07 agosto 2016

Invita a usar la “lógica de la atención a los otros”

El Papa en el Ángelus 


Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!
En la página del Evangelio de hoy (Lc 12, 32-48), Jesús habla a sus discípulos de la actitud de asumir el encuentro final con Él, y explica cómo la espera de este encuentro debe empujar a una vida rica de obras buenas. Entre otras cosas dice: “Vended vuestros bienes y dad limosna; haceos talegas que no se echen a perder, y un tesoro inagotable en el cielo, donde no se acercan los ladrones ni roe la polilla” (v. 33). Es una invitación a dar valor a la limosna como obra de misericordia, a no poner la confianza en los bienes efímeros, a usar las cosas sin apego y egoísmo, sino según la lógica de Dios, la lógica de la atención a los otros, la lógica del amor. Nosotros podemos tener muchas cosas, estar muy apegados al dinero, tener mucho. Pero después, al final, no podemos llevarlo con nosotros. Recordad que el sudario no tiene bolsillos.
La enseñanza de Jesús prosigue con tres breves parábolas sobre el tema de la vigilancia. Esto es importante, la vigilancia, estar atentos, vigilantes en la vida.
La primera es la parábola de los siervos que esperan en la noche el regreso del señor. “Dichosos los criados a quienes el señor, al llegar, los encuentre en vela” (v. 37): es la bienaventuranza del esperar con fe al Señor, del estar preparados, en actitud de servicio. Él se hace presente cada día, llama a la puerta de nuestro corazón. Y será bienaventurado quien le abra, porque tendrá una gran recompensa: de hecho, el Señor mismo se hará siervo de sus siervos; es una bonita recompensa. En el gran banquete de su Reino pasará Él mismo a servirles. Con esta parábola, ambientada en la noche, Jesús proyecta la vida como una vigilia de espera activa, que precede al día luminoso de la eternidad. Para poder acceder es necesario estar preparados, despiertos y ocupados en el servicio a los otros, en la perspectiva reconfortante que, “allí”, ya no seremos nosotros los que sirvamos a Dios, sino Él mismo nos acogerá en su mesa. Pensándolo bien, esto sucede ya hoy cada vez que encontramos al Señor en la oración, o al servir a los pobres, y sobre todo en la Eucaristía, donde Él prepara un banquete para nutrirnos con su Palabra y su Cuerpo.
La segunda parábola tiene como imagen la venida imprevisible del ladrón. Este hecho exige una vigilancia; de hecho, Jesús exhorta: “Estad preparados, porque a la hora que menos penséis viene el Hijo del hombre” (v. 40). El discípulo es el que espera al Señor y su Reino.
El Evangelio aclara esta perspectiva con la tercera parábola: el administrador de una casa después de la ida del señor. En el primer cuadro, el administrado sigue fielmente sus tareas y recibe la recompensa. En el segundo cuadro, el administrador abusa de su autoridad y pega a los siervos, por lo que, al regreso imprevisto del señor, será castigado. Esta escena describe una situación frecuente también en nuestros días: muchas injusticias, violencias y maldades cotidianas nacen de la idea de comportarnos como señores de la vida de los otros. Y nosotros tenemos un solo señor, aunque no le gusta llamarse señor, le gusta que le llamemos Padre. Nosotros somos siervos, pecadores todos, hijos, pero Él es el único Padre.
Jesús hoy nos recuerda que la espera de la bienaventuranza eterna no nos libra del compromiso de hacer más justo y más habitable el mundo. Es más, precisamente nuestra esperanza de poseer el Reino en la eternidad nos empuja a trabajar para mejorar las condiciones de la vida terrena, especialmente de los hermanos más débiles. La virgen María nos ayude a ser personas y comunidades no aplanadas en el presente, o, peor, nostálgicas del pasado, sino proyectadas hacia el futuro de Dios, hacia el encuentro con Él, nuestra vida y nuestra esperanza.
Después del ángelus ha señalado el Papa:
Queridos hermanos y hermanas,
Lamentablemente desde Siria continúan llegando noticias de víctimas civiles de la guerra, en particular desde Alepo. Es inaceptable que tantas personas indefensas –también muchos niños– deban pagar el precio del conflicto, el precio de la clausura, deben pagar el precio del conflicto, el precio de la clausura de corazón y la falta de la voluntad de paz de los poderosos. Estamos cerca con la oración y la solidaridad a los hermanos y a las hermanas sirios, y les encomendamos a la materna protección de la Virgen María. Rezamos todos, primero en silencio después el Ave María.
¡Os saludo a todos vosotros, romanos y peregrinos de distintos países! Se ven muchas banderas.
Hoy están presentes varios grupos de chicos y jóvenes. ¡Os saludo con particular afecto! En particular, el grupo de la pastoral juvenil de Verona; los jóvenes de Padua, Sandrigo y Brembilla. Y el grupo de los chicos de Fasta, venidos de Argentina. Pero, ¡estos argentinos hacen lío por todos lados! Como también saludo a los adolescentes de Campogalliano y San Mateo de la Decima, que están en  Roma para desarrollar un servicio de voluntariado en centros de acogida.
Saludo también a los fieles de Sforzatica, diócesis de Bérgamo.
Os deseo a todos un feliz domingo. Por favor, no os olvidéis de rezar por mí. ¡Buen almuerzo y hasta pronto!

Diez principios y una clave para educar correctamente

Tomás Melendo Granados  (CATHOLIC.NET)

Un memorándum, el más accesible y concreto posible, de los principales criterios y sugerencias sobre «el arte de las artes», como ha sido llamada la educación


