15 agosto 2016

La Iglesia no necesita burócratas sino misioneros apasionados

El Papa ayer en el Ángelus

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!
El Evangelio de este domingo (Lc 12,49-53) forma parte de las enseñanzas de Jesús dirigidas a los discípulos a lo largo de su camino hacia Jerusalén, donde espera la muerte de cruz. Para indicar el fin de su misión, Él usa tres imágenes: el fuego, el bautismo y la división. Hoy quiero hablar de la primera imagen, la del fuego, el fuego.
Jesús la expresa con estas palabras: “He venido a prender fuego en el mundo, ¡y ojalá estuviera ya ardiendo!” (v.49). El fuego del que Jesús habla es el fuego del Espíritu Santo, presencia viva y operante en nosotros desde el día de nuestro Bautismo. Esto, el fuego, es una fuerza creadora que purifica y renueva, quema toda miseria humana, todo egoísmo, todo pecado, nos transforma desde dentro, nos regenera y nos hace capaces de amar. Jesús desea que el Espíritu Santo se encienda como fuego en nuestro corazón, porque solo saliendo del corazón, estad atentos a esto, y solo saliendo del corazón que el incendio del amor divino podrá desarrollarse y hacer crecer el Reino de Dios. No sale de la cabeza, sale del corazón, y por eso Jesús quiere que este fuego salga de nuestro corazón. Si nos abrimos completamente a la acción del Espíritu Santo, Él nos donará la audacia y el fervor para anunciar a todos a Jesús y su mensaje consolador de misericordia y de salvación, navegando en mar abierto, sin miedos. El fuego comienza en el corazón.
En el cumplimiento de su misión en el mundo, la Iglesia, es decir, todos nosotros, Iglesia, necesita la ayuda del Espíritu Santo para no dejarse frenar por el miedo y el cálculo, para no acostumbrarse a caminar dentro de las fronteras seguras. Estas dos actitudes llevan a la Iglesia a ser una Iglesia funcional que no corre riesgo nunca. Sin embargo la valentía apostólica que el Espíritu Santo enciende en nosotros como un fuego nos ayuda a superar los muros y las barreras, nos hace creativos y nos urge a ponernos en movimiento para caminar también por caminos inexplorados o incómodos, ofreciendo esperanza a los que encontramos. Estamos llamados a convertirnos cada vez más en comunidad de personas guiadas y transformadas por el Espíritu Santo, llenas de comprensión, personas de corazón dilatado y de rostro alegre. Más que nunca hay necesidad, más que nunca hoy hay necesidad de sacerdotes, de consagrados y de fieles laicos, con la mirada atenta del apóstol, para conmoverse y detenerse delante de los desfavorecidos y a las pobrezas materiales y espirituales, caracterizando así el camino de la evangelización y de la misión con el ritmo sanador de la proximidad. Es precisamente el fuego del Espíritu Santo que nos lleva a hacernos prójimos de los otros, de las personas que sufren, de los necesitados, de tantas miserias humanas, de problemas, de refugiados, de los que sufren. Ese fuego que viene del corazón. Fuego. 
En este momento pienso con admiración sobre todo en los numerosos sacerdotes, religiosos y laicos que, en todo el mundo, se dedican al anuncio del Evangelio con gran amor y fidelidad, no pocas veces a costa de la vida. Su testimonio ejemplar nos recuerda que la Iglesia no necesita burócratas y funcionarios diligentes, sino misioneros apasionados, devorados por el ardor de llevar a todos la palabra consoladora de Jesús y de su gracia regeneradora. Esto es el fuego del Espíritu Santo, si la Iglesia no recibe este fuego o no le deja entrar en sí, se convierte en una Iglesia fría o solo tibia, incapaz de dar vida porque está hecha de cristianos fríos y tibios. Nos hará bien hoy, tomar cinco minutos, y cada uno de nosotros preguntarnos, ¿cómo va mi corazón? ¿está frío, tibio, o es capaz de tomar este fuego? Tomemos cinco minutos para esto. Nos hará bien a todos.
Pidamos a la Virgen María rezar con nosotros y por nosotros al Padre celeste, para que derrame sobre todos los creyentes el Espíritu Santo, fuego divino que caliente los corazones y nos ayude a ser solidarios con las alegrías y los sufrimientos de nuestros hermanos. Nos sostenga en nuestro camino el ejemplo de san Massimiliano Kolbe, mártir de la caridad, de quien hoy celebramos la fiesta: él nos enseñe a vivir el fuego del amor para Dios y para el prójimo.
 Después del ángeles, el Santo Padre ha añadido.
Queridos hermanos y hermanas,
Saludo con afecto a todos vosotros, romanos y peregrinos presentes.
También hoy tengo la alegría de saludar a algunos grupos de jóvenes: sobre todo a los scout venidos de París; y a los jóvenes que han llegado a Roma en peregrinación a pie o en bicicleta desde Bisuschio, Treviso, Solarolo, Macherio, Sovico, Vall’Alta de Bergamo y los seminaristas del seminario menor de Bérgamo. Repito también a vosotros las palabras que han sido el tema del gran encuentro de Cracovia: “Beatos los misericordiosos, porque encontrarán misericordia”; esforzaros en perdonar siempre y tened un corazón compasivo.
Saludo también a la Asociación del Proyecto “Cartoline in bicicletta”.
A todos os deseo un feliz domingo y un buen almuerzo. Y, por favor, no os olvidéis de rezar por mí. ¡Hasta la vista!

