08 diciembre 2021

A María: dos regalos con sorpresa

José Antonio García-Prieto Segura

“Ella se turbó al oír estas palabras, y consideraba qué podía significar este saludo” (Luc. 1, 29).

 El rostro de la imagen de María Inmaculada bien pudo sonreír, desde sus 12 metros de altura sobre la columna que la ensalza, en la Plaza de España, en Roma. ¿Motivo de su sonrisa?: el Vicario de Cristo, el Papa Francisco, bajo un paraguas para protegerse de la lluvia y cubierto con mascarilla por la pandemia, estaba depositando a los pies de su imagen, una corona de flores. Eran las 7 de la mañana del 8 de diciembre del pasado año 2020. En ese momento, los bomberos se disponían a desplegar la alta escalera que les permite colocar, en el brazo derecho de la imagen, la corona de flores que todos los años el pueblo romano regala a la Virgen en su fiesta de la Inmaculada Concepción. Ellos fueron casi los únicos testigos y, admirados de lo que veían, aplaudieron el gesto papal. La pandemia había dado la sorpresa, cambiando externamente el protocolo de esa arraigada tradición, en torno a una gran verdad de fe.

En efecto: “A lo largo de los siglos, la Iglesia ha tomado conciencia de que María ‘llena de gracia’ por Dios (Lc 1, 28) había sido redimida desde su concepción. Es lo que confiesa el dogma de la Inmaculada Concepción, proclamado en 1854 por el Papa Pío IX” (Catecismo de la Iglesia, n. 491). Y desde 1856, dos años después, el 8 de diciembre el Vicario de Cristo a primera hora de la tarde deposita una corona de flores a los pies de la imagen de la Virgen. Los fieles abarrotan la Plaza de España, donde se encuentra el bello monumento, para unirse al regalo y oración del Papa. El año pasado, con la mencionada sorpresa: Francisco llegó en coche utilitario, a hora intempestiva, con mascarilla, y paraguas; pero nada nuevo en lo esencial: depositó dos ramos de rosas blancas a los pies del monumento mariano, y rezó a María…

Para la Inmaculada, en el Cielo, probablemente no hubo sorpresa. Me atrevería a decir que lo esperaba, a pesar de la pandemia, porque ¡solo faltaría que un virus fuese a impedir ese gesto de amor filial a una Madre! En cambio, sí que se vio sorprendida -¡y cómo!- por otro obsequio que le hicieron muchísimos años antes: el aludido en el título de este artículo, y apenas mencionado en el inicio del párrafo anterior.

¿Cuándo, dónde y cómo fue ese otro agasajo? Tuvo lugar hace XXI siglos en Nazaret, un pueblecito de Tierra Santa. Fue un Regalo, esta vez con mayúscula, porque se trataba nada menos que de comunicar a María, la joven doncella desposada con José, que Dios le había hecho una gracia inmensa, inaudita, un auténtico “regalazo”. Gabriel, el embajador del Cielo, se presentó ante María para comunicárselo: Dios había preservado su alma, su entera persona, nada menos que de toda contaminación del pecado original, el cometido por nuestros primeros padres. Gabriel se lo dijo con breves palabras, sencillísimas, pero que contenían esa insólita verdad: “Dios te salve, llena de gracia, el Señor es contigo” (Luc. 1, 28)   Sí, eso esencialmente vino a decirle: eres la mismísima Pureza, en persona, desde el instante inicial de tu vida cuando la Trinidad creó tu alma. La sorpresa mayúscula, en este caso, fue de María, como lo recogió Lucas que, inspirado por el Espíritu Santo, escribe en su Evangelio, la reacción que tuvo: “Ella se turbó al oír estas palabras, y consideraba qué podía significar este saludo” (Luc. 1, 29). Se explica su perplejidad porque ¿cabe mayor sorpresa que sentirse protagonista de semejante alabanza: ¡alégrate, rebosas de gracia y eres templo divino porque Dios está contigo!?

         Su asombro y sorpresa, empapados de humildad, se disiparon con la aclaración que a renglón seguido hizo Gabriel: “No temas, María, porque has hallado gracia delante de Dios: concebirás en tu seno y darás a luz un hijo, y le pondrás por nombre Jesús. Será grande y será llamado Hijo del Altísimo” (Luc. 1, 31-32). La razón del regalo -su concepción inmaculada en el seno de su madre Ana-, era en previsión de lo que María habría de ser: la Madre del Hijo eterno de Dios-Padre. Nueve meses después, nacería la futura Madre del Redentor: por eso, el 8 de septiembre la Iglesia celebra el nacimiento de María.

Fe y razón se dan pacíficamente la mano en este misterio -más que en otros, si cabe- porque comprendemos bien que la infinita pulcritud y belleza espiritual del Salvador, requiriesen -salvada la libertad divina- que su futura Madre, como nuevo Arca de la Alianza que lo llevaría nueve meses en su seno, fuera la mismísima pureza. Esta fiesta, por su hondo sentido humano y espiritual, viene a ser una llamada de Dios para que apreciemos cuánto valora la pureza del alma y de la entera persona. Como un requerimiento, a través de María, para ir también contracorriente de esa otra pandemia de muerte espiritual: la provocada por la ola de pornografía y suciedad que parece invadirlo todo. Para combatirla y dominarla, Cristo con su obra redentora y sus sacramentos -de modo especial con la frecuencia de la Confesión y de la Eucaristía-, nos ofrece, personalmente, una ayuda de segura eficacia.

En nuestras manos está abrirnos confiadamente a ese ofrecimiento. Si la pandemia no impidió el regalo a María, que tampoco nuestras miserias personales, sanadas por la gracia divina, impidan a los creyentes acoger el regalo que Dio ofrece a todos con el perdón de los pecados y el alimento de su Cuerpo y Sangre eucarísticos.  Su Madre, que también lo es nuestra, le acompañará gustosa en esos regalos. 

Fuente: elconfidencialdigital.com/

06 diciembre 2021

El Papa deja Grecia, fin de su 35º viaje apostólico

Despedida en el aeropuerto de Atenas


El Papa Francisco ya vuela hacia Roma, poniendo así fin a su 35º viaje apostólico a Chipre y Grecia en el que Exaudi le ha acompañado también en el vuelo papal. Hoy, 6 de diciembre de 2021, el Papa Francisco se ha despedido de Grecia en el Aeropuerto de Atenas, al que llegó el pasado 4 de diciembre de 2021 procedente de Lárnaca, Chipre, donde permaneció desde el día 2.

