18 julio 2016

Maternidad y paternidad: aventura y riesgo

FAMILIA Y VIDA


Ante la noticia de un embarazo, se unen sentimientos de alegría y momentos de dudas o de miedo
Ser madre es hermoso aunque no faltan dificultades. Ante la noticia de un embarazo, se unen sentimientos de alegría y momentos de dudas o de miedo. Inician semanas y meses llenos de esperanzas, de preguntas y, en ocasiones, de zozobras y de angustia.
Ser madre, además, es una aventura compartida: si hay una mamá es obvio que hay un papá. La maternidad no puede ser vista como un asunto exclusivo de la mujer, como algo que ella debe “gestionar” autónomamente. Necesita el apoyo del esposo que también inicia una experiencia maravillosa: la paternidad
Empezar a ser madre y ser padre supone emprender una aventura que abre a futuros inciertos. Mientras en el noviazgo la pareja puede conocerse y aceptarse con mayor o menor conciencia, en una decisión de tanta fuerza que lleva a ese compromiso de amor que se llama matrimonio, ocurre algo distinto cuando nace un niño, con todos los misterios que le rodean.
Las preguntas surgen continuamente. ¿Cómo viene, cómo nacerá? ¿Corresponderá a los sueños y esperanzas que se tienen sobre él? ¿Tendrá los ojos negros o azules? ¿Estará sano o enfermo? ¿Llorará por las noches o será un bebé modelo?
Ante tanto riesgo y aventura, hay quienes se sienten tentados a la renuncia: mejor no tener hijos (o los menos posibles) para así no estar continuamente en vilo; mejor la seguridad del ser solamente esposos que el viaje a lo desconocido de cada nuevo embarazo.
Existe la posibilidad de pensar así, y hay quienes así piensan de hecho. Pero, ¿es que el mismo vivir no es un riesgo continuo? ¿O será que, a base de miedos, los esposos pierden ocasiones irrepetibles para amar y para dar?
Las personas empiezan a ser mejores cuando se abren y acogen con generosidad y amor el misterio de cada nueva vida. Los hijos que hoy nacen desde padres generosos y “arriesgados” serán mañana quienes continuarán en el mundo la aventura de la existencia humana.
Otros, nuestros padres, un día se abrieron a nosotros. Ahora toca a cada nueva generación compartir esa experiencia maravillosa como señal de gratitud hacia los propios padres, y como esperanza que se ofrece a cada nuevo hijo para que inicie a caminar en este mundo y hacia lo que inicia a cada uno tras la muerte.

¿Candil de la calle? - XVI Domingo Ordinario

ENRIQUE DÍAZ DÍAZ


Génesis 18, 1-10: “Señor, no pases junto a mí sin detenerte”
Salmo 14: “¿Quién será grato a tus ojos, Señor?
Colosenses 1, 24-28: Un designio secreto que Dios ha mantenido oculto y que ahora ha revelado a su pueblo santo”.
San Lucas 10, 38-42; “Marta lo recibió en su casa – María escogió la mejor parte”

“No hay peor dolor que perder lo que más quieres cuando lo tenías por muy seguro. Yo estaba angustiado por perder mi trabajo o por quedar bien en mi apostolado, sintiéndome muy responsable. Estaba contento. Nunca me di cuenta que se estaba perdiendo a mi hijo”. Son palabras de reproche, de frustración y de desesperación de Bernardino. Siendo un catequista ejemplar y un trabajador cumplido, nadie esperaba, y mucho menos él, que en su casa se derrumbaran las cosas. Si bien procuraba que su familia tuviera lo necesario, sus actividades laborales, eclesiales y sociales, le dejaban muy poco tiempo para el diálogo íntimo y para el tiempo gastado en sus hijos. De repente, y cuando parece que ya es demasiado tarde, se encontró con un hijo drogadicto, resentido y alejado de la religión que él tanto ama. “No quiero a ese Dios que me ha quitado a mis papás y que me ha dejado solo como si fuera huérfano”. El adolescente lanza, como un insulto, el reclamo a la cara de sus padres. “Candil de la calle y oscuridad de mi casa”, continúa rumiando Bernardino.
El Papa cuando previene a la Curia Romana sobre las posibles enfermedades que atrofian su misión, inventa un nuevo término: “Martalismo”, tomado del pasaje evangélico que hoy escuchamos y lo explica “como una excesiva laboriosidad: es decir de aquellos que se sumergen en el trabajo descuidando, inevitablemente, ‘la parte mejor’: sentarse al pie de Jesús. Por esto Jesús ha llamado a sus discípulos a ‘descansar un poco’, porque descuidar el necesario reposo lleva al estrés y a la agitación”. Sí, la mejor parte es la intimidad, el compartir, el encuentro. La intimidad requiere el espacio, el “regalo del tiempo” para la familia, para la pareja y para Dios. En un mundo de excentricidades, de miles de amigos virtuales, de ensordecedor ruido, hemos perdido la intimidad, el diálogo, el “estar para el otro”. Corremos el riesgo de “pasar junto al otro sin detenerse”, como le dice Abraham al Señor. Las actitudes de Marta y María nos exigen buscar el necesario equilibrio entre trabajo e intimidad, en un mundo que nos arroja fuera de la casa y fuera de nuestro interior, pero nos deja vacíos de amor y vacíos de Dios.
La exterioridad nos engaña haciéndonos creer que lo relumbrante tendría más valor. Nos cansamos de ver grandes espectaculares anunciando obras rimbombantes, y las comunidades siguen con sus mismos problemas. Se anuncian programas fantásticos y reformas que sacarían al país de su atraso y que darían empleo a todos y todas, y vemos deambular por las calles a nuestros jóvenes en busca de míseros empleos, pagados ridículamente. Se cacarean los logros y avances, mientras las enfermedades de la pobreza y los terribles embates de la miseria atacan nuestras comunidades. No es el mucho hacer sin ton ni son, es el hilillo de agua constante lo que da vida. No son las obras espectaculares que cambian el mundo, sino las más sencillas, las más necesarias: el agua, la educación, la salud, el trabajo, el amor y la comprensión.
A nivel de relaciones interpersonales y a nivel familiar pasa lo mismo: no se puede comprar la felicidad de los hijos, se construye con el cariño diario, con atención constante, con la palabra oportuna. Hacemos mucho ruido, pero damos poco espacio para la intimidad, para el diálogo, para construir el amor en la familia y en la sociedad. Dejamos lo más importante por lo más urgente o por lo más popular. ¿Cuánto tiempo dedicamos a “estar” con la familia, con los hijos, con los papás? Pero verdaderamente estar presente en cuerpo, espíritu y sentimientos.
El Evangelio de este día se ha utilizado con frecuencia para contraponer la vida activa o apostólica con la vida contemplativa o la vida de oración. Nada más equivocado que hacer estas disyuntivas. Lo que Jesús le dice a Martha no es que esté equivocada al hacer sus quehaceres, sino en la forma de hacerlos y en querer que María también se ponga en actividad frenética. El caso de Marta y María es aprovechado una vez más por San Lucas para resaltar el valor de la escucha de la Palabra de Dios. El Maestro no aprueba el afán, la agitación, la dispersión, el andar en mil direcciones “del ama de casa”. ¿Cuál es, pues, el error de Marta? El no entender que la llegada de Cristo significa, principalmente, la gran ocasión que no hay que perder y, por consiguiente, la necesidad de sacrificar lo urgente frente a lo importante. Marta se precipita a “hacer” y este “hacer” no parte de una escucha atenta de la Palabra de Dios y, consiguientemente, se pone en peligro de convertirse en un estéril girar en el vacío. Marta se limita, a pesar de todas sus buenas intenciones, a acoger a Jesús en casa. María lo acoge “en su interior”, se hace recipiente suyo. Le ofrece hospitalidad en aquel espacio interior, secreto, que ha sido dispuesto por Él, y que está reservado para Él. Marta ofrece a Jesús cosas, María se ofrece a sí misma.
Nosotros hoy nos enfrentamos a un ritmo de vida más agitado que el de épocas anteriores. Los modernos medios para ahorrar tiempo acaban ahogándonos en un activismo inútil. El exceso de preocupaciones nos lleva a olvidarnos de lo fundamental. ¿Cuánto tiempo hace que no le dedicamos un espacio con calma, sin más preocupaciones que atender “la Palabra de Jesús”? Así, a pie descalzo, despojados de todo lo que tenemos, sin máscaras, con sencillez, poniéndonos en manos de quien nos ama tanto. Escuchar su Palabra entrando en lo desconocido, experimentando su ternura, con el corazón desnudo. No temamos, es escuchar la Palabra, sin caer en un intimismo que nos aísle de la realidad o nos torne indiferentes ante los problemas del prójimo. Está demasiado cercana la narración del buen samaritano como para que este pasaje nos hiciera olvidar que el amor a Dios se manifiesta en el amor al prójimo. Pero atención, nuestro corazón debe tener una fuente, si no, se seca. ¿Cuánto tiempo le damos a Dios? ¿Cuánto tiempo le damos a verdaderas relaciones familiares?
Padre Nuestro, ayúdanos a encontrar como Jesús, la síntesis armoniosa entre la oración y la acción, entre contemplarte y obedecerte, entre servirte a Ti y servir a los hermanos. Amén.

