05 julio 2021

Sueño, servicio, fidelidad

Ramiro Pellitero

El mensaje de Francisco para la 58 Jornada mundial de oración por las vocaciones (25-IV-2021) se titula “san José: el sueño de la vocación”. Es un mensaje directo, incisivo, característico del estilo del Papa. Y se desarrolla a través de tres palabras: sueño, servicio, fidelidad.


Soñar como san José

La primera palabra, sueño, remite a la vida de san José, que supo hacer suyo el gran "sueño" de Dios: nuestra salvación. Aunque los Evangelios no recogen ni una sola palabra de José, con su corazón de padre, “capaz de dar y generar vida en lo cotidiano”, se ha ganado el ser patrono de las vocaciones en la Iglesia, que están para eso mismo: “generar y regenerar la vida cada día”.

Por eso las vocaciones son siempre necesarias y, añade el Papa, “especialmente hoy en tiempos marcados por la fragilidad y los sufrimientos causados también por la pandemia, que ha suscitado incertidumbre y miedo sobre el futuro y el mismo sentido de la vida”.

Es muy cierto que san José tiene que ver con los sueños más profundos de toda persona. El sueño de toda persona, señala Francisco, es el fondo el amor: “Es el amor el que da sentido a la vida, porque revela su misterio. La vida, en efecto, sólo se tiene si se da, sólo se posee verdaderamente si se entrega plenamente”.

Dios –podríamos decir– es, por eso, "el primer protagonista" de los sueños de san José: “A través de los sueños que Dios le inspiró, hizo de su existencia un don”. Dios le dió, a san José, la capacidad de darse, por entero, a esos grandes planes de Dios, decisivos para la salvación de la humanidad. Y de hacerlo a través de una vida sencilla, sin un extraordinario brillo humano.

Cabe, entre muchas cosas como estamos viendo, llamar la atención a la terminología de Francisco, alusiva al discernimiento de la voluntad de Dios a través de los sueños, al menos en el caso de san José. Pues así como tenemos el sentido (externo) del oído, hay en nosotros algo así como un “oído interno”. Y no se refiere aquí a la estructura anatómica que está más al fondo del tímpano, sino a una capacidad del alma: la capacidad de escuchar las señales más ordinarias que Dios nos envía.

En el caso de san José, escribe el Papa, “a su vigilante oído interno solo le era suficiente una pequeña señal para reconocer su voz (la voz de Dios). Y observa que esto también se aplica a las llamadas que el Señor nos dirige:

“A Dios no le gusta revelarse de forma espectacular, forzando nuestra libertad. Él nos da a conocer sus planes con suavidad, no nos deslumbra con visiones impactantes, sino que se dirige a nuestra interioridad delicadamente, acercándose íntimamente a nosotros y hablándonos por medio de nuestros pensamientos y sentimientos. Y así, como hizo con san José, nos propone metas altas y sorprendentes”.

Como en el caso de san José, las llamadas de Dios nos hacen cambiar nuestros planes, nos piden la valentía para seguir su voluntad, nos impulsan a salir, a entregarnos, a ir más allá:

“No hay fe sin riesgo –confirma Francisco–. Solo abandonándose confiadamente a la gracia, dejando de lado los propios planes y comodidades se dice verdaderamente 'sí' a Dios. Y cada 'sí' da frutos, porque se adhiere a un plan más grande, del que solo vislumbramos detalles, pero que el Artista divino conoce y lleva adelante, para hacer de cada vida una obra maestra”.

Pero la escucha o la acogida de José no es pasiva sino activa: lo pone en marcha, con valentía y fortaleza (cf. Carta ap. Patris corde, 4). “Que él –le pide Francisco– ayude a todos, especialmente a los jóvenes en discernimiento, a realizar los sueños que Dios tiene para ellos; que inspire la iniciativa valiente para decir 'sí' al Señor, que siempre sorprende y nunca decepciona".

Servir como san José

La segunda palabra es servicio. De hecho, el pueblo cristiano llama a san José esposo castísimo, “revelando así su capacidad de amar sin retener nada para sí”. Y retoma aquí el Papa un pasaje de su carta sobre san José, cuando dice que el servicio de san José y sus sacrificios solo fueron posibles porque estaban sostenidos por un amor más grande: un amor que supera una mera “lógica” (humana) de sacrificio. Ese amor se expresa y realiza en lo que Francisco llama “el don de sí mismo”. Y da a entender que, cuando no existe ese don de sí mismo a Dios y a los demás, no es posible descubrir o responder verdaderamente a cualquier vocación. Así lo dice Francisco:

“Toda vocación verdadera nace del don de sí mismo, que es la maduración del simple sacrificio. También en el sacerdocio y la vida consagrada se requiere este tipo de madurez. Cuando una vocación, ya sea en la vida matrimonial, célibe o virginal, no alcanza la madurez de la entrega de sí misma deteniéndose solo en la lógica del sacrificio, entonces en lugar de convertirse en signo de la belleza y la alegría del amor corre el riesgo de expresar infelicidad, tristeza y frustración" (Patris corde, 7).