Decálogo para saber envejecer

FAMILIA Y VIDA (CATHOLIC.NET)

Para conocer los secretos de “saber envejecer”, valga este decálogo fácil y sencillo.
El verano y las vacaciones son, sin duda, una época propicia para rejuvenecer, para mostrar nuestra mejor silueta, para considerarnos más en forma.
Todo el mundo quiere ser joven y parecerlo. Incluso las personas de edad más avanzada. Quizás porque, como decía alguien, “nada nos hace envejecer con mayor rapidez que el pensar incesantemente en que nos hacemos viejos”. Por eso, lo mejor será pensar que aún somos jóvenes.
Como suele decir Manuel Alcántara, con su fino humor: “Y dentro de cien años, cuando todos seamos jóvenes…”. Pues, eso. Acaso lo más interesante, y además, gran verdad, sea pensar que “toda edad tiene sus propios frutos; hace falta saberlos recoger”. Para quien quiera conocer los secretos de “saber envejecer”, valga este decálogo fácil y sencillo.
1. “Cuidarás tu presentación cada día”. Arréglate como si fueras a una fiesta. ¡Qué más fiesta que la vida! Que al verte se alegren los ojos de los demás.
2. “No te encerrarás en tu casa ni en tu habitación”. Saldrás a la calle y al campo de paseo: “El agua estancada se pudre”.
3. “Amarás el ejercicio físico”. Un rato de gimnasia, una caminata razonable dentro o fuera de casa, por lo menos abrir la puerta, regar las rosas, contestar el teléfono.
4. “Evitarás actitudes y gestos de viejo derrumbado”. La cabeza gacha, la espalda encorvada, la mirada perdida, no favorecen nada. Que la gente diga un piropo cuando pasas: “¡Qué recto va el señor! ¡Qué guapa la señora!”.
5. “¡No hablarás de tu edad, ni te quejarás de tus achaques reales o imaginarios!”. Acabarás por creerte más viejo y más enfermo de lo que eres. A la gente no le gusta oír historias de hospital. Cuando te pregunten cómo estás, dirás que. ¡muy bien!
6. “Cultivarás el optimismo sobre todas las cosas”. Al mal tiempo, buena cara. Sé positivo y`de buen humor. La vejez no es cuestión de años sino un estado de ánimo. El corazón no envejece.
7. “Tratarás de ser útil a los demás”. Ayuda con una sonrisa, un consejo, un servicio. No te coloques el cartel de “inservible”.
8. “Trabajarás con tus manos y con tu mente”. Haz lo que puedas. El trabajo es la terapia infalible.
9. “Mantendrás vivas y cordiales las relaciones humanas”. Desde luego, las que se anudan en el hogar, integrándote a todos los miembros de tu familia.
10. “No pensarás que todo el tiempo pasado fue mejor”. Deja de estar condenando tu mundo y maldiciendo tu momento.
Fáciles consejos que todos podemos poner en práctica. Nos irá fenomenal.

11 agosto 2016

“La crisis del mundo es sobre todo una crisis espiritual”

Cardenal Bagnasco  (ZENIT – Roma)


En la misa en honor a san Lorenzo, el arzobispo de Génova explica que existe hoy también una forma más sutil de persecución
Fue asesinado el 10 de agosto del 258 por orden del emperador romano Valeriano porque no estaba dispuesto a negociar su fe en Cristo. El martirio de san Lorenzo es todavía actual. Lo es en la medida en la que, en el mundo, muchos cristianos están dispuestos a aceptar sacrificios por no aceptar al pensamiento dominante.
Lo dijo este miércoles el cardenal Angelo Bagnasco, en la misa celebrada en ocasión de la fiesta de san Lorenzo, patrón de la catedral de Génova, de la que es arzobispo el presidente de la Conferencia Episcopal Italiana.
La historia de san Lorenzo sugiere al purpurado italiano una comparación con la época contemporánea: “mientras continúan las persecuciones clásicas, que conocemos de una historia que se creía lejana, hoy se añaden formas refinadas pero no menos crueles, legalizadas pero no menos injustas”. Su referencia es a “nuestro viejo occidente”, “enfermo como está en las propias ideologías fracasadas”, que presume de “derechos” mientras que “discriminan el cristianismo cada vez más”. Sin embargo –advirtió el cardenal– ningún poderoso de la tierra podrá poseer para siempre el corazón del hombre a través de la propaganda de las mentiras, con promesas trucadas, democracias aparentes.
Hoy, añadió el presidente de la CEI, en nombre de valores como la igualdad, la tolerancia, los derechos, se pretende marginar el cristianismo y se quiere crear un orden mundial sin Dios, donde la diversidad por una parte es exaltada y por otro es aplastada. Existe “la voluntad prepotente de homologar, de querer condicionar las visiones profundas de la vida y de los comportamientos, el sistemático restablecimiento de las identidades culturales”.
Se está llevando a cabo en Europa –según el cardenal Bagnasco– una refundación continental dañina que los pueblos sienten pesada y arrogante, donde el cristianismo viene considerado divisivo porque no se postrar a los emperadores de turno. Pero “la historia demuestra que cuando los poderosos se concentran en la propia supervivencia para ambiciones personales, y renuncian a los intereses públicos, es la hora de la decadencia”.
El arzobispo de Génova recordó que “la crisis del mundo es sobre todo una crisis espiritual” y “nuestro continente, frente a los desafíos actuales, tartamudea porque está perdido y asustado, porque ya no sabe quién es, habiendo cortado sus orígenes culturales y religiosos, hasta sentir vergüenza de las propias tradiciones, de los propios símbolos y de los propios ritos”.
A propósito de san Lorenzo, el cardenal Bagnasco precisó el valor que el cristianismo da al martirio: “El mártir no es aquel que pierde la vida en el intento de quitarla a los otros, sino aquel que ofrece su vida para que los otros la tengan”. Como recuerda el Evangelio de esta memoria litúrgica: “Si el grano de trigo muere, produce mucho fruto” y “los frutos verdaderos son vida, no muerte”.
Por otro parte, “la vida humana es sagrada porque viene de Dios” por tanto –la conclusión del arzobispo de Génova– es que “va siempre respetada y nadie se la puede quitar a sí mismo o a los otros”.

