04 junio 2018

El sentido de la vida que se acaba

«Cuando luchan la verdad y la mentira, el bien y el mal, la belleza y la fealdad, lo justo no se encuentra en el término medio…
No deberíamos olvidar nunca, y menos en estos tiempos extraviados, pero no desesperanzados, la vieja enseñanza de Antístenes: las ciudades sucumben cuando dejan de distinguir entre el bien y el mal».
La vida humana terrena empieza en la concepción y termina con la muerte. Por lo tanto, la dignidad de la persona comienza en la concepción y concluye con la muerte, con independencia de la continuidad de la vida personal y su dignidad más allá de la muerte. Y no hay vidas más o menos dignas de ser vividas. No hay ninguna vida indigna ni carente de sentido.
Es curioso cómo la aceptación social del aborto, uno de los dos peores errores morales del siglo XX, según Julián Marías, ha sido muy superior a la de la eutanasia, acaso por la mayor visibilidad de la persona a la que se suprime la vida, y a pesar de que en el caso del aborto no existe el consentimiento de la víctima. Todo lo que precisa del eufemismo, declara por ello su indigencia moral. Así, se prefiere hablar de «muerte digna» o de «interrupción voluntaria del embarazo». La eutanasia goza de algunos argumentos aparentes y prejuicios a su favor. Se cobija bajo la protección de la libertad. Si un hombre no desea continuar viviendo, habría que respetar su voluntad. Seríamos absolutamente libres para hacer todo aquello que no entrañe ningún daño a otro. Además, no se impone nada a nadie. Todos permanecemos libres. Quien la quiera, la tendrá a su disposición, y quien no, a nada estará obligado. Perfecta libertad. Y acaso el más extendido argumento sea la piedad, el cese del sufrimiento, el supremo mal.
Pero la realidad no favorece a sus defensores. La aceptación de la eutanasia niega la condición personal del hombre, y entiende que la vida no vale en sí misma, sino que se acepta a beneficio de inventario. Cuando el balance es negativo, se repudia. El dolor es un mal, pero no todo en el dolor es un mal. Ni tampoco es el único ni el peor mal. Cuando todos los valores superiores se niegan, sólo quedan el placer y la supresión del dolor. Muchos contemporáneos pretenden que la vida sea una permanente noche de juerga o un eterno jardín de infancia.
No hay ninguna vida humana indigna, ni la del joven sano y fuerte, ni la que se extingue por la edad y la enfermedad. Si no de otras fuentes, al menos deberíamos aprender de los horrores del nazismo. Frente a la eutanasia, se levanta el precepto «no matarás», nunca, ni siquiera por compasión. La idea de un médico o enfermero homicidas constituye, en sí misma, una aberración. El fin de las profesiones sanitarias es la curación y la supresión, hasta donde es posible, del dolor. Y esto último es, cada vez, más real. Lo que necesita la vida que se acaba es amor, compañía y cuidados paliativos, no la inyección letal.
Estamos ante otro episodio de la equivocada relación entre medios y fines. La legalización de la eutanasia pretende que el fin de suprimir el dolor justifica el medio de acabar con la vida. Pero sabemos que esto no es así. Gregorio Marañón afirmó que ser liberal consiste en negar que el fin justifique los medios, sino que, por el contrario, son los medios los que justifican el fin. Y aquí, el medio es matar. Algo parecido podría decirse sobre la pena de muerte o la tortura. No es posible que el bien surja del mal.
En la valoración de la vida, no caben medias tintas. Nietzsche dijo: «¿Era esto la vida? Bien, que venga otra vez». Sí a la vida, a toda vida, también a la vida terminal.
Las posiciones divergentes sobre la eutanasia derivan de actitudes antagónicas sobre el hombre y la vida. No pueden coincidir quienes, por ejemplo, conciben la vida como un don de Dios, indisponible, por tanto, para el hombre, que quienes la consideran una mera propiedad inherente a ciertos seres. Si hay un derecho a la vida, no puede haber un deber de matar. Entre una concepción religiosa o metafísica y otra materialista o hedonista, es muy difícil encontrar un acuerdo. ¿Existe una vía media conciliadora? No parece que lo sea dejar la solución en manos de médicos, familiares y pacientes. En cualquier caso, los médicos no son meros servidores de la arbitrariedad del cliente o de un familiar en quien, eventualmente, haya podido delegar. Los médicos tienen obligaciones derivadas de la moral general y de la deontología profesional, incompatibles con la idea mercantil de que el cliente, es decir, el paciente, siempre tiene razón.
Otra cosa es que el Derecho deba tener en cuenta la moral social y atenerse a las convicciones dominantes. Pero la solución no es fácil cuando la opinión pública se encuentra radicalmente escindida. La clave se halla, como siempre, en la educación, y en la ejemplaridad de quienes poseen la autoridad espiritual, si es que hoy queda algún residuo de tal cosa. Pero nada tiene que ver la oposición a la eutanasia con la defensa del llamado encarnizamiento terapéutico, ni con la adopción de medidas excepcionales para mantener a toda costa la vida que se apaga. El declive actual de la protección jurídica de la vida tiene mucho que ver con la propagación de una actitud antihumanista y, por tanto, antipersonalista. Lo que está en crisis no es ya la dignidad de la persona, sino la condición personal del hombre. Caminamos, como mínimo, hacia una eutanasia sibilina y vergonzante. Y puede que este diagnóstico sea optimista. La crisis intelectual y moral, en suma, espiritual, de nuestro tiempo parece evidente. Pero no solo de éste. Un personaje de Pérez Galdós, en La corte de Carlos IV, afirma: «La elevación de los tontos, ruines y ordinarios no es, como algunos creen, desdicha peculiar de los modernos tiempos». Cuando luchan la verdad y la mentira, el bien y el mal, la belleza y la fealdad, lo justo no se encuentra en el término medio. No deberíamos olvidar nunca, y menos en estos tiempos extraviados, pero no desesperanzados, la vieja enseñanza de Antístenes: las ciudades sucumben cuando dejan de distinguir entre el bien y el mal.