Esta ha sido la segunda visita de Francisco a Grecia, ya que el 16 de abril de 2016, aunque no piso Atenas, se trasladó a la isla griega de Lesbos. En este viaje anterior, Su Santidad visitó el campo de refugiados de Moria junto al patriarca de Constantinopla, Bartolomé I, y el arzobispo de Atenas y toda Grecia, Jerónimo II.


Despedida en el aeropuerto

Tras presidir el encuentro con los jóvenes en la escuela San Dionisio de las hermanas ursulinas de Atenas, el Pontífice ha llegado al aeropuerto de la capital griega en coche para la ceremonia de despedida. Allí, ha sido recibido por el ministro de Asuntos Exteriores, que le ha acompañado a la sala VIP del Aeropuerto, donde han mantenido un encuentro privado que ha durado unos minutos.

A continuación, después de atravesar la Guardia de Honor y saludar a las delegaciones, el Obispo de Roma se ha subido al avión a las 11:55 (10:55 en Roma) . Está previsto que, tras 2.100 km y 2:05 horas de vuelo, el avión aterrice en el aeropuerto romano de Ciampino a las 12:35 (hora local).

En este viaje a Grecia, el Papa Francisco se reunió en Atenas con la presidenta de la República, Katerina Sakellaropoulou, y las autoridades; con la comunidad católica, obispos, sacerdotes, religiosos y religiosas, seminaristas y catequistas; con Jerónimo II, líder de la Iglesia Ortodoxa, en dos ocasiones. También acudió por segunda vez a la isla de Lesbos para visitar a los refugiados y celebró la Misa del segundo domingo de Adviento en Atenas. Antes de dejar el país, el Santo Padre recibió en la Nunciatura Apostólica al presidente del Parlamento, y mantuvo un último encuentro con los jóvenes.


Telegrama a la presidenta de la República

 Inmediatamente después de su partida en avión desde Atenas, el Santo Padre envió el siguiente mensaje a la presidenta de la República Helénica, Katerina Sakellaropoulou, el siguiente mensaje telegráfico mensaje telegráfico:

“Al partir de Grecia, expreso mi profunda gratitud a su excelencia y a todo el pueblo de la República Helénica por su amable hospitalidad durante mi visita apostólica. Al asegurarles mis oraciones, invoco las bendiciones de Dios sobre la nación”.


Palabras del Santo Padre en Grecia

Francisco ha pronunciado 6 discursos, una homilía y un Ángelus en el país heleno. En la Misa en el Megaron Concert Hall de Atenas recordó a los fieles católicos en Grecia, un grupo minoritario, que “el Señor prefiere la pequeñez y la humildad”, y les pidió que “no teman a la pequeñez, porque la cuestión no es ser pequeños o pocos, sino abrirse a Dios y a los demás. Y tampoco tengan miedo de la aridez, porque Dios no la teme, y es allí donde viene a visitarnos”.

En el centro para refugiados de Lesbos, dijo: “Estoy nuevamente aquí para encontrarme con ustedes; estoy aquí para decirles que estoy cerca de ustedes; estoy aquí para ver sus rostros, para mirarlos a los ojos: ojos cargados de miedo y de esperanza, ojos que han visto la violencia y la pobreza, ojos surcados por demasiadas lágrimas”.

E insistió en que el migratorio “es un problema del mundo”, una crisis humanitaria “que concierne a todos”. La pandemia, prosigue, “nos ha afectado globalmente, nos ha hecho sentir a todos en la misma barca, nos ha hecho experimentar lo que significa tener los mismos miedos. Hemos comprendido que las grandes cuestiones se afrontan juntos, porque en el mundo de hoy las soluciones fragmentadas son inadecuadas”.

En el plano ecuménico, en su encuentro con el arzobispo ortodoxo de Atenas y de toda Grecia y sus respectivos séquitos, subrayó las “raíces apostólicas que comparten ambas Iglesias” y lamentó que “después hemos crecido alejados: nos han contaminado venenos mortales, la cizaña de la sospecha aumentó la distancia y dejamos de cultivar la comunión”.

Asimismo, expuso que “con vergüenza —lo reconozco por la Iglesia católica— acciones y decisiones que tienen poco o nada que ver con Jesús y con el Evangelio, basadas más bien en la sed de ganancias y de poder, han hecho marchitar la comunión” y “hemos dejado que la fecundidad estuviera amenazada por las divisiones”. “La historia tiene su peso y hoy aquí siento la necesidad de renovar la súplica de perdón a Dios y a los hermanos por los errores que han cometido tantos católicos”, admitió.

Asimismo, en la visita que Jerónimo II le devolvió en la Nunciatura Apostólica, el Pontífice agradeció la bondad fraternal del líder ortodoxo, “su mansedumbre, su paciencia” y deseó “que el Señor nos dé la gracia de seguir juntos en este camino de fraternidad y de paz”.

En su discurso a la comunidad católica en la catedral de San Dionisio de Atenas, invitó a dejarse orientar “en nuestro camino como Iglesia, por dos actitudes del Apóstol (Pablo) que son útiles a nuestra actual elaboración de la fe”: la confianza y la acogida.

Asimismo, explicó que “ser Iglesia pequeña nos hace signo elocuente del Evangelio, del Dios anunciado por Jesús que elige a los pequeños y a los pobres, que cambia la historia con las proezas sencillas de los humildes”. “A nosotros, como Iglesia”, continúa, “no se nos pide el espíritu de la conquista y de la victoria, la magnificencia de los grandes números, el esplendor mundano”, sino, que “seamos levadura que fermenta en lo escondido, paciente y silenciosamente, dentro de la masa del mundo, gracias a la obra incesante del Espíritu Santo”.

Por su parte, en el caso de las autoridades griegas, el Obispo de Roma transmitió gratitud por “su compromiso” y exhortó a hacer progresar a Grecia “en la apertura, la inclusión y la justicia”. Y exhortó a que “a las seducciones del autoritarismo responda con la democracia; que a la indiferencia individualista oponga el cuidado del otro, del pobre y de la creación, pilares esenciales para un humanismo renovado, que es lo que necesitan nuestros tiempos y nuestra Europa”.


Regalos a la Nunciatura

El Papa Francisco ha brindado dos regalos a la Nunciatura Apostólica en Atenas: la medalla conmemorativa del Viaje Apostólico del Papa Francisco a Chipre y Grecia y el escudo del Papa Francisco.

