04 diciembre 2015

‘Dios o nada’ - Entrevista sobre la fe

Reverendísimo Cardenal Sarah, Eminencias, Excelencias, queridos hermanos, señoras y señores:
Mientras este último verano repasaba las pruebas del libro del Cardenal Sarah, «Dios o nada», su sinceridad me recordó una y otra vez, la intrepidez con la que el Papa Gelasio I, en la Roma del 494, escribió su famosa carta al emperador Anastasio I de Constantinopla.
Cuando finalmente se encontró la fecha adecuada para la presentación de este libro aquí, en el «Anima» [Colegio de Santa María del Ánima, de los católicos alemanes, en Roma], descubrí que este era el día de los días, porque es el 20 de noviembre y en este día la Iglesia celebra la fiesta de este santo Papa, Gelasio I, oriundo de África del Norte. Permítanme decir unas breves palabras sobre este Papa.
Dieciocho años antes de escribir la carta, en el 476, las tribus germánicas habían asolado la antigua capital del imperio. La gran invasión de pueblos bárbaros había empezado y fue la causa de la caída del Imperio romano de Occidente. Allí, en Roma, de lo que fue aquel poderoso imperio, solo quedó la indefensa Iglesia de Roma.
Ante esta situación el Papa Gelasio escribió al emperador romano de Oriente, en Bizancio, lo siguiente:
«Para gobernar el mundo no hay un único poder, sino dos. Esto lo sabemos desde que el Señor entregó a sus apóstoles, después de la Última Cena (Lc 22, 38) la misteriosa información de que las ‘dos espadas’ que se le habían presentado eran suficientes».
No obstante, estas dos espadas tenían que estar, según él lo concebía, compartidas entre el Emperador y el Papa a lo largo de la historia. En otras palabras, con esta carta el Papa Gelasio I puso al mismo nivel el poder espiritual y el temporal. No habría más omnipotencia. Tanto el Papa como el Emperador estaban asociados ante Dios por el bien de sus pueblos.
Esto fue un cambio ejemplar. Pero aún hubo más. El Papa Gelasio añadió a esto el detalle de que el emperador de Constantinopla, por derecho divino estaba por debajo de él, como sucesor de Pedro en Roma. ¿No debían las más altas autoridades recibir humildemente los sacramentos de manos de los sacerdotes? Cuánto más debía estar el Emperador obligado a ser humilde respecto al Papa, cuya silla, después de todo, se situaba por encima de cualquier obispado.
La declaración fue ultrajante y no debe extrañarnos que el emperador bizantino se encogiese de hombros sin mayor interés. Pero la ‘doctrina de las dos espadas’, como se la llamó después de esta carta, calificaría las relaciones entre la Iglesia y el Estado durante casi seiscientos años. Sus efectos indirectos duraron infinitamente más. El nacimiento gradual de las democracias occidentales es inconcebible sin esta declaración. Porque con ella no solo se puso el cimiento de la soberanía de la Iglesia, sino también el de cualquier legítima oposición.
Europa, en cualquier caso, ha crecido dolorosamente y ha madurado hacia adelante, desde entonces. La historia de la Iglesia Católica como fuerza civilizadora es impensable sin el ejemplo de Gelasio I al oponerse al intento de poder omnipotente del emperador Anastasio I.
La posterior separación de la Iglesia y el Estado y el sistema de «equilibrio de poderes» comenzó con esta carta, cuando el impotente Papa, súbitamente, sin miedo alguno, negó al más poderoso gobernante del mundo, el derecho a su intento de gobernar también las almas de sus súbditos. Eran tiempos de confusión y de migraciones de los pueblos. como ya he dicho, durante los cuales la Iglesia se convirtió en la verdadera autoridad en Occidente.
De todo esto, hoy, cuando casi de repente un nuevo flujo de emigrantes está inundando Europa desde el Este, el Cardenal Sarah, históricamente preocupado, es muy consciente, llamando, justo como Gelasio, desde África, la parte más vital y dinámica de la universal, global iglesia.
Probablemente, además, los pioneros «Sínodos de Cartago» africanos, desde el siglo III al V, están tan presentes para él, como todos los siguientes hasta el Vaticano II. Muy ciertamente, él ve con gran claridad −como muy pocos otros− que muchos estados hoy, una vez más, reclaman con todo su poder, ese «poder espiritual» que una vez la Iglesia les arrancó en un largo proceso, para beneficio de toda la sociedad.
Cuando hoy los estados occidentales intentan anular, paso a paso, la ley natural a instancias de grupos de presión globalmente activos; cuando quieren decidir, por ellos mismos, sobre la verdadera naturaleza del ser humano (como las altamente ideológicas corrientes de la ideología de género), estamos ante algo más grave que una simple recaída en la arbitrariedad. Se trata, de nuevo, del sometimiento a la tentación totalitaria que, como una sombra, nos acompaña siempre a lo largo de la historia.