Padre y madre son, por naturaleza, los primeros e irrenunciables educadores de su hijos. Su misión no es fácil. Está llena de contrastes en apariencia irreconciliables: han de saber comprender, pero también exigir; respetar la libertad de los chicos, pero a la vez guiarles y corregirles; ayudarles en sus tareas, pero sin sustituirlos ni evitarles el esfuerzo formativo y la satisfacción que el realizarlas lleva consigo…
De ahí que los padres tengan que aprender por sí mismos a serlo… y desde muy pronto. En ningún oficio la capacitación profesional comienza cuando el aspirante alcanza puestos de relieve y tiene entre sus manos encargos de alta responsabilidad. ¿Por qué en el «oficio de padres» debería ser de otra forma? ¿Acaso porque se trata más de un arte que de una ciencia? De acuerdo; pero en ningún arte bastan la inspiración y la intuición; es menester también instruirse, formarse.
En cualquier caso, aprender este «oficio» no consiste en proveerse de un conjunto de recetas o soluciones ya dadas e inmediatamente aplicables a los problemas que van surgiendo. Tales recetas no existen. Existen, por el contrario, principios o fundamentos de la educación, que iluminan las distintas situaciones: los padres deben conocerlos muy a fondo, hasta hacerlos pensamiento de su pensamiento y vida de su vida, para con ellos encarar la práctica diaria.
Teniendo esto claro, y sin demasiadas pretensiones, ofreceré un memorándum, el más accesible y concreto posible, de los principales criterios y sugerencias sobre «el arte de las artes», como ha sido llamada la educación.
— Tres consejos de primer orden.
1) La primera cosa que los padres necesitan para educar es un verdadero y cabal amor a sus hijos.
Según escribe G. Courtois en El arte de educar a los muchachos de hoy, la educación requiere, además de «un poco de ciencia y de experiencia, mucho sentido común y, sobre todo, mucho amor». Con otras palabras, es preciso dominar algunos principios pedagógicos y obrar con sentido común, pero sin suponer que baste aplicar una bonita teoría para obtener seguros resultados.
¿Por qué? Entre otros motivos, porque «cada niño es un caso» absolutamente irrepetible, distinto de todos los demás. Ningún manual es capaz de explicarnos ese «caso» concreto. Hay que aprender a modular los principios a tenor del temperamento, la edad y las circunstancias en que se encuentren los hijos. Y solo el amor permite conocer a cada uno de ellos tal como es hoy y ahora y actuar en consecuencia: aun concediendo la parte de verdad que encierra el dicho de que «el amor es ciego», resulta mucho más profundo y real sostener que es agudo y perspicaz, clarividente; y que, tratándose de personas, solo un amor auténtico nos capacita para conocerlas con hondura.
De hecho, será el amor el que enseñe a los padres a descubrir el momento más adecuado para hablar y para callar; el tiempo para jugar con los niños e interesarse por sus problemas sin someterlos a un interrogatorio y el de respetar su necesidad de estar a solas; las ocasiones en que conviene «soltar un poco de cuerda» y «no darse por enterados» frente a aquellas otras en que lo que procede es intervenir con decisión e incluso con resuelta viveza…
Y, según decía, en todo este difícil arte los padres resultan insustituibles. Un matrimonio muy agobiado por su trabajo profesional buscaba en una tienda de juguetes un regalo para su niño: pedían algo que lo divirtiera, lo mantuviese tranquilo y, sobre todo, le quitara la sensación de estar solo. Una dependiente inteligente les explicó: «lo siento, pero no vendemos padres».
2) La primera cosa que el hijo necesita para ser educado es que sus padres se quieran entre sí.
«Hacemos que no le falte de nada, estamos pendientes hasta de sus menores caprichos, y sin embargo…».
Expresiones como ésta las oímos a menudo, proferidas por tantos padres que se vuelcan aparentemente sobre sus hijos —alimentos sanos, reconstituyentes, juegos, vestidos de marca, vacaciones junto al mar, diversiones, etc.—, pero se olvidan de la cosa más importante que precisan los críos: que los propios padres se amen y estén unidos.
El cariño mutuo de los padres es el que ha hecho que los hijos vengan al mundo. Y ese mismo afecto recíproco debe completar la tarea comenzada, ayudando al niño a alcanzar la plenitud y la felicidad a que se encuentra llamado. El complemento natural de la procreación, la educación, ha de estar movido por las mismas causas —el amor de los padres— que engendraron al hijo.
Desde hace ya bastantes siglos se ha dicho que, al salir del útero materno, donde el líquido amniótico lo protegía y alimentaba, el niño reclama imperiosamente otro «útero» y otro «líquido», sin los que no podría crecer y desarrollarse; a saber, los que originan el padre y la madre al quererse de veras.
Por eso, cada uno de los esposos debe engrandecer la imagen del otro ante los hijos y evitar cuanto pueda hacer disminuir el cariño de éstos hacia su cónyuge. Desde que los críos son muy pequeños, además de manifestar prudente pero claramente el afecto que los une, los padres han de prestar atención a no hacerse reproches mutuos delante de ellos, a no permitir uno lo que el otro prohíbe, a evitar de plano ciertas aberrantes recomendaciones al niño: «esto no se lo digas a papá (o a mamá)», etc.
3) Enseñar a querer.
Como acabamos de ver, el principio radical de la educación es que los padres se quieran entre sí y, como fruto de ese amor, que quieran de veras a sus hijos; el fin de esa educación es que los hijos, a su vez, vayan aprendiendo a querer, a amar.
Curiosamente y en compendio, educar es amar, y amar es enseñar a amar.

