09 febrero 2018

Pensamientos originales


La lectura nos da acceso a los mejores pensamientos que el transcurso de la historia ha ido acumulando en el gran tesoro del saber del hombre, a lo largo y ancho de la tierra, y a lo largo y ancho de los siglos
Son bastantes los que apenas leen nada y se consideran muy originales en su pensamiento. Les parece que están poco influidos por lo que dicen los demás y que, por eso, casi todo lo que dicen ellos es producto de su deducción personal. Hacen con rotundidad unas afirmaciones aparentemente propias, pero la realidad es que repiten frases que han cazado al vuelo en el comentario a una noticia, o en una conversación.
Y lo cierto es que esas ideas les han seducido de tal manera que, sin demasiada reflexión, las han incorporado a su equipaje intelectual y las repiten sin apenas análisis crítico.
Como ha señalado Alejandro Llano, "lo leído va formando una especie de humus en el que crecen las ideas personales. No hay una contraposición entre la originalidad y el conocimiento de lo que otros han escrito. Todo lo contrario: si se lee poco, se acaba recayendo en los tópicos más gastados que por falta de información se consideran ideas propias".

Construir el pensamiento propio

Cuanto menos se lee y menos se escucha, paradójicamente, menos propias son las ideas que consideramos propias. Si no somos constantes en nuestra formación, si no leemos mucho, si no analizamos con sentido crítico lo que escuchamos, si no sabemos contrastar las opiniones, entonces caemos con facilidad en planteamientos engañosos.
Para cultivar un pensamiento realmente propio, hay que
haber leído mucho. Y hay que haber leído textos de los
fáciles y de los difíciles, de una época y de
otra, de culturas y visiones diferentes.
La falta de bagaje cultural nos hace perder perspectiva histórica, reduce la profundidad de nuestros juicios y nos lleva ─como también ha escrito el profesor Llano─ "a un continuo deslizamiento por la brillantez de superficies niqueladas que esconden lo que son y deforman lo que reflejan".
El núcleo del propio pensamiento debe formarse poco a poco, destilando los pensamientos de otros hasta encontrar nuestra propia síntesis personal, nuestra verdadera manera de ser y de pensar, sin quedar constreñido a los convencionalismos del momento, o a las opiniones dominantes que sutilmente difunden los poderosos, o quizá al propio capricho intelectual, que también es un peligro nada desdeñable.
Analizando críticamente las opiniones de otros, podemos llegar a una comprensión crítica de la sociedad, cosa totalmente imprescindible para afrontar con sensatez los numerosos dilemas que nos plantea la vida. La lectura nos da acceso a los mejores pensamientos que el transcurso de la historia ha ido acumulando en el gran tesoro del saber del hombre, a lo largo y ancho de la tierra, y a lo largo y ancho de los siglos. Leer mucho nos permite considerar con hondura todo aquello que rodea y condiciona nuestra vida y la de los demás. Nos hace verdaderamente creativos e innovadores. Nos aleja de las conclusiones simples, del relativismo ingenuo, del fanatismo torpe o del dogmatismo obtuso. Los profundos problemas que afectan al hombre no tienen una solución simple y sólo quien ha adquirido la suficiente formación puede llegar a encontrar soluciones que aporten de verdad.
Quienes leen poco, siguen fielmente la opinión de su periódico o de su cadena de radio o de televisión, y sólo cambian de parecer cuando esas personas lo hacen, es decir, cuando todo "su mundo" lo hace. No es que propiamente abandonen entonces esas opiniones, sino que mejor podría decirse que son las opiniones las que le abandonan a él, con la misma facilidad que arraigaron antes en su mente, sin que ellos se tomaran la molestia de elegirlas.
Sólo el que mucho ha leído, el que mucho ha preguntado, el que mucho se ha preguntado, puede comprender mucho. Y sólo el que mucho comprende hace justicia a las personas y a las ideas. Quienes a lo largo de su vida hayan leído muchos libros y hayan sabido elegirlos con acierto, serán personas con un poso profundo, buenos conocedores de lo que hay en el fondo de cada cosa, hombres y mujeres que en la oscuridad del silencio saben leer los corazones.

