05 septiembre 2018

Tener “la mente de Cristo”

El Papa ayer en Santa Marta


En la primera lectura de hoy (Cor 2,10b-16), el apóstol San Pablo enseña a los Corintios el camino para tener “la mente de Cristo”, un camino que pasa por el abandono en el Espíritu Santo. Es el Espíritu Santo, de hecho, quien nos lleva a conocer a Jesús, a tener sus mismos sentimientos, a comprender su corazón.
Acabamos de leer: “Nosotros hemos recibido un Espíritu que no es del mundo, es el Espíritu que viene de Dios, para que tomemos conciencia de los dones que de Dios recibimos. (…) A nivel humano, uno no capta lo que es propio del Espíritu de Dios, le parece una necedad; no es capaz de percibirlo, porque sólo se puede juzgar con el criterio del Espíritu. En cambio, el hombre de espíritu tiene un criterio para juzgarlo todo, mientras él no está sujeto al juicio de nadie”.
El hombre dejado a sus propias fuerzas no comprende las cosas del Espíritu. Hay como dos espíritus, dos modos de pensar, de sentir, de actuar: el que me lleva al Espíritu de Dios y el que me lleva al espíritu del mundo. Y esto sucede en nuestra vida: todos tenemos esos dos espíritus, digamos así. El Espíritu de Dios, que nos lleva a las obras buenas, a la caridad, a la fraternidad, a adorar a Dios, a conocer a Jesús, a hacer tantas obras buenas de caridad, a rezar… a todo eso. Y el otro espíritu del mundo, que nos lleva a la vanidad, al orgullo, a la suficiencia, al chismorreo: un camino completamente diferente. Nuestro corazón –decía un santo– es como un campo de batalla, un campo de guerra donde esos dos espíritus luchan.
En la vida cristiana hay que combatir para dejar sitio al Espíritu de Dios y expulsar el espíritu del mundo. Y un examen de conciencia diario ayuda a advertir las tentaciones, a aclarar cómo actúan esas fuerzas contrapuestas. En realidad, es muy sencillo: tenemos este gran don, que es el Espíritu de Dios, pero somos frágiles, somos pecadores y también tenemos la tentación del espíritu del mundo. Y en ese combate espiritual, en esa guerra del espíritu, hay que ser vencedores como Jesús, pero es necesario saber qué camino se recorre.
Por eso es tan útil el examen de conciencia: hoy he sido tentado aquí, he vencido allá, el Espíritu Santo me ha dado esta inspiración. Todas las noches el cristiano debería repasar la jornada recién transcurrida para comprobar si ha prevalecido la vanidad y la soberbia o si hemos logrado imitar al Hijo de Dios. Saber qué pasa en el corazón. Si no hacemos esto, si no sabemos qué sucede en nuestro corazón –y esto no lo digo yo, lo dice la Biblia– somos como los animales que no entienden nada, van adelante con el instinto. Pero nosotros no somos animales, somos Hijos de Dios, bautizados con el don del Espíritu Santo. Por eso es importante saber qué ha pasado hoy en mi corazón. Que el Señor nos enseñe a hacer siempre, todos os días, el examen de conciencia.

04 septiembre 2018

La verdad es “suave” y “silenciosa”

El Papa ayer en Santa Marta


El Evangelio de hoy (Lc 4,16-30) cuenta que, cuando Jesús vuelve a Nazaret, es recibido con recelo. La Palabra del Señor cristalizada en esta narración permite reflexionar en el modo de obrar en la vida ordinaria cuando se dan malentendidos, y también ayuda a comprender que el padre de la mentira, el acusador, el diablo, actúa para destruir la unidad de una familia, de un pueblo.
Al llegar a la sinagoga, Jesús es recibido con gran curiosidad: todos quieren ver con sus propios ojos las grandes obras que ha realizado en otras tierras. Pero el Hijo del Padre Celestial solo emplea la Palabra de Dios, una costumbre que adopta también cuando quiere vencer al diablo. Y es precisamente esa actitud de humildad la que da lugar a la primera “palabra-puente”, una palabra que siembra la duda, que lleva a un cambio de atmósfera: ¡de la paz a la guerra, del asombro al desprecio! Con su silencio, Jesús vence a los perros salvajes, vence al diablo que había sembrado la mentira en el corazón.
Ya no eran personas, eran una manada de perros salvajes los que lo sacaron de la ciudad. No razonaban, gritaban. Jesús callaba. Lo llevaron a un barranco del monte para despeñarlo. Este pasaje del Evangelio acaba así: “Pero Jesús se abrió paso entre ellos y se alejó”. La dignidad de Jesús: con su silencio vence aquella manada salvaje y se va. Porque aún no había llegado su hora. Lo mismo pasará el Viernes Santo: la gente que el Domingo de Ramos ovacionaba a Jesús y le decían “Bendito Tú, Hijo de David”, ahora dice “Crucifícalo”: ¡habían cambiado! El diablo sembró la mentira en el corazón. Y Jesús guardaba silencio.
Esto nos enseña que, cuando se da este modo de obrar, en el que no se quiere ver la verdad, siempre queda el silencio. El silencio que vence, pero mediante la Cruz. El silencio de Jesús. Cuántas veces en las familias comienzan discusiones sobre política, deporte, dinero…, y una y otra vez esas familias acaban rotas por esas discusiones en las que se ve que el diablo está ahí queriendo destruir. ¡Silencio! Decir lo que haya que decir y luego callarse. Porque la verdad es mansa, la verdad es silenciosa, la verdad no es ruidosa. No es fácil lo que hizo Jesús; pero tenemos la dignidad del cristiano que está anclada en la fuerza de Dios. Con las personas que no tienen buena voluntad, con las personas que buscan solo el escándalo, que solo buscan la división, que buscan solo la destrucción, también en las familias, ¡silencio! ¡Y oración!
Que el Señor nos dé la gracia de discernir cuándo debemos hablar y cuando debemos callar. Y esto en toda la vida: en el trabajo, en casa, en la sociedad…, en toda la vida. Así seremos más imitadores de Jesús.