Según explica Rafael Tomás Caldera, «la verdadera grandeza del hombre, su perfección, por tanto, su misión o cometido, es el amor. Todo lo otro —capacidad profesional, prestigio, riqueza, vida más o menos larga, desarrollo intelectual— tiene que confluir en el amor o carece en definitiva de sentido»… e incluso, si no se encamina al amor, pudiera resultar perjudicial.
La entera tarea educativa de los padres ha de dirigirse, pues, en última instancia, a incrementar la capacidad de amar de cada hijo y a evitar cuanto lo torne más egoísta, más cerrado y pendiente de sí, menos capaz de descubrir, querer, perseguir y realizar el bien de los otros.
Sólo así contribuirán eficazmente a hacerlos felices, puesto que la dicha —como muestran desde los filósofos más clásicos hasta los más certeros psiquiatras contemporáneos— no es sino el efecto no buscado de engrandecer la propia persona, de mejorar progresivamente: y esto solo se consigue amando más y mejor, dilatando las fronteras del propio corazón.
— Siete recomendaciones más.
4) El mejor educador es el ejemplo.
Los niños tienden a imitar las actitudes de los adultos, en especial de los que quieren o admiran. Jamás pierden de vista a los padres, los observan de continuo, sobre todo en los primeros años. Ven también cuando no miran y escuchan incluso cuando están super-ocupados jugando. Poseen una especie de radar, que intercepta todos los actos y las palabras de su entorno.
Por eso los padres educan o deseducan, ante todo, con su ejemplo.
Además, el ejemplo posee un insustituible valor pedagógico, de confirmación y de ánimo: no hay mejor modo de enseñar a un niño a tirarse al agua que hacerlo con él o antes que él. Las palabras vuelan, pero el ejemplo permanece, ilumina las conductas… y arrastra.
En el extremo opuesto la incongruencia entre lo que se aconseja y lo que se vive es el mayor mal que un padre o una madre puede infligir a sus hijos: sobre todo a determinadas edades, cuando el sentido de la «justicia» se encuentra en los chicos rígidamente asentado, sobre-desarrollado… y dispuesto a enjuiciar con excesiva dureza a los demás.
5) Animar y recompensar.
El niño es muy receptivo. Si se le repite con frecuencia que es un maleducado, un egoísta, que no sirve para nada, se creerá y será verdaderamente maleducado, egoísta, e incapaz de realizar tarea alguna…«aunque no fuera sino para no defraudar a sus padres».
Es mejor que tenga un poco de excesiva confianza en sí mismo, que demasiado poca. Y si lo vemos recaer en algún defecto, resultará más eficaz una palabra de ánimo que echárselo en cara y humillarlo. Mostrar al hijo que confiamos en sus posibilidades es para él un gran incentivo; en efecto, el pequeño —como, con matices, cualquier ser humano— se encuentra impulsado a llevar a la práctica la opinión positiva o negativa que de él se tiene y a no defraudar nuestras expectativas al respecto.
Cuando hace una observación correcta, incluso opuesta a la que nosotros acabamos de comentar o sugerir, no hay que tener miedo a darle la razón. No se pierde autoridad; más bien al contrario, la ganamos, puesto que no la hacemos residir en nuestros puntos de vista, sino en la misma verdad objetiva de lo que se propone.
Al animar y elogiar es preferible estar más atentos al esfuerzo hecho que al resultado obtenido. En principio, no se debe recompensar al niño por haber cumplido un deber o por haber tenido éxito en algo, si el conseguirlo no le ha supuesto un empeño muy especial. Un regalo por unas buenas calificaciones es deformante. Las buenas calificaciones, junto con la demostración de nuestra alegría por ese resultado, deberían ser ya un premio que diera suficiente satisfacción al niño.
Tampoco es bueno multiplicar desmesuradamente las gratificaciones. Por un lado, porque se le enseña a actuar no por lo que en sí mismo es bueno, sino por la recompensa que él recibe (o, lo que es idéntico, a pensar más en sí mismo que en los otros). Y además, porque cuando éstas vinieran a faltar, el pequeño se sentirá decepcionado: premiar reiteradamente lo que no lo merece equivale a transformar en un castigo todas las situaciones en que esa compensación esté ausente.
Conviene no olvidar una ley básica: educar a alguien no es hacer que siempre se encuentre contento y satisfecho, por tener cubiertos todos sus caprichos o deseos, sino ayudarle a sacar de sí (e-ducir), con el esfuerzo imprescindible por nuestra parte y la suya, toda esa maravilla que encierra en su interior y que lo encumbrará hasta la plenitud de su condición personal… haciéndolo, como consecuencia, muy dichoso.
6) Ejercer la autoridad, sin forzarla ni malograrla.
Por lo mismo, para educar no son suficientes el cariño, el buen ejemplo y los ánimos; es preciso también ejercer la autoridad, explicando siempre, en la medida de lo posible, las razones que nos llevan a aconsejar, imponer, reprobar o prohibir una conducta determinada.
La educación al margen de la autoridad, en otro tiempo tan pregonada, se presenta hoy como una breve moda fracasada y obsoleta, contradicha por aquellos mismos que la han sufrido. El niño tiene necesidad de autoridad y la busca. Si no encuentra a su alrededor una señalización y una demarcación, se torna inseguro o nervioso.
Incluso cuando juegan entre ellos, los niños inventan siempre reglas que no deben ser transgredidas. Por lo demás, todos sabemos lo antipáticos, molestos y tiránicos que son los hijos de los otros, cuando están malcriados, habituados a llamar siempre la atención y a no obedecer cuando no tienen ganas.
Pero tratándose de los propios, es más difícil un juicio lúcido. No se sabe bien si imponerse o abajarse a pactar y dejar hacer, para no correr el riesgo de tener una escena en público…, o acabar la cuestión con una explosión de ira y una regañina (que después deja más incómodos a los padres que al niño).
Por detrás de esta inseguridad, hay siempre una extraña mezcla de miedos y prevenciones. El horror a perder el cariño del chiquillo, el temor a que corra algún riesgo su incolumidad física, el pavor a que nos haga quedar mal o nos provoque daños materiales.
En definitiva, aunque no lo advirtamos ni deseemos, nos queremos más a nosotros mismos que al chico o la chica, anteponemos nuestro bien al suyo. De ahí que, si por encima de tantos temores prevaleciera el deseo sincero y eficaz de ayudar al crío a reconocer los propios impulsos egoístas, la codicia, la pereza, la envidia, la crueldad, etc., no existiría esa sensación de culpa cuando se lo corrigiera utilizando el propio ascendiente.
· Con base en lo expuesto hasta aquí, y aun cuando no esté de moda, es menester reiterar de modo claro y neto la imposibilidad de educar sin ejercer la autoridad (que no es autoritarismo) y exigir la obediencia desde el mismo momento en que los niños empiezan a entender lo que se les pide. Por eso, es importante que los padres, explicando siempre los motivos de sus decisiones, indiquen a los niños lo que deben hacer o evitar, no dejando por comodidad caer en el olvido sus órdenes, ni permitiendo que los niños se les opongan abiertamente.
Como consecuencia, un criterio básico en la educación del hogar es que deben existir muy pocas normas y muy fundamentales y nunca arbitrarias, lograr que siempre se cumplan… y dejar una enorme libertad en todo lo opinable, aun cuando las preferencias de los hijos no coincidan con las nuestras: ¡ellos gozan de todo el «derecho» a llegar a ser aquello a lo que están llamados… y nosotros no tenemos ninguno a convertirlos en una réplica de nuestro propio yo!
A veces, sin embargo, se prohíbe algo sin saber bien por qué, qué es lo que encierra de malo, sólo por impulso, por las ganas de estar tranquilos o porque uno se siente nervioso y todo le molesta. Se compromete así la propia autoridad sin que sea necesario, abusando de ella… y se desconcierta a los muchachos, que no saben por qué hoy está vedado lo que ayer se veía con buenos ojos.
Cualquier niño sano tiene necesidad de movimiento, de juego inventivo y de libertad. Interviniendo de manera continua e irrazonable se acaba por hacer de la autoridad algo insufrible. Como aquella madre de la que se cuenta que decía a la niñera: «Ve al cuarto de los niños a ver que están haciendo… y prohíbeselo».
Por otro lado, la convicción del niño de que nunca hará desistir a los padres de las órdenes impartidas posee una extraordinaria eficacia, y ayuda enormemente a calmar las rabietas o a que no lleguen a producirse.
(Lo más opuesto a esto, como ya he insinuado, es repetir veinte veces la misma orden —lávate los dientes, dúchate, vete ya a dormir…— sin exigir que se cumpla de inmediato: provoca un enorme desgaste psíquico, tal vez sobre todo a las madres, que suelen pasar mayor parte del día bregando con los críos, al tiempo que disminuye o elimina la propia autoridad).
· Vale asimismo la pena estar atentos al modo como se da una indicación. Quien ordena secamente o alzando sin motivo el volumen de la voz deja siempre traslucir nerviosismo y poca seguridad. Un tono amenazador suscita con razón reacciones negativas y oposiciones. Demos las órdenes o, mejor, pidamos por favor, con actitud serena y confiando claramente en que vamos a ser obedecidos.
Reservemos los mandatos estrictos para las cosas muy importantes. Para las demás peticiones resultará preferible utilizar una forma más blanda: «¿serías tan amable de…?», «¿podrías, por favor…?», «¿hay alguno que sepa hacer esto?». De este modo, se estimulará a los críos para que realicen elecciones libres y responsables, y se les dará la ocasión de actuar con autonomía e inventiva, de sentirse útiles… y experimentar la satisfacción de tener contentos a sus padres.
A veces es necesario pedir al hijo un esfuerzo mayor del acostumbrado; convendrá entonces crear un clima favorable. Si, por ejemplo, sabéis que vuestro cónyuge está particularmente cansado o lo atenaza una jaqueca insufrible, hablaréis a solas con el niño y le diréis: «Mamá (o papá) tiene un fuerte dolor de cabeza; por eso, esta tarde te pido un empeño especial para hacer el menos ruido posible…».
Quizá sea oportuno darle una ocupación, y dirigirle una mirada cariñosa o una caricia, de vez en cuando, para recompensar sus desvelos… sin olvidar que en este, como en los restantes casos, hay que arreglárselas para que el niño cumpla su obligación.