14 cuestiones sobre la familia

¿Qué es la familia? ¿Cómo ser buen padre y buena madre? ¿Qué papel tiene la familia en la educación de los hijos? ¿Cómo conjugar la autoridad y la libertad? ¿Cómo vivir la confianza mutua en el día a día?
“¿Qué es la familia?” se pregunta el Papa Francisco, y se contesta: “más allá de sus acuciantes problemas y de sus necesidades perentorias, la familia es un ‘centro de amor’, donde reina la ley del respeto y de la comunión, capaz de resistir a los embates de la manipulación y de la dominación de los ‘centros de poder’ mundanos. En el hogar familiar, la persona se integra natural y armónicamente en un grupo humano, superando la falsa oposición entre individuo y sociedad. En el seno de la familia, nadie es descartado: tanto el anciano como el niño hallan acogida. La cultura del encuentro y el diálogo, la apertura a la solidaridad y a la trascendencia tienen en ella su cuna. Por eso, la familia constituye una gran ‘riqueza social’. En ese sentido, quisiera subrayar dos aportes primordiales: la estabilidad y la fecundidad”.
* * *
Respuestas de san Josemaría a varias preguntas sobre el amor en la familia, los conflictos familiares, la relación padres e hijos, la educación de los hijos o la fe en la familia.
Los textos han sido seleccionados fundamentalmente del libro Conversaciones, que recoge siete entrevistas que concedió San Josemaría, entre 1966 y 1968, a Le Figaro, The New York Times, Time, L'Osservatore della Domenica y a varias revistas españolas (Telva, Gaceta Universitaria y Palabra y de la homilía El Matrimonio, vocación cristiana publicada en el libro Es Cristo que pasa.
Sumario. 1. ¿Cómo hacer que el amor llene la vida familiar? 2. ¿Cómo ser buen padre y buena madre? 3. ¿Qué papel tiene la familia en la educación de los hijos? 4. ¿Cómo solucionar la falta de tiempo que sienten hoy muchos padres para estar con sus hijos, para la vida familiar? 5. Algunas claves para la educación de los hijos. 6. ¿Cómo compaginar la autoridad con la libertad? 7. ¿Qué significa la confianza y la comprensión entre padres e hijos? 8. ¿Cabe alguna justificación para la actitud que a veces tienen los padres de querer imponer a sus hijos la elección de carrera o de trabajo, de novio o de un determinado modo de vida? 9. ¿Qué hacer para superar los conflictos familiares? 10. ¿Qué hacer cuando un hijo plantea a sus padres una entrega completa a Dios? 11. ¿Qué deben hacer los hijos por la familia? 12. ¿Cómo se manifiesta la fe en la familia? 13. ¿Es importante la oración en la familia? 14. ¿Conviene que la familia rece unida?
1. ¿Cómo hacer que el amor llene la vida familiar?
Al pensar en los hogares cristianos, me gusta imaginarlos luminosos y alegres, como fue el de la Sagrada Familia. Cada hogar cristiano debería ser un remanso de serenidad, en el que, por encima de las pequeñas contradicciones diarias, se percibiera un cariño hondo y sincero, una tranquilidad profunda, fruto de una fe real y vivida.
Los casados están llamados a santificar su matrimonio y a santificarse en esa unión; cometerían por eso un grave error, si edificaran su conducta espiritual a espaldas y al margen de su hogar. La vida familiar, las relaciones conyugales, el cuidado y la educación de los hijos, el esfuerzo por sacar económicamente adelante a la familia y por asegurarla y mejorarla, el trato con las otras personas que constituyen la comunidad social, todo eso son situaciones humanas y corrientes que los esposos cristianos deben sobrenaturalizar.
La fe y la esperanza se han de manifestar en el sosiego con que se enfocan los problemas, pequeños o grandes, que en todos los hogares ocurren, en la ilusión con que se persevera en el cumplimiento del propio deber. La caridad lo llenará así todo, y llevará a compartir las alegrías y los posibles sinsabores; a saber sonreír, olvidándose de las propias preocupaciones para atender a los demás; a escuchar al otro cónyuge o a los hijos, mostrándoles que de verdad se les quiere y comprende; a pasar por alto menudos roces sin importancia que el egoísmo podría convertir en montañas; a poner un gran amor en los pequeños servicios de que está compuesta la convivencia diaria.
Santificar el hogar día a día, crear, con el cariño, un auténtico ambiente de familia: de eso se trata. Para santificar cada jornada, se han de ejercitar muchas virtudes cristianas; las teologales en primer lugar y, luego, todas las otras: la prudencia, la lealtad, la sinceridad, la humildad, el trabajo, la alegría... ¿Quieres un secreto para ser feliz?: darse y servir a los demás, sin esperar que te lo agradezcan.
2. ¿Cómo ser buen padre y buena madre?
Si tuviera que dar un consejo a los padres, les daría sobre todo éste: que vuestros hijos vean −lo ven todo desde niños, y lo juzgan: no os hagáis ilusiones− que procuráis vivir de acuerdo con vuestra fe, que Dios no está sólo en vuestros labios, que está en vuestras obras; que os esforzáis por ser sinceros y leales, que os queréis y que los queréis de veras.
Los padres educan fundamentalmente con su conducta. Lo que los hijos y las hijas buscan en su padre o en su madre no son sólo unos conocimientos más amplios que los suyos o unos consejos más o menos acertados, sino algo de mayor categoría: un testimonio del valor y del sentido de la vida encarnado en una existencia concreta, confirmado en las diversas circunstancias y situaciones que se suceden a lo largo de los años.
Para mí, no existe ejemplo más claro de la unión práctica de la justicia con la caridad, que el comportamiento de las madres. Aman con idéntico cariño a todos sus hijos, y precisamente ese amor les impulsa a tratarlos de modo distinto −con una justicia desigual−, ya que cada uno es diverso de los otros.
Es así como mejor contribuiréis a hacer de ellos cristianos verdaderos, hombres y mujeres íntegros capaces de afrontar con espíritu abierto las situaciones que la vida les depare, de servir a sus conciudadanos y de contribuir a la solución de los grandes problemas de la humanidad, de llevar el testimonio de Cristo donde se encuentren más tarde, en la sociedad.
3. El ambiente que rodea a los hijos, también les influye en su educación, en su modo de ver las cosas. ¿Qué papel tiene la familia en la educación de los hijos?
Los padres son los principales educadores de sus hijos, tanto en lo humano como en lo sobrenatural, y han de sentir la responsabilidad de esa misión, que exige de ellos comprensión, prudencia, saber enseñar y, sobre todo, saber querer; y poner empeño en dar buen ejemplo.
No es camino acertado, para la educación, la imposición autoritaria y violenta. El ideal de los padres se concreta más bien en llegar a ser amigos de sus hijos: amigos a los que se confían las inquietudes, con quienes se consultan los problemas, de los que se espera una ayuda eficaz y amable.
La paternidad y la maternidad no terminan con el nacimiento: esa participación en el poder de Dios, que es la facultad de engendrar, ha de prolongarse en la cooperación con el Espíritu Santo para que culmine formando auténticos hombres cristianos y auténticas mujeres cristianas.
4. ¿Cómo solucionar la falta de tiempo que sienten hoy muchos padres para estar con sus hijos, para la vida familiar? Muchas veces, cuando la madre hace un trabajo fuera de su casa, pesan sobre ella los reclamos del hogar; y cuando permanece de lleno dedicada a su familia, se siente limitada en sus posibilidades. ¿Qué diría usted a las personas que experimentan esas contradicciones? ¿Cómo conciliar la vida profesional y la familiar?
