03 enero 2013


MARÍA NO PIERDE LA CALMA POR LOS SUCESOS QUE LA SUPERAN


Homilía del Papa en la solemnidad de Santa María, Madre de Dios

Queridos hermanos y hermanas:
«Que Dios tenga piedad y nos bendiga, ilumine su rostro sobre nosotros». Así, con estas palabras del Salmo 66, hemos aclamado, después de haber escuchado en la primera lectura la antigua bendición sacerdotal sobre el pueblo de la alianza. Es particularmente significativo que al comienzo de cada año Dios proyecte sobre nosotros, su pueblo, la luminosidad de su santo Nombre, el Nombre que viene pronunciado tres veces en la solemne fórmula de la bendición bíblica. Resulta también muy significativo que al Verbo de Dios, que «se hizo carne y habitó entre nosotros» como la «luz verdadera, que alumbra a todo hombre» (Jn 1,9.14), se le dé, ocho días después de su nacimiento – como nos narra el evangelio de hoy – el nombre de Jesús (cf. Lc 2,21).
Estamos aquí reunidos en este nombre. Saludo de corazón a todos los presentes, en primer lugar a los ilustres Embajadores del Cuerpo Diplomático acreditado ante la Santa Sede. Saludo con afecto al Cardenal Bertone, mi Secretario de Estado, y al Cardenal Turkson, junto a todos los miembros del Pontificio Consejo Justicia y Paz; a ellos les agradezco particularmente su esfuerzo por difundir el Mensaje para la Jornada Mundial de la Paz, que este año tiene como tema «Bienaventurados los que trabajan por la paz».
A pesar de que el mundo está todavía lamentablemente marcado por «focos de tensión y contraposición provocados por la creciente desigualdad entre ricos y pobres, por el predominio de una mentalidad egoísta e individualista, que se expresa también en un capitalismo financiero no regulado», así como por distintas formas de terrorismo y criminalidad, estoy persuadido de que «las numerosas iniciativas de paz que enriquecen el mundo atestiguan la vocación innata de la humanidad hacia la paz. El deseo de paz es una aspiración esencial de cada hombre, y coincide en cierto modo con el deseo de una vida humana plena, feliz y lograda… El hombre está hecho para la paz, que es un don de Dios. Todo esto me ha llevado a inspirarme para este mensaje en las palabras de Jesucristo: “Bienaventurados los que trabajan por la paz, porque serán llamados hijos de Dios” (Mt5,9)» (Mensaje, 1). Esta bienaventuranza «dice que la paz es al mismo tiempo un don mesiánico y una obra humana …Se trata de paz con Dios viviendo según su voluntad. Paz interior con uno mismo, y paz exterior con el prójimo y con toda la creación» (ibíd., 2 y 3). Sí, la paz es el bien por excelencia que hay que pedir como don de Dios y, al mismo tiempo, construir con todas las fuerzas.
Podemos preguntarnos: ¿Cuál es el fundamento, el origen, la raíz de esta paz? ¿Cómo podemos sentir la paz en nosotros, a pesar de los problemas, las oscuridades, las angustias? La respuesta la tenemos en las lecturas de la liturgia de hoy. Los textos bíblicos, sobre todo el evangelio de san Lucas que se ha proclamado hace poco, nos proponen contemplar la paz interior de María, la Madre de Jesús. A ella, durante los días en los que «dio a luz a su hijo primogénito» (Lc 2,7), le sucedieron muchos acontecimientos imprevistos: no solo el nacimiento del Hijo, sino que antes un extenuante viaje desde Nazaret a Belén, el no encontrar sitio en la posada, la búsqueda de un refugio para la noche; y después el canto de los ángeles, la visita inesperada de los pastores. En todo esto, sin embargo, María no pierde la calma, no se inquieta, no se siente aturdida por los sucesos que la superan; simplemente considera en silencio cuanto sucede, lo custodia en su memoria y en su corazón, reflexionando sobre eso con calma y serenidad. Es esta la paz interior que nos gustaría tener en medio de los acontecimientos a veces turbulentos y confusos de la historia, acontecimientos cuyo sentido no captamos con frecuencia y nos desconciertan.
El texto evangélico termina con una mención a la circuncisión de Jesús. Según la ley de Moisés, un niño tenía que ser circuncidado ocho días después de su nacimiento, y en ese momento se le imponía el nombre. Dios mismo, mediante su mensajero, había dicho a María –y también a José- que el nombre del Niño era «Jesús» (cf. Mt 1,21; Lc 1,31); y así sucedió. El nombre que Dios había ya establecido aún antes de que el Niño fuera concebido se le impone oficialmente en el momento de la circuncisión. Y esto marca también definitivamente la identidad de María: ella es «la madre de Jesús», es decir la madre del Salvador, del Cristo, del Señor. Jesús no es un hombre como cualquier otro, sino el Verbo de Dios, una de las Personas divinas, el Hijo de Dios: por eso la Iglesia ha dado a María el título de Theotokos, es decir «Madre de Dios».
La primera lectura nos recuerda que la paz es un don de Dios y que esta unida al esplendor del rostro de Dios, según el texto del libro de los Números, que transmite la bendición utilizada por los sacerdotes del pueblo de Israel en las asambleas litúrgicas. Una bendición que repite tres veces el santo nombre de Dios, el nombre impronunciable, y uniéndolo cada vez a dos verbos que indican una acción favorable al hombre: «El Señor te bendiga y te proteja, ilumine el Señor su rostro sobre ti y te conceda su favor. El Señor te muestre su rostro y te conceda la paz» (6,24-26). La paz es por tanto la culminación de estas seis acciones de Dios en favor nuestro, en las que vuelve el esplendor de su rostro sobre nosotros.
Para la sagrada Escritura, contemplar el rostro de Dios es la máxima felicidad: «lo colmas de gozo delante de tu rostro», dice el salmista (Sal 21,7). Alegría, seguridad y paz, nacen de la contemplación del rostro de Dios. Pero, ¿qué significa concretamente contemplar el rostro del Señor, tal y como lo entiende el Nuevo Testamento? Quiere decir conocerlo directamente, en la medida en que es posible en esta vida, mediante Jesucristo, en el que se ha revelado. Gozar del esplendor del rostro de Dios quiere decir penetrar en el misterio de su Nombre que Jesús nos ha manifestado, comprender algo de su vida íntima y de su voluntad, para que vivamos de acuerdo con su designio de amor sobre la humanidad. Lo expresa el apóstol Pablo en la segunda lectura, tomada de la carta a los Gálatas (4,4-7), al hablar del Espíritu que grita en lo más profundo de nuestros corazones: «¡Abba Padre!». Es el grito que brota de la contemplación del rostro verdadero de Dios, de la revelación del misterio de su Nombre. Jesús afirma: «He manifestado tu nombre a los hombres» (Jn 17,6). El Hijo de Dios que se hizo carne nos ha dado a conocer al Padre, nos ha hecho percibir en su rostro humano visible el rostro invisible del Padre; a través del don del Espíritu Santo derramado en nuestro corazones, nos ha hecho conocer que en él también nosotros somos hijos de Dios, como afirma san Pablo en el texto que hemos escuchado: «Como sois hijos, Dios envió a nuestros corazones el Espíritu de su Hijo, que clama: “¡Abba Padre!”» (Ga4,6).
Queridos hermanos, aquí está el fundamento de nuestra paz: la certeza de contemplar en Jesucristo el esplendor del rostro de Dios Padre, de ser hijos en el Hijo, y de tener así, en el camino de nuestra vida, la misma seguridad que el niño experimenta en los brazos de un padre bueno y omnipotente. El esplendor del rostro del Señor sobre nosotros, que nos da paz, es la manifestación de su paternidad; el Señor vuelve su rostro sobre nosotros, se manifiesta como Padre y nos da paz. Aquí está el principio de esa paz profunda -«paz con Dios»- que está unida indisolublemente a la fe y a la gracia, como escribe san Pablo a los cristianos de Roma (cf. Rm 5,2). No hay nada que pueda quitar a los creyentes esta paz, ni siquiera las dificultades y sufrimientos de la vida. En efecto, los sufrimientos, las pruebas y las oscuridades no debilitan sino que fortalecen nuestra esperanza, una esperanza que no defrauda porque «el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que se nos ha dado» (Rm 5,5).
Que la Virgen María, a la que hoy veneramos con el título de Madre de Dios, nos ayude a contemplar el rostro de Jesús, Príncipe de la Paz. Que nos sostenga y acompañe en este año nuevo; que obtenga para nosotros y el mundo entero el don de la paz. Amén.

02 enero 2013


De sabios, tesoros y estrellas. 


Higinio Marín Pedreño 


Los magos de oriente, revestidos de reyes, son la mejor imagen de la libertad humana que se sobrepone a desiertos y mudanzas y es capaz de permanecer; pero ellos son también la imagen del estudio y del esfuerzo por hacerse con lo permanente y guardarlo

      Es muy posible que los Reyes Magos y su breve historia conocida no parezcan de entrada un asunto muy propicio para la filosofía. Sin embargo, podría ser que su historia encerrara un tesoro donde rastrear y aprender algo de la esencia de lo humano. En concreto les propongo que tomemos su historia como punto de partida para reflexionar sobre qué significa en realidad hacer un regalo y, después, sobre qué significa estudiar y aprender en compañía de otros.

