13 septiembre 2016

Debemos trabajar por una cultura del encuentro fecundo

El Papa hoy en Santa Marta


El papa Francisco ha invitado una vez más a trabajar para construir una verdadera cultura del encuentro que venza la cultura de la indiferencia. Así lo ha hecho durante la homilía de este martes en Santa Marta, a la vez que ha reflexionado sobre el encuentro de Dios con su pueblo y ha advertido sobre las malas costumbres que, también en la familia, nos distraen de la escucha del otro.
De este modo, el Pontífice ha observado que la Palabra de Dios hoy hace reflexionar sobre un encuentro. Por eso, ha señalado que, a menudo, las personas “se cruzan entre ellas, pero no se encuentran”. Cada uno –ha añadido– piensa en sí mismo, ve pero no mira, oye pero no escucha.
Y lo ha explicado así: “El encuentro es otra cosa, es lo que el Evangelio de hoy nos anuncia: un encuentro; un encuentro entre un hombre y una mujer, entre un hijo único vivo y un hijo único muerto; entre una multitud feliz, porque había encontrado a Jesús y lo seguía, y un grupo de gente, llorando, que acompañaba a esa mujer, que salía de una puerta de la ciudad; encuentro entre esa puerta de salida y la puerta de entrada. El redil. Un encuentro que nos hace reflexionar sobre el modo de encontrarnos entre nosotros”.  
En el Evangelio se lee que el Señor sintió lástima. Esta compasión “no es lo mismo que nosotros hacemos cuando vamos por la calle” y vemos una cosa triste. Jesús, ha asegurado Francisco, no pasa de largo, sino que siente lástima. “Se acerca a la mujer, la encuentra de verdad y después hace el milagro”, ha explicado.
Al respecto, el Pontífice ha indicado que aquí vemos no solo la ternura sino también “la fecundidad del encuentro”. Cada encuentro –ha precisado– es fecundo. Cada encuentro restituye a las personas y a las cosas a su sitio.
De este modo, el Santo Padre ha observado que “nosotros estamos acostumbrados a una cultura de la indiferencia y debemos trabajar y pedir la gracia de hacer una cultura del encuentro, de este encuentro fecundo, de este encuentro que restituya a cada persona la propia dignidad de hijo de Dios, la dignidad de viviente. Asimismo ha advertido que estamos acostumbrados a esta indiferencia cuando vemos las calamidades de este mundo y las pequeñas cosas. Por eso ha asegurado que si no nos paramos a mirar, no solo ‘a ver’, si no “toco” si no “hablo”, no podemos hacer un encuentro y no podemos ayudar a hacer una cultura del encuentro.
En esta misma línea ha señalado que la gente de este pasaje del Evangelio “tenía miedo y glorificaban a Dios, porque habían hecho el encuentro entre Dios y su pueblo”. Así, el Santo Padre ha reconocido que le “gusta ver también aquí el encuentro de todos los días entre Jesús y su esposa”, la Iglesia, que espera su regreso.
Finalmente, el Santo Padre ha advertido del peligro que en la familia, cuando se está a la mesa, se coma, se vea la televisión o se escriban mensajes en el móvil. “Cada uno es indiferentes a ese encuentro. También precisamente en el centro de la sociedad, que es la familia, no hay encuentro”, ha advertido.
Por esta razón ha pedido que esto “nos ayude a trabajar por esta cultura del encuentro, tal y como ha hecho Jesús”. Francisco ha invitado a “no solo ver: mirar. No solo oír: escuchar. No solo cruzarse: pararse. No solo decir ‘pobre gente’, sino dejarse llevar por la compasión. Y después acercarse, tocar y decir en la lengua que a cada uno le viene en ese momento, la lengua del corazón: ‘no llores’, y dar al menos una gota de vida”.

