09 febrero 2014

El optimismo y la alegría como bienes de los cristianos

Salvador Bernal


Alegra comprobar la tradición cristiana del papa Francisco; no es casual que el título de su extensa Exhortación Apostólica, casi programa del pontificado, sea precisamente ‘Evangelii Gaudium’
Tras el anuncio de la beatificación de Álvaro del Portillo, he debido contestar preguntas y resumir cosas que relaté en libros que algunos conocen. En la presentación del primero, de 1996, Pilar Cambra se refirió a mi perfil biográfico de 1976 sobre el fundador del Opus Dei. Vino a decir que Josemaría Escrivá de Balaguer era ya beato, para preguntar sobre la causa de canonización de don Álvaro, que ahora dará un paso decisivo.
Todo esto me ha traído a la memoria detalles vivos de tres personas santas a las que conocí más o menos de cerca en el siglo XX. La tercera fue Juan Pablo II, al que saludé por vez primera en octubre de 1974, cuando era cardenal de Cracovia y llevaba el peso doctrinal del Sínodo de obispos de aquellos días.
Como es bien sabido, los santos presentan infinidad de rasgos comunes, dentro de la diversidad de caracteres y personalidades. Pero he tenido la suerte de comprobar que estos tres destacaban por su alegría y buen humor, bienes ciertamente muy propios de los cristianos. De hecho, san Josemaría habría querido dejar en herencia humana a los fieles del Opus Dei, junto con el amor a la libertad, el buen humor.
Quizá por esto, me alegra tanto comprobar la tradición cristiana del papa Francisco. No es casual que el título de su extensa Exhortación Apostólica, casi programa del pontificado, sea precisamente Evangelii Gaudium. Cita un documento precedente de Pablo VI, Gaudete in Domino, de 1975: “nadie queda excluido de la alegría reportada por el Señor”. Al oír o leer sus palabras, o al contemplar los gestos de Francisco, me viene también a la memoria aquel texto de Surco, 57: “No me olvides que a veces hace falta tener al lado caras sonrientes”.
Contento particular se siente al leer las primeras palabras de la Exhortación: “La alegría del Evangelio llena el corazón y la vida entera de los que se encuentran con Jesús. Quienes se dejan salvar por Él son liberados del pecado, de la tristeza, del vacío interior, del aislamiento. Con Jesucristo siempre nace y renace la alegría. En esta Exhortación quiero dirigirme a los fieles cristianos para invitarlos a una nueva etapa evangelizadora marcada por esa alegría, e indicar caminos para la marcha de la Iglesia en los próximos años”.
Escribo estas ideas en la fiesta de la Presentación del Señor, con nostalgia del tiempo de Navidad: unos días especialmente alegres, salvo donde se han dejado influir demasiado por una cultura mercantilizante. Lo señala el papa en el n. 2 del documento: “El gran riesgo del mundo actual, con su múltiple y abrumadora oferta de consumo, es una tristeza individualista que brota del corazón cómodo y avaro, de la búsqueda enfermiza de placeres superficiales, de la conciencia aislada”.
Aunque sea para hablar de alegría y optimismo, se puede invocar un antiguo diagnóstico semejante, en Forja 767: “Lo que verdaderamente hace desgraciada a una persona ─e incluso a una sociedad entera─ es esa búsqueda, ansiosa y egoísta, de bienestar: ese intento de eliminar todo lo que contraría”.
Las razones son muy distintas e, incluso, nobles. Pero crece la capacidad de protesta popular en países desarrollados. Basta pensar en la “manif pour tous”, que comenzaba en París y Lyón cuando me ponía a la máquina y se celebró con notorio éxito: un movimiento incesante nacido contra la reforma del Código de Napoleón ─para abrir el matrimonio a la homosexualidad─, se ha convertido en plataforma social de crítica en la calle a la política familiar de un gobierno.
Probablemente, esas manifestaciones son necesarias, también porque hasta ahora ─a diferencia del precedente “jour de la colère”, convocado por otros─ han sido alegres y festivas, como la propia Jornada italiana por la vida del primer domingo de febrero. Lo reitera Francisco: “El Evangelio, donde deslumbra gloriosa la Cruz de Cristo, invita insistentemente a la alegría”. Por eso, “el bien siempre tiende a comunicarse”. Y es capaz de sofocar los males en la abundancia del optimismo antropológico que deriva radicalmente del misterio de la Encarnación.

08 febrero 2014

‘Bienaventurados los pobres de espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos’ (Mt 5,3)

Mensaje que el Papa ha enviado a los jóvenes para la preparación de la XXIX Jornada Mundial de la Juventud 2014



Queridos jóvenes:
Tengo grabado en mi memoria el extraordinario encuentro que vivimos en Río de Janeiro, en la XXVIII Jornada Mundial de la Juventud. ¡Fue una gran fiesta de la fe y de la fraternidad! La buena gente brasileña nos acogió con los brazos abiertos, como la imagen de Cristo Redentor que desde lo alto del Corcovadodomina el magnífico panorama de la playa de Copacabana. A orillas del mar, Jesús renovó su llamada a cada uno de nosotros para que nos convirtamos en sus discípulos misioneros, lo descubramos como el tesoro más precioso de nuestra vida y compartamos esta riqueza con los demás, los que están cerca y los que están lejos, hasta las extremas periferias geográficas y existenciales de nuestro tiempo.
La próxima etapa de la peregrinación intercontinental de los jóvenes será Cracovia, en 2016. Para marcar nuestro camino, quisiera reflexionar con vosotros en los próximos tres años sobre las Bienaventuranzas que leemos en el Evangelio de San Mateo (5,1-12). Este año comenzaremos meditando la primera de ellas: «Bienaventurados los pobres de espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos» (Mt 5,3); el año 2015: «Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios» (Mt 5,8); y por último, en el año 2016 el tema será: «Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia» (Mt 5,7).