El matrimonio…Es para siempre

FAMILIA Y VIDA - CATHOLIC.NET


¿Dar la vida por los hijos? Sí, pero no por sacrifico mortal, sino como vida diaria en familia, por ellos. Esto sí es “dar la vida” por los hijos
El matrimonio para un creyente cristiano es más, mucho más que un contrato civil, es un compromiso adquirido voluntaria y conscientemente ante Dios para toda la vida. Si en otras religiones se puede hacer un divorcio religioso, no en el cristianismo, por eso aclaró Jesús ante la pregunta sobre el divorcio, que “que lo que Dios ha unido no lo separe el hombre” (Mc 10:9 y Mt 19:6). Y eso vale para los contrayentes que se casaron entre sí y para cualquier autoridad religiosa.
En el plano civil, el divorcio es un trámite que anula un contrato, pero en el plano de Jesús, es un compromiso irrenunciable. Por eso los cónyuges que tienen conflictos entre ellos deben buscar la superación, no la destrucción de su vida matrimonial.
La superación de conflictos matrimoniales es crítica, tanto para los cónyuges como para las familias de ambos, y de aquellas personas que de alguna forma son afectadas por ese matrimonio. Pero lo más importante son los hijos.
Los padres de familia suelen decir que darían hasta la vida por ellos, pero es rarísimo que tengan que tomar esa opción, como lo es el tener que dar la vida por Cristo. Pero lo que sí es asunto de vida diaria, es el VIVIR LA VIDA POR LOS HIJOS. No es el martirio lo que se nos exige, sino la vivencia familiar diaria.
Los hijos merecen un matrimonio vívido entre sus padres., no verlos a cada uno por su lado. Merecen vivir en la familia compuesta conforme al deseo manifestado por Dios, con un padre, una madre, los hijos y en su caso hasta los nietos.
Si se está pues dispuesto a dar la vida por los hijos, antes hay que estar dispuesto a VIVIR LA VIDA por ellos, día a día, en familia. Por ellos hay que superar conflictos matrimoniales; no podemos recurrir a la huida de esa responsabilidad, aun estando enojados o frustrados. Es cuestión de amor, de escoger entre al amor a sí mismo, que puede ser egoísta, y el amor debido a quienes se les ha dado la vida, y a quien se le ofreció amar hasta que la muerte los separe, al otro cónyuge.
El divorcio es un trámite de Derecho civil, pero para el cristiano no existe para acabar con un compromiso de vida ante Dios. En algunos casos la separación de cuerpos es una triste solución a fallas o problemas diversos, pero ello no rompe ni acaba con el compromiso adquirido de por vida. El matrimonio sigue vigente.
Por ese compromiso vital adquirido conscientemente ante Dios, y por un amor real y responsable hacia los hijos, el matrimonio debe conservarse, salvando, con ayuda pedida al Señor, las diferencias y conflictos interconyugales, perdonando ofensas y faltas cometidas, y con propósito de enmienda, claro.
El matrimonio cristiano es para siempre, y obedece al amor debido a Dios, al cónyuge y a los hijos, y hasta debido a la familia ampliada de ambos.
¿Dar la vida por los hijos? Sí, pero no por sacrifico mortal, sino como vida diaria en familia, por ellos. Esto sí es “dar la vida” por los hijos.
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10 agosto 2016

“Pasar por la Puerta Santa es dirigirnos a la puerta del corazón misericordioso de Jesús”


