05 septiembre 2012


Carta del Prelado del Opus Dei

(septiembre 2012)


Queridísimos: ¡que Jesús me guarde a mis hijas y a mis hijos!
Como en otros años, deseaba aprovechar esta pausa para estar con mis hijas y con mis hijos de varios lugares: me ayuda mucho veros, estar con vosotros y palpar la urgencia —siempre actual— de la expansión apostólica. No ha podido ser: omnia in bonum!, porque con mayor intensidad hemos "recorrido" el mundo desde Pamplona.
A principios de julio, antes de llegar a esta ciudad, me detuve en Barcelona y en Gerona; aquí tuvimos una tertulia muy numerosa y bendije una imagen de san Josemaría que se ha colocado en un lugar donde se realiza una abundante labor de almas con gente joven. Luego, como ya os comenté, fui a Portugal para rezar ante Nuestra Señora de Fátima y reunirme con un buen grupo de hermanas y hermanos vuestros. Y el pasado día 23 estuve en Lourdes, honrando a la Señora con toda la Obra e implorando su intercesión: le di gracias en nombre de todas y de todos.
También he realizado un rápido viaje a Holanda. Además de la alegría de ver a las personas de la Prelatura, he revivido parte de la prehistoria de la Obra en esa tierra, acompañando a nuestro Padre y al queridísimo don Álvaro: ¡cuánto rezaron recorriendo sus carreteras y ciudades, pensando en las mujeres y en los hombres que llegarían al Opus Dei, con una esperanza que ahora contemplamos hecha realidad! Vivamos a diario la Comunión de los santos.
Mañana, 2 de septiembre, ordenaré presbíteros a tres hermanos vuestros Agregados, que recibieron el diaconado hace seis meses; también por este motivo se me va la cabeza a san Josemaría, que soñaba con este paso: el momento en que vinieran algunos sacerdotes de entre estos hijos suyos. Rezad por ellos y por los frutos de las numerosas actividades realizadas durante este tiempo en todo el mundo; y cabe añadir por las Regiones del hemisferio sur que, con su vida ordinaria, nos sostienen a todos.
En el centro del mes que comienza, el 14 de septiembre, volvemos a agradecer a nuestra Madre la Iglesia la fiesta de la Exaltación de la Santa Cruz. Nuestro Padre la preparaba y la celebraba con especial alegría, plenamente persuadido de que la Cruz es el trono de gloria desde el que Cristo atrae a sí todas las cosas. No imagináis con qué ilusión dispuso que, en la sede central del Opus Dei, se pintara un gran mural representando la escena que se celebra en la liturgia: la restitución de la Santa Cruz a Jerusalén tras haber sido rescatada de manos no creyentes.
Como manifestación de esa devoción tan arraigada, llevaba siempre consigo una reliquia del lignum crucis y quiso que la llevaran también sus sucesores: primero el inolvidable don Álvaro y ahora yo. Nos impresionaba a todos la gran piedad con que besaba cada día esa reliquia santa, antes de retirarse por la noche a descansar, al comenzar de nuevo la jornada y en otros momentos.
Al día siguiente de esa festividad, el 15 de septiembre, conmemoraremos la presencia de la Virgen al pie de la Cruz, sufriendo con Jesús y colaborando con Él en la obra de la redención. Allí se manifestó su nueva maternidad, cuando escuchó aquellas palabras del Señor: Mujer, aquí tienes a tu hijo. Entonces nos acogió con entereza y ternura, como verdaderos hijos suyos. Estas dos fiestas constituyen para los cristianos un poderoso reclamo, una llamada imperiosa a abrazar con amor las pequeñas o grandes cruces que se presenten en nuestras vidas, sin quejas ni lamentos, porque todas nos atan a Jesucristo y constituyen una muy especial bendición de Dios. No olvidemos aquel comentario de san Josemaría, a propósito de que mucha gente llama cruz a lo que les contraría, y acaban quitando su representación de las casas y, sobre todo, de su conducta. No admiten que la Santa Cruz, con todas sus manifestaciones, da libertad y fuerzas para combatir la batalla de la nueva evangelización, empezando por la conversión personal de cada uno.
Años atrás, el Santo Padre hablaba en una homilía de que no hay amor sin sufrimiento, sin el sufrimiento de la renuncia a sí mismos, de la transformación y purificación del yo por la verdadera libertad. Donde no hay nada por lo que valga la pena sufrir, incluso la vida misma pierde su valor. La Eucaristía, el centro de nuestro ser cristianos, se funda en el sacrificio de Jesús por nosotros, nació del sufrimiento del amor, que en la Cruz alcanzó su culmen. Nosotros vivimos de este amor que se entrega. Este amor nos da la valentía y la fuerza para sufrir con Cristo y por Él en este mundo, sabiendo que precisamente así nuestra vida se hace grande, madura y verdadera.
Ayudemos a todas las personas que encontremos, o con las que coincidamos, a considerar el valor del sufrimiento afrontado de esta manera, con paz y también con alegría. Nuestro Fundador lo subrayaba en una ocasión, haciéndose con dolor una pregunta: ¿Quién sale hoy al encuentro de la Santa Cruz? Poca gente. Ya veis cuál es la reacción del mundo ante la Cruz, incluso de tantos que se llaman católicos, para quienes la Cruz es escándalo o sandez, como escribió San Pablo: iudæis quidem scándalum, géntibus autem stultítiam (1 Cor 1, 23). ¡Señor! A la vuelta de los siglos continúa esta situación anormal, incluso entre las personas que dicen que te quieren y que te siguen. Observamos en este mundo nuestro, en efecto, lo que el Apóstol escribía a los Corintios: los judíos piden signos, los griegos buscan sabiduría; nosotros en cambio predicamos a Cristo crucificado, escándalo para los judíos, necedad para los gentiles; pero para los llamados, judíos y griegos, predicamos a Cristo, fuerza de Dios y sabiduría de Dios.
Hijos míos —proseguía nuestro Padre—, ved que no exagero. Todavía la Cruz es símbolo de muerte, en lugar de constituir señal de vida. Todavía de la Cruz se huye como si fuera un patíbulo, cuando es un trono de gloria. Todavía los cristianos rechazan la Cruz y la identifican con el dolor, en lugar de identificarla con el amor. Tú y yo, cada uno de nosotros, ¿amamos de verdad la Santa Cruz? ¿Estamos persuadidos de que la unión con Cristo crucificado es la fuente de la eficacia sobrenatural y de la verdadera alegría? ¿Nos ejercitamos diariamente en asumir con diligencia lo que nos desagrada: la enfermedad, lo que es obstáculo a nuestros proyectos, las contrariedades de la jornada? Si hay visión sobrenatural, cada día descubriremos no pocas ocasiones de unirnos a Jesús y a la Virgen, recogiendo con amor las pequeñas contradicciones —quizá no tan pequeñas—, y ofreciéndolas en la Santa Misa. ¡Qué tesoro tan grande para el Cielo podremos acumular, a base de detalles menudos!
