08 marzo 2018

San Juan de Dios


ISABEL ORELLANA



«La locura de amor divino hizo de este santo fundador de la Orden Hospitalaria un manantial de inagotable ternura para los pobres y los enfermos. León XIII lo declaró patrono de los hospitales y de los enfermos» 
Juan Ciudad Duarte nació en 1495 en Montemor-o-Novo, Évora, Portugal. Pero Granada fue la cruz de este imponente hombre de Dios, tal como le advirtió el Niño Jesús que ocurriría, mostrándole una granada entreabierta con una cruz en el centro. Allí es amado y venerado desde hace siglos por su admirable caridad y misericordia con los pobres y los enfermos. Es conocido como «el santo». Como le sucedió a otros fundadores, no se le hubiera ocurrido imaginar que sería el artífice de una Orden religiosa. El arduo camino hacia ese momento estuvo sembrado de episodios diversos, a veces casi rocambolescos, ya que fue precoz aventurero. Se fue de casa a los 8 años y se hizo pastor en Oropesa, Toledo. Luchó en la compañía del conde de esta villa al servicio del emperador Carlos V, defendiendo la plaza de Fuenterrabía atacada por el rey Francisco I de Francia. Y ganada la batalla, al no poder custodiar un depósito militar no fue ahorcado de milagro.
Vuelto a Oropesa se libró de un matrimonio deseado por su amo para su hija, pero no por él. Partió a proteger la ciudad de Viena amenazada por los turcos, y luego comenzó un periplo como viajero incansable. Pasó por Flandes y regresó a España por mar. Penetró por La Coruña, visitó Santiago de Compostela y después se dirigió a la casa paterna. Al llegar supo que sus padres habían muerto. Viajó a Sevilla, viviendo un tiempo en Ceuta y Gibraltar. En estos lugares trabajó como leñador, peón de albañil y librero. En 1538 yendo a Gaucín, Málaga, se le apareció el Niño Jesús. Entonces le vaticinó: «Granada será tu cruz». De inmediato se afincó en la ciudad de la Alhambra y mantuvo el oficio de librero. Distribuía textos y estampas religiosas en la tienda que regentaba al lado de la conocida Puerta Elvira. En medio de tantos vaivenes, se sentía movido por la piedad y la caridad con intensidad creciente.
El 20 de enero de 1539 vivió su conversión. San Juan de Ávila pronunciaba un sermón en la ermita de los mártires. Hizo tal retrato de la virtud frente a la fealdad del pecado que dejó a Juan Ciudad conmocionado. Con gran aflicción y ansias de penitencia suplicaba postrado en el suelo: «Misericordia, Señor, misericordia». Dio sus libros a las llamas, se desprendió de sus escasos bienes, y se lanzó a las calles, descalzo, para confesar públicamente sus pecados sin prestar atención a las voces de la gente que le insultaba clamando: «¡Al loco, al loco…!».
El Maestro Ávila le ayudó a contener esa divina locura conduciéndole a una efectiva labor de caridad. Pero antes, pasó por un infierno. Dos personas de buena fe, creyendo hacerle un bien, le condujeron al manicomio, sito en un espacio del Hospital Real de Granada. Este hecho, que por fuerza debía haber sido traumático, a él le abrió las puertas de la misión para la que fue elegido. Por experiencia supo del casi inhumano tratamiento que se aplicaba en la época a esta clase de enfermos, y salió de allí dispuesto a remediar tanto sufrimiento. «Jesucristo me traiga a tiempo y me dé gracia para que yo tenga un hospital, donde pueda recoger a los pobres desamparados y faltos de juicio, y servirles como yo deseo».
Peregrinó a Guadalupe para pedir la ayuda de la Virgen, de acuerdo con Juan de Ávila, con el que previamente se entrevistó en Montilla y luego en Baeza. En Guadalupe se le apareció la Virgen y puso en sus brazos al Niño Jesús. Entregándole unos pañales, le encomendó: «Juan, vísteme al Niño para que aprendas a vestir a los pobres». Conmovido por la visión, se formó en lo preciso para afrontar su obra y comenzó su acción en Granada, por indicación del padre Ávila que le alentó en su quehacer. A finales de 1539 un pequeño hospital abierto en la calle de Lucena pronto se llenó con pobres desamparados cuyo único patrimonio era el sufrimiento que llevaban tatuado en sus frentes: huérfanos, vagabundos, prostitutas, ancianos, viudas, locos, enfermos diversos, etc. Los curaba, consolaba, aseaba y proporcionaba comida. Sin arredrarse, pedía para ellos por las calles con una espuerta y dos marmitas pendidas de su cuello: «Hermanos, haced bien para vosotros mismos».
Las noches eran testigos de su mendicidad: «¿quién se hace bien a sí mismo dando a los pobres de Cristo?», decía. Le abrieron las puertas y le proporcionaron la ayuda requerida, porque las gentes se conmovían ante la potente presencia de aquel hombre menudo del que brotaba la aureola del amor divino. A orillas del río Darro, en el cautivador entorno de la Alhambra, iba cargado con sus fatigas y también con sus añoranzas por lo divino. El arzobispo Ramírez de Fuenleal le impuso el hábito y le dio el nombre de Juan de Dios. Espiritualmente sufrió las asechanzas del maligno.
En 1549 se declaró un pavoroso incendio en el hospital, y no dudó en salvar a sus enfermos penetrando en el recinto, aunque le aconsejaron que no expusiera su vida. Sus hombros fueron la tabla de salvación de todos ellos. Milagrosamente, porque lo vieron moverse envuelto en llamas, no sufrió daño alguno. Numerosas mujeres descarriadas a quienes leía la Pasión de Cristo se convirtieron y cambiaron de vida. Uno de sus éxitos apostólicos fue haber logrado reconciliar a Antón Martín con Pedro de Velasco, asesino de su hermano. Y es que la caridad de Juan era desbordante. A primeros de febrero de 1550 supo que el río Genil arrastraba madera en gran cantidad y la precisaba para sus enfermos. Estando en la rivera, vio a una persona que se ahogaba. Se hallaba muy débil, pero se lanzó al río y la rescató. No obstante, tamaño esfuerzo le costó la vida debido a un agotamiento del que no pudo reponerse.
Este excelso samaritano, penitente y caritativo, murió con fama de santidad el 8 de marzo de 1550 en la casa de los Pisa donde, a petición del arzobispo, le habían acogido esperando que se recuperase. Se había hincado de rodillas abrazado a su crucifijo. Urbano VIII lo beatificó el 21 de septiembre de 1630. Inocencio XII lo canonizó el 15 de agosto de 1691. Y León XIII lo declaró patrono de los hospitales y de los enfermos.

