27 diciembre 2015

'Nosotros nacemos del perdón de Dios'


Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!
Hoy celebramos la fiesta de san Esteban. El recuerdo del primer mártir sigue inmediatamente a la solemnidad de la Navidad. Ayer hemos contemplado el amor misericordioso de Dios, que se ha hecho carne por nosotros; hoy vemos la respuesta coherente del discípulo de Jesús, que da su vida. Ayer ha nacido en la tierra el Salvador; hoy nace para el cielo su testigo fiel. Ayer, como hoy, aparecen las tinieblas del rechazo de la vida, pero brilla más fuerte aún la luz del amor, que vence el odio e inaugura un mundo nuevo.
Hay un aspecto particular en el relato de hoy de los Hechos de los Apóstoles, que acerca a san Esteban al Señor. Es su perdón antes de morir lapidado. Jesús, clavado en la cruz, había dicho: “Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen”; de modo semejante, Esteban “poniéndose de rodillas, exclamó en alta voz: ‘Señor, no les tengas en cuenta este pecado’”. Por tanto, Esteban es mártir, que significa testigo, porque hace como Jesús; en efecto, es un verdadero testigo el que se comporta come Él: el que reza, el que ama, el que da, pero, sobre todo, el que perdona, porque el perdón, como dice la misma palabra, es la expresión más alta del don.
Pero --podríamos preguntarnos-- ¿para qué sirve perdonar? ¿Es solo una buena acción o conlleva resultados? Encontramos una respuesta precisamente en el martirio de Esteban. Entre aquellos por los cuales él imploró el perdón había un joven llamado Saulo; este perseguía a la Iglesia y trataba de destruirla. Poco después Saulo se convirtió en Pablo, el gran santo, el Apóstol de los gentiles. Había recibido el perdón de Esteban. Podemos decir que Pablo nace de la gracia de Dios y del perdón de Esteban.
También nosotros nacemos del perdón de Dios. Y no solo en el Bautismo, sino cada vez que somos perdonados nuestro corazón renace, es regenerado. Cada paso hacia adelante en la vida de la fe lleva impreso al inicio el signo de la misericordia divina. Porque solo cuando somos amados podemos amar a nuestra vez. Recordémoslo, nos harán bien: si queremos avanzar en la fe, ante todo es necesario recibir el perdón de Dios; encontrar al Padre, que está dispuesto a perdonar todo y siempre, y que precisamente perdonando sana el corazón y reaviva el amor. Jamás debemos cansarnos de pedir el perdón divino, porque solo cuando somos perdonados, cuando nos sentimos perdonados, aprendemos a perdonar.
Pero perdonar no es una cosa fácil, es siempre muy difícil. ¿Cómo podemos imitar a Jesús? ¿Por dónde comenzar para disculpar las pequeñas o grandes ofensas que sufrimos cada día? Ante todo por la oración, como ha hecho Esteban. Se comienza por el propio corazón: podemos afrontar con la oración el resentimiento que experimentamos, encomendando a quien nos ha hecho el mal a la misericordia de Dios: ‘Señor, te pido por él, te pido por ella’.
Después se descubre que esta lucha interior para perdonar purifica del mal y que la oración y el amor nos liberan de las cadenas interiores del rencor. ¡Es tan feo vivir en el rencor! Cada día tenemos la ocasión para entrenarnos a perdonar, para vivir esto gesto tan alto que acerca al hombre a Dios. Como nuestro Padre celestial, nos convertimos, también nosotros en misericordiosos, porque a través del perdón vencemos el mal con el bien, transformamos el odio en amor y así hacemos que el mundo sea más limpio.
Que la Virgen María, a quien encomendamos a aquellos --y por desgracia son muchísimos-- que como san Esteban padecen persecuciones en nombre de la fe, nuestros mártires de hoy, oriente nuestra oración para recibir y donar el perdón. Recibir y donar el perdón.
Al término de estas palabras, el Santo Padre rezó la oración mariana:
Angelus Domini nuntiavit Mariae...
Al concluir la plegaria, llegó el turno de los saludos que tradicionalmente realiza el Obispo de Roma:
Queridos hermanos y hermanas,
Os saludo a todos los peregrinos, procedentes de Italia y de varios países. Renuevo a todos mi deseo de que la contemplación del Niño Jesús, junto a María y José, pueda suscitar una actitud de misericordia y de amor recíproco en las familias, en las comunidades parroquiales y religiosas, en los movimientos y en las asociaciones, en todos los fieles y en las personas de buena voluntad.
En estas semanas he recibido muchos mensajes con felicitaciones desde Roma y desde otras partes. No me es posible responder a cada uno. Por lo tanto, expreso hoy a todos mi vivo agradecimiento, especialmente por el regalo de la oración.
El papa Francisco terminó su intervención diciendo:
Feliz fiesta de san Esteban. Y por favor, no os olvidéis de rezar por mí. ¡Buen almuerzo y hasta pronto! 

