17 septiembre 2012


"EL SEÑOR CONCEDA A ORIENTE MEDIO SERVIDORES DE LA PAZ Y LA RECONCILIACIÓN"


Homilía del Papa en Beirut 

Queridos hermanos y hermanas:
«Bendito sea Dios, Padre de Nuestro Señor Jesucristo» (Ef. 1,3). Bendito sea en este día en el que tengo la alegría de estar aquí con vosotros, en el Líbano, para entregar a los obispos de la región la Exhortación apostólica postsinodal Ecclesia in Medio Oriente. Agradezco cordialmente a Su Beatitud Bechara Boutros Raï sus amables palabras de bienvenida. Saludo a los demás patriarcas y obispos de las iglesias orientales, a los obispos latinos de las regiones vecinas, así como a los cardenales y obispos procedentes de otros países.
Os saludo a todos con gran afecto, queridos hermanos y hermanas del Líbano, así como a los de los países de toda esta querida región de Oriente Medio, que han venido para celebrar, con el Sucesor de Pedro, a Jesucristo crucificado, muerto y resucitado. Saludo con deferencia también al Presidente de la República y a las autoridades libanesas, a los responsables y miembros de otras tradiciones religiosas que han tenido a bien estar presentes aquí esta mañana.
En este domingo en el que Evangelio nos interroga sobre la verdadera identidad de Jesús, henos aquí con los discípulos por la senda que conduce a los pueblos de la región de Cesarea de Filipo. «Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?» (Mc. 8,29), les preguntó Jesús. El momento elegido para plantear esta cuestión tiene un significado. Jesús se encuentra en un momento decisivo de su existencia. Sube hacia Jerusalén, hacia el lugar donde, por la cruz y la resurrección, se cumplirá el acontecimiento central de nuestra salvación. Jerusalén es también donde, al final de estos acontecimientos, nacerá la Iglesia. Y cuando, en ese momento decisivo, Jesús pregunta primero a sus seguidores: «¿Quién dice la gente que soy yo?» (Mc. 8,27), las respuestas que le dan son muy diferentes: Juan el Bautista, Elías, un profeta.
También hoy, como a lo largo de los siglos, aquellos, que de una u otra manera, han encontrado a Jesús en su camino, ofrecen sus respuestas. Éstas son aproximaciones que pueden permitir encontrar el camino de la verdad. Pero, aunque no sean necesariamente falsas, siguen siendo insuficientes, pues no llegan al corazón de la identidad de Jesús. Sólo quien se compromete a seguirlo en su camino, a vivir en comunión con él en la comunidad de los discípulos, puede tener un conocimiento verdadero.
Entonces es cuando Pedro, que desde hacía algún tiempo había vivido con Jesús, dará su respuesta: «Tú eres el Mesías» (Mc.8,29). Respuesta acertada sin duda alguna, pero aún insuficiente, puesto que Jesús advirtió la necesidad de precisarla. Se percataba de que la gente podría utilizar esta respuesta para propósitos que no eran los suyos, para suscitar falsas esperanzas terrenas sobre él. Y no se deja encerrar sólo en los atributos del libertador humano que muchos esperan.
Al anunciar a sus discípulos que él deberá sufrir y ser ajusticiado antes de resucitar, Jesús quiere hacerles comprender quién es de verdad. Un Mesías sufriente, un Mesías servidor, no un libertador político todopoderoso. Él es siervo obediente a la voluntad de su Padre hasta entregar su vida. Es lo que anunciaba ya el profeta Isaías en la primera lectura. Así, Jesús va contra lo que muchos esperaban de él. Su afirmación sorprende e inquieta. Y eso explica la réplica y los reproches de Pedro, rechazando el sufrimiento y la muerte de su maestro. Jesús se muestra severo con él, y le hace comprender que quien quiera ser discípulo suyo, debe aceptar ser un servidor, como él mismo se ha hecho siervo.
Decidirse a seguir a Jesús, es tomar su Cruz para acompañarle en su camino, un camino arduo, que no es el del poder o el de la gloria terrena, sino el que lleva necesariamente a la renuncia de sí mismo, a perder su vida por Cristo y el Evangelio, para ganarla. Pues se nos asegura que este camino conduce a la resurrección, a la vida verdadera y definitiva con Dios. Optar por acompañar a Jesucristo, que se ha hecho siervo de todos, requiere una intimidad cada vez mayor con él, poniéndose a la escucha atenta de su Palabra, para descubrir en ella la inspiración de nuestras acciones.
Al promulgar el Año de la fe, que comenzará el próximo 11 de octubre, he querido que todo fiel se comprometa de forma renovada en este camino de conversión del corazón. A lo largo de todo este año, os animo vivamente, pues, a profundizar vuestra reflexión sobre la fe, para que sea más consciente, y para fortalecer vuestra adhesión a Jesucristo y su evangelio.
Hermanos y hermanas, el camino por el que Jesús nos quiere llevar es un camino de esperanza para todos. La gloria de Jesús se revela en el momento en que, en su humanidad, él se manifiesta el más frágil, especialmente después de la encarnación y sobre la cruz. Así es como Dios muestra su amor, haciéndose siervo, entregándose por nosotros. ¿Acaso no es esto un misterio extraordinario, a veces difícil de admitir? El mismo apóstol Pedro lo comprenderá sólo más tarde.
En la segunda lectura, Santiago nos ha recordado cómo este seguir a Jesús, para ser auténtico, exige actos concretos: «Yo con mis obras, te mostraré la fe» (2,18). Servir es una exigencia imperativa para la Iglesia y, para los cristianos, el ser verdaderos servidores, a imagen de Jesús. El servicio es un elemento fundacional de la identidad de los discípulos de Cristo (cf. Jn. 13,15-17). La vocación de la Iglesia y del cristiano es servir, como el Señor mismo lo ha hecho, gratuitamente y a todos, sin distinción. Por tanto, en un mundo donde la violencia no cesa de extender su rastro de muerte y destrucción, servir a la justicia y la paz es una urgencia, para comprometerse en aras de una sociedad fraterna, para fomentar la comunión.
Queridos hermanos y hermanas, imploro particularmente al Señor que conceda a esta región de Oriente Medio servidores de la paz y la reconciliación, para que todos puedan vivir pacíficamente y con dignidad. Es un testimonio esencial que los cristianos deben dar aquí, en colaboración con todas las personas de buena voluntad. Os hago un llamamiento a todos a trabajar por la paz. Cada uno como pueda y allí dónde se encuentre.
El servicio debe entrar también en el corazón de la vida misma de la comunidad cristiana. Todo ministerio, todo cargo en la Iglesia, es ante todo un servicio a Dios y a los hermanos. Éste es el espíritu que debe reinar entre todos los bautizados, en particular con un compromiso efectivo para con los pobres, los marginados y los que sufren, para salvaguardar la dignidad inalienable de cada persona.
Queridos hermanos y hermanas que sufrís en el cuerpo o en el corazón, vuestro dolor no es inútil. Cristo servidor está cercano a todos los que sufren. Él está a vuestro lado. Que os encontréis en vuestro camino con hermanos y hermanas que manifiesten concretamente su presencia amorosa, que no os abandonará. Que Cristo os colme de esperanza.
Y todos vosotros, hermanos y hermanas, que habéis venido para participar en esta celebración, tratad de configuraros siempre con el Señor Jesús, con él, que se ha hecho servidor de todos para la vida del mundo. Que Dios bendiga al Líbano, que bendiga a todos los pueblos de esta querida región del Medio Oriente y les conceda el don de su paz. Amén.