El problema que planteas en la mujer, no es extraordinario: con otras peculiaridades, muchos hombres experimentan alguna vez algo semejante.
En todo caso, hay que poner en práctica también remedios pequeños, que parecen banales, pero que no lo son: cuando hay muchas cosas que hacer, es preciso establecer un orden, es necesario organizarse.
Es necesario que los padres encuentren tiempo para estar con sus hijos y hablar con ellos. Los hijos son lo más importante: más importante que los negocios, que el trabajo, que el descanso.
En esas conversaciones conviene escucharles con atención, esforzarse por comprenderlos, saber reconocer la parte de verdad −o la verdad entera− que pueda haber en algunas de sus rebeldías. Y, al mismo tiempo, ayudarles a encauzar rectamente sus afanes e ilusiones, enseñarles a considerar las cosas y a razonar; no imponerles una conducta, sino mostrarles los motivos, sobrenaturales y humanos, que la aconsejan. En una palabra, respetar su libertad, ya que no hay verdadera educación sin responsabilidad personal, ni responsabilidad sin libertad.
5. Educar, en la práctica, no es tarea sencilla, ¿Puede decirnos algunas claves para la educación de los hijos?
La clave suele estar en la confianza: que los padres sepan educar en un clima de familiaridad.
Escuchad a vuestros hijos, dedicadles también el tiempo vuestro, mostradles confianza; creedles cuanto os digan, aunque alguna vez os engañen; no os asustéis de sus rebeldías, puesto que también vosotros a su edad fuisteis más o menos rebeldes; salid a su encuentro, a mitad de camino, y rezad por ellos, que acudirán a sus padres con sencillez −es seguro, si obráis cristianamente así−, en lugar de acudir con sus legítimas curiosidades a un amigote desvergonzado o brutal.
Vuestra confianza, vuestra relación amigable con los hijos, recibirá como respuesta la sinceridad de ellos con vosotros: y esto, aunque no falten contiendas e incomprensiones de poca monta, es la paz familiar, la vida cristiana.
6. ¿Cómo compaginar la autoridad con la libertad?
Aconsejo siempre a los padres que procuren hacerse amigos de sus hijos. Se puede armonizar perfectamente la autoridad paterna, que la misma educación requiere, con un sentimiento de amistad, que exige ponerse de alguna manera al mismo nivel de los hijos.
Los chicos −aun los que parecen más díscolos y despegados− desean siempre ese acercamiento, esa fraternidad con sus padres. La clave suele estar en la confianza: que los padres sepan educar en un clima de familiaridad, que no den jamás la impresión de que desconfían, que den libertad y que enseñen a administrarla con responsabilidad personal.
Es preferible que se dejen engañar alguna vez: la confianza, que se pone en los hijos, hace que ellos mismos se avergüencen de haber abusado, y se corrijan; en cambio, si no tienen libertad, si ven que no se confía en ellos, se sentirán movidos a engañar siempre.
Es más, cuando se trata de cosas que son objeto de la libertad de opinión, como en esos terrenos nadie puede pretender estar en posesión de la verdad absoluta, el trato mutuo, lleno de afecto, es un medio concreto para aprender de los demás lo que nos pueden enseñar; y también para que los demás aprendan, si quieren, lo que cada uno de los que con él conviven le puede enseñar, que siempre es algo.
No es cristiano, ni aun humano, que una familia se divida por estas cuestiones. Cuando se comprende a fondo el valor de la libertad, cuando se ama apasionadamente este don divino del alma, se ama el pluralismo que la libertad lleva consigo.
7. ¿Puede concretar más qué significa la confianza y la comprensión entre padres e hijos? ¿Cómo vivir la confianza mutua día a día?
Esa amistad de que hablo, ese saber ponerse al nivel de los hijos, facilitándoles que hablen confiadamente de sus pequeños problemas, hace posible algo que me parece de gran importancia: que sean los padres quienes den a conocer a sus hijos el origen de la vida, de un modo gradual, acomodándose a su mentalidad y a su capacidad de comprender, anticipándose ligeramente a su natural curiosidad; hay que evitar que rodeen de malicia esta materia, que aprendan algo −que es en sí mismo noble y santo− de una mala confidencia de un amigo o de una amiga. Esto mismo suele ser un paso importante en ese afianzamiento de la amistad entre padres e hijos, impidiendo una separación en el mismo despertar de la vida moral.
Por otra parte, los padres han de procurar también mantener el corazón joven, para que les sea más fácil recibir con simpatía las aspiraciones nobles e incluso las extravagancias de los chicos. La vida cambia, y hay muchas cosas nuevas que quizá no nos gusten −hasta es posible que no sean objetivamente mejores que otras de antes−, pero que no son malas: son simplemente otros modos de vivir, sin más trascendencia. En no pocas ocasiones, los conflictos aparecen porque se da importancia a pequeñeces, que se superan con un poco de perspectiva y de sentido del humor.
8. ¿Cabe alguna justificación para la actitud que a veces tienen los padres de querer imponer a sus hijos la elección de carrera o de trabajo, de novio o de un determinado modo de vida, oponiéndose a veces a que éstos sigan la llamada de Dios para emplearse en el servicio de las almas? ¿No sería mejor dejarles libertad, para que lleguen a la madurez personal?
En última instancia, es claro que las decisiones que determinan el rumbo de una vida, ha de tomarlas cada uno personalmente, con libertad, sin coacción ni presión de ningún tipo.
Esto no quiere decir que no haga falta, de ordinario, la intervención de otras personas. Precisamente porque son pasos decisivos, que afectan a toda la vida, y porque la felicidad depende en gran parte de cómo se den, es lógico que requieran serenidad, que haya que evitar la precipitación, que exijan responsabilidad y prudencia. Y una parte de la prudencia consiste justamente en pedir consejo: sería presunción −que suele pagarse cara− pensar que podemos decidir sin la gracia de Dios y sin el calor y la luz de otras personas, especialmente de nuestros padres.
Los padres pueden y deben prestar a sus hijos una ayuda preciosa, descubriéndoles nuevos horizontes, comunicándoles su experiencia, haciéndoles reflexionar para que no se dejen arrastrar por estados emocionales pasajeros, ofreciéndoles una valoración realista de las cosas. Unas veces prestarán esa ayuda con su consejo personal; otras, animando a sus hijos a acudir a otras personas competentes: a un amigo leal y sincero, a un sacerdote docto y piadoso, a un experto en orientación profesional.
Pero el consejo no quita la libertad, sino que da elementos de juicio, y esto amplía las posibilidades de elección, y hace que la decisión no esté determinada por factores irracionales. Después de oír los pareceres de otros y de ponderar todo bien, llega un momento en el que hay que escoger: y entonces nadie tiene derecho a violentar la libertad.
Los padres han de guardarse de la tentación de querer proyectarse indebidamente en sus hijos −de construirlos según sus propias preferencias−, han de respetar las inclinaciones y las aptitudes que Dios da a cada uno. Si hay verdadero amor, esto resulta de ordinario sencillo. Incluso en el caso extremo, cuando el hijo toma una decisión que los padres tienen buenos motivos para juzgar errada, e incluso para preverla como origen de infelicidad, la solución no está en la violencia, sino en comprender y −más de una vez− en saber permanecer a su lado para ayudarle a superar las dificultades y, si fuera necesario, a sacar todo el bien posible de aquel mal.
