04 enero 2023

El acompañamiento espiritual

 El Papa en la Audiencia General


Catequesis sobre el discernimiento 14. 

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

Antes de comenzar esta catequesis, quisiera que nos uniéramos a los que, aquí al lado, están rindiendo homenaje a Benedicto XVI y dirijo mi pensamiento a él, que fue un gran maestro de catequesis. Su pensamiento agudo y educado no era autorreferencial, sino eclesial, porque siempre quiso acompañarnos al encuentro con Jesús. Jesús, el Crucificado resucitado, el Viviente y el Señor, fue la meta a la que nos condujo el Papa Benedicto, llevándonos de la mano. Que nos ayude a redescubrir en Cristo la alegría de creer y la esperanza de vivir.

Con esta catequesis de hoy concluimos el ciclo dedicado al tema del discernimiento, y lo hacemos completando el discurso sobre las ayudas que pueden y deben sostenerlo: sostener el proceso de discernimiento. Una de ellas es el acompañamiento espiritual, importante, en primer lugar, para el conocimiento de uno mismo, que hemos visto que es una condición indispensable para el discernimiento. Mirarse en el espejo, a solas, no siempre ayuda, porque uno puede fantasear la imagen. En cambio, mirarse al espejo con la ayuda de otro, eso ayuda mucho porque el otro te dice la verdad —cuando es veraz— y así te ayuda.

La gracia de Dios en nosotros siempre actúa sobre nuestra naturaleza. Pensando en una parábola evangélica, podemos comparar la gracia a la buena semilla y la naturaleza a la tierra (cf. Mc 4,3-9). Es importante, en primer lugar, darnos a conocer, sin tener miedo a compartir los aspectos más frágiles, en los que nos descubrimos más sensibles, débiles o temerosos de ser juzgados. Darse a conocer, manifestarse a una persona que nos acompañe en el viaje de la vida. No que decida por nosotros, no: que nos acompañe. Porque la fragilidad es, en realidad, nuestra verdadera riqueza: somos ricos en fragilidad, todos; la verdadera riqueza, que debemos aprender a respetar y acoger, porque, cuando se la ofrecemos a Dios, nos hace capaces de ternura, de misericordia y de amor. Ay de las personas que no se sienten frágiles: son duras, dictatoriales. En cambio, las personas que reconocen con humildad sus propias fragilidades son más comprensivas con los demás. La fragilidad —diría— nos hace humanos. No es casualidad que la primera de las tres tentaciones de Jesús en el desierto —la relacionada con el hambre— intente robarnos nuestra fragilidad, presentándonosla como un mal del que hay que deshacerse, un impedimento para ser como Dios. En cambio, es nuestro tesoro más preciado: de hecho, Dios, para hacernos semejantes a Él, quiso compartir hasta el final nuestra propia fragilidad. Miremos el crucifijo: Dios que baja precisamente a la fragilidad. Miremos al pesebre donde llega con una fragilidad humana grande. Él compartió nuestra fragilidad.

Y el acompañamiento espiritual, si es dócil al Espíritu Santo, ayuda a desenmascarar malentendidos, incluso graves, en la consideración que tenemos de nosotros mismos y en nuestra relación con el Señor. El Evangelio presenta varios ejemplos de conversaciones clarificadoras y liberadoras hechas por Jesús. Pensemos, por ejemplo, en la de la Samaritana, que leemos, leemos, y siempre hay esa sabiduría y ternura de Jesús; pensemos en la que tuvo con Zaqueo, con la mujer pecadora, con Nicodemo y con los discípulos de Emaús: la manera de acercarse del Señor. Las personas que tienen un verdadero encuentro con Jesús no temen abrirle su corazón, presentarle su vulnerabilidad, su propia insuficiencia, su propia fragilidad. De este modo, su compartir se convierte en una experiencia de salvación, de perdón libremente recibido.

Contar ante otra persona lo que hemos vivido o lo que buscamos ayuda a aportar claridad en nuestro interior, sacando a la luz los muchos pensamientos que nos habitan y que a menudo nos perturban con sus insistentes estribillos. Cuántas veces, en momentos oscuros, tenemos pensamientos así: “Lo he hecho todo mal, no valgo nada, nadie me comprende, nunca tendré éxito, estoy destinado al fracaso”, cuántas veces se nos ha ocurrido pensar estas cosas. Pensamientos falsos y venenosos, que la confrontación con el otro ayuda a desenmascarar, para sentirnos amados y estimados por el Señor por lo que somos, capaces de hacer cosas buenas por Él. Descubrimos con sorpresa formas distintas de ver las cosas, signos de bondad que siempre han estado presentes en nosotros. Es verdad, podemos compartir nuestras fragilidades con el otro, con el que nos acompaña en la vida, en la vida espiritual, el maestro de vida espiritual, sea laico, sea sacerdote, y decir: “Mira lo que me pasa: soy un desgraciado, me pasan estas cosas”. Y quien nos acompaña responde: “Sí, todos pasamos estas cosas”. Esto nos ayuda a aclararlas bien y ver de dónde vienen las raíces y así superarlas.