16 septiembre 2012


'LA IGLESIA NECESITA VUESTRO ENTUSIASMO Y CREATIVIDAD'


Discurso del Papa  a los jóvenes en Bkerké


Beatitud, Hermanos Obispos, 
Señor Presidente, 
queridos amigos:

«A vosotros gracia y paz abundantes por el conocimiento de Dios y de Jesús nuestro Señor» (2 P 1,2). El pasaje de la carta de San Pedro que acabamos de escuchar expresa bien el gran deseo que llevo en el corazón desde hace mucho tiempo. Gracias por vuestra calurosa acogida, gracias de todo corazón por vuestra presencia tan numerosa esta tarde. Agradezco a Su Beatitud el Patriarca Bechara Boutros Raï sus palabras de bienvenida, a Mons. Georges Bou Jaoudé, Arzobispo de Trípoli y Presidente del Consejo para el apostolado de los laicos en el Líbano, y a Monseñor Elie Hadda, Arzobispo de Sidón de los Griegos melquitas y Vicepresidente de dicho Consejo, así como a los dos jóvenes que me han saludado en nombre de todos vosotros. سَلامي أُعطيكُم (Mi paz os doy) (Jn 14,27), nos dice Jesucristo.
Queridos amigos, vosotros vivís hoy en esta parte del mundo que ha visto el nacimiento de Jesús y el desarrollo del cristianismo. Es un gran honor. Y es una llamada a la fidelidad, al amor por vuestra región, y especialmente a ser testigos y mensajeros de la alegría de Cristo, porque la fe transmitida por los Apóstoles lleva a la plena libertad y al gozo, como lo han mostrado tantos santos y beatos de este país. Su mensaje ilumina la Iglesia universal. Y puede seguir iluminando vuestras vidas. Entre los Apóstoles y los santos, muchos vivieron periodos difíciles, y su fe fue la fuente de su valor y de su testimonio. Que encontréis en su ejemplo e intercesión la inspiración y el apoyo que necesitáis.
Conozco las dificultades que tenéis en la vida cotidiana, debido a la falta de estabilidad y seguridad, al problema de encontrar trabajo o incluso al sentimiento de soledad y marginación. En un mundo en continuo movimiento, os enfrentáis a muchos y graves desafíos. Pero ni siquiera el desempleo y la precariedad deben incitaros a probar la «miel amarga» de la emigración, con el desarraigo y la separación en pos de un futuro incierto. Se trata de que vosotros seáis los artífices del futuro de vuestro país, y cumpláis con vuestro papel en la sociedad y en la Iglesia.
Tenéis un lugar privilegiado en mi corazón y en toda la Iglesia, porque la Iglesia es siempre joven. La Iglesia confía en vosotros. Cuenta con vosotros. Sed jóvenes en la Iglesia. Sed jóvenes con la Iglesia. La Iglesia necesita vuestro entusiasmo y creatividad. La juventud es el momento en el que se aspira a grandes ideales, y el periodo en que se estudia para prepararse a una profesión y a un porvenir. Esto es importante y exige su tiempo. Buscad lo que es hermoso y gozad en hacer el bien. Dad testimonio de la grandeza y la dignidad de vuestro cuerpo, que es «para el Señor» (1 Co 6,13b). Tened la delicadeza y la rectitud de los corazones puros. Como el beato Juan Pablo II, yo también os repito: «No tengáis miedo. Abrid las puertas de vuestro espíritu y vuestro corazón a Cristo». El encuentro con él «da un nuevo horizonte a la vida y, con ello, una orientación decisiva» (Deus caritas est, 1). En él encontraréis la fuerza y el valor para avanzar en el camino de vuestra vida, superando así las dificultades y aflicciones. En él encontraréis la fuente de la alegría. Cristo os dice: سَلامي أُعطيكُم (Mi paz os doy). Aquí está la revolución que Cristo ha traído, la revolución del amor.
Las frustraciones que se presentan no os deben conducir a refugiaros en mundos paralelos como, entre otros, el de las drogas de cualquier tipo, o el de la tristeza de la pornografía. En cuanto a las redes sociales, son interesantes, pero pueden llevar fácilmente a una dependencia y a la confusión entre lo real y lo virtual. Buscad y vivid relaciones ricas de amistad verdadera y noble. Adoptad iniciativas que den sentido y raíces a vuestra existencia, luchando contra la superficialidad y el consumo fácil. También os acecha otra tentación, la del dinero, ese ídolo tirano que ciega hasta el punto de sofocar a la persona y su corazón. Los ejemplos que os rodean no siempre son los mejores. Muchos olvidan la afirmación de Cristo, cuando dice que no se puede servir a Dios y al dinero (cf. Lc16,13). Buscad buenos maestros, maestros espirituales, que sepan indicaros la senda de la madurez, dejando lo ilusorio, lo llamativo y la mentira.
Sed portadores del amor de Cristo. ¿Cómo? Volviendo sin reservas a Dios, su Padre, que es la medida de lo justo, lo verdadero y lo bueno. Meditad la Palabra de Dios. Descubrid el interés y la actualidad del Evangelio. Orad. La oración, los sacramentos, son los medios seguros y eficaces para ser cristianos y vivir «arraigados y edificados en Cristo, afianzados en la fe» (Col 2,7). El Año de la fe que está para comenzar será una ocasión para descubrir el tesoro de la fe recibida en el bautismo. Podéis profundizar en su contenido estudiando el Catecismo, para que vuestra fe sea viva y vivida. Entonces os haréis testigos del amor de Cristo para los demás. En él, todos los hombres son nuestros hermanos. La fraternidad universal inaugurada por él en la cruz reviste de una luz resplandeciente y exigente la revolución del amor. «Amaos unos a otros como yo os he amado» (Jn13,35). En esto reside el testamento de Jesús y el signo del cristiano. Aquí está la verdadera revolución del amor.
Por tanto, Cristo os invita a hacer como él, a acoger sin reservas al otro, aunque pertenezca a otra cultura, religión o país. Hacerle sitio, respetarlo, ser bueno con él, nos hace siempre más ricos en humanidad y fuertes en la paz del Señor. Sé que muchos de vosotros participáis en diversas actividades promovidas por las parroquias, las escuelas, los movimientos o las asociaciones. Es hermoso trabajar con y para los demás. Vivir juntos momentos de amistad y alegría permite resistir a los gérmenes de división, que constantemente se han de combatir. La fraternidad es una anticipación del cielo. Y la vocación del discípulo de Cristo es ser «levadura» en la masa, como dice san Pablo: «Un poco de levadura hace fermentar toda la masa» (Ga 5,9). Sed los mensajeros del evangelio de la vida y de los valores de la vida. Resistid con valentía a aquello que la niega: el aborto, la violencia, el rechazo y desprecio del otro, la injusticia, la guerra. Así irradiaréis la paz en vuestro entorno. ¿Acaso no son a los «artífices de la paz» a quienes en definitiva más admiramos? ¿No es la paz ese bien precioso que toda la humanidad está buscando? Y, ¿no es un mundo de paz para nosotros y para los demás lo que deseamos en lo más profundo?سَلامي أُعطيكُم(Mi paz os doy), dice Jesús. Él no ha vencido el mal con otro mal, sino tomándolo sobre sí y aniquilándolo en la cruz mediante el amor vivido hasta el extremo. Descubrir de verdad el perdón y la misericordia de Dios, permite recomenzar siempre una nueva vida. No es fácil perdonar. Pero el perdón de Dios da la fuerza de la conversión y, a la vez, el gozo de perdonar. El perdón y la reconciliación son caminos de paz, y abren un futuro.
Queridos amigos, muchos de vosotros se preguntan ciertamente, de una forma más o menos consciente: ¿Qué espera Dios de mí? ¿Qué proyecto tiene para mí? ¿Querrá que anuncie al mundo la grandeza de su amor a través del sacerdocio, la vida consagrada o el matrimonio? ¿Me llamará Cristo a seguirlo más de cerca? Acoged confiadamente estos interrogantes. Tomaos un tiempo para pensar en ello y buscar la luz. Responded a la invitación poniéndoos cada día a disposición de Aquel que os llama a ser amigos suyos. Tratad de seguir de corazón y con generosidad a Cristo, que nos ha redimido por amor y entregado su vida por todos nosotros. Descubriréis una alegría y una plenitud inimaginable. Responder a la llamada que Cristo dirige a cada uno: éste es el secreto de la verdadera paz.
Ayer firmé la Exhortación Apostólica Ecclesia in Medio Oriente. Esta carta, queridos jóvenes, está destinada también a vosotros, como a todo el Pueblo de Dios. Leedla con atención y meditadla para ponerla en práctica. Para que os ayude, os recuerdo las palabras de san Pablo a los corintios: «Vosotros sois nuestra carta, escrita en nuestros corazones, conocida y leída por todo el mundo. Es evidente que sois carta de Cristo, redactada por nuestro ministerio, escrita no con tinta, sino con el Espíritu de Dios vivo; no en tablas de piedra, sino en las tablas de corazones de carne» (2 Co 3,2-3). También vosotros, queridos amigos, podéis ser una carta viva de Cristo. Esta carta no estará escrita con papel y lápiz. Será el testimonio de vuestra vida y de vuestra fe. Así, con ánimo y entusiasmo, haréis comprender a vuestro alrededor que Dios quiere la felicidad de todos sin distinción, y que los cristianos son sus servidores y testigos fieles.
Jóvenes libaneses, sois la esperanza y el futuro de vuestro país. Vosotros sois el Líbano, tierra de acogida, de convivencia, con una increíble capacidad de adaptación. Y, en estos momentos, no podemos olvidar a esos millones de personas que forman la diáspora libanesa, y que mantienen fuertes lazos con su país de origen. Jóvenes del Líbano, sed acogedores y abiertos, como Cristo os pide y como vuestro país os enseña.
Quiero saludar ahora a los jóvenes musulmanes que están con nosotros esta noche. Agradezco vuestra presencia que es tan importante. Vosotros sois, con los jóvenes cristianos, el futuro de este maravilloso País y de todo el Oriente Medio. Buscad construirlo juntos. Y cuando seáis adultos, continuad a vivir la concordia en la unidad con los cristianos. Porque la belleza del Líbano se encuentra en esta bella simbiosis. 
Es necesario que todo el Oriente Medio, viéndoles, comprenda que los musulmanes y los cristianos, el Islam y el Cristianismo, pueden vivir juntos sin odios, respetando las creencias de cada uno, para construir juntos una sociedad libre y humana.
He sabido además que están entre nosotros jóvenes venidos de Siria. Quiero deciros cuanto admiro vuestra valentía. Decid en vuestras casas, a vuestros familiares y amigos, que el Papa no os olvida. Decid en vuestro entorno que el Papa esta triste a causa de vuestros sufrimientos y lutos. Él no se olvida de Siria en sus oraciones y es una de sus preocupaciones. No se olvida de ninguno de los que sufren en Oriente Medio. Es el momento en que musulmanes y cristianos se unan para poner fin a la violencia y a la guerra.
Para terminar, volvámonos a María, la Madre del Señor, Nuestra Señora del Líbano. Ella os protege y acompaña desde lo alto de la colina de Harissa, vela como madre por todos los libaneses y por tantos peregrinos que acuden de todas partes para encomendarle sus alegrías y sus penas. Esta tarde, confiamos a la Virgen María y al Beato Juan Pablo II, que me precedió aquí, vuestras vidas, las de todos los jóvenes del Líbano y de los países de la región, especialmente de los que sufren la violencia o la soledad, de los que necesitan consuelo. Que Dios os bendiga a todos. Y ahora, todos juntos, la imploramos: «A salamou á-laïki ya Mariam...».
السّلامُ عَلَيكِ يا مَرْيَم... .