1. La fuerza revolucionaria de las Bienaventuranzas

Siempre nos hace bien leer y meditar las Bienaventuranzas. Jesús las proclamó en su primera gran predicación, a orillas del lago de Galilea. Había un gentío tan grande, que subió a un monte para enseñar a sus discípulos; por eso, esa predicación se llama el “sermón de la montaña”. En la Biblia, el monte es el lugar donde Dios se revela, y Jesús, predicando desde el monte, se presenta como maestro divino, como un nuevo Moisés. Y ¿qué enseña? Jesús enseña el camino de la vida, el camino que Él mismo recorre, es más, que Él mismo es, y lo propone como camino para la verdadera felicidad. En toda su vida, desde el nacimiento en la gruta de Belén hasta la muerte en la cruz y la resurrección, Jesús encarnó las Bienaventuranzas. Todas las promesas del Reino de Dios se han cumplido en Él.
Al proclamar las Bienaventuranzas, Jesús nos invita a seguirle, a recorrer con Él el camino del amor, el único que lleva a la vida eterna. No es un camino fácil, pero el Señor nos asegura su gracia y nunca nos deja solos. Pobreza, aflicciones, humillaciones, lucha por la justicia, cansancios en la conversión cotidiana, dificultades para vivir la llamada a la santidad, persecuciones y otros muchos desafíos están presentes en nuestra vida. Pero, si abrimos la puerta a Jesús, si dejamos que Él esté en nuestra vida, si compartimos con Él las alegrías y los sufrimientos, experimentaremos una paz y una alegría que sólo Dios, amor infinito, puede dar.
Las Bienaventuranzas de Jesús son portadoras de una novedad revolucionaria, de un modelo de felicidad opuesto al que habitualmente nos comunican los medios de comunicación, la opinión dominante. Para la mentalidad mundana, es un escándalo que Dios haya venido para hacerse uno de nosotros, que haya muerto en una cruz. En la lógica de este mundo, los que Jesús proclama bienaventurados son considerados “perdedores”, débiles. En cambio, son exaltados el éxito a toda costa, el bienestar, la arrogancia del poder, la afirmación de sí mismo en perjuicio de los demás.
Queridos jóvenes, Jesús nos pide que respondamos a su propuesta de vida, que decidamos cuál es el camino que queremos recorrer para llegar a la verdadera alegría. Se trata de un gran desafío para la fe. Jesús no tuvo miedo de preguntar a sus discípulos si querían seguirle de verdad o si preferían irse por otros caminos (cf. Jn 6,67). Y Simón, llamado Pedro, tuvo el valor de contestar: «Señor, ¿a quién vamos a acudir? Tú tienes palabras de vida eterna» (Jn 6,68). Si sabéis decir “sí” a Jesús, entonces vuestra vida joven se llenará de significado y será fecunda.

2. El valor de ser felices

Pero, ¿qué significa “bienaventurados” (en griego makarioi)? Bienaventurados quiere decir felices. Decidme: ¿Buscáis de verdad la felicidad? En una época en que tantas apariencias de felicidad nos atraen, corremos el riesgo de contentarnos con poco, de tener una idea de la vida “en pequeño”. ¡Aspirad, en cambio, a cosas grandes! ¡Ensanchad vuestros corazones! Como decía el beato Piergiorgio Frassati: «Vivir sin una fe, sin un patrimonio que defender, y sin sostener, en una lucha continua, la verdad, no es vivir, sino ir tirando. Jamás debemos ir tirando, sino vivir» (Carta a I. Bonini, 27 de febrero de 1925). En el día de la beatificación de Piergiorgio Frassati, el 20 de mayo de 1990, Juan Pablo II lo llamó «hombre de las Bienaventuranzas» (Homilía en la S. Misa: AAS 82 [1990], 1518).
Si de verdad dejáis emerger las aspiraciones más profundas de vuestro corazón, os daréis cuenta de que en vosotros hay un deseo inextinguible de felicidad, y esto os permitirá desenmascarar y rechazar tantas ofertas “a bajo precio” que encontráis a vuestro alrededor. Cuando buscamos el éxito, el placer, el poseer en modo egoísta y los convertimos en ídolos, podemos experimentar también momentos de embriaguez, un falso sentimiento de satisfacción, pero al final nos hacemos esclavos, nunca estamos satisfechos, y sentimos la necesidad de buscar cada vez más. Es muy triste ver a una juventud “harta”, pero débil.
San Juan, al escribir a los jóvenes, decía: «Sois fuertes y la palabra de Dios permanece en vosotros, y habéis vencido al Maligno» (1 Jn 2,14). Los jóvenes que escogen a Jesús son fuertes, se alimentan de su Palabra y no se “atiborran” de otras cosas. Atreveos a ir contracorriente. Sed capaces de buscar la verdadera felicidad. Decid no a la cultura de lo provisional, de la superficialidad y del usar y tirar, que no os considera capaces de asumir responsabilidades y de afrontar los grandes desafíos de la vida.

