22 julio 2013

El papa ya está rumbo a Brasil

La llegada a Río está prevista a las 16.00 h. locales


"Llego a Río en unas horas y mi corazón está lleno de gozo porque dentro de poco estaré con ustedes para celebrar la XXVIII JMJ". Estas son las palabras en twitter del santo padre al comenzar su primer viaje apostólico internacional.
A las 8.53 de esta mañana, ha despegado el avión A330 de Alitalia, que llevará al santo padre de  regreso a su continente por primera vez desde que fue elegido pontífice. En Brasil, ya le esperan miles de jóvenes entusiasmados por vivir la primera Jornada Mundial de la Juventud del papa Francisco.
El santo padre ha llegado en helicóptero al aeropuerto romano de Fiumicino. Hasta el allí se ha dirigido esta mañana Enrico Letta, primer ministro italiano, para despedir al papa antes de comenzar el viaje a Río de Janeiro.
Con un pequeño maletín negro en mano, el obispo de Roma ha subido al avión, donde viajará acompañado de unos 70 periodistas. Tal y como confirmó el padre Federico Lombardi, portavoz del Vaticano, el santo padre no ofrecerá declaraciones durante el vuelo. Sin embargo, saludará a los peridistas uno por uno y se detendrá a hablar con cada uno de ellos.
Tras 12 horas de vuelo, la llegada al aeropuerto internacional Galeão/Antonio Carlos Jobim de Río está prevista a las 16.00 horas locales, que en Italia serán las 21.00.
En el aeropuerto el papa será recibido por la presidenta Dilma Rousseff. Aunque la ceremonia de bienvenida no tendrá lugar en la base aérea, sino en los jardines del Palacio Guanabara, donde se encontrarán autoridades civiles y religiosas.
Tras el recibimiento formal y el primer discurso del papa en Brasil, está prevista una audiencia privada con la presidenta. A continuación ser reunirá también con el gobernador del Estado de Río de Janeiro, Sergio Cabral Filho y con el alcalde de la ciudad, Eduardo Paes. Con estos encuentros el papa finaliza la jornada y se trasladará a la Residencia Sumaré, donde se alojará durante toda la semana.

La oración debe llevar a la acción concreta con el hermano necesitado

El Papa ayer durante el Ángelus

18 julio 2013

Oración y trabajo

    Jesús Álvarez SSP (Evangelio del Domingo 16º del T.O./C)


"Entró Jesús en una aldea, y una mujer llamada Marta lo recibió en su casa. Esta tenía una hermana llamada María que, sentada a los pies del Señor, escuchaba su palabra. Y Marta nadaba afanosa con el servicio, hasta que se detuvo y dijo a Jesús: Señor, ¿no te importa que mi hermana me haya dejado sola en los quehaceres domésticos? Dile que me ayude un poco. Pero el Señor le contestó: - Marta, Marta, tú te inquietas y andas nerviosa con muchas cosas, pero sólo una es necesaria. María ha escogido la parte mejor, y nadie se la quitará" (Lc. 10, 38-42).

Marta y María son símbolo de las dos expresiones inseparables de la vida cristiana: la oración y la acción. Si se las separa, muere la vida cristiana y las obras no alcanzan valor salvífico. Por eso es necesario ser “contemplativos en la acción y activos en la contemplación".
Jesús no reprocha a Marta su actividad ni sugiere a María que basta la sola contemplación. A Marta le reprocha que ande más preocupada por la mesa para el Huésped que por el Huésped mismo. Y a María le asegura que está viviendo lo esencial, lo mejor, lo más necesario en la vida, lo que no pasará y nadie le quitará.
Contemplación y acción son las dos realidades que integran la vida cristiana, apostólica, misionera, consagrada, catequística, pastoral. Y se cae en la llamada “herejía de las obras” cuando se olvida lo fundamental: la unión real, amorosa con Cristo mediante la oración y la contemplación, pues sólo Él puede dar fuerza de salvación a nuestra vida y a nuestras obras.
Esta herejía la ilustró Jesús con la parábola de aquellos que, al final de la vida, pretendían entrar el reino de los cielos porque habían predicado, echado demonios y hecho milagros en su nombre; pero recibieron la fatal respuesta: “No los conozco; aléjense, obradores de iniquidad” (Mt. 25, 41).
¡Obras buenas degradadas en iniquidad por el egoísmo y el orgullo! “Quien no está conmigo, está contra mí” (Lc. 11, 23).
La “herejía de las obras” se da en la vida sin Cristo, por más que tenga apariencias de vida cristiana. Dios realiza las obras de salva-ción sólo mediante quienes oran, obran y viven conscientes de que la eficacia salvadora de su vida y de sus obras viene de Dios, gracias a la unión con Cristo, mediante la oración y la contemplación.

17 julio 2013

El Papa en Rio de Janeiro



Durante la estancia del Papa Francisco en Rio de Janeiro, para la celebración de la XXVIII Jornada Mundial de la Juventud, independientemente de la inclusión de nuevos artículos, noticias, etc., relacionados con la JMJ, iremos actualizando esta agenda con los discursos, homilías, etc., que el Papa dirija durante su permanencia en Brasil






Lunes 22 de julio de 2013

08.45 - Salida en avión desde el Aeropuerto de Roma Ciampino hacia Río de Janeiro.