' NO SE PUEDE CONSENTIR QUE EL MAL TRIUNFE POR LA PASIVIDAD DE LOS HOMBRES DE BIEN'


El Papa en el palacio presidencial de Baabda


Señor Presidente de la República,
señoras y señores representantes de las autoridades parlamentarias, gubernamentales, institucionales y políticas del Líbano,
señoras y señores Jefes de misión diplomática,
Beatitudes, responsables religiosos,
queridos hermanos en el episcopado, 
señoras y señores, queridos amigos:

سَلامي أُعطيكُم (Mi paz os doy) (Jn 14,27). Con estas palabras de Cristo, deseo saludaros y agradeceros vuestra acogida y vuestra presencia. Señor Presidente, le agradezco no solamente sus cordiales palabras sino también por haber permitido este encuentro. Acabo de plantar con vosotros un cedro del Líbano, símbolo de vuestro hermoso país. Al ver este arbolito y las atenciones que necesitará para fortalecerse y llegar a extender majestuosamente sus ramas, pienso en vuestro país y su destino, en los libaneses y sus esperanzas, en todas las personas de esta región del mundo que parece conocer los dolores de un alumbramiento sin fin. He pedido a Dios que os bendiga, que bendiga al Líbano y a todos los habitantes de esta región que ha visto nacer grandes religiones y nobles culturas. ¿Por qué ha elegido Dios esta región? ¿Por qué vive en la turbulencia? Pienso que Dios la ha elegido para que sirva de ejemplo, para que dé testimonio de cara al mundo de la posibilidad que tiene el hombre de vivir concretamente su deseo de paz y reconciliación. Esta aspiración está inscrita desde siempre en el plan de Dios, que la ha grabado en el corazón del hombre. Me gustaría hablar con vosotros de la paz, pues Jesús ha dicho: سَلامي أُعطيكُم (Mi paz os doy).
Un país es rico, ante todo, por las personas que viven en su seno. Su futuro depende de cada una de ellas y de su conjunto, y de su capacidad de comprometerse por la paz. Este compromiso sólo será posible en una sociedad unida. Sin embargo, la unidad no es uniformidad. La cohesión de la sociedad está asegurada por el respeto constante de la dignidad de cada persona y su participación responsable según sus capacidades, aportando lo mejor que tiene. Con el fin de asegurar el dinamismo necesario para construir y consolidar la paz, hay que volver incansablemente a los fundamentos del ser humano. La dignidad del hombre es inseparable del carácter sagrado de la vida que el Creador nos ha dado. En el designio de Dios, cada persona es única e irreemplazable. Viene al mundo en una familia, que es su primer lugar de humanización y, sobre todo, la primera que educa a la paz. Para construir la paz, nuestra atención debe dirigirse a la familia para facilitar su cometido, y apoyarla, promoviendo de este modo por doquier una cultura de la vida. La eficacia del compromiso por la paz depende de la concepción que el mundo tenga de la vida humana. Si queremos la paz, defendamos la vida. Esta lógica no solamente descalifica la guerra y los actos terroristas, sino también todo atentado contra la vida del ser humano, criatura querida por Dios. La indiferencia o la negación de lo que constituye la verdadera naturaleza del hombre impide que se respete esta gramática que es la ley natural inscrita en el corazón humano (cf.Mensaje para la Jornada Mundial de la Paz 2007, 3). La grandeza y la razón de ser de toda persona sólo se encuentra en Dios. Así, el reconocimiento incondicional de la dignidad de todo ser humano, de cada uno de nosotros, y la del carácter sagrado de la vida, comportan la responsabilidad de todos ante Dios. Por tanto, debemos unir nuestras fuerzas para desarrollar una sana antropología que integre la unidad de la persona. Sin ella, no será posible construir la paz verdadera.
Aún siendo más evidentes en los países que sufren conflictos armados –esas guerras llenas de vanidad y de horror-, los atentados contra la integridad y la vida de las personas existen también en otros países. El desempleo, la pobreza, la corrupción, las distintas adicciones, la explotación, el tráfico de todo tipo y el terrorismo comportan, además del sufrimiento inaceptable de los que son sus víctimas, un deterioro del potencial humano. La lógica económica y financiera quiere imponer sin cesar su yugo y hacer que prime el tener sobre el ser. Pero la pérdida de cada vida humana es una pérdida para la humanidad entera. Ésta es una gran familia de la que todos somos responsables. Ciertas ideologías, cuestionando directa o indirectamente, e incluso legalmente, el valor inalienable de toda persona y el fundamento natural de la familia, socavan las bases de la sociedad. Debemos ser conscientes de estos ataques contra la construcción y la armonía del vivir juntos. Sólo una solidaridad efectiva constituye el antídoto a todo esto. Solidaridad para rechazar lo que impide el respeto de todo ser humano, solidaridad para apoyar las políticas y las iniciativas que actúan para unir los pueblos de modo honesto y justo. Es grato ver los gestos de colaboración y verdadero diálogo que construyen una nueva manera de vivir juntos. Una mejor calidad de vida y de desarrollo integral sólo es posible compartiendo las riquezas y las competencias, respetando la identidad de cada uno. Pero un modo de vida como éste, compartido, sereno y dinámico, únicamente es posible confiando en el otro, quienquiera que sea. Hoy, las diferencias culturales, sociales, religiosas, deben llevar a vivir un tipo nuevo de fraternidad, donde lo que une es justamente el común sentido de la grandeza de toda persona, y el don que representa para ella misma, para los otros y para la humanidad. En esto se encuentra el camino de la paz. En ello reside el compromiso que se nos pide. Ahí está la orientación que debe presidir las opciones políticas y económicas, en cualquier nivel y a escala mundial.