Sobre los regalos

      El desbordamiento general de lo ordinario que caracteriza a una fiesta tiene en los regalos una expresión particular. Sin embargo, regalar no es un asunto tan sencillo como podría parecer. En primer lugar, es necesario reparar en que ‘dar’ siempre es ‘dar de más’ o simplemente no es ‘dar’ propiamente hablando, sino intercambiar, devolver o prestar. En sentido estricto el dar es siempre un exceso, pura gratuidad y de ahí que expresiones como “dar regalos” sean casi un pleonasmo, pues dar y regalar son en realidad lo mismo. El que da, es decir, el que da de más y regala manifiesta al hacerlo que tiene de más; ahora bien, eso que se tiene de más y que se regala no es lo sobrante, sino algo que por su valor −y no por su abundancia− es un ‘más’ que se puede dar. Dicho de otro modo, para regalar hay que tener un tesoro. Obviamente no quiero decir que para regalar haya que tener riquezas inmensas. De hecho, todas las riquezas materiales juntas solo componen un tesoro en un sentido menor y secundario. Los tesoros son otra cosa.
      En la tradición literaria los tesoros suelen estar escondidos en sitios que solo se abren si se dicen unas ciertas palabras o enterrados en lugares a los que solo se puede llegar mediante un mapa del que solo se tiene una parte. De ese modo se nos hace notar la dificultad de encontrarlos, que no surge solo de que sean raros o escasos, sino de que llegar hasta ellos requiere de una cierta peripecia. En realidad emprender una búsqueda para encontrar algo con solo medio mapa o sin conocer la clave secreta es algo parecido a lo que hacemos con la propia vida, cuyo secreto y destino nos resulta en buena medida incierto.
      Pero en la tradición literaria hay otro aspecto incluso más relevante: los tesoros ‘abundan’ en islas perdidas en los océanos y en cuevas o tumbas escondidas en los desiertos. Unos y otros tienen en común que son lugares en los que la acción del hombre no deja rastro y que en ellos nada está fijo y todo está inminentemente amenazado. Por eso el mar y el desierto son lugares de prueba y purificación: allí desaparece todo lo caduco y lo que el tiempo se puede llevar o deshacer, por eso de ellos se vuelve como desde un principio nuevo, resurgidos de la informalidad primordial. Retirarse al desierto es como sumergirse en las aguas: volver renovado. Pero esa cualidad pone de manifiesto que nada permanece allí y que son algo así como la geografía del tiempo: el tiempo allí no tiene rival, porque todo lo disuelven y con tal rapidez que casi hacen visible su invencible transcurrir. De hecho, la informalidad líquida del mar o arenosa del desierto engullen cuanto alcanzan descomponiéndolo.
      Pero precisamente porque son los lugares donde todo es movimiento y nada permanece, resulta que hay islas o cuevas de acceso difícil pero donde se ha conservado aquello cuyo valor es la inalterabilidad: el oro y las piedras preciosas. Esos cofres repletos hasta rebosar que nos describen los relatos literarios y que suponen la fortuna y el cambio del destino de la vida de quienes los encuentran, son una imagen colorida de un descubrimiento crucial: “tesoro”, en sentido propio, solo es lo inalterable y permanente, lo que supera el tiempo y mantiene sus cualidades propias, al menos las esenciales.
      Por eso es difícil regalar, porque para regalar hay que tener un tesoro, es decir, algo que haya sobrevivido a la prueba del tiempo y que a través de todos los cambios conserve su cualidad primordial y se mantenga nuevo e inalterado. Si el oro o el diamante son las piezas simbólicas de cualquier tesoro que se precie es porque representan la inalterabilidad que no sucumbe a los cambios o el desgaste. Y si no se tiene un tesoro lo único que puede ser objeto digno de regalo, es su promesa; la promesa de algo que no cambiará con la vida y cuyo brillo durará.
      Lo demás son obsequios que pueden llegar a ser costosísimos, pero obsequiar no es lo mismo que regalar. Tampoco lo principal de un regalo es dar a otro algo que sirva para recordar al que regala; eso no es tanto un regalo como uno de sus aspectos por los que sirve de “prenda” o recordatorio. En realidad lo único que puede merecer la forma de un regalo, y lo que esperamos recibir con ellos, es la ratificación gozosa del ser del otro, la ingastable afirmación de lo buena que es la existencia de aquel al que regalamos. Por eso el regalo tiene las mismas raíces antropológicas que la fiesta y, con frecuencia, forma parte central de ella. De hecho, antropológicamente, la fiesta misma es regalo.

Cofres y tesoros

      Se ha dicho antes que para regalar es necesario tener un tesoro, y hemos visto después que tesoro es lo que ha prevalecido al tiempo. Y también que si el tiempo todavía no ha transcurrido y no se tiene en rigor todavía un tesoro, lo único que puede ser objeto de regalo es su promesa. Algo tiene que ver, por tanto, la promesa y el tesoro. De hecho, prometer algo es anticipar un tesoro: asegurar que algo no cambiará desde el día de la promesa hasta el de su cumplimiento.
      Además, quien promete entra ya en posesión de lo que todavía no tiene, el futuro, para entregarlo a otro, al que se le da como fianza de ese futuro una palabra. En la cultura y la filosofías grecolatinas, la libertad es “tenerse” y así no poder ser tenido por otro (la esclavitud). Pero si ahora contrastamos esa idea de libertad y lo que parece ser una promesa nos encontraremos ante una paradoja: quien promete entra en posesión de sí mismo, y de lo que no tiene, su futuro, pero solo mediante su entrega a otro. Esto es: en la promesa cabe descubrir que hay un modo más intenso de tenerse que evitando ser de otro y, ese modo es, precisamente, dándose a otro con la forma de lo libre, de lo prometido. Solo el hombre puede prometer −y, como dijo Scheler recordando a Nietzsche−, el hombre mismo se podría definir como el ser que promete, porque solo el hombre puede entrar en posesión de lo que no tiene, el futuro, mediante su entrega a otro. Al contrario de lo que creían los hombres de la antigüedad grecolatina, no es el servicio lo que nos aleja de la libertad (ni el trabajo), sino que es mediante el servicio y la entrega a otro (también mediante el trabajo) como tiene lugar la plenitud de nuestro ser libre.
      Quien promete se anuncia y ofrece al otro inalterable a través del tiempo al respecto de lo prometido. El objeto de la promesa puede ser un asunto menor, una devolución o el cumplimiento de un acuerdo, pero puede ser también la entrega de uno mismo y en tal caso uno queda “prometido”. Realizar una promesa de esa índole significa entrar en posesión de mí mismo mediante mi entrega a otro, pero en aquello de lo que todavía no dispongo efectivamente de mí, a saber, el tiempo que queda de mi vida. En cierto sentido, pues, la promesa es la forma más genuina del tiempo libre o, más exactamente, la forma cabal del tiempo con la forma de la libertad, y de la libertad misma como la forma de la vida. Quien se promete no deja de ser libre sino que se da a sí mismo y a su vida la forma de lo libre, de la promesa como toma de posesión de sí en y mediante la entrega a otro. Haberse prometido significa, por tanto, darse a sí mismo la forma de la libertad que dispone de sí mediante un acto cuya consumación requiere el paso del tiempo sin que éste lo mude.
      Dicho de otro modo, prometerme es convertirme a mí mismo en tesoro mediante la entrega a otro, o, si se quiere, mediante mi hacerme regalo para otro, precisamente para festejar lo bueno que es que exista y celebrarlo. De hecho, la manera más plena de festejar lo bueno que es que exista otro es ofrecerse como regalo, lo que no puede significar sino prometerse inalterable en dicha celebración a través del tiempo. Lo que a su vez significa que uno queda convertido en promesa o prenda de lo que, una vez cumplido el tiempo, será ciertamente un tesoro.
      Prometido en latín se dice sponsus cuya traducción castellana es esposo, es decir, estar hecho −ser− promesa. Toda promesa que deja prometido al que la hace es esponsal. La promesa que nos convierte en prometidos sin más fianza que la prenda de la libertad que supone la palabra dada, es esponsal y supone una alianza. Esa promesa que se entrega en forma vicaria y anticipatoria del tesoro que se alcanzará una vez vencido el tiempo y la mudanza general, también la propia, no tiene más fianza que la libertad que la sostiene. Es decir: el único cofre que puede guardar ese tesoro es la libertad que se mantiene fiel sobreponiéndose al tiempo. De donde se sigue que la fidelidad es la alhaja esencial, o, más claro: lo que hace tesoro al tesoro.
      Este es el único y auténtico cofre del tesoro: la libertad del hombre que permanece en su darse a otro a través de la mudanza de todo, en medio del océano y el desierto del mundo que todo lo descomponen, y de la fugacidad del tiempo, de los afectos y las pasiones. El cofre es la libertad; el tesoro son sus promesas. Pero el cofre del tesoro tiene un nombre más antiguo y venerado: “arca de la alianza”, es decir, el cofre que guarda la promesa. Por cierto, el primer arca, la de Noé, prevaleció a los océanos desbordados del diluvio; la segunda, la de Moisés, a la travesía del desierto; y la tercera, la Nueva, se dice que prevalecerá al mundo mismo[1].
      No se trata, pues, de que el hombre sea el ser que promete, sino que más propiamente el hombre es el ser prometedor, o la libertad como ser: un arca de alianza o el lugar donde las promesas se pueden guardar. El ser libre es el arca del tesoro, el lugar donde las palabras dadas prevalecen al tiempo. Pero, también, el lugar donde los tesoros son asaltados por bucaneros y piratas que dejan cofres y arcas descerrajadas y vacías. El ser que promete de Scheler es el animal que tiene palabra (zoon logistikón) de Aristóteles, pero para estar en posesión real de la palabra hay que hacerla prevalecer sobre el tiempo, hay que convertirla en tesoro mediante las palabras que se dan a otros, mediante las promesas que atraviesan el tiempo.
      Por tanto, para prometer no basta con ser libre y hay que disponer de tiempo al que prevalecer y sobrevivir. El tiempo es el medio de las promesas como el mar y el desierto eran los lugares en los que cabía encontrar tesoros. Pero, al mismo tiempo, prometer es tanto como sobrevivir al tiempo. La promesa en su más genuino cumplimiento es, pues, como un viaje a través de las arenas del desierto para entregar un tesoro que es uno mismo, guardado en un cofre que no puede ser sino la libertad sellada y sin abrir a lo largo del tiempo.