Quien acompaña —el acompañante o la acompañante— no sustituye al Señor, no hace el trabajo en lugar del acompañado, sino que camina a su lado, le anima a leer lo que se mueve en su corazón, el lugar por excelencia donde habla el Señor. El acompañante espiritual, al que llamamos director espiritual —no me gusta este término, prefiero acompañante espiritual, es mejor—, es el que te dice: “Muy bien, pero mira aquí, mira aquí”, te llama la atención sobre cosas que pueden estar pasando; te ayuda a comprender mejor los signos de los tiempos, la voz del Señor, la voz del tentador, la voz de las dificultades que no logras superar. Por eso es muy importante no caminar solos. Hay un dicho en la sabiduría africana —porque tienen esa mística de la tribu— que dice: “Si quieres ir rápido, ve solo; si quieres llegar lejos, ve acompañado”, ve acompañado, ve con tu gente. Esto es importante. En la vida espiritual es mejor estar acompañado por alguien que conozca nuestras cosas y nos ayude. Y eso es acompañamiento espiritual.

Este acompañamiento puede ser fructífero si, ambas partes, han experimentado la filiación y la fraternidad espiritual. Descubrimos que somos hijos de Dios cuando descubrimos que somos hermanos, hijos del mismo Padre. Por eso es indispensable formar parte de una comunidad en camino. No estamos solos, somos gente de un pueblo, de una nación, de una ciudad que camina, de una Iglesia, de una parroquia, de este grupo... una comunidad en camino. No vamos solos al Señor: esto no está bien. Tenemos que entenderlo. Como en el relato evangélico del paralítico, a menudo somos sostenidos y curados gracias a la fe de otra persona (cf. Mc 2,1-5); que nos ayuda a avanzar, porque todos tenemos a veces parálisis interiores y hace falta alguien que nos ayude a superar ese conflicto con su ayuda. No vamos solos al Señor, recordémoslo; otras veces, somos nosotros quienes asumimos ese compromiso por otro hermano o hermana. Y somos acompañantes para ayudar al otro. Sin una experiencia de filiación y fraternidad, el acompañamiento puede dar lugar a expectativas irreales, malentendidos y formas de dependencia que dejan a la persona en un estado infantil. Acompañamiento, pero como hijos de Dios y hermanos con nosotros.

La Virgen María es maestra de discernimiento: habla poco, escucha mucho y guarda en su corazón (cf. Lc 2,19). Las tres actitudes de la Virgen: hablar poco, escuchar mucho y guardar en el corazón. Y las pocas veces que habla, deja huella. Por ejemplo, en el Evangelio de Juan, hay una frase muy breve pronunciada por María que es una consigna para los cristianos de todos los tiempos: «Hagan lo que Él les diga» (cf. 2,5). Es curioso: una vez oí a una anciana muy buena, muy piadosa; no había estudiado teología, nada. Era muy sencilla. Y me dijo: “¿Sabe el gesto que hace siempre la Virgen?”. No sé: te mima, te llama... “No, el gesto que hace la Virgen es éste” [señala con el índice]. No entendí y le pregunté: “¿Qué significa?” . Y la anciana me contestó: “Siempre señala a Jesús”. Qué bonito: la Virgen no toma nada para sí, señala a Jesús. Hagan lo que Jesús les diga: así es la Virgen. María sabe que el Señor habla al corazón de cada uno, y nos pide que traduzcamos esta palabra en acciones y opciones. Ella supo hacerlo mejor que nadie, y de hecho está presente en los momentos fundamentales de la vida de Jesús, especialmente en la hora suprema de su muerte de cruz.

Queridos hermanos y hermanas, terminamos esta serie de catequesis sobre el discernimiento: el discernimiento es un arte, un arte que se puede aprender y que tiene sus propias reglas. Si se aprende bien, permite vivir la experiencia espiritual de manera cada vez más bella y ordenada. Ante todo, el discernimiento es un don de Dios, que hay que pedir siempre, sin presumir nunca de experto y autosuficiente. Señor, dame la gracia de discernir en los momentos de la vida, qué tengo que hacer, qué tengo que entender. Dame la gracia de discernir, y dame la persona que me ayude a discernir.