¿En qué se ve ese don de de sí mismo? En los hechos: con su “buena disposición para enfrentarse en cada ocasión a situaciones nuevas, sin quejarse de lo que ocurría, dispuesto a echar una mano para arreglar las cosas”, san José sirvió como “la mano tendida del Padre celestial hacia su Hijo en la tierra”. Y precisamente por eso es un buen modelo para todas las vocaciones, llamadas a ser instrumentos del amor de Dios Padre, “las manos diligentes del Padre para sus hijos e hijas”.

Así, el Papa se refiere a san José también como “custodio de las vocaciones”. Por su cuidado atento y solícito, por su dejar de lado sus propias ambiciones y nostalgias nos anima a ocuparnos de lo que el Señor nos confía por medio de la Iglesia.

La fidelidad cotidiana de san José

Si el sueño es precursor de la llamada de Dios que lo cumple, y el servicio concreta nuestra respuesta a esa llamada, la tercera palabra, fidelidad, expresa el “ritmo cotidiano” en el camino de la vocación.

San José es el hombre justo que reza y ejerce calladamente su humilde oficio de carpintero (cf. Mt 13, 55), con paciencia, en medio de lo cotidiano. “Sabe que la existencia se construye solo con la continua adhesión a las grandes opciones”. De esta manera, ciertamente “no inspiró las crónicas de la época, sino la vida cotidiana de todo padre, de todo trabajador y de todo cristiano a lo largo de los siglos. Porque la vocación, como la vida, solo madura por medio de la fidelidad de cada día”.

Y esa fidelidad, como hemos visto ya, se alimenta de lo que expresa el término mismo: de la confianza en Dios, que desde el principio le dice: “no temas”. Unas palabras que valen para presidir, fortalecer y orientar no solo el comienzo del camino, sino todo el trayecto, y lo transforman en un camino de alegría. Vale la pena leer este párrafo, situado al final del mensaje de Francisco:

“No temas: son las palabras que el Señor te dirige también a ti, querida hermana, y a ti, querido hermano, cuando, aun en medio de incertidumbres y vacilaciones, sientes que ya no puedes postergar el deseo de entregarle tu vida. Son las palabras que te repite cuando, allí donde te encuentres, quizás en medio de pruebas e incomprensiones, luchas cada día por cumplir su voluntad. Son las palabras que redescubres cuando, a lo largo del camino de la llamada, vuelves a tu primer amor. Son las palabras que, como un estribillo, acompañan a quien dice sí a Dios con su vida como san José, en la fidelidad de cada día”.


Fuente: iglesiaynuevaevangelizacion.blogspot.com/

A cara descubierta

Juan Luis Selma

Que nadie nos robe la alegría de vivir, de hacer el bien. Esta es nuestra tierra, nuestro mundo

Pensaba que íbamos a recibir con más alegría la retirada de la mascarilla que nos ha regalado el Gobierno, pero he visto que seguimos con ella. Será que nos hemos acostumbrado o que no acabamos de fiarnos; me inclino por lo último. Con lo bonito que es ver las caras, apreciar las sonrisas, ir por la vida “a cara descubierta”.

La mascarilla es fundamentalmente higiénica, otra cosa es el antifaz, la caperuza. La primera nos protege, la otra nos oculta, y desgraciadamente nos han colado “in ocultis”, de tapadillo unas cuantas leyes que, para aplicarlas, hay que colocarse la máscara como hacen los verdugos. El antifaz oculta la personalidad y estas leyes, véase la de la eutanasia, oscurecen la sociedad. No son humanas, como tampoco la del aborto, la de enseñanza, la trans… desfiguran el rostro de la humanidad, ocultan su sonrisa.

Pero nada es nuevo bajo el sol, los errores y horrores se repiten. Gracias a Dios, también el bien se multiplica y además con mucha más vitalidad y energía. Actuemos a cara descubierta, seamos valientes, humanos y difundamos el bien, la belleza, la verdad, la vida. Con el espectacular final de la Novena Sinfonía cantemos: “¡Oh amigos, no esos tonos! / Entonemos otros más agradables y / llenos de alegría. / ¡Alegría, alegría! .../ ¡Alegría, bella chispa divina, / hija del Elíseo! / ¡Alegría, bella chispa divina!”.

Que nadie nos robe la alegría de vivir, de hacer el bien. Esta es nuestra tierra, nuestro mundo. Vivamos en ella a lo grande. No ocultemos nuestro rostro, seamos generadores de vida, vamos a cuidarla, protegerla y dignificarla. Irradiemos ganas de vivir con nuestro trabajo bien hecho, con nuestro cariño y simpatía. Y si, alguna vez llega el desconcierto ante algunas formas de actuar, no dudemos o vacilemos: estamos del bando de la humanidad, somos lo natural, lo duradero, lo necesario.

En el Evangelio vemos a Jesús dirigirse a su ciudad, allí es conocido por su parentela, por su oficio. Los suyos quedan admirados por la sabiduría de sus palabras y por la fuerza de sus milagros, y también desconcertados, hasta ahora se había comportado como uno más. Durante treinta años pensaban que era un carpintero, lleno de atractivo por su buen trabajo y cercanía, pero un ciudadano igual en todo a ellos. Así somos los cristianos, ciudadanos corrientes llenos de humanidad.

