09 febrero 2017

‘Con la oración debemos sostenernos mutuamente en la esperanza’

 El Papa ayer en la Audiencia General


“Queridos hermanos y hermanas, buenos días.
El miércoles pasado hemos visto que san Pablo en la primera carta a los Tesalonicenses, exhorta a mantenerse radicados en la esperanza de la Resurrección.
Con esa hermosa palabra ‘estaremos siempre con el Señor’. En el mismo contexto el Apóstol muesta que la esperanza cristiana no tiene solamente una dimensión personal, individual, pero comunitaria y eclesial. Todos nosotros esperamos, todos nosotros tenemos esperanza también comunitariamente.
Por esto la mirada es rápidamente ampliada por Pablo a todas las comunidades cristianas a las que pide que recen mutuamente unas por otras y de apoyarse entre sí.
Ayudarse mutuamente. Pero no solo ayudarse en las necesidades, en las tantas necesidades de la vida cotidiana, sino ayudarnos en la esperanza, sostenernos en la esperanza.Y no es una casualidad que empiece refiriéndose a aquellos a quienes se ha confiado la responsabilidad y la guía pastoral.
Ellos son los primeros a ser llamados y a alimentar la esperanza, y esto no porque sean mejores que los otros, sino en virtud de un ministerio divino que va mucho más allá de sus fuerzas. Por eso necesitan también el respeto, la comprensión y el apoyo benévolo de todos.
La atención después es puesta en los hermanos que corren más peligro de perder la esperanza, de caer en la desesperación. Nosotros tenemos siempre noticias de gente que cae en la desesperación y hacen malas cosas…La desesperación los lleva a tantas cosas malas”.
La referencia es a quien ha perdido el ánimo, a quien es débil, a quien se siente abatido por el peso de la vida y de sus pecados y no logra más levantarse.
En estos casos, la cercanía y el calor de toda la Iglesia deben ser aún más intensos y amorosos tomando la forma particular de la compasión, que no es sentir lástima: la compasión es padecer con el otro, acercarse al que sufre; una palabra, una caricia pero que salgan del corazón: esto es compasión.
Para quien necesita conforto de la consolación. Esto es de suma importancia: la esperanza cristiana no puede prescindir de la caridad genuina y concreta. El mismo Apóstol de los gentiles, en la Carta a los Romanos, dice con el corazón en la mano: “‘sotros, los que somos fuertes –que tenemos la fe, la esperanza o no tenemos tantas dificultades– tenemos el deber de llevar las flaquezas de los débiles sin complacernos a nosotros mismos’.
Llevar, llevar las debilidades de los demás. Este testimonio no permanece encerrado en los confines de la comunidad cristiana: resuena en toda su fuerza también fuera de ella, en el contexto social y civil, como una llamada a no crear muros sino puentes, a no devolver mal por mal, sino a vencer el mal con el bien, la ofensa con el perdón. El cristiano nunca puede decir: ¡me la pagarás!, nunca; la ofensa se vence con el perdón, para vivir en paz con todos. ¡Esta es la Iglesia! Y así obra la esperanza cristiana, cuando asume los rasgos fuertes y al mismo tiempo tiernos del amor.
El amor es fuerte y tierno”. Es bello. Se entiende entonces que no se aprende a esperar solos. Nadie aprende a esperar solo. No es posible. La esperanza, para alimentarse tiene necesidad de un “cuerpo” en el que todos los miembros se sostienen y se animan mutuamente. Esto entonces significa que si tenemos esperanza es porque muchos de nuestros hermanos y hermanas nos han enseñado la esperanza y han mantenido viva nuestra esperanza.
Y entre estos están los pequeños, los pobres, los sencillos, los marginados. Sí, porque no conoce la esperanza quien se encierra en su propio bienestar: espera solo en su bienestar y eso no es esperanza, es seguridad relativa; no conoce la esperanza quien se cierra en su propia satisfacción, quien siente siempre que está bien… Tienen esperanza en cambio uienes experimentan todos los días las pruebas, la precariedad y sus propios límites.
Son estos hermanos nuestros los que nos dan el testimonio más hermoso, más fuerte, porque se mantienen firmes confiando en el Señor, sabiendo que más allá de la tristeza, de la opresión y de la inevitabilidad de la muerte, la última palabra será suya, y será una palabra de misericordia, de vida y de paz.
Quien espera, espera escuchar un día estas palabras: “Ven, ven a mi, hermano; ven, hermana, para toda la eternidad”. Queridos amigos, si como hemos dicho la demora habitual de la esperanza es un ‘cuerpo’ solidario, en el caso de la esperanza cristiana este cuerpo es la Iglesia, mientras que el aliento vital, el alma de esta esperanza es el Espíritu Santo.
Sin el Espíritu Santo no es posible tener esperanza. Por eso el apóstol Pablo nos invita al final a invocarlo continuamente. Si no es fácil creer, mucho menos es esperar.
Es más difícil esperar que creer, es más difícil. Pero cuando el Espíritu Santo vive en nuestros corazones, es Él a hacernos entender que no hay que temer, que el Señor está cerca y nos cuida; y es Él quien modela nuestras comunidades, en un perenne Pentecostés, como signos vivos de esperanza para la familia humana. Gracias”.