Firmeza, por tanto, para exigir la conducta adecuada, pero dulzura extrema en el modo de sugerirla o reclamarla.
7) Saber regañar y castigar.
Los ánimos y las recompensas no son normalmente suficientes para una sana educación. Un reproche o una punición, dados de la manera oportuna, proporcionada y sin arrepentimientos injustificados, contribuirá a formar el criterio moral del muchacho.
Sensata e inteligente debe ser la dosificación de las reprimendas y de los castigos. La política del «dejar hacer» es típica de los padres o débiles o cómplices.
También en la educación, la «manga ancha» viene dictada a menudo por el temor de no ser obedecido o por la comodidad («haz lo que quieras, con tal de dejarme en paz»)… que no son sino otros tantos modos de amor propio: de preferir el propio bien (no esforzarse, no sufrir al demandar la conducta correcta) al de los hijos.
Pero resultaría pedante, o incluso neurótico, un continuo y sofocante control de los chicos, regañados y castigados por la más mínima desviación de unos cánones despóticos establecidos por los padres.
Para que una reprensión sea educativa ha de resultar clara, sucinta y no humillante. Hay por tanto que aprender a regañar de manera correcta, explícita, breve, y después cambiar el tema de la conversación. En efecto, no se debe exigir que el hijo reconozca de inmediato el propio mal y pronuncie un mea culpa, sobre todo si están presentes otras personas (¿lo hacemos nosotros, los adultos?).
Convendrá también elegir el lugar y el momento pertinente para reprenderle; a veces será necesario esperar a que haya pasado el propio enfado, para poder hablar con la debida serenidad y con mayor eficacia.
Por otro lado, antes de decidirse a dar un castigo, conviene estar bien seguros de que el niño era consciente de la prohibición o del mandato.
Naturalmente, hay que evitar no solo que la sanción sea el desahogo de la propia rabia o malhumor, sino también que tenga esa apariencia. Tratándose de fracasos escolares, conviene saber juzgar si se deben a irresponsabilidad o a limitaciones difícilmente superables del chico o de la chica.
Cuando se reprenda es menester además huir de las comparaciones: «Mira cómo obedece y estudia tu hermana…». Las confrontaciones sólo engendran celos y antipatías.
Tener que castigar puede y debe disgustarnos, pero a veces es el mejor testimonio de amor que cabe ofrecer a un hijo: el amor «todo lo sufre», cabría recordar con san Pablo,… incluso el dolor de los seres queridos, siempre que tal sufrimiento sea necesario.
Ningún temor, por tanto, a que una corrección justa y bien dada disminuya el amor del hijo respecto a vosotros. A veces se oye responder al muchacho castigado: «¡No me importa en absoluto!». Podéis entonces decirle, con toda la serenidad de que seáis capaces: «No es mi propósito molestarte ni hacerte padecer».
8) Formar la conciencia.
En nuestra sociedad, los niños resultan bombardeados por un conjunto de eslóganes y de frases que transmiten «ideales» no siempre acordes con una visión adecuada del ser humano, e incapaces por tanto de hacerlos dichosos.
La solución no es un régimen policial, compuesto de controles y de castigos. Es menester que los hijos interioricen y hagan propios los criterios correctos, que formen su conciencia, aprendiendo a distinguir claramente lo bueno de lo malo.
Y para ello no basta con decirles: «¡Esto no está bien!» o, menos todavía, «¡Esto no me gusta!».
Se corre el riesgo de transformar la moral en un conjunto de prohibiciones arbitrarias, carentes de fundamento. Por el contrario, es muy importante «educar en positivo», como se suele afirmar; lo cual equivale, en mi opinión, a mostrar la belleza y la humanidad de la virtud alegre y serena, desenvuelta y sin inhibiciones. Para lograrlo, hay que esforzarse por vivir la propia vida, con todas sus contrariedades, como una gozosa aventura que vale la pena componer cada día.
En tales circunstancias, al descubrir la hermosura y la maravilla de hacer el bien, el niño se sentirá atraído y estimulado para obrar correctamente.
Además, interesa hacer comprender lo decisiva que es la intención para determinar la moralidad de un acto, y ayudar a los hijos a preguntarse el porqué de un determinado comportamiento. A tenor de sus respuestas, se les hará ver la posible injusticia, envidia, soberbia, etc., que los ha motivado. El denominado complejo de culpa, es decir, la obscura y angustiosa sensación de haberse equivocado, acompañada de miedo o de vergüenza, nace justo de la falta de un valiente y sereno examen de la calidad moral de nuestros actos. Por el contrario, como muestran también los psiquiatras más avezados, es necesario y sano el sentido del pecado. La clara percepción de las propias concesiones y faltas, con las que hemos vuelto las espaldas a Dios, provoca un remordimiento que activa y multiplica las fuerzas para buscar de nuevo el amor que perdona.
Para formar la conciencia puede también ser útil comentar con el niño la bondad o maldad de las situaciones y hechos de los que tenemos noticia, así como sugerirle la práctica del examen de conciencia personal al término del día, acaso ayudándole en los primeros pasos a hacerse las preguntas adecuadas. A medida que crece, hay que dejarle tomar con mayor libertad y responsabilidad sus propias decisiones, diciéndole como mucho: «Yo, de ti, lo haría de este o aquel modo» y, en su caso, explicándole brevemente el porqué.
9) No malcriar a los niños.
Se malcría a un niño con desproporcionadas o muy frecuentes alabanzas, con indulgencia y condescendencia respecto a sus antojos. Se lo maleduca también convirtiéndolo a menudo en el centro del interés de todos, y dejando que sea él quien determine las decisiones familiares. Un pequeño rodeado de excesiva atención y de concesiones inoportunas, una vez fuera del ámbito de la familia se convertirá, si posee un temperamento débil, en una persona tímida e incapaz de desenvolverse por sí misma. Si, por el contrario, tiene un fuerte temperamento, se transformará en un egoísta, capaz de servirse de los otros o de llevárselos por delante.
Por eso, frente a los caprichos de los niños no se debe ceder: habrá simplemente que esperar a que pase la pataleta, sin nerviosismos, manteniendo una actitud serena, casi de desatención, y, al mismo tiempo, firme. Y esto, incluso —o sobre todo— cuando «nos pongan en evidencia» delante de otras personas: su bien (¡el de los hijos!) debe ir siempre por delante del nuestro.
10) Educar la libertad.
En este ámbito, la tarea del educador es doble: hacer que el educando tome conciencia del valor de la propia libertad, y enseñarle a ejercerla correctamente.
Pero no resulta fácil entender a fondo lo que es la libertad y su estrecha relación con el bien y con el amor. ¿Quién es auténticamente libre?: el que, una vez conocido, hace el bien porque quiere hacerlo, por amor a lo bueno. Al contrario, va «perdiendo» su libertad quien obra de manera incorrecta. Un hombre puede quitarse la vida porque es «libre», pero nadie diría que el suicidio lo mejora en cuanto persona o incrementa su libertad.
Educar en la libertad significa por tanto ayudar a distinguir lo que es bueno (para los demás y, como consecuencia, para la propia felicidad), y animar a realizar las elecciones consiguientes, siempre por amor.
Conceder con prudencia una creciente libertad a los hijos contribuye a tornarlos responsables. Una larga experiencia de educador permitía afirmar a San Josemaría Escrivá: «Es preferible que [los padres] se dejen engañar alguna vez: la confianza, que se pone en los hijos, hace que ellos mismos se avergüencen de haber abusado, y se corrijan; en cambio, si no tienen libertad, si ven que no se confía en ellos, se sentirán movidos a engañar siempre».
En definitiva, igual que antes afirmaba que el objetivo de toda educación es enseñar a amar, puede también decirse —pues en el fondo es lo mismo— que equivale a ir haciendo progresivamente más libre e independiente a quienes tenemos a nuestro cargo: que sepan valerse por sí mismos, ser dueños de sus decisiones, con plena libertad y total responsabilidad.
— …Y la clave de las claves.
11) Recurrir a la ayuda de Dios.
El conjunto de sugerencias ofrecidas hasta el momento estarían incompletas si no dejáramos constancia de este «último» y fundamentalísimo precepto, que debe acompañar a todos y cada uno de los precedentes.
Educar procede de e-ducere, ex-traer, hacer surgir. El agente principal e insustituible es siempre el propio niño. De una manera todavía más profunda, Dios, en el ámbito natural o por medio de su gracia, interviene en lo más íntimo de la persona de nuestros hijos, haciendo posible su perfeccionamiento.
Ningún hijo es «propiedad» de los padres; se pertenece a sí mismo y, en última instancia, a Dios. Por tanto, y como apuntaba, no tenemos ningún derecho a hacerlos a «nuestra imagen y semejanza». Nuestra tarea consiste en «desaparecer» en beneficio del ser querido, poniéndonos plenamente a su servicio para que puedan alcanzar la plenitud que a cada uno le corresponde: ¡la suya!, única e irrepetible.
Por consiguiente, el padre o la madre, los demás parientes, los maestros y profesores… pueden considerarse colaboradores de Dios en el crecimiento humano y espiritual del chico; pero es este el auténtico protagonista de tal mejora.
A los padres en concreto, en virtud del sacramento del matrimonio, se les ofrece una gracia particular para asumir tan importante tarea. Por todo ello es muy conveniente que, sobre todo pero no sólo en momentos de especial dificultad, invoquen la ayuda y el consejo de Dios… y que sepan abandonarse en Él cuando parece que sus esfuerzos no dan los resultados deseados o que el chico —en la adolescencia, pongo por caso— enrumba caminos que nos hacen sufrir.
Además, no debe olvidarse del gran servicio gratuito del Ángel Custodio, a quien el propio Dios ha querido encargar el cuidado de nuestros hijos. Y recordar también que la Virgen continúa desde el cielo desplegando su acción materna, de guía y de intercesión.
Enseñarles a tener todo esto en cuenta puede constituir la herencia más valiosa que, en el conjunto íntegro de la educación, leguen los padres a sus hijos.



