14 julio 2021

La filosofía quijotesca

Juan Manuel De Prada

Antes de derribar a don Quijote sobre la arena de la playa de Barcelona, el bachiller Sansón Carrasco (disfrazado para la ocasión de Caballero de la Blanca Luna) fija expresamente las reglas del desafío. Si don Quijote resulta vencido, tendrá que retirarse en su aldea durante un año; pero antes tendrá que declarar que Dulcinea del Toboso no es la dama más hermosa del orbe. Haciéndolo abjurar de la dama de sus pensamientos, Sansón Carrasco pretende, en realidad, que el retiro de don Quijote sea definitivo; pues un caballero que dimite de su causa se convierte en un hombre sin misión.

Pero, una vez derribado y a merced de su vencedor, con la lanza apuntando a su garganta, don Quijote, «como si hablara dentro de una tumba, con voz debilitada y enferma», se niega a renegar de su amada: «Dulcinea del Toboso es la más hermosa mujer del mundo −afirma−, y yo el más desdichado caballero de la tierra, y no es bien que mi flaqueza defraude esta verdad. Aprieta, caballero, la lanza, y quítame la vida, pues me has quitado la honra». Don Quijote se ha entregado a Dulcinea sin condiciones, sin pedir nada a cambio, sin hacer depender su lealtad de que Dulcinea le corresponda. ¿Por qué habría de depender, pues, la grandeza de Dulcinea de la flaqueza de su brazo?

No es la fortaleza de don Quijote la que ha encumbrado a Dulcinea como la más hermosa dama del orbe, no es la opinión cambiante de los hombres lo que cambia la sustancia de la verdad. La lealtad de don Quijote a Dulcinea no se ha inmutado ni siquiera cuando la ha visto convertida en una zafia labradora; así que tampoco se inmutará cuando la lanza del Caballero de la Blanca Luna le aprieta la gorja. Y es tan hermosa la determinación de don Quijote que hasta el bellaco de Sansón Carrasco se rinde ante ella: «Viva, viva en su entereza la fama de la hermosura de la señora Dulcinea del Toboso, que sólo me contento con que el gran don Quijote se retire a su lugar un año».

No importa si, peleando en defensa de la verdad,
nos derrotan, porque la verdad,
donde vive nuestro yo eterno, no puede ser vencida

Unamuno señalaba con razón que en esta escena se condensa la filosofía quijotesca. No importa si, peleando en defensa de la verdad, nos derrotan y humillan; no importa que nuestro yo caduco sea vencido, porque la verdad, donde vive nuestro yo eterno, no puede ser vencida. Y se da la paradoja de que, a través de nuestra derrota, esa verdad resplandece con mayor intensidad. Don Quijote acomete todas las empresas sin importarle la derrota, sabe aceptar serenamente el fracaso porque está plenamente convencido de la verdad que defiende.

No lo mueve otro afán que actuar como valedor de esa verdad, por eso no admite transacciones sobre la misma, no adopta prevenciones ni urde cálculos, no tiembla ni se retrae. Aunque sabe que esa verdad se la discutirán todos los malandrines, aunque sabe que por sostenerla contra viento y marea será vilipendiado y escarnecido, no está dispuesto a declinar en su defensa; porque la adhesión a esa verdad en la que anida su yo eterno lo ha despojado de amor propio y de respetos humanos. Quien se guía por el amor propio y los respetos humanos acaba urdiendo medias verdades, acaba temiendo más su propia suerte −el rechazo de sus contemporáneos, la pérdida del prestigio, etcétera− que el oscurecimiento de esa verdad que ilumina sus días.

La filosofía quijotesca se resume en luchar contra el espíritu de nuestra época, aun sin esperanzas de victoria. Y para ello tenemos que estar dispuestos a llevarnos muchos coscorrones y a ponernos en ridículo, no sólo ante los hombres moldeados por la mentalidad de la época, sino incluso ante nosotros mismos. Unamuno señala muy certeramente que esta filosofía quijotesca es «hija de la locura de la cruz», donde en efecto Cristo se pone en ridículo, no sólo ante los sayones que lo escarnecen pidiéndole entre risotadas que descienda del madero, sino ante sí mismo, que podría haber accedido a esa petición con tan sólo ‘entrar en razón’; es decir, desprendiéndose de la naturaleza mortal que lo mantiene clavado a la cruz.

También don Quijote podría haber evitado muchos revolcones y pesadumbres con tan sólo ‘entrar en razón’; pues, como muchas veces percibimos a lo largo de la novela, es hombre que discurre muy sutil y prudentemente y, por lo tanto, podría haber urdido cálculos para rehuir los peligros y las asechanzas, sin renegar plenamente de su verdad, aceptando tan sólo empañarla con diversos subterfugios. Pero no lo hace. Y, siendo vencido, don Quijote vence misteriosamente; convirtiéndose en el hazmerreír de sus detractores, triunfa sobre ellos.

Es una lección moral extraordinaria, pero hace falta un valor heroico para asumirla. Mirémonos en el espejo de don Quijote, aunque una lanza nos apriete la gorja, aunque tengamos que retirarnos derrotados a la aldea.

Fuente: xlsemanal.com

El matrimonio y la familia en el pensamiento de san Josemaría Escrivá

Rafael de Mosteyrín Gordillo


El año de la Familia Amoris Laetitia impulsado por el Papa Francisco es el marco en el que las enseñanzas de santos, como san Josemaría Escrivá, sobre la vida familiar y el matrimonio toman relieve y actualidad para todos los cristianos.


En el caso del Fundador del Opus Dei, esta doctrina espiritual sobre el matrimonio y la vida familiar es de una profundidad y una riqueza enorme y muy innovadora en varios aspectos concretos, sea por la concepción de la naturaleza vocacional del matrimonio, sea en la presentación de las propias realidades familiares como materia de santificación, entre otros.

Una consecuencia inmediata es, por tanto, la relevancia del pensamiento teológico-espiritual de san Josemaría para la pastoral de la vida familiar. No en vano, el peso de este ámbito en las enseñanzas de este santo está íntimamente relacionado con el núcleo del mensaje espiritual de san Josemaría y su misión eclesial.

Desde la fundación del Opus Dei su predicación ha consistido en difundir la llamada universal a la santidad. La santificación de las realidades temporales destaca como el núcleo de su mensaje e incluye, de modo central, el matrimonio y la vida familiar de ahí que san Juan Pablo II calificara a san Josemaría como el santo de lo ordinario. En efecto, san Josemaría no se propuso escribir teología en el sentido académico de la palabra, pero el mensaje que transmite tiene una gran repercusión teológica. Su predicación de la santificación en medio del mundo implica la simultaneidad de diversos aspectos específicos de la vida cristiana. Podemos destacar su enseñanza de la vida contemplativa, de la santificación del trabajo profesional, del hondo sentido de la filiación divina, de la unidad de vida, de la secularidad, de la libertad personal, del amor a la Iglesia y al Romano Pontífice, del amor vivo a Cristo y a Santa María, del amor a la Cruz y el espíritu de mortificación, de la alegría y, por supuesto, de la consideración del matrimonio como vocación divina y la santificación de la vida familiar.