El Papa en la Audiencia General


Queridos hermanos y hermanas, buenos días:
El pasaje del Evangelio de Lucas que hemos escuchado (7,11-17) nos presenta un milagro de Jesús realmente grande: la resurrección de un joven. Además, el corazón de este pasaje no es el milagro, sino la ternura de Jesús hacia la madre de este joven. La misericordia toma aquí el nombre de gran compasión hacia una mujer que había perdido al marido y que ahora acompañaba al cementerio a su único hijo. Es este gran dolor de una madre que conmueve a Jesús y le provoca el milagro de la resurrección.
En el introducir este episodio, el Evangelista se detiene en muchos detalles. En la puerta de la localidad de Naín, un pueblo, se encuentran dos grupos numerosos que proceden de direcciones opuestas y que no tienen nada en común. Jesús, seguido por los discípulos y de una gran multitud va a entrar en la ciudad, mientras, estaba saliendo una procesión que acompañaba a un difunto, con su madre viuda y una gran cantidad de personas. En la puerta los dos grupos se cruzan solamente yendo cada uno por su camino, pero es entonces cuando san Lucas señala el sentimiento de Jesús: “Al verla [a la mujer], el Señor se conmovió y le dijo: ‘No llores’. Después se acercó y tocó el féretro. Los que los llevaban se detuvieron” (vv. 13-14). Gran compasión guía las acciones de Jesús: es Él quien detiene la procesión tocando el féretro y, movido por la profunda misericordia por esta madre, decide afrontar la muerte, por así decir, de tú a tú. Y la afrontará definitivamente, de tú a tú, en la Cruz.
Durante este Jubileo, sería bueno que, al pasar la Puerta Santa, la Puerta de la Misericordia, los peregrinos recuerden este episodio del Evangelio, sucedido en la puerta de Naín.
Cuando Jesús ve esta madre llorando, ¡entró en su corazón! A la Puerta Santa cada uno llega llevando la propia vida, con sus alegrías y sus sufrimientos, los proyectos y los fracasos, las dudas y los temores, para presentarla a la misericordia del Señor. Estamos seguros de que, ante la Puerta Santa, el Señor se hace cercano para encontrar a cada uno de nosotros, para llevar y ofrecer su poderosa palabra consoladora: “No llores” (v. 13).
Esta es la Puerta del encuentro entre el dolor de la humanidad y la compasión de Dios. Pensemos siempre en esto: un encuentro entre el dolor de la humanidad y la compasión de Dios. Atravesando la puerta nosotros cumplimos nuestra peregrinación dentro de la misericordia de Dios que, como el joven muerto, repite a todos: “Joven, yo te lo ordeno, levántate” (v. 14). ¡Levántate! Dios nos quiere de pie. Nos ha creado para estar de pie: por eso, la compasión de Jesús lleva a ese gesto de la sanación, a sanarnos, donde la palabra clave es: ¡Levántate! ¡Ponte de pie, como te ha creado Dios!”. De pie. “Pero, Padre, caemos muchas veces” – “¡Levántate, levántate!”. Esta es la palabra de Jesús, siempre. Al atravesar la Puerta Santa, tratemos de sentir en nuestro corazón esta palabra: “¡Levántate!”.
La palabra poderosa de Jesús puede hacer que nos levantemos y realizar también en nosotros el paso de la muerte a la vida. Su palabra nos hace revivir, da esperanza, refresca los corazones cansados, abre una visión del mundo y de la vida que va más allá del sufrimiento y la muerte.  ¡En la Puerta Santa se registra para cada uno de nosotros el inagotable tesoro de la misericordia de Dios!
Alcanzado por la palabra de Jesús, “el muerto se incorporó y empezó a hablar. Y Jesús se lo entregó a su madre” (v. 15). Esta frase es muy bonita: indica la ternura de Jesús. “Lo entregó a su madre”. La madre encuentra de nuevo al hijo. Al recibirlo de las manos de Jesús se convierte en madre por segunda vez, pero el hijo que ahora le ha sido entregado no es de ella que ha recibido la vida. Madre e hijo reciben así la respectiva identidad gracias a la palabra poderosa de Jesús y su gesto amoroso. Así, especialmente en el Jubileo, la madre Iglesia recibe a sus hijos reconociendo en ellos la vida donada por la gracia de Dios. Es en fuerza de tal gracia, la gracia del Bautismo, que la Iglesia se convierte en madre y que cada uno de nosotros se convierte en su hijo.
Frente al joven que vuelve a la vida y es entregado a la madre, “todos quedaron sobrecogidos de temor y alababan a Dios, diciendo: ‘Un gran profeta ha aparecido en medio de nosotros y Dios ha visitado a su Pueblo’”. Lo que ha hecho Jesús no es solo una acción de salvación destinada a la viuda y a su hijo, o un gesto de bondad limitado a esa ciudad. En el socorro misericordioso de Jesús, Dios va al encuentro de su pueblo, en Él aparece y continuará apareciendo a la humanidad toda la gracia de Dios. Celebrando este Jubileo, que he querido que fuera vivido en todas las Iglesias particulares, es decir, en todas las iglesias del mundo y no solo en Roma, es como si toda la Iglesia repartida en el mundo se uniera en el único canto de alabanza al Señor. También hoy la Iglesia reconoce ser visitada por Dios. Por eso, acercándonos a la Puerta de la Misericordia, cada uno sabe que se acerca a la puerta del corazón misericordioso de Jesús: es Él la verdadera Puerta que conduce a la salvación y nos restituye a una vida nueva. La misericordia, tanto en Jesús como en nosotros, es un camino que sale del corazón para llegar a las manos. ¿Qué significa esto? Jesús te mira, te sana con su misericordia, te dice: ¡Levántate! Y tu corazón es nuevo. ¿Qué significa realizar un camino del corazón a las manos? Significa que con el corazón nuevo, con el corazón sanado por Jesús puedo realizar las obras de misericordia mediante las manos, tratando de ayudar, de cuidar a muchos que lo necesitan. La misericordia es un camino que sale del corazón y llega a las manos, es decir, a las obras de misericordia.

Después del saludo en lengua italiana, el Santo Padre ha añadido: 
He dicho que la misericordia es un camino que va del corazón a las manos. En el corazón, recibimos la misericordia de Jesús, que nos da el perdón de todo, porque Dios perdona todo y nos alivia, nos da la vida nueva y nos contagia con su compasión. De ese corazón perdonado y con la compasión de Jesús, comienza el camino hacia las manos, es decir, hacia las obras de misericordia. Me decía un obispo, el otro día, que en su catedral y en otras iglesias ha hecho puertas de misericordia de entrada y de salida. Y pregunté: ¿por qué has hecho esto? – Porque una puerta es para entrar, pedir el perdón y tener la misericordia de Jesús; la otra es la puerta de la misericordia de salida, para llevar la misericordia a los otros, con nuestras obras de misericordia”. ¡Inteligente este obispo! También nosotros hagamos lo mismo con el camino que va del corazón a las manos: entramos en la iglesia por la puerta de la misericordia, para recibir el perdón de Jesús que nos dice: “¡Levántate! ¡Ve, ve!”; y con este “¡ve!” – en pie-  salimos por la puerta de salida. Es la Iglesia en salida: el camino de la misericordia que va del corazón a las manos. ¡Haced este camino!

“Pasar por la Puerta Santa es dirigirnos a la puerta del corazón misericordioso de Jesús”