Para abrir a las generaciones futuras un porvenir de paz, la primera tarea es la de educar en la paz, para construir una cultura de paz. La educación, en la familia o en la escuela, debe ser sobre todo la educación en los valores espirituales que dan a la transmisión del saber y de las tradiciones de una cultura su sentido y su fuerza. El espíritu humano tiene el sentido innato de la belleza, del bien y la verdad. Es el sello de lo divino, la marca de Dios en él. De esta aspiración universal se desprende una concepción moral sólida y justa, que pone siempre a la persona en el centro. Pero el hombre sólo puede convertirse al bien de manera libre, ya que «la dignidad del hombre requiere, en efecto, que actúe según una elección consciente y libre, es decir, movido e inducido personalmente desde dentro y no bajo la presión de un ciego impulso interior o de la mera coacción externa» (Gaudium et spes, 17). La tarea de la educación es la de acompañar la maduración de la capacidad de tomar opciones libres y justas, que puedan ir a contracorriente de las opiniones dominantes, las modas, las ideologías políticas y religiosas. Éste es el precio de la implantación de una cultura de la paz. Evidentemente, hay que desterrar la violencia verbal o física. Ésta es siempre un atentado contra la dignidad humana, tanto del culpable como de la víctima. Además, valorizando las obras pacíficas y su influjo en el bien común, se aumenta también el interés por la paz. Como atestigua la historia, tales gestas de paz tienen un papel considerable en la vida social, nacional e internacional. La educación en la paz formará así hombres y mujeres generosos y rectos, atentos a todos y, de modo particular, a las personas más débiles. Pensamientos de paz, palabras de paz y gestos de paz crean una atmósfera de respeto, de honestidad y cordialidad, donde las faltas y las ofensas pueden ser reconocidas con verdad para avanzar juntos hacia la reconciliación. Que los hombres de Estado y los responsables religiosos reflexionen sobre ello.
Debemos ser muy conscientes de que el mal no es una fuerza anónima que actúa en el mundo de modo impersonal o determinista. El mal, el demonio, pasa por la libertad humana, por el uso de nuestra libertad. Busca un aliado, el hombre. El mal necesita de él para desarrollarse. Así, habiendo trasgredido el primer mandamiento, el amor de Dios, trata de pervertir el segundo, el amor al prójimo. Con él, el amor al prójimo desaparece en beneficio de la mentira y la envidia, del odio y la muerte. Pero es posible no dejarse vencer por el mal y vencer el mal con el bien (cf. Rm 12,21). Estamos llamados a esta conversión del corazón. Sin ella, las tan deseadas “liberaciones” humanas defraudan, puesto que se mueven en el reducido espacio que concede la estrechez del espíritu humano, su dureza, sus intolerancias, sus favoritismos, sus deseos de revancha y sus pulsiones de muerte. Se necesita la transformación profunda del espíritu y el corazón para encontrar una verdadera clarividencia e imparcialidad, el sentido profundo de la justicia y el del bien común. Una mirada nueva y más libre hará que sea posible analizar y poner en cuestión los sistemas humanos que llevan a un callejón sin salida, con la finalidad de avanzar, teniendo en cuenta el pasado, con sus efectos devastadores, para no volver a repetirlo. Esta conversión que se requiere es exaltante, pues abre nuevas posibilidades, al despertar los innumerables recursos que anidan en el corazón de tantos hombres y mujeres deseosos de vivir en paz y dispuestos a comprometerse por ella. Pero es particularmente exigente: hay que decir no a la venganza, hay que reconocer las propias culpas, aceptar las disculpas sin exigirlas y, en fin, perdonar. Puesto que sólo el perdón ofrecido y recibido pone los fundamentos estables de la reconciliación y la paz para todos (cf. Rm 12,16b.18).
Sólo entonces podrá crecer el buen entendimiento entre las culturas y las religiones, la consideración sin conmiseración de unos por otros y el respeto de los derechos de cada uno. En el Líbano, el cristianismo y el Islam habitan el mismo espacio desde hace siglos. No es raro ver en la misma familia las dos religiones. Si en una misma familia es posible, ¿por qué no lo puede ser con respecto al conjunto de la sociedad? Lo específico de Oriente Medio se encuentra en la mezcla de diversos componentes. Es cierto que se han combatido, desgraciadamente es así. Una sociedad plural sólo existe con el respeto recíproco, con el deseo de conocer al otro y del diálogo continuo. Este diálogo entre los hombres es posible únicamente siendo conscientes de que existen valores comunes a todas las grandes culturas, porque están enraizadas en la naturaleza de la persona humana. Estos valores que están como subyacentes, manifiestan los rasgos auténticos y característicos de la humanidad. Pertenecen a los derechos de todo ser humano. Con la afirmación de su existencia, las diferentes religiones ofrecen una aportación decisiva. No olvidemos que la libertad religiosa es el derecho fundamental del que dependen muchos otros. Profesar y vivir libremente la propia religión, sin poner en peligro su vida y su libertad, ha de ser posible para cualquiera. La pérdida o el debilitamiento de esta libertad priva a la persona del derecho sagrado a una vida íntegra en el plano espiritual. La así llamada tolerancia no elimina las discriminaciones, sino que a veces incluso las reafirma. Y sin la apertura a lo trascendente, que permite encontrar respuestas a los interrogantes de su corazón sobre el sentido de la vida y la manera de vivir moralmente, el hombre se hace incapaz de actuar con justicia y de comprometerse por la paz. La libertad religiosa tiene una dimensión social y política indispensable para la paz. Ella promueve una coexistencia y una vida armoniosa a causa del compromiso común al servicio de causas nobles y de la búsqueda de la verdad que no se impone por la violencia sino por «la fuerza de la misma verdad» (Dignitatis humanae, 1), la Verdad que está en Dios. Puesto que la creencia vivida lleva invariablemente al amor. La creencia auténtica no puede llevar a la muerte. El artífice de la paz es humilde y justo. Los creyentes tienen hoy, por tanto, un papel esencial, el de testimoniar la paz que viene de Dios y que es un don que se da a todos en la vida personal, familiar, social, política y económica (cf. Mt 5,9; Heb 12,14). No se puede consentir que el mal triunfe por la pasividad de los hombres de bien. Sería peor que no hacer nada.
Estas reflexiones sobre la paz, la sociedad, la dignidad de la persona, sobre los valores de la familia y la vida, sobre el diálogo y la solidaridad no pueden quedar como el simple enunciado de ideas. Pueden y deben ser vividas. Estamos en el Líbano y aquí es donde han de vivirse. El Líbano está llamado, ahora más que nunca, a ser un ejemplo. Políticos, diplomáticos, religiosos, hombres y mujeres del mundo de la cultura, os invito, pues, a dar testimonio con valor en vuestro entorno, a tiempo y a destiempo, de que Dios quiere la paz, que Dios nos confía la paz. سَلامي أُعطيكُم (Mi paz os doy) (Jn 14,27), dice Cristo. Que Dios os bendiga. Gracias.