14 julio 2016

No debería quedar tiempo para fobias en el año de la misericordia


Resulta increíble el avance de las intolerancias laicistas, forma moderna de la persecución, aparentemente incruenta
El mundo desarrollado está lleno de contradicciones culturales: cuando crece la comprensión y la misericordia entre los seguidores de Cristo −de la mano del papa Francisco y del actual año jubilar−, resulta increíble el avance de las intolerancias laicistas, forma moderna de la persecución, aparentemente incruenta.
Recuerdo una conversación quizá al final de los setenta con Eduardo Gutiérrez de Cabiedes, compañero de carrera, ya al menos agregado de Derecho procesal. Le animaba a meditar aspectos de su disciplina −demasiado técnica para tantos− desde la óptica de la fe católica. Me parecía interesante en una época en que, el gran absoluto debelador de toda creencia espiritual era aún el comunismo soviético. No sabíamos bien qué había pasado un par de décadas antes en los procesos de Moscú, Praga o Budapest. Pero se intuía la negación de elementales derechos humanos por sentencias basadas casi exclusivamente en la confesión del reo. En su día, se me saltaron las lágrimas al ver en la pantalla L’aveu, deArtur London, que reflejaba la tragedia de la específica inquisición de un dogmatismo ya decadente.
Sin la institución de ese tipo de procedimiento judicial resulta muy difícil, si no imposible, implantar una moral de Estado que contribuya a crear el hombre nuevo de cada momento ideológico dominante. De esa enfermedad no parecer librarse ni Francia, patria de los derechos humanos contemporáneos.
En el iter legislativo de un proyecto de ley sobre igualdad y ciudadanía, la Asamblea Nacional aprobó por unanimidad, en la noche del viernes 1 de julio, una enmienda del gobierno que penaliza la negación o trivialización de los crímenes contra la humanidad, como la esclavitud o el genocidio armenio: un año de prisión y 45.000 euros de multa. Hasta ahora, sólo recibían sanción penal actos contra la Shoah, aparte de las sucesivas tipificaciones de ilícitos morales como delitos jurídicos.
Esas reformas se excluyen a sí mismas como limitadoras de la libertad de expresión: acentúan el deseo de evitar incitaciones al odio o la violencia. En su día, a falta de esa cláusula, el Consejo constitucional no dio plena luz verde a una ley votada al final del mandato de Nicolas Sarkozy sobre el genocidio armenio. A pesar de todo, y de las exageraciones de líderes políticos en campaña, el último informe anual de la Comisión Consultiva de Derechos Humanos indica que los índices de tolerancia de los ciudadanos franceses siguen aumentando.
Pero se olvida el efectivo expansivo de leyes y costumbres jurídicas, que acaba transformando en nueva violencia contra la libertad la lucha contra males históricos o presentes. No es nada raro que las víctimas se transformen en verdugos, también de personas inocentes. No parece sospechoso un defensor de la ética de la razón como Leonardo Sciascia, varios años diputado en Italia por el partido radical, enemigo arriesgado de las mafias: clamaba contra los “profesionales de la antimafia”, tan mafiosos en su acción como aquellos a quienes decían combatir.
En esa línea se inscribe quizá un caso reciente, sucedido en el ayuntamiento de Getafe, al sur de Madrid, con la aprobación de un texto −si es el encontrado en la Red, mal escrito− con motivo del día del orgullo LGTB. Al final no se sabe quiénes son los discriminados y quiénes los intolerantes. No respondo de la autenticidad del párrafo tan debatido como pintoresco: “Existe la pirámide social de la discriminación. En la cúspide está el hombre, heterosexual, bisexual y blanco. Un hombre que será de clase media o alta, sin diversidad funcional, joven y delgado. Incluso perteneciente a la fe mayoritaria. No podemos olvidar que cuanta mayor es la diversidad, mayor es la discriminación. Y es algo que no podemos permitir. Somos insumisos a las normas no escritas porque tenemos el derecho a ser libres de cadenas”.
No parece que la solución sea encadenar la libertad de los demás con leyes coactivas, ni menos aún violar leyes que prohíben el insulto y protegen la buena fama de todos. El problema del neolenguaje totalitario es la transformación de la víctima en verdugo y la imposibilidad para el inocente de toda defensa, una vez condenado con el estereotipo verbal. En la nueva sociedad de ciertos manifestantes, la libertad de pensar llevaría a algo tan antiguo como el ostracismo.
Mucha ingenuidad se requiere para seguir apostando por una convivencia pacífica sin filias ni fobias, más aún en tiempos de misericordia y en la España machadiana de charanga y pandereta. Pero no dejaré de reiterar la tolerancia que aprendí desde niño, también en un centro laico no reconocido al que me he referido otras veces: la Academia Audiencia
.