26 diciembre 2015

Mensaje del Papa para la Navidad 2015

    
Queridos hermanos y hermanas, feliz Navidad.
Cristo nos ha nacido, exultemos en el día de nuestra salvación.
Abramos nuestros corazones para recibir la gracia de este día, que es Él mismo: Jesús es el «día» luminoso que surgió en el horizonte de la humanidad. El día de la misericordia, en el cual Dios Padre ha revelado a la humanidad su inmensa ternura. Día de luz que disipa las tinieblas del miedo y de la angustia. Día de paz, en el que es posible encontrarse, dialogar, sobre todo, reconciliarse. Día de alegría: una «gran alegría» para los pequeños y los humildes, para todo el pueblo (cf. Lc 2,10).
En este día, ha nacido de la Virgen María Jesús, el Salvador. El pesebre nos muestra la «señal» que Dios nos ha dado: «un niño recién nacido envuelto en pañales y acostado en un pesebre» (Lc 2,12). Como los pastores de Belén, también nosotros vamos a ver esta señal, este acontecimiento que cada año se renueva en la Iglesia. La Navidad es un acontecimiento que se renueva en cada familia, en cada parroquia, en cada comunidad que acoge el amor de Dios encarnado en Jesucristo. Como María, la Iglesia muestra a todos la «señal» de Dios: el niño que ella ha llevado en su seno y ha dado a luz, pero que es el Hijo del Altísimo, porque «proviene del Espíritu Santo» (Mt 1,20). Por eso es el Salvador, porque es el Cordero de Dios que toma sobre sí el pecado del mundo (cf. Jn 1,29). Junto a los pastores, postrémonos ante el Cordero, adoremos la Bondad de Dios hecha carne, y dejemos que las lágrimas del arrepentimiento llenen nuestros ojos y laven nuestro corazón.
Sólo él, sólo él nos puede salvar. Sólo la misericordia de Dios puede liberar a la humanidad de tantas formas de mal, a veces monstruosas, que el egoísmo genera en ella. La gracia de Dios puede convertir los corazones y abrir nuevas perspectivas para realidades humanamente insuperables.
Donde nace Dios, nace la esperanza. Él trae la esperanza. Donde nace Dios, nace la paz. Y donde nace la paz, no hay lugar para el odio ni para la guerra. Sin embargo, precisamente allí donde el Hijo de Dios vino al mundo, continúan las tensiones y las violencias y la paz queda como un don que se debe pedir y construir. Que los israelíes y palestinos puedan retomar el diálogo directo y alcanzar un entendimiento que permita a los dos pueblos convivir en armonía, superando un conflicto que les enfrenta desde hace tanto tiempo, con graves consecuencias para toda la región.
Pidamos al Señor que el acuerdo alcanzado en el seno de las Naciones Unidas logre cuanto antes acallar el fragor de las armas en Siria y remediar la gravísima situación humanitaria de la población extenuada. Es igualmente urgente que el acuerdo sobre Libia encuentre el apoyo de todos, para que se superen las graves divisiones y violencias que afligen el país. Que toda la Comunidad internacional ponga su atención de manera unánime en que cesen las atrocidades que, tanto en estos países como también en Irak, Yemen y en el África subsahariana, causan todavía numerosas víctimas, provocan enormes sufrimientos y no respetan ni siquiera el patrimonio histórico y cultural de pueblos enteros. Quiero recordar también a cuantos han sido golpeados por los atroces actos terroristas, particularmente en las recientes masacres sucedidas en los cielos de Egipto, en Beirut, París, Bamako y Túnez.              Que el Niño Jesús les dé consuelo y fuerza a nuestros hermanos, perseguidos por causa de su fe en distintas partes del mundo.  Son nuestros mártires de hoy.                 
Pidamos Paz y concordia para las queridas poblaciones de la República Democrática del Congo, de Burundi y del Sudán del Sur para que, mediante el diálogo, se refuerce el compromiso común en vista de la edificación de sociedades civiles animadas por un sincero espíritu de reconciliación y de comprensión recíproca.                    
Que la Navidad lleve la verdadera paz también a Ucrania, ofrezca alivio a quienes padecen las consecuencias del conflicto e inspire la voluntad de llevar a término los acuerdos tomados, para restablecer la concordia en todo el país.
Que la alegría de este día ilumine los esfuerzos del pueblo colombiano para que, animado por la esperanza, continúe buscando con tesón la anhelada paz.
Donde nace Dios, nace la esperanza ̧ y donde nace la esperanza, las personas encuentran la dignidad. Sin embargo, todavía hoy muchos hombres y mujeres son privados de su dignidad humana y, como el Niño Jesús, sufren el frío, la pobreza y el rechazo de los hombres. Que hoy llegue nuestra cercanía a los más indefensos, sobre todo a los niños soldado, a las mujeres que padecen violencia, a las víctimas de la trata de personas y del narcotráfico.
Que no falte nuestro consuelo a cuantos huyen de la miseria y de la guerra, viajando en condiciones muchas veces inhumanas y con serio peligro de su vida. Que sean recompensados con abundantes bendiciones todos aquellos, personas privadas o Estados, que trabajan con generosidad para socorrer y acoger a los numerosos emigrantes y refugiados, ayudándoles a construir un futuro digno para ellos y para sus seres queridos, y a integrarse dentro de las sociedades que los reciben.
 Que en este día de fiesta, el Señor vuelva a dar esperanza a cuantos no tienen trabajo, que son muchos, y sostenga el compromiso de quienes tienen responsabilidad públicas en el campo político y económico para que se empeñen en buscar el bien común y tutelar la dignidad toda vida humana.
Donde nace Dios, florece la misericordia. Este es el don más precioso que Dios nos da, particularmente en este año jubilar, en el que estamos llamados a descubrir la ternura que nuestro Padre celestial tiene con cada uno de nosotros. Que el Señor conceda, especialmente a los presos, la experiencia de su amor misericordioso que sana las heridas y vence el mal. 
Y de este modo, hoy todos juntos exultemos en el día de nuestra salvación. Contemplando el portal de Belén, fijemos la mirada en los brazos de Jesús que nos muestran el abrazo misericordioso de Dios, mientras escuchamos el gemido del Niño que nos susurra: «Por mis hermanos y compañeros voy a decir: “La paz contigo”» (Sal 121 [122], 8).