La novedad de su pensamiento sobre el matrimonio

En este último punto hay que tener en cuenta ciertos aspectos que influyen, tanto en el desarrollo como en la difusión de las enseñanzas de san Josemaría en torno a la familia y el matrimonio. En primer lugar, san Josemaría comienza su predicación hace casi un siglo, en un contexto histórico, y fundamentalmente teológico, distinto al nuestro. Es de particular relevancia la enseñanza magisterial contemporánea a San Josemaría, de modo particular la más significativa del Concilio Vaticano II, desarrollada hasta nuestros días.

Gracias a los análisis de las ediciones críticas de parte de la publicación de san Josemaría, y a otros estudios, podemos afirmar que desde el comienzo de su labor pastoral predica el matrimonio como una vocación a la santidad. En este sentido, se entiende que cada persona tiene una vocación personal para lograr este fin. La vocación fundamenta e ilumina la vida cristiana. Cuando se acogen las exigencias que cada vocación trae consigo se experimentan la luz, la alegría y la fuerza que derivan de ella. San Josemaría sobresale en su época con un audaz modo de afrontar el matrimonio y la vida familiar como camino pleno de santidad. Subraya la bondad del matrimonio y que por su elevación a sacramento es además algo santo. La vida espiritual cristiana crece y se despliega en un contexto sacramental. El matrimonio otorga la gracia para santificar ese estado de vida. Es un auténtico camino de santidad porque Dios da las gracias necesarias a través de la vocación matrimonial.

Siguiendo esta lógica, el matrimonio es bueno porque tiene un origen divino. El fundamento teológico de la doctrina de san Josemaría, sobre la santidad propia de la vida matrimonial, está en el misterio de la Encarnación del Verbo y la incorporación de los bautizados a Cristo, por el bautismo. San Josemaría contribuye a iluminar la verdad del matrimonio cristiano. Comprende y predica que el entero tejido de las realidades humanas se entremezcla con la vida sobrenatural y su desarrollo. La vida ordinaria se convierte así en lugar y medio de santificación. Este mensaje de santificación en y desde las realidades terrenas se presenta como providencialmente actual en la situación espiritual de nuestra época, pronta a la exaltación de los valores humanos, pero también con frecuencia caracterizada por una visión del mundo separada de Dios 

Fuente: omnesmag.com/

Derecho & doblada

Enrique Gª-Máiquez


Cualquier derecho, por pura lógica irremediable, conlleva aparejado un deber correlativo para otro

 Que la aprobación del informe Matic por el parlamento europeo convierta la perpetración del aborto en un derecho humano nos la mete doblada. Es otro síntoma de lo que podemos diagnosticar como uso arbitrario del Derecho. Consiste en transformar el marco jurídico en instrumento de coacción ideológica. Observen a su alrededor: impuestos que condicionan la conducta como si fuésemos perros de Pavlov, normas que nos dicen cómo tenemos que usar la lengua materna, leyes distintas según el sexo, la raza o la religión… A una buena porción de ciudadanos se nos degrada paulatinamente de ciudadanos de pleno derecho a emboscados o criptoconservadores cuyo destino final es, con suerte, la catacumba ideológica.

¿Les parece que exagero? Cualquier derecho, por pura lógica, conlleva aparejado un deber correlativo para otro. En este caso, contra nosotros. Declarar el aborto un derecho humano no aporta nada a quien quiera abortar, que, hoy por hoy, no tiene el más mínimo problema, pero a mí me convierte en negacionista de un derecho humano, nada menos, y en un activista inhumano.

Cuando siga escribiendo a favor del derecho a la vida del feto, como me siento impelido a hacer siempre por mi afán de defender al débil y desamparado, estaré atentando contra el ordenamiento jurídico. Y cosas más graves: a los sanitarios se les niega el ejercicio de su objeción de conciencia (y se les dan más motivos para objetar). Los estados deberán amparar la práctica del aborto, encontrándose con sus soberanías constreñidas para tratar de paliar esta tragedia.

De paso, produce una incoherencia jurídica con una colisión frontal de derechos, pues el artículo 15 de la Constitución ampara el derecho a la vida de todos. Hasta ahora el Tribunal Constitucional ha hecho contorsiones y convulsiones para salvar esa contradicción, pero ya qué importa, si se viene a contradecirlo todo. El parlamento europeo apunta claramente contra los partidarios de la vida: sean constituciones, movimientos o personas.

Conteste usted si no: ¿qué necesidad había? ¿Acaso no se realizan todos los abortos que se desean a un ritmo industrial? Ni el aborto ni los supuestos derechos de las mujeres estaban en juego en absoluto. El informe Matic tiene como objetivo interrumpir voluntariamente la libertad de expresión, de pensamiento y de conciencia de un buen número de ciudadanos europeos que ahora pasamos a ser un poco más de segunda.

Fuente: diariodecadiz.es/

09 julio 2021

Llevando el evangelio a todas las casas

Domingo 15° del tiempo ordinario. 

Evangelio (Mc 6,7-13)
Y llamó a los doce y comenzó a enviarlos de dos en dos, dándoles potestad sobre los espíritus impuros. Y les mandó que no llevasen nada para el camino, ni pan, ni alforja, ni dinero en la bolsa, sino solamente un bastón; y que fueran calzados con sandalias y que no llevaran dos túnicas. Y les decía:
—Si entráis en una casa, quedaos allí hasta que salgáis de aquel lugar. Y si en algún sitio no os acogen ni os escuchan, al salir de allí sacudíos el polvo de los pies en testimonio contra ellos.
Se marcharon y predicaron que se convirtieran. Y expulsaban muchos demonios, y ungían con aceite a muchos enfermos y los curaban.

Comentario

El evangelio de la misa de hoy nos muestra a Jesús enviando a los Doce, de dos en dos, a predicar la conversión y a sanar y liberar a los oprimidos por el diablo. Jesús les pide hacer aquello por lo que luego lo recordará Pedro en uno de sus discursos en los Hechos de los Apóstoles: “A Jesús de Nazaret le ungió Dios con el Espíritu Santo y poder, y (…) pasó haciendo el bien y sanando a todos los oprimidos por el diablo, porque Dios estaba con él” (Hch 10,38). Misión esta con la que todos nos sentimos identificados. Pero el escueto texto del Evangelio según Marcos dice mucho más de lo que parece, y a desentrañarlo nos ayudan las demás lecturas que hoy se leen en misa.

