11 julio 2016

‘Depende de mí ser o no ser prójimo de la persona necesitada’

El Papa ayer en el Ángelus


Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!
Hoy la liturgia nos propone la parábola llamada del “buen samaritano”, del Evangelio de Lucas  (10,25-37). Esta, en su historia sencilla y estimulante, indica un estilo de vida, cuyo centro no somos nosotros mismos, sino los otros, con sus dificultades, que encontramos en nuestro camino y nos interpelan. Los otros nos interpelan. Y cuando los otros no nos interpelan, hay algo que no funciona, hay algo en ese corazón que no es cristiano. Jesús usa esta parábola en el diálogo que con un doctor de la ley, a propósito del doble mandamiento que permite entrar en la vida eterna: amar a Dios con todo el corazón y al prójimo como a ti mismo (vv. 25-28). “Sí – replica ese doctor de la ley – pero quién es mi prójimo?” (v. 29). También nosotros podemos hacernos esta pregunta: ¿quién es mi prójimo? ¿A quién debo amar como a mí mismo? ¿Mis padres? ¿Mis amigos? ¿Mis connacionales? ¿Los de mi religión? ¿Quién es mi prójimo?
Jesús responde con esta parábola. Un hombre, en el camino de Jerusalén a Jericó, fue asaltado por ladrones, golpeado y abandonado. Por ese camino pasan primero un sacerdote y después un levita, los cuales, incluso viendo al hombre herido, no se detuvieron y continuaron su camino (vv. 31-32). Después pasa un samaritano, es decir un habitante de Samaria, como tal despreciado por los judíos por no seguir la verdadera religión; y sin embargo él, precisamente él, cuando vio ese pobre desgraciado, dice el Evangelio, “tuvo compasión. Se acercó, le curó las heridas […], le llevó a una posada y cuidó de él” (vv. 33-34); y el día después le encomendó a los cuidados del posadero, pagó por él y dijo que pagaría también el resto (cfr v. 35).
En ese momento Jesús se dirige al doctor de la ley y le pregunta: “¿Cuál de estos tres, –el sacerdote, el levita, el samaritano– te parece que se portó como prójimo del que cayó en manos de los bandidos?”. Y ese naturalmente, porque era inteligente, responde: “Quién ha tenido compasión de él” (vv. 36-37). De esta forma Jesús ha volcado completamente la perspectiva inicial del doctor de la ley – ¡y también la nuestra!-: no debo catalogar a los otros para decidir quién es mi prójimo y quién no lo es. Depende de mí ser o no ser prójimo, la decisión es mía, depende de mí ser o no ser prójimo de la persona que encuentro y que necesita ayuda, también si es extranjera o quizá hostil. Y Jesús concluye: “Anda, haz tú lo mismo” (v. 37). Bonita lección. Y lo repite a cada uno de nosotros: “Anda, haz tú lo mismo”. “Hazte prójimo del hermano y hermana que ves en dificultad”. “Anda, haz tú lo mismo”. Hacer buenas obras, no solo decir palabras que se las lleva el viento. Me viene a la cabeza esa canción “palabras, palabras, palabras”. Hacer, hacer y mediante las buenas obras, que cumplimos con amor y con alegría hacia el prójimo, nuestra fe germina y da fruto. Preguntémonos, cada uno de nosotros que responda en el corazón, preguntémonos: ¿nuestra fe es fecunda? ¿Nuestra fe produce buenas obras? ¿O es más bien estéril, y por tanto más muerta que viva? ¿Me hago prójimo o simplemente paso de largo? ¿Soy de esos que seleccionan la gente según el propio placer? Está bien hacerse estas preguntas, y hacerlo a menudo, porque al final seremos juzgados sobre las obras de misericordia; el Señor podrá decirnos: “Pero tú, tú, tú, ¿te acuerdas esa vez, en el camino de Jerusalén a Jericó? Ese hombre medio muerto era yo” (cfr Mt 25,40-45). “¿Te acuerdas? Ese niño hambriento era yo”. “¿Te acuerdas? Ese inmigrante que muchos quieren expulsar, era yo”. “Esos abuelos solos abandonados en las residencias, era yo”. “Ese enfermo solo en el hospital que nadie visita, era yo”.
Que la Virgen María nos ayude a caminar en el camino del amor generoso hacia los otros, el camino del buen samaritano. Nos ayude a vivir el mandamiento principal que Cristo nos ha dejado. Es este el camino para entrar en la vida eterna.
Después del ángelus:
Queridos hermanos y hermanas:
Hoy se celebra el “Domingo del Mar”, en apoyo al cuidado pastoral de la gente de mar. Animo a los marineros y pescadores en su trabajo, a menudo duro y arriesgado, como también a los capellanes y voluntarios en su precioso servicio. ¡María, Estrella del Mar, cuide de vosotros!
Saludo a todos vosotros, fieles de Roma y de tantas parte de Italia y del mundo.
Dirijo un saludo especial a los peregrinos de Puerto Rico; a los polacos que han realizado una carrera de relevos desde Cracovia a Roma, ¡buenos! Y lo extiendo a los participantes de la gran peregrinación de la Familia de Radio María al Santuario de  Częstochowa, que ha llegado a la 25º edición. Pero también he escuchado ahí algunos connacionales míos que no están callados. A los argentinos que están aquí y que hacen ruido, que hacen lío, un saludo especial.
Saludo a las familias de la diócesis de Adria-Rovigo, las Hermanas Hijas de la Caridad del Preciosísimo Sangre, la Orden Secular Teresiana, los fieles de Limbiate y la Comunidad Misionera Juan Pablo II.
Os deseo a todos un feliz domingo y ¡un domingo caluroso! No os olvidéis, por favor, de rezar por mí. ¡Buen almuerzo y hasta pronto!