División y codicia, armas del diablo

El Papa en Santa Martael día 12


Acabamos de leer en la carta de San Pablo a los Corintios (1Cor 11,17-26.33) los reproches del apóstol por sus peleas. Y es que el diablo tiene dos armas potentísimas para destruir la Iglesia: las divisiones y el dinero. Y eso pasó desde el comienzo: divisiones ideológicas, teológicas, que herían la Iglesia. El diablo siembra celos, ambiciones, ideas, ¡pero para dividir! O siembra codicia. Y, como sucede después de una guerra, todo queda destruido, y el diablo se va tan contento. Y nosotros, ingenuos, nos prestamos a su juego. Es una guerra sucia la de las divisiones, son como un terrorismo esas murmuraciones en las comunidades, esa lengua que mata, que tira la bomba y destruye, ¡pero yo sigo! Las divisiones en la Iglesia no dejan que el Reino de Dios crezca; no dejan que el Señor se vea bien, como es Él. Las divisiones hacen que se vea una parte, una contra la otra… ¡Siempre en contra! No está el aceite de la unidad, el bálsamo de la unidad. Pero el diablo va más allá, no solo en la comunidad cristiana, sino que va justo a la raíz de la unidad cristiana. Eso es lo que pasa aquí, en la ciudad de Corinto, a los Corintios. Pablo les regaña porque las divisiones llegan precisamente a la raíz de la unidad, es decir, a la celebración eucarística.
En el caso de los Corintios, surgen divisiones entre ricos y pobres precisamente durante la celebración eucarística. Jesús rezó al Padre por la unidad. Pero el diablo intenta destruir ahí. Yo os pido que hagáis todo lo posible para no destruir la Iglesia con divisiones, ya sean ideológicas, de codicia o ambición, ya sean de celos. Y sobre todo que recéis y protejáis la fuente, la raíz propia de la unidad de la Iglesia, que es el Cuerpo de Cristo, del que todos los días celebramos su sacrificio en la Eucaristía.
San Pablo habla de las divisiones entre los Corintios, hace dos mil años… Esto puede decirlo Pablo hoy a todos nosotros, a la Iglesia de hoy. ‘¡Hermanos, en esto no puedo alabaros, porque os reunís no para lo mejor, sino para los peor!’. La Iglesia entera reunida... para lo peor, por las divisiones: ¡para lo peor! ¡Para manchar el Cuerpo de Cristo en la celebración eucarística! El mismo Pablo nos dice, en otro pasaje: ‘Quien come o bebe el Cuerpo y la Sangre de Cristo indignamente, come y bebe su propia condenación’. Pidamos al Señor la unidad de la Iglesia: ¡que no haya divisiones! Y la unidad también en la raíz de la Iglesia, que es precisamente el sacrificio de Cristo, que celebramos cada día.

No hay pecado del que no podamos resurgir con la gracia de Dios

El Papa en el Ángelus del día 11


Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!
La liturgia de hoy nos propone el capítulo 15 de Evangelio de Lucas, considerado el capítulo de la misericordia, que recoge tres parábolas con las que Jesús responde a las murmuraciones de los escribas y de los fariseos. Estos critican su comportamiento y dicen: “Ése acoge a los pecadores y come con ellos” (v. 2). Con estas tres historias, Jesús quiere hacer entender que Dios Padre es el primero a tener hacia los pecadores una actitud acogedora y misericordiosa. Dios tiene esta actitud. En la primera parábola Dios es presentado como un pastor que deja las noventa y nueve ovejas para ir a buscar a la que se ha perdido. En la segunda es comparado con una mujer que ha perdido una moneda y la busca hasta que la encuentra. En la tercera parábola Dios es imaginado como un padre que acoge al hijo que se había alejado; la figura del padre desvela el corazón de Dios misericordioso, manifestado en Jesús.
