05 enero 2019

La Cabalgata hacia Belén

La Cabalgata de los Reyes Magos quiere ser el recuerdo de la euforia de estos hombres, al regresar a su país, y por eso promueve a su alrededor una fiesta popular de contento en la que todos de alguna manera participamos
¿Por qué unos cristianos han querido, en un momento de su historia, revivir de esta manera el viaje de los Reyes Magos? A ésta pregunta se añade otra, ¿por qué en esta época, que ha hecho realidad hasta los viajes interplanetarios, se sigue recordando de esa manera tan natural, como es el andar de una cabalgata, un viaje tan pobre y pedestre como fue el de los Reyes Magos? Y me hago estas preguntas con el espíritu de un cristiano corriente, que después de leer los Santos Evangelios, sabe bien dos cosas sobre el día de Reyes: la alegría de los Magos al dar sus dones al Hijo de Dios; y la alegría del Hijo de Dios, al recibirlos.
La Epifanía es la manifestación del gran regalo que Dios ha querido hacer a la humanidad, a cada hombre que ha vivido, vive y vivirá en la tierra. El Niño que, en su nacimiento ha permanecido escondido en un rincón de Palestina, en la Epifanía es mostrado al mundo, es ofrecido a todos los seres humanos, para que lo descubran y se gocen en Él. Desde aquel día, hombres y mujeres de todas las razas, de todas las culturas y civilizaciones, de cualquier confín del globo, podemos contemplar, adorar, amar al Hijo de Dios hecho hombre: Él ha querido pertenecernos.
Los Magos comenzaron a cabalgar con un rumbo, aun sin saber a ciencia cierta a qué lugar del mundo les llevaría la estrella, y dispuestos a conquistar el horizonte abierto a su mirada, a su corazón. Quizá en algún momento cruzó por su mente el pensamiento fatalista y pesimista del jinete de García Lorca −"yo nunca llegaré a Córdoba"−, pero lo olvidaron enseguida y continuaron cabalgando, renovando su esperanza al ensillar de nuevo cada mañana.
Han podido caer en la tentación de retirarse de la empresa al perder la visión de la estrella. En medio del desconcierto de Jerusalén tampoco se dieron por vencidos, y consiguieron al fin desentrañar que el secreto escondido en la estrella no era una ilusión, no era un sueño, no era una fábula; era sencillamente el Verbo de Dios hecho carne; el Niño Jesús a Quién saludaron, conocieron, adoraron.
Los Magos hicieron todo el viaje solos. No pasaron por los pueblos con un banderín de enganche. Nadie se unió a su comitiva. T.S. Eliot oye voces que les dicen al oído, that this was all folly: que todo aquel viaje era una locura. Ellos veían de vez en cuando la estrella, rectificaban el camino si era necesario, y hacían oídos de mercader a las insidias que les traían los vientos. Y, al fin, llegaron.
La estrella ha permitido que los Magos descubrieran un "motivo para vivir". Ese "motivo" que obliga al Gran Inquisidor de Dostoiewsky a reconocer una cierta razón del actuar de Jesucristo, después de recriminarle por haber rechazado la primera tentación del diablo: "En eso tenías tu razón: el secreto del humano existir consiste en tener un motivo para vivir. Si el hombre no se explica claramente por qué debe vivir se destruirá a sí mismo antes que continuar una vida inexplicable, aunque tuviese el pan a montones".
Los ojos de los Magos se llenan de la plenitud de la luz que han visto en el Portal de Belén; y aún sin tener palabras adecuadas para expresarlo, anhelan comunicar a los demás mortales el descubrimiento que ilumina, con visos de eternidad, su espíritu. Transmitirles de alguna manera ese gozo de "quienes han visto al Salvador".
Si al comenzar el viaje el "motivo de su vivir" era sencillamente seguir la estrella; ahora saben que han de hacer partícipes de su gozo a niños y niñas, adolescentes, estudiantes y universitarias, padres e hijos, hijas y madres, hombres y mujeres, ancianas y ancianos.
Ahí está su triunfo. Han comprobado que su cabalgar no ha sido estéril. Han arriesgado seguridad, comodidad, posiciones, puestos de poder y de prestigio. El riesgo que corrieron los Magos no estaba protegido por ningún seguro. Han podido quedarse a mitad de camino; ser asaltados, raptados, robados, asesinados; y nadie hubiera echado de menos su presencia, ni ninguna policía se hubiera puesto en marcha hasta dar con su paradero. Y todo, porque un día vieron una estrella que parecía llamarles. Y les llamaba.
La Cabalgata de los Reyes Magos quiere ser el recuerdo de la euforia de estos hombres, al regresar a su país, y por eso promueve a su alrededor una fiesta popular de contento en la que todos de alguna manera participamos. Nacida para repartir juguetes a los niños pobres, la Cabalgata ha enriquecido su hondo sentido de solidaridad social, Caridad, entre los hombres, al convertirse en testimonio del inefable Don recibido. Sin el Niño que nació en Belén, los Magos, y sus juguetes y gozo, no tienen significado alguno.
Y todo acontece bajo la mirada sencilla, y algo asombrada, del Niño Jesús, como en Belén, cuando recibió a los Reyes Magos. Sanos y enfermos han encontrado en el horizonte de sus propias vidas una nueva luz. De tanto luchar en la batalla del quehacer diario, los hombres nos olvidamos que todos somos hijos de Dios, y hermanos los unos de los otros. Unos descubren la alegría de dar; otros, la alegría de ofrecer una ocasión a que los otros den. La Cabalgata no es una mala obra de caridad para satisfacer la conciencia de alguno, ni una charanga sentimental o folclórica como algún que otro ayuntamiento pretende.
La Cabalgata es una obra de amor, hecha por hombres y mujeres y niños para hombres y mujeres y niños, en recuerdo del viaje que los Reyes Magos hicieron para adorar al Señor, que ayuda a descubrir la alegría cristiana de recibir y de dar: ¿quién no se conmueve y se siente pagado, y más que pagado, ante la sonrisa agradecida de un retrasado mental?
La Cabalgata prepara su itinerario por las calles de nuestras ciudades, y trata como de comunicar a través de un río de caridad, hospitales, asilos, hogares de beneficiencia. Rincones todos donde encuentran un refugio al sufrimiento y a la intemperie de cada día, tantas y tantas personas necesitadas: ancianos; enfermos, curables e incurables, físicos y mentales; lisiados; paralíticos; minusválidos. La Cabalgata no les resuelve ningún problema: ni les construye mejores salas, ni les proporciona médicos que curen las enfermedades, ni tiene una receta mágica para quitar dolores y sufrimientos. Una vez pasada, los problemas siguen siendo idénticos, y la miseria y dureza de la enfermedad no disminuye ni se alivia.
Algo, sin embargo, queda en la atmósfera. Por un momento, los enfermos se han encontrado formando parte de la misma sociedad de los sanos y objeto de su atención, no hay falsas caridades, ni sueños de consolación, nadie se siente humillado, ni nadie se enorgullece de tener más: es un encuentro fraterno, cristiano, más allá de cualquier barrera; que vence toda marginación. Y esto, como por encanto; con un regalo, un dulce, un juguete, un gesto apenas perceptible. Detrás de cada caramelo que Melchor, Gaspar y Baltasar han lanzado a lo largo del recorrido, se esconde un Ángel, y en las pupilas del Ángel, el rostro de Cristo, recién nacido. Quizá sólo algunos lo han visto.
La Cabalgata de los Magos ha pasado ya. A nuestra vista se pierden hombres y animales, en camino de regreso a su país de origen; allá por Arabia, quizá, ¿o sería más bien hacia Persia, dejando al sur la línea divisoria del río Eúfrates? No lo sabremos nunca; la imaginación creadora tiene campo abierto para completar la realidad, después de nutrirse de la historia.
And I would do it again; volvemos a uno de los Reyes de T.S. Eliot: harían de nuevo el camino, las penas no cuentan, después de la alegría. Quizá por el mismo motivo nos unimos de corazón a la Cabalgata, y celebramos este viaje al comenzar el año: un viaje que va a durar después los 365 días que nos quedan por recorrer hasta la próxima.
Volverá la Cabalgata de los Reyes Magos el próximo año, y los venideros; y la antorcha seguirá brillando hasta el fin de los tiempos. Que ya en la eternidad no es necesario cabalgar.