En la primera de ellas nos habla el profeta Amós: “Yo no soy profeta, ni hijo de profeta; sino ganadero y cultivador de sicomoros. El Señor me tomó de detrás del rebaño; el Señor me mandó: «Vete, profetiza a mi pueblo Israel»” (Am 7,15). Lo que la breve primera lectura de la misa de hoy nos ilumina sobre el evangelio es precisamente esta convicción de que es Dios el que llama al profeta: el verdadero profeta no se mueve por motivos humanos ni predica un mensaje a gusto del oyente. Hay en él humildad y valentía al mismo tiempo: la valentía que da la seguridad de ser portador de un mensaje divino, un mensaje que es amor y misericordia porque es invitación a la una conversión de la que depende la vida.

Esto mismo lo vamos a escuchar en el salmo: “Dios anuncia la paz a su pueblo y a sus amigos y a los que se convierten de corazón” (Sal 85,9). Amigos son los que escuchan la palabra de Dios; ¡todos están llamados a ser amigos! Pero algunos escuchan y otros no. Así, el profeta es no solo enviado con un mensaje sino también con la misión de intentar abrir los corazones de los oyentes, al menos con una pequeña rendija, para que el mensaje divino entre en ellos y haga su labor. El profeta no ha sido enviado para condenar, sino para hablar de la salvación de Dios, de su amor y su misericordia. Y para recordar a todos que, lejos de Dios, en manos del pecado, no hay vida posible.

Al profeta, al apóstol, le ha sido otorgada una gran potestad. Y esto no debemos olvidarlo: “No descuides el don que hay en ti” (1Tm 4,14). Pero esa potestad va unida a la firme convicción de que toda autoridad tiene su fuente en Dios y, en el caso del profeta o apóstol, de que es para la misión apostólica. El enviado, como nos recuerda Marcos, lleva consigo lo imprescindible para ayudarse en el camino: un bastón. El enviado es un caminante, que va de casa en casa, de corazón en corazón, llevando la luz y la curación que trae el Evangelio, que es Cristo, y que obra poderosamente a través del Espíritu. La acción del profeta manifiesta que el Reino de Dios está ya aquí, entre nosotros, precisamente por esa acción sanadora de cuerpos y de espíritus.

Esa acción poderosa de la predicación tiene su fuente en el mismo Evangelio, cuya predicación es el primer salario que recibe el que evangeliza, como dice San Pablo: “¿Cuál es entonces mi recompensa? Predicar el Evangelio entregándolo gratuitamente” (1Co 9,18). Pero para que esto sea así, lo que ha de entregarse es el Evangelio que uno ha recibido, la fe apostólica, a la que el mismo Pablo llama escudo (Ef 6,16). La segunda lectura de la misa de hoy es un maravillo resumen de esa fe, en cuyo corazón está el plan eterno de Dios: la llamada de los hombres a ser sus hijos, a ser santos e irreprochables ante Él por el amor, y sobre los que ha derramado sobreabundantemente las riquezas de su gracia con toda sabiduría y prudencia (cfr. Ef 1,3-14).

Las lecturas de la misa de hoy nos recuerdan a qué hemos sido llamados y la grandeza de la condición apostólica de los cristianos, con los que Dios cuenta para hacer conocer a todos su maravilloso designio: ¡hemos de entrar en todas las casas para llevar a cada hogar la luz del Evangelio! (cfr. Mc 16,15-18). La mayor fortaleza que tiene el cristiano radica en haber interiorizado el evangelio y haberlo hecho vida propia: el saberse así amados desde la eternidad, el saberse llamados a algo tan grande, el saber que Dios cuente con nosotros, la experiencia de su misericordia. Todo esto nos empuja a preguntarnos hasta qué punto hemos dejado que el Evangelio entre en nuestro corazón para transformarnos. La fuerza y la convicción con la que hablemos de Dios a cada persona depende de eso.

Hombre y mujer los creó

Ángel Cabrero Ugarte

“Meditación sobre el don” de San Juan Pablo II

 La editorial Didaskalos ha editado una meditación de San Juan Pablo II guardada en el Vaticano hasta el 2006, pero escrita, en polaco, en 1994, titulada “Meditación sobre el don”, que trata uno de esos temas favoritos del Papa santo que tanto nos ayudan a pensar en lo esencial. La dignidad de la persona, hombre y mujer, pero con cierto hincapié respecto a la mujer, quizá por la tendencia que se veía venir del feminismo absurdo de nuestro tiempo.

“El balance general de la civilización humana sigue siendo positivo. Es un balance que crean pocas personas, pero que son los grandes genios y los santos. Todos ellos son testigos de cómo romper el círculo de la mediocridad, y de manera particular cómo vencer el mal con el bien, cómo encontrar el bien y la belleza, a pesar de todas las degradaciones que padece la civilización humana. Tal como se ve, ese umbral en el que tropieza el ser humano no es infranqueable. Tan solo hay que tener conciencia de que existe y valor para superarlo constantemente” (p. 52).

Estas palabras del Papa polaco podrían sonar demasiado optimistas. Aunque, ciertamente, escribía a finales del siglo pasado. Aún así conviene tener presente esa advertencia: “Es un balance que crean pocas personas (…) lo genios y los santos”. Los santos nos enseñan a salir de la mediocridad. El balance sigue siendo positivo, quizá podemos decir aún hoy, gracias a que hay santos, gracias a que hay valientes que todavía defienden la dignidad del hombre y de la mujer.

En el comentario previo de Stanislaw Grygiel podemos leer, como atribuidas al Papa estas palabras: “El hombre que habita en la experiencia moral de la persona humana regresa continuamente al Principio, es decir, al acto de la creación. Es en este camino donde puede renacer”(p. 22). Solo en la medida en que volvemos a la creación, en la medida en que la persona es consciente de su origen, puede tener claro el sentido de su vida y, por lo tanto, su dignidad.

Y solo desde su dignidad originaria se puede entender el respeto del hombre a la mujer y el de la mujer al hombre. “Una persona puede convertirse en un objeto de uso para otra persona. Es la mayor amenaza de nuestra civilización, especialmente de la civilización del mundo de las riquezas materiales. Entonces, el lugar de la complacencia desinteresada ocupa en el corazón humano el deseo de apoderarse de otro y de utilizarlo” (p. 53). Es el gran problema y somos bastante conscientes de ello, aunque algunos quieran engañarse y no enterarse.

La avaricia, que no tiene otro nombre ese afán desmedido de comodidad, de aparentar, de seguridad económica, lleva a un planteamiento profundamente egoísta. Y cuando es la egolatría lo que mueve tantas veces a las personas, no nos puede extrañar que haya múltiples divisiones, especialmente en el matrimonio. La generosidad, el respeto, el llegar a apreciar debidamente a cada persona, es la clave para un cambio profundo en la sociedad.