La voz del Señor siempre se reconoce, tiene un estilo único, es una voz que apacigua, anima y tranquiliza en las dificultades. El Evangelio nos lo recuerda constantemente: «No temas» que bellas las palabras del ángel a María después de la resurrección de Jesús; «no temas», «no tengáis miedo», es justo el estilo del Señor: «no temas». «¡No temas!», nos repite el Señor hoy también a nosotros; «no temas»: si confiamos en su palabra, jugaremos bien el partido de la vida, y podremos ayudar a los demás. Como dice el Salmo, su Palabra es lámpara para nuestros pasos y luz en nuestro camino (cf. 119.105). Gracias.


 

Saludos

Saludo cordialmente a los peregrinos de lengua española. Pidamos a la Virgen María, maestra de discernimiento, que nos ayude a crecer en la vida interior y a caminar, como los magos de Oriente, confiando en las mediaciones que nos guían hacia su Hijo Jesús. Que Dios los bendiga. Muchas gracias.


 Resumen leído por el Santo Padre en español

Queridos hermanos y hermanas:

Antes de comenzar, quiero pedirles que nos unamos a cuantos en este momento están rezando por Benedicto XVI en la basílica. Él fue un gran catequista que nos ayudó a descubrir la alegría de creer y la esperanza de vivir en Cristo.

Hoy finalizamos el ciclo dedicado al discernimiento, y lo hacemos hablando del acompañamiento espiritual. Dejarnos acompañar, es decir, confrontar nuestra vida con otra persona que tenga experiencia en este ámbito, estando abiertos —tanto el acompañado como el acompañante— a la acción del Espíritu Santo, es de gran ayuda para conocernos a nosotros mismos y poder así desenmascarar engaños, confusiones o dudas que impidan nuestro seguimiento del Señor.

La persona que acompaña no sustituye a Dios, sino que camina junto a la persona acompañada y la anima a leer lo que se mueve en su corazón, que es el lugar privilegiado donde habla el Señor.

El modelo por excelencia en el arte de discernir y acompañar es la Virgen María. Ella habla poco, escucha mucho y medita en su corazón. Lo hace con humildad, sin considerarse experta o autosuficiente. María, discípula y misionera, nos enseña a no tener miedo, a alabar a Dios en cada circunstancia de nuestra vida y a “hacer todo lo que Él nos diga” (cf. Jn 2,5).

Fuente: vatican.va

Benedicto XVI. Un siglo sirviendo a la verdad

Juan Luis Selma

El Papa emérito Benedicto XVI muere a los 95 años tras más de nueve en el retiro.

¿Quién era Benedicto XVI? La respuesta fácil es un papa, un líder de la Iglesia, un hombre de Dios. Sin duda que es todo eso, pero yo diría que fue un buscador de la verdad. Alguien convencido de que la razón, chispa del pensamiento divino en nosotros, don de Dios es el camino para ser humanos. Un hombre que no tiene miedo a pensar, que no ve ninguna incompatibilidad entre la fe y la razón. Un estudioso de Dios y del ser humano. Un gran maestro que nos enseña los misterios de la vida: que la grandeza del hombre le viene de su semejanza y procedencia de Dios.

Nos decía: “El hombre lleva en sí mismo una sed de infinito, una nostalgia de eternidad, una búsqueda de belleza, un deseo de amor, una necesidad de luz y de verdad, que lo impulsan hacia el Absoluto; el hombre lleva en sí mismo el deseo de Dios”. Pocos pensamientos pueden ser tan profundos, claros y, a la vez, sencillos. Cuando nos paramos, cuando nos atrevemos a pensar y hacer oración nuestro pensamiento, llegamos a esta conclusión. Necesitamos del Absoluto, de la grandeza y belleza que sanen nuestra fealdad y pequeñez.

Un gran conocedor del hombre moderno. Por eso puede afirmar: “Sí, hay muchos que, creyéndose dioses, piensan no tener necesidad de más raíces ni cimientos que ellos mismos. Desearían decidir por sí solos lo que es verdad o no, lo que es bueno o malo, lo justo o lo injusto; decidir quién es digno de vivir o puede ser sacrificado en aras de otras preferencias; dar en cada instante un paso al azar, sin rumbo fijo, dejándose llevar por el impulso de cada momento. Estas tentaciones siempre están al acecho”. Es consciente de nuestra debilidad enmascarada en aires de grandeza. Pero solo desde la humildad, que como santa Teresa decía “es andar en verdad”, podemos liberarnos de nuestra ceguera.