Era la enseñanza constante de san Josemaría. Os invito a que vayáis recogiendo durante el día —con vuestra mortificación, con actos de amor y de entrega al Señor— miligramos de oro, y polvillo de brillantes, de rubíes y de esmeraldas. Los encontraréis a vuestro paso, en las cosas pequeñas. Recogedlos, para hacer un tesoro en el Cielo, porque con miligramos de oro se reúnen al cabo del tiempo gramos y kilogramos; y con fragmentos de esas piedras preciosas lograréis hacer diamantes estupendos, grandes rubíes y espléndidas esmeraldas.
La receta es fácil de llevar a la práctica, pero presupone el deseo de acompañar a Cristo en el Calvario. Tres actitudes caben ante la Cruz,resumía nuestro Fundador. Huir de este don, que es lo que hace casi todo el mundo. Ir temerariamente a buscarla, deseando grandes pruebas, sometiéndose a penitencias muy extraordinarias: si ese impulso no proviene de Dios, no me parece tampoco oportuno, porque puede ser fruto de una oculta soberbia. La tercera actitud es recibirla con alegría, cuando el Señor la manda: aquí se encuadra, pienso yo, el modo más acertado de comportarse ante la Cruz.
Volvamos los ojos a la Santísima Virgen. El hecho de que María permaneciera firme junto a la Cruz, acompañando de cerca a su Hijo, fue sin duda una gracia especial de Dios; pero una gracia a la que respondió con una preparación de años —desde el momento de la Anunciación y aun antes— por la completa apertura de su corazón y de su alma a los requerimientos divinos. Las etapas del camino de María, desde la casa de Nazaret hasta la de Jerusalén, pasando por la Cruz, donde el Hijo le confía al Apóstol Juan, están marcadas por la capacidad de mantener un clima perseverante de recogimiento, para meditar todos los acontecimientos en el silencio de su corazón, ante Dios (cfr. Lc 2, 19-51); y en la meditación ante Dios comprender también la voluntad de Dios y ser capaces de aceptarla interiormente.
Hijas e hijos míos, ésta es la gran lección que nos transmite la Iglesia con ocasión de esta fiesta mariana. La entera existencia terrena de Nuestra Señora se consumió en el deseo ardiente de cumplir la Voluntad divina, también cuando esa providencia de Dios se presentaba con contornos dolorosos. Y todo lo llevó a cabo sin quejas, con elegancia humana y sobrenatural, sin llamar la atención: Ella es —como recordó tantas veces san Josemaría— Maestra del sacrificio escondido y silencioso. Con su ejemplo nos anima a recibir con amor las contrariedades de la existencia, las pequeñas —que será lo más habitual— y las grandes.
Tratemos de hacer nuestra esa actitud de la Virgen Santísima, modelo para las almas que desean ser contemplativas en medio del mundo: llevar a la meditación personal los sucesos que jalonan nuestras jornadas, gozosos o dolorosos, para descubrir en cada uno la amabilísima Voluntad de nuestro Padre Dios y abrazarla con sosiego. De este modo llenaremos de alegría el Corazón de Jesucristo, que nos bendecirá y colmará de eficacia nuestros esfuerzos por acercarle muchas almas. Amemos la mortificación, la penitencia, con naturalidad, sin aspavientos, como observamos en la vida de María. El mundo admira solamente el sacrificio con espectáculo, porque ignora el valor del sacrificio escondido y silencioso.
Al contemplar la cruz colocada sobre el altar durante la Misa, al besar el pequeño crucifijo que os sugiero llevar siempre con vosotros —como escribió nuestro Padre—, al besar o hacer una reverencia ante la Cruz de palo en los oratorios, fijémonos en el profundo significado de esos gestos. Nos hablan —dice el Papa— de que Dios no ha redimido al mundo con la espada, sino con la Cruz. Al morir, Jesús extiende los brazos. Este es ante todo el gesto de la pasión: se deja clavar por nosotros, para darnos su vida. Pero los brazos extendidos son al mismo tiempo la actitud del orante, una postura que el sacerdote asume cuando, en la oración, extiende los brazos: Jesús transformó la pasión, su sufrimiento y su muerte, en oración, en un acto de amor a Dios y a los hombres. Por eso, los brazos extendidos de Cristo crucificado son también un gesto de abrazo, con el que nos atrae hacia sí, con el que quiere estrecharnos entre sus brazos con amor. De este modo, es imagen del Dios vivo, es Dios mismo, y podemos ponernos en sus manos.
Al releer estas palabras de Benedicto XVI, ha acudido a mi memoria con gran nitidez una imagen característica de san Josemaría. Cuando hablaba del Señor sujeto a la Cruz, más que por los clavos, por el gran amor que nos tenía —así solía expresarse—, no era infrecuente que, con naturalidad, abriera ligeramente los brazos y girara las palmas de las manos, en un gesto que quizá pasaba inadvertido a la mayor parte de las personas. Me consta —lo comentó alguna vez— que ese gesto era manifestación de su afán por unirse estrechamente al Señor, clavado en el leño de la Cruz, tratando de identificarse con Él para acoger a todos los hombres.
El Papa señala que María siguió con discreción todo el camino de su Hijo durante la vida pública hasta el pie de la Cruz, y ahora sigue también, con su oración silenciosa, el camino de la Iglesia. Acudamos a su intercesión con más insistencia en estos tiempos difíciles, para que nos haga fuertes ante el dolor aceptado y buscado. Pongamos bajo su mediación materna —es Mater Ecclésiæ, Madre de la Iglesia— el Año de la Fe que comenzará dentro de pocas semanas, el 11 de octubre, quincuagésimo aniversario del inicio del Concilio Vaticano II. Y, haciendo eco al Santo Padre, esforcémonos para comportarnos en todo momento como cristianos cabales, con un testimonio claro —con obras y con palabras— de nuestra fe católica. La sociedad civil, los ambientes en los que nos movemos, necesitan un suplemento de vida espiritual, de vida sobrenatural, que sólo proviene de la Cruz de Jesucristo. Y, sin autolesionismo, con paz y constancia, tratemos de aprender la lección del Maestro, que acudió a la cita del Calvario puntualizando: ardientemente he deseado comer esta Pascua con vosotros....
Seguid rezando por mis intenciones, consumados en la unidad, fundidos en la oración, en el sacrificio y en los afanes de servir a la Iglesia, al Romano Pontífice y a todas las almas. Para lograrlo, pidamos ayuda a don Álvaro, que tomó el relevo de nuestro Padre precisamente en esta fiesta de Santa María, Madre dolorosa. Pienso que la paz que caracterizó siempre al primer sucesor de san Josemaría se reforzó todavía más, de modo que, con su trato, la gente se sentía poderosamente atraída hacia Dios Nuestro Señor.
Acompañemos al Papa durante su viaje pastoral al Líbano, del 14 al 16 de este mes, donde firmará y hará entrega de la exhortación apostólica post-sinodal sobre el Oriente Medio, fruto de la Asamblea especial del Sínodo de los Obispos celebrado en Roma hace dos años. Roguemos por esas tierras que Nuestro Señor santificó con su presencia e imploremos de la Santísima Virgen, Regína pacis, el don de la paz para los pueblos de aquella zona y para la humanidad entera.
Con todo cariño, os bendice vuestro Padre + Javier
Torreciudad, 1 de septiembre de 2012.