Río de Janeiro

16.00 - Acogida oficial en el Aeropuerto internacional Galeão/Antonio Carlos Jobim de Río de Janeiro.  
17.00 - Ceremonia de bienvenida en los jardines del Palacio Guanabara de Río de Janeiro. Discurso del Santo Padre.
17.40 - Visita de cortesía al Presidente de la República en el Palacio Guanabara de Río de Janeiro.  
Permanencia en la Residencia de Sumaré de Río de Janeiro.  

Miércoles 24 de julio de 2013

08.15 - Salida en helicóptero desde el helipuerto de Sumaré hacia el Santuario de Nuestra Señora de la Concepción de Aparecida.  
09.30 - Llegada al helipuerto del Santuario de Nuestra Señora de la Concepción de Aparecida.  
10.00 - Veneración de la imagen de la Virgen en la Sala de los 12 Apóstoles del Santuario de Nuestra Señora de la Concepción de Aparecida.  
10.30 - Santa Misa en la Basílica del Santuario de Nuestra Señora de la Concepción de Aparecida. Homilía del Santo Padre.
13.00 - Almuerzo con el séquito papal, los obispos de la provincia y los seminaristas en el Seminario Bon Jesús de Aparecida.  
16.10 - Salida en helicóptero desde helipuerto del Santuario de Nuestra Señora de la Concepción de Aparecida hacia Río de Janeiro.  
17.25 - Llegada al Aeropuerto Santos Dumont (III Comar) de Río de Janeiro.  
18.30 - Visita al Hospital San Francisco de Asís de la Providencia - V.O.T. de Río de Janeiro. Discurso del Santo Padre.

Jueves 25 de julio de 2013
07.30 - Santa Misa en privado en la Residencia de Sumaré, Río de Janeiro.  
09.45 - Entrega de las llaves de la ciudad al Santo Padre y Bendición de las banderas olímpicas en el Palacio de la Ciudad, Río de Janeiro.  
11.00 - Visita a la comunidad de Varginha (Manguinhos), Río de Janeiro. Discurso del Santo Padre.
18.00 - Fiesta de acogida de los jóvenes en el paseo marítimo de Copacabana, Río de Janeiro. Saludo y Discurso del Santo Padre.

Viernes 26 de julio de 2013
07.30 - Santa Misa en privado en la Residencia de Sumaré, Río de Janeiro.  
10.00 - Confesión de algunos jóvenes de la XXVIII JMJ en el Parco de la Quinta da Boa Vista, Río de Janeiro.  
11.30 - Breve encuentro en el palacio arzobispal San Joaquín con algunos jóvenes reclusos, Río de Janeiro.  
12.00 - Rezo del Angelus Domini desde el balcón central del palacio arzobispal San Joaquín, Río de Janeiro. Alocución del Santo Padre.
12.15 - Saludo al Comité organizador de la XXVIII Jornada Mundial de la Juventud y a los benefactores en el palacio arzobispal San Joaquín, Río de Janeiro.  
13.00 - Almuerzo con los jóvenes en el Salón del palacio arzobispal San Joaquín, Río de Janeiro.  
18.00 - Vía Crucis con los jóvenes en el paseo marítimo de Copacabana a Río de Janeiro. Discurso del Santo Padre.

Sábado 27 de julio de 2013
09.00 - Santa Misa con los obispos de la XXVIII JMJ y con los sacerdotes, religiosos y seminaristas en la Catedral de San Sebastián de Río de Janeiro. Homilía del Santo Padre.
11.30 - Encuentro con la clase dirigente de Brasil en el Teatro Municipal de Río de Janeiro. Discurso del Santo Padre.
13.30 - Almuerzo con los cardenales de Brasil, la presidencia de la Conferencia Nacional de los Obispos de Brasil, los obispos de la región y el séquito papal en el refectorio del Centro de Estudios de Sumaré, Río de Janeiro.  
19.30 - Vigilia de oración con los jóvenes en el Campus Fidei de Guaratiba. Discurso del Santo Padre.
Domingo 28 de julio de 2013
10.00 - Santa Misa para la XXVIII Jornada Mundial de la Juventud en el Campus Fidei de Guaratiba. Homilía del Santo Padre.
Rezo del Angelus Domini en el Campus Fidei de Guaratiba. Alocución del Santo Padre.
14.00 - Almuerzo con el séquito papal en el refectorio del Centro de Estudios de Sumaré, Río de Janeiro-  
16.00 - Encuentro con el Comité de coordinación del Celam en el Centro de Estudios de Sumaré, Río de Janeiro. Discurso del Santo Padre.
16.40 - Despedida de la Residencia de Sumaré, Río de Janeiro.  
17.30 - Encuentro con los voluntarios de la XXVIII JMJ en el Pabellón 5 de Río Centro, Río de Janeiro. Discurso del Santo Padre.
18.30 - Ceremonia de despedida en el Aeropuerto internacional Galeão/Antonio Carlos Jobim de Río de Janeiro. Discurso del Santo Padre.
19.00 - Salida en avión desde el Aeropuerto internacional Galeão/Antonio Carlos Jobim de Río de Janeiro hacia Roma.  