08 febrero 2017

Amar, cada día más

El Papa ayer en Santa Marta



De las palabras del Salmo responsorial —Señor, ¿qué es el hombre, para que te acuerdes de él? (…) Lo hiciste poco inferior a los ángeles, lo coronaste de gloria y dignidad (cfr. Salmo 8)— y del relato del Génesis (1,20-2,4) que acabamos de escuchar, nos sorprende la ternura y el amor de Dios que, en la Creación, le dio al hombre todo. Yo diría que son tres los grandes dones que podemos destacar.

Primero la identidad. Ante todo, nos dio el ADN, es decir, nos hizo hijos, nos creó a su imagen y semejanza, como Él. Y cuando uno tiene un hijo, no puede dar marcha atrás: el hijo ya está hecho, ya está ahí. Que se le parezca mucho o poco, da igual, siempre se asemejará al padre —a veces no—, pero es su hijo y ha recibido su identidad. Y si el hijo es bueno, el padre estará orgulloso de ese hijo, ¿verdad?: ‘¡Mira qué bueno es!’. Y si es un poco feo, pues el padre dice: ‘¡Es guapo!’, porque el padre es así. Siempre. Y si es malo, el padre lo justifica, lo espera… Jesús nos enseñó cómo un padre sabe esperar a sus hijos. Nos dio esa identidad de hijo: hombre y mujer; debemos añadir: hijos. Somos como dioses, porque somos hijos de Dios.

El segundo don de Dios en la Creación es una tarea: nos ha dado toda la tierra, para dominarla y someterla, como dice el Génesis. Es pues una realeza la dada al hombre, porque Dios no lo quiere esclavo sino señor, rey, pero con una tarea. Como Él trabajó en la Creación, nos ha dato a nosotros el trabajo, el deber de sacar adelante la creación. No de destruirla, sino de hacerla crecer, cuidarla, protegerla y sacarla adelante. Nos dio todo. Es curioso, pienso yo: pero no nos dio dinero. Lo tenemos todo. ¿Quién hizo el dinero? No lo sé. Dicen las abuelas que el diablo entra por los bolsillos: puede ser… Nos dio toda la Creación para protegerla y llevarla adelante: ese es el segundo don.

Y finalmente, creó Dios al hombre a su imagen, a imagen de Dios lo creó, varón y mujer los creó. Después del dominio sobre la creación, este es el tercer y último don: el amor que une al hombre a la mujer. Varón y mujer los creó. No es bueno que el hombre viva solo. Y le hizo una compañera. Dios-amor da al hombre el amor, y un diálogo de amor debe haber sido el primero entre hombre y mujer, imagino yo.

Agradezcamos al Señor estos tres regalos que nos ha dado: la identidad, el don-tarea y el amor. Y pidamos la gracia de proteger esa identidad de hijos, de trabajar el don que nos ha dado y llevar adelante con nuestro trabajo ese don, y la gracia de aprender cada día a amar más.

De Constitución a Constitución

Mons.