El papa, la serpiente y las noticias falsas

El mejor antídoto contra las falsedades no son las estrategias, sino las personas
La primera noticia falsa (fake new, en inglés) no la difundió un medio de comunicación, ni tampoco una red social, sino ¡una serpiente! Ésta es la tesis que sostiene el papa Francisco, quien habla de la «lógica de la serpiente», en alusión al reptil que, según el relato bíblico, indujo a Eva a comer el fruto prohibido. Bajo la forma de serpiente, el tentador formuló a la primera mujer una pregunta manipulada: «¿Con que Dios os ha dicho que no comáis de ningún árbol del jardín?». Eva centra la cuestión y le aclara que el mandato divino no era que no comieran de «ningún árbol», sino tan solo de un árbol. Pero terminó entrando al trapo, y el resto de la historia es bastante conocido. De ella, Francisco extrae una conclusión: «Ninguna desinformación es inocua; por el contrario, fiarse de lo que es falso produce consecuencias nefastas. Incluso una distorsión de la verdad aparentemente leve puede tener efectos peligrosos».
En su mensaje anual con ocasión de la festividad de san Francisco de Sales, patrono de los periodistas, el Pontífice se zambulle en una de las grandes controversias de esta era de internet: las noticias falsas. Informaciones con apariencia de verdad, pero que en realidad son «infundadas, basadas en datos inexistentes o distorsionados, que tienen como finalidad engañar o incluso manipular al lector para alcanzar determinados objetivos, influenciar las decisiones políticas u obtener ganancias económicas». En su documento, Francisco proporciona un repaso monumental al mayor enemigo del periodismo de hoy. Y, en paralelo, pone sobre la mesa algunas de las claves del periodismo de calidad que corre el riesgo de ahogarse en la catarata de chuminadas que cada día vuelcan en la red individuos anónimos encuadrados en corporaciones fantasma.
El papa recomienda salirse de las redes cerradas y tóxicas, y «realizar una sana comparación con otras fuentes de información». Asimismo, insta a promover «iniciativas educativas que permiten aprender a leer y valorar el contexto comunicativo, y enseñan a no ser divulgadores inconscientes de la desinformación, sino activos en su desvelamiento». Francisco da en la diana. Y lo hace sin miedo. Bien mirado, sólo él puede hacerlo. Si quiere ser coherente con el mensaje que predica y representa, el papa es el único personaje de relieve mundial que tiene drásticamente prohibido dejarse arrastrar por el envanecimiento que acarrea la fama. Es el único que no puede endulzar su doctrina para hacerla más atractiva a las masas. El único que tiene radicalmente vetado adoptar poses populistas. Ante un Dios que todo lo sabe y todo lo ve, su portavoz en la Tierra no está legitimado para aparentar, para cultivar una imagen falsa que le ayude a ganar seguidores y a alimentar su vanidad.
Francisco habla sin miedo a lo que de él puedan decir los grandes gurús del entretenimiento (analógico o digital) sin alma, a los palos que puedan darle los grandes beneficiarios de la manipulación inmisericorde de la realidad. Por eso sus razonamientos suenan como una master class de periodismo: «En el centro de la noticia no están la velocidad en darla y el impacto sobre las cifras de audiencia, sino las personas», asevera. Y añade: «Por eso la verificación de las fuentes y la custodia de la comunicación son verdaderos y propios procesos de desarrollo del bien que generan confianza y abren caminos de comunión y de paz». Todo un aldabonazo en la conciencia de quienes ven la comunicación digital como el cauce más idóneo para enriquecerse a base de embaucar a millones de lectores incautos que se consideran la quintaesencia del homo tecnologicus. «El mejor antídoto contra las falsedades no son las estrategias, sino las personas», sentencia Francisco. Y acto seguido singulariza: «Si el camino para evitar la expansión de la desinformación es la responsabilidad, quien tiene un compromiso especial es el que por su oficio tiene la responsabilidad de informar, es decir: el periodista, custodio de las noticias».
He aquí la almendra de la cuestión: el periodismo, para los periodistas que, cosignando su firma en cada noticia, se juegan su prestigio y sus habichuelas. El periodismo, para las empresas periodísticas que se juegan su cuenta de resultados sobre el parámetro de la credibilidad. El periodismo hecho «por personas para personas, y que se comprende como servicio a todos, especialmente a aquellos ─y son la mayoría en el mundo─ que no tienen voz (...); un periodismo empeñado en indicar soluciones alternativas a la escalada del clamor y de la violencia verbal». Y lo demás: el ruido, el chiste fácil y viral, la noticia inventada para destruir al otro y así medrar de forma inconfesable, el trasiego de historias morbosas cuyo mayor mérito es que ayudan a pasar el tiempo y son gratuitas... quedará para los amigos de la «lógica de la serpiente», siempre capaz de inocular su veneno a algún infeliz, pero incapaz de elevarse sobre el suelo y dirigirse al mundo con la altura de miras propia del periodismo que busca la verdad y que nos hará más libres.