Mensaje para la Jornada Mundial del Cuidado de la Creación

El Papa llama a custodiar el agua, necesaria para la obra del Creador


Queridos hermanos y hermanas:
En esta Jornada de oración deseo ante todo dar gracias al Señor por el don de la casa común y por todos los hombres de buena voluntad que están comprometidos en custodiarla. Agradezco también los numerosos proyectos dirigidos a promover el estudio y la tutela de los ecosistemas, los esfuerzos orientados al desarrollo de una agricultura más sostenible y una alimentación más responsable, las diversas iniciativas educativas, espirituales y litúrgicas que involucran a tantos cristianos de todo el mundo en el cuidado de la creación.
Debemos reconocer que no hemos sabido custodiar la creación con responsabilidad. La situación ambiental, tanto a nivel global como en muchos lugares concretos, no se puede considerar satisfactoria. Con justa razón ha surgido la necesidad de una renovada y sana relación entre la humanidad y la creación, la convicción de que solo una visión auténtica e integral del hombre nos permitirá asumir mejor el cuidado de nuestro planeta en beneficio de la generación actual y futura, porque «no hay ecología sin una adecuada antropología» (Carta enc. Laudato si’, 118).
En esta Jornada Mundial de Oración por el cuidado de la creación, que la Iglesia Católica desde hace algunos años celebra en unión con los hermanos y hermanas ortodoxos, y con la adhesión de otras Iglesias y Comunidades cristianas, deseo llamar la atención sobre la cuestión del agua, un elemento tan sencillo y precioso, cuyo acceso para muchos es lamentablemente difícil si no imposible. Y, sin embargo, «el acceso al agua potable y segura es un derecho humano básico, fundamental y universal, porque determina la sobrevivencia de las personas, y por lo tanto es condición para el ejercicio de los demás derechos humanos. Este mundo tiene una grave deuda social con los pobres que no tienen acceso al agua potable, porque eso es negarles el derecho a la vida radicado en su dignidad inalienable» (ibíd., 30).
El agua nos invita a reflexionar sobre nuestros orígenes. El cuerpo humano está compuesto en su mayor parte de agua; y muchas civilizaciones en la historia han surgido en las proximidades de grandes cursos de agua que han marcado su identidad. Es sugestiva la imagen usada al comienzo del Libro del Génesis, donde se dice que en el principio el espíritu del Creador «se cernía sobre la faz de las aguas» (1,2).
Pensando en su papel fundamental en la creación y en el desarrollo humano, siento la necesidad de dar gracias a Dios por la “hermana agua”, sencilla y útil para la vida del planeta como ninguna otra cosa. Precisamente por esto, cuidar las fuentes y las cuencas hidrográficas es un imperativo urgente. Hoy más que nunca es necesaria una mirada que vaya más allá de lo inmediato (cf. Laudato si’, 36), superando «un criterio utilitarista de eficiencia y productividad para el beneficio individual» (ibíd., 159). Urgen proyectos compartidos y gestos concretos, teniendo en cuenta que es inaceptable cualquier privatización del bien natural del agua que vaya en detrimento del derecho humano de acceso a ella.
Para nosotros los cristianos, el agua representa un elemento esencial de purificación y de vida. La mente va rápidamente al bautismo, sacramento de nuestro renacer. El agua santificada por el Espíritu es la materia por medio de la cual Dios nos ha vivificado y renovado, es la fuente bendita de una vida que ya no muere más. El bautismo representa también, para los cristianos de distintas confesiones, el punto de partida real e irrenunciable para vivir una fraternidad cada vez más auténtica a lo largo del camino hacia la unidad plena. Jesús, durante su misión, ha prometido un agua capaz de aplacar la sed del hombre para siempre (cf. Jn 4,14) y ha profetizado: «El que tenga sed, que venga a mí y beba» (Jn 7,37). Ir a Jesús, beber de él, significa encontrarlo personalmente como Señor, sacando de su Palabra el sentido de la vida. Dejemos que resuenen con fuerza en nosotros aquellas palabras que él pronunció en la cruz: «Tengo sed» (Jn 19,28). El Señor nos sigue pidiendo que calmemos su sed, tiene sed de amor. Nos pide que le demos de beber en tantos sedientos de hoy, para decirnos después: «Tuve sed y me disteis de beber» (Mt 25,35). Dar de beber, en la aldea global, no solo supone realizar gestos personales de caridad, sino opciones concretas y un compromiso constante para garantizar a todos el bien primario del agua.
Quisiera abordar también la cuestión de los mares y de los océanos. Tenemos el deber de dar gracias al Creador por el imponente y maravilloso don de las grandes masas de agua y de cuanto contienen (cf. Gn 1,20-21; Sal146,6), y alabarlo por haber revestido la tierra con los océanos (cf. Sal 104,6). Dirigir nuestra mente hacia las inmensas extensiones marinas, en continuo movimiento, también representa, en cierto sentido, la oportunidad de pensar en Dios, que acompaña constantemente su creación haciéndola avanzar, manteniéndola en la existencia (cf. S. Juan Pablo II, Catequesis, 7 mayo 1986).
Custodiar cada día este bien valioso representa hoy una responsabilidad ineludible, un verdadero y auténtico desafío: es necesaria la cooperación eficaz entre los hombres de buena voluntad para colaborar en la obra continua del Creador. Lamentablemente, muchos esfuerzos se diluyen ante la falta de normas y controles eficaces, especialmente en lo que respecta a la protección de las áreas marinas más allá de las fronteras nacionales (cf. Laudato si’, 174). No podemos permitir que los mares y los océanos se llenen de extensiones inertes de plástico flotante. Ante esta emergencia estamos llamados también a comprometernos, con mentalidad activa, rezando como si todo dependiese de la Providencia divina y trabajando como si todo dependiese de nosotros.
Recemos para que las aguas no sean signo de separación entre los pueblos, sino signo de encuentro para la comunidad humana. Recemos para que se salvaguarde a quien arriesga la vida sobre las olas buscando un futuro mejor. Pidamos al Señor, y a quienes realizan el eminente servicio de la política, que las cuestiones más delicadas de nuestra época ―como son las vinculadas a las migraciones, a los cambios climáticos, al derecho de todos a disfrutar de los bienes primarios― sean afrontadas con responsabilidad, previsión, mirando al mañana, con generosidad y espíritu de colaboración, sobre todo entre los países que tienen mayores posibilidades. Recemos por cuantos se dedican al apostolado del mar, por quienes ayudan en la reflexión sobre los problemas en los que se encuentran los ecosistemas marítimos, por quienes contribuyen a la elaboración y aplicación de normativas internacionales sobre los mares para que tutelen a las personas, los países, los bienes, los recursos naturales —pienso por ejemplo en la fauna y la flora pesquera, así como en las barreras coralinas (cf. ibíd., 41) o en los fondos marinos— y garanticen un desarrollo integral en la perspectiva del bien común de toda la familia humana y no de intereses particulares. Recordemos también a cuantos se ocupan de la protección de las zonas marinas, de la tutela de los océanos y de su biodiversidad, para que realicen esta tarea con responsabilidad y honestidad.
Finalmente, nos preocupan las jóvenes generaciones y rezamos por ellas, para que crezcan en el conocimiento y en el respeto de la casa común y con el deseo de cuidar del bien esencial del agua en beneficio de todos. Mi deseo es que las comunidades cristianas contribuyan cada vez más y de manera más concreta para que todos puedan disfrutar de este recurso indispensable, custodiando con respeto los dones recibidos del Creador, en particular los cursos de agua, los mares y los océanos.