Sobre la nueva carta magna de la Ciudad de México

VER
El 5 de febrero se cumplieron cien años de que fue aprobada la actual Constitución Política de nuestro país, en 1917, con sus 136 artículos. Sin embargo, se le han hecho tantas modificaciones, que sólo 22 de sus artículos originales se conservan intactos. Según expertos, con las 695 reformas que ha recibido, sólo queda el 1.7 por ciento del texto original. Esto plantea la discusión si es necesaria la redacción de un nuevo texto. Con todo, lo más importante no es tanto una ley escrita, sino su observancia en todo aquello que sea justo y legítimo, así como la lucha por cambiar lo que no corresponda a unos derechos humanos que no fueran del todo reconocidos. Las leyes humanas dependen mucho de quienes las elaboran y, por tanto, están sujetas a revisión y a cambios.
En la primera redacción de ese cuerpo legislativo, hubo el anhelo de dar a nuestra patria un marco más estable y orgánico. Se defendieron más los derechos de los trabajadores. Se promovía la distribución y la posesión comunitaria de la tierra. Sin embargo, se marcaban las pautas para una educación controlada por el Estado. Se desconoció, jurídicamente, la existencia de la Iglesia, como una forma de quitarle el poder político y económico que, por razones históricas comprensibles de aquel tiempo, había tenido en el pasado. Como no había gobiernos estables, la Iglesia suplió al Estado en todos los servicios que éste no proporcionaba, como escuelas, hospitales, panteones, registro civil, etc. En la Constitución de 1917, se violó el derecho a la libertad religiosa; por ello, cuando se quiso poner en práctica en su radicalidad, se levantaron muchos católicos en lo que se llamó la persecución religiosa y la guerra “cristera”. Fue hasta 1992 que esos artículos cambiaron, para reconocer algunos derechos de las diversas iglesias a una mayor libertad, que, hasta la fecha, no es la suficiente para cumplir nuestra identidad y misión. Pero a nuestros legisladores actuales no les interesa en lo más mínimo mejorar esas leyes, aunque se declaren creyentes, pues son otras sus miras y sus inquietudes.
Recientemente, se ha aprobado otra Constitución, la de la Ciudad de México, dizque para poner a esta capital en la avanzada no sólo del país, sino del mundo. Habría que conocer quiénes fueron sus redactores, para apreciar ciertamente sus avances, pero también para lamentar sus ideologías contra la vida humana y contra la familia. Si fueron elegidos en su mayoría mañosamente los de una tendencia, nada extraño que sus leyes reflejen no los anhelos de los ciudadanos, sino una línea ideológica. Ya se aprobó sin consulta ni aprobación por los habitantes de la capital. ¿Eso es democracia?

PENSAR
El Papa Francisco, en La alegría del Evangelio, proclama “la libertad religiosa como un derecho humano fundamental. Incluye la libertad de elegir la religión que se estima verdadera y de manifestar públicamente la propia creencia. Un sano pluralismo, que de verdad respete a los diferentes y los valore como tales, no implica una privatización de las religiones, con la pretensión de reducirlas al silencio y la oscuridad de la conciencia de cada uno, o a la marginalidad del recinto cerrado de los templos, sinagogas o mezquitas. Se trataría, en definitiva, de una nueva forma de discriminación y de autoritarismo. El debido respeto a las minorías de agnósticos o no creyentes no debe imponerse de un modo arbitrario que silencie las convicciones de mayorías creyentes o ignore la riqueza de las tradiciones religiosas. Eso a la larga fomentaría más el resentimiento que la tolerancia y la paz” (255). “A la hora de preguntarse por la incidencia pública de la religión, hay que distinguir diversas formas de vivirla. Tanto los intelectuales como las notas periodísticas frecuentemente caen en groseras y poco académicas generalizaciones cuando hablan de los defectos de las religiones y muchas veces no son capaces de distinguir que no todos los creyentes –ni todas las autoridades religiosas– son iguales. Algunos políticos aprovechan esta confusión para justificar acciones discriminatorias” (256).

ACTUAR
Conozcamos nuestra Constitución; valoremos tantas cosas buenas que tiene; pero también seamos críticos en sus limitaciones. Vayamos pensando en qué diputados y autoridades federales elegiremos en próximos comicios, para que impulsen los cambios que nosotros consideremos necesarios.

07 febrero 2017

Domingo IV del Tiempo ordinario - Ciclo A –

P. Antonio Rivero, L.C. 

Textos: Eclesiástico 15, 15-20; 1 Corintios 2, 6-10; Mateo 5, 17-37


Idea principal: el cristianismo consiste en encontrarnos con Cristo y seguirlo, y no en cumplir unos preceptos y leyes.

Resumen del mensaje: Es verdad que el cristianismo es el encuentro y el seguimiento de una persona, Jesús, como nos dice el Papa Benedicto XVI y no el conjunto de unos preceptos a cumplir. Pero cuando uno ama a una persona, y esa persona es Dios, el guardar los mandamientos que nos pide, no es una esclavitud o un fardo pesado, sino una oportunidad para demostrarle nuestra fidelidad (evangelio) y ese amor con obras, pues “obras son amores”. El cumplir esos preceptos depende de nosotros y es de sabios (primera y segunda lecturas). Y Dios se alegrará y nos sorprenderá al final de la vida (segunda lectura).

Puntos de la idea principal:

En primer lugar, ser cristiano no significa cumplir a rajatabla farisaicamente una serie de leyes para tranquilizar la conciencia o para ganarnos el cielo. Ser cristiano es seguir a Cristo, el más bello de los hijos de los hombres, encontrarse con Él, dejarse amar por Él, y así dejarnos transformar por Él, aprendiendo su estilo de vida y su mentalidad, purificando nuestros afectos junto a su corazón y rectificando las decisiones de nuestra voluntad, si no están de acuerdo a su santa Voluntad. Sólo cumplir por cumplir los preceptos es anclarnos en el Antiguo Testamento. Pero encontrarnos y amar a Cristo, cumpliendo con cariño su santa ley que se sintetiza en amar a Dios y al prójimo, nos eleva y nos da la póliza del Nuevo Testamento, que Cristo selló con su sangre, llevando a plenitud la antigua ley, que Él no demolió sino que cumplió y llevó a plenitud (evangelio).

