04 febrero 2017

El Papa a los empresarios de "Economía y Comunión"

Encuentro promovido por el Movimiento de los Focolares


Queridos hermanos y hermanas:
Me alegra daros la bienvenida como representantes de un proyecto en el que estoy desde hace tiempo realmente interesado. Saludo cordialmente a cada uno de vosotros y agradezco, en particular las amables palabras de vuestro coordinador, el profesor Luigino Bruni y también por los testimonios que he escuchado.
Economía y comunión. Dos palabras que la cultura actual  mantiene separadas y, a menudo considera opuestas. Dos palabras que, en cambio, vosotros habéis unido recogiendo la invitación que hace veinticinco años os dirigió Chiara Lubich, en Brasil, cuando, ante el escándalo de la desigualdad en la ciudad de San Pablo, pidió a los empresarios que se convirtiesen en agentes de comunión. Invitándoos a ser creativos, competentes, pero no sólo eso. Vosotros  consideráis al empresario como agente de comunión. Al injertar en la economía  la buena semilla de la comunión,  habéis comenzado un cambio profundo en la manera de ver y vivir la empresa. La empresa no solo  puede no destruir la comunión entre las personas, sino que  puede construirla, puede  promoverla. Con vuestra vida demostráis que la economía y la comunión son más hermosas cuando están una al lado de la otra. Más bella  la economía, por supuesto, pero aún más hermosa la comunión, porque la comunión espiritual de los corazones es aún más plena más cuando se convierte en comunión de los bienes, de los talento, de los beneficios.
Pensando en vuestro  compromiso, me gustaría deciros hoy tres cosas.
La primera  se refiere al dinero. Es muy importante que en el corazón de la economía de comunión esté la comunión de  vuestros útiles. La economía de comunión es también comunión de los beneficios, expresión de la comunión de la vida. A menudo he hablado del dinero como un ídolo. La Biblia nos lo dice de diferentes maneras. No es casualidad que la primera acción pública de Jesús, en el Evangelio de Juan, sea la expulsión de los mercaderes del templo (cf. 2.13 a 21). No se puede entender el nuevo Reino que trae Jesús si no nos liberamos  de los ídolos,  de los cuales uno de los más poderosos es el dinero. ¿Cómo, entonces, se puede ser un mercader que  Jesús no expulsa? El dinero es importante, sobre todo cuando no hay y  de él  depende  la comida, la escuela, el futuro de los hijos. Pero se convierte en ídolo cuando pasa a ser el fin. La avaricia, que no por casualidad es un pecado capital, es pecado de idolatría, porque la acumulación de dinero de por sí se convierte en el fin de las propias acciones. Fue  Jesús mismo el que dio categoría de “señor” al dinero: “Ninguno puede servir a dos señores, a dos patrones”. Son dos:Dios o el dinero, el anti-Dios, el ídolo. Fue lo que dijo Jesús. Al mismo nivel de opción. Pensadlo.
Cuando el capitalismo hace de la búsqueda de beneficios  su  única finalidad, corre el riesgo  de convertirse en  una estructura idólatra, en una forma de culto. La diosa de la “fortuna” es cada vez más la nueva deidad de una cierta finanza y de  todo ese sistema del juego de azar  que está destruyendo a millones de familias en todo el mundo, y al que vosotros os oponéis con razón. Este culto idólatra es un sustituto de la vida eterna. Los productos  (automóviles, teléfonos …) envejecen y se consumen, pero si tengo el dinero o el crédito puedo comprar inmediatamente otros, haciéndome la  ilusión de superar la muerte.
Podemos entender, entonces, el valor ético y espiritual de vuestra elección de poner los beneficios en común. El modo mejor y más concreto de no hacer un ídolo del dinero es  compartirlo con los demás, especialmente con los pobres, o para hacer  estudiar y trabajar a los jóvenes, venciendo la tentación idolátrica con la comunión. Cuando repartís y compartís vuestros beneficios, lleváis a cabo un acto de alta espiritualidad, diciendo con los hechos al dinero:  Tu no eres  Dios, tu no eres señor, tu no eres  patrón. Y  no os olvideis de esa alta filosofía y esa alta teología que hacia decir a nuestras abuelas:  “El diablo entra por los bolsillos”.  No os olvidéis de esto.
La segunda cosa que quiero decir  atañe  a la pobreza, un tema central en vuestro movimiento.
En la actualidad hay  muchas iniciativas, públicas y privadas, para combatir la pobreza. Y todo esto, por un lado, es un crecimiento de humanidad. En la Biblia, los pobres, los huérfanos, las viudas, los “descartes” de las sociedades de la época, se ayudaban con el diezmo y  espigando el grano. Pero la mayoría del pueblo  seguía siendo pobre, esas ayudas no eran suficientes para alimentar y curar a todos. Los “descartes” de la sociedad seguían siendo muchos. Hoy hemos inventado otras formas de cuidar , alimentar, educar a los pobres, y algunas de las semillas de la Biblia han florecido en las instituciones más eficaces que las antiguas. La razón de los impuestos estriba también en esta solidaridad, que es negada por la evasión y el fraude fiscal, que, antes de ser actos ilegales son actos que niegan la ley básica de la vida: la ayuda mutua.
Pero – y esto nunca se repetirá  lo suficiente  – el capitalismo sigue produciendo los  descartes que luego  quisiera curar. El principal problema ético de este capitalismo es la generación de descartes para después  tratar de ocultarlos o de curarlos para que no se vean. Una grave prueba de la pobreza de una civilización es la incapacidad de ver  a sus pobres,  que antes  se descartan y luego se  ocultan.
Los aviones contaminan la atmósfera, pero con una pequeña parte del dinero del billete se plantarán árboles para compensar una parte del daño causado. Las empresas del juego de azar financian campañas para el tratamiento de los ludópatas que crean. Y el día en que las empresas de armas financien hospitales para tratar a los  niños mutilados por las bombas, el sistema habrá alcanzado su punto culminante. Esta es la hipocresía