“No podemos permanecer en silencio”

Jornada Mundial contra la Trata


La Iglesia celebra hoy, 8 de febrero, memoria litúrgica de Josefina Bakhita, la Jornada Mundial de Oración y Reflexión contra la trata de personas.
El Papa Francisco ha publicado esta mañana, 8 de febrero de 2018, en Twitter: “Acojamos con espíritu de misericordia a las víctimas de la trata y a quienes huyen de la guerra y del hambre”.
Dignidad herida
Horas más tarde, el Santo Padre escribió otro ‘tweet’ en esta red social: “No podemos permanecer en silencio ante el sufrimiento de millones de personas cuya dignidad está herida”.
Este año el lema de la Jornada es “Emigración sin trata. Sí a la libertad, no a la esclavitud”. El número de víctimas aumenta de año en año. Millones de hombres y mujeres, niños y adultos, son víctimas de trata en todo el mundo.

¿Qué es el tráfico de personas?
“Tráfico de personas –señalan en la web de la Jornada— significa reclutar, trasladar, desplazar, ocultar o recibir personas, por medio de amenazas, uso de la fuerza u otras formas de coacción, secuestro, fraude, engaño, abuso de poder o de una situación de vulnerabilidad así como el acto de dar o recibir cualquier tipo de retribución o beneficios con el fin de conseguir el consentimiento de una persona que tenga dominio sobre otra, con el propósito de ejercer una explotación”.
En palabras del papa Francisco se trata de un «un crimen contra la humanidad». El Pontífice hace una llamada a hacerle frente y a cuidar a sus víctimas. “Necesitamos tanto eliminar las causas de este fenómeno tan complejo como también asistir adecuadamente a las personas que caen en los lazos de la trata” (Palabras del papa Francisco a los miembros del Grupo Santa Marta y RENATE, octubre-noviembre 2016).
Josefina Bakhita
Esta Jornada se celebra el mismo día que la Iglesia recuerda a Josefina Bakhita, la religiosa sudanesa que de niña vivió la dramática experiencia de ser víctima de la trata (Leer biografía).
Promueve esta Jornada el Comité para la Jornada Mundial de Oración y Reflexión contra la trata, coordinado por Talitha Kum, la Red Internacional de la Vida Consagrada Contra la Trata de Personas. Colaboran la Congregación para los Institutos de Vida Consagrada y las Sociedades de Vida Apostólica (CIVCSVA); el Dicasterio para el Servicio al Desarrollo Humano Integral, la Sección Migrantes y Refugiados; Caritas Internationalis; la Unión Mundial de las Organizaciones Femeninas Católicas (WUCWO); el Grupo de Trabajo contra el Tráfico de seres humanos (UISG/UISG); y el Servicio Jesuita a los Refugiados.