'AHORA ES PRECISAMENTE CUANDO HAY QUE CELEBRAR LA VICTORIA DEL AMOR SOBRE EL ODIO'


El Papa en la firma de la exhortación postsinodal 'Ecclesia in Medio Oriente'

Señor Presidente de la República,
Beatitud, venerados patriarcas,
queridos hermanos en el episcopado 
y miembros del Consejo especial del Sínodo de Obispos para Oriente Medio,
ilustres representantes de las confesiones religiosas, del mundo de la cultura 
y de la sociedad civil,
queridos hermanos y hermanas en Cristo,
queridos amigos:

Deseo expresar mi gratitud al Patriarca Gregorios Laham por sus palabras de bienvenida, así como al Secretario general del Sínodo de Obispos, Monseñor Nikola Eterović, por sus palabras de presentación. Dirijo un ferviente saludo a los patriarcas, al grupo de obispos orientales y latinos que se han reunido en esta hermosa basílica de San Pablo, y a los miembros del Consejo especial del Sínodo de los Obispos para Oriente Medio. Me alegro también de la presencia de las delegaciones ortodoxas, musulmanas y drusas, así como del mundo de la cultura y la sociedad civil. La buena convivencia del Islam y el Cristianismo, dos religiones que han contribuido a crear grandes culturas, constituyen la originalidad de la vida social, política y religiosa del Líbano. Solo es posible alegrarse por esta realidad que es necesario animar. Confío este deseo a los responsables religiosos de vuestro País. Saludo con afecto a la querida comunidad greco-melkita que me acoge. Vuestra presencia contribuye a dar solemnidad a la firma de la Exhortación apostólica postsinodal Ecclesia in Medio Oriente, y muestra que este documento, destinado ciertamente a la Iglesia universal, reviste una importancia particular para el conjunto de Oriente Medio.
Es providencial que este acto tenga lugar precisamente en el día de la Fiesta de la Cruz gloriosa, cuya celebración nació en Oriente en el año 335, al día siguiente de la Dedicación de la Basílica de la Resurrección, construida sobre el Gólgota y el sepulcro de Nuestro Señor, por el emperador Constantino el Grande, al que veneráis como santo. Dentro de un mes se celebrará el 1.700 aniversario de la aparición que le hizo ver, en la noche simbólica de su incredulidad, el crismón resplandeciente, al mismo tiempo que una voz le decía: «Con este signo vencerás». Más tarde, Constantino firmó el edicto de Milán y dio su nombre a Constantinopla. Pienso que la Exhortación puede ser leída e interpretada a la luz de la fiesta de la Cruz gloriosa y, de modo particular, a partir del crismón, la X (khi) y la P (rhô), las dos primeras letras de la palabra Χριστός. Esa lectura conduce a un verdadero redescubrimiento de la identidad del bautizado y de la Iglesia y, al mismo tiempo, constituye como una llamada al testimonio en la comunión y a través de ella. La comunión y el testimonio cristiano, ¿acaso no se fundan en el Misterio pascual, en la crucifixión, en la muerte y resurrección de Cristo? ¿No alcanzan en él su pleno cumplimiento? Hay un vínculo inseparable entre la cruz y la resurrección, que un cristiano no puede olvidar. Sin este vínculo, exaltar la cruz significaría justificar el sufrimiento y la muerte, no viendo en ello más que un fin inevitable. Para un cristiano, exaltar la cruz quiere decir entrar en comunión con la totalidad del amor incondicional de Dios por el hombre. Es hacer un acto de fe. Exaltar la cruz, en la perspectiva de la resurrección, es desear vivir y manifestar la totalidad de este amor. Es hacer un acto de amor. Exaltar la cruz lleva a comprometerse a ser heraldos de la comunión fraterna y eclesial, fuente del verdadero testimonio cristiano. Es hacer un acto de esperanza.
Refiriéndose a la situación actual de las Iglesias en Oriente Medio, los Padres sinodales han reflexionado sobre los gozos y las penas, los temores y las esperanzas en esos lugares de los discípulos de Cristo vivo. Toda la Iglesia ha podido escuchar así el grito lleno de angustia, y percibir la mirada de desesperación de tantos hombres y mujeres que se encuentran en situaciones humanas y materiales difíciles, que viven fuertes tensiones con miedo e inquietud, y que quieren seguir a Cristo, que da sentido a su existencia, a pesar de que muy a menudo se ven impedidos de hacerlo. Por eso, he querido que la trama de este documento sea la primera carta de san Pedro. Al mismo tiempo, la Iglesia ha podido admirar lo que hay de hermoso y de noble en las Iglesias de estas tierras. Queridos cristianos de Oriente Medio, ¿cómo no dar gracias a Dios en todo momento por todos vosotros? (cf. 1 Ts 1,2; primera parte de la Exhortación postsinodal). ¿Cómo no alabar vuestra fe llena de ánimo? ¿Cómo dejar de agradecer la llama de su amor infinito que vosotros seguís manteniendo viva y ardiente en estos lugares, que han sido los primeros en acoger a su Hijo encarnado? ¿Cómo no expresarle nuestro reconocimiento por los impulsos de comunión eclesial y fraternal, por la solidaridad humana manifestada sin cesar hacia todos los hijos de Dios?
Ecclesia in Medio Oriente nos permite repensar el presente para considerar el futuro con la misma mirada de Cristo. Por sus orientaciones bíblicas y pastorales, por su invitación a una profundización espiritual y eclesiológica, por la renovación litúrgica y catequética que propugna, por su llamamiento al diálogo, quiere trazar un camino para encontrar lo esencial: la sequela Christi, en un contexto difícil y a veces doloroso, un contexto que podría hacer aflorar la tentación de ignorar u olvidar la cruz gloriosa. Ahora es precisamente cuando hay que celebrar la victoria del amor sobre el odio, del perdón sobre la venganza, del servicio sobre el dominio, de la humildad sobre el orgullo, de la unidad sobre la división. A la luz de la fiesta de hoy, y con vistas a una aplicación fructífera de la Exhortación, os invito a todos a no tener miedo, a permanecer en la verdad y a cultivar la pureza de la fe. Ese es el lenguaje de la cruz gloriosa. Esa es la locura de la cruz: la de saber convertir nuestro sufrimiento en grito de amor a Dios y de misericordia para con el prójimo; la de saber transformar también unos seres que se ven combatidos y heridos en su fe y su identidad, en vasos de arcilla dispuestos para ser colmados por la abundancia de los dones divinos, más preciosos que el oro (cf.2 Co 4,7-18). No se trata de un lenguaje puramente alegórico, sino de un llamamiento urgente a llevar a cabo actos concretos que configuren cada vez más con Cristo, unos actos que ayuden a las diferentes Iglesias a reflejar la belleza de la primera comunidad de creyentes (cf. Hch 2,41-47;segunda parte de la Exhortación); unos actos similares a los del emperador Constantino, que supo dar testimonio y sacar a los cristianos de la discriminación para permitirles vivir abierta y libremente su fe en Cristo crucificado, muerto y resucitado para nuestra salvación.
Ecclesia in Medio Oriente ofrece elementos que pueden ayudar a un examen de conciencia personal y comunitario, a una evaluación objetiva del compromiso y del deseo de santidad de todo discípulo de Cristo. La Exhortación abre a un verdadero diálogo interreligioso basado en la fe en Dios Uno y Creador. Quiere también contribuir a un ecumenismo lleno de fervor humano, espiritual y caritativo, en la verdad y el amor evangélico, que extrae su fuerza del mandato del Resucitado: «Id, pues, y haced discípulos a todos los pueblos, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo; enseñándoles a guardar todo lo que os he mandado. Y sabed que yo estoy con vosotros todos los días, hasta el final de los tiempos» (Mt 28,19-20).
La Exhortación, en todas y cada una de sus partes, quiere ayudar a cada discípulo del Señor a vivir plenamente y a transmitir realmente lo que él ha llegado a ser por el bautismo: un hijo de la luz, un ser iluminado por Dios, una nueva lámpara en la oscuridad inquietante del mundo, para que en las tinieblas resplandezca la luz (cf. Jn 1,4-5 y 2 Co 4,1-6). Este documento quiere contribuir a despojar a la fe de lo que la desfigura, de todo lo que puede oscurecer el esplendor de la luz de Cristo. La comunión es entonces una verdadera adhesión a Cristo, y el testimonio es un resplandor del Misterio pascual, que da pleno sentido a la cruz gloriosa. Nosotros seguimos y «predicamos a Cristo crucificado […] fuerza de Dios y sabiduría de Dios» (1 Co 1, 23-24; cf. Tercera parte de la Exhortación).
«No temas, pequeño rebaño» (Lc 12,32) y acuérdate de la promesa hecha a Constantino: «Con este signo vencerás». Iglesias de Oriente Medio, no tengáis miedo, pues el Señor está verdaderamente con vosotras hasta el fin del mundo. No tengáis miedo, pues la Iglesia universal os acompaña con su cercanía humana y espiritual. Con estos sentimientos de esperanza y de aliento a ser protagonistas activos de la fe por la comunión y el testimonio, mañana entregaré la Exhortación postsinodal Ecclesia in Medio Oriente a mis venerados hermanos patriarcas, arzobispos y obispos, a todos los sacerdotes, diáconos, religiosos y religiosas, a los seminaristas y a los fieles laicos. «Tened valor» (Jn 16,33). Por intercesión de la Virgen María, la Theotókos, invoco con afecto sobre todos vosotros la abundancia de los dones divinos. Que Dios conceda a todos los pueblos de Oriente Medio vivir en paz, fraternidad y libertad religiosa.  لِيُبَارِك الربُّ جميعَكُم [Que Dios os bendiga].