La medalla del viaje presenta a los dos apóstoles Pablo y Bernabé, figuras fundamentales en la evangelización de estas tierras. San Bernabé está a la izquierda, con el Evangelio en una mano y un báculo en la otra, símbolos de su peregrinaje para anunciar la Palabra. Podemos reconocer la iglesia Chrysopolitissa de Pafos, que expresa simbólicamente la larga historia del cristianismo en Chipre y que, además, es hoy un lugar de encuentro de las diferentes denominaciones cristianas.

A la derecha está el apóstol Pablo, con una pluma y un pergamino, escribiendo sus famosas epístolas.  Detrás de él hay una vista simbólica de la antigua Grecia, que fue Grecia, que el apóstol Pablo recorrió y evangelizó; su encuentro en el Areópago de Atenas es famoso en este sentido.

Realizado íntegramente en mosaico mediante la técnica tradicional de corte y colocación manual de cada uno de los azulejos de colores, este panel representa el escudo de Su Santidad el Papa Francisco.

En la parte superior del escudo papal, por su parte se encuentra el símbolo de la Compañía de Jesús. Está compuesto por un sol radiante y flameante, que encierra las siglas IHS, y sobre él, una cruz con tres clavos en su base.

La sigla IHS se presta a la interpretación de Iesus Hominum Salvator (Jesús, Salvador de la Humanidad), o In Hoc Signo (Vinces), de memoria constantiniana; mientras que posteriormente los jesuitas lo interpretaron como Habemus Iesum Socium (Tenemos a Jesús como compañero) y Societas Iesu humilis (Humilde Sociedad de Jesús). Además del símbolo de la Compañía de Jesús, hay también una estrella que según la tradición heráldica simboliza la Virgen María, y la flor de nardo, que en la iconografía hispana hace referencia a la castidad de San José.

Con la elección de estos símbolos para su escudo escudo, el Papa Francisco ha querido expresar no sólo su su particular devoción al Santo Nombre de Jesús y su pertenencia a los jesuitas, sino también su devoción a la Virgen María y a san José, su esposo.

El lema que acompaña al escudo del Papa Francisco escudo del Papa Francisco -Miserando atque eligendo- rinde en cambio homenaje a la misericordia divina. Está tomado de las Homilías de San Bede el Venerable que, comentando el episodio evangélico de la vocación de San Mateo, escribió “Vidit ergo Iesus publicanum et quia miserando atque eligendo vidit, ait illi Sequere me” (“Jesús vio a un recaudador de recaudador de impuestos y, mirándolo con un sentimiento de amor y eligiéndolo, le dijo: Sígueme”).


Fuente: exaudi.org

05 diciembre 2021

“El Señor prefiere la pequeñez y la humildad”

 Homilía del Papa en Grecia


En este segundo domingo de adviento la Palabra de Dios nos presenta la figura de san Juan Bautista. El Evangelio subraya dos aspectos: el lugar donde se encuentra el desierto y el contenido de su mensaje —la conversión—. Desierto y conversión: en esto insiste el Evangelio de hoy; y tanta insistencia nos hace pensar que estas palabras nos afectan directamente. Contemplemos ambas. El desierto. El evangelista Lucas introduce este lugar de un modo particular. Habla, en efecto, de circunstancias solemnes y de grandes personajes del tiempo: cita el año quince del emperador Tiberio, señala al gobernador Poncio Pilato, al rey Herodes y a otros “líderes políticos” de entonces. Después menciona a los religiosos, Anás y Caifás, que estaban en el Templo de Jerusalén (cf. Lc 3,1-2). A este respecto declara: “La palabra de Dios fue dirigida a Juan, el hijo de Zacarías, que estaba en el desierto”(Lc 3,2). Pero, ¿cómo? Hubiéramos esperado que la Palabra de Dios se dirigiera a uno de los grandes mencionados anteriormente.

Y, en cambio, no. De las líneas del Evangelio emerge una sutil ironía: de los pisos superiores donde residen los que detentan el poder se pasa repentinamente al desierto, a un hombre desconocido y solitario. Dios sorprende, sus decisiones sorprenden; estas no entran en las previsiones humanas, no persiguen el poder y la grandeza con los que el hombre habitualmente lo asocia. El Señor prefiere la pequeñez y la humildad. La redención no comienza en Jerusalén, en Atenas o en Roma, sino en el desierto. Esta estrategia paradójica nos da un mensaje muy hermoso: tener autoridad, ser cultos y famosos no es una garantía para agradar a Dios; al contrario, podría conducir a ensoberbecerse y a rechazarlo. Es necesario en cambio ser pobres por dentro, como pobre es el desierto.

Quedémonos en la paradoja del desierto. El Precursor prepara la venida de Cristo en este lugar inaccesible e inhóspito, lleno de peligros. Ahora bien, si uno quiere dar un anuncio importante, normalmente va a lugares bonitos, donde hay mucha gente, donde hay visibilidad. Juan, en cambio, predicaba en el desierto. Precisamente allí, en el lugar de la aridez, en ese espacio vacío que se extiende hasta el horizonte y donde casi no hay vida, allí se revela la gloria del Señor, que —como profetizan las Escrituras (cf. Is 40,3-4)— cambia el desierto en lagunas, la tierra estéril en fuentes de agua (cf. Is 41,18). Este es otro mensaje reconfortante: Dios, hoy como entonces, dirige la mirada hacia donde dominan la tristeza y la soledad. Podemos experimentarlo en la vida, Él a menudo no logra llegar hasta nosotros mientras estamos en medio de los aplausos y sólo pensamos en nosotros mismos; llega hasta nosotros sobre todo en la hora de la prueba; nos visita en las situaciones difíciles, en nuestros vacíos que le dejan espacio, en nuestros desiertos existenciales.

Queridos hermanos y hermanas, en la vida de una persona o de un pueblo no faltan momentos en los que se tiene la impresión de hallarse en un desierto. Y es precisamente allí donde se hace presente el Señor, que a menudo no es acogido por quien se siente exitoso, sino por quien siente que ya no puede  seguir. Y llega con palabras de cercanía, compasión y ternura: “No temas, porque yo estoy contigo. No te angusties, porque yo soy tu Dios. Yo te fortalezco y te auxilio” (v. 10). Predicando en el desierto, Juan nos asegura que el Señor viene a liberarnos y a devolvernos la vida justo en las situaciones que parecen irremediables, sin vía de escape. No hay por tanto lugar que Dios no quiera visitar. Y hoy no podemos más que experimentar alegría al verlo en el desierto para alcanzarnos en nuestra pequeñez que ama y en nuestra sequedad que quiere saciar. Entonces, queridos amigos, no teman a la pequeñez, porque la cuestión no es ser pequeños o pocos, sino abrirse a Dios y a los demás. Y tampoco tengan miedo de la aridez, porque Dios no la teme, y es allí donde viene a visitarnos.