Comenzó su pontificado con estas palabras: “Después del gran Papa Juan Pablo II, los señores cardenales me han elegido a mí, un simple y humilde trabajador de la viña del Señor. Me consuela el hecho de que el Señor sabe trabajar y actuar incluso con instrumentos insuficientes, y sobre todo me encomiendo a vuestras oraciones”. Vino a trabajar y, cuando le faltaron las fuerzas, supo retirarse: "Después de haber examinado ante Dios reiteradamente mi conciencia, he llegado a la certeza de que, por la edad avanzada, ya no tengo fuerzas para ejercer adecuadamente el ministerio petrino". Una muestra más de su amor a la verdad. De ser un espíritu libre.

Con su gran inteligencia y profundos estudios llegó a acercarse a qué es y dónde se encuentra la verdad: “Nosotros no poseemos la verdad, es la Verdad quien nos posee a nosotros. Cristo, que es la Verdad, nos toma de la mano”. Por eso sabía que quien renuncia a Cristo no es realmente inteligente, que no es sabio vivir como si Dios no existiera. Es más listo quien, con escasa o nula fe, vive como si Dios existiera. De esto solo puede sacar beneficios.

Benedicto XVI es todo un Padre de la Iglesia y un Maestro de humanidad. En uno de sus libros se plantea qué es lo que más necesitamos, si la verdad o el amor. Responde con gran clarividencia que lo que queremos es que nos quieran de verdad. Enigma resuelto.

“En vista de la hora del juicio, se hace evidente para mí la gracia de ser cristiano. Ser cristiano me da conocimiento y, más aún, amistad con el juez de mi vida y me permite atravesar con confianza la oscura puerta de la muerte”, escribía hace unos días. Seguro que Cristo, que es la Verdad, le ha dado un gran abrazo. Descanse en paz.

Fuente: eldiadecordoba.es

Benedicto XVI y su juicio ante Dios

José Antonio García-Prieto Segura


“¿Qué le dirá al Todopoderoso cuando esté delante de él?” Y el papa emérito contestó: “Le pediré que sea indulgente con mi insignificancia”

Descanse en la paz del Señor el “Mozart de la teología”, como llamó elogiosamente el cardenal J. Meisner, al futuro Benedicto XVI, por la profundidad y belleza de su pensamiento teológico. Hace tres días, Francisco pedía oraciones por el Papa emérito, “que en silencio está sosteniendo la Iglesia (..): está muy enfermo, pedimos al Señor que lo consuele y lo sostenga en este testimonio de amor a la Iglesia hasta el final” (Audiencia, 28-XII-22). A lo largo de casi diez años, hemos comprobado la verdad de estas palabras, porque desde su renuncia en febrero de 2013 hasta el momento de entregar su alma a Dios, Benedicto XVI ha seguido siendo un ejemplo de amor a la Iglesia, escondido ya a las miradas del mundo, en su recogimiento de silencio y oración.

Escribo estas líneas cuando, hace apenas tres horas, el alma de Joseph Ratzinger se ha presentado cara a cara ante Dios. El mismo Benedicto XVI nos recordará hoy esos momentos de su paso a la eternidad, y de los que, estando aún en vida, nos habló de ellos. Lo hizo con respuestas claras en la entrevista con Peter Seewald, y recogidas por éste en Últimas conversaciones. En este libro Benedicto XVI nos muestra su corazón, yo diría que abriéndolo de par en par, con la extrema sencillez y humildad que ha caracterizado su existencia. Dejo ya paso a sus palabras -acotándolas un poco-, en las respuestas a Seewald.

“¿Siente también un papa emérito miedo a la muerte? ¿O al menos miedo a morir?

“En cierto sentido, sí. En primer lugar, siento temor convertirme en una carga para otras personas a consecuencia de un largo período de discapacidad. Eso me entristecería mucho. (…) Y lo segundo es que, por mucha confianza que tenga en que el buen Dios no puede rechazarme, cuanto más cerca estoy de su rostro, tanto más fuertemente me percato de cuántas cosas he hecho mal.”

Es como un breve y sincero examen de conciencia que, con las fuertes luces del Espíritu, le lleva a resaltar su condición pecadora. Con todo, su honda fe le hace confiar a la vez en el amor misericordioso de Dios. Por eso, concluye Benedicto:

“En este sentido, también el lastre de la culpa le oprime a uno, aunque la confianza fundamental está, por supuesto siempre ahí” (P. Seewald, Últimas conversaciones, Cap. I, p. 40)

Ante esta sincera respuesta, el periodista porfía en el tema y continúa:

“¿Qué le oprime a Ud. en ese sentido?”