3. Bienaventurados los pobres de espíritu…

La primera Bienaventuranza, tema de la próxima Jornada Mundial de la Juventud, declara felices a los pobres de espíritu, porque a ellos pertenece el Reino de los cielos. En un tiempo en el que tantas personas sufren a causa de la crisis económica, poner la pobreza al lado de la felicidad puede parecer algo fuera de lugar. ¿En qué sentido podemos hablar de la pobreza como una bendición?
En primer lugar, intentemos comprender lo que significa «pobres de espíritu». Cuando el Hijo de Dios se hizo hombre, eligió un camino de pobreza, de humillación. Como dice San Pablo en la Carta a los Filipenses: «Tened entre vosotros los sentimientos propios de Cristo Jesús. El cual, siendo de condición divina, no retuvo ávidamente el ser igual a Dios; al contrario, se despojó de sí mismo tomando la condición de esclavo, hecho semejante a los hombres» (2,5-7). Jesús es Dios que se despoja de su gloria. Aquí vemos la elección de la pobreza por parte de Dios: siendo rico, se hizo pobre para enriquecernos con su pobreza (cf. 2 Cor8,9). Es el misterio que contemplamos en el belén, viendo al Hijo de Dios en un pesebre, y después en una cruz, donde la humillación llega hasta el final.
El adjetivo griego ptochós (pobre) no sólo tiene un significado material, sino que quiere decir “mendigo”. Está ligado al concepto judío de anawim, los “pobres de Yahvé”, que evoca humildad, conciencia de los propios límites, de la propia condición existencial de pobreza. Los anawim se fían del Señor, saben que dependen de Él.
Jesús, como entendió perfectamente santa Teresa del Niño Jesús, en su Encarnación se presenta como un mendigo, un necesitado en busca de amor. El Catecismo de la Iglesia Católica habla del hombre como un «mendigo de Dios» (nº 2559) y nos dice que la oración es el encuentro de la sed de Dios con nuestra sed (nº 2560).
San Francisco de Asís comprendió muy bien el secreto de la Bienaventuranza de los pobres de espíritu. De hecho, cuando Jesús le habló en la persona del leproso y en el Crucifijo, reconoció la grandeza de Dios y su propia condición de humildad. En la oración, el Poverello pasaba horas preguntando al Señor: «¿Quién eres tú? ¿Quién soy yo?». Se despojó de una vida acomodada y despreocupada para desposarse con la “Señora Pobreza”, para imitar a Jesús y seguir el Evangelio al pie de la letra. Francisco vivió inseparablemente laimitación de Cristo pobre y el amor a los pobres, como las dos caras de una misma moneda.
Vosotros me podríais preguntar: ¿Cómo podemos hacer que esta pobreza de espíritu se transforme en un estilo de vida, que se refleje concretamente en nuestra existencia? Os contesto con tres puntos.
Ante todo, intentad ser libres en relación con las cosas. El Señor nos llama a un estilo de vida evangélico de sobriedad, a no dejarnos llevar por la cultura del consumo. Se trata de buscar lo esencial, de aprender a despojarse de tantas cosas superfluas que nos ahogan. Desprendámonos de la codicia del tener, del dinero idolatrado y después derrochado. Pongamos a Jesús en primer lugar. Él nos puede liberar de las idolatrías que nos convierten en esclavos. ¡Fiaros de Dios, queridos jóvenes! Él nos conoce, nos ama y jamás se olvida de nosotros. Así como cuida de los lirios del campo (cfr. Mt 6,28), no permitirá que nos falte nada. También para superar la crisis económica hay que estar dispuestos a cambiar de estilo de vida, a evitar tanto derroche. Igual que se necesita valor para ser felices, también es necesario el valor para ser sobrios.
En segundo lugar, para vivir esta Bienaventuranza necesitamos la conversión en relación a los pobres. Tenemos que preocuparnos de ellos, ser sensibles a sus necesidades espirituales y materiales. A vosotros, jóvenes, os encomiendo en modo particular la tarea de volver a poner en el centro de la cultura humana la solidaridad. Ante las viejas y nuevas formas de pobreza −el desempleo, la emigración, los diversos tipos de dependencias−, tenemos el deber de estar atentos y vigilantes, venciendo la tentación de la indiferencia. Pensemos también en los que no se sienten amados, que no tienen esperanza en el futuro, que renuncian a comprometerse en la vida porque están desanimados, desilusionados, acobardados. Tenemos que aprender a estar con los pobres. No nos llenemos la boca con hermosas palabras sobre los pobres. Acerquémonos a ellos, mirémosles a los ojos, escuchémosles. Los pobres son para nosotros una ocasión concreta de encontrar al mismo Cristo, de tocar su carne que sufre.
Pero los pobres −y este es el tercer punto− no sólo son personas a las que les podemos dar algo. También ellos tienen algo que ofrecernos, que enseñarnos. ¡Tenemos tanto que aprender de la sabiduría de los pobres! Un santo del siglo XVIII, Benito José Labre, que dormía en las calles de Roma y vivía de las limosnas de la gente, se convirtió en consejero espiritual de muchas personas, entre las que figuraban nobles y prelados. En cierto sentido, los pobres son para nosotros como maestros. Nos enseñan que una persona no es valiosa por lo que posee, por lo que tiene en su cuenta en el banco. Un pobre, una persona que no tiene bienes materiales, mantiene siempre su dignidad. Los pobres pueden enseñarnos mucho, también sobre la humildad y la confianza en Dios. En la parábola del fariseo y el publicano (cf. Lc 18,9-14), Jesús presenta a este último como modelo porque es humilde y se considera pecador. También la viuda que echa dos pequeñas monedas en el tesoro del templo es un ejemplo de la generosidad de quien, aun teniendo poco o nada, da todo (cf. Lc 21,1-4).

4. … porque de ellos es el Reino de los cielos

El tema central en el Evangelio de Jesús es el Reino de Dios. Jesús es el Reino de Dios en persona, es el Enmanuel, Dios-con-nosotros. Es en el corazón del hombre donde el Reino, el señorío de Dios, se establece y crece. El Reino es al mismo tiempo don y promesa. Ya se nos ha dado en Jesús, pero aún debe cumplirse en plenitud. Por ello pedimos cada día al Padre: «Venga a nosotros tu reino».
Hay un profundo vínculo entre pobreza y evangelización, entre el tema de la pasada Jornada Mundial de la Juventud −«Id y haced discípulos a todos los pueblos» (Mt 28,19)− y el de este año: «Bienaventurados los pobres de espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos» (Mt 5,3). El Señor quiere una Iglesia pobre que evangelice a los pobres. Cuando Jesús envió a los Doce, les dijo: «No os procuréis en la faja oro, plata ni cobre; ni tampoco alforja para el camino; ni dos túnicas, ni sandalias, ni bastón; bien merece el obrero su sustento» (Mt 10,9-10). La pobreza evangélica es una condición fundamental para que el Reino de Dios se difunda. Las alegrías más hermosas y espontáneas que he visto en el transcurso de mi vida son las de personas pobres, que tienen poco a que aferrarse. La evangelización, en nuestro tiempo, sólo será posible por medio del contagio de la alegría.
Como hemos visto, la Bienaventuranza de los pobres de espíritu orienta nuestra relación con Dios, con los bienes materiales y con los pobres. Ante el ejemplo y las palabras de Jesús, nos damos cuenta de cuánta necesidad tenemos de conversión, de hacer que la lógica del ser más prevalezca sobre la del tener más. Los santos son los que más nos pueden ayudar a entender el significado profundo de las Bienaventuranzas. La canonización de Juan Pablo II el segundo Domingo de Pascua es, en este sentido, un acontecimiento que llena nuestro corazón de alegría. Él será el gran patrono de las JMJ, de las que fue iniciador y promotor. En la comunión de los santos seguirá siendo para todos vosotros un padre y un amigo.
El próximo mes de abril es también el trigésimo aniversario de la entrega de la Cruz del Jubileo de la Redención a los jóvenes. Precisamente a partir de ese acto simbólico de Juan Pablo II comenzó la gran peregrinación juvenil que, desde entonces, continúa a través de los cinco continentes. Muchos recuerdan las palabras con las que el Papa, el Domingo de Pascua de 1984, acompañó su gesto: «Queridos jóvenes, al clausurar el Año Santo, os confío el signo de este Año Jubilar: ¡la Cruz de Cristo! Llevadla por el mundo como signo del amor del Señor Jesús a la humanidad y anunciad a todos que sólo en Cristo muerto y resucitado hay salvación y redención».
Queridos jóvenes, el Magnificat, el cántico de María, pobre de espíritu, es también el canto de quien vive las Bienaventuranzas. La alegría del Evangelio brota de un corazón pobre, que sabe regocijarse y maravillarse por las obras de Dios, como el corazón de la Virgen, a quien todas las generaciones llaman “dichosa” (cf. Lc1,48). Que Ella, la madre de los pobres y la estrella de la nueva evangelización, nos ayude a vivir el Evangelio, a encarnar las Bienaventuranzas en nuestra vida, a atrevernos a ser felices.

