05 febrero 2014

Quinto domingo del tiempo ordinario

P. Antonio Rivero, L.C.

Ciclo A - Textos: Isaí­as 58, 7-10; 1 Corintios 2, 1-5; Mateo 5, 13-16


Idea principal: el cristiano seguidor de Cristo debe ser sal y luz.
Resumen del mensaje: Jesús sigue haciendo el retrato y la fisonomía de sus discípulos y seguidores en el famoso Sermón de la Montaña (Mateo, capítulos 5-7). Además de las bienaventuranzas, que nos marcaban el camino de la auténtica felicidad (domingo pasado), hoy Jesús usa dos imágenes expresivas: quien lleve el nombre de cristiano debe ser sal y luzen este mundo (evangelio).
Puntos de la idea principal:
En primer lugar, Jesús nos dice que somos y debemos ser sal, no azúcar. ¿Qué hace la sal? Da sabor a las comidas, es aderezo. Impide la corrupción de los alimentos; es conservante, por ser ácido. Derrite el hielo en las carreteras para evitar los accidentes de tráfico. La sal de bicarbonato es un antiácido para el estómago. La sal también remueve la herrumbre acumulada en las chimeneas, evitando posibles incendios peligrosos. Los colores pueden ser restaurados con el auxilio de un paño humedecido en una solución con sal y agua. La sal mantiene lejos la polilla de las alfombras nuevas de lana. El secreto es limpiar el piso con una solución concentrada de sal y agua caliente antes de poner la alfombra. Todo un símbolo de lo que debe ser el cristiano. Así fue Jesús: con la sal de su palabra iba dando sabor a todas las situaciones humanas –alegres y dolorosas-; iba preservando los valores humanos y morales con su mensaje divino, para que no se pudrieran. Y la segunda imagen: también el cristiano tiene que ser luz, porque llevamos en el alma y en la conciencia el resplandor de Cristo resucitado. Somos cristianos de Pascua. Cristo con su Pascua disipó las tinieblas del demonio, que parecía haber triunfado en ese Viernes Santo. En nuestras pupilas brilla la luz del cirio pascual. En nuestros labios resuena el “Lumen Christi”. Nuestras manos sostienen la vela que se alimenta de ese cirio pascual que es Cristo. Desafiamos a Nietzsche, pues sí tenemos rostros de resucitados.
En segundo lugar, que Dios nos libre de ser cristianos insípidos y apagados. Con la sal, daremos sabor a nuestra vida cristiana y también curaremos las heridas de nuestros hermanos (primera lectura), no con palabras rimbombantes, sino con la palabra y bálsamo del crucificado (segunda lectura) y preservaremos nuestro mundo de la opresión e injusticia (primera lectura) y de la mundanidad. Con la sal –dice el Crisóstomo- podemos volver a su sabor quienes se tornaron insípidos, pero con la sal en su medida; mucha sal estropea la comida. Con la luz de la fe en Cristo iluminamos nuestro interior e iluminamos nuestro ambiente, allá donde estamos. Fe que nos ilumina desde dentro, como trata de expresarlo la iconografía oriental. Con ella vivimos en este mundo para no tropezar, sí, pero con los ojos puestos en la eternidad. Por la luz de la fe vemos con claridad cuál es el camino que nos conduce al cielo. Ya no somos “un pueblo que anda en tinieblas”, sino que tiene “la luz de la vida”.
Finalmente, cuidemos de no estropear la sal echándole otras sustancias edulcorantes, como pueden ser nuestros gustos personales y los condimentos picantes de este mundo. Cuidemos nuestra luz, que es participación de la de Cristo, para que no alumbremos con la minúscula luz de nuestras tontas vanidades o deslumbremos con nuestros saberes enciclopédicos y culturales mundanos (segunda lectura).
Para reflexionar: ¿Soy sal o azúcar; soso o salado? ¿Soy luz u oscuridad con mi mal ejemplo?

