18 marzo 2018

La oración, la pequeñez y la sabiduria, tres legados del Padre Pio

Homilía del Papa ayer en San Giovanni Rotondo


Me gustaría recordar tres palabras de las lecturas bíblicas que escuchamos: oración, pequeñez y sabiduría.
Oración: El Evangelio de hoy nos presenta a Jesús que ora. Estas palabras brotan de su corazón: “Te alabo, Padre, Señor del cielo y de la tierra …” ( Mt 11, 25). Para Jesús, la oración surgió de manera espontánea, pero no era opcional: solía retirarse a lugares solitarios para orar (cf. Mc 1, 35); el diálogo con el Padre ocupaba el primer lugar . Y así los discípulos descubrieron de forma natural cómo la oración era importante, aunque un día le preguntaron: “Señor, enséñanos a orar” (Lucas 11: 1). Si queremos imitar a Jesús, empecemos nosotros también donde comenzó, es decir, por la oración.
Podemos preguntarnos: ¿nosotros los cristianos oramos lo suficiente? A menudo, en el momento de orar, nos vienen muchas escusas a la mente, tantas cosas urgentes que hacer … a veces, dejamos a un lado la oración, porque estamos llenos de un activismo que se convierte poco concluyente, cuando se olvida “la mejor parte” ( Lc 10, 42), cuando olvidamos que sin Él no podemos hacer nada ( Jn 15: 5) – y así dejamos la oración. San Pío nos ayuda, cincuenta años después de su partida al Cielo, porque quería dejarnos un legado de oración. Él recomendaba: “Rezad mucho, hijos míos, orad siempre sin dejarlo nunca” (Palabras en el 2 ºCongreso Internacional de grupos de oración 5 de mayo de 1966).
En el Evangelio, Jesús también nos muestra cómo orar. Él dice ante todo: “Te alabo, Padre”; él no comienza diciendo, “Necesito esto y aquello”, sino diciendo: “Te alabo”. Uno no conoce al Padre sin abrirse a la alabanza, sin dedicarle tiempo solo a Él, sin adorar. ¡Cuánto hemos olvidado la oración de adoración, la oración de alabanza! Debemos recuperarlo. Cada uno se puede preguntar: ¿cómo adoro? ¿Cuándo adoro? ¿Cuándo alabo a Dios? Retomar la oración de adoración y de alabanza. Es el contacto personal, el cara a cara, el hecho de estar en silencio ante el Señor es el secreto para entrar cada vez más en comunión con Él. La oración puede nacer como una petición, incluso una urgencia, pero madura en la alabanza y en la adoración. Una oración madura. Entonces se vuelve verdaderamente personal, como para Jesús que dialoga enseguida libremente con el Padre: “Sí, Padre, porque así lo has querido en tu benevolencia”  (Mt 11,26). Y luego, en un diálogo libre y confiante, la oración se ocupa de toda la vida y la presenta ante Dios.
Y entonces nos preguntamos: ¿nuestras oraciones se parecen a las oraciones de Jesús o se reducen a llamadas de emergencia ocasionales? “Necesito eso”, y entonces voy a orar de inmediato. Y cuando no lo necesitas, ¿qué haces? ¿O los consideramos tranquilizantes para tomar a dosis regulares, para aliviar un poco el estrés? No, la oración es un gesto de amor, es estar con Dios y presentarle la vida del mundo: es una obra de misericordia espiritual indispensable. Y si no confiamos al Señor a nuestros hermanos, las situaciones, ¿quién lo hará? ¿Quién intercederá, quién se tomará la molestia de llamar al corazón de Dios para abrir la puerta de la misericordia a la humanidad necesitada? Por eso el Padre Pio nos dejó los grupos de oración. Él les dijo: “Es la oración, esta fuerza unida de todas las almas  buenas  la que hace mover el mundo, que renueva las conciencias , que cura los enfermos, que santifica el trabajo, que  eleva los cuidados de la salud, que da la fuerza moral, que difunde la sonrisa y la bendición de Dios sobre toda languidez y toda debilidad” (ibid. ). Guardemos estas palabras y preguntemonos de nuevo: ¿oro? Y cuando oro, ¿sé alabar, sé  adorar, se presentar a Dios mi vida y la de todos los hombres?
Segunda palabra: pequeñez. En el Evangelio, Jesús alaba al Padre por haber revelado los misterios de su Reino a los pequeños. ¿Quiénes son estos pequeños que saben cómo acoger los secretos de Dios? Los pequeños son los que tienen grandes necesidades, que no son autosuficientes, que no creen ser suficientes por ellos mismos. Los pequeños son aquellos que tienen un corazón humilde y abierto, pobres y necesitados, que sienten la necesidad de orar, confiar y ser acompañados. El corazón de estos pequeños es como una antena: inmediatamente capta la señal de Dios, se da cuenta de inmediato. Porque Dios busca el contacto con todos, pero el que se hace grande crea una gran interferencia, el deseo de Dios no viene: cuando uno está lleno de sí mismo, cuando no hay lugar para Dios. Por eso prefiere a los pequeños, se revela a ellos, y la forma de encontrarse con él es la de la humillación, de hacerse pequeño en el interior, de reconocerse necesitado. El misterio de Jesucristo es un misterio de pequeñez: es abajarse, aniquilarse. El misterio de Jesús, como vemos en la Hostia en cada Misa, es un misterio de pequeñez, de amor humilde, y uno solo puede comprenderlo haciéndose pequeño y frecuentando a los pequeños.
Y ahora podemos preguntarnos: ¿sabemos cómo buscar a Dios allí donde se encuentra? Aquí hay un santuario especial donde él está presente, porque hay muchos pequeños, sus favoritos. San Pío lo ha llamado el “templo de la oración y la ciencia”, donde todos están llamados a ser “reservas de amor” para los demás (Discurso por el primer aniversario de la inauguración, 5 de mayo de 1957): es la Casa del Alivio del Sufrimiento. En los enfermos, está Jesús, y en el cuidado amoroso de aquellos que se doblegan sobre las heridas de los demás, existe la manera de encontrarse con Jesús. Aquel que se preocupa por los pequeños está del lado de Dios y vence la cultura del rechazo, o que, por el contrario, prefiere a los poderosos y juzga a los pobres inútiles. Quien prefiera a los pequeños proclamará una profecía de la vida contra los profetas de la muerte de todos los tiempos, incluso hoy en día, que rechazan a las personas, rechazan a los niños, a los ancianos, porque son inútiles. Cuando era un niño, en la escuela nos enseñaron la historia de los espartanos. Siempre me ha impresionado lo que nos dijo la maestra: cuando un niño o una niña nacía con malformaciones, lo llevaban a la cima de la montaña y lo arrojaban para que no hubiera estos pequeños. Nosotros, los niños, nos dijimos: “¡Pero qué crueldad!”. Hermanos y hermanas, nosotros hacemos lo mismo, con más crueldad, con más ciencia. Lo que no es útil, lo que no produce debe ser rechazado. Esta es la cultura del rechazo, hoy,  no queremos a los pequeños. Y por eso se le deja a Jesús de lado.
Finalmente, la tercera palabra. En la primera lectura, Dios dice: “Que el sabio no se jacte de su sabiduría, ni el hombre fuerte se jacte de su fuerza” (Jer 9:22). La verdadera sabiduría no radica en tener grandes dones y la verdadera fuerza no está en el poder. El que se muestra fuerte no es sabio, y el que responde al mal con mal no es fuerte. La única arma sabia e invencible es la caridad animada por la fe, porque tiene el poder de desarmar a las fuerzas del mal. San Pio luchó contra el mal toda su vida y luchó sabiamente, como el Señor: por la humildad, por la obediencia, por la cruz, ofreciendo su sufrimiento por amor. Y todos lo admiran; pero pocos hacen lo mismo. Muchos hablan bien, pero ¿cuántos lo imitan? Muchos están dispuestos a poner un “me gusta” en la página de los grandes santos, pero, ¿quién hace como ellos? Porque la vida cristiana no es un “Yo amo”, es un “Me doy a mí mismo”. La vida tiene una fragancia cuando se ofrece como un regalo; se vuelve insípido cuando se guarda para sí mismo.
Y en la primera lectura, Dios también explica dónde extraer la sabiduría de la vida: “Que el que quiera jactarse, que se jacte … de conocerme” (v.23). Conocerlo, es decir, encontrarlo, como Dios que salva y perdona: este es el camino de la sabiduría. En el Evangelio, Jesús reafirma: “Venid a mí todos los que estáis cansados ​​y oprimidos” ( Mt 11:28 ). ¿Quién de nosotros puede sentirse excluido de esta invitación? ¿Quién puede decir “No lo necesito”? San Pío ofreció su vida e innumerables sufrimientos para hacer encontrar al Señor a sus hermanos. Y la forma decisiva de encontrarlo fue la confesión, el sacramento de la reconciliación. Es aquí donde comienza y recomienza de nuevo una vida sabia, amada y perdonada, aquí comienza la curación del corazón. El Padre Pio era un Apóstol del confesionario. Incluso hoy nos invita ahí; y él nos dice: “¿A dónde vas? a Jesús o a tus tristezas? ¿A dónde vuelves? ¿Donde el que te salva o a tus desalientos, tus remordimientos, tus pecados? Ven, ven, el Señor te está esperando. Ánimo, no hay motivos tan graves que te excluyan de su misericordia”.
Los grupos de oración, los enfermos de la Casa Sollievo, el confesionario; tres signos visibles que nos recuerdan tres preciosos legados: la oración, la pequeñez y la sabiduría de la vida. Pidamos la gracia de cultivarlos todos los días.

