace hincapié en que "Dios no habita en casas prefabricadas por manos humanas" (Hch. 7,48). El nuevo templo verdadero en el cual habita Dios es su Hijo, que tomó forma humana, es la humanidad de Cristo, el Resucitado, que reúne a los pueblos y los une en el Sacramento de su Cuerpo y de su Sangre. La expresión acerca del templo "no prefabricado por manos humanas", se encuentra también en la teología de san Pablo y en la Carta a los Hebreos: el cuerpo de Jesús, que Él ha asumido para ofrecerse a sí mismo como sacrificio para expiar los pecados, es el nuevo templo de Dios, el lugar de la presencia del Dios vivo; en Él, Dios y hombre, Dios y el mundo están realmente en contacto: Jesús carga sobre sí todo el pecado de la humanidad para llevarlo al amor de Dios y "quemarlo" con ese amor. Aproximarse a la cruz, entrar en comunión con Cristo, es entrar en esta transformación. Y esto es entrar en contacto con Dios, entrar en el templo real.
La vida y el discurso de Esteban se interrumpen repentinamente por la lapidación, pero justamente su martirio es el cumplimiento de su vida y de su mensaje: se hace uno con Cristo. Así, su reflexión sobre la acción de Dios en la historia, sobre la palabra de Dios que en Jesús ha encontrado su realización, se convierte en una participación en la oración de la Cruz. Antes de morir, dice: "Señor Jesús, recibe mi espíritu" (Hch. 7,59), apropiándose de las palabras del Salmo 31, 6, y haciéndose eco de las últimas palabras de Jesús en el Calvario: "Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu" (Lc. 23,46); y, por último, al igual que Jesús, grita a gran voz frente a los que lo apedreaban: "Señor, no les tengas en cuenta este pecado" (Hch. 7,60). Notamos que, mientras que la oración de Esteban retoma la de Jesús, el destinatario es diferente, porque la invocación se dirige al mismo Señor, es decir a Jesús que contempla glorificado a la derecha del Padre: "Estoy viendo los cielos abiertos y al Hijo del hombre de pie a la diestra de Dios" (v. 55).
Queridos hermanos y hermanas, el testimonio de san Esteban nos da algunas pistas para nuestra oración y nuestra vida. Nos podemos preguntar: ¿De dónde este primer mártir cristiano sacó la fuerza para hacer frente a sus perseguidores y llegar hasta la entrega de sí mismo? La respuesta es simple: de su relación con Dios, de su comunión con Cristo, por la meditación sobre la historia de la salvación, de ver la acción de Dios, que en Jesucristo llegó al culmen. También nuestra oración debe ser alimentada por la escucha de la palabra de Dios, en la comunión con Jesús y con su iglesia.
Un segundo elemento: san Esteban ve prefigurada, en la historia de la relación de amor entre Dios y el hombre, la figura y la misión de Jesús, Él --el Hijo de Dios--, es el templo "no prefabricado por manos humanas" en donde la presencia de Dios Padre se hizo así de cercana, como para entrar en nuestra carne humana y llevarnos a Dios, para abrirnos las puertas del Cielo. Nuestra oración, entonces, debe ser la contemplación de Jesús a la diestra de Dios, de Jesús como Señor de la nuestra, de mi existencia diaria. En él, bajo la guía del Espíritu Santo, nosotros también podemos dirigirnos a Dios, entrar en contacto real con Dios con la confianza y el abandono de los hijos que acuden a un Padre que los ama infinitamente. Gracias.