¡A comer! (Catequesis para la familia )

Eva Carreras del Rincón


Difícilmente podremos encontrar una tradición más antigua y universal que ésta: la familia comiendo alrededor de la mesa. Y todos comprendemos el valor que tiene esa invitación, generalmente proclamada con alegría por la madre de familia: ¡A comer!
La reunión de padres e hijos alrededor de la mesa es sagrada. Y no lo digo en el sentido de que se pueda convertir en algunos casos en una obligación, sino porque se trata de una tradición genuinamente familiar. Comer juntos es algo así como el sacramento de la familia, es decir, aquello en lo que la unión y el amor familiar está significado. El pan compartido es signo de la vida convivida.
Buscando información sobre el origen de esta tradición he descubierto que la palabra “compañeros” viene precisamente del compartir el pan. Quienes habitualmente comen en la misma mesa del mismo pan son compañeros. Pues si es así no hay mejores compañeros que los miembros de una familia. Compartir el pan y compartir la vida es lo mismo.
Es importante mantener viva esta tradición familiar. Hay que explicarles a los niños el significado de comer juntos. La casa no es un hotel, ni un cuartel, ni un bar, ni un restaurante, ni un selfservice. Hay momentos para vivir juntos y la comida es uno de ellos. Es bueno comer juntos padres e hijos. Hay que mantener la conversación animada. Que se pueda hablar de las incidencias del día, pues compartir el pan es compartir la vida, la ordinaria, la real.
Dejemos la televisión, los teléfonos y demás aparatos apagados y lejos de nuestro alcance. Es una manera de decirles a los que están con nosotros: Me importa lo qué dices, te escucho (no solo te oigo), me encanta estar contigo…¡tanto! que apago el telediario y los deportes.
La bendición nos ayuda a recordar y a tomar conciencia de lo que vamos a hacer y del amor y la providencia de Dios que nos da los alimentos, como en el antiguo testamento les enviaba el maná a Moisés y al pueblo judío.
Quien bendice (el padre, la madre, los hijos, por turnos…) y con qué oración, dependerá de cada familia y de sus costumbres. Lo que no puede faltar es el sentido de bendición, gratitud, compañía y alegría.
Para los que no tienen tradición todavía pueden utilizar una de estas oraciones o hacer una oración familiar propia.
“El Niño Jesús que nació en Belén, bendiga esta mesa y a nosotros también” (esta les gusta a los más pequeños)
“V. Bendice Señor los alimentos que por tu bondad vamos a comer"
R. Amén

V. El Rey de la eterna gloria nos haga partícipes de la mesa celestial.
R- Amén”

Se puede terminar con una acción de gracias:
“V. Te damos gracias por todos tus beneficios, omnipotente Dios, 
que vives y reinas por lossiglos de los siglos.
R. Amén

V. El Señor nos dé su paz.
R. Y la vida eterna. Amén.”

03 febrero 2014

Un hombre de gobierno no utiliza a Dios y a su pueblo

El Papa propone imitar al rey David a la hora de afrontar los momentos difíciles de la vida