15 septiembre 2012



Viaje Apostólico del Papa a 
Líbano


Durante la estancia del Santo Padre en Líbano con motivo de su Viaje Apostólico (14-16 de septiembre de 2012), independientemente de la inclusión de nuevos artículos, noticias, etc., relacionados con este viaje, iremos actualizando esta agenda con los discursos, homilías, etc. que el Papa dirija durante su permanencia en aquél país, con ocasión de la firma y publicación de la Exhortación Apostólica Postsinodal
Datos sobre la Iglesia en Líbano
Fieles: 2.148.000 (53,18%); Circunscripciones eclesiásticas: 24; Parroquias: 1.126; Centros pastorales: 39; Obispos: 53; Sacerdotes: 1.543; Religiosos y religiosas: 2.797; Seminaristas mayores: 390; Centros educativos: 907; Centros de educación especial: 28; Estudiantes: 427.180; Hospitales: 30; Ambulatorios: 168; Casas para ancianos o minusválidos: 39; Orfanatos y guarderías: 63; Consultorios familiares y centros para la protección de la vida: 22; Otros centros asistenciales: 28.
Agenda
Viernes 14
Ceremonia de bienvenida en el Aeropuerto internacional Rafik Hariri de Beirut. Discurso del Santo Padre.
Visita a la Basílica de San Pablo de Harissa y firma de la Exhortación Apostólica Postsinodal. Discurso del Santo Padre.
‘Ecclesia in Medio Oriente’: Exhortación Apostólica Postsinodal sobre la Iglesia en Oriente  Medio, comunión y testimonio
Sábado 15
Encuentro con los miembros del Gobierno, de las Instituciones de la República, con el Cuerpo Diplomático, líderes religiosos y representantes del mundo de la cultura, en el Salón 25 de Mayo del Palacio presidencial de Baabda. Discurso del Santo Padre.
Encuentro con los jóvenes en la explanada frente al Patriarcado maronita de Bkerké. Discurso del Santo Padre.
Domingo 16
Santa Misa y entrega de la Exhortación Apostólica Postsinodal para Oriente Medio en el Beirut City Center Waterfront.Homilía del Santo Padre.
Entrega de la Exhortación Apostólica Postsinodal para Oriente Medio en el Beirut City Center Waterfront. Discurso del Santo Padre.
Rezo del Ángelus Domini. Palabras del Santo Padre.
Ceremonia de despedida en el Aeropuerto internacional Rafik Hariri de Beirut. Discurso del Santo Padre.

Síntesis de la Exhortación Apostólica postsinodal 'Ecclesia in Medio Oriente'


