10 mayo 2021

Permanecer en el amor de Jesús.

El Papa ayer en el Regina Coeli


 

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

En el Evangelio de este domingo (Jn 15,9-17), Jesús, después de haberse comparado a Sí mismo con la vid y a nosotros con los sarmientos, explica cuál es el fruto que dan quienes permanecen unidos a Él: este fruto es el amor. Retoma una vez más el verbo clave: permanecer. Nos invita a permanecer en su amor para que su alegría esté en nosotros y nuestra alegría sea plena (vv. 9-11). Permanecer en el amor de Jesús.

Nos preguntamos: ¿cuál es este amor en el que Jesús nos dice que permanezcamos para tener su alegría? ¿Cuál es este amor? Es el amor que tiene origen en el Padre, porque «Dios es amor» (1Jn 4,8). Este amor de Dios, del Padre, fluye como un río en el Hijo Jesús, y a través de Él llega a nosotros, sus criaturas. De hecho, Él dice: «Como el Padre me ama, así os amo yo a vosotros» (Jn 15,9). El amor que Jesús nos dona es el mismo con el que el Padre lo ama a Él: amor puro, incondicionado, amor gratuito. No se puede comprar, es gratuito. Donándonoslo, Jesús nos trata como amigos —con este amor—, dándonos a conocer al Padre, y nos involucra en su misma misión por la vida del mundo.

Y además, podemos preguntarnos: ¿qué hemos de hacer para permanecer en este amor? Dice Jesús: «Si cumplís mis mandamientos, permaneceréis en mi amor» (v. 10). Jesús resumió sus mandamientos en uno solo, este: «Amaos los unos a los otros como yo os he amado» (v. 12). Amar como ama Jesús significa ponerse al servicio, al servicio de los hermanos, tal como hizo Él al lavar los pies de los discípulos. Significa también salir de uno mismo, desprenderse de las propias seguridades humanas, de las comodidades mundanas, para abrirse a los demás, especialmente a quienes tienen más necesidad. Significa ponerse a disposición con lo que somos y lo que tenemos. Esto quiere decir amar no de palabra, sino con obras.

Amar como Cristo significa decir no a otros “amores” que el mundo nos propone: amor al dinero —quien ama el dinero no ama como ama Jesús—, amor al éxito, a la vanidad, al poder… Estos caminos engañosos de “amor” nos alejan del amor al Señor y nos llevan a ser cada vez más egoístas, narcisistas, prepotentes. La prepotencia conduce a una degeneración del amor, a abusar de los demás, a hacer sufrir a la persona amada. Pienso en el amor enfermo que se transforma en violencia —¡y cuántas mujeres son víctimas de la violencia hoy en día!—. Esto no es amor. Amar como ama el Señor quiere decir apreciar a la persona que está a nuestro lado y respetar su libertad, amarla como es, no como nosotros queremos que sea, como es,  gratuitamente. En definitiva, Jesús nos pide que permanezcamos en su amor, que habitemos en su amor, no en nuestras ideas, no en el culto a nosotros mismos. Quien habita en el culto de sí mismo, habita en el espejo: siempre está mirándose. Jesús nos pide que abandonemos la pretensión de dirigir y controlar a los demás. No debemos controlarlos, sino servirlos. Abrir el corazón a los demás: esto es amor, donarnos a ellos.

Queridos hermanos y hermanas, ¿a dónde conduce este permanecer en el amor del Señor? ¿A dónde nos conduce? Nos lo ha dicho Jesús: «Para que mi alegría esté en vosotros y vuestra alegría sea plena» (v. 11). El Señor quiere que la alegría que Él posee, porque está en comunión total con el Padre, esté también en nosotros en cuanto unidos a Él. La alegría de sabernos amados por Dios a pesar de nuestras infidelidades nos hace afrontar con fe las pruebas de la vida, nos hace atravesar las crisis para salir de ellas siendo mejores. Ser verdaderos testigos consiste en vivir esta alegría, porque la alegría es el signo característico del verdadero cristiano. El verdadero cristiano no es triste, tiene siempre esa alegría dentro, incluso en los malos momentos.

Que la Virgen María nos ayude a permanecer en el amor de Jesús y a crecer en el amor hacia todos testimoniando la alegría del Señor resucitado.


 

Dopo il Regina Caeli

Queridos hermanos y hermanas:

Sigo con especial preocupación los acontecimientos que están sucediendo en Jerusalén. Rezo para que sea lugar de encuentro y no de enfrentamientos violentos, lugar de oración y de paz. Invito a todos a buscar soluciones compartidas para que la identidad multirreligiosa y multicultural en la Ciudad Santa sea respetada, y pueda prevalecer la fraternidad. La violencia genera solo violencia. ¡Basta de enfrentamientos!

Y oremos también por las víctimas del atentado terrorista acontecido ayer en Kabul: una acción inhumana que ha golpeado a tantas niñas y jóvenes mientras salían de la escuela. Recemos por cada una de ellas y por sus familias. Y que Dios conceda paz a Afganistán.

Además, deseo expresar mi preocupación por las tensiones y los violentos enfrentamientos en  Colombia, que han provocado muertos y heridos. Son muchos los colombianos que están aquí: oremos por vuestra patria.

Hoy, en Agrigento, ha sido beatificado Rosario Angelo Livatino, mártir de la justicia y de la fe. En su servicio a la colectividad como juez integérrimo que nunca se dejó corromper, se esforzó por juzgar no para condenar, sino para redimir. Su trabajo lo ponía siempre “bajo la tutela de Dios”; por eso se convirtió en testigo del Evangelio hasta la muerte heroica. Que su ejemplo sea para todos, especialmente para los magistrados, un estímulo a ser leales defensores de la legalidad y de la libertad. ¡Un aplauso al nuevo Beato!

Saludo de corazón a todos ustedes, romanos y peregrinos. ¡Gracias por su presencia! Saludo especialmente a las personas que padecen fibromialgia: les expreso mi cercanía y espero que crezca la atención a esta patología que en ocasiones es descuidada.

¡Y no pueden faltar las mamás! En este domingo, en numerosos países se celebra la fiesta de la mamá. Saludamos a todas las mamás del mundo, incluso a aquellas que ya no están. ¡Un aplauso a las mamás!

Deseo a todos un feliz domingo. Y, por favor, no se olviden de rezar por mí. ¡Buen almuerzo y hasta la vista!

09 mayo 2021

«La dignidad va más allá de la ideología»

 José Calderero de Aldecoa

Xavi Argemí (Sabadell, 1995) se sabe «posible cliente» tanto de la eutanasia como de los cuidados paliativos. Por eso, cuando se aprobó recientemente en España una ley sobre la primera –y que no aborda la segunda–, su voz ha cobrado una relevancia especial. Tanto como la forma en la que este catalán de 25 años, que sufre desde pequeño una enfermedad degenerativa incurable llamada distrofia muscular de Duchenne, ha afrontado hasta ahora su vida.