04 septiembre 2012


Estructura y finalidad del Catecismo 


de la Iglesia Católica



 La primera mitad del Catecismo presenta las obras de Dios para nosotros (la fe y los sacramentos) y la segunda, nuestra respuesta a sus dones (la vida cristiana y la oración)

      Una de las claves del Catecismo de la Iglesia Católica y de su Compendio es su estructura, compuesta porcuatro partes en este orden: el Credo, los sacramentos, la moral y la oración. El Catecismo toma esta estructura del Catecismo Romano o Catecismo de Trento (s. XVI) y la presenta de un modo nuevo, acorde con las necesidades actuales.

Un díptico pedagógico: los dones de Dios y nuestra respuesta

      Esas cuatro partes pueden verse como en un díptico que presenta el contenido del Catecismo en dos mitades: lo que Dios nos da, nuestra respuesta. En una conferencia pronunciada en Estados Unidos en 1993, Christoph Schönborn —secretario de la comisión redactora del Catecismo— asumía estas palabras de Pedro Rodríguez, autor de la edición crítica del Catecismo Romano o Catecismo de Trento: «La opción es evidente: el Catecismo Romano, antes de presentar al cristiano lo que ha de hacer, quiere declararle quién y cómo es él (…). De hecho, el orden doctrinal del Catecismo de Trento no tiene cuatro partes, sino que se presenta como un díptico magnífico tomado de la tradición: por un lado, los misterios de la fe en Dios uno y trino, tal como es profesada (Credo) y celebrada (sacramentos); por otro lado, la vida cristiana según la fe —fe que obra por la caridad— expresada en un estilo cristiano de vida (decálogo) y en una oración filial (Padre Nuestro)».
      De esta manera, la articulación entre las cuatro partes del Catecismo de la Iglesia Católica se puede resumir diciendo ante todo que la fe cristiana incluye los sacramentos (los “sacramentos de la fe”: cfr. Compendio, n. 228). Sólo con esos dones de Dios, que nos dan una participación de la vida trinitaria a través de la gracia, podemos “luego” vivir una vida coherente a nuestra comunión con Dios. La vida cristiana, presidida por la caridad, es un fruto de los sacramentos que se manifiesta también en el diálogo con Dios: la oración.
      Dicho brevemente, la primera mitad del Catecismo presenta las obras de Dios para nosotros (la fe y los sacramentos) y la segunda, nuestra respuesta a sus dones (la vida cristiana y la oración). Con la terminología de Santo Tomás de Aquino, se diría: la Iglesia es communio sanctorum, lo cual significa ante todo la comunión de las “cosas santas” que Él nos da; y también significa la “comunión de los santos”, de aquellos que participan de las “cosas santas”, aunque sea sólo incoativamente, aquí en la tierra.

El Catecismo declara su estructura

      Pues bien, el Catecismo de la Iglesia Católica muestra una profunda “autocomprensión” de su estructura, concebida como articulación de la exposición de la fe (vid. nn. 737-741). La primera parte del Catecismo (el Credo) culmina exponiendo que la misión de Cristo (Verbo encarnado) y del Espíritu Santo (en Pentecostés) están al servicio de la comunión de los cristianos con Dios Padre, que es la Iglesia. La segunda parte muestra cómo por medio de los sacramentos, Cristo comunica su Espíritu a los miembros de su Cuerpo místico. La tercera parte se ocupa del fruto de los sacramentos, que es la vida nueva (parte moral). Finalmente, la cuarta parte se centra en una consecuencia fundamental de esa vida nueva: el diálogo con Dios en la oración.
      Respecto al Compendio del Catecismo, puede observarse que refleja esa misma “autocomprensión” de la estructura cuatripartita en los nn. 144-146.

La finalidad del Catecismo: el "conocimiento amoroso de Dios" y de Jesucristo

      Con esta estructura el Catecismo se propone como finalidad el “conocimiento amoroso” del Dios único y de su enviado Jesucristo, en la línea de lo que ya señalaba el Catecismo Romano: «Toda la finalidad de la doctrina y de la enseñanza debe ser puesta en el amor que no acaba. Porque se puede muy bien exponer lo que es preciso creer, esperar o hacer, pero sobre todo se debe siempre hacer aparecer el Amor de nuestro Señor, a fin de que cada uno comprenda que todo acto de virtud perfectamente cristiano no tiene otro origen que el Amor, ni otro término que el Amor» (Prefacio, n. 10).
      Esa es también la “fuerza interior” y evangelizadora del Catecismo de la Iglesia Católica (cfr. n. 429) y de su Compendio, que afirma en el n. 80: «…También hoy, el deseo de evangelizar y catequizar, es decir, de revelar en la persona de Cristo todo el designio de Dios, y de poner a la humanidad en comunión con Jesús, nace de este conocimiento amoroso de Cristo».
      En definitiva, la totalidad de la vida cristiana, sobre la base de la fe y los sacramentos, es un servicio a Dios, y, por Él y con su gracia, que agranda el corazón del hombre, a todas las personas del mundo. La única condición para dar este testimonio del Amor de Dios en el mundo es la comunión de amor con la Trinidad, por la gracia que nos comunica la vida cristiana. Esto sucede sobre todo en la Eucaristía, donde se nos da el mismo autor de la gracia, Jesucristo, y en el sacramento de la Penitencia, que nos purifica para recibir la Eucaristía con mayor plenitud cada vez.
      Con frecuencia la liturgia de la Iglesia pone en boca de los fieles plegarias que manifiestan la realidad de la fe y de la vida cristiana, como éstas, dirigida a Dios Padre: «Infúndenos, Señor, el espíritu de tu caridad para que, alimentados del mismo pan del cielo, permanezcamos siempre unidos por el mismo amor. Por Jesucristo, nuestro Señor» (poscomunión, viernes de la 32ª semana). «Señor, Tú que devuelves la inocencia y la amas, dirige hacia ti los corazones de tus siervos, para que acogiendo tu Espíritu con fervor, permanezcan firmes en la fe y eficaces en las obras. Por Jesucristo, nuestro Señor» (colecta, jueves de la 2ª semana).