Un elemento común de estas parábolas es el expresado por los verbos que significan alegrarse juntos, hacer fiesta. No se habla de hacer luto, se alegra, se hace fiesta. El pastor llama a los amigos y vecinos y les dice: “¡Felicitadme!, he encontrado la oveja que se me había perdido” (v. 6); la mujer llama a las amigas y las vecinas diciendo: “Felicitadme, he encontrado la moneda que se me había perdido” (v. 9); el padre dice al otro hijo: “Celebramos un banquete, porque este hijo mío estaba muerto y ha revivido; estaba perdido, y lo hemos encontrado” (v. 32). En las primeras dos parábolas el acento está en la alegría tan incontenible que se debe compartir con “amigos y vecinos”. En la tercera parábola está puesto en la fiesta que parte del corazón del padre misericordioso y se expande a toda la casa. Esta fiesta de Dios por aquellos que vuelven a Él arrepentidos es entonada como nunca en al Año jubilar que estamos viviendo, ¡como dice el mismo término ‘jubileo’! Es decir, júbilo.
Con estas tres parábolas, Jesús nos presenta el verdadero rostro de Dios, un Dios de los brazos abiertos, que trata a los pecadores con ternura y compasión. La parábola que más conmueve a todos, porque manifiesta el infinito amor de Dios, es la del padre que aferra a sí y abraza al hijo encontrado. Es decir, lo que conmueve no es tanto la triste historia de un joven que se precipita a la degradación, sino sus palabras decisivas: “Ahora mismo iré a la casa de mi padre” (v. 18). El camino de regreso hacia la casa es el camino de la esperanza y de la vida nueva. Dios espera nuestro volver a ponernos en viaje, nos espera con paciencia, nos ve cuando todavía estamos lejos, corre a nuestro encuentro, nos abraza, nos besa, nos perdona. Así es Dios, así es nuestro Padre. Y su perdón cancela el pasado y nos regenera en el amor. Olvida el pasado, esta es la debilidad de Dios. Cuando nos abraza, nos perdona, pierde la memoria, no tiene memoria. Olvida el pasado. Cuando nosotros pecadores nos convertimos y nos hacemos reencontrar por Dios, no nos esperan reproches y durezas, porque Dios salva, acoge de nuevo en casa con alegría y hace fiesta. Jesús mismo en el Evangelio de hoy dice: “habrá más alegría en el cielo por un solo pecador que se convierta que por noventa y nueve justos que no necesitan convertirse”. Os hago una pregunta, ¿habéis pensado alguna vez que cada vez que vamos al confesionario, hay alegría y fiesta en el cielo? ¿Habéis pensando en esto? Es bonito.
Esto nos infunde gran esperanza porque no hay pecado en el que hayamos caído del cual, con la gracia de Dios, no podamos resurgir. No hay una persona irrecuperable, nadie es irrecuperable, porque Dios no para nunca de querer nuestro bien, ¡también cuando pecamos!
La Virgen María, Refugio de los pecadores, haga surgir en nuestros corazones la confianza que se enciende en el corazón del hijo pródigo: “Ahora mismo iré a la casa de mi padre y le diré: Padre, pequé contra el Cielo y contra ti” (v. 18). Por este camino, podemos dar gloria a Dios, y su gloria se pueden convertir en su fiesta y la nuestra.