El Papa en la Audiencia General

Queridos hermanos y hermanas, buenos días:
El pasaje del Evangelio de Lucas que hemos escuchado (7,11-17) nos presenta un milagro de Jesús realmente grande: la resurrección de un joven. Además, el corazón de este pasaje no es el milagro, sino la ternura de Jesús hacia la madre de este joven. La misericordia toma aquí el nombre de gran compasión hacia una mujer que había perdido al marido y que ahora acompañaba al cementerio a su único hijo. Es este gran dolor de una madre que conmueve a Jesús y le provoca el milagro de la resurrección.
En el introducir este episodio, el Evangelista se detiene en muchos detalles. En la puerta de la localidad de Naín, un pueblo, se encuentran dos grupos numerosos que proceden de direcciones opuestas y que no tienen nada en común. Jesús, seguido por los discípulos y de una gran multitud va a entrar en la ciudad, mientras, estaba saliendo una procesión que acompañaba a un difunto, con su madre viuda y una gran cantidad de personas. En la puerta los dos grupos se cruzan solamente yendo cada uno por su camino, pero es entonces cuando san Lucas señala el sentimiento de Jesús: “Al verla [a la mujer], el Señor se conmovió y le dijo: ‘No llores’. Después se acercó y tocó el féretro. Los que los llevaban se detuvieron” (vv. 13-14). Gran compasión guía las acciones de Jesús: es Él quien detiene la procesión tocando el féretro y, movido por la profunda misericordia por esta madre, decide afrontar la muerte, por así decir, de tú a tú. Y la afrontará definitivamente, de tú a tú, en la Cruz.
Durante este Jubileo, sería bueno que, al pasar la Puerta Santa, la Puerta de la Misericordia, los peregrinos recuerden este episodio del Evangelio, sucedido en la puerta de Naín.
Cuando Jesús ve esta madre llorando, ¡entró en su corazón! A la Puerta Santa cada uno llega llevando la propia vida, con sus alegrías y sus sufrimientos, los proyectos y los fracasos, las dudas y los temores, para presentarla a la misericordia del Señor. Estamos seguros de que, ante la Puerta Santa, el Señor se hace cercano para encontrar a cada uno de nosotros, para llevar y ofrecer su poderosa palabra consoladora: “No llores” (v. 13).
Esta es la Puerta del encuentro entre el dolor de la humanidad y la compasión de Dios. Pensemos siempre en esto: un encuentro entre el dolor de la humanidad y la compasión de Dios. Atravesando la puerta nosotros cumplimos nuestra peregrinación dentro de la misericordia de Dios que, como el joven muerto, repite a todos: “Joven, yo te lo ordeno, levántate” (v. 14). ¡Levántate! Dios nos quiere de pie. Nos ha creado para estar de pie: por eso, la compasión de Jesús lleva a ese gesto de la sanación, a sanarnos, donde la palabra clave es: ¡Levántate! ¡Ponte de pie, como te ha creado Dios!”. De pie. “Pero, Padre, caemos muchas veces” – “¡Levántate, levántate!”. Esta es la palabra de Jesús, siempre. Al atravesar la Puerta Santa, tratemos de sentir en nuestro corazón esta palabra: “¡Levántate!”.
La palabra poderosa de Jesús puede hacer que nos levantemos y realizar también en nosotros el paso de la muerte a la vida. Su palabra nos hace revivir, da esperanza, refresca los corazones cansados, abre una visión del mundo y de la vida que va más allá del sufrimiento y la muerte.  ¡En la Puerta Santa se registra para cada uno de nosotros el inagotable tesoro de la misericordia de Dios!
Alcanzado por la palabra de Jesús, “el muerto se incorporó y empezó a hablar. Y Jesús se lo entregó a su madre” (v. 15). Esta frase es muy bonita: indica la ternura de Jesús. “Lo entregó a su madre”. La madre encuentra de nuevo al hijo. Al recibirlo de las manos de Jesús se convierte en madre por segunda vez, pero el hijo que ahora le ha sido entregado no es de ella que ha recibido la vida. Madre e hijo reciben así la respectiva identidad gracias a la palabra poderosa de Jesús y su gesto amoroso. Así, especialmente en el Jubileo, la madre Iglesia recibe a sus hijos reconociendo en ellos la vida donada por la gracia de Dios. Es en fuerza de tal gracia, la gracia del Bautismo, que la Iglesia se convierte en madre y que cada uno de nosotros se convierte en su hijo.
Frente al joven que vuelve a la vida y es entregado a la madre, “todos quedaron sobrecogidos de temor y alababan a Dios, diciendo: ‘Un gran profeta ha aparecido en medio de nosotros y Dios ha visitado a su Pueblo’”. Lo que ha hecho Jesús no es solo una acción de salvación destinada a la viuda y a su hijo, o un gesto de bondad limitado a esa ciudad. En el socorro misericordioso de Jesús, Dios va al encuentro de su pueblo, en Él aparece y continuará apareciendo a la humanidad toda la gracia de Dios. Celebrando este Jubileo, que he querido que fuera vivido en todas las Iglesias particulares, es decir, en todas las iglesias del mundo y no solo en Roma, es como si toda la Iglesia repartida en el mundo se uniera en el único canto de alabanza al Señor. También hoy la Iglesia reconoce ser visitada por Dios. Por eso, acercándonos a la Puerta de la Misericordia, cada uno sabe que se acerca a la puerta del corazón misericordioso de Jesús: es Él la verdadera Puerta que conduce a la salvación y nos restituye a una vida nueva. La misericordia, tanto en Jesús como en nosotros, es un camino que sale del corazón para llegar a las manos. ¿Qué significa esto? Jesús te mira, te sana con su misericordia, te dice: ¡Levántate! Y tu corazón es nuevo. ¿Qué significa realizar un camino del corazón a las manos? Significa que con el corazón nuevo, con el corazón sanado por Jesús puedo realizar las obras de misericordia mediante las manos, tratando de ayudar, de cuidar a muchos que lo necesitan. La misericordia es un camino que sale del corazón y llega a las manos, es decir, a las obras de misericordia.

Después del saludo en lengua italiana, el Santo Padre ha añadido: 
He dicho que la misericordia es un camino que va del corazón a las manos. En el corazón, recibimos la misericordia de Jesús, que nos da el perdón de todo, porque Dios perdona todo y nos alivia, nos da la vida nueva y nos contagia con su compasión. De ese corazón perdonado y con la compasión de Jesús, comienza el camino hacia las manos, es decir, hacia las obras de misericordia. Me decía un obispo, el otro día, que en su catedral y en otras iglesias ha hecho puertas de misericordia de entrada y de salida. Y pregunté: ¿por qué has hecho esto? – Porque una puerta es para entrar, pedir el perdón y tener la misericordia de Jesús; la otra es la puerta de la misericordia de salida, para llevar la misericordia a los otros, con nuestras obras de misericordia”. ¡Inteligente este obispo! También nosotros hagamos lo mismo con el camino que va del corazón a las manos: entramos en la iglesia por la puerta de la misericordia, para recibir el perdón de Jesús que nos dice: “¡Levántate! ¡Ve, ve!”; y con este “¡ve!” – en pie-  salimos por la puerta de salida. Es la Iglesia en salida: el camino de la misericordia que va del corazón a las manos. ¡Haced este camino!