Cada una de las generaciones conoce esta tentación, aunque en cada época se manifiesta de una forma nueva y con un nuevo lenguaje. Hoy, el cardenal Sarah insiste con gran seguridad y firmeza en que la Iglesia no debe disolverse en el «espíritu del mundo» [ndt. Zeitgeist = espíritu de los tiempos], aunque este espíritu se presente disfrazado y camuflado como ciencia, como ya sabemos hicieron el nazismo y el marxismo.
Nunca más debiera existir una institución con tal omnipotencia. Ni el estado, ni el «espíritu del mundo» tienen derecho a reclamar ese poder omnipotente para ellos ni tampoco la Iglesia. «Dad al César lo que es del César», desde luego. Pero a Dios lo que es de Dios. Es en esta distinción en la que insiste el cardenal Sarah hoy; una voz solitaria, sincera e intrépida.
El estado no debe ser una religión, como habitualmente, de modo horrible, se expresa el así llamado estado islámico. De la misma manera, el Estado no puede recetar a los ciudadanos el secularismo como una forma supuestamente neutra de visión del mundo, ya que eso no es sino una nueva pseudo-religión, que una vez más quiere retomar el camino donde las ideas totalitarias del siglo pasado lo perdieron, en su intento de denunciar y finalmente extinguir el Cristianismo (y cualquier otra religión) por inútiles y desfasadas.
Por ello, el libro del cardenal Sarah es radical. No en el sentido en que utilizamos esta palabra en nuestros días, sino en el sentido original de la misma. La palabra latina «radix» se traduce por «raíz». En este sentido, el libro es radical. Porque nos lleva de vuelta a las raíces de nuestra fe. Es el radicalismo del evangelio el que inspira este libro. El autor está «convencido de que una de las misiones más importantes de la Iglesia es ayudar a Occidente a redescubrir el rostro radiante de Cristo».
Es por esta razón por la que no duda en volver a hablar de la Encarnación de Dios y de la naturaleza radical de esta Buena Nueva, que él contrasta con un incansable análisis de nuestro tiempo. Nos abre los ojos al hecho de que las nuevas formas de indiferencia ante Dios, no son simples desviaciones mentales que se puedan ignorar sin más. El cardenal reconoce una amenaza existencial para la civilización humana por excelencia en la transformación moral de nuestras sociedades.
No hay la menor duda, en esta situación, de que la proclamación activa del evangelio, una vez más, es más urgente que nunca. En esta hora, el cardenal se pone en pie, proféticamente. Sabe que el evangelio, que una vez transformó las culturas está ahora en peligro de ser transformado a su vez, por las «realidades de la vida». Durante dos mil años, la Iglesia cultivó el mundo con el poder del evangelio. Al contrario, no funcionará, la revelación no tiene que adaptarse al mundo. El mundo quiere devorar a Dios. Pero Dios quiere atraer y convencer, a nosotros y al mundo.
En esta lucha, este libro, por tanto, no es una contribución efímera a un simple debate. No es tampoco, la respuesta a puntos de vista distintos, de otros. Decir esto sería injusto con la profundidad y brillantez de este testigo de la Fe. El cardenal Sarah no se ocupa de puntos de vista específicos en discusión, sino de la fe en su conjunto, como un todo. Él demuestra cómo cada cuestión concreta debe ser abordada correctamente, entendiendo la integridad de nuestra Fe. Y cómo, por el contrario, cada intento de aislar cuestiones particulares, daña y debilita todo el conjunto.
Así pues, este libro no se presenta como un manifiesto ni como una polémica. Es una guía para ir a Dios, quien nos ha mostrado su rostro humano en Jesucristo. Es un ‘Vademecum’ para el comienzo del Año Santo.
El 20 de noviembre de 2016, dentro de un año, este año jubilar, dedicado al «Rostro de la Misericordia» habrá terminado. Hasta entonces, con este libro, podemos aprender lecciones muy valiosas sobre la naturaleza de la misericordia. Porque «misericordia y rigor en la enseñanza solo pueden existir juntos», según escribió el P. Reginald Garrigou-Lagrange, O.P. (1877-1964) en 1923. Y continuaba:
«La Iglesia, en sus principios es intolerante (firme), porque cree, y es tolerante en la práctica, porque ama. Los enemigos de la Iglesia son tolerantes en cuanto a los principios porque no creen en ellos, y son intolerantes en la práctica porque no aman».
El cardenal Sarah es una persona que ama. Y es el hombre que nos muestra cómo y qué obra de arte quiere Dios hacer de nosotros si no nos oponemos a su trabajo de artista. Este libro es un libro sobre Cristo. Es, a la vez, una confesión de fe. Debemos imaginar su título como un alegre suspiro: ¡Dios o nada!
+ George Gänswein, arzobispo