"Que los jóvenes descubran la belleza de la unión en el matrimonio"

 Rocío Lancho García


El matrimonio se considera a menudo una forma de gratificación afectiva que puede constituirse en cualquier modo y modificarse según la sensibilidad de cada uno. Lamentablemente esta visión influye también en la mentalidad de los cristianos, causando una facilidad en el recurrir al divorcio o a la separación de hecho. Este ha sido uno de los temas afrontado por el Santo Padre, en el discurso entregado a los obispos polacos, que se encontraban en Roma para la visita 'ad limina'.
Por eso, el Papa ha insistido a los prelados en que "los pastores están llamados a interrogarse sobre cómo asistir a aquellos que viven en esta situación, para que no se sientan excluidos de la misericordia de Dios, del amor fraterno de otros cristianos y de la preocupación de la Iglesia por su salvación; sobre cómo ayudarles a no abandonar la fe y a hacer crecer a sus hijos en la plenitud de la experiencia cristiana.
Por otra parte, Francisco ha indicado que "es necesario preguntarse cómo mejorar la preparación de los jóvenes al matrimonio de forma que puedan descubrir cada vez más la belleza de esta unión, fundada en el amor y la responsabilidad, está capacidad de superar las pruebas, las dificultades, los egoísmo con el perdón recíproco, reparando lo que está en riesgo de estropearse y no cayendo en la trampa de la mentalidad del descarte".
Asimismo, el Papa pide que "las comunidades eclesiales sean lugares de escucha, de diálogo, de apoyo y de consuelo para los esposos, en su camino conyugal y en su misión educativa". Y puedan encontrar en los "pastores el apoyo de auténticos padres y guías espirituales, que les protegen de las amenazas de las ideologías negativas y les ayuden a convertirse fuertes en Dios y en su amor".
Hablando sobre la situación actual de los jóvenes y sus posibilidades de acceso a la información y la comunicación, Francisco recuerda la amplias posibilidades que ofrece la catequesis. "La religión cristiana, sin embargo, no es una ciencia abstracta, sino un conocimiento existencial de Cristo, una relación personal con Dios que es amor". Por ello, subraya, "es necesario quizá insistir más en la formación de la fe vivida como relación, en la cual se experimenta la alegría de ser amados y de poder amar".
Unas palabras dedicas también en el discurso a la vida consagrada y la vocación al sacerdocio. Sobre los seminaristas indica que la formación intelectual y pastoral debe ir siempre acompañada de la formación "humana y espiritual, para que vivan una intensa relación personal con el Buen Pastor, sean hombres de oración asidua, abiertos a la acción del Espíritu Santo, generosos, pobres en espíritu, llenos de amor ardiente por el Señor y por el prójimo".
Por otro lado, a los Institutos religiosos femeninos les ha deseado que "puedan continuar siendo, de forma adecuada a nuestros tiempos, lugares privilegiados de la afirmación y del crecimiento humano y espiritual de las mujeres". Y ha añadido que "las religiosas estén preparadas a afrontar las tareas y las misiones también difíciles y exigentes, que valoricen sus capacidades intelectuales, afectivas y espirituales, sus talentos y carismas personales".
Aprovechando esta ocasión de encuentro con los obispos polacos, Francisco ha mencionado a su predecesor Juan Pablo II, afirmando que en él se ha dado un "ejemplo luminoso de total abandono en Dios y en su Madre, y de completa dedicación a la Iglesia y al hombre".
Finalmente ha dirigido un pensamiento a los pobres, y ha pedido que animen a sus sacerdotes y religiosos y a todos los fieles a tener "la fantanría de la caridad" y practicarla siempre.

07 febrero 2014

El verdadero discí­pulo es humilde como Juan Bautista

El Papa en la homilí­a del este viernes


Anunciar el Evangelio sin aprovecharse de la condición de cristianos. Lo ha afirmado el Papa esta mañana en la misa de la Casa de Santa Marta. El Papa ha desarrollado su homilía partiendo del martirio de Juan Bautista y ha subrayado que, como él, el verdadero discípulo sigue la vía de la humildad sin apoderarse de la profecía.
Herodes hizo matar a Juan para acontentar a la amante Herodías y el capricho de su hija. Y sobre este pasaje del que habla la lectura de hoy, ha reflexionado el Santo Padre. Juan - ha observado el Papa - "es un hombre que ha tenido un tiempo breve de vida, un tiempo breve para anunciar la Palabra de Dios". Era el hombre, ha añadido, que "Dios había enviado para preparar el camino a su Hijo". Y Juan termina mal su vida, en la corte de Herodes "que se encontraba en el banquete".
Así lo ha explicado Francisco: "Cuando está la corte es posible hacer de todo: la corrupción, los vicios, los crímenes. Las cortes favorecen estas cosas. ¿Qué hizo Juan? Primero de todo anunció al Señor. Anunció que estaba cerca el Salvador, el Señor, que estaba cerca el Reino de Dios. Y lo había hecho con fuerza. Y bautizaba. Exhortaba a todos a convertirse. Era un hombre fuerte. Y anunciaba a Jesucristo".
Asimismo ha indicado el Papa que "la primera cosa que ha hecho Juan, grande, es anunciar a Jesucristo". Otra cosa que ha hecho, ha proseguido, "es que no se ha apoderado de su autoridad moral". También ha recordado el Pontífice en su homilía que a Juan se le había dado "la posibilidad de decir 'Yo soy el Mesías', porque tenía mucha autoridad moral", "todo el mundo iba donde él".
Y el Evangelio narra que Juan le decía a todos que se convirtieran. Y los fariseos, los doctores veían esta como su fuerza: "Era un hombre recto". Le preguntaban si era él el Mesías. Y, en el "momento de la tentación, de la vanidad", podía poner una "cara de circunstancia" y decir: "Pero, no lo sé..." con una "falsa humildad". Sin embargo ha sido claro: "¡No, yo no lo soy! Detrás de mí viene uno que es más fuerte que yo, del que no soy digno ni de atarle la correa de sus sandalias". Así, el Papa ha recordado que Juan "ha sido claro", "no ha robado el título. No se ha apoderado del trabajo". Esta, por tanto, "es la segunda cosa que ha hecho él, 'hombre de verdad'": "No robar la dignidad. La tercera cosa que ha hecho Juan es imitar a Cristo". También Herodes, que lo había matado, "creía que Jesús fuera Juan". Juan, ha observado el Papa, ha imitado a Jesús "sobre todo sobre el camino del abajarse: Juan se ha humillado, se ha abajado hasta el final, hasta la muerte". Y también, ha proseguido Francisco, está "el mismo estilo de muerte, vergonzoso: Jesús como un bandido, como un ladrón, como un criminal, sobre la cruz".
Y así ha profundizado al respecto: "Muertos humillados. Pero también Juan ha querido su 'huerto de los olivos', su angustia en la cárcel, cuando creía haberse equivocado, y manda a sus discípulos a preguntar a Jesús: 'Pero dime, ¿eres tú o me he equivocado y hay otro?' La oscuridad del alma, esa oscuridad que purifica como Jesús en el huerto de los olivos. Y Jesús ha respondido a Juan como el Padre ha respondido a Jesús, confortando. Esa oscuridad del hombre de Dios, de la mujer de Dios. Pienso en este momento en la oscuridad del alma de la beata Teresa de Calcuta ¿no? ¡Ah, la mujer que todo el mundo alababa, Premio Nobel! Pero ella pensaba que en un momento de su vida, largo, había solamente la oscuridad dentro".
Francisco ha proseguido su homilía recordando que "anunciador de Jesucristo", Juan "no se apoderó de la profecía", él, "es el icono de un discípulo". Pero, se ha preguntado el Papa: "¿dónde ha estado el origen de esta actitud del discípulo?" En un encuentro. El Evangelio nos habla del encuentro de María e Isabel, cuando Juan bailó de alegría en el vientre de Isabel. Eran primos. "Quizá se han encontrado después algunas veces. Y ese encuentro ha llenado de alegría, de tanta alegría el corazón de Juan y lo ha transformado en discípulo", ha indicado. Asimismo, recuerda que "Juan es el hombre que anuncia a Jesucristo, que no se pone en el sitio de Jesucristo y que sigue el camino de Jesucristo".
Finalmente el Papa ha propuesto que "nos hará bien hoy, a nosotros, preguntarnos sobre nuestro discipulado: ¿anunciamos a Jesucristo? ¿Aprovechamos o no aprovechamos de nuestra condición de cristianos como si fuera un privilegio? Juan no se apoderó de la profecía. Tercero: ¿vamos sobre el camino de Jesucristo? ¿El camino de la humillación, de la humildad, del abajamiento del servicio? Y si nosotros encontramos que no estamos parados en esto, preguntarnos: '¿Pero cuándo ha sido mi encuentro con Jesucristo, ese encuentro me llenó de alegría?' Y volver al encuentro, volver a la primera Galilea del encuentro. ¡Todos nosotros tenemos una! ¡Volver a encontrarla! Reencontrarnos con el Señor e ir adelante sobre este camino tan bello, en el cual Él debe crecer y nosotros disminuir".