07 marzo 2018

“Los indígenas requieren más espacio y más protagonismo en el culto divino”

Mons. Felipe Arizmendi Esquivel
Obispo Emérito de San Cristóbal de Las Casas

FRANCISCO CON LOS PUEBLOS ORIGINARIOS DE PERÚ
VER
La semana pasada, estuve con 35 nahuablantes en una comunidad de las montañas de Oaxaca, Teopoxco, de la Prelatura de Huautla, acompañando su arduo trabajo de traducir al náhuatl tanto la Misa como los sacramentos. Yo no hablo este idioma, pero la Conferencia Episcopal nos confió a las Dimensiones de Animación Bíblica de la Pastoral, Liturgia, Doctrina de la Fe, Cultura e Indígenas, que participáramos en este proceso de traducción, para cuidar tanto la fidelidad bíblica, como la litúrgica, teológica y cultural.
Es muy alentador compartir la alegría y la esperanza que provoca en estos pueblos originarios comprobar que son importantes, que valen, que no están a punto de extinción, que la Iglesia los toma en cuenta, y que en su idioma se puede no sólo leer la Biblia, sino celebrar los sacramentos y expresar su fe. Ojalá otras diócesis con población indígena se animaran a formar equipos traductores para sus pueblos. Es un derecho que les asiste, y que no siempre hemos respetado.
Valoro mucho la nueva actitud del Papa Francisco, porque en su país de origen no se resalta mucho lo referente a la pastoral aborigen, como allá le llaman. Pasando los años como Sumo Pontífice, su actitud hacia los pueblos originarios se ha incrementado notablemente. Ya son varias sus intervenciones en que los reconoce, los valora, los alienta y les pide que ayuden, sobre todo a los obispos, a darle a la Iglesia un rostro más indígena. Muchos no le hacen caso, ni lo toman en cuenta, pero él hace lo que le corresponde.
PENSAR
En su reciente viaje a Perú, quiso empezar visitando la zona amazónica, donde viven miles de pueblos originarios. Resalto algo de lo que les dijo, para que no lo olvidemos.
“He querido venir a visitarlos y escucharlos, para estar juntos en el corazón de la Iglesia, unirnos a sus desafíos y con ustedes reafirmar una opción sincera por la defensa de la vida, defensa de la tierra y defensa de las culturas.
Considero imprescindible realizar esfuerzos para generar espacios institucionales de respeto, reconocimiento y diálogo con los pueblos nativos; asumiendo y rescatando la cultura, lengua, tradiciones, derechos y espiritualidad que les son propias. Un diálogo intercultural en el cual ustedes sean los principales interlocutores, sobre todo a la hora de avanzar en grandes proyectos que afecten a sus espacios. El reconocimiento y el diálogo será el mejor camino para transformar las históricas relaciones marcadas por la exclusión y la discriminación.
Permítanme decirles que si, para algunos, ustedes son considerados un obstáculo o un «estorbo», en verdad, ustedes con su vida son un grito a la conciencia de un estilo de vida que no logra dimensionar los costes del mismo. Ustedes son memoria viva de la misión que Dios nos ha encomendado a todos: cuidar la Casa Común.
El reconocimiento de estos pueblos —que nunca pueden ser considerados una minoría, sino auténticos interlocutores— así como de todos los pueblos originarios, nos recuerda que no somos los poseedores absolutos de la creación. Urge asumir el aporte esencial que le brindan a la sociedad toda, no hacer de sus culturas una idealización de un estado natural ni tampoco una especie de museo de un estilo de vida de antaño. Su cosmovisión, su sabiduría, tienen mucho que enseñarnos a quienes no pertenecemos a su cultura. Todos los esfuerzos que hagamos por mejorar la vida de los pueblos amazónicos serán siempre pocos.
Cada cultura y cada cosmovisión que recibe el Evangelio enriquecen a la Iglesia con la visión de una nueva faceta del rostro de Cristo. La Iglesia no es ajena a vuestra problemática y a vuestras vidas, no quiere ser extraña a vuestra forma de vida y organización. Necesitamos que los pueblos originarios moldeen culturalmente las Iglesias locales amazónicas. Ayuden a sus obispos, ayuden a sus misioneros y misioneras, para que se hagan uno con ustedes, y de esa manera dialogando entre todos, puedan plasmar una Iglesia con rostro amazónico y una Iglesia con rostro indígena” (19-I-2018). 
ACTUAR
Nuestra Iglesia no será verdaderamente católica sino hasta que acepte en su seno, con todos sus derechos, a los diferentes pueblos que la integran. Los indígenas requieren más espacio y más protagonismo en el culto divino, en las catequesis, en las programaciones pastorales. Que el Espíritu Santo nos abra la mente y el corazón a esta pluralidad de pueblos y culturas. Así es la Iglesia que Jesús quiere, no sólo romana, griega, italiana, española, sino también náhuatl, maya, tseltal, tsotsil, ñañú,quechua, aymara, amazónica, etc.