Y Benedicto, que sigue sin esconderse, contesta:

“Pues que sin cesar hay personas a las que uno no satisface, a las que no trata bien. ¡Ah, son tantos y tantos detalles, no grandes asuntos, gracias a Dios! Pero sí muchas cosas en las que uno no tiene más remedio que reconocer que podría y debería haber actuado mejor, en las que uno no ha sido del todo justo con las personas, con la realidad” (Ibid. p. 40)

Finalmente, por lo que mira al momento del juicio, llega la pregunta decisiva:

“¿Qué le dirá al Todopoderoso cuando esté delante de él?”

Y el papa emérito: “Le pediré que sea indulgente con mi insignificancia” (Ibid. p.40)

Cuando hace años leí el libro, estos pasajes me cautivaron seriamente porque transparentan la honda humanidad y humildad de un hombre conquistado por la verdad luminosa de la fe que, precisamente por eso, le llevaba a verse a sí mismo como pura nimiedad, ante la infinita grandeza divina que él intuye y ama. Frente al juicio de un Dios excelso y majestuoso, el “Mozart de la teología” se veía, como principiante, como “polvillo en la balanza” que dice Isaías (40, 15) de las naciones del orbe.

Frente a ese autoexamen humilde de Benedicto XVI, basta haber conocido un poco su trayectoria existencial y su obra teológica, para agradecer al Señor el buen instrumento que, con su gracia, ha sido para la Iglesia y el mundo. La “insignificancia” personal, que Benedicto ha colocado en el platillo de la balanza de su conciencia, yo quisiera contrapesarla con otro platillo en el que colocaría sus indudables méritos. Me referiré, brevísimamente, solo a tres, aunque no faltarán lectores que añadirían muchos más.

El primero es su disponibilidad plena en el servicio a la Iglesia. En 1981 dejó todo cuanto llevaba entre manos como arzobispo de Munich, para trabajar junto a Juan Pablo II como éste le había pedido. Nombrado Prefecto de la Congregación para la doctrina de la Fe, trabajó silenciosa y eficazmente durante 23 años hasta que, nuevamente requerido por el servicio a la Iglesia, hubo de empuñar el timón de Pedro en 2005, hasta su renuncia en 2013. Fue un período sumamente difícil en la vida de la Iglesia y del mundo, que daría para escribir varios libros. Destacaría su decisiva aportación y extenuante trabajo para sacar adelante, en 1992, el Catecismo de la Iglesia Católica. Y ya como Benedicto XVI, además de sus maravillosas encíclicas y otros escritos magisteriales, su libro, no menos profundo y espiritual a la vez, Jesús de Nazaret.

Un segundo capítulo de méritos lo situaría en el empeño por mostrar, a través de sus publicaciones y estudios teológicos, la plena armonía entre las verdades que nos ofrece la fe, y las alcanzadas por la filosofía y las ciencias experimentales a través de la razón. Ha sido un empeño que latía al unísono con su amor por la verdad, allá donde ésta se encontrase.

Como tercer título de méritos para el “platillo bueno” de la balanza, destacaría su rectitud de intención, poniendo a Dios en el centro de sus motivaciones. Esto también tiene que ver con el amor a la verdad porque, a fin de cuentas, el valor y el peso de nuestras vidas depende, directamente, de la limpieza de miras por la que nos hayamos movido en nuestras actuaciones. A juzgar por las conocidas obras y palabras de Benedicto XVI, diría que más allá de sus errores ─por él mismo reconocidos como queda dicho─-, el balance humano de su vida arrojaría, por su rectitud, cuanto menos un “notable”. Y ¡no digamos nada si es Dios quien juzga, porque siempre lo hace con su infinita misericordia!

Son tres aspectos de su vida que nos llaman a examen y en causa a nosotros, y más si somos cristianos: la disponibilidad para el servicio a los demás y las causas nobles; el amor a la verdad; y el movernos en la vida no por intereses egoístas, sino por motivaciones superiores, con rectitud y amor de Dios.

El Señor lo ha llamado a la Casa del Padre un sábado, día especialmente mariano en la vida cristiana, y en vísperas de la Maternidad divina de María, que celebramos el 1 de enero. También Ella lo habrá acogido como buena Madre.  

* * *

P. S. Tenía escritas estas reflexiones, que serían prescindibles después de haber leído el testimonio personal y cercano del Prelado del Opus Dei, que trabajó varios años con el futuro Benedicto XVI. Ni que decir tiene que aconsejo vivamente su lectura.

Fuente: religion.elconfidencialdigital.com

03 enero 2023

La puerta del 2023. Un año sin IVA

Juan Luis Selma

"Abrir la puerta a Cristo, al Niño que acaba de nacer, es la mejor elección que podemos hacer para acertar"

Hoy comienza un nuevo año. Hemos pasado unas navidades tranquilas, hogareñas, distendidas. Parece que el dichoso virus nos da una tregua y la aprovechamos. Seguramente hemos llenado el depósito del coche, por aquello de los veinte céntimos. Solo resta esperar que los Reyes Magos sean generosos y no tengan ningún percance en estos días. Estamos dispuestos a recibir todos los regalos que pensamos que nos merecemos.