“El sacerdote debe ser un hombre siempre en camino”

ROSA DIE ALCOLEA


“El sacerdote debe ser un hombre siempre en camino, un hombre de escucha y jamás solo: tiene que tener la humildad de ser acompañado”: ha respondido Francisco a la pregunta de un seminarista.
El Papa se reunió en la mañana del viernes, 16 de marzo de 2018, con seminaristas y sacerdotes estudiantes de los Colegios Pontificios eclesiásticos de Roma, en el aula Pablo VI del Vaticano, ha informado ‘Vatican News’.
En un entorno familiar con cantos, oraciones y lecturas, reflexión y diálogo abierto, el Pontífice ha respondido a cinco preguntas centradas en la formación y la espiritualidad sacerdotal, dio indicaciones y recomendaciones y no hizo faltar sus bromas y sonrisas.

El encuentro comenzó con la acogida del Pontífice en un clima de fiesta, seguido por el saludo del Card. Beniamino Stella, Prefecto de la Congregación para el Clero.
“Siempre en camino”
La primera pregunta ha sido leída por un seminarista francés en representación de los europeos: pide al Pontífice cómo tener junto el ministerio presbiteral con la humildad de sentirse discípulos y misioneros.
El Santo Padre le respondido que “el sacerdote debe ser un hombre siempre en camino, un hombre de escucha y jamás solo: tiene que tener la humildad de ser acompañado”.
Discernimiento
El discernimiento es fundamental para ir adelante y  para comprender lo que está bien y lo que está mal –ha contestado el Papa a la segunda pregunta, leída por un seminarista africano de Sudán–.
Francisco precisa que son dos las condiciones para un verdadero discernimiento: que se haga en la oración ante Dios, y que se haga confrontándose con otro, una guía capaz de escuchar y de dar orientaciones.
“Cuando no hay discernimiento en la vida sacerdotal –ha puntualiza el Santo Padre– hay rigidez y casuística. Hay incapacidad de seguir adelante. Todo se vuelve cerrado, el Espíritu Santo no trabaja. Francisco recomienda a los sacerdotes que tomen al Espíritu Santo como compañero de camino y dice que a menudo se tiene miedo del Espíritu Santo, que se lo quiere enjaular”.
Formación humana

El Papa subraya la importancia de la formación humana del presbítero: Un sacerdote mejicano habla en nombre de aquellos llegados de América Latina y pregunta al Santo Padre cómo se puede salvaguardar el equilibrio integral del sacerdote a lo largo de toda su vida.
Es necesario ser personas normales, humanas, –dice– capaces de gozar con los demás, de reírse, de escuchar en silencio a un enfermo, de consolar dando una caricia. Es necesario ser padres, ser fecundos, dar vida a los demás. Sacerdotes padres –concluye– no funcionarios de lo sagrado o empleados de Dios.
“Carácter diocesano”
El Papa ha respondido que es necesario el “carácter diocesano”, al ser preguntado por las características de la espiritualidad del sacerdote diocesano, pregunta que ha formulado un presbítero estadounidense.
“Que significa que el sacerdote debe cuidar la relación con el propio obispo, aun si fuera un tipo difícil, con sus hermanos presbíteros y con la gente de su parroquia, que son sus hijos”. Si trabajan en estos aspectos –ha afirmado Francisco– se volverán santos.
“Conocer los propios límites”
Un sacerdote de Filipinas ha preguntado al Pontífice sobre la formación permanente. El Papa recomienda que se cuide la propia formación: humana, pastoral, espiritual, comunitaria. Y dice que la formación permanente nace de la conciencia de la propia debilidad.
Es importante conocer los propios límites. Además, sumergidos en la cultura contemporánea, preguntarse cómo se vive la comunicación virtual, cómo se usa el propio celular; prepararse a enfrentar las tentaciones sobre la castidad –que llegarán, dice el Papa– y después, cuidarse de la soberbia, de la atracción por el dinero, del poder y de las comodidades.

‘La obediencia a Dios en la vida cristiana’