De un lado la administración, del otro la vigilancia


Con fecha 4 de julio de 2016 el Santo Padre ha aprobado un motu proprio que implementa la reforma de los organismos encargados del control y la vigilancia y de la administración de los bienes de la Santa Sede.
El nuevo documento legislativo dado a conocer por la Oficina de prensa de la Santa Sede, se propone continuar el camino ya iniciado con el motu proprio Fidelis dispensator et prudens de 24 de febrero de 2014, con el que el Papa Francisco establecía tres nuevos organismos: el Consejo para la Economía, la Secretaría para la Economía y la Oficina del Auditor general.
Como se sabe, las respectivas competencias de estos organismos fueron precisadas posterioremente en los Estatutos de 22 de febrero de 2015. Los estatutos en cuestión se habían aprobado ad experimentum habida cuenta de que el nuevo sistema se estaba construyendo a través de sucesivas verificaciones.
El documento que se publica responde a la necesidad de definir con mayor precisión la relación entre la Administración del Patrimonio de la Sede Apostólica (APSA) y la Secretaría para la Economía.
El principio fundamental que subyace a las reformas en esta materia, y en particular está en la base del motu proprio publicado hoy , es asegurar una distinción clara e inequívoca entre el control y la vigilancia, por una parte, y la administración de los bienes, por otra.
Por lo tanto, el motu proprio especifica cuales son las competencias que pertenecen al APSA y delinea mejor el papel fundamental de control y vigilancia de la Secretaría para la Economía.

“Jesucristo, salvador del hombre y esperanza del mundo”


El documento –indica el comunicado– hace una presentación positiva de la persona y la misión de Jesucristo en el mundo, en relación con el momento presente, con el objetivo de “confirmar a los creyentes en Cristo en la fe de la Iglesia”. Este documento recoge las aportaciones que han ido ofreciendo los obispos en las diferentes Asambleas Plenarias.
Asimismo, se precisa que con esta instrucción pastoral, los obispos españoles “quieren exhortar a los cristianos a mantenerse firmes en la esperanza que han puesto en Jesucristo y se proponen afirmar la fe de la Iglesia sobre la persona y misión de Jesucristo, su condición divina y humana y su obra redentora”.
Al explicar el objetivo que se pretende con esta instrucción pastoral indican que es “confirmar a los creyentes en Cristo en la fe de la Iglesia”. Queremos que aquello que nosotros hemos conocido –precisan– el amor de Dios revelado en Cristo, sea motivo para la esperanza de cuantos carecen de ella, instalados en la finitud de una vida sin fe en el destino trascendente del ser humano; y sin otra alegría que el goce de cuanto de bueno y bello encierra esta vida terrena, don de Dios y al mismo tiempo, a causa del pecado, amenazada por la muerte”.
El texto “presenta a Jesucristo como salvador único y universal que hace presente en la Iglesia su misión al servicio de todos los hombres. Ella es configurada como sacramento universal de salvación”.
Por otro lado, se indica que el documento cuenta con “un importante aparato crítico compuesto por más de ciento ochenta citas, con textos de los Padres de la Iglesia y textos conciliares, y tiene como referencias más recientes el Plan pastoral 2016-2020 de la Conferencia Episcopal Española, aprobado en la CVI Asamblea Plenaria de la CEE”.