Viene la Palabra - II domingo de Adviento



Baruc 5, 1-9: “Paz en la justicia y gloria en la piedad”
Salmo 125: “Grandes cosas has hecho por nosotros, Señor”
Filipenses 1, 4-6. 8-11: “Llenos de frutos de justicia”
San Lucas 3, 1-6: “Hagan rectos sus senderos”

Esas amenazas las había escuchado muchas veces y le preocupaban, pero a su esposo no parecían afectarle o quizás disimulaba. Él siempre decía que lo más importante era la verdad. Cuando aparecían las estadísticas y en especial aquellas noticias: “México es uno de los países más peligrosos del mundo para los periodistas; las amenazas y los asesinatos a manos del crimen organizado, o de las autoridades corruptas, son cosa de todos los días. Este clima de miedo, junto con la impunidad que prevalece, genera autocensura, perjudicial para la libertad de información” y se daban cifras concretas, él sólo sonreía y decía: “Alguien tiene que hablar y alguno escuchará”. Ahora, frente al cadáver de su esposo, ella está convencida que su muerte no fue “un accidente”, como dicen los informes oficiales, ella está convencida que “lo han silenciado”. Han asesinado a un periodista más pero ¿se puede silenciar la verdad?

Dios muestra siempre su misericordia y sale en búsqueda del ser humano. El pasaje que hoy nos presenta San Lucas tiene un alto contenido teológico. Abre el relato de la predicación de Juan, y de la llegada de la Palabra, situándola tanto en la historia del mundo pagano como en la historia del pueblo de Israel. Y aunque todos los datos que enmarcan este comienzo son verificables, él está más interesado en hacer resaltar todo el símbolo que representan: por una parte el poder civil estructurado a modo de pirámide; y por otra el poder religioso representado por dos personajes emparentados entre sí, Caifás, sacerdote en activo, títere de Anás que había sido destituido. Poder político y religión judía no son capaces de dar respuesta a los anhelos del pueblo pobre y humilde. En un punto de la historia, marcado por estos dos poderes, en tiempos del emperador Tiberio, Dios envía su mensaje a Juan, hijo de Zacarías. Y se resaltan las contradicciones y llamadas de atención: Juan, hijo de aquel que había sido mudo, recibe ahora la Palabra; el hijo de la mujer que había sido estéril, ahora tiene la misión de presentar la vida. Y junto a la solemnidad y precisión del comienzo, llama la atención la imprecisión respecto al lugar: “en el desierto”. La llegada de Jesús no es pura casualidad en la historia, ni está al margen de la historia concreta de los hombres. Está encarnada, llega silenciosa, callada, en algún lugar muy concreto. La Palabra sale en búsqueda de quien quiera escucharla. En el principio está la Palabra.
Quizás hoy se quiera silenciar la Palabra. Nuevas contradicciones: vivimos en un mundo de gran comunicación, estamos cada día mejor informados, y sin embargo cada día escuchamos menos y tenemos menos posibilidades de comunicarnos. Quedamos aislados y somos menos capaces de entablar relaciones de amor y amistad. El poder y un mundo materialista han substituido al Dios de la vida y el hombre se encuentra vacío y aunque quiere balbucear y comunicarse, no encuentra nada en su corazón porque no ha escuchado la Palabra. También para el hombre de hoy llega la Palabra, también para quienes se sienten abrumados y cargando penosamente su silencio, hay razones de esperanza. En la primera lectura el profeta Baruc escribe a un pueblo que está desterrado y disperso y le dirige palabras de esperanza. El deseo de Dios es que cambie sus vestidos de luto y aflicción y se vista de esplendor, que vuelva a reunirse, camine seguro y con alegría. A tal punto espera este nuevo retorno que le ofrece un nuevo nombre: “Paz en la justicia y gloria en la piedad”, que al mismo tiempo es una meta y un camino para alcanzar la transformación. La amenazante guerra que parecía distante y se ha hecho presente en medio de nosotros, grita a nuestro corazón y a nuestras conciencias. No podemos permanecer impasibles. Construir la paz también es tarea nuestra. Sin una verdadera paz donde se enderecen los caminos no podrá haber justicia, no se puede llegar a Dios si no se establecen nuevas relaciones entre los hermanos, si no se tienden puentes entre los que se han dividido y si no reconocen los derechos de quienes han sido marginados. La gloria de Dios se manifiesta en la armonía de los hombres y la Palabra que hoy llega a nosotros nos ofrece esa posibilidad de reconstruir relaciones y encontrar esta paz en la justicia.
El tiempo de Adviento es tiempo de la Palabra, tiempo de escucha. Para ello tendremos también nosotros que vivir nuestro desierto, nuestro silencio y nuestra soledad. Necesitamos espacios para escuchar la Palabra que hoy llega a nosotros y solamente después podremos pronunciarla, vivirla y transformar nuestros ambientes. El camino del Adviento requiere allanar los senderos, enderezar los caminos torcidos y rellenar los profundos huecos que se han formado en nuestras vidas al margen de Dios. Para que la causa de la paz se abra camino en la mente y en el corazón de todos los hombres y, de modo especial, en el de aquellos que están llamados a servir a sus ciudadanos, es preciso que esté apoyada en firmes convicciones morales, en la serenidad de los ánimos, a veces tensos y polarizados, y en la búsqueda constante del bien común nacional, regional y mundial. Solamente abriendo el corazón podremos hacer fructificar la Palabra. Pero la Palabra no debe quedar estéril, sino penetrar y transformar. El criterio para saber que ha llegado la Palabra es que nos abra a cada persona, sobre todo a los más pobres para que puedan ponerse de pie y caminar con dignidad, para que puedan participar del banquete mismo de la vida.
La Palabra que escucha en su corazón el Bautista, exige una conversión. Sólo así alcanzaremos la verdadera paz que se nos ofrece en Baruc. La consecución de la paz requiere la lucha contra la pobreza y la corrupción, el acceso a una educación de calidad para todos, un crecimiento económico solidario, la consolidación de la democracia y la erradicación de la violencia y la explotación, especialmente contra las mujeres y los niños, requiere además la promoción de una auténtica cultura de la vida, que respete la dignidad del ser humano en plenitud.
¿Qué estamos haciendo para escuchar la Palabra? ¿Cómo estamos construyendo esa nueva paz? ¿Escucharemos el mensaje o silenciaremos la Palabra?
Padre Bueno, que nos has enviado a tu Hijo Jesucristo como Palabra de vida, abre nuestros oídos y nuestros corazones, para que, escuchándolo y siguiéndolo, transformemos nuestro mundo en una comunidad, “Paz en la justicia y gloria en la Piedad”. Amén.