La Navidad revela la misericordia que vence la indiferencia

Mons. Carlos Osoro


¡Qué fuerza y belleza tiene la celebración de la Navidad! La entrada de Dios en la historia de los hombres nos presenta un nuevo camino para estar en esta tierra y para hacerla habitable para todos. La Navidad revela la misericordia que vence la indiferencia. Este es el progreso que aportamos los discípulos de Cristo. ¿Qué significado tiene para un cristiano la palabra progresar? Ciertamente no es lo que, en muchos momentos, pensamos nosotros o nos hacen pensar otros. Para un discípulo del Señor, el progreso hay que entenderlo contemplando lo que sucede en Belén de Judá cuando Dios se hace Hombre para regalarnos su vida y entregarnos su salvación. Mirando donde tiene lugar el nacimiento de Jesús, progreso significa abajarse para avanzar, entrar por el mismo camino de Dios, que es el de la humildad, donde lo que se resalta y aparece a primera vista es el «amor mismo de Dios». Un amor a todos, para todos y de todos. Es Dios que se hace Hombre para acercarse a todos los hombres. Es ese camino del amor que va en una dirección no acostumbrada: cuanto más subes, más disminuyes; cuando más amas, más pequeño te haces. El Maestro de este camino es Jesucristo, que «siendo Dios no tuvo a menos hacerse Hombre y pasar por uno de tantos».
Es el camino que recorren María y José para hacer presente en este mundo a quien es el verdadero progreso y avance. María dice un «sí» que manifiesta una confianza absoluta en Dios; aunque no entienda, se deja guiar por la voluntad de Dios. José se baja y cree en Dios, y acepta llevar sobre sí la gran responsabilidad de su esposa a la espera del Salvador. Impulsados por el amor a Dios y a los hombres, los dos hacen posible que se revele a todos los hombres el camino del verdadero progreso, que es el camino que encontramos en la cueva de Belén, camino de humildad donde se resalta y alumbra con toda su fuerza el Amor de Dios. Un amor a todos los hombres, que viene para todos, que quiere hacer el regalo de su vida a todos sin excepción. Y lo realiza mostrando y resaltando que su amor tiene una connotación: es la misericordia. Abraza a todos y es capaz de vencer cualquier situación de indiferencia hacia personas, grupos e ideas; nunca entrega descartes, vino para encontrarse con todos los hombres y lo quiere seguir realizando a través de su Pueblo. ¡Qué camino más maravilloso! Tomar el camino del abajamiento, de la humildad, es hacer posible que toda la caridad de Dios, su amor misericordioso, esté en el camino de los hombres, en todos los caminos de los hombres.
La Iglesia tiene que celebrar la Navidad, la venida del Señor a este mundo. Y la Iglesia tiene que seguir preparando la segunda venida. Debe hacerlo como se hizo la primera: tiene que hacer visibles los signos de la presencia y de la cercanía de Dios. Lo que hizo Dios mismo, que se abajó a los caminos por donde transitaban los hombres; esto es lo que contemplamos en la Navidad. Dios se acerca a nuestras vidas y a nuestra historia, y nos hace experimentar el Amor que nos tiene, el Amor que nos salva. Un Amor que nos hace volver a recuperar la dignidad que habíamos perdido y hace que regalemos, con su mismo Amor, esta dignidad a quienes nos encontremos en el camino de nuestra vida. Y ello nos lleva a recuperar la esperanza. Recuperar la dignidad y volver a tener esperanza, van unidos. Es la dignidad de reconocer que todos los hombres son hijos de Dios. Solamente el amor de Dios nos devuelve la dignidad: ni el dinero, ni unas ideas, ni unos proyectos por muy buenos que sean. El Amor de Dios nos enseña que no podemos ser indiferentes a ninguna situación que viva el ser humano, que no podemos dejar de lado todo aquello que, en estos momentos, a mí no me estorba, pero daña en cualquier parte del mundo la dignidad y la esperanza del ser humano. Si tenemos el Amor de Dios, vencemos la indiferencia. Acoger la Navidad es saber vivir con y desde Dios, que ha llegado y nos ha dicho el rostro que tiene el hombre.
La celebración de la Navidad tiene que engendrar en nosotros esa alegría que no es mero entusiasmo, sino algo mucho más profundo, algo que nos haga incluso pensar o decir: ¿esto es real? Es la alegría de los pastores de Belén y de los Magos en el encuentro con el Señor. Este encuentro les dejó tal huella en lo más profundo de su corazón, les produjo tal paz y consuelo espiritual, les hizo vibrar de tal modo su corazón, que cambiaron sus vidas; percibieron cómo Dios se nos regala; cómo no está lejos, sino que se pone al lado de los hombres; cómo no es inaccesible; cómo ha disipado toda ambigüedad haciéndose niño; cómo se ha hecho prójimo restableciendo la imagen del hombre; cómo nos llama a hacerlo presente, mostrando su gloria y haciéndonos ver que hay otro camino para los hombres que viene de Dios: la misericordia. Como les pasó a los Magos y a los pastores, dejemos que esto haga mella en nuestro corazón, nuestra alma y nuestra mente. Los pastores pudieron escuchar: «Gloria a Dios en cielo, y en la tierra paz a los hombres de buena voluntad» y aquello les puso en camino: «Vayamos, pues, a Belén y veamos lo que ha sucedido y que el Señor nos ha comunicado. Fueron y encontraron a María y a José, y al niño acostado en el pesebre» (cf. Lc 2, 14-15). Los Magos, que representan a todos los hombres, fueron guiados por la estrella, «entraron en la casa, vieron al niño con María su madre, y cayendo de rodillas lo adoraron; después, abriendo los cofres, le ofrecieron regalos: oro, incienso y mirra...se retiraron a su tierra por otro camino» (cf. Mt 2, 11-12). Unos vieron la gloria de Dios y otros fueron por otro camino.
Os invito a contemplar un cuadro inolvidable de la Navidad. En él están tres personas: Jesús, María y José. Cada una de ellas nos da el mismo horizonte para vivir: «La Navidad revela la misericordia que vence la indiferencia». Contemplad y mirad:
1. A Jesús: por Él, el eterno Dios ha descendido en el hoy efímero del mundo, arrastrando nuestro hoy pasajero al hoy perenne de Dios. ¡Qué maravilla, Dios es tan grande que puede hacerse pequeño! ¡Dios es tan poderoso que puede renunciar a su esplendor divino y puede descender al establo para que podamos encontrar su bondad que nos toca, su sabiduría que nos comunica belleza, su grandeza en nosotros! Dios a nuestro lado, Dios de nuestra parte, Dios con todos los hombres.
2. A María: que nos enseña a acoger siempre a Dios. Ella nos enseña a decir «sí» a Dios, nos regala su «hágase en mí según tu palabra». Ella es portadora de alegría y esperanza para los hombres, acogiendo a Dios en su corazón, convencida de que la luz de Cristo es la que disipa las tinieblas y las oscuridades en este mundo.
3. A José: es el hombre que, en una adhesión absoluta a Dios, con una fe inquebrantable, deseando vivir desde las razones de Dios, sabe que cuidar la presencia de Dios entre los hombres nos permite amar de verdad. Él sabía que el misterio del Amor nos saca de la pobreza y nos hace entrar en la riqueza que Dios da; abrió la puerta de su corazón para servir la entrada y la presencia de Dios entre los hombres.
¡Feliz Navidad! Con gran afecto, os bendice:
+ Carlos, arzobispo de Madrid