04 enero 2019

Leer para ser más libres


Dificultar la educación de los hijos es condenarlos a una mísera esclavitud intelectual y vital: los libros son siempre “peligrosos” porque nos hacen más libres, porque ensanchan nuestra vida, alimentan nuestra imaginación y ponen a prueba las convicciones recibidas al acercarnos a la verdad
Al acercarse el final del año suele ser frecuente que los periódicos publiquen listas de los 10 mejores libros del año, los más vendidos o los preferidos por artistas, escritores o personas que trabajan en el mundo de la cultura. Una colega me animó a que publicara en Facebook mi lista de libros favoritos del 2018 siguiendo el ejemplo de un profesor de la Facultad de Comunicación. Le contesté que para mí había solo un libro que este año merecía ser destacado por encima de todos los demás. Se trata de Una educación de Tara Westover, publicado por Lumen en septiembre del 2018 en traducción de Antonia Martín.
Había sido publicado unos pocos meses antes en Estados Unidos bajo el título Educated. A Memoir y según se indica en la web de la autora está en proceso de traducción a una treintena de lenguas. A mí me recomendó este libro la escritora Sara Barrena y desde que lo leí −casi de un tirón− no he dejado de recomendárselo a otros. Lo he regalado en estas fiestas de Navidad y me gusta escribir sobre él pues pienso que puede ayudar a muchos. Ningún libro me había impactado tanto desde que hace diez o doce años quedé deslumbrado por La carretera de Cormac McCarthy. Quizá por eso me encantó que Amazon lo eligiera también como «el mejor libro del 2018». Chris Schluep, editor de Amazon, explicaba así esta elección: “Es una joya: sorprende e inspira, y queremos decir a todo el mundo: ¡lee este libro!”. Eso es precisamente lo que me pasó a mí.
Su lectura me impactó desde su primera página en la que la autora reúne dos maravillosas citas que merece la pena transcribir, pues expresan con luminosa claridad el sentido más hondo del libro. La primera es de la escritora Virginia Woolf y dice así: “El pasado es hermoso porque nunca comprendemos una emoción en el momento. Se expande más tarde, y por eso no tenemos emociones completas sobre el presente, solo sobre el pasado”. ¡Qué interesante es la memoria de los seres humanos que se vuelca hacia atrás para así poder dotar de sentido al presente!
Viene a mi memoria aquel dicho de Kierkegaard: “Vivimos hacia adelante, pero comprendemos hacia atrás”. Es así. Quizá lo más sorprendente es que un libro de memorias escrito por una mujer de treinta años pueda enseñar y hacernos pensar tanto: la tensión entre memoria y educación, entre fidelidad a la tradición familiar y verdad, atraviesa su vida… y la nuestra. Aunque el marco vital de Tara Westover se desarrolle en una familia mormona en las montañas de Idaho su problema es verdaderamente universal.
La segunda cita es de mi admirado John Dewey, el filósofo pragmatista tan relevante en la educación moderna, y dice así: “Creo, finalmente, que la educación debe ser concebida como una continua reconstrucción de la experiencia; que el proceso y la meta de la educación son una y la misma cosa”.
Efectivamente, cuando las reformas educativas −siguiendo a Dewey− aspiran a que los estudiantes adquieran experiencia y no solo teoría o memorización, están apuntando a algo realmente muy importante. Parafraseando a Kant puede decirse que la educación sin experiencia está vacía −y por tanto resulta aburrida−, pero también puede añadirse que la experiencia sin educación es ciega. Cuando hoy en día los jóvenes desprecian la teoría lo que verdaderamente desprecian es la teoría desgajada de la vida; en cambio valoran muchísimo las teorías que encienden su vida y, sobre todo, admiran a las personas que logran aunar coherentemente pensamiento y vida. Este es en última instancia el tema de este libro: cómo la educación puede transformar una vida. Así lo expresa también Tara en las últimas líneas del libro al advertir el «desarrollo de un nuevo yo»: «Podéis llamarlo transformación. Metamorfosis. Falsedad. Traición. Yo lo llamo una educación» (p. 462).
El hilo de la biografía de Tara que a mí me gusta destacar es su curiosidad por los libros, su afán de leer y estudiar, inspirado probablemente por su hermano Tyler, al que este libro está dedicado y que había abandonado el hogar familiar para dedicarse al estudio. Frente al ambiente familiar opresor, Tara encuentra en los libros y en la educación un ilimitado espacio de libertad. El padre −probablemente un enfermo mental− tiene una enorme chatarrería en la que trabaja con sus hijos, a los que tiene prohibido ir a la escuela o acudir al médico porque son estructuras del corrupto gobierno norteamericano. Se supone que los hijos reciben enseñanza en casa por parte de la madre, herborista y partera, pero resulta del todo rudimentaria. La educación más importante la adquiere Tara estudiando por su cuenta el Libro de Mormón y el Nuevo Testamento. Copio un párrafo (p. 101): “Visto en perspectiva, me doy cuenta de que esa fue mi educación, la importante: las horas que pasé sentada a un escritorio prestado esforzándome por descomponer y analizar las rígidas corrientes de la doctrina mormona a imitación del hermano que me había abandonado. Estaba adquiriendo una aptitud fundamental: la paciencia para leer lo que aún no entendía”.
De hecho, Tara abandonará su casa para ir a la universidad. Su educación culminará años más tarde con un doctorado en historia en la Universidad de Cambridge, Inglaterra, y con la ruptura con su familia que, además del desequilibrio paterno, encubre vergonzosamente la violencia doméstica ejercida por otro hermano.
Sin duda la historia de Tara Westover es extrema, pero puede aprenderse mucho de su caso. Como escribe en una nota introductoria, “esta historia no trata sobre el mormonismo ni sobre ninguna otra creencia religiosa”, trata sobre “personas, unas creyentes, otras no; unas buenas, otras no”. Así es la vida. Lo que quiero destacar por mi parte es que dificultar la educación de los hijos es condenarlos a una mísera esclavitud intelectual y vital: los libros son siempre “peligrosos” porque nos hacen más libres, porque ensanchan nuestra vida, alimentan nuestra imaginación y ponen a prueba las convicciones recibidas al acercarnos a la verdad.