03 diciembre 2015

La revolución de la ternura

La revista italiana ‘Credere’ publica una entrevista con el Santo Padre, poco antes del inicio del Jubileo de la Misericordia, en la que explica los motivos y las expectativas de esa convocatoria, así como su experiencia personal de la misericordia divina
Santo Padre, ahora que estamos por entrar de lleno en el Jubileo, ¿nos puede explicar qué movimiento del corazón le llevó a poner de relieve precisamente el tema de la misericordia? ¿Qué urgencia percibe, al respecto, en la actual situación del mundo y de la Iglesia?
El tema de la misericordia se va acentuando con fuerza en la vida de la Iglesia a partir de Pablo VI. Fue Juan Pablo II quien lo subrayó fuertemente con la Dives in misericordia, la canonización de Santa Faustina y la institución de la fiesta de la Divina Misericordia en la Octava de Pascua. En esta línea, sentí que hay como un deseo del Señor de mostrar a los hombres su misericordia. Así que no me vino a mí a la cabeza, sino que retomo una tradición relativamente reciente, aunque siempre existía. Y me di cuenta de que había que hacer algo y continuar esa tradición.
Mi primer Ángelus como Papa fue sobre la misericordia de Dios y en aquella ocasión hablé también de un libro sobre la misericordia que me regaló el cardenal Walter Kasper durante el Cónclave; también en mi primera homilía como Papa, el domingo 17 de marzo en la parroquia de Santa Ana, hablé de la misericordia. No fue una estrategia, me salió de dentro: el Espíritu Santo quiero algo.
Es obvio que el mundo de hoy necesita misericordia, necesita compasión, es decir,padecer con. Nos hemos acostumbrado a las malas noticias, a las noticias crueles y a las atrocidades más grandes que ofenden el nombre y la vida de Dios. El mundo necesita descubrir que Dios es Padre, que hay misericordia, que la crueldad no es el camino, que la condena no es el camino, porque la Iglesia misma a veces sigue una línea dura, cae en la tentación de seguir una línea dura, en la tentación de subrayar solo las normas morales, pero cuánta gente se queda fuera.
Me vino a la mente aquella imagen de la Iglesia como un hospital de campaña tras la batalla; es la verdad, ¡cuánta gente herida y destruida! Los heridos son curados, no sometidos a análisis de colesterol. Creo que este es el momento de la misericordia. Todos somos pecadores, todos llevamos pesos interiores. He sentido que Jesús quiere abrir la puerta de Su corazón, que el Padre quiere mostrar sus entrañas de misericordia, y por eso nos manda al Espíritu: para movernos y para removernos.
Es el año del perdón, el año de la reconciliación. Por un lado vemos el tráfico de armas, la producción de armas que matan, el asesinato de inocentes de los modos más crueles posibles, el abuso de personas, menores, niños: se está cometiendo −se me permita el término− un sacrilegio contra la humanidad, porque el hombre es sagrado, es la imagen del Dios vivo. El Padre dice: “paraos y venid a mí”. Esto es lo que yo veo en el mundo.
Usted ha dicho que, como todos los creyentes, se siente pecador, necesitado de la misericordia de Dios. ¿Qué importancia ha tenido en su camino de sacerdote y de obispo la misericordia divina? ¿Recuerda en concreto un momento en el que haya sentido de manera transparente la mirada misericordiosa del Señor en su vida?
Soy pecador, me siento pecador, estoy seguro de serlo; soy un pecador a quien el Señor ha mirado con misericordia. Soy, como dije a los presos en Bolivia, un hombre perdonado. Soy un hombre perdonado, Dios me ha mirado con misericordia y me ha perdonado. Todavía hoy cometo errores y pecados, y me confieso cada quince o veinte días. Y si me confieso es porque necesito sentir que la misericordia de Dios está todavía sobre mí.
Me acuerdo −lo he dicho muchas veces− de cuando el Señor me miró con misericordia. Siempre he tenido la sensación de que cuidaba de mí de un modo especial, pero el momento más significativo se dio el 21 de septiembre de 1953, cuando tenía 17 años. Era el día de la fiesta de primavera y del estudiante en Argentina, y lo iba a pasar con los demás estudiantes; yo era católico practicante, iba a misa los domingos, pero nada más… estaba en la Acción Católica, pero no hacía nada, era solo un católico practicante.
Por la calle hacia la estación de tren de Flores, pasé cerca de la parroquia que frecuentaba y me sentí empujado a entrar: entré y vi venir por un lado a un sacerdote que no conocía. En aquel momento no sé qué me pasó, pero sentí la necesidad de confesarme, en el primer confesionario de la izquierda; mucha gente iba a rezar allí. Y no se qué pasó, salí distinto, cambiado. Volví a casa con la certeza de tenerme que consagrar al Señor y ese sacerdote me acompañó durante casi un año. Era un sacerdote de Corrientes, don Carlos Benito Duarte Ibarra, que vivía en la Casa del Clero de Flores. Tenía leucemia y se estaba curando en el hospital. Murió el año siguiente. Tras el funeral lloré amargamente, me sentí totalmente perdido, como con el temor de que Dios me hubiese abandonado.
Ese fue el momento en que me sumergí en la misericordia de Dios y está muy ligado a mi lema episcopal: el 21 de septiembre es el día de San Mateo, y Beda el Venerable, hablando de la conversión de Mateo, dice que Jesús miró a Mateo “miserando atque eligendo”. Se trata de una expresión que no se puede traducir, porque ni en italiano ni es español uno de los dos verbos no tiene gerundio. La traducción literal sería “misericordiando y eligiendo”, como un trabajo artesanal. “Lo misericordió”: esta es la traducción literal del texto.
Cuando años después, rezando el breviario latino, descubrí esa lectura, me di cuenta de que el Señor me había modelado artesanalmente con su misericordia. Cada vez que venía a Roma, como vivía en vía de la Scrofa, iba a la Iglesia de San Luis de los Franceses a rezar delante del cuadro del Caravaggio, precisamente la Vocación de san Mateo.
Según la Biblia, el lugar donde vive la misericordia de Dios es el seno, las entrañas maternas, de Dios. Que se conmueven hasta perdonar el pecado. ¿El Jubileo de la misericordia puede ser una ocasión para volver a descubrir la “maternidad” de Dios? ¿Hay también un aspecto más “femenino” de la Iglesia que hay que valorar?
Sí, Él mismo lo afirma cuando dice en Isaías que acaso se olvida una madre de su hijo, aunque una madre pueda olvidarse... “yo en cambio no te olvidaré jamás”. Aquí se ve la dimensión materna de Dios. No todos comprenden cuando se habla de la “maternidad de Dios”, no es un lenguaje popular −en el sentido bueno de la palabra− parece un lenguaje un poco rebuscado; por eso prefiero usar la ternura, propia de una madre, la ternura de Dios, la ternura nace de las entrañas paternas. Dios es padre y madre.
La misericordia, siempre si nos referimos a la Biblia, nos hace conocer a un Dios más “emotivo” que aquel que quizá nos imaginábamos. Descubrir a un Dios que se emociona y se enternece por el hombre, ¿puede cambiar también nuestra actitud hacia los hermanos?
Descubrirlo nos llevará a tener una actitud más tolerante, más paciente, más tierna. En 1994, durante el Sínodo, en una reunión por grupos, dije que se debía instaurar la revolución de la ternura, y un Padre sinodal −un buen hombre, al que yo respeto y al que quiero mucho− ya muy anciano, me dijo que no convenía usar ese lenguaje y me dio explicaciones razonables, de hombre inteligente, pero yo sigo diciendo que hoy la revolución es la de la ternura porque de ahí deriva la justicia y todo lo demás.
Si un empresario asume a un empleado de septiembre a julio, les dije, no hace lo justo porque lo despide para las vacaciones en julio para luego volver a contratarlo con un nuevo contrato desde septiembre a julio, y de este modo el trabajador no tiene derecho a la indemnización, ni a la jubilación, ni a la seguridad social. No tiene derecho a nada. El empresario no muestra ternura, sino que trata al empleado como un objeto, por poner un ejemplo de dónde no hay ternura.
Si nos metemos en la piel de esa persona, en vez de pensar en sus bolsillos para tener más dinero, entonces las cosas cambian. La revolución de la ternura es lo que hoy debemos cultivar como fruto de este año de la misericordia: la ternura de Dios con cada uno de nosotros. Cada uno de nosotros debe decir: “soy un desgraciado, pero Dios me ama así; y también yo debo amar a los demás del mismo modo”.
Es famoso el “discurso a la luna” del Papa Juan XXIII, cuando, una noche, saludó a los fieles diciendo: “Dadle una caricia a vuestros hijos”. Aquella imagen se convirtió en un icono de la Iglesia de la ternura. ¿De qué modo el tema de la misericordia podrá ayudar a nuestras comunidades cristianas a convertirse y a renovarse?
Cuando veo enfermos y ancianos me sale espontánea la caricia. La caricia es un gesto que puede ser interpretado ambiguamente, pero es el primer gesto que hacen la madre y el padre con el hijo recién nacido, el gesto del “te quiero”, “te amo”, “quiero que sigas adelante”.
¿Nos puede anticipar un gesto que pretende hacer durante el Jubileo para testimoniar la misericordia de Dios?
Habrá muchos gestos, pero un viernes al mes haré un gesto distinto.