02 mayo 2012


PRELATURAS, ORDINARIATOS Y OTRAS ESTRUCTURAS, INSTRUMENTOS PASTORALES

H. Sergio Mora

Las jurisdicciones eclesiásticas personales --prelaturas, ordinariatos, administraciones apostólicas– son circunscripciones eclesiásticas que constituyen un instrumento pastoral importante para la Iglesia, que le permite realizar mejor su labor a favor de fieles que están en circunstancias particulares. Así lo explicó el profesor de derecho canónico, en la Universidad Pontificia de la Santa Cruz, Eduardo Baura, en una reunión informal con periodistas sobre el tema.
El sacerdote que cuenta además con numerosas publicaciones sobre estos temas es también refrendario de la Signatura Apostólica y consultor de la Congregación para los Obispos. En elbriefing se habló también del caso de los anglicanos que han vuelto a la comunión con Roma, gracias a que el Benedicto XVI hizo todo lo que era posible para facilitar el regreso y de la polémica en torno a los levfebristas en Francia.
El profesor al entrar en el tema de las jurisdicciones esclareció que “el término personal se contrapone al territorial” y recordó que la Iglesia se organiza habitualmente y principalmente sobre la base de las divisiones territoriales, de manera que la jurisdicción de un obispo está normalmente delimitada con precisión por el territorio asignado.
Entretanto hay otro tipo de jurisdicciones, dijo, como “las llamadas personales, donde el criterio de delimitación de la jurisdicción no es ya el territorio sino una categoría de personas”. Como lo es “el ordinariato para los militares, destinado a los fieles que están en las fuerzas armadas”. El fiel de un ordinariato militar, o de una prelatura personal, como en el caso del Opus Dei, añadió “pertenecen contemporáneamente y a pleno título, sea a su diócesis en donde vive que a su jurisdicción personal. Estas jurisdicciones personales son cumulativas y no se sustituyen a la de los obispos diocesanos”. El militar, por ejemplo, puede optar por casarse en su parroquia o en su jurisdicción castrense.
El profesor Baura recordó que “las prelaturas y las demás jurisdicciones personales toman impulso con el Concilio Vaticano II, que dio mayor flexibilidad a la organización eclesiástica, permitiéndole de afrontar necesidades pastorales trasversales que trascienden los límites geográficos de las diócesis”. Si bien ya algo existía antes como en el caso de los ordinariatos militares (llamados vicariatos castrenses). “El Concilio pensaba también en los fenómenos de la movilidad humana y habló genéricamente de la posibilidad de crear diócesis peculiares y prelaturas personales, lo que se concretizó después en el Código de 1983 en las prelaturas personales y posteriormente en una ley especial para los ordinariatos militares”.
También indicó que “a diferencia del ordinariato militar, que nace de un acuerdo internacional entre la Santa Sede y un Estado, la prelatura personal antes de iniciar su trabajo en una determinada diócesis tiene que tener el parecer favorable del obispo del lugar”.
El profesor indicó además que “las prelaturas personales están dirigidas por un obispo o un prelado porque son circunscripciones eclesiásticas como las otras”. Y todas “están bajo la dirección del Papa”, no dependen por lo tanto del obispo de la diócesis en la que se encuentran, aunque el prelado tiene que gobernar la propia prelatura en comunión con todos los obispos.
La realidad pastoral del mundo hace difícil las clasificaciones, indicó el sacerdote, como “en el caso de Beirut, donde hay una circunscripción latina y otras, llamadas eparquías, para los fieles de ritos orientales. Se trata de circunscripciones territoriales, pues están delimitadas por el territorio de Beirut, pero con una jurisdicción personal exclusiva, pues cada fiel pertenece sólo a su respectiva circunscripción”.
Existen también en algunos países los llamados ordinariatos rituales personales previstos para atender pastoralmente a fieles de rito oriental que han emigrado a países donde sólo está presente la jerarquía eclesiástica latina.
En el caso de los exanglicanos que volvieron a Roma, se han previsto unos ordinariatos personales que constituyen “un fenómeno muy particular desde el punto de vista canónico”. Aunque “en realidad es un vicariato apostólico personal porque el ordinario gobierna el ordinariato con potestad vicaria del Papa”. De hecho se gobierna a través de la Congregación de la Fe y los fieles tienen que dar su adhesión para pertenecer al ordinariato. Actualmente hay dos, uno en Inglaterra y otro en Estados Unidos. Y consideró “que el papa llevó hasta el límite posible incluso dejando algunas cuestiones por decidir, para permitir que los exanglicanos puedan volver a la comunión con la Iglesia”. Una realidad que probablemente “deberá precisarse y clarificarse a lo largo del tiempo”.
El profesor recordó también la existencia en Brasil, en la diócesis de Campos, de una administración apostólica personal erigida por Juan Pablo II, que permitió a una comunidad tradicionalista de sacerdotes y personas allí radicadas volver a la comunión con Roma, pudiendo utilizar la liturgia anterior al Vaticano II. Esto antes de que Benedicto XVI promulgara la nueva normativa sobre la forma extraordinaria del rito litúrgico. La jurisdicción del administrador apostólico es también cumulativa con la del obispo de la diócesis de Campos.
Por lo que se refiere a los lefevbrianos, el profesor comentó las noticias que han aparecido en los últimos días afirmando que la solución de la prelatura personal es posible aunque algunos ven un posible obstáculo en el canon 297, que exige haber obtenido el consentimiento del obispo diocesano antes de que una prelatura personal pueda empezar a desarrollar su actividad en una diócesis.
El sacerdote recordó que existen además otras necesidades pastorales no relacionadas con el territorio, como en el caso de la gente del mar, emigrantes, gitanos, para las que hay algunas estructuras de coordinación dentro de las conferencias episcopales y de las que se ocupa el Consejo Pontificio para la pastoral con los Emigrantes e itinerantes. Estas realidades podrían desarrollarse hasta el punto de que la Santa Sede juzgase oportuno crear una prelatura personal para ellas porque una conferencia episcopal lo hubiese solicitado.