No utilizar a Dios y al pueblo para defenderse en los momentos de dificultad. Es lo que ha subrayado el papa Francisco en la misa de esta mañana en la Casa de Santa Marta. Al comentar la actitud del rey David ante la traición de su hijo Absalón, el Santo Padre ha invitado a elegir siempre el camino de la confianza en Dios.
El rey David huye porque su hijo Absalón le ha traicionado. El Pontífice ha centrado su homilía en la Primera Lectura, del Libro Segundo de Samuel, que narra la historia de esta "gran traición" y sus consecuencias. David está triste porque "también el pueblo” estaba con el hijo y contra el rey. Y siente "como si este hijo estuviese muerto". Pero, ¿cuál es, entonces, la reacción de David "ante esta traición de su hijo"? El Papa señala tres actitudes. Ante todo, David, “un hombre de gobierno, toma la realidad como es y sabe que esta guerra va a ser muy dura" y “que habrá muchos muertos”. Por lo tanto , "toma la decisión de no hacer morir a su pueblo”. Él, ha observado el Santo Padre, “podía luchar en Jerusalén contra las fuerzas de su hijo",  pero elige que Jerusalén no sea destruida:
"David, esta es la primera actitud, para defenderse no utiliza ni a Dios ni a su pueblo, y esto significa el amor de un rey para su Dios y su pueblo. Un rey pecador -conocemos la historia- pero un rey con este amor tan grande: estaba tan apegado a su Dios y tan apegado a su pueblo y no utiliza para defenderse ni a Dios ni a su pueblo. En los momentos difíciles de la vida pasa tal vez que uno en la desesperación tratando de defenderse como puede use también a Dios y a su pueblo. Él no, la primera actitud es esa: no usar a Dios y a su pueblo".
Por lo tanto, David decide huir. Su segunda actitud es "penitencial”. Sube a la montaña “llorando", caminando "con la cabeza cubierta y los pies descalzos". Y toda la "gente que estaba con él se cubrían la cabeza y, subiendo, lloraba". Es realmente "un camino penitencial". "Tal vez –ha sido la reflexión del Papa- en su corazón había pensado tantas cosas malas, tantos pecados, que había hecho", piensa no ser “inocente”. También piensa que no es justo que el hijo le traicione, pero reconoce que no es un santo y "elige la penitencia":
"Esta subida al monte nos hace pensar a aquella otra ascensión de Jesús, también Él apenado, con los pies descalzos, con su cruz subía el monte. Esta actitud penitencial. David acepta estar de luto y llora. Nosotros, cuando tal cosa sucede en nuestra vida siempre intentamos -es un instinto que tenemos- justificarnos. David no se justifica, es realista, trata de salvar el arca de Dios, su pueblo, y hace penitencia por ese camino. Es un grande: un gran pecador y un gran santo. Cómo van juntas estas dos cosas... ¡Dios lo sabe!".
Y en el camino, ha añadido el Pontífice, aparece otro personaje: Simei, que arroja piedras contra David y contra todos sus siervos. Es un "enemigo" que va maldiciendo a David. Uno de los amigos del rey dice, entonces, querer matar a este "desgraciado", a este "perro muerto". Pero David lo detiene: "en lugar de elegir la venganza contra tantos insultos, decide confiar en Dios". Más bien, dice que dejen a Simei que lo maldiga, porque "el Señor se lo ha ordenado”. Y añade: "Él siempre sabe lo que está pasando, el Señor lo permite”. "Tal vez -piensa también David- el Señor mirará mi aflicción y me hará el bien a cambio de la maldición de hoy”. Por tanto, la tercera actitud de David es la confianza en el Señor. El comportamiento de David, ha revelado el Papa, también nos puede ayudar, "porque todos pasamos en la vida" por momentos de oscuridad y de prueba. He aquí las tres actitudes de David: "No negociar con Dios" y "nuestra pertenencia"; "aceptar la penitencia y llorar por nuestros errores"; y finalmente "no buscar, nosotros, hacer justicia con nuestras propias manos, sino confiar en Dios":
"Es hermoso escuchar esto y ver estas tres actitudes: un hombre que ama a Dios, ama a su pueblo y no lo negocia; un hombre que se reconoce pecador y hace penitencia; un hombre que está seguro de su Dios y confía en Él. David es santo y lo veneramos como un santo. Le pedimos que nos enseñe estas actitudes en los malos momentos de la vida".