13 julio 2016

Junio-Julio, tiempo de revisión

FAMILIA Y VIDA


Tiempo de cosecha, de alegrías y de desconsuelos, de propósitos de la enmienda. Tiempo de revisión en todo caso
Otra vez junio y julio, los meses de las notas. Tiempo de descanso escolar, de comienzo de vacaciones, de despedidas, de viajes. Tiempo de cosecha, de alegrías y de desconsuelos, de propósitos de la enmienda. Tiempo de revisión en todo caso.
Y este es el aspecto en el que me quiero fijar para este artículo, en la revisión. Está tan extendido esto de vivir deprisa que no nos da tiempo a pararnos en casi nada. Ya sé que no podemos salirnos de la época en la que nos ha tocado vivir, pero eso de ir siempre contrarreloj a mí me parece una fatalidad a combatir, más aún, un error porque viviendo de manera acelerada no hay manera de que las cosas importantes maduren ni tampoco de saborear la vida. ¿Se sabe de algo que necesitando madurar pueda hacerlo sin tiempo de reposo suficiente? Doy por supuesto que a la respuesta “no” le quedan pocas escapatorias. Aun así, cabe esperar que haya quien se pregunte qué pasa si la vida no se saborea. Si hubiera alguien que se hiciera esta pregunta, hay que responder que pasar, pasar, no pasa nada, solo que una vida sin saboreo es una vida sin sabiduría, que ambas cosas, saboreo y sabiduría, son uno y lo mismo.
He creído necesario hacer este inciso de pasada, pero vamos con lo que nos ocupa y digamos que aunque los tiempos nos impongan este modo de vida rico en ajetreo y esacaso en sosiego, si queremos hacer las cosas bien, no hay más remedio que abrir un paréntesis en medio de las prisas para hacer esta tarea de revisión, la cual es muy aconsejable en todos los campos y especialmente en este de la enseñanza. Las ocupaciones que llenan nuestro tiempo son tan variadas como lo es la vida, pero cualesquiera que sean esas ocupaciones, todas ellas necesitan de ser revisadas despacio, o, si se prefiere, con calma. Como cualquier otro quehacer, este de revisar tiene sus exigencias, las cuales determinan los criterios de revisión. Para lo que nos interesa, que es la revisión del curso escolar, señalamos cuatro criterios:
1. El primero es la edad. Es de experiencia común que durante la infancia el tiempo se percibe de manera muy distinta a como se va percibiendo según avanzamos en edad. En la percepción del tiempo intervienen varias causas, una de las cuales es la edad; no es que sea la única pero sí es decisiva. No deja de ser curioso que la percepción del tiempo dependa de los años que llevamos percibiéndolo. El gran salto psicológico para la percepción del tiempo está en el desarrollo del pensamiento abstracto. En la infancia, al no haber pensamiento abstracto, el tiempo no se puede vivir sino en presente porque el presente no puede ser abstracto; el presente, el aquí y el ahora, son siempre concretos. No tendría ningún sentido, pues, tratar de hacer una revisión global de todo el curso durante cualquiera de los años de la infancia. Revisar, para un niño, es tarea que hay que hacer de cada día y cada día varias veces; también lo es para un joven o para un adulto, pero al echar la vista atrás, estos pueden hacerse una idea global y el niño, en cambio, no puede, no porque no recuerde, que sí recuerda, pero lo que recuerda son cosas concretas que siempre están muy lejanas. Para un niño de Primaria el curso son las notas y por este mismo motivo a las notas las llamamos calificaciones, ya que ‘califican’ a la persona en su rendimiento académico. No es que no lo sean para un adolescente, pero al adolescente hay que iniciarle en una tarea de revisión de mayor hondura.
No quiero abandonar este primer punto sin decir algo que me parece del mayor interés y es sobre las dificultades que tenemos para manejarnos con el tiempo. Decía San Agustín que él tenía la noción de tiempo absolutamente clara siempre que no se le preguntara y tuviera que explicarla. Y yo me barrunto que algo parecido nos pasaría a más de uno si se nos pidiera definir el tiempo. ¿Sabemos qué es el tiempo? Cuando he hecho esta pregunta en clase siempre me he encontrado con alguien respondiendo que el tiempo es lo que miden los relojes. Eso es cierto, pero eso no define y en consecuencia tal respuesta no sirve para nada. Esa es la dimensión objetiva del tiempo ya que cada día lo tenemos dividido en veinticuatro horas exactamente iguales, toda ellas de sesenta minutos, cada uno de los cuales a su vez, son sesenta segundos. Esa es la medición, pero la percepción y la vivencia del tiempo es otra cosa que no entiende mucho de relojes ni cronómetros. Todos sabemos que en la vida práctica no es lo mismo una hora en la sala de espera de un quirófano que una hora de fiesta agradable o de sueño profundo. Y además, los relojes no sirven para los períodos largos, los años no se miden con relojes.