9. Tener una familia estable, con paz, sin duda es un deseo de todos. Pero en la convivencia diaria en el matrimonio y en la familia hay roces pequeños o grandes enfados, dificultades más o menos objetivas y muchas veces diversidad de pareceres y de enfoques entre padres e hijos. ¿Qué hacer para superar esas situaciones y conflictos familiares?
Mi respuesta no puede ser más que una: convivir, comprender, disculpar.
Seamos sinceros: la familia unida es lo normal. Hay roces, diferencias... Pero esto son cosas corrientes, que hasta cierto punto contribuyen incluso a dar su sal a nuestros días. Son insignificancias, que el tiempo supera siempre: luego queda sólo lo estable, que es el amor, un amor verdadero −hecho de sacrificio− y nunca fingido, que lleva a preocuparse unos de otros, a adivinar un pequeño problema y su solución más delicada. Y porque todo esto es lo normal, la inmensa mayoría de la gente me ha entendido muy bien cuando me ha oído llamar −ya desde los años veinte lo vengo repitiendo− dulcísimo precepto al cuarto mandamiento del Decálogo.
El problema es antiguo, aunque quizá puede plantearse ahora con más frecuencia o de forma más aguda, por la rápida evolución que caracteriza a la sociedad actual. Es perfectamente comprensible y natural que los jóvenes y los mayores vean las cosas de modo distinto: ha ocurrido siempre. Lo sorprendente sería que un adolescente pensara de la misma manera que una persona madura. Todos hemos sentido movimientos de rebeldía hacia nuestros mayores, cuando comenzábamos a formar con autonomía nuestro criterio; y todos también, al correr de los años, hemos comprendido que nuestros padres tenían razón en tantas cosas, que eran fruto de su experiencia y de su cariño. Por eso corresponde en primer término a los padres −que ya han pasado por ese trance− facilitar el entendimiento, con flexibilidad, con espíritu jovial, evitando con amor inteligente esos posibles conflictos.
10. ¿Qué hacer cuando un hijo plantea a sus padres una entrega completa a Dios?
Los padres que aman de verdad, que buscan sinceramente el bien de sus hijos, después de los consejos y de las consideraciones oportunas, han de retirarse con delicadeza para que nada perjudique el gran bien de la libertad, que hace al hombre capaz de amar y de servir a Dios. Deben recordar que Dios mismo ha querido que se le ame y se le sirva en libertad, y respeta siempre nuestras decisiones personales: dejó Dios al hombre −nos dice la Escritura− en manos de su albedrío (Eccli 15, 14.).
Cuando unos padres católicos no comprenden esa vocación, pienso que han fracasado en su misión de formar una familia cristiana, que ni siquiera son conscientes de la dignidad que el Cristianismo da a su propia vocación matrimonial.
Por lo demás, la experiencia que tengo en el Opus Dei es muy positiva. Suelo decir, a los socios de la Obra, que deben el noventa por ciento de su vocación a sus padres: porque les han sabido educar y les han enseñado a ser generosos. Puedo asegurar que en la inmensa mayoría de los casos −prácticamente en la totalidad− los padres no sólo respetan sino que aman esa decisión de sus hijos, y que ven en seguida la Obra como una ampliación de la propia familia. Es una de mis grandes alegrías, y una comprobación más de que, para ser muy divinos, hay que ser también muy humanos.
11. Hemos hablado del papel de los padres pero, ¿Qué deben hacer los hijos por la familia?
Los hijos han de poner también algo de su parte. La juventud ha tenido siempre una gran capacidad de entusiasmo por todas las cosas grandes, por los ideales elevados, por todo lo que es auténtico.
Conviene ayudarles a que comprendan la hermosura sencilla −tal vez muy callada, siempre revestida de naturalidad− que hay en la vida de sus padres; que se den cuenta, sin hacerlo pesar, del sacrificio que han hecho por ellos, de su abnegación −muchas veces heroica− para sacar adelante la familia.
Y que aprendan también los hijos a no dramatizar, a no representar el papel de incomprendidos; que no olviden que estarán siempre en deuda con sus padres, y que su correspondencia −nunca podrán pagar lo que deben− ha de estar hecha de veneración, de cariño agradecido, filial.
12. ¿Cómo se manifiesta la fe en la familia?
Las virtudes de la fe y la esperanza cristianas se han de manifestar en el sosiego con que se enfocan los problemas, pequeños o grandes, que en todos los hogares ocurren, en la ilusión con que se persevera en el cumplimiento del propio deber.
La caridad llevará a compartir las alegrías y los posibles sinsabores; a saber sonreír, olvidándose de las propias preocupaciones para atender a los demás; a escuchar al otro cónyuge o a los hijos, mostrándoles que de verdad se les quiere y comprende; a pasar por alto menudos roces sin importancia que el egoísmo podría convertir en montañas; a poner un gran amor en los pequeños servicios de que está compuesta la convivencia diaria.
13. ¿Es importante la oración en la familia?
Considero que es precisamente el mejor camino para dar una formación cristiana auténtica a los hijos. La Sagrada Escritura nos habla de esas familias de los primeros cristianos −la Iglesia doméstica, dice San Pablo (1Cor 16, 19)−, a las que la luz del Evangelio daba nuevo impulso y nueva vida.
En todos los ambientes cristianos se sabe, por experiencia, qué buenos resultados da esa natural y sobrenatural iniciación a la vida de piedad, hecha en el calor del hogar. El niño aprende a colocar al Señor en la línea de los primeros y más fundamentales afectos; aprende a tratar a Dios como Padre y a la Virgen como Madre; aprende a rezar, siguiendo el ejemplo de sus padres. Cuando se comprende eso, se ve la gran tarea apostólica que pueden realizar los padres, y cómo están obligados a ser sinceramente piadosos, para poder transmitir −más que enseñar− esa piedad a los hijos.
14. ¿Conviene que la familia rece unida?
Se tratará de costumbres diversas, según los lugares; pero pienso que siempre se debe fomentar algún acto de piedad, que los miembros de la familia hagan juntos, de forma sencilla y natural, sin beaterías. Hay prácticas de piedad −pocas, breves y habituales− que se han vivido siempre en las familias cristianas, y entiendo que son maravillosas: la bendición de la mesa, el rezo del rosario todos juntos (…), las oraciones personales al levantarse y al acostarse.
De esa manera, lograremos que Dios no sea considerado un extraño, a quien se va a ver una vez a la semana, el domingo, a la iglesia; que Dios sea visto y tratado como es en realidad: también en medio del hogar, porque, como ha dicho el Señor donde están dos o tres congregados en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos (Mat 18, 20.)
Lo digo con agradecimiento y con orgullo de hijo, yo sigo rezando −por la mañana y por la noche, y en voz alta− las oraciones que aprendí cuando era niño, de labios de mi madre. Me llevan a Dios, me hacen sentir el cariño con que me enseñaron a dar mis primeros pasos de cristiano; y, ofreciendo al Señor la jornada que comienza o dándole gracias por la que termina, pido a Dios que aumente en la gloria la felicidad de los que especialmente amo, y que después nos mantenga unidos para siempre en el cielo.
Para saber más