“La JMJ es un caminar juntos, bajo la Cruz, hacia Cristo”

Pedro Guevara Mann


¡Proclamen desde los techos!
En 1995 la JMJ viaja al pacifico sur, a las Filipinas. La misa final en Manila fue el evento más grande en la historia católica, quizás, solo después del funeral de Juan Pablo II. Me parece interesante que los eventos más grandes no fueron la bienvenida del Papa ni la Vigila; sino la Misa de Envío, a la que asistieron 5 millones de peregrinos. La Misa es siempre el evento más concurrido. Los jóvenes quieren ir a Misa. Es por eso que cada Jornada comienza con una Misa y termina con una Misa. Cada Catequesis termina con Misa. La Eucaristía es la razón por la cual nos reunimos como católicos.
La Iglesia enseña que la Eucaristía es la fuente y cumbre de nuestra vida cristiana.
En la Eucaristía entramos en comunión con Cristo y los unos con los otros. Es la Eucaristía la que le da significado a la Cruz. Es nuestra fuente – de ahí nace todo – y nuestra cumbre: la cima de nuestro peregrinar.  Es todo en nuestra vida cristiana. Pues claro que es una parte primordial de toda JMJ.
En el 2005, en Colonia, Alemania, la Vigilia del sábado fue adaptada para incluir un momento de adoración al Santísimo. Eso lo hicieron porque el lema de ese año fue, “hemos venido a adorarlo”. Esta es otra razón por la cual nos encontramos en la JMJ: para adorarlo y lo hacemos frente a su Presencia Real. Encontramos a Cristo en la Eucaristía y también lo encontramos en el Santísimo Sacramento.
Quizás algunos de ustedes se sentirán incómodos con la idea de alabar a Dios. Pero cuando de verdad amamos a alguien, se lo decimos. O les decimos lo bien que se ven. A veces cuando amamos a alguien decimos que los adoramos.  Lo que pasa es que como no conocemos de verdad a Jesús – no sabemos adorarlo.
Jesús nos encuentra en el Sacramento de la Eucaristía y también nos encuentra en el Santísimo Sacramento – en la Adoración. Desde el 2005, todas las Vigilias han incluido un momento de Adoración y en todas, desde el 2005, en el campo de la Vigilia y la Misa de Envío hay una carpa donde hay adoración perpetua.
En 1997, en Paris, Francia, la JMJ introdujo el Festival de la Juventud. Este es un aspecto de la Jornada que asegura que los jóvenes sean co-productores del evento. En Paris, la mayoría de los eventos fueron organizados por movimientos, asociaciones laicas y comunidades religiosas. En Toronto muchos de los eventos fueron organizados por individuos. Hubo eventos de comunidades de Rito Oriental, de grupos Indígenas y para gente con discapacidades. En Toronto tuvimos más de 400 eventos en el Festival Juvenil: música, danza, teatro, encuentros culturales y religiosos, encuentros de oración, grupos de discusión, y un festival de cine. Quizás este es el elemento que más tiene sentido: La JMJ es una celebración y el Festival Juvenil captura ese elemento.
También es el elemento que le permite a los que no son peregrinos de la JMJ ha tener un poco de la experiencia de la JMJ, ya que todos los eventos del Festival son gratis y abiertos al público en general. Es una gran forma de evangelizar. No es catequesis, ni enseñanza – es simplemente cultura, música, entretenimiento. Eso es lo que le gusta a la gente. Pero se hace no solamente para que los peregrinos y el público se encuentren los unos con los otros, sino que se hace para que se encuentren con Cristo.
El Festival de la Juventud también es celebración. Cuantas veces decimos que la misa es una celebración: le decimos “celebración eucarística” pero en vez de ser celebración, parece funeral. Están todos con cara de amargados – con el cura regañándolos – con los cantos malísimos; todo el mundo distraído – ausentes…. Eso no es celebración. Si hay algo que la Iglesia de Latinoamérica tiene es que, ¡nuestras misas si son celebraciones! La JMJ es una gran celebración y por eso es que nos ofrece la mejor música y la mejor liturgia –¡es  un espectáculo! ¿Por qué? Porque es celebración – y porque lo hacemos para Dios.
Bueno, ¿qué es lo que tenemos por ahora? La JMJ es un caminar juntos, bajo la Cruz, hacia Cristo, para encontrarnos con el Santo Padre y la Iglesia, con los unos y los otros, para aprender acerca y celebrar nuestra fe y lo hacemos en espíritu de reconciliación y alabanza, de la mano de María.
No podemos hablar de la JMJ sin hablar de los Santos. Eso lo haremos la próxima semana.

03 enero 2019

‘Ideales’

Mons. 