El Gobierno también ha estado generoso y nos ha rebajado el IVA en algunos alimentos. Bien nos vendrá, y sería de tontos no beneficiarnos de su dadivosidad. No parece que vaya a ser un año fácil, así que vamos a aprovechar todas las oportunidades.

Empezar con buen pie, acertar, escoger el mejor camino, no dejar pasar las ocasiones, rendir al máximo, intentar que este año las cosas nos vayan mejor son propósitos que todos tenemos. ¿Cuál será la mejor puerta para entrar bien en el 2023? Es lo que llevo planteándome estos días. Cuando uno va escaso de recursos, cuando se ve pobre, no puede permitirse el lujo de perderse por la puerta equivocada.

Hago mías las recientes consideraciones del predicador de la Casa Pontificia, el Cardenal Raniero Cantalamessa: “La gran puerta que el hombre puede abrir o cerrar a Cristo es una y se llama libertad. Sin embargo, ella se abre de tres maneras distintas, o según tres tipos distintos de decisiones que podemos considerar como tres puertas: la fe, la esperanza y la caridad. Todas son puertas especiales: se abren por dentro y por fuera al mismo tiempo: con dos llaves, una de las cuales está en manos del hombre, la otra de Dios, el hombre no puede abrirlas sin la ayuda de Dios y Dios no quiere abrirlas sin la colaboración del hombre”.

Abrir la puerta a Cristo, al Niño que acaba de nacer, es la mejor elección que podemos hacer para acertar. Todos hemos celebrado la Navidad, pero con distinto resultado. Unos las han disfrutado más que otros. Yo pensaba que eran los niños los que mejor se lo han pasado, pero hablando con una religiosa de clausura, me ha asegurado que las que más han disfrutado han sido ellas. Y estoy convencido de que así ha sido: se las veía felices, dichosas, más que los niños.

La puerta de la fe, la que lleva a Dios, es la mejor. Nos dice la Biblia: “El Señor habló a Moisés: Di a Aarón y a sus hijos, esta es la fórmula con la que bendeciréis a los hijos de Israel: 'El Señor te bendiga y te proteja, ilumine su rostro sobre ti y te conceda su favor. El Señor te muestre su rostro y te conceda la paz'. Así invocarán mi nombre sobre los hijos de Israel y yo los bendeciré”.

Mi propósito en este nuevo tiempo que empezamos es el de aprovechar todas las bendiciones del cielo. Almacenar los dones que Dios me mande. No dejar que nada se pierda. No confiar en lo que yo puedo hacer, no quedarme en mí, ni en lo que los hombres podemos dar de sí. Acudir a la fuente que nunca se agota. Ponerme en las manos de Dios. Usar de mi libertad para abrirme a Cristo, a lo grande. Todo lo demás, por bueno que sea, se quedará corto.

Dios no cobra ni impuestos ni IVA. Tiene una fuente inagotable de energía. Es rico en recursos que no necesitan ser renovados. En Dios lo tenemos todo. Si estas navidades nos han dejado un regusto amargo, ha sido porque no hemos tenido lo suficientemente presente a Dios.

El mejor modo de gastar nuestra libertad es buscar a Cristo. Poner el esfuerzo de abrirle las puertas de par en par. De modo especial aquellos que desconfían, que tienen poca fe, que han tenido una mala experiencia, que no le conocen, que tienen prejuicios sobre la Iglesia. Es más libre quien toma la decisión minoritaria, contra cultural. Es más libre porque es una apuesta aparentemente perdedora, arriesgada.

No se es más libre por dejarse llevar por la corriente, por la comodidad, por lo fácil. Hay que hacer el esfuerzo de abrir la puerta de la fe, de la esperanza y del amor. Como dice Cantalamessa se abren desde dentro, tengo que querer yo: libertad. Dios no lo hará sin mi colaboración. Tengo que poner de mi parte, apostar, pero sabiendo que es la apuesta ganadora.

Terminamos rezando por Benedicto XVI y considerando una de sus últimas palabras: “Aunque pueda tener muchos motivos de temor y miedo al mirar hacia atrás en mi larga vida, me alegro, sin embargo, porque creo firmemente que el Señor no sólo es el juez justo, sino también el amigo y el hermano que ya ha sufrido Él mismo mis defectos y es, por tanto, como juez, también mi abogado”. Apostemos por Él.