La economía de comunión, si quiere ser fiel a su carisma, no sólo debe ocuparse de las víctimas, sino  construir un sistema en el que las víctimas sean cada vez menos, en el que, a ser posible ya no existan. Hasta que la economía siga produciendo  una  sola víctima y haya una persona descartada,  no se habrá realizado la comunión, la fiesta de la fraternidad universal no será plena.
Es necesario, pues, apuntar a cambiar las reglas del juego  sistema económico-social. No es suficiente imitar al buen samaritano del Evangelio. Por supuesto, cuando un empresario o cualquier persona se encuentra con una víctima, está llamado a cuidarla, y tal vez, como el buen samaritano, también a asociar el mercado (el hospedero) a su acción de fraternidad. Yo sé que vosotros intentáis  hacerlo desde hace 25 años. Pero es necesario en primer lugar  actuar antes de que el hombre se tope con los bandidos,  luchando  contra las estructuras de pecado que producen bandidos y  víctimas. Un empresario que es sólo un buen samaritano hace solamente la mitad de su deber: cura a las víctimas de  hoy, pero no reduce las de mañana. Para la comunión es necesario imitar al Padre misericordioso de la parábola del hijo pródigo y esperar a los hijos en casa, a los trabajadores y colaboradores que se han equivocado, y allí abrazarlos  y hacer fiesta -con ellos y para ellos – y no dejarse bloquear la meritocracia invocada por el hijo mayor y por tantos, que en nombre de los méritos niegan la misericordia. Un empresario de  comunión está llamado a hacer todo lo posible para que  incluso los que cometen errores y dejan su casa, puedan esperar en un trabajo y unos ingresos decentes, y no encontrarse a  comer con los cerdos. Ningún hijo, ningún hombre, ni siquiera el más rebelde, se merece las bellotas.
Por último, la tercera cosa se refiere al futuro. Estos 25 años de vuestra historia dicen que  comunión y  empresa pueden convivir  y crecer juntas. Una experiencia que por ahora se limita a un pequeño número de empresas, muy pequeño en comparación con el gran capital del mundo. Pero los cambios en el orden del espíritu y, por tanto, de la vida no están relacionados con grandes números. El pequeño rebaño, la lámpara, una moneda, un cordero, una perla, la sal, la levadura: estas son las imágenes del Reino que nos encontramos en los Evangelios. Y los profetas han anunciado la nueva era de la salvación  indicando  el signo de un niño, Emmanuel, y  hablándonos de un “resto” fiel, un pequeño grupo.
No hace falta ser muchos para cambiar nuestras vidas: es bastante que la  sal y la levadura no se desnaturalicen. El gran trabajo por hacer es tratar de no perder el “principio activo” que los anima: la sal no cumple su función  creciendo en cantidad; de hecho, el exceso de sal vuelve a  la masa salada, sino salvando  su “alma”,  es decir su calidad . Todas las veces que las personas, las naciones, e incluso la Iglesia han pensado en salvar al mundo creciendo en número, han producido estructuras de poder, olvidándose de los pobres. Salvemos nuestra economía,  permaneciendo simplemente sal y  levadura: un trabajo difícil, porque todo caduca con el paso del tiempo. ¿Cómo no perder el ingrediente activo,  la  “enzima” de comunión?
Cuando no había  frigoríficos  para conservar la levadura madre del pan  se daba a la vecina un poco de la   propia masa fermentada, y cuando  había que amasar pan otra vez, se recibía un puñado de pasta fermentada de esa mujer o de otra que lo había recibido a su vez. Es la reciprocidad. La comunión no es sólo división sino también multiplicación de los bienes,  creación de un nuevo pan, de nuevos bienes, del nuevo Bien con mayúscula. El principio vivo del Evangelio permanece activo sólo cuando lo damos porque es amor, y el amor es activo cuando amamos, no cuando escribimos romances o vemos  telenovelas. Si en cambio lo mantenemos celosamente todo y sólo para nosotros, enmohece y muere. El evangelio puede enmohecer. La economía de comunión tendrá futuro si la  daréis a todos y no se quedará sólo en vuestra “casa”. Dádsela a todos, y antes que a ninguno a los pobres y a los jóvenes, que son los que más  necesitan y saben cómo hacer fecundo el don recibido! Para tener vida en abundancia, hay que aprender a dar no sólo los beneficios de las empresas, sino a  vosotros  mismos. El primer regalo del empresario es su propia persona:  vuestro dinero, aunque importante, es demasiado poco. El dinero no salva si no va acompañado por el don de la persona. La economía de hoy, los pobres, los jóvenes necesitan en primer lugar de vuestra alma, de vuestra fraternidad respetuosa y humilde, de vuestra voluntad de vivir, y sólo después de vuestro dinero.
El capitalismo conoce la filantropía, no la comunión. Es fácil donar una parte de los beneficios, sin abrazar y tocar a las personas  que reciben esas “migajas”. En cambio, incluso cinco panes y dos peces pueden alimentar a la multitud si con ellos compartimos  nuestras vidas. En la lógica del Evangelio, si no se da todo,  nunca se da bastante.
Todas estas  cosas  ya las  hacéis. Pero podáis  compartir  más aún los beneficios para luchar contra la idolatría, cambiar las estructuras para prevenir la creación de víctimas y de descartes; dar más de vuestra levadura para que suba el pan. El “no” a una economía que mata se convierta en un “sí” a una economía que hace vivir, porque comparte, incluye a  los pobres, usa los beneficios para crear comunión.
Os deseo que  sigáis vuestro  camino, con coraje, humildad y alegría; alegría: “Dios ama al que da con alegría” (2 Cor 9,7). Dios ama vuestros beneficios y talentos dados con alegría.  Ya lo hacéis; podéis hacerlo todavía más.
Os deseo que sigáis  siendo semilla, sal y levadura de otra economía: la economía del Reino, donde los ricos saben compartir su riqueza, y los pobres … y los pobres son llamados bienaventurados.Gracias.