02 diciembre 2015

'He tenido la alegría de llevar a África la palabra de esperanza de Jesús resucitado'

El Papa en la Audiencia General


Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!
En los días pasados he realizado mi primer viaje apostólico en África. ¡Que bella es África! Doy gracias al Señor por este su gran don, que me permitió visitar tres países: primero Kenia, después Uganda y al final la República Centroafricana. Expreso nuevamente mi reconocimiento a las autoridades civiles y a los obispos de estas naciones por haberme recibido y les agradezco a todos aquellos que de tantas maneras han colaborado. ¡Gracias de corazón!
Kenia es un país que representa bien los desafíos globales de nuestra época: tutelar la creación reformando el modelo de desarrollo para que sea equitativo, inclusivo y sostenible. Todo esto se encuentra en Nairobi, la ciudad más grande de África oriental en donde conviven riqueza y miseria, pero esto es un escándalo. Y no solamente en África, sino también aquí por todas partes. La convivencia entre riqueza y pobreza es un escándalo, es una vergüenza para la humanidad.
En Nairobi tiene su sede la Oficina de las Naciones Unidas sobre el Ambiente, que he visitado. En Kenia tuve un encuentro con las autoridades y diplomáticos, y también a los habitantes de un barrio popular; tuve otro encuentro con los líderes de las diversas confesiones cristianas y de otras religiones, con los sacerdotes y consagrados, y he tenido también un encuentro con los jóvenes, ¡muchos jóvenes!
En cada ocasión les he animado para que aprecien las grandes riquezas de aquel país: riqueza natural y espiritual, constituida por los recursos de la tierra, por las nuevas generaciones y por los valores del pueblo. En este contexto así dramáticamente actual tuve la alegría de llevar la palabra de esperanza de Jesús Resucitado: “Sean firmes en la fe, no tengan miedo”. Este era el lema de la visita. Una palabra que es vivida cada día por tantas personas humildes y simples, con noble dignidad; una palabra de la que dieron testimonio de manera trágica y heroica los jóvenes de la Universidad de Garisa, asesinados el 2 de abril pasado porque eran cristianos. Su sangre es semilla de paz y de fraternidad para Kenia, África y el mundo entero.
En Uganda mi visita fue en el signo de los mártires de aquel país, 50 años después de su histórica canonización, realizada por el beato Pablo VI. Por este motivo el lema era: “Serán mis testigos” (Act. 1,8). Un lema que presupone las palabras inmediatamente anteriores: “Tendrán la fuerza del Espíritu Santo” porque es el espíritu el que anima el corazón y las manos de los discípulos misioneros. Y toda la visita en Uganda se ha realizado en el fervor del testimonio animado por el Espíritu Santo. Testimonio en sentido explícito es el servicio de los catequistas, a quienes les he agradecido y animado por su empeño, que muchas veces incluye también a sus familias. Testimonio es el de la caridad que he tocado con la mano en la Casa de Nalukolongo, y que ve empeñadas a tantas comunidades y asociaciones al servicio de los más pobres, discapacitados, enfermos.
Testimonio es el de los jóvenes que a pesar de las dificultades custodian el don de la esperanza e intentan vivir de acuerdo con el evangelio y no según el mundo, yendo así contracorriente. Testimonio son los sacerdotes, los consagrados y consagradas que renuevan día a día su 'sí' total a Cristo y se dedican con alegría al servicio del pueblo santo de Dios. Y hay un tercer grupo de testimonios, pero hablaré después.
Todo este multiforme testimonio, animado por el mismo Espíritu Santo, es levadura para toda la sociedad, como lo demuestra la eficaz obra realizada en Uganda en la lucha al SIDA y en la recepción de los refugiados.
La tercera etapa del viaje fue en la República Centroafricana, en el corazón geográfico del continente. Esta visita fue en realidad mi primera intención, porque aquel país esta intentando salir de un período muy difícil, de conflictos violentos y hay tanto sufrimiento en la población. Por este motivo quise justamente allí, en Bangui, una semana antes, abrir la primera Puerta Santa del Jubileo de la Misericordia, en un país que sufre tanto, como signo de fe y de esperanza para aquel pueblo, y simbólicamente para todas las poblaciones africanas más necesitadas de rescate y confort.
La invitación de Jesús a los discípulos: “Crucemos a la otra orilla” (LC 8,22) era el lema para Centroafricana. “Cruzar a la otra orilla”, desde el punto de vista civil significa dejar atrás la guerra, las divisiones, las miserias, y elegir la paz, la reconciliación, el desarrollo. Pero esto presupone un 'cambio' que se realiza en las conciencias, en las actitudes y en las intenciones de las personas.
Y a este nivel es decisivo el aporte de las comunidades religiosas. Por lo tanto he encontrado a las comunidades evangélicas y a aquella musulmana, compartiendo la oración y el empeño por la paz.
Con los sacerdotes y los consagrados, pero también con los jóvenes hemos compartido la alegría de sentir que el Señor resucitado está con nosotros en la barca, y es Él quien la guía a la otra orilla.
Para finalizar, la última misa en el estadio de Bangui, en el día de la fiesta del apóstol Andrés, hemos renovado el empeño para seguir a Jesús, nuestra esperanza, nuestra paz, rostro de la divina misericordia.
Esta última misa maravillosa estaba llena de jóvenes, un estadio de jóvenes. Más de la mitad de la población de República Centroafricana son jóvenes, con menos de 18 años: ¡una promesa para ir hacia adelante!
Querría decir una palabra sobre los misioneros. Hombres y mujeres que han dejado la patria, todo... Siendo jóvenes fueron allí teniendo una vida con tanto trabajo, a veces durmiendo en el piso. En un determinado momento he encontrado en Bangui a una monja, era italiana. Se veía que era anciana.
- ¿Cuántos años tiene?, le pregunté.
- "81"
- No tantos, dos más que yo.
Esta monja estaba allí desde sus 23 o 24 años de edad: toda la vida. Y como ella tantas. Estaba con una niña. Y la niña en italiano le decía: 'nonna'. Y la monja me ha dicho: “Pero yo no soy de aquí, sino de un pueblo cercano, del Congo, y he venido en canoa con esta niña”. Así son los misioneros: llenos de coraje.
- ¿Y qué hace, hermana?
- “Soy enfermera, he estudiado un poco aquí y me he vuelto obstétrica y he hecho nacer a 3.280 niños”.
Así me ha dicho. Toda su vida para la vida de los otros. Y como esta monja , hay tantas, tantas: tantas monjas, tantos sacerdotes, tantos religiosos que queman su vida para anunciar a Jesucristo. Es bello ver ésto. Es bello.
Quisiera decir una palabra a los jóvenes. Pero hay pocos, porque la natalidad es un lujo, parece, en Europa la natalidad es cero, natalidad del uno por ciento. Y me dirijo a los jóvenes, piensen qué cosa haces de la propia vida. Piensen en esta monja y en tantas como ella que dieron la vida y en tantas que han muerto allá.
Se es misionero no para hacer proselitismo: me decía esta monja que las mujeres musulmanas van donde ellas porque saben que las monjas son enfermeras buenas que curan bien, y no le hacen la catequesis para convertirlas. Dan testimonio, y a quien quiere le enseñan el catecismo. Pero el testimonio es éste, la gran misionaridad heroica de la Iglesia. Anunciar a Jesucristo con la propia vida. Me dirigo a los jóvenes: piensen qué quieres hacer tú de la propia vida. Es el momento de pensar y pedir al Señor que te haga sentir su voluntad. Pero sin excluir, por favor, esta posibilidad de volverse misionero, para llevar el amor, la humanidad, la fe a otros países. No para hacer proselitismo, no. Ésto lo hacen otros para buscar otra cosa. La fe se predica antes con el testimonio y después con la palabra. Lentamente.
Alabemos juntos al Señor por esta peregrinación en tierra africana, y dejémonos guiar por sus palabras claves: “Sean firmes en la fe, no tengan miedo”; “Serán mis testigos”; “Crucemos a la otra orilla”.