“24 horas para el Señor”

El Papa en la Audiencia General

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!
Continuamos la catequesis sobre la santa misa y con esta catequesis nos centramos en la Plegaria Eucarística. Cuando finaliza el rito de la presentación del pan y del vino comienza la Plegaria Eucarística que califica la celebración de la Misa y constituye su momento central, ordenado a la santa Comunión. Corresponde a lo que hizo el mismo Jesús en la mesa con los apóstoles en la Última Cena, cuando “dio gracias” sobre el pan y luego sobre la copa de vino (cf. Mt 26,27; Mc14:23; Lc 22,17.19; 1 Cor11,24): su acción de gracias revive en cada Eucaristía nuestra, asociándonos con su sacrificio de salvación.
Y en esta solemne plegaria – la plegaria eucarística es solemne – la Iglesia expresa lo que cumple cuándo celebra la Eucaristía y el motivo por el que la celebra, es decir hacer comunión con Cristo realmente presente en el pan y en el vino consagrados. Después de invitar al pueblo a elevar sus corazones al Señor y a darle  gracias, el sacerdote pronuncia la Plegaria en voz alta, en nombre de todos los presentes, dirigiéndose al Padre a través de Jesucristo en el Espíritu Santo. “El sentido de esta oración es que toda la asamblea de los fieles se una con Cristo en la confesión de las maravillas de Dios y en la ofrenda del sacrificio”. (Instrucción General del Misal Romano, 78). Y para unirse debe comprenderlo. Por esta razón, la Iglesia ha querido celebrar la misa en la lengua que la gente entiende, para que todos puedan unirse a esta alabanza y a esta gran plegaria  con el sacerdote. En verdad, “el sacrificio de Cristo y el sacrificio de la Eucaristía son un único sacrificio” (Catecismo de la Iglesia Católica, 1367).
En el Misal hay varias fórmulas de Plegaria eucarística, todas constituidas por elementos característicos, que quisiera ahora recordar (ver IGMR, 79; CCC, 1352-1354). Todas son hermosas. Ante todo está el Prefacio, que es una acción de gracias por los dones de Dios, especialmente por haber enviado  a su Hijo como Salvador. El Prefacio termina con la aclamación del “Santo”, normalmente cantado. Es hermoso cantar el “Santo”: “Santo, Santo, Santo es el Señor”. Es bonito cantarlo. Toda la asamblea une su propia voz con la de los ángeles y los santos para alabar y glorificar a Dios.
Luego está la invocación del Espíritu, para que con su potencia consagre el pan y el vino. Invocamos al Espíritu para que venga y en el pan y en el vino esté Jesús. La acción del Espíritu Santo y la eficacia de las mismas palabras de Cristo pronunciadas por el sacerdote, hacen realmente presente, bajo las especies del pan y del vino, su Cuerpo y su Sangre, su sacrificio ofrecido en la cruz una vez por todas (Cf. CCC, 1375). Jesús fue muy claro en esto. Hemos escuchado cómo San Pablo al principio dice las palabras de Jesús: “Este es mi cuerpo, esta es mi sangre”. “Esta es mi sangre, este es mi cuerpo”. Es el mismo Jesús quien dijo esto. No debemos pensar cosas raras: “Pero, ¿cómo algo que es …?”. Es el cuerpo de Jesús: ¡Ya está!. La fe: la fe viene en nuestra ayuda; con un acto de fe creemos que es el cuerpo y la sangre de Jesús. Es el “misterio de la fe”, como decimos después de la consagración. El sacerdote dice: “Misterio de la fe” y respondemos con una aclamación. Celebrando el memorial de la muerte y resurrección del Señor, a la espera de su retorno glorioso, la Iglesia ofrece al Padre el sacrificio que reconcilia el cielo y la tierra: ofrece el sacrificio pascual de Cristo, ofreciéndose con Él y pidiendo, a través del Espíritu Santo, que nos convirtamos “en Cristo en un solo cuerpo y un sólo espíritu” (Pleg. Euc.  III, véase Sacrosanctum Concilium, 48, OGMR,79f). La Iglesia quiere unirnos a Cristo y convertirnos con el Señor  en un solo cuerpo y un solo espíritu. Esta es la gracia y el fruto de la Comunión sacramental: nos nutrimos con el Cuerpo de Cristo para convertirnos, nosotros que lo comemos, en su Cuerpo viviente hoy en el mundo.
Misterio de comunión es éste;  la Iglesia se une a la ofrenda de Cristo, y a su intercesión, y así se entiende que, “en las catacumbas, la Iglesia es con frecuencia representada como una mujer en oración, los brazos extendidos en actitud de orante. Como Cristo que extendió los brazos sobre la cruz, por él, con él y en él, la Iglesia se ofrece e intercede por todos los hombres. “(CCC, 1368). La Iglesia que reza, que ora. Es bueno pensar que la Iglesia reza, ora. Hay un pasaje en el Libro de los Hechos de los Apóstoles que dice que cuando Pedro estaba en prisión, la comunidad cristiana: “Oraba incesantemente por él”. La Iglesia que reza, la Iglesia orante. Y cuando vamos a Misa es para hacer esto: ser una Iglesia orante.
La Plegaria eucarística pide a Dios que reúna a todos sus hijos en la perfección del amor en unión con el Papa y el obispo, mencionados por su nombre, una señal de que celebramos en comunión con la Iglesia universal y con la Iglesia particular. La súplica, como la ofrenda, se presenta a Dios por todos los miembros de la Iglesia, vivos y muertos, en la bendita esperanza de compartir la herencia eterna del cielo, con la Virgen María (cf CCC, 1369-1371). Ninguno y nada son olvidados en la Plegaria eucarística, sino que todo se reconduce a Dios, como lo recuerda la doxología que la concluye. Ninguno es olvidado. Y si tengo alguna persona, parientes, amigos, que están necesitados o que han pasado de este mundo al otro, puedo nombrarlos en ese momento, interna y silenciosamente, o escribir para que se pronuncie su nombre. “Padre, ¿cuánto tengo que pagar para que digan ese nombre allí?” – “Nada”. ¿Lo habéis entendido? ¡Nada! La misa no se paga. La misa es el sacrificio de Cristo, que es gratuito. La redención es gratuita. Si quieres hacer una oferta, hazla, pero no se paga. Es importante entender esto.
Esta fórmula codificada de oración, tal vez nos suene algo lejana, -es verdad, es una fórmula antigua-, pero, si entendemos bien su significado, entonces seguramente participaremos mejor. De hecho, expresa todo lo que cumplimos en la celebración eucarística; y también nos enseña a cultivar tres actitudes que no tendrían que faltar nunca en los discípulos de Jesús. Las tres actitudes: la primera, aprender a “dar gracias siempre y en todo lugar “, y no sólo en algunas ocasiones, cuando todo va bien; la segunda, hacer de nuestra vida un don de amor, libre y gratuito; la tercera, construir la  comunión concreta, en la Iglesia y con todos. Por lo tanto, esta Plegaria  central de la Misa nos educa, poco a poco, para hacer de toda nuestra vida una “Eucaristía”, es decir, una acción de gracias.