Carta del Prelado del Opus Dei

 Mons. Fernando Ocáriz


Queridísimos: ¡que Jesús me guarde a mis hijas y a mis hijos!

Comprenderéis la emoción con que os escribo llamándoos por primera vez hijas e hijos míos. Desde la misma noche del lunes 23, vuestras hermanas y hermanos de Roma empezaron a llamarme Padre. Lo hicieron con una naturalidad y una espontaneidad que me sorprendían y conmovían. Yo en cambio he tardado, casi una semana, en animarme a llamarles alguna vez hijas e hijos, pues me siento confundido, a la vez que doy gracias por esa fidelidad valiente y sencilla. Somos todos hermanos en Jesucristo, a la vez que ahora soy Padre de esa multitud que forma el Opus Dei en el mundo entero: un inmenso número de laicos, hombres y mujeres de los horizontes más variados, y muchos sacerdotes, algunos incardinados en la prelatura, otros en muy variadas diócesis donde solo dependen del respectivo Obispo, pero formando también parte de esta pequeña familia bien unida para servir a la Iglesia.

En estos días, venían a mi mente aquellas palabras de san Pablo a los Corintios, que resaltan que la llamada de Dios nos precede siempre, que no se fija en nuestra necedad y flaqueza (cfr. 1 Cor 1, 27). Doy gracias a Dios por la serenidad que me da y que no me explicaría si no fuera por vuestra oración y cercanía. Pido −y pedid conmigo− a la Virgen Santísima que estemos todos siempre muy unidos, con la unidad que nos concede el Espíritu Santo, Amor infinito.

Es constante el recuerdo de don Javier, segundo sucesor de san Josemaría. No es un pensamiento sobre el pasado; pertenece a la historia de las misericordias de Dios, que de alguna manera quedan siempre vivas en la Iglesia. Recordar a don Javier es enseguida volver la mirada a san Josemaría y al beato Álvaro. Es recordar con profundo agradecimiento a un hombre que dio su vida para hacer la Obra como buen hijo de dos santos, y que ahora nos sigue ayudando desde el Cielo.

Cada generación de cristianos ha de redimir, ha de santificar su propio tiempo: para eso, necesita comprender y compartir las ansias de los otros hombres, sus iguales, a fin de darles a conocer, con don de lenguas, cómo deben corresponder a la acción del Espíritu Santo, a la efusión permanente de las riquezas del Corazón divino. A nosotros, los cristianos, nos corresponde anunciar en estos días, a ese mundo del que somos y en el que vivimos, el mensaje antiguo y nuevo del Evangelio (Es Cristo que pasa, n. 132). Hijas e hijos míos, a nosotros nos toca, cada día, encarnar esas ansias apostólicas de nuestro Fundador, hacer realidad aquel lema suyo: Omnes cum Petro ad Iesum per Mariam.

Con todo cariño, os bendice vuestro Padre + Fernando

Roma, 31 de enero de 2017.

V Domingo Ordinario: Sal y luz

Isaías, 7-10: Cuando compartas tu pan con el hambriento, brillará tu luz en las tinieblas”
Salmo 111: “El justo brilla como una luz en las tinieblas”
Corintios 2, 1-5: “Les he anunciado a Cristo crucificado”
San Mateo 5, 13-16: “Ustedes son la luz del mundo”