Padre Raniero Cantalamessa

Cuarta predicación de Cuaresma 2018
«Que cada uno se someta a las autoridades constituidas»
La obediencia a Dios en la vida cristiana
1. El hilo de lo alto
Al delinear los rasgos, o las virtudes, que deben brillar en la vida de los renacidos por el Espíritu, después de haber hablado de la caridad y de la humildad, san Pablo, en el capítulo 13 de la Carta a los Romanos, llega a hablar también de la obediencia:
«Que todos se sometan a las autoridades constituidas, pues no hay autoridad que no provenga de Dios y las que hay han sido constituidas por Dios. De modo que quien se opone a la autoridad resiste a la disposición de Dios» (Rom 13,1ss).
A continuación del pasaje, que habla de la espada y los tributos, así como de la comparación con otros textos del Nuevo Testamento sobre el mismo tema (cf. Tit 3,1; 1 Pe 2,13-15), indican con toda claridad que el Apóstol no habla aquí de la autoridad en general y de toda autoridad, sino sólo de la autoridad civil y estatal. San Pablo trata de un aspecto particular de la obediencia que era particularmente sentido en el momento en que escribía y, quizá, por la comunidad a la que escribía.
Era el momento en que estaba madurando, en el seno del judaísmo palestino, la revuelta zelota contra Roma que, pocos años después, se concluirá con la destrucción de Jerusalén. El cristianismo nació del judaísmo; muchos miembros de la comunidad cristiana, incluso de Roma, eran judíos convertidos. El problema de si obedecer o no al estado romano se planteaba, indirectamente, también para los cristianos.
La Iglesia apostólica estaba ante una elección decisiva. San Pablo, como por lo demás todo el Nuevo Testamento, resuelve el problema a la luz de la actitud y las palabras de Jesús, especialmente de la palabra sobre el tributo a César (cf. Mc 12,17). El reino predicado por Cristo «no es de este mundo», es decir, no es de naturaleza nacional y política. Por eso, puede vivir bajo cualquier régimen político, aceptando sus ventajas (como era la ciudadanía romana), pero, al mismo tiempo, también las leyes. El problema, en definitiva, es resuelto en el sentido de la obediencia al estado.
La obediencia al estado es una consecuencia y un aspecto de una obediencia mucho más importante y comprensiva que el Apóstol llama «la obediencia al Evangelio» (cf. Rom 10,16). La severa advertencia del Apóstol muestra que pagar los impuestos y, en general, realizar el propio deber hacia la sociedad no es sólo un deber civil, sino también un deber moral y religioso. Es una exigencia del precepto del amor al prójimo. El estado no es una entidad abstracta; es la comunidad de personas que lo componen. Si yo no pago los impuestos, si mancho el ambiente, si transgredo las normas de tráfico, daño y muestro desprecio al prójimo. En este punto nosotros italianos (y quizás no solo nosotros) deberíamos revisar y añadir algunas preguntas a nuestros exámenes de conciencia.
Todo esto es muy actual, pero no podemos limitar el discurso sobre la obediencia a este único aspecto de la obediencia al estado. San Pablo nos indica el lugar donde se sitúa el discurso cristiano sobre la obediencia, pero no nos dice, en este único texto, todo lo que se puede decir de dicha virtud. Él saca aquí las consecuencias de principios puestos anteriormente, en la misma Carta a los Romanos y también en otros lugares, y nosotros debemos investigar estos principios para hacer un discurso sobre la obediencia que sea útil y actual para nosotros hoy.
Debemos descubrir la obediencia «esencial», de la que brotan todas las obediencias especiales, incluida la debida a las autoridades civiles. De hecho, hay una obediencia que afecta a todos —superiores y súbditos, religiosos y laicos—, que es la más importante de todas, que gobierna y vivifica todas las demás, y esta obediencia no es la obediencia de hombre a hombre, sino la obediencia del hombre a Dios.
Tras el Concilio Vaticano II alguien escribió: «Si hay un problema de obediencia hoy, no es el de la docilidad directa al Espíritu Santo —a la cual cada uno muestra apelarse gustosamente— sino más bien el de la sumisión a una jerarquía, a una ley y a una autoridad humanamente expresadas». Estoy convencido yo también de que es así. Pero precisamente para hacer posible de nuevo esta obediencia concreta a la ley y a la autoridad visible debemos partir de nuevo de la obediencia a Dios y a su Espíritu.
La obediencia a Dios es como «el hilo de lo alto» que sostiene la espléndida tela de araña colgada de un seto. Bajando de lo alto mediante el hilo que ella misma produce, la araña construye su tela, perfecta y tensa en cada esquina. Sin embargo, ese hilo de lo alto que ha servido para construir la tela no se trunca una vez concluida la obra, sino que permanece. Más aún, es él, el que, desde el centro, sostiene todo el entramado; sin él todo se afloja. Si se rompe uno de los hilos laterales (yo he hecho una vez la prueba), la araña acude y repara rápidamente su tela, pero apenas se corta ese hilo de lo alto se aleja: ya no hay nada que hacer.
Ocurre algo similar a propósito de la trama de las autoridades y de las obediencias en una sociedad, en una orden religiosa y en la Iglesia. Cada uno de nosotros vive en una densa trama de dependencias: de las autoridades civiles, de las eclesiásticas; en estas últimas, del superior local, del obispo, de la Congregación del clero o de los religiosos, del Papa. La obediencia a Dios es el hilo de lo alto: todo está construido sobre él, pero no se puede olvidar ni siquiera después de que ha terminado la construcción. En caso contrario, todo se repliega sobre uno mismo y ya no se entiende por qué se debe obedecer. 
2. La obediencia de Cristo
Es relativamente sencillo descubrir la naturaleza y el origen de la obediencia cristiana: basta ver en base a qué concepción de la obediencia es definido Jesús, por la Escritura, como «el obediente». Descubrimos inmediatamente, de este modo, que el verdadero fundamento de la obediencia cristiana no es una idea de obediencia, sino un acto de obediencia; no es el principio abstracto de Aristóteles según el cual «el inferior debe someterse al superior», sino que es un acontecimiento; no se encuentra en la «recta razón», sino en el kerigma, y dicho fundamento es que Cristo «se hizo obediente hasta la muerte» (Flp 2,8); que Jesús «aprendió la obediencia de las cosas que padeció y perfeccionado se convirtió en causa de salvación para todos aquellos que le obedecen» (Heb 5,8-9).
El centro luminoso, que ilumina todo el discurso sobre la obediencia en la Carta a los Romanos, es Rom 5,19: «Por la obediencia de uno solo todos serán constituidos justos». Quien conoce el lugar que ocupa la justificación, en la Carta a los Romanos, podrá conocer, desde este texto, ¡el lugar que ocupa en él la obediencia!
Tratemos de conocer la naturaleza de ese acto de obediencia sobre el que se basa el nuevo orden; tratemos de conocer, en otras palabras, en que consistió la obediencia de Cristo. Jesús, de niño, obedeció a los padres; luego, de mayor, se sometió a la ley mosaica, al Sanedrín, a Pilato. San Pablo, sin embargo, no piensa en ninguna de estas obediencias; piensa, en cambio, en la obediencia de Cristo al Padre.
La obediencia de Cristo es considerada exactamente como la antítesis de la desobediencia de Adán: «Como por la desobediencia de un solo hombre, todos fueron constituidos pecadores, así también por la obediencia de uno solo, todos serán constituidos justos» (Rom 5,19; cf. 1 Cor 15,22). Pero, ¿a quién desobedeció Adán? Ciertamente no a los padres, a la autoridad, a las leyes. Desobedeció a Dios. En el origen de todas las desobediencias hay una desobediencia a Dios y en el origen de todas las obediencias está la obediencia a Dios.
La obediencia abarca toda la vida de Jesús. Si san Pablo y la Carta a los Hebreos ponen en evidencia el lugar de la obediencia en la muerte de Jesús, san Juan y los Sinópticos completan el marco, poniendo de relieve el puesto que la obediencia tuvo en la vida de Jesús, en su cotidianidad. «Mi alimento —dice Jesús en el evangelio de Juan— es hacer la voluntad del Padre» y «Yo hago siempre lo que le agrada a mi Padre» (Jn 4,34; 8,29). La vida de Jesús está como dirigida por una estela luminosa formada por las palabras escritas para él en la Biblia: «Está escrito… Está escrito». Así vence las tentaciones en el desierto. Jesús recoge de las Escrituras el «se debe» (dei) que sostiene toda su vida.
La grandeza de la obediencia de Jesús se mide objetivamente «por las cosas que padeció» y, subjetivamente, por el amor y la libertad con que obedeció. En él resplandece en sumo grado la obediencia filial. También en los momentos más extremos, como cuando el Padre le da a beber el cáliz de la pasión, en sus labios no se apaga nunca el grito filial: «¡Abbá! Dios mío, Dios mío, ¿porque me has abandonado?», exclamó en la cruz (Mt 27,46); pero añadió enseguida, según san Lucas: «Padre, a tus manos encomiendo mi espíritu» (Lc 23,46). En la cruz, Jesús «se abandonó al Dios que lo abandonaba» (se entienda lo que se entienda con este abandono del Padre). Esta es la obediencia hasta la muerte; esta es «la roca de nuestra salvación».
3. La obediencia como gracia: el bautismo
En el capítulo quinto de la Carta a los Romanos, san Pablo nos presenta a Cristo como el fundador de la estirpe de los obedientes, en oposición a Adán que fue el fundador de los desobedientes. En el capítulo siguiente, el sexto, el Apóstol revela la forma en que nosotros entramos en la esfera de este acontecimiento, es decir, mediante el bautismo. San Pablo pone en primer lugar un principio: si tú te pones libremente bajo la jurisdicción de alguien, estás obligado a servirlo y a obedecerle:
«¿No sabéis que, cuando os ofrecéis a alguien como esclavos para obedecerlo, os hacéis esclavos de aquel a quien obedecéis: bien del pecado, para la muerte, bien de la obediencia, para la justicia?» (Rom 6,16).
Ahora, establecido el principio, san Pablo recuerda el hecho: en realidad, los cristianos se han puesto libremente bajo la jurisdicción de Cristo, el día en que, en el bautismo, lo han aceptado como su Señor: «Vosotros erais esclavos del pecado, mas habéis obedecido de corazón al modelo de doctrina al que fuisteis entregados; liberados del pecado, os habéis hecho esclavos de la justicia» (Rom 6,17-18). En el bautismo se produjo un cambio de dueño, un tránsito de campo: del pecado a la justicia, de la desobediencia a la obediencia, de Adán a Cristo. La liturgia lo ha expresado todo ello a través de la oposición: «Renuncio-Creo».
Por tanto, la obediencia es algo constitutivo para la vida cristiana; es la implicación práctica y necesaria de la aceptación del señorío de Cristo. No hay un señorío en acto, si no existe, por parte del hombre, obediencia. En el bautismo hemos aceptado un Señor, un Kyrios, pero un Señor «obediente», uno que se ha convertido en Señor precisamente debido a su obediencia (cf. Flp 2,8-11), uno cuyo señorío se concreta, por así decirlo, en la obediencia. La obediencia aquí no es tanto dependencia cuanto semejanza; obedecer a tal Señor es asemejarnos a él, porque es precisamente por su obediencia hasta la muerte como él obtuvo el nombre de Señor que está por encima de cualquier otro nombre (cf. Flp 2,8-9).
De ello descubrimos que la obediencia, antes que virtud, es don; antes que ley, es gracia. La diferencia entre las dos cosas es que la ley dice que hay que hacer, mientras que la gracia da el hacer. La obediencia es ante todo obra de Dios en Cristo, que luego es indicada al creyente para que, a su vez, la exprese en la vida con una fiel imitación. En otras palabras, nosotros no tenemos sólo el deber de obedecer, sino que ¡ahora tenemos también la gracia de obedecer!
La obediencia cristiana se arraiga, pues, en el bautismo; por el bautismo todos los cristianos son «consagrados» a la obediencia, han hecho de ella, en cierto sentido, «voto». El redescubrimiento de este dato común a todos, basado en el bautismo, sale al encuentro de una necesidad vital de los laicos en la Iglesia. El Concilio Vaticano II enunció el principio de la «llamada universal a la santidad» del pueblo de Dios (LG 40) y, dado que no se da santidad sin obediencia, decir que todos los bautizados están llamados a la santidad es como decir que todos están llamados a la obediencia, que hay también una llamada universal a la obediencia.
4. La obediencia como «deber»: la imitación de Cristo