03 junio 2018

Un Cuerpo que pasa bendiciendo


Celebramos la fiesta del Corpus Christi, del Cuerpo del Dios hecho hombre; un día grande para todos, porque todos le interesan, de todos quiere saber, a todos quiere remediar
Me contaron que en una familia de aparceros de esta tierra, que vivían en un cortijo muy humilde, se puso enferma la mujer, y al comentarlo con el patrón, éste le sugirió la conveniencia de avisar al sacerdote, cosa que le pareció muy bien. Pero le dijo que esperara unos días. Al poco tiempo apareció el padre por el cortijo. Atendió a la enferma y al despedirse le preguntó por su insistencia en la demora de unos días. El buen hombre le explicó que así había tenido tiempo de blanquear la casa y limpiarla a fondo. Era la primera vez que el Santísimo Sacramento entraba en su hogar.
Celebramos la fiesta del Corpus Christi, del Cuerpo del Dios hecho hombre. Un día grande para todos. En las ciudades y pueblos de España se pasea por nuestras calles el Cuerpo de Dios. La procesión del Corpus. Un Cuerpo que pasa bendiciendo, un Dios escondido en un trozo de pan, con una presencia real y a la vez misteriosa, humilde, cercana, interesada por todo lo nuestro. Dios que camina con nosotros, compartiendo alegrías y penas, salud y enfermedad. Mirando a jóvenes y mayores, niños y ancianos, ricos y pobres, poderosos y humildes. Todos le interesan, de todos quiere saber, a todos quiere remediar.
Es una fiesta de larga tradición, se celebra por primera vez en 1246 en la diócesis de Lieja (Bélgica). Instituida el 8 de septiembre de 1264 por el papa Urbano IV para toda la Iglesia. Fiesta de gran raigambre en nuestra ciudad que celebraremos. Porque sabemos que es la bondad, el amor, la misericordia lo que pasa en la Custodia, salimos a acompañarle, a cantarle, a adorarle y a aplaudirle. Llenaremos las calles de hierbas aromáticas y de flores que perfumen, junto al incienso, su paso junto a nosotros. Rezaremos por nuestras necesidades y por las de la ciudad. Daremos gracias por los beneficios recibidos.
Adorar al Santísimo sacramento: "Nos postramos ante Dios que primero se ha inclinado hacia el hombre, como buen samaritano, para socorrerlo y devolverle la vida, y se ha arrodillado ante nosotros para lavar nuestros pies sucios. Adorar el Cuerpo de Cristo quiere decir creer que allí, en ese pedazo de pan, se encuentra realmente Cristo, el cual da verdaderamente sentido a la vida, al inmenso universo y a la criatura más pequeña, a toda la historia humana y a la existencia más breve".(Benedicto XVI en la fiesta del Corpus de 2008). Por eso adorar al Dios escondido no es anacronismo, un servilismo; es admirar al que nos muestra la grandeza del hombre. Al que nos hace grandes y nos recuerda quiénes somos. Al que nos alimenta y anima a compartir con el que no tiene. El que nos dice que todo lo hemos recibido y debemos compartirlo, es la fuente del bien.
El día del Corpus Christi es el gran día de la caridad. El día de Cáritas. La fiesta del Cuerpo real de Cristo nos recuerda que debemos cuidar y valorar el cuerpo: el nuestro y el de los demás. Que debemos socorrer a nuestro prójimo en sus necesidades corporales y espirituales. Darle de comer, curarle, acompañarle, respetarle. Pero que también debemos respetar y valorar nuestro cuerpo. El cuerpo es parte de la persona, es imagen de Dios. No respetarlo, no contar con su función propia, es un atentado a su dignidad.
El cuerpo no está para ser exhibido, usado, maltratado, vendido o comprado, como no lo está la persona. Merece un respeto y si no se lesiona, se banaliza. El cuerpo lo hemos recibido, no lo creamos nosotros. El cuerpo lleva inscrito en su interior unas tendencias, unas leyes, una finalidad con las que no podemos jugar como si fuéramos unos alquimistas medievales o un doctor Frankenstein. Dice el Papa Francisco en Amoris Laetitia: "No caigamos en el pecado de pretender sustituir al Creador. Somos criaturas, no somos omnipotentes. Lo creado nos precede y debe ser recibido como un don". No sé si nos tomamos el cuerpo en serio o simplemente jugamos con él.
Tenemos la oportunidad de salir a la calle el domingo del Corpus para festejar el amor que Dios nos tiene quedándose oculto en la materia, no sólo es grande el espíritu, también lo es el cuerpo. Podemos admirar y adorar a ese Corpus Christi, misterio de amor de Dios al hombre, que comparte nuestra corporalidad. Al acompañarle procesionando en la custodia por nuestras calles no sólo le adoramos e imploramos su bendición y protección, también crece nuestro amor y respeto al hermano y a nosotros mismos. Somos conscientes y aprendemos a valorar nuestro cuerpo, don inmenso recibido, y a cuidar de los demás. Corpus Christi y Cáritas, Uno nos lleva a lo otro.

Eucaristía, una puerta “entre la ciudad de Dios y la ciudad del hombre”

El Papa en el Ángelus

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!
Hoy en muchos países, como Italia, celebramos la solemnidad del Cuerpo y Sangre de Cristo, o, según la expresión latina, del Corpus Domini. El Evangelio nos recuerda las palabras de Jesús, pronunciadas en la Última Cena con sus discípulos: “Tomad, este es mi cuerpo …Esta es mi sangre, la sangre de la Alianza, derramada por la multitud”. (Mc 14,22-24). En virtud de este testamento de amor, la comunidad cristiana se reúne todos los domingos, y todos los días, alrededor de la Eucaristía, sacramento del Sacrificio redentor de Cristo. Y atraídos por su presencia real, los cristianos le adoran y le contemplan a través del humilde signo del pan convertido en su Cuerpo.
Cada vez que celebramos la Eucaristía, a través de este Sacramento a la vez sobrio y solemne, hacemos la experiencia de la Nueva Alianza, que realiza en plenitud la comunión entre Dios y nosotros. Y en cuanto que participantes de esta Alianza, incluso pequeños y pobres, colaboramos a la edificación de la historia según el proyecto de Dios? Por eso , toda celebración eucarística, en tanto que constituye un acto de culto público a Dios, envía a la vida y a los acontecimientos concretos de nuestra existencia Alimentando nos del Cuerpo y de la Sangre de Cristo, somos asimilados a Él, recibimos en nosotros su amor, no para guardarlo celosamente, sino para compartirlo con los otros. Es la lógica eucarística. En ella contemplamos a Jesús, pan partido y dado, sangre derramada para nuestra salvación. Es una presencia que, como un fuego, quema, en nosotros las actitudes egoístas, que nos purifica de la tendencia a dar solamente cuando hemos recibido, y que enciende el deseo de hacernos nosotros también, en unión con Jesús, pan partido y sangre derramada para los hermanos.
Por eso la fiesta del Corpus Domini es un misterio de atracción a Cristo y de transformación en Él. Y es esta escuela de amor concreto, paciente y sacrificado, como Jesús en la cruz. Nos enseña a ser más acogedores y disponibles hacía a aquellos que están en busca de comprensión, de ayuda, de ánimo y que están marginados y solos. La presencia de Jesús vivo en la Eucaristía es como una puerta, una puerta abierta entre el templo y el camino, entre la fe y la historia, entre la ciudad de Dios y la ciudad del hombre.
Las procesiones del Santísimo Sacramento, que hoy se desarrolla en diferentes países y ciudades, son expresiones de la piedad eucarística popular.
Yo también esta tarde, Ostia-como lo hizo el bienaventurado Pablo VI hace 50 años- celebraré la Misa, que será seguida por la procesión con el Santísimo Sacramento. Invito a todo el mundo a participar, incluso espiritualmente, por radio y televisión.
Que la Virgen María nos acompañe en este día.