Todo se conjugó para provocar el estrepitoso accidente: la impericia de la jovencita, el profundo barranco y la luz deslumbrante que el enorme camión, en el momento en que era rebasado, encendió intempestivamente. Gracias a Dios, a pesar de dar varias volteretas y de dejar su vehículo destrozado, la joven sobrevive con algunos huesos rotos, y desde el hospital comenta la terrible experiencia. “Iba manejando en una noche muy oscura pero todo parecía normal. Cuando intenté rebasar un tráiler de doble remolque, se encendió un reflector lateral, no sé si para prevenirme del destrozo de la carretera o si por maldad. Quedé cegada momentáneamente y cuando me percaté ya era muy tarde para frenarme o desviarme. Di volteretas y no sé cómo logré sobrevivir. En mis momentos de inconsciencia o desvaríos me lastima mis ojos la deslumbrante luz que no me permitió ver el peligro”. Hay luces que iluminan, hay luces que ciegan.
Después de haber proclamado a los cuatro vientos las maravillosas bienaventuranzas que trastocan todos los valores del mundo, Jesús indica a sus discípulos el sentido profundo que debe tener cada una de sus acciones: ser sal y ser luz. Ser sal tiene un profundo significado y con esta imagen Cristo define a sus seguidores. Mientras la sociedad se adormece en la rutina de aburrimiento y pierde el sentido de la vida, Cristo exige ser sal. Debe ser un rasgo característico de los discípulos el saber dar sabor a la vida. Para las gentes sencillas esta imagen está muy cercana y es fácil captar todo el simbolismo y entender que el Evangelio infunde una energía y da un sabor especial a la vida. Sin embargo parecería que a muchos la fe se les ha vuelto sosa, avinagrada y acartonada, y les ha faltado dinamismo y entusiasmo para llevar con alegría el Evangelio. Hay la constante queja de que la Iglesia ha perdido su dinamismo, su energía y su vitalidad. Y no se pretende que la Iglesia se acomode al desenfrenado mundo moderno, sino que ofrezca esa esperanza y esa alegría de quien ha encontrado a Cristo. Una de nuestras tareas actuales será la de volver a “salar” nuestra fe al calor del Evangelio, de la oración y del clima de la comunidad fraterna.
Pero junto a este sentido de la sal como sabor, al que quizás las comunidades judías no daban tanta importancia, debemos también recuperar el sentido que para ellos era más significativo: la conservación de los alimentos que lleva implícito el símbolo de la fidelidad, de la no corrupción. Por eso una “alianza de sal”, como se proclama varias veces en el Antiguo Testamento, es una alianza duradera que asegura la permanencia y la fidelidad del pueblo elegido al que Dios nunca falla. Cuando Jesús afirma que los discípulos deben ser sal, les indica que entren al mundo pero en alianza con Dios y que mantengan en el mundo las exigencias de la justicia verdadera que evitará que las comunidades se estanquen en la mediocridad y en la injusticia. Pequeña, sencilla y humilde es la sal, pero debe dar sabor, conservar y dinamizar a toda la sociedad. Para ello se requieren dos condiciones muy claras: no encerrarse en sí misma porque quedará hecha terrón y producirá un sabor terrible; y disolverse en el alimento para dar sabor. El discípulo no puede permanecer encerrado en sí mismo porque dañaría tanto a la comunidad como al Evangelio, y su labor consiste en “deshacerse” en verdadero servicio como lo exige Isaías en la primera lectura: “Comparte tu pan con el hambriento, abre tu casa al pobre y sin techo, viste al desnudo y no des la espalda a tu hermano”.
Las obras nacen del amor y son signo del amor. Deben manifestar el amor y no ser ocasión de prestigio o de negocios. Ser luz es cuestión de amor y sólo en el amor se puede iluminar a los demás. No es el signo de superioridad y ni la señal de sabiduría que muchos quisieran adoptar, como si hicieran el favor de iluminar a los demás. No, la luz brota de dentro y va mucho más allá de la sabiduría humana. La luz está tomada del mismo Jesús que se ha convertido en la luz verdadera que ilumina a todo hombre que viene a este mundo. Sus discípulos sólo podemos ser luz si tomamos su luz, si nos dejamos encender de su pasión, si disipamos nuestras tinieblas con su palabra. Isaías nos da la pista segura para ser luz: “Cuando renuncies a oprimir a los demás y destierres de ti el gesto amenazador y la palabra ofensiva, cuando compartas tu pan con el hambriento y sacies la necesidad del humillado, brillará tu luz en las tinieblas y tu oscuridad será como el mediodía”. La luz está viva y comprometida con el sufrimiento de los hermanos, no es la luz artificial que se enciende para que los demás la vean. Es la luz que brota desde el interior, espontánea, como una fuente, porque está llena de amor. Están tan concretas las obras de la luz que siempre serán la piedra de toque para distinguir si alguien es discípulo del Señor.
En estos momentos hay muchas dudas e inseguridades, suicidios y vidas absurdas, que no podremos disipar con ideas brillantes sino con compromisos serios a favor de los que han sido reducidos a la miseria y a la discriminación. Hay quien ya no cree en nada y va cargando con fastidio su vida. El discípulo puede dar sentido, sabor y luz a todo el que se encuentra desencantado. Comencemos con los más cercanos, porque estamos dispuestos a ser luz de las naciones, luchando y manifestándonos por las guerras extranjeras, pero no somos capaces de exigirnos nuestro tiempo y nuestra aportación para los que están junto a nosotros y en nuestra casa. Somos candil de la calle y oscuridad de la casa. Somos reflectores que deslumbran y corazones en tinieblas. ¡Así no somos verdaderos discípulos! Nos quejamos amargamente de la oscuridad que reina en nuestro ambiente pero no somos capaces ni de encender un cerillo para disipar las tinieblas. El compromiso es grande y tendremos que reflexionar seriamente cómo estamos siendo luz en nuestro mundo, cómo estamos dando sentido y sabor a nuestras vidas y a las vidas de los cercanos, y cómo estamos contagiando de Evangelio a quienes se acercan a nosotros.
Señor, que tu luz ilumine nuestras tinieblas, y que podamos dar sentido y sabor a nuestras vidas con la luz de tu evangelio. Amén.

03 febrero 2017

Las crisis son desafíos y oportunidades




Si aquí no hay trabajo, la migración no se detiene, por más muros que construyan


VER

Los primeros días de Donald Trump como Presidente de los Estados Unidos han sido turbulentos. Lo que pensábamos que podrían ser sólo discursos y promesas durante su campaña electoral, se está haciendo cruda realidad. Pareciera que nadie lo puede detener en sus ímpetus y desplantes por “salvar” la economía y la seguridad de su país. Nos considera a los latinos del sur y a los musulmanes como una amenaza y como enemigos a desechar. Y lo peor de todo es que muchos de sus compatriotas aplauden y celebran sus decisiones. Como que en sus decretos encuentran un desahogo al racismo que varios llevan en su corazón. Quizá esto explique que un buen número de votantes, no la mayoría, le hayan dado el triunfo. Desde luego que son más los norteamericanos que no son racistas, sino fraternos y solidarios, respetuosos de los derechos ajenos.