Presentación del Señor y bendición de los cirios

Homilía del Papa en la Jornada de la Vida Consagrada


La fiesta de la Presentación de Jesús al templo es llamada también la fiesta del encuentro: en la liturgia, al inicio se dice que Jesús va al encuentro a su pueblo, es el encuentro entre Jesús y su pueblo. Cuando María y José llevaron a su niño al templo de Jerusalén fue el primer encuentro entre Jesús y su pueblo, representado por dos ancianos, Simeón y Ana.
Esto fue también un encuentro en el interior de la historia del pueblo, un encuentro entre los jóvenes y los ancianos: los jóvenes eran María y José, con el recién nacido; y los ancianos eran Simeón y Ana, dos personajes que frecuentaban siempre el Templo.
Observemos lo que el evangelista Luca nos dice sobre ellos y como los describe. De la Virgen y de san José repite cuatro veces que querían hacer lo que prescribía la ley del Señor.
Se toca, casi se percibe que los padres de Jesús ¡tenían la alegría de observar los preceptos del Señor! Son dos esposos nuevos, han apenas tenido a su hijo y están animados del deseo de cumplir lo que estaba indicado.
Esto no es un hecho exterior, no es para sentirse en orden, no. Es un deseo fuerte y profundo, lleno de alegría. Es lo que dice el salmo: “En la via de tus enseñanzas está mi alegría... Tú ley es mi delicia”.
¿Y qué dice san Lucas de los ancianos? Subraya más de una vez que estaban guiados por el Espíritu Santo. De Simeón afirma que era un hombre justo y piadoso, que esperaba la consolación de Israel, y que “el Espíritu Santo estaba con él”. Dice que el “Espíritu Santo le había anunciado” que antes de morir habría visto a Cristo, el Mesías; y en fin, que se dirigió al templo “movido por el Espíritu”.
De Ana dice que era una profetisa, o sea inspirada por Dios y que estaba siempre en el templo “sirviendo a Dios con ayunos y oraciones”. O sea, estos dos ancianos están llenos de vida, llenos de vida porque están animados por el Espíritu Santo, dóciles a su acción, sensibles a sus llamadas.
Y es el encuentro entre la sagrada familia y estos dos representantes del pueblo santo de Dios. Al centro está Jesús. Es Él que mueve todo, que atrae a unos y a otros al tempo, que es la casa de su Padre.
Es un encuentro entre los jóvenes llenos de alegría por observar la ley del Señor y los ancianos llenos de alegría por la acción del Espíritu Santo. Es un singular encuentro entre la observancia y la profecía, en la que los jóvenes son los observadores y los ancianos los profetas.
En realidad si reflexionamos bien, la observancia de la ley está animada por el mismo Espíritu, y la profecía se mueve en el camino trazado por la ley. ¿Quién más que María está llena del Espíritu Santo? ¿Quién más que ella es dócil a su acción?
A la luz de esta escena evangélica miramos a la vida consagrada como un encuentro con Cristo: es Él que viene hacia nosotros, traído por María José, y somos nosotros que vamos hacia Él, guiados por el Espíritu Santo. Pero al centro está Él, Él mueve todo, Él nos llama al templo, a la Iglesia, donde podemos encontrarlo, reconocerlo, acogerlo, abrazarlo.
Jesús viene a encontrarlos en la Iglesia a través el carisma fundacional de un instituto: ¡es lindo considerar así a nuestra vocación! Nuestro encuentro con Cristo ha tomado forma en la Iglesia mediante el carisma de un testimonio o de una testimonio. Esto siempre nos deja atónitos y nos lleva a agradecer.
Y también en la vida consagrada se vive el encuentro entre jóvenes y los ancianos, entre observancia y profecía. ¡No las veamos como dos realidades contrapuestas! Dejemos más bien que el Espíritu Santo las anime a ambas, y el signo de esto es la alegría de estar guiados por el Espíritu, nunca rígidos, nunca cerrados, siempre abiertos a la voz de Dios que habla, que abre, que conduce, que invita a ir hacia el horizonte.
Les hace bien a los ancianos comunicar la sabiduría a los jóvenes, y les hace bien a los jóvenes recoger este patrimonio de experiencia y sabiduría y llevarlo adelante, no para cuidarlo en un museo, pero para llevarlo adelante enfrentando los desafíos que la vida nos presenta, llevarlo adelante por el bien de las respectivas familias religiosas y de toda la Iglesia.
La gracia de este misterio del encuentro, nos ilumine y nos conforte en nuestro camino. Amén.