Pasemos ahora al segundo aspecto, la conversión. El Bautista la predicaba sin descanso y con vehemencia (cf. Lc 3,7). También este es un tema “incómodo”. Así como el desierto no es el primer lugar al que quisiéramos ir, la invitación a la conversión no es ciertamente la primera propuesta que quisiéramos oír. Hablar de conversión puede suscitar tristeza; nos parece difícil de conciliar con el Evangelio de la alegría. Pero esto sucede cuando la conversión se reduce a un esfuerzo moral, como si fuera sólo un fruto de nuestro esfuerzo. El problema está justamente ahí: en basar todo en nuestras propias fuerzas; ahí también anidan la tristeza espiritual y la frustración. Quisiéramos convertirnos, ser mejores, superar nuestros defectos, cambiar, pero sentimos que no somos plenamente capaces y, a pesar de nuestra buena voluntad, siempre volvemos a caer. Tenemos la misma experiencia de san Pablo que, precisamente desde estas tierras, escribía: “Está a mi alcance querer el bien, pero no el realizarlo, ya que no hago el bien que quiero y, en cambio, practico el mal que no quiero”(Rm 7,18-19). Por tanto, si solos no tenemos la capacidad de hacer el bien que queremos, ¿qué quiere decir que nos debemos convertir?

Nos puede ayudar su hermosa lengua, el griego, con la etimología del verbo evangélico “convertirse”, metanoéin. Está compuesto por la preposición metá, que aquí significa más allá, y del verbo noéin, que quiere decir pensar. Convertirse, entonces, es pensar más allá, es decir, ir más allá del modo habitual de pensar, más allá de los esquemas mentales a los que estamos acostumbrados. Pienso en los esquemas que reducen todo a nuestro yo, a nuestra pretensión de autosuficiencia. O en esos esquemas cerrados por la rigidez y el miedo que paralizan, por la tentación del “siempre se ha hecho así”, por la idea de que los desiertos de la vida son lugares de muerte y no de la presencia de Dios. Juan, exhortándonos a la conversión, nos invita a ir más allá y a no detenernos aquí, a ir más allá de lo que nos dicen nuestros instintos y nos representan nuestros pensamientos, porque la realidad es más grande.

La realidad es que Dios es más grande. Convertirse, entonces, significa no prestar oído a aquello que corroe la esperanza, a quien repite que en la vida nunca cambiará nada; es rechazar el creer que estamos destinados a hundirnos en las arenas movedizas de la mediocridad; es no rendirse a los fantasmas interiores, que se presentan sobre todo en los momentos de prueba para desalentarnos y decirnos que no podemos, que todo está mal y que ser santos no es para nosotros. No es así, porqué está Dios. Es necesario fiarse de Él, porque Él es nuestro más allá, nuestra fuerza. Todo cambia si se le deja el primer lugar a Él. Eso es la conversión: al Señor le basta que dejemos nuestra puerta abierta para entrar y hacer maravillas, como le bastaron un desierto y las palabras de Juan para venir al mundo.

Pidamos la gracia de creer que con Dios las cosas cambian, que Él cura nuestros miedos, sana nuestras heridas, transforma los lugares áridos en manantiales de agua. Pidamos la gracia de la esperanza. Porque la esperanza reanima la fe y reaviva la caridad. Porque los desiertos del mundo hoy están sedientos de esperanza. Y mientras este encuentro nos renueva en la esperanza y en la alegría de Jesús, y yo gozo estando con ustedes, pidamos a nuestra Madre Santísima que nos ayude a ser, como ella, testigos de esperanza, sembradores de alegría a nuestro alrededor, porque la esperanza no decepciona nunca, no sólo cuando estamos contentos y estamos juntos, sino cada día, en los desiertos donde vivimos. Que el Señor os de la gracia y la valentía de llevar adelante esta verdad. Porque es allí con la gracia de Dios, que nuestra vida está llamada a convertirse y a florecer.


Fuente: exaundi.org

La belleza nos habla de Dios

Fidel Herráez Vegas

En este segundo domingo de Pascua, quiero ofreceros una breve reflexión sobre la belleza, la belleza que nos habla de Dios y que de modo especial nos acompaña y nos eleva el espíritu en los cantos, signos y celebraciones de este tiempo pascual. La belleza como revelación cósmica de Dios a la humanidad desde la creación, y la belleza como un camino de la humanidad hacia Dios. Sin duda, la contemplación de Jesús Resucitado transfigura la mirada del creyente. La liturgia de estos días, junto al júbilo y la alegría pascual, hace resonar frecuentemente palabras como gloria, esplendor, luz, irradiación. Y, como decía san Pablo, la gloria de Dios en el rostro de Cristo Jesús, hace que brille la luz en nuestros corazones (cf. 2Co 4, 6).

Una profunda belleza brota del núcleo de nuestra fe porque Dios es belleza y Jesucristo el más hermoso de los hombres. En la belleza podemos vislumbrar la presencia de Dios, capaz de transformar nuestro corazón y nuestra mirada. Son conocidos los casos del literato francés Paul Claudel o del filósofo español García Morente, que iniciaron su proceso de conversión conmovidos o seducidos por el canto y el marco de la catedral de París o por la sinfonía de La infancia de Jesús de Berlioz.

La Iglesia ha cultivado siempre la belleza como revelación de Dios, y como lugar de encuentro con quienes se sienten lejos de ella. Podemos recordar la hermosura de algunos himnos y narraciones bíblicas, la solemnidad y la dignidad de las celebraciones litúrgicas. Las iluminaciones de tantos códices medievales, la música y los cantos que expresan el júbilo de la fe, las pinturas y esculturas que recurren al arte para hacer visibles los personajes y acontecimientos de la historia de la salvación. En mi visita pastoral, hasta en los lugares más recónditos de nuestra diócesis, me sigo asombrando continuamente del capitel, del retablo o de la custodia que han hablado a tantas generaciones de cristianos con el lenguaje silencioso de la belleza. ¡Y cómo no mencionar la asombrosa belleza de nuestra Catedral! Benedicto XVI, con ocasión de su visita al templo de la Sagrada Familia, dijo algo que también podemos decir agradecidos y orgullosos de nuestra Catedral: «es un signo visible del Dios invisible, a cuya gloria se alzan estas torres, saetas que apuntan al absoluto de la luz y de aquel que es la Luz, la Altura, la Belleza misma».