Evangelio: explosión de luz y vida

 Mons. Enrique Díaz Diaz  ( V Domingo Ordinario)


Isaías, 7-10: Cuando compartas tu pan con el hambriento, brillará tu luz en las tinieblas”
Salmo 111: “El justo brilla como una luz en las tinieblas”
Corintios 2, 1-5: “Les he anunciado a Cristo crucificado”
San Mateo 5, 13-16: “Ustedes son la luz del mundo”
En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: "Ustedes son la sal de la tierra. Si la sal se vuelve insípida, ¿con qué se le devolverá el sabor? Ya no sirve para nada y se tira a la calle para que la pise la gente.
Ustedes son la luz del mundo. No se puede ocultar una ciudad construida en lo alto de un monte; y cuando se enciende una vela, no se esconde debajo de una olla, sino que se pone sobre un candelero, para que alumbre a todos los de la casa.
Que de igual manera brille la luz de ustedes ante los hombres, para que viendo las buenas obras que ustedes hacen, den gloria a su Padre, que está en los cielos" (Mt 5,13-16)
Los sonidos de la noche en medio de la selva tienen un tono especial, al mismo tiempo de calma y de tensión, de paz y de inquietud, como agazapados en la oscuridad… son muy especiales los sonidos de la noche en medio de la selva. Pero cuando está a punto de despuntar el alba, todo se vuelve un silencio espectante, segundos, breves instantes sin ningún ruido… para luego tranformase en una sinfonía de sonidos amalgamados en preciosa melodía. Los monos aulladores vociferan con estruendosos rugidos, las chachalacas, las guacamayas o los pequeños pajarillos se disputan el honor de dar la bienvenida a los primeros rayos de la aurora. Y entonces todo se transforma, llega la luz y se multiplan los colores, llega la luz y todo tiene una nueva vida, fiesta que se renueva en cada amanecer. Hay luz, hay explosión de vida, hay fuerza y alegría.
¿Cómo puede el discípulo de Jesús vivir en el silencio y en la oscuridad si lleva la luz por dentro? ¿Cómo no explotar en sinfonía de alabanzas y concierto de canciones si se tiene la vida en el interior? El salmo 111 recoge la experiencia de quien experimenta el amor de Dios en la propia vida: “El justo brillará como una luz en las tinieblas”. No es la vida apocada y mediocre de quien no se compromete con nada; no es la indiferencia de quien se hace “que la Virgen le habla”; no es la apatía de quien con pretextos religiosos se desentiende de los problemas de la vida. El cristiano es la lámpara encendida que rompe las cadenas de las tinieblas, es el rayo que rasga la oscuridad, es el grito gozoso de quien obtiene una victoria. El cristiano es luz. Con cuánta razón el Papa Francisco en los inicios de su servicio exclamaba: “Ésta es la primera palabra que quiero deciros: alegría. No seáis nunca hombres, mujeres tristes: un cristiano jamás puede serlo. Nunca os dejéis vencer, nunca, por el desánimo. Nuestra alegría no es algo que nace de tener tantas cosas, sino que nace de haber encontrado a una persona, Jesús; que está en medio de nosotros, nace del saber que, con Él, nunca estamos solos, incluso en los momentos difíciles, aun cuando el camino de la vida tropieza con problemas y obstáculos que parecen insuperables y ¡hay tantos!”
Cristo después de lanzar a sus discípulos a vivir las bienaventuranzas que trastocan los intereses de un mundo de ambiciones y un corazón egoísta, los lanza a ser sal y luz del mundo. Para nuestro mundo actual el ser sal tiene mucho sentido y con una sola imagen ya Cristo está definiendo a sus seguidores. Mientras la sociedad se adormece en una rutina de aburrimiento y pierde el sentido de la vida, Cristo exige mucho más a sus seguidores: ser sal. Debe ser un rasgo característico de los discípulos el saber dar sabor a la vida. Para las gentes sencillas esta imagen está muy cercana y es fácil captar todo el simbolismo y entender que el Evangelio infunde una energía y da un sabor especial a la vida. Sin embargo parecería que a muchos la fe se les ha vuelto sosa, avinagrada y acartonada, y les ha faltado dinamismo y entusiasmo para llevar con alegría el Evangelio. Hay la constante queja de que la Iglesia ha perdido su dinamismo, su energía y su vitalidad. Y no se pretende que la Iglesia se acomode al desenfrenado mundo moderno, sino que ofrezca esa esperanza y esa alegría de quien ha encontrado a Cristo. Una de nuestras tareas actuales será la de volver a salar nuestra fe al calor del evangelio, de la oración y del clima de la comunidad fraterna.
La alegría del Evangelio llena el corazón y la vida entera de los que se encuentran con Jesús: tienen luz por dentro. Es más, Jesús mismo dice que son luz. Quienes se dejan tocar por Él son liberados del pecado, de la tristeza, del vacío interior, del aislamiento pues con Él siempre nace y renace la alegría. Ya decían los antiguos que un cristiano triste es un triste cristiano. Si el cristiano tiene luz no puede conformarse con mediocridades y aburrimientos. Tiene que explotar en vida, alegría y compartir. Ya se quejaban los Obispos en Aparecida de que la mayor amenaza para la Iglesia es el gris pragmatismo de la vida cotidiana en el cual aparentemente todo procede con normalidad, pero en realidad la fe se va desgastando y degenerando en mezquindad. Y el Papa Francisco se atrevía a llamarlo: “la psicología de la tumba, que poco a poco convierte a los cristianos en momias de museo”. Los que estamos llamados a iluminar y a comunicar vida, finalmente nos dejamos cautivar por cosas que sólo generan oscuridad y cansancio interior, y que apolillan el dinamismo apostólico. ¡No nos dejemos robar la luz del Evangelio!
Isaías recoge una serie de exigencias para ser verdadera luz: “Compartir tu pan con el hambriento, abrir tu casa al pobre sin techo, vestir al desnudo y no dar la espalda a tu propio hermano”. No son luces artificiales, es luz nacida del amor, de la fraternidad y de la justicia. No son fuegos fatuos y vistosos, es fuego interior brotado del amor de Dios. Por eso San Pablo les enseña a los Corintios que nos bastan las palabras, que lo importante es Jesús, y Éste, crucificado. En la debilidad brilla la luz, en la oscuridad resplandece el amor. ¿Somos cristianos llenos de sabor? ¿Aportamos alegría y entusiasmo en todas nuestras empresas? ¿Somos realmente luz?
Señor, que tu luz ilumine nuestras tinieblas, y que podamos dar sentido y sabor a nuestras vidas con la luz de tu evangelio. Amén.