El debilitamiento del corazón

El Papa ayer en Santa Marta


La primera lectura (1Re 11,4-13) nos habla de Salomón y de su desobediencia, lo que nos sugiere que debemos vigilar todos los días para no acabar alejados del Señor. Es un riesgo al que todos estamos expuestos, el debilitamiento del corazón.
David es santo, aunque fue pecador. El grande y sabio Salomón, en cambio, es rechazado por el Señor porque se ha corrompido. ¡Una aparente paradoja! Hemos leído algo un poco raro: el corazón de Salomón “ya no perteneció por entero al Señor como el corazón de David, su padre”. Y es raro porque de Salomón no sabemos que haya cometido grandes pecados, y siempre fue equilibrado, mientras de David sabemos que tuvo una vida difícil, y que fue un pecador. Sin embargo, David es santo y de Salomón se dice que su corazón se había “desviado del Señor”. El mismo que había sido alabado por el Señor cuando le pidió prudencia para gobernar, en vez de riquezas.
¿Cómo se explica esto? Pues porque David, cuando sabe que ha pecado, siempre pide perdón, mientras que Salomón, de quien todo el mundo hablaba bien, que hasta la reina de Saba quiso ir a conocerlo, se había alejado del Señor para seguir otros dioses, pero no se daba cuenta. Y aquí está el problema de la debilidad del corazón. Cuando el corazón comienza a debilitarse, no es como una situación de pecado: si cometes un pecado, te das cuenta enseguida: “He hecho este pecado”, está claro. El debilitamiento del corazón es un camino lento, por el que voy resbalando poco a poco, poco a poco, poco a poco… Y Salomón, apoltronado en su gloria, en su fama, comenzó a seguir ese camino.
Paradójicamente, es mejor la claridad de un pecado que la debilidad del corazón. El gran rey Salomón acabó corrompido: “tranquilamente corrompido”, porque su corazón se había debilitado. Y un hombre o una mujer con el corazón débil o debilitado, es una mujer o un hombre derrotado. Ese es el proceso de tantos cristianos, de muchos de nosotros. “No, yo no cometo pecados gordos”. Pero, ¿cómo está tu corazón? ¿Es fuerte? ¿Sigues fiel al Señor, o te resbalas lentamente?
El drama del debilitamiento del corazón puede sucederle a cualquiera de nosotros en su vida. ¿Y qué hacer entonces? Vigilancia. Vigila tu corazón. Vigilar. Todos los días estar atento a lo que pasa en ti corazón. David es santo. Era pecador. Un pecador puede ser santo. Salomón fue rechazado porque era corrupto. Un corrupto no puede ser santo. Y a la corrupción se llega por esa senda del debilitamiento del corazón. Vigilancia. Todos los días vigilar el corazón: cómo es mi corazón, el trato con el Señor… Y saborear la belleza y la alegría de la fidelidad.

08 febrero 2018

“La sabiduría de los pueblos originarios puede ser un gran aporte”