03 septiembre 2012


Ordenaciones sacerdotales en Torreciudad

Homilía del Prelado del Opus Dei el 2-9-2012


Queridísimos hermanos y hermanas. Queridísimos ordenandos: 
         
      Hace pocos días he vuelto a leer unas palabras de San Josemaría; hablaba de la misión de la Obra de Dios en el mundo y nos decía: estamos en un camino divino, en el que hemos de seguir las huellas de Jesucristo, llevando nuestra propia cruz, ¡la Santa Cruz!: y espera Dios Nuestro Señor que nos esforcemos generosamente, que nos sintamos dichosísimos, cooperando con sacrificio a que la Obra se realice. Muy apropiadas son estas consideraciones para quienes, dentro de pocos momentos, van a recibir el Sacramento del sacerdocio, y pienso que también lo son para todos los católicos con respecto a nuestro común servir a la Iglesia Santa. Como afirmaba el Fundador del Opus Dei, la Prelatura es una partecica de la Iglesia y si no es para servirla —añadía terminantemente— ¡que se destruya!
      En este domingo, día del Señor, sabiéndonos cada uno miembros del Cuerpo Místico de Jesucristo, demos gracias a Dios por la ordenación presbiteral de estos tres hermanos nuestros y, a la vez roguemos fervientemente a la Trinidad Santísima que despierte en cada una y en cada uno de los que aquí nos encontramos, en este Santuario de la Virgen, un hondo y eficaz sentido del alma sacerdotal, que a todos se nos ha infundido por el sacramento del bautismo.
      Ponderemos que somos portadores de Cristo; y esta responsabilidad santa, porque Dios ha querido contar con nosotros, nos debe empujar a tratar más de cerca a Jesucristo, a conocerle con más intimidad y a darle a conocer. Nada más lejano a tal confianza que el Cielo nos muestra, que una actitud pasiva o de desentendimiento. Hemos de esforzarnos a diario para dejar más espacio a Dios en nuestras almas —diría que ese espacio debe ser total—, para ponernos en condiciones de transmitir al mundo, y más concretamente a nuestros parientes, a nuestros colegas de trabajo, a nuestras amistades, la incomparable alegría de nuestra condición de hijos de Dios; y también para que, por Él —por Cristo—, con Él y en Él —como rezamos en la doxología final de la Plegaria eucarística— nos afanemos en transformar en tarea divina los diferentes quehaceres que nos ocupan.
      Jesucristo pidió a los doce Apóstoles: id por todo el mundo y predicad el Evangelio. Es una exhortación que también nos dirige a nosotros, ninguno excluido; una tarea que podemos llevar a cabo —no es difícil, pero exige lucha— con una conducta coherente con la Gracia que de continuo Dios nos infunde. No lo dudemos, si actuamos así, si damos testimonio de nuestra fe, sin respetos humanos, no pocas personas nos preguntarán sobre el motivo de nuestra actitud o se sentirán interpeladas, y encontraremos tantas oportunidades de dar razón de nuestra esperanza, de transmitir el tesoro de la fe. Como ya sabemos, el Papa Benedicto XVI ha convocado el Año de la Fe, con la Carta Apostólica Porta fidei, no solamente para nuestro beneficio personal, sino para que descubramos o recordemos a la gente el gozo de que todos somos hijos de Dios, y de que a todos nos llama a su amistad. Así se expresaba en ese documento, recogiendo unas palabras pronunciadas en la homilía de su inicio del Pontificado: La Iglesia en su conjunto, y en ésta sus pastores, como Cristo, han de ponerse en camino para rescatar a los hombres del desierto y conducirlos al lugar de la vida, hacia la amistad con el Hijo de Dios, hacia Aquel que nos da la vida, y la vida en plenitud.  
      Muy a propósito viene el texto de Evangelio de San Juan, apenas proclamado. Jesucristo nos dice que Él es el buen Pastor y que ha dado su vida por sus ovejas. San Josemaría, con mucha frecuencia, comentaba estas palabras que el Maestro dedicó al buen Pastor. Se dirigía a los fieles del Opus Dei, pero no excluía a los demás católicos, ciudadanos iguales a los miembros de la Prelatura. Puntualizaba que todos, en la Iglesia, somos oveja y pastor, y con esta afirmación quería señalar que, al ser los bautizados continuadores en el tiempo de la misión de Jesucristo, a todos nos compete —de acuerdo con el sacerdocio ministerial o con el sacerdocio común de los fieles— ser servidores de los demás, dando ejemplo con nuestra conducta y con nuestra formación doctrinal. Porque si leemos habitualmente y con piedad los Evangelios, si los hacemos vida de nuestra propia vida, nos propondremos prestar con generosidad ayuda espiritual, también la humana a nuestro alcance, a quienes con nosotros conviven; conscientes a la vez de que —por la Comunión de los santos—, desde donde nos encontremos, podemos enviar sangre arterial —ayuda espiritual proveniente de la Sangre vivificadora de Cristo— a toda la humanidad.
      Lo que acabo de comentar no ha de quedarse en una simple ilusión, en un fuego de bengala, que brilla por un momento y desaparece sin dejar rastro. El Papa Benedicto XVI repite sin cansancio que Dios quiere servirse de los santos, para propagar la fuerza salvadora que Jesucristo, enviado por su Padre, ha traído a la humanidad de todos los tiempos, la Buena Nueva que siempre será actual y eficaz. Por tanto, si cada una y cada uno de nosotros se esfuerza en caminar lealmente con el Maestro, seremos buenos pastores y saldremos, con continua y entera disponibilidad, en busca de las almas, persuadidos de la trascendencia de nuestra vida cristiana, ya que, como no dejaba de repetir San Josemaría, cuando la siembra es de santidad, nada se pierde.
      Deseo ahora dirigirme a vosotros tres, hijos queridísimos, escogidos por Jesucristo para ser continuadores en el tiempo de su único Sacerdocio. Habéis respondido libremente a esa llamada y, para que descubráis a diario la urgencia de este compromiso, se hace muy necesaria vuestra constancia para ser muy humildes, pidiendo también esta virtud para todos los sacerdotes y seminaristas del mundo, teniendo muy presente que el Sumo Sacerdote, Jesucristo, ha venido a esta tierra nuestra para servir, y no para ser servido. Recordad su invitación clara, terminante: discite a me…, aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón. Os sugiero que miréis a diario, con repetida frecuencia y con devoción, al Crucifijo —el libro en que está toda ciencia, afirmaba Santo Tomás de Aquino—, porque hemos de ir adelante por la misma senda de abnegación total que Cristo recorrió. Al entregaros la hostia sobre la patena y el cáliz, escucharéis: recibe la ofrenda del pueblo santo para presentarla a Dios. Considera lo que realizas e imita lo que conmemoras, y conforma tu vida con el misterio de la cruz del Señor. No decaigamos en dar cumplimiento a esta propuesta
      El Santo Padre, Benedicto XVI, en su carta para convocar un año sacerdotal nos escribió: “El Sacerdocio es el amor del corazón de Jesús”, repetía con frecuencia el Santo Cura de Ars. Esta conmovedora expresión nos da pie para reconocer con devoción y admiración el inmenso don que suponen los sacerdotes, no sólo para la Iglesia, sino también para la humanidad misma. Tengo presente a todos los presbíteros que con humildad repiten cada día las palabras y los gestos de Cristo a los fieles cristianos y al mundo entero, identificándose con sus pensamientos, deseos y sentimientos… Y más adelante apuntaba el Papa: Todos los sacerdotes hemos de considerar como dirigidas a nosotros aquellas palabras que él —san Juan María Vianney— ponía en boca de Jesús: “encargaré a mis ministros que anuncien a los pecadores que estoy siempre dispuesto a recibirlos, que mi misericordia es siempre infinita”. Os pido que meditéis estas ideas, y que releáis esa carta, que tanto bien hará a vuestra alma y os ayudará a ejercer muy rectamente vuestro ministerio, al servir con el sacramento de la penitencia a cuantos se acerquen a vuestro confesonario.       
      Al imponeros las manos para trasmitiros el don del sacerdocio de Cristo, el coro y el pueblo entonarán el himno Veni Creator. Acudid al Paráclito con honda piedad, para que se grabe en vuestra alma que con este sacramento vais a ser, de un modo especial, otro Cristo, y como añadía San Josemaría: el mismo Cristo; no supone esta afirmación una osadía temeraria, porque leemos en los Evangelios, no pocas veces y de diferentes maneras, las precisiones del Maestro: “quien a vosotros oye, a mí me oye”, “haced esto en memoria mía”, “id en mi nombre”. Deseo añadiros que, en la Santa Misa, vais a ser el mismo Cristo, y que seréis ministros para distribuir al pueblo de Dios el Cuerpo y la Sangre del Unigénito, además de que en el sacramento de la Penitencia el Señor se servirá de vosotros, siendo Él mismo el que perdona, para lavar las almas de sus pecados.
      Quiero rogaros también que tengáis muy presente que “no hay Iglesia sin Eucaristía, y no hay Eucaristía sin la Iglesia”. Vosotros, a partir de este día, pasáis a ser de manera primordial guardianes fieles de este don inefable, en el que el mismo Jesucristo hace sacramentalmente presente el Sacrificio de la Cruz, y se queda oculto en los tabernáculos del mundo, esperando ciertamente que le acompañemos todos y muy concretamente sus sacerdotes. Cuidad celosamente la liturgia, sin acostumbraros jamás a celebrar las funciones del altar, y de modo especialísimo la Santa Misa. Celebradla con piedad y recogimiento: no se trata de hacer espectáculo, pero no olvidemos que el pueblo mira y aprende del culto que los ministros de Dios tributamos al Señor. Pedídselo de modo expreso a nuestro Padre, que hasta el final de su vida se esmeró en crecer en piedad desde que comenzaba el Santo Sacrificio hasta el ite, Missa est. Ponderad muchas veces aquel grito de un obispo santo, del que nuestro Padre se hizo eco en Camino: ¡tratádmelo bien!.
      No olvidéis, hijos queridísimos, que recibís la ordenación sacerdotal para servir a la Iglesia, a todas las almas, y más directamente a las mujeres y los hombres de la Prelatura, en la que los sacerdotes y los laicos componemos una unidad orgánica que no puede desgajarse, porque se destruiría el camino de santidad personal que Dios nos pide, y también la eficacia apostólica del Opus Dei, en el mundo entero, al servicio de la Iglesia santa.
      Sed siempre muy leales al Romano Pontífice, sea quien sea; amad a todos los obispos, sucesores de los Apóstoles, y a vuestro Ordinario, el obispo y prelado del Opus Dei; quered a los sacerdotes de cada diócesis; y rogad con constancia al Señor que envíe muchos operarios a la Obra y a toda su mies: numerosos seminaristas decididos a buscar la santidad y también vocaciones a la vida consagrada.
      Pensando en cómo San Josemaría quiso —y ahora desde el Cielo quiere— a los padres y hermanos de sus hijas e hijos, felicito de todo corazón a los que componéis la familia de cada uno de los tres nuevos sacerdotes. Dad gracias a la Trinidad Santísima, apoyados en la intercesión de la Virgen, nuestra Señora de los Ángeles, para que proteja a estos hijos en su nueva etapa de servicio a la Iglesia y a las almas.
      En este templo todo nos habla del amor de Dios y de su Madre a cada una y a cada uno de nosotros: el Sagrario con Jesús Sacramentado que contemplamos en el óculo del retablo, las escenas de la vida del Señor y de Santa María, la imagen de la Virgen de Torreciudad, el digno y amplio presbiterio con la estatua adorante del Fundador del Opus Dei, y hasta las mismas paredes de ladrillo. Cada elemento es una invitación a que pensemos que todos somos templo de Dios y, recogiendo la idea de San Josemaría apuntada en Camino, del mismo modo que los grandes edificios —este Santuario también—, se han levantado ladrillo a ladrillo, consideremos que cada detalle de nuestra vida puede y debe ser un continuo adorar a Dios Nuestro Señor.
      No puedo concluir sin rogaros a todos que, a diario, salga de nuestras almas una oración fervorosa, acompañada de generosos sacrificios, por la persona e intenciones del Papa, por los obispos —por mi hermano el obispo de Barbastro—, por los sacerdotes, y por esta humanidad de la que formamos parte.
      Sea alabado Jesucristo.