‘El perdón de Dios no conoce límites’

ROCÍO LANCHO GARCÍA


El Santo Padre ha visitado la Porciúncula con motivo del VIII Centenario del Perdón de Asís. Al finalizar la meditación ha confesado a 19 personas
Y es que el Santo Padre ha viajado por segunda vez hasta la ciudad del santo del que tomó nombre como Pontífice. En esta ocasión, el viaje se ha realizado con motivo del VIII Centenario del Perdón de Asís. El Papa ha llegado a la ciudad de san Francisco a las 16.00 en helicóptero y se ha dirigido a la basílica de Santa María de los Ángeles. Allí, ha ido directamente a la Porciúncula y se ha recogido en oración silenciosa. 
En su meditación centrada en el perdón, el Santo Padre ha querido recordar las palabras que, según la antigua tradición, san Francisco pronunció justamente en ese lugar ante todo el pueblo y los obispos: «Quiero enviaros a todos al paraíso».
Al respecto ha recordado que el paraíso es “ese misterio de amor que nos une por siempre con Dios para contemplarlo sin fin”. Jamás estamos solos cuando vivimos la fe, “nos hacen compañía los santos y los beatos, y también las personas queridas que han vivido con sencillez y alegría la fe, y la han testimoniado con su vida”, ha explicado el Santo Padre.
Por otro lado, ha asegurado que la vía maestra que se debe recorrer para lograr ese puesto en el paraíso es “el perdón”. Y en el Porciúncula, “todo habla de perdón”. Así, el papa Francisco ha asegurado que el Señor nos ha hecho un gran regalo “enseñándonos a perdonar para experimentar en carne propia la misericordia del Padre”.
Además, ha recordado que debemos perdonar a una persona que nos ha hecho mal “porque nosotros somos los primeros que hemos sido perdonados, e infinitamente más”. Sabemos bien –ha recordado Francisco– que estamos llenos de defectos y recaemos frecuentemente en los mismos pecados. Sin embargo, “Dios no se cansa de ofrecer siempre su perdón cada vez que se lo pedimos”, ha precisado.
Y este es un “perdón pleno”, que nos da la certeza de que “Él tiene piedad de nosotros y no deja de amarnos”. Nuestro Padre –ha insistido– se apiada siempre cuando estamos arrepentidos, y nos manda a casa con el corazón tranquilo y sereno, diciéndonos que nos ha liberado y perdonado todo.
El Papa ha subrayado que “el perdón de Dios no conoce límites; va más allá de nuestra imaginación y alcanza a quien reconoce, en el íntimo del corazón, haberse equivocado y quiere volver a Él”. Dios, ha añadido, mira el corazón que pide ser perdonado.
Por otro lado, ha observado que el problema surge “cuando nosotros nos ponemos a confrontarnos con nuestro hermano que nos ha hecho una pequeña injusticia”. Y ha advertido de que “cuando estamos nosotros en deuda con los demás, pretendemos la misericordia”; en cambio cuando estamos en crédito, “invocamos la justicia”. Este no puede ser el estilo de vida de los cristianos, ha asegurado.
Por esta razón, el Santo Padre ha asegurado que “limitarnos a lo justo, no nos mostraría como discípulos de Cristo, que han obtenido misericordia a los pies de la cruz sólo en virtud del amor del Hijo de Dios”.
Al finalizar la meditación, el Santo Padre ha invitado a los frailes y obispos presentes a ir a los confesionarios “para estar a disposición del perdón”. “Yo también iré”, ha anunciado por sorpresa, ya que no estaba previsto que el Papa confesara tras la meditación. Mientras el Papa confesaba, los fieles presentes en la Basílica rezaban el rosario, animados por los cantos del coro. El Santo Padre ha estado confesando durante casi una hora a 19 personas: una franciscano, dos sacerdotes, 4 scout, una señora en silla de ruedas y 11 voluntarios del servicio de la Basílica.
Después se ha dirigido a la enfermería del Convento donde ha saludado a unos diez religiosos enfermos con sus cuidadores. Finalmente ha salido a la plaza de la Basílica y ha saludado a los fieles allí reunidos.

03 agosto 2016

Décimo noveno domingo del tiempo ordinario - Ciclo C

Antonio Rivero, L.C.