Lunes 29 de julio de 2013
11.30 - Llegada al Aeropuerto de Roma Ciampino

La humildad de Francisco



El Papa no solo aclara que la tarea del sucesor de Pedro es “confirmar a los hermanos” en ese inconmensurable tesoro que es la fe que Dios nos dona como luz para el camino de cada hombre; demuestra también la sintonía entre ambas miradas, la de Ratzinger y la de Bergoglio, sobre la fe y la Iglesia

      «Estas consideraciones sobre la fe, en línea con todo lo que el Magisterio de la Iglesia ha declarado sobre esta virtud teologal, pretenden sumarse a lo que el Papa Benedicto XVI ha escrito en las Cartas encíclicas sobre la caridad y la esperanza. Él ya había completado prácticamente una primera redacción de esta Carta encíclica sobre la fe. Se lo agradezco de corazón y, en la fraternidad de Cristo, asumo su precioso trabajo, añadiendo al texto algunas aportaciones. El Sucesor de Pedro, ayer, hoy y siempre, está llamado a "confirmar a sus hermanos" en el inconmensurable tesoro de la fe, que Dios da como luz sobre el camino de todo hombre».
      En estas pocas líneas, a caballo entre las páginas 8 y 9 de Lumen Fidei, la primera Carta encíclica del nuevo Papa, está la mejor respuesta a todos los que en estos primeros meses de Pontificado se han dedicado a enumerar los gestos de “ruptura” o de “discontinuidad”. Desde el color de los zapatos hasta el metal de la cruz, desde la férula hasta las mitras menos ricas, desde los acentos más “sociales” y menos intervencionistas sobre remas éticos en las homilías…
      La Encíclica que fue publicada hoy es la confirmación del afecto y la veneración que Bergoglio nutre por su predecesor. Es cierto que también Benedicto XVI, para la segunda parte de su primera encíclica, retomó y reelaboró significativamente algunos materiales que había preparado su antecesor (quien, por lo demás, no tenía la intención de publicarlos como estaban), pero esta comparación no se “cuaja” con el caso de Bergoglio.
      Francisco, efectivamente, hizo suyo, integrándolo con algunos anejos, un texto completado y preparado por su antecesor. Una encíclica “a cuatro manos”, la definió el mismo Bergoglio, alejando, como suele, formalismos y desmentidos de palacio.
      Una encíclica muy ratzingeriana (en cuanto al lenguaje, la estructura, las citas…) que lleva la firma del primer Papa latinoamericano.
      Asumiendo con humildad todo el trabajo que habían preparado Benedicto XVI y sus colaboradores, Francisco no solo aclara que la tarea del sucesor de Pedro (ayer, hoy y mañana) es “confirmar a los hermanos” en ese inconmensurable tesoro que es la fe que Dios nos dona como luz para el camino de cada hombre. Demuestra también la sintonía entre ambas miradas, la de Ratzinger y la de Bergoglio, sobre la fe y la Iglesia. Una mirada que a menudo ha sido olvidada o reducida por ciertos llamados “ratzingerianos”, que han pretendido transformar el estupor y la hermosura de la iniciativa de Dios en una “ley” eclesiástica. Es justamente en la humildad, en el hecho de considerar a la Iglesia como dependiente del protagonismo de Roma, en la consciencia de que la fe es dar espacio a la presencia y a la iniciativa de Otro, la característica que une intrínsecamente a Benedicto XVI, el Papa emérito, y a Francisco, el Papa.

La fe, luz que hace vivir



¿Es la fe una luz “ilusoria”, es decir, irreal, engañosa e inútil, un sentimiento meramente subjetivo y oscuro, que no tiene valor de conocimiento ni proporciona certezas? ¿Es la fe cristiana algo que arrebata la novedad y la aventura a la vida? ¿Es un espejismo que nos impide avanzar con libertad hacia el futuro?
      