“Hombre soy; nada humano me es ajeno”, decía Terencio y lo mismo decimos nosotros. El aporte de la gracia, de la fe, la fuerza de la oración debe ayudarnos a vivir intensamente en medio del mundo. Si somos muy de Cristo, eso son los cristianos, amaremos las realidades de la tierra, se reforzarán todos los mimbres de nuestra humanidad. Cristo enseña al hombre a ser hombre. Cuando está en juego la pervivencia del hombre, de la especie humana por la falta de respeto a la vida, por la disminución de la natalidad, por la crisis de la familia, por la pérdida de la verdad y de la belleza, estamos llamados a cultivar todo lo que es humano.

A cara descubierta viviremos la alegría, haremos la vida agradable a los que se crucen por nuestro camino. Alegres con esa “bella chispa divina” sonreiremos a todos. Viviremos en esperanza, con la certeza de la fuerza de la verdad y del amor. No dejaremos que nos invada el pesimismo, o la letal indiferencia del que piensa que nada se puede hacer. Daremos un sentido de servicio y de misión al trabajo contribuyendo a mejorar la sociedad desde nuestra profesión. ¡Qué bonito es que el médico cure, que el maestro enseñe, que el juez haga justicia, que el albañil edifique hogares luminosos…!

Sin darnos apenas cuenta, siendo muy humanos y divinos todo lo nuestro se llenará de una gran trascendencia. Con esta frase comienza el libro Forja: “Hijos de Dios. Portadores de la única llama capaz de iluminar los caminos terrenos de las almas, del único fulgor, en el que nunca podrán darse oscuridades, penumbras ni sombras.

El Señor se sirve de nosotros como antorchas, para que esa luz ilumine... De nosotros depende que muchos no permanezcan en tinieblas, sino que anden por senderos que llevan hasta la vida eterna”. Partimos con ventaja, sabemos lo que somos y cómo queremos ser. Pues, a correr sin mirar atrás, a darle mucha importancia a lo cotidiano bien hecho, como decía un amigo sacerdote −casi centenario− “con recochineo”.

Si cuidamos nuestra familia y vivimos para ella, si hacemos del trabajo un servicio, si estamos alegres porque somos hijos de Dios, si vivimos con valentía nuestra preciosa fe, seremos esa luz que iluminará todos los rincones de la tierra. La civilización renacerá al vernos. Los hombres emprenderán de nuevo el camino humano. Nuestro futuro no está en los “cíborg” sino en el hombre. Seamos valientes, vivamos a cara descubierta.


Fuente: eldiadecordoba.es

"Nadie es profeta en su tierra"

 El Papa ayer en el Ángelus


Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

El Evangelio que leemos en la liturgia de este domingo (Mc 6,1-6) nos habla de la incredulidad de los paisanos de Jesús. Él, después de haber predicado en otros pueblos de Galilea, vuelve a Nazaret, donde había crecido con María y José; y, un sábado, se pone a enseñar en la sinagoga. Muchos, escuchándolo, se preguntan: “¿De dónde le viene toda esta sabiduría dada? Pero, ¿no es el hijo del carpintero y de María, es decir, de nuestros vecinos a los que conocemos bien?” (cfr. vv. 1-3). Delante de esta reacción, Jesús afirma una verdad que ha entrado a formar parte también de la sabiduría popular: «Un profeta sólo en su patria, entre sus parientes y en su casa carece de prestigio» (v. 4). Lo decimos muchas veces.

Detengámonos en la actitud de los paisanos de Jesús. Podemos decir que ellos conocen a Jesús, pero no lo reconocen. Hay diferencia entre conocer y reconocer. De hecho, esta diferencia nos hace entender que podemos conocer varias cosas de una persona, hacernos una idea, fiarnos de lo que dicen los demás, quizá de vez en cuando verla por el barrio, pero todo esto no basta. Se trata de un conocer diría ordinario, superficial, que no reconoce la unicidad de esa persona. Es un riesgo que todos corremos: pensamos que sabemos mucho de una persona, y lo peor es que la etiquetamos y la encerramos en nuestros prejuicios. De la misma manera, los paisanos de Jesús lo conocen desde hace treinta años y ¡piensan que lo saben todo! “¿Pero este no es el joven que hemos visto crecer, el hijo del carpintero y de María? ¿Pero de dónde le vienen estas cosas?”. La desconfianza. En realidad, no se han dado nunca cuenta de quién es realmente Jesús. Se detienen en la exterioridad y rechazan la novedad de Jesús.