Ante la posible deportación de más migrantes indocumentados o indeseados, ante el desgarramiento de sus familias, ante la creciente dificultad para ingresar a ese país, ante el aumento de aranceles para las exportaciones de nuestros productos, ante las afectaciones que sufrirán nuestras economías locales, pues dependemos demasiado de su mercado, todos, no sólo las autoridades, hemos de enfrentar estos retos y desafíos.


PENSAR

El Papa Francisco, en La alegría del Evangelio, dice: “Los males de nuestro mundo no deberían ser excusas para reducir nuestra entrega y nuestro fervor. Mirémoslos como desafíos para crecer” (84).

“Una de las tentaciones más serias que ahogan el fervor y la audacia es la conciencia de derrota que nos convierte en pesimistas quejosos y desencantados con cara de vinagre. Nadie puede emprender una lucha si de antemano no confía plenamente en el triunfo. El que comienza sin confiar perdió de antemano la mitad de la batalla y entierra sus talentos. Aun con la dolorosa conciencia de las propias fragilidades, hay que seguir adelante sin declararse vencidos” (85). “Los desafíos están para superarlos. Seamos realistas, pero sin perder la alegría, la audacia y la entrega esperanzada” (109).


ACTUAR

¿Qué hacer? Yo confío en la fuerza de nuestra oración, para que la Cámara de Representantes y el Senado de los Estados Unidos de Norteamérica impongan a Trump los debidos límites a sus empeños, pues un Presidente no puede ser un dictador de otros tiempos. Debe haber un equilibrio de poderes.

Sin embargo, el desafío más importante es generar más empleos en nuestros países. Si aquí no hay trabajo, la migración no se detiene, por más muros que construyan, por más tecnología y policías que implementen. Que nuestros empresarios y gobernantes pongan alma, vida y corazón en promover empleos en el país, para no depender permanentemente del extranjero.

Hay que salvar la agricultura, la pesca, la ganadería, para lograr la autosuficiencia alimentaria; proteger el maíz criollo, que es la base de la no dependencia; potenciar la industria del turismo, que hace competente y sólida nuestra economía, pues Dios nos ha regalado muchas maravillas naturales, arqueológicas, históricas, religiosas y culturales, que son un atractivo mundial.

Proponer a Estados Unidos que siga el ejemplo de Canadá, que tiene programas muy exitosos de trabajadores temporales, muchos de ellos mexicanos, que van allá con todos sus documentos en regla, con derechos laborales seguros, y que no son una amenaza para su economía, sino que la sostienen y la hacen prosperar. Si a Trump lo que le importa es la economía y la seguridad de su país, esta es una forma plausible de lograrlo, sin muros ni enemigos.

Volver los ojos hacia Centro y Sudamérica, con quienes nos unen tantos lazos, aunque sus economías no sean tan prósperas como las del Norte y las de Europa. Unidos los pobres, pueden ser una fuerza extraordinaria de crecimiento solidario. Y seguir expresando nuestra fraternidad con los migrantes centroamericanos y de otros países que pasan por nuestra geografía intentando llegar al Norte, pues su paso hacia allá será mucho más difícil. Hemos de ofrecerles nuestro apoyo solidario, pues están en mayor indefensión que nosotros mismos.

02 febrero 2017

Llevar a Jesús a la gente...