Navidad y familia van muy unidas

Mons. Demetrio Fernández


Van muy unidas. La fiesta de Navidad reúne a toda la familia. La fiesta de Navidad es una fiesta de familia. El Hijo de Dios al hacerse hombre se ha hecho miembro de la familia humana y de una familia doméstica. Jesucristo ha santificado la familia.
La familia humana tiene como referencia la comunidad trinitaria. Jesucristo nos ha revelado que Dios es familia, son tres personas, el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo, que viven felizmente en el hogar trinitario, el cielo. Y a ese hogar –dulce hogar- convocan a cada persona que viene a este mundo. El Hijo de Dios, segunda persona de Dios, Jesucristo, ha venido a este mundo para llevarnos a esta relación de amor, dándonos su Espíritu Santo. Nuestro destino es entrar en comunión con las personas divinas, ya en este mundo y para toda la eternidad. Más aún, lo que nos constituye en personas es precisamente esta relación. Se trata de vivirla conscientemente y disfrutarla.
Y un icono viviente de esa comunidad trinitaria es la santa Familia de Nazaret, compuesta por Jesús, María y José. La entrada en la historia humana de Jesús se ha producido en el seno de una familia humana, con un padre, una madre y un hijo. Y han vivido de su trabajo, en el hogar familiar donde se ejercitan las virtudes domésticas por los lazos del amor de unos con otros. Bien es verdad que la santa Familia de Nazaret es una familia muy singular, pero es modelo para todas las familias por el servicio mutuo, la convivencia, el amor e incluso el cariño y la ternura de unos con otros.
La familia se constituye por la unión de los esposos que normalmente se convierten en padres. Varón y mujer, creados en igualdad de dignidad fundamental, son distintos para ser complementarios. Cuanto más varón sea el varón, mejor para todos en la casa. El aporta particularmente la cobertura, la protección y la seguridad. El varón es signo de fortaleza, representa la autoridad que ayuda a crecer. La mujer tiene una aportación específica, da calor al hogar, acogida, ternura. El genio femenino enriquece grandemente la familia. Cuanto más mujer y más femenina sea la mujer, mejor para todos en la casa. Esa complementariedad puede verse truncada por la falta de uno de ellos, y la familia más amplia –abuelos, tíos- puede suplirla.
La unión complementaria de los esposos los convierte en administradores de la vida. Del abrazo amoroso de los esposos, proceden los hijos. Todo hijo tiene derecho a nacer de ese abrazo amoroso, que no puede sustituirse nunca por la pipeta de laboratorio (fecundación in vitro). Precisamente porque la persona se constituye por la relación –así nos lo muestran las personas divinas-, el hijo tiene derecho a proceder de una relación de amor entre sus padres, y nunca como fruto de un aquelarre químico de laboratorio. Hay muchos que piensan en el derecho a tener un hijo, como si el hijo fuera un objeto, mientras que el hijo es siempre un don, un don de Dios, fruto de la relación amorosa de los esposos, que se abren generosamente a la vida. Todo tipo de fecundación artificial (inseminación artificial y anónima, fecundación in vitro homóloga o heteróloga) rompe esa armonía de la creación por la que los hijos vienen al mundo como personas, fruto de una relación personal de amor entre los esposos.
Los esposos y padres se prolongan en los hijos y, a su vez, son fruto de los abuelos que tienen hoy una importancia enorme en el equilibrio de la sociedad contemporánea. Los niños y jóvenes son el futuro, los abuelos son la memoria del pasado. Todos juntos forman la riqueza de la familia.
Domingo 27 diciembre, en la Misa de 12 de la Catedral, Misa de las familias, donde haremos un homenaje a los que cumplen 25 y 50 años de casados. Venid con todos los hijos, los nietos y los abuelos. Es la fiesta de la Sagrada Familia y queremos darle gracias a Dios por nuestras familias.
Recibid mi afecto y mi bendición:
+ Demetrio Fernández, obispo de Córdoba

'El Niño nos enseña lo que es importante en nuestra vida'