INTRODUCCIÓN
La exhortación invita a la Iglesia católica en Medio Oriente a reavivar la comunión en su interior, mirando a los “fieles nativos” que pertenecen a las Iglesias orientales católicas 'sui iuris', y abriéndose al diálogo con judíos y musulmanes. Se trata de una comunión, de una unidad que es necesario alcanzar en la diversidad de contextos geográficos religiosos, culturales y sociopolíticos en Medio Oriente. Al mismo tiempo, ¨Benedicto XVI renovó el apelo a promover los ritos de las Iglesias orientales, patrimonio de toda la Iglesia de Cristo.
PRIMERA PARTE
-El contexto: Sobretodo, el Papa invita a no olvidarse de los cristianos que viven en Medio Oriente y que aportan una contribución “noble y auténtica” a la construcción del Cuerpo de Cristo. Después al describir la situación de la región y de los pueblos que allí viven, Benedicto XVI subraya dramáticamente los muertos, las víctimas “de la ceguera humana”, los miedos y las humillaciones: “Parece que no existan frenos al crimen de Caín”. Sin entrar en los detalles la EMO recuerda rápidamente que la posición de la Santa Sede sobre los diversos conflictos en la región y sobre el estatus de Jerusalén y de los lugares santos, son ampliamente conocidos. En fin se hace un apelo a la conversión, a la paz --entendida no como simple ausencia de conflicto, sino como paz interior y relacionada con la justicia- a la superación de todas las distinciones de raza, sexo y seto, y a vivir el perdón en el ámbito privado y comunitario.
-Vida cristiana y ecumenismo. Todo este capítulo es un apelo a la unidad ecuménica “que no es la uniformidad de las tradiciones y de las celebraciones”: en un contexto político difícil, inestable y actualmente incline a la violencia como el de Medio Oriente, de hecho la Iglesia se ha desarrollado de un modo realmente multiforme, presentando Iglesia de antigua tradición y comunidad eclesial más reciente. Se trata de un mosaico que requiere un esfuerzo notable para reforzar el testimonio cristiano. En línea con el Concilio Vaticano II, el papa invita al ecumenismo espiritual, a una comunión entendida no como confusión, sino como reconocimiento y respeto del otro. Al mismo tiempo la exhortación reitera la importancia del trabajo teológico de las diversas comisiones ecuménicas y comunidades eclesiales, para que -en línea con la doctrina de la Iglesia- hablen con una sola voz sobre las grandes cuestiones morales (familia, sexualidad, bioética, libertad, justicia y paz). Importante es también el ecumenismo diaconal, en ámbito caritativo y educativo.
Se hace también una lista de propuestas concretas para una pastoral ecuménica de conjunto: entre estas la aplicación de la apertura conciliar hacia una cierta 'comunicatio in sacris' (o sea la posibilidad para los cristianos de acceder a los sacramentos en una Iglesia diversa de la propia) para los sacramentos de la eucaristía y de la unción de los enfermos. El papa además se muestra seguro de la posibilidad de encontrar un acuerdo sobre una traducción común del Padre Nuestro en los idiomas locales de la región.
-El diálogo interreligioso. Recordando las relaciones históricas y espirituales que los cristianos tienen con judíos y musulmanes, la EMO reitera que el diálogo interreligioso -que es parte de la naturaleza y de la vocación universal de la Iglesia- no es tanto el dictado por consideraciones pragmáticas de orden político o social, sino que se basa sobre todo sobre los fundamentos teológicos de la fe: judíos, cristianos y musulmanes creen en un único Dios y por lo tanto el deseo es que puedan reconocer 'en el otro creyente' un hermano para amar y respetar, evitando de instrumentalizar la religión para conflictos 'injustificables para un verdadero creyente'. En particular respecto al diálogo cristiano-judío, el papa recuerda el patrimonio espiritual común, basado sobre la Biblia, que lleva a las “raíces judías del cristianismo”, al mismo tiempo invita a los cristianos a tomar conciencia del misterio de la Encarnación de Dios y condena las injustificables persecuciones del pasado.
Benedicto XVI cuando habla de los musulmanes emplea la palabra “estima” y se entristece del hecho que las diferencias doctrinarias hayan servido para justificar mutuamente en nombre de la religión las prácticas de intolerancia, discriminación, marginación y persecución. La exhortación evidencia también que la presencia de los cristianos en Medio Oriente no es nueva ni casual, sino histórica, pues tuvo una simbiosis particular con la cultura circundante y con judíos y musulmanes contribuyeron a la formación de una rica cultura en Medio Oriente.
Sobre los católicos en Medio Oriente, el texto evidencia el derecho y deber de participar en la vida civil y no como ciudadanos de clase B. El papa afirma que la libertad religiosa incluye la libertad de elegir la religión que se considera verdadera y de manifestar públicamente el propio credo y sus símbolos sin temer por su libertad personal. Por ello, la fuerza y las constricciones en materia religiosa no son admisibles. E invita a pasar de la tolerancia a la libertad religiosa, sin caer en el sincretismo, sino “una reconsideración de la relación antropológica con la religión y con Dios”.
-Dos nuevas realidades: La Ecclesia in Medio Oriente profundiza sobre la laicidad, sea en su forma extrema, el secularismo, que niega la expresión pública de la religión y que pretende que el Estado haga leyes sobre esto. Son teorías antiguas que no son exclusivamente occidentales y que no deben ser confundidas con el cristianismo. La sana laicidad en cambio implica colaboración entre política y religión, que le garantiza a la política no instrumentalizar la religión y a la religión de no cargarse de intereses políticos.
-El fundamentalismo religioso, que crece también por la manipulación o comprensión insuficiente de la religión, quiere tomar el poder, a veces con la violencia y con motivaciones políticas.
Por ello el Papa hace un apelo a todos los responsables de Medio Oriente para que busquen con su ejemplo y enseñanza, hacer lo posible para erradicar el fundamentalismo.
El santo padre afronta el éxodo de los cristianos, los cuales a veces se sienten sin esperanza y sufren los conflictos, muchas veces humillados a pesar de haber participado por muchos siglos a la construcción de sus países. El papa pide a los dirigentes políticos y religiosos que eviten medidas que lleven a un Medio Oriente monocromático que no refleje su realidad humana e histórica. Benedicto XVI invita también a los pastores de las Iglesias orientales y a los fieles en diáspora a estar en contacto con sus familias e Iglesias y a los pastores que acogen a los emigrantes a darles la posibilidad de celebrar siguiendo sus tradiciones.
-Los migrantes: el papa afronta una cuestión crucial, es decir la del éxoco de los cristianos (una verdadera hemorragia), los cuales se encuentran en una posición delicada, tal vez sin esperanza, y se resienten de las consecuencias negativas de los conflictos, sintiéndose a menudo humillados, a pesar de que hayan participado, a lo largo de los siglos, en la construcción de los respectivos países. Un Medio Oriente sin o con pocos cristianos no es ya Medio Oriente. Por esto el papa pide a los dirigentes políticos y a los resp religiosos que eviten políticas y estrategias que tiendan hacia un Medio Oriente monócromo que no refleja su realidad humana e histórica.
La exhortación enfrenta también el problema de las migraciones, muchas veces trabajadores católicos de rito latino que llegan de África y Extremo Oriente que sufren discriminación e injusticia e invita a los Gobiernos a respetar sus derechos.
Benedicto XVI invita luego a los pastores de las Iglesias Orientales católicas a ayudar a sus sacerdotes y a su fieles en la diáspora a permanecer en contacto con sus familias y sus Iglesias y exhorta a los pastores de las circunscripciones eclesiásticas que acogen a los católicos orientales a darles la posibilidad de celebrar según las propias tradiciones. El capítulo afronta también la cuestión de los trabajadores inmigrantes –a menudo católicos de rito latino- provenientes de África, de Extremo Oriente y del subcontinente indio, que experimentan demasiado a menudo situaciones de discriminación y de injusticia. Central, por tanto, el llamamiento a los gobiernos de los países de acogida para que respeten y defiendan los derechos de estos migrantes. Por último, el papa exhorta a los fieles --“nativos y nuevos llegados”- a vivir en comunión fraterna, en el respeto recíproco.