Además, la exhortación apostólica Evangelii Gaudium, del papa Francisco y los textos de los últimos Papas configuran el encuadre del documento, con las diferentes notas de la Comisión Teológica Internacional y de la Comisión Episcopal para la Doctrina de la Fe sobre cuestiones cristológicas  e implicaciones en la Iglesia.
El comunicado de la CEE, recuerda que “la dimensión pastoral del texto y el deseo de acercar su contenido al pueblo de Dios ha llevado a incluir un glosario, por orden alfabético, con algunas aclaraciones terminológicas y conceptuales básicas en la historia de la cristología. Además de las definiciones se completa con la referencia al autor y la obra de donde procede”.
Para leer el documento aquí 

06 julio 2016

El Papa invita a los pobres a rezar por la conversión de quienes los ignoran


El santo padre Francisco ha recibido este miércoles por la mañana en el Aula Pablo VI a los participantes de una peregrinación de franceses en situación económica de dificultad, provenientes de la diócesis de Lyon y guiados por el cardenal Philippe Barbarín.
La iniciativa es promovida por la asociación Amigos del padre Joseph Wresinski, en ocasión del centenario del nacimiento del prelado que dedicó su vida a los pobres.
“Con los responsables que les acompañan, veo una hermoso testimonio de fraternidad evangélica en este caminar juntos”, dijo el Santo Padre, y subrayó el ayudarse los unos a los otros, ofreciendo recursos y tiempo para que ellos pudieran venir, “donandose a ellos, dondandonos nosotros, donandome yo, a Jesús mismo”.
“Jesús quiso compartir vuestra condición –recordó el Papa– lo hizo por amor de cada uno de nosotros: despreciado por los hombres, olvidado, uno que no cuenta nada. Y cuando les suceda que prueben todo esto, no se olviden que también Jesús lo ha probado”. Esta es “la prueba cuánto somos valiosos a sus ojos y que él está cerca de nosotros”.
Y añadió que los pobres están “en el corazón de la Iglesia”, ellos nos permiten encontrar a Jesús, porque nos hablan de Él no tanto con palabras sino con toda la vida y dan testimonio con los pequeños gestos de que somos hermanos, y “que Dios es padre de todos nosotros”.
“¿Qué pensaba la gente cuando veía a María, José y Jesús por las calles, huyendo a Egipto?” porque “ellos eran pobres, sufrían tribulación por la persecución, pero allí estaba Dios”.
Agradeció así a los acompañadores, que fieles a la intuición del sacerdote Wresinski, que partía de la vida compartida y no de “teorías abstractas que nos llevan a las ideologías” porque “las ideologías nos llevan a negar a Dios que se ha hecho carne, uno de nosotros. Porque la vida compartida con los pobres nos transforma y nos convierte”.
Francisco elogió el hecho, no solo de caminar con ellos, sino de despertar en torno de ellos una comunidad, restituyendo en cierto modo una existencia, una identidad, una dignidad. En particular en el Año de la Misericordia “es la ocasión de redescubrir y vivir esta dimensión de solidaridad, fraternidad, ayudo y apoyo recíproco.”
El Pontífice recordó también cuando el diácono romano San Lorenzo decía: ‘Los tesoros de la Iglesia son los pobres’. Y que Jesús que sufre está en la puerta de nuestras iglesias.
Por ello les pidió que desde la pobreza cumplan una misión: rezar por las personas que no acogen el mensaje del Padre, porque así como Jesús dijo bienaventurados los pobres, hambrientos, los que lloran, los odiados y perseguidos, dijo otra que dicha por él causa miedo. Lo ha dicho a los ricos y sabios, a quienes ahora rien, a quienes les gusta ser adulados, a los hipócritas.
Por ello, añadió, “les pido también de rezar por los culpables de vuestra pobreza, para que se conviertan”. Rezar “por tantos ricos que visten de púrpura y seda y hacen fiesta con grandes banquetes, sin darse cuenta que en su puerta hay tantos Lazzaros necesitados de comer las sobras de sus mesas”.
Les pidió también rezar por los sacerdotes y los levitas que viendo al hombre golpeado y medio muerto, pasaron de largo. Y a todas estas personas “sonríanle desde el corazón, deseenle el bien, pidan a Jesús para que se conviertan”.
El Santo Padre concluyó dándoles la bendición apostólica y rezó con ellos, y después se acercó a saludarlos.