Y aquí entramos precisamente en el núcleo del problema: cuando hacemos que prevalezca la comodidad de la costumbre y la dictadura de los prejuicios, es difícil abrirse a la novedad y dejarse sorprender. Nosotros controlamos, con la costumbre, con los prejuicios. Al final sucede que muchas veces, de la vida, de las experiencias e incluso de las personas buscamos solo confirmación a nuestras ideas y a nuestros esquemas, para nunca tener que hacer el esfuerzo de cambiar. Y esto puede suceder también con Dios, precisamente a nosotros creyentes, a nosotros que pensamos que conocemos a Jesús, que sabemos ya mucho sobre Él y que nos basta con repetir las cosas de siempre. Y esto no basta con Dios. Pero sin apertura a la novedad y sobre todo —escuchad bien— apertura a las sorpresas de Dios, sin asombro, la fe se convierte en una letanía cansada que lentamente se apaga y se convierte en una costumbre, una costumbre social. He dicho una palabra: el asombro. ¿Qué es el asombro? El asombro es precisamente cuando sucede el encuentro con Dios: “He encontrado al Señor”. Leemos en el Evangelio: muchas veces, la gente que encuentra a Jesús y lo reconoce, siente el asombro. Y nosotros, con el encuentro con Dios, tenemos que ir en este camino: sentir el asombro. Es como el certificado de garantía que ese encuentro es verdad, no es costumbre.

Al final, ¿por qué los paisanos de Jesús no lo reconocen y no creen en Él? ¿Por qué? ¿Cuál es el motivo? Podemos decir, en pocas palabras, que no aceptan el escándalo de la Encarnación. No lo conocen, este misterio de la Encarnación, pero no aceptan el misterio. No lo saben, pero el motivo es inconsciente y sienten que es escandaloso que la inmensidad de Dios se revele en la pequeñez de nuestra carne, que el Hijo de Dios sea el hijo del carpintero, que la divinidad se esconda en la humanidad, que Dios habite en el rostro, en las palabras, en los gestos de un simple hombre. He aquí el escándalo: la encarnación de Dios, su concreción, su “cotidianidad”. Y Dios se ha hecho concreto en un hombre, Jesús de Nazaret, se ha hecho compañero de camino, se ha hecho uno de nosotros. “Tú eres uno de nosotros”: decirlo a Jesús, ¡es una bonita oración! Y porque es uno de nosotros nos entiende, nos acompaña, nos perdona, nos ama mucho. En realidad, es más cómodo un dios abstracto, distante, que no se entromete en las situaciones y que acepta una fe lejana de la vida, de los problemas, de la sociedad. O nos gusta creer en un dios “de efectos especiales”, que hace solo cosas excepcionales y da siempre grandes emociones. Sin embargo, queridos hermanos y hermanas, Dios se ha encarnado: Dios es humilde, Dios es tierno, Dios está escondido, se hace cercano a nosotros habitando la normalidad de nuestra vida cotidiana. Y entonces, a nosotros nos sucede como a los paisanos de Jesús, corremos el riesgo de que, cuando pase, no lo reconozcamos. Vuelvo a decir una bonita frase de San Agustín: “Tengo miedo de Dios, del Señor, cuando pasa”. Pero, Agustín, ¿por qué tienes miedo? “Tengo miedo de no reconocerlo. Tengo miedo del Señor cuando pasa. Timeo Dominum transeuntem”. No lo reconocemos, nos escandalizamos de Él. Pensemos en cómo está nuestro corazón respecto a esta realidad.

Ahora, en la oración, pidamos a la Virgen, que ha acogido el misterio de Dios en la cotidianidad de Nazaret, tener ojos y corazón libres de los prejuicios y tener ojos abiertos al asombro: “¡Señor, haz que te encuentre!”. Y cuando encontramos al Señor se da este asombro. Lo encontramos en la normalidad: ojos abiertos a las sorpresas de Dios, a Su presencia humilde y escondida en la vida de cada día.


 

Después del Ángelus

Queridos hermanos y hermanas:

Desde la querida nación de Esuatini, en África meridional, llegan noticias de tensiones y violencias. Invito a aquellos que tienen responsabilidad y a los que manifiestan las propias aspiraciones por el futuro del país a un esfuerzo común por el diálogo, la reconciliación y la composición pacífica de las diferentes posiciones.

Y me alegra anunciar que del 12 al 15 del próximo septiembre, si Dios quiere, viajaré a Eslovaquia para realizar una visita pastoral. La tarde [del 12]. ¡Están contentos los eslovacos allí! [en la plaza están presentes numerosos peregrinos eslovacos]. Antes [la mañana del domingo 12 de septiembre] concelebraré en Budapest la Misa conclusiva del Congreso Eucarístico Internacional. Doy las gracias de corazón a los que están preparando este viaje y rezo por ellos. Recemos todos por este viaje y por las personas que están trabajando para organizarlo.

Y os saludo con afecto a todos vosotros, romanos, peregrinos de Italia, de varios países, ¡especialmente a los eslovacos! En particular saludo a los grupos de Cosenza, Crotone, Morano Calabro y Ostuni. Os deseo a todos un feliz domingo. Y por favor, no os olvidéis de rezar por mí. ¡Gracias! ¡Adiós!

03 julio 2021

¡Vacaciones! ¡Vacaciones!