Felipe Arizmendi Esquivel


Obispo Emérito de San Cristóbal de Las Casas

VER
En la mayoría de sus servicios informativos, los medios de comunicación lo que más resaltan son conflictos, problemas, denuncias, descalificaciones de los otros, accidentes, robos, etc. Unos subsisten económicamente porque a eso se dedican, y hay público al que le atrae consumir este tipo de noticias y comentarios.
Durante la reciente visita del Papa Francisco a Chile, ¿qué resaltaron? Casi en forma obsesiva y repetitiva, las inconformidades de algunos grupos, muy minoritarios por cierto, la quema de iglesias, las imputaciones contra un obispo a quien se acusa de encubrimiento de un sacerdote pederasta, las peticiones de perdón por los abusos clericales contra menores, los gastos del viaje, etc. Casi nada publicaron de lo que dijo el Papa sobre asuntos de suma trascendencia para la vida social, política y religiosa de esos países. Si usted le pregunta a alguien qué recuerda de esa visita, sólo le hablará de los problemas que difundieron muchos medios no eclesiales, y nada tendrá en cuenta del mensaje evangélico del Papa.
PENSAR
Podría traer a la memoria varios mensajes que tocaron situaciones muy delicadas, sobre todo el problema de la corrupción; pero sólo retomo algo que, por mi cargo en el CELAM para la pastoral con los pueblos originarios, me parece que se debe resaltar.
En Santiago, dijo a las autoridades civiles: “Es preciso escuchar a los pueblos originarios, frecuentemente olvidados y cuyos derechos necesitan ser atendidos y su cultura cuidada, para que no se pierda parte de la identidad y riqueza de esta nación… La sabiduría de los pueblos originarios puede ser un gran aporte. De ellos podemos aprender que no hay verdadero desarrollo en un pueblo que dé la espalda a la tierra y a todo y a todos los que la rodean. Chile tiene en sus raíces una sabiduría capaz de ayudar a trascender la concepción meramente consumista de la existencia para adquirir una actitud sapiencial frente al futuro” (16-I-2018).
En Temuco, al sur del país, con gran población indígena, expresó:“Quiero detenerme y saludar de manera especial a los miembros del pueblo Mapuche, así como también a los demás pueblos originarios que viven en estas tierras australes: rapanui, aymara, quechua, atacameños, y tantos otros. Esta celebración la ofrecemos por todos los que sufrieron y murieron, y por los que cada día llevan sobre sus espaldas el peso de tantas injusticias. Y recordando estas cosas nos quedamos un instante en silencio ante tanto dolor y tanta injusticia. Una de las peores amenazas que golpea y golpeará a los suyos y a la humanidad toda será la división y el enfrentamiento, el avasallamiento de unos sobre otros. ¡Cuántas lágrimas derramadas!
La unidad no nace ni nacerá de neutralizar o silenciar las diferencias. La unidad no es un simulacro ni de integración forzada ni de marginación armonizadora. La riqueza de una tierra nace precisamente de que cada parte se anime a compartir su sabiduría con los demás. No es ni será una uniformidad asfixiante que nace normalmente del predominio y la fuerza del más fuerte, ni tampoco una separación que no reconozca la bondad de los demás. La unidad pedida y ofrecida por Jesús reconoce lo que cada pueblo, cada cultura está invitada a aportar en esta bendita tierra. La unidad es una diversidad reconciliada porque no tolera que en su nombre se legitimen las injusticias personales o comunitarias. Necesitamos de la riqueza que cada pueblo tenga para aportar, y dejar de lado la lógica de creer que existen culturas superiores o culturas inferiores.
La unidad que nuestros pueblos necesitan reclama que nos escuchemos, pero principalmente que nos reconozcamos, que no significa tan sólo recibir información sobre los demás… sino recoger lo que el Espíritu ha sembrado en ellos como un don también para nosotros. Es imprescindible defender que una cultura del reconocimiento mutuo no puede construirse en base a la violencia y destrucción que termina cobrándose vidas humanas. No se puede pedir reconocimiento aniquilando al otro, porque esto lo único que despierta es mayor violencia y división. La violencia llama a la violencia, la destrucción aumenta la fractura y separación. La violencia termina volviendo mentirosa la causa más justa. Por eso decimos «no a la violencia que destruye», en ninguna de sus dos formas.
Estas actitudes son como lava de volcán que todo arrasa, todo quema, dejando a su paso sólo esterilidad y desolación. Busquemos, en cambio, y no nos cansemos de buscar el diálogo para la unidad. Por eso decimos con fuerza: Señor, haznos artesanos de unidad” (17-I-2018).
Y en la Universidad Católica de Santiago, recalcó: “Es indispensable prestar atención a los pueblos originarios con sus tradiciones culturales. No son una simple minoría entre otras, sino que deben convertirse en los principales interlocutores, sobre todo a la hora de avanzar en grandes proyectos que afecten a sus espacios” (17-I-2018).
ACTUAR
Estos mensajes valen para toda la Iglesia y para la sociedad. No los echemos en saco roto. Reflexionemos en su hondo contenido humano y cristiano, y también nosotros aprendamos a respetar y valorar a nuestros muy variados pueblos originarios, que no son un lastre, sino una riqueza. ¡Conozcámoslos!
Y seamos críticos, para no dejarnos apabullar por el negativismo informativo de algunos medios.

“Interiormente estoy en peregrinación hacia Casa”

Carta de Benedicto XVI al “Corriere della Sera”


«Querido Doctor Franco
Me ha conmovido que tantos lectores de su diario deseen saber cómo transcurro este último periodo de mi vida. Sólo puedo decir al respecto que, en la lenta disminución de las fuerzas físicas, interiormente estoy en peregrinación hacia Casa.
Es una gran gracia para mí estar rodeado, en este último tramo de camino a veces algo fatigoso, por tal amor y bondad que nunca me hubiera podido imaginar. En este sentido considero también las preguntas de sus lectores como acompañamiento por un tramo.
Por ello, no puedo dejar de agradecer, asegurando de mi parte a todos ustedes mi oración.
Cordiales saludos
Benedicto XVI»

07 febrero 2018

Homilía “breve” pero “bien preparada”