La mano misericordiosa de Dios que nos lleva hacia Él y nos conduce a una vida nueva

El Papa en la audiencia jubilar del día 10

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!
El pasaje que hemos escuchado nos habla de la misericordia de Dios que se realiza en la redención, es decir, en la salvación que se ha donado con la sangre de su Hijo Jesús (cfr 1 Pt 1,18-21). La palabra “redención” es poco usada y aún así es fundamental porque indica la liberación más radical que Dios podía realizar por nosotros, por toda la humanidad y por toda la creación. Parece que el hombre de hoy ya no ame pensar ser liberado y salvado por una intervención de Dios; el hombre de hoy se elude, de hecho, de la propia libertad como fuerza para obtener todo. Presume de esto también. Pero en realidad no es así. ¡Cuántas ilusiones vienen vendidas bajo el pretexto de la libertad y cuántas nuevas esclavitudes se crean en nuestros días en nombre de una falsa libertad! Muchos, muchos esclavos.’Hago esto porque quiero hacerlo, me drogo porque me gusta. Soy libre. Y hago esto…’ Son esclavos. Se convierten en esclavos en nombre de la libertad. Todos hemos visto personas así que al final terminan por el suelo.  Necesitamos que Dios nos libere de toda forma de indiferencia, de egoísmo y de autosuficiencia.
Las palabras del apóstol Pedro expresan muy bien el sentido del nuevo estado de vida al que estamos llamados. Haciéndose uno de nosotros, el Señor Jesús no solo asume nuestra condición humana, sino que nos eleva a la posibilidad de ser Hijos de Dios. Con su muerte y resurrección, Jesucristo, Cordero sin mancha, ha vencido a la muerte y al pecado para liberarnos de su dominio. Él es el Cordero que ha sido sacrificado por nosotros, para que podamos recibir un nueva vida hecha de perdón, de amor y de alegría. Bonitas estas tres palabras. Perdón, amor y alegría.  
Todo lo que Él ha asumido ha sido también redimido, liberado y salvado. Cierto, es verdad que la vida nos pone a prueba y a veces sufrimos por esto. Aún así, en estos momentos estamos invitados a fijar la mirada en Jesús crucificado que sufre por nosotros y con nosotros, como prueba cierta de que Dios no nos abandona. No olvidemos nunca, por tanto, que en las angustias y en las persecuciones, como en los dolores diarios, somos siempre liberados por la mano misericordiosa de Dios que nos lleva hacia Él y nos conduce a una vida nueva.
El amor de Dios no tiene límites: podemos descubrir signos siempre nuevos que indican su atención hacia nosotros y sobre todo su voluntad de alcanzarnos y de precedernos. Toda nuestra vida, incluso marcada por la fragilidad del pecado, está puesta bajo la mirada de Dios que nos ama. ¡Cuántas páginas de la Sagrada Escritura nos habla de la presencia, de la cercanía y de la ternura de Dios por cada hombre, especialmente por los pequeños, los pobres y los afligidos! Dios tiene una gran ternura, un gran amor por los más pequeños, por los más débiles, los descartados de la sociedad.
Cuanto más estamos en la necesidad, más se llena de misericordia su mirada sobre nosotros. Él siente una gran compasión hacia nosotros porque conoce nuestras debilidades.  Conoce nuestros pecados y nos perdona, perdona siempre. Es muy bueno, es muy bueno nuestro Padre.
Por eso, queridos hermanos y hermanos, abrámonos a Él, ¡acogamos su gracia! Porque, como dice el Salmo, “porque en Él se encuentra la misericordia y la redención en abundancia” (130,7). ¿Habéis escuchado bien? “Porque en Él se encuentra la misericordia y la redención en abundancia ”. Repitamos todos juntos, todos. Porque en Él se encuentra la misericordia y la redención en abundancia¡Gracias!