La belleza, en la diversidad de sus manifestaciones, admira y seduce, suscitando una actitud sensible a los ecos y a los roces de una Belleza que nos desborda, nos abraza y nos envuelve. Muchas veces antecede incluso al testimonio de vida o al anuncio explícito del Evangelio. Por eso se ha redescubierto y revalorizado la via pulchritudinis (el camino de la belleza) como espacio en el que Dios se acerca a todos los hombres y en el que todo ser humano se puede sentir próximo a Dios. El mismo Benedicto XVI dice que «la belleza nos eleva más allá de nosotros mismos y por ello puede convertirse en un camino hacia lo trascendente, hacia el misterio último, hacia Dios».

Ello reclama de nosotros sensibilidad para gustar la belleza, de modo que forme parte de nuestra oración y nuestra meditación; y asimismo para cuidar nuestras celebraciones litúrgicas con una sencilla dignidad que no oscurezca su solemnidad. Como escribió san Juan Pablo II en su Carta a los artistas (1999), el arte es como un sacramento que nos desvela los misterios de la fe. Ello debe estimular nuestra imaginación y nuestra creatividad para fomentar el arte cristiano, en la medida de nuestras posibilidades, y apoyar a los artistas cristianos, que realizan sus obras desde la profundidad de su fe.

Desde este convencimiento hemos de conservar nuestro rico y abundante patrimonio artístico, tarea en la que con tanto esfuerzo trabaja la Delegación diocesana, para que pueda irradiar toda su belleza también en la actualidad. El patrimonio no es un depósito, un museo o un almacén de objetos valiosos. Es un testimonio que sigue hablando a nuestros contemporáneos a través de su belleza. El patrimonio, la via pulchritudinis, el camino de la belleza, puede alimentar nuestra fe y puede contribuir a la tarea de la evangelización.


Fuente: archiburgos.es/

04 diciembre 2021

El anhelado nos anhela

Domingo de la 2.° semana de Adviento (Ciclo C)


Evangelio (Lc 3, 1-6)

El año decimoquinto del imperio de Tiberio César, siendo Poncio Pilato procurador de Judea, Herodes tetrarca de Galilea, su hermano Filipo tetrarca de Iturea y de la región de Traconítide, y Lisanias tetrarca de Abilene, bajo el sumo sacerdote Anás y Caifás, vino la palabra de Dios sobre Juan, el hijo de Zacarías, en el desierto. Y recorrió toda la región del Jordán predicando un bautismo de penitencia para remisión de los pecados, tal como está escrito en el libro de los oráculos del profeta Isaías:

“Voz del que clama en el desierto:

«Preparad el camino del Señor,

haced rectas sus sendas.

Todo valle será rellenado,

y todo monte y colina allanados;

los caminos torcidos serán rectos,

y los caminos escarpados serán llanos.

Y todo hombre verá la salvación de Dios»”.


Comentario

El interés de san Lucas por ofrecer datos tan exactos sobre el nacimiento de Jesús nos lleva fácilmente a una conclusión: estamos delante de un acontecimiento histórico. El Verbo se encarnó en un momento concreto, en un lugar concreto, en unas circunstancias concretas. Nada de esto es indiferente, porque aquí nos jugamos todo. De lo que está escrito en el Evangelio depende toda nuestra vida. De que Dios haya querido participar de la historia de la humanidad depende, por lo tanto, la configuración de nuestra existencia personal.

Además, en el caso de Cristo, se da una particularidad: Él es la realización de todos los anhelos humanos. Él es deseado de todas las naciones, como lo llama el profeta Ageo. De otro modo, no se entendería que a lo largo de tantas épocas encontremos vaticinios y profecías que nos hablen de la venida del Mesías, y que todos y cada uno hallen su realización en la Persona de Jesús.

Podríamos ir todavía más allá, porque la venida de Jesús requirió de un Precursor, Juan Bautista, pero también la venida del Precursor fue anunciada por Isaías. La plenitud de los tiempos, ese momento histórico en que Cristo puso su morada entre los hombres, era un momento tan crucial, que Dios decidió prepararlo con supremo cuidado: no solo enviando a un hombre para anunciarlo, sino también anunciando que vendría el anunciante. Como para que nadie tenga dudas ni diga que no le avisaron.

El papel de Juan Bautista es decisivo en este tiempo de Adviento, porque le pone rostro y nombre a la delicadeza con la que Dios nos propone su plan: porque nosotros estamos destinados a compartir la vida de Cristo, y por tanto el Señor también ha ido disponiendo y preparando las cosas para la realización de nuestro encuentro personal con Él. Es sorprendente, y la preparación para la Navidad apunta a eso: a que redescubramos con capacidad de asombro renovada que el deseado de todos los siglos está deseando habitar en nuestros corazones.

El anhelado nos anhela. Seguramente esa convicción movía el corazón del Bautista, y por eso desempeñó su tarea profética con tanto ardor: porque descubrir eso y abrirse a ese anuncio es el inicio de la salvación. Por eso, este tiempo de Adviento es muy propicio para tratar con frecuencia en nuestra oración a san Juan Bautista, y pedirle que nos consiga de Dios sus mismos deseos de preparar el alma para la llegada del Señor.

Pero para eso, deberemos acoger su mensaje de penitencia: es bueno no olvidar que estamos en un tiempo de conversión, que no implica hacer grandes cosas, sino quizás ofrecer con más cariño y alegría al Señor lo propio de nuestro día a día, como Juan ofrecería las incomodidades del desierto y José y María ofrecerían las molestias y contrariedades del camino hacia Belén.

Fuente: opusdei.org


03 diciembre 2021

7 datos interesantes sobre la Inmaculada Concepción

 Jimmy Akin



 El 8 de diciembre la Iglesia celebra la Solemnidad de la Inmaculada Concepción, doctrina de origen apostólico que fue proclamada dogma por el Papa Pío IX el 8 de diciembre de 1854 con la bula Ineffabilis Deus

A continuación, te presentamos siete datos para entender mejor este dogma:

1. ¿A quién se refiere la Inmaculada Concepción?

La Inmaculada Concepción hace referencia a la manera especial en que fue concebida María. Esta concepción no fue virginal ya que ella tuvo un padre y una madre humanos, pero fue especial y única de otra manera.