Carta del Prelado del Opus Dei

Diciembre de 2015



Queridísimos: ¡que Jesús me guarde a mis hijas y a mis hijos!

Hemos comenzado el Adviento, con estas semanas dichosas e impacientes de preparación para la Navidad. Una vez más, acuden a mi memoria palabras de san Josemaría, en los últimos meses de su caminar terreno, a propósito de esta gran solemnidad cristiana. Al contemplar los planes redentores de Dios, patentes ya en Belén y en Nazaret, nos movía a considerar que Dios nos enseña a abandonarnos por completo. Mirad cuál es el ambiente, donde Cristo nace. Todo allí nos insiste en esta entrega sin condiciones (...).

Sería suficiente recordar aquellas escenas, para que los hombres nos llenáramos de vergüenza y de santos y eficaces propósitos. Hay que embeberse de esta lógica nueva, que ha inaugurado Dios bajando a la tierra. En Belén nadie se reserva nada. Allí no se oye hablar de mi honra, ni de mi tiempo, ni de mi trabajo, ni de mis ideas, ni de mis gustos, ni de mi dinero. Allí se coloca todo al servicio del grandioso juego de Dios con la humanidad, que es la Redención. Rendida nuestra soberbia, declaremos al Señor con todo el amor de un hijo: ego servus tuus, ego servus tuus, et fílius ancíllæ tuæ (Sal 115, 16): yo soy tu siervo, yo soy tu siervo, el hijo de tu esclava, María: enséñame a servirte.

Este amor infinito de Dios por la humanidad vuelve a presentarse especialmente también en el Año de la misericordia, que el Papa inaugurará el próximo día 8, solemnidad de la Inmaculada. Apretemos el paso en estos últimos días, para que la apertura de la Puerta Santa, símbolo de la indulgencia divina, nos encuentre bien preparados para acoger en nuestros corazones tantos dones de Dios. Imitemos la devoción y necesidad con que san Josemaría, desde muy joven, se refugiaba en el amor y la cercanía de Dios con sus criaturas.

La encarnación y el nacimiento de Cristo encienden una gran luz sobre el destino de la humanidad, convocada a la unión más estrecha con Dios. La institución familiar, en cuyo seno decidió nacer el Señor, nos muestra un claro reflejo de la íntima comunión de las tres Personas de la Santísima Trinidad, en la unidad de un solo Dios verdadero. San Pablo afirma que de Dios Padre toma nombre toda familia en los cielos y en la tierra. La Trinidad Santa se alza como el Modelo sublime de la unión que ha de reinar entre los hombres, también en cada uno de los hogares. Para facilitarnos y animarnos a cuidar esa unión, ha decidido abrirnos con la Sagrada Familia de Belén una senda concreta por la que andar a diario. ¿No os resulta admirable la ternura de Dios con sus hijos? Podía haberse revelado de mil maneras distintas, pero ha elegido aquella que resalta con más relieve la ternura de su Corazón. Como afirma el libro de los Proverbios, ya desde antes de la creación la Sabiduría divina se deleitaba día a día, jugando ante Él en todo momento, jugando con el orbe de la tierra, y me deleitaba con los hijos de los hombres.

La luz del nacimiento de Jesús lleva consigo la fuerza de disipar las tinieblas de este mundo nuestro, que de tantos modos pugna por alejarse de Dios. Nos recuerda el resplandor anunciado por el profeta, que nada ni nadie será capaz de oscurecer: el pueblo que caminaba en tinieblas vio una gran luz; a los que habitaban en tierra de sombras de muerte, les ha brillado una luz. Esa luminaria continúa resplandeciendo ahora con toda su bondad, aun en medio de los acontecimientos luctuosos que se producen en tantas partes del mundo, como hemos lamentado recientemente. Nos ilumina con la misma claridad diáfana que alumbró la noche de Belén hace dos mil años. La liturgia de la Noche Santa nos lo hace particularmente presente cada año con la Navidad, otorgándonos paz y serenidad incluso en los momentos que puedan parecer más oscuros. La presencia del Señor en medio de su pueblo —predicaba el Papa Francisco— libera del peso de la derrota y de la tristeza de la esclavitud, e instaura el gozo y la alegría.