Homilía del papa en la XXI Jornada de la Vida consagrada



Cuando los padres de Jesús llevaron al Niño para cumplir las prescripciones de la ley, Simeón «conducido por el Espíritu» (Lc 2,27) toma al Niño en brazos y comienza un canto de bendición y alabanza: «Porque mis ojos han visto a tu Salvador, a quien has presentado ante todos los pueblos; luz para alumbrar a las naciones, y gloria de tu pueblo Israel» (Lc 2,30-32).
Simeón no sólo pudo ver, también tuvo el privilegio de abrazar la esperanza anhelada, y eso lo hace exultar de alegría. Su corazón se alegra porque Dios habita en medio de su pueblo; lo siente carne de su carne. La liturgia de hoy nos dice que con ese rito, a los 40 días de nacer, el Señor «fue presentado en el templo para cumplir la ley, pero sobre todo para encontrarse con el pueblo creyente» (Misal Romano, 2 de febrero, Monición a la procesión de entrada).
El encuentro de Dios con su pueblo despierta la alegría y renueva la esperanza. El canto de Simeón es el canto del hombre creyente que, al final de sus días, es capaz de afirmar: Es cierto, la esperanza en Dios nunca decepciona (cf. Rm 5,5),
Él no defrauda. Simeón y Ana, en la vejez, son capaces de una nueva fecundidad, y lo testimonian cantando: la vida vale la pena vivirla con esperanza porque el Señor mantiene su promesa; y será, más tarde, el mismo Jesús quien explicará esta promesa en la Sinagoga de Nazaret: los enfermos, los detenidos, los que están solos, los pobres, los ancianos, los pecadores también son invitados a entonar el mismo canto de esperanza. Jesús está con ellos, él está con nosotros (cf. Lc 4,18-19).
Este canto de esperanza lo hemos heredado de nuestros mayores. Ellos nos han introducido en esta «dinámica». En sus rostros, en sus vidas, en su entrega cotidiana y constante pudimos ver como esta alabanza se hizo carne. Somos herederos de los sueños de nuestros mayores, herederos de la esperanza que no desilusionó a nuestras madres y padres fundadores, a nuestros hermanos mayores.
Somos herederos de nuestros ancianos que se animaron a soñar; y, al igual que ellos, hoy queremos nosotros también cantar: Dios no defrauda, la esperanza en él no desilusiona. Dios viene al encuentro de su Pueblo. Y queremos cantar adentrándonos en la profecía de Joel: «Derramaré mi espíritu sobre toda carne, vuestros hijos e hijas profetizarán, vuestros ancianos tendrán sueños y visiones» (3,1). Nos hace bien recibir el sueño de nuestros mayores para poder profetizar hoy y volver a encontrarnos con lo que un día encendió nuestro corazón. Sueño y profecía juntos.
Memoria de cómo soñaron nuestros ancianos, nuestros padres y madres y coraje para llevar adelante, proféticamente, ese sueño. Esta actitud nos hará fecundos pero sobre todo nos protegerá de una tentación que puede hacer estéril nuestra vida consagrada: la tentación de la supervivencia. Un mal que puede instalarse poco a poco en nuestro interior, en el seno de nuestras comunidades.
La actitud de supervivencia nos vuelve reaccionarios, miedosos, nos va encerrando lenta y silenciosamente en nuestras casas y en nuestros esquemas. Nos proyecta hacia atrás, hacia las gestas gloriosas —pero pasadas— que, lejos de despertar la creatividad profética nacida de los sueños de nuestros fundadores, busca atajos para evadir los desafíos que hoy golpean nuestras puertas. La psicología de la supervivencia le roba fuerza a nuestros
carismas porque nos lleva a domesticarlos, hacerlos «accesibles a la mano» pero privándolos de aquella fuerza creativa que inauguraron; nos hace querer proteger espacios, edificios o estructuras más que posibilitar nuevos procesos.
La tentación de supervivencia nos hace olvidar la gracia, nos convierte en profesionales de lo sagrado pero no padres, madres o hermanos de la esperanza que hemos sido llamados a profetizar. Ese ambiente de supervivencia seca el corazón de nuestros ancianos privándolos de la capacidad de soñar y, de esta manera, esteriliza la profecía que los más jóvenes están llamados a anunciar y realizar.
En pocas palabras, la tentación de la supervivencia transforma en peligro, en amenaza, en tragedia, lo que el Señor nos presenta como una oportunidad para la misión. Esta actitud no es exclusiva de la vida consagrada, pero de forma particular somos invitados a cuidar de no caer en ella. Volvamos al pasaje evangélico y contemplemos nuevamente la escena.
Lo que despertó el canto en Simeón y Ana no fue ciertamente mirarse a sí mismos, analizar y rever su situación personal. No fue el quedarse encerrados por miedo a que les sucediese algo malo. Lo que despertó el canto fue la esperanza, esa esperanza que los sostenía en la ancianidad. Esa esperanza se vio recompensada en el encuentro con Jesús. Cuando María pone en brazos de Simeón al Hijo de la Promesa, el anciano empieza a cantar sus sueños.
Cuando pone a Jesús en medio de su pueblo, este encuentra la alegría. Y sí, sólo eso podrá devolvernos la alegría y la esperanza, sólo eso nos salvará de vivir en una actitud de supervivencia. Sólo eso hará fecunda nuestra vida y mantendrá vivo nuestro corazón.
Poniendo a Jesús en donde tiene que estar: en medio de su pueblo. Todos somos conscientes de la transformación multicultural por la que atravesamos, ninguno lo pone en duda. De ahí la importancia de que el consagrado y la consagrada estén insertos con Jesús, en la vida, en el corazón de estas grandes transformaciones. La misión —de acuerdo a cada carisma particular— es la que nos recuerda que fuimos invitados a ser levadura de esta masa concreta.
Es cierto podrán existir «harinas» mejores, pero el Señor nos invitó a leudar aquí y ahora, con los desafíos que se nos presentan. No desde la defensiva, no desde nuestros miedos sino con las manos en el arado ayudando a hacer crecer el trigo tantas veces sembrado en medio de la cizaña.
Poner a Jesús en medio de su pueblo es tener un corazón contemplativo, capaz de discernir como Dios va caminando por las calles de nuestras ciudades, de nuestros pueblos, en nuestros barrios. Poner a Jesús en medio de su pueblo, es asumir y querer ayudar a cargar la cruz de nuestros hermanos. Es querer tocar las llagas de Jesús en las llagas del mundo, que está herido y anhela, y pide resucitar. ¡Ponernos con Jesús en medio de su pueblo! No como voluntaristas de la fe, sino como hombres y mujeres que somos continuamente perdonados, hombres y mujeres ungidos en el bautismo para compartir esa unción y el consuelo de Dios con los demás.
Ponernos con Jesús en medio de su pueblo, porque «sentimos el desafío de descubrir y transmitir la mística de vivir juntos, de mezclarnos, de encontrarnos, de tomarnos de los brazos, de apoyarnos, de participar de esa marea algo caótica que [con el Señor], puede convertirse en una verdadera experiencia de fraternidad, en una caravana solidaria, en una santa peregrinación. […] Si pudiéramos seguir ese camino, ¡sería algo tan bueno, tan sanador, tan liberador, tan esperanzador! Salir de sí mismo para unirse a otros» (Exhort. ap. Evangelii gaudium, 87) no sólo hace bien, sino que transforma nuestra vida y esperanza en un canto de alabanza.
Pero esto sólo lo podemos hacer si asumimos los sueños de nuestros ancianos y los transformamos en profecía. Acompañemos a Jesús en el encuentro con su pueblo, a estar en medio de su pueblo, no en el lamento o en la ansiedad de quien se olvidó de profetizar porque no se hace cargo de los sueños de sus mayores, sino en la alabanza y la serenidad; no en la agitación sino en la paciencia de quien confía en el Espíritu, Señor de los sueños y de la profecía. Y así compartamos lo que no nos pertenece: el canto que nace de la esperanza.