Jaime Nubiola

Unas pocas palabras de Machado que me parecen particularmente útiles para enfocar bien las vacaciones y recuperar así las fuerzas gastadas para poder afrontar con ánimo renovado el siguiente curso

Como tantos millones de personas en el hemisferio norte, en las próximas semanas haré mis primeras vacaciones en dos años, después del confinamiento y de los meses de restricciones sanitarias que tanto han limitado nuestra movilidad. Igual que en otros veranos anteriores, he optado por subir a Astún, en el Pirineo de Huesca: un lugar recóndito en el que termina la carretera, justo en la frontera con Francia, sin apenas nadie en verano, con unas vistas espectaculares del imponente macizo del Aspe (2.640 metros).

Lo que más necesito −me parece− es el silencio de las montañas. En un lugar como Astún, de gran belleza natural, podemos reencontrarnos con nosotros mismos si nos desconectamos prudentemente de los acontecimientos mundanos, de los periódicos, la televisión y las redes sociales, y centramos nuestra atención simplemente en contemplar tranquilamente el magnífico entorno y disfrutar de él.

Además, tiene un papel importante en mi descanso la lectura de libros que no he podido leer en la trepidación de los meses anteriores. Me llevo diez libros conmigo este verano. También valoro mucho en estos días la escritura amable a los amigos, que he tenido quizás algo abandonados en los meses precedentes. En particular, para mí las vacaciones son un tiempo para intentar estar más cerca de Dios: mis alumnos suelen decir que me voy de retiro, y no les falta razón, pues las majestuosas montañas del Pirineo y su impresionante silencio me ayudan a sentirme a solas con Dios y a intentar escucharle en mi corazón.

Este estilo de vacación contrasta quizá con el favorecido por las agencias de viajes, que requieren del pobre turista el cambio constante de un sitio a otro, el visitar muchos lugares, el bañarse en muchas playas diferentes. Para mí, en cambio, en las vacaciones puedo estar las tres semanas sin salir siquiera del mismo valle de alta montaña. Se trata de hacer pocas cosas, de hacerlas despacio, por amor, con amor. Quizá podemos evocar aquí la sabia letrilla de Machado que a mí tanto me ayuda: «Despacito y buena letra: / el hacer las cosas bien / importa más que el hacerlas». ¡Cuánta sabiduría encerrada en tan pocas palabras! Me parecen particularmente útiles para enfocar bien las vacaciones y recuperar así las fuerzas gastadas para poder afrontar con ánimo renovado el siguiente curso.


Fuente: filosofiaparaelsigloxxi.wordpress.com

01 julio 2021

Dios puede entrar en nuestro Nazaret

Domingo 14° semana del tiempo ordinario.facebook

Evangelio (Mc 6,1-6)
Salió de allí y se fue a su ciudad, y le seguían sus discípulos. Y cuando llegó el sábado comenzó a enseñar en la sinagoga, y muchos de los que le oían decían admirados:

—¿De dónde sabe éste estas cosas? ¿Y qué sabiduría es la que se le ha dado y estos milagros que se hacen por sus manos? ¿No es éste el artesano, el hijo de María, y hermano de Santiago y de José y de Judas y de Simón? ¿Y sus hermanas no viven aquí entre nosotros?

Y se escandalizaban de él. Y les decía Jesús:

—No hay profeta que sea menospreciado, si no es en su tierra, entre sus parientes y en su casa.

Y no podía hacer allí ningún milagro; solamente sanó a unos pocos enfermos imponiéndoles las manos. Y se asombraba por su incredulidad.

Comentario

Había pasado ya cierto tiempo desde que Jesús comenzó su predicación y decidió que era oportuno visitar Nazaret. Jesús acude con sus discípulos y se presenta a la gente de su pueblo como el nuevo Maestro. No es difícil imaginar la expectación que la llegada del hijo de María habría provocado entre los habitantes del lugar.

San Marcos describe con cierta brevedad esta escena. Nos dice que la gente estaba admirada ante las palabras de Jesús: pero no con esa admiración que lleva a abrazar la verdad, sino con la actitud de quien se extraña ante algo que contradice su opinión. Los oyentes no conciben que ese muchacho que habían visto crecer en su mismo pueblo, con un trabajo tan sencillo y en una familia tan normal, sea capaz de enseñar cosas tan elevadas. Tristemente, se cierran a la alegría del Evangelio.

¿De dónde surge esa reacción de los paisanos de Jesús? Quizás es que estaban tan acostumbrados a su pueblo, a su vida diaria, a sus rutinas, que son incapaces de pensar que algo grande pueda haber sucedido ahí. Parece que esas personas piensan que Dios no puede entrar en una familia de su pueblo, cuya vida está marcada por actividades tan cotidianas como cocinar, limpiar el taller, ir por el agua al pozo, etc. Nazaret les parece demasiada poca cosa para Dios.

En respuesta a la actitud de los paisanos de Jesús, nosotros creemos que el Señor puede entrar en nuestro propio Nazaret. Jesús puede crecer en esos espacios que conocemos perfectamente bien, en los rincones de nuestras casas, en las calles que recorremos todos los días. Cuando trabajamos por amor, queriendo servir a Dios y a los demás, vamos dejando que Cristo crezca en nosotros.