Presencias reales

      No hay, por tanto, tesoro si no ha sobrevivido a un desierto. Más todavía, en rigor solo tiene tesoros que entregar quien ha cruzados océanos y desiertos y ha sobrevivido al riesgo de perder el rumbo y perderse. Ahora se verá por qué el relato de los tres Reyes Magos es tan fascinante antropológicamente. Son que yo sepa, los únicos personajes de los que se cuenta que atravesaron un desierto con el objeto de hacer unos regalos, hasta el punto de que no sabemos propiamente si eran reyes, ni sus nombres, ni su raza, ni su edad pero conocemos sus regalos; oro, incienso y mirra.
      Pero además, la historia de los tres Reyes Magos revela otra de las dimensiones centrales del regalo. Los regalos sacan a la luz la realidad. En el caso de los Reyes Magos sacaron a la luz la presencia de un Niño que era en realidad un Rey con un alto destino. Para que ese Niño se mostrara según su auténtica realidad lo adornaron con los atributos tradicionales de la realeza.
      En realidad si llamamos a los tres Magos de Oriente ‘Reyes’ es porque aquel esplendor de la realidad que pusieron al descubierto les alcanza y refleja sobre ellos su luz. Eso es lo que la antigüedad pensaba que eran los Reyes que poseían por participación el poder venido de lo alto y reflejaban su esplendor. Y es que lo realmente real en su presencia difunde su condición y la transmite. Las manos del rey curan, dice Tolkien, porque quien se acerca a una concentración de la realidad tan intensa participa de su virtud, de su fuerza original, y se hace también más perfectamente real, como la hemorroisa que hizo salir la virtud de aquel Niño ya crecido tocando su túnica.
      Todas las culturas revisten a sus reyes de metales, piedras, telas y aceites (o de colmillos, pieles, plumas y ungüentos de color) que les hacen brillar, a veces con la piel ungida, otras con el brillo de las piedras sobre la cabeza adornada de oro reluciente, impregnados en aromas y cubiertos de ropajes de colores, texturas y brillos resplandecientes. No se trata de vanidades humanas, al menos no esencialmente, porque todos esos adornos lo que hacen es volver luminosa la presencia del Rey que, sobre cualquier otra cosa, lo es por ser más ‘real’, más intensamente real. Y solo esa peculiar concentración de realidad en su persona, cuya única representación posible es la luz, representa y justifica su poder. Hay poder donde hay realidad, y más donde más intensa sea ésta.
      De ahí que si los regalos sacan a la luz la realidad es porque, más bien, sacan la luz de la realidad y reflejan y hacen brillar su interno esplendor. Los regalos de los Reyes hicieron visible, en la medida de la capacidad humana, lo que más tarde vieron quienes subieron al Tabor y exclamaron que allí se estaba muy bien y que podrían quedarse una temporada. Ese sacar a la luz el esplendor interior de la realidad es lo que hacen los “tesoros” que ornamentan la liturgia cristiana que es toda ella una epifanía, un regalo divino, prenda, recordatorio y promesa de la visión completa y cabal. Por eso los “tesoros” materiales y estéticos de los ornamentos son a la liturgia, lo que los regalos de los Reyes a la transfiguración del Tabor: la pobre cooperación humana a la revelación de la presencia real de Dios en el mundo.
      De ahí que el culto sea, en efecto, la forma suprema de la fiesta, y el lugar en donde se revela que el fundamento divino del mundo y de lo real es aquella afirmación gozosa de Yahvé de que era bueno cuanto había hecho, de la que nuestra agradecida alegría es solo un eco que le sirve de coro. “Celebrar una fiesta significa [dice Pieper] ponerse en presencia de la divinidad”[2]. Más todavía, celebrar una fiesta es reconocer y cooperar a la presencia de la divinidad en el mundo y en la vida, en la misma medida que uno se “hace presente”, y en el doble sentido de la expresión; es decir, que cobra presencia y se hace regalo: el regalo hace presente lo real.
      Esa epifanía principal −la fiesta como culto− es la medida de todas las epifanías mundanas que el hombre y el mundo necesitan para mostrarse o, más propiamente, para ‘hacerse presentes’: entre ellas y en los primeros lugares están todas las artes -incluida la gastronomía que convierte el alimento en regalo-, pero también la filosofía que saca a la luz, el saber y las ciencias, y también, en otro orden, la gastronomía y, junto a ella, la cosmética y el adorno. Cuando alguien se reviste de modo singular se transfigura para dejar ver una cualidad interior; pienso en los uniformes profesionales o en los trajes académicos, pero eso mismo cabe decir de los ‘vestidos de fiesta’, es decir, de los vestidos para hacernos presentes –y eso incluye hacernos regalo- en la fiesta. Y entre ellos, claro, los vestidos de novios, los de quienes se transfiguran en promesa y quieren dejar ver una luz que no se apagará. Las telas preciosas, la confección esmerada, el uso de adornos o alhajas y el brillo de la cosmética no ocultan sino que revelan y sacan a la luz la realidad, o mejor, sacan la luz de la realidad, ensombreciendo su imperfección. Ese resplandor y esa transfiguración, al intensificar nuestra presencia nos dejan, aunque fugazmente, lograr una mutua presencia real y ver un reflejo titubeante pero esplendoroso de la gloria.
      La fiesta es, pues, el colmo de la vida, un regalo divino, decían los griegos. Prenda, recordatorio y promesa del tesoro que se sobrepone a todo tiempo, podemos agregar nosotros. Los magos de oriente, revestidos de reyes, son la mejor imagen de la libertad humana que se sobrepone a desiertos y mudanzas y es capaz de permanecer; pero ellos son también la imagen del estudio y del esfuerzo por hacerse con lo permanente y guardarlo.