Teólogo y universitario, con hondo sentido de la Iglesia


El autor repasa la vida de monseñor Fernando Ocáriz, de quien destaca que su labor como teólogo y como profesor universitario que sabe “hacer comprensible lo complejo"

El Papa ha nombrado a Mons. Fernando Ocáriz Prelado del Opus Dei. El Prelado es también, por su cargo, Gran Canciller de la Universidad de Navarra. Se trata del cuarto Gran Canciller, después de Josemaría Escrivá, Álvaro del Portillo y Javier Echevarría. Además Fernando Ocáriz es antiguo alumno de la Universidad de Navarra, donde recibió el doctorado en Teología en 1971.
El nuevo Prelado nació en París en 1944, estudió Físicas en Barcelona y lleva cincuenta años trabajando en Roma. Si tuviera que resumir su perfil en pocas palabras, elegiría estas: teólogo, universitario, con hondo sentido de Iglesia. A la Teología ha dedicado Fernando Ocáriz muchos años de estudio y de trabajo. Hasta el punto de que la actividad ha marcado en mi opinión su modo de ser.
Es amigo de la razón, la lógica, los argumentos, la claridad. Ha publicado libros y artículos sobre Dios, la Iglesia y el mundo, con esa amplitud de miras que proporciona la mirada teológica. Muestra un espíritu abierto en los debates: le he oído decir, por ejemplo, que “las herejías son soluciones equivocadas a problemas reales", animando así a aceptar la existencia de los problemas, a comprender a quien los detecta y a buscar soluciones alternativas aceptables.
Además de teólogo, es un universitario. Profesor desde muy joven, quienes han asistido a sus clases afirman que suele lograr lo más difícil: hacer comprensible lo complejo. Sabe explicar y sabe escuchar. Tiene la paciencia del profesor, que todos los años debe empezar de cero con alumnos que llegan con pocos conocimientos y muchas preguntas.
Gran parte del trabajo teológico de Fernando Ocáriz se ha desarrollado en el ámbito de la Congregación para la Doctrina de la Fe, de la que ha sido consultor desde 1986. Durante 20 años pudo trabajar cerca del Cardenal Ratzinger, Prefecto de aquella Congregación, en temas de dogmática, cristología y eclesiología. El trabajo de esa Congregación requiere ciencia y también prudencia. Y, como suele suceder a los que trabajan en el Vaticano, la labor de consultor aporta un hondo sentido eclesial. Roma es una atalaya desde la que se conoce a la Iglesia en extensión y en profundidad. Uno de los documentos que presentó en el Vaticano fue precisamente el que está dedicado a la Iglesia como comunión, en 1992.
Además de ser profesor de universidad y consultor del Vaticano, Fernando Ocáriz ha trabajado en la sede central del Opus Dei, siempre en el ámbito de la teología, la formación y la catequesis. Primero con san Josemaría, después con Álvaro del Portillo y finalmente con Javier Echevarría. De este último fue el colaborador más cercano durante 22 años. En ese sentido se puede afirmar que conoce bien la realidad del Opus Dei de los últimos cincuenta años.
Además de estos datos de su perfil, ¿cómo es Fernando Ocáriz? ¿Qué personalidad tiene? De carácter sereno y trato fácil, amable y sonriente, no es amigo de la palabrería. De él pude aprender algo del arte de la escritura. Suele decir que para mejorar un texto casi siempre lo mejor es acortarlo, podar las palabras sobrantes, repetidas, imprecisas. Algo parecido ha escrito el literato italiano Leonardo Sciascia.
No me extrañó saber que la Congregación contó con su ayuda para la publicación del Compendio del Catecismo de la Iglesia Católica, excelente síntesis de un texto mucho más largo. Lo que digo en este artículo, él lo habría dicho mucho más brevemente. A sus 72 años sigue practicando deporte, sobre todo el tenis. Mantiene las cualidades del deportista: no importa el esfuerzo, nobleza obliga, no vale rendirse. También los teólogos pueden tener espíritu deportivo.
Desde la Universidad de Navarra le hemos transmitido nuestros deseos de apoyarle en lo que esté en nuestra mano. Al final, casi todo en esta vida es labor de equipo.

Intención de oración del Papa para el mes de febrero

La intención de oración universal del papa Francisco para este mes de febrero es:

Acoger a los necesitados. 

Por aquellos que están agobiados, especialmente los pobres, los refugiados y los marginados, para que encuentren acogida y apoyo en nuestras comunidades.