También nosotros, en esta noche bendita, hemos venido a la casa de Dios atravesando las tinieblas que envuelven la tierra, guiados por la llama de la fe que ilumina nuestros pasos y animados por la esperanza de encontrar la "luz grande". Abriendo nuestro corazón, tenemos también nosotros la posibilidad de contemplar el milagro de ese niño-sol que, viniendo de lo alto, ilumina el horizonte.

Hijas e hijos míos: la Navidad, verdadera fiesta de la alegría, constituye una invitación precisa a adorar a Dios y a darle gracias por su benevolencia. Los millares de personas que nos alimentamos del espíritu de la Obra, deseamos —como afirmaba nuestro Padre en una meditación predicada con motivo de estas fiestas— representar a toda la humanidad. Estamos seguros de que (...) en todas las partes del mundo —también en algún sitio donde se persigue a la Iglesia—, habrá hermanas y hermanos vuestros sintiéndose representantes de todos los hombres, y diciéndole al Señor: sabemos que has nacido hoy. Te venimos a adorar en nombre de todas las criaturas: veníte, adorémus; porque estas palabras son una respuesta de la Iglesia Santa a aquel clamor de los ángeles que se oyó en el mundo rompiendo el silencio de los siglos.

Benedicto XVI señalaba hace diez años que, en estas fiestas, tanto la liturgia como la piedad popular recurren a símbolos que nos hacen más patente el significado de la Navidad. La luz y los adornos evocan el deseo de bien que habita en lo más profundo del corazón humano: «La luz del bien que vence al mal, del amor que supera el odio, de la vida que derrota a la muerte». Por eso, «al ver las calles y las plazas de las ciudades adornadas con luces brillantes, recordemos que estas luces nos remiten a otra luz, invisible para los ojos, pero no para el corazón. Mientras las admiramos, mientras encendemos las velas en las iglesias o la iluminación del belén y del árbol de Navidad en nuestras casas, nuestra alma debe abrirse a la verdadera luz espiritual traída a todos los hombres de buena voluntad. El Dios con nosotros, nacido en Belén de la Virgen María, es la Estrella de nuestra vida».

Esforcémonos para que los detalles externos que adornan la Navidad en los hogares y en otros muchos sitios no se reduzcan a producir luces de bengala, sino que sean medios que nos faciliten acoger más generosamente a Jesús. Con nuestra conducta, ayudemos a que muchas personas tomen conciencia de lo que significa esta Noche Santa, para que todos nos comportemos como buenos hijos de Dios.

A la Virgen, con san José, la contemplamos cuidando a Jesús recién nacido en la pobre gruta que los alojó en Belén. La costumbre de instalar el Nacimiento supone un magnífico recordatorio de que el Verbo divino ha puesto su morada entre nosotros. «El belén es expresión de nuestra espera, que Dios se acerca a nosotros, que Cristo se acerca a nosotros, pero también es expresión de la acción de gracias a Aquel que ha decidido compartir nuestra condición humana, en la pobreza y en la sencillez».

No dejemos que se descuide esta usanza en los hogares cristianos. Comencemos por colocarlo con sincero cariño en nuestras casas —al menos, las figuras centrales— y de recomendar esta decisión a los amigos y conocidos. Muchos de nosotros recordamos la ilusión con que, de pequeños, poníamos el Nacimiento, ayudados quizá por nuestros padres y hermanos mayores. También nuestro Fundador se gozaba rememorando aquellos momentos; efectivamente, ya habían transcurrido muchos años desde su infancia, cuando escribió: Devoción de Navidad. —No me sonrío cuando te veo componer las montañas de corcho del Nacimiento y colocar las ingenuas figuras de barro alrededor del Portal. —Nunca me has parecido más hombre que ahora, que pareces un niño.

En la gruta de Belén se tocan el cielo y la tierra, porque allí nació el Creador del mundo, el Redentor de los hombres. Desde ese lugar se difunde una claridad que es para todos los tiempos; también para el nuestro, tan necesitado de esta orientación divina. Al prepararnos para celebrar de nuevo la venida del Señor, y al considerar que su alegría es estar con los hijos de los hombres, llenémonos de esperanza: Deus prope est, el Señor se acerca siempre a nosotros, permanece en todo momento a nuestro lado.

Termino con unas palabras del Romano Pontífice, que nos invitan a la confianza en Dios y al optimismo sobrenatural. Hablando de la Navidad, nos propone algunos interrogantes: ¿Cómo acogemos la ternura de Dios? ¿Me dejo alcanzar por Él, me dejo abrazar por Él, o le impido que se acerque? (...). Lo más importante no es buscarlo, sino dejar que sea Él quien me busque, quien me encuentre y me acaricie con cariño. Ésta es la pregunta que el Niño nos hace con su sola presencia: ¿permito a Dios que me quiera?.

Como bien comprendéis, no puedo concluir estas líneas, sin volver a agradecer las oraciones con las que me habéis acompañado durante los días de estancia en la Clínica Universidad de Navarra. Me he sentido muy sostenido por todas y por todos. Seguid unidos a mis intenciones, que se resumen en pedir por la Iglesia y el Papa, por vosotras y vosotros, por el mundo entero, para que alcance la tranquilidad y el orden que Cristo, Príncipe de la paz, ha venido a traer a la tierra.

Con todo cariño, os bendice vuestro Padre + Javier

01 diciembre 2015

Las 10 mejores frases del Papa en África


El Pontífice ha viajado a Kenia, Uganda y República Centroafricana del 25 al 30 de noviembre, para predicar con su propia persona que la paz es posible, a través de la reconciliación y del diálogo interreligioso