No tengo intención de alargar este asunto que, como se ve, tiene su complejidad, pero baste con esta pincelada para caer en la cuenta de que el tiempo en su dimensión subjetiva no es algo tan fijo ni tan sencillo ni tan fácil de encajar en mediciones ni en aparatos. Y es que en definitiva, el tiempo no es una “cosa” externa a nosotros, como lo pueden ser los objetos que voy sorteando cuando ando por la calle. Mi tiempo soy yo, mi tiempo es mi propia vida y eso podemos decirlo cada uno al tomar conciencia de que nuestro tiempo empezó cuando empezó nuestra vida y llegará a su fin cuando la vida se acabe. Echemos mano de la lógica: Si el fin de la vida es lo que llamamos muerte y el fin de nuestro tiempo es también la misma muerte, entonces es que -entendido en clave personal- el tiempo y la vida son lo mismo.
Fin de la  vida      =  Muerte
Fin  del    tiempo  =  Muerte
Siempre ha llamado mucho mi atención, por dos razones, algo que el hombre de fe le pide a Dios con esta oración del salmo 89, 12: “Enséñanos a calcular nuestros años para que adquiramos un corazón sensato”. Lo primero que despierta mi atención es que si la Palabra de Dios nos hace pedirle al Señor que nos enseñe a calcular nuestros años, “y la Escritura no puede fallar” (Jn 10, 35), eso quiere decir que nosotros por nosotros mismos no sabemos. La cuestión no está, ya se entiende, en saber contar; calcular nuestros años no es saber cuántos tenemos, ni cuánto falta para tener uno más, sino saber acerca de nosotros mismos. No es un problema de cómputo, sino de autogobierno. No demos por hecho que lo sabemos porque hayamos vivido ya muchos, no lo sabemos, y por eso hay que pedirlo. Dios, porque nos toma muy en serio, no nos hace pedir cosas innecesarias. Si a través de su Palabra pone en nuestros la petición “enséñanos a calcular nuestros años” es por dos motivos: porque podemos aprender y porque lo necesitamos. Y si nosotros, los adultos, no sabemos, ¿cómo lo va a saber un niño o un adolescente?
Lo segundo que me llama la atención es la finalidad: “Para que adquiramos un corazón sensato”, de donde podemos extraer la idea de que acertar en el manejo de nuestro tiempo personal es prueba de sensatez y buen juicio. Si ahora unimos las dos cosas, una, que el tiempo personal es nuestra propia vida, y dos, que saber calcularlo es prueba de sensatez, hay que concluir que habérselas bien con el tiempo, atinar en su manejo, equivale a vivir prudentemente, con sensatez. Ahora bien, si esto es así, hay que aceptar también lo contrario, lo cual supone que las dificultades para calcular los años, para gestionar su tiempo, es síntoma de insensatez. El gran escollo con el que se encuentra quien no sabe gobernar su tiempo es que no sabe gobernar su vida, su propia persona. Al escribir esto, no quisiera yo que nadie se sintiera incómodo porque este es un arte en el que todos tenemos que aprender y mejorar, ya que en este campo todos somos deficitarios. Lejos de mí incomodar lo más mínimo a nadie con mis palabras, en las cuales no hay otra intención que ofrecer una pista de reflexión y ayuda por si alguien al leerlo y hacer su propia revisión pudiera verse afectado. Si así fuera, como esta cuestión del autogobierno tiene sus dificultades, aquí se le ofrece una vía para poner remedio. Porque lo tiene, empezando por pedirlo en la oración personal, utilizando las propias palabras de la Escritura: “Señor, enséñame a calcular mis años”.
2. El segundo criterio está en el valor que concedamos a las notas. Vaya por delante que tienen mucho. Las notas, dicho en términos generales, son una medida objetiva y muy ajustada a la verdad del rendimiento académico de la persona. Hacemos bien en darles valor porque lo tienen, pero dicho esto, de inmediato hay que añadir que su valor no es absoluto sino relativo y muchas veces, muy relativo. Las notas son mediciones muy precisas, y en según qué cosas, apurando hasta varios decimales, pero el valor que tienen no siempre es medible porque depende de un buen puñado de factores que escapan a la medición.
Para quien suspende por falta de esfuerzo o tiene notas por debajo de sus posibilidades, la revisión no debe ofrecer ningún problema. Ha suspendido porque no ha trabajado lo suficiente, sea poco, muy poco o nada. Si quiere encaminarse bien y actuar como debe, tendrá que asumir su responsabilidad, rectificar en lo que vea que ha fallado, tomar las medidas pertinentes y en adelante a funcionar tratando de desterrar los errores pasados. Estas situaciones, digo, no ofrecen mayores complicaciones. Otra cosa es quien puede presentar unos resultados muy buenos pero por debajo de sus posibilidades. Muy probablemente se verá tentado a justificarse con unas notas que objetivamente son buenas, con lo cual el reproche no tiene cabida. Y en cambio el reproche sí estaría justificado pues cada uno en nuestro campo de actividad debemos hacer rendir nuestras capacidades hasta donde den de sí. Esto no debe confundirse con el perfeccionismo porque no lo es. Rendir todo lo que se pueda, admitiendo los errores y tratando de subsanarlos es trabajar la perfección posible, a lo cual estamos todos obligados, mientras que el perfeccionismo es la búsqueda de una brillantez ideal, que no admite equivocaciones y que todo error lo considera un fracaso. Lo primero es una virtud, la laboriosidad, que, como toda virtud está en medio de dos extremos que son la holgazanería y el activismo. Por ser virtud, los actos derivados de ella producen sosiego, humildad y alegría, mientras que el perfeccionismo no tiene nada de virtud y cuando se cae en él, sus frutos son los contrarios: irritación, soberbia y tristeza.
3. El tercer criterio son las motivaciones. Este punto es muy interesante y debemos volver sobre él una y otra vez. Las motivaciones son las causas que van por delante de la acción, abriéndola camino y por las cuales hacemos lo que hacemos. Normalmente no hay una causa única, sino una principal y otras secundarias. Conviene preguntarse qué nos ha llevado a hacer las cosas de una determinada manera, ya que junto a la causa principal se encuentras adheridas -a veces camufladas- otras más o menos legítimas. En cuanto a la revisión del curso escolar, puede parecer que con aprobar el curso ya está cumplido el objetivo, pero ese logro, siendo muy bueno y muy loable, a la vez se queda corto. Durante la infancia tal vez puede valer, pero en la adolescencia ya no. Aprobar el curso podría ser, si vale el ejemplo, una meta volante, pero las metas volantes no son verdaderas metas; de hecho nadie se para a disfrutarlas. Las metas volantes, por ser volantes vuelan, son muy fugaces y si se disfrutan, se disfrutan sin detenerse. Estudiar para aprobar el curso es una meta, pero meta volante, que está en función de logros de más altura: conseguir una titulación, dar una satisfacción a los demás, sobre todo a los padres, afirmarse en que uno puede aspirar a metas mayores, etc. Y luego hay dos que tienen aún más peso porque su peso es de tipo moral: el cumplimiento de la propia obligación, y, para las personas de fe, la gloria de Dios. Acerca de esta última, que por sí misma es la motivación más alta, reconozcamos que no abunda demasiado. Si esta motivación se quiere someter a revisión, hay que proponer que la revisen en primer lugar los padres cristianos, porque son ellos los primeros responsables de ella.
4. En último lugar, hacer solo una indicación de tipo práctico por cuanto que la revisión no serviría de nada si se quedara en un mero ejercicio teórico. Al contrario, debe traducirse en medidas de confirmación de lo que se viene haciendo, de mejora o de rectificación. Por lo que respecta al curso académico, esas medidas deberán servir sobre todo para organizarse y hacer bien las cosas en el curso siguiente.
Para terminar creo que pueden venir bien unas palabras que hace cien años también sirvieron como conclusión de una exposición sobre el trabajo escolar, aunque no era el final de un artículo, como en este caso, sino una conferencia titulada “Aprendizaje y heroísmo”, dada en 1915 en la Residencia de Estudiantes de Madrid. Su autor, Eugenio D’Ors, dirigiéndose a los residentes, cerraba así su intervención:
“Todo pasa. Pasan pompas y vanidades. Pasa la nombradía como la oscuridad. Nada quedará a fin de cuentas, de lo que hoy es la dulzura o el dolor de tus horas, su fatiga o su satisfacción. Una sola cosa, Aprendiz, Estudiante, hijo mío, una sola cosa te será contada, y es tu Obra Bien Hecha”.