Vigésimo domingo del tiempo ordinario

Antonio Rivero, L.C.

Ciclo C Textos: Jr 38, 4-6.8-10; Hb 12, 1-4; Lc 12, 49-53

Idea principal: Somos atletas de Cristo.
Síntesis del mensaje: Toda la vida humana y cristiana es una continua lucha sobre la tierra. Ya lo decía el libro de Job (7, 1). Y san Agustín: “Nuestra vida en esta peregrinación no puede existir sin tentación: porque se hizo provecho nuestro por medio de nuestra tentación, y cada uno no se da a conocer a sí a no ser que haya sido tentado, ni puede ser coronado a no ser que haya vencido, ni puede vencer a no ser que haya combatido, ni puede combatir a no ser que haya dominado al enemigo y las tentaciones” (Comentando el Salmo 60, nº 3). Y mucho antes san Pablo: “He peleado la buena batalla, he terminado la carrera, he guardado la fe” (2 Tim 4, 7).
Puntos de la idea principal:
En primer lugar, nuestra vida de cristianos es una carrera. Ya san Pablo había comparado nuestra vida como una carrera. ¿Meta? La transformación en Cristo, aquí en la tierra, y alcanzar la vida eterna, después. Esta imagen está llena de significado. A esa carrera salimos a gatas, después de nuestro Bautismo, y con la ayuda de nuestros papás y padrinos. Después, con la fuerza y el alimento de la Eucaristía ya vamos erguidos y dando pasos más ágiles y con entusiasmo en esta carrera. Con el sacramento de la Confirmación vamos bien equipados interiormente para sortear las sorpresas del camino y pelear con valentía. Si caemos o damos un paso en falso, ahí está la confesión para curarnos. Si nos encandila una persona, ahí Dios me pone la otra media naranja para ser feliz en el santo matrimonio. Si arde en mi pecho el anhelo de entregar mi vida en cuerpo y cuerpo, me ofrece el sacerdocio. En el momento de la vejez y enfermedad, Dios me consuela y alienta con el sacramento de la unción de enfermos. Si es una carrera sería bueno llevar todo lo necesario. Tener puesta la camiseta y vestimenta del discípulo de Jesús. Llevar las aguas y bebidas necesarias para hidratarnos. No deben faltar la comida. No olvidemos, por si acaso, un kit de medicamentos. Por si acaso metamos el móvil, una identificación y dinero. ¿Qué necesita un buen atleta para ganar la carrera? Todos sabemos que la alimentación sana y equilibrada es muy importante. Por eso es importante buscar la Sabiduría de Dios en las Escrituras y el Magisterio de la Iglesia católica, que inspirados por Dios conforman el buen alimento del cristiano. También es necesario un buen entrenamiento, que para los católicos es la oración. El atleta también necesita de un entrenador que le corrija y le haga aprender la técnica correcta: necesita de humildad para aceptar la corrección. Nosotros, como católicos, necesitamos la humildad para aceptar la corrección de Dios. Además es importante caminar en la dirección correcta, para que no seamos ya niños, llevados a la deriva y zarandeados por cualquier viento de doctrina (Efesios 4, 14a).
En segundo lugar, en esta carrera hay que superar muchos obstáculos. Ser buen deportista cuesta sacrificio. Hay que renunciar a bastantes cosas para poder triunfar en la carrera. Miremos bien la altura de las vallas, las piedras o cardos del camino. Preguntemos a Jeremías (1ª lectura) cómo tuvo que sortear miles de obstáculos para ser fiel al ministerio profético. ¡Cuántas contradicciones provocó en la sociedad corrompida a la que Dios le manda hablar en su nombre! Dios le sacó de la tranquilidad de su vida en un pueblo pequeño cercano a Jerusalén, cuando aún no contaba con veinte años. Es acusado por los jefes e ignorado por el rey. ¿En quién tenemos que fijar los ojos, nosotros cristianos? La carta a los Hebreos que hoy leímos nos dice: “fijos los ojos en Jesús, pionero de la fe” (2ª lectura). Pionero significa el que va delante, el que nos ha dado ejemplo de decisión en su camino mesiánico, que incluía la cruz. También a Él le resultó difícil cumplir su carrera, pues vino a prender fuego; no un fuego que devasta los bosques, sino el fuego de un amor decidido, de una entrega apasionada. Es el fuego del Espíritu que en Pentecostés transformó la primera comunidad cristiana para que se echaran a correr y predicar la Buena Nueva por todo el mundo. Hay diversos tipos de atletas: los que desisten ante la primera dificultad, porque es difícil, y tiran la toalla. Otros ni siquiera salieron al oír el disparo, por miedo y cobardía. También hay quien va a su ritmo, flojo él, tomándose sus descansos en las fuentes que encuentran a derecha e izquierda. Peor los que tiran por otras veredas placenteras. Y están los que llegan cansados, pero satisfechos de haber cumplido. Y no nos olvidemos de la constancia. ¿O qué atleta llega a ser campeón del mundo con un par de meses de entrenamiento? ¡Son necesarios años! Al igual que para nosotros muchas veces también. Por eso, actuemos con perseverancia, pues el mismo San Pablo decía: Yo, hermanos, no creo haberlo ya conseguido. Pero una cosa hago: olvido lo que dejé atrás y me lanzo a lo que está por delante (Filipenses 3, 13).
Finalmente, al final de la carrera está el premio o medalla, si hemos ganado. Medalla de oro, de plata o de bronce, según los talentos que Dios nos ha dado en vida. La vida del cristiano puede compararse con la vida de un atleta, como dijimos. Tenemos un objetivo, un premio que alcanzar, que es Dios mismo y la vida eterna que nos ha prometido. Y tenemos una carrera que correr, que es la carrera de la fe en nuestra vida diaria. Y estamos llamados a vivir corriendo hacia la meta, al premio a que Dios me llama desde lo alto en Cristo Jesús (Filipenses 3, 14). ¡El mejor premio que jamás podríamos haber soñado! La vida de los santos y santas grita la victoria en la carrera. Si ellos pudieron, también nosotros. Sortearon los obstáculos. Sufrieron. Sudaron. Pero tenían fijos los ojos en Cristo Jesús. Ignacio de Loyola llegó y escogió el ejército del Rey eterno, y enarboló la bandera de Cristo con valentía y bravura. Juan Bosco llegó, y llevó la educación a tantos niños abandonados en la intemperie. Vicente de Paul llegó, viendo a Cristo en los pobres. Teresa de Jesús llegó, desposándose con el Rey de reyes. Y también Tarsicio y Luis Gonzaga y María Goretti, niños y adolescentes fieles a Cristo. Y san Isidro labrador, con sus bueyes y su oración. Y san Juan Diego, que se puso en el regazo de la Morenita. Y Josefina Bakhita, esa esclava negra que se consagró al Amo que le dio la verdadera libertad.