1. La experiencia demuestra que la violencia, los conflictos y el terrorismo que se alimenta del miedo, la desconfianza y la desesperación nacen de la pobreza y la frustración. ( 25 de noviembre. Encuentro con las autoridades y el cuerpo diplomático de Kenia)
2. Estamos llamados a oponernos a las prácticas que fomentan la arrogancia de los hombres, que hieren o degradan a las mujeres, y ponen en peligro la vida de los inocentes aún no nacidos. (26 de noviembre. Santa Misa en Nairobi)
3. Si un consagrado deja la oración, el alma se seca, como esos higos secos. (26 de septiembre. Encuentro con el clero, religiosos y seminaristas en Nairobi)  
4. El comercio ilegal de diamantes y piedras preciosas, de metales raros o de alto valor estratégico, de maderas y material biológico, y de productos animales, como el caso del tráfico de marfil y la consecuente matanza de elefantes, alimenta la inestabilidad política, alimenta el crimen organizado y el terrorismo. (26 de noviembre. Visita a la oficina de las Naciones Unidas en Nairobi)
5. Este contexto de indiferencia y hostilidad que sufren los barrios populares se agrava cuando la violencia se generaliza y las organizaciones criminales, al servicio de intereses económicos o políticos, utilizan a niños y jóvenes como «carne de cañón» para sus negocios ensangrentados. (27 de noviembre. Visita al barrio pobre de Kangemi)
6. ¡No le tomen el gusto a ese azúcar que se llama corrupción! (27 de noviembre. Encuentro con los jóvenes en Nairobi)
7. Los religiosos, las religiosas y los sacerdotes no podemos llevar doble vida. Si eres pecador pide perdón (28 de noviembre. Encuentro con los sacerdotes, religiosos, religiosas, seminaristas de Uganda)
8. Si, a semejanza de los mártires, reavivamos cotidianamente el don del Espíritu Santo que habita en nuestros corazones, entonces llegaremos a ser de verdad los discípulos misioneros que Cristo quiere que seamos. (28 de noviembre. Santa Misa por los mártires de Uganda en el santuario de Namugongo)
9. Estamos llamados a ser en el mundo los artífices de una paz fundada en la justicia. (29 de noviembre. Santa Misa con sacerdotes, religiosos, religiosas, catequistas y jóvenes en la catedral de Bangui)
10. Juntos digamos «no» al odio, a la venganza, a la violencia, en particular a la que se comete en nombre de una religión o de Dios. (30 de noviembre. Encuentro con la comunidad musulmana en la mezquita central de Koudoukou)

El Papa agradece su viaje a la Virgen en Santa María la Mayor


También rezó en la basílica mariana de Roma la tarde antes de iniciar la visita apostólica a África
Se ha convertido en una tradición: de regreso del viaje a África, de camino del aeropuerto de Ciampino al Vaticano, el papa Francisco se detuvo en la basílica de Santa María la Mayor, para dar las gracias a la Salus Populi Romani por su viaje apostólico al continente africano. Se trata de la 28ª vez que el Pontífice visita la basílica.

El vuelo de Alitalia en el que viajaba el Santo Padre, aterrizó en Roma este lunes a las 18.30 después de seis horas de vuelo.
De este modo prosigue la tradición que comenzó con su visita a  Brasil en julio de 2013, de encomendar y agradecer a la Virgen, antes y después de sus viajes.

'Aumenta el número de los que no conocen a Cristo'


“Los que no conocen a Cristo están aumentando en número. De los 7 mil millones de personas, los católicos son 1 billón y 254 millones, es decir el 17,7% de la población mundial. Pero por otra parte, el número de bautizados está aumentando, por lo general, en muchas partes de los territorios de misión”. Son datos que se ofrecieron en la ponencia del cardenal Fernando Filoni, prefecto de la Congregación para la Evangelización de los Pueblos (CEP), que leyeron en la apertura de la XIX Asamblea Plenaria de la Congregación, que se está celebrando en el Auditorio Juan Pablo II de la Universidad Pontificia Urbaniana desde hoy 30 de noviembre hasta el 3 de diciembre.
Asimismo se indicó que “el mayor incremento se registra en África”. Y se precisó que “en 2005 había 153 millones y en 2013 aumentaron hasta 206 millones, un aumento del 34 por ciento, mientras que en América el aumento fue del 10,5 por ciento, y en Asia del +17,4 por ciento”.
La Asamblea del lunes estuvo presidida por el cardenal Giovanni Battista Re, debido a que el cardenal Filoni se encontraba de regreso de África, porque acompañó al Santo Padre en su viaje apostólico. De este modo, la ponencia del cardenal prefecto fue leída por el secretario de la Congregación, monseñor Savio Hon Tai-Fai.
De este modo, se ofreció un amplio panorama de los últimos seis años --desde la anterior sesión plenaria-- sobre las actividades realizadas por la Congregación y sobre la vida de las Iglesias en los territorios de misión. A propósito se destacó el crecimiento de las circunscripciones eclesiásticas confiadas al dicasterio: de 1.094 en 2009 a las actuales 1.111. Y se explicó que “para lograr los objetivos que le han sido asignados, la Congregación hace uso de las Obras Misionales Pontificias (Propagación de la Fe, San Pedro Apóstol, Santa Infancia, Unión Misionera)”, haciendo hincapié en que “la validez actual de las OMP se debe al hecho de que funcionan como una gran red a nivel internacional, nacional (son obras bajo la responsabilidad de las Conferencias Episcopales), diocesano y parroquial”.
Tras resaltar algunas “luces y sombras” de cada uno de los continentes, se subrayaron las principales prioridades.
En primer lugar “la primera evangelización en zonas de misión y la animación misionera en las Iglesias de antigua constitución”, que constituyen un binomio “inseparable y vital”. En este aspecto genera preocupación la propagación de una mentalidad consumista, que “frena el entusiasmo, duerme la conciencia, apaga las vocaciones”.
Otro aspecto que se destacó fue el compromiso en la formación. “Hoy en día en las Iglesias jóvenes hay 344 seminarios mayores con un total de 26,836 seminaristas mayores; y 402 seminarios menores con un total de 48,727 seminaristas menores, acompañados por 2.122 formadores. La CEP está comprometida en garantizar, a través de un compromiso financiero importante, la preparación de los rectores, directores espirituales, formadores y profesores”.
A propósito de la inculturación de la fe y al diálogo interreligioso, “la Congregación para la Evangelización de los Pueblos está convencida del valor de encarnar la fe en las culturas y del diálogo entre las diferentes religiones, pero está igualmente convencida de que se debe vigilar para evitar que se falsifique o se edulcore la imagen de la persona de Jesús y su mensaje”.
Otro de los temas sobre los que se llamó la atención fueron las diferencias entre las comunidades y las tribus, que en lugar de ser vistas como posibilidades para el enriquecimiento, se interpretan como un motivo de conflicto.
Por último, señaló otro de los retos principales, la proliferación de las sectas que “están tomando pie en todos los continentes, llegando a las ciudades, pero también a las aldeas remotas, destruyendo lo que, con mucho esfuerzo y celo pastoral, fue sembrado por los misioneros y más tarde por las Iglesias jóvenes”.