El Papa en la Audiencia General 


Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!
Seguimos con las catequesis sobre la santa misa. Habíamos llegado a las lecturas.
El diálogo entre Dios y su pueblo, desarrollado en la Liturgia de la Palabra en la misa, llega al culmen en la proclamación del Evangelio. Lo precede el canto del Aleluya – o, en Cuaresma, otra aclamación – con el cual “la asamblea de los fieles acoge y saluda al Señor quién le hablará en el Evangelio”[1]. Como los misterios de Cristo iluminan toda la revelación bíblica, así, en la Liturgia de la Palabra, el Evangelio es la luz para entender el significado de los textos bíblicos que lo preceden, tanto del Antiguo como del Nuevo Testamento. Efectivamente “Cristo es el centro y plenitud de toda la Escritura, y también de toda celebración litúrgica”[2]. Jesucristo está siempre en el centro, siempre.
Por lo tanto, la misma liturgia distingue el Evangelio de las otras lecturas y lo rodea de un honor y una veneración particular[3]. En efecto, sólo el ministro ordenado puede leerlo y cuando termina besa el libro; hay que ponerse en pie para escucharlo y hacemos la señal de la cruz sobre la frente, la boca y el pecho; las velas y el incienso honran a Cristo que, mediante la lectura evangélica, hace resonar su palabra eficaz. A través de estos signos, la asamblea reconoce la presencia de Cristo que le anuncia la “buena noticia” que convierte y transforma. Es un diálogo directo, como atestiguan las aclamaciones con las que se responde a la proclamación, “Gloria a Ti, Señor”, o “Alabado seas, Cristo”. Nos levantamos para escuchar el Evangelio: es Cristo que nos habla, allí. Y por eso prestamos atención, porque es un coloquio directo. Es el Señor el que nos habla.
Así, en la misa no leemos el Evangelio para saber cómo han ido las cosas, sino que escuchamos el Evangelio para tomar conciencia de que lo que Jesús hizo y dijo una vez; y esa Palabra está viva, la Palabra de Jesús que está en el Evangelio está viva y llega a mi corazón. Por eso escuchar el Evangelio es tan importante, con el corazón abierto, porque es Palabra viva. San Agustín escribe que “la boca de Cristo es el Evangelio”.[4] Él reina en el cielo, pero no deja de hablar en la tierra”. Si es verdad que en la liturgia “Cristo sigue anunciando el Evangelio” [5], se deduce que, al participar en la misa, debemos darle una respuesta. Nosotros escuchamos el Evangelio y tenemos que responder con nuestra vida.
Para que su mensaje llegue, Cristo también se sirve de la palabra del sacerdote que, después del Evangelio, pronuncia la homilía[6]. Vivamente recomendada por el Concilio Vaticano II como parte de la misma liturgia[7], la homilía no es un discurso de circunstancias, – ni tampoco una catequesis como la que estoy haciendo ahora- ni una conferencia, ni tampoco  una lección: la homilía es otra cosa. ¿Qué es la homilía? Es “un retomar ese diálogo que ya está entablado entre el Señor y su pueblo”,[8] para que encuentre su cumplimiento en la vida. ¡La auténtica exégesis del Evangelio es nuestra vida santa! La palabra del Señor termina su carrera haciéndose carne en nosotros, traduciéndose en obras, como sucedió en María y en los santos. Acordaos de lo que dije la última vez, la Palabra del Señor entra por los oídos, llega al corazón y va a las manos, a las buenas obras. Y también la homilía sigue a la Palabra del Señor y hace este recorrido para ayudarnos a que la Palabra del Señor llegue a las manos pasando por el corazón.
Ya he tratado el tema de la homilía  en la Exhortación Evangelii gaudium, donde recordé que el contexto litúrgico “exige que la predicación oriente a la asamblea, y también al predicador, a una comunión con Cristo en la Eucaristía que transforme la vida. “[9]
El que pronuncia la homilía deben cumplir bien su ministerio – el que predica, el sacerdote, el diácono o el obispo- ofreciendo un verdadero servicio a todos los que participan en la misa, pero también quienes lo escuchan deben hacer su parte. En primer lugar, prestando la debida atención, es decir, asumiendo la justa disposición interior,  sin pretensiones subjetivas, sabiendo que cada predicador tiene  sus méritos y sus límites. Si a veces hay motivos para aburrirse por la homilía larga, no centrada o incomprensible, otras veces es el prejuicio el que constituye un obstáculo. Y el que pronuncia la homilía debe ser consciente de que no está diciendo algo suyo, está  predicando, dando voz a Jesús, está predicando la Palabra de Jesús. Y la homilía tiene que estar bien preparada, tiene que ser breve ¡breve!. Me decía un sacerdote que una vez había ido a otra ciudad donde vivían sus padres y su papá le había dicho: “¿Sabes? Estoy contento porque mis amigos y yo hemos encontrado una iglesia donde si dice misa sin homilía”. Y cuántas veces vemos que durante la homilía algunos se duermen, otros charlan o salen a fumarse un cigarrillo… Por eso, por favor, que la homilía sea breve, pero esté bien preparada. Y ¿cómo se prepara una homilía, queridos sacerdotes, diáconos, obispos? ¿Cómo se prepara? Con la oración, con el estudio de la Palabra de Dios y haciendo una síntesis clara y breve; no tiene que durar más de diez minutos, por favor.
En conclusión, podemos decir que en la Liturgia de la Palabra, a través del Evangelio y la homilía, Dios dialoga con  su pueblo, que lo escucha con atención y veneración y, al mismo tiempo, lo  reconoce presente y activo. Si, por lo tanto, escuchamos la “buena noticia”, ella nos convertirá  y transformará  y así podremos cambiarnos a nosotros mismos y al mundo. ¿Por qué? Porque la Buena Noticia, la Palabra de Dios entra por los oídos, va al corazón y llega a las manos para hacer buenas obras.