La santidad de la negociación

FELIPE ARIZMENDI ESQUIVEL


Tender puentes en cambio de construir muros
VER
Con frecuencia tengo que mediar entre grupos antagónicos que a duras penas aceptan nuestra invitación a dialogar para dirimir sus diferencias y llegar a acuerdos comunes. ¡Qué difícil es! Nadie quiere ceder en sus posturas. Ceder en algo, pareciera que es una derrota, y nadie quiere sentirse vencido, ni dar la impresión que los otros tenían razón. Más que analizar los puntos de verdad que tengan los otros, lo que se pretende es ganar, que se imponga lo que uno piensa y quiere. Hay una enorme resistencia a ceder, porque pareciera que es una debilidad, una cobardía, un abandono de aquello por lo que se ha luchado.
Esto sucede entre grupos políticos y organizaciones, en la familia y en la Iglesia. Así ha sido siempre:  Caín no acepta a su hermano Abel; Jacob y Esaú pelean por la primogenitura; los hermanos de José intentan deshacerse de él; los apóstoles ambicionan el primer puesto; Pablo discute con Pedro y con otros colaboradores, etc. Cada quien alega derechos, está convencido de su  postura y condena a los que son y piensan distinto. ¡Qué difícil es armonizar las diferencias!
Cuando yo insisto en que tendamos puentes, en vez de consolidar muros y encerrarnos en nuestras posturas, me critican, diciendo que quiero quedar bien con todos, que soy diplomático, que negocio la verdad, que me compran los poderosos, que no soy profeta… ¡Hay tantos puntos de vista sobre una misma realidad! Es más sabio escuchar y armonizar, que sólo condenar.
PENSAR
Me llamó mucho la atención lo que dijo el Papa Francisco en su Misa del 9 de junio pasado en Santa Marta, inspirándose en Mateo 5,20-26: “El pueblo estaba un poco desorientado, un poco desbandado, porque no sabía qué hacer y los que enseñaban la ley no eran coherentes. A este pueblo un poco encarcelado en esta jaula sin salida, Jesús indica el camino para salir: salir siempre hacia arriba, superar, ir hacia arriba. Es pecado no sólo matar, sino también insultar y regañar al hermano. Y esto hace bien escucharlo, en esta época en la que nosotros estamos muy acostumbrados a los calificativos y tenemos un vocabulario muy creativo para insultar a los demás. Ofender es pecado, es matar, porque es dar una bofetada al alma del hermano, a la dignidad propia del hermano. Decir frases como: ‘no le hagas caso, este es un loco, este es un estúpido’, y muchas otras palabras feas que decimos a los demás, es pecado. La generosidad, la santidad es salir hacia arriba. Esta es la liberación de la rigidez de la ley y también de los idealismos que no nos hacen bien.
Jesús nos conoce muy bien y nos sugiere: ‘Si tú tienes un problema con un hermano, ponte enseguida de acuerdo con él’. Así el Señor nos enseña un sano realismo: muchas veces no se puede llegar a la perfección, pero al menos hagan aquello que puedan, pónganse de acuerdo para no llegar al juicio. Es este el sano realismo de la Iglesia católica: la Iglesia católica nunca enseña “o esto, o esto”. Más bien la Iglesia dice: “esto y esto”. En definitiva, busca la perfección: reconcíliate con tu hermano, no lo insultes, ámalo; pero si hay algún problema, al menos pónganse de acuerdo, para que no estalle la guerra. He aquí el sano realismo del catolicismo. No es católico, sino que es herético, decir: «o esto o nada».
Jesús nos enseña diciéndonos: Por favor, no se insulten y no sean hipócritas: van a alabar a Dios con la misma lengua con la que insultan al hermano. No, esto no se hace; pero hagan lo que puedan; al menos eviten la guerra entre ustedes, poniéndose de acuerdo. Y me permito decirles esta palabra que parece un poco rara: es la santidad pequeña de la negociación: no puedo todo, pero quiero hacer todo; me pongo de acuerdo contigo; al menos no nos insultamos, no declaramos la guerra y vivimos todos en paz. Pedimos al Señor que nos enseñe a salir de todo tipo de rigidez y a reconciliarnos entre nosotros; que nos enseñe a llegar a un acuerdo hasta el punto que podamos hacerlo”.
ACTUAR
Aprendamos a dialogar, a escuchar con el corazón las razones de los otros, a ser humildes para no presumir de tener toda la verdad, a aceptar que no todo se puede lograr en un solo momento. La misericordia de Dios es paciencia con nuestras limitaciones.

Carta del Prelado del Opus Dei

(julio de 2016)

"El carnet de identidad del cristiano es la alegría", dice el Prelado en su carta repitiendo una expresión del Santo Padre. Nuestra alegría, aun en medio de las contradicciones, será un modo evangélico de consolar a quien lo necesita.