‘La paz en el mundo empieza en la familia, el barrio y el trabajo’

El Papa en Santa Marta


¿Qué significa evangelizar y cómo podemos hacerlo? Lo trata la Primera Carta de San Pablo a los Corintios (1Cor 9,16-19.22b-27). ¿Qué significa dar testimonio de Cristo? En primer lugar, ¿qué no es evangelizar?: reducirlo a una función. Desgraciadamente, aún hoy se ven cristianos que viven el servicio como una función. Laicos y sacerdotes que alardean de lo que hacen. Eso es vanagloria: me enorgullezco. Es reducir precisamente el Evangelio a una función o incluso a un alarde: Voy a evangelizar y traigo a muchos a la Iglesia. Hacer proselitismo: también es alardear. Evangelizar no es hacer proselitismo. Es decir, ni es dar un paseo, ni es reducir el Evangelio a una función, ni es hacer proselitismo: eso no es evangelizar. Es lo que dice Pablo aquí: Predicar no es para mí motivo de orgullo. No tengo más remedio; es como una necesidad que se me impone. Un cristiano tiene la obligación —¡con fuerza!—, como una necesidad de llevar el nombre de Jesús, desde su propio corazón.
Anunciar el Evangelio no puede ser un alarde, sino —como nos exhorta San Pablo— una obligación. Entonces, ¿cuál es el estilo de la evangelización? ¿Cómo puedo estar seguro de no estar dando un paseo, de no estar haciendo proselitismo y de no estar reduciendo la evangelización a un funcionalismo? El estilo es hacerse todo para todos. El estilo es ir y compartir la vida de los demás, acompañar; acompañar en el camino de la fe, hacer crecer en el camino de la fe. Debemos ponernos en las condiciones del otro. Si está enfermo, acércate, no le molestes con argumentos, estar cerca, asistirlo, ayudarlo. Se evangeliza con esa actitud de misericordia: hacerse todo para todos. Es el testimonio que lleva la Palabra. Durante el almuerzo que tuve con algunos jóvenes de la JMJ de Cracovia, un chico me preguntó qué decir a un amigo suyo ateo. ¡Es una buena pregunta! Todos conocemos gente alejada de la Iglesia: ¿qué tenemos que decirles? Yo le respondí: Mira, ¡lo último que debes hacer es decirle algo! Comienza a hacer y él verá lo que haces y te preguntará; y cuando te pregunte, tú se lo dices. Evangelizar es dar testimonio: yo vivo así, porque creo en Jesucristo; yo despierto en ti la curiosidad de la pregunta ¿por qué haces estas cosas? Porque creo en Jesucristo y anuncio a Jesucristo y no solo con la palabra —¡que hay que anunciarlo con la palabra!—, sino con la vida. Eso es evangelizar, y también eso se hace gratuitamente, porque hemos recibido gratuitamente el Evangelio. La gracia, la salvación ni se compra ni se vende: ¡es gratis! Y gratis hemos de darla.
Hoy recordamos a San Pedro Claver, un misionero que fue a anunciar el Evangelio. Quizá él pensaba que su futuro sería predicar: pero en su futuro el Señor le pidió estar cerca, junto a los descartados de aquel tiempo, los esclavos, los negros que llegaban allí desde África, para ser vendidos. Y este hombre no se dio un paseo, diciendo que evangelizaba; ni redujo la evangelización a un funcionalismo ni a un proselitismo: anunció a Jesucristo con los gestos, hablando a los esclavos, viviendo con ellos, ¡viviendo como ellos! ¡Y como él, en la Iglesia hay muchos! Tantos que renuncian a sí mismos para anunciar a Jesucristo. También todos nosotros, hermanos y hermanas, tenemos la obligación de evangelizar, que no es tocar a la puerta del vecino o la vecina y decirle: ¡Cristo ha resucitado! Es vivir la fe, es hablar con mansedumbre, con amor, sin ganas de convencer a nadie, sino gratuitamente. Es dar gratis lo que Dios me ha dado gratis: eso es evangelizar.