Sus poco más de dos décadas de vida han quedado reflejadas en Aprender a morir para poder vivir, publicado en catalán en octubre de 2020 y recién traducido por Grijalbo. Calificado como «inspirador» por la conocida psiquiatra Marian Rojas-Estapé, surgió tras una columna que Argemí escribió para La Vanguardia reflexionando sobre la eutanasia y los cuidados paliativos, y tras una entrevista en TV3 que suscitó un sinfín de comentarios. «En este libro no quería inspirar lástima, sino compartir mi experiencia. Sobre cómo vivir. Sobre cómo mirar de frente a la muerte. Y sobre cómo encontrar un sentido a todo ello. Si lo consigo, me quedaré muy tranquilo», advierte al comienzo del texto.

¿Ha evolucionado la enfermedad desde que acabó de escribir el libro?

Esta enfermedad implica que vaya perdiendo fuerza muscular a lo largo del tiempo. Y eso es lo que ha pasado. En 25 años he pasado progresivamente de poder caminar con dificultad a estar en una silla de ruedas. En la actualidad solo puedo mover un poco las manos y la cabeza, lo justo para poder escribir con el móvil y conducir la silla de ruedas. Además, me alimento por una sonda y solo puedo beber. También necesito muchas horas de respirador.

En el libro habla de no poder caminar o comer como una circunstancia, no como un problema. ¿La diferencia?

El mayor reto que he tenido al alcance ha sido este: diferenciar lo que eran circunstancias de lo que eran problemas. Las circunstancias son cosas que están ahí, con las que se debe contar. Se deben aceptar. Iba a decir con resignación, pero no es exactamente así. Yo no me resigno a que el sol salga; es un hecho. Del mismo modo, no me resigno a no poder utilizar las piernas para moverme; simplemente, es algo que no puedo cambiar por más que quiera. No caminar no es un problema, es una circunstancia. En cambio, por ejemplo, estudiar una carrera universitaria se me planteó como un problema: de movilidad, de capacidades, de oportunidades… un reto sobre el que podía hacer algo más que resignarme. Hay que llamar problemas a los problemas, y circunstancias a las circunstancias. A veces, mientras escucho hablar a amigos que no tienen Duchenne, me parece que una parte bastante importante de las frustraciones de las personas de nuestra edad es que no somos capaces de diferenciar esas dos cosas. Así, por ejemplo, algo que es un problema –tener dificultades para estudiar o no conocer un idioma– lo consideramos una circunstancia, y eso nos frena y nos impide mejorar. Y una circunstancia –un aspecto físico, o algo relativo a la situación social y política sobre las que no podemos incidir– la vivimos como si fuera algo que podemos arreglar. El tiempo que se pierde es mucho.

Y «una vez que aceptas la enfermedad, comienzan a aflorar cosas buenas», dice en el libro. ¿Por ejemplo?

Por ejemplo buenas amistades, una familia muy unida que siempre tiene algo que celebrar, o valorar más las pequeñas cosas de cada día, como una pequeña conversación con alguien, beber un vaso de agua u observar la belleza de la naturaleza. En definitiva, ganas en optimismo y generas un muy buen ambiente que favorece tanto al enfermo como a los que le rodean.

Recibes cuidados paliativos. ¿Qué significan para ti?

De los cuidados paliativos se habla poco. Considero que es importante que la gente no sufra. Lo que me ayuda mucho esta temporada, que está siendo como mi crepúsculo, es el trato humano cariñoso y la medicina que alivia el dolor. Las dos cosas. Eso ayuda a dar a la gente ganas de vivir, a encontrar el sentido de vivir.

¿Qué opina sobre la Ley de la Eutanasia?

No me parece una buena opción. Genera una presión muy fuerte a los enfermos sin esperanza de curación, porque nos puede hacer sentir como una carga en la sociedad. Y esto afecta a las ganas de vivir. Además, la mayoría de los enfermos no tiene acceso a los cuidados y al acompañamiento que necesitan. Creo que mucha de esta gente no querría morir si tuviera los medios para paliar al máximo el dolor y se sintiera acompañada. Por eso, considero que antes de tomar ciertas decisiones, todos los enfermos deberían tener derecho a unos buenos cuidados paliativos que ayuden a disfrutar de los últimos momentos de su vida, al ritmo que va marcando la naturaleza.

¿Entonces defiende que estar a favor o en contra de la eutanasia no es una cuestión de izquierdas o derechas?

Pienso que la dignidad humana va más allá de cualquier pensamiento o ideología.

Aprender a morir para poder vivir. ¿Qué significa esto?

Al ver que te puedes morir, te das cuenta de lo bella que es la vida. Muchas cosas que pasan desapercibidas, si las valoras, se vuelven extraordinarias. En definitiva, tener la certeza de que un día llegará la muerte te hace vivir con más intensidad y te genera mucha paz.

Se define como católico. ¿Cómo le ha ayudado la fe?

En casa hemos vivido la fe desde pequeños; forma parte de mi vida. Para mí, el apoyo espiritual es un pilar muy importante y me ayuda a tener un sentido trascendente de la vida. Creo que la muerte no es el final, que tiene que haber un cielo donde haya justicia plena, cosa que en esta vida no alcanzaremos nunca.

Termino con la pregunta que se hace al final del libro: ¿qué da la felicidad?

La felicidad está en amar y sentirse amado. El secreto está en centrarse en los demás y no tanto en uno mismo.

José Calderero de Aldecoa, en alfayomega.es/

Algo se muere en el alma cuando un amigo se va

Juan Luis Selma

El pasado domingo fue el funeral de Rafa, un joven fallecido en un accidente de moto. Me impresionó la gran cantidad de amigos que llenaban la parroquia y sus alrededores, muchos lloraban desconsoladamente. La entrada en el templo del féretro portado por sus hermanos y amigos, el silencio y respeto con que se siguió en el funeral llamaban la atención.

Conocí a Rafa en el colegio, era un chaval de gran corazón, con fe, abierto a todos. Sus amigos le acompañamos en el último adiós y él nos acompañará desde el cielo. Era un buen costalero, acostumbrado a llevar los pasos de Semana Santa. El Señor y su Madre se lo agradecen y le esperan.

Siempre es tiempo de amigos, pero en los malos momentos se aprecian más. El Evangelio nos dice que Jesús busca nuestra amistad: “Vosotros sois mis amigos”, “nadie tiene amor más grande que el de dar uno la vida por sus amigos”. Es conmovedor su llanto ante la tumba de Lázaro: “Jesús, al verla llorar a ella, y también a los judíos que la acompañaban, conmovido y turbado, preguntó: ¿Dónde lo habéis puesto? Le respondieron: Ven, Señor, y lo verás. Y Jesús lloró. Los judíos dijeron: ¡Cómo lo amaba! El amor de amistad atrae, y porque es amor, es eterno. Dura siempre.

No deja de admirarme observar lo bien que se lo pasan los amigos estando juntos. ¡Qué diferente es ver a una persona caminando sola por la calle a verla paseando con sus amigos! Le cambia la cara. La amistad es fuente de alegría, lo dice también Jesús: “Os he dicho esto para que mi alegría esté en vosotros y vuestra alegría sea completa”. Por eso, si la tristeza gana terreno en nosotros, debemos pensar que puede que el egoísmo no ande lejos: nos hemos encerrado en nuestras cosas, estamos tan ocupados en lo nuestro que no caben los demás. Estamos matando la amistad, el amor.