En esta noche brilla una «luz grande» (Is 9,1); sobre nosotros resplandece la luz del nacimiento de Jesús. Qué actuales y ciertas son las palabras del profeta Isaías, que acabamos de escuchar: «Acreciste la alegría, aumentaste el gozo» (Is 9,2). Nuestro corazón estaba ya lleno de alegría mientras esperaba este momento; ahora, ese sentimiento se ha incrementado hasta rebosar, porque la promesa se ha cumplido, por fin se ha realizado. El gozo y la alegría nos aseguran que el mensaje contenido en el misterio de esta noche viene verdaderamente de Dios. No hay lugar para la duda; dejémosla a los escépticos que, interrogando sólo a la razón, no encuentran nunca la verdad. No hay sitio para la indiferencia, que se apodera del corazón de quien no sabe querer, porque tiene miedo de perder algo. La tristeza es arrojada fuera, porque el Niño Jesús es el verdadero consolador del corazón.
Hoy ha nacido el Hijo de Dios: todo cambia. El Salvador del mundo viene a compartir nuestra naturaleza humana, no estamos ya solos ni abandonados. La Virgen nos ofrece a su Hijo como principio de vida nueva. La luz verdadera viene a iluminar nuestra existencia, recluida con frecuencia bajo la sombra del pecado. Hoy descubrimos nuevamente quiénes somos. En esta noche se nos muestra claro el camino a seguir para alcanzar la meta. Ahora tiene que cesar el miedo y el temor, porque la luz nos señala el camino hacia Belén. No podemos quedarnos inermes. No es justo que estemos parados. Tenemos que ir y ver a nuestro Salvador recostado en el pesebre. Este es el motivo del gozo y la alegría: este Niño «ha nacido para nosotros», «se nos ha dado», como anuncia Isaías (cf. 9,5). Al pueblo que desde hace dos mil años recorre todos los caminos del mundo, para que todos los hombres compartan esta alegría, se le confía la misión de dar a conocer al «Príncipe de la paz» y ser entre las naciones su instrumento eficaz.
Cuando oigamos hablar del nacimiento de Cristo, guardemos silencio y dejemos que ese Niño nos hable; grabemos en nuestro corazón sus palabras sin apartar la mirada de su rostro. Si lo tomamos en brazos y dejamos que nos abrace, nos dará la paz del corazón que no conoce ocaso. Este Niño nos enseña lo que es verdaderamente importante en nuestra vida. Nace en la pobreza del mundo, porque no hay un puesto en la posada para Él y su familia. Encuentra cobijo y amparo en un establo y viene recostado en un pesebre de animales. Y, sin embargo, de esta nada brota la luz de la gloria de Dios. Desde aquí, comienza para los hombres de corazón sencillo el camino de la verdadera liberación y del rescate perpetuo. De este Niño, que lleva grabados en su rostro los rasgos de la bondad, de la misericordia y del amor de Dios Padre, brota para todos nosotros sus discípulos, como enseña el apóstol Pablo, el compromiso de «renunciar a la impiedad» y a las riquezas del mundo, para vivir una vida «sobria, justa y piadosa» (Tt 2,12).
En una sociedad frecuentemente ebria de consumo y de placeres, de abundancia y de lujo, de apariencia y de narcisismo, Él nos llama a tener un comportamiento sobrio, es decir, sencillo, equilibrado, lineal, capaz de entender y vivir lo que es importante. En un mundo, a menudo duro con el pecador e indulgente con el pecado, es necesario cultivar un fuerte sentido de la justicia, de la búsqueda y el poner en práctica la voluntad de Dios. Ante una cultura de la indiferencia, que con frecuencia termina por ser despiadada, nuestro estilo de vida ha de estar lleno de piedad, de empatía, de compasión, de misericordia, que extraemos cada día del pozo de la oración.
Que, al igual que el de los pastores de Belén, nuestros ojos se llenen de asombro y maravilla al contemplar en el Niño Jesús al Hijo de Dios. Y que, ante Él, brote de nuestros corazones la invocación: «Muéstranos, Señor, tu misericordia y danos tu salvación» (Sal85,8). 

25 diciembre 2015

Comentario litúrgico de Navidad

P. Antonio Rivero, L.C. 

Navidad, ciclo C, Textos: Is 52, 7-10; Heb 1, 1-6; Jn 1, 1-18


Hoy me quiero extender un poco más en mi comentario, pues lo merece este gran misterio de la Navidad. Alguna gota poética brotó de mi pobre pluma. Perdónenme.

Idea principal: Contemplemos hoy los personajes principales de la Navidad.

Síntesis del mensaje: Cada personaje vive de manera distinta la Navidad, ese gran misterio de la misericordia y bondad de Dios.

Puntos de la idea principal:

En primer lugar, contemplemos a María Santísima y a José, el carpintero. María, del Verbo preñada busca corazones, ¿le daremos posada? No puede ya con su Hijo en el vientre; quiere dárnoslo, ofrecérnoslo. Posadero, abre tu portal y prepara un rincón para que María dé a luz a su querido Jesús. Hasta ahora el seno de María era cálido albergue y cuna calentita. El tuyo, ¿cómo está? ¿Frío, terriblemente frío por la indiferencia, la ingratitud, el desamor? Dios no quiso que la Virgen diese a luz rodeada de vana curiosidad, envuelta en ruidos. Y se la llevó al campo. Allí, en libertad y soledad, sola con José, dio a luz al Niño Jesús. El nacimiento de Jesucristo, dice san Ignacio de Antioquia, ocurrió en silencio. Lo envolvió en pañales y lo reclinó en un pesebre. Le besaría los pies porque era su Señor: le besaría la cara porque era su hijo. Se quedaría quieta mirándolo. Era como una menuda flor que aún la yema del dedo podría lastimar. Sus manos, al fajarlo, temblaban de maravilla y de ternura extasiadas. De tanto mirarlo ciega ha quedado María y con cantar de asombro lo está acunando: “Hijo mío, Hijo del alma, ¿cómo he podido llevarte, siendo Sol, en mis entrañas? ¿Cómo es que no me abrasaste con tanta llama? Miremos ahora a san José. Era todo disponibilidad y obediencia y asombro. Y así venció las dudas, los desconciertos y las angustias. Y no añoraba nada, ni hijos nacidos de su misma sangre. Tenía delante al sol supremo, al hijo de los hijos, al Dios de cielo y tierra, y a la mujer que enamoró a Dios. ¿Qué más podía desear?

En segundo lugar, contemplemos a los pastores. Velaban su rebaño, cumpliendo su deber...nunca dejarían al lobo ninguna de sus crías. Hombres sencillos, hechos a la intemperie. Estaban en la noche, pues todavía no conocían la luz del Sol invicto. Y el ángel se les apareció y la gloria de Dios les envolvió con su luz. Nunca habían visto tanta luz y claridad, tanto resplandor y calor. Temen con un temor reverencial. No estaban acostumbrados a revelaciones divinas. Es el mismo temor de María y de José ante la irrupción de Dios en sus vidas. Nadie está preparado para recibir la revelación de Dios. Nos cae de sorpresa, y el hombre humilde y sencillo, al inicio teme. Se calman ante el anuncio del ángel, y creen en el anuncio del ángel a pies juntillas, sin dudar, sin hacer preguntas. Su alma pura y sencilla estaba preparada para la Buena Noticia. La anhelaban. Y fueron corriendo a Belén y allí encontraron a Jesús, a María y a José. Y le dieron su fe, su esperanza y su amor.