Queridísimos: ¡que Jesús me guarde a mis hijas y a mis hijos!
A lo largo de estos meses, nos estamos esforzando por situar en primer plano la práctica de las obras de misericordia. Consideremos hoy una a la que Jesucristo se refiere expresamente al trazar el programa del caminar cristiano, las bienaventuranzas. Bienaventurados los que lloran, porque serán consolados.
Se trata de una obra de misericordia que, como el perdón de las ofensas, nos permite parecernos más a Dios, imitarle. Ya en el Antiguo Testamento, el Señor había anunciado: como alguien a quien su madre consuela, así Yo os consolaré. Y Jesús, en la última cena, manifiesta esa consolación del modo más perfecto posible, pues promete el envío del Espíritu Santo, la Persona divina a la que se atribuye —por ser el Amor subsistente— la misión de consolar a los cristianos en sus penas y, en general, de fortalecer a los afligidos para superar toda clase de males.
Hijos míos, contemplando la situación del mundo, nos damos cuenta de que muchas personas lloran, sufren. Los dramas que ocasionan las guerras provocan grandes tragedias, que no nos pueden dejar indiferentes; la emergencia de los inmigrantes o las situaciones de injusticia que claman al cielo causan muchas lágrimas. Pienso, en particular, en los que están sufriendo por defender su fe, incluso poniendo en riesgo sus vidas.
Al leer vuestras cartas, o en las conversaciones que mantengo con vosotras o con vosotros, comparto de todo corazón vuestras alegrías y también vuestras penas y dolores. ¡Cuántas familias padecen un sufrimiento grande, porque alguno de sus miembros vive alejado del Señor, o ven sufrir a un enfermo y se sienten impotentes para aliviarle el dolor! Somos personas que estamos en medio del mundo, y es lógico que los dramas contemporáneos —el flagelo de la droga, la crisis de la unión familiar, el hielo producido por el individualismo, la crisis económica— nos toquen muy de cerca.
Comprobar esta realidad no nos ha de llevar a la tristeza. Contamos con la seguridad de que —si permanecemos junto al Corazón de Jesús— seremos consolados, y no sólo en la vida eterna. Ya aquí en esta tierra el Señor nos ofrece el consuelo de su cercanía. Como un padre amoroso, no nos deja nunca a solas. Como enseñó siempre san Josemaría, la raíz de la alegría sobrenatural de los cristianos brota de la conciencia de nuestra filiación divina. A mí me causa un consuelo inmenso la seguridad, tan propia de los hijos de Dios, de que nunca estamos solos, porque Él siempre está con nosotros. ¿No os conmueve esta ternura de la Trinidad Beatísima, que no abandona jamás a sus criaturas?.
Fijémonos que, entre las razones de la conversión del mundo pagano, en los primeros tiempos del cristianismo, se habla del ejemplo de aquellos predecesores nuestros, los primeros fieles bautizados, que no perdían la alegría sobrenatural ante las penalidades y persecuciones que sufrieron por amor a Jesucristo. En el libro de los Hechos se apunta expresamente cómo los Apóstoles, después de haber sido azotados por predicar el Evangelio, salían gozosos de la presencia del Sanedrín, porque habían sido dignos de ser ultrajados a causa del Nombre.
También ahora el gozo sobrenatural y humano de los seguidores de Cristo, aun en medio de las mayores contradicciones, ha de ser como un imán capaz de atraer a quienes se encuentran inmersos en la tristeza o en la desesperación, porque no conocen cuánto les ama Dios. «El cristiano vive en la alegría y en el asombro gracias a la Resurrección de Jesucristo. Como vemos en la Primera Carta de San Pedro (1, 3-9), aunque seamos afligidos por las pruebas, nunca se nos quitará la alegría de lo que Dios ha hecho en nosotros (...). El carnet de identidad del cristiano es la alegría: la alegría del evangelio, la alegría de haber sido elegidos por Jesús, salvados por Jesús, regenerados por Jesús; la alegría por la esperanza de que Jesús nos espera, la alegría que — incluso en las cruces y en los sufrimientos de esta vida — se expresa de otro modo, que es paz con la seguridad de que Jesús nos acompaña, está con nosotros. El cristiano hace crecer esa alegría con la confianza en Dios»..
En este contexto de fe y de esperanza teologales, se entiende la seguridad con que nuestro Padre podía afirmar que la alegría es un bien cristiano, que poseemos mientras luchamos, porque es consecuencia de la paz, además de que tiene sus raíces en forma de Cruz.