“Cada persona es irrepetible. La no repetición no es una limitación, si no que muestra la profundidad. Tal vez el Señor quiere que precisamente tú se lo digas a ella, le digas en qué consiste su valor irrepetible y su singular belleza” (p. 59).

Es la valoración del don que se me hace con las personas que me rodean.

San Juan Pablo II, Meditación sobre el don, Didaskalos 2021


Fuente: religion.elconfidencialdigital.com/

Sinceridad es mucho más que no mentir

Daniel Bonet

 "La sinceridad es la raíz de todas las virtudes", escribió John Ruskin. Lo que equivale a decir que es el principal ingrediente de muchas actitudes positivas, como la honestidad o la confianza entre las personas.

Sin embargo, al igual que no es oro todo lo que reluce, sucede a veces que no es verdadera sinceridad lo que pretende serlo.

Presumir de sincero tiene en sí algo de contradictorio, como lo sería sentirse orgulloso de ser humilde. No es en definitiva algo que deba proclamarse, sino expresarse de forma sencilla mediante palabras y actos cotidianos.

Por otra parte, ser sincero no es algo fácil, hay a menudo muchos impedimentos tanto internos como externos.

Por ejemplo, depende del carácter: las personas introvertidas son poco dadas a mostrar sus sentimientos de manera abierta, sin por ello ser menos sinceras que las que hablan sin reparos de asuntos íntimos.

Por otro lado, decir lo que uno realmente piensa puede generar reacciones contrarias que la experiencia nos enseña a evitar. Solemos ser sinceros en temas que tienen poca relevancia o en situaciones extremas, cuando ya no podemos aguantar más.

Pero, por lo general, se evita llevar la contraria al jefe o decir realmente lo que pensamos cuando a cambio podemos recibir incomodidades. Esa astucia que aprendemos de pequeños, cuando por ejemplo mentimos para no ser castigados, es algo que nos acompaña a lo largo de la vida.

Justamente ese difícil equilibrio entre un poco de astucia (ocultar la verdad) y un mucho de sinceridad (mostrar la verdad) es la clave. Hay momentos legítimos para ambas posibilidades.

Pero siempre es mejor que predomine la veracidad en nuestra vida, pues aportamos algo beneficioso a los demás. Si el engaño es lo que prevalece, las cosas no pueden ir bien, tanto a nivel personal como colectivo.


Ser sincero: pensar, decir y hacer

Si decimos que la sinceridad no es fácil, se debe principalmente a que la expresión de la verdad se efectúa a tres niveles: la mente, la palabra y el acto físico.

En consecuencia, la mayor sinceridad equivaldría a una completa adecuación entre lo que se piensa, se dice y se hace. A veces es así, pero no siempre.

Se puede dar un buen consejo (dejar de fumar) y no practicarlo uno mismo (médicos que fuman)

Pueden expresarse sinceramente determinadas ideas equivocadas (fanáticos religiosos o políticos)

Se puede en ocasiones "mentir" a un niño pequeño por su bien (no entendería el razonamiento lógico) y no por eso acusaremos a los padres de faltar a la verdad.

Hay pues muchos matices respecto a la veracidad, sin caer por ello en un relativismo respecto a lo que está bien o mal.

La sinceridad no consiste en ser completamente transparente a los demás.Toda persona tiene derecho a tener su parcela privada interior. No se trata, pues, de decir siempre todo lo que se piensa, sino de no decir lo contrario de lo que se piensa.

Si somos sinceros, todos mentimos en ciertas ocasiones. Están las pequeñas mentiras piadosas con las que evitamos molestar a otras personas. Sería impropio decirle a la mamá que orgullosamente nos presenta a su pequeño: "qué niño más feo", y del todo adecuado resaltar alguna de sus posibles cualidades, como que tiene unos bonitos ojos o se le ve simpático.

Como dijo Oscar Wilde con fina ironía: "Un poco de sinceridad es algo peligroso; demasiada sinceridad, es absolutamente fatal".

No podría considerarse hipócrita el evitar mencionar los defectos y sí una sinceridad fuera de lugar el haberlo hecho. No es pues obligatorio decir siempre toda la verdad. Pero sí lo es el no mentir cuando hay temas importantes en juego o cuando se perjudica a otras personas.


Falsa espontaneidad: un anhelo de autenticidad

Una ola de supuesta sinceridad nos invade por doquier. La moda presenta peinados cuidadosamente despeinados o ropas caras que parecen pobres y gastadas, con la intención de aparentar una naturalidad que sugiera a la postre sinceridad.

Asimismo, existe la creencia de que la persona sincera es aquella capaz de hacer gala en público de su vida íntima o de sus defectos. Mejor aún si se emplean modales zafios o palabras malsonantes.

Incluso hay periodistas cuya misión es sacar a la luz pública los secretos más inconfesables de los "famosos". De hecho, se escudan para hacerlo en una del todo discutible sinceridad: el público tiene "derecho" a saberlo y ellos la "obligación" de informar.

La televisión, en su afán de ganar audiencia, cae a menudo en ese tipo de excesos, presentando como información de interés lo que es obscenidad. Recordemos que esta palabra deriva del latin obscenum: lo que está "detrás del escenario" y no es necesario contemplar.

Todos preferimos las cosas auténticas y evitamos las imitaciones o falsificaciones, no importa que se trate de un alimento o de una obra de arte. La sinceridad tiene que ver con la autenticidad y esta, con la verdad.

Ser sincero con los demás es importante, pero también lo es serlo con uno mismo. Esto puede parecer sencillo, ya que se presupone que somos del todo conscientes de nuestras intenciones. Pero no siempre es así.

Se dice a veces que cada uno ha venido a este mundo a cumplir una misión o que hay una voz interior que debemos escuchar y que nos orienta. Se diga de una manera u otra, es cierto que no siempre seguimos los dictados de nuestra verdadera naturaleza y que podemos fácilmente engañarnos a nosotros mismos.

Mirar a nuestro interior permite ir un poco más allá de los automatismos que vamos creando con los años. ¿Qué queremos hacer realmente en la vida durante el tiempo que nos reste? ¿Qué cosas nos llenan de verdadera felicidad?

Llegaríamos así a la posible conclusión de que gastamos mucho tiempo en cosas que no nos llenan, mientras que relegamos a un hipotético futuro lo que deberíamos vivir en el presente.

A menudo tenemos prisa, sin preguntarnos para qué tanto ajetreo. O vemos la felicidad de otras personas y queremos imitarla. No es fácil escuchar esa voz que nos orienta, pues tanto el ruido exterior como el interior (pensamientos, emociones e impulsos subconscientes) la ocultan o amortiguan.