06 marzo 2018

La familia no es lo primero

El heroísmo no será exigible legalmente, pero necesitamos personas que con su comportamiento heroico sean referentes ejemplares en nuestra sociedad, que pongan los deberes por delante de sus sentimientos
Me ha encantado la serie de televisión Sucesor designado [Designated Survivor] de la que en los últimos meses he podido ver las dos temporadas disponibles. Sin embargo, ha llamado poderosamente mi atención el énfasis que esa serie pone en la familia, que me pareció del todo desproporcionado.
Me explico: a lo largo de los diversos capítulos de esa narración, la familia aparece en todo momento como lo más valioso absolutamente, como el valor más importante por encima de todos los demás compromisos. Por ejemplo, Jason Atwood, el director del FBI, que debe investigar el atentado terrorista en el Capitolio, engaña al presidente de los Estados Unidos y traiciona a la agencia para salvar la vida de su único hijo que ha sido secuestrado por los “malos”.
Ese modo de proceder no cabe en mi cabeza: fui educado con el ejemplo de Guzmán el Bueno y el del Coronel Moscardó. El primero pasó al imaginario popular cuando en la defensa de Tarifa en 1294 lanzó su propio cuchillo desde la almena del castillo para que mataran a su hijo antes que sucumbir al chantaje de los sitiadores que lo tenían apresado. El segundo, mucho más cercano a nosotros en el tiempo, no entregó el Alcázar de Toledo donde se habían hecho fuertes los sublevados en verano de 1936, a pesar de que los asediantes le ofrecieron, si se rendía, no matar a su hijo Luis al que tenían preso.
Quizás en el año 2018 estas conductas heroicas pueden parecer a algunos exageradas, pero en esa serie de televisión la familia aparece como el punto débil de todos los personajes. Solo el presidente Tom Kirkman, magníficamente interpretado por Kiefer Sutherland, antepone el bien del país al de su mujer y sus hijos: eso le plantea numerosos aprietos que van desgranándose a lo largo de la serie.
La familia es muy importante, pero no puede ser lo primero. Como escribía el filósofo venezolano Rafael Tomás Caldera: «El verdadero amor es siempre ordenado». Vienen ahora a mi memoria con admiración los padres de un joven −que había matado a otro en un lamentable suceso− que llamaron a la policía de inmediato cuando su hijo les confesó lo que había hecho. No cabe otro comportamiento. La justicia está por delante de la familia. Los lazos familiares no pueden ser el escudo o la protección para ocultar el abuso o cualquier otra conducta delictiva. No puede echarse tierra sobre un delito por mucho cariño que se tenga al delincuente, ni mucho menos por preservar el “buen nombre” o el “honor” de la familia.
Hay algo que está mal en el sentimentalismo contemporáneo. El heroísmo no será exigible legalmente, pero necesitamos personas que con su comportamiento heroico sean referentes ejemplares en nuestra sociedad, que pongan los deberes por delante de sus sentimientos, aunque en ocasiones resulte realmente muy doloroso ejercer esos deberes. Como se ha dicho con frecuencia, es más fácil ser asesinado por alguien del propio entorno familiar que por un extraño. Por eso, los buenos sentimientos nunca pueden justificar comportamientos injustificables. En tantos casos la corrupción comienza en la propia casa, en la propia familia, cuando se mira para otro lado, cuando se toleran por una malentendida compasión conductas intolerables desde cualquier punto de vista.
Quizá resulte duro expresarlo de esta manera, pero me parece que es así. La familia no es lo primero.

Fidelidad creativa




  En la vida cristiana la fidelidad no es posible sin avanzar dando frutos, haciendo rendir los talentos que hemos recibido, sacando del Evangelio, siempre viejo y siempre nuevo, la novedad y frescura que requiere cada nueva situación, a base de oración, amor y trabajo
Vivimos tiempos de cambios. Vivir es cambiar, aunque solo sea para avanzar. Es conocida la expresión de san Agustín: “Si dices basta, ya estás perdido. No te detengas, avanzasiempre; no vuelvas hacia atrás, no te desvíes. En este camino, el que no adelanta, retrocede” (Sermón 169, 18). Y Unamuno selló la frase de que “el progreso consiste en renovarse”. Esto sucede tanto en el plano material como en el biológico, en el ámbito familiar y en el empresarial, en la vida cristiana y en la eclesial.
En el videomensaje a la semana social de Verona en noviembre de 2017, ha explicado el papa Francisco que la fidelidad significa cambio. En efecto, para ser fieles se requiere avanzar sobre lo vivido sin dejar de vivirlo, recomenzar continuamente, renovarse, actualizarse sin olvidar la propia identidad y los propios fines. Quien no avanza se detiene y deja de ser fiel a su camino y a su misión. Y esto −observaba Francisco− tiene dos caras. Una positiva: la confianza en Dios que impulsa y acompaña. Y otra cara negativa: la resistencia a caminar y renovarse, la rutina, el encerramiento defensivo en las falsas seguridades.

Fidelidad a Dios y al hombre

La Historia de la salvación presenta el caso de Abraham, que ante la llamada de Dios (es la primera vez en la Biblia que aparece tal llamada) tuvo que cambiar, partir hacia horizontes insospechados, poner en marcha un proceso inédito, precisamente para ser fiel.
En la vida cristiana la fidelidad no es posible sin avanzar dando frutos, haciendo rendir los talentos que hemos recibido, sacando del Evangelio, siempre viejo y siempre nuevo, la novedad y frescura que requiere cada nueva situación, a base de oración, amor y trabajo.
La fidelidad a Dios es inseparable de la fidelidad al hombre. Pide salir de uno mismo para encontrarse con las necesidades de los demás, rechazar lo fácil y cómodo. Basta con pensar en la amistad entre dos personas, que requiere apertura, confianza y comprensión.
El continuado vivir en plenitud es proceso de “desvivirse” que desgasta. Pero vale la pena porque la vida cristiana es un corazón, no un frío bloque de mármol. Está esculpida a golpes de la generosidad de Dios y de la colaboración de nuestro granito de trigo, bañado en un poco de sangre, que le da fuerza y energía.