He aquí algunas de las preguntas a las que responde, desde su introducción, la encíclica Lumen fidei (29-VI-2013), primera del PapaFrancisco.
      En ella se plantea la fe como un don que ilumina toda la realidad humana, dándole pleno sentido, y que atraviesa incluso las sombras de la muerte. «Deseo –escribe el Papa– hablar precisamente de esta luz de la fe para que crezca e ilumine el presente, y llegue a convertirse en estrella que muestre el horizonte de nuestro camino en un tiempo en el que el hombre tiene especialmente necesidad de luz» (n. 4).
Alimentar y robustecer la fe, proponerla a todos
      El objetivo primero de la encíclica es alimentar y robustecer la fe en los cristianos. A la vez quiere proponer la fe a todos las personas de buena voluntad en la perspectiva del Concilio: «El Concilio Vaticano II ha hecho que la fe brille dentro de la experiencia humana, recorriendo así los caminos del hombre contemporáneo. De este modo, se ha visto cómo la fe enriquece la existencia humana en todas sus dimensiones»(n. 6).
      Como se ha puesto de relieve (A. Tornielli), el hecho de que gran parte del texto proceda de Benedicto XVI y a la vez toda ella está firmada por el Papa reinante, Francisco, subraya que lo más importante no es éste o aquél Papa, sino el ministerio del Sucesor de Pedro en cada momento, cuyo papel es confirmar la fe. Así lo dice el texto mismo: «El Sucesor de Pedro, ayer, hoy y siempre, está llamado a “confirmar a sus hermanos” en el inconmensurable tesoro de la fe» (n. 7).
      La encíclica expresa que en la fe cristiana esencialmente «se nos ha dado un gran Amor» (ibid.), el de Dios Padre por medio de su Palabra encarnada, Jesucristo; y que si acogemos esa Palabra, el Espíritu Santo «nos transforma, ilumina el camino y hace crecer en nosotros las alas de la esperanza para poder recorrerlo con alegría» (Ibid.). En conjunto, «fe, esperanza y caridad, en admirable urdimbre, constituyen el dinamismo de la existencia cristiana hacia la comunión plena con Dios» (Ibid.). Por ello, la encíclica, que desarrolla lo esencial de la fe, explica también en qué consiste la vida cristiana, caracterizada por las tres virtudes teologales: la fe, la esperanza y la caridad.
La fe se nos ha dado en una historia
      A la introducción le siguen cuatro capítulos. En el primero se explica que la fe se nos dado en una historia, que arranca de Abrahán, pasa por la historia de Israel y se cumple plenamente en Jesucristo, en quien se encuentra la salvación que se nos ofrece actualmente por medio de la Iglesia. «Si queremos entender lo que es la fe, tenemos que narrar su recorrido» (n. 8); pues la fe «es un conocimiento que se aprende sólo en un camino de seguimiento» (n. 29). Y esto sirve desde luego para la fe personal, pero, ante todo, para penetrar la fe cristiana en su conjunto.
Fe, verdad y amor
      El capítulo segundo muestra las relaciones entre la fe, la verdad y el amor. Al hacerlo, se detiene en las dimensiones principales de la fe. Pone de relieve que la fe tiene que ver centralmente con el conocimiento de la verdad. La fe se abre al amor y así puede ayudar a ensanchar la razón. La fe no es algo meramente subjetivo o sentimental, pues «el amor tiene necesidad de verdad», y el amor mismo es fuente de conocimiento. La fe es tanto «escucha» como «visión». Y, por su conexión con la verdad y el amor, puede entrar fructuosamente en diálogo con la razón. Un diálogo beneficioso, tanto para la razón (por la luz del amor que le aporta la fe) como para la fe (que se inserta en la experiencia humana para comprender y participar el amor de Dios por nosotros). La fe cristiana ilumina el camino de todos los que buscan sinceramente a Dios, e impulsa a acogerlo y buscarlo cada vez mejor y con más consecuencias para la vida.
      Se manifiestan así aspectos fundamentales de la fe, como son sus dimensiones histórica y personal (contra una visión de la fe que fuera intelectualista o, por otra parte, voluntarista o moralista), así como su dimensión eclesial (frente a una visión individualista), pues «quien cree nunca está solo, porque la fe tiende a difundirse, a compartir su alegría con otros» (n. 39).
La transmisión de la fe
      El capítulo tercero se dedica a la transmisión de la fe como «tradición (entrega) viva». Esto acontece en la Iglesia principalmente por medio de una vida, la de los cristianos, que se testimonia con autenticidad. Los cuatro pilares de esa transmisión de la vida cristiana sonla confesión de la fe (el Credo), los sacramentos, el decálogo (los Mandamientos) y la oración. Así aparecen en el Catecismo de la Iglesia Católica, «instrumento fundamental para aquel acto unitario con el que la Iglesia comunica el contenido completo de la fe, “todo lo que ella es, todo lo que cree”», usando palabras del Concilio Vaticano II. Por la relación entre fe y amor cabe vivir una misma e íntegra fe, que es católica porque como un organismo vivo posee «capacidad de asimilar todo lo que encuentra (Newman), purificándolo y llevándolo a su mejor expresión», gracias al servicio del Magisterio de la Iglesia.
La capacidad transformadora de la fe
      Finalmente, el capítulo cuarto desarrolla el dinamismo de la fe en la sociedad. «La fe no aparta del mundo ni es ajena a los afanes concretos de los hombres de nuestro tiempo». La fe posee capacidad transformadora para la vida social (las relaciones humanas, la búsqueda del bien común), la familia y la relación con la naturaleza, y ayuda a superar y dar sentido al sufrimiento propio y ajeno. La fe es luz que los creyentes proponen, con su testimonio y diálogo, para edificar la ciudad terrena, en apertura a la libertad y a la justicia, al derecho y la paz. Juntas, la fe, la esperanza y la caridad permiten integrar las preocupaciones de todos en el camino hacia Dios, impulsando, al mismo tiempo y con fuerza nueva, el vivir de cada día.
      Esta relación entre fe y vida se expresa con clara cercanía en la siguiente frase: «La fe no es un refugio para gente pusilánime, sino que ensancha la vida. Hace descubrir una gran llamada, la vocación al amor, y asegura que este amor es digno de fe, que vale la pena ponerse en sus manos, porque está fundado en la fidelidad de Dios, más fuerte que todas nuestras debilidades» (n. 53). Ciertamente, «la luz de la fe no disipa todas nuestras tinieblas, sino que, como una lámpara, guía nuestros pasos en la noche, y esto basta para caminar» (n. 57).
      La encíclica propone a María, que «conservaba en su corazón todo lo que escuchaba y veía, de modo que la Palabra diese fruto en su vida» (n. 58), como icono perfecto de la fe cristiana en sus dimensiones totales.
      El mensaje central de la encíclica puede verse concentrado en expresiones como esta: «La fe en el Hijo de Dios hecho hombre en Jesús de Nazaret no nos separa de la realidad, sino que nos permite captar su significado profundo, descubrir cuánto ama Dios a este mundo y cómo lo orienta incesantemente hacía sí; y esto lleva al cristiano a comprometerse, a vivir con mayor intensidad todavía el camino sobre la tierra» (n. 18)
      De esta manera la encíclica Lumen fidei se ofrece a los cristianos como profundización en la fe, en la línea de la solidaridad que Cristo ha manifestado con cada hombre, y del consuelo y del compromiso que de ahí se derivan para vivir con más intensidad su camino. Y se ofrece también a todas las personas de buena voluntad, como invitación y propuesta de sentido pleno de la vida.