En la primera parte de la Carta a los Romanos, san Pablo nos presenta a Jesucristo como don que hay que acoger con la fe, mientras que en la segunda parte —la parenética— nos presenta a Cristo como modelo a imitar con la vida. Estos dos aspectos de la salvación están presentes también en el interior de cada virtud o fruto del Espíritu. En cualquier virtud cristiana, hay un elemento mistérico y un elemento ascético, una parte confiada a la gracia y una parte confiada a la libertad. Ahora ha llegado el momento de considerar este segundo aspecto, es decir, nuestra efectiva imitación de la obediencia de Cristo. La obediencia como deber.
Apenas se prueba a buscar, a través del Nuevo Testamento, en qué consiste el deber de la obediencia, se hace un descubrimiento sorprendente, es decir, que la obediencia es vista casi siempre como obediencia a Dios. Se habla también, ciertamente, de todas las demás formas de obediencia: a los padres, a los amos, a los superiores, a las autoridades civiles, «a toda institución humana» (1 Pe 2,13), pero mucho menos frecuentemente y de manera mucho menos solemne. El sustantivo mismo «obediencia» se utiliza siempre y sólo para indicar la obediencia a Dios o, en cualquier caso, a instancias que están de la parte de Dios, excepto en un solo pasaje de la Carta a Filemón (v. 21) donde indica la obediencia al Apóstol.
San Pablo habla de obediencia a la fe (Rom 1,5; 16,26), de obediencia a la enseñanza (Rom 6,17), de obediencia al Evangelio (Rom 10,16; 2 Tes 1, 8), de obediencia a la verdad (Gál 5,7), de obediencia a Cristo (2 Cor 10,5). Encontramos el mismo idéntico lenguaje también en otros lugares en el Nuevo Testamento (cf. Hch 6,7; 1 Pe 1,2.22).
Pero, ¿es posible y tiene sentido hablar hoy de obediencia a Dios, después de que la nueva y viva voluntad de Dios, manifestada en Cristo, se ha expresado y objetivado cabalmente en toda una serie de leyes y de jerarquías? ¿Es lícito pensar que todavía existan, después de todo esto, voluntades «libres» de Dios que hay que recoger y hacer? ¡Sí, sin duda! Si la voluntad viva de Dios se pudiera encerrar y objetivar exhaustiva y definitivamente en una serie de leyes, normas e instituciones, en un «orden», creado y definido de una vez para siempre, la Iglesia terminaría por petrificarse.
El redescubrimiento de la importancia de la obediencia a Dios es una consecuencia natural del redescubrimiento de la dimensión neumática —junto a la jerárquica— de la Iglesia y del primado, en ella, de la palabra de Dios. La obediencia a Dios, en otras palabras, es concebible sólo cuando se afirma, como lo hace el Concilio Vaticano II, que el Espíritu Santo «guía a la Iglesia a toda la verdad, la unifica en la comunión y en el ministerio, la instruye y dirige con diversos dones jerárquicos y carismáticos, la embellece con sus frutos, con la fuerza del Evangelio rejuvenece a la Iglesia, la renueva constantemente y la conduce a la perfecta unión con su Esposo» (LG 40).
Sólo si se cree en una «señorío» actual y puntual del resucitado sobre la Iglesia, sólo si se está convencido íntimamente de que también hoy —como dice el salmo— «habla el Señor, Dios de los dioses, y no está en silencio» (Sal 50,1), sólo entonces se es capaz de comprender la necesidad y la importancia de la obediencia a Dios. Es un escuchar al Dios que habla, en la Iglesia, a través de su Espíritu, el cual ilumina las palabras de Jesús y de toda la Biblia y les confiere autoridad, convirtiéndolas en canales de la voluntad de Dios viva y actual para nosotros.
Pero como en la Iglesia institución y misterio no están contrapuestas, sino unidas, así ahora tenemos que mostrar que la obediencia espiritual a Dios no aparta de la obediencia a la autoridad visible e institucional, sino que, por el contrario, la renueva, la refuerza y la vivifica, hasta el punto de que la obediencia a los hombres se convierte en el criterio para juzgar si hay o no, y si es auténtica, la obediencia a Dios. Sucede exactamente como para la caridad. El primer mandamiento es amar a Dios, pero su banco de pruebas es amar al prójimo. «Quien no ama a su hermano a quien ve —escribe san Juan—, ¿cómo puede amar a Dios a quien no ve?» (1 Jn 4,20). Lo mismo cabe decir de la obediencia: si no obedeces al superior al que ves, ¿cómo puedes decir que obedeces a Dios al que no ves?
La obediencia a Dios se realiza, en general, así. Dios te hace relampaguear en su corazón una voluntad suya sobre ti; es una «inspiración» que normalmente nace de una palabra de Dios escuchada o leída en oración. Tú te sientes «interpelado» por esa palabra o por esa inspiración; sientes que te «pide» algo nuevo y tú dices «sí». Si se trata de una decisión que tendrá consecuencias prácticas no puedes actuar solamente sobre la base de tu inspiración. Debes depositar tu llamada en manos de los superiores o de aquellos que tienen, en cierto modo, una autoridad espiritual sobre ti, creyendo que, si es de Dios, él hará que la reconozcan sus representantes.
Pero, ¿qué hacer cuando se perfila un conflicto entre las dos obediencias y el superior humano pide hacer una cosa distinta o contraria a la que crees que te ha mandado Dios? Basta preguntarse qué hizo, en este caso, Jesús. Él aceptó la obediencia externa y se sometió a los hombres, pero al actuar así, no renegó, sino que realizó la obediencia al Padre. Precisamente esto, en efecto, quería el Padre. Sin saberlo y sin quererlo —a veces en buena fe, otras veces no —, los hombres, como sucedió entonces con Caifás, Pilato y las multitudes, se convierten en instrumentos para que se cumpla la voluntad de Dios, no la suya.
También esta regla no es, sin embargo, absoluta. No hablo aquí de la obligación positiva de desobedecer cuando la autoridad –como en ciertos regímenes dictatoriales – quiere que se haga algo inmoral y criminal. Permaneciendo en el ámbito religioso, la voluntad de Dios y su libertad pueden exigir del hombre —como sucedió con Pedro frente al requerimiento del Sanedrín— que obedezca a Dios, más que a los hombres (cf. Hch 4,19-20). Pero quien entra en esta vía debe aceptar, como todo verdadero profeta, morir a sí mismo (y a menudo también físicamente), antes de ver realizada su palabra. En la Iglesia católica la verdadera profecía estuvo siempre acompañada por la obediencia al Papa. Don Primo Mazzolari y don Lorenzo Milani son algunos ejemplos recientes.
Obedecer sólo cuando lo que dice el superior corresponde exactamente con nuestras ideas y nuestras opciones, no es obedecer a Dios, sino a uno mismo; no es hacer la voluntad de Dios, sino la propia voluntad. Si en caso de disparidades, antes que ponerse en discusión a uno mismo, se cuestiona enseguida al superior, su discernimiento y su competencia, ya no somos obedientes, sino objetores.
5. Una obediencia abierta siempre y a todos
La obediencia a Dios es la obediencia que podemos hacer siempre. De obediencias a órdenes y autoridades visibles, sucede que se hacen de vez en cuando, tres o cuatro veces en total en la vida, hablando de obediencias de una cierta seriedad. De obediencias a Dios, en cambio, hay muchas. Cuanto más se obedece, más se multiplican las órdenes de Dios, porque él sabe que esto es el don más hermoso que puede hacer, lo que hizo a su amado Hijo Jesús. Cuando Dios encuentra un alma decidida a obedecer, entonces toma su vida, como se toma el timón de una barca, o como se toman las riendas de un carro. Él se convierte en serio, y no sólo en teoría, en «Señor», es decir, el que «rige» y «gobierna» determinando, se podría decir, en cada momento, los gestos, las palabras de esa persona, su manera de utilizar el tiempo, todo.
He dicho que la obediencia a Dios es algo que se puede hacer siempre. Debo añadir que es también la obediencia que todos podemos hacer, tanto súbditos como superiores. Se suele decir que hay que saber obedecer para poder gobernar. No es sólo un principio de buen sentido; hay una razón teológica en ello. Significa que la verdadera fuente de la autoridad espiritual reside más en la obediencia que en el título o en el oficio que uno desempeña. Concebir la autoridad como obediencia significa no contentarse con la sola autoridad, sino aspirar a esa autoridad que viene del hecho de que Dios está detrás de ti y apoya tu decisión. Significa acercarse a ese tipo de autoridad que se desprendía del obrar de Cristo e impulsaba a la gente a preguntarse maravillada: «¿Qué es esto? Una doctrina nueva enseñada con autoridad» (Mc 1,27).
En realidad, se trata de una autoridad diferente, de un poder real y eficaz, no sólo nominal o de oficio, un poder intrínseco, no extrínseco. Cuando una orden viene dado por un padre o por un superior que se esfuerza por vivir en la voluntad de Dios, que ha rezado antes y no tiene intereses personales que defender, sino sólo el bien del hermano o del propio niño, entonces la autoridad misma de Dios hace de muro a esa orden o decisión. Si surge controversia, Dios dice a su representante lo que dijo un día a Jeremías: «He aquí que hago de ti como una fortaleza, como un muro de bronce […]. Te harán guerra, pero no te vencerán, porque yo estoy contigo» (Jer 1,18s). San Ignacio de Antioquía daba este sabio consejo a su discípulo y colega de episcopado, san Policarpo: «Nada se haga sin tu consentimiento, pero tú no hagas nada sin el consentimiento de Dios»[1].
Esta vía de la obediencia a Dios no tiene nada, por sí sola, de místico y extraordinaria, pero está abierta a todos los bautizados. Consiste en «presentar las cuestiones a Dios» (cf. Éx 18,19). Yo puedo decidir por mí mismo hacer o no hacer un viaje, un trabajo, una visita, una compra y luego, una vez decidido, orar a Dios por el éxito de la cosa. Pero si nace en mí el amor de la obediencia a Dios, entonces haré otra cosa: pediré antes a Dios con el sencillísimo medio que todos tenemos a disposición, y —que es la oración—, si es su voluntad que yo haga ese viaje, ese trabajo, esa visita, ese gasto, y luego haré, o no, la cosa, pero será en adelante, en cualquier caso, un acto de obediencia a Dios, y no ya una libre iniciativa mía.
Normalmente, está claro que no oiré, en mi breve oración, ninguna voz y no tendré ninguna respuesta explícita sobre lo que hay que hacer, o al menos no es necesario que la haya para que lo que hago sea obediencia. Al actuar así, en efecto, he sometido el asunto a Dios, me he despojado de mi voluntad, he renunciado a decidir a solas, y he dado a Dios una oportunidad para intervenir, si quiere, en mi vida. Cualquier cosa que decida hacer ahora, regulándome con los criterios ordinarios de discernimiento, será obediencia a Dios. ¡Así se ceden las riendas de la propia vida a Dios! La voluntad de Dios, de este modo, penetra cada vez más capilarmente en el tejido de una existencia, embelleciéndola y haciendo de ella un «sacrificio vivo, santo y agradable a Dios» (Rom 12,1).
También esta vez terminamos con las palabras de un salmo que nos permite transformar en oración la enseñanza que nos ha brindado el Apóstol. Un día que estaba lleno de alegría y de gratitud por los beneficios de su Dios («He esperado, he esperado en el Señor y él se inclinó sobre mí […]; me ha sacado de la fosa de la muerte…»), en un verdadero estado de gracia, el salmista se pregunta qué puede hacer para responder a tanta bondad de Dios: ¿ofrecer holocaustos, víctimas? Comprende enseguida que esto no es lo que Dios quiere de él; es demasiado poco para expresar lo que tiene en el corazón. Entonces esta es la intuición y la revelación: lo que Dios desea de él es una decisión generosa y solemne para realizar, de ahora en adelante, todo lo que Dios quiere de él, obedecerle en todo. Entonces él exclama:
«He aquí que vengo.
En el rollo del libro de mí está escrito, que yo haga tu voluntad.
Mi Dios lo quiero,
tu ley está en lo profundo de mi corazón».
Entrando en el mundo, Jesús hizo suyas estas palabras diciendo: «He aquí que vengo, oh Dios, para hacer tu voluntad» (Heb 10,5ss). Ahora nos toca a nosotros. Toda la vida, día a día, puede ser vivida teniendo estas palabras como divisa: «He aquí que vengo, oh Dios, para hacer tu voluntad». Por la mañana, al comenzar una nueva jornada, luego al acercarse a una cita, a un encuentro, al empezar un nuevo trabajo: «He aquí que vengo, oh Dios, para hacer tu voluntad».
No sabemos lo que nos deparará ese día, ese encuentro, ese trabajo; sabemos una sola cosa con certeza: que queremos hacer, en ellos, la voluntad de Dios. No sabemos qué nos reserva a cada uno de nosotros nuestro futuro; pero es hermoso encaminarnos hacia él con esta palabra en los labios: «He aquí que vengo, oh Dios, para hacer tu voluntad».