03 septiembre 2018

La verdadera religión es “practicar la caridad hacia los demás”

El Papa ayer en el Ángelus


Queridos hermanos y hermanas, buenos días:
Este domingo reanudamos la lectura del Evangelio de Marcos. En el pasaje de hoy (Mc 7,1-8.14-15.21-23), Jesús aborda un tema importante para todos nosotros, los creyentes, la autenticidad de nuestra obediencia a la Palabra de Dios, contra toda contaminación mundana o formalismo legalista. La historia comienza con la objeción que los escribas y los fariseos plantean a Jesús, acusando a sus discípulos de no seguir los preceptos rituales según las tradiciones. De esta manera, los interlocutores intentan socavar la confiabilidad y la autoridad de Jesús como Maestro porque decían: “Pero este maestro deja que los discípulos no cumplan los preceptos de la tradición”. Pero Jesús replica con fuerza y replica diciendo: “Bien profetizó Isaías de vosotros, hipócritas, según está escrito:’ Este pueblo me honra con los labios, pero su corazón está lejos de mí. En vano me rinden culto, ya que enseñan doctrinas que son preceptos de los hombres “» (versículos 6-7). Así dice Jesús. ¡Palabras claras y fuertes! Hipócrita es, por así decirlo, uno de los adjetivos más fuertes que usa Jesús en el Evangelio y la pronuncia dirigiéndose a los maestros de la religión: doctores de la ley, escribas… “Hipócrita”, dice Jesús.
De hecho, Jesús quiere sacudir a los escribas y los fariseos del error en el que han caído, y ¿cuál es este error? El de alterar la voluntad de Dios, descuidando sus mandamientos para observar las tradiciones humanas. La reacción de Jesús es severa porque está en juego algo muy grande: se trata de la verdad de la relación entre el hombre y Dios, de la autenticidad de la vida religiosa. El hipócrita es un mentiroso, no es auténtico.
También hoy el Señor nos invita a huir del peligro de dar más importancia a la forma que a la sustancia. Se nos llama a reconocer, una y otra vez, lo que es el verdadero centro de la experiencia de la fe, es decir, el amor de Dios y el amor al prójimo, purificándola de la hipocresía del legalismo y el ritualismo.
El mensaje del Evangelio de hoy está reforzado por la voz apóstol Santiago que nos dice, en síntesis, cómo debe ser la verdadera religión, y dice así: La verdadera religión es “visitar a los huérfanos y a las viudas en su tribulación y conservarse incontaminado del mundo” (v. 27).
“Visitar a los huérfanos y a las viudas” significa practicar la caridad hacia los demás, comenzando por los más necesitados, los más frágiles, los más marginales. Son las personas de las que Dios cuida de una forma especial  y nos pide que hagamos lo mismo.
“No dejarse contaminar por este mundo” no significa aislarse y cerrarse a la realidad. No. Tampoco aquí se trata de una actitud exterior, sino interior, de sustancia: significa vigilar para que nuestra forma de pensar y actuar no esté contaminada por la mentalidad mundana, es decir, por la vanidad, la avaricia, la soberbia. En realidad, un hombre o una mujer que vive en la vanidad, en la avaricia, en la soberbia y al mismo tiempo cree y se muestra como religioso e llega incluso a condenar a los demás, es un hipócrita.
Hagamos un examen de conciencia para ver cómo recibimos la Palabra de Dios. El domingo la escuchamos en la Misa. Si la escuchamos de forma distraída o superficial, no nos servirá de mucho. En cambio, debemos recibir la Palabra con la mente y el corazón abiertos, como un buen terreno, para que sea asimilada y dé frutos en la vida concreta. Jesús dice que la Palabra de Dios es como el trigo, es una semilla que debe crecer en las obras concretas. Así, la Palabra misma purifica nuestro corazón y nuestras acciones y nuestra relación con Dios y con los demás se libera de la hipocresía.
Que el ejemplo y la intercesión de la Virgen María nos ayudan a honrar siempre al Señor con el  corazón, dando testimonio de nuestro amor por Él en las decisiones concretas para el bien de nuestros hermanos.