La sabiduría de dialogar

FELIPE ARIZMENDI ESQUIVEL


Dialogar no es debilidad, sino madurez personal y social
VER
Se han programado mesas de diálogo entre el gobierno federal y los maestros, tanto del Sindicato Nacional (SNTE), como de la Coordinadora (CNTE), para abordar asuntos educativos, políticos y sociales. Es de alabar que se haya llegado a esta decisión, que es el mejor camino para encontrar soluciones a la inestabilidad social que se produjo con las movilizaciones de quienes están inconformes con la llamada reforma educativa, aprobada por el Congreso Federal.
En estos días, disfruté mucho que dos grupos antagónicos de una parroquia, que llevaban 25 años en una actitud de rechazo mutuo por sus diferentes posturas políticas y eclesiales, finalmente pudieron llegar a unos acuerdos básicos para integrar el Consejo Parroquial con 8 personas de cada grupo y empezar a programar acciones conjuntas. Se escucharon con respeto y unos aceptaron las propuestas de los otros. Desde hace 16 años, yo les había insistido en dar este paso. Fue como un milagro, que me parecía imposible. Con humildad de corazón, se avanza; con orgullo y prepotencia, todo se pierde.
Escucharse es abrir la mente y el corazón para ponerse en el lugar del otro y tratar de comprender su posición. Dialogar no es conceder todo lo que se pide, sino analizar qué se puede y qué no se puede hacer. Es “saber perder”, para que ganemos todos. Es hacer a un lado el egoísmo personal y grupal, para el bien social.
Dialogar no es debilidad, sino madurez personal y social. Una persona que se niega a dialogar, se considera como la única poseedora de la verdad; se diviniza, se absolutiza; y todo absolutismo es dictatorial. Sólo Dios es la verdad plena y El no se impone, no es dictador, porque es amor, es cercanía, es misericordia, es perdón, es paciencia. Estos son los atributos de un verdadero diálogo.
PENSAR
El Papa Francisco, en su Exhortación La alegría del amor, en los Nos. 136-141, ofrece unos criterios para el diálogo en la familia, valederos para todo tipo de diálogo:
“El diálogo supone un largo y esforzado aprendizaje. El modo de preguntar, la forma de responder, el tono utilizado, el momento y muchos factores más, pueden condicionar la comunicación. Siempre es necesario desarrollar algunas actitudes que hacen posible el diálogo auténtico:
Darse tiempo, tiempo de calidad, que consiste en escuchar con paciencia y atención, hasta que el otro haya expresado todo lo que necesitaba. Esto requiere la ascesis de no empezar a hablar antes del momento adecuado. En lugar de comenzar a dar opiniones o consejos, hay que asegurarse de haber escuchado todo lo que el otro necesita decir. Esto implica hacer un silencio interior para escuchar sin ruidos en el corazón o en la mente: despojarse de toda prisa, dejar a un lado las propias necesidades y urgencias, hacer espacio.
Desarrollar el hábito de dar importancia real al otro. Se trata de valorar su persona, de reconocer que tiene derecho a existir, a pensar de manera autónoma y a ser feliz. Nunca hay que restarle importancia a lo que diga o reclame, aunque sea necesario expresar el propio punto de vista. Subyace aquí la convicción de que todos tienen algo que aportar. Es posible reconocer la verdad del otro, el valor de sus preocupaciones más hondas y el trasfondo de lo que dice, incluso detrás de palabras agresivas. Para ello hay que tratar de ponerse en su lugar e interpretar el fondo de su corazón.
Amplitud mental, para no encerrarse con obsesión en unas pocas ideas, y flexibilidad para poder modificar o completar las propias opiniones. Es posible que, de mi pensamiento y del pensamiento del otro pueda surgir una nueva síntesis que nos enriquezca a los dos. La unidad a la que hay que aspirar no es uniformidad, sino una unidad en la diversidad, o una diversidad reconciliada. También se necesita astucia para advertir a tiempo las interferencias que puedan aparecer. Es importante la capacidad de expresar lo que uno siente sin lastimar; utilizar un lenguaje y un modo de hablar que pueda ser más fácilmente aceptado o tolerado por el otro, aunque el contenido sea exigente; plantear los propios reclamos pero sin descargar la ira como forma de venganza, y evitar un lenguaje moralizante que sólo busque agredir, ironizar, culpar, herir”.
ACTUAR
Aprendamos a dialogar, que es escuchar, comprender, valorar, aprender, cambiar, controlar impulsos, pedir perdón, agradecer. Con la fuerza del Espíritu, se puede.

Décimo sexto domingo Tiempo ordinario Ciclo C

Antonio Rivero, L.C. 