En segundo lugar, habiendo hecho la experiencia del amor de Cristo, porque nos encontramos con Él, entonces los preceptos que hoy nos da a quienes le seguimos nos parecen obvios, justos y canalizarán nuestra libertad para que no caiga en libertinaje. ¿Cuáles son esos preceptos que hoy nos recuerda, que son antiguos y que Él perfecciona y completa? No sólo no matar, sino también no enfadarnos ni guardar rencor. No sólo no cometer adulterio físico, sino también el reclamo a vivir la pureza de ojos y de corazón. No sólo no jurar en falso, sino simplemente no jurar en absoluto, basándonos siempre en la veracidad: el sí y el no de un seguidor de Cristo deben ser creíbles (evangelio). La interpretación que Jesús hace de una serie de mandatos del Antiguo Testamento, ciertamente en una línea más profunda que la de los escribas y fariseos, va hacia la interiorización y la autenticidad más plena.

Finalmente, por tanto, el problema está en saber conjugar sabiamente (segunda lectura) en nuestra vida dos realidades: la ley y la libertad. La primera lectura del Eclesiástico nos dice que cada uno es libre y debe tomar sus decisiones en la vida. Dios no nos obliga nunca, para eso nos hizo libres. Escoger el mal o no despreciar los preceptos de la ley no es de sabios. La verdadera sabiduría es seguir la voluntad de Dios (primera lectura).

Para reflexionar: ¿Por qué nos cuesta tanto cumplir los mandamientos? ¿Por qué no nos gustan los preceptos? ¿Hemos sabido conjugar ley y libertad en clave de amor a Cristo o en clave de esclavitud y fardo pesado que hay que soslayar y tirar a la cuneta?

Para rezar: Señor, dame la gracia de encontrarme contigo, que eres mi Dios y Salvador. Que este encuentro me transforme interiormente y me lleve a vivir con amor y libremente tus preceptos, porque siempre quieres lo mejor para mí. Y quiero cumplir tu ley para darte gusto a Ti, mi Señor. Y cuando me cueste mucho llevar tu cruz, te pediré que seas mi Cireneo.

“La palabra es un don. El otro es un don”