No todos los que vieron crecer a Jesús fueron tan incrédulos como los personajes del Evangelio de hoy. De la mano de santa María, san José habría mantenido una actitud noble de asombro durante aquellos años que convivió con Jesús. Así lo explicaba san Josemaría: “José se sorprende, José se admira. Dios le va revelando sus designios y él se esfuerza por entenderlos. Como toda alma que quiera seguir de cerca a Jesús, descubre en seguida que no es posible andar con paso cansino, que no cabe la rutina. (…) San José, como ningún hombre antes o después de él, ha aprendido de Jesús a estar atento para reconocer las maravillas de Dios, a tener el alma y el corazón abiertos”.

Fuente: opusdei.org


Perdonar siempre, hasta que duela y sin medida

Alexander Díaz

 Hace una semana escuchábamos en el evangelio del domingo que Pedro le preguntaba a Jesús cuantas veces tenía que perdonar, y Jesús le contesta que, “Setenta veces siete” (Mt 18, 22) una respuesta que si se interpreta casi literal quiere decir que siempre. Algo que desde el punto de vista humano nos asusta, porque es difícil dar este paso.

Es fácil decir perdóname porque falle o porque te ofendí, mas sin embargo no realizar la acción de perdonar no resulta nada fácil, es más bien un reto que implica dolor, renuncia, olvido y aceptación. El perdón es un regalo que damos al que nos has herido, es un regalo que como tesoro al que nos ha surge de lo más profundo del corazón. Usualmente resulta muy difícil encontrar corazones dadivosos de perdón, porque para perdonar se requiere tener un corazón muy unido al Señor y a su misericordia, porque solo con su ayuda se puede entender lo que significa este gente este gesto misericordioso y sanador.

Los corazones millonarios en perdón son aquellos que han recibido enormes cantidades de perdones y generosamente pasan a otros lo que ellos mismos gozosa y dolorosamente han experimentado.  Porque solo el que ha sido perdonado, puede entender lo que significa perdonar. Es por esta razón, que cuando alguien nos ofende y regresa para pedirnos el regalo del perdón, debemos ver en nuestro interior y preguntarnos, cuantas veces he ofendido y roto el corazón y la confianza de los otros? Cuantas veces he recibido el aceite del perdón de mis hermanos? Y solo así podremos entender que no somos tan inocentes y que también nosotros hemos caído y hemos sido bendecidos muchas veces con esta gracia.

El perdón recibido nos llena de gozo porque nos restituye los lazos de unidad con el ser amado. Al mismo tiempo nos llena de profundo dolor el contemplar las heridas que hemos causado al ser querido, y también nos entristece el constatar nuestras debilidades y fracasos. Porque el que ofende, rompe los lazos de amor y amistad, destruye la confianza y hace sufrir a su hermano en lo más profundo. Mas sin embargo, considero que muchos de los casos, quien resulta más herido no es el ofendido, sino el que ofende, porque después de haber dañado con las palabras o los gestos, su corazón sangra de tristeza y de dolor. Con esto, el que perdona es quien sana el corazón del que se arrepiente y le concede la comunión con Dios y con el mismo.

Jesús, es quien nos ha mostrado con su ejemplo, que siempre hay que perdonar. Toda su vida pública es un perdonar continuo, Perdonó a Pedro que le niega, a los que injustamente lo condenan a muerte, perdona a los que le crucifican en la cruz (Lc 23, 34), Jesús es el perdón de Dios nuestro Padre. El es el Camino. (Jn 14, 6) Él es el camino de retorno a casa, solo con su ayuda podemos realizar este acto del perdón. Aunque tengo que decir que perdonar es doloroso, y difícil, claro que es así, realizar las acciones de Jesús no es cosa sencilla. El camino del perdón es doloroso porque es largo, significa recobrar la confianza, en aquel que la rompió con la traición, al mismo tiempo es doloroso porque tiene montañas rocosas que parecen inaccesibles, como el orgullo y el rencor, es doloroso porque tiene muchas desviaciones inciertas porque nos hace perder la confianza en nosotros mismos y nos hace perder la autoestima y porque deja cicatrices permanentes en nuestra memoria.

El acto misericordioso del perdón, sana las heridas profundas  del cuerpo de Cristo del que todos somos parte insustituible. A través del perdón Dios participamos en esta obra maravillosa de salvación del mundo.

Ahora bien, tenemos que tener algo bien claro, Perdonar es una acción de amor muy grande, porque requiere humildad y amor por el que nos hiere, y no puede ser realizada con nuestras solas fuerzas humanas. Jesús fue acusado de blasfemia cuando se atrevió a ofrecer perdón porque se consideraba una prerrogativa de Dios mismo. Sólo la presencia de Dios en nuestras vidas nos hace capaces de ser eco de ese perdón que no conoce límites, tamaños o medidas. Jesús perdona igual a Zaqueo, Magdalena, Mateo, Pedro, a los soldados que lo flagelan, etc., porque su esencia divina es amor, y el amor divino es redentor, es sanación, es perdón.

Por ende, siempre y en todo momento debemos de pedir a Dios la gracia de tener un corazón misericordioso, que este abierto al perdón y a la sanación del corazón de aquellos que nos ofenden, y ofrecer junto con el vencer el orgullo y el resentimiento, transformando estos sentimientos en amor, por él y por el prójimo.