02 junio 2018

‘Dar lo mejor de uno mismo’

Mensaje del Papa 

Al venerado hermano Señor Cardenal Kevin Farrell
Prefecto del Dicasterio para los Laicos, la Familia y la Vida
Con alegría recibí la noticia de la publicación del documento “Dar lo mejor de uno mismo”, sobre la perspectiva cristiana del deporte y la persona humana, que el Dicasterio para los Laicos, la Familia y la Vida ha preparado con el objetivo de resaltar el papel de la Iglesia en el mundo del deporte y de cómo el deporte puede ser un instrumento de encuentro, de formación, de misión y santificación.
El deporte es un lugar de encuentro donde personas de todo nivel y condición social se unen para lograr un objetivo común. En una cultura dominada por el individualismo y el descarte de las generaciones más jóvenes y de los más mayores, el deporte es un ámbito privilegiado en torno al cual las personas se encuentran sin distinción de raza, sexo, religión o ideología y donde podemos experimentar la alegría de competir por alcanzar una meta juntos, formando parte de un equipo en el que el éxito o la derrota se comparte y se supera; esto nos ayuda a desechar la idea de conquistar un objetivo centrándonos solo en uno mismo. La necesidad del otro abarca no solo a los compañeros de equipo sino también al entrenador, los aficionados, la familia, en definitiva, todas aquellas personas que con su entrega y dedicación hacen posible llegar a “dar lo mejor de uno mismo”. Todo esto hace del deporte un catalizador de experiencias de comunidad, de familia humana. Cuando un padre juega con su hijo, cuando los chicos juegan juntos en el parque o en la escuela, cuando el deportista celebra la victoria con los aficionados, en todos esos ambientes se puede ver el valor del deporte como lugar de unión y encuentro entre las personas. ¡Los grandes objetivos, en el deporte como en la vida, los logramos juntos, en equipo!
El deporte es también un vehículo de formación. Quizás hoy más que nunca debemos fijar la mirada en los jóvenes, puesto que, cuanto antes se inicie el proceso de formación, más fácil resultará el desarrollo integral de la persona a través del deporte. ¡Sabemos cómo las nuevas generaciones miran y se inspiran en los deportistas! Por eso, es necesaria la participación de todos los deportistas, de cualquier edad y nivel, para que los que forman parte del mundo del deporte sean un ejemplo en virtudes como la generosidad, la humildad, el sacrificio, la constancia y la alegría. Del mismo modo, deberían dar su aportación en lo que se refiere al espíritu de equipo, el respeto, la competitividad y la solidaridad con los demás. Es esencial que todos seamos conscientes de la importancia que tiene el ejemplo en la práctica deportiva, ya que es buen arado en tierra fértil que facilitará la cosecha siempre que se cuide y se trabaje adecuadamente.
Por último, quisiera resaltar el papel del deporte como medio de misión y santificación. La Iglesia está llamada a ser un signo de Jesús en medio del mundo, también a través del deporte en los “oratorios”, en las parroquias y en las escuelas, en las asociaciones, etc. Siempre es ocasión de llevar el mensaje de Cristo, “a tiempo y a destiempo” (2 Tim 4,2). Es importante llevar, comunicar esta alegría que transmite el deporte, que no es otra que descubrir las potencialidades de la persona, que nos llaman a desvelar la belleza de la creación y del propio ser humano puesto que está hecho a imagen y semejanza de Dios. El deporte puede abrir el camino a Cristo en aquellos lugares o ambientes donde por diferentes motivos no es posible anunciarlo de manera directa. Y las personas con su testimonio de alegría, con la práctica deportiva en comunidad, pueden ser mensajeras de la Buena Noticia.
Dar lo mejor de uno mismo en el deporte, es también una llamada a aspirar a la santidad. Durante el reciente encuentro con los jóvenes en preparación al Sínodo de los Obispos manifesté la convicción de que todos los jóvenes allí presentes físicamente o a través de las redes sociales, tenían el deseo y la esperanza de dar lo mejor de uno mismo. He utilizado la misma expresión en la reciente exhortación apostólica, recordando que el Señor tiene una forma única y específica de llamada a la santidad para todos nosotros: “Lo que interesa es que cada creyente discierna su propio camino y saque a la luz lo mejor de sí, aquello tan personal que Dios ha puesto en él” (Gaudete et Exsultate, 11).
Es necesario profundizar en la estrecha relación que existe entre el deporte y la vida, para que puedan iluminarse recíprocamente, para que el afán de superación en una disciplina atlética sirva también de inspiración para mejorar siempre como persona en todos los aspectos de la vida. Tal búsqueda, con la ayuda de la gracia de Dios, nos encamina a aquella plenitud de vida que nosotros llamamos santidad. El deporte es una riquísima fuente de valores y virtudes que nos ayudan a mejorar como personas. Como el atleta durante el entrenamiento, la práctica deportiva nos ayuda a dar lo mejor de nosotros mismos, a descubrir sin miedo nuestros propios límites, y a luchar por mejorar cada día. De esta forma, “en la medida en que se santifica, cada cristiano se vuelve más fecundo para el mundo” (ibidem, 33). Para el deportista cristiano, la santidad será entonces vivir el deporte como un medio de encuentro, de formación de la personalidad, de testimonio y de anuncio de la alegría de ser cristiano con los que le rodean.
Ruego al Señor, por intercesión de la Santísima Virgen, para que este documento produzca frutos abundantes tanto en el compromiso eclesial con la pastoral del deporte, como más allá de las fronteras de la Iglesia. A todos los deportistas y los agentes de pastoral que se reconocen en el gran “equipo” del Señor Jesús les pido por favor que recen por mí y envío de corazón mi bendición.
Vaticano, 1 de junio de 2018.
Fiesta de San Justino, mártir.
FRANCISCUS

Restablecer la imagen de Dios en nosotros

El Papa ayer en Santa Marta


En la primera lectura (1Pe 4,7-13), se dice: “no os extrañéis de ese fuego abrasador que os pone a prueba”. Todo eso forma parte de la vida cristiana, es una bienaventuranza: Jesús fue perseguido a causa de su fidelidad al Padre. “Estad alegres cuando compartís los padecimientos de Cristo, para que, cuando se manifieste su gloria, reboséis de gozo”. La persecución es como el aire del que vive el cristiano también hoy, porque hoy hay muchos mártires y perseguidos por amor a Cristo. En muchos países los cristianos no tienen derechos. Si llevas una cruz, vas a la cárcel, y hay gente en la cárcel; hay gente condenada a morir por ser cristianos hoy. Matan a la gente, y el número es más alto que los mártires de los primeros tiempos. ¡Más! Pero eso no es noticia, y por eso los telediarios, los periódicos no publican esas cosas. ¡Pero los cristianos son perseguidos!
Además, hoy hay otra persecución: a todo hombre y mujer por ser la imagen viva de Dios. Detrás de toda persecución, ya sea a cristianos o al hombre en general, está el diablo, está el demonio que intenta destruir la confesión de Cristo en los cristianos y la imagen de Dios en el hombre y en la mujer. Desde el comienzo ha procurado hacer eso –podemos leerlo en el Libro del Génesis–: destruir la armonía que el Señor creó entre hombre y mujer, esa armonía que deriva de ser imagen y semejanza de Dios. Y lo ha conseguido. Lo ha logrado con el engaño, la seducción…, con las armas que él utiliza. Siempre lo hace así. Pero también hoy hay una fuerza, yo diría una especie de rabia o de ira contra el hombre y la mujer, porque, de lo contrario, no se explicaría esta oleada creciente de destrucción al hombre y a la mujer, a todo lo humano.
Pienso en el hambre, una injusticia que destruye al hombre y a la mujer porque no tienen qué comer, aunque haya tanto alimento en el mundo. O en la explotación humana, esas diversas formas de esclavitud: recientemente he visto una grabación clandestina sobre una cárcel donde hay inmigrantes sometidos a torturas, a formas de destrucción para hacerlos esclavos. Y todo eso está pasando 70 años después de la declaración de los derechos humanos. Son las colonizaciones culturales, cuando los imperios obligan a aceptar disposiciones culturales contra la cultura de la gente, e imponen cosas que no son humanas para destruir, para la muerte. Lo que quiere el demonio es precisamente la destrucción de la dignidad. Finalmente, podemos pensar en las guerras como instrumento de destrucción de la gente, de la imagen de Dios. Y también en las personas que hacen las guerras, que planifican las guerras para dominar a los demás. Hay gente que lleva adelante tantas industrias de armas para destruir a la humanidad, para destruir la imagen del hombre y de la mujer, ya sea física, moral o culturalmente. “Pero, padre, esos no son cristianos. ¿Cómo que perseguidos?” – “Sí, son imagen de Dios. Y por eso el demonio los persigue”. Y los imperios continúan las persecuciones hoy. No debemos permitirnos ser ingenuos. Hoy, en el mundo, no solo los cristianos son perseguidos; los humanos, el hombre y la mujer, porque el padre de toda persecución no tolera que sean imagen y semejanza de Dios. Y ataca y destruye esa imagen. No es fácil de entenderlo; hace falta mucha oración para comprenderlo. Que el Señor nos dé la gracia de luchar y restablecer, con la fuerza de Jesucristo, la imagen de Dios que está en todos nosotros.