2. ¿Qué es la Inmaculada Concepción?

El Catecismo de la Iglesia Católica describe que:

“Para ser la Madre del Salvador, María fue ‘dotada por Dios con dones a la medida de una misión tan importante’. El ángel Gabriel en el momento de la anunciación la saluda como ‘llena de gracia’. En efecto, para poder dar el asentimiento libre de su fe al anuncio de su vocación era preciso que ella estuviese totalmente conducida por la gracia de Dios” (490).

“A lo largo de los siglos, la Iglesia ha tomado conciencia de que María ‘llena de gracia’ por Dios (Lc. 1, 28) había sido redimida desde su concepción. Es lo que confiesa el dogma de la Inmaculada Concepción, proclamado en 1854 por el Papa Pío IX: ‘... la bienaventurada Virgen María fue preservada inmune de toda la mancha de pecado original en el primer instante de su concepción por singular gracia y privilegio de Dios omnipotente, en atención a los méritos de Jesucristo Salvador del género humano’” (491).

3. ¿Esto significa que María nunca pecó?

Sí. Debido a la forma de redención que se aplicó a María en el momento de su concepción, ella no solo fue protegida del pecado original, sino también del pecado personal.

El catecismo lo explica en el número 493 que los padres de la tradición oriental llaman a la Madre de Dios "la Toda Santa" (Panaghia), la celebran "como inmune de toda mancha de pecado y como plasmada y hecha una nueva criatura por el Espíritu Santo". Por la gracia de Dios, María ha permanecido pura de todo pecado personal a lo largo de toda su vida.

4. Entonces, ¿María necesitaba que Jesús muriera por ella en la Cruz?

No. María fue concebida inmaculadamente como parte de su ser “llena de gracia” y así “redimida desde el momento de su concepción” por “una singular gracia y privilegio de Dios Todopoderoso y por virtud de los méritos de Jesucristo, salvador de la raza humana”.

Tal como lo explica el catecismo en el número 492, esta "resplandeciente santidad del todo singular" de la que ella fue "enriquecida desde el primer instante de su concepción", le viene toda entera de Cristo: ella es "redimida de la manera más sublime en atención a los méritos de su Hijo". El Padre la ha "bendecido [...] con toda clase de bendiciones espirituales, en los cielos, en Cristo" más que a ninguna otra persona creada. Él la ha "elegido en él antes de la creación del mundo para ser santa e inmaculada en su presencia, en el amor".

En el número 508 el catecismo describe: “De la descendencia de Eva, Dios eligió a la Virgen María para ser la Madre de su Hijo. Ella, ‘llena de gracia’, es ‘el fruto más excelente de la redención’; desde el primer instante de su concepción, fue totalmente preservada de la mancha del pecado original y permaneció pura de todo pecado personal a lo largo de toda su vida". 

5. ¿Se puede hacer un paralelo entre María y Eva?

Adán y Eva fueron creados inmaculados, sin pecado original o su mancha. Ambos cayeron en desgracia y a través de ellos la humanidad estaba destinada a pecar.

Cristo y María fueron también concebidos inmaculados. Ambos permanecieron fieles y a través de ellos la humanidad fue redimida del pecado.

Jesús es por tanto el nuevo Adán y María la nueva Eva.

El catecismo señala en el número 494 que “Ella, en efecto, como dice San Ireneo, ‘por su obediencia fue causa de la salvación propia y de la de todo el género humano’. Por eso, no pocos padres antiguos, en su predicación, coincidieron con él en afirmar ‘el nudo de la desobediencia de Eva lo desató la obediencia de María. Lo que ató la virgen Eva por su falta de fe lo desató la Virgen María por su fe’. Comparándola con Eva, llaman a María ‘Madre de los vivientes’ y afirman con mayor frecuencia: ‘la muerte vino por Eva, la vida por María’”.

6. ¿Cómo se hace María un ícono de nuestro destino?

Aquellos que mueren en la amistad con Dios y así para ir al Cielo serán liberados de todo pecado y mancha de pecado. Seremos así todos vueltos “inmaculados” (Latin, immaculatus = "intachable") si permanecemos fieles a Dios.

Incluso en esta vida, Dios nos purifica y prepara en santidad y, si morimos en su amistad pero imperfectamente purificados, Él nos purificará en el purgatorio y nos volverá inmaculados. Al dar a María esta gracia desde el primer momento de su concepción, Dios nos muestra una imagen de nuestro propio destino. Él nos muestra que esto es posible para los seres humanos a través de su gracia.

En palabras de San Juan Pablo II, podemos decir que “María, al lado de su Hijo, es la imagen más perfecta de la libertad y de la liberación de la humanidad y del cosmos. La Iglesia debe mirar hacia ella, Madre y Modelo, para comprender en su integridad el sentido de su misión”.

“Fijemos, por tanto, nuestra mirada en María, icono de la Iglesia peregrina en el desierto de la historia, pero orientada a la meta gloriosa de la Jerusalén celestial, donde resplandecerá como Esposa del Cordero, Cristo Señor”.

7. ¿Era necesario para Dios que María fuera inmaculada en su concepción para que pudiera ser Madre de Jesús?

No. La Iglesia sólo habla de la Inmaculada Concepción como algo que era "apropiado", algo que hizo de María una "morada apropiada" (es decir, una vivienda adecuada) para el Hijo de Dios, no algo que era necesario.

Al respecto, los padres de la Iglesia afirmaron “que la misma santísima Virgen fue por gracia limpia de toda mancha de pecado y libre de toda mácula de cuerpo, alma y entendimiento, y que siempre estuvo con Dios, y unida con Él con eterna alianza, y que nunca estuvo en las tinieblas, sino en la luz, y, de consiguiente, que fue aptísima morada para Cristo, no por disposición corporal, sino por la gracia original”, explicó el Papa Pío IX.

“Pues no caía bien que aquel objeto de elección fuese atacado, de la universal miseria, pues, diferenciándose inmensamente de los demás, participó de la naturaleza, no de la culpa; más aún, muy mucho convenía que como el unigénito tuvo Padre en el cielo, a quien los serafines ensalzan por Santísimo, tuviese también en la tierra Madre que no hubiera jamás sufrido mengua en el brillo de su santidad”.