02 septiembre 2018

El Cielo son los otros

Si la libertad es posibilidad de amar y el amor es el ejercicio correcto de la libertad, podemos afirmar sin temor a equivocarnos que “el Cielo son los otros”
En un lugar de esta tierra de cuyo nombre no quiero acordarme, una persona cuyo rostro he olvidado me describió el otro día un programa de televisión cuyo título sí retuve aunque intentaré no recordar: First Dates. Lo vino a definir como una feria de los egoísmos más burdos, en que se ponen en contacto dos personas que se dedican a buscar un apéndice para sus vidas, un títere que les acepte sin pretender de ellos ningún esfuerzo, mucho menos algo que lejanamente se parezca al amor.
Este comentario divertido en una comida de amigos me trajo a la memoria una frase que se ha convertido en un lugar común aceptado acríticamente en la concepción actual de la libertad: “mi libertad termina donde la de los demás empieza”. Se trata de una visión individualista de la libertad humana que, como afirma Bellamy, considera la sociedad como una yuxtaposición de libertades en la que las libertades de los demás se presentan como una amenaza constante a la mía. Ciertamente, si mi libertad termina donde comienza la de los otros, la convivencia en sociedad es un juego de suma cero (cuando uno gana, otro pierde) en el que, cuanta más libertad tienen los que me rodean, menos tengo yo y viceversa, de modo que he de estar siempre atento a defender mi propia parcela de libertad, no vaya a ser menoscabada por la libertad ajena.
Con esta percepción, no extrañará a nadie la conocida locución latina “homo homini lupus” (el hombre es un lobo para el hombre), que acuñó Plauto y popularizó Hobbes en su conocida obra De Cive. Esta visión egoísta, escéptica y desconfiada de la libertad humana llegaría a su paroxismo con la célebre y durísima acusación de Jean-Paul Sartre: “el infierno son los otros”, pues “los otros” son, en efecto, para el filósofo, quienes me desplazan a “mí” del centro del universo que yo pensaba había sido creado para mí y solo para mí.
A Plauto le contestó Séneca, cuando, en sus Cartas a Lucilo, afirmó que “el hombre es sagrado para el hombre”, y a Hobbes y Sartre les ha contestado mucha gente, pero la profecía existencialista de este último ha seguido ejerciendo una nefasta influencia en las relaciones interpersonales. El programa First Dates es un buen ejemplo: la felicidad consiste en encontrar a alguien que se convierta en algo, es decir, que no amenace con sus personales pretensiones de felicidad mi pequeño mundo personal ni coarte un ápice mis propios anhelos y deseos.
Como contrapunto a la frase de Sartre, leí hace un tiempo en un librito titulado El poder de la belleza, escrito por Magdalena Bosch, una bellísima definición de libertad: “la libertad es posibilidad de amar, y el amor es la realización de la libertad”. Es más sencillo de explicar de lo que parece: la razón última por la que tenemos libertad es poder amar. Sin libertad no hay amor. Los autómatas no pueden amar. Solo aman los seres libres. Pero, claro, al ser libres podemos amar u odiar. Sin embargo, solo el amor es el fin, el destino de la libertad y solo en él puede ser realizada. La tenemos para eso, para amar, aunque podamos utilizarla para lo otro, para odiar. Lo mismo sucede con un hacha: es posibilidad de leña cortada (y esa fue la finalidad del que lo hizo), pero también puede matar a una persona.
Por lo tanto, si la libertad es posibilidad de amar y el amor es el ejercicio correcto de la libertad, podemos afirmar sin temor a equivocarnos que “el Cielo son los otros”. Cuanto más ejerzamos nuestra libertad amándolos a ellos y no a nosotros mismos, más libres seremos. Solo así se puede amar para siempre y pase lo que pase. Solo así las First Dates se pueden transformar en Lifetime Dates. Pero, claro, sucede que amar a mi mujer, a mis hijos, a mis amigos exige un cierto olvido de mí mismo, y eso ya cuesta más.
A lo que iba: no es cierto que mi libertad termine donde comienza la de los otros. ¡Los otros son mi libertad! Y es amándolos como mejor la ejerzo. Si se contempla la libertad de esta manera, la convivencia se transforma en un juego de suma positiva y mi libertad comienza, en realidad, donde también empieza la de los otros. Cuanto más la ejerzo (amando) más la procuro a los demás; y cuanto más libres son los otros (amando) más libre me hacen a mí porque, como es sabido, el amor alimenta al amor.
Y acabo ya, que me voy a mi Date, que sigue siendo First después de… ¡34 años!