Una vida iluminada



Mal 3,1-4: Entrará en el santuario el Señor, a quien ustedes buscan Salmo 23: El Señor es el Rey de la gloria San Lucas 2,22-40: Mis ojos han visto al Salvador Llegó hace muchos años y ahora pertenece ya a la historia, al paisaje y familias de la región. ¿Cuántos años tiene? No lo sé, pero debe andar rondando los noventa. Encorvado, delgado a más no poder, pero con una luz y una alegría que le brotan por sus ojos, por sus palabras, por su generosidad.
El Tío Lole, italiano de nacimiento, mexicano por opción, Hermanito de Jesús, ha hecho de estas tierras lugar de encuentro e intimidad con el Dios que le sostiene. Ermitaño, tres o cuatro cosas son toda su riqueza y le bastan para sostenerse. Su pobre posesión la destina a la comunidad y hace brotar de su pequeña huerta alimento generoso para quien se acerca a visitarlo. Siempre habla de Dios, siempre tiene palabras de esperanza, siempre está dispuesto, aunque la ancianidad y las enfermedades ya casi lo destruyen. Sólo espero el día feliz de mi encuentro final con el Señor. Que sea cuando Él quiera. Que sea como Él quiera. Yo ya estoy en sus manos, lo dice con plena convicción y mucha esperanza. Es una vida que llega al final con plenitud y me brota la pregunta: ¿Yo he encontrado también esa paz y esa felicidad? ¿Qué te gustaría hacer antes de morir? ¿Cuál sería tu sueño, que una vez realizado, podrías decir: ahora sí, ya me voy en paz?
Sorprenden las palabras de Simeón porque revelan una paz y una armonía interior plena. Y tiene razón porque la esperanza largamente alimentada por todo un pueblo, el sueño que los ha sostenido por los siglos, la promesa que mantuvo encendidos sus anhelos, ahora está frente a él y lo considera como plenitud de su propia vida. No necesita más, ha visto al Salvador, se siente realizado y puede morir en paz. Lo acoge no como un privilegio personal, sólo para él, sino como un don que debe compartir y se atreve a presentarlo como luz, no exclusivamente del pueblo de Israel sino para todos los pueblos.
Las esperanzas de este hombre que ha vivido en justicia y rectitud, que es temeroso de Dios y aguarda el consuelo de Israel, se encarnan en el pequeño que presentan José y María. Este encuentro, aunque es un regalo, implica un esfuerzo y una aceptación. Interiormente ha vivido cerca del templo, en constante encuentro con Dios y en espera de la consolación. Vive orientado hacia lo que redime, hacia Quien ha de venir. Por eso su corazón se alegra al tomar en sus brazos a aquel Niño y bendice a Dios diciendo: Señor, ya puedes dejar morir en paz a tu siervo. Su corazón rebosa de alegría y en sus bendiciones nos enseña toda la verdad de Quien sostiene en sus brazos. Lo llama el Salvador, retomando las palabras de Navidad y haciéndolas actuales y precisas para ese momento.
Para cada uno de nosotros se hace presente el Salvador, en nuestra historia, en nuestras dificultades y en nuestro tiempo, solamente deberemos abrir bien los ojos para descubrir al que viene a salvarnos. Su grito de alegría descubre a este Salvador como el bien de todos los pueblos y la luz de todas las naciones. Es una nueva manifestación de Jesús como un amor y una luz capaz de atraer a los lejanos, como una llamada audible y amiga que convoca, moviliza y vincula más allá de las barreras levantadas por los hombres. Como un don universal no sujeto a los particularismos de los pueblos, de las culturas o de las religiones. Qué equivocados estamos nosotros cuando nos apropiamos de ese Jesús y lo enfrentamos a los pueblos. Qué miope nuestra mirada cuando solamente buscamos nuestros intereses y nuestros caprichos. Si pusiéramos toda nuestra vida, nuestra historia y nuestra economía, delante de esta luz que es Jesús, caerían esas torpes manipulaciones que protegen sólo a unos cuantos y a los demás los dejan sumidos en las sombras. Cristo es la luz que se anticipa y surge entre nosotros, que lo toca todo, a todos los hombres y todo el hombre. Seguir su resplandor implica y exige una promoción integral de cada ser humano. Por consiguiente, nadie puede exigirnos que releguemos la religión a la intimidad secreta de las personas, sin influencia alguna en la vida social y nacional.
Una auténtica fe siempre implica un profundo deseo de iluminar el mundo y a toda la humanidad. Amamos este magnífico planeta donde Dios nos ha puesto, y amamos a la humanidad que lo habita. La tierra es nuestra casa común y todos somos hermanos. Este anciano con sus palabras nos encamina en este nuevo sendero. Simeón, con el niño en brazos, tras haber alabado a Dios, se dirige con una palabra profética a María, y en ella a todos los discípulos, en la que une a este resplandor de la luz una especie de profecía de la cruz. Primeramente le descubre la contradicción que provocará este Niño, pues mientras para unos la luz es claridad, a los otros les descubre sus mentiras y corrupción. Y aquí no se habla del pasado. Todos nosotros sabemos hasta qué punto Cristo hoy es signo de contradicción. Para muchos Cristo, Dios mismo, es una especie de límite a la ambición y libertinaje del hombre que es necesario combatir. Dios, con su resplandor y verdad, se opone a la mentira del hombre, a su soberbia y a su egoísmo.
Es cierto, Dios es amor, pero también se puede odiar el amor cuando nos exige salir de nosotros mismos. El amor no es una romántica sensación de placer, el amor duele cuando es entrega, el amor duele cuando es fiel y llega a los extremos. La palabra final la dirige Simeón concretamente a María: Y a ti, una espada te atravesará el alma. La oposición contra el Hijo hiere también a la madre. Y afecta su corazón. La cruz de la contradicción, que se ha hecho radical, se convierte en ella en una espada que le traspasa el alma. Fiesta de la Candelaria no es sólo una bella tradición de tamales y candelas, sino la manifestación de Cristo como nuestra luz y la presentación clara de las exigencias para el discípulo. Quien sigue a Jesús debe dejarse iluminar en el fondo de su corazón y enfrentar la contradicción.
Con María aprendamos el significado de la verdadera compasión, libre de sentimentalismo alguno. Ella padeció-con Jesús, nosotros ahora debemos acoger el dolor ajeno como sufrimiento propio. Padecer-con Jesús en nuestros hermanos. Candelaria, día de la presentación de la luz en medio de nosotros y nuestras vidas. Dios, Padre de amor y misericordia, que nos donas a tu Hijo para que sea nuestro Salvador, concede que su luz ilumine nuestras sombras y nos sostenga en los momentos de contradicción. Amén.