15 marzo 2018

Recuerdos ante la próxima canonización del beato Pablo VI


El papa iría desgranando su magisterio a lo largo de su pontificado con textos de obligada referencia en tantas grandes cuestiones que siguen en el primer plano de la cultura contemporánea
Prescindiré de entrada de la campaña mediática desatada en España, cuando todavía el Estado tenía medios para hablar y para hacer callar, ante la petición del entonces arzobispo de Milán a Franco de que conmutase una pena de muerte. Fue el origen de las reticencias de cierta España oficial al saber la elección para la Sede romana tras san Juan XXIII. Cesaron poco a poco, en cuanto fue más conocido, de modo particular, entre quienes leyeron y estudiaron su primera encíclica, uno de los grandes documentos pontificios del siglo XX, a mi entender.
La carta Ecclesiam suam lleva fecha del 6 de agosto de 1964, cuando faltaba poco más de un año para la clausura del Concilio Vaticano II. Y, en la estela de su predecesor, quiso recordar el mandato divino a la Iglesia, para ser “al mismo tiempo madre amorosa de todos los hombres y dispensadora de salvación”. No deseaba proponer un texto solemne, en plena asamblea ecuménica, sino sólo dirigir un mensaje fraterno y familiar, con la recomendación de meditar sobre el fin de la Iglesia, para aquilatar su fidelidad al designio fundacional de Cristo y amejorar el servicio a los creyentes y a la humanidad, tanto en los pueblos cristianizados como en las tierras de misión.
En un panorama inmenso, que no intento resumir, la encíclica es un modelo de estilo dialogante. No los abordará con detalle, pero Pablo VI tenía a la vista esos “temas urgentes y graves que interesan no sólo a la Iglesia, sino a la humanidad, como la paz entre los pueblos y clases sociales, la miseria y el hambre que todavía afligen a pueblos enteros, el acceso de las naciones jóvenes a la independencia y al progreso civil, las corrientes del pensamiento moderno y la cultura cristiana, las condiciones desgraciadas de tanta gente y de tantas porciones de la Iglesia a quienes se niegan los derechos propios de ciudadanos libres y de personas humanas, los problemas morales sobre la natalidad y muchos otros más”.
El papa iría desgranando su magisterio a lo largo de unos quince años de pontificado, con textos de obligada referencia en tantas cuestiones, porque orientaba grandes cuestiones que siguen en el primer plano de la cultura contemporánea. Basta pensar en el cómo de la evangelización (cfr. la exhortación postsinodal Evangelii nuntiandi, de finales de 1975, recordada por Francisco); en la internacionalización de la cuestión social, incoada por Juan XXIII y desarrollada en Populorum Progressio de 1967; o en la gran reforma de la curia vaticana aprobada en 1967, actualizada por Juan Pablo II en 1988, que están a punto de revisarse después de años de servicio a la Iglesia.
Pablo VI vivió lo que escribía en el n. 27 de Ecclesiam suam, que sigue siendo tema central para la vida de todo creyente: “La Iglesia debe ir hacia el diálogo con el mundo en que le toca vivir. La Iglesia se hace palabra; la Iglesia se hace mensaje; la Iglesia se hace coloquio”. Ante todo, la religión es diálogo entre Dios y el hombre. Pero “el diálogo de la salvación fue abierto espontáneamente por iniciativa divina”. Y corresponde a los fieles continuar ese coloquio, modo de ejercitar la misión apostólica, “arte de comunicación espiritual”, con características que describe sintéticamente: claridad, mansedumbre, confianza, prudencia.
He escrito estas líneas el día del cumpleaños del hoy beato Álvaro del Portillo. Me enseñó a apreciar a Pablo VI, especialmente al ver de cerca cómo le quería, cuando le llegó la dolorosa noticia de su muerte, avanzada la tarde del domingo 6 de agosto de 1978, en un rincón de Asturias en que pasaba días de oración, trabajo y descanso. Lo relaté con cierto detalle en mi libro de recuerdos publicado después del fallecimiento del primer prelado del Opus Dei.
Y he escrito con un propósito: animar a la lectura de aquella primera encíclica de Pablo VI. Por dos razones: la primera, por el valor biográfico que suele tener el arranque de un pontificado; la segunda, para tener perspectivas de fondo en un momento histórico en que atisbo demasiados conflictos doctrinales −no precisamente dialogantes−, cuando van a cumplirse los cincuenta años de otro gran documento de Pablo VI, la encíclica Humanae Vitae, del 25 de julio de 1968.