'EN LA BIBLIA LA LEY NO ES VISTA COMO UN PESO'


El Papa ayer en el Ángelus

¡Queridos hermanos y hermanas!
En la Liturgia de la Palabra de este domingo surge el tema de la Ley de Dios, de su mandamiento: un elemento esencial de la religión judía e incluso de la cristiana, donde encuentra su pleno cumplimiento en el amor (cf. Rom. 13,10). La Ley de Dios es su palabra que guía al hombre en el camino de la vida, lo libera de la esclavitud del egoísmo y lo introduce en la "tierra" de la verdadera libertad y de la vida. Por eso en la Biblia la Ley no es vista como un peso, como una limitación que oprime, sino como el don más precioso del Señor, el testimonio de su amor paterno, de su voluntad de estar cerca de su pueblo, de ser su Aliado y escribir con este una historia de amor.
Así ora el israelita piadoso, "Me deleito en tus preceptos, / no olvido tu palabra. (...) Llévame por la senda de tus mandatos, / que en ella me siento complacido" (Sal. 119,16.35). En el Antiguo Testamento, es Moisés quien en el nombre de Dios transmite la Ley a las personas. Él, después de un largo viaje a través del desierto, en el umbral de la tierra prometida, proclama: "Y ahora, Israel, escucha los preceptos y normas que yo les enseño, pónganlas en práctica, a fin de que vivan y entren a tomar posesión la tierra que les da Yahvé, Dios de sus padres" (Dt. 4,1).
Y aquí está el problema: cuando el pueblo se establece en la tierra, y es el custodio de la Ley, es tentado de poner su seguridad y su felicidad en algo que ya no es la palabra del Señor: en los bienes, en el poder, en otros "dioses" que en realidad son vanos, son ídolos.
Por supuesto, la Ley de Dios permanece, pero la regla de la vida ya no es lo más importante; se convierte más bien en un revestimiento, en una cobertura, mientras que la vida sigue otros caminos, otras reglas, intereses a menudo egoístas de individuos y de grupo. Así, la religión pierde su verdadero significado que es vivir en la escucha de Dios para hacer su voluntad --que es la verdad de nuestro ser, y así vivir bien, en la verdadera libertad--, y se reduce a la práctica de usanzas secundarias, que satisfacen más bien la necesidad humana de sentirse bien con Dios. Y es esto un riesgo grave para cualquier religión, que Jesús encontró en su tiempo, pero que se puede verificar, por desgracia, incluso en el cristianismo. Por lo tanto, la palabras de Jesús en el evangelio de hoy contra los escribas y los fariseos nos deben hacer pensar también a nosotros.
Jesús hace suyas las palabras del profeta Isaías: "Este pueblo me honra con los labios, pero su corazón está lejos de mí. En vano me rinden culto, ya que enseñan doctrinas que son preceptos de hombres" (Mc. 7, 6-7; cf. Is. 29,13). Y luego concluye: "Dejando el precepto de Dios, se aferran a la la tradición de los hombres" (Mc. 7,8).
El apóstol Santiago, en su carta, advierte contra el peligro de una falsa religiosidad. Le escribe a los cristianos: "Pongan por obra la palabra y no se contenten solo con oírla, engañándose a ustedes mismos" (St. 1,22).
La Virgen María, a la que nos dirigimos ahora en oración, nos ayude a escuchar con un corazón abierto y sincero la Palabra de Dios, de modo que oriente nuestros pensamientos, nuestras decisiones y nuestras acciones, todos los días.