Desayunos


Estoy aprovechando estos últimos días para desayunar con mis nietos. Anteayer, con nueve, de edades comprendidas entre 12 y 6 años; Ayer, con otros seis, entre 20 y 13. Dos desayunos, dos gozadas. Muy distintas, pero gozadas
Lao era un buen amigo mío. Muy buena persona. A veces se dejaba llevar por el realismo y me hacía ver que las cosas no eran tan de color de rosa como yo me empeñaba en decir.
Este verano hemos tenido dos partes: la de la ola de calor y la otra, con una temperatura agradable, sol por la mañana y lluvia por la tarde, refrescando el ambiente.
Cuando acabó el calor fuerte, me acordé de Lao. Hubiera dicho: “se acabó el verano”. Lo hubiera dicho con una sonrisa que intentaba ser malévola −“ahora os fastidiáis, que hay que abrigarse”−, pero que no conseguía serlo, porque era tan buena persona que era incapaz de desear el mal a nadie.
Estamos a 29 de Agosto. Podemos decir, sin sonrisa malévola, que se acabó el verano. Que dentro de 3 días entraremos en Septiembre, que el lunes hay que trabajar y que eso cuesta, por aquello del “sudor de tu frente”.
Estoy aprovechando estos últimos días para desayunar con mis nietos.
Anteayer, con nueve, de edades comprendidas entre 12 y 6 años.
Ayer, con otros seis, entre 20 y 13.
Dos desayunos, dos gozadas. Muy distintas, pero gozadas.
El contenido, distinto. En primer lugar, lo que han pedido para desayunar. Los pequeños no pasaron del Cacaolat o del Colacao, y los mayores no bajaron de las tostadas con jamón, con fuet o con queso, que desaparecieron instantáneamente.
Una cosa en común: en el desayuno de los pequeños se durmió uno, después de preguntarme: “abuelo, ¿por qué desayunamos tan pronto?” (Tan pronto = 9.30 de la mañana). En el desayuno de los mayores, a una se le cerraban los ojos, pero era porque en el pueblo de al lado hay fiestas y, después de tirar en el tiro Rosendo, comer toda clase de porqueriillas y bailar todo lo que pudo, llegó a casa a las 6 de la mañana, o sea, 3 horas y media antes de empezar a desayunar. Como volvió a casa acompañada por los que desayunaban, entre todos se ayudaron para disimular y que yo no tuviera tentaciones de decir eso de “¡esta juventud!”
Pero la gozada no está en lo que han desayunado ni en lo que nos hemos contado. Porque han hablado ellos y he hablado yo. De cuando me hice novio de la abuela, de cuando fijamos la fecha de la boda… de esas cosas pequeñas que hacen que los chavales digan lo de “¡qué heavy!”, frase que ahora oigo más que “¡qué fuerte!”, que me parecía el colmo de la modernidad.
La gozada está en el desayuno en sí. En entrar en el bar y dejar caer las palabras “mis nietos” con cara de darle poca importancia. Y volver al día siguiente al mismo bar y poder repetir “mis nietos” con la misma cara de ayer. Y que haya un señor que te enseñe con orgullo la foto de sus 3 nietos y tú le amenaces con enseñarle la de tus 50 nietos, uno por uno, explicándole además, el curriculum de cada uno.
¡Qué buen invento este de la familia! Por supuesto, no hablo de la familia convencional, porque mis desayunos con 9 y con 6 son con MI FAMILIA, que no es convencional, sino simplemente FAMILIA. Como no es convencional un partido de fútbol entre el Reus y el Zaragoza en el campo del Reus, porque si se jugase en la plaza de las Ventas en Madrid enfrentándose 3 toreros a 6 toros de Miura no sería partido de fútbol según el nuevo modelo, sino corrida de toros, que es distinto.
Los chavales se han ido a sus casas. Yo he paseado un rato, feliz. Me parece que hablando y escuchando hemos hecho familia. A mis 85 años tengo cosas en común con chavalicos de 6 y con chavalas de 22. Y creo que es muy bueno que los viejos contemos a los jóvenes cosas de nuestra familia que sucedieron mucho antes de que ellos nacieran. Y que ellos me cuenten sus últimas aventuras. La nieta que acaba de volver de trabajar como voluntaria en Camerún transmite su ilusión por lo que ha hecho, ilusión que se mezcla con la de otra que se va a estudiar fuera, pero que tiene novio aquí y ya ha preparado los viajes que va a hacer, para venir a verle, porque estos van en serio.
Vuelvo a casa y me pongo a escribir este artículo. He pasado por un quiosco de periódicos: las cosas del Gobierno buscando un buen abogado para Llarena; las cosas de Trump; las de Puigdemont y Torra urdiendo un otoño caliente; las de la Liga de fútbol con el partido que se va a jugar en Miami…
Repaso algún periódico más a fondo: no dice nada sobre los desayunos de un abuelo con sus nietos. Ni de los padres que hoy han dormido mal porque el niño lloraba y esta mañana han desayunado sonrientes sin poner cara de víctimas. Ni del chaval que ha hecho un esfuerzo serio para que sus padres se puedan ahorrar unos cuantos euros en la matrícula de su carrera.
¡Y yo que pienso que eso es lo importante! Mejor dicho, pienso que eso es lo NORMALMENTE importante, con mayúsculas en “normalmente”, porque juntar esa palabra con la palabra “importante” es fundamental, aunque no sea frecuente.
29 de Agosto. Mi amigo Lao se fue al Cielo hace unos cuantos años, pero pienso que sí, que tenía razón: que se ha acabado el verano.
Y pienso otra cosa que sé que pensaba él: que en verano se puede hacer familia. Pero aquí se repite lo que decía Muñoz Seca en La venganza de don Mendo:
“… todos iguales para mí seréis: trece, catorce, quince o dieciséis”.
O sea, que una vez acabado el verano, en otoño, en invierno, en primavera, en el verano próximo y así, siempre hay tiempo para que el padre hable con la madre y los dos con los hijos y los hijos con los abuelos. Y se cuenten cosas y se conozcan y se quieran.
Que para eso estamos aquí: para querer a la gente.
Y hay que decirlo, porque algunos no se han enterado.