06 febrero 2014

Carta del Prelado del Opus Dei

(febrero 2014)


Queridísimos: ¡que Jesús me guarde a mis hijas y a mis hijos!

Con el anuncio de la fecha de la beatificación del queridísimo don Álvaro, el próximo 27 de septiembre, hemos comenzado la cuenta atrás para ese acontecimiento. Es un don de Dios que enriquecerá espiritualmente a la Iglesia, a la Obra y a cada uno de nosotros. Por eso, al tiempo que elevamos nuestra gratitud al Cielo, tratemos de esmerarnos —cada una y cada uno— en seguir con mayor fidelidad diaria la llamada a la santidad que Jesucristo anunció; la senda de santificación en la vida cotidiana, que san Josemaría abrió con su correspondencia heroica a la gracia de Dios y que don Álvaro, y otros muchos fieles de la Prelatura, han recorrido ya en plena sintonía con esas enseñanzas.

La Iglesia, al declarar que don Álvaro practicó en grado heroico las virtudes cristianas, afirma que «encarnó plena, ejemplar e íntegramente (...) el espíritu del Opus Dei, que llama a los cristianos a buscar la plenitud del amor a Dios y al prójimo a través de los deberes ordinarios que forman la trama de nuestras jornadas». Por eso, con motivo del centenario de su nacimiento, el próximo 11 de marzo, os sugiero que pongamos los ojos con detenimiento en la figura de este siervo bueno y fiel, a quien el Señor encomendó el gobierno de la Prelatura del Opus Dei después del tránsito de san Josemaría al Cielo. Procedamos con afán de conocer mejor su correspondencia a la vocación cristiana, y tratemos de reproducirla en nuestras jornadas: meditemos sus escritos, aprendamos de su respuesta a la gracia, solicitando su intercesión para encarnar sin fisuras el espíritu de la Obra.

Para los fieles del Opus Dei, para los Cooperadores y para todos aquellos que desean santificarse según este espíritu, la conducta constante de don Álvaro nos muestra un modo bien concreto de seguir a Jesucristo, el único Maestro y Modelo de toda perfección. Y seguirlo nosotros por el conducto reglamentario, como decía a veces con su buen humor característico; es decir, asumiendo lo mejor posible el mismo espíritu de caminar con Cristo que san Josemaría nos transmitió por querer divino.

En este mes, además de la presentación de Jesús en el templo y la purificación de Nuestra Señora, vivamos la fiesta del 14 de febrero, en la que reluce de modo especial la unidad del Opus Dei. Ese día, como sabemos, rememoramos el aniversario del comienzo de la labor de la Obra entre las mujeres y de la fundación de la Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz, en años distintos. Por disposición de la Santa Sede, en la Prelatura la celebramos como fiesta de la Virgen: Mater Pulchræ Dilectionis, Madre del Amor Hermoso.

En el acta de consagración de un altar, en 1972, san Josemaría escribió que lo consagraba en honor y alabanza de Nuestro Señor Jesucristo, que quiso coronar su Obra con el santo signo de la Cruz; lo hizo en un Centro de mis hijas y en el aniversario de su fundación: en eso vi un nuevo mandamiento divino de unidad para nuestra Familia, teniendo en cuenta que los sacerdotes habían de ordenarse para servir a las dos Secciones de la Obra.

En María Santísima tenemos el ejemplo acabado de una criatura que, durante toda su existencia, se identificó completamente con el querer de Dios; lo contemplamos especialmente en el momento en que recibió el anuncio de que iba a ser Madre de Dios y en su perseverancia, llena de fortaleza, de fe, esperanza y caridad, junto a la Cruz donde moría su Hijo para nuestra salvación. Escribe el Santo Padre: hablar de fe comporta a menudo hablar también de pruebas dolorosas, pero precisamente en éstas san Pablo ve el anuncio más convincente del Evangelio, porque en la debilidad y en el sufrimiento se hace manifiesto y palpable el poder de Dios que supera nuestra debilidad y nuestro sufrimiento.