Pero esa sinceridad es necesaria, por lo menos en los momentos cruciales, cuando hay que decidir qué camino seguir o sacar provecho de una mala experiencia. Supone buscar nuestra verdad, aquella que nos permite vivir en paz con nosotros mismos y los demás.

El célebre médico Paracelso, que anduvo a menudo errante e incomprendido, tenía como divisa una frase que bien podemos aplicarnos: Alterius non sit, qui suus esse potest (no seas otro, si puedes ser tú mismo).

No hay reglas en este sentido, pero algunos apuntan que son buenos aliados el no tener miedo al amor en sentido amplio, al riesgo o a los posibles fracasos.


Respeto, verdad y confianza, la base de la vida social

El Evangelio ofrece un mensaje a la vez claro y enigmático: "La verdad os hará libres". Esto puede referirse a la verdad última de las cosas, pero también a las pequeñas verdades del día a día.

Parece una exhortación a ser verdaderos tanto en sentido espiritual (vertical) como humano (horizontal), lo que estaría justamente simbolizado en el signo de la cruz. Pero ese afán de verdad no es exclusivo del cristianismo. Todas las religiones desaprueban el acto de mentir.

Parece exagerado que la mentira se considere próxima a faltas tan graves como matar o robar. La posible respuesta puede darse igualmente en los dos niveles antes mencionados.

Por un lado, la vida en sociedad no puede basarse en la mentira. Sería como si los alpinistas que ascienden unos detrás de otro formando una cordada desconfiaran a cada instante de que delos demás están apuntalando adecuadamente. Nos necesitamos unos a otros y la confianza se basa en la sinceridad.

Lo vemos, por ejemplo, en la universalidad del saludo: todo saludo es una manera de expresar respeto. Quizá uno de los más hermosos sea el que se practica en los países de cultura hindú o budista, consistente en una leve inclinación de cabeza acompañada de las palmas de las manos unidas a la altura del corazón.

No solamente equivale a nuestro "hola" o "adiós", sino que es un gesto de valor espiritual. Así, la palabra namasté que se pronuncia en la India o en Nepal al saludarse de este modo, incluso entre desconocidos, significa literalmente "te respeto" o "te reverencio". De manera más poética y profunda: "Lo divino en mí saluda a lo divino en ti". Sinceridad más allá de las apariencias.

Por otro lado, mentir supone una especie de insulto a la inteligencia. Hacerlo para obtener un provecho mezquino es despreciar o pervertir de alguna manera el don divino de la razón y la palabra.

Seguramente por eso, la mentira puede considerarse una falta de respeto al Ser o Inteligencia universal que nos ha dado esas cualidades. También por este motivo coartar mediante el miedo la libertad a la hora de expresar libremente el pensamiento va en contra de la dignidad de la persona.

Vemos así que la sinceridad es la manera natural de expresar la verdad de las cosas. Sería absurdo negar, por ejemplo, que todas las personas –sea cual sea su origen o posición– son igualmente dignas de respeto. Por eso implica una falsa sinceridad tratar con descuido a los demás y, al contrario, verdadera sinceridad el trato educado y respetuoso.


Cinco actitudes en las que se expresa la sinceridad

Ser sincero no implica solo no decir mentiras, sino que abarca otras actitudes igualmente importantes y que prefiguran todo un estilo de vida. Cultivarlas permite poner orden dentro de uno mismo y ganar transparencia.

Ser natural. La espontaneidad y la no afectación son cualidades que los niños tienen y que se pierden en la edad adulta. Volver a tenerlas de forma progresiva es una manera de ser sinceros, siempre y cuando no se confundan con la mala educación. También supone tratar bien a las personas sin que importe su rango social.

Lenguaje claro. Hablar con sinceridad implica llamar a las cosas por su nombre, evitando los engaños sutiles del lenguaje. Los eufemismos, muy empleados hoy en la política y los medios de comunicación, son casi una mentira. Así, en vez de frenar se "desacelera", si se suben los impuestos se presenta como "invitación a colaborar", si la policía mata a una persona armada se dice que esta "fue abatida".

Cumplir la palabra. Una persona sincera procura cumplir lo que promete. El respeto a la palabra dada, antaño demostración de honor o garantía para cerrar un trato, se va perdiendo. Por eso es importante en la educación de los niños dar ejemplo de coherencia y no eludir las promesas, tanto si se trata de un premio como de un castigo.

Honestidad. La persona honesta no puede dejar de ser sincera, pues evita el engaño, tanto en su vida personal como en el trato comercial. El diccionario nos recuerda otras cualidades que acompañan a quien es honesto: decente, decoroso, razonable, justo, recto, honrado.

Lealtad. Quien es leal no traiciona la confianza dada ni se vende al mejor postor. Es sincero y persistente en sus afectos. Aunque la palabra lealtad suele emplearse respecto al amor o la gratitud que muestran animales como el perro o el caballo, se trata de una virtud también aplicable a los humanos.


Fuente: cuerpomente.com/

07 julio 2021

De Abram a Abraham

Douglas S. Winnail

 ¿Por qué pensamos y creemos lo que pensamos y creemos? ¿Qué ha moldeado y formado nuestras perspectivas con el paso de los siglos? ¿Qué ha hecho del mundo lo que es? En esta serie analizaremos los individuos, las ideas y los sucesos que han tenido un impacto grande en el mundo y que alteraron el curso de la historia.

Muchos creen que la historia se desarrolla al azar, que las cosas ocurren porque sí. Otros sospechan que hay un propósito y una dirección, y piensan que una fuerza externa está guiando la historia. Digan lo que digan los críticos, la Biblia asevera más de una vez que Dios determina el auge y caída de las naciones y guía el curso de la historia (Jb 12, 23; Dn 2, 21; Dn 4, 17).

En estas columnas sobre momentos decisivos, miraremos la evidencia de que Dios existe, que está cumpliendo un plan sobre la Tierra y que se ha valido de individuos y naciones para cumplir sus propósitos. Es una historia asombrosa, especialmente cuando estamos dispuestos a ver la Biblia no como un simple libro de fábulas, sino como historia.

Uno de los hombres más extraordinarios que encontramos en los anales bíblicos es Abram, a quien Dios luego llamó Abraham (Gn 17, 5). Vivía en la ciudad de Ur en el sur de Mesopotamia alrededor del año 2000 AC, o sea unos 350 años después del diluvio y más de un siglo antes del famoso rey babilonio Hamurabi. La vida y la influencia de Abraham, vistas desde una perspectiva histórica, marcaron un punto decisivo en la historia de la civilización. En su libro: La marca de un gigante, Ted Stwart escribió: "Nació en un mundo donde la idolatría y el culto a múltiples dioses eran algo universal. Murió con la práctica del monoteísmo, o el culto a un Dios único, firmemente implantada para no extinguirse jamás". En el mundo moderno, tres grandes religiones monoteístas hallan sus raíces en el patriarca Abraham.