De igual manera, pidamos a la Madre que nos concede poder adquirir esta gracia, asi como ella lo hizo; fue capaz incluso de rogar por aquellos que estaban crucificando a su hijo, crucificando su mismo corazón, haciendo suyas las palabras de Jesús desde la cruz: ¡Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen!

Fuente: catholicherald.com/

‘El Señor guía nuestra barca’

Mons. Fernando Ocáriz

En esta nueva fiesta de san Josemaría, aniversario de su marcha al Cielo, agradecemos en primer lugar a Dios que en estas circunstancias nos permita celebrarla con cierta normalidad. Hace exactamente un año, sólo unas pocas personas pudieron asistir a la Eucaristía celebrada en Santa Maria della Pace (la iglesia prelaticia), que se ofreció por los fallecidos durante la pandemia. Hoy rezamos una vez más por todos los difuntos y enfermos, junto con sus familias, y apelamos a la intercesión de san Josemaría para que les proteja desde el Cielo.

En la primera lectura hemos escuchado el relato de la creación del hombre. Dios formó al hombre a partir del polvo de la tierra, y luego creó el mundo para él y para que todos sus descendientes lo trabajaran y cuidaran. San Josemaría señalaba que el trabajo es una misión "que Dios nos confía en la tierra, (...) haciéndonos partícipes de su poder creador, para que nos ganemos el sustento y, al mismo tiempo, recojamos frutos para la vida eterna: el hombre ha nacido para trabajar, como los pájaros para volar" (Amigos de Dios, n. 57).

El propio Jesús pasó la mayor parte de su vida terrenal trabajando en el taller con José. Tanto es así que, cuando comenzó su vida pública, los lugareños le conocían por su oficio: "¿No es éste el artesano, el hijo de María?". (Mc 6,3). Su obra no suscitó ninguna sorpresa, como ocurriría después con sus milagros y su predicación. Sus días en el taller nos hacen comprender que la santidad también se construye allí: entre las herramientas del oficio, en el deseo de servir y cuidar a los que nos rodean, en medio de la alegría y el cansancio que, de un modo u otro, nunca faltan.

Afrontar el trabajo de este modo nos ayuda a verlo no sólo como una realidad meramente material, sino como una respuesta a la vocación que Dios ha dado a cada uno y que abarca toda nuestra existencia. Como afirma el Papa Francisco: en el trabajo "se ponen en juego muchas dimensiones de la vida: la creatividad, la proyección hacia el futuro, el desarrollo de las competencias, el ejercicio de los valores, la comunicación con los demás, la actitud de adoración" (Laudato si’, 127).

En la segunda lectura, san Pablo habla del espíritu que debe impregnar nuestra relación con Dios: "No habéis recibido un espíritu de esclavitud, (...) sino que habéis recibido el Espíritu que os hace hijos adoptivos, por el que gritamos: ¡Abba, Padre!" (Rom 8,15).

Es precisamente la conciencia de nuestra filiación divina la que nos permite vivir sin miedo: "No tengo miedo de nada ni de nadie, ni siquiera de Dios, que es mi Padre", decía san Josemaría. Esta realidad nos lleva a afrontar todas las dificultades con serenidad y sin desaliento, especialmente ante las limitaciones y los errores propios y ajenos, porque con la gracia divina siempre tenemos la luz y la fuerza para transformarlos en un camino de santidad. Con la confianza filial en Dios, podemos abandonarnos en sus brazos, sin confiar sólo en nuestras fuerzas.

Este abandono filial fue el fundamento de la vida espiritual de san Josemaría. Se consideraba espontáneamente como un niño balbuceante, y no hacía más que empezar y volver a empezar cada día. Esta intimidad con su Padre Dios brillaba especialmente en la oración.

En el Evangelio, pues, escuchamos la invitación de Jesús a los Apóstoles "a remar mar adentro". Después de estas palabras vemos una cierta desgana por parte de Simón Pedro, fruto del fracaso del trabajo que acababa de realizar: "Maestro, hemos trabajado toda la noche y no hemos pescado nada". (Lc 5, 5). Y, sin embargo, responde inmediatamente: "Pero en tu palabra echaré las redes" (Lc 5,5). Todavía no conocía bien a Jesús, pero eso no le impidió confiar en él y desconfiar de sus propias fuerzas, sin pensar en lo que humanamente hubiera tenido más sentido. El resultado disipó toda duda: "Pescaron un gran número de peces, y sus redes casi se rompieron" (Lc 5,6).

También hoy, Jesús nos llama a embarcarnos en un apostolado que no admite miedo, porque sabemos que Él, el Señor, guía nuestra barca. Incluso en este momento marcado por la pandemia, hemos encontrado dificultades que han limitado nuestra acción apostólica. Limitado pero no detenido, porque para el cristiano todo es un apostolado, como hemos aprendido de san Josemaría.