El prelado del Opus Dei, monseñor Ocáriz, escribía: “Querer a los demás supone reconocerlos y afirmarlos tal como son, con sus problemas, sus defectos, su historia personal, su entorno y sus tiempos para acercarse a Jesús. Por eso, para construir una verdadera amistad, es preciso que desarrollemos la capacidad de mirar con afecto a las demás personas, hasta verlas con los ojos de Cristo. Necesitamos limpiar nuestra mirada de cualquier prejuicio, aprender a descubrir lo bueno en cada persona y renunciar al deseo de hacerlas a nuestra imagen. Para que un amigo reciba nuestro cariño no necesita cumplir con ciertas condiciones. Como cristianos, vemos cada persona, ante todo, como criatura amada por Dios. Cada persona es única, y es igualmente única cada relación de amistad”.

La amistad nace con el trato, con el roce, por supuesto que es gratuita y la empatía tiene mucho que decir: hay personas que nos caen bien y otras no. Pero si alejamos los prejuicios, si miramos bien no será difícil tener muchos amigos. Algunos piensan que los amigos tienen que coincidir en todo, que tienen que ser perfectos, cumplir tantas condiciones que forzosamente serán muy pocos. Pero la experiencia dice que el corazón se puede ensanchar y albergar a un buen montón de amigos. Hay algunos que siempre están rodeados de amigos, otros no.

También es exigente ya que, como dice Platón: “Los amigos se convierten con frecuencia en ladrones de nuestro tiempo”. Hay que dedicarles horas, atención, esfuerzos. Los amigos no son para pasar el tiempo, son para compartir la vida. Son parte de nuestro yo, en muchas ocasiones nos hacen llevaderas nuestras penas, pero en otras exigen lo mejor de nosotros. Un buen amigo nunca falla y es capaz de olvidarse de lo suyo para apoyarte. Me hizo gracia un comentario que escuché: “Me estuvo contando sus problemas un buen rato y nos despedimos. Al poco me envió un mensaje disculpándose por no haberme preguntado cómo estaba yo”.

Un posible enemigo es “las amistades” de Instagram y parecidos; estas suelen ser muy superficiales, bastante alejadas de la cercanía real y tienen el peligro de robarnos el tiempo que podríamos dedicarles a los que lo son de verdad.

La amistad está relacionada con el bien, ya que es un tipo de amor. Siempre se ha distinguido entre amigos y compinches, a estos les une la complicidad en el mal. La buena amistad exige la lealtad, saber decirle las cosas al amigo para que se dé cuenta de sus errores.

Los amigos se dicen las cosas a la cara, se ayudan, no critican, y no por decir las verdades se pierden las auténticas amistades. A la vez, se comprenden las debilidades y se disculpan. Pero sin faltar a la verdad porque, el obviarla, es señal de falsedad. Agradezcamos el don de la amistad que tanto nos enriquece y consuela.


Juan Luis Selma, en eldiadecordoba.es

08 mayo 2021

Cuando Dios trabajó con manos de hombre

José Antonio García-Prieto Segura

Toda la vida de Cristo es Misterio de Redención

De nuevo vemos ensombrecida la Fiesta del 1 de Mayo, por los miles de empleos desaparecidos con la pandemia. El contraste entre la alegría de festejar algo gozoso, y la pena de verlo hoy tan malparado, prueba su vital importancia. Recuerdo, siendo pequeño, el comentario de muchos que iban a pagar a mi padre la “iguala médica”, germen del actual seguro de enfermedad; decían: “Bueno, lo importante es que Dios nos dé salud y trabajo”.  

Urge recuperar tantísimas pérdidas de empleo, pero como no deben enfrentarse lo urgente y lo importante, recordaré algunos aspectos que confieren al trabajo su máxima dignidad; son tan radicales que tocan lo religioso. ¡Vaya, “con lo religioso hemos topado”! cabría pensar, remedando  torpemente a Cervantes. Pero así es porque, del mismo modo que no se entendería la razón de ser de un árbol sin sus raíces, ni la de un invento sin conocer el por qué y para qué de quien lo ha ingeniado, tampoco el sentido del trabajo si ignorásemos Quién y por qué lo ha querido consustancial al hombre. Haré consideraciones de corte teológico, formuladas desde la fe cristiana, pero abiertas a todos.

Para ir a los fundamentos nos ayudará la pregunta graciosa de un niño: Oye, papá, ¿qué hace Dios cuando termina de trabajar? Ignoro la respuesta del padre y qué pasaría por la mente del crío para tal ocurrencia; pero a mí me hizo pensar, y a una persona mayor le respondería en estos términos: Mira, Dios nunca deja de trabajar, porque lo que nosotros entendemos por trabajar, para Dios es propiamente “amar” y Él siempre ama. En otras palabras: en la vida de las Tres personas divinas, solo se ama y, en rigor, no se trabaja. Trataré de explicarme.

Lo que nosotros entendemos por “trabajar”, en Dios se identifica y es lo mismo que amar, porque Dios es amor (I Jn 4, 7). No trabaja como lo hacemos nosotros, ni lo hace en el sentido que damos al trabajo: como actividad que tiende a transformar algo y crear riqueza, sea material, intelectual, etc.. Dios no tiene semejante necesidad; y lo que le movió a crear fue el deseo de comunicar fuera de su vida íntima, lo mejor que ellos hacían eternamente: amar, amarse, como Personas distintas en el Único Dios. Así lo dice santo Tomás de Aquino y recoge el Catecismo: de Dios, “abierta su mano con la llave del amor surgieron las criaturas” (CIC, n. 293)

Por eso, para toda persona son vitales las realidades del trabajo y del amor, entendido este último en sentido aristotélico: como aquello que nos hace querer para otros lo que es bueno para uno mismo, y nos lleva a hacerles partícipes de ello. Así piensan y aman los padres. En el fondo, “imitan” a Dios cuando al dar vida al primer hombre, como varón y mujer -iguales en dignidad, diversos en su complementariedad-, les asignó una tarea: la misma que Dios, al crearlos y antes de hacerlo, había realizado desde la eternidad: la de amar.

El Génesis, con lenguaje gráfico, narra la creación como un trabajo divino, hasta llegar al hombre. Y entonces aparece la grandeza del trabajo: como llamada al hombre, para que colabore con Dios, en su Amor-providente de cuanto ha creado. Propiamente no lo crea para trabajar, sin más; sino para que ame cuando trabaja -como hizo Dios al crearlo-, y para que trabaje amando lo creado, como hace Dios con su Providencia. Por su claridad, vale la pena trascribir este punto del Catecismo de la Iglesia:

“Signo de la familiaridad (del hombre) con Dios es el hecho de que Dios lo coloca en el jardín (cf. Gn 2,8). Vive allí ‘para cultivar la tierra y guardarla’ (Gn 2,15): el trabajo no le es penoso (cf. Gn 3,17-19), sino que es la colaboración del hombre y de la mujer con Dios en el perfeccionamiento de la creación visible.” (CIC, n. 378). Y así han ido surgiendo la infinidad de trabajos que conocemos.