Prohibido quejarse

Ante sucesos o acontecimientos desagradables; mejor nos iría con una respuesta serena, pero eso del autocontrol… falla en ocasiones; quizá todos hemos sucumbido en ello alguna vez…
El título de estas líneas se lo tomé prestado a Salvo Noè, de su naciente best seller italiano. La venta del libro se acompañaba con un cartel rojo que destacaba el título. Cartel y libro llegaron al Papa Francisco, quien tuvo la ocurrencia de pegar el cartel en la puerta de su despacho. Alguien lo fotografió y lo colgó en la red. La fotografía se convirtió en viral y el libro se tradujo a varios idiomas en pocas semanas. Esconde algunas ideas sugestivas que me apetece comentar; aunque no destriparé el libro por si a alguien le entra la curiosidad de leerlo, cosa que recomiendo sin excesivo entusiasmo.
El autor arremete contra las quejas solo cuando constituyen el comportamiento habitual de una persona. Pues considera disculpables esas quejas súbitas, casi reflejas, ante sucesos o acontecimientos desagradables; mejor nos iría con una respuesta serena, pero eso del autocontrol… falla en ocasiones. Quizá todos hemos sucumbido en ello alguna vez… Lo dañino, por tanto, es el tono vital quejumbroso ante los aconteceres existenciales, ya que las quejas traslucen ciertas carencias en la personalidad. En concreto, Noè señala:
Insatisfacción. Intentaré explicarlo con un ejemplo sencillo: una persona normal y corriente no suele quejarse por no tener un helicóptero, pero tal vez lo haga por no disfrutar de un coche de alta gama… Es decir, el descontento se asienta en el terreno de lo posible o probable. Por lo tanto, quejarse es sentirse falto de algo que, a nuestra consideración, nos es merecido o debido: las cosas no son como nos gustaría que fuesen o como nos parecerían razonables o justas. En otras palabras, nos sentimos víctimas de la injusticia, menospreciados, agraviados, envidiados… o que la suerte nos resultó esquiva. En definitiva, los lamentos pretenden encontrar un chivo expiatorio que explique esa insatisfacción, sin menoscabar nuestra autoestima. Y también suavizar el desencanto y desaliento, buscando la miel de la compasión ajena, cuando se siente la falta de fuerzas o recursos para revertir la situación: victimismo, se llama. El victimismo es la suma del egocentrismo más la insatisfacción.
Pero la clave de la cuestión apunta en otra dirección: las quejas son estériles, inútiles, jamás consiguen nada. Noè lo fundamenta con argumentación contundente y lógica: las quejas mantienen la mente concentrada sobre el problema, pero no sobre la solución. Y aunque suene a perogrullada: los problemas solo se solucionan si se solucionan. Por consiguiente, lo útil y eficaz es buscar y encontrar salidas para solventar las encrucijadas de la vida. ¡Actuar!, y actuar con realismo y optimismo, entendiendo que el optimismo no significa que todo salga a nuestro antojo, sino en encontrarle a lo real su mejor lado. Quejarse, afligirse, recriminar… se asemeja al refunfuñar de los niños cuando se sienten obligados a obedecer. “Las quejas son como las mecedoras: te entretienen, ¡pero no te llevan a ningún sitio!” (Salvo Noè).
Aunque conviene precisar. Los sucesos y acontecimientos también impactan a nivel emocional. Recurro de nuevo a un ejemplo sencillo: la muerte de un ser querido. Quejarse nada resuelve: ¡no resucitará! Pero ese objetivismo no aquieta el profundo dolor interior, que despierta el proceso de duelo. Apesadumbra, y mucho. Hay que sanar esa herida, ayudarla a cicatrizar. Y uno de los remedios más eficaces es el desahogo: el mero contar las penas ya las aligera. Bueno es desahogarse…
Pero desahogarse no es quejarse. Desahogarse es una catarsis afectiva (emocional) que amortigua el dolor interior. Aunque corre el riesgo de convertirse en un lamento victimista (¡ineficaz!); para evitarlo, el desahogo ha de cumplir dos requisitos: 1) ser proporcional al suceso que lo desencadenó, es decir, explayarse con mesura; 2) no surgir por efecto directo de la explosión emocional, sino sosegado por el autocontrol. Para conseguirlo basta con aplicar una regla sencilla: desahogarse con la persona oportuna y en el momento oportuno…
Y lo paradójico, y sorprendente, es que en esta sociedad hipersensiblera y con incontables canales de comunicación, resulta dificilísimo encontrar ocasiones de consuelo. Escasean las personas con capacidad de escucha y empatía hacia las penas. Hoy prima el subir fotos placenteras a cualquier red social…
Por casualidad, cerca del ordenador descansa un libro en el que sobresalen unas tiritas de papel que marcan citas sugerentes. En una de ellas destaca la palabra QUEJA, y lo señalado dice así: Pero en estos tiempos difíciles y con tanta falta de amigos, al menos no se elijan hombres tristes, de esos que todo lo lloran, sin que haya cosa alguna que no les sirva de motivo para quejas, [pues] es contrario al equilibrio psicológico el amigo que anda siempre inquieto y el que se lamenta de todo. Al cerrar el libro, en la portada, se deja leer título y autor: “Tratados morales”, Lucio Anneo Séneca (¡Siglo primero!). Parece viene de antiguo…