Epifanía del Señor
Salmo 71. “Que te adoren, Señor, todos los pueblos”
Efesios 3, 2-3. 5-6: “También los paganos participan de la misma herencia que nosotros”
San Mateo 2, 1-12: “Hemos venido de oriente para adorar al rey de los judíos”
Sin ideales
“Estos muchachos no tienen ideales, ni entusiasmo, ni ilusiones. Están huecos por dentro y a duras penas van sobrellevando la vida” Son las palabras de Artemio, maestro de bachillerato que a diario navega y se confronta con sus alumnos por infundir en ellos un poco de valores y un mucho de ideales. “Muy pocos son los que están dispuestos a luchar en la vida por la verdad, por la justicia, por la honradez. Lo ven como algo anticuado. Se dejan llevar por el momento, la diversión y la desidia. ¡Qué trabajo que puedan estudiar! Mucho menos, alguna actividad extra ya sea en labor comunitaria o en superación personal. La mayoría están desprotegidos y los siento tan frágiles ante una avalancha de tentaciones, de ambiciones y de luchas de poder. Son como veleta que el viento voltea para donde está soplando. Están vacíos, huecos, sólo piensan en ellos mismos”
Epifanía: manifestación
La fiesta de Epifanía o de los santos Reyes tiene un profundo significado muy actual y necesario para nuestra vida eclesial. Es la manifestación de Cristo-luz para todas las naciones. Recordamos que el Mesías no ha venido a encerrarse mezquinamente en un pueblo, sino que abre su salvación y liberación a todos los pueblos. La estrella, más simbólica que real, nos hace evocar el ideal de Jesús que busca iluminar a todos los pueblos y naciones para reunirlos en una sola familia. Constantemente se ha afirmado que el mundo ahora ya no son naciones separadas, sino que es como una gran aldea donde todos participan de la misma suerte, de las mismas noticias y viven los mismos acontecimientos. Pero, si bien es cierto que los medios de comunicación y comercialización han reducido el mundo a una aldea, también es cierto que las fronteras se hacen cada vez más duras, las discriminaciones más absurdas y los individualismos más obstinados. La fiesta de la Epifanía nos lanza a abrir nuestros horizontes mucho más allá y creer posible un mundo donde todos vivamos como hermanos. Donde no haya un “tú” o “ustedes”, a quienes se miren como adversarios, sino un “nosotros” que nos una, compartiendo una misma suerte. Cristo viene a hacer posible esos nuevos lazos de hermandad entre todos los hombres.
Una estrella que une
La estrella de oriente hizo levantar a los magos de su comodidad y lanzarse a descubrir al nuevo Rey. Esa misma estrella causa pavor e irritación a Herodes que siente que sus intereses se ven amenazados. Hoy sucede lo mismo, resuena la Palabra y los deseos por la construcción de un mundo y reinado nuevo; pero se levantan también ofendidos quienes sienten amenazados sus poderosos imperios. La luz de Cristo también brilla para nosotros y nuestros tiempos. También hoy, por medio de quienes van al encuentro del Niño Jesús, Dios sigue encendiendo fuegos en la noche del mundo, para llamar a los hombres a que reconozcan en Él el “signo” de su presencia salvadora y liberadora, extendiendo el “nosotros” de los creyentes en Cristo a toda la humanidad. La presencia de esta estrella debería ser el final de todo particularismo e individualismo, pero eso hay que convertirlo en realidad, sabiendo que como Dios no hace acepción de personas, tampoco nosotros podemos hacerlas. Hemos de convertir en realidad aquello de que “todo hombre, todo ser humano, es mi hermano”. Que no existe razón alguna para despreciar a nadie, ni por su raza, ni por su lengua, ni por su religión, ni por su particular cultura, ni por su condición social, ni por ninguna razón. Si Cristo se hace carne humana, si participa de la suerte de todo hombre ¿por qué nosotros vamos a vivir la discriminación y las distinciones absurdas? 
Un Dios para todos
La estrella de Belén nos ofrece una nueva luz y una nueva propuesta para nuestro mundo herido de gravedad por el individualismo, la injusticia y las divisiones. También hoy, se dirige a la familia humana profundamente marcada por una grave crisis económica y moral, y por las dolorosas heridas de guerras y conflictos, repite su llamado como los hizo con los magos: “Vayan a Belén”. Si hacemos caso a esta estrella, encontraremos a Cristo, nuestra esperanza. Allí encontraremos razones para levantarnos de nuestras caídas y desencuentros, allí fortaleceremos nuestros ideales y nuestras luchas. Contemplar a Cristo, que no dudó en tomar carne para hacerse uno de nosotros, nos animará a descubrir los lazos que unen a toda la humanidad: todos somos hijos de Dios. Nuestro padre es un Dios para todos sin distinciones ni discriminaciones.
Ideales
Día de Epifanía es día para despertar los mejores ideales tanto individuales como colectivos. Es descubrir esa luz que vence a la oscuridad, es reconocer que el cielo está siempre abierto y que hay estrellas para guiar nuestros pasos, que hay ángeles humanos a nuestro lado, que podemos hacernos tiernos como niños, que el mundo puede ser nuevo y que Dios, Padre Bueno, se hace presente en nuestras oscuridades y desconciertos para mostrarnos el rumbo cierto. Día de Epifanía surgen muchas preguntas que deberemos responder con toda sinceridad ¿Cuáles son mis ideales por los cuáles vale la pena luchar? ¿Cómo estoy abriendo mi corazón a todos los hombres? ¿Cómo lograremos superar las divisiones y los individualismos en que nos ha encerrado este mundo neoliberal?
Señor, Dios nuestro, que por medio de una estrella diste a conocer en este día, a todos los pueblos, el nacimiento de tu Hijo, concede a los que ya te conocemos por la fe, descubrir en cada rostro de hombre, mujer o niño, el rostro de Jesús hecho hermano nuestro. Amén.

02 enero 2019

El Padrenuestro en el centro del Sermón de la Montaña

Queridos hermanos:
Continuamos con la catequesis del Padrenuestro, y hoy nos fijamos en el contexto donde el evangelista Mateo coloca esta oración, que es el discurso de la Montaña. Ese relato que comienza con las bienaventuranzas resume la enseñanza de Jesús y se abre precisamente invirtiendo las categorías humanas corrientes, llamando dichosos a unas personas que ni entonces ni ahora tenían gran prestigio en la sociedad, pero que son capaces de amar, de trabajar por la paz y, por ello, de ser constructores del reino.
La ley llega a su cumplimiento en el mandato del amor y del amor a los enemigos, de ese amor que Dios nos enseña y que lleva hasta las últimas consecuencias. Nosotros somos hijos de ese Dios, no superhombres capaces de lo que nadie puede hacer; al contrario, somos tan pecadores como los demás, pero podemos ponernos delante de la zarza ardiente del misterio divino y llamarle Padre, dejándonos renovar por su potencia y reflejar un rayo de su bondad en este mundo sediento de bien.
Y en este contexto se encuadra la enseñanza del Padrenuestro. Dios no quiere ser “amansado” con largas retahílas de adulaciones, como hacían los paganos para captar la benevolencia de la divinidad; basta hablarle como a un padre que sabe lo que necesitamos antes incluso de decírselo. Del mismo modo, la oración no es un acto hipócrita, ateo, que no tiene otro interés que ser admirados por los demás. El único testigo de la oración cristiana es la propia conciencia, pues es un diálogo íntimo con el Padre que nos ama.