Fuente: eldiadecordoba.es

 

02 enero 2023

Benedicto XVI se ha ido como vivió

Lucas Buch


Un Papa posmoderno: alguien que no cree en los grandes sistemas, sino que busca al ser humano en su singularidad irrepetible

Benedicto XVI se ha ido como vivió: discretamente, en silencio, con gran serenidad. A los pocos meses de ser elegido como sucesor de san Pedro, Vittorio Messori escribió un artículo en que lo comparaba con su predecesor. San Juan Pablo II había sabido conectar con las multitudes; se sentía a gusto rodeado de miles de personas. Benedicto, en cambio, parecía no encontrarse tan cómodo en ese contexto; prefería el uno a uno, el rostro individual, la persona con una historia única. Para Messori, eso lo convertía en un Papa posmoderno: alguien que no cree en los grandes sistemas, sino que busca al ser humano en su singularidad irrepetible. Eso no lo hacía mejor ni peor que el gran Papa que le precedió: eran distintos y complementarios, como demostró su trabajo en común durante las últimas décadas del siglo XX.

Estos días se publicarán muchos perfiles biográficos del Papa alemán. En realidad, solo la historia nos permitirá calibrar su grandeza. Por eso —y porque los demás serán mejores—, en lugar de añadir un retrato más a esa galería, quisiera proponer algunas lecturas que sirven para acercarse a su figura. No creo que le disguste esta opción, teniendo en cuenta que en el seminario era conocido como el Bücher-Ratz, «el Ratz(inger) de los libros».

Comienzo por una pequeña gran obra: Mi vida (1927-1977). Se trata de unas sencillas memorias que recogen recuerdos, desde la infancia hasta su ordenación episcopal. Aunque es un volumen de pocas páginas, permite acercarse a su personalidad por una vía directa. Además, al describir en la última parte los motivos de su propio escudo episcopal, él mismo hizo —tal vez sin proponérselo— una cierta profecía de lo que iba a ser la segunda mitad de su vida. Junto a este, La sal de la tierra, que es la primera de las cuatro entrevistas que le hizo su biógrafo, Peter Seewald. Tiene la gracia de que, al hacerla, el entrevistador no era precisamente un fan de Joseph Ratzinger. En muchas preguntas le pone contra las cuerdas; pero él no pierde la serenidad, responde con su claridad habitual y la conversación sigue adelante.

Dos libritos ahora para acercarnos a algunas facetas menos conocidas. El primero, El profesor Ratzinger, de G. Valente Es un volumen ágil, que se lee de un tirón, en el que se recogen muchas anécdotas de los años en que Benedicto XVI pudo dedicarse a su vocación primera: la teología. Comienza con sus estudios y recorre su docencia en distintas Universidades, su trabajo en el Concilio, su relación con otros profesores… hasta llegar a las reuniones que tenía —siendo ya arzobispo y luego cardenal— con antiguos doctorandos. Recoge muchos testimonios y recuerdos de maestros, colegas y alumnos. Uno de estos, por ejemplo, apunta que «había como reformulado el modo de dar clase. Leía las lecciones en la cocina a su hermana María, que era una persona inteligente pero no había estudiado teología. Y si su hermana manifestaba su satisfacción, era para él un signo de que la lección iba bien». Otro libro sorprendente es La humildad de Benedicto, escrito por A. Monda. Explora algunos aspectos de su personalidad que han pasado desapercibidos a los grandes medios de comunicación. Su humildad, claro, que da título al volumen, pero también su (serena) alegría. En una preciosa meditación, afirmaba Ratzinger: «Una de las reglas fundamentales del discernimiento de espíritus podría rezar: donde hay tristeza, donde muere el humor, allí no está ciertamente el Espíritu Santo, el Espíritu de Jesucristo. Al revés, la alegría es una señal de gracia». En otro lugar reconocía en la alegría el hilo conductor de todo su pensamiento. El librito de Monda permite tener enseguida una visión de conjunto de estos temas, quizá poco conocidos.