01 septiembre 2012


PRACTICAR LA FE 
Ramiro Pellitero

  
Con  frecuencia  se  oye  decir:  “Creo pero no practico”.  Si   se  pregunta   por   el  significado  concreto de estas palabras,  el encuestado  responderá  que  acepta la existencia de un ser transcendente, incluso de un Dios personal; pero que no reza –al menos como entiende que la Iglesia prescribe–, no va a Misa, no se confiesa, etc. Y así se ha extendido esa expresión, que tiene su sentido a la vez que encierra una contradicción, no percibida por el que la sostiene.

Y es que “practicar” la fe cristiana supone ciertamente la oración y los sacramentos, pero no sólo eso. Practicar la fe abarca el amor a Dios y el amor al prójimo, dar culto a Dios y servir a los demás con la caridad y la justicia.

 En uno de sus sermones exhorta San Agustín: “Dichosos nosotros si llevamos a la práctica lo que escuchamos (en la iglesia)…Porque cuando escuchamos es como si sembráramos una semilla, ycuando ponemos en práctica lo que hemos oído es como si esta semilla fructificara” (Sermón 23A). Y añade que la vida cristiana, como la de Jesús, se fundamenta en dos actitudes: la humildad y la acción de gracias.

La humildad lleva, en efecto, a morir a uno mismo para dar la vida a otros. Y laacción de gracias (eso significa Eucaristía) se ofrece a Dios Padre como culto, a la vez que se traduce en servicio por el bien de todos: damos gracias a Dios que nos ha salvado y manifestamos nuestro agradecimiento preocupándonos, con hechos, por los demás.
        
“Vivamos, por tanto, dignamente –concluye San Agustín–, ayudados por la gracia que hemos recibido y no hagamos injuria a la grandeza del don que nos ha sido dado”.
        
En definitiva, practicar la fe es ese “vivir dignamente, ayudados por la gracia”. Por tanto, no practica quien no vive los sacramentos, y tampoco practica quien no se preocupa por las necesidades materiales y espirituales de los demás.
        
“Practicar la fe” es amar a Dios sobre todas las cosas, muriendo al egoísmo y al pecado (la búsqueda del bienestar o del poder a toda costa; ponerse a uno mismo en el centro, ocupando el lugar de Dios). Y al mismo tiempo –con y como Cristo– traducir ese amor en el amor al prójimo. Y esto, en concreto, comenzando por los que nos rodean, en el ambiente de trabajo, en la familia, en las relaciones sociales y culturales.
        
De esta manera “la práctica de la fe” es, sencillamente, la vida cristiana bien “vivida”, tal y como la pueden y deben ejercitar la mayor parte de las personas, en medio de la calle. La fe lleva a la oración y a los sacramentos, y “fructifica” en el trabajo por el bien material y espiritual de todos, especialmente de los más necesitados.
        
Sólo así se comprueba que la fe es luz –que asume también la razón– y fuerza que sostiene al cristiano, tanto en las situaciones más comunes como en las más difíciles y extraordinarias de su vida.
        
Un ejemplo de ello se ve en la película “Prueba de fuego” (Fireproof, A. Kendrick, 2008). Queda claro que la oración y el sacrificio unidos a Cristo son eficaces ante las crisis.        Esto es verdad sobre todo cuando la existenciagira en torno a la Eucaristía.
        
La fe no es un conjunto de teorías, ni tampoco un manojo de sentimientos ni un código de reglas, sino una Vida y un amor, que Dios nos ha entregado en Cristo por la gracia del Espíritu Santo, para que nosotros nos entreguemos por el bien de los demás.     Según el apóstol Santiago, la fe sin obras es una “fe muerta”. Practicar la fe es “vivir la fe” y “vivir de fe”. Según Benedicto XVI, la fe lleva a ponerse al servicio del mundo, con el amor y la verdad (cf. encíclica Caritas in veritate, n. 11).


Libertad escolar de las familias


La falacia de la discriminación, es sencillamente una falacia, porque nadie discrimina a nadie al separar niños y niñas en la enseñanza

      El Tribunal Supremo ha dictaminado recientemente que dos Comunidades Autónomas deben denegar el Concierto educativo a unos centros con educación diferenciada. Jurídicamente no debía ser fácil el tema cuando los dos Tribunales Superiores de Justicia de esas Comunidades habían fallado a favor de los colegios. A mí no me interesa entrar ahora en un galimatías legal, que no entiendo, aunque sí lo suficiente como para saber que la Constitución española establece —sin restricción alguna— el derecho de los padres a elegir el tipo de educación que deseen para sus hijos.

      Caben diversos tipos de enseñanza: estatal, de iniciativa social o de iniciativa social concertada, con idearios variadísimos pero, dentro de todas las posibilidades, no entra la educación diferenciada, que no será mejor ni peor, sino otra opción. No dudo de la justicia del Tribunal Supremo pero, si es acertada, habrá que cambiar una ley —posiblemente anticonstitucional— con la tan traída y llevada discriminación de sexos. Si los legisladores fueran coherentes, tendrían que hablar de discriminación de género, con lo que el tipo de escuelas se multiplicarían por mucho. Además habría que ver si el progenitor A se ponía de acuerdo con el B...

      No nos engañemos, la falacia de la discriminación, es sencillamente una falacia, porque nadie discrimina a nadie al separar niños y niñas en la enseñanza. Lo saben miles de familias en nuestro país. ¿Están traumatizados los que se educan de ese modo? ¿Ha sido motivo para acudir al psiquiatra? ¿No son más las mujeres sometidas al aborto quienes acuden a estos médicos? Además, con exclusión del padre de la criatura para intervenir, quedan discriminados ambos: uno por no participar en la decisión y la otra por pechar sola con ella. Pues resulta que esta legalidad hipócrita llama derecho al aborto y discriminacióna la educación citada. Cualquier día se cargan las sociedades gastronómicas de hombres, los baños separados de bares o aeropuertos o la asociación de mujeres periodistas. Unos ejemplos entre decenas.