10 julio 2013

La lealtad como estilo


“Yo querría que le imitaseis en muchas cosas, pero sobre todo en la lealtad”, afirmó san Josemaría de don Álvaro, estando éste ausente

      Recientemente, fotografié esta súplica de san Josemaría, escrita de su puño y letra en 1970: «Madre mía y Señora mía de Torreciudad, Reina de los ángeles, mostra te esse Matrem, y haznos buenos hijos: hijos fieles». Al recibir la noticia de la aprobación del milagro que posibilita la beatificación de Don Álvaro del Portillo, vinieron a mi mente estas palabras porque siempre he pensado en él como el hijo más fiel del fundador del Opus Dei y, por supuesto, de la Iglesia.
      El mismo día de la citada noticia, desde monseñor Echevarría a varios cardenales, todos resaltaban esa virtud en el Obispo del Portillo. Y no precisamente por ser un lugar común, sino porque destacaba con una claridad meridiana. Con verdad y un cierto sentido del humor, monseñorEscrivá de Balaguer le dedicaba en1949 un ejemplar de Camino con estas palabras: «Para mi hijo Álvaro, que, por servir a Dios, ha tenido que torear tantos toros». Esa "lidia" fue su fiel acompañamiento al fundador en toda clase de circunstancias, entre las que no faltaron las incomprensiones, calumnias, escaseces, el dolor de una guerra, el hambre de una posguerra, la búsqueda de un molde jurídico adecuado al Opus Dei y tantas cosas más.
      Recuerdo que el día de su Santo de 1974, mientras estaba ausente, san Josemaría nos decía más o menos estas palabras: yo querría que le imitaseis en muchas cosas, pero sobre todo en la lealtad. Afirmaba también que había puesto muchas veces sus espaldas para cargar con los "palos" destinados al fundador.
      Tuve la fortuna de llevarlo muchas veces en coche a diversos dicasterios de la curia romana, especialmente al de la Doctrina de la Fe, del que era consultor, o a otros lugares, por ejemplo, al dentista. Siempre que le resultaba posible −era lo habitual− me avisaba el día anterior y me indicaba lo que duraría la gestión, para que me organizase del modo que me conviniera. En bastantes ocasiones, pensé en temas de conversación que le ayudaran a descansar pero, inevitablemente, era siempre él quien me entretenía con una amabilidad encantadora y, por supuesto, no exenta de un trasfondo formativo. Tenía dos temas preferidos: la Iglesia y san Josemaría. Por medio de anécdotas, me ayudaba a crecer en estos amores, que llevaba clavados en el alma.
      Cuando salía de una reunión, me explicaba quiénes eran los participantes que se iban despidiendo. Un día, con un cariño y una disculpa indecibles, me contó cómo había quedado el ritual de la Penitencia, donde se indicaba que el penitente leyera algún pasaje de la Sagrada Escritura alusivo al sacramento. Comentó que era una idea muy bonita, que se le había ocurrido a un buen Arzobispo amigo suyo, pero de difícil cumplimiento. Ese Arzobispo, decía disculpándolo, siempre se había dedicado a tareas de oficina y no podía saber lo que eso suponía para el penitente. También me dijo que San Josemaría había tomado una frase breve del Evangelio para poder realizarlo con facilidad. Después no he visto a casi nadie hacer aquello, salvo lo dispuesto por el fundador del Opus Dei.
      Tenía un curriculum formidable: ingeniero de Caminos, doctor en Historia, Doctor en Derecho Canónico, muchos encargos de la Santa Sede como su participación activa en el Concilio Vaticano II. Juan XXIII le nombró consultor de la Sagrada Congregación del Concilio (1959-66). En las etapas previas al Vaticano II, fue presidente de la Comisión para el Laicado. Ya en el curso del Concilio (1962-65) fue secretario de la Comisión sobre la Disciplina del Clero y del Pueblo Cristiano. Terminado este evento eclesial, Pablo VI le nombró consultor de la Comisión postconciliar sobre los Obispos y el Régimen de las Diócesis (1966). Fue también, durante muchos años, consultor de la Congregación para la Doctrina de la Fe. Sólo recuerdo esto para destacar su sencillez y espíritu de servicio. Por ejemplo, aunque nos acompañara un tercero en el automóvil, él siempre se sentaba al lado del conductor.
      Podría contar mis abundantes pifias llevando el coche siempre disculpadas antes de que se consumasen o diciendo que el error era de otros. Un día me metí en medio de un mercado callejero hasta que un policía me impidió seguir adelante y se desentendió de mí. La marcha atrás me parecía imposible entre los apretados puestos de hortalizas, a mi derecha, estaba cortada la calle y a mi izquierda era dirección prohibida. D. Álvaro me iba diciendo frases tranquilizadoras y cuando opté por la dirección prohibida, continuó en el mismo tono: haces bien en marchar por aquí porque qué culpa tenemos "nosotros".
      Cuando logró la erección del Opus Dei en Prelatura Personal, Juan Pablo II quiso hacerlo obispo enseguida. Se negó a aceptar diciendo que dimitiría si era nombrado porque no quería ni la posibilidad de que un sólo hijo suyo pudiera pensar que había organizado todo aquello para ser obispo. Lo fue bastante más tarde. Un último recuerdo. Volví a Roma en 1976. Al recibirme, dijo cariñosamente: ¡mi viejo chofer!, pero ahora mi hijo, que es mucho más importante. El importante era él, pero no pensaba en sí mismo. Por eso Juan Pablo II fue a orar ante su cadáver.