Texto completo de la catequesis del Papa traducida al español

¡Queridos hermanos y hermanas, buenos días y también feliz año! Proseguimos nuestra catequesis sobre el “Padrenuestro”, iluminados por el misterio de la Navidad que acabamos de celebrar.
El Evangelio de Mateo sitúa el texto del “Padrenuestro” en un punto estratégico, en el centro del discurso de la montaña (cfr. 6,9-13). Mientras, observemos la escena: Jesús sube a la colina junto al lago, se sienta; alrededor de sí tiene el grupo de sus discípulos más íntimos, y luego una grande muchedumbre de rostros anónimos. Esa asamblea heterogénea es la primera que recibe la oración del “Padrenuestro”.
La situación, como digo, es muy significativa; porque en esa larga enseñanza, que se suele llamar “sermón de la montaña” (cfr. Mt 5,1-7,27), Jesús condensa los aspectos fundamentales de su mensaje. El comienzo es como un arco decorado de fiesta: las Bienaventuranzas. Jesús corona de felicidad a una serie de categorías de personas que en su época −¡y también en la nuestra!− no estaban muy consideradas. Bienaventurados los pobres, los mansos, los misericordiosos, las personas humildes de corazón… Esta es la revolución del Evangelio. Donde está el Evangelio, hay revolución. El Evangelio no nos deja tranquilos, nos empuja: es revolucionario. Todas las personas capaces de amor, los agentes de paz que hasta entonces habían acabado al margen de la historia, son en cambio los constructores del Reino de Dios. Es como si Jesús dijese: ¡adelante los que lleváis en el corazón el misterio de un Dios que ha revelado su omnipotencia en el amor y en el perdón!
Desde este portal de entrada, que revoluciona los valores de la historia, surge la novedad del Evangelio. La Ley no debe ser abolida pero necesita una nueva interpretación, que la reconduzca a su sentido originario. Si una persona tiene el corazón bueno, predispuesto al amor, entonces comprende que cada palabra de Dios debe ser encarnada hasta sus últimas consecuencias. El amor no tiene límites: se puede amar al cónyuge, al amigo e incluso al enemigo con una perspectiva totalmente nueva. Dice Jesús: «Pero yo os digo: amad a vuestros enemigos y rezad por los que os persigan, para que seáis hijos de vuestro Padre que está en los cielos, que hace salir su sol sobre buenos y malos, y hace llover sobre justos y pecadores» (Mt 5,44-45).
He aquí el gran secreto que está en la base de todo el sermón de la montaña: para que seáis hijos de vuestro Padre que está en los cielos. Aparentemente estos capítulos del Evangelio de Mateo parecen ser un discurso moral, parecen evocar una ática tan exigente que parece impracticable, sin embargo descubrimos que son sobre todo un discurso teológico. El cristiano no es uno que se compromete en ser más bueno que los demás: sabe que es pecador como todos. El cristiano simplemente es el hombre que se detiene ante la nueva Zarza Ardiente, la revelación de un Dios que no trae el enigma de un nombre impronunciable, sino que nos pude a sus hijos que le invoquemos con el nombre de “Padre”, que nos dejemos renovar por su poder y que reflejemos un rayo de su bondad por este mundo tan sediento de bien, tan ansioso de buenas noticias.
Así es como Jesús introduce la enseñanza de la oración del “Padrenuestro”. Lo hace tomando distancia de los dos grupos de su tiempo. En primer lugar, de los hipócritas: «No seáis como los hipócritas, que son amigos de orar puestos de pie en las sinagogas y en las esquinas de las plazas, para exhibirse delante de los hombres» (Mt 6,5). Hay gente que es capaz de hacer oraciones ateas, sin Dios y lo hacen para ser admirados por los hombres. ¡Cuántas veces vemos el escándalo de esas personas que van a la iglesia y se pasan allí todo el día o van todos los días pero luego viven odiando a los demás o hablando mal de la gente. ¡Eso es un escándalo! Mejor no ir a la iglesia: vive así, como si fueses ateo. Pero si vas a la iglesia, vive como hijo, como hermano y da un verdadero ejemplo, y no un anti-testimonio. La oración cristiana, en cambio, no tiene otro testigo creíble que la propia conciencia, donde si establece un intensísimo continuo dialogo con el Padre: «Cuando te pongas a orar, entra en tu aposento y, con la puerta cerrada, ora a tu Padre, que está en lo oculto» (Mt 6,6).
Luego Jesús toma distancias de la oración de los paganos: «No empleéis muchas palabras […]: que piensan que por su locuacidad van a ser escuchados» (Mt 6,7). Quizá aquí Jesús alude a esa “captatio benevolentiae” que era la necesaria premisa de tantas oraciones antiguas: la divinidad debía ser de algún modo amansada por una larga serie de alabanzas, también de oraciones. Pensemos en aquella escena del Monte Carmelo, cuando el profeta Elías retó a los sacerdotes de Baal. Ellos gritaban, bailaban, pedían tantas cosas para que su dios les escuchase. En cambio Elías estaba callado y el Señor se reveló a Elías. Los paganos piensan que hablando, hablando, hablando, hablando se reza. Y también yo pienso en tantos cristianos que creen que rezar es −perdonadme− “hablar a Dios como un papagayo”. ¡No! Rezar se hace desde el corazón, desde dentro. Tú en cambio −dice Jesús−, cuando reces, dirígete a Dios como un hijo a su padre, el cual sabe de qué tenéis necesidad antes de que se lo pidáis (cfr. Mt 6,8). Podría ser incluso una oración silenciosa, el “Padrenuestro”: basta en el fondo ponerse bajo la mirada de Dios, acordarse de su amor de Padre, y eso es suficiente para ser escuchados.
¡Es bueno pensar que nuestro Dios no necesita sacrificios para conquistar su favor! No necesita nada, nuestro Dios: en la oración solo nos pide que tengamos abierto un canal de comunicación con Él para descubrirnos siempre sus hijos amadísimos. ¡Y Él nos quiere tanto!