De hecho, en estos largos meses se han emprendido muchas iniciativas apostólicas con pasión, creatividad y constancia. En esos momentos en que el mundo tiene una especial necesidad de Dios, debemos comprometernos a hacer comprender a las personas de nuestro entorno, con una amistad sincera, lo que significa vivir cerca de Jesús. El Señor se encargará de que la eficacia de nuestro trabajo sea tan grande como la pesca milagrosa.

Recurramos a la intercesión maternal de la Santísima Virgen María, con la sencillez y la confianza que tenía san Josemaría. En una ocasión confió a un grupo de sus hijos: "Suelo abandonarme, trato de hacerme pequeño y ponerme en los brazos de la Virgen" (Notas de Predicación, 20 de diciembre de 1974).


Fuente: opusdei.org


La imaginación de la caridad

Mons. Fernando Ocáriz

Si no nos unimos permanecerán las heridas de una sociedad individualista

 En estos meses en los que el mundo está siendo sometido a una dura prueba, a causa de la pandemia, hemos sido testigos de actitudes heroicas por parte de personas de todos los sectores de la sociedad. El personal sanitario de los cinco continentes ha manifestado un espíritu de sacrificio que arrancó aplausos desde los balcones de muchas ciudades; los medios de comunicación han transmitido noticias de profunda humanidad, al narrar iniciativas solidarias de muchas personas que se movilizaron –y lo siguen haciendo- para ofrecer remedio a las necesidades urgentes que se han presentado; la Iglesia también ha reaccionado con generosidad, y son varios centenares los sacerdotes que han dado la vida por acercar a los enfermos los auxilios espirituales. El dolor y el sufrimiento unen, y es frecuente que muchos vecinos que antes no se conocían ahora estén reunidos por lazos de amistad, pues se han ayudado en los momentos de mayor emergencia.

SI NO NOS UNIMOS, POR MÁS QUE SE SUPERE LA CRISIS SANITARIA

PERMANECERÁN LAS HERIDAS DE UNA SOCIEDAD INDIVIDUALISTA

En la audiencia general del pasado 23 de septiembre, el papa Francisco recordaba que “o trabajamos juntos para salir de la crisis, a todos los niveles de la sociedad, o no saldremos nunca”. Si hemos comenzado estas líneas poniendo de manifiesto tantos ejemplos de entrega a los demás que se han dado durante la crisis sanitaria, no podemos cerrar los ojos ante realidades de signo opuesto.

La cultura contemporánea, que posee tantos valores positivos, al mismo tiempo está marcada por una enfermedad grave, a la que hace referencia el Santo Padre: el individualismo. Si no nos unimos, si no miramos a los demás como nuestros prójimos, como personas que tienen en sí mismas un valor único, que merecen respeto, comprensión, cercanía, por más que se supere la crisis sanitaria permanecerán las heridas de una sociedad individualista, anónima, que termina por convertirse en un campo de batalla entre los intereses egoístas.

El trabajo es una dimensión esencial de la vida social. La crisis sanitaria ha causado una crisis laboral de grandes proporciones. Los desafíos que se presentan son muchos y urgentes. En las circunstancias actuales cobran especial relieve algunas características del trabajo, que pueden paliar las consecuencias negativas de la crisis. Pienso, en primer lugar, en el espíritu de servicio. El trabajo está al servicio del bien común social y de la persona humana entendida en su integridad. La creación de nuevos puestos de trabajo, la conservación de los ya existentes, y, sobre todo, el cambio de mentalidad que pone siempre en el centro a la persona humana y no a una lógica meramente económica son un antídoto contra el individualismo imperante. Se impone, con palabras de san Juan Pablo II, hacer funcionar “la imaginación de la caridad”.

TRABAJAR BIEN ES MANIFESTAR CERCANÍA Y SUPERAR CON AMOR

EL DISTANCIAMIENTO SOCIAL FÍSICO QUE IMPONEN LAS CIRCUNSTANCIAS

Todos soñamos con una sociedad justa. La situación de muchas sociedades se ha trastocado después de este largo sufrimiento de la humanidad. Si justicia es “dar a cada uno lo suyo”, es necesario que quienes tienen la responsabilidad de tomar decisiones en la vida social, ejerciten esa “imaginación de la caridad”. Porque, como decía san Josemaría Escrivá, “convenceos de que únicamente con la justicia no resolveréis nunca los grandes problemas de la humanidad”. Y añadía que la dignidad de la persona humana exige más: la caridad, que “es como un generoso desorbitarse de la justicia”. Caridad que implica realizar bien el trabajo que tenemos encomendado, puesto al servicio de las necesidades de los demás, que en este momento se han hecho más acuciantes. Trabajar bien es sacar todo el partido posible a nuestras capacidades –en la familia, en la empresa, en la escuela, en todos los ámbitos del quehacer humano– para manifestar cercanía y superar con amor el “distanciamiento social” físico que imponen las circunstancias.

Todos estamos llamados a vivir la “imaginación de la caridad”, para resolver juntos los desafíos que nos pone este mundo nuestro, que queremos mejorar siguiendo los pasos de Aquel que nos dio ejemplo de un olvido de sí hasta dar la vida por los demás.

Fuente:  lavanguardia.com/