Textos: Gn 18, 1-10a; Col 1, 24-28; Lc 10, 38-42
Idea principal: La hospitalidad es virtud fruto de un corazón caritativo y misericordioso, y al practicarla, entramos en contacto con Dios.
Síntesis del mensaje: “No olvidéis la hospitalidad, porque por ella algunos, sin saberlo, hospedaron ángeles” (Hebreos 13, 2). Así pues, la hospitalidad no siempre es sólo para los de la familia de la fe, sino también para aquellos que no lo son. Es fácil ser hospitalario con aquellos que conocemos –familiares y amigos-, pero Jesús dijo: “Si amáis a los que os aman. ¿No hacen también lo mismo los publicanos” (Mt 5, 46). Debemos brindar hospitalidad como un feliz privilegio, no como una carga (1 Pe 4, 9). ¿Dios nos hospedará? El salmo pregunta: “Señor, ¿quién puede hospedarse en tu tienda?”. Y da la respuesta: el que practica la justicia, el que no calumnia, el que no hace mal a nadie, el que no practica la usura.
Puntos de la idea principal:
En primer lugar, Abraham es ejemplo de hospitalidad (1ª lectura). En los hogares orientales se requería la hospitalidad, aun para forasteros desconocidos. El huésped podía gozar de esta hospitalidad sin la más mínima obligación de pago. La Biblia está llena de ejemplos de hospitalidad. En su defensa, Job alegó que siempre había estado atento a las necesidades de los viajeros (Job 31, 31- 32). Lot acogió a dos de ellos, sin saber, al principio, que eran ángeles (19, 1-3). Tan seriamente consideraba su obligación hacia sus huéspedes, que para protegerlos estuvo dispuesto a sacrificar la pureza de sus hijas (Gn 19, 4-8). Los israelitas recibieron la orden de proteger a los extranjeros y ser hospitalarios con ellos (Lv 19, 33, 34). San Pablo habría tenido estos incidentes en mente cuando aconsejó a los cristianos a ser hospitalarios, porque al serlo, sin saber algunos habían hospedado a ángeles (He 13, 2). Eliseo y su criado eran huéspedes frecuentes de una mujer sunamita, que finalmente hizo construir una habitación para él (2 R 4,8-10, 13). Y hoy nos sale el ejemplo de hospitalidad de Abraham. Es la escena que inmortalizó el pintor ruso Andréi Rublev con su ícono trinitario, junto a la encina de Mambré. Abraham tiene con ellos todos los cuidados que una hospitalidad oriental puede pensar: agua para los pies, descanso a la sombra, un pan recién amasado, un buen plato de carne, leche cuajada…Los visitantes le agradecen la hospitalidad prometiendo al anciano matrimonio que van a tener un hijo. Dios se muestra generoso con quien es hospitalario.
En segundo lugar, la familia de Betania es también ejemplo de hospitalidad (evangelio). La vida apostólica de Jesús es agotadora. Por eso sabe tomarse un descanso y tocar en la puerta de amigos, gozar de la sana amistad y de la hospitalidad de esta familia de Betania. Cada una de las hermanas le regala cosas distintas y complementarias. Marta, buena ama de casa, es más activa, preocupada por ofrecer a su huésped una comida digna. ¿Quién no hubiera hecho esto? María prefiere estar sentada a los pies del Señor, escuchando sus palabras. Sabemos lo que pasó: Marta se queja y Jesús deja bien claro el primado de la oración y de la escucha, pero sin despreciar la acción hospitalaria de Marta. Hay dos modos muy distintos de acoger a Jesús como huésped: está el modo activo de Marta, que se preocupa de hacer un montón de cosas por Él; y está el modo sereno de María, que le acoge poniéndose a sus pies para escucharle. Jesús nos dice que esta segunda manera es más importante. A un huésped se le honra mejor escuchándole atentamente. Y Jesús no es cualquier huésped. Él es la Palabra del Padre. Palabra que instruye y anima. Palabra que fortalece y sostiene. Palabra que interpela y corrige. Importante, pues, darnos tiempo todos los días en la oración para acoger en el corazón a este Huésped-Palabra, escucharle, dialogar con Él. Pero, y es curioso, Jesús entra como huésped y termina como anfitrión, habiéndonos llenado el alma de ánimo para comunicarlo a nuestros hermanos, invitándoles a acoger a tan digno huésped divino. Actividad, sí; no activismo y ajetreo loco. Contemplación, sí; no ensimismamiento ni huida de la realidad. El ejemplo nos lo da el mismo Cristo. ¿Su horario? Oración en la mañana y en la noche; y durante el día, dedicación apostólica.
Finalmente, nosotros debemos también ser ejemplos de hospitalidad con nuestros hermanos. En un mundo tan inhóspito y que facilita tan poco la comunicación cara a cara, por varias causas, una de las cuales son los instrumentos que llevamos en el bolsillo: teléfono, whatsapp, etc., nos urge reconquistar este valor. ¿A quién debemos ofrecer hospitalidad? A todos los que pasen a nuestro lado y que vengan con buenas intenciones. ¿Por qué debemos ser hospitalarios? Porque es a Cristo a quien acogemos en la persona de nuestro hermano. ¿Para qué debemos ser hospitalarios? Para imitar a Cristo, para recibir toda clase de bendiciones de arriba y, sobre todo, recibir de Él su abrazo en el cielo, cuando nos hospede al final de nuestra vida terrena. ¿Cómo debe ser nuestra hospitalidad? Gratuita, respetuosa, atenta, generosa, sincera. ¿Cuáles serían algunos detalles de hospitalidad para nosotros? Nos responde el salmo de este domingo: practicar la justicia, no calumniar ni difamar, no hacer mal a nadie, no practicar la usura. Las lista de detalles puede prolongarse: estar abierto a la escucha de ese hermano que nos habla, darle un pedazo de nuestra conversación positiva y motivadora, saber comprender los defectos evidentes, echarle una mano en algo que necesita, acoger con bondad a quien toca la puerta de nuestra casa. El encuentro con el hermano es un encuentro con Dios. Es como una “teofanía”: el Señor se nos apareció. Tal vez llevaremos una sorpresa cuando el Juez, Cristo Jesús, nos diga al final: “a Mí me lo hicisteis”.
Para reflexionar: ¿Tenemos un espíritu acogedor, hospitalario? ¿O tenemos bien trancada la puerta de nuestra casa y de nuestro corazón? ¿Tengo la escucha de la Palabra como prioridad en mi vida, antes de toda actividad doméstica, acción caritativa o de promoción humana? ¿Sé compaginar las dos cosas: la acción caritativa y la oración contemplativa?
Para rezar: Jesús, cuántas veces he dejado a un lado mi oración para darle vuelo a mi imaginación: programando, planeando los grandes proyectos que podría llevar a cabo, pero olvidando que lo único que puede garantizar el éxito apostólico es que Tú seas la parte central de cualquier esfuerzo. Permite que nunca olvide que mi misión proviene de tu inspiración, que inicia y se sostiene sólo con tu gracia, que desde el principio y hasta el final todo debe ser por Ti y para Ti.

