06 agosto 2026

Invertir según la doctrina social católica, cuatro años después de la publicación de Mensuram Bonam

 Michele Mifsud

Una gestión financiera basada en los valores católicos puede ir de la mano de un sólido rendimiento económico. Cuatro años después de Mensuram Bonan, invertir, es parte integrante del seguimiento de Cristo.

Los responsables de las instituciones católicas —sacerdotes, obispos, tesoreros y laicos comprometidos— asumen una importante responsabilidad: gestionar los recursos financieros que se les han confiado de manera que se proteja la misión de la Iglesia, se refleje la doctrina social católica y se garantice la vitalidad a largo plazo de las obras eclesiales.

Para muchos, sin embargo, esta responsabilidad va acompañada de una pregunta recurrente: ¿es posible invertir de manera coherente con la fe católica sin sacrificar la rentabilidad financiera?Durante años, esta cuestión ha generado incertidumbre y dudas. A menudo se daba por sentado que una cartera construida según principios éticos y religiosos produciría inevitablemente resultados inferiores a los de las inversiones convencionales. Sin embargo, la experiencia práctica nos muestra otra realidadUn análisis de la experiencia acumulada por algunas organizaciones que llevan décadas especializadas en la inversión coherente con la fe muestra que la adhesión a los principios de la Doctrina Social de la Iglesia no ha dado lugar, históricamente, a rendimientos a largo plazo más bajos. Al contrario, una gestión financiera basada en los valores católicos puede ir de la mano de un sólido rendimiento económico.

En otras palabras, la buena administración y la fidelidad al Evangelio no son realidades contrapuestas; forman parte de la misma misión.

Por qué es importante para la Iglesia

Las decisiones financieras son una forma concreta de testimonio. Cuando las inversiones de una diócesis, una congregación religiosa o una institución católica no se ajustan a las enseñanzas de la Iglesia, se pierde una importante oportunidad de predicar con el ejemplo.

Por el contrario, cuando los responsables de la Iglesia comprenden cómo funciona la inversión coherente con la fe, aumenta su capacidad para explicar y promover estas opciones dentro de sus comunidades. Se crea así un círculo virtuoso: la comprensión refuerza la confianza, y la confianza fomenta la generosidad y la participación.

Reconocer que las diferencias de rendimiento a corto plazo no comprometen necesariamente la competitividad a largo plazo permite también que la gestión financiera se asuma como una forma genuina de liderazgo pastoral. Esta conciencia proporciona a los responsables la confianza necesaria para actuar con convicción.

Mensuram Bonam: un llamamiento a la coherencia

En 2022, la Pontificia Academia de Ciencias Sociales publicó Mensuram Bonam, en el que invitaba a la Iglesia y a todos los fieles a ajustar sus decisiones de inversión a los principios de la fe católica.

El documento nos recuerda que la misión de la Iglesia no termina en las puertas de nuestras iglesias. Al contrario, impregna todas las dimensiones de la vida cristiana, incluida la forma en que gestionamos los recursos económicos que se nos han confiado.

Invertir, por lo tanto, no es una actividad neutra ni meramente técnica. Es parte integrante del seguimiento de Cristo. A través de nuestras decisiones financieras, podemos dar testimonio del Evangelio, defender la dignidad humana y promover el bien común.

Las orientaciones ofrecidas en Mensuram Bonam también coinciden en líneas generales con las elaboradas por varias Conferencias Episcopales nacionales —entre ellas las de Estados Unidos, Alemania, Italia y Austria—, ya que todas ellas se nutren de la misma fuente: el Evangelio, la doctrina social de la Iglesia y la tradición católica.

Los tres pilares de la inversión coherente con la fe

Mensuram Bonam identifica tres dimensiones fundamentales de la inversión católica: el compromiso, la mejora y las exclusiones.

Compromiso: promover el bien común a través del diálogo

El compromiso consiste en utilizar la posición de inversor para fomentar un comportamiento empresarial más responsable.

Esto se lleva a cabo mediante el diálogo directo con las empresas y el ejercicio de los derechos de voto de los accionistas. De este modo, los inversores católicos pueden contribuir a orientar las políticas empresariales hacia un mayor respeto por la dignidad humana, la gestión responsable del medio ambiente y el bien común.

Mejora: dar prioridad a las mejores prácticas corporativas

La mejora consiste en dar prioridad, en igualdad de condiciones, a las empresas que demuestran prácticas sociales, medioambientales y de gobernanza más sólidas.

El objetivo no es sacrificar el rendimiento, sino buscar oportunidades de inversión que combinen la calidad financiera con la responsabilidad ética.

Exclusiones: evitar la colaboración con actividades incompatibles con la fe

El tercer pilar —las exclusiones— es quizás el más conocido y, al mismo tiempo, el que suscita mayor preocupación.

Consiste en evitar inversiones en empresas implicadas en actividades incompatibles con la dignidad humana y la doctrina de la Iglesia, como las relacionadas con el aborto o la producción de armas de destrucción masiva.

Aquí es donde surge la pregunta más habitual: ¿qué coste financiero supone excluir a determinadas empresas del universo de inversión?

El mito de la menor rentabilidad

Durante muchos años, esta pregunta fue difícil de responder.

Las comparaciones tradicionales se basaban en índices de mercado generales que incluían a todas las empresas que cotizaban en bolsa, incluidas aquellas cuyas actividades entraban en conflicto con los valores católicos. En gran medida, no se disponía de herramientas adecuadas para medir el impacto real de las exclusiones en la rentabilidad.

A falta de datos claros, muchos llegaron a la conclusión de que restringir el universo de inversión conduciría necesariamente a una menor rentabilidad.

Otro reto reforzó esta percepción. Identificar a las empresas que violan los principios fundamentales de la doctrina católica requiere conocimientos especializados, investigación constante y un discernimiento ético continuo, habilidades que rara vez forman parte de la formación estándar de los sacerdotes y los administradores de la Iglesia.

Por lo tanto, no es de extrañar que las preocupaciones sobre el rendimiento siguieran siendo uno de los principales obstáculos para una inversión coherente con la fe.

Una conclusión tranquilizadora

La experiencia práctica y los datos analizados por profesionales especializados apuntan a una conclusión alentadora: es posible invertir de manera coherente con la fe católica y, al mismo tiempo, obtener rendimientos comparables a los del mercado en general.

Los análisis comparativos entre los índices católicos y los índices de mercado convencionales indican que, históricamente, la exclusión de empresas incompatibles con los principios de la Iglesia no ha impedido a los inversores obtener resultados competitivos a largo plazo.

La experiencia de carteras reales gestionadas según criterios católicos confirma asimismo que un buen rendimiento financiero puede coexistir con una adhesión rigurosa a la Doctrina Social de la Iglesia.

Para los líderes de la Iglesia, esto significa mirar hacia el futuro con confianza. La fidelidad al Evangelio no exige abandonar la buena administración de los recursos. Al contrario, una gestión financiera coherente con la fe puede convertirse en una expresión tangible del testimonio cristiano, capaz de sostener la misión de la Iglesia hoy y para las generaciones venideras.

El autor
Michele Mifsud

Ecónomo general adjunto de la Congregación de la Misión de los Padres Paúles, asesor financiero y de inversiones registrado.

Fuente: omnesmag.com