El Dios de Abraham antes de Abraham

Abraham no "inventó" el monoteísmo. Según cuenta la Biblia, Noé, antepasado de Abraham, quien vivió siglos antes, conocía a Dios; como lo conocían generaciones anteriores hasta Adán. Pero con el tiempo, el mundo rechazó y perdió el conocimiento del Dios verdadero y de su camino de vida. La Biblia cuenta que Dios le habló a Abraham cuando tenía unos 75 años de edad y que trabajó con él durante cien años (Gn 12, 4; Gn 25, 7). Durante ese siglo de instrucción personal, Dios observó la fe y la obediencia de Abraham (Gn 12, 1-4; Gn 22), así como su generosidad y su amplitud de espíritu (Génesis 13:7-12). Le dio instrucción moral (Gn 12, 10-20; Gn 20, 1-18) y Abraham pudo darse cuenta de las terribles consecuencias de la depravación moral cuando Dios destruyó las ciudades de Sodoma y Gomorra por sus pecados. Viendo la fe de Abraham y su obediencia a los mandamientos y las instrucciones divinas (Gn 26, 5), Dios le hizo unas promesas que se cumplirían en sus descendientes; promesas que tendrían grandes repercusiones en la historia universal hasta un futuro muy lejano.

Las Escrituras revelan que Dios se interesó especialmente por Abraham y que lo formó como el individuo que enseñaría a sus descendientes sobre su experiencia con el Dios único y verdadero (Gn 18, 19). Con el tiempo, Abraham llegaría a ser el "padre de todos los creyentes", es decir, de las futuras generaciones de creyentes (Rm 4, 11-16). Dios estaba preparando a Abraham para que alterara el rumbo de la historia, para que restaurara el conocimiento del Dios único en un mundo dominado por la idolatría y el politeísmo o culto a varios dioses.


El Dios de Abraham es único

Lo que Abraham introdujo en el antiguo mundo pagano fue más que monoteísmo. Fue la adoración de un Dios único en toda la historia. El Dios de la Biblia y de Abraham no es una fuerza impersonal, sino un Dios personal que caminaba con Abraham, le hablaba, lo instruía y lo aconsejaba (ver Gn 18). El Dios de Abraham actúa conforme a normas éticas, no por capricho. La historia babilónica del diluvio cuenta que Dios envió un diluvio para destruir a los seres humanos porque hacían demasiado ruido, cosa que de algún modo le molestaba. La narrativa de Génesis dice que Dios envió un diluvio para acabar con la civilización humana que se había hecho malévola, corrompida y llena de violencia (ver Gn 6). Noé y su familia se salvaron por ser un hombre recto y justo, no por ser el preferido de los supuestos "dioses". El relato bíblico tiene que ver con ética y moral; la versión babilónica presenta acciones caprichosas de dioses veleidosos. El Dios ético del monoteísmo bíblico tiene que ver con los valores absolutos del bien y del mal. El Dios único y verdadero tiene una ética y unamoral para todos, la cual se aplica a los pueblos lo mismo que a sus líderes. El escritor hebreo Dennis Prage observó: "No hay palabras para señalar la magnitud del cambio producido por la introducción al mundo, mediante la Biblia hebrea, de un Dios que gobierna al mundo moralmente".

El Dios de la Biblia que habló con Abraham siente algo por su creación y se envuelve en la vida de aquellos con quienes está trabajando. El plan de Dios es para todos. Este Dios que siente y ama, creó a los seres humanos capaces de amar a otros. El Dios de la Biblia que hizo a la humanidad a su propia imagen (Gn 1, 26-28), tiene por sagrada toda vida humana. De ahí que el sacrificio humano y el asesinato de adultos, niños o nonatos sea algo absolutamente malo (Gn 4, 8-12; Ex 20, 13). El Dios de Abraham también exige santidad en sus seguidores (Lv 19, 2), y ello implica mostrar amor al prójimo y tratar a los demás como uno desea que lo traten (Lv 19, 18).


Los dioses paganos quedan atrás

Este Dios personal, todopoderoso, ético y amoroso es el que Abraham conoció por experiencia propia, y transmitió este conocimiento a sus descendientes. Se trata de un Dios totalmente distinto de los ídolos fríos, insensibles, impersonales e impotentes de las naciones politeístas en tiempos de Abraham. El patriarca y sus descendientes rechazaron los ritos paganos de fertilidad y las perversiones sexuales que se practicaban en las naciones vecinas, resaltando en su lugar al Dios verdadero que exigía una moral sexual en sus seguidores. El Dios de Abraham exigía honradez, conducta recta y respeto por la vida humana en todo el pueblo, incluidos sus dirigentes. Stwart agregó: "Dondequiera que se halle la influencia más fuerte de Abraham, la filosofía y la religión han sido muy diferentes de lo que son allí donde no existe tal influencia".

Aunque críticos y eruditos modernos hagan de lado la narrativa bíblica, los indicios históricos y bíblicos revelan que la vida y el legado de Abraham y el Dios a quien conoció han tenido repercusiones enormes y duraderas en el mundo. La influencia del monoteísmo ético que Dios reintrodujo al mundo por medio de Abraham, alteró el curso de la historia. Y esa influencia persiste en nuestro mundo, donde la mitad de los habitantes siguen una fe monoteísta con raíces que se remontan a Abraham. La vida de Abraham y sus enseñanzas acerca del Dios único y verdadero representan un cambio decisivo en la historia del mundo, ¡uno que continua decidiendo cómo pensamos y qué creemos! El Dios de Abraham vive. Tiene un plan. Continúa trabajando en la vida de los seres humanos ¡y continúa guiando el rumbo de la historia!

Fuente: elmundodemanana.org/

Los padres de Europa

Soledad Gallego-Díaz

El mayor avance histórico del S. XX de tres grandes políticos: Robert Schuman, Konrad Adenauer y Alcide de Gasperi

 Un cuarto de siglo después de la creación de la Comunidad Económica Europea, cinco nombres siguen siendo recordados como los padres de la idea. Este quinteto de personalidades es encabezado por derecho propio, por el francés Jean Monnet, pero otros cuatro nombres permanecen unidos al nacimiento de las grandes instituciones comunitarias en los años cincuenta: el también francés Robert Schuman, el alemán Konrad Adenauer, el italiano Alcide de Gasperi. Ninguno de ellos vive hoy Jean Monnet, muerto a los 91 años, el 16 de marzo de 1979, fue el que sopló todas las ideas europeas a los responsables del viejo continente de la posguerra. Ya en junio de 1940 propuso una unión franco-británica en una soberanía común. En enero de 1956, Monnet logró que los hombres en el poder propusieran la idea de los estados unidos de Europa. Tres de los líderes de la primera hora europea tenían un rasgo en común: su catolicidad. El jefe del Gobierno de la República Federal de Alemania, Adenauer, y su colega italiano, Alcide de Gasperi, eran democristianos, y el primer ministro francés, Schuman, pertenecía al Movimiento Republicano Popular (MRP), partido también de inspiración cristiana.