El papa Francisco lo ha recordado: “La persona que trabaja, cualquiera que sea su tarea, colabora con Dios mismo, se convierte un poco en creador del mundo que nos rodea” (Con corazón de padre, n. 6). Y san Josemaría ensalza el trabajo en estos términos: “Conviene no olvidar, por tanto, que esta dignidad del trabajo está fundada en el Amor. El gran privilegio del hombre es poder amar, trascendiendo así lo efímero y lo transitorio (…). Por eso (…) no debe limitarse a hacer cosas, a construir objetos. El trabajo nace del amor, manifiesta el amor, se ordena al amor.” (Es Cristo que pasa, n. 48).

Quedó máximamente enaltecido cuando Cristo mismo lo asumió: “El Hijo de Dios… trabajó con manos de hombre, pensó con inteligencia de hombre, obró con voluntad de hombre, amó con corazón de hombre.” (Catecismo, n. 470). Trabajó junto a san “José obrero” cuya fiesta celebra la Iglesia el primero de Mayo: “un carpintero que trabajaba honestamente (…). De él, Jesús aprendió el valor, la dignidad y la alegría de lo que significa comer el pan que es fruto del propio trabajo.” (Francisco, Con corazón de padre, n. 6).

Desearía que las consideraciones expuestas no sonaran a “músicas celestiales”, sino que fuesen un acicate más para empeñarnos en resolver la desgracia humana y espiritual que supone carecer de trabajo. El papa Francisco lo ha expresado así: “La crisis de nuestro tiempo, que es económica, social, cultural y espiritual, puede representar para todos una llamada a redescubrir el significado, la importancia y la necesidad del trabajo para dar lugar a una nueva ‘normalidad’ en la que nadie quede excluido. (…) La pérdida de trabajo que afecta a tantos (…), debe ser una llamada a revisar nuestras prioridades” (Con corazón de padre, n. 6). En esta tarea, cada uno tratará de poner su granito de arena según sus posibilidades.

Agradezco al lector su paciencia por haber llegado hasta aquí. Si desea ponerla a prueba de nuevo, anímese a leer un próximo artículo que bien podría titularse algo así: “Fiesta del trabajo: cuando Dios trabajó con manos de hombre”.  

Proseguimos hablando del trabajo que, para los creyentes, ha tenido un singular protagonista al haberlo ennoblecido con sus “manos divinas” y también “humanas”. Nos referimos, respectivamente, a la persona de Dios-Padre y a la de su Hijo encarnado: Cristo. Pero ¿hay “manos divinas”? Cabe afirmarlo cuando leemos en el Génesis: Dios formó al hombre del polvo de la tierra, insufló en sus narices aliento de vida” (Gén 2, 7). Con lenguaje inspirado en el oficio del alfarero, imaginamos a Dios-Padre, modelando al hombre; pero no Él solo, sino con su Hijo y su Espíritu, como si fueran sus “manos divinas”. Y los Tres confían al hombre -varón y mujer- desarrollar las potencialidades de la creación, que “no salió plenamente acabada de las manos del Creador. Fue creada ‘en estado de vía’ (…) hacia una perfección última todavía por alcanzar, a la que Dios la destinó” (Catecismo de la Iglesia, n. 302).

Dios mismo, en Cristo, se nos ofrece como modelo perfecto en esa misión. Su trabajo tenía dimensiones humanas cuando, en Nazaret, laboraba para sus paisanos; y a la vez motivaciones divinas para gloria de su Padre celestial y redención nuestra. Lo dice él dirigiéndose al Padre: Yo te he glorificado en la tierra: he terminado la obra que Tú me has encomendado que hiciera (Jn 17, 4). El Catecismo lo expresa así: “Toda la vida de Cristo es Misterio de Redención. La Redención nos viene ante todo por la sangre de la cruz (cf. Ef 1, 7; Col 1, 13-14; 1P 1, 18-19), pero este misterio está actuando en toda la vida de Cristo” (n. 517). En Nazaret, pues, al trabajar la madera con sus manos, y en el Calvario al dejárselas clavar en el madero de la cruz.

El trabajo creador fue perfecto:Y vio Dios que era muy bueno cuanto había hecho (Gen 1, 31) Lo mismo el de Cristo, como decía la gente: Todo lo ha hecho bien (Mc 7, 31) ¿Dónde está el secreto para que también nuestro trabajo merezca igual comentario? Sugeriría tres condiciones que, a modo de pilares de un trípode, lo sustenten y hagan digno de Dios.

La primera atañe a la tarea concreta, en sí misma considerada: es decir, que resulte valiosa, “competitiva” diríamos hoy, porque nadie que se precie hace trabajos impresentables, ya sea confeccionar un menú, proyectar un rascacielos o lo que fuere. Sin duda, los trabajos salidos del taller de Nazaret o los hechos en las casas de sus vecinos, más de una vez, suscitarían comentarios elogiosos.

Una segunda condición afecta al entorno humano, a las personas por y para quienes se trabaja. Por bueno que un trabajo sea, si no vaya acompañado de cercanía humana, perdería uno de los pilares de la obra perfecta. Un amigo, catedrático de Medicina, me decía que al impartir un seminario de ética médica, en la primera clase presentaba el caso de un estudiante, publicado en una revista americana. Transcribo parte del relato:

“… A medianoche, un sábado de mucho trabajo, trajeron a urgencias a una chica que había intentado suicidarse cortándose la arteria radial. Le pusimos un torniquete, canulamos una vena (…), transfundimos sangre. Una vez estabilizada, vino el residente de cirugía y tuve que ayudarle. Me daba lástima ver el desaliento en la cara y en los ojos de la muchacha. (…) A ratos sollozaba y decía que la vida era un asco (…). De pronto, el residente le dijo: La próxima vez, ¿por qué no te tiras desde el puente? Y deja de lloriquear. No lo aguanto. Al oír eso, me quedé mudo… El residente, con gran destreza, terminó de reparar la arteria y se marchó sin decir palabra. Intenté consolar a la chica. Le dije que el hombre estaba agotado, que había tenido demasiado trabajo…”. El suceso habla por sí solo: impecable trabajo médico, empobrecido por el deplorable comportamiento humano.

Un tercer pilar del buen trabajo sería la motivación de quien lo realiza. Aquí, el protagonista es el amor, en una escala que va desde hacer algo “por amor al arte” -todo enamorado de su trabajo-, hasta la motivación suprema: hacerlo por amor a Dios. Entre esos extremos tenemos otros amores que también lo inspiran: muy en primer lugar la familia por y para quien trabajamos. Respetada la jerarquía, son todos amores incluyentes.