Mensaje del Papa por la Cuaresma 2017



“Queridos hermanos y hermanas:
 La Cuaresma es un nuevo comienzo, un camino que nos lleva a un destino seguro: la Pascua de Resurrección, la victoria de Cristo sobre la muerte. Y en este tiempo recibimos siempre una fuerte llamada a la conversión: el cristiano está llamado a volver a Dios «de todo corazón» (Jl 2,12), a no contentarse con una vida mediocre, sino a crecer en la amistad con el Señor. Jesús es el amigo fiel que nunca nos abandona, porque incluso cuando pecamos espera pacientemente que volvamos a él y, con esta espera, manifiesta su voluntad de perdonar (cf. Homilía, 8 enero 2016).
La Cuaresma es un tiempo propicio para intensificar la vida del espíritu a través de los medios santos que la Iglesia nos ofrece: el ayuno, la oración y la limosna. En la base de todo está la Palabra de Dios, que en este tiempo se nos invita a escuchar y a meditar con mayor frecuencia. En concreto, quisiera centrarme aquí en la parábola del hombre rico y el pobre Lázaro (cf. Lc 16,19- 31).
Dejémonos guiar por este relato tan significativo, que nos da la clave para entender cómo hemos de comportarnos para alcanzar la verdadera felicidad y la vida eterna, exhortándonos a una sincera conversión.
1. El otro es un don La parábola comienza presentando a los dos personajes principales, pero el pobre es el que viene descrito con más detalle: él se encuentra en una situación desesperada y no tiene fuerza ni para levantarse, está echado a la puerta del rico y come las migajas que caen de su mesa, tiene llagas por todo el cuerpo y los perros vienen a lamérselas (cf. vv. 20-21).
El cuadro es sombrío, y el hombre degradado y humillado. La escena resulta aún más dramática si consideramos que el pobre se llama Lázaro: un nombre repleto de promesas, que significa literalmente «Dios ayuda». Este no es un personaje anónimo, tiene rasgos precisos y se presenta como alguien con una historia personal. Mientras que para el rico es como si fuera invisible, para nosotros es alguien conocido y casi familiar, tiene un rostro; y, como tal, es un don, un tesoro de valor incalculable, un ser querido, amado, recordado por Dios, aunque su condición concreta sea la de un desecho humano (cf. Homilía, 8 enero 2016). Lázaro nos enseña que el otro es un don.
La justa relación con las personas consiste en reconocer con gratitud su valor. Incluso el pobre en la puerta del rico, no es una carga molesta, sino una llamada a convertirse y a cambiar de vida. La primera invitación que nos hace esta parábola es la de abrir la puerta de nuestro corazón al otro, porque cada persona es un don, sea vecino nuestro o un pobre desconocido.
La Cuaresma es un tiempo propicio para abrir la puerta a cualquier necesitado y reconocer en él o en ella el rostro de Cristo. Cada uno de nosotros los encontramos en nuestro camino. Cada vida que encontramos es un don y merece acogida, respeto y amor. La Palabra de Dios nos ayuda a abrir los ojos para acoger la vida y amarla, sobre todo cuando es débil. Pero para hacer esto hay que tomar en serio también lo que el Evangelio nos revela acerca del hombre rico.
2. El pecado nos ciega La parábola es despiadada al mostrar las contradicciones en las que se encuentra el rico (cf. v. 19). Este personaje, al contrario que el pobre Lázaro, no tiene un nombre, se le califica sólo como «rico». Su opulencia se manifiesta en la ropa que viste, de un lujo exagerado. La púrpura, en efecto, era muy valiosa, más que la plata y el oro, y por eso estaba reservada a las divinidades (cf. Jr 10,9) y a los reyes (cf. Jc 8,26). La tela era de un lino especial que contribuía a dar al aspecto un carácter casi sagrado. Por tanto, la riqueza de este hombre es excesiva, también porque la exhibía de manera habitual todos los días: «Banqueteaba espléndidamente cada día» (v. 19).
En él se vislumbra de forma patente la corrupción del pecado, que se realiza en tres momentos sucesivos: el amor al dinero, la vanidad y la soberbia (cf. Homilía, 20 septiembre 2013). El apóstol Pablo dice que «la codicia es la raíz de todos los males» (1 Tm 6,10). Esta es la causa principal de la corrupción y fuente de envidias, pleitos y recelos. El dinero puede llegar a dominarnos hasta convertirse en un ídolo tiránico (cf. Exh. ap. Evangelii gaudium, 55).
En lugar de ser un instrumento a nuestro servicio para hacer el bien y ejercer la solidaridad con los demás, el dinero puede someternos, a nosotros y a todo el mundo, a una lógica egoísta que no deja lugar al amor e impide la paz. La parábola nos muestra cómo la codicia del rico lo hace vanidoso. Su personalidad se desarrolla en la apariencia, en hacer ver a los demás lo que él se puede permitir. Pero la apariencia esconde un vacío interior. Su vida está prisionera de la exterioridad, de la dimensión más superficial y efímera de la existencia (cf. ibíd., 62).
El peldaño más bajo de esta decadencia moral es la soberbia. El hombre rico se viste como si fuera un rey, simula las maneras de un dios, olvidando que es simplemente un mortal. Para el hombre corrompido por el amor a las riquezas, no existe otra cosa que el propio yo, y por eso las personas que están a su alrededor no merecen su atención.
El fruto del apego al dinero es una especie de ceguera: el rico no ve al pobre hambriento, llagado y postrado en su humillación. Cuando miramos a este personaje, se entiende por qué el Evangelio condena con tanta claridad el amor al dinero: «Nadie puede estar al servicio de dos amos. Porque despreciará a uno y querrá al otro; o, al contrario, se dedicará al primero y no hará caso del segundo. No podéis servir a Dios y al dinero» (Mt 6,24).
3. La Palabra es un don El Evangelio del rico y el pobre Lázaro nos ayuda a prepararnos bien para la Pascua que se acerca. La liturgia del Miércoles de Ceniza nos invita a vivir una experiencia semejante a la que el rico ha vivido de manera muy dramática. El sacerdote, mientras impone la ceniza en la cabeza, dice las siguientes palabras: «Acuérdate de que eres polvo y al polvo volverás». El rico y el pobre, en efecto, mueren, y la parte principal de la parábola se desarrolla en el más allá.
Los dos personajes descubren de repente que «sin nada vinimos al mundo, y sin nada nos iremos de él» (1 Tm 6,7). BOLLETTINO N. 0082 – 07.02.2017 13 También nuestra mirada se dirige al más allá, donde el rico mantiene un diálogo con Abraham, al que llama «padre» (Lc 16,24.27), demostrando que pertenece al pueblo de Dios.
Este aspecto hace que su vida sea todavía más contradictoria, ya que hasta ahora no se había dicho nada de su relación con Dios. En efecto, en su vida no había lugar para Dios, siendo él mismo su único dios. El rico sólo reconoce a Lázaro en medio de los tormentos de la otra vida, y quiere que sea el pobre quien le alivie su sufrimiento con un poco de agua.
Los gestos que se piden a Lázaro son semejantes a los que el rico hubiera tenido que hacer y nunca realizó. Abraham, sin embargo, le explica: «Hijo, recuerda que recibiste tus bienes en vida, y Lázaro, a su vez, males: por eso encuentra aquí consuelo, mientras que tú padeces» (v. 25). En el más allá se restablece una cierta equidad y los males de la vida se equilibran con los bienes. La parábola se prolonga, y de esta manera su mensaje se dirige a todos los cristianos.
En efecto, el rico, cuyos hermanos todavía viven, pide a Abraham que les envíe a Lázaro para advertirles; pero Abraham le responde: «Tienen a Moisés y a los profetas; que los escuchen» (v. 29). Y, frente a la objeción del rico, añade: «Si no escuchan a Moisés y a los profetas, no harán caso ni aunque resucite un muerto» (v. 31). De esta manera se descubre el verdadero problema del rico: la raíz de sus males está en no prestar oído a la Palabra de Dios; esto es lo que le llevó a no amar ya a Dios y por tanto a despreciar al prójimo. La Palabra de Dios es una fuerza viva, capaz de suscitar la conversión del corazón de los hombres y orientar nuevamente a Dios.
Cerrar el corazón al don de Dios que habla tiene como efecto cerrar el corazón al don del hermano. Queridos hermanos y hermanas, la Cuaresma es el tiempo propicio para renovarse en el encuentro con Cristo vivo en su Palabra, en los sacramentos y en el prójimo. El Señor –que en los cuarenta días que pasó en el desierto venció los engaños del Tentador– nos muestra el camino a seguir.
Que el Espíritu Santo nos guie a realizar un verdadero camino de conversión, para redescubrir el don de la Palabra de Dios, ser purificados del pecado que nos ciega y servir a Cristo presente en los hermanos necesitados. Animo a todos los fieles a que manifiesten también esta renovación espiritual participando en las campañas de Cuaresma que muchas organizaciones de la Iglesia promueven en distintas partes del mundo para que aumente la cultura del encuentro en la única familia humana.
Oremos unos por otros para que, participando de la victoria de Cristo, sepamos abrir nuestras puertas a los débiles y a los pobres. Entonces viviremos y daremos un testimonio pleno de la alegría de la Pascua.
Vaticano, 18 de octubre de 2016 Fiesta de San Lucas Evangelista
FRANCISCO