El Papa en Lampedusa


La primera visita del Papa Francisco a Italia ha sido, inesperadamente, a su punto más meridional, la pequeña isla de Lampedusa, frente a las costas de Túnez y Libia, para reunirse con “los últimos”, los inmigrantes africanos que llegaron en barcos miserables abarrotados de gente exhausta. Esa misma mañana, pocas horas antes, habían desembarcado 166

      
Al reunirse con el primer grupo que le esperaba en el muelle, el Papa tuvo un recuerdo para «los que no están», decenas de millares de personas, en su mayoría jóvenes, que murieron en el intento de llegar a Europa. Eran africanos y refugiados de Oriente Medio que huían de la guerra, los abusos o la miseria. Muchos de ellos, explotados por los traficantes de seres humanos.
      Poco después, en la misa celebrada en el campo de futbol[1], el Papa reveló que las noticias sobre los naufragios de pateras y la continua acumulación de miles de víctimas le «dolían continuamente como una espina en el corazón. Por eso sentí que tenía que venir hoy aquí a rezar».
      Pero no basta con rezar y quedarse quieto. Su intención, dijo, es «despertar nuestras conciencias para que lo sucedido no se repita». Y lo hizo saludando en primer lugar a los inmigrantes musulmanes, que empiezan el ayuno del Ramadán, y dando las gracias «a los voluntarios y las fuerzas de seguridad, que habéis demostrado tanta atención a estas personas que viajan hacia un destino mejor».
      El Santo Padre dirigió a los presentes y a toda Europa la pregunta de Dios en el Génesis: «Caín, ¿Dónde está tu hermano?», pues se ha llegado a «toda una cadena de errores que es una cadena de muerte que derrama la sangre del hermano». El Papa insistió en que «no es una pregunta dirigida a otros, sino a mí, a ti, a cada uno de nosotros. Estos hermanos nuestros que intentaban escapar de situaciones difíciles han encontrado la muerte».
      Para colmo, nadie se hace responsable. El Santo Padre citó Fuenteovejuna de Lope de Vega para plantear «¿Quién mato al Gobernador?, Fuenteovejuna, señor». Se hacen responsables todos y, por lo tanto, ninguno.
“Hemos olvidado la experiencia de llorar”
      Del mismo modo, «nadie se siente responsable» de la tragedia de las pateras pues, según el Papa, «la cultura del bienestar nos hace insensibles, nos hace vivir en pompas de jabón, que lleva a la indiferencia respecto a los demás. Que lleva a la globalización de la indiferencia. ¡Hemos caído en la globalización de la indiferencia!».
      Francisco planteó una pregunta directa: «¿Quién de nosotros ha llorado por la muerte de estos hermanos y hermanas? ¿Por las jóvenes madres que llevaban a sus hijos?». En efecto, «somos una sociedad que ha olvidado la experiencia de llorar», que se vuelve indiferente ante la muerte. Por eso invitó a rezar «para que el Señor limpie los restos de Herodes que hay en nuestro corazón». Y a pedir perdón por «quienes se encierran en su propio bienestar, que lleva a la anestesia del corazón. Y por quienes, con sus decisiones a nivel mundial han creado las situaciones que llevan a estos dramas».
      El Papa se había emocionado ya durante su breve recorrido por mar −desde el aeropuerto hasta el muelle− en la patrullera italiana CP282, que ha rescatado del mar a más de 30.000 personas en ocho años de servicio. Varias zonas del puerto, convertidas en cementerio de barcos miserables, recordaban el inmenso cementerio marino, entre Lampedusa y las playas de Libia, donde reposan decenas de miles de personas que nunca completaron la travesía.
La carta de un inmigrante africano
      Uno de los inmigrantes africanos −al Papa no le gusta la expresión “clandestinos”− le entregó una carta en nombre de los demás refugiados y detenidos. El Santo Padre le pidió que la leyera, mientras otro inmigrante iba traduciendo cada párrafo. Al final, una petición: «Italia tiene ya muchos refugiados. Pedimos a otros países europeos que nos acojan».
      El recorrido desde el muelle hasta el campo de futbol en un viejo todoterreno descubierto −los vecinos de Lampedusa están orgullosos de una “visita sin costes”− fue otro momento de emoción. Había mucha gente en el camino y muchas pancartas en las casas, igual que en los barcos que le habían acompañado y hasta en los depósitos de combustible.