      Si esa forma de educar fuera anticonstitucional, lo sería también para los colegios no concertados. Como no lo es, simplemente responde al capricho del legislador o una imposición ideológica aplicada con un sesudo argumento: sí, pero no con mi dinero. Eso provoca otra injusticia porque los padres que lleven a sus hijos a un colegio diferenciado, lo pagan dos veces, precisamente con su dinero: en el colegio y en los impuestos destinados a los privilegiados que sí tienen gratuita la educación deseada. Los sindicatos han empleado frecuentemente esta fórmula, también algunos partidos políticos y medios de comunicación situados en su ola. Pues, con más motivo, se les podría decir a ellos: sí, pero no con mi dinero. La escuela concertada ahorra dinero al erario público; ellos, no.
      Nuestra Constitución garantiza la gratuidad de ciertos niveles de enseñanza y la capacidad de los padres para elegir con libertad. Diré de pasada que las famosas zonificaciones ya han reducido notablemente la libertad. Traban a la libertad. Como la entorpece esta ley que da pie a la mentada sentencia que, por cierto, también contiene otra deriva terrible: el Estado por encima de los padres. Parece, más bien, que lo que se da de bofetadas con la Constitución es una ley de quitar libertades protegidas por ésta.
      Hay que andar con tiento para que una moda, una imposición del pensamiento dominante, no nos trajine como le venga en gana, seamos progresivamente encorsetados, y nos demos cuenta cuando no tenga remedio. Por eso —y sin entrar yo en política, pero amando la libertad que nos sustraen—, me gusta que el titular de la Cartera de Educación haya afirmado enseguida que si esa ley no autoriza este tipo de respetable educación, habrá que cambiarla. Cuanto antes, porque no hay derecho —esto sí que sería un fraude— a que centenares o miles de familias se queden de pronto sin colegio y sin dinero. Todo por capricho, por ideología, tal vez por maltrato a la religión, por tiranía, que así se llama ese modo de proceder.

      Por lo que va dicho —aunque estemos en pleno verano—, son los padres y madres de familia quienes deben reaccionar con inmediatez. No sé si ahora los jueces se dedican a fallar en verano pues, ni hecho aposta, les sale mejor. Entonces, a pesar del estío, es preciso que las familias se muevan para que se corrija la ley y salga otra cuanto antes más respetuosa con nuestra libertad, con la Constitución, con la Declaración Universal de Derechos del Hombre y con alguna Convención Internacional que tenemos firmada justamente para respetar el tipo de educación agredida.

      Todo gobernante debe saber que sin libertad escolar, no hay libertad y que manipulada la escuela, manipulado el hombre. Necesitamos pensadores y gobernantes valientes que busquen el bien común para todos, en lugar de dedicarse a la pesca del voto cautivo en los caladeros de lo políticamente correcto, ordinariamente falaces. En esos caladeros no arreglamos ni la crisis económica, ni su causa: la crisis del hombre.

31 agosto 2012


"RECIBID CON DOCILIDAD LA PALABRA SEMBRADA EN VOSOTROS"


Pedro Mendoza (segunda lectura dominical TO 22º, CICLO B)

"Toda dádiva buena y todo don perfecto viene de lo alto, desciende del Padre de las luces, en quien no hay cambio  ni sombra de rotación. Nos engendró por su propia voluntad, con Palabra de verdad, para que fuésemos como las primicias de sus criaturas. Y recibid con docilidad la Palabra sembrada en vosotros, que es capaz de salvar vuestras almas. Poned por obra la Palabra y no os contentéis sólo con oírla, engañándoos a vosotros mismos. La religión pura e intachable ante Dios Padre es ésta: visitar a los huérfanos y a las viudas en su tribulación  y conservarse incontaminado del mundo". Sant 1,17-18.21b.22.27
Comentario
El pasaje de la 2ª lectura de este 22º domingo del Tiempo ordinario está tomado de la conclusión de la primera parte de la carta del apóstol Santiago en la que se presentan los beneficios aportados por las pruebas (1,2-18), y del inicio de la segunda parte en la que señala la necesaria coherencia que debe haber entre la palabra y las obras (1,19-27). En la primera parte de la carta, el autor pone en guardia contra cualquier ilusión piadosa, como si bastara estar convencido de las verdades cristianas para ser cristiano y salvarse. La verdadera fe, si ha de conducir a la salvación, hay que demostrarla día a día. En la segunda parte, precisa que la fe reconocida y profesada urge por su esencia para que se pase a la acción, si en realidad es verdadera fe. Por eso Santiago insiste en que no basta oír, sino que hay que realizar. Hay que ser realizador de la palabra (1,22.23) y realizador de la obra (1,25). Una fe que sólo repercute en el pensamiento es una forma piadosa de engañarse a sí mismo. Por eso, al final, pone algunos ejemplos de fe realizada: la solicitud desinteresada por los indigentes (1,27: viudas, huérfanos) y la lucha para vivir de un modo agradable a Dios.
En nuestro pasaje, Santiago inicia recordando que Dios es la primera causa y el creador de todo lo bueno (vv.16-18). De este modo rebate la afirmación de quien pretende atribuir a Dios en último término la responsabilidad  de la tentación y del pecado. Para ello toma este argumento del orden de la creación y se sirve de ideas que eran familiares sobre todo en el ambiente de sus lectores. Dios, por ser el creador y el conservador del mundo, es también su padre (v.17). Para demostrar lo que afirma dirige su mirada a Dios, cuya esencia es pura y buena y por consiguiente no puede producir el mal o algo imperfecto. Sus dádivas y dones son todos buenos y hacen rico y bueno al agraciado. En el v.18 presenta una prueba más contundente contra el otro modo de ver, falso y peligroso: fue voluntad libre de Dios salvarnos a nosotros, pecadores y pobres criaturas. La voluntad de Dios tiende a nuestra salvación y nada puede desviarla. No hay ninguna razón para desconfiar del amor paterno y salvador de Dios, ni siquiera cuando sufrimos tentación. Precisamente en ese caso su ayuda salvadora es el único apoyo con que contamos, la única razón sólida de nuestra confianza en que saldremos victoriosos de todas las tentaciones.
En la segunda parte de la carta, Santiago busca precisar cuál debe ser la manera de comportarse con la palabra. Señala en primer lugar la docilidad o mansedumbre: "recibid con docilidad la Palabra sembrada en vosotros, que es capaz de salvar vuestras almas" (v.21b). La fecundidad de la Palabra no sólo depende del poder operativo de la Palabra de Dios, sino también de la colaboración del creyente. El hombre debe colaborar, venciendo su ira con mansedumbre y con una disposición amistosa, dulce, humilde y confiada.
Hay que advertir que Santiago insiste en que se acepte el mensaje de la fe y se cumplan sus exigencias:  "recibid con docilidad la Palabra sembrada en vosotros". Ocupaos constantemente de ella, vivid desplegando la fuerza de esa nueva semilla, de ese principio vital; haced fermentar vuestro pensamiento y vuestra voluntad con esa activa levadura; reformad y perfeccionad con ella vuestra vida. Es un requisito muy importante, que sólo puede cumplirse como es debido mediante un constante contacto con la palabra de Dios, que hemos de oír tal como nos la enseñan y anuncian. Vivir de la palabra pertenece a la esencia del cristianismo, tanto antes como ahora. La palabra es poderosa; "capaz de salvar vuestras almas".
En el v.22, Santiago enuncia el objetivo a que tendían sus palabras: sed realizadores de la palabra. Vivid lo que creéis. Quien reconoce como verdadero el mensaje de la fe y lo acepta, quien procura con todas sus fuerzas penetrar el sentido espiritual de la revelación, pero no ajusta su vida a la voluntad de Dios, se engaña. Santiago refuerza con una comparación el precepto que acaba de dar. Quien por medio de la fe ha penetrado en la verdad, pero sigue viviendo como si la fe no le hubiera dado una visión fundamental y nueva de su conducta y de su vida, es como un hombre que contempla su rostro en un espejo y olvida inmediatamente lo que el espejo le mostró. Un mero conocimiento superficial de la fe no sirve para nada (v.23).
Nuestro pasaje concluye con el v.27 en donde el autor precisa una vez más que la verdadera religión se demuestra con obras: "visitar a los huérfanos y a las viudas en su tribulación  y conservarse incontaminado del mundo". La verdadera religión se manifiesta en una vida laboriosa al servicio del amor fraterno y en la pureza de costumbres.
Aplicación
"Recibid con docilidad la Palabra sembrada en vosotros".
Toda la liturgia de la Palabra de este 22º domingo del Tiempo ordinario busca dejarnos la enseñanza de en qué consiste la religión auténtica, iluminando cuál debe ser la relación entre religión y observancia, entre religión y corazón. La 1ª lectura del libro del Deuteronomio nos ofrece el elogio hecho por Moisés a la ley y la exigencia de ponerla en práctica. En la segunda lectura, Santiago nos indica que la Palabra de Dios, sembrada en nosotros, no sólo debe ser escuchada, sino que debe ser puesta en práctica. En el Evangelio Jesús, hablándonos de la observancia de la ley y de las tradiciones, nos deja una enseñanza muy importante: vivir la religión del corazón, que no está esclavizada de las prácticas de pureza externa, sino de la pureza del corazón.
La lectura del Deuteronomio (4,1-2.6-8) pone de relieve ante todo que la Ley es un don de Dios, que proviene de su amor por nosotros. En ella Dios nos traza el camino para alcanzar la vida auténtica y la felicidad. De ahí la insistencia de la necesidad de cumplir la Ley. Si no es puesta en práctica, no sirve de nada. Por eso debemos acoger esta Palabra de Dios, contenida en la Ley, con gratitud y llevarla fielmente a la práctica.
En el Evangelio (Mc 7,1-8.14-15.21-23) Jesús nos pone en guardia contra uno de los peligros con relación al cumplimiento de la Ley: la observancia meramente externa de los preceptos, que se queda en un ritualismo sin corazón y cae en la hipocresía. Esa fue una de las desviaciones que trajeron consigo la introducción de un excesivo número de prácticas y de tradiciones, como la de la pureza ritual, hasta hacer del cumplimiento de la Ley algo insoportable. Jesús crítica severamente tal actitud, pues mata el espíritu de la auténtica religión, reduciéndola a ritualismos y prácticas exteriores. Lo que no puede faltar en la vivencia de una auténtica religión es la práctica de la justicia, la misericordia y la fidelidad, lo cual es más importante que todas las otras prácticas exteriores. Así Jesús señala que la verdadera impureza no es la exterior, sino la del corazón, la cual provoca los pecados más grandes.
Como vemos en la 2ª lectura de la carta de Santiago (1,17-18.21b.22.27), él también insiste mucho en la necesidad de poner en práctica la Palabra de Dios: "Poned por obra la Palabra y no os contentéis sólo con oírla, engañándoos a vosotros mismos" (v.22). Por ello es preco que acojamos la Palabra de Dios de tal manera que penetre profundamente en nosotros para después ponerla en práctica en la vida concreta, por ejemplo, como nos indica Santiago a través de la solicitud desinteresada por los indigentes (v.27: viudas, huérfanos) y la lucha para vivir de un modo agradable a Dios.