La fidelidad personal es dinámica

Hasta en la escala más ínfima del ser creado, la calidad del ser depende de la capacidad de cambio. Sobre todo en los seres vivos se comprueba que el ser no se reduce a comenzar a ser sino que implica el obrar, poniendo en acto las potencialidades que hay en toda naturaleza. De hecho llamamos “naturaleza” a la esencia que “nace” cuando comenzamos a ser como principio que hace posible el obrar y sigue siempre presente, de modo dinámico, en la acción.
Desde luego, en los seres humanos vivir significa renovarse. Caminar requiere el mínimo riesgo de levantar el pie para avanzar. Pensar es avanzar de un pensamiento a otro en un proceso de reflexión. Y en los actos más propiamente humanos, todo ello se realiza poniendo en juego la libertad. Como dijo Guardini, la libertad humana no se entiende simplemente como “libertad de”, sino que requiere la consideración de la “libertad para”. Es decir, se nos ha dado la libertad para cambiar, para avanzar en pos de la belleza, para alcanzar nuevas cotas de verdad y de bien.
Por eso hay una verdad propia de la acción humana, verdad que no es estática, sino que surge cada vez que se actúa bien, haciendo justicia a la realidad y en apertura al amor, lo que comporta un aspecto de belleza. La fidelidad de las personas es dinámica o no es fidelidad, tanto a nivel individual como en los grupos humanos y en la historia.

La fidelidad cristiana y en la Iglesia

A nivel eclesial se plantea el principio de que la Iglesia debe caminar en disposición de renovación, porque ni es un mineral ni un mecanismo de relojería, sino un cuerpo vivo. Por eso la reforma o renovación de la Iglesia (siempre necesaria), como sucede también con la vida cristiana, no puede realizarse a expensas de la identidad, sino sobre la base de una identidad que ha de hacerse siempre vida nueva, crecimiento y conversión que nunca terminan.
Como explicó en un discurso memorable Benedicto XVI en diciembre de 2005, la Iglesia avanza mediante una reforma o renovación en la continuidad. Ni puro cambio sin memoria, ni inmovilismo sin proyección. El árbol solo crece echando ramas y dando frutos a condición de que se apoye sobre sus raíces, de donde le viene el alimento que le da vida y crecimiento. No hay en la Iglesia, como tampoco en la vida de las personas o de las sociedades, auténtico progreso sin tradición viva y viceversa.
Francisco ha señalado algunos criterios-guía para la reforma de la Curia romana, que análogamente sirven para la renovación general de la Iglesia y de sus instituciones: conversión personal y pastoral; cristocentrismo; misionariedad; funcionalidad; modernidad; sobriedad; subsidiariedad; sinodalidad; profesionalidad (cf. Discurso a la Curia romana, 22-XII-2016).
La dinámica necesaria en la fidelidad es la propia de los miembros de toda familia y de toda empresa humana. Requiere tener en cuenta, como san Josemaría decía, que Dios “ha querido correr el riesgo de nuestra libertad” (Es Cristo que pasa, 113).
El cristiano, que participa de la vida misma de Cristo, aspira a participar, espiritualmente y poco a poco, de la libertad misma de Cristo. Es decir, de la sencillez y profundidad de quien se sabe Hijo de Dios, acompañado siempre de la acción del Espíritu Santo. El Espíritu divino, en su papel de principio de vida y unidad de la Iglesia, es promotor al mismo tiempo de la comunión en la diversidad, de la fidelidad y de la vida, del amor y de la verdad.

‘Conservar con fidelidad la fe no te hace ultraconservador’