Viene a mi recuerdo un comentario de san Josemaría, a propósito de “motivación suprema”. Terminadas unas obras de albañilería, realizábamos una primera limpieza; espátula en mano, quitaba pequeños trocitos de cemento adheridos al suelo. Llegó en aquellos momentos y desde lejos me preguntó: ¿Qué estás haciendo, hijo mío? Apenas tuve tiempo de contestarle porque al aproximarse un poco más y ver la pequeñez de mi ocupación, comentó con espontaneidad: Mira: eso que haces es una insignificancia, pero si pones amor de Dios, ¡tiene mucho valor! Difícilmente haya tarea más exigua que la que estaba haciendo; anima pensar que a Dios le bastan pequeñeces para agradarle y, a la vez, engrandecer menudencias. Lo ha dicho el mismo Jesús: Cualquiera que os diere un vaso de agua en mi nombre, porque sois de Cristo, en verdad os digo que no perderá su recompensa (Mc 9, 41). El principio rector de todas las acciones en la vida de Cristo fue ese: su amor al Padre y, por Él, a todos nosotros. Decía que su alimento era querer la voluntad del Padre y llevar a cabo su obra (Jn 4, 34).

En el Museo Hermitage, un óleo de G. van Honthorst que tituló “La infancia de Cristo”, sería buen logotipo para este artículo. Representa el taller de Nazaret, al anochecer. Un Jesús, como de doce años, vela en mano, alumbra la tarea de José que, empuñando escoplo y martillo, trabaja un madero. Aquella obra saldría perfecta porque pensaría también en el sustento para Jesús y su Madre; y, sin olvidar al cliente para quien trabajase, lo primero sería el amor a Dios-Padre por haberle confiado semejante tarea, junto al Hijo que le estaba ayudando.  

José Antonio García-Prieto Segura, en religion.elconfidencialdigital.com

07 mayo 2021

Como Jesús nos ha amado

 Domingo de la 6° semana de Pascua.

“Que os améis los unos a los otros como yo os he amado”. Solo en Cristo aprendemos lo que es el amor de verdad y solo de él obtenemos la capacitación para amarnos los unos a los otros. Permanecer en Cristo es abrirnos a él por la fe y modelar nuestra vida según la suya.

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Evangelio (Jn 15,9-17)

Como el Padre me amó, así os he amado yo. Permaneced en mi amor. Si guardáis mis mandamientos, permaneceréis en mi amor, como yo he guardado los mandamientos de mi Padre y permanezco en su amor. Os he dicho esto para que mi alegría esté en vosotros y vuestra alegría sea completa. Éste es mi mandamiento: que os améis los unos a los otros como yo os he amado. Nadie tiene amor más grande que el de dar uno la vida por sus amigos. Vosotros sois mis amigos si hacéis lo que os mando. Ya no os llamo siervos, porque el siervo no sabe lo que hace su señor; a vosotros, en cambio, os he llamado amigos, porque todo lo que oí de mi Padre os lo he hecho conocer. No me habéis elegido vosotros a mí, sino que yo os he elegido a vosotros, y os he destinado para que vayáis y deis fruto, y vuestro fruto permanezca, para que todo lo que pidáis al Padre en mi nombre os lo conceda. Esto os mando: que os améis los unos a los otros.

Comentario

En el contexto de la Última Cena, Jesús profundiza en su enseñanza sobre la naturaleza del amor, al que, una y otra vez, pone en relación con la vida y la alegría. El pasaje de la misa de hoy está precedido por el de la vid y los sarmientos: estos, unidos a la vid, reciben de ella la vida y la capacidad de dar fruto. Quien pone en movimiento todo ese proceso es el labrador, que es el Padre. En Cristo, los sarmientos se unen al Padre y reciben del Padre. Estar unidos a la vid es estar unidos a Cristo, permanecer en él. Y permanecer en él significa permanecer en sus palabras: escucharlas activamente y hacerlas vida propia. De ahí surgirá un fruto abundante, motivo de alegría para el Padre, para el Hijo y para los unidos a Cristo; en todo ello será glorificado el Padre: el mundo podrá presenciarlo como amor y como vida.

¿Y cómo permanecemos unidos a Jesucristo? Por la fe y el amor. ¿Y qué pone en movimiento nuestro amor? El amor recibido. El que no ha sido amado no sabe qué es el amor, aunque ese amor esté en su interior, porque solo se despierta ante la experiencia del amor recibido. Del amor dirigido “a mí”. En Jesús vemos cómo ese amor de Dios, ya experimentado de algún modo en la naturaleza y en la historia de Israel, por ejemplo, aunque como un amor “más abstracto”, dirigido a toda la humanidad o a un pueblo concreto, ahora viene “a mí”. Cuando oramos con la vida de Jesús, experimentamos ese amor personal, ese amor extraordinario, que se acerca a todos y cada uno de nosotros, que se acerca a mí en concreto. Experimentamos su mirada amorosa. Así lo expresa San Pablo: “Vivo, pero ya no vivo yo, sino que Cristo vive en mí. Y la vida que vivo ahora en la carne la vivo en la fe del Hijo de Dios, que me amó y se entregó a sí mismo por mí” (Ga 2,20).

Ese amor es un cierto conocimiento, porque abre de par en par nuestro ser a la comprensión de que solo en él nos unimos a la fuente de la vida que es el Padre. Cristo, el Hijo, permanece en el amor del Padre, y no puede ser de otro modo, por la total apertura, aceptación y entrega –identificación de su voluntad–, que tiene con el Padre. En Cristo vemos que identificarse con la voluntad del Padre –amar al Padre– no es algo ajeno a lo que somos, sino que es precisamente el camino para ser realmente nosotros, para alcanzar nuestra plenitud. Las palabras de Jesús que nos ofrece el evangelio de hoy nos están diciendo que los mandamientos del Padre no son algo ajeno a nosotros, algo que viene de fuera, sino que son como nuestro ADN espiritual: nos recuerdan quiénes somos, de qué estamos hechos, aquello a lo que aspiramos.

En el corazón de ese ADN espiritual está el mandamiento del amor mutuo, pero de un amor cuya medida solo podemos captar mirando a Cristo. Hoy día se usa la palabra amor para muchas cosas y, en cierto modo, su sentido ha quedado diluido. El amor que hemos conocido y experimentado en Cristo es amor dádiva, amor don, amor entrega, amor servicio. Jesús nos ha mirado como el Padre nos mira, nos ha amado como el Padre nos ama. Nos ha llamado “amigos”. Ojalá tuviéramos ilusión por mirar así a quienes nos rodean, ilusión por profundizar en lo que significa esa “amistad”. Jesús quiere compartir con nosotros lo que él comparte con el Padre. Nos abre su corazón para derramar en el nuestro sus gracias. Como hace el Padre, él ha puesto su mirada en nosotros antes de que nosotros la hayamos puesto en él. Esto es un “amor primero”. Amor que se ha afincado en nuestros corazones por el bautismo.