Fuente:  ncregister.com/


02 diciembre 2021

Una historia del cristianismo

Pedro López

Sin búsqueda, probablemente se habría extinguido la humanidad

 Si resumiéramos muy sucintamente la historia de la humanidad, convergeríamos en que desde los albores de nuestra especie se manifiesta una incansable tendencia hacia lo divino, lo inasible, lo infinito, lo inmortal. Cada uno busca en su interior lo que intuye que puede hacerle feliz, aunque no siempre sepa cómo y ni tan siquiera acierte a alcanzarlo. Es verdad que esa búsqueda no ha sido siempre con tino, ni exitosa; pero, sin búsqueda, probablemente se habría extinguido la humanidad.

Acertar en esta cuestión, permanente e inevitable en mi opinión, quizá no pueda lograrse sin una intervención divina en la historia, de manera que las personas y sociedades, aunque se desmanden, siempre puedan tener la capacidad de regresar de la barbarie.

Nosotros no nos saciamos con meros cacharros instrumentales, meras certidumbres científicas, más o menos provechosas. Necesitamos una aserción definitiva, algo que dé sentido y corone nuestra vida. Y eso no puede ser cualquier cosa perecedera o efímera, teniendo en cuenta nuestra mortalidad.

Para conseguirlo es necesario la libertad. Hoy asistimos a un abuso exasperante de que todos hayan de pensar y creer en lo que propone la religión laicista del Estado. Este poder quiere obligar a los ciudadanos a formar un único grupo, un pensamiento dogmático y monolítico. Para ello está dispuesto a fulminar a quien tenga la osadía de contradecirlo y no sujetarse a la corrección establecida, lo que ahoga a la persona que se siente diversa. Está a la vista de todos. Incluso en las democracias como puede ser la nuestra.

Es preciso rebelarse, en nombre de la libertad, contra esas pretensiones y reflexionar acerca del sentido religioso de la vida, que es la búsqueda de una verdad salvadora. Esta misión es inherente al corazón humano, por mucho que ahora mismo se sofoque e incluso se persiga. Hay que dejar que los demás reflexionen y que puedan manifestar lo que piensan, sin demonizarlos. Para ello es preciso sujetarse a argumentos y narrativas coherentes, lo cual no está al alcance de todos, y menos de los impostores que se consideran referentes y transmiten eslóganes de lo que hay que pensar y decir.

Las creencias o certidumbres razonadas y razonables nos mantienen en tensión, en continua renovación: son sanadoras. Si decaen, menguan las ganas de vivir y las sociedades envejecen y declinan por falta de renovación.

¡La reunión más esperada ahora disponible doblada en español! Sólo en HBO España¿Recuerdas sus voces?

Tom Holland, en su reciente libro Dominio, con subtitulo en español de Una nueva historia del cristianismo, nos cuenta cómo el cristianismo ha sido la revolución más radical de la historia de la humanidad, cuyos efectos perduran aunque muchos ahora no pisen una iglesia. Él es agnóstico; pero estudiando la época clásica (Grecia y Roma, de la que es experto) concluyó que la civilización occidental no es una mera continuación: sus valores no son los nuestros. Llevado por su afán investigador, concluyó que lo que marca a Europa es el Medievo cristiano. Para Holland, vivir en un país moderno es hacerlo desde un profundo enraizamiento en lo cristiano, a pesar de que algunos detesten de lo que se nutren. No en vano, la narrativa cristiana tiene dos mil años, y no nos entenderíamos a nosotros mismos sin ese humus, en el que vivimos y del que, incluso sin saberlo, respiramos.

Fuente: levante-emv.com/


José, hombre justo y esposo de María

 El Papa ayer en el Ángelus


Catequesis sobre san José 3. 

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

Seguimos nuestro camino de reflexión sobre la figura de san José. Hoy quisiera profundizar en su ser “justo” y “desposado con María”, y dar así un mensaje a todos los novios, también a los recién casados. Muchas historias relacionadas con José llenan los pasajes de los evangelios apócrifos, es decir, no canónicos, que han influido también en el arte y diferentes lugares de culto. Estos escritos que no están en la Biblia —son historias que la piedad cristiana hacía en esa época— responden al deseo de colmar los vacíos narrativos de los Evangelios canónicos, los que están en la Biblia, los cuales nos dan todo lo que es esencial para la fe y la vida cristiana.

El evangelista Mateo. Esto es importante: ¿qué dice el Evangelio sobre José? No qué dicen esos evangelios apócrifos, que no son una cosa fea o mala; son bonitos, pero no son la Palabra de Dios. En cambio, los Evangelios, que están en la Biblia, son la Palabra de Dios. Entre estos el evangelista Mateo que define José como hombre “justo”. Escuchamos su pasaje: «La generación de Jesucristo fue de esta manera: Su madre, María, estaba desposada con José y, antes de estar juntos ellos, se encontró encinta por obra del Espíritu Santo. Su marido José como era justo y no quería ponerla en evidencia, resolvió repudiarla en secreto» (1,18-19). Porque los novios, cuando la novia no era fiel o se quedaba embarazada, ¡tenían que denunciarla! Y las mujeres en aquella época eran lapidadas. Pero José era justo. Dice: “No, esto no lo haré. Me quedaré callado”.

Para comprender el comportamiento de José en relación con María, es útil recordar las costumbres matrimoniales del antiguo Israel. El matrimonio comprendía dos fases muy definidas. La primera era como un noviazgo oficial, que conllevaba ya una situación nueva: en particular la mujer, incluso viviendo aún en la casa paterna todavía durante un año, era considerada de hecho “mujer” del prometido esposo. Todavía no vivían juntos, pero era como si fuera la esposa. El segundo hecho era el traslado de la esposa de la casa paterna a la casa del esposo. Esto sucedía con una procesión festiva, que completaba el matrimonio. Y las amigas de la esposa la acompañaban allí. En base a estas costumbres, el hecho de que «antes de estar juntos ellos, se encontró encinta», exponía a la Virgen a la acusación de adulterio. Y esta culpa, según la Ley antigua, tenía que ser castigada con la lapidación (cf. Dt 22,20-21). Sin embargo, en la praxis judía sucesiva se había afianzado una interpretación más moderada que imponía solo el acto de repudio, pero con consecuencias civiles y penales para la mujer, pero no la lapidación.

El Evangelio dice que José era “justo” precisamente por estar sujeto a la ley como todo hombre pío israelita. Pero dentro de él el amor por María y la confianza que tiene en ella le sugieren una forma que salva la observancia de la ley y el honor de la esposa: decide repudiarla en secreto, sin clamor, sin someterla a la humillación pública. Elige el camino de la discreción, sin juicio ni venganza. ¡Pero cuánta santidad en José! Nosotros, que apenas tenemos una noticia un poco folclorista o un poco fea sobre alguien, ¡vamos enseguida al chismorreo! José sin embargo está callado.