“Toda misión de gobierno, de liderazgo, debe ser misión de servicio”. Un año después de convertirse en prelado del Opus Dei, el español Fernando Ocáriz analiza el tiempo pasado al frente de esta realidad eclesial, en el que sus esfuerzos han ido dedicados, sobre todo, a las prioridades marcadas en el congreso celebrado tras la muerte del anterior prelado, Javier Echevarría: la evangelización en el campo de la familia y de la juventud.
Nacido en París hace 74 años en una familia española exiliada en Francia por la Guerra Civil, este licenciado en Ciencias Físicas y en Teología y doctor en esta última materia trata, además, de cumplir con lo que le pidió el papa Francisco en la audiencia que le concedió en marzo del año pasado: “Llevar la la alegría del Evangelio a ese gran campo que es la clase media, donde están la mayoría de las personas en bastantes países y también en el Opus Dei”.
Ocáriz dice que el “impulso evangelizador” del Pontífice argentino ya se nota en las parroquias, donde han aumentado el número de confesiones, y asegura sentir “pena” por la polémica surgida en algunos círculos eclesiales a cuenta de la exhortación apostólica sobre la familia, Amoris laetitia. “De la boca de un hijo de la Iglesia no debería salir una crítica destructiva hacia nadie, y menos hacia el Papa”, advierte.
Echa mano del pasado cuando se le pregunta sobre la etiqueta de grupo cerrado, sectario y de ideología ultraconservadora que en ocasiones se le pone al Opus Dei. “En los años 60 teníamos el problema contrario: no pocos decían que el Opus Dei era una innovación peligrosa. Conservar con fidelidad la fe recibida en la Iglesia no hace a nadie ultraconservador. Progresar en la misión de extender la luz de Cristo, atentos a las características de cada momento, no les hace acreedores a la etiqueta de progresistas”, Reconoce, además, el prelado que los miembros de “la Obra” “no somos perfectos” e invita a conocer de primera mano esta realidad eclesial “sin dejarse llevar por los clichés”.
En enero de 2017, fue elegido prelado del Opus Dei, responsabilidad para la que fue confirmado por el papa Francisco. ¿Cuáles considera que son las decisiones más importantes que ha tomado al frente de esta institución en el año que lleva como prelado? ¿Y las mayores dificultades afrontadas?
Gran parte del trabajo ha sido abordar las prioridades que el Congreso general del Opus Dei fijó para los próximos años: principalmente, la evangelización en el campo de la familia y de la juventud. En esas áreas hay muchos retos que compartimos todos en la Iglesia. Nuestra sociedad necesita novios y matrimonios que manifiesten la belleza de un amor auténtico, testimonios de una vida feliz y plena en el compromiso matrimonial. También debemos preocuparnos por nuestros jóvenes, salir al encuentro de sus anhelos e inquietudes. Al mismo tiempo, tampoco podemos olvidar a los más necesitados: enfermos, inmigrantes, desocupados, pobres, etc. Tienen un lugar privilegiado en el corazón de Jesús, y deben tenerlo también en el nuestro. Gracias a Dios, en los meses que llevo de prelado, no he encontrado dificultades especiales. Confío mucho en la fuerza de la oración de tantas personas.
¿Cuál es su estilo de liderazgo? ¿Tiene algún modelo que pretende seguir?
Me gustaría seguir los pasos de san Josemaría, que se desvivió por todos. Gracias a Dios, el gobierno en el Opus Dei es colegial, y eso significa que hay otras personas que me ayudan en esta tarea. Toda misión de gobierno, de liderazgo, debe ser misión de servicio. En mi caso, de servicio a la Iglesia, al Papa y a todos los sacerdotes y laicos que tengo encomendados en la prelatura del Opus Dei.
¿Cómo es su relación con el Papa? ¿Hablan habitualmente?
Es una relación de afecto. Agradezco al Santo Padre las muestras de cariño que ha tenido hacia la prelatura del Opus Dei, y también hacia mi persona, con ocasión de la muerte del anterior prelado, Monseñor Javier Echevarría, y de mi nombramiento para sucederle. Y lo mismo en los meses posteriores. Una actitud paterna que he podido ver cuando he hablado con él personalmente o cuando nos hemos comunicado por escrito.

Testigos coherentes

En la audiencia que le concedió, el Papa pidió que el Opus Dei diera prioridad a las periferias y estuviera presente entre la clase media, el mundo profesional y los intelectuales alejados de Dios. ¿Qué se ha hecho hasta ahora para seguir su recomendación?
En aquella audiencia, el Papa nos animó a llevar el amor de Dios a las periferias existenciales de las clases medias, a hacer presente a Dios en el inmenso panorama del trabajo profesional. Se trata de que cada uno, con su modo de comportarse, procure hacer presente a Jesucristo a los demás. Ojalá cada persona de la Obra sepa ser un testigo coherente del Evangelio en la familia, en el trabajo y en los demás ámbitos de la sociedad.
¿Puede poner algún ejemplo de presencia del Opus Dei en las periferias?