Saludos

Saludo cordialmente a los peregrinos de lengua francesa y deseo para cada uno y para vuestros seres queridos un feliz año. Bajo la guía de la Madre de Dios, que celebramos ayer, que cada uno pueda crecer en intimidad con el Padre y en amor y servicio al prójimo. ¡Dios os bendiga!
Doy la bienvenida a los peregrinos de lengua inglesa presentes en la Audiencia de hoy, especialmente a los provenientes de Irlanda, Australia, Corea, Canadá y Estados Unidos de América. Agradezco a los coros por su alabanza a Dios mediante el canto. A cada uno y a vuestras familias deseo que conservéis la alegría de este tiempo de Navidad, encontrando en la oración al Salvador que desea hacerse cercano a todos. ¡Dios os bendiga!
Un cordial saludo a los peregrinos de lengua alemana. En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo hemos inaugurado este nuevo año. Encomendémonos a su bondad y a su amor y estemos seguros de que Él completará el bien que hemos comenzado en su nombre. ¡Dios os bendiga y os proteja! ¡Feliz Año a todos!
Saludo cordialmente a los peregrinos de lengua española, en modo particular a los grupos provenientes de España y América Latina. Los animo a que mantengan siempre abierto ese canal de comunicación con Dios, pues Él los ama, los espera y no quiere nada más que darles su amor. Les deseo a ustedes y a sus familias un año nuevo lleno de la cercanía y de la ternura de Dios. Muchas gracias.
Queridísimos peregrinos de lengua portuguesa, os saludo a todos de corazón, deseando a cada uno que siempre brille, en vuestros corazones y en vuestras familias y comunidades, la luz del Salvador, que nos revela el rostro tierno y misericordioso del Padre celestial. Estrechemos en los brazos al Niño Jesús y pongámonos a su servicio: Él es fuente de amor y serenidad. ¡Que Él os bendiga para un sereno y feliz Año Nuevo!
Dirijo una cordial bienvenida a los peregrinos de lengua árabe, en particular a los provenientes del Medio Oriente. Queridos hermanos y hermanas, nuestra oración podría ser también una oración silenciosa, basta en el fondo ponerse bajo la mirada de Dios, acordarse de su amor de Padre, y eso es suficiente para ser escuchados. ¡Que el Señor os bendiga!
Saludo cordialmente a los peregrinos polacos. Queridos hermanos y hermanas, al inicio del año os encomiendo a vosotros y a vuestras familias a la protección de María, Madre de Dios, y −por su intercesión− pido a nuestro Señor Jesucristo que os dé todas las gracias necesarias para una vida serena y santa, llena de paz, fruto del amor a Dios y al prójimo. ¡Que os acompañe siempre su bendición!
Dirijo una cordial bienvenida a los peregrinos de lengua italiana. Me alegra recibir a las Capitulares de la Unión Santa Catalina de Siena de las Misionarias de la Escuela y a los Participantes en el Campo promovido por la Asociación Lions Club International. Saludo a los grupos parroquiales, en concreto a los de Caserta; Santa Croce di Torre del Greco y San Michele di Aprilia; a los monaguillos de San Buenaventura de Cadoneghe −sois muchos−; a los Amigos y voluntarios de la Fraterna Domus y de modo especial quiero saludar y agradecer a los Artistas del Circo de Cuba. Con su espectáculo llevan belleza; una belleza que requiere mucho esfuerzo −lo hemos visto−, mucho entrenamiento, mucho ir y venir… Pero la belleza eleva siempre el corazón, la belleza nos hace más buenos, a todos; la belleza nos lleva a la bondad, nos lleva también a Dios. Muchas gracias y seguid así, ofreciendo belleza a todo el mundo. Gracias.
Un pensamiento particular para los jóvenes, ancianos, enfermos y recién casados. El domingo que viene celebraremos la solemnidad de la Epifanía del Señor. Como los Magos, alcemos también nosotros la mirada al cielo; solo así conseguiremos ver la estrella que nos invita a recorrer las sendas del bien. ¡Feliz años a todos!

01 enero 2019

“Tres hombres, dos caminos, una estrella”

P. Antonio Rivero, L.C.


SOLEMNIDAD DE LA EPIFANÍA - Ciclo C
Textos: Is 60, 1-6; Ef 3, 2-3.5-6: Mt 2, 1-12
Idea principal: Tres hombres, dos caminos, una estrella.
Síntesis del mensaje: Tres hombres, dos caminos y una estrella nos invitan hoy a la fe. La palabra que hoy resuena es “luz”, que esconde una gran realidad, la fe. Tanto en Roma como en Egipto y Oriente, las fiestas del 25 de diciembre y del 6 de enero tenían mucho que ver con la luz: la luz cósmica que, por estas fechas, empieza en nuestras latitudes a “vencer” a la noche, después del solsticio de invierno que es el 21 de diciembre. De ahí es fácil el paso a la luz de Cristo, el verdadero Sol que ilumina nuestras vidas. Y esos tres hombres –y tantos otros- se encontraron con ese Sol y fueron iluminados con la luz de la fe. Y esa luz cambió su vida y se fueron por otro camino, el de la fe en Cristo.
Puntos de la idea principal:
En primer lugar, tres hombres, que la tradición popular ha puesto nombres: Melchor, Gaspar y Baltasar. Tres reyes magos, legendarios, simbólicos, representantes de todos los hombres y mujeres de buena voluntad divina, que buscan a Dios, cruzan mil penalidades y le encuentran. Éstos son los reyes magos en quien creo. Los tres aventureros del desierto, de Dios y las estrellas; en cuanto la estrella les hizo el primer guiño nocturno, se ponen en camino, desamarran el camello y se echan al desierto, con sus noches y alboradas. Los tres, representativos de todos los hombres y mujeres, que en la vida apuestan a divino contra humano, a espiritual contra material, Dios contra egocentrismo. Ni saben por quépero van, que es lo grande. Ni saben adónde pero van, que es lo bueno. Ni saben a quépero van, que es lo divino. Es la nostalgia de Dios que todo hombre tiene en lo profundo del corazón, invitándonos a la fe en ese Dios, hecho hombre, hecho carne, hecho niño.
En segundo lugar, dos caminos. Los caminos de la vida son dos: el que va y llega, y el que ni llega ni va a Dios. El que va y llega es el camino del hombre honesto que busca la felicidad y el sentido de la vida más allá de sus satisfacciones inmediatas y materiales. Este camino no está exento de asaltos y peligros, de oscuridad, pues la estrella se ocultó. Pero es un camino que, cuando el hombre es sincero consigo mismo y mira la trascendencia, llegará al portal de Belén y se encontrará con ese Dios paradójico, hecho carne, que les esperaba y les sonríe. El otro camino es triste, pues ni llega ni va a Dios. Es el camino del desenfreno egoísta, idolátrico y ambicioso, representado en el rey Herodes, que en vez de acompañar a esos magos y ponerse en camino, se quedó sentado en su sillón real, temeroso que alguien se lo usurpase, y nadando en sus placeres materiales.
¿Cómo terminó este Herodes? Según Flavio Josefo en sus “Las Antigüedades de los judíos” Libro XVII, caps. VI al VIII: “La enfermedad de Herodes se agravaba día a día, castigándole Dios por los crímenes que había cometido. Una especie de fuego lo iba consumiendo lentamente, el cual no sólo se manifestaba por su ardor al tacto, sino que le dolía en el interior. Sentía un vehemente deseo de tomar alimento, el cual era imposible concederle; agréguese la ulceración de los intestinos y especialmente un cólico que le ocasionaba terribles dolores; también en los pies estaba afectado por una inflamación con un humor transparente y sufría un mal análogo en el abdomen; además una gangrena en las partes genitales que engendraba gusanos. Cuando estaba de pie se hacía desagradable por su respiración fétida. Finalmente en todos sus miembros experimentaba convulsiones espasmódicas de una violencia insoportable”.
Finalmente, una estrella. Yo no sé si la estrella de este evangelio estuvo alguna vez colgada en el firmamento –tal vez sí-; o fue la conjunción luminosa de los planetas Júpiter y Saturno allá por los años en que nació Jesús –bien posible-; o fue una inspiración potente y divina que sonó en el corazón estos paganos –que eso creo- y los citó al encuentro con Dios. Yo creo en la estrella de los magos, que fue inspiración divina; yo creo en los magos de la estrella, que reaccionaron a la inspiración de Dios. Yo creo en la estrella de los hombres, que es impulso divino, y creo en los hombres de la estrella, que, oír a Dios y ponerse en camino, todo es uno. ¡Pobre corazón humano y cómo te cuesta alzar de la vulgaridad, amar lo invisible y latir por la trascendencia! Y como estos magos, hay muchos hombres buscadores y halladores de Dios: esos son los magos en que yo creo. Estos magos trataban de leer la «firma» de Dios en la creación.  Pero, al ser hombres sabios, sabían también que no es con un telescopio cualquiera, sino con los ojos profundos de la razón en busca del sentido último de la realidad y con el deseo de Dios, suscitado por la fe, como es posible encontrarlo, más aún, como resulta posible que Dios se acerque a nosotros.Y yo quiero ser uno de ellos, todos los días, en búsqueda de Dios, con mi fe, mi esperanza y mi amor. Con mi fe, como faro para el camino. Con mi esperanza, como cayado para sostenerme. Con mi amor, como fuego que me anima y calienta mi corazón para calentar al que está a mi lado y también yo camino hacia ese Dios encarnado en Cristo. Y todos los días quiero darle en mi oración el oro de mi libertad, el incienso de mi adoración y la mirra de mis sufrimientos y penalidades. Al final, para los Magos fue indispensable escuchar la voz de las Sagradas Escrituras: sólo ellas podían indicarles el camino. La Palabra de Dios es la verdadera estrella que, en la incertidumbre de los discursos humanos, nos ofrece el inmenso esplendor de la verdad divina.
Para reflexionar: ¿Cómo está la luz de mi fe en Cristo? ¿Todos los días camino hacia Jesús iluminado por esa luz? ¿Trato de que la luz de mi fe ilumine mis pasos para que otros que caminan a mi lado se beneficien del resplandor  de mi buen ejemplo y lleguen a Cristo? Con el papa emérito Benedicto XVI les invito a esto: “Dejémonos guiar por la estrella, que es la Palabra de Dios; sigámosla en nuestra vida, caminando con la Iglesia, donde la Palabra ha plantado su tienda. Nuestro camino estará siempre iluminado por una luz que ningún otro signo puede darnos. Y también nosotros podremos convertirnos en estrellas para los demás, reflejo de la luz que Cristo ha hecho brillar sobre nosotros. Amén”(6 de enero 2011).
Para rezar:
¡Oh Santos Reyes que desde el oriente
supisteis, iluminados por la luz de la fe,
encontrar en el cielo el camino de Belén!,
alcanzadnos de aquel Niño Divino que adorasteis primero,
el vernos libres de las hechicerías de la falsa ciencia
y de los caminos tortuosos del mundo,
para que, a través del conocimiento de los cielos,
los mares y la tierra,
y de todo lo que hay en ellos,
alcancemos al que lo creó todo de la nada,
para facilitar el camino de la salvación a todos,
y así poder ofrecer el fruto de nuestro saber y de nuestro amor,
como oro al Rey de reyes
y como incienso
y mirra al Dios
y hombre verdadero.
Amén.