01 mayo 2012


"EL TURISMO QUE MARCA LA DIFERENCIA"



Declaración final del VII Congreso Mundial de la Pastoral del Turismo

Desde Cancún, México, donde del 23 al 27 de abril de 2012 se ha desarrollado el VII Congreso mundial de pastoral del turismo, nosotros participantes, provenientes de 40 países de 4 continentes --eclesiásticos y laicos comprometidos en este ámbito pastoral y profesional–, ofrecemos una primera valoración de los trabajos del Congreso, dirigiéndonos a cuantos en la Iglesia tienen responsabilidad en la evangelización, y a cuantos en el mundo se ocupan del fenómeno del turismo.
Convocados por el Pontificio Consejo para la Pastoral de los Emigrantes e Itinerantes y por la Prelatura de Cancún-Chetumal, con la colaboración de la Conferencia del Episcopado Mexicano, hemos podido contar con la participación, entre otros, de su beatitud Béchara Boutros RaÏ, patriarca maronita de Antioquía y de todo el Oriente, de monseñor Christophe Pierre, nuncio apostólico en México, de la ministra Gloria Rebeca Guevara Manzo, secretaria de Turismo del Gobierno Federal, y del licenciado Roberto Borge Angulo, gobernador constitucional del Estado de Quintana Roo. Hemos sido acompañados en nuestros trabajos por el Mensaje del Santo Padre Benedicto XVI, profundizado en el discurso inaugural del presidente del Pontificio Consejo, el cardenal Antonio Maria Vegliò.
Interpretando tanto las indicaciones del santo padre como las aportaciones de los expertos y agentes del sector, hemos dedicado una atención especial al turismo religioso, al turismo de los cristianos y al turismo en general, con aportaciones fundamentales sobre argumentos concretos, tales como la situación presente, perspectivas y desafíos del turismo internacional, el patrimonio cultural de la Iglesia al servicio del turismo, la atención pastoral del turismo en el contexto de la nueva evangelización, la Jornada mundial del turismo como una oportunidad pastoral, las nuevas tecnologías y las redes sociales en el ámbito de la pastoral del turismo, y el Código Ético Mundial para el Turismo. Por último, algunas mesas redondas temáticamente conectadas con estas ponencias principales – mesas en las que han participado 28 expertos en los respectivos campos, con numerosas intervenciones por parte de los congresistas –, han enriquecido los conocimientos de todos, sugiriendo nuevas estrategias de compromiso por la afirmación de la centralidad y de la dignidad de cada ser humano, también en el ámbito variado del turismo.
Iluminados por las palabras del santo padre, hemos recordado el desarrollo en el ámbito civil internacional del derecho al tiempo libre (Declaración universal de derechos humanos, 1948) y la utilidad del turismo como vehículo de positivas relaciones humanas: contactos políticos, económicos y culturales más allá de los confines nacionales (Declaración de La Haya sobre turismo, 1989), definiendo como una “piedra angular” el Código Ético Mundial para el Turismo, adoptado por la Organización Mundial del Turismo en 1999, y ratificado por las Naciones Unidas.
La Iglesia contempla al hombre de modo integral. Estamos convencidos tanto de la importancia que el turismo tiene en el momento presente, como del hecho de que “al igual que toda realidad humana, debe ser iluminado y transformado por la Palabra de Dios”. De este presupuesto nace nuestra solicitud pastoral por el turismo.
Para poderlo acompañar, queremos conocerlo en profundidad, individuando tanto sus numerosos elementos positivos como aquellos ambivalentes o negativos, de modo que se puedan valorizar los primeros, denunciar e intentar corregir los últimos, así como promover sus potencialidades.
Hemos constatado con satisfacción la creciente atención de la Iglesia hacia este fenómeno, de la que son ejemplo las Orientaciones para la pastoral del turismo publicadas en 2001 por el Pontificio Consejo para la Pastoral de los Emigrantes e Itinerantes.
Queremos hacernos presentes en el sector del turismo para intentar que hacerlo una realidad humana y humanizadora. Acogemos como tarea la invitación del Santo Padre a “iluminar este fenómeno con la doctrina social de la Iglesia”.