¿Qué significa que él nos ha elegido? Significa que él se ha acercado a nosotros cuando nosotros estábamos lejos. Significa que ha venido a sanar nuestro corazón y a abrir lo que estaba cerrado. Éramos como una semilla incapaz de abrirse, de morir para dar paso a la planta e iniciar así un proceso de vida que ya no deja de crecer y expandirse. Para iniciar algo que permanece. Sólo en Cristo somos capaces de aprender lo que es el amor y de amarnos unos a otros, porque en él hemos tenido una luz que nos ha iluminado, nos ha abierto, nos ha empujado a ir, como él, al encuentro de los demás. Todo cristiano está llamado a ser emisario de ese amor primero, el amor de Cristo, para los que le rodean. Somos eslabón de la instauración del Reino de Dios en los corazones.

Fuente: OpusDei.org


Diez de las advocaciones marianas más conocidas de España

Redacción de .cope.es/


Gracias a Dios en España hay cientos de advocaciones marianas, nosotros hemos seleccionado algunas de las más conocidas

 

En España la devoción a la Virgen María es una de las características históricas de nuestra nación. Hemos podido ser testigos de diferentes apariciones de la Madre de Dios en nuestro país. Por eso, te presentamos algunas de las advocaciones marianas más conocidas de España.


1. Virgen del Pilar

Su origen se remonta a la visita de Santiago Apóstol a Hispania. La mismísima Virgen María se apareció a Santiago sobre un Pilar para decirle que no cesara en su esfuerzo por evangelizar España. Hoy, en ese lugar, se encuentra la Catedral-basílica de Nuestra Señora del Pilar de Zaragoza, uno de los templos marianos más conocidos de Europa.


2. La Santina

Nuestra Señora de Covadonga en Asturias también es conocida como "La Santina". Se dice que durante la batalla de Covadonga, Don Pelayo se consagró a la Virgen María y gracias a Ella, consiguió derrotar a los musulmanes. Cada año, millones de personas acuden a la cueva a rendirla culto.


3. Virgen de la Asunción de Elche

Se la conoce como la "Virgen que vino por el mar". Fue encontrada dentro de un arcón, cerca de Elche. Se considera como un envío de la Virgen María. Junto a ella, había un libro con la representación del "Misteri", que se celebra durante el 14 y 15 de agosto, en la Basílica de Santa María.


4. Virgen de la Cabeza

Fue encontrada por Juan Alonso Rivas, un pastor de Colomera, en 1227, tras escuchar el tintineo de una campana. Contempló ua luz en el cielo y aconteció un milagro: Juan era manco y rezando ante la escultura, su mano se curó por completo. En 2009 el Papa Benedicto XVI la condecoró con una 'Rosa de Oro'.


5. Virgen de los Ángeles

Unos pastores se la encontraron en el Cerro de los Ángeles (Getafe). La llevaron a Pinto. Pero, la estatua desapareció y volvió a aparecer en el Cerro, varias veces. Finalmente, decidieron que lo mejor era construir alli una ermita. Según la tradición, aquello sucedió cuando Madrid fue conquistada por Alfonso VI. Dentro del templo, los feligreses dejan peticiones de oración e intercesión.


6. La Virgen "Moreneta"

Unos niños vieron, en la montaña de Montserrat, una luminaria sobre una cueva. Entraron y se encontraron con la escultura. Poco después, el obispo de Manresa ordenó que fuera trasladara a dicha ciudad. Pero, cuando intentaron llevarla, la estatua cogía tal peso que nadie podía levantarla. Se interpretó que la Virgen deseaba permanecer en Montserrat. Al igual que sucede con el resto de esculturas, se dice que muchos feligreses, rezando ante ella, han recibido milagros.


7. Virgen de la Calle, o de las Candelas

Se trata de una advocación mariana muy venerada por los palentinos. Se celebra el 2 de febrero, bajo la advocación de la "Virgen de las Candelas". Se la atribuyen milagros. Salió en procesión, por primera vez, el 7 de mayo de 1589. Se la solicitó un milagro, por la sequía que los palentinos estaban sufriendo. Durante bastantes días, estuvo lloviendo.

El 2 de febrero, en las Islas Canarias también se celebra la Virgen Candelaria, su Santa Patrona. Representa la colonización de América. Fue encontrada por pastores guanches, 95 años antes del viaje de Cristobal Colón. Algo parecido sucede con la Virgen del Pino de Gran Canarias (que se celebra el 8 de septiembre). Apareció, de forma misteriosa, sobre un pino en 1481. Se interpretó como una profecía: iba a ser descubierta una tierra.


8. Virgen de las Angustias

Es la patrona de Granada y Arévalo. Según la leyenda, la escultura apareció un 9 de febrero, día de su festividad. A isabel la Católica le gustaba rezarla. Siempre la llevó en su corazón. Se cuenta que, antes de la conquista de Granada, rezó a la Virgen de las Angustias. Se ha atribuido como un milagro. Ciertamente, Isabel la Católica decidió que también fuera venerada en Granada.


9. Virgen de la Almudena

Como sucede con otras esculturas, se la relaciona con el Apóstol Santiago. Cuenta la leyenda que fue pintada por San Lucas, tallada por Nicodemo y la trajo el Ápostol Santiago a Hispania cuando vino a predicar el Evangelio.

Según la tradición, fue escondida en los muros de Madrid, durante la llegada de los Árabes, y descubierta por los cristianos en el siglo XI, cuando el Rey Alfonso VI conquistó Madrid. En cierta ocasión, la Almudena se le apareció a San Isidro, diciéndole que su hijo se había caído a un pozo. Cuando llegó a casa se encontró con su hijo sano y salvo, junto a la Virgen de la Almudena.


10. Virgen del Rocío

Se la conoce también como "Blanca Paloma" o "Reina de las Marismas". Se venera en el Santuario de El Rocío, en Almonte (Huelva). El Rocío es una romería que se celebra entre mayo y junio (el domingo de Pentecostés). En el siglo XV, según la leyenda, un cazador escuchó ladrar, de forma extraña, a sus perros. Se acercó a ellos y vió, junto a unas zarzas, a la Virgen del Rocío junto a un árbol. Quiso llevarla hasta Almonte, pero no lo consiguió. Como pasó en Montserrat, terminaron construyendo una ermita donde fue el cazador se encontró con aquella escultura.


06 mayo 2021

El Papa invita a participar este mes en la Semana Laudato si’

 Rafael Miner


Qué tipo de mundo queremos dejar a quienes nos sucedan

La llamada a cuidar de la Creación es constante en el Papa Francisco. Ahora invita a todos a la Semana Laudato si’, que tendrá lugar del 16 al 24 de mayo, a los 6 años de la encíclica, con el lema “Sabemos que las cosas pueden cambiar”.

La Semana Laudato si’ será la culminación del año especial que convocó el Papa el 24 de mayo de 2020, en el momento de cumplirse cinco años de la promulgación de la encíclica sobre el cuidado de la casa común, para “reflexionar sobre la encíclica”.

Además, la Semana Laudato si’ será un momento para pensar sobre lo que la pandemia del Covid-19 nos ha enseñado y preparar el futuro con esperanza. Para conocer los contenidos del evento, pueden consultar aquí.