Misa sobre un bote de remos
      El Papa celebró misa en un altar instalado sobre un bote de remos, el ‘Junior’, que recuerda a la vez a los pescadores y los inmigrantes. Llegó a la plataforma con una cruz procesional de madera hecha con restos de barcos de inmigrantes, y utilizó un cáliz del mismo material, con revestimiento de plata por dentro, hecho por un artesano de Lampedusa.
      El atril estaba construido por dos palas de timón verticales y una rueda de timón. Los toldos para protegerse del sol eran restos de velas. Todo recordaba el trabajo modesto de los vecinos y la tragedia de los africanos, que el Papa trajo a primer plano con una fuerza extraordinaria. Al final, en una plegaria ante la Virgen del Carmen, patrona de los marineros, pidió que «no haya más esclavitud», y la conversión «de quienes generan guerras» y «quienes trafican con el sufrimiento». La visita fue intensa y breve. Poco antes de la una, el Papa emprendía el vuelo de regreso a Roma.
Juan Vicente Boo
*  *  *
News.va
[1] Texto completo de la homilía del Santo Padre:
      Inmigrantes muertos en el mar, desde esas barcas que en lugar de ser una vía de esperanza han sido una vía de muerte. Así es el título de los periódicos. Cuando hace algunas semanas he conocido esta noticia, que lamentablemente tantas veces se ha repetido, mi pensamiento ha vuelto a esto continuamente como una espina en el corazón que causa sufrimiento.
      Y entonces he sentido que debía venir aquí hoy a rezar, a realizar un gesto de cercanía, pero también a despertar nuestras conciencias para que lo que ha sucedido no se repita, no se repita, por favor.
      Pero antes, quisiera decir una palabra de sincera gratitud y de aliciente a ustedes, habitantes de Lampedusa y Linosa, a las asociaciones, a los voluntarios y a las fuerzas de seguridad, que han mostrado y muestran atención a las personas en su viaje hacia algo mejor. Ustedes son una pequeña realidad, ¡pero ofrecen un ejemplo de solidaridad!
      Gracias también al Arzobispo Mons. Francesco Montenegro, por su ayuda, su trabajo y su cercanía pastoral. Gracias también a la señora Giusy Nicolini, alcaldesa, por lo que hace.
      Dirijo un pensamiento a los queridos inmigrantes musulmanes que están comenzando el ayuno de Ramadán, con el deseo de abundantes frutos espirituales. La Iglesia está cerca de ustedes en la búsqueda de una vida más digna para ustedes y para sus familias. ¡A ustedes “O’ scia’!”
      Esta mañana, a la luz de la Palabra de Dios que hemos escuchado, quisiera proponer algunas palabras que, sobre todo, despierten la conciencia de todos, impulsen a reflexionar y a cambiar concretamente ciertas actitudes.
“¿Adán, dónde estás?”: es la primera pregunta que Dios dirige al hombre después del pecado. “¿Dónde estás?”. Es un hombre desorientado que ha perdido su lugar en la creación porque cree que puede volverse potente, que puede dominar todo, que puede ser Dios. Y la armonía se rompe, el hombre se equivoca y esto se repite también en la relación con el otro que ya no es el hermano al que hay que amar, sino sencillamente el otro que disturba mi vida, mi bienestar. Y Dios hace la segunda pregunta: “Caín, ¿dónde está tu hermano?”. El sueño de ser poderoso, de ser grande como Dios, es más de ser Dios, lleva a una cadena de equivocaciones que es cadena de muerte, ¡conduce a derramar la sangre del hermano!
      ¡Estas dos preguntas de Dios resuenan también hoy, con toda su fuerza! Muchos de nosotros, también yo me incluyo, estamos desorientados, ya no estamos atentos al mundo en que vivimos, no cuidamos, no custodiamos lo que Dios ha creado para todos y ya no somos capaces ni siquiera de custodiarnos unos a otros. Y cuando esta desorientación adquiere las dimensiones del mundo, se llega a las tragedias como a la que hemos asistido.
      “¿Dónde está tu hermano?”, la voz de su sangre grita hasta mí, dice Dios. Esta no es una pregunta dirigida a los demás, es una pregunta dirigida a mí, a ti, a cada uno de nosotros. Esos hermanos y hermanas nuestros trataban de salir de situaciones difíciles para encontrar un poco de serenidad y de paz; buscaban un lugar mejor para ellos y para sus familias, pero han encontrado la muerte.