11 julio 2016

La revolución sexual global: Destrucción de la libertad en nombre de la libertad


Se pretende cambiar radicalmente las personas y la sociedad aprovechando una voluntad de poder que se inspira claramente en Nietzsche
La autora del libro La revolución sexual global, la socióloga y publicista alemana Gabriele Kuby, es una de las pocas voces que con autoridad reconocida se elevan para criticar el relativismo occidental actual.
A ella se debe, por ejemplo, que la ministro federal de la familia Ursula von der Leyen se haya visto obligada a quitar de la circulación el libro de educación sexual, 'Cuerpo, amor, el juego del doctor', en el que entre otras aberraciones se invita a los padres a jugar sexualmente con sus hijos.
El ensayo del que me ocupo hace referencia a algunos temas de dos de sus obras precedentes: Revolución Gender (2006) y Nacionalización de la educación. El camino para convertirse en hombres nuevos (2007). Ahora su denuncia adquiere una dimensión universal. De aquí el título del libro La revolución sexual global; una revolución que, como indica el subtítulo (Destrucción de la libertad en nombre de la libertad), pretende cambiar radicalmente las personas y la sociedad aprovechando una voluntad de poder que se inspira claramente en Nietzsche.
A partir de esta clave interpretativa, Kuby logra contar la historia, los métodos y las consecuencias de una potentísima agenda global que busca modificar las constituciones de los países, las instituciones educativas y las costumbres de los ciudadanos con un solo fin: la construcción de una sociedad global en la que las personas sean pocas y completamente manipulables.
A alguno le podría venir a la mente: "Es otro libro sobre los complots". Basta sin embargo mirar a la cantidad de documentos analizados, a los hechos y a las estadísticas recogidas, para entender que nos encontramos frente a un libro riguroso y objetivo.
No obstante la cantidad de documentación, la lectura del libro, lejos de ser aburrida está llena de suspense y de revelaciones sorprendentes, página tras página. El lector es informado de los antecedentes, de cuáles son los medios de comunicación y la red de organizaciones gubernamentales implicadas en la misma práctica de esta agenda global. Al mismo tiempo, se ofrecen las categorías antropológicas y sociológicas necesarias para que los lectores puedan realizar las valoraciones pertinentes con las que poder tomar las decisiones.
En la primera parte del libro (capítulos 1-4), la autora presenta brevemente el marco histórico de la actual revolución sexual. Después de haber señalado la revolución francesa como el origen histórico de la lucha para alcanzar la igualdad, indica el movimiento feminista del 68 como etapa previa a la ideología de género, según la cual, la humanidad no está hecha de hombres y mujeres, sino de una masa uniforme de iguales que tiene el derecho de construir su propia identidad sexual.
El hilo conductor que une el 68 y la ideología de género, según la autora, es el maltusianismo, es decir, el intento de disminuir la población mundial, sobre todo los pobres de Occidente y de los países en vías de desarrollo. Desde este punto de vista, son muy interesantes los retratos intelectuales de algunas figuras como, Margret Sanger,Alexandra Kollonti, Wilhelm Reich, Eddie Bernays, Simone de Beauvoir, John Money,Judith Butler, etc. El impulso global de la revolución sexual no procede solo de las ideas, sino sobre todo de las conferencias organizadas por las Naciones Unidas (Pekín, El Cairo, etc.) con las que se ha intentado destruir los derechos humanos, la sexualidad, la familia.
De allí han surgido algunos slogans que han dado la vuelta al mundo, como el aborto es un derecho de la mujer, o el "género" no se impone sino que se elige. No obstante los siglos transcurridos, los métodos de la revolución sexual global son los mismos de la vieja revolución francesa: el terror. Hoy, sin embargo, la guillotina no corta las cabezas de los opositores, sino "sólo" el puesto de trabajo, la carrera académica o política.
En la segunda parte (capítulos 5-10), Kuby continúa su análisis de los organismos y de los documentos con los que se trata de introducir la ideología de género. Entre estos últimos concede particular valor a los 29 principios de Yakarta, que fueron formulados en 2007 por un grupo de "famosos expertos", sin autorización ni legitimación, en un encuentro privado que tuvo lugar en la capital indonesia.
En marzo del mismo año, estos principios fueron presentados a la opinión pública en la sede de las Naciones Unidas en Ginebra. La Unión Europea los acogió enseguida y comenzó a imponerlos a instituciones, hospitales, tribunales... y también en guarderías y escuelas. Porque, como explica la autora en otro capítulo, para destruir el fundamento de la familia se debe socavar la unión heterosexual, algo no muy fácil entre adultos que son heterosexuales en su gran mayoría.
Sin embargo, los niños y los adolescentes pueden ser formados fácilmente, sobre todo si quien ocupa el ministerio de las políticas familiares comparte esta ideología. Como documenta Kuby, cada vez más a menudo en las escuelas y jardines de infancia los niños son sexualizados con juegos, cuentos y representaciones teatrales. De esta forma se les roba la inocencia típica de la infancia. Se presenta a los niños una especie de práctica sexual desviada como elección equivalente, animándoles a experimentarla. Con ello su personalidad puede sufrir cambios irreversibles.
Además, las instancias estatales crean estructuras para minar el derecho y la autoridad de los padres, a través de la educación sexual generalizada y obligatoria, a partir de la escuela primara. En la implementación de la ideología de género juega también un rol decisivo la violencia lingüística y la pornografía, definida por la autora como la nueva plaga global.
Mediante la creación de neologismos como "gender", la sustitución de palabras como progenitor A (padre) y progenitor (B) y el ataque al lenguaje, no solo se corrompen las palabras, sino que se da origen a "nuevas realidades", ya que −como han pensado siempre los ideólogos de todas las épocas− "no es la verdad que nos hace libres, sino la libertad que hace la verdad".
En la última parte del libro (capítulo 11-15), Kuby analiza las armas que el nuevo totalitarismo usa para combatir a los rebeldes: la intolerancia y la discriminación. De esta forma la autora subraya la paradoja, ya mencionada en el subtítulo, de buscar quitar la libertad en el nombre de la libertad. Frente a esta dictadura relativista que instrumentaliza la sexualidad para imponer una nueva concepción de la persona, la autora aconseja formar la propia conciencia enraizándola en la verdad. Como antídoto a las derivaciones de la ideología de género, ella propone no educar en la sexualidad, sino en el amor.
Como escribe Spaemann en la introducción, se debe dar las gracias a la autora por el valor de ir contracorriente, ofreciéndonos un ensayo que ilumina lo que se esconde bajo los cambios lingüísticos, los modos pedagógicos y académicos que a simple vista parecerían solo una extrañeza, cuando en realidad son instrumentos de una voluntad de potencia comprometida en la construcción de una nueva humanidad. Por ello creo que este libro merecería ser traducido en las principales lenguas.
Con este fin, me permito hacer dos sugerencias a la autora. En primer lugar, revisar los capítulos de la última parte para darle más unidad, quitando repeticiones; en segundo lugar, distinguir al menos dos tipos de feminismo: por un lado, el que ha luchado y continúa haciéndolo por el reconocimiento de los derechos políticos y sociales de las mujeres, es decir por la igualdad de la mujer como persona; y, por otro, el radical, que imita una sexualidad masculina degenerada, por la cual el sexo se reduce al uso de la genitalidad sin responsabilidad. De esta forma aparecerá con más claridad lo que constituye el genio femenino, la donación, cuya reivindicación, lejos de ser un obstáculo al amor, es la premisa.
Antonio Malo es catedrático de Antropología de la Universidad Pontificia de la Santa Cruz (Roma)