El Papa hace un resumen de su reciente viaje a Irlanda

El pasado fin de semana he realizado un viaje a Irlanda para participar en el Encuentro Mundial de las Familias: estoy seguro de que lo habéis visto por televisión. Mi presencia quería sobre todo confirmar a las familias cristianas en su vocación y misión. Las miles de familias −esposos, abuelos, hijos− llegados a Dublín, con toda la variedad de sus lenguas, culturas y experiencias, han sido señal elocuente de la belleza del sueño de Dios para toda la familia humana.
Y nosotros lo sabemos: el sueño de Dios es la unidad, la armonía y la paz, en las familias y en el mundo, fruto de la fidelidad, del perdón y de la reconciliación que Él nos ha dado en Cristo. Él llama a las familias a participar en ese sueño y a hacer del mundo una casa donde nadie esté solo, nadie sea no querido, nadie sea excluido. Pensad bien en esto: lo que Dios quiere es que nadie esté solo, nadie sea no querido, nadie sea excluido. Por eso, era muy apropiado el tema de este Encuentro Mundial. Se llamaba así: “El Evangelio de la familia, alegría para el mundo”.
Agradezco al Presidente de Irlanda, al Primer Ministro, a las distintas autoridades gobernativas, civiles y religiosas, y a las muchas personas de todo nivel que han ayudado a preparar y realizar los actos del Encuentro. Y muchas gracias a los Obispos, que han trabajado tanto. Al dirigirme a las Autoridades, en el Castillo de Dublín, recordé que la Iglesia es familia de familias, y que, como un cuerpo, apoya a esas células suyas en su indispensable tarea para el desarrollo de una sociedad fraterna y solidaria.
Verdaderos y auténticos “puntos de luz” de estas jornadas fueron los testimonios de amor conyugal dados por parejas de toda edad. Sus historias nos han recordado que el amor del matrimonio es un especial don de Dios, que se debe cultivar cada día en la “iglesia doméstica” que es la familia. ¡Cuánto necesita el mundo una revolución de amor, una revolución de ternura, que nos salve de la actual cultura de lo provisional! Y esa revolución comienza en el corazón de la familia.
En la Pro-Catedral de Dublín encontré matrimonios comprometidos en la Iglesia y tantas parejas de recién casados, y muchos niños pequeños. Encontré luego a algunas familias que afrontan particulares retos y dificultades. Gracias a los Frailes Capuchinos, que siempre están cercanos al pueblo, y a la más amplia familia eclesial, experimentan la solidaridad y el apoyo que son fruto de la caridad.
Momento culminante de mi visita fue la gran fiesta con las familias, el sábado por la noche, en el estadio de Dublín, seguida el domingo por la Misa en el Phoenix Park. En la Velada escuchamos testimonios muy emocionantes de familias que han sufrido por las guerras, familias renovadas por el perdón, familias que el amor ha salvado de la espiral de las dependencias, familias que han aprendido a usar bien los móviles y tablets y a dar prioridad al tiempo de estar juntos.
Y se destacaron el valor de la comunicación entre generaciones y el papel específico que corresponde a los abuelos para consolidar los vínculos familiares y trasmitir el tesoro de la fe. Hoy −es duro decirlo− parece que los abuelos estorben. En esta cultura del descarte, los abuelos se “descartan”, se les aparta. ¡Pero los abuelos son la sabiduría, son la memoria de un pueblo, la memoria de las familias! Y los abuelos deben trasmitir esa memoria a los nietos. Los jóvenes y los niños deben hablar con los abuelos para llevar adelante la historia. Por favor: no descartéis a los abuelos. Que estén cerca de vuestros hijos, de los nietos.
La mañana del domingo hice la peregrinación al Santuario mariano de Knock, tan querido al pueblo irlandés. Allí, en la capilla construida en el lugar de una aparición de la Virgen, encomendé a su protección materna a todas las familias, en particular a las de Irlanda. Y aunque mi viaje no incluía una visita a Irlanda del Norte, dirigí un saludo cordial a su pueblo y animé al proceso de reconciliación, pacificación, amistad y cooperación ecuménica.
Esta visita a Irlanda, además de una gran alegría, también debía hacerse cargo del dolor y de la amargura por los sufrimientos causados en aquel país por varias formas de abuso, incluso por parte de miembros de la Iglesia, y que las autoridades eclesiásticas en el pasado no siempre supieron afrontar de manera adecuada esos crímenes. Una señal profunda me dejó el encuentro con algunos supervivientes −eran ocho−; y muchas veces pedí perdón al Señor por esos pecados, por el escándalo y el sentido de traición causados.
Los Obispos irlandeses han emprendido un serio camino de purificación y reconciliación con los que sufrieron abusos, y con la ayuda de las autoridades nacionales han establecido una serie de normas severas para garantizar la seguridad de los jóvenes. Y luego, en mi encuentro con los Obispos, les animé en su esfuerzo por remediar los fracasos del pasado con honradez y valentía, confiando en las promesas del Señor y contando con la profunda fe del pueblo irlandés, para inaugurar una estación de renovación de la Iglesia en Irlanda.
En Irlanda hay fe, hay gente de fe: una fe con grandes raíces. ¿Y sabéis una cosa? Hay pocas vocaciones al sacerdocio. ¿Cómo es que esa fe no las consigue? Por esos problemas, los escándalos, tantas cosas… Debemos rezar para que el Señor conceda santos sacerdotes a Irlanda, envíe nuevas vocaciones. Y lo haremos juntos, rezando un Avemaría a la Virgen de Knock [todos rezan un Avemaría]. ¡Señor Jesús, envíanos sacerdotes santos!
Queridos hermanos y hermanas, el Encuentro Mundial de las Familias en Dublín ha sido una experiencia profética, confortante, de tantas familias comprometidas en la vía evangélica del matrimonio y de la vida familiar; familias discípulas y misioneras, fermento de bondad, santidad, justicia y paz. Olvidamos a tantas familias −¡tantas!− que sacan adelante su propia familia, los hijos, con fidelidad, pidiéndose perdón cuando hay problemas. Olvidamos porque hoy está de moda en las revistas, en los periódicos, hablar así: “Ese se ha divorciado de aquella… La otra de aquel… Y la separación…”. Por favor: eso es malo. Es verdad: yo respeto a cada uno, debemos respetar a la gente, pero lo ideal no es el divorcio, lo ideal no es la separación, lo ideal no es la destrucción de la familia. Lo ideal es la familia unida. Así va adelante: ¡eso es lo ideal!
El próximo Encuentro Mundial de las familias se tendrá en Roma en el 2021. Encomendémoslas todas a la protección de la Sagrada Familia de Jesús, María y José, para que en sus casas, parroquias y comunidades puedan ser verdaderamente “alegría para el mundo”.