Estudiosos e investigadores

      Y es que, a mi juicio al menos y estoy seguro de que con la aquiescencia de Santo Tomás, las universidades de inspiración cristiana deberían considerar a los Tres Magos como a sus venerables precursores, porque pocas historias como las suyas recogen tan bienaventuradamente lo prototípico de la “profesión” universitaria, y más en general del estudio y la investigación: unos estudiosos persiguen admirados una estrella que les reúne en un arriesgado viaje y que les lleva a hincarse de rodillas ante un Niño al que entregan los tesoros que han llevado con ellos.
      Ya se ha dicho que los regalos sacan a la luz la realidad o, más propiamente, que sacan de la realidad su luz y, por tanto, la hacen visible. Hacer visible la realidad es una suerte de magia común pero, al mismo tiempo, extraordinaria, por la que se hace posible explicar y habitar la comprensión de lo real. Una universidad que merezca ese nombre es un lugar encantado al que solo se puede acceder cuando se cae bajo el hechizo de un maestro o, si se quiere, del magisterio de los que enseñan. Como sabemos, el término griego magos-magoi es la fuente del latín magi de donde deriva magister. Maestro (y mago) es el que transforma lo ordinario es fascinante porque lo convierte en territorio de la inteligencia y en objeto de una atención insospechada. Ahí, en la sociedad que forman mediante esa esforzada fascinación quienes nada tenían en común, se encuentra en lugar de otro modo inaccesible y repleto de tesoros al que merecería llamarse universidad.
      Ya se ha dicho que tesoro es lo permanente y lo que supera el tiempo; pero tesoro es también lo que sobrevive a su inmersión o retiro en el desierto y nos permite volver a empezar de nuevo. La verdad y todo lo valioso que los hombres han llegado a saber son, en efecto, como tesoros porque si bien les afecta el tiempo también pueden prevalecer mediante el estudio de unos hombres que se transmiten unos a otros lo que saben, y que se lo entregan entre sí como un tesoro para que no se pierda en el tiempo.
      La universidad es una de esas islas del tesoro cuyo acceso está vedado por encantamientos o mapas incompletos y donde lo valioso permanece. El saber tiene que sobrevivir al tiempo y para hacerlo necesita ser reiniciado de continuo por cada uno de los estudiosos que tienen que redescubrir a diario el mediterráneo, es decir, lo ya sabido, pero que se olvidaría si él y otros como él no lo reaprendieran. Además, el estudio también es un viaje que tiene que atravesar desiertos con frecuencia, porque su carácter esforzado pone a prueba y amenaza con desvanecer la voluntad de proseguir hasta el fin. Cruzar juntos el desierto es superar la prueba sirviéndose de la voluntad del otro cuando la propia flaquea y quedar así asociados en un mismo principio. En realidad sólo quien cruza desiertos tiene tesoros que entregar; lo demás son dádivas, es decir, dar de lo que sobra o de lo que se tiene sin esfuerzo en su posesión.
      En la tradición bíblica “magos” eran los sabios orientales avezados conocedores de los astros. Pero fuera ese el caso u otro distinto, lo cierto es que es necesario escrutar con mucha atención y cuidado el firmamento y estar muy sinceramente comprometido con los hallazgos de las propias indagaciones, para salir en persecución de una estrella por grande y singular que fuera su aparición. A mi juicio es necesario mirar el cielo de una manera especial y no sólo con curiosidad, sino con cierta admiración por algo superior que se expresa mediante su inmensidad y que compromete nuestra pequeñez. Me refiero a mirar el mundo y el universo como el escenario donde resulta aprehensible una verdad tan inagotable como capaz de comprometer nuestra vida transformándola. Los tres Reyes Magos eran más que probablemente hombres atentos y piadosos que escrutaban el firmamento con la veneración que produce lo que forma parte del misterio de nuestra existencia. Por eso no es casual ni irrelevante que el latín magi proceda del griego magos: entre los magos y el magister hay una genealogía etimológica y esencial.
      Los tres Magos son, además, los únicos hombres de ciencia que aparecen en los Evangelios, y los primeros entre los gentiles que llevados por el estudio y lo que aprendieron en la naturaleza, veneraron a Jesús llevándole sus tesoros preservados durante el largo viaje tras la estrella. No obstante, toda su perspicacia en la interpretación de los astros no les impidió alertar y turbar a Herodes y a toda Jerusalén sobre el nacimiento de un niño de alto destino. Es cierto que no necesitaron como los pastores un ángel para llegar hasta el Niño, pero fue necesario avisarles en sueños para que no regresaran a contarle a Herodes, cuyas previsibles intenciones se supieron bien pronto. Esa ingenua torpeza recuerda la de otro célebre estudioso del firmamento, Tales, que pasa por ser el primer filósofo y del que las jóvenes se reían viéndole caer en las trampas del suelo mientras miraba el cielo. Uno y otros fueron, como decía Platón que les ocurre a los filósofos, “amigos de mirar”.
      Viene de antiguo, pues, el tópico del sabio torpe, y es que el estudio requiere de una forma de obsesión que selecciona las relevancias y la atención que se les presta. Todo indicio o intuición es como una estrella cuyo seguimiento requiere abandonar lo seguro y dejar el rumbo del futuro en manos de lo desconocido pero prometedor, cuyo resplandor oscurece a lo demás. La sociedad de los que así viven intensifica esa focalización al tiempo que la mitiga completándola con otras visiones y escenarios. La sociedad del saber surge en torno a esa torpeza consiguiente al estudio, y a la compensación vital e intelectual que significa encontrase a otros por el camino persiguiendo su estrella.
      No hay prueba racional que pueda soslayar o ahorrar la necesidad de tener abierta la expectativa de que la realidad nos desborde. El conocimiento humano está penetrado de libertad y no se endereza en ninguna dirección por sí solo, como si fuera un mecanismo autónomo. Las pruebas racionales de la existencia de Dios, que las hay, solo lo son desde una dirección previa de la libertad que se hace expectación y acogida. Si no se me acusara de inmediato de infantil, me gustaría decir que no hay rastro en el mundo que sea más seguro acerca de la existencia de Dios que aquella estrella que condujo a los Magos a Belén. Era un simple astro, tal vez mayor o más resplandeciente, pero estrella al fin, un astro entre otros. Y, por tanto, para que señalara el camino hacia falta estar previamente abierto a lo que pudiera llegar, sin excluir todo lo que excediera nuestro campo de visión interior.
      Que esa estrella lleve a los estudiosos a postrarse ante jóvenes −a imagen de los Reyes que se postraron ante el Niño− a los que entregan sus tesoros encontrados y puestos a salvo tras azarosas e inciertas jornadas, hace visible que la sociedad del saber incluye su comunicación, y que lo que se posee mediante el saber como un tesoro, no se pone a salvo evitando su participación sino precisa y venturosamente mediante su comunicación. No atesora solo quien guarda, porque la única y mejor forma de guardar es dar; esa es la peculiar −la excepcional− forma de sociedad del saber que suponen las universidades como expresión visible de la esencia del hombre.


  Notas

    [1] Judíos y cristianos decimos tener un arca en la que guardamos una promesa de Dios, que es también don, predilección, prenda y presencia real suya. Por eso cuando esa promesa ha tomado la forma de regalo o presente, pero con presencia real, Dios mismo resulta ser el tesoro que guarda nuestras arcas, y entonces a su relación con nosotros le llamamos alianza y a Él mismo lo llamamos “Esposo”. Una visión sobre la relación entre Dios y el hombre a través de la noción de ‘alianza’ puede encontrarse en Hanh, Scott, La cena del cordero, Rialp, Madrid, 2005.
    [2] Pieper, J., Una teoría de la fiesta, Rialp. Madrid, 1974, p. 53.