Textos: Sabiduría 18, 3.6-9; Heb 11, 1-2.8-19; Lc 12, 32-48

Idea principal: La vigilancia: “Tened ceñidas la cintura y encendidas las lámparas”.
Síntesis del mensaje: Tenemos que estar preparados porque esperamos a Cristo. No se trata de estar preparados para un viaje, sino de estar preparados para esperar a una persona, el Señor. Debemosvigilar no para conservar lo que tenemos, sino para recibir lo que esperamos; debemos trabajar muy despiertos para entrar un día en la fiesta y en las bodas del Hijo del Hombre que está por venir. Vigilar es estar en lo que estamos y a la vez en lo que esperamos, porque es vivir en tensión, en vilo todos los días. Vigilar es para los cristianos desarraigo y andadura, éxodo permanente hacia el reino de Dios. Para vigilar así hace falta ser pobre, hacerse pobre, y tener una promesa por delante. La vigilancia mira hacia el futuro del hombre y el adviento de Dios, la vigilancia es fecunda y renovadora, infatigable.
Puntos de la idea principal
En primer lugar, modelo de vigilancia fue el pueblo judío en la cena pascual (1ª lectura). En la noche de su salida de Egipto comieron de pie, ceñido el cinturón, preparados para emprender la marcha, convencidos de que Dios iba a actuar a favor de ellos, liberándoles de la esclavitud. Los judíos estaban preparados para la intervención de Dios, que venía para un juicio. Por eso ofrecían sacrificios en secreto y prometían ya, también en secreto, ser todos igualmente partícipes de los bienes y de los peligros. ¿Qué virtudes llevaban en la mochila o morral de su vigilancia? La fe y la confianza en la promesa de Dios –que es auxilio y escudo (Salmo responsorial)- y la solidaridad entre ellos, tanto en los peligros como en los bienes.
En segundo lugar, modelo de vigilancia también fue Abrahán, el patriarca de todos los creyentes (2ª lectura). ¿Qué virtudes llevaba Abrahán en la mochila de su vigilancia? También la fe y la confianza hechas obediencia, prontitud, desprendimiento, porque Abrahán se fía de Dios, cree en Él y le cree a Él. Y por eso salió de su tierra, a una edad ya muy avanzada -75 años-, vivió “como extranjero”, habitando en tiendas y dispuesto a sacrificar a su propio hijo, porque Dios se lo pedía. La fe es camino y búsqueda, provisionalidad y esperanza. La fe nos proporciona la capacidad de ser dóciles a Dios, sin querer saber lo que nos pedirá, hacia qué meta nos conducirá. La fe permite también realizar empresas que superan las fuerzas del hombre. La fe suscita la capacidad de heroísmo cuando nos damos cuenta de que la voluntad de Dios es muy exigente, como en el caso del sacrificio de Isaac. La fe es la condición para estar preparados y vigilantes ante las intervenciones de Dios. El ejemplo de estos creyentes del Antiguo Testamento es estimulante para nosotros.
Finalmente, también nosotros debemos vivir en estado de vigilancia día y noche (evangelio). Las dos imágenes que pone Cristo en el evangelio de hoy son muy expresivas. Indican la actitud que han de tener los criados que están esperando de noche a que regrese su señor, para abrirle el portón de la casa en cuanto llame. Han de estar con «la cintura ceñida», es decir, con la túnica arremangada para poder moverse y actuar con agilidad. Han de estar con «las lámparas encendidas» de la fe, esperanza y amor para tener la casa iluminada y mantenerse despiertos. Estas palabras de Jesús son también hoy una llamada a vivir con lucidez y responsabilidad, sin caer en la pasividad o el letargo. En la historia de la Iglesia hay momentos en que se hace de noche. Sin embargo, no es la hora de apagar las luces y echarnos a dormir. Es la hora de reaccionar, despertar nuestra fe y seguir caminando hacia el futuro, incluso en una Iglesia probada y criticada. Esta vigilancia puede referirse a la venida última, gloriosa, de Cristo, Juez de la historia, o a nuestra muerte, el momento decisivo para cada uno de nosotros y cuya fecha desconocemos. Pero también puede referirse a la vida de cada día, en que se suceden ocasiones de gracia que corremos el peligro de desaprovechar: la Palabra, los sacramentos, los acontecimientos, las personas. Vigilemos nuestros pensamientos, sede de nuestros juicios y palabras. Vigilemos nuestros afectos, sede de los deseos y sentimientos profundos. Vigilemos nuestra voluntad, sede de las decisiones maduras o inmaduras. Vigilemos nuestras familias e hijos. Vigilemos nuestras parroquias y grupos parroquiales. Vigilemos nuestros puestos de trabajo. Vigilemos nuestros ojos, nuestras lecturas y los programas de televisión. Vigilemos nuestra lengua. Vigilemos nuestras amistades y nuestras vacaciones.
Para reflexionar: ¿Qué hago de mi vida? ¿Cómo la administro? ¿De dónde vengo y a dónde voy? ¿Vivo despierto o narcotizado por los mil placeres que el mundo me ofrece? ¿Dónde tengo puesto mi corazón?  ¿Tengo en casa mecanismos antirrobo? ¿Y para mi alma y mi fe? ¿Vivo amodorrado, instalado, distraído? ¿Tengo planes para mi futuro, mi tranquila jubilación, las mejores compañías de seguros? ¿Y para mi alma? ¿Tengo los músculos entumecidos o en forma para la peregrinación hacia Dios?

Para rezar: Señor, que cuide la lámpara de mi fe siempre encendida, con el aceite de tu amor, esperando tu venida en cada momento de mi día. Y que mi cintura esté siempre lista para servirte a ti y a mis hermanos, los hombres.

La JMJ ha sido un mosaico de fraternidad


El Papa en la Audiencia General

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!
Hoy quisiera reflexionar brevemente sobre el viaje apostólico que he realizado en los días pasados en Polonia. La ocasión del viaje ha sido la Jornada Mundial de la Juventud, 25 años después de la histórica celebrada en Częstochowa poco después de la caída del “telón de acero”. En estos días 25 años ha cambiado Polonia, ha cambiado Europa y ha cambiado el mundo, y esta JMJ se ha convertido en un signo profético para Polonia, para Europa y para el mundo. La nueva generación de jóvenes, herederos y continuadores de la peregrinación iniciada por san Juan Pablo II, han dado respuesta al desafío de hoy, han dado el signo de esperanza, y este signo se llama fraternidad. Porque precisamente en este mundo en guerra es necesaria fraternidad, es necesaria cercanía, diálogo, amistad, y esto es un signo de esperanza, cuando hay fraternidad.
Empezamos por los jóvenes, que han sido el primer motivo del viaje. Una vez más han respondido al llamamiento: han venido de todo el mundo. Algunos de ellos todavía están aquí.  Una fiesta de colores, de rostros diferentes, de lenguas, de historias diferentes. Y no sé cómo hacen, hablan distintas lenguas pero logran entenderse, ¿por qué? porque tienen la voluntad de ir juntos a hacer puentes, de fraternidad. Han venido también con sus heridas, con sus interrogantes, pero sobre todo con la alegría de encontrarse; y una vez más han formado un mosaico de fraternidad. Se puede hablar de un mosaico de fraternidad. Una imagen emblemática de la Jornada Mundial de la Juventud es la extensión multicolor de banderas ondeadas por los jóvenes: de hecho, en la JMJ, las banderas de las naciones se vuelven más bonitas, por así decir “se purifican”, y también banderas de las naciones en conflicto entre ellas ondean cerca y esto es bonito, ¡También aquí están las banderas! ¡Haced que se vean!
Así, en este gran encuentro jubilar, los jóvenes del mundo han acogido el mensaje de la Misericordia, para llevarlo por todos lados en las obras espirituales y corporales. ¡Doy las gracias a todos los jóvenes que han ido a Cracovia! ¡Y doy las gracias a aquellos que se han unido a nosotros desde diferentes partes de la tierra! Porque en muchos países se han hecho pequeñas Jornadas de la Juventud unidas con la de Cracovia. El don que habéis recibido se convierta en respuesta diaria a la llamada del Señor. Un recuerdo y un pensamiento va para Susana, la joven romana de esta diócesis, que ha fallecido justo después de haber participado en la JMJ, en Viena. El Señor, que seguro la ha recibido en el Cielo, conforte a sus familiares y amigos.
En este viaje he visitado también el Santuario de Częstochowa. Delante del icono de la Virgen, he recibido el don de la mirada de la Madre, que es de forma particular Madre del pueblo polaco, de esa noble nación que ha sufrido tanto y, con la fuerza de la fe y su mano materna, siempre se ha levantado. He saludado a algunos polacos aquí, ¡eh! ¡Sois buenos, sois buenos! Ahí, bajo esta mirada, se entiende el sentido espiritual del camino de este pueblo, cuya historia está ligada de modo indisoluble a la Cruz de Cristo. Ahí se toca con la mano la fe del santo pueblo fiel de Dios, que custodia la esperanza a través de las pruebas; y conserva también aquella sabiduría que es equilibrio entre tradición e innovación, entre memoria y futuro. Y Polonia hoy recuerda a toda Europa que no puede haber futuro para el continente sin sus valores fundantes, los cuales a su vez tienen al centro la visión cristiana del hombre. Entre estos valores esta la misericordia, de la cual han sido especiales apóstoles, dos grandes hijos de esta tierra polaca: santa Faustina Kowalska y san Juan Pablo II.
Y, finalmente, también este viaje tenía el horizonte del mundo, un mundo llamado a responder al desafío de una guerra “a pedazos” que le está amenazando. Y aquí el gran silencio de la visita a Auschwitz-Birkenau ha sido más elocuente de cualquier palabra. En aquel silencio he escuchado, he sentido la presencia de todas las almas que han pasado por ahí; he sentido la compasión, la misericordia de Dios, que algunas almas santas también han sabido llevar a este abismo. En ese gran silencio he orado por todas la víctimas de la violencia y de la guerra. Y ahí, en ese lugar, he comprendido más, más que nunca el valor de la memoria, no solo como recuerdo de eventos pasados, sino como advertencia y responsabilidad para el hoy y el mañana, para que la semilla del odio y de la violencia no crezca en los surcos de la historia. Y en esta memoria de las guerras y de tantas heridas, de tanto dolor vivido, también existen hombres y mujeres, hoy, que sufren las guerras: tantos hermanos y hermanas nuestros. Mirando aquella crueldad, en aquel campo de concentración, he pensado enseguida a la crueldad de hoy, que se asemejan: no así concentrada como en aquel lugar, sino por todas partes en el mundo; este mundo que está enfermo de crueldad, de dolor, de guerra, de odio, de tristeza. Y por esto siempre  pido una oración: ¡que el Señor nos dé la paz!
Por todo esto, agradezco al Señor y a la Virgen María. Y expreso nuevamente mi gratitud al presidente de Polonia y a las autoridades, al cardenal arzobispo de Cracovia y al entero episcopado polaco, y a todos aquellos que, de mil formas, han hecho posible este evento, que ha ofrecido un signo de fraternidad y de paz a Polonia, a Europa y al mundo. También quisiera agradecer a los jóvenes voluntarios, que durante más de un año han trabajado para llevar adelante esto. Y también a los medios de comunicación, a los que trabajan en estos medios: muchas gracias por haber hecho que esta Jornada se viera en todo el mundo. Y aquí no puedo olvidarme de Anna Maria Jacobini, una periodista italiana que ha perdido la vida allí, de repente. Oremos también por ella, ella se ha ido en un acto de servicio. Gracias.