06 febrero 2017

Hacerse esclavo del amor

El Papa en Santa Marta


¡Dios mío, qué grande eres! Lo acabamos de leer en el Salmo 103, un canto de alabanza a Dios por sus maravillas. El Padre trabaja para hacer esta maravilla de la creación (cfr. primera lectura: Gn 1,1-19) y para hacer con el Hijo la maravilla de la re-creación. Recuerdo que una vez un niño me preguntó qué hacía Dios antes de crear el mundo: ¡amaba!, le respondí.
Entonces, ¿para qué creó Dios el mundo? Simplemente para compartir su plenitud, para tener a alguien a quien dar y con quien compartir su plenitud. Y en la re-creación, Dios envía a su Hijo al mundo para “arreglarlo”: de lo feo hace algo bonito, del error algo verdadero, de lo malo algo bueno. Cuando Jesús dice: mi Padre actúa siempre; y yo también actúo siempre (cfr. Jn 5,17), los doctores de la ley se escandalizaron y querían matarlo por eso. ¿Por qué? ¡Porque no sabían recibir las cosas de Dios como don! Solo como justicia: “Estos son los Mandamientos. Pero son pocos; hagamos más”. Y en vez de abrir el corazón al don, se esconden, buscan refugio en la rigidez de los Mandamientos, que ellos habían multiplicado hasta 500 o más… No sabían recibir el don. Porque el don solo se recibe con libertad, y esos rígidos tenían miedo de la libertad que Dios nos da, ¡tenían miedo del amor!
Por eso dice el Evangelio que, después de que Jesús dijo eso, querían matarlo (cfr. Jn 5,18). Porque dijo que el Padre hizo esta maravilla como don. ¡Recibir el don del Padre! Y por eso hoy hemos alabado al Padre: ¡Dios mío, qué grande eres! Te quiero tanto, porque me has hecho este don. Me has salvado, me has creado. Esa la oración de alabanza, la plegaria de alegría, la oración que nos da la alegría de la vida cristiana. Y no aquella oración cerrada, triste, de la persona que nunca sabe recibir un don porque tiene miedo de la libertad que siempre porta consigo un don. Solo sabe cumplir el deber, pero el deber cerrado. Esclavos del deber, pero no del amor. Cuando te haces esclavo del amor, ¡eres libre! ¡Es una hermosa esclavitud! Pero aquellos no lo entendían.
Así pues, estas son las dos maravillas del Señor: la maravilla de la creación y la maravilla de la redención, de la re-creación. ¿Cómo recibo yo lo que Dios me ha dado –la creación– como don? Y si lo recibo como un don, ¿amo la creación, la protejo? ¡Porque es un don! ¿Cómo recibo yo la redención, el perdón que Dios me ha dado, el hacerme hijo con su Hijo, con amor, con ternura, con libertad? ¿O me escondo en la rigidez de los Mandamientos cerrados, que siempre son más seguros –entre comillas– pero no te dan alegría, porque no te hacen libre?
Cada uno puede preguntarse cómo vive estas dos maravillas, la maravilla de la creación y la aún más maravilla de la re-creación. Y que el Señor nos lo haga comprender y nos haga entender lo que Él hacía antes de crear el mundo: ¡amaba! Que nos haga entender su amor a nosotros y podamos decir –como hemos dicho hoy– ¡Dios mío, qué grande eres! Gracias, gracias. Y vayamos adelante así.