HIPOCRESÍA:

EL CÁNCER DE LA RELIGIÓN


Jesús Álvarez García (Evangelio del Domingo 22° del T.O./B)


 Algunos fariseos y maestros de la ley preguntaron a Jesús: «¿Por qué tus discípulos no observan la tradición de los mayores, sino que comen con las manos impuras?» Él les contestó:«Hipócritas, Isaías profetizó muy bien acerca de ustedes, según está escrito: ‘Este pueblo me honra con los labios, pero su corazón está lejos de mí. En vano me rinden culto enseñando doctrinas que son preceptos humanos’. Ustedes dejan el mandamiento de Dios y se aferran a la tradición de los hombres».Llamó de nuevo a la gente y les dijo:«Óiganme todos y entiendan bien: Nada que entra de fuera puede manchar al hombre; lo que sale de dentro es lo que puede manchar al hombre, porque del corazón proceden los malos pensamientos, fornicaciones, robos, homicidios, adulterios, avaricia, maldad, engaño, desenfreno, envidia, blasfemia, soberbia y estupidez. Todas esas cosas malas salen de dentro y hacen impuro al hombre».(Mc. 7, 1-8.14-15.21-23)
Jesús, más que reprochar a los fariseos y maestros de la Ley por lavarse las manos, los reprueba por suplantar con leyes y tradiciones humanas la Ley divina del amor a Dios y al prójimo, hasta el punto de sentirse con derecho a abandonar a sus padres ancianos y enfermos, si daban al templo el dinero con que deberían socorrerlos.
También hoy las exigencias del amor a Dios y al prójimo son fácilmente suplantadas por ritos externos, normas y leyes fáciles, costumbres cómodas, etc., que siguen envenenando la religión con la idolatría, y pervirtiendo las relaciones familiares, humanas y sociales con el egoísmo.
El mero cumplimiento del culto externo merece la dura descalificación de Isaías repetida por Jesús: “Este pueblo me honra con los labios, pero su corazón está lejos de mí”. El culto, si no sale del corazón, del amor, se hace hipocresía.
A Dios solo le agrada el culto vivido en el amor efectivo a Él y al prójimo, pues en eso consiste la verdadera religión, que es la fuente de la auténtica felicidad, de la santidad y de la salvación.
“Les ruego, hermanos, por la gran ternura de Dios, que le ofrezcan su propia persona como sacrificio vivo y santo, capaz de agradarle; éste es el culto razonable” (Rm. 12, 1); “La religión verdadera consiste en socorrer a los huérfanos y a las viudas en sus tribulaciones” (Sant. 1, 27).
La intención profunda, que brota del corazón, es la que hace grandes o perversas nuestras obras, palabras, culto, alegrías, penas y nuestra misma persona. Todo lo que Dios ha creado es bueno. Nuestro corazón, con sus intenciones, puede consagrar la bondad de las cosas en función del amor a Dios y al prójimo; o pervertirlas con el egoísmo, la hipocresía, la idolatría, que brotan del corazón y expulsan de la vida al Dios del amor, de la libertad, de la alegría, de la salvación.
Jesús nos invita hoy a una revisión profunda y sincera de nuestro modo de rezar, celebrar y vivir el culto en el templo y de proyectarlo en la existencia cuotidiana, desde nuestro corazón, donde acogemos o rechazamos a Dios y al prójimo, donde consagramos o profanamos las cosas, las obras y la vida con que Dios nos bendijo y bendice.
La religión, la oración, la Eucaristía y la Biblia como encuentros amorosos con Dios, son causa de nuestra alegría, paz, felicidad en este mundo y nos llevan a la felicidad eterna, que todos anhelamos desde lo más profundo de nuestra persona.