En tercer lugar, contemplemos a Herodes y a los posaderos de Jerusalén. Primero, Herodes. Herodes no sabe de tan gran suceso, pues su pecho es nido de ambición y miedo. No soportó Verdad tan clara. Hecho tinieblas plantó la cara a tanta luz, cerrando el cerco de odio y de saña. Y quiso matar a esa Luz, a ese Amor, a esa Flor que nació en Belén. Sólo él quería reinar. El trono era sólo para él. Y se quedó sin Navidad. Y su corazón fue un infierno de odio, de ambición, de miedo y de crimen. Segundo, los posaderos. Estaban en sus juergas, pasatiempos y francachelas. En cada rincón de sus posadas olía a pecado, desenfreno, indiferencia. El consumismo, el hedonismo y el materialismo no dejaron entrar a María y a José, ni tampoco dejaron entrar a Jesús. ¡Qué lastima, posaderos!

En cuarto lugar, contemplemos a los Magos de Oriente. Los magos vienen de lejos, no saben si volverán, sólo saben que una estrella los invitó a caminar. Y en camino se pusieron. No saben adonde van, pero en su corazón arde una luz de inmensidad. Vienen de lejos, muy lejos –no saben si volverán-, pues la luz que así les guía siempre invita a ir más allá. Atravesando desiertos se han visto a los pies de un Niño cuyo llanto es su paz. Vienen de lejos, muy lejos...no saben si volverán, pues la risa de este Niño cautiva todo mirar. Afrontan con fortaleza todas las dificultades del camino. Siguen, a pesar de todo. Y llegan al portal. Tienen que apearse de sus camellos. Tienen que hacerse pequeños para entrar. Tienen que ensuciarse un poco de barro. Pero encuentran el tesoro, que es Jesús. Y de los ojos del recién nacido salieron unos rayos de luz y entraron en el alma de estos reyes. ¡Era el inicio de su fe! Y la fe la acompañaron con la generosidad. ¡Y qué generosidad! Oro, incienso y mirra.



Finalmente, contemplemos al Niño Jesús. Nace un Niño, cuyo llanto es la primavera y cuyas lágrimas, son rocío que embellece nuestros campos. Esas lágrimas las sorben los ángeles, pues son lágrimas de miel. Esas tus lágrimas, Jesús, caigan sobre nuestro mundo y lo limpie y lo dulcifique. ¡No quieras, Jesús, privarnos de tus lágrimas, de ese tesoro infinito! Más prefiero tu llanto, Jesús, Niño de Belén, que el cantar de los ángeles que anuncia paz y bien. Caigan tus lágrimas sobre nuestras almas y las limpien de toda impureza, egoísmo y ambición. Y este Niño nace desnudo aguardando manos pobres que le vistan sábanas de ancha hermandad, tejidas de llanto y risa. Nace desnudo para decirnos que quien de amor se atavía desde la cuna al sepulcro, desnudo ha de andar la vida. Nace la Palabra, para los sedientos de oír a Dios: Si Tú eres ya la Palabra, ¿qué nos resta a los tenemos labios, sino pronunciarla, sino beberla y saciarnos, vestirla en carne y en alma? Si en ti ya está dicho todo cuanto es de vida y de gracia, cuanto es de amor y de muerte, cuanto de luz nos traspasa...¿por qué ese afán triste, loco, de querer siempre inventarla, de hacerla nuestra y distinta, disimularla...? ¡La Palabra...! ¡Si tú eres ya la Palabra! Naces como Palabra para que yo pueda llamar a Dios con la palabra “Padre” y a los demás con la palabra hermano. Tu Palabra, Jesús, es eco del amor de tu Padre. Esta Palabra pide silencio para escucharla; pide disponibilidad para acogerla; pide generosidad para que fecunde en nosotros. “Si no me oís –dice esta Palabra- es porque os taponan mentiras como músicas insomnes”. Nace el Enmanuel, el Dios con nosotros, para los solos, abandonados, exiliados, desterrados. Se aproximó al valle tenebroso de nuestro quebranto, para caminar con todos los tristes y despojados. Nace el Sol Invicto para los que yacen en las tinieblas. ¡Los astros todos se eclipsan ante el Sol de su semblante! Su luz transforma en auroras nuestra oscuridad. Nace el Mayoral para todas las ovejas descarriadas, que salieron del aprisco y a quienes el lobo carnicero acecha el paso. Nace el Alfarero que toma en sus manos el sucio barro nuestro, y no se mancha, sino que lo modela, lo forja con amor; y el amor todo lo deja más blanco, todo lo deja más puro, todo lo deja más santo. Madre, no tengas miedo de que pueda ensuciarme el barro. Nace el Agua que saciará a todos los sedientos del mundo. Él es Fuente y Agua al mismo tiempo. Vino para bañar la tierra toda, para anegar con su frescura honda tiniebla y sequedad. Él es el Río fecundo de la Historia, viva corriente de Hermosura indómita. Nace el Pan, en la casa del Pan, Belén. Ese Pan amasado en el seno de María. ¡Mirad qué Pan tan tierno nos confía el Dios que por la tierra busca amores con quien compartirlo! Este es el Pan de más vivos sabores. En él encuentra el hombre la alegría de ver colmada su hambre, día a día, sin apurar de muerte arduos sudores. Este es el Pan de Gracia que se ofrece a todos los hambrientos de la tierra. Por él crece el amor, la vida crece. Y el hombre que en tal Pan su dicha encierra, sabe de aquella fuerza que abastece el abrazo de paz contra la guerra. Es Pan que un día se hará Eucaristía. Pan que sacia nuestra hambre de amores. Pan que sabe a cena entre amigos, y a Mesa convida. Es Pan de Cielo y Tierra, de lucha y gracia, de densa noche oscura, de amanecer de Pascua. Es pan de la ternura de un Dios Infante. Pan que cuanto más lo como, más me devora. Nace el Hombre: por eso, desde la Encarnación la inicial de Hombre, es tan mayúscula como la de Dios. Ni más ni menos. Ni menos ni más. Tan mayúscula la H de hombre como la D de Dios. Desde la Encarnación Dios se escribe con H de hombre; Hombre, con D de Dios. Nace Jesús como Sacerdote que ofrece y se ofrece al Padre por nuestra salvación: su Altar es una cueva de animales; su corporal, unos pañales; su patena, unas pajas. Nace el Rey de cielos y tierras, a quien Herodes temió. ¿Su ley? Gloria a su Padre y paz entre nosotros. ¿Su trono? Un pesebre con pajas. ¿Su cetro? Unas manitas que bendicen. ¿Su manto? Unos pañales. ¿Tus súbditos? La pobreza, los pobres. No busca trono en la tierra, sólo un corazón pobre, pero limpio, y un pecho amante. Mi consuelo y mi alegría –dice este rey- están en los corazones puros, de amor insaciables. Buscas a los pobres para llenarles de tu riqueza, de esa riqueza que sólo Dios reparte con su gracia, traída del cielo por Jesús. ¿Tu programa como Rey, Jesús? Implantar tu paz. Esta paz tú la regalas a quien tiene abierto el corazón. ¿Por qué, Jesús, aún existe la guerra y la violencia avasalla, por qué la fuerza se impone y hay tanta vida truncada? Diciendo esto, vi que el Niño ponía triste su cara, y lágrimas en silencio por sus mejillas rodaban. “No hay navidad mientras no reina la paz en cada alma; mientras que los corazones de toda cultura y raza no formen un corazón único donde Yo nazca; no hay navidad mientras que el humano use otras armas para defender sus bienes de temores y amenazas, que aquel amor que comprende, y que perdona y que abraza; ¡aquel amor que derriba barreras d odio y de saña; y se entrega y nada pide, sabe morir y no mata”. Nace el Eterno en el tiempo, para hacernos eternos a nosotros que somos temporales. De otra manera, hubiéramos sido sólo tiempo, y no hubiéramos ni soñado la eternidad, donde Dios vive en un eterno presente amándonos, viéndonos, escuchándonos.