01 enero 2013


Mensaje del Papa para la Jornada Mundial de la Paz

BENDITOS LOS QUE CONSTRUYEN LA PAZ

1. Cada nuevo año trae consigo la esperanza de un mundo mejor. En esta perspectiva, pido a Dios, Padre de la humanidad, que nos conceda la concordia y la paz, para que se puedan cumplir las aspiraciones de una vida próspera y feliz para todos.
Trascurridos 50 años del Concilio Vaticano II, que ha contribuido a fortalecer la misión de la Iglesia en el mundo, es alentador constatar que los cristianos, como Pueblo de Dios en comunión con él y caminando con los hombres, se comprometen en la historia compartiendo las alegrías y esperanzas, las tristezas y angustias[1], anunciando la salvación de Cristo y promoviendo la paz para todos.
En efecto, este tiempo nuestro, caracterizado por la globalización, con sus aspectos positivos y negativos, así como por sangrientos conflictos aún en curso, y por amenazas de guerra, reclama un compromiso renovado y concertado en la búsqueda del bien común, del desarrollo de todos los hombres y de todo el hombre.
Causan alarma los focos de tensión y contraposición provocados por la creciente desigualdad entre ricos y pobres, por el predominio de una mentalidad egoísta e individualista, que se expresa también en un capitalismo financiero no regulado. Aparte de las diversas formas de terrorismo y delincuencia internacional, representan un peligro para la paz los fundamentalismos y fanatismos que distorsionan la verdadera naturaleza de la religión, llamada a favorecer la comunión y la reconciliación entre los hombres.
Y, sin embargo, las numerosas iniciativas de paz que enriquecen el mundo atestiguan la vocación innata de la humanidad hacia la paz. El deseo de paz es una aspiración esencial de cada hombre, y coincide en cierto modo con el deseo de una vida humana plena, feliz y lograda. En otras palabras, el deseo de paz se corresponde con un principio moral fundamental, a saber, con el derecho y el deber a un desarrollo integral, social, comunitario, que forma parte del diseño de Dios sobre el hombre. El hombre está hecho para la paz, que es un don de Dios.
Todo esto me ha llevado a inspirarme para este mensaje en las palabras de Jesucristo: «Bienaventurados los que trabajan por la paz, porque serán llamados hijos de Dios» (Mt 5,9).
La bienaventuranza evangélica
2. Las bienaventuranzas proclamadas por Jesús (cf. Mt 5,3-12; Lc 6,20-23) son promesas. En la tradición bíblica, en efecto, la bienaventuranza pertenece a un género literario que comporta siempre una buena noticia, es decir, un evangelio que culmina con una promesa. Por tanto, las bienaventuranzas no son meras recomendaciones morales, cuya observancia prevé que, a su debido tiempo –un tiempo situado normalmente en la otra vida–, se obtenga una recompensa, es decir, una situación de felicidad futura. La bienaventuranza consiste más bien en el cumplimiento de una promesa dirigida a todos los que se dejan guiar por las exigencias de la verdad, la justicia y el amor. Quienes se encomiendan a Dios y a sus promesas son considerados frecuentemente por el mundo como ingenuos o alejados de la realidad. Sin embargo, Jesús les declara que, no sólo en la otra vida sino ya en ésta, descubrirán que son hijos de Dios, y que, desde siempre y para siempre, Dios es totalmente solidario con ellos. Comprenderán que no están solos, porque él está a favor de los que se comprometen con la verdad, la justicia y el amor. Jesús, revelación del amor del Padre, no duda en ofrecerse con el sacrificio de sí mismo. Cuando se acoge a Jesucristo, Hombre y Dios, se vive la experiencia gozosa de un don inmenso: compartir la vida misma de Dios, es decir, la vida de la gracia, prenda de una existencia plenamente bienaventurada. En particular, Jesucristo nos da la verdadera paz que nace del encuentro confiado del hombre con Dios.
La bienaventuranza de Jesús dice que la paz es al mismo tiempo un don mesiánico y una obra humana. En efecto, la paz presupone un humanismo abierto a la trascendencia. Es fruto del don recíproco, de un enriquecimiento mutuo, gracias al don que brota de Dios, y que permite vivir con los demás y para los demás. La ética de la paz es ética de la comunión y de la participación. Es indispensable, pues, que las diferentes culturas actuales superen antropologías y éticas basadas en presupuestos teórico-prácticos puramente subjetivistas y pragmáticos, en virtud de los cuales las relaciones de convivencia se inspiran en criterios de poder o de beneficio, los medios se convierten en fines y viceversa, la cultura y la educación se centran únicamente en los instrumentos, en la tecnología y la eficiencia. Una condición previa para la paz es el desmantelamiento de la dictadura del relativismo moral y del presupuesto de una moral totalmente autónoma, que cierra las puertas al reconocimiento de la imprescindible ley moral natural inscrita por Dios en la conciencia de cada hombre. La paz es la construcción de la convivencia en términos racionales y morales, apoyándose sobre un fundamento cuya medida no la crea el hombre, sino Dios: « El Señor da fuerza a su pueblo, el Señor bendice a su pueblo con la paz », dice el Salmo 29 (v. 11).
La paz, don de Dios y obra del hombre
3. La paz concierne a la persona humana en su integridad e implica la participación de todo el hombre. Se trata de paz con Dios viviendo según su voluntad. Paz interior con uno mismo, y paz exterior con el prójimo y con toda la creación. Comporta principalmente, como escribió el beato Juan XXIII en la Encíclica Pacem in Terris, de la que dentro de pocos meses se cumplirá el 50 aniversario, la construcción de una convivencia basada en la verdad, la libertad, el amor y la justicia[2]. La negación de lo que constituye la verdadera naturaleza del ser humano en sus dimensiones constitutivas, en su capacidad intrínseca de conocer la verdad y el bien y, en última instancia, a Dios mismo, pone en peligro la construcción de la paz. Sin la verdad sobre el hombre, inscrita en su corazón por el Creador, se menoscaba la libertad y el amor, la justicia pierde el fundamento de su ejercicio.
Para llegar a ser un auténtico trabajador por la paz, es indispensable cuidar la dimensión trascendente y el diálogo constante con Dios, Padre misericordioso, mediante el cual se implora la redención que su Hijo Unigénito nos ha conquistado. Así podrá el hombre vencer ese germen de oscuridad y de negación de la paz que es el pecado en todas sus formas: el egoísmo y la violencia, la codicia y el deseo de poder y dominación, la intolerancia, el odio y las estructuras injustas.
La realización de la paz depende en gran medida del reconocimiento de que, en Dios, somos una sola familia humana. Como enseña la Encíclica Pacem in Terris, se estructura mediante relaciones interpersonales e instituciones apoyadas y animadas por un « nosotros » comunitario, que implica un orden moral interno y externo, en el que se reconocen sinceramente, de acuerdo con la verdad y la justicia, los derechos recíprocos y los deberes mutuos. La paz es un orden vivificado e integrado por el amor, capaz de hacer sentir como propias las necesidades y las exigencias del prójimo, de hacer partícipes a los demás de los propios bienes, y de tender a que sea cada vez más difundida en el mundo la comunión de los valores espirituales. Es un orden llevado a cabo en la libertad, es decir, en el modo que corresponde a la dignidad de las personas, que por su propia naturaleza racional asumen la responsabilidad de sus propias obras[3].
La paz no es un sueño, no es una utopía: la paz es posible. Nuestros ojos deben ver con mayor profundidad, bajo la superficie de las apariencias y las manifestaciones, para descubrir una realidad positiva que existe en nuestros corazones, porque todo hombre ha sido creado a imagen de Dios y llamado a crecer, contribuyendo a la construcción de un mundo nuevo. En efecto, Dios mismo, mediante la encarnación del Hijo, y la redención que él llevó a cabo, ha entrado en la historia, haciendo surgir una nueva creación y una alianza nueva entre Dios y el hombre (cf. Jr 31,31-34), y dándonos la posibilidad de tener « un corazón nuevo » y « un espíritu nuevo » (cf. Ez 36,26).
Precisamente por eso, la Iglesia está convencida de la urgencia de un nuevo anuncio de Jesucristo, el primer y principal factor del desarrollo integral de los pueblos, y también de la paz. En efecto, Jesús es nuestra paz, nuestra justicia, nuestra reconciliación (cf. Ef 2,14; 2Co 5,18). El que trabaja por la paz, según la bienaventuranza de Jesús, es aquel que busca el bien del otro, el bien total del alma y el cuerpo, hoy y mañana.
A partir de esta enseñanza se puede deducir que toda persona y toda comunidad –religiosa, civil, educativa y cultural– está llamada a trabajar por la paz. La paz es principalmente la realización del bien común de las diversas sociedades, primarias e intermedias, nacionales, internacionales y de alcance mundial. Precisamente por esta razón se puede afirmar que las vías para construir el bien común son también las vías a seguir para obtener la paz.
Los que contruyen la paz son quienes aman, defienden y promueven la vida en su integridad
4. El camino para la realización del bien común y de la paz pasa ante todo por el respeto de la vida humana, considerada en sus múltiples aspectos, desde su concepción, en su desarrollo y hasta su fin natural. Auténticos trabajadores por la paz son, entonces, los que aman, defienden y promueven la vida humana en todas sus dimensiones: personal, comunitaria y transcendente. La vida en plenitud es el culmen de la paz. Quien quiere la paz no puede tolerar atentados y delitos contra la vida.
Quienes no aprecian suficientemente el valor de la vida humana y, en consecuencia, sostienen por ejemplo la liberación del aborto, tal vez no se dan cuenta que, de este modo, proponen la búsqueda de una paz ilusoria. La huida de las responsabilidades, que envilece a la persona humana, y mucho más la muerte de un ser inerme e inocente, nunca podrán traer felicidad o paz. En efecto, ¿cómo es posible pretender conseguir la paz, el desarrollo integral de los pueblos o la misma salvaguardia del ambiente, sin que sea tutelado el derecho a la vida de los más débiles, empezando por los que aún no han nacido? Cada agresión a la vida, especialmente en su origen, provoca inevitablemente daños irreparables al desarrollo, a la paz, al ambiente. Tampoco es justo codificar de manera subrepticia falsos derechos o libertades, que, basados en una visión reductiva y relativista del ser humano, y mediante el uso hábil de expresiones ambiguas encaminadas a favorecer un pretendido derecho al aborto y a la eutanasia, amenazan el derecho fundamental a la vida.
También la estructura natural del matrimonio debe ser reconocida y promovida como la unión de un hombre y una mujer, frente a los intentos de equipararla desde un punto de vista jurídico con formas radicalmente distintas de unión que, en realidad, dañan y contribuyen a su desestabilización, oscureciendo su carácter particular y su papel insustituible en la sociedad.
Estos principios no son verdades de fe, ni una mera derivación del derecho a la libertad religiosa. Están inscritos en la misma naturaleza humana, se pueden conocer por la razón, y por tanto son comunes a toda la humanidad. La acción de la Iglesia al promoverlos no tiene un carácter confesional, sino que se dirige a todas las personas, prescindiendo de su afiliación religiosa. Esta acción se hace tanto más necesaria cuanto más se niegan o no se comprenden estos principios, lo que es una ofensa a la verdad de la persona humana, una herida grave inflingida a la justicia y a la paz.
Por tanto, constituye también una importante cooperación a la paz el reconocimiento del derecho al uso del principio de la objeción de conciencia con respecto a leyes y medidas gubernativas que atentan contra la dignidad humana, como el aborto y la eutanasia, por parte de los ordenamientos jurídicos y la administración de la justicia.