El papa, reelaborando un concepto ya mencionado en la encíclica Caritas in Veritate, nos ha invitado a abordar el tema del turismo en el contexto del desarrollo humano integral, para así poder llegar a proponer de modo creíble “un turismo distinto”, que, al tiempo que manifiesta nuestro común “ser homines viatores”, refleje claramente “ese otro itinerario, más profundo y significativo, que estamos llamados a recorrer: el que nos conduce al encuentro con Dios”. Poniéndonos en guardia contra los abusos del fenómeno turístico, sobre todo esos que a menudo implican la trata de personas, la explotación sexual, el abuso de menores e incluso la tortura, el Santo Padre nos ha pedido articular las coordenadas de un turismo “ético y responsable, de modo que llegue a ser respetuoso con la dignidad de las personas y de los pueblos, accesible a todos, justo, sostenible y ecológico”. Al tiempo, ha confirmado el compromiso de la Iglesia a colaborar, en el ámbito que le es propio, con el fin de que dicho turismo bueno llegue a ser una realidad para todos, especialmente para los más desfavorecidos.
En referencia a quienes visitan las diversas expresiones artísticas nacidas de la experiencia religiosa cristiana, en el “turismo religioso”, consideramos importante poner nuestro patrimonio religioso histórico-cultural al servicio de la nueva evangelización.
El santo padre nos ha señalado como área privilegiada para la contribución de la Iglesia la via pulchritudinis, es decir, la presentación del inmenso patrimonio artístico y cultural cristiano como ocasión para anunciar a Cristo e ilustrar el misterio tanto a los cristianos como a los no cristianos.
Por último, queremos acompañar a los cristianos en el disfrute de sus vacaciones y tiempo libre, de modo que sean de provecho para su crecimiento humano y espiritual, convencidos que ni siquiera en este tiempo podemos olvidarnos de Dios, quien nunca se olvida de nosotros.
La nueva evangelización, a la que todos estamos convocados, nos exige aprovechar las numerosas ocasiones que el fenómeno del turismo nos ofrece para presentar a Cristo como respuesta suprema a los interrogantes del hombre de hoy
Frente a este desafío, nos marcamos como objetivos la acogida como estilo pastoral y la colaboración con todos los sectores implicados.
Será importante contar con adecuadas estructuras pastorales a nivel nacional, diocesano y parroquial, y, de acuerdo con las indicaciones del santo padre, que “la pastoral del turismo forme parte, con pleno derecho, de la pastoral orgánica y ordinaria de la Iglesia, de modo que coordinando los proyectos y esfuerzos, respondamos con mayor fidelidad al mandato misionero del Señor”. Esta exhortación se debe traducir tanto en la creación de estructuras nacionales y diocesanas donde todavía no existan, como en la potenciación de las existentes.
Al concluir esta valiosa serie de intercambios, dirigidos a lograr los importantes objetivos señalados por el santo padre, y en espera del documento final que será redactado por una comisión específica, queremos mostrar nuestro agradecimiento a los organizadores. Junto al Pontificio Consejo, estamos agradecidos a la Prelatura de Cancún-Chetumal, en la persona de su obispo, monseñor Pedro Pablo Elizondo Cárdenas, por esta ocasión de reflexionar juntos en un clima de amistad, apoyados por momentos de celebración litúrgica y de oración, sobre cuestiones de gran importancia y actualidad en el ámbito de un fenómeno que ya implica a mil millones de personas y que está destinado, en los próximos decenios, a crecer y desarrollarse.
Nos comprometemos –cada uno en el propio ámbito y todos juntos al servicio de la Iglesia– a profundizar las conclusiones del Congreso, haciéndonos intérpretes en las diversas situaciones y promotores a nivel global. Esperamos que el trabajo desarrollado en estos días pueda estimular una reflexión más profunda dentro y fuera de la Iglesia, en torno a una realidad que concierne no sólo al tiempo libre del hombre, sino a su misma libertad, junto al sentido profundo de su vida en el mundo.