Para reflexionar: hace tiempo aprendí esta poesía que nos puede servir para reflexionar hoy, día de Navidad:

¡He!, Tú, ¡posadero!
¿No habrá una habitación para esta noche?
- Ninguna cama libre. Todo lleno.
Y Dios pasó de largo, qué pena posadero.

Todo hubiera sido de otro modo:
las estrellas columpiándose por tus aleros;
los ángeles cantando en tus balcones;
los Reyes magos perfumando tu patio con incienso,
y en tu fonda, el divino alumbramiento.
Pero: “No queda sitio, ni una cama; lo tengo todo lleno”.
Y Dios pasó de largo, ¡Qué pena, posadero!

Hubieras liquidado, por cierre, tu negocio.
No hay sitio para huéspedes, cuando Dios está dentro.
Dios va ocupando habitación tras habitación,
hasta invadir el corazón entero.
Cerrarías la fonda, pues Dios te reclamaba
toda tu casa para el Evangelio.
Pero: “No queda sitio, ni una cama; lo tengo todo lleno”.
Y Dios pasó de largo, ¡Qué pena, posadero!

El Evangelio empieza ante la puerta
de una fonda en Belén. Y un posadero.
Y el Evangelio sigue reclamando hospedaje:
- “Sólo para esta noche”.
- “No hay sitio: todo lleno”
¿Será mía la fonda? ¿seré yo el posadero?
La mano que llamaba a mi puerta, ¿no sería la estrella
de Belén con aserrín de carpintero?
Si ya no tengo sitio. Y si está todo lleno.
Si Dios pasó de largo ¡Qué pena posadero!

Para rezar: me postro ante ti, Niño de Belén, y te adoro, te agradezco, te amo. Quiero vivir contigo la Navidad. Amén.

24 diciembre 2015

Navidad a pesar de todo



VER
Después de haber acompañado a los artesanos de Chiapas que expusieron sus obras de arte en la Navidad Mexicana en El Vaticano, participé el domingo pasado en el Angelus, en la Plaza San Pedro, para escuchar el acostumbrado mensaje del Papa. Me llamaron la atención las múltiples medidas de seguridad para ingresar: revisiones y policías por todas partes, cortes continuos a la circulación, temores por posibles atentados del extremista ejército Islámico. A pesar de todo, éramos como treinta mil personas quienes espontáneamente acudimos. Es un breve momento, pero que atrae a miles de personas de todo el mundo, deseosas de escuchar un mensaje inspirado en el Evangelio.
En varios países europeos se están sufriendo graves problemas económicos por falta de trabajo. Hay países donde hasta el 50 por ciento de los jóvenes no lo encuentra. A pesar de ello, las tiendas comerciales están llenas y los aeropuertos saturados.
La migración que llega de Siria, Irak y norte de Africa, por las guerras y la falta de seguridad, no se detiene. Muchos cristianos son perseguidos allá y aumentan los mártires, católicos y protestantes. Sin embargo, encuentran la forma de celebrar la Navidad, aunque sea fuera de su patria y en forma muy sencilla.
Entre nosotros, los pobres también celebran, a su manera, la Navidad, no con derroches y regalos costosos, sino con una sencilla cena o comida, y sobre todo participando en las celebraciones religiosas, que les llenan no sólo de consuelo, sino de firme esperanza para seguir luchando por una vida más digna. Jesús niño, pobre, perseguido, exiliado, les significa que no están solos, que Dios les ama, les comprende y les acompaña, no con un espiritualismo alienante, sino como una certeza de que, con la fuerza de la Palabra de Dios y con el alimento de la Eucaristía, saldrán adelante.
Sin embargo, muchísimos no tienen oportunidad de celebrar, pues deben trabajar para lograr el pan de cada día; sus patrones no les dan unos días de descanso; andan corriendo de una parte a otra ofreciendo sus artesanías a los turistas; sufren las inclemencias del tiempo en las esquinas, vendiendo todo tipo de cosas, haciendo alguna actividad remunerada, o esperando una moneda para calmar sus males.
PENSAR
El Papa Francisco, en la Navidad del año pasado, dijo: “La liturgia de la santa noche de Navidad nos presenta el nacimiento del Salvador como luz que irrumpe y disipa la más densa oscuridad. La presencia del Señor en medio de su pueblo libera del peso de la derrota y de la tristeza de la esclavitud, e instaura el gozo y la alegría. A lo largo del camino de la historia, la luz que disipa la oscuridad nos revela que Dios es Padre y que su paciente fidelidad es más fuerte que las tinieblas y que la corrupción.
Jesús es la salvación para todas las personas y todos los pueblos. Mi pensamiento va a todos los niños hoy asesinados y maltratados. Tanto a los que, antes de ver la luz, son privados del amor generoso de sus padres y enterrados en el egoísmo de una cultura que no ama la vida, como los niños desplazados por causa de la guerra y las persecuciones, abusados y explotados bajo nuestros ojos y nuestro silencio cómplice. Y a los niños masacrados bajo los bombardeos, también allí donde el Hijo de Dios ha nacido. Aún hoy su silencio impotente grita bajo la espada de tantos Herodes. Hay verdaderamente muchas lágrimas en esta Navidad junto con las lágrimas del Niño Jesús.
Que el poder de Cristo, que es liberación y servicio, se haga oír en tantos corazones que sufren la guerra, la persecución, la esclavitud. Que este poder divino, con su mansedumbre, extirpe la dureza de corazón de muchos hombres y mujeres sumidos en lo mundano y la indiferencia. Que su fuerza redentora transforme las armas en arados, la destrucción en creatividad, el odio en amor y ternura”.
 ACTUAR
¿Qué puedes hacer para que la Navidad sea alegría y esperanza para tu familia y para los que sufren? Di al Señor: “Ayúdame a ser como tú, danos la gracia de la ternura en las circunstancias más duras de la vida, concédeme la gracia de la cercanía en las necesidades de los demás, de la mansedumbre en cualquier conflicto”.