02 febrero 2014

Comentario a la Liturgia dominical

Antonio Rivero 

2 de febrero - Ciclo A - Textos: Malaquias 3, 1-4; Salmo 23; Hebreos 2, 14-18; Lucas 2, 22-40

P. Antonio Rivero, L.C. Doctor en Teología Espiritual, profesor y director espiritual en el seminario diocesano Maria Mater Ecclesiae de são Paulo (Brasil).
Idea principal: Jesús es presentado a Dios para ser consumado en la llama de la oferta, y así ser luz en su sacrificio.
Resumen del mensaje: Los cirios que se llevan hoy a la iglesia son un símbolo bellísimo de esta oferta para ser luz. La cera significa toda la disponibilidad a la llama, se consume en la llama y así difunda la luz.
Puntos de la idea principal:
En primer lugar, la vida de Jesús es luz. Él es todo disponible al fuego del amor que viene del Padre, el amor del Espíritu Santo: se ofrece a este fuego para que la humanidad que Él ha asumido se transforme en gloria y luz. Cada instante de la existencia de Jesús es ofrecido para llegar a ser luz. Y esa luz se irradia de manera especial en el momento del sacrificio de la cruz. Ahí la luz es puesta sobre el candelabro para iluminar toda la casa, todo el mundo. Todos miramos a esa luz que viene del Calvario.
En segundo lugar, esta fiesta es un preanuncio del misterio pascual. La procesión con las velas es una anticipación de aquella del Sábado Santo, cuando acompañamos a Cristo-Luz, simbolizado en el cirio pascual. Las palabras de Simeón dejan entrever la pasión, el misterio de Cristo que llega a ser luz a través de su sacrificio, iluminando así las naciones todas.
Finalmente, nosotros hoy vamos al encuentro de esta luz que es Cristo, para ser también luza nuestro alrededor. Nuestra vida cristiana tiene que ser luminosa con nuestro ejemplo de entrega. Pero sobre todo, llega a ser luminosa nuestra vida porque ofrecemos nuestros cuerpos como sacrificio viviente en la cruz de Cristo. Nuestra vida así se consume en la llama del amor y llega a ser luz, gracias al Espíritu Santo.
Para reflexionar: ¿pedimos con insistencia al Espíritu Santo que nuestra vida sea una ofrenda bella, santa, agradable a Dios porque la hemos inmolado en la cruz de Cristo y de ahí Jesús la hace luz para iluminar a nuestro mundo?