Felicidad y salvación


Precisamente porque el hombre no se perfecciona ni se salva de modo individualista ni desencarnado, Cristo quiso la salvación por la mediación de la Iglesia y en comunión con ella
¿Quién diría que no le interesa la felicidad? La religión afronta la cuestión de la felicidad al hablar de la salvación. Un nuevo documento de la Congregación para la doctrina de la fe (Carta ‘Placui Deo’, fechada el 22-II-2018) toca algunos aspectos del mensaje cristiano sobre la salvación en referencia a las enseñanzas del Papa Francisco. Si bien es un documento de tipo doctrinal, manifiesta una notable sensibilidad evangelizadora y pastoral. Sus observaciones tienen especial interés en el campo de la educación cristiana.
Comienza por una mirada a la situación de nuestra cultura: ¿dónde pone la felicidad? ¿Siente la necesidad de “salvación”?

La tentación de la auto-salvación

En la cultura occidental y fuera del cristianismo se plantea que el hombre y el mundo puedan ser “salvados”, con una idea de la salvación reducida muchas veces al logro del bienestar material y del placer sobre todo para uno mismo.
Este logro se ve alcanzable por la ciencia y la tecnología. De este modo los que plantean esa idea reduccionista de la salvación sustituyen la fe en Dios o en los dioses por la fe en el desarrollo científico y tecnológico.
Pero la experiencia histórica hasta nuestros días y la situación del mundo actual −la permanencia e incremento de las guerras y revoluciones, las desigualdades sociales y los problemas ambientales, los intereses políticos y económicos enfrentados, etc.− hacen que muchos duden de esta auto-salvación o salvación intrahumana.
El nombre Jesús significa precisamente salvador. Salvación quiere decir que el hombre puede alcanzar una vida plena, y, para eso, librarse no solo de la muerte y del sufrimiento, sino también del mal que comporta el pecado: la pérdida de la unión con Dios, la falta de paz interior, las fracturas en las relaciones con los demás y el maltrato de los seres creados.
En una perspectiva creyente, la salvación se concibe en relación con Dios, con lo que llamamos vida eterna, y también con los demás y con la Tierra, pues no cabe una felicidad individualista ni egoísta.

Persona, felicidad y salvación

“Cada persona a su modo busca la felicidad”, dice el documento. Y así es. Podemos observar que, aunque uno no se lo plantee de esta manera, la búsqueda de la felicidad depende de la idea que se tenga de lo que es “ser persona”. Como la persona es un ser a la vez corporal, espiritual y social, y abierto desde su interior a Dios, cualquier intento de ser feliz que no tenga en cuenta a la vez estas dimensiones, está abocado al fracaso.
Así sucede, por ejemplo, con el voluntarismo, y también con los espiritualismos de diverso tipo. En este marco se sitúan los dos errores que desea señalar el documento. Se corresponden respectivamente con dos modos de buscar la salvación que se equivocan al interpretar el cristianismo: el pelagianismo (de Pelagio, siglo V), que defiende que el hombre se puede salvar por sus propios esfuerzos; y el gnosticismo (de gnosis: conocimiento esotérico), que desde los primeros siglos promueve una salvación basada en liberarse de la materia y unirse con la divinidad de un modo puramente “espiritual” o intelectual.

La salvación cristiana

Frente a estas tendencias el documento señala que, según el mensaje cristiano, “la salvación consiste en nuestra unión con Cristo, quien, con su Encarnación, vida, muerte y resurrección, ha generado un nuevo orden de relaciones con el Padre y entre los hombres, y nos ha introducido en este orden gracias al don de su Espíritu, para que podamos unirnos al Padre como hijos en el Hijo, y convertirnos en un solo cuerpo en el ‘primogénito entre muchos hermanos’ (Rm 8, 20). Así pues, nuestra felicidad tiene que ver con sabernos y sentirnos hijos de Dios y hermanos entre nosotros y de todos los hombres.
La revelación cristiana nos asegura que −tal como Jesús mostró− a Dios le interesa todo lo nuestro: nuestros cuerpos, nuestras familias, nuestros trabajos y esfuerzos para mejorarnos a nosotros mismos y al mundo. Pero no nos salvaremos solamente por nuestros esfuerzos de voluntad ni por nuestros logros intelectuales, científicos o técnicos. Jesucristo es el único camino para la salvación plena: “Yo soy el camino” (Jn 14, 6).
“Además −observa el documento− este camino no es un camino meramente interno, al margen de nuestras relaciones con los demás y con el mundo creado. Por el contrario, Jesús nos ha dado un ‘camino nuevo y viviente que él nos abrió a través del velo del Templo, que es su carne’ (Hb 10, 20)”.
“En resumen −señala−, Cristo es Salvador porque ha asumido nuestra humanidad integral y vivió una vida humana plena, en comunión con el Padre y con los hermanos. La salvación consiste en incorporarnos a nosotros mismos en su vida, recibiendo su Espíritu (cf. 1 Jn 4, 13)”. Por eso Jesús es al mismo tiempo el Salvador y la Salvación. Dicho brevemente, la salvación plena consiste en nuestra incorporación a la Iglesia como misterio y sacramento de comunión.
Precisamente porque el hombre no se perfecciona ni se salva de modo individualista ni desencarnado, Cristo quiso la salvación por la mediación de la Iglesia y en comunión con ella. Y la Iglesia no es una comunidad de vínculos únicamente espirituales, sino también una comunidad visible.

La Iglesia, signo e instrumento de salvación

De hecho, toda visión individualista o meramente interior de la salvación contradice el modo en que se da la salvación en la Iglesia: a través de los sacramentos, cuya puerta es el Bautismo y cuya fuente y cumbre es la Eucaristía: “Gracias a los sacramentos, los cristianos pueden vivir en fidelidad a la carne de Cristo y, en consecuencia, en fidelidad al orden concreto de relaciones que Él nos ha dado. Este orden de relaciones requiere, de manera especial, el cuidado de la humanidad sufriente de todos los hombres, a través de las obras de misericordia corporales y espirituales”.
¿Y no es posible la salvación fuera de la Iglesia? Como enseña el Concilio Vaticano II, es posible la salvación fuera de los márgenes visibles de la Iglesia, para todos los que no la conozcan y busquen la verdad junto con el amor. Por eso los cristianos estamos llamados a “establecer un diálogo sincero y constructivo con creyentes de otras religiones, en la confianza de que Dios puede conducir a la salvación en Cristo a todos los hombres de buena voluntad, en cuyo corazón obra la gracia” (Gaudium et spes, 22).
También por eso y al mismo tiempo, los cristianos tenemos una gran responsabilidad para anunciar, viviéndolo, el mensaje del Evangelio. Y todos, en la medida en que aceptamos y vivimos el mensaje cristiano podemos colaborar −con la oración y con nuestras obras, también con los trabajos que lleva consigo la vida ordinaria y familiar− en nuestra propia salvación y en la salvación de los otros.
¿Pero no cabe la felicidad y la preocupación por los demás, y encontrar el sentido de la vida y la salvación al margen de Cristo? Podría decirse que la respuesta del mensaje cristiano a esta pregunta es: cabe intentarlo. Y de hecho muchas personas lo hacen. Pero no podríamos lograrlo plenamente si Dios no se hubiera revelado en Cristo y nos hubiera ofrecido la salvación en unión con Él por el Espíritu Santo. Por eso hablamos de “vida plena” y de “salvación integral” del alma y del cuerpo, lo cual implica la fe en la vida ultraterrena y el Reino de Dios definitivo, al que nos abriremos después de la segunda venida de Cristo.
Respecto a los que han muerto sin haber conocido a Jesucristo y a la Iglesia, creemos que Dios es infinito amor y misericordia, y que también premiará con creces la correspondencia de cada uno a las luces y a los dones que haya recibido.