Me vienen a la cabeza algunas iniciativas impulsadas por fieles de la prelatura que pude visitar el pasado verano. Por ejemplo, en el barrio del Raval, en Barcelona, estuve en las sedes de las asociaciones Braval y Terra. Sus más de 300 voluntarios llevan a cabo programas de educación, deporte o formación para los inmigrantes de la ciudad. En Madrid visité el Centro de cuidados paliativos Laguna, donde se acompaña a personas en los delicados momentos de sus últimos tramos de vida. En Colonia, Alemania, me reuní con voluntarios y sacerdotes de la parroquia de San Pantaleón, confiada a la prelatura. Allí atienden a una treintena de familias sirias en un edificio que se construyó en colaboración con la diócesis y con el ayuntamiento. Las familias pueden residir seis meses en esa estructura. Reciben mucha ayuda para integrarse en el país y para que puedan conseguir ser autónomos. Gracias a Dios, han nacido instituciones asistenciales en muchos lugares del mundo. Por ejemplo, en Kinshasa, capital del tercer país más pobre del mundo: la República Democrática del Congo, el Hospital Monkole brinda atención médica a muchas personas. Pero, como le decía, la verdadera revolución sería que todos –a pesar de nuestros límites y defectos− nos decidiésemos a actuar como el buen samaritano en nuestras casa y en el trabajo, escuchando a los demás, ofreciéndoles ayuda espiritual y material. He conocido empresarios valientes, como uno de Filipinas, que con las ganancias de sus tres hoteles decidió sacar adelante un orfanato con 50 niños abandonados. Acaba de ampliarlo y ahora atiende a alrededor de un centenar. También hay investigadores en el sector de la economía que sueñan con construir un mundo más justo, lejano de una econonomía de exclusión; o médicos de prestigio que se desviven por sus pacientes. En el Opus Dei todos tenemos que seguir esforzándonos en este aspecto y aprender de tantos otros en la Iglesia.
¿Llevaba aquellas palabras del Papa una crítica implícita por haberse preocupado en el pasado demasiado por las élites?
No tuve esa impresión. Me parece que aquellas palabras son más bien una invitación a llevar la alegría del Evangelio a ese gran campo que es la clase media, donde están la mayoría de las personas en bastantes países y también en el Opus Dei.
¿Qué le diría a quienes consideran al Opus Dei un grupo cerrado, sectario y de ideología ultraconservadora?
En primer lugar, que las personas del Opus Dei −como es obvio− no somos perfectos, que tenemos defectos, que cometemos errores… Al mismo tiempo, les invitaría a que se animaran a conocer de primera mano la realidad, sin dejarse llevar por los clichés. ¡Qué buen ejercicio es, en la vida, dejarse interpelar por la verdad! Fíjese, en los años 60 teníamos el problema contrario: no pocos decían que el Opus Dei era una innovación peligrosa. Conservar con fidelidad la fe recibida en la Iglesia no hace a nadie ultraconservador. Progresar en la misión de extender la luz de Cristo, atentos a las características de cada momento, no les hace acreedores a la etiqueta de progresistas.
¿Cómo pueden vivir en la actualidad los jóvenes la idea del Opus Dei de santificación del trabajo cuando este es precario, está mal pagado y, en numerosas ocasiones es intermitente?
El paro prolongado o el trabajo precario producen una situación dolorosa y pueden causar graves daños personales a los jóvenes. A escala social, supone también un claro perjuicio porque equivale a un desperdicio de potencial humano, provoca el retraso del matrimonio y es fuente de inseguridad para las familias. Quien sufra estas situaciones puede considerar que su trabajo es buscar trabajo, y que puede santificarlo, como se puede santificar el trabajo de formarse más para tener posibilidades de acceder a un empleo mejor.
Evidentemente, esto no es una solución a los problemas concretos, pero tampoco es un consuelo fácil e ilusorio. Para el cristiano, la tribulación es momento de vivir la esperanza, que apunta ante todo a la meta del Cielo, pero también se refiere a la vida presente, en la que Dios nos asiste para que realicemos su llamada a servir a los demás, a procurar el bien común, singularmente con nuestro trabajo. La esperanza cristiana impulsa a esforzarse lo más posible por resolver los problemas. Ante la situación que usted describe, pienso que también los menos jóvenes podemos y debemos ayudar con nuestra oración, echando una mano a los que inician su camino profesional, transmitiendo experiencia, conocimiento, modos de adquirir las virtudes propias del trabajo. Y, también, reclamando y proponiendo soluciones proporcionadas a la dimensión del problema del paro juvenil y de la precariedad laboral que azota a tantos jóvenes.
¿Cuál considera que ha sido el mayor logro de Francisco hasta ahora en su pontificado?
Ya se pueden ver algunos efectos de su impulso evangelizador. Francisco lleva a la Iglesia a manifestarse, cada vez más, como la encarnación de la misericordia divina. Es un pastor que va guiando a la grey con su palabra y con su ejemplo: con la coherencia entre lo que dice y hace. Luego, alienta con mucha frecuencia a recurrir al sacramento de la reconciliación. Se nota ya en las parroquias. El Papa también llama a un empeño pastoral más alegre y entusiasta. Sostiene a las familias en sus luchas, confirmándolas en la asistencia del Señor, pese a todas las dificultades y las deficiencias.
¿Qué recuerdos guarda de su relación con el Papa emérito? ¿Habla con él o acude a visitarlo? ¿Cómo cree que será recordado por la Iglesia?
Mi relación con Benedicto XVI se remonta al año 1986, cuando comencé como consultor de la Congregación para la Doctrina de la Fe, de la que él entonces era prefecto. Ese trabajo me dio bastantes ocasiones para tener un trato personal. Recuerdo que te escuchaba con un interés sincero y sin prisas, a pesar de sus muchas ocupaciones. Le interesaba mucho la opinión de los demás y tenía esa disposición al diálogo en búsqueda de la verdad. Después de su renuncia he tenido ocasión de visitarle algunas veces. Como Papa, será recordado por su rico magisterio, que está es sus tres encíclicas y en sus exhortaciones apostólicas, pero también en su amplísima predicación. Sus homilías y alocuciones son luminosas y muchas de ellas forman expléndidos cuerpos doctrinales: sobre la Iglesia, los apóstoles, los Padres de la Iglesia, la oración… Además, como teólogo, el Papa emérito ocupa, sin duda, un lugar muy destacado en la teología contemporánea, con aportaciones importantes en distintos campos, desde cuestiones centrales de teología fundamental hasta aspectos de moral social o política.