El Papa instituye la Comisión de Estudio sobre el diaconado de las mujeres

ROCÍO LANCHO GARCÍA


La comisión está formada por seis hombre y seis mujeres. El presidente es monseñor Ladaria, secretario de la Congregación para la Doctrina de la fe
El papa Francisco ha instituido una Comisión de Estudio sobre el diaconado de las mujeres. Como él mismo indicó el pasado 12 de mayo, durante el encuentro con las participantes de la Asamblea Plenaria de las Superioras Generales, expresó su intención de “constituir una comisión oficial que pueda estudiar la cuestión” del diaconado de las mujeres, “sobre todo en relación a los primeros tiempos de la Iglesia”, al responder a una pregunta que le hicieron sobre el diaconado permanente y el papel de las mujeres consagradas en la Iglesia. 
En un comunicado publicado hoy por la oficina de prensa de la Santa Sede, anuncia que “después de intensa oración y madura reflexión”, el Santo Padre ha instituido dicha comisión. Como presidente ha sido elegido monseñor Luis Francisco Ladaria Ferrer, secretario de la Congregación para la Doctrina de la fe. Los miembros nombrados son doce, seis mujeres y seis hombres.
Las mujeres son sor Nuria Calduch-Benages, M.H.S.F.N., miembro de la Pontificia Comisión Bíblica; Francesca Cocchini, profesora en la Universidad La Sapienza y en el Instituto Patrístico Augustinianum en Roma; sor Mary Melone, S.F.A., rectora de la Pontificia Universidad Antonianum en Roma; Marianne Schlosser, profesora de Teología espiritual en la Universidad de Viena y miembro de la Comisión Teológica Internacional; Michelina Tenace, profesora de Teología fundamental en la Pontificia Universidad Gregoriana en Roma; Phyllis Zagano, profesora en la «Hofstra University», Hempstead, Nueva York.
Los hombres nombrados son monseñor Piero Coda, presidente del Instituto Universitario «Sophia», Loppiano, y miembro de la Comisión Teológica Internacional; padre Robert Dodaro, O.S.A., presidente del Instituto Patrístico «Augustinianum», en Roma, y profesor de patrología; padre Santiago Madrigal Terrazas, s.j., profesor de eclesiología en la Universidad Pontificia Comillas en Madrid; Karl-Heinz Menke, profesor emérito de Teología dogmática en la Universidad de Bonn y miembro de la Comisión Teológica Internacional; Aimable Musoni, S.D.B., profesor de eclesiología en la Pontificia Universidad Salesiana en Roma; Bernard Pottier, s.j., profesor en el «Institut d’Etudes Théologiques», Bruselas, y miembro de la Comisión Teológica Internacional.
El diaconado hoy es el primer grado del orden sagrado que permite leer o cantar el Evangelio durante la misa y la predicación, administrar el bautismo, asistir el matrimonio, realizar la bendición eucarística, celebrar las exequias. El Catecismo de la Iglesia Católica indica: “La doctrina católica, expresada en la liturgia, el magisterio y la práctica constante de la Iglesia, reconoce que existen dos grados de participación ministerial en el sacerdocio de Cristo: el episcopado y el presbiterado. El diaconado está destinado a ayudarles y a servirles. Por eso, el término sacerdos designa, en el uso actual, a los obispos y a los presbíteros, pero no a los diáconos. Sin embargo, la doctrina católica enseña que los grados de participación sacerdotal (episcopado y presbiterado) y el grado de servicio (diaconado) son los tres conferidos por un acto sacramental llamado “ordenación”, es decir, por el sacramento del Orden”. 
En el vuelo de regreso de Armenia, los periodistas le preguntaron sobre la creación de esta comisión y Francisco indicó: “Creo que este tema se ha estudiado bastante a fondo durante los años ochenta, así que no será difícil arrojar luz sobre este tema. Pero hay algo más. Hace un año y medio, formé una comisión de mujeres teólogas que trabajaron con el cardenal Riłko [Presidente del Consejo Pontificio para los Laicos] e hicieron un buen trabajo, pues es muy importante el pensamiento de la mujer. Para mí, la función de la mujer no es tan importante como su pensamiento: la mujer piensa de otro modo respecto a nosotros, los hombres. Y no se puede tomar una decisión adecuada, buena y justa, sin escuchar a las mujeres”. También aseguró que se había “enfadado” con los medios de comunicación al leer noticias al día siguiente del encuentro con las Superioras que hablaban de una “apertura al sacerdocio femenino”.
Por otro lado, cabe recordar que la Comisión Teológica Internacional publicó un documento sobre el diaconado en el año 2002 en el que se dedicó un apartado al “ministerio de las diaconisas” y el papel que tuvieron en los primeros siglos de la historia de la Iglesia.