Entre los derechos humanos fundamentales, también para la vida pacífica de los pueblos, está el de la libertad religiosa de las personas y las comunidades. En este momento histórico, es cada vez más importante que este derecho sea promovido no sólo desde un punto de vista negativo, comolibertad frente –por ejemplo, frente a obligaciones o constricciones de la libertad de elegir la propia religión–, sino también desde un punto de vista positivo, en sus varias articulaciones, comolibertad de, por ejemplo, testimoniar la propia religión, anunciar y comunicar su enseñanza, organizar actividades educativas, benéficas o asistenciales que permitan aplicar los preceptos religiosos, ser y actuar como organismos sociales, estructurados según los principios doctrinales y los fines institucionales que les son propios. Lamentablemente, incluso en países con una antigua tradición cristiana, se están multiplicando los episodios de intolerancia religiosa, especialmente en relación con el cristianismo o de quienes simplemente llevan signos de identidad de su religión.
El que trabaja por la paz debe tener presente que, en sectores cada vez mayores de la opinión pública, la ideología del liberalismo radical y de la tecnocracia insinúan la convicción de que el crecimiento económico se ha de conseguir incluso a costa de erosionar la función social del Estado y de las redes de solidaridad de la sociedad civil, así como de los derechos y deberes sociales. Estos derechos y deberes han de ser considerados fundamentales para la plena realización de otros, empezando por los civiles y políticos.
Uno de los derechos y deberes sociales más amenazados actualmente es el derecho al trabajo. Esto se debe a que, cada vez más, el trabajo y el justo reconocimiento del estatuto jurídico de los trabajadores no están adecuadamente valorizados, porque el desarrollo económico se hace depender sobre todo de la absoluta libertad de los mercados. El trabajo es considerado una mera variable dependiente de los mecanismos económicos y financieros. A este propósito, reitero que la dignidad del hombre, así como las razones económicas, sociales y políticas, exigen que « se siga buscando como prioridad el objetivo del acceso al trabajo por parte de todos, o lo mantengan »[4]. La condición previa para la realización de este ambicioso proyecto es una renovada consideración del trabajo, basada en los principios éticos y valores espirituales, que robustezca la concepción del mismo como bien fundamental para la persona, la familia y la sociedad. A este bien corresponde un deber y un derecho que exigen nuevas y valientes políticas de trabajo para todos.
Construir el bien de la paz mediante un nuevo modelo de desarrollo y de economía
5. Actualmente son muchos los que reconocen que es necesario un nuevo modelo de desarrollo, así como una nueva visión de la economía. Tanto el desarrollo integral, solidario y sostenible, como el bien común, exigen una correcta escala de valores y bienes, que se pueden estructurar teniendo a Dios como referencia última. No basta con disposiciones de muchos medios y una amplia gama de opciones, aunque sean de apreciar. Tanto los múltiples bienes necesarios para el desarrollo, como las opciones posibles deben ser usados según la perspectiva de una vida buena, de una conducta recta que reconozca el primado de la dimensión espiritual y la llamada a la consecución del bien común. De otro modo, pierden su justa valencia, acabando por ensalzar nuevos ídolos.
Para salir de la actual crisis financiera y económica – que tiene como efecto un aumento de las desigualdades – se necesitan personas, grupos e instituciones que promuevan la vida, favoreciendo la creatividad humana para aprovechar incluso la crisis como una ocasión de discernimiento y un nuevo modelo económico. El que ha prevalecido en los últimos decenios postulaba la maximización del provecho y del consumo, en una óptica individualista y egoísta, dirigida a valorar a las personas sólo por su capacidad de responder a las exigencias de la competitividad. Desde otra perspectiva, sin embargo, el éxito auténtico y duradero se obtiene con el don de uno mismo, de las propias capacidades intelectuales, de la propia iniciativa, puesto que un desarrollo económico sostenible, es decir, auténticamente humano, necesita del principio de gratuidad como manifestación de fraternidad y de la lógica del don[5]. En concreto, dentro de la actividad económica, el que trabaja por la paz se configura como aquel que instaura con sus colaboradores y compañeros, con los clientes y los usuarios, relaciones de lealtad y de reciprocidad. Realiza la actividad económica por el bien común, vive su esfuerzo como algo que va más allá de su propio interés, para beneficio de las generaciones presentes y futuras. Se encuentra así trabajando no sólo para sí mismo, sino también para dar a los demás un futuro y un trabajo digno.
En el ámbito económico, se necesitan, especialmente por parte de los estados, políticas de desarrollo industrial y agrícola que se preocupen del progreso social y la universalización de un estado de derecho y democrático. Es fundamental e imprescindible, además, la estructuración ética de los mercados monetarios, financieros y comerciales; éstos han de ser estabilizados y mejor coordinados y controlados, de modo que no se cause daño a los más pobres. La solicitud de los muchos que trabajan por la paz se debe dirigir además – con una mayor resolución respecto a lo que se ha hecho hasta ahora – a atender la crisis alimentaria, mucho más grave que la financiera. La seguridad de los aprovisionamientos de alimentos ha vuelto a ser un tema central en la agenda política internacional, a causa de crisis relacionadas, entre otras cosas, con las oscilaciones repentinas de los precios de las materias primas agrícolas, los comportamientos irresponsables por parte de algunos agentes económicos y con un insuficiente control por parte de los gobiernos y la comunidad internacional. Para hacer frente a esta crisis, los que trabajan por la paz están llamados a actuar juntos con espíritu de solidaridad, desde el ámbito local al internacional, con el objetivo de poner a los agricultores, en particular en las pequeñas realidades rurales, en condiciones de poder desarrollar su actividad de modo digno y sostenible desde un punto de vista social, ambiental y económico.
La educación en una cultura de la paz: el papel de la familia y de las instituciones
6. Deseo reiterar con fuerza que todos los que trabajan por la paz están llamados a cultivar la pasión por el bien común de la familia y la justicia social, así como el compromiso por una educación social idónea.
Ninguno puede ignorar o minimizar el papel decisivo de la familia, célula base de la sociedad desde el punto de vista demográfico, ético, pedagógico, económico y político. Ésta tiene como vocación natural promover la vida: acompaña a las personas en su crecimiento y las anima a potenciarse mutuamente mediante el cuidado recíproco. En concreto, la familia cristiana lleva consigo el germen del proyecto de educación de las personas según la medida del amor divino. La familia es uno de los sujetos sociales indispensables en la realización de una cultura de la paz. Es necesario tutelar el derecho de los padres y su papel primario en la educación de los hijos, en primer lugar en el ámbito moral y religioso. En la familia nacen y crecen los que trabajan por la paz, los futuros promotores de una cultura de la vida y del amor[6].
En esta inmensa tarea de educación a la paz están implicadas en particular las comunidades religiosas. La Iglesia se siente partícipe en esta gran responsabilidad a través de la nueva evangelización, que tiene como pilares la conversión a la verdad y al amor de Cristo y, consecuentemente, un nuevo nacimiento espiritual y moral de las personas y las sociedades. El encuentro con Jesucristo plasma a los que trabajan por la paz, comprometiéndoles en la comunión y la superación de la injusticia.
Las instituciones culturales, escolares y universitarias desempeñan una misión especial en relación con la paz. A ellas se les pide una contribución significativa no sólo en la formación de nuevas generaciones de líderes, sino también en la renovación de las instituciones públicas, nacionales e internacionales. También pueden contribuir a una reflexión científica que asiente las actividades económicas y financieras en un sólido fundamento antropológico y ético. El mundo actual, particularmente el político, necesita del soporte de un pensamiento nuevo, de una nueva síntesis cultural, para superar tecnicismos y armonizar las múltiples tendencias políticas con vistas al bien común. Éste, considerado como un conjunto de relaciones interpersonales e institucionales positivas al servicio del crecimiento integral de los individuos y los grupos, es la base de cualquier educación a la auténtica paz.
Una pedagogía del que construye la paz
7. Como conclusión, aparece la necesidad de proponer y promover una pedagogía de la paz. Ésta pide una rica vida interior, claros y válidos referentes morales, actitudes y estilos de vida apropiados. En efecto, las iniciativas por la paz contribuyen al bien común y crean interés por la paz y educan para ella. Pensamientos, palabras y gestos de paz crean una mentalidad y una cultura de la paz, una atmósfera de respeto, honestidad y cordialidad. Es necesario enseñar a los hombres a amarse y educarse a la paz, y a vivir con benevolencia, más que con simple tolerancia. Es fundamental que se cree el convencimiento de que « hay que decir no a la venganza, hay que reconocer las propias culpas, aceptar las disculpas sin exigirlas y, en fi n, perdonar »[7],de modo que los errores y las ofensas puedan ser en verdad reconocidos para avanzar juntos hacia la reconciliación. Esto supone la difusión de una pedagogía del perdón. El mal, en efecto, se vence con el bien, y la justicia se busca imitando a Dios Padre que ama a todos sus hijos (cf. Mt 5,21-48). Es un trabajo lento, porque supone una evolución espiritual, una educación a los más altos valores, una visión nueva de la historia humana. Es necesario renunciar a la falsa paz que prometen los ídolos de este mundo y a los peligros que la acompañan; a esta falsa paz que hace las conciencias cada vez más insensibles, que lleva a encerrarse en uno mismo, a una existencia atrofiada, vivida en la indiferencia. Por el contrario, la pedagogía de la paz implica acción, compasión, solidaridad, valentía y perseverancia.
Jesús encarna el conjunto de estas actitudes en su existencia, hasta el don total de sí mismo, hasta « perder la vida » (cf. Mt 10,39; Lc 17,33; Jn 12,35). Promete a sus discípulos que, antes o después, harán el extraordinario descubrimiento del que hemos hablado al inicio, es decir, que en el mundo está Dios, el Dios de Jesús, completamente solidario con los hombres. En este contexto, quisiera recordar la oración con la que se pide a Dios que nos haga instrumentos de su paz, para llevar su amor donde hubiese odio, su perdón donde hubiese ofensa, la verdadera fe donde hubiese duda. Por nuestra parte, junto al beato Juan XXIII, pidamos a Dios que ilumine también con su luz la mente de los que gobiernan las naciones, para que, al mismo tiempo que se esfuerzan por el justo bienestar de sus ciudadanos, aseguren y defiendan el don hermosísimo de la paz; que encienda las voluntades de todos los hombres para echar por tierra las barreras que dividen a los unos de los otros, para estrechar los vínculos de la mutua caridad, para fomentar la recíproca comprensión, para perdonar, en fin, a cuantos nos hayan injuriado. De esta manera, bajo su auspicio y amparo, todos los pueblos se abracen como hermanos y florezca y reine siempre entre ellos la tan anhelada paz[8].
Con esta invocación, pido que todos sean verdaderos trabajadores y constructores de paz, de modo que la ciudad del hombre crezca en fraterna concordia, en prosperidad y paz.
Vaticano, 8 de diciembre de 2012
BENEDICTUS PP. XVI