Una vida iluminada

 Mons. Enrique Díaz Diaz


Mal 3,1-4: Entrará en el santuario el Señor, a quien ustedes buscan Salmo 23: El Señor es el Rey de la gloria San Lucas 2,22-40: Mis ojos han visto al Salvador Llegó hace muchos años y ahora pertenece ya a la historia, al paisaje y familias de la región. ¿Cuántos años tiene? No lo sé, pero debe andar rondando los noventa. Encorvado, delgado a más no poder, pero con una luz y una alegría que le brotan por sus ojos, por sus palabras, por su generosidad.
El Tío Lole, italiano de nacimiento, mexicano por opción, Hermanito de Jesús, ha hecho de estas tierras lugar de encuentro e intimidad con el Dios que le sostiene. Ermitaño, tres o cuatro cosas son toda su riqueza y le bastan para sostenerse. Su pobre posesión la destina a la comunidad y hace brotar de su pequeña huerta alimento generoso para quien se acerca a visitarlo. Siempre habla de Dios, siempre tiene palabras de esperanza, siempre está dispuesto, aunque la ancianidad y las enfermedades ya casi lo destruyen. Sólo espero el día feliz de mi encuentro final con el Señor. Que sea cuando Él quiera. Que sea como Él quiera. Yo ya estoy en sus manos, lo dice con plena convicción y mucha esperanza. Es una vida que llega al final con plenitud y me brota la pregunta: ¿Yo he encontrado también esa paz y esa felicidad? ¿Qué te gustaría hacer antes de morir? ¿Cuál sería tu sueño, que una vez realizado, podrías decir: ahora sí, ya me voy en paz?
Sorprenden las palabras de Simeón porque revelan una paz y una armonía interior plena. Y tiene razón porque la esperanza largamente alimentada por todo un pueblo, el sueño que los ha sostenido por los siglos, la promesa que mantuvo encendidos sus anhelos, ahora está frente a él y lo considera como plenitud de su propia vida. No necesita más, ha visto al Salvador, se siente realizado y puede morir en paz. Lo acoge no como un privilegio personal, sólo para él, sino como un don que debe compartir y se atreve a presentarlo como luz, no exclusivamente del pueblo de Israel sino para todos los pueblos.
Las esperanzas de este hombre que ha vivido en justicia y rectitud, que es temeroso de Dios y aguarda el consuelo de Israel, se encarnan en el pequeño que presentan José y María. Este encuentro, aunque es un regalo, implica un esfuerzo y una aceptación. Interiormente ha vivido cerca del templo, en constante encuentro con Dios y en espera de la consolación. Vive orientado hacia lo que redime, hacia Quien ha de venir. Por eso su corazón se alegra al tomar en sus brazos a aquel Niño y bendice a Dios diciendo: Señor, ya puedes dejar morir en paz a tu siervo. Su corazón rebosa de alegría y en sus bendiciones nos enseña toda la verdad de Quien sostiene en sus brazos. Lo llama el Salvador, retomando las palabras de Navidad y haciéndolas actuales y precisas para ese momento.
Para cada uno de nosotros se hace presente el Salvador, en nuestra historia, en nuestras dificultades y en nuestro tiempo, solamente deberemos abrir bien los ojos para descubrir al que viene a salvarnos. Su grito de alegría descubre a este Salvador como el bien de todos los pueblos y la luz de todas las naciones. Es una nueva manifestación de Jesús como un amor y una luz capaz de atraer a los lejanos, como una llamada audible y amiga que convoca, moviliza y vincula más allá de las barreras levantadas por los hombres. Como un don universal no sujeto a los particularismos de los pueblos, de las culturas o de las religiones. Qué equivocados estamos nosotros cuando nos apropiamos de ese Jesús y lo enfrentamos a los pueblos. Qué miope nuestra mirada cuando solamente buscamos nuestros intereses y nuestros caprichos. Si pusiéramos toda nuestra vida, nuestra historia y nuestra economía, delante de esta luz que es Jesús, caerían esas torpes manipulaciones que protegen sólo a unos cuantos y a los demás los dejan sumidos en las sombras. Cristo es la luz que se anticipa y surge entre nosotros, que lo toca todo, a todos los hombres y todo el hombre. Seguir su resplandor implica y exige una promoción integral de cada ser humano. Por consiguiente, nadie puede exigirnos que releguemos la religión a la intimidad secreta de las personas, sin influencia alguna en la vida social y nacional.
Una auténtica fe siempre implica un profundo deseo de iluminar el mundo y a toda la humanidad. Amamos este magnífico planeta donde Dios nos ha puesto, y amamos a la humanidad que lo habita. La tierra es nuestra casa común y todos somos hermanos. Este anciano con sus palabras nos encamina en este nuevo sendero. Simeón, con el niño en brazos, tras haber alabado a Dios, se dirige con una palabra profética a María, y en ella a todos los discípulos, en la que une a este resplandor de la luz una especie de profecía de la cruz. Primeramente le descubre la contradicción que provocará este Niño, pues mientras para unos la luz es claridad, a los otros les descubre sus mentiras y corrupción. Y aquí no se habla del pasado. Todos nosotros sabemos hasta qué punto Cristo hoy es signo de contradicción. Para muchos Cristo, Dios mismo, es una especie de límite a la ambición y libertinaje del hombre que es necesario combatir. Dios, con su resplandor y verdad, se opone a la mentira del hombre, a su soberbia y a su egoísmo.
Es cierto, Dios es amor, pero también se puede odiar el amor cuando nos exige salir de nosotros mismos. El amor no es una romántica sensación de placer, el amor duele cuando es entrega, el amor duele cuando es fiel y llega a los extremos. La palabra final la dirige Simeón concretamente a María: Y a ti, una espada te atravesará el alma. La oposición contra el Hijo hiere también a la madre. Y afecta su corazón. La cruz de la contradicción, que se ha hecho radical, se convierte en ella en una espada que le traspasa el alma. Fiesta de la Candelaria no es sólo una bella tradición de tamales y candelas, sino la manifestación de Cristo como nuestra luz y la presentación clara de las exigencias para el discípulo. Quien sigue a Jesús debe dejarse iluminar en el fondo de su corazón y enfrentar la contradicción.
Con María aprendamos el significado de la verdadera compasión, libre de sentimentalismo alguno. Ella padeció-con Jesús, nosotros ahora debemos acoger el dolor ajeno como sufrimiento propio. Padecer-con Jesús en nuestros hermanos. Candelaria, día de la presentación de la luz en medio de nosotros y nuestras vidas. Dios, Padre de amor y misericordia, que nos donas a tu Hijo para que sea nuestro Salvador, concede que su luz ilumine nuestras sombras y nos sostenga en los momentos de contradicción. Amén.