Un cristiano que se sabe hijo de Dios no se debería dejar apabullar por la tristeza. Podrá sufrir en el cuerpo y en el alma, pero incluso entonces la conciencia de su filiación divina, suscitada en él por la acción del Espíritu Santo, le prestará nuevas energías para ir adelante, semper in lætitia!Como aconsejaba san Josemaría, mientras luchemos con tenacidad, progresamos en el camino y nos santificamos. No hay ningún santo que no haya tenido que luchar duramente. Nuestros defectos no deben llevarnos a la tristeza y al decaimiento. Porque la tristeza puede nacer de la soberbia o del cansancio: pero en los dos casos, el que acude al Buen Pastor y habla con claridad, encuentra el oportuno remedio. ¡Siempre hay solución, aunque se hubiese cometido un error gravísimo!.
El recurso seguro para evitar la tristeza o salir de su tenaza, consiste en abrir el corazón con Jesús ante el Sagrario, y a quien —como instrumento suyo— orienta al alma entre los vericuetos de la vida espiritual. Tengamos siempre presente, poniéndolo en práctica, el consejo que daba san Josemaría:levantad el corazón a Dios, cuando llegue el momento duro de la jornada, cuando quiera meterse en nuestra alma la tristeza, cuando sintamos el peso de este laborar de la vida, diciendo: miserere mei Domine, quoniam ad te clamavi tota die: lætifica animam servi tui, quoniam ad te Domine animam meam levavi (Sal 85, 3-4); Señor, ten misericordia de mí, porque te he invocado todo el día: alegra a tu siervo, porque a ti, Señor, he levantado mi alma.
¡Qué hermosa labor realizan los cristianos al consolar a quienes se encuentran afligidos por una contrariedad, grande o pequeña, que les roba la paz! Además de rezar por ellos, es preciso fomentar una acogida cariñosa, pues muchas almas sólo buscan a alguien que escuche con paciencia sus penas. ¡Cuántas caras tristes encontramos en nuestro caminar terreno, porque nadie les ha enseñado a abandonarse en el Señor, y con qué consolación fraterna debemos acogerlos! «Cuántas lágrimas se derraman a cada momento en el mundo; cada una distinta de las otras; y juntas forman como un océano de desolación, que implora piedad, compasión, consuelo. Las más amargas son las provocadas por la maldad humana: las lágrimas de aquel a quien le han arrebatado violentamente a un ser querido; lágrimas de abuelos, de madres y padres, de niños (...). Tenemos necesidad de la misericordia, del consuelo que viene del Señor. Todos lo necesitamos; es nuestra pobreza, pero también nuestra grandeza: invocar el consuelo de Dios, que con su ternura viene a secar las lágrimas de nuestros ojos».
Así se condujo el Maestro durante su paso entre los hombres. Movido por su misericordia, se detuvo en el camino para consolar a la viuda de Naín, que lloraba la muerte de su único hijo; de igual modo se comportó con Marta y con María, en Betania, afligidas por la muerte de su hermano Lázaro. También lloró por la suerte que iba a correr la ciudad de Jerusalén[. Al comenzar su pasión, ya en el Huerto de los Olivos, sufrió hasta el punto de sudar sangre, y permitió queun ángel —una criatura— le consolase (cfr. Lc 22, 39-46). ¿Puede darse mayor muestra de humanidad que admitir el consuelo, ese refuerzo que otro nos presta para levantar nuestra languidez, nuestra debilidad, nuestro descorazonamiento?.
Siguiendo los pasos del Maestro, consolemos a quienes lo necesiten. Es algo que está en las entrañas del espíritu cristiano. Así se dirigía san Francisco al Señor, en una oración también repetida por muchas generaciones: «Señor, hazme instrumento de tu paz. Donde hay odio, siembre yo amor; donde haya injuria, perdón; donde haya duda, fe; donde haya tristeza, alegría; donde haya desaliento, esperanza; donde haya oscuridad, tu luz».
El 22 de este mes recordamos a María Magdalena. Pocos días atrás, el Papa ha elevado su memoria litúrgica a la categoría de fiesta. Sus lágrimas de arrepentimiento borraron todos los errores de su vida pasada, y le permitieron luego unirse al Señor en su Pasión y en su Resurrección como ninguna otra de la santas mujeres, a excepción, claro está, de la Santísima Virgen. Recurramos a la Madre de Dios y Madre nuestra en todas nuestras necesidades; Ella es Consoladora de los afligidos, Refugio de los pecadores, Auxilio de los cristianos, y no cesa de cuidarnos. ¡Madre! —Llámala fuerte, fuerte. —Te escucha, te ve en peligro quizá, y te brinda, tu Madre Santa María, con la gracia de su Hijo, el consuelo de su regazo, la ternura de sus caricias: y te encontrarás reconfortado para la nueva lucha.
Sigamos rezando por el Papa y sus intenciones. Acompañémosle espiritualmente en el viaje apostólico a Polonia con ocasión de la Jornada Mundial de la Juventud que se celebrará en Cracovia.