[1] Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Cost. past. Gaudium et spes, sobre la Iglesia en el mundo actual, 1.
[2] Cf. Carta enc. Pacem in terris (11 abril 1963): AAS 55 (1963), 265-266.
[3] Cf. ibíd.: AAS 55 (1963), 266.
[4] Carta enc., Caritas in veritate (29 junio 2009), 32: AAS 101 (2009), 666-667.
[5] Cf. ibíd., 34. 36: AAS 101 (2009), 668-670; 671-672.
[6] Cf. Juan Pablo II, Mensaje para la Jornada Mundial de la Paz 1994 (8 diciembre 1993), 2:AAS 86 (1994), 156-162.
[8] Cf. Carta enc. Pacem in terris (11 abril 1963): AAS 55 (1963), 304.



Los mensajes anuales del papa se reflexionan en toda la Iglesia

Jose Antonio Varela Vidal

En el año que termina, el santo padre Benedicto XVI amplió su magisterio ordinario con diferentes mensajes, que iluminaron las diversas jornadas mundiales con que se celebran y profundizan temas de la pastoral social, juvenil y misionera, entre otras.
Generalmente los temas de los mensajes del papa son presentados con varios meses de anticipación, a fin de que las iglesias locales puedan programarlos, siempre en espera del mismo mensaje, que traerá nuevas luces para los creyentes.
Educar a los jóvenes en la justicia y la paz
A principio de año, los papas han ofrecido al mundo un mensaje de paz, los cuales se tienen en cuenta por sus temáticas amplias, dirigidos a hombres y mujeres de buena voluntad, independiente de su creencia religiosa, o no. Es así que, el mensaje por la XLV Jornada Mundial de la Paz 2012 tuvo una perspectiva educativa, que ya se distinguía en el lema: "Educar a los jóvenes en la justicia yla paz".
Convencido el santo padre de que los jóvenes, con su entusiasmo e impulso hacia los ideales, pueden ofrecer al mundo una nueva esperanza, escribió: "Educar (…) requiere la responsabilidad del discípulo, que ha de estar abierto a dejarse guiar al conocimiento de la realidad; y la del educador, que debe de estar dispuesto a darse a sí mismo (…) El testigo es el primero en vivir el camino que propone".
¿Cuáles son los lugares donde madura una verdadera educación en la paz y en la justicia?, se preguntó Benedicto XVI. La respuesta fue muy clara: "En la familia es donde los hijos aprenden los valores humanos y cristianos que permiten una convivencia constructiva y pacífica. En la familia es donde se aprende la solidaridad entre las generaciones, el respeto de las reglas, el perdón y la acogida del otro (..) Deseo decir a los padres que no se desanimen".
Otros actores, responsables de la educación para la paz de los jóvenes, son sus mismos educadores, a quienes les dijo: "Que todo ambiente educativo sea un lugar de apertura al otro y a lo trascendente; lugar de diálogo, de cohesión y de escucha, en el que el joven se sienta valorado en sus propias potencialidades y riqueza interior, y aprenda a apreciar a los hermanos".
Les hizo también un llamado especial a los responsables políticos, pidiéndoles que ayuden concretamente a las familias e instituciones educativas “a ejercer su derecho-deber de educar”. Y que en sus gestiones como gobernantes, “ofrezcan a los jóvenes una imagen límpida de la política, como verdadero servicio al bien de todos".
Invocó también a un “uso recto de la libertad (..) central en la promoción de la justicia y la paz, que requieren el respeto hacia uno mismo y hacia el otro".
A los jóvenes les recordó que son "un don precioso para la sociedad". Y los exhortó a no dejarse vencer por el desánimo ante las dificultades y a no entregarse “a las falsas soluciones”. Para esto, les aseguró la cercanía de la Iglesia, que “confía en ustedes, los sigue, los anima y desea ofrecerles lo que tiene de más valor: la posibilidad de levantar los ojos hacia Dios, de encontrar a Jesucristo, Aquel que es la justicia y la paz".
Migraciones y Nueva Evangelización
Otra Jornada Mundial de gran relevancia fue la del Emigrante y Refugiado. El tema elegido por Benedicto XVI fue: "Migraciones y nueva evangelización", mediante el cual quiso subrayar el importante rol que tienen para la Iglesia local, los creyentes que por diversas circunstancias llegan a un país extranjero.
Por ello hizo un llamado a toda la Iglesia "a emprender una nueva evangelización también en el vasto y complejo fenómeno de la movilidad humana, intensificando la acción misionera ya sea en las regiones de primer anuncio como en los países de tradición cristiana".
Ante esta realidad que vive la Iglesia, recordo que esta "afronta el desafío de ayudar a los inmigrantes a mantener firme su fe, aun cuando falte el apoyo cultural que existía en el país de origen, buscando también nuevas estrategias pastorales, así como métodos y lenguajes para una acogida siempre vital de la Palabra de Dios".
Por eso el rol de las comunidades cristianas es fundamental, las cuales, según el papa, "han de prestar una atención particular a los trabajadores inmigrantes y a sus familias, a través del acompañamiento de la oración, de la solidaridad y de la caridad cristiana".
No olvidó el Pastor universal a los miles de estudiantes universitarios que dejan su país en pos de una mejor calidad educativa o faciidades económicas como son las becas, recordando que esto jóvenes " afrontan problemas de inserción, dificultades burocráticas, inconvenientes en la búsqueda de vivienda y de estructuras de acogida.
Hizo un llamado entonces a las universidades de inspiración cristiana, a fin de que sean "lugares de testimonio y de irradiación de la nueva evangelización, seriamente comprometidas a contribuir, en el ambiente académico, al progreso social, cultural y humano, además de promover el diálogo entre las cult uras".
"Levántate, tu fe te ha salvado" – Lc. 17,19
Durante la Jornada Mundial del Enfermo, que coincide con la fiesta de la Virgen de Lourdes, el santo padre envió un mensaje de consuelo y aliento a los enfermos, así como a todos aquellos agentes de la salud, cuyo sacrificio de vida es un punto fundamental en la vida del enfermo.
Como un padre que sufre con sus hijos, Benedicto XVI les dijo: "Deseo reiterar mi cercanía espiritual a todos los enfermos (...), expresando a cada uno la solicitud y el afecto de toda la Iglesia".
Recordó a quienes tienen alguna relación con los enfermos, que "acogiendo con generosidad y amor cada vida humana, sobre todo la de los débiles y los enfermos, el cristiano expresa un aspecto esencial de su testimonio evangélico siguiendo el ejemplo de Cristo, que se inclinó sobre los sufrimientos materiales y espirituales del hombre para sanarlos".
Este año, su mensaje hizo un énfasis en los 'sacramentos de curación', es decir, en el sacramento de la penitencia y la reconciliación, y en el de la unción de los enfermos, "que culminan de manera natural en la comunión eucarística".
A partir del pasaje de la curación de Jesús a los diez leprosos, de quienes solo uno le agradeció, el papa recuerda que esta escena "ayuda a tomar conciencia de la importancia de la fe para quienes, agobiados por el sufrimiento y la enfermedad, se acercan al Señor". Porque –sigue diciendo--, "Dios, por medio de su Hijo, no nos abandona en nuestras angustias y sufrimientos, sino que está junto a nosotros, nos ayuda a llevarlas y desea curar nuestro corazón en lo más profundo".
Porque "la fe del único leproso que (…) regresa enseguida junto a Jesús, para manifestarle su reconocimiento, deja entrever que la salud recuperada es signo de algo más precioso que la simple curación física, es signo de la salvación que Dios nos da a través de Cristo, y que se expresa con las palabras de Jesús: 'Tu fe te ha salvado'".
Hizo ver así mismo, que, el binomio entre salud física y renovación del alma lacerada ayuda a comprender mejor los 'sacramentos de curación'". Uno de ellos, el sacramento de la penitencia, "nos une a Él con profunda amistad. (Porque) Él, con su gran amor vela siempre y en cualquier circunstancia sobre nuestra existencia y nos espera, para ofrecer a cada hijo que vuelve a Él, el don de la plena reconciliación y de la alegría".
Recordó también que Jesús no solo ha enviado a sus discípulos a curar las heridas, sino que quiso instituir un sacramento específico: la unción de los enfermos. Por lo que invocó a darle un mayor valor al mismo y no considerarlo un ‘sacramento menor’, ya que este, "acompañado de la oración de los presbíteros, (permite que) toda la Iglesia encomienda a los enfermos al Señor sufriente y glorificado, para que alivie sus penas y los salve".
Invocó a toda la comunidad eclesial, y en particular la comunidad parroquial, a asegurar "la posibilidad de acercarse con frecuencia a la comunión sacramental a quienes, por motivos de salud o de edad, no pueden ir a los lugares de culto".
Destacó la figura de todos los que trabajan en el mundo de la salud, "y a las familias que en sus propios miembros ven el rostro del Señor Jesús que sufre, (y) renuevo mi agradecimiento y el de la Iglesia".
Atentos a los otros
Un mensaje que tuvo un importancia capital en el año, fue el Mensaje del santo padre para la Cuaresma. Con un componente social y de llamada a la penitencia y a la conversión, propio de ese tiempo, el papa subrayó la necesidad de que los cristianos estén atentos a las acciones de sus demás hermanos, y a ejercer la corrección fraterna con caridad y de forma oportuna.