San Josemaría nos invitaba a pensar hasta qué punto somos amigos de la Cruz de Cristo, de esa Cruz con la que Jesús quiso coronar su Obra (...). Quiso coronarla como coronan los reyes su palacio en lo más alto: con la Cruz. Quiso poner la realeza suya para que el mundo viera que la Obra era Obra de Dios. Fue un catorce de febrero. Yo comencé la Misa sin saber nada, como otras veces, y acabé sabiendo que el Señor quería la Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz, que el Señor quería que coronásemos nuestro edificio sobrenatural, que nuestra familia espiritual llevara en lo alto esta señal de la realeza divina.

Considero que don Álvaro se comportó así desde que pidió la admisión en el Opus Dei; luego, en el transcurso de los años, con su acendrada fidelidad a la gracia y su estrecha unión con nuestro Fundador, fue creciendo en amor al Santo Madero, jornada tras jornada. Después de su marcha a la casa del Cielo, hemos ido conociendo muchos detalles en los que se manifiesta su amor al sacrificio, que nos une a la Cruz de Cristo. Especialmente desde su llegada a Roma en 1946 y luego, durante bastantes años, sobre sus hombros recayó —entre otros muchos trabajos— el encargo de conseguir fondos para la edificación de la sede central del Opus Dei. Esto le provocó grandes preocupaciones que —aunque no le quitaban la paz— le ocasionaban constantes padecimientos: enfermedades del hígado, fuertes dolores de cabeza, y otras afecciones que influyeron no poco en su salud. Afrontó esas situaciones sin quejarse, con una sonrisa en los labios, feliz de poder ofrecerlas al Señor por la Iglesia y por el desarrollo de la Obra.

Recuerdo una ocasión en la que se encontraba en cama, con una fiebre muy alta, pero no tuvo más remedio que levantarse y salir a la calle para resolver un problema económico urgente que sólo podía solucionar personalmente. Una de las mujeres que cuidaban la atención doméstica de la sede central de la Obra, conocedora de que don Álvaro había estado con fiebre el día anterior, y no sabía si todavía continuaba con esa afección, al enterarse de este suceso, comentó a san Josemaría: "Ayer estaba con mucha fiebre". A lo que paternalmente comentó nuestro Fundador: a ti, no te hubiera dejado ir; a él, sí. Hasta tal punto sabía que podía apoyarse en ese hijo suyo, al que muchos años antes había calificado de saxum, roca.

¿Y cuál era la profunda razón de este comportamiento? En el decreto sobre las virtudes heroicas, se lee que «la dedicación del Siervo de Dios al cumplimiento de la misión que había recibido estaba radicada en un profundo sentido de la filiación divina, que le llevaba a buscar la identificación con Cristo en un abandono confiado a la voluntad del Padre, lleno de amor al Espíritu Santo, constantemente inmerso en la oración, fortificado por la Eucaristía y por un tierno amor a la Santísima Virgen María». A continuación, ese documento de la Santa Sede afirma que don Álvaro «dio pruebas de heroísmo en el modo como afrontó las enfermedades —en las que veía la Cruz de Cristo— (...) y los ataques que sufrió por su fidelidad a la Iglesia. Era hombre de profunda bondad y afabilidad, que transmitía paz y serenidad a las almas. Nadie recuerda un gesto poco amable de su parte, un movimiento de impaciencia ante las contrariedades, una palabra de crítica o de protesta por alguna dificultad: había aprendido del Señor a perdonar, a rezar por los perseguidores, a abrir sacerdotalmente sus brazos para acoger a todos con una sonrisa y con cristiana comprensión».

El Papa Francisco comentaba hace pocas semanas que los santos no son superhombres, ni nacieron perfectos. Son como nosotros, como cada uno de nosotros, son personas que antes de alcanzar la gloria del cielo vivieron una vida normal, con alegría y dolores, fatigas y esperanzas. Pero, ¿qué es lo que cambió su vida? Cuando conocieron el amor de Dios, le siguieron con todo el corazón, sin condiciones e hipocresías; gastaron su vida al servicio de los demás, soportaron sufrimientos y adversidades sin odiar y respondiendo al mal con el bien, difundiendo alegría y paz. Ésta es la vida de los santos: personas que por amor a Dios no le pusieron condiciones a Él en su vida.

Estas palabras del Santo Padre componen, a mi parecer, un retrato de don Álvaro. Recurramos —insisto— a su intercesión para que sepamos mantenernos fuertes ante las dificultades y contradicciones, con la confianza puesta en nuestro Padre Dios.

Aparte de ser saxum, soporte para san Josemaría en tantas ocasiones, don Álvaro constituyó con su modo de hacer, sobre todo, un apoyo firme para sacar la Obra adelante. Y no sólo con su colaboración en el gobierno del Opus Dei o con sus trabajos para conseguir la adecuada configuración jurídica de la Obra como Prelatura personal, sino en la tarea de facilitar la fidelidad de todos al espíritu en las diferentes circunstancias. Muchas veces repitió nuestro Padre que, a menudo, don Álvaro, movido por el Espíritu Santo, le recordaba algún punto del espíritu del Opus Dei que san Josemaría deseaba tocar en una conversación: la práctica de la corrección fraterna, la necesidad de comportarse como un padre o una madre con las personas que coinciden con nosotros, la acogida bondadosa y serena de quienes experimentan alguna pena o preocupación...

A veces, incluso le pedía alguna sugerencia para ahondar en su trato personal con Dios. Lo explicaba nuestro Padre, abriendo su alma ante un pequeño grupo de hijos suyos; y comentaba en una ocasión: hoy, después de la acción de gracias, le he dicho a don Álvaro que me hiciera alguna consideración de piedad, que me removiera para amar más a Jesucristo en el Sagrario. Y me ha hecho presente que allí está María también, de alguna manera, necesariamente de alguna manera; y con María, José. De alguna manera inefable, pero allí están: no pueden separarse de su Hijo.

El 19 de febrero es el santo de don Álvaro, y me viene a la memoria una observación de nuestro Padre. Decía precisamente en esa fecha de 1974, refiriéndose a ese fidelísimo hijo suyo: a don Álvaro le pasa una cosa muy buena: que no tiene santo, sino beato. De modo que, si no se hace santo él, no sé cómo lo vamos a arreglar.... Ese deseo de san Josemaría está a punto de cumplirse: si Dios quiere, a partir de la beatificación podremos celebrar su santo en la fecha que la Santa Sede designe para conmemorarlo litúrgicamente.

Vuelvo a repetir que la consideración de la respuesta diaria de don Álvaro puede ayudarnos, más aún en los meses próximos, a poner nuestros pasos en las huellas de san Josemaría; así imitaremos más perfectamente a Cristo. Recojo algunas palabras de mi predecesor, que nos ayudarán a hacer un examen personal hondo y lleno de paz.