“María es Madre de Dios, de la Iglesia y nuestra”

P. ANTONIO RIVERO L.C.


SOLEMNIDAD DE LA MADRE DE DIOS - Ciclo C
Textos: Nm 6, 22-27; Gal 4, 4-7; Lc 2, 16-21
Idea principal: Hoy la Iglesia nos propone admirar a María Santísima, la Madre de ese Jesús Salvador, que en estos días de Navidad estuvo contemplando silenciosa a su Hijo en la cuna de Belén.
Síntesis del mensaje: el 1 de enero tiene varios motivos de festejo. Primero, es el comienzo del año civil. Segundo, seguimos en la octava de Navidad, día en que Jesús fue circuncidado, como todo israelita. Tercero, la jornada de oración por la paz. Y finalmente celebramos la solemnidad de Santa María Madre de Dios. 
Puntos de la idea principal[1]:
En primer lugar, contemplemos a María Santísima, como Madre de Dios. Dios quiso tener una madre humana, recibir los cariños y experimentar la ternura y los besos de una madre. Y por eso, quiso escoger a esa mujer de Nazaret. Cuenta la historia que cuando murió Filipo de Macedonia (382-336 a.C.), padre de Alejandro Magno, el orador que pronunció el panegírico, al llegar el momento culminante, exclamó: “Baste decir esto para tu gloria, que tuviste por hijo a Alejandro”. Con mucha más razón podríamos decir para exaltar la dignidad de esta Madre: “Baste para tu gloria afirmar que tuviste por Hijo a Jesús”. Este honor único e inconmensurable hace de María la mujer más bendita de la humanidad y de todos los tiempos. Santo Tomás de Aquino, admirado por esta grandeza, no dudó en decir que era “quasi infinita”. Dios la vinculó a su Hijo con una maternidad toda especial. Todos los otros privilegios de María Santísima son consecuencia de esta Maternidad divina: Inmaculada, Virgen perpetua, Asunta a los cielos. Ella es el nuevo Paraíso donde habitó el nuevo Adán: Cristo Jesús. Paraíso lleno de flores  por sus virtudes, y de frutos, por sus méritos. ¿Por qué Dios escogió a esta mujer y no a otras más famosas, reinas, princesas de las culturas más importantes de aquel entonces? Dios la escogió por su humildad y sencillez. Dios al humilde le bendice y le llena de bienes y de dones. María es la delicia de Jesús, a punto tal que el Hijo puede decir con sus labios humanos: esta Paraíso es mío, porque es mi Madre.
En segundo lugar, contemplemos a María Santísima, como Madre de la Iglesia. Pablo VI proclama Madre de la Iglesia a María en la clausura de la tercera etapa conciliar (21.11.1964): “…para gloria de la Virgen y consuelo nuestro, NOS PROCLAMAMOS A MARÍA SANTÍSIMA, MADRE DE LA IGLESIA, es decir, Madre de todo el Pueblo de Dios, tanto de los fieles como de los pastores que la llaman Madre amorosa y queremos que de ahora en adelante, sea honrada e invocada por todo el pueblo cristiano con este gratísimo título”. María es Madre del Cristo Total, esto es, de la Cabeza y de sus miembros. Enseña san Agustín: “María es verdaderamente la Madre de sus miembros, porque colaboró con su amor a que nacieron en la Iglesia los creyentes, miembros de aquella Cabeza”. La Virgen María es la Madre de todos los hombres y especialmente de los miembros del Cuerpo Místico de Cristo, desde que es Madre de Jesús por la Encarnación. Jesús mismo lo confirmó desde la Cruz antes de morir, dándonos a su Madre por madre nuestra en la persona de san Juan, y el discípulo la acogió como Madre; nosotros hemos de tener la misma actitud que el discípulo amado. Por eso, la piedad de la Iglesia hacia la Santísima Virgen es un elemento intrínseco del culto cristiano. Vamos cumpliendo así la profecía de la Virgen, que dijo: “Me llamarán Bienaventurada todas las generaciones”(Lc 1,48).
Finalmente, contemplemos a María Santísima, como madre nuestra. Es propio de una madre colaborar en el orden de la vida, del alimento y de la educación. María colabora en el orden de la vida sobrenatural, porque nos ofrece a Cristo, Cabeza del Cuerpo místico, principio de la vida sobrenatural. Porque nos ofrece el conocimiento y el amor de Cristo Redentor, como lo ofreció a los pastores, a los magos, en Caná, en la Cruz. Porque al ofrecernos a Cristo, nos ofrece la Iglesia, Cuerpo místico de Cristo. María colabora en el orden de los alimentos, porque al ofrecernos a Cristo y a la Iglesia, nos está ofreciendo el alimento de la vida sobrenatural que son los sacramentos. María colabora en el orden de la educación,porque nos enseña cómo acoger, meditar, contemplar la Palabra de Dios y guardarla en nuestro corazón, siguiendo su ejemplo. Ella lo guardaba y lo meditaba todo en su corazón (cf. Lc.2,19). Nos enseña a caminar fieles a Cristo, y a la Iglesia según nuestra vocación y misión: en la infancia, en la juventud, en la familia, en la vida sacerdotal y consagrada.
Para reflexionar:Somos hijos de María.  Ella se porta como Madre con nosotros, sus hijos. Nosotros, hemos de portarnos como hijos buenos con esa madre. Tratemos de conocerla, de amarla, de imitarla, de invocarla en las necesidades espirituales y materiales. Ella, como Madre, nos pide que dejemos el pecado, que perseveremos en la gracia y que pongamos, para ello, los medios que Ella misma nos ofrece.
Ella nos pide con solicitud de Madre que recordemos, meditemos y contemplemos la vida de su Hijo con el Rosario. 
Para rezar: Recemos esta conocida oración: “Acuérdate, oh Piadosísima Virgen María, que JAMÁS se ha oído decir que NINGUNO de los que han acudido a tu protección, implorando tu asistencia y reclamando tu socorro, haya sido abandonado de ti. Animado con esta confianza, a ti también acudo, oh Virgen Madre, y aunque gimiendo bajo el peso de mis pecados, me atrevo a comparecer ante tu Presencia Soberana; no deseches, oh Purísima y Santísima Madre de Dios mis humildes súplicas, antes bien escúchalas y atiéndelas favorablemente. Amén”.
***
[1]Para este comentario, me inspiré en el libro del padre Alfredo Sáenz, S.I, titulado “Palabra y Vida” ciclo C,ed. Gladius, Buenos Aires, 1994.