‘Informe sobre la Esperanza’

Una clara invitación a los cristianos a descubrir la grandeza de ser cristiano, y a ser conscientes de que el mundo y su cultura, sin la Luz de Cristo, son apenas tiniebla
En la práctica diaria de nuestra vida dentro del ámbito de la civilización occidental, podemos apreciar muchos síntomas que dejan claramente de manifiesto la gran falta de esperanza que ha penetrado en el corazón de no pocos europeos. Si muchas personas no encuentran razón para luchar y para morir, tampoco descubren ninguna razón para vivir.
Tantos discursos llenan nuestros oídos de palabras repletas de vacío, como “progresista”, “modernista”, “avanzados”, “libertarios”, “realizadores de sí mismos”, etc. etc. En un primer momento podemos caer en la trampa de que son invitaciones a un caminar esperanzador. Necesitamos poco tiempo para descubrir que, en realidad, esas palabras grandilocuentes van unidas, casi siempre, a una defensa del aborto −señal clara de desesperanza−; a una defensa del divorcio “express”; a una afirmación de la “banalidad” de la familia, de un desprecio del valor de la vida propia y la de los demás.
Esas palabras vacías vienen a ser una invitación a despeñarse en el abismo, visto que no vamos a ningún sitio. Consecuencia lógica de la verdad que transmiten: “Comamos y bebamos que mañana moriremos”. Y algunos, para no oír hablar de la muerte, acaban diciendo: “que mañana no estaremos”.
Convertir la vida en puro entretenimiento para ser “feliz”, es quizá la muestra más patente de que el corazón del hombre está lleno de desesperanza; está realmente vacío de futuro vital, de sentido de la vida, y por tanto, vacío de amor y de esperanza.
«¡No os dejéis robar la esperanza, esa que nos da Jesús!»
Con estas palabras del papa Francisco comienza el diálogo entre el Card. Müller yCarlos Granados, diálogo que se recoge en el libro que da título a estas líneas: Informe sobre la esperanza, publicado por la BAC. Libro que vale la pena leer y tener presente, porque tiene la valentía de presentar estas cuestiones con la claridad que merecen.
¿Conseguirá este libro el eco que en su día alcanzó el Informe sobre la Fe, de 1984, del entonces Card. Ratzinger, Prefecto de la misma Congregación de la Fe, que preside ahora el card. Müller?
El hablar de Cristo más como hombre que como Dios; el soslayar su Resurrección, su vencer la muerte; el no mencionar la realidad del pecado y, por tanto, la necesidad que el hombre tiene de ser salvado; el olvido del infierno, la soledad del hombre consigo mismo; fruto todo de la gran falta de Fe que Ratzinger hizo notar en su “Informe”, ha ido carcomiendo la Fe, el sentido de la Fe, en muchas conciencias cristianas, hasta llegar a “banalizar” la Fe, quitar a los cristianos fuerza, Esperanza, para convertir el mundo a Cristo Nuestro Señor.
Todo esto es el fruto de la influencia de corrientes ideológicas, filosóficas entre los teólogos, que ha llevado a tener una visión muy horizontal de las grandes verdades de Fe, que han ido poco a poco invitando a muchos creyentes a acomodarse al “espíritu de los tiempos”, y hasta a tratar de interpretar la Escritura según la “cultura” de nuestros días.
Ratzinger ya nos puso en guardia ante esa realidad: «No son los cristianos los que se oponen al mundo. Es el mundo el que se opone a ellos cuando se proclama la verdad sobre Dios, sobre Cristo y sobre el hombre. El mundo se rebela siempre que al pecado y a la gracia se les llama por su nombre. Superada una la fase de aperturas indiscriminadas, es hora de que el cristiano descubra de nuevo la conciencia responsable de pertenecer a una minoría y de estar con frecuencia en contradicción con lo que es obvio, lógico y natural para aquello que el Nuevo Testamento llama −y no ciertamente en sentido positivo− “el espíritu del mundo”. Es tiempo de encontrar de nuevo el coraje del anticonformismo, la capacidad de oponerse, de denunciar muchas de las tendencias de la cultura actual, renunciando a cierta eufórica solidaridad posconciliar» (Informe sobre la Fe, pág. 23).
Müller se enfrenta con la cuestión desde el principio de su “Informe”,
«En realidad, al rechazar la fe en Dios; al dejar de recordar su gratuidad y sus beneficios en nuestra vida, es decir, al perder nuestra memoria fundante; al olvidar que Él es nuestro principio y fundamento… nos hemos vuelto pequeños dioses, rehusando profundizar en nosotros mismos para acabar redefiniendo nuestra identidad a nuestro capricho (“ideología de género”). Esta cultura occidental que, a partir de concepciones filosóficas y teológicas erróneas, ha tomado conciencia de no necesitar a Dios para fundar el ser y el hombre, no sólo ha perdido la fe sino la esperanza y, con ella, la excelencia. Como dice D. Goldman, autor de libros como ‘How Civilizations die’, “la banalidad del occidente es desalentadora”» (pág. 8).
Seguiremos comentando este “Informe sobre la Esperanza”: una clara invitación a los cristianos a descubrir la grandeza de ser cristiano, y a ser conscientes de que el mundo y su cultura, sin la Luz de Cristo, son apenas tiniebla. Y nuestra misión es “convertir” esa tiniebla, en Luz, para bien de todos.