14 marzo 2018

‘Padre nuestro’, la mejor preparación para recibir a Jesús


El Papa en la Audiencia General



Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!
Continuamos la catequesis sobre la santa misa. En la Última Cena, después de que Jesús tomó el pan y el cáliz de vino, y dio gracias a Dios, sabemos que “partió el pan”. A esta acción corresponde, en la Liturgia eucarística de la misa, la fracción del Pan, precedida por la oración que el Señor nos ha enseñado, o sea, el “Padre nuestro”.
Y así comienzan los ritos de Comunión, prolongando la alabanza y la súplica de la Plegaria Eucarística con el rezo comunitario del “Padre Nuestro”. Esta no es una de las tantas oraciones cristianas, sino que es  la oración de los hijos de Dios: es la gran oración que nos ha enseñado Jesús. De hecho, dado el día de nuestro bautismo, el “Padre Nuestro” hace que resuenen en nosotros los mismos sentimientos que hubo en Cristo Jesús. Cuando rezamos el “Padre nuestro” rezamos como rezaba Jesús. Es la oración que hacía Jesús y nos la enseñó a nosotros; cuando los discípulos le dijeron: “Maestro, enséñanos a rezar como rezas tú”. Y Jesús rezaba así. Es muy bello rezar como Jesús. Formados en su divina enseñanza, nos atrevemos a recurrir a Dios llamándolo “Padre”, porque hemos renacido como hijos suyos a través del agua y del Espíritu Santo (véase Ef. 1: 5). Nadie, en verdad, podría llamarlo familiarmente “Abbá” –Padre- sin haber sido generado por Dios, sin la inspiración del Espíritu, como enseña San Pablo (ver Rom 8:15). Tenemos que pensar: ninguno puede llamarlo “Padre” sin la inspiración del Espíritu. ¡Cuántas veces hay gente que dice “Padre nuestro”, pero no sabe lo que dice!. Porque sí, es el Padre, pero ¿tú sientes que cuándo dices “Padre”, Él es el Padre, tu Padre, el Padre de la humanidad, el Padre de Jesucristo? ¿Tú tienes una relación con este Padre? Cuando rezamos el “Padre nuestro” nos unimos con el Padre que nos ama, pero es el Espíritu quien nos da esta unión, este sentimiento de ser hijos de Dios.
¿Qué mejor oración que la enseñada por Jesús puede disponernos a la Comunión sacramental con él? El “Padre Nuestro” se reza, además de en la misa, por la mañana y por la noche en laudes y vísperas; de esta manera, la actitud filial hacia Dios y de  fraternidad con el prójimo contribuyen a dar una forma cristiana a nuestros días.
En la Oración del Señor –en el “Padre nuestro”– pedimos “el pan de cada día”, en el que vemos una referencia específica al Pan eucarístico, que necesitamos para vivir como hijos de Dios. Imploramos también “el perdón de nuestras ofensas”, y para que seamos dignos de recibir el perdón nos comprometemos a perdonar a quienes nos han ofendido. Y esto no es fácil. Perdonar a las personas que nos han ofendido no es fácil; es una gracia que debemos pedir: “Señor, enséñame a perdonar como tú me has perdonado”. Es una gracia, con nuestras fuerzas no podemos: perdonar es una gracia del Espíritu Santo. Por lo tanto, mientras abre nuestros corazones a Dios, el “Padre Nuestro” también nos dispone al amor fraterno. Finalmente, pedimos nuevamente a Dios que nos “libre del mal” que nos separa de él y nos divide de nuestros hermanos. Entendemos bien que estas son peticiones muy adecuadas para prepararnos para la Sagrada Comunión (ver Instrucción General del Misal Romano, 81).
De hecho, lo que pedimos en el “Padre Nuestro” se prolonga con la oración del sacerdote que, en nombre de todos, suplica: “Líbranos, Señor, de todos los males, concede la paz en nuestros días”. Y después recibe una especie de sello en el rito de la paz: En primer lugar, se invoca de Cristo que el don de su paz (cf. Jn 14,27) –tan diferente de la paz del mundo– haga que la Iglesia crezca en la unidad y la paz según su voluntad; luego, con el gesto concreto intercambiado entre nosotros, expresamos “la comunión eclesial y la mutua caridad, antes de la comunión sacramental.” (IGMR, 82). En el rito romano, el intercambio del signo de la paz, colocado desde la antigüedad antes de la comunión, se ordena a la comunión eucarística. De acuerdo con la advertencia de San Pablo, no se puede compartir el mismo pan que nos hace un solo cuerpo en Cristo, sin reconocerse pacificados por el amor fraterno (cf. 1 Cor 10,16-17; 11,29). La paz de Cristo no puede echar raíces en un corazón incapaz de vivir la fraternidad y de recomponerla después de haberla herido. La paz la da el Señor: Él nos da la gracia de perdonar a los que nos han ofendido.
El gesto de la paz es seguido por la fracción del Pan, que desde los tiempos apostólicos dio su nombre a toda la celebración de la Eucaristía (cf. IGMR, 83; Catecismo de la Iglesia Católica, 1329). Hecho por Jesús durante la Última Cena, partir el pan es el gesto revelador que hizo que los discípulos lo reconocieran después de su resurrección. Recordemos a los discípulos de Emaús, quienes, hablando del encuentro con el Resucitado, relatan “cómo lo reconocieron al partir el pan” (cf. Lc 24,30-31,35).
La fracción del Pan eucarístico va acompañada de la invocación del “Cordero de Dios”, figura con la que Juan Bautista indicó en Jesús “al que quita el pecado del mundo” (Jn 1, 29). La imagen bíblica del cordero habla de redención (véase Ex 12: 1-14, Is 53: 7, 1 Pt. 1:19, Ap 7:14). En el pan eucarístico, partido por la vida del mundo, la asamblea orante reconoce al verdadero Cordero de Dios, que es Cristo Redentor, y le ruega: “Ten piedad de nosotros … danos la paz”.
“Ten piedad de nosotros”, “danos  la paz” son invocaciones que, desde la oración del “Padre Nuestro” a la fracción del pan, nos ayudan a prepararnos para participar en el banquete eucarístico, fuente de comunión con Dios y con los hermanos.
No olvidemos la gran oración: la que nos ha enseñado Jesús y que es la oración con que Él rezaba al Padre. Y esta oración nos prepara a la Comunión.

13 marzo 2018

“¿Francisco carece de formación teológica? Un prejuicio insensato”

Andrea Tornielli 



Un «insensato prejuicio». Con estas palabras Benedicto XVI, desde su ermita en el Vaticano, desmonta la afirmación según la cual su sucesor carecería de estatura teológica mientras él, el Papa teólogo, habría sido solamente un teórico sin comprender la vida del cristiano de hoy. Las afirmaciones del Papa emérito, que subrayó la «continuidad interior» de los dos Pontificados, aparecen en la carta que envió al Prefecto de la Secretaría para la Comunicación, Dario Edoardo Viganò, que leyó algunos fragmentos durante la presentación de la colección “La Teología del Papa Francisco”, editada por la Libreria Editrice Vaticana (LEV), este lunes 12 de marzo por la tarde en la Sala Marconi de Palazzo Pio. 

«Celebro esta iniciativa –escribió Benedicto XVI– que quiere oponerse y reaccionar al necio prejuicio, según el cual el Papa Francisco sería sólo un hombre práctico, que carece de particular formación teológica o filosófica, al tiempo, que yo habría sido únicamente un teórico de la teología, que hubiera comprendido poco sobre la vida concreta de un cristiano de hoy». 
  
Ratzinger agradece en su carta por el regalo de los once volúmenes que escribieron varios teólogos de renombre internacional que componen la colección, de la que se encargó Roberto Repole, Presidente de la Asociación Teológica Italiana. «Los pequeños volúmenes –añade Benedicto XVI– demuestran con razón que el Papa Francisco es un hombre de profunda formación filosófica y teológica, y ayudan por este motivo a ver la continuidad interior entre los dos Pontificados, aún con todas las diferencias de estilo y de temperamento». 
  