‘La paz en el mundo empieza en la familia, el barrio y el trabajo’

El Papa en Santa Marta


La liturgia de hoy recoge la palabra “paz” desde la primera oración. Me llama la atención el verbo que resalta en la oración de la colecta, “para que, cuantos hemos recibido las primicias de la salvación por la maternidad de la Virgen María, consigamos aumento de paz en la fiesta de su Nacimiento”. “Aumentar” porque la paz es un don que tiene su camino vital y, por tanto, cada uno debe “trabajar” para hacerlo crecer. Y ese camino de santos y pecadores nos dice que también nosotros debemos tomar ese don de la paz y hacerlo caminar en nuestra vida, hacerlo entrar en nosotros, hacerlo entrar en el mundo. La paz no se hace de un día para otro; la paz es un don, pero un don que hay que tomar y trabajar cada día. Por eso, podemos decir que la paz es un don que se hace artesanal en manos de los hombres. Somos nosotros los hombres, cada día, los que damos un paso por la paz: es nuestro trabajo. Es nuestra labor con el don recibido: hacer la paz.
¿Pero cómo se puede lograr ese objetivo? En la liturgia de hoy hay otra palabra-espía que habla de “pequeñez”. La de la Virgen, de quien celebramos su Natividad, y también la de Belén, tan pequeña que ni siquiera sale en los mapas. La paz es un don, es un don artesanal que debemos trabajar, todos los días, pero trabajarlo en las cosas pequeñas: en las pequeñeces diarias. No bastan los grandes manifiestos por la paz, los grandes encuentros internacionales, si luego no se hace, esa paz, en lo pequeño. Es más, puedes hablar de la paz con palabras espléndidas, dar una gran conferencia… Pero si en tu pequeñez, en tu corazón no hay paz, si en tu familia no hay paz, si en tu barrio no hay paz, si en tu puesto de trabajo no hay paz, no la habrá tampoco en el mundo. La paz es un don de Dios que nace en sitios pequeños. En un corazón, por ejemplo. O en un sueño, como le pasó a José cuando un ángel le dijo que no temiera tomar a María como esposa, porque ella traería al mundo al Emmanuel, el “Dios con nosotros”. Y el Dios con nosotros es la paz.
Hay que pedir a Dios la gracia de la sabiduría de hacer la paz, en las cosas pequeñas de cada día, pero apuntando al horizonte de toda la humanidad, precisamente hoy cuando estamos viviendo una guerra y todos piden la paz. Mientras tanto, será bueno partir de esta pregunta: ¿Cómo está tu corazón, hoy? ¿Está en paz? Si no está en paz, antes de hablar de paz, pon tu corazón en paz. ¿Cómo está tu familia hoy? ¿Está en paz? Si no eres capaz de sacar adelante tu familia, tu presbiterio, tu congregación, llevarla adelante en paz, no bastan las palabras de paz para el mundo… Esta es la pregunta que quiero haceros hoy: ¿cómo está el corazón de cada uno? ¿Está en paz? ¿Cómo está la familia de cada uno? ¿Está en paz? Para llegar a un mundo en paz.