Para reflexionar: Piensa en estas palabras: todo campeón tiene también algo innato, algo que no se consigue mediante entrenamiento y esfuerzo, que le hace marcar la diferencia entre los atletas “comunes” y él: el campeón. ¡Nosotros los cristianos también tenemos ese “algo”, que es Cristo mismo! Él, por su inmenso amor, engendra en nosotros un hombre nuevo capaz de ganar la carrera de la fe… ¡Por pura gracia! Así pues, lo imposible ya lo ha hecho Él posible para nosotros, nosotros sólo debemos aceptarlo y ejercitarlo, para poder decir algún día: He competido en la noble competición, he llegado a la meta en la carrera, he conservado la fe (2 Timoteo 4, 7).

Para rezar:
Señor, permite que cada
entrenamiento y cada competencia
sea la mejor que realice.
Que el coraje, el valor y
la victoria cubran cada paso realizado.
Permite, Señor, que el éxito
esté presente en todo momento
Y  dadme seguridad y confianza
para luchar hasta el final.
Te pido con el corazón
me des la fortaleza física y mental necesaria para triunfar;
y te pido con la razón
que asimile cada ganancia o cada perdida.
Y que esto me permita aprender, madurar y crecer
para ser cada vez mejor.
Señor, hazme llegar más
alto, más lejos y ser más fuerte
Y permíteme asimilar con
humildad lo que venga.

Te pido, Señor, que estés
conmigo. Amén.

Carta del Prelado del Opus Dei

(agosto de 2016)
"Nuestra Madre nos invita a luchar para corresponder a Dios con alegría y generosidad total", dice el Prelado en su carta de agosto, donde también comenta una obra de misericordia espiritual: sufrir con paciencia los defectos del prójimo.