“El amor da plenitud a todo”

Homilía del Papa ayer en la Misa de Vísperas

Al final del año, la Palabra de Dios nos acompaña con estos dos versículos del apóstol Pablo (cf. Ga 4,4-5). Son expresiones concisas y densas: una síntesis del Nuevo Testamento, que da sentido a un momento “crítico”, como suele ser un cambio de año.
La primera expresión que nos llama la atención es «plenitud del tiempo». En estas últimas horas del año solar, en el que sentimos aún más la necesidad de algo que llene de significado el transcurrir del tiempo, dicha expresión tiene una resonancia especial.
Algo o, mejor, alguien. Y este “alguien” ha venido, Dios lo ha enviado: es “su Hijo”, Jesús. Acabamos de celebrar su nacimiento: nació de una mujer, la Virgen María; nació bajo la ley, un niño judío, sujeto a la ley del Señor. Pero, ¿cómo es posible? ¿Cómo puede ser este el signo de la «plenitud del tiempo»? Es cierto que por el momento aquel Jesús es casi invisible e insignificante, pero en poco más de treinta años desatará una fuerza sin precedentes, que todavía permanece y perdurará a lo largo de toda la historia. Esta fuerza se llama Amor. El amor da plenitud a todo, incluso al tiempo; y Jesús es el “concentrado” de todo el amor de Dios en un ser humano.
San Pablo dice claramente por qué el Hijo de Dios nació en el tiempo, y cuál es la misión que el Padre le ha encomendado: nació «para rescatar». Esta es la segunda palabra que nos llama la atención: rescatar, es decir, sacar de una condición de esclavitud y devolver a la libertad, a la dignidad y a la libertad propia de los hijos. La esclavitud a la que se refiere el apóstol es la de la “ley”, entendida como un conjunto de preceptos a observar, una ley que ciertamente educa al hombre, que es pedagógica, pero que no lo libera de su condición de pecador, sino que, en cierto modo, lo “sujeta” a esta condición, impidiéndole alcanzar la libertad dehijo.
Dios Padre ha enviado al mundo a su Hijo unigénito para erradicar del corazón del hombre la esclavitud antigua del pecado y restituirle así su dignidad. En efecto, del corazón humano — como enseña Jesús en el Evangelio (cf. Mc 7,21-23)— salen todas las intenciones perversas, las maldades que corrompen la vida y lasrelaciones.
Y aquí debemos detenernos, detenernos a reflexionar con dolor y arrepentimiento porque, también en este año que llega a su fin, muchos hombres y mujeres han vivido y viven en condiciones de esclavitud, indignas de personashumanas.
También en nuestra ciudad de Roma hay hermanos y hermanas que, por distintos motivos, se encuentran en esta situación. En particular, pienso en tantas personas sin hogar. Son más de diez mil. Su situación es especialmente dura en los meses de invierno. Todos son hijos e hijas de Dios, pero diferentes formas de esclavitud, a veces muy complejas, los han llevado a vivir al borde de la dignidad humana. También Jesús nació en una condición análoga, pero no por casualidad o por accidente: quiso nacer de esa manera para manifestar el amor de Dios por los pequeños y los pobres, y lanzar así la semilla del Reino de Dios en el mundo. Reino de justicia, de amor y de paz, donde nadie es esclavo, sino todos hermanos, hijos del únicoPadre.
La Iglesia que está en Roma no quiere ser indiferente a las esclavitudes de nuestro tiempo, ni simplemente observarlas y socorrerlas, sino que quiere estar dentro de esa realidad, cercana a esas personas y a esas situaciones.
Al celebrar la divina maternidad de la Virgen María, quiero animar esa forma de maternidad de la Iglesia. Contemplando este misterio, reconocemos que Dios ha «nacido de mujer» para que nosotros pudiésemos recibir la plenitud de nuestra humanidad, «la adopción filial». Por su anonadamiento hemos sido exaltados. De su pequeñez ha venido nuestra grandeza. De su fragilidad, nuestra fuerza. De su hacerse siervo, nuestra libertad.
¿Cómo llamar a todo esto, sino Amor? Amor del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, a quien esta tarde la santa madre Iglesia eleva en todo el mundo su himno de alabanza y de agradecimiento.