Foro ‘América en diálogo – Nuestra casa común’

El Papa al foro de diálogo interreligioso: 


“Señoras y señores: Me alegra darles la bienvenida a todos ustedes, que participan en este Primer encuentro: América en diálogo – Nuestra casa común.
Agradezco a la Organización de los Estados Americanos y al Instituto del Diálogo Interreligioso de Buenos Aires sus esfuerzos para hacer realidad este evento, y así como la colaboración del Pontificio Consejo para el Diálogo Interreligioso. Sé que están trabajando conjuntamente en el proyecto de constituir un Instituto de Diálogo que abarque a todo el continente americano. Trabajar juntos es una loable iniciativa y los invito a seguir adelante para el bien no sólo de América, sino del mundo entero.
Este primer encuentro se ha centrado en el estudio de la Encíclica Laudato si’. En ella he querido llamar la atención sobre la importancia de amar, respetar y salvaguardar nuestra casa común. No podemos dejar de admirarnos por la belleza y la armonía que existe en todo lo creado; es ese regalo que Dios nos hace para que podamos hallarlo y contemplarlo en su obra. Es importante apostar por una «ecología integral», en el que el respeto por las criaturas valore la riqueza que encierran en sí mismas y ponga al ser humano como culmen de la creación.
Las religiones tienen un rol muy importante en esta tarea de promover el cuidado y el respeto del medio ambiente, sobre todo en esta ecología integral. La fe en Dios nos lleva a reconocerlo en su creación, que es fruto de su Amor hacia nosotros, y nos llama a cuidar y proteger la naturaleza. Para esto, es necesario que las religiones promuevan una verdadera educación, a todos los niveles, que ayude a difundir una actitud responsable y atenta hacia las exigencias del cuidado de nuestro mundo; y, de modo especial, proteger, promover, defender los derechos humanos (cf. Enc. Laudato si’, 201). Por ejemplo, una cosa interesante sería que cada uno de los participantes se preguntara cómo en su país, en su ciudad, en su medio ambiente, o en su creencia religiosa, en su comunidad religiosa, en las escuelas, han incorporado esto. Creo que todavía estamos a nivel de «escuela nido» en esto. O sea, incorporar la responsabilidad, no sólo como materia sino como conciencia, en una educación integral.
Nuestras tradiciones religiosas son una fuente necesaria de inspiración para fomentar una cultura del encuentro. Es fundamental la cooperación interreligiosa, basada en la promoción de un diálogo sincero y respetuoso. Si no existe respeto recíproco no existirá diálogo interreligioso. Yo recuerdo en mi ciudad, cuando yo era chico, algún párroco por allí mandaba quemar las carpas de los evangélicos, y gracias a Dios se ha superado eso; si no existe respeto recíproco no existirá un diálogo interreligioso, es la base para poder caminar juntos y afrontar desafíos. Este diálogo está fundado en la propia identidad y en la confianza mutua que nace cuando soy capaz de reconocer al otro como don de Dios y acepto que tiene algo que decirme. El otro tiene algo que decirme. Cada encuentro con el otro es una pequeña semilla que se deposita; si se riega con el trato asiduo y respetuoso, basado en la verdad, crecerá un árbol frondoso, con multitud de frutos, donde todos podrán cobijarse y alimentarse, y nadie estará excluido, y en él todos formarán parte de un proyecto común, uniendo sus esfuerzos y aspiraciones.
En este camino de diálogo, somos testigos de la bondad de Dios, que nos ha dado la vida; ésta es sagrada y debe ser respetada, no menospreciada. El creyente es un defensor de la creación y de la vida, no puede permanecer mudo o de brazos cruzados ante tantos derechos aniquilados impunemente; el hombre y la mujer de fe están llamados a defender la vida en todas sus etapas, la integridad física y las libertades fundamentales, como la libertad de conciencia, de pensamiento, de expresión y de religión. Es un deber que tenemos, pues creemos que Dios es el artífice de la creación y nosotros instrumentos en sus manos para lograr que todos los hombres y mujeres sean respetados en su dignidad y derechos, y puedan realizarse como personas.
El mundo constantemente nos observa a nosotros, los creyentes, para comprobar cuál es nuestra actitud ante la casa común y ante los derechos humanos; además nos pide que colaboremos entre nosotros y con los hombres y mujeres de buena voluntad, que no profesan ninguna religión, para que demos respuestas efectivas a tantas plagas de nuestro mundo, como la guerra y el hambre, la miseria que aflige a millones de personas, la crisis ambiental, la violencia, la corrupción y el degrado moral, la crisis de la familia, de la economía y, sobre todo, la falta de esperanza. El mundo de hoy sufre y necesita nuestra ayuda conjunta, así lo está pidiendo. ¿Se dan cuenta que esto está a años luz de cualquier concepción proselitista?
Además, constatamos con dolor que a veces el nombre de la religión es usado para cometer atrocidades, como el terrorismo, y sembrar miedo y violencia y, en consecuencia, las religiones son señaladas como responsables del mal que nos rodea. Es necesario condenar de forma conjunta y rotunda estas acciones abominables y tomar distancias de todo lo que busca envenenar los ánimos, dividir y destruir la convivencia; hace falta mostrar los valores positivos inherentes a nuestras tradiciones religiosas para lograr un sólido aporte de esperanza. Por este motivo, son importantes los encuentros, como el presente. Es necesario que compartamos los dolores como también las esperanzas, para poder caminar juntos, cuidando el uno del otro, y también de la creación, en defensa y promoción del bien común. Qué bueno sería dejar el mundo mejor que como lo encontramos. Es lindo eso, en un diálogo habido hace un par de años, un entusiasta del cuidado de la casa común decía: tenemos que dejar para nuestros hijos un mundo mejor. Y ¿habrá hijos para eso?, contestó el otro.
Por último, este encuentro se realiza en el año dedicado al Jubileo de la Misericordia; y esta tiene un valor universal que abarca tanto a los creyentes como a los que no lo son, porque el amor misericordioso de Dios no tiene límites: ni de cultura, ni de raza, ni de lengua, ni de religión; abraza a todos los que sufren en el cuerpo y en el espíritu. Además, el amor de Dios envuelve a toda su creación; y nosotros como creyentes tenemos una responsabilidad de defender, cuidar y sanar al que lo necesita. Que esta circunstancia del Año Jubilar sea una ocasión para abrir posteriores espacios de diálogo, para salir al encuentro del hermano que sufre, como también para luchar para que nuestra casa común sea un hogar, donde todos tengamos cabida y nadie sea excluido ni eliminado. Cada ser humano es el regalo más grande que Dios nos puede dar.
Los invito a trabajar y a impulsar iniciativas de forma conjunta, para que entre todos tomemos conciencia del cuidado y protección de la casa común, construyendo un mundo cada vez más humano, donde nadie sobra y donde todos somos necesarios. Y pido a Dios que nos bendiga a todos nosotros”.