«En todos los años de su vida terrena, nuestro Padre caminó como zarandeado por el Espíritu Santo; tanto en los primeros tiempos, cuando aún no podía darse cuenta, como después, plenamente consciente y correspondiendo de una manera heroica a la acción del Espíritu de Dios (...). Afirmaba que desde el 2 de octubre de 1928 lo único que había tenido que hacer era dejarse llevar. Se dice fácilmente; pero si repasamos con calma su vida, advertimos que ese dejarse llevar, esa única cosa que tuvo que hacer, requirió de él innumerables sacrificios, burlas, incomprensiones, soledad, calumnias, antes y después de la fundación de la Obra.

»Vamos a hacer el propósito de dejarnos llevar también nosotros por Dios, de esta manera (cfr. Rm 8, 14). La correspondencia de nuestro Padre fue en todo momento heroica, aunque le quitase importancia con esa afirmación suya. Procuremos imitarle, si no como gigantes, por lo menos como buenos hijos. Nuestro Padre fue un gigante de la santidad; nosotros, hijos que procuran seguir los pasos de tan buen padre, también hemos de ser santos».

Sigamos rezando por el Papa, por sus intenciones y por sus colaboradores inmediatos. De modo especial, encomendemos los frutos del Consistorio que se celebrará en la segunda parte de este mes, para que redunde en gran bien para la Iglesia, para el mundo, para las almas. Y continuad muy unidos también a mis intenciones, que son muchas, para que se vayan realizando como Dios quiere. Siento la urgencia de preguntaros: ¿cómo y cuánto rezáis por la persona de Francisco? ¿Cómo le ayudáis con un espíritu generoso de sacrificio? ¿Vivís con frecuencia el omnes cum Petro ad Iesum per Maríam?: todos, con Pedro, a Jesús por María.

Encomendad la expansión de la Obra a nuevos países, desde donde no cesan de llamarnos. Durante el viaje a Jerusalén tuve la alegría de rezar con vosotras y con vosotros en el Santo Sepulcro, en Getsemaní, en la Basílica de la Natividad... Me venía a la mente el profundo júbilo de don Álvaro mientras visitaba esos lugares. Y pocos días después he estado en Sri Lanka y en la India. Demos muchas gracias a Dios y renovemos el propósito de participar en la expansión apostólica, cada uno desde su puesto, con la oración y el trabajo convertido en oración, amando a todas las almas, a toda la humanidad: ¡qué tarea tan maravillosa la de nuestra Madre santa, la Iglesia!

Con todo cariño, os bendice

vuestro Padre

+ Javier

05 febrero 2014

Catequesis del Papa sobre la eucaristía

En la Audiencia de hoy

Queridos hermanas y hermanos, buen día, pero no una buena jornada porque el clima está un poco feo.
Hoy les hablaré sobre la eucaristía. La Eucaristía se coloca en el corazón de la iniciación cristiana, junto al bautismo y a la confirmación y constituye el manantial de la vida misma de la Iglesia. De este sacramento del amor, de hecho, nace todo el auténtico camino de fe, de comunión y de testimonio. Lo que vemos cuando nos juntamos para celebrar la eucaristía, la misa, ya nos hace intuir lo que estamos por vivir.
En el centro del espacio destinado a la celebración se encuentra el altar, que es una mesa cubierta por un mantel y esto nos hace pensar a un banquete. Y en la mesa hay una cruz, para indicar que en el altar se ofrece el sacrificio de Cristo. Él es signo del alimento espiritual que allí se recibe, con los signos del pan y del vino.
Al lado de la mesa está el ambón, o sea, el lugar del que se proclama la palabra de Dios, y esto significa que allí se reúne para escuchar al Señor que habla a través de la sagradas escrituras, y por lo tanto el alimento que se recibe es también su palabra. Palabra y pan en la mesa se vuelven una cosa, como en la última cena cuando todas las palabras de Jesús, todos las señales que había hecho se condensaron en el gesto de partir el pan y de ofrecer un cáliz, anticipación del sacrificio de la cruz, y en esas palabras: 'Tomad y bebed este es mi cuerpo, tomad y bebed esta es mi sangre'.
El gesto de Jesús realizado en la última cena es el agradecimiento extremo al Padre por su amor y misericordia. Agradecimiento en griego se dice eucaristía, y por eso el sacramento se llama eucaristía. Es el supremo agradecimiento al padre que nos amó tanto al punto de darnos a su Hiijo por amor. Por esto el término eucaristía resume este gesto de Dios y del hombre juntos. Gesto de Jesucristo verdadero Dios y verdadero hombre.
Por lo tanto la celebración eucarística es algo más que un simple banquete, es el memorial de la pascua de Jesús, el misterio central de la salvación. Memorial no significa solamente un simple recuerdo, pero quiere decir que cada vez que celebramos este sacramento participamos al misterio de la pasión muerte y resurrección de Cristo. La eucaristía constituye el auge de la acción de salvación de Dios.
El señor Jesús haciéndose pan partido por nosotros, derrama de hecho sobre nosotros, todo su amor y misericordia, para renovar nuestro corazón, nuestra existencia y el modo de relacionarnos con Él y con los hermanos. Es por ello que comúnmente cuando uno se acerca a este sacramento se dice 'recibir la comunión', 'hacer la comunión', esto significa que en la potencia del Espíritu Santo la participación a la mesa eucarística se conforma en manera única y profunda a Cristo, haciéndose pregustar ya ahora la plena comunión con el Padre que caracterizará el banquete celeste, donde con todos los instantes tendremos la gloria de contemplar a Dios, cara a cara.
Queridos amigos, nunca agradeceremos bastante al Señor por el don de la eucaristía, es un don tan grande, y por esto es tan importante ir a misa los domingos, no solamente para rezar pero también para recibir la comunión, este pan que es el cuerpo de Jesús, que nos salva, nos perdona nos une al Padre. Es bello hacer esto, y todos los domingos vamos a misa porque es el día de la resurrección del Señor. Por ello el domingo es tan importante para nosotros. Y con la eucaristía sentimos este pertenecer a la Iglesia, al pueblo de Dios, cuerpo de Dios, a Jesucristo. Nunca terminaremos de entender todo el valor y riqueza. Pidámosle entonces que este sacramento pueda seguir manteniendo vivo en la Iglesia su presencia y a plasmar a nuestras comunidades en la caridad y en la comunión según el corazón del Padre. Y esto se hace durante toda la vida, pero se inicia a hacerlo el día de la primera comunión. Es importante que los niños se preparen bien a la primera comunión de manera que ningún niño deje de hacerla, porque es el primer paso de esta pretenencia a Jesucristo, fuerte fuerte, después del bautismo y la confirmación.