“Vivo con pena las críticas al papa Francisco”

Fernando Ocáriz asegura que vive “con pena” las críticas que un sector de la Iglesia le hace a Francisco. “De la boca de un hijo de la Iglesia no debería salir una crítica destructiva hacia nadie, y menos hacia el Papa. Francisco dijo alguna vez que comprende que se haya suscitado ese revuelo, sobre todo con ocasión de ‘Amoris Laetitia’. Con esta exhortación apostólica, el Papa –entre otras muchas cosas− nos urge a acercarnos a quienes se encuentran en situaciones difíciles, y a hacerlo con mayor disponibilidad. Pero el mismo Francisco expresamente que la doctrina no cambia. Se trata, en mi opinión, de conseguir que los sacerdotes dediquemos más tiempo a las personas que atraviesan dificultades, acompañándolas en un proceso –a veces largo− que les lleve a comprender su situación personal y a superarla con la gracia de Dios”.
Entrevista de Darío Menor, en vidanuevadigital.com.

05 marzo 2018

La conversión del pensamiento.


El Papa ayer en Santa Marta


En este tiempo de Cuaresma, tiempo de conversión, la Iglesia nos dice que nuestras obras deben convertirse, y nos habla del ayuno, de la limosna, de la penitencia: es una conversión de las obras. Hacer obras nuevas, obras con estilo cristiano, ese estilo que viene de las Bienaventuranzas, en Mateo 25: hacer eso. Pero también la Iglesia nos habla de la conversión de los sentimientos: también los sentimientos deben convertirse. Pensemos, por ejemplo, en la parábola del Buen Samaritano: convertirse a la compasión. Sentimientos cristianos. Conversión de las obras; conversión de los sentimientos; pero, hoy, nos habla de la conversión del pensamiento: no solo de lo que pensamos, sino incluso de cómo pensamos, del estilo de pensamiento. ¿Yo pienso con estilo cristiano o con estilo pagano? Ese es el mensaje que hoy la Iglesia nos da en las lecturas de la misa (cfr 2Re 5,1-15ª y Lc 4,24-30).
Naamán el sirio, enfermo de lepra, va a Eliseo para ser curado y oye el consejo de bañarse siete veces en el Jordán. Piensa, en cambio, que los ríos de Damasco son mejores que las aguas de Israel, hasta el punto de que se enfada, se indigna y quiere volverse sin hacerlo, porque ese hombre esperaba el espectáculo. Pero el estilo de Dios es otro: cura de otro modo.
Lo mismo le pasa a Jesús que vuelve a Nazaret y va a la Sinagoga. Inicialmente la gente lo miraba, estaba asombrada y contenta. Pero nunca falta un chismoso que comenzó a decir: Pero este, si es el hijo del carpintero, ¿qué nos va a enseñar? ¿En qué universidad ha estudiado este? ¡Sí! Es el hijo de José. Y empezaron a cruzarse las opiniones; y cambia la actitud de la gente, y quieren matarlo. De la admiración, del asombro, a las ganas de matarlo. También estos querían el espectáculo: Pues que haga milagros, esos que dicen que ha hecho en Galilea, y creeremos. Y Jesús explica: En verdad os digo: Ningún profeta es aceptado en su patria. Porque nos resistimos en que alguno de nosotros pueda corregirnos. Debe venir uno con espectáculo, a corregirnos. Y la religión no es un espectáculo. La fe no es un espectáculo: es la Palabra de Dios y el Espíritu Santo que actúa en los corazones.
La Iglesia nos invita, pues, a cambiar el modo de pensar, el estilo de pensar. Se puede rezar todo el Credo, incluso todos los dogmas de la Iglesia, pero si no se hace con espíritu cristiano, no sirve para nada. La conversión del pensamiento. No es habitual que pensemos de ese modo. No es habitual. Hasta el modo de pensar, el modo de creer, debe convertirse. Podemos preguntarnos: ¿Con qué espíritu pienso yo? ¿Con el espíritu del Señor o con el espíritu propio, el espíritu de la comunidad a la que pertenezco o del grupito o de la clase social a la que pertenezco, o del partido político al que pertenezco? ¿Con qué espíritu pienso? Y buscar si pienso de verdad con el espíritu de Dios. Y pedir la gracia de discernir cuando pienso con el espíritu del mundo, y cuando pienso con el espíritu de Dios. Y pedir la gracia de la conversión del pensamiento.

“Un grave peligro: La tentación de aprovechar de actividades buenas para cultivar intereses privados o ilícitos ”

El Papa ayer en el Ángelus

El Evangelio de hoy presenta, en la versión de Juan el episodio en el que Jesús echaba a los vendedores del templo de Jerusalén (Jn 2, 13-25) Él realizó este gesto ayudándose con un látigo de cuerdas, volcó las mesas y dijo: “no conviertan en un mercado la casa de mi Padre” (v. 16). Esta acción decisiva, llevada a cabo al acercarse la Pascua, suscitó gran impresión en la muchedumbre y despertó la hostilidad de las autoridades religiosas y de aquellos que se sintieron amenazados por sus intereses económicos. Pero ¿Cómo debemos interpretarlo? Ciertamente no era una reacción violenta, por lo que no provocó la intervención de los representantes del orden público, la policía. ¡No! Pero fue entendida como una acción típica de los profetas, quienes con frecuencia denunciaban en nombre de Dios, abusos y excesos. La cuestión que se planteó era la de la autoridad. De hecho, los judíos le preguntaron a Jesús ¿Qué signos nos muestras para obrar así? (v.18), es decir ¿Qué autoridad tienes para hacer esto? Como pidiéndole la demostración de que él obraba verdaderamente en nombre de Dios.
Para interpretar el gesto de Jesús para purificar la casa de Dios, sus discípulos se sirvieron de un texto bíblico tomado del Salmo 69: “El celo por tu casa me consumirá”, (v.17). El salmo dice esto: “El celo por tu casa me devorará”, este salmo es una invocación de ayuda en una situación de un peligro extremo a causa del odio de los enemigos: una situación que Jesús vivirá en su pasión. El celo por el Padre y por su casa lo llevará hasta la cruz, el suyo es el celo del amor que conduce al sacrificio de sí mismo, no ese falso (celo) que pretende servir a Dios mediante la violencia. En efecto, el “signo” que Jesús dará como prueba de su autoridad será precisamente su muerte y resurrección “Destruid este templo, dice, y en tres días lo levantaré” (v.19). Y el evangelista señala: “Él hablaba del templo de su cuerpo” (v.21). Con la Pascua de Jesús un culto nuevo comienza, el culto del amor, y un templo nuevo que es Él mismo.
La actitud de Jesús relatada en el pasaje evangélico de hoy, nos exhorta a vivir nuestra vida no en la búsqueda de nuestros beneficios e intereses, sino por la gloria de Dios que es el amor. Estamos llamados a tener siempre presentes estas palabras fuertes de Jesús.
“No hagáis de la casa de mi Padre un mercado” (v. 26), es muy feo cuando la Iglesia se pone en esta actitud de hacer de la casa de Dios un mercado. Estas palabras nos ayudan a rechazar el peligro de hacer de nuestra alma, que es morada de Dios, un lugar de mercado viviendo en la búsqueda continua de nuestro interés en lugar del amor generoso y solidario. Esta enseñanza de Jesús es siempre actual, no solo para las comunidades eclesiales, sino también para los individuos; para las comunidades civiles y para la sociedad. En efecto, es común la tentación de aprovecharse de las actividades buenas, a veces necesarias, para cultivar intereses privados, incluso ilícitos. Es un grave peligro, especialmente cuando se instrumentaliza a Dios y al culto debido a Él o al servicio al hombre y su imagen. Por eso Jesús usa a veces modos bruscos para sacudir de este peligro mortal.
Que la Virgen María nos sostenga en nuestro compromiso para hacer de la Cuaresma una buena ocasión de reconocer a Dios como el único Señor de nuestra vida, y quitando de nuestro corazón y de nuestras obras toda forma de idolatría.
Palabras del Papa Francisco después del Ángelus
Queridos hermanos y hermanas:
Os saludo a todos, venidos de Roma, de Italia y de diferentes países, en particular a los peregrinos de las diócesis de Granada, Málaga y Córdoba en España.
Saludo a los numerosos grupos parroquiales, los fieles venidos de Spinaceto, Milán y Nápoles, lo mismo que a los jóvenes de Azzano Mella y a los confirmandos de la diócesis de Vicence, a los que animo a testimoniar con la alegría del Evangelio, sobre todo entre los suyos.
Os deseo a todos un buen domingo. Y por favor no os olvidéis de orar por mi. ¡Buen provecho y hasta luego!.