23 diciembre 2015

'La fragmentación electoral en España urge a la responsabilidad'


  Las elecciones generales del 20 de diciembre (20-D) en España dejan un complicado escenario, donde resulta muy complejo prever la futura gobernabilidad del país. Y es precisamente la gobernabilidad en responsabilidad lo que más ha de contar tras los comicios.
         Resultan evidentes algunas conclusiones, que deberían tenerse en cuenta. La primera de ellas es la alta participación (73%), lo cual es una buena noticia. La democracia, el bien y la estabilidad de una nación se consolidan más cuantos más votos llenan las urnas. De aquí se deriva también la segunda conclusión que es que, gusten o no los resultados, arrojen complicaciones por doquier o no, son inapelables y merecen todo respeto. Cosa bien distinta será reflexionar sobre la radiografía de la sociedad española que muestran y que sí que han de llamarnos a analizar las causas y los efectos de la misma y esto también de cara a la tarea evangelizadora de la Iglesia en España.
         El Partido Popular (PP) ha ganado las elecciones con más de siete millones de votantes, casi el 29% del total escrutado. Y no solo por la vigente legalidad constitucional, sino por elemental sentido común y el respeto antes invocado a las urnas, debe intentar formar Gobierno, un Ejecutivo estable y solido que garantice la gobernabilidad. Pero ¿cómo va a ser esto posible con 123 escaños –en el Senado tiene mayoría absoluta-  en el Congreso de los 176 que necesitaría? La palabra mágica se llama “pactos”, “acuerdos”, “diálogo”. ¡Claro que el PP se ha dejado 16% puntos y cerca de cuatro millones de votantes en relación a 2011, las anteriores elecciones generales! Los efectos de las drásticas –no entramos a valorar ahora si necesarias o no- medidas de recortes para combatir la crisis económica, la corrupción y los errores y prepotencias, ya conocidos, del  “rodillo” de las mayorías absolutas son, a primera vista, las principales razones de este tan notable descenso. Pero, sin duda, hay otras, entre las que están el inexplicable abandono de principios esenciales, que junto a las primeras, han de apremiar al PP a hacer un severo examen y un necesario y efectivo compromiso de enmienda.
         El Partido Socialista Obrero Español (PSOE) vuelve a ser la segunda fuerza, asimismo con un agudo retroceso, máxime teniendo en cuenta que sus resultados en noviembre de 2011 fueron los peores de su historia. Tras el 20-D, obtiene 90 escaños, casi siete puntos menos (el 22%) y más de un millón y medio menos de votos que hace cuatro años. Resulta, pues, tan evidente como apremiante la pregunta sobre cómo explica el PSOE esta realidad, más aún sin haber experimentado el desgate de la  tarea de gobernar. Por ello y porque España necesita una gobernabilidad con un mínimo de estabilidad, el PSOE debería abrirse asimismo a una hipotética negociación de un Gobierno de coalición o de pactos puntuales con la fuerza política más votada. Lo reclama el interés general de España y el sentido de Estado.
         Más allá de ideologías y afinidades,  es de todo punto preciso reconocer la fuerza con que irrumpe Podemos: casi el  21% de los sufragios, algo más de cinco millones de votantes, 69 escaños. Este resultado, sin entrar en preferencias, es un éxito sin precedentes en la reciente historia democrática de España.  Por ello, Podemos también está llamado a contribuir a la gobernabilidad de España. ¿Cómo? Si somos fieles a los resultados del 20-D, desde una posición muy preeminente en la oposición parlamentaria, que es necesaria sea constructiva.
         Aunque muy por debajo de las encuestas y de las propias expectativas, los números de Ciudadanos (C`s) –tres millones y medio de votos, el  13,9%, 40 escaños- merecen asimismo una consideración y valoración positivas. Junto con Podemos, C`s ha roto el bipartidismo, que se prolongaba en España desde la Transición, y se convierte en un partido nacional a tener muy cuenta, a escuchar y a llamar a contribuir, como sea –en la oposición o con pactos puntuales o estables de gobernabilidad- en un instrumento para  el bien y la solvencia de España.
         Por último, los resultados del 20-D obligan a los partidos hegemónicos a escuchar más a los  minoritarios y nacionalistas, y a la entera sociedad civil. Porque todos deben servir al bien común, que es lo verdaderamente importante y prioritario y que en España lo conforma también valores transcendentes ligados a la tradición católica.