Schuman, muerto en 1977 a la edad de 63 años, fue calificado por Vincent Auriol "como un radical que va a misa". Después de haberse batido por la difunta Comunidad Europea de Defensa (CED). Posteriormente fue elegido presidente de las tres comunidades europeas: el Euratom, la CECA y la CEE.

Konrad Adenauer, que murió en 1967 a la edad de 67 años, fue el artífice, junto con el general De Gaulle, de la reconciliación franco-alemana. Muy hostil a la idea del general de separar el Rhur y el Sarre de Alemania, Adenauer expresó su preferencia por una internacionalización de las zonas carboníferas y siderúrgicas. Esta idea se concretó, en 19512, con la creación de la Comunidad Europea del Carbón y del Acero (CECA).

De Gasperi, un antifascista convencido, murió en 1954, tres años antes antes de la firma del Tratado de Roma.

Paul-Henri Spaak, que murió en 1972 con 72 años, estuvo en el origen de la unión aduanera con los Países Bajos y Luxemburgo, que concluyó con la creación del Benelux en 1958.


La gran victoria de la CEE ha sido desterrar el fantasma de una guerra entre europeos

El 25 de marzo de 1957, ocho hombres, en representación de Italia, la República Federal de Alemania, Francia, Bélgica, Holanda y Luxemburgo, estampaban sus firmas en los tratados que creaban la Comunidad Económica Europea (CEE). La ceremonia se celebró en el palacio del Capitolio de Roma. Un cuarto de siglo después, la Comunidad se ha visto ampliada a diez miembros. Dinamarca, Irlanda y Reino Unido entraron en 1973 y Grecia lo hizo en 1980. La idea política germinal de la unión europea se ha ido diluyendo y la CEE se ha convertido, con el transcurso de los años, en un vasto mercado de 270 millones de consumidores, acosado por el paro y una grave crisis económica que afecta a sus estructuras internas. En este contexto, la Comunidad debe afrontar su "segunda ampliación" que permitirá el ingreso de Portugal y España en los próximos años.

"De algo muy importante podemos estar orgullosos: nuestros hijos se encogen de hombros y miran incrédulos a cualquiera que les hable de una guerra entre europeos". Gaston Thorn, luxemburgués, de 54 años, presidente de la Comisión Europea, tiene razón. Una de las victorias más importantes de los padres de la Comunidad Económica Europea (CEE) no se puede valorar en unidades de cuenta Ha sido la de desterrar para siempre el fantasma de las guerras franco-alemanas, algo que a la nueva generación de europeos les parece muy lejano en la historia, y que, sin embargo, estaba presente hace sólo 37 años. Además, se trata de una victoria permanente: la EE puede atravesar crisis muy graves -atraviesa hoy día, precisamente, la más grave de su historia-, pero ni en las cabezas más calenturientas abriga la idea de enfrentamientos violentos. La satisfacción por esta magnífica consecución no oculta, sin embargo, otra realidad: las cosas han marchado bien, o al menos relativamente bien, para la idea de una Europa unida mientras que el boom económico ha estado presente en todo Occidente. Ha bastado el primer embate serio, la crisis del petróleo, para que en me nos de ocho años muchas cosas quedaran paralizadas y para que, peor aún, se hable del peligro del retroceso.

El embate ha sido, ciertamente, duro. Los diez soportan hoy día casi once millones de parados, y el índice de desempleo no para de crecer, las inversiones han disminuido vertiginosamente y los sectores industriales más tradicionales -siderurgia, construcción, astilleros y manufacturas- han entrado en un declive espectacular.


Competir con Estados Unidos

Frente a esta situación, cada país siente la imperiosa tentación de "mirar hacia dentro" y se han olvidado completamente, pese a las periódicas llamadas en sentido contrario, los propósitos iniciales de lograr una cierta convergencia de economías y, menos aún, de ir hacia una unidad política.

Las dos bases sobre las que se construyó la Comunidad, la desaparición de fronteras comerciales y la política agrícola común, que permite ser autosuficientes desde el punto de vista de la alimentación, dos bases que lograron un desarrollo sin precedentes de los intercambios comerciales y la aparición en el foro internacional de Europa como una potencia económica capaz de competir tranquilamente con Estados Unidos y con todo el mundo, están en crisis.

La piedra de toque ha sido la ampliación del Mercado Común, precisamente cuando la embestida del petróleo comenzaba a sentirse. El Reino Unido ha desencadenado la lucha entre los diez y ha puesto de relieve algo inevitable: hay que adaptarse a los nuevos vientos, modificar la reglamentación agrícola (que absorbe más del 70% de los fondos comunitarios) y buscar una salida hacia delante, intentando unir fuerzas frente a enemigos comunes. La lucha se desarrolla desde 1979, sin que se vea su fin. La próxima cumbre de jefes de Gobierno y de Estado de los diez que se reúnen el 29 de este mes en Bruselas, no será, seguramente, la definitiva.

Se puede seguir afirmando, pese a todo, que los intereses económicos europeos tienen una base común, sobre todo frente a terceros. Los diez sólo podrán hacer frente a los nuevos problemas que plantea la política económica norteamericana si acuden juntos frente a Washington en la cumbre industrial del próximo mes de junio. Tampoco podrán resistir la pujante presencia japonesa en sus propios mercados si no actúan coordinadamente. Todos los expertos lo dicen así desde hace meses, pero las dificultades internas son, hasta el momento, irremontables. En el plano Político, las dificultades son aún mayores. Nadie habla de "los Estados unidos de Europa", una idea que acariciaron los fundadores y que no ha pasado nunca de ser un sueño imposible.

Pero algunos objetivos más realistas se cumplen, no sin gran esfuerzo y discusiones. Europa tiene ya una imagen política.

La Prensa habla de "lo que piensan los europeos", "la posición europea... " frente a problemas como la distensión, las relaciones Este-Oeste o la crisis más urgente del momento.

No puede decirse que los diez sean un bloque sin fisuras a la hora de actuar en la crisis de Oriente Medio o en América Central, pero sí que se realizan esfuerzos conjuntos y que, al menos frente a problemas que le atañen muy directamente y de forma inmediata, los diez han sido capaces de presentar una posición europea, capaz, por otra parte, de atraer incluso a países que no forman parte de la Comunidad. Falta aún un gran camino por recorrer -afirma Thorn-, pero se han dado los primeros pasos.