01 febrero 2014

Conferencia Episcopal Española

CCXXX reunión de la Comisión Permanente 


El Secretario General, Mons. D. José María Gil Tamayo, ha presentado un resumen de la reunión del 28 y 29 de enero. Entre los temas debatidos, la defensa de la vida  y la educación.
  
Siempre a favor de la vida
Los obispos han reflexionado sobre el nuevo  Anteproyecto de Ley de Protección de la Vida del Concebido y los Derechos de la mujer embarazada.  Con este motivo, y como siempre han hecho en cualquier coyuntura social y política, quieren recordar de nuevo el valor sagrado de la vida humana, desde la concepción hasta su fin natural.

La posición de la Iglesia católica sobre este asunto es bien conocida, y compartida con muchos hombres y mujeres de buena voluntad, que desde otras confesiones religiosas y aun sin ser creyentes, defienden el derecho a la vida de todo ser humano inocente como patrimonio común de la razón humana. Recientemente el Papa Francisco recordaba esta posición, cuando delante de los embajadores acreditados ante la Santa Sede, afirmó que “la paz se ve herida por cualquier negación de la dignidad humana” y mencionó entre otros “horrores” de la “cultura del descarte” el hecho de que muchos niños no lleguen nunca a ver la luz, víctimas del aborto. También en su primera Exhortación Apostólica, Evangelii Gaudium (La alegría del Evangelio), el Papa señaló, de manera coherente con todo el mensaje cristiano, que “el aborto no es un asunto sujeto a supuestas reformas o modernizaciones“, porque “no es progresista pretender resolver los problemas eliminando una vida humana” (n.213-214).
Los obispos saludan siempre las iniciativas a favor de la vida humana, vengan de donde vengan, especialmente aquellas dirigidas a proteger la vida de los más débiles, entre los que se encuentran los seres humanos que van a nacer. Por eso, reconocen en el texto del Anteproyecto presentado por el actual Gobierno un avance positivo con respecto a la legislación vigente, que considera el aborto como un derecho.
En todo caso, recuerdan que una ley del aborto, por muy restrictiva que fuera, seguiría siendo una ley injusta. Nadie tiene derecho, en ninguna circunstancia, a quitarle la vida a un ser humano inocente. El aborto no es la solución, de la misma manera que el niño que va a nacer no es el problema.
Por último, han querido aprovechar la ocasión para agradecer y potenciar la dedicación de muchas personas que, tanto en instituciones eclesiales como civiles, trabajan incansablemente, apoyando y acompañando a las personas en dificultades, y en particular a las madres gestantes.
Sin embargo, como también señala el Papa Francisco, es preciso caer en la cuenta de que todavía “hemos hecho poco para acompañar adecuadamente a las mujeres que se encuentran en situaciones muy duras, donde el aborto se les presenta como una rápida solución a sus profundas angustias, particularmente cuando la vida que crece en ellas ha surgido como producto de una violación o en un contexto de extrema pobreza. ¿Quién puede dejar de comprender esas situaciones de tanto dolor?” (n. 214). A todos incumbe, según los obispos, responder adecuadamente a estas situaciones por el camino de la solidaridad y la vida y no por el de la muerte de un ser inocente.
Diálogo sobre la nueva Ley de Educación
Los obispos han dialogado también sobre la situación en la que queda la enseñanza religiosa en la Ley Orgánica para la Mejora de la Calidad Educativa (LOMCE), conforme a las exigencias del Acuerdo internacional entre el Estado Español y la Santa Sede en esta materia, que desarrolla el artículo 27.3 de la Constitución.
Han valorado positivamente que se haya llevado a cabo la regulación de la religión católica en Educación Primaria y Educación Secundaria, y han mostrado al mismo tiempo su insatisfacción con respecto a la regulación en el Bachillerato, porque no se garantiza la oferta obligatoria de la asignatura por parte de los centros ni tampoco que los alumnos puedan optar por ella.
Los obispos esperan que, para cumplir adecuadamente el mencionado Acuerdo, y para que los padres puedan ejercitar su derecho de educar a sus hijos conforme a sus convicciones religiosas y morales, se dé, en el decreto de enseñanzas mínimas, el mismo tratamiento a la religión católica en Educación Infantil y en el Bachillerato que el establecido en Educación Primaria y Educación Secundaria, así como que se garantice en todas las etapas el horario equivalente a las materias específicas.