01 febrero 2017

Cómo afrontar la pregunta sobre la vida después de la muerte

 El Papa en la Audiencia General


Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!
En las catequesis pasadas hemos empezado nuestro recorrido sobre el tema de la esperanza releyendo en esta perspectiva algunas páginas del Antiguo Testamento. Ahora queremos pasar a dar luz a la extraordinaria importancia que esta virtud asume en el Nuevo Testamento, cuando encuentra la novedad representada por Jesucristo y por el evento pascual.
Es lo que emerge claramente desde el primer texto que se ha escrito, es decir la Primera Carta de san Pablo a los Tesalonicenses. En el pasaje que hemos escuchado, se puede percibir toda la frescura  y la belleza del primer anuncio cristiano. La de Tesalónica es una comunidad joven, fundada desde hace poco; sin embargo, no obstante las dificultades y las muchas pruebas, está enraizada en la fe y celebra con entusiasmo y con alegría la resurrección del Señor Jesús. El apóstol entonces se alegra de corazón con todos, en cuanto que renacen en la Pascua se convierten realmente en “hijos de la luz e hijos del día (5,5), en fuerza de la plena comunión con Cristo.
Cuando Pablo le escribe, la comunidad de Tesalónica ha sido apenas fundada, y solo pocos años la separan de la Pascua de Cristo. Por esto, el apóstol trata de hacer comprender todos los efectos y las consecuencias que este evento único y decisivo supone para la historia y para la vida de cada uno. En particular, la dificultad de la comunidad no eran tanto reconocer la resurrección de Jesús, sino creer en la resurrección de los muertos. En tal sentido, esta carta se revela más actual que nunca. Cada vez que nos encontramos frente a nuestra muerte, o a la de un ser querido, sentimos que nuestra fe es probada. Emergen todas nuestras dudas, toda nuestra fragilidad, y nos preguntamos: “¿Pero realmente habrá vida después de la muerte…? ¿Podré todavía ver y abrazar a las personas que he amado…?”. Esta pregunta me la hizo una señora hace pocos días en una audiencia, manifestado una duda: “¿Me encontraré con los míos?”. También nosotros, en el contexto actual, necesitamos volver a la raíz y a los fundamentos de nuestra fe, para tomar conciencia de lo que Dios ha obrado por nosotros en Jesucristo y qué significa nuestra muerte. Todos tenemos un poco de miedo por esta incertidumbre de la muerte. Me viene a la memoria un viejecito, un anciano, bueno, que decía: “Yo no tengo miedo de la muerte. Tengo un poco de miedo de verla venir”. Tenía miedo de esto.
Pablo, frente a los temores y a las perplejidades de la comunidad, invita a tener firme en la cabeza como un yelmo, sobre todo en las pruebas y en los momentos más difíciles de nuestra vida, “la esperanza de la salvación”. Es un yelmo. Esto es la esperanza cristiana. Cuando se habla de esperanza, podemos ser llevados a entenderla según la acepción común del término, es decir en referencia a algo bonito que deseamos, pero que puede realizarse o no. Esperamos que sucede, es como un deseo. Se dice por ejemplo: “¡Espero que mañana haga buen tiempo!”, pero sabemos que al día siguiente sin embargo puede hacer malo… La esperanza cristiana no es así. La esperanza cristiana es la espera de algo que ya se ha cumplido; está la puerta allí, y yo espero llegar a la puerta. ¿Qué tengo que hacer? ¡Caminar hacia la puerta! Estoy seguro de que llegaré a la puerta. Así es la esperanza cristiana: tener la certeza de que yo estoy en camino hacia algo que es, no que yo quiero que sea.
Esta es la esperanza cristiana. La esperanza cristiana es la espera de algo que ya ha sido cumplido y que realmente se realizará para cada uno de nosotros. También nuestra resurrección y la de los seres queridos difuntos, por tanto, no es algo que podrá suceder o no, sino que es una realidad cierta, en cuanto está enraizada en el evento de la resurrección de Cristo. Esperar por tanto significa aprender a vivir en la espera. Cuando una mujer se da cuenta que está embaraza, cada día aprende a vivir en la espera de ver la mirada de ese niño que vendrá. Así también nosotros tenemos que vivir y aprender de estas esperas humanas y vivir la espera de mirar al Señor, de encontrar al Señor. Esto no es fácil, pero se aprende: vivir en la espera. Esperar significa y requiere un corazón humilde, un corazón pobre. Solo un pobre sabe esperar. Quien está ya lleno de sí y de sus bienes, no sabe poner la propia confianza en nadie más que en sí mismo.
Escribe san Pablo: “Él [Jesús] que murió por nosotros, a fin de que, velando o durmiendo, vivamos unidos a él” (1 Ts 5,10). Estas palabras son siempre motivo de gran consuelo y paz. También para las personas amadas que nos han dejado estamos por tanto llamados a rezar para que vivan en Cristo y están en plena comunión con nosotros. Una cosa que a mí me toca mucho el corazón es una expresión de san Pablo, dirigida a los Tesalonicenses. A mí me llena de seguridad de la esperanza. Dice así: “permaneceremos con el Señor para siempre” (1 Ts 4,17). Una cosa bonita: todo pasa pero, después de la muerte, estaremos para siempre con el Señor. Es la certeza total de la esperanza, la misma que, mucho tiempo antes, hacía exclamar a Job: “Yo sé que mi Redentor vive […] yo, con mi propia carne, veré a Dios. (Jb 19,25.27). Y así para siempre estaremos con el Señor. ¿Creeis esto? Os pregunto: ¿creeis esto? Para tener un poco de fuerza os invito a decirlo conmigo tres veces: “Y así estaremos para siempre con el Señor”. Y allí, con el Señor, nos encontraremos.