Desacuerdos internos

Los desacuerdos internos son, sin embargo, demasiado evidentes todavía. "Su calidad es tal", dice el presidente de la Comisión, "que impiden un relanzamiento global de la Comunidad". Basta para comprobarlo acudir un día al Parlamento Europeo -elegido por primera vez por sufragio universal directo en 1979- para darse cuenta de cómo en un plano exclusivamente verbal -sus decisiones no tienen poder vinculante para los ministros- las actitudes de los distintos grupos políticos están lejos de aproximarse. La crisis mundial que debía acercarlos actúa precisamente en sentido opuesto, y en lo económico surge el fantasma del proteccionismo, y en lo político, la defensa estricta de los propios intereses, tanto ideológicos como nacionales.

"La Comunidad atraviesa la crisis más grave de su historia", afirma Thorn. "Europa está en pleno marasmo", dice uno de los personajes políticos europeos más destacados de los últimos años, Willy Brandt. La primera potencia comercial del mundo se encuentra a mitad de un camino y la erosión es ya muy fuerte, comentan los funcionarios de Bruselas. La hora es grave, explica Gaston Thorn, y si no somos capaces de conservar lo que nuestros predecesores han construido, las jóvenes generaciones entrarán en el siglo XXI reculando. Hay que decidir ahora mismo.

A la hora de la verdad, todo se toma con más calma. Los jefes de Gobierno y de Estado que se reúnen el día 29 en Bruselas no dejarán pasar la ocasión del veinticinco aniversario para realizar nuevas profesiones de fe en Europa y de denunciar la gravedad de la situación. Otra cosa será el comunicado final a la hora de analizar las decisiones que han adoptado.

Larga lucha entre la supranación y los intereses estatales

El 25 de marzo de 1957 seis países (Bélgica, Francia, Holanda, Italia, Luxemburgo y la República Federal de Alemania) firmaban los tratados, en Roma, por el que se creaban la Comunidad Económica Europea (CEE) y la Comunidad Europea de la Energía Atómica (EURATOM). Previamente, el 18 de abril de 1951 estos mismos países habían creado la Comunidad Europea del Carbón y del Acero (CECA).Surgida entre las tensiones de una aspiración supranacional y una realidad con marcados tintes nacionalistas, la CEE ha sobrevivido durante los últimos veinticinco años a varias crisis y ha conseguido indudables avances en los que eran sus objetivos fundamentales: la eliminación de las restricciones en los intercambios comunes y el establecimiento de una política comercial común frente a los países no miembros, el desarrollo de una política económica coordinada y la su presión de las medidas restrictivas del libre juego de la competencia.


Primeros esfuerzos

En una primera etapa, que se extiende de 1958 a 1969, los principales esfuerzos se centraron en la realización de un mercado común.

El 1 de enero de 1959 se produce la primera baja del 10% de los derechos aduaneros en el interior de la CEE, y dos años más tarde la primera aproximación de los aranceles nacionales de los seis países miembros a la tarifa aduanera común.

Finalmente, el 1 de julio de 1968, dieciocho meses antes de lo establecido en el calendario inicial, quedó terminada la unión aduanera, con la eliminación de todos los derechos arancelarios entre los países miembros y el establecimiento de un arancel común frente al exterior.

Por otra parte, el Convenio de Yaundé, de 20 de julio de 1963, renovaba la asociación de los países de ultramar a la CEE.

El 9 de agosto de 1961, el Reino Unido solicitaba su adhesión al Mercado Común, seguida por Irlanda, Dinamarca y Noruega.


De Gaulle veta

Las negociaciones se abren el 10 de octubre de ese mismo año y continúan durante el siguiente. El 14 de enero de 1963, el general De Gaulle opone su veto declarando que Inglaterra no está preparada para entrar en la CEE, las negociaciones se suspenden el 29 de ese mismo mes.

El 11 de mayo de 1967, el Reino Unido renueva su petición de ingreso, chocando de nuevo con la oposición francesa, que durará hasta la cumbre de La Haya de 1969, en que el nuevo Gobierno francés (De Gaulle había renunciado meses antes) se manifestó a favor de la admisión.

Desde el punto de vista institucional, hay que destacar el tratado del 8 de abril de 1965, por el que se funden el consejo y la comisión de las tres organizaciones: CEE, CECA y EURATOM, en dos cuerpos únicos. El tratado entró en vigor en julio de 1967.

La segunda etapa será la del desarrollo y la ampliación del Mercado Común. El punto de partida fue la conferencia de jefes de Estado o de Gobierno de los seis, celebrada en La Haya, el 1 y el 2 de diciembre de 1969, a iniciativa del presidente francés Pompidou.

En esta cumbre se intentan resolver los principales obstáculos que se oponían al desarrollo de la Comunidad: se llega a un acuerdo financiero agrícola, se organiza una atribución progresiva de recursos a la Comunidad para llegar a un auténtico presupuesto comunitario, en 1975, y se desbloquean las negociaciones con los países candidatos a la adhesión.

El 30 de junio de 1970 comienzan las negociaciones, que concluirán el 22 de enero de 1972, con la firma de los tratados entre la Comunidad y el Reino Unido, Irlanda, Dinamarca y Noruega. Los tratados entraron en vigor el 1 de enero de 1973 para tres de estos países, al haber rechazado Noruega la adhesión, por referéndum del 26 de septiembre anterior.

Segunda ampliación

El segundo proceso de ampliación, que elevará el número de miembros a doce, con la incorporación de Grecia, España y Portugal, se inicia en 1976, y hasta la fecha sólo ha cristalizado en el tratado de adhesión de Grecia, firmado, el 28 de mayo de 1979, en Atenas. La década de los 70 se había abierto con la esperanza de llegar a una unión europea.

En la realidad, los logros han sido mucho más limitados y se han centrado sobre la cooperación intergubernamental. Su principal producto ha sido la aparición del Consejo Europeo, no previsto en el Tratado de Roma, que surge por primera vez en el comunicado final de la Conferencia de París, de diciembre de 1974, y que, de hecho, supone la institucionalización de las cumbres de jefes de Estado o de Gobierno.


Concentración de poder

La concentración de poder en los órganos intergubernamentales, Consejo de Ministros y Consejo Europeo, podría verse modificada en un futuro por el, peso del Parlamento Europeo.

Compuesto en un principio por parlamentarios nacionales, el Tratado de Roma previa que, en un segundo período, sus miembros lo serían por sufragio universal directo.

El escaso entusiasmo despertado por estas elecciones, que se celebraron, en 1979, en los diversos países miembros, no ha impedido que durante su corta vida el Parlamento Europeo haya intentado aumentar sus poderes de control y mejorar su participación en la vida legislativa comunitaria.


Fuente: elpais.com/