En un breve videomensaje, el Papa Francisco comienza preguntándose: “Qué tipo de mundo queremos dejar a quienes nos sucedan, a los niños que están creciendo?” “Renuevo mi llamado urgente a responder a la crisis ecológica. El clamor de la tierra y el clamor de los pobres no dan para más”. A continuación, el Santo Padre anima a todos: “cuidemos la Creación, don de nuestro buen Dios creador. Celebremos juntos la Semana Laudato si’. Que Dios les bendiga. Y no se olviden de rezar por mí”.

La Semana Laudato si’ 2021 está auspiciada por el Dicasterio Vaticano para el Servicio del Desarrollo Humano Integral y promovida por el Movimiento Católico Mundial por el Clima, en colaboración con Renova+, Caritas Internationalis, CIDSE, la Unión Internacional de Superiores Generales, la Unión de Superiores Generales, la Compañía de Jesús y la Oficina general de justicia, paz e integridad de la creación de los Frailes Menores, junto a otros colaboradores.

Oración para este año especial

En la convocatoria de este año especial, realizada el 24 de mayo del año pasado, el Papa Francisco invitó “a todas las personas de buena voluntad a unirse, para cuidar de nuestra casa común y de nuestros hermanos y hermanas más frágiles”. Y anunció una oración dedicada a este año, señalando que “será bello rezarla”. Es la siguiente:

“Dios amoroso,

Creador del cielo, de la tierra y de todo lo que hay en ella.

Abre nuestras mentes y toca nuestros corazones, para que podamos ser parte de la creación, tu don.

Sé presente para los necesitados en estos tiempos difíciles, especialmente para los más pobres y más vulnerables.

Ayúdanos a mostrar solidaridad creativa para afrontar las consecuencias de esta pandemia mundial.

Haznos valientes para abrazar los cambios dirigidos a la búsqueda del bien común.

Ahora más que nunca, que podamos sentir que todos estamos interconectados e interdependientes.

Haz de tal modo que logremos escuchar y responder al grito de la tierra y al grito de los pobres.

Que puedan ser los sufrimientos actuales los dolores de parto de un mundo más fraternal y sostenible.

Bajo la mirada amorosa de María Auxiliadora, te pedimos por Cristo Nuestro Señor.

Amén.

Como es sabido, la encíclica papal, fechada el 24 de mayo de 2015, comenzaba así:

“Laudato si’, mi’ Signore” – “Alabado seas, mi Señor”, cantaba san Francisco de Asís. En ese hermoso cántico nos recordaba que nuestra casa común es también como una hermana, con la cual compartimos la existencia, y como una madre bella que nos acoge entre sus brazos: “Alabado seas, mi Señor, por la hermana nuestra madre tierra, la cual nos sustenta, y gobierna y produce diversos frutos con coloridas flores y hierba”.

“¡Es el momento de actuar!”

El pasado 22 de abril, el Papa publicó un videomensaje para sumarse a la conmemoración del Día de la Tierra, una fecha establecida por las Naciones Unidas con el fin de consolidar una conciencia mundial sobre la relación de interdependencia entre los seres humanos, los seres vivos y el medioambiente que los rodea.

En el video, el Santo Padre señaló que desde hace tiempo la humanidad está tomando más conciencia de que la naturaleza “merece ser protegida”, aunque sea “por el hecho de que las interacciones humanas con la biodiversidad que Dios nos ha dado, deben hacerse con el máximo cuidado y con respeto”. “Cuando se desencadena la destrucción de la naturaleza es muy difícil detenerla”, afirmó el Papa.

Enseñanzas de la pandemia

Asimismo, el Pontífice subrayó la importancia de cuidar la biodiversidad y la naturaleza, algo que en este tiempo de pandemia hemos aprendido mucho más:

“Esta pandemia nos ha mostrado lo que ocurre cuando el mundo se detiene, se pausa, aunque sea por unos meses. Y el impacto que esto tiene en la naturaleza y el cambio climático, con una fuerza tristemente positiva, ¿no? En otras palabras, hace daño”.

De igual modo, el Papa manifestó que la llegada del Covid-19, “que nos afecta a todos, aunque de forma múltiple y diversa”, nos muestra también “que la naturaleza global necesita nuestras vidas en este planeta, a la vez que nos enseña más sobre lo que tenemos que hacer para crear un planeta justo, equitativo y ambientalmente seguro”, informó la agencia oficial vaticana.

El Santo Padre añadió que este nuevo desafío global que supone la actual crisis sanitaria, nos enseña el valor de la interdependencia, “este compartir el planeta”.

Para el Papa, ambas catástrofes globales, la pandemia y la climática, “demuestran que no tenemos más tiempo para esperar. Que el tiempo apremia y que, como nos enseñó el Covid-19, sí tenemos los medios para afrontar el reto. Tenemos los medios. Ahora es el momento de actuar, estamos al límite”.

Francisco concluyó pidiendo a todos unidad para lanzar un llamamiento a los líderes del mundo con el fin de que “actúen con valentía, con justicia y para que digan siempre la verdad al pueblo, que la gente sepa cómo protegerse de la destrucción del planeta y cómo proteger el planeta de la destrucción que muy a menudo provocamos”.

“La adversidad que estamos viviendo con la pandemia, y que ya sentimos en el cambio climático, debe espolearnos, debe empujarnos a la innovación, a la invención, a buscar nuevos caminos. No se sale igual de una crisis, se sale mejor o peor. Este es el reto, y si no salimos mejor parados, vamos por el camino de la autodestrucción”, añadió el Papa.

Reto y oportunidad, según Mons. Gallagher

En junio del año pasado, con ocasión de los 5 años de la encíclica Laudato Si’, el Secretario de Relaciones con los Estados de la Santa Sede, arzobispo Paul Richard Gallagher, dictó una conferencia en la presentación del documento “En camino hacia el cuidado de la casa común”, elaborado por la Mesa Interdicasterial de la Santa Sede sobre Ecología Integral.

“La pandemia del Covid-19 nos empuja aún más a hacer de la crisis socioeconómica, ecológica y ética que estamos viviendo un momento propicio para la conversión y para la toma de decisiones concretas e impostergables, como bien se evidencia en el texto que tenéis ante vosotros”, comenzó señalando Mons. Gallagher.

“Para ello, necesitamos una propuesta operativa, que en este caso es la ecología integral”, señaló. Y esta ecología requiere, a su juicio, una “visión integral de la vida para elaborar lo mejor posible políticas, indicadores, procesos de investigación e inversión, criterios de evaluación, evitando concepciones erróneas del desarrollo y el crecimiento”; y una “visión de futuro, que debe concretarse en los lugares y espacios donde se cultivan y transmiten la educación y la cultura, se crea conciencia, se forma la responsabilidad política, científica y económica y, en general, se actúa responsablemente”.

Esto representa, afirmó el arzobispo Gallagher, un reto exigente, pero también una oportunidad muy actual para “diseñar y construir juntos un futuro que nos vea unidos en la custodia de la vida que se nos ha dado y en el cultivo de la creación que nos ha sido confiada por Dios para que la hagamos fructificar sin excluir ni desechar a ninguno de nuestros hermanos y hermanas”.