Pero añade enseguida el evangelista Mateo: «Así lo tenía planeado, cuando el Ángel del Señor se le apareció en sueños y le dijo: “José, hijo de David, no temas tomar contigo a María tu mujer porque lo engendrado en ella es del Espíritu Santo. Dará a luz un hijo, y tú le pondrás por nombre Jesús porque él salvará a su pueblo de sus pecados”» (1,20-21). Interviene en el discernimiento de José la voz de Dios que, a través de un sueño, le desvela un significado más grande de su misma justicia. ¡Y qué importante es para cada uno de nosotros cultivar una vida justa y al mismo tiempo sentirnos siempre necesitados de la ayuda de Dios! Para poder ampliar nuestros horizontes y considerar las circunstancias de la vida desde un punto de vista diferente, más amplio. Muchas veces nos sentimos prisioneros de lo que nos ha sucedido: “¡Pero mira lo que me ha pasado!” y nosotros permanecemos prisioneros de esa cosa mala que nos ha pasado; pero precisamente ante algunas circunstancias de la vida, que nos parecen inicialmente dramáticas, se esconde una Providencia que con el tiempo toma forma e ilumina de significado también el dolor que nos ha golpeado.  La tentación es cerrarnos en ese dolor, en ese pensamiento de las cosas no bonitas que nos suceden a nosotros. Y esto no hace bien. Esto lleva a la tristeza y a la amargura. El corazón amargo es muy feo.

Quisiera que nos detuviéramos a reflexionar sobre un detalle de esta historia narrada por el Evangelio y que muy a menudo descuidamos. María y José son dos novios que probablemente han cultivado sueños y expectativas respecto a su vida y a su futuro. Dios parece entrar como un imprevisto en su historia y, aunque con un esfuerzo inicial, ambos abren de par en par el corazón a la realidad que se pone ante ellos.

Queridos hermanos y hermanas, muy a menudo nuestra vida no es como la habíamos imaginado. Sobre todo, en las relaciones de amor, de afecto, nos cuesta pasar de la lógica del enamoramiento a la del amor maduro. Y se debe pasar del enamoramiento al amor maduro. Vosotros recién casados, pensad bien en esto. La primera fase siempre está marcada por un cierto encanto, que nos hace vivir inmersos en un imaginario que a menudo no corresponde con la realidad de los hechos. Pero precisamente cuando el enamoramiento con sus expectativas parece terminar, ahí puede comenzar el amor verdadero. Amar de hecho no es pretender que el otro o la vida corresponda con nuestra imaginación; significa más bien elegir en plena libertad tomar la responsabilidad de la vida, así como se nos ofrece. Es por esto por lo que José nos da una lección importante, elige a María “con los ojos abiertos”. Y podemos decir con todos los riesgos. Pensad, en el Evangelio de Juan, un reproche que hacen los doctores de la ley a Jesús es este: “Nosotros no somos hijos que provienen de allí”, en referencia a la prostitución. Pero porque estos sabían cómo se había quedado embarazada María y querían ensuciar a la madre de Jesús. Para mí es el pasaje más sucio, más demoniaco del Evangelio. Y el riesgo de José nos da esta lección: toma la vida como viene. ¿Dios ha intervenido ahí? La tomo. Y José hace como le había ordenado el Ángel del Señor: de hecho, dice el Evangelio: «Despertándose José del sueño, hizo como el Ángel del Señor le había mandado, y tomó consigo a su mujer.  Y no la conocía hasta que ella dio a luz un hijo, y le puso por nombre Jesús» (Mt 1,24-25). Los novios cristianos están llamados a testimoniar un amor así, que tenga la valentía de pasar de las lógicas del enamoramiento a las del amor maduro. Y esta es una elección exigente, que, en lugar de aprisionar la vida, puede fortificar el amor para que sea duradero frente a las pruebas del tiempo.  El amor de una pareja va adelante en la vida y madura cada día. El amor del noviazgo es un poco —permitidme la palabra— un poco romántico. Vosotros lo habéis vivido todo, pero después empieza el amor maduro, de todos los días, el trabajo, los niños que llegan. Y a veces el romanticismo desaparece un poco. ¿Pero no hay amor? Sí, pero amor maduro. “Pero sabe, padre, nosotros a veces nos peleamos…”. Esto sucede desde el tiempo de Adán y Eva hasta hoy: que los esposos peleen es el pan nuestro de cada día. “¿Pero no se debe pelear?” Sí, se puede. “Y, padre, pero a veces levantamos la voz” – “Sucede”. “Y también a veces vuelan los platos” – “Sucede”. ¿Pero qué hacer para que no se dañe la vida del matrimonio? Escuchad bien: no terminar nunca el día sin hacer las paces. Hemos peleado, yo te he dicho palabrotas, Dios mío, te he dicho cosas feas. Pero ahora termina la jornada: tengo que hacer las paces. ¿Sabéis por qué? Porque la guerra fría al día siguiente es muy peligrosa. No dejéis que el día siguiente empiece con una guerra. Por eso hacer las paces antes de ir a la cama. Recordadlo siempre: nunca terminar el día sin hacer las paces. Y esto os ayudará en la vida matrimonial. Este recorrido del enamoramiento al amor maduro es una elección exigente, pero tenemos que ir sobre ese camino.

Y también esta vez concluimos con una oración a san José.

San José,
tú que has amado a María con libertad,
y has elegido renunciar a tu imaginario para hacer espacio a la realidad,
ayuda a cada uno de nosotros a dejarnos sorprender por Dios
y a acoger la vida no como un imprevisto del que defendernos,
sino como un misterio que esconde el secreto de la verdadera alegría.
Obtén para todos los novios cristianos la alegría y la radicalidad,
pero conservando siempre la conciencia
de que solo la misericordia y el perdón hacen posible el amor. Amén.


Saludos:

Saludo cordialmente a los peregrinos de lengua española. Hoy quiero dirigirme de un modo especial a todos los novios cristianos. Ustedes están llamados a testimoniar un amor como el de María y José, un amor que pase del enamoramiento a la madurez, para que sea pleno y duradero. Pídanle a san José —que fue valiente en este paso— que los ayude a vivir el noviazgo con alegría y con radicalidad. Que Dios los bendiga. Muchas gracias.


Fuente: vatican.va