Con todo cariño, os bendice vuestro Padre + Javier

04 julio 2016

‘Debemos testimoniar con alegría el Evangelio en la vida diaria’

El Papa ayer en el Ángelus


“Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!
En la página evangélica del día de hoy, en el capítulo décimo del Evangelio, Lucas nos hace entender cuánta necesidad tenemos de invocar a Dios, “el Señor de la mies, para que envíe operarios a su mies”. Los operarios de los cuales habla Jesús son los misioneros del Reino de Dios, que Él mismo llamaba y enviaba “de dos en dos delante de sí en cada ciudad y lugar a donde estaba por ir”.
Su taera era anunciar un mensaje de salvación dirigido a todos. Los misioneros anuncian siempre el mensaje de salvación a todos; no solamente los misioneros que van lejos, también nosotros, misioneros cristianos que decimos una buena palabra de salvación. Y este es el don que nos da Jesús con el Espíritu Santo. Este anuncio es decir: “Está cerca el Reino de Dios”.
Porque Jesús ha ‘acercado’ a Dios hacia nosotros, Dios reina en medio de nosotros, su amor misericordioso vence el pecado y la miseria humana.
Esta es la Buena Noticia que los ‘operarios’ tienen que llevar a todos: un mensaje de esperanza y de consolación, de paz y de caridad. Jesús, cuando envía a sus discípulos delante de él en los pueblos les recomienda: ‘Antes digan: paz a esta casa’ (…) curen a los enfermos que allí se encuentren’.
Todo esto significa que el Reino de Dios se construye día a día y ofrece ya en esta tierra sus frutos de conversión, de purificación, de amor y de consolación entre los hombres. ¡Es algo muy hermoso construir día a día este Reino de Dios que va naciendo! ¡No destruir, sino construir!
¿Con cuál espíritu el discípulo de Jesús deberá realizar esta misión? Como primera cosa deberá ser conciente de la realidad difícil y a veces hostil que lo espera. De hecho Jesús dice: ‘Les envío como corderos en medio de los lobos’. Es clarísimo. La hostilidad está siempre al inicio de la persecución de los cristianos: porque Jesús sabe que la misión es obstaculizada por la obra del maligno.
Por esto, el operario del Evangelio se esforzará en ser libre de los condicionamientos humanos de todo tipo, no llevando ni bolsa, ni alforja, ni sandalias, como ha recomendado Jesús, para solamente confiar en la potencia de la Cruz de Cristo. Esto significa abandonar todo motivo de vanagloria personal y volverse humilde instrumento de la salvación obrada por el sacrificio de Jesús, muerto y resuscitado por nosotros.
La del cristiano en el mundo es una misión estupenda y destinada a todos, es una misión de servicio, ninguno excluído. Esta necesita de tanta generosidad y sobre todo de la mirada y del corazón dirigido hacia lo alto para invocar la ayuda del Señor.
Hay mucha necesidad de que hayan cristianos que testimonien con alegría el Evangelio en la vida de cada día. Los discípulos enviados por Jesús, ‘llegaron llenos de alegría’.
Cuando nosotros hacemos así, el corazón se llena de alegría. Y esta expresión me hace pensar a la alegría de la Iglesia cuando sus hijos reciben la Buena Noticia, gracias a la dedicación de tantos hombres y mujeres que diariamente anuncian en Evangelio: los sacerdotes, aquellos buenos párrocos que todos conocemos, las monjas , misioneros, misioneras… Y me pregunto, escuchen la pregunta: ¿Cuántos de los jóvenes que ahora está aquí presentes en la plaza sienten la llamada del Señor para seguirlo?
¡No tengan miedo! Sean valientes y lleven a los demás esta llama del celo apostólico que nos ha sido dada por estos discípulos ejemplares.
Recemos al Señor, por la intercesión de la Virgen María, para en la Iglesia no falten nunca corazones generosos, que trabajen para llevar a todos el amor y la ternura del Padre celeste”.
El Santo Padre reza la oración del ángelus y después dirige las siguientes palabras:
“Queridos hermanos y hermanas, expreso mi cercanía a los familiares de las víctimas y de los heridos del atentado que se registró ayer en Daca. Y también ante el sucedido en Bagdad. Recemos juntos por ellos, por los difuntos y pidamos al Señor que convierta el corazón de los violentos enceguecidos por el odio.
(El Papa reza) Dios te Salve María…
Saludo a todos los fieles de Roma y peregrinos que llegaron de Italia y de diversos países. En particular al grupo de Bérgamo guiado por su obispo. Los bergamascos no han ahorrado para el cartel, ¡se ve bien! Y a los de Braganca-Miranda (Portugal); a las monjas Misioneras del Sagrado Corazón que vinieron desde Corea con algunos fieles; a los jóvenes de Ibiza que se preparan para la Confirmación;y  al grupo de peregrinos venezolanos. Quiero saludar también a mis compatriotas de La Rioja, de Chilecito: ¡se ve bien la bandera allí!
Saludo a algunas peregrinaciones especiales, en el signo de la misericordia: el de los fieles de Ascoli Piceno, que llegaron a pié a lo largo de la antigua vía Salaria; el de los socios de la Federación italiana de turismo equestra, que vinieron a caballo, incluso algunos desde Cracovia;  a los que vinieron en bicicleta y motocicleta desde Cardito (Nápoles).
Saludo al concluir, a la Asociación “Bricciole di speranza di Carla Zichetti, la familia Camiliana laica, la escuela jardín de Verdellino, a los jóvnes dde Albino y Desenzano, y a los de Sassari.