‘La cultura de la vida sea la respuesta a la lógica del descarte’

El Papa ayer en el Ángelus


 “Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!
En estos domingos la liturgia nos propone el así llamado Discurso de la montaña, en el Evangelio de Mateo. Después de haber presentado, el domingo pasado, las Bienaventuranzas, hoy pone en evidencia las palabras de Jesús que describen la misión de sus discípulos en el mundo (cfr. Mt 5,13-16). Él utiliza las metáforas de la sal y de la luz, y sus palabras están dirigidas a los discípulos de todo tiempo, por lo tanto, también a nosotros.
Jesús nos invita a ser un reflejo de su luz, a través del testimonio de las obras buenas. Y dice: “Así debe brillar ante los ojos de los hombres la luz que hay en ustedes, a fin de que ellos vean sus buenas obras y glorifiquen al Padre que está en el cielo”. (Mt 5,16). Estas palabras subrayan que nosotros somos reconocibles como verdaderos discípulos de Aquél que es Luz del mundo, no en las palabras, sino por nuestras obras.  En efecto, es sobre todo nuestro comportamiento que  – en el bien y en el mal – deja un signo en los demás.
Por lo tanto, tenemos una tarea y una responsabilidad por el don recibido: la luz de la fe, que está en nosotros por medio de Cristo y de la acción del Espíritu Santo, no debemos retenerla como si fuera de nuestra propiedad. En cambio, estamos llamados a hacerla resplandecer en el mundo, a donarla a los demás mediante las obras buenas. ¡Y cuánto tiene necesidad el mundo de la luz del Evangelio que transforma, cura y garantiza la salvación a quien lo recibe! Pero esta luz nosotros debemos llevarla con nuestras obras buenas.
La luz de nuestra fe, donándose, no se apaga sino que se refuerza. En cambio puede debilitarse si no la alimentamos con el amor y con las obras de caridad. Así la imagen de la luz se encuentra con aquella de la sal. En efecto, la página evangélica nos dice que, como discípulos de Cristo somos también “sal de la tierra” (v. 13).
La sal es un elemento que mientras da sabor, preserva el alimento de la alteración y de la corrupción – ¡en los tiempos de Jesús no había heladeras! Por lo tanto, la misión de los cristianos en la sociedad es aquella de dar “sabor” a la vida con la fe y el amor que Cristo nos ha donado y, al mismo tiempo, mantener lejos los gérmenes contaminantes del egoísmo, de la envidia, de la maledicencia, y demás.
Estos gérmenes arruinan el tejido de nuestras comunidades, que deben en cambio resplandecer como lugares de acogida, de solidaridad y de reconciliación. Para cumplir esta misión es necesario que nosotros mismos, en primer lugar, seamos liberados de la degeneración corruptiva de los influjos mundanos, contrarios a Cristo y al Evangelio; y esta purificación no termina nunca, debe ser realizada continuamente, hay que hacerla todos los días.
Cada uno de nosotros está llamado a ser luz y sal en el proprio ambiente de la vida cotidiana, perseverando en la tarea de regenerar la realidad humana en el espíritu del Evangelio y en la perspectiva de Reino de Dios. Que nos sea siempre de ayuda la protección de María Santísima, primera discípula de Jesús y modelo de los creyentes que viven cada día en la historia, su vocación y misión. Nuestra Madre, nos ayude a dejarnos siempre purificar e iluminar por el Señor, para transformarnos también en ‘s al de la tierra y luz del mundo'”.
El Santo Padre rezó el ángelus y después dijo:

“Queridos hermanos y hermanas,
hoy, en Italia, se celebra la Jornada por la Vida, sobre el tema “Mujeres y hombres por la vida en la huella de Santa Teresa de Calcuta”. Me uno a los Obispos italianos en el desear una valerosa acción educativa en favor de la vida humana. Cada vida es sagrada. Llevemos  adelante la cultura de la vida como respuesta a la lógica del descarte y al descenso demográfico; estamos cercanos y juntos rezamos por los niños que está en peligro de la interrupción del embarazo, como también por las personas en fin de vida: cada vida es sagrada. Para que nadie sea dejado solo y el amor defienda el sentido de la vida. Recordemos las palabras de Madre Teresa: “¡La vida es belleza, admírala; la vida es vida, defiéndela!”
Saludo a todos aquellos que trabajan por la Vida, a los docentes de las Universidades romanas y a quienes colaboran en la formación de las nuevas generaciones, para que sean capaces de construir una sociedad acogedora y digna de toda persona.
Saludo a todos los peregrinos, las familias, los grupos parroquiales y las asociaciones procedentes de diversas partes del mundo. En particular, saludo a los fieles de Viena, Granada, Melilla, Acquaviva delle Fonti y Bari; así como a los estudiantes de Penafiel (Portugal) y Badajoz (España).
A todos les deseo un feliz domingo. Por favor, no se olviden de rezar por mí. ¡Buen almuerzo y hasta la vista!”

05 febrero 2017

Carta del Papa por la XXVI Jornada Mundial del Enfermo en Lourdes

Saluda a los enfermos de todo el mundo, expresando su cercanía de corazón a cuantos viven en medio del sufrimiento
 
 
 
Se ha publicado la carta escrita en latín y fechada el 19 de enero en la que el Santo Padre nombra al cardenal Pietro Parolin, Secretario de Estado, como legado pontificio en la celebración de la XXVI Jornada Mundial del Enfermo en Lourdes, Francia, el 11 de febrero.
La misión que acompañará al cardenal está formada por los reverendos Jean-François Duhar y Antoine Mérillon, respectivamente párrocos de Lourdes y de Bagnères-de-Bigorre.
En la carta escrita en latín, el Papa saluda a los enfermos de todo el mundo, expresando su cercanía de corazón a cuantos viven en medio del sufrimiento. «Está bien cuidar integralmente a la persona», afirma el Santo Padre, «por tanto nunca hay que perder de vista el alma, la mente y el cuerpo». Citando el Libro de la Sabiduría, Francisco recuerda que Dios ha creado todo para la existencia: «No ha creado la muerte ni el mal, y no goza con la destrucción de los vivos».
Posteriormente, citando el Libro del Eclesiástico, el Pontífice señala que Dios «ha dado a los hombres la ciencia para que pudieran gloriarse de sus maravillas». Al mismo tiempo los pastores, los médicos y los propios enfermos están llamados a orar al Señor para que Él los conduzca a aliviar la enfermedad y a recuperarse.
Por último, el Obispo de Roma invita a los fieles a invocar con constancia la intercesión de la Bienaventurada Virgen María, Salud de los enfermos, para que obtenga del Hijo, gracias abundantes, especialmente la paciencia en la tribulación, la confianza en Dios, la gratitud por los bienes recibidos y un gran amor hacia todos. Y esto, imitando la fe de Pedro que, aún cuando no comprendía a Jesús, podía decir: «Señor, ¿a quién iremos? Tú tienes palabras de vida eterna». (Jn 6, 68)
Y este próximo lunes, 6 de febrero, en la Oficina de Prensa de la Santa Sede tendrá lugar la presentación de la XXV Jornada Mundial del Enfermo que se celebrará en Lourdes. La conferencia de prensa será también la ocasión para presentar la Nueva Carta de los agentes sanitarios.
Intervendrán el cardenal Peter Kodwo Appiah Turkson, Prefecto del Dicasterio para el Servicio del Desarrollo Humano Integral, monseñor Jean-Marie Mate Musivi Mupendawatu, Secretario del mismo dicasterio, Alessandro de Franciscis, Presidente del  Bureau des Constatations Médicales de Lourdes y de  la Association Médicale Internationale de Lourdes (AMIL) y el profesor Antonio Gioacchino Spagnolo, catedrático de  Bioética y director del Institute of Bioethics and Medical Humanities en la  Facultad  de Medicina y Cirugía  de la Università Cattolica del Sacro Cuore di Roma.