01 junio 2018

Me repugna el uso partidista de la Cruz


Ciertos movimientos políticos tienen la rara habilidad de volver a convertir el gran signo de la reconciliación universal en motivo de conflictos y enfrentamientos
En 2011, la presencia de crucifijos en las escuelas públicas italianas fue reconocida por el Tribunal de Estrasburgo. La familia Lautsi, de origen finlandés, había planteado la ilegalidad de esa representación en los centros de enseñanza. Las autoridades gubernativas y judiciales no consideraron que afectase a la libertad religiosa, por ser elemento de una tradición cultural, que formaba parte de la identidad nacional, y era plenamente respetuosa con las convicciones de los no cristianos. La sentencia de la Gran Sala del Tribunal europeo de derechos humanos del 18 de marzo de 2011 declaró la legitimidad de esa praxis italiana, por quince votos contra dos. Dio toda la razón a las autoridades locales. Y nada ha cambiado después, a pesar de la alternancia de partidos en el poder.
Llamó entonces la atención que uno de los defensores de esa postura ante el Tribunal fue Joseph Weiler, profesor de la New York University, autor de Una Europa cristiana, de religión hebrea. No dudó en acudir a la sala luciendo la kipá. Defendió el crucifijo sin argumentos estrictamente religiosos, es decir, apoyados en creencias o convicciones. Acentuó el derecho de cada pueblo a expresar el pasado en sus símbolos, sin ceder al chantaje de cualquiera que, en nombre de lógicas absolutistas e irrespetuosas de la historia, pretenda su desaparición. Mencionó que la señal de la cruz aparece en diversas banderas europeas, o en himnos escuchados por aquella época en los estadios de Sudáfrica, o en tantos monumentos artísticos del viejo Continente.
Más reciente, y muy distinta, es la polémica aún abierta en Alemania por una norma bávara: el gobierno de la CSU impone la instalación de crucifijos en un lugar visible del vestíbulo de los edificios de la Administración regional a partir del próximo mes de junio. Lo explicó públicamente el presidente del land, el socialcristiano Markus Söder, en la sede de la cancillería de Múnich, donde había fijado una cruz en un muro de la entrada al edificio. A su juicio, “la cruz no es un símbolo religioso; la cruz es el símbolo fundamental de la identidad cultural del carácter cristiano-occidental”.
No habría caso de violencia de la neutralidad o laicidad del Estado. Pero resulta inevitable pensar que la medida tiene carga política, porque a mediados de octubre se celebran las elecciones regionales: da la impresión de que la CSU bávara −aliada desde siempre de la CDU− quiere frenar la sangría de votos que beneficia a la formación derechista Alternativa para Alemania (AfD); como es sabido, explota contra Angela Merkel el a su juicio inmoderado aflujo de refugiados a Alemania desde 2015, y repite que la mayoría entró por Baviera.
AfD no está contra la cruz, puesto que su discurso es más bien xenófobo e, incluso, antiislamista. Pero reprocha a CSU −que, por cierto, salvo error mío, no tiene ese signo en su escudo, a diferencia de la antigua DC italiana− haber convertido la cruz en "un instrumento electoral, mientras los conservadores rechazan proteger nuestros valores básicos con acciones reales”, según reza un comunicado del grupo parlamentario de la AfD en el Bundestag. Seguramente el caso llegará al Tribunal Constitucional, con sede en Karlsruhe, que anuló ya una ley escolar de Baviera en 1995.
Entretanto, resultó inevitable una intervención de la jerarquía católica: el cardenal Reinhard Marx, arzobispo de Múnich y presidente de la conferencia episcopal, precisó que la cruz es más que un signo cultural: puede considerarse una señal de protesta contra la injusticia, el pecado y la muerte, pero no contra otras personas.
Algo semejante tendrán que hacer quizá los obispos catalanes, ante la campaña de las cruces amarillas en las playas, aunque no sean de madera, sino a base de toallas, como en Mataró. Desde luego, no deja de ser una zafia boutade considerar ese signo como “símbolo de la muerte de la democracia en el estado español”.
Parece una especie de antitipo de algunos radicales izquierdistas europeos −paradójicamente proislamistas− que pugnan por cambiar la bandera de diversos países: conservan la cruz en su enseña nacional los nórdicos, Suiza o el Reino Unido −que sigue siendo Estado confesional−, y figura en el correspondiente escudo nacional de otras, presente también en la bandera. Pero ciertos movimientos políticos tienen la rara habilidad de volver a convertir el gran signo de la reconciliación universal en motivo de conflictos y enfrentamientos. En cualquier caso, triste sería volver a tiempos de cruzadas...

El carácter definitivo de la doctrina de ‘Ordenatio sacerdotalis’