07 septiembre 2016

24º domingo del Tiempo ordinario - Ciclo C –

P. Antonio Rivero, L.C.

Textos: Ex 32, 7-11.13-14; 1 Tm 1, 12-17; Lc 15, 1-32.

Idea principal: El rostro de la misericordia es Jesús (Papa Francisco).
Síntesis del mensaje: la liturgia de este domingo viene a reforzar el mensaje de este año de la misericordia. En las tres lecturas el corazón de Dios rebosa de amor misericordioso. Tanto Yahvé, que perdona a su pueblo por intercesión de Moisés (1ª lectura), como Pablo, que se siente personalmente objeto del perdón de Cristo (2ª lectura), como las tres parábolas de Jesús en el evangelio –el reencuentro de la oveja perdida, de la moneda perdida y del hijo perdido-, nos invitan hoy, no sólo a meditar y experimentar en la misericordia de Dios, sino también a ser misericordiosos con nuestros hermanos.
Puntos de la idea principal:
En primer lugar, Moisés paró la ira de Yahvé y Yahvé tuvo misericordia de su pueblo (1ª lectura). El pueblo de Israel cometió el gravísimo pecado de la idolatría, con el becerro de oro que se fabricaron y en torno al cual cantaron y bailaron, adorándole como el “dios” que les había liberado de Egipto, y rompiendo la Alianza que hacía poco había hecho Dios con ese pueblo. Pecado éste que merece de por sí un castigo divino muy severo, tanto que hace indignar al mismo Dios y quiere encender su ira contra ese pueblo infiel hasta consumirlos, y le pide a Moisés que destruya este pueblo y forme otro. Entonces, Moisés no acepta esta propuesta, e intercede por su pueblo, suplicando misericordia. Comienza a pleitear con Dios con toda confianza para que se apiade de su pueblo. ¿Qué argumentos le da Moisés para persuadir a Dios? “Señor, es tu pueblo, no mío…Fuiste tú quien los libraste de la esclavitud, no yo…Hiciste una promesa con Abrahán, Isaac y Jacob, y tienes que cumplirla”. Y Moisés convenció a Dios. Y Dios se arrepintió de la amenaza.
En segundo lugar, Pablo hace hoy una especie de confesión general para agradecer a Cristo su gran misericordia con él (2ª lectura). Se confiesa de que fue un blasfemo, un perseguidor y un violento. Confiesa que no es digno de ser apóstol y pregonero de la Buena Nueva de Jesús. Y como se siente perdonado, se abre totalmente al Señor. Termina su confesión con una profesión cristológica de su fe. El perdón de Dios provocó en él una grande alegría, gratitud y un deseo inmenso de ir por todo el mundo pregonando la gran noticia:“Cristo vino al mundo para salvar a los pecadores, y yo soy el primero”. Pablo se benefició de esta misericordia de un modo particular. Además, su ejemplo debe infundir ánimo a todos: “si a mí me perdonó, mucho más a vosotros”. Y no todo fue fácil para Pablo, lo sabemos. Él mismo confesó: “No hago lo que quiero sino lo que no quiero” (Rom 7, 15). Esto mismo dijo el poeta Ovidio, pagano del siglo I y II y desterrado de Roma a la desembocadura del Danubio por un lío de faldas imperiales: “Veo lo mejor y lo apruebo, pero hago lo peor”. ¡Gran misterio esto del pecado! Pero mayor y más lúcida es la misericordia de Dios.
Finalmente, Cristo, narrando las parábolas de la misericordia, está sintetizando el núcleo de todo el evangelio: la misericordia de Dios. Pero la misericordia de Dios pide estas condiciones: reconocerse pecador, pedir perdón y abrirse a la misericordia divina. Primero, todos somos pecadores. Hemos idolatrado tantas cosas: dinero, trabajo, personas. Halagados por los incentivos de este mundo y ansiosos de libertad sin frenos ni límites, nos fuimos de casa, y nos pusimos a las órdenes de tantos porquerizos que nos contrataron por un puñado de plata, pero nos quitaron la dignidad; y hasta sentimos envidia de los gruñones cerdos que se revolcaban ahí libremente. Como ovejas aventureras, dejamos el redil para probar suerte en otros rebaños y recorrer caminos de muerte, llenos de zarzas y lobos, y nos quedamos balando día y noche en busca de nuestro auténtico Pastor. Dilapidamos, no una moneda sino muchas joyas del alma de manera superficial y pecaminosa, por estar jugando en tantos casinos cuyo resplandor nos atrajo. Segundo, pero tenemos que pedir perdón, pues nuestro pecado ofende a Dios Padre, a Cristo nuestro Hermano mayor, al Espíritu Santo, nuestro Huésped del alma, a la Iglesia de la que formamos parte, y a nuestros hermanos, pues todos formamos el Cuerpo místico de Cristo. Y, tercero, debemos abrirnos con confianza a los brazos misericordiosos del Padre Dios, lleno de ternura y comprensión, que no sólo nos espera en casa, sino que nos busca, y al encontrarnos alegre nos limpia, nos sube a su cuello y nos besa y acaricia. ¡Qué grande y misericordioso es Dios! También nosotros, como dice el Papa Francisco forzando neologismos, una vez “misericordiados”, debemos ser “misericordiosos” para con nuestros hermanos, y no duros e implacables como esos fariseos criticones y soberbios del evangelio.
Para reflexionar: ¿Adoro otros dioses? ¿Me reconozco pecador? ¿Me arrepiento de mis pecados? ¿Acudo con frecuencia al sacramento de la confesión? ¿He experimentado la alegría del perdón de Dios? ¿Me he alegrado al ver tan feliz a Dios perdonándome? ¿Soy misericordioso con mis hermanos? ¿O soy duro e implacable con ellos?
Para rezar:
Padre, me declaro culpable, pido clemencia, perdón por mis pecados.
Me acerco a ti con absoluta confianza porque sé que tú prefieres la penitencia a la muerte del pecador (cfr. Ezequiel 33,11)
A ti no te gusta ni la venganza ni el rencor, tu corazón es compasivo y misericordioso, y sé que sólo estás esperando a que tenga la humildad de reconocer mi pecado, arrepentirme y pedir perdón para desbordar la abundancia de tu misericordia.
“Cuando confesamos nuestros pecados, Dios, fiel y justo, nos los perdona” (1 Jn 1,9)
Miro al horizonte: 
Veo tus brazos abiertos y un corazón de Padre 
queriendo atraerme con lazos de un amor infinito.
Padre, perdóname, quiero recibir el abrazo eterno.