      ¡Cuántas veces aquellos que buscan esto no encuentran comprensión, acogida, solidaridad!
      ¡Y sus voces suben hasta Dios!
      Y una vez más a ustedes, habitantes de Lampedusa les agradezco su solidaridad.
      He escuchado recientemente a uno de estos hermanos. Antes de llegar aquí han pasado por las manos de los traficantes. Esos que explotan la pobreza de los demás. Esa gente que hace de la pobreza de los demás su propia fuente de ganancia. ¡Cuánto han sufrido... y algunos no han logrado llegar!
      “¿Dónde está tu hermano?”. ¿Quién es el responsable de esta sangre?
      En la literatura española hay una comedia de Lope de Vega que narra cómo los habitantes de la ciudad de Fuenteovejuna matan al Gobernador porque es un tirano, y lo hacen de modo que no se sepa quién ha realizado la ejecución. Y cuando el juez del rey pregunta: “¿Quién ha asesinado al Gobernador?”, todos responden: “Fuenteovejuna, Señor”. ¡Todos y nadie!
      También hoy esta pregunta surge con fuerza: ¿Quién es el responsable de la sangre de estos hermanos y hermanas? ¡Nadie! Todos nosotros respondemos así: no soy yo, yo no tengo nada que ver, serán otros, ciertamente no yo. Pero Dios pregunta a cada uno de nosotros:“¿Dónde está la sangre de tu hermano que grita hasta mí?”
      Hoy nadie se siente responsable de esto; hemos perdido el sentido de la responsabilidad fraterna; hemos caído en la actitud hipócrita del sacerdote y del servidor del altar, del que habla Jesús en la parábola del Buen Samaritano: miramos al hermano medio muerto en el borde del camino, quizá pensamos “pobrecito”, y continuamos por nuestro camino, no es tarea nuestra; y con esto nos tranquilizamos y nos sentimos bien. La cultura del bienestar, que nos lleva a pensar en nosotros mismos, nos vuelve insensibles a los gritos de los demás, nos hace vivir en pompas de jabón, que son bellas, pero no son nada, son la ilusión de lo fútil, de lo provisorio, que lleva a la indiferencia hacia los demás, es más lleva a la globalización de la indiferencia. En este mundo de la globalización hemos caído en la globalización de la indiferencia. ¡Nos hemos habituado al sufrimiento del otro, no nos concierne, no nos interesa, no es un asunto nuestro!
      Vuelve la figura del Innominado de Manzoni. La globalización de la indiferencia nos hace a todos “innominados”, responsables sin nombre y sin rostro.
      “¿Adán dónde estás?”, “¿dónde está tu hermano?”, son las dos preguntas que Dios hace al inicio de la historia de la humanidad y que dirige también a todos los hombres de nuestro tiempo, también a nosotros.
      Pero yo querría que nos hiciéramos una tercera pregunta: “¿Quién de nosotros ha llorado por este hecho y por hechos como éste?”. ¿Quién ha llorado por la muerte de estos hermanos y hermanas? ¿Quién ha llorado por estas personas que estaban en la barca? ¿Por las jóvenes mamás que llevaban a sus niños? ¿Por estos hombres que deseaban algo para sostener a sus propias familias?
      Somos una sociedad que ha olvidado la experiencia del llorar, del “padecer con”: ¡la globalización de la indiferencia nos ha quitado la capacidad de llorar!
      En el Evangelio hemos escuchado el grito, el llanto, el gran lamento: “Raquel llora a sus hijos… porque ya no están”. Herodes ha sembrado muerte para defender su propio bienestar, su propia pompa de jabón. Y esto sigue repitiéndose… Pidamos al Señor que borre lo que queda de Herodes también en nuestro corazón; pidamos al Señor la gracia de llorar sobre nuestra indiferencia, sobre la crueldad que hay en el mundo, en nosotros, también en aquellos que en el anonimato toman decisiones socio-económicas que abren el camino a dramas como este. ¿Quién ha llorado? ¿Quién ha llorado? ¿Quién ha llorado hoy en el mundo?”
      Señor, en esta Liturgia, que es una Liturgia de penitencia, pedimos perdón por la indiferencia hacia tantos hermanos y hermanas, te pedimos, Padre, perdón por quien se ha acomodado, se ha encerrado en su propio bienestar que lleva a la anestesia del corazón, te pedimos perdón por aquellos que con sus decisiones a nivel mundial han creado situaciones que conducen a estos dramas. ¡Perdón Señor!
      Señor, que escuchemos también hoy tus preguntas: “¿Adán, dónde estás?”, “¿dónde está la sangre de tu hermano?”