«Permaneced en mí y yo en vosotros. Como el sarmiento no puede dar fruto por sí mismo si no permanece en la vid, así tampoco vosotros si no permanecéis en mí» (Jn 15,4). Si la Iglesia puede ofrecer vida y salvación al mundo entero es gracias a estar arraigada en Jesucristo, su fundador. Este arraigo tiene lugar en primer lugar a través de los sacramentos, en cuyo centro está la eucaristía. Instituidos por Cristo, son columnas fundantes de la Iglesia que la generan continuamente como su cuerpo y su esposa. Íntimamente ligado a la eucaristía se encuentra el sacramento del orden, en el que Cristo se hace presente en la Iglesia como fuente de su vida y de su obrar. Los sacerdotes son configurados «con Cristo Sacerdote, de tal forma, que pueden obrar en nombre de Cristo Cabeza» (Presbyterorum ordinis, n. 2).
Cristo quiso conferir ese sacramento a los doce apóstoles, todos hombres, que, a su vez, lo han comunicado a otros hombres. La Iglesia se ha reconocido siempre vinculada a esa decisión del Señor, la cual excluye que el sacerdocio ministerial pueda ser válidamente conferido a las mujeres. Juan Pablo II, en la carta apostólica Ordinatio sacerdotalis, del 22 de mayo de 1994, enseñó, «con el fin de alejar toda duda sobre una cuestión de gran importancia, que atañe a la misma constitución divina de la Iglesia, en virtud de mi ministerio de confirmar en la fe a los hermanos (cf. Lc 22,32), declaro que la Iglesia no tiene en modo alguno la facultad de conferir la ordenación sacerdotal a las mujeres, y que este dictamen debe ser considerado como definitivo por todos los fieles de la Iglesia» (n. 4). La Congregación para la doctrina de la fe, en respuesta a una duda sobre la enseñanza de Ordinatio sacerdotalis, ha repetido que se trata de una verdad perteneciente al depósito de la fe.
En este sentido, produce seria preocupación ver surgir todavía en algunos países voces que ponen en duda el carácter definitivo de esta doctrina. Para sostener que no es definitiva, se argumenta que no ha sido definida ex cathedra y que, entonces, una decisión posterior de un futuro Papa o concilio podría cambiarla. Sembrando esas dudas se crea grave confusión entre los fieles, no solo sobre el sacramento del orden como parte de la constitución divina de la Iglesia, sino también sobre el magisterio ordinario que puede enseñar de modo infalible la doctrina católica.
En primer lugar, por lo que se refiere al sacerdocio ministerial, la Iglesia reconoce que la imposibilidad de ordenar mujeres pertenece a la «sustancia del sacramento» del orden (cfr. Denzinger-Hünermann, 1728). La Iglesia no tiene capacidad de cambiar esa sustancia, porque es precisamente a partir de los sacramentos, instituidos por Cristo, donde ha sido engendrada como Iglesia. No se trata solo de un elemento disciplinar, sino doctrinal, en cuanto afecta la estructura de los sacramentos, que son lugar originario del encuentro con Cristo y de la trasmisión de la fe. Por tanto, no estamos ante un límite que impediría a la Iglesia ser más eficaz en su actividad en el mundo. Si la Iglesia no puede intervenir, de hecho, es porque en ese punto interviene el amor originario de Dios. Él es quien actúa en la ordenación de los presbíteros, de modo que la Iglesia contenga siempre, en cada situación de su historia, la presencia visible y eficaz de Jesucristo «como fuente principal de la gracia» (Francisco, Evangelii gaudium, n. 104).
Consciente de no poder modificar, por obediencia al Señor, esta tradición, la Iglesia se esfuerza también en profundizar su significado, ya que el querer de Jesucristo, que es el Logos, nunca está privado de sentido. El sacerdote, en efecto, actúa en la persona de Cristo, esposo de la Iglesia, y su ser hombre es un elemento indispensable de esta representación sacramental (cfr. Congregación para la Doctrina de la Fe, Inter insigniores, n. 5). Ciertamente, la diferencia de funciones entre el hombre y la mujer no comporta ninguna subordinación, sino un enriquecimiento mutuo. Recuérdese que la figura completa de la Iglesia es María, la Madre del Señor, la cual no recibió el ministerio apostólico. Se ve así que lo masculino y lo femenino, lenguaje originario que el creador ha inscrito en el cuerpo humano, son asumidos en la obra de nuestra redención. Precisamente la fidelidad al designio de Cristo sobre el sacerdocio ministerial permite, entonces, profundizar y promover cada vez más el papel específico de las mujeres en la Iglesia, dado que «ni la mujer sin el hombre, ni el hombre sin la mujer, en el Señor» (1Cor11,11). Además, se puede arrojar así una luz sobre nuestra cultura, a la que le cuesta comprender el significado y la bondad de la diferencia entre el hombre y la mujer, que toca también su misión complementaria en la sociedad.
En segundo lugar, las dudas levantadas sobre el carácter definitivo de Ordinatio sacerdotalis tienen consecuencias graves también en el modo de comprender el magisterio de la Iglesia. Es importante recordar que la infalibilidad no afecta solo a pronunciamientos solemnes de un concilio o del Sumo Pontífice cuando habla ex cathedra, sino también la enseñanza ordinaria y universal de los obispos dispersos por el mundo, cuando proponen, en comunión entre sí y con el Papa, la doctrina católica que debe considerarse definitiva. A esa infalibilidad se refirió Juan Pablo II en Ordinatio sacerdotalis. Así, no declaró un nuevo dogma sino que, con la autoridad que le fue conferida como sucesor de Pedro, confirmó formalmente e hizo explícito, con el fin de eliminar toda duda, lo que el magisterio ordinario y universal ha considerado a lo largo de toda la historia de la Iglesia como perteneciente al depósito de la fe. Precisamente ese modo de pronunciarse refleja un estilo de comunión eclesial, pues el Papa no quiso actuar solo, sino como testigo en escucha de una tradición ininterrumpida y vivida. Por otra parte, nadie negará que el magisterio pueda expresarse infaliblemente sobre verdades que están necesariamente conectadas con el dato formalmente revelado, ya que solo de ese modo puede ejercer su función de conservar santamente y exponer fielmente el depósito de la fe.
Prueba ulterior del compromiso con que Juan Pablo II examinó la cuestión es la consulta previa que quiso tener en Roma con los presidentes de las conferencias episcopales que estaban seriamente interesados en dicha problemática. Todos, sin excepción, declararon, con plena convicción, por la obediencia de la Iglesia al Señor, que esta no posee la facultad de conferir a las mujeres la ordenación sacerdotal.
Sobre esta enseñanza insistió también Benedicto XVI, recordando, en la misa crismal del 5 de abril de 2012, que respecto a la ordenación de las mujeres, «Juan Pablo II ha declarado de manera irrevocable que la Iglesia no ha recibido del Señor ninguna autoridad sobre esto». Benedicto XVI se preguntó a continuación, a propósito de algunos que no acogieron esta doctrina: «Pero la desobediencia, ¿es verdaderamente un camino? ¿Se puede ver en esto algo de la configuración con Cristo, que es el presupuesto de toda renovación, o no es más bien sólo un afán desesperado de hacer algo, de trasformar la Iglesia según nuestros deseos y nuestras ideas?»
Sobre el tema ha vuelto también el Papa Francisco. En su exhortación apostólica Evangelii gaudium, reafirma que «el sacerdocio reservado a los varones, como signo de Cristo Esposo que se entrega en la Eucaristía, es una cuestión que no se pone en discusión», e invita a no interpretar esta doctrina como expresión de poder, sino de servicio, de modo que se perciba mejor la igual dignidad de hombres y mujeres en el único cuerpo de Cristo (n. 104). En la conferencia de prensa, durante el vuelo de regreso del viaje apostólico a Suecia, el 1 de noviembre de 2016, el Papa Francisco recordó: «Sobre la ordenación de mujeres en la Iglesia Católica, la última palabra clara fue pronunciada por san Juan Pablo II, y esta permanece».
En este tiempo, en que la Iglesia está llamada a responder a tantos desafíos de nuestra cultura, es esencial que permanezca en Jesús, como los sarmientos en la vid. Por eso el maestro nos invita a que sus palabras permanezcan en nosotros: «Si guardáis mis mandamientos, permaneceréis en mi amor» (Jn 15,10). Solo la fidelidad a sus palabras, que no pasarán, asegura nuestro arraigo en Cristo y en su amor. Solo la acogida de su sabio designio, que toma cuerpo en los sacramentos, fortalece las raíces de la Iglesia, para que pueda dar frutos de vida eterna.