No es la primera vez que el Papa emérito manifiesta sintonía con su sucesor, pero nunca lo había hecho con tanta fuerza y claridad. En octubre de 2015 se llevó a cabo en Roma un congreso teológico sobre la doctrina de la justificación. En esa ocasión, el arzobispo Georg Gänswein leyó el texto de una entrevista que le hizo a Ratzinger el teólogo jesuita Jacques Servais sobre «qué es la fe y cómo se llega a creer». En esa entrevista el Papa Benedicto citó a Francisco, al reflexionar sobre la misericordia: «El hombre de hoy tiene generalmente la sensación de que Dios no puede dejar que la mayor parte de la humanidad vaya a la perdición. En este sentido, ha casi desaparecido la preocupación por la salvación típica de hace tiempo. Sin embargo, en mi opinión, sigue existiendo, de otra manera, la percepción de que nosotros necesitamos la gracia y el perdón. Para mí es un “signo de los tiempos” que la idea de la misericordia de Dios se haga cada vez más central y dominante –empezando por sor Faustina (Kowalska, santa, ndr.), cuyas visiones reflejan profundamente de diferentes maneras la imagen de Dios propia del hombre de hoy y su deseo de la bondad divina». 
  
«El Papa Juan Pablo II –continúa Ratzinger– estaba profundamente impregnado por tal impulso, aunque no siempre surgiera explícitamente. Pero no es ninguna casualidad que su último libro, que vio la luz justo inmediatamente antes de su muerte, hable de la misericordia de Dios. A partir de las experiencias en las que desde los primeros años de vida tuvo para constatar toda la crueldad de los hombres, él afirma que la Misericordia es la única verdadera y última realización eficaz en contra de la potencia del mal. Solamente en donde hay misericordia acaba la crueldad, acaban el mal y la violencia». 
  
«El Papa Francisco –continúa Benedicto citando a su sucesor– se encuentra completamente de acuerdo con esta línea. Su práctica pastoral se expresa precisamente en el hecho de que él nos habla constantemente de la misericordia de Dios. Es la misericordia lo que nos mueve hacia Dios, mientras la justicia nos espanta ante su presencia. En mi opinión esto resalta que bajo la capa de la seguridad de sí y de la propia justicia el hombre de hoy oculta un profundo conocimiento de sus heridas y de su indignidad frente a Dios. Él está esperando misericordia». 
  
El 28 de junio de 2016, en ocasión del 65° aniversario de la ordenación sacerdotal de Joseph Ratzinger, se llevó a cabo una ceremonia en la Sala Clementina, en la que participaron el Papa Francisco y su predecesor. 
  
Benedicto, en su breve saludo final, volvió a hablar sobre la misericordia: «¡Gracias sobre todo a usted, Santo Padre! Su bondad desde el primer momento de la elección, en cada momento de mi vida aquí, me sorprende, me mueve realmente, interiormente. Más que en los Jardines Vaticanos, con su belleza, su bondad, es el lugar en el que habito: me siento protegido. Gracias también por la palabra de agradecimiento, por todo. Y esperemos que usted pueda seguir adelante con todos nosotros por esta vía de la Misericordia Divina, mostrando el camino de Jesús, hacia Jesús, hacia Jesús». 

La carta de Ratzinger concluye con un último parrafito que fue divulgado por Sandro Magister, periodista italiano: «Sin embargo, no me apetece escribir sobre ellos una breve y densa página teológica –responde el Papa emérito, pues seguramente se la habían pedido explícitamente–, porque siempre, en toda mi vida, me ha quedado claro que habría escrito y que me habría expresado solamente sobre los libros que he leído verdaderamente. Desgraciadamente, solo por razones físicas, no soy capaz de leer los once volumencitos en el fututo próximo, y mucho menos ahora que me esperan otros compromisos que ya he asumido».  

“¿Qué es la hora de Dios?”

Padre Antonio Rivero

V DOMINGO DE CUARESMA - Ciclo B

Textos: Jr 31, 31-34; Hb 5, 7-9; Jn 12, 20-33


Idea principal: Ya va llegando la Hora de Jesús. 
Síntesis del mensaje: En tres domingos sucesivos la liturgia nos presenta unos símbolos para entender mejor el misterio de la Pascua del Señor, la Hora de Jesús: el templo que Él reedificará en tres días (domingo 3), la serpiente levantada que cura a quien la mira con fe (domingo 4) y hoy el grano de trigo. Misterio pascual que implica muerte y resurrección.
Puntos de la idea principal:
En primer lugar, hace más de 2.000 años le llegó la Hora a Dios: “Ha llegado la hora…me siento agitado. ¿Le pido al Padre que pare el reloj del Plan de salvación?” (evangelio). Gritó, lloró (segunda lectura). Pero el Padre no movió el dedo, no paró el reloj, no adelantó las manecillas. Simplemente, dejó que se cumpliera la Hora. Y el Hijo fue detenido, procesado, condenado, ejecutado. Así se cumplió la Hora de la salvación del género humano. No es la hora del calendario civil. Es la Hora en lengua bíblica, es decir, el designio de Dios, el plan de Dios, en una palabra, la voluntad de Dios. Y Jesús afrontó esa Hora con decisión, con valentía, con obediencia, con amor, pero sin ahorrar dolor y sufrimiento en el cuerpo, en el alma, en el espíritu.
En segundo lugar, muchos de nuestros hermanos están atravesando en este momento la Hora amarga: sufrimientos personales, familiares, sociales, políticos, económicos, nacionales, internacionales, planetarios. Hora permitida por Dios, pero muchas veces querida por hombres sin escrúpulos y sin el santo temor. Ya apuntó el Papa Francisco algunas de esas espinas en su exhortación “Evangelii gaudium”: economía de la exclusión, idolatría del dinero, dinero que gobierna en vez de servir, inequidad que genera violencia, persecución de cristianos, indiferencia relativista, familias destruidas y frágiles en sus vínculos. Otras cruces duras que son el pan nuestro de cada día. ¿Qué le digo yo a una viuda de corazón enlutado, al padre de cinco hijos condenado a muerte de cáncer, a la muchachita a quien el muy galán dejó al pie del altar vestida y alborotada, a la familia con hijo drogadicto o en la cárcel, al…? No bastan consejitos analgésicos y euforizantes. Mis hermanos y yo, querríamos que esa Hora pasase ya. Pero, ¿lo querrá Dios? Nuestro Padre Dios en respuesta a este deseo envía a su Hijo al sufrimiento; llegó el Hijo y cargó con la cruz sin rechistar, pues era la Hora del Padre para salvarnos. El cristiano aprendió así el sentido que el Hijo dio al sufrimiento: purificador de los pecados propios, redentor de las almas, colaboradores con Él en la salvación de los hombres. Por tanto, la Hora del sufrimiento es, en efecto, la hora de la verdad, de esas grandes verdades.
Finalmente, también a nosotros tarde o temprano nos llega la Hora. Cada quien piense cuál es su Hora, si está bien la manecilla del propio reloj que marcará la Hora de Dios, qué color tiene el reloj que marcará esa Hora de Dios. Cada quién piense si algún Vesubio ha explotado o está a punto de explotar en su vida o en la vida de su familia, lanzando al cielo rocas como aeróstatos de fuego, como aquel Vesubio del 24 de agosto del año 79 d.C. en Nápoles, cuyos aeróstatos caían a plomo sobre los campos como bombas de napalm, y donde la torrentera de lava entró invasora por las calles, plazas y casas de Satabiae –las termas placenteras-, Pompeia –las salas de fiesta- y Herculanum –el comercio-; y donde “trenes” de nubes cargadas de cenizas descargaron sobre esas tres ciudades, las sepultaron bajo seis metros de pavesas y por 1.600 años desaparecieron de la memoria de los hombres. Sí, la Hora de Dios es terrible, incomprensible, pero necesaria y debe cumplirse. El sufrimiento y la muerte son un trámite para la resurrección, la eternidad y la gloria. Por tanto, la Hora de Dios es la Hora del Padre lleno de ternura y misericordia que busca la oveja perdida y salva a la pecadora arrepentida. 
Para reflexionar: ¿Cómo reacciono ante la Hora de Dios en mi vida: con amor y obediencia como Jesús; o con rebeldía y disgusto? ¿Dejo a Dios Padre que marque la Hora en mi vida o le impongo la hora que yo quiero?
Para rezar: Señor, que se cumpla en mí tu Hora, cuando tú quieras, donde tú quieras, como tú quieras y el tiempo que tú quieras. Quiero parecerme a tu Hijo Jesús y a tantos de tus amigos, los santos y santas. Amén.