El cardenal Robert Sarah, presidente del Pontificio Consejo Cor Unum, junto con su equipo de colaboradores, ha sido uno de los artífices para que este Mensaje tenga cada año una mayor acogida en el seno de las comunidades cristianas. Por este motivo, dejamos que él mismo nos explique este excepcional documento, según extractos de la reseña ofrecida en su momento por la sala de prensa de la Santa Sede.
"Sabemos que el Mensaje de Cuaresma -dijo el cardenal Sarah- contribuye a tener vivo en los fieles el sentido de la atención al bien del prójimo, de la comunión, del interés, de la compasión y de la división fraterna de los sufrimientos del indigente (…) Pero, más allá de este hecho tan importante, hay otro aspecto de la vida cristiana que el texto de este año pone de relieve. Se trata de la corrección fraterna".
"A la luz de corrección encaminada hacia la verdad y la caridad -prosiguió el purpurado- se lee también la acción de la Iglesia en el mundo contemporáneo (…) Lo que mueve a la Iglesia es su sincero interés por el bien de la persona en concreto y del mundo. Su acción no se inspira en la condena ni en la recriminación, sino en la justicia y la misericordia que tienen el valor de llamar a las cosas por su nombre. Esta tarea se llama misión profética”.
Pero sería demasiado poco que la dimensión profética de nuestro hablar y actuar se limitase a estos fenómenos externos sin apuntar a las raíces morales de estas injusticias. La corrupción, la acumulación de dinero, la violencia, el vivir a espaldas de la colectividad sin aportar nada son auténticos cánceres que socavan la sociedad desde el interior. Tampoco podemos callar que (…) en la base de la crisis financiera está la avaricia, la búsqueda desenfrenada del dinero sin escrúpulos y sin considerar a los que tienen menos y deben soportar las consecuencias de las decisiones equivocadas de otros. Este apego al dinero es pecado. La Iglesia es profética cuando denuncia este pecado que perjudica a la persona y a la sociedad”.
"La primera responsabilidad de la Iglesia es recordar a cada generación que esta dimensión espiritual es fundamental (y) debe decir que el ser humano tiene una vocación sobrenatural. Que hay una conciencia en la que habla la voz de Dios a quien un día tendremos que responder", puntualizó.
“Alégrense siempre en el Señor” – Flp. 4,4
Este versículo de la Carta de San Pablo a los Filipenses, fue el tema elegido por el santo padre para la XXVII Jornada Mundial de la Juventud, que se celebra todos los años el Domingo de Ramos.
El lema elegido fue «¡Alegraos siempre en el Señor!» (Flp. 4,4), con lo que el papa quiso transmitir la alegría, como un elemento central de la experiencia cristiana. Y también mencionó las Jornadas Mundiales de la Juventud, donde se vive “una alegría intensa, la alegría de lacomunión, la alegría de ser cristianos, la alegría de la fe”.
A la vez se preguntó, y con él a todos los jóvenes: “¿Cómo podemos encontrar en la vida la verdadera alegría, aquella que dura y no nos abandona ni en los momentos más difíciles?”.
Y ensayó una respuesta, presentando a Dios, como aquel “(que) quiere hacernos partícipes de su alegría, divina y eterna, haciendo que descubramos que el valor y el sentido profundo de nuestra vida está en el ser aceptados, acogidos y amados por Él, y no con una acogida frágil como puede ser la humana, sino con una acogida incondicional como lo es la divina (..): soy amado personalmente por Dios”.
Lo importante de este descubrimiento, les dijo a los jóvenes, “significa también acoger su Palabra (...) La Palabra de Dios hace que descubramos las maravillas que Dios ha obrado en la historia del hombre”. Y, para entrar en la “alegría del amor”, prosiguió “estamos llamados también a ser generosos, a no conformarnos con dar el mínimo, sino a comprometernos a fondo, con una atención especial por los más necesitados”
Recordó que el camino cristiano no es fácil y que “el compromiso de fidelidad al amor del Señor encuentra obstáculos o registra caídas, (pero) Dios, en su misericordia, no nos abandona, sino que nos ofrece siempre la posibilidad de volver a Él (…) de experimentar la alegría de su amor que perdona y vuelve a acoger”. Aprovechó la ocasión para invitar a los jóvenes a recurrir a menudo al sacramento de la Penitencia y la Reconciliación, porque es “el sacramento de la alegría reencontrada”.
Concluyó su mensaje alentándolos a ser “misioneros de la alegría”. Lo que significa ir a contar a los demás jóvenes “la alegría de haber encontrado aquel tesoro precioso que es Jesús mismo”.
Porque los cristianos “son hombres y mujeres verdaderamente felices, porque saben que nunca están solos, sino que siempre están sostenidos por las manos de Dios”.
Silencio y palabra, camino de evangelización
Para la Jornada Mundial de las Comunicaciones Sociales, que se celebra el mismo domingo de la Ascención del Señor, el santo padre Benedicto XVI tituló el mensaje “Silencio y Palabra: camino de evangelización”, lo que significa --en palabras suyas--, “dos momentos de la comunicación que deben equilibrarse, alternarse e integrarse para obtener un auténtico diálogo y una profunda cercanía entre las personas”.
De este modo recordó cómo “El silencio es parte integrante de la comunicación y sin él no existen palabras con densidad de contenido. En el silencio escuchamos y nos conocemos mejor a nosotros mismos; nace y se profundiza el pensamiento”.
“Callando se permite hablar a la persona que tenemos delante, expresarse a sí misma; y nosotros no permanecemos aferrados sólo a nuestras palabras o ideas, sin una oportuna ponderación. Se abre así un espacio de escucha recíproca y se hace posible una relación humana más plena”, fueron algunas de las ideas centrales del mensaje.
El papa es consciente –y con él todos--, que “allí donde los mensajes y la información son abundantes, el silencio se hace esencial para discernir lo que es importante de lo que es inútil y superficial”.
Porque el hombre, al valorar y analizar los mensajes, “hace que se puedan compartir opiniones sopesadas y pertinentes, originando un auténtico conocimiento compartido” En dicha oportunidad habló de la necesidad de una especie de ‘ecosistema’. Esto puede, “equilibrar silencio, palabra, imágenes y sonidos”.
Invitó una vez más a una urgente respuesta en el uso de los medios de comunicación, especialmente los que están en la red, porque “pueden ayudar al hombre de hoy a vivir momentos de reflexión y de auténtica interrogación, pero también a encontrar espacios de silencio, ocasiones de oración, meditación y de compartir la Palabra de Dios”
Tal como él lo hizo, semanas atrás con el envío de un “tweet”, recordó cómo los breves mensajes, a menudo no más extensos que un versículo bíblico, “pueden formular pensamientos profundos, si cada uno no descuida el cultivo de su propia interioridad”.
Terminó analizando cómo ‘Palabra y silencio’ es un binomio que nos hace ver que “aprender a comunicar quiere decir aprender a escuchar, a contemplar, además de hablar, y esto es especialmente importante para los agentes de la evangelización”
“Hacer resplandecer la Palabra de verdad” – Porta Fidei, 6
El papa recordó en su mensaje por la Jornada Mundial de las Misiones, al beato Juan Pablo II, quien en la carta Redemptoris Missio, 86, dijo: “los hombres que esperan a Cristo son todavía un número inmenso; no podemos permanecer tranquilos pensando en los millones de hermanos y hermanas redimidos también por la sangre de Cristo que viven sin conocer el amor de Dios”
Por ello, el santo padre subrayó que “hoy como ayer Cristo nos envía por los caminos del mundo a proclamar su Evangelio a todos los pueblos de la tierra”.
Hizo un llamado directo, en estos tiempos de misión permanente, a “retomar el mismo fervor apostólico de las primeras comunidades cristianas que, pequeñas e indefensas, fueron capaces de difundir el Evangelio en todo el mundo entonces conocido mediante su anuncio y testimonio”.
En el mismo mensaje, Benedicto XVI hizo una llamada a los obispos a cumplir su misión de anunciar el Evangelio, como una de sus competencias directas, porque son ellos mismos quienes deben hacer visible el espíritu y el celo misionero del pueblo de Dios, para que toda la Iglesia se haga misionera.
El santo padre presentó con claridad la idea de que “la preocupación de evangelizar nunca debe quedar al margen de la actividad eclesial y de la vida personal del cristiano, sino que ha de caracterizarla de manera destacada, consciente de ser destinatario y, al mismo tiempo, misionero del Evangelio”
Ayer como hoy –añadió--, el anuncio sigue siendo el mismo: el Kerigma de Cristo muerto y resucitado para la salvación del mundo, el Kerigma del amor de Dios, absoluto y total para cada hombre y para cada mujer, que culmina en el envío del Hijo eterno y unigénito, el Señor Jesús”.
Hizo notar finalmente,cómo muchos presbíteros, religiosos y religiosas de todas partes del mundo, numerosos laicos y hasta familias enteras dejan sus países, sus comunidades locales y se van a otras iglesias “para testimoniar y anunciar el Nombre de Cristo, en el cual la humanidad encuentra la salvación”.
Esta generosidad es para el papa “una expresión de profunda comunión, de un compartir y de una caridad entre las Iglesias, para que cada hombre pueda escuchar o volver a escuchar el anuncio que cura y, así, acercarse a los Sacramentos, fuente de la verdadera vida”.
Para el año 2013, serán nuevos mensajes, con nuevas temáticas y desafíos, con los que el santo padre contribuirá a que el mundo sea un poco mejor.
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