Queridísimos: ¡que Jesús me guarde a mis hijas y a mis hijos!
El 15 de agosto de 2007, Benedicto XVI, mencionando la Antífona de entrada de la Santa Misa —se apareció en el Cielo una mujer vestida de sol, con la luna bajo sus pies y una corona de doce estrellas sobre su cabeza —, comentaba que esa mujer «es María, que vive totalmente en Dios, rodeada y vestida de sol, es decir, de Dios (...). Está coronada por doce estrellas, es decir, por las doce tribus de Israel, por todo el pueblo de Dios, por toda la comunión de los santos, y tiene bajo sus pies la luna, imagen de la muerte y de la mortalidad (...). Así, en la gloria, habiendo superado la muerte, nos dice: ¡ánimo, al final vence el amor! En mi vida dije: “¡he aquí la esclava del Señor!”. En mi vida me entregué a Dios y al prójimo. Y esta vida de servicio llega ahora a la vida verdadera». Este ensalzar a la Virgen trae a la memoria la fe con que san Josemaría, desde 1951, repitió Cor Mariæ dulcissimum, iter para tutum, acogiéndose a su intercesión.
Siete días después, en la fiesta de Santa María Reina, la liturgia presenta a Nuestra Señora a la derecha de Cristo, enjoyada con oro, vestida de perlas y brocado . Son palabras llenas de contenido que, sin embargo, no alcanzan a expresar la grandeza de la Madre de Dios. Nos llenamos de admiración al contemplar, en el quinto misterio glorioso del Santo Rosario, que, a María, el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo la coronan como Emperatriz que es del Universo. Y le rinden pleitesía de vasallos los Ángeles..., y los patriarcas y los profetas y los Apóstoles..., y los mártires y los confesores y las vírgenes y todos los santos..., y todos los pecadores y tú y yo.
La llena de gracia desde su Concepción inmaculada, fue creciendo más y más en santidad mediante su entrega plena a Dios, hasta venir coronada como Reina de cielos y tierra; una Reina del Cielo que es nuestra Madre, y que nos invita a luchar para corresponder a Dios, con alegría y generosidad total. ¡Aprovechémonos de su poderosa intercesión! y sigamos el consejo de nuestro Padre: con atrevimiento filial, únete a esa fiesta del Cielo. —Yo, a la Madre de Dios y Madre mía, la corono con mis miserias purificadas, porque no tengo piedras preciosas ni virtudes. —¡Anímate!.
A la Virgen corresponde el título de Maestra de todas las virtudes. ¡Qué buena ocasión nos ofrece este mes tan mariano, dentro del Año jubilar de la misericordia, para pedirle que nos obtenga de su Hijo un aumento grande de esta virtud en nuestra conducta personal! Acudamos a Santa María, Trono de la Gracia y de la Gloria, ut misericordiam consequamur , para alcanzar misericordia en nuestros quehaceres.
El evangelio de la Misa de la Asunción relata una escena encantadora de la vida de la Virgen: la visitación a su prima santa Isabel. «Estas dos mujeres se encuentran —decía el Santo Padre— y lo hacen con alegría: ¡ese momento es toda una fiesta! Si aprendiéramos este servicio de ir al encuentro de los demás, ¡cómo cambiaría el mundo! El encuentro es otro signo cristiano. Una persona que dice ser cristiana y no es capaz de ir al encuentro de los demás, no es totalmente cristiana. Tanto el servicio como el encuentro requieren salir de uno mismo: salir para servir y salir para encontrar, para abrazar a otra persona» .
En el repaso de las obras de misericordia, detengámonos ahora en una que el Catecismo de la Iglesia Católica enuncia así: sufrir con paciencia las adversidades, tanto las que provienen de nuestros propios límites, como las que proceden de fuera. Mantengamos una plena confianza en la misericordia del Señor que, de todos los acontecimientos, sabe sacar el bien. La paciencia crece también como uno de los frutos más sabrosos de la caridad con el prójimo. Lo advertía san Pablo en su magnífico himno a esta virtud: La caridad es paciente, la caridad es amable; no es envidiosa, no obra con soberbia, no se jacta, no es ambiciosa, no busca lo suyo, no se irrita, no toma en cuenta el mal, no se alegra por la injusticia, se complace en la verdad; todo lo aguanta, todo lo cree, todo lo espera, todo lo conlleva.
La misericordia nos ha de conducir a vivir cara hacia los demás con paciencia, también cuando se muestran inoportunos. Todos arrastramos defectos, aristas en el carácter y, aunque no lo busquemos voluntariamente, muchas veces provocamos roces que hieren a los demás: a los miembros de nuestra familia, a los colegas de trabajo, a los amigos, en los momentos de crispación que pueden sobrevenir, por ejemplo, en los atascos del tráfico ciudadano... Todas esas ocasiones nos facilitan una oportunidad para hacer grata la vida a los demás, no guiándonos por un carácter desordenado.
La paciencia nos impulsa a enfocar sin dramatismos las imperfecciones de los demás, sin caer en la tentación de echárselo en cara, ni buscar un desahogo comentándolo con terceros. De poco serviría, por ejemplo, callar ante ciertos defectos de alguno si después los pusiéramos en evidencia con un comentario irónico; o si nuestro disgusto nos condujera a tratarle con frialdad; o si cayéramos en formas sutiles de murmuración, que causan daño al que murmura, al que es objeto de la murmuración, y al que la escucha. Conllevar con paciencia los defectos de los demás nos invita a procurar que esas carencias no nos condicionen a la hora de quererles: no se trata de quererles a pesar de esas limitaciones, sino de quererles con esas limitaciones. Es esta una gracia que podemos pedir al Señor: no detenernos ni justificar nuestras malas reacciones ante las diferencias con los demás que nos disgustan, porque cada una, cada uno, posee siempre mucha más riqueza, más bondad que sus defectos. Por eso, cuando notemos que el corazón no responde, metámoslo en el corazón del Señor: Cor Iesu sacratissimum et misericors, donanobis pacem! Él convertirá nuestro corazón de piedra en un corazón de carne .
Vamos, pues, a esmerarnos en el cumplimiento de todos nuestros deberes, hasta de los que parecen menos importantes; vamos a aumentar nuestra paciencia en las contradicciones de cada instante, a cuidar los pequeños detalles. Hemos de hacer más vigoroso nuestro esfuerzo por mejorar; para eso, respondamos a Dios en las pequeñas luchas en que Él nos espera. ¿Por qué quedarse resentidos en los roces con caracteres distintos y opuestos, tan propios de la convivencia cotidiana? ¡A luchar, a vencer sobre nosotros mismos!; ahí es donde nos aguarda Dios.
Recibir con una sonrisa a quienes se nos acercan con un gesto adusto, o responden con palabras desabridas a nuestro interés por ellos, revela modos estupendos de vivir el espíritu de sacrificio. Muchas veces, aconsejaba nuestro Padre, una sonrisa es la mejor muestra de espíritu de penitencia. Ya enCamino, entre los ejercicios de mortificación que sugería en los años de 1930, apuntaba: esa palabra acertada, el chiste que no salió de tu boca; la sonrisa amable para quien te molesta; aquel silencio ante la acusación injusta; tu bondadosa conversación con los cargantes y los inoportunos; el pasar por alto cada día, a las personas que conviven contigo, un detalle y otro fastidiosos e impertinentes... Esto, con perseverancia, sí que es sólida mortificación interior .
La Jornada Mundial de la Juventud, que acaba de concluir en Cracovia, constituye otro motivo de dar gracias a Dios, al Santo Padre Francisco y a tantas personas que se han prodigado generosamente en su organización. Recemos para que los frutos apostólicos de esos días sean muy abundantes y permanentes, acudiendo también a la intercesión de san Juan Pablo II, que precisamente en Cracovia desarrolló una parte importante de su servicio a la Iglesia y al mundo, y en Czestochowa presidió una Jornada de la Juventud, en la que también participó el queridísimo don Álvaro.
Como todos los años, en la solemnidad de la Asunción, viviremos muy unidos a nuestro Padre al renovar, en los Centros de la Obra, la consagración del Opus Dei al Corazón dulcísimo de María. Meditad las palabras que escribió san Josemaría y meted en vuestra oración —como ya hacéis— mis intenciones por la Iglesia, por el Papa, por la Obra, por nuestros hermanos y hermanas enfermos o con dificultades de cualquier tipo, para que sepan sobrenaturalizarlas y unirlas a la Cruz del Señor, apoyados todos y todas en la intercesión segura de la Madre de Dios y Madre nuestra.
Con todo cariño, os bendice vuestro Padre + Javier