SEGUNDA PARTE
Partiendo del hecho de que la catolicidad prevé la comunión entre la Iglesia universal y las particulares, lo que permite la rica diversidad de ellas, la exhortación se dirige a las principales categorías que la constituyen
-Patriarcas: responsables de las Iglesias 'sui juris' en unión perfecta con el obispo de Roma, vuelven tangible la universalidad y unidad de la Iglesia. Y deben saber reforzar la unión y la solidaridad en el cuadro del Consejo de los Patriarcas católicos de Oriente, y de los sínodos patriarcales.
-Obispos: signo visible de la unidad en la diversidad e la Iglesia son los primeros enviados a todas las naciones para hacer discípulos.
Deben anunciar con coraje y defender la integridad y unidad de la fe. Son invitados también a una gestión transparente de los bienes temporales de la Iglesia.
El papa recuerda que los padres sinodales pidieron una revisión de las finanzas y de los bienes para evitar confusión entre los personales y los de la Iglesia. Deberán también vigilar para que los sacerdotes tengan el justo sustento.
Sobre los bienes de la Iglesia se debe atener a las normas canónicas y a las disposiciones pontificias.
Y exhorta a los obispos a ser pastores de todos los fieles cristianos sin tomar en consideración nacionalidad o proveniencia eclesial.
-Sacerdotes y seminaristas: La exhortación indica el deber de los sacerdotes de educar el Pueblo de Dios, y esto exige una transmisión profunda de la palabra de Dios, de la doctrina, tradición, y la renovación espiritual de los sacerdotes.
Considera el celibato como un don inestimable de Dios a la Iglesia, y también el ministerio de los sacerdotes casados, antigua tradición de la Iglesia oriental. Sacerdotes y seminaristas tiene que ofrecer un testimonio con coraje, con una conducta irreprensible, y abrirse a las diversidades culturales de sus Iglesias, diversidades y diálogo ecuménico e interreligioso.
-Vida consagrada: Recuerda que la vida monacal nació en Medio Oriente dando origen a varias Iglesias 'sui juris'. Más allá del estatuto canónico de sus congregaciones religiosas, los consagrados tienen que colaborar con el obispo en la actividad pastoral y misionera. Son invitaods a meditar y observar los preceptos evangélicos y a un retorno de la búsqueda de Dios.
-Laicos: Miembros del Cuerpo de Cristo gracias al bautismo y por lo tanto plenamente asociados a la misión de la Iglesia universal. Y el papa les confía la promoción en el ámbito temporal la buena gestión de los bienes públicos, la libertad religiosa y el respeto de la dignidad de cada uno. Son invitados también a ser audaces en la causa de Cristo y a superar las divisiones e interpretaciones subjetivas della vida cristiana.
-Familia: la institución fundada sobre el sacramento indisoluble del matrimonio entre hombre y mujer, la familia corre muchos peligros, como la tentación de seguir modelos contrarios al evangelio.
Por ello debe ser apoyada en sus problemas y debe conservar su identidad profunda para ser Iglesia doméstica que educa a la oración, fe, y vivero de vocaciones.
La exhortación dedica también un amplio espacio a la mujer en Medio Oriente, de la necesidad de igualdad con el hombre, a superar discriminaciones que ofenden también a Dios.
Y subraya que tienen que empeñarse en integrarlas en la vida pública y eclesial.
Y en las cuestiones matrimoniales la voz de la mujer tiene que ser par a la de hombre, con una aplicación más sana y justa en el ámbito del derecho, de manera que las diferencias jurídicas en cuestión matrimonial no llevan a nadie a la apostasía.
Además los cristianos de Medio Oriente tienen que poder aplicar el propio derecho sin restricciones.
-Jóvenes y niños: El papa les exhorta a no tener miedo o vergüenza por ser cristianos, a respetar a los otros creyentes, judíos y musulmanes, a cultivar siempre a través de la oración la verdadera amistad con Jesús.
Así podrán discernir entre los valores de la modernidad evitando el materialismo o el uso indiscriminados de las redes sociales que si usados indiscriminadamente pueden mutilar las verdaderas relaciones humanas.
Sobre los niños la exhortación invita a los padres y a los educadores, formadores e instituciones a reconocer el derecho de los niños desde su concepción.
TERCERA PARTE
La palabra de Dios, alma y fuente de comunión y testimonio.
Tras expresar reconocimiento por las escuelas exegéticas que contribuyeron a la formulación dogmática del misterio cristiano, en el IV y V siglo, la exhortación recomienda una verdadera pastoral bíblica, evitando prejuicios o ideas que causan polémicas inútiles o humillantes.
Por ello invita a proclamar un Año Bíblico, y si oportuna una Semana anual de la Biblia.
La presencia cristiana en los países bíblicos debe reencontrar la linfa originaria para tomar nuevo ímpetu.
Y el papa anima a desarrollar nuevas estructuras de comunicación y formación, no solamente técnicas sino también doctrinales y éticas.
-Liturgia y vida sacramental: Para los fieles de Medio Oriente la liturgia es el elemento esencial de la unidad espiritual y de la comunión.
La renovación de las celebraciones y textos litúrgicos si necesario, debe ser realizada en colaboración con las Iglesias que tienen las mismas tradiciones y también a preservar la importancia del bautismo.
Y el papa invita a un acuerdo ecuménico sobre el reconocimiento recíproco del bautismo entre la Iglesia católica y las Iglesias con las cuales existe un diálogo teológico, para restaurar así la plena comunión en la fe apostólica.
Invita también a una práctica más frecuente de la confesión y exhorta al promover iniciativas de paz incluso en medio a las persecuciones.
-La oración y peregrinaciones: La exhortación recuerda que la eficacia de la evangelización se funda sobre la oración, y que Medio Oriente es un lugar privilegiado para consolidar la propia fe y vivir una experiencia fundamentalmente espiritual.
Y pide que los fieles puedan acceder libremente, sin restricciones, a los Lugares Santos.
Considera esencial que el peregrinaje bíblico actual vuelva a sus motivaciones iniciales: un camino penitencial a la búsqueda de Dios.
-Evangelización y caridad: misión de la Iglesia. La exhortación subraya que la fe es una misión esencial de la Iglesia. Por ello el papa invita a la nueva evangelización, que en el contexto contemporáneo. El fiel refuerza su palabra cuando habla de Dios con coraje.
En particular en Medio Oriente la evangelización deberá tener en cuenta la dimensión ecuménica y la interreligiosa.
Sobre los movimientos y comunidades eclesiales el papa les invita a actuar en unión con el obispo del lugar y siguiendo sus directivas pastorales, teniendo en cuenta la historia, liturgia, espiritualidad y cultura local, sin confusión ni proselitismo.
La Iglesia en el Medio Oriente es invitada a renovar su espíritu misionero, en un contexto multicultural y plurirreligioso. Sobre la caridad, el documento invita a seguir el ejemplo de Cristo, que fue cercano a los más débiles. El papa saluda y anima a todas las personas que operan en centros de educación, institutos y universidades católicas del Medio Oriente. Y les invita a usar de estos instrumentos de cultura -que deben ser sostenidos por los responsables políticos- demostrando existe la posibilidad de vivir en el respeto y colaboración a través de la educación y la tolerancia.
-Catequesis y formación cristiana:
El documento pontificio anima a la lectura y a enseñar el catecismo de la Iglesia católica, y una iniciación concreta en la 
Doctrina social de la Iglesia, como al sínodo y otros organismos episcopales a facilitarle a los fieles acercarse a la riqueza espiritual de los Padres de la Iglesia y a actualizar la enseñanza patrística.

CONCLUSIONES
Benedicto XVI pide de manera solemne en nombre de Dios, a los responsables políticos y religiosos no sólo de aliviar los sufrimientos de quienes viven en Medio Oriente, sino también a eliminar las causas, haciendo todo lo posible para llegar a la paz.
Y exhorta a los fieles católicos a vivir la comunión entre ellos, dando vida al dinamismo pastoral. “La tibieza disgusta a Dios” y por lo tanto los cristianos en Medio Oriente, católicos y otros, den testimonio de Cristo, unidos con coraje. Se trata de un testimonio que no es fácil si bien es entusiasmante.