06 febrero 2018

Adorar en silencio

El Papa ayer en Santa Marta


La Primera Lectura de hoy (1Re 8,1-7.9-13) narra que el rey Salomón convoca al pueblo para subir al Templo, y llevar el Arca de la Alianza del Señor al Sancta Sanctórum. Un camino empinado, en cuesta que, al contrario que el llano, no siempre es fácil. Un camino en subida para llevar la Alianza, durante el cual el pueblo cargaba a cuestas con su propia historia: la memoria de la elección. Sólo contenía dos tablas de piedra, las tablas de la Ley, desnudas, tal como Dios las había entregado a Moisés, y no como el pueblo la aprendió de los escribas, que la habían barroquizado, hecho barroca con tantas prescripciones. La Alianza desnuda: “yo te amo, tú me amas”. El primer mandamiento, amar a Dios, y el segundo, amar al prójimo. En el Arca no había nada más que esas dos tablas de piedra.
Así pues, introdujeron el arca en el santuario y, en cuanto los sacerdotes salieron, una nube, la gloria del Señor, llenó el Templo. Entonces el pueblo entró en adoración: pasó de los sacrificios que hacía durante el camino empinado al silencio, a la humillación de la adoración. Muchas veces pienso que no enseñamos a nuestro pueblo a adorar. Sí, les enseñamos a rezar, a cantar, a alabar a Dios, pero ¿a adorar? La oración de adoración, esa que nos anonada sin destruirnos: el anonadamiento de la adoración nos da nobleza y grandeza. Y aprovecho hoy, aquí con tantos párrocos recién nombrados, para decir: ¡enseñad al pueblo a adorar en silencio, a adorar!
Aprendamos desde ahora lo que haremos en el Cielo: la oración de adoración. Pero, solo podemos llegar allí con la memoria de haber sido elegidos, llevando dentro del corazón una promesa que nos empuja a caminar, y con la alianza en la mano y en el corazón. Pero siempre en camino: camino difícil, camino en cuesta, pero en camino hacia la adoración.
Ante la gloria de Dios, las palabras desaparecen, no se sabe qué decir. Como veremos en la Liturgia de mañana (cfr. 1Re 8,30), Salomón solo consigue decir dos palabras: “escucha y perdona”. Así que os invito a adorar en silencio, con toda la historia a cuestas, y pedir: “Escucha y perdona”. Nos vendrá bien, hoy, sacar un poco de tiempo de oración, con la memoria de nuestro camino, la memoria de las gracias recibidas, la memoria de la elección, de la promesa, de la alianza, y procurar ir arriba, hacia la adoración, y en medio de la adoración, con mucha humildad decir solo esta pequeña jaculatoria: “Escucha y perdona”.