Amoris Laetitia: acuse de recibo

Catequesis para toda la familia – Mi falta de misericordia es peor que la fragilidad de mis hermanos

Cuando se envía una carta y se desea tener constancia de que ha sido recibida se contrata un sencillo servicio adicional llamado “acuse de recibo”. Pero para que realmente esa comunicación epistolar llegue a ser eficaz se han de cumplir premisas tan básicas como el que la compañía postal cree los cauces necesarios que garanticen que la misiva llegará a su destinatario, que el destinatario esté dispuesto a quedarse con la carta y firmar conforme la recibió y, por último, muy obvio pero no por ello menos importante, que abra y lea la carta.
¿A qué viene esta breve y, en apariencia, innecesaria introducción? Los que nos dedicamos a la difusión de la Biblia, a la animación pastoral con la Palabra de Dios, solemos repetir no sé si demasiadas veces que la Biblia es un conjunto de cartas que Dios nos ha escrito pero que requiere que la abramos y leamos. Esta nueva obviedad (que no lo debe ser tanto si tenemos en cuenta lo poco que se abre y lee) también se puede aplicar, por ejemplo, a las cartas que en forma de encíclica o exhortación nos escribe el Papa.
La última de ellas, una exhortación apóstolica postsinodal del Papa Francisco, lleva el título de Amoris Laetitia (La Alegría del Amor) y trata sobre la familia. De alguna manera podemos decir que esta propuesta toma el testigo que dejó Juan Pablo II con Familiaris Consortio. También aquella exhortación fue fruto de la reflexión postsinodal. Pero es evidente, y no podía ser de otra manera, que la diferencia de casi veinticinco años nos deje como resultado que la realidad familiar de entonces y de ahora no sea la misma. Mucho, muchísimo ha cambiado desde entonces.
Pues bien, de primeras hemos de decir que no vale desdeñar la reflexión del papa Francisco aduciendo que sobre ello ya escribió Juan Pablo II. Desde esa perspectiva reduccionista, ningún papa podría tratar un tema anteriormente tratado por otro papa. Simplemente es ridículo no aceptar, abrir y leer la carta Amoris Laetitia porque ya exista Familiaris Consortio.
Pero a lo que vamos… Para que la comunicación sea realmente efectiva se ha de evitar la confusión sobre a quién va dirigida la carta. Sí, ya sé que es evidente que una exhortación apostólica  está escrita para todos. Pero también me doy cuenta que ha existido una cierta distorsión sobre los singulares destinatarios del famoso capítulo 8.
Muchos han pensado y opinado que el Papa pretendía tratar sobre las hasta ahora llamadas “familias irregulares”: Sobre quienes hacen mal, sobre qué es  lo que hacen mal, sobre si porque hacen mal no pueden comulgar…
Eso es confundir el destinatario y hacer imposible la comunicación. Porque si leemos bien (incluso podríamos decir que bastaría simplemente con leer, ya que muchas opiniones se hacen a partir de rumores y titulares de prensa), pues bien si leemos ese capítulo 8 nos daremos cuenta que de lo que trata es de cómo ha de reaccionar la comunidad eclesial ante lo que el Papa, en lugar de “en situación irregular”, llama “fragilidad”.
Es decir, que ese “acompañar, discernir e integrar” del título del capítulo va por nosotros. Dejemos de fijarnos en cómo se comportan los que están sumidos en situación de fragilidad, muchas veces sobrevenida sin necesidad de que existan culpables, y pasemos a examinar cómo acompañamos e integramos a nuestros hermanos.
En fin, se trata de que hemos recibido una carta, una comunicación, que requiere aceptarla, leerla y, sobre todo, darle “acuse de recibo”. Reconocer que todo esto también va conmigo. Y el que esté de pie, mire no caiga. O mejor dicho, el que crea estar de pie mire si no está pisando a su hermano necesitado de comprensión, misericordia y perdón.
Si hacemos memoria podremos recordar al típico niño repelente, sabelotodo, de la clase que no solo quería tener la mejor nota, sino que además necesitaba que a los demás no le diesen esas buenas notas. Vendría a ser como el famoso hijo mayor de la parábola, que más que muy bueno, pretendía parecerlo en el contraste con su hermano pequeño. O Jonás, que no aceptaba que Dios fuese compasivo con los habitantes arrepentidos de Nínive.
El Papa nos está llamando a no ser repelentes y darnos por enterados que mi falta de misericordia es peor que la fragilidad de mis hermanos. A buen entendedor…
Quique Fernández de Barcelona
Coordinador de Escuela de animación Bíblica
Responsable de Escuela de Blogueros con el Papa