Rafael Miner, en omnesmag.com/

05 mayo 2021

La oración contemplativa

 El Papa en la Audiencia General


Catequesis 32. 

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

Seguimos con las catequesis sobre la oración y en esta catequesis quisiera detenerme en la oración de contemplación.

La dimensión contemplativa del ser humano —que aún no es la oración contemplativa— es un poco como la “sal” de la vida: da sabor, da gusto a nuestros días. Se puede contemplar mirando el sol saliendo por la mañana, o los árboles que visten de verde la primavera; se puede contemplar escuchando música o el canto de los pájaros, leyendo un libro, delante de una obra de arte o esa obra maestra que es el rostro humano… Carlo María Martini, enviado como obispo a Milán, tituló su primera Carta pastoral “La dimensión contemplativa de la vida”: de hecho, quien vive en una gran ciudad, donde todo  —podemos decir— es artificial, donde todo es funcional, corre el riesgo de perder la capacidad de contemplar. Contemplar no es en primer lugar una forma de hacer, sino que es una forma de ser: ser contemplativo.

Ser contemplativos no depende de los ojos, sino del corazón. Y aquí entra en juego la oración, como acto de fe y de amor, como “respiración” de nuestra relación con Dios. La oración purifica el corazón, y con eso, aclara también la mirada, permitiendo acoger la realidad desde otro punto de vista. El Catecismo describe esta transformación del corazón por parte de la oración citando un famoso testimonio del Santo Cura de Ars: «La oración contemplativa es mirada de fe, fijada en Jesús. “Yo le miro y él me mira”, decía a su santo cura un campesino de Ars que oraba ante el Sagrario. […] La luz de la mirada de Jesús ilumina los ojos de nuestro corazón; nos enseña a ver todo a la luz de su verdad y de su compasión por todos los hombres» (Catecismo de la Iglesia Católica, 2715). Todo nace de ahí: de un corazón que se siente mirado con amor. Entonces la realidad es contemplada con ojos diferentes.

“¡Yo le miro, y Él me mira!”. Es así: en la contemplación amorosa, típica de la oración más íntima, no son necesarias muchas palabras: basta una mirada, basta con estar convencidos de que nuestra vida está rodeada de un amor grande y fiel del que nada nos podrá separar.

Jesús ha sido maestro de esta mirada. En su vida no han faltado nunca los tiempos, los espacios, los silencios, la comunión amorosa que permite a la existencia no ser devastada por las pruebas inevitables, sino de custodiar intacta la belleza. Su secreto era la relación con el Padre celeste.

Pensemos en el suceso de la Transfiguración. Los Evangelios colocan este episodio en el momento crítico de la misión de Jesús, cuando crecen en torno a Él la protesta y el rechazo. Incluso entre sus discípulos muchos no lo entienden y se van; uno de los Doce alberga pensamientos de traición. Jesús empieza a hablar abiertamente de los sufrimientos y de la muerte que le esperan en Jerusalén. En este contexto Jesús sube a lo alto del monte con Pedro, Santiago y Juan. Dice el Evangelio de Marcos: «Y se transfiguró delante de ellos, y sus vestidos se volvieron resplandecientes, muy blancos, tanto que ningún batanero en la tierra sería capaz de blanquearlos de ese modo» (9,2-3). Precisamente en el momento en el que Jesús es incomprendido —se iban, le dejaban solo porque no entendían—, y en este momento que Él es incomprendido, precisamente cuando todo parece ofuscarse en un torbellino de malentendidos, es ahí que resplandece una luz divina. Es la luz del amor del Padre, que llena el corazón del Hijo y transfigura toda su Persona.

Algunos maestros de espiritualidad del pasado han entendido la contemplación como opuesta a la acción, y han exaltado esas vocaciones que huyen del mundo y de sus problemas para dedicarse completamente a la oración. En realidad, en Jesucristo en su persona y en el Evangelio no hay contraposición entre contemplación y acción, no. En el Evangelio en Jesús no hay contradicción. Esta puede que provenga de la influencia de algún filósofo neoplatónico, pero seguramente se trata de un dualismo que no pertenece al mensaje cristiano.

Hay una única gran llamada en el Evangelio, y es la de seguir a Jesús por el camino del amor. Este es el ápice, es el centro de todo. En este sentido, caridad y contemplación son sinónimos, dicen lo mismo. San Juan de la Cruz sostenía que un pequeño acto de amor puro es más útil a la Iglesia que todas las demás obras juntas. Lo que nace de la oración y no de la presunción de nuestro yo, lo que es purificado por la humildad, incluso si es un acto de amor apartado y silencioso, es el milagro más grande que un cristiano pueda realizar. Y este es el camino de la oración de contemplación: ¡yo le miro, Él me mira! Este acto de amor en el diálogo silencioso con Jesús ha hecho mucho bien a la Iglesia.


Saludos:

Saludo cordialmente a los fieles de lengua española. Los animo a que tengan una pausa para ir a la iglesia más cercana, a sentarse un rato delante del sagrario. Déjense mirar por el amor infinito y paciente de Jesús, que allí los espera, y contémplenlo con los ojos de la fe y con los ojos del amor. Él les dirá muchas cosas al corazón. Que Dios los bendiga y la Virgen Santa los cuide. Muchas gracias.


LLAMAMIENTO

Guiados por los Santuarios dispersos por el mundo, en este mes de mayo recitamos el Rosario para invocar el fin de la pandemia y la reanudación de las actividades sociales y laborales. Hoy guía esta oración mariana el Santuario de la Beata Virgen del Rosario en Namyang, Corea del Sur. Nos unimos a los que están reunidos en este Santuario, rezando especialmente por los niños y los adolescentes.


Resumen leído por el Santo Padre en español

Queridos hermanos y hermanas:

En la catequesis de hoy reflexionamos sobre la oración de contemplación. La contemplación, más que un método o un modo de rezar, es una íntima condición del ser humano que debemos descubrir. Somos contemplativos, tenemos la capacidad de ver el mundo con los ojos del corazón, que van más allá del simple examen de la realidad, mirando desde el amor y la fe.

Desde esta realidad, nuestra oración contemplativa nos pone delante de un Dios que nos mira con amor. La luz de esa mirada ilumina nuestro espíritu, le da ojos de misericordia para contemplar el mundo. El mismo Señor es modelo de esta oración, una oración que no se desentiende de la realidad y el sufrimiento, sino que por el contrario, se acrecienta ante la inminencia de su Pasión. De ese modo, en la transfiguración podemos contemplar cómo la luz del amor del Padre llena el corazón de Jesús y hace resplandecer toda su persona, como un preludio de la Cruz. 

La llamada del Evangelio es seguir a Jesús en la vía del amor. Y esto es el culmen de toda la vida cristiana. Caridad y contemplación son sinónimos, se refieren a la misma realidad. San Juan de la Cruz afirmaba que un pequeño acto de amor es más útil a la Iglesia que todas las demás acciones juntas. Un acto de amor, purificado en la oración para que no nazca de nuestra presunción y de nuestro egoísmo, es el mayor milagro que un cristiano pueda alcanzar.