Teoría de género, migración y descristianización

El Papa con los obispos polacos


El papa Francisco mantuvo un encuentro privado con los obispos polacos durante su reciente visita a Cracovia. El diálogo, compuesto por cuatro preguntas y cuatro largas respuestas del Santo Padre (“perdonad, he hablado demasiado pero mi sangre italiana me traiciona”), ha sido publicado hoy por la oficina de prensa de la Santa Sede. Los temas abordados fueron varios, como ya indicaron ese día los obispos en una rueda de prensa, entre ellos la Iglesia en salida, el puente entre jóvenes y ancianos, la acogida de los refugiados, y la aplicación concreta de la misericordia. El Papa también afrontó la cuestión de la teoría de género. “En Europa, en América, en América Latina, en África, en algunos países de Asia, hay verdaderas colonizaciones ideológicas. Y una de estas, lo digo claramente con ‘nombre y apellido’ es la teoría de género”, dijo Francisco. “Hoy a los niños en la escuela les enseñan esto: que el sexo lo puede elegir cada uno. ¿Y por qué enseñan esto? Porque los libros son los de las personas y las instituciones que te dan dinero. Son las colonizaciones ideológicas, sostenidas por países muy influyentes. Y esto es terrible”, denunció el Papa.
Por otro lado, el Santo Padre reflexionó sobre la descristianización de Europa, especialmente la de occidente que sucumbe a una “cultura contemporánea ateo-liberal”. La descristianización, la secularización del mundo moderno es muy fuerte –observó el Papa– estigmatizando también el peligro de la “espiritualidad gnóstica”, esa “espiritualidad subjetiva” que lleva a “quitar a Cristo”. Para contrarrestar esto, es necesario “estar cerca del pueblo de Dios”, todos: obispos, sacerdotes, consagrados, laicos, y aplicar concretamente la misericordia en un mundo que se presenta como “enfermo de injusticia, de falta de amor, de corrupción”.
El Papa habló de una “economía líquida” que “favorece la corrupción”, por la que “los jóvenes no tienen la cultura del trabajo, porque no tienen trabajo”, la tierra está “muerta” y el mundo “se calienta” porque “debemos ganar”. “Hemos caído en la idolatría del dinero”, denunció el Santo Padre. 
Otro de los temas abordados fue el de las parroquias. “¡La parroquia es siempre válida! Es una estructura que no tenemos que tirar por la ventana!”, subrayó. El problema “es cómo organizo la parroquia. Hay parroquias con secretarias que parecen ‘discípulos de satanás’, que asustan a la gente. Parroquias con las puertas cerradas”, advirtió.Pero también hay parroquias –aseguró– con las puertas abiertas, donde llega alguien a preguntar y se acoge y escucha con paciencia.

Es verdad, “cuidar del pueblo de Dios es cansado” y “llevar adelante una parroquia” lo es todavía más “en este mundo de hoy con tantos problemas”. Pero, el Señor, aseguró el Santo Padre, nos ha llamado para que nos cansemos un poco, para trabajar y no para descansar. “La parroquia es cansada cuando está bien preparada. La renovación de la parroquia es una de las cosas que los obispos tienen que tener siempre bajo los ojos”, para que sea una “parroquia en salida” y no una “parroquia oficina”.
La última pregunta se refirió a la situación de los refugiados. Hoy hay mucha migración “por falta de trabajo”, reveló Francisco. “Los que vienen hasta nosotros huyen de las guerras, del hambre. El problema está allí, porque en esa tierra hay explotación de las personas, hay explotación de la tierra, hay explotación para ganar más dinero”, precisó. Y hay guerra: de tribus, de ideologías o “guerras artificiales” preparadas por los traficantes de armas. “Realmente la corrupción está en el origen de la migración”, aseguró el Santo Padre a los obispos. Por eso pidió que los países sean “generosos como cristianos”. Está claro que “no se puede dar una respuesta universal, porque la acogida depende de la situación de cada país y también de la cultura. Pero sí se pueden hacer muchas cosas”. Para comenzar, por ejemplo, “hacer una hora en las parroquias, una hora a la semana, de adoración y de oración por los inmigrantes” visto que “la oración mueve montañas”.

“No es justo identificar el islam con la violencia”

El Papa responde a los periodistas

El papa Francisco, en el viaje de regreso de Polonia, como es costumbre, ha respondido a las preguntas de los periodistas que le acompañan en el vuelo papal. Varios fueron los temas abordados. De este modo, el Santo Padre habló de nuevo del terrorismo, del islam y de las religiones. También hizo referencia a una posible mediación del Vaticano en la actual situación de Venezuela. Además, aseguró encontrarse bien tras la caída que sufrió en la misa de Czestochowa y explicó que fue porque estaba mirando a la Virgen y no se dio cuenta del escalón.
Respecto a cómo ha vivido el viaje a Polonia, Francisco indicó que ha visto que la gente polaca es “muy entusiasta” y que ha reecontrado la bondad de los polacos que trabajaron donde estaba su padre y él conoció cuando era pequeño. A propósito de las expresiones propias del lenguaje joven que ha utilizado en sus discurso, el Santo Padre explicó que le gusta hablar y escuchar a los jóvenes “Los jóvenes son inquietos, creativos y de allí tomo el lenguaje y muchas veces debo preguntarles ¿qué cosa significa esto? Y ellos me explican”, reconoció el Papa.
Los periodistas también le preguntaron sobre la situación de represión en Turquía después del intento del golpe de Estado y por qué no se ha pronunciado sobre lo sucedido en este país. Por eso, el Pontífice aseguró que cuando ha tenido que “decir alguna cosa que no le gustaba a Turquía, pero de lo cual estaba seguro, lo he dicho y con las consecuencias que ustedes conocen”. Aquí se refería al uso de la palabra genocidio sobre Armenia. Pero sobre lo que está viviendo ahora Turquía no ha hablado “porque no estaba seguro todavía con las informaciones que he recibido sobre lo que sucede allí”.
Unas palabras también sobre lo sucedido en los días pasados con el cardenal Pell, prefecto de la secretaría de Economía de la Santa Sede, ya que ha salido a la luz en Australia que la policía australiana estaría indagando sobre nuevas acusaciones referidas a abusos de menores. Por ello, Francisco recordó que en este momento todo está en manos de la justicia “y no se debe juzgar antes que la justicia, ¿eh?”.
En la última semana  –recordó un periodista al hacer su pregunta– el secretario general de UNASUR, Ernesto Samper, ha hablado de una mediación del Vaticano – Venezuela. ¿Es un diálogo concreto? ¿Es una posibilidad real? El Santo Padre recordando los contactos que ha tenido con Maduro hasta el momento, indicó que cree que “en el grupo de la mediación alguno, y no sé si el gobierno también, quiere un representante de la Santa Sede”.
Un periodista francés hizo referencia al asesinato del sacerdote Jacques Hamel a mano de terroristas mientras celebraba misa. ¿Por qué cuando usted habla de estos eventos violentos habla siempre de terroristas pero nunca de islam, nunca utiliza la palabra islam? ¿Qué iniciativa concreta puede proponer o sugerir para contrastar la violencia islámica?
De este modo, el Santo Padre indicó que no le gusta hablar de violencia islámica, “porque todos los días cuando leo los diarios, veo violencia, aquí en Italia, alguien que mata a la novia, otro que mata a la suegra. Y estos son católicos bautizados, son católicos violentos”. Y añadió que si habla “de violencia islámica, debo hablar de violencia católica y no, los islámicos no todos son violentos, no todos los católicos son violentos”. Además, el Pontífice aclaró que “no es justo identificar al islam con la violencia. No es justo ni es verdad. He tenido un diálogo largo con el gran imán de la universidad Al Azhar. Sé cómo piensan ellos, buscan la paz, el encuentro”.
En esta misma línea explicó el terrorismo “está en todo lados”, y crece “cuando no hay otra opción, cuando al centro de la economía mundial está el dinero y no la persona, el hombre y la mujer, esto ya es el primer terrorismo”.