Saludos

En francés
Me alegra saludar a los peregrinos provenientes de Francia, de Benín y de varios países francófonos, en particular al grupo de fieles provenientes de Toulouse y a los miembros de las Misiones Externas Capuchinas de Benín. En preparación del próximo Encuentro Mundial que se tendrá en Roma en 2021, encomendamos todas las familias a la protección amorosa de la Sagrada Familia de Jesús, María y José. Que puedan ser de verdad “alegría para el mundo”, tanto en sus casas, como en sus parroquias y en sus comunidades. Dios os bendiga.
En inglés
Saludo a los peregrinos de lengua inglesa presentes en la Audiencia de hoy, especialmente a los venidos de Ghana, Sudáfrica, Corea y Estados Unidos de América. Sobre todos vosotros y sobre vuestras familias invoco la alegría y la paz de nuestro Señor Jesucristo. Dios os bendiga.
En alemán
Dirijo un cordial saludo a todos los peregrinos de lengua alemana, en particular a los muchos monaguillos aquí presentes. Agradecido por las preciosas experiencias vividas durante mi viaje, os invito a realizar cada vez más el amor de Dios en vuestras familias y os encomiendo a todos a la protección de la Sagrada Familia.
En español
Saludo cordialmente a los peregrinos de lengua española venidos de España y Latinoamérica. Los animo a que sigan adelante en su compromiso cristiano, sin desfallecer, sosteniéndose unos a otros. Y les pido que recen por las familias, y también por los sacerdotes, para que cada uno en su estado de vida sea, en medio de la sociedad, un testigo valiente de la alegría del evangelio y fermento de bondad y de santidad. Que Dios los bendiga. Muchas gracias.
En portugués
Dirijo un cordial saludo a los peregrinos de lengua portuguesa, en particular a los fieles de Viseu, Aveiro y a los brasileños de Río de Janeiro. Queridos amigos, gracias por vuestra presencia y sobre todo por vuestras oraciones. Pidamos al Espíritu Santo, artífice de la unidad en la Iglesia y en las familias, que nos ayude a buscar siempre el diálogo, el perdón y la reconciliación en las familias, para que podamos construir un mundo de paz y de solidaridad. Dios bendiga a vosotros y a vuestros seres queridos.
En árabe
Saludo cordialmente a los peregrinos de lengua árabe, en particular a los venidos ‎de Siria, Líbano e Medio Oriente. Las dificultades y problemas que las familias atraviesan no pueden minar la importancia de la institución familiar, para ‎la sociedad y para la humanidad, o poner en discusión la necesidad humana fundamental del amor duradero que nos salva del aislamiento de la soledad y de las mentiras de la cultura de lo momentáneo. Recemos por todas las familias que pasan dificultades para volver a descubrir la grandeza del amor que las ha unido y la fuerza de la fe ‎capaz de curar sus heridas. El Señor os bendiga y os proteja del ‎maligno.
En polaco
Doy mi bienvenida a los peregrinos polacos. Os agradezco mucho vuestras oraciones durante mi viaje Apostólico a Irlanda. Hoy, de modo particular saludo a la Asociación Communidad Reina de la Paz de Radom y a los Padres Franciscanos de Niepokalanów. A petición suya, antes de la Audiencia, he bendecido el Altar de la Adoración Eucarística, titulado “Estrella de la Inmaculada”. Será colocado en el Santuario de Niepokalanów que así se convierte en el octavo Centro Internacional de Oración por la Paz. Adorando a Cristo, siguiendo la visión espiritual de San Maximiliano Kolbe, implorad la paz para vuestras familias, para vuestra Patria, para Europa y para todo el mundo. De corazón os bendigo a vosotros y a vuestros seres queridos.
En croata
Saludo de corazón a los peregrinos croatas, en particular a los sacerdotes, profesores, seminaristas y alumnos de los Liceos Diocesanos de la Diócesis de Pozega, acompañados por su Obispo, Mons. Antun Škvorčević. Queridos amigos, el encuentro con el Señor, vivo en los sacramentos, encienda vuestros corazones para que con entusiasmo podáis manifestar vuestra fe y amar a vuestro prójimo. ¡Sean alabados Jesús y María!
En italiano
Dirijo una cordial bienvenida a los peregrinos de lengua italiana. En concreto saludo a las Pías Hermanas de la Redención que participan en su Capítulo general; a las Hijas del Divino Celo; a los Sacerdotes del Pontificio Colegio Pío Brasileño; a los Sacerdotes y Diáconos de Milán −¡hacen ruido estos lombardos!−, a los participantes en el encuentro estival para Seminaristas, y a los confirmandos de Chiavari y de Lucca, acompañados por sus Obispos. Saludo al Cuerpo musical Madonna di Dinnammare de Messina y a los grupos parroquiales, en particular a los de Grotte di Castro, de San Giorgio del Sannio y de Curteri di Mercato San Severino.
Un particular pensamiento dirijo a los jóvenes, ancianos, enfermos y recién casados. Hoy se celebra la memoria litúrgica del Martirio de San Juan Bautista. El sacrificio heroico del Precursor os enseñe a comprender cuál es el valor supremo para un cristiano: manifestar el señorío de Cristo, vivo y activo en medio de nosotros, no solo con palabras, sino con el don de su misma vida. Dios os bendiga a todos.

Llamamiento del Santo Padre

El sábado próximo, 1 de septiembre, se celebra la cuarta Jornada Mundial de Oración por el cuidado de la creación, que celebramos en unión con los hermanos y hermanas ortodoxos y con la adhesión de otras Iglesias y Comunidades cristianas. En el Mensaje de este año deseo llamar la atención sobre la cuestión del agua, bien primario que hay que proteger y poner a disposición de todos. Agradezco las diversas iniciativas que en varios lugares las Iglesias particulares, los Institutos de vida consagrada y las agrupaciones eclesiales han predispuesto. Invito a todos a unirse en oración, el sábado, por nuestra casa común, por el cuidado de nuestra casa común.