Tratándose de un Papa teólogo, algo habrá que añadir sobre sus ideas. Claro que aquí la recomendación de una obra sola se convierte en una misión imposible… Joseph Ratzinger ha sido testigo y protagonista de la renovación teológica del siglo XX. Perteneció a la generación que tomó el testigo de los pioneros —Daniélou, Congar, von Balthasar, de Lubac…— y que tuvo como tarea la de encarnar en la vida de la Iglesia las riquezas que aquellos habían sabido recuperar. Tuvo un papel activo en los trabajos del Concilio Vaticano II, y asistió, también en primera línea, a las tormentas que lo siguieron. Fue una figura clave en el magisterio de Juan Pablo II, y especialmente en la elaboración del Catecismo de la Iglesia Católica. Con este marco, ¿por dónde empezar? Quien esté interesado en una panorámica, o en asomarse a algún ámbito en particular de su variada obra, puede consultar La teología de Joseph Ratzinger, del profesor P. Blanco. Aunque es un texto de una cierta complejidad, permite hacerse una idea de sus distintas propuestas; además, es posible centrarse en un capítulo o dos, los que correspondan a las cuestiones que más atraigan al lector. Y quien prefiera leer directamente sus escritos… hará muy bien, pero tendrá que ver primero qué temas prefiere explorar. Una visión bastante completa de su teología se logra leyendo su Jesús de Nazaret, que es mucho más que una vida de Cristo. Al hilo de la enseñanza del Señor, propone una visión cristiana del mundo y ofrece repuestas a muchas preguntas actuales. Los más intelectuales disfrutarán —como tantos han disfrutado ya— su Introducción al cristianismo, que es el fruto de un curso dictado en Alemania en los años sesenta y que ciertamente no ha perdido actualidad. Finalmente, quien quiera conocer lo que pensaba del tiempo al que nos acercamos puede leer Fe y futuro, o bien sus Últimas conversaciones.

Con el Papa Ratzinger termina simbólicamente toda una época de la Iglesia contemporánea. Conoció muy de cerca —¡más de veinte años como prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe!— el lado más oscuro de la Esposa de Cristo; y sin embargo se mantuvo fiel a ella, a su lado mejor o, por usar la imagen que él mismo proponía, a la luz que la ilumina Renunció a los tantos tejemanejes mundanos que siguen ensuciándola, y expresó su fe en el misterio que la sostiene al sorprender al mundo, hace ya casi diez años, con su renuncia a la sede romana. Ahora ha fallecido y, tras esa Pascua que ninguno consigue evitar, se habrá presentado frente al rostro de Aquél a quien siempre buscó. No es casual que, en las cubiertas de la primera edición de su obra sobre Jesús, pudieran leerse las palabras del salmo: «De ti ha dicho mi corazón: “Busca su rostro”. Sí, tu rostro, Señor, es lo que busco; no me ocultes tu rostro, no rechaces irritado a tu siervo» (Sal 27, 8-9).

Fuente: jovenescatolicos.es 


01 enero 2023

LVI JORNADA MUNDIAL DE LA PAZ

El Papa en el Ángelus


Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días y feliz añ

El inicio de un nuevo año está encomendado a María Santísima, que hoy celebramos como Madre de Dios. En estas horas invocamos su intercesión en particular por el Papa emérito Benedicto XVI, que ayer por la mañana dejó este mundo. Nos unimos todos juntos, con un único corazón y una única alma, dando gracias a Dios por el don de este fiel servidor del Evangelio y de la Iglesia. Hemos visto recientemente en la televisión, en “Sua Immagine”, toda la actividad y la vida del Papa Benedicto.

Mientras todavía contemplamos a María en la gruta donde nació Jesús, podemos preguntarnos: ¿Con qué lenguaje nos habla la Virgen Santa? ¿Cómo habla María? ¿Qué podemos aprender de ella para este año que comienza? Podemos decir: “Nuestra Señora, enséñanos qué debemos hacer, en este año…”.

En realidad, si observamos la escena que nos presenta la Liturgia de hoy, notamos que María no habla. Ella acoge con sorpresa el misterio que vive, custodia todo en su corazón y, sobre todo, se preocupa del Niño, que —dice el Evangelio— estaba «acostado en el pesebre» (Lc 2,16). Este verbo “acostar” significa colocar con cuidado. Y nos dice que el lenguaje proprio de María es el de la maternidad: cuidar con ternura del Niño. Esta es la grandeza de María: mientras los ángeles hacen una fiesta, los pastores acuden y todos alaban a Dios en voz alta por el acontecimiento que había sucedido, María no habla, no entretiene a los invitados explicando lo que le ha sucedido, no roba el protagonismo —¡a nosotros nos gusta tanto robar el protagonismo! — al contrario, pone en el centro al Niño, cuidándolo con amor. Una poetisa escribió que María «sabía también estar solemnemente muda, […] porque no quería perder de vista a su Dios» (A. Merini, Corpo d’amore. Un incontro con Gesù [Cuerpo de amor. Un encuentro con Jesús], Milán 2001, 114).

Este es el lenguaje típico de la maternidad: la ternura del cuidado. De hecho, después de haber llevado en el vientre durante nueve meses el don de un misterioso prodigio, las madres continúan poniendo en el centro de todas las atenciones a sus niños: los alimentan, los estrechan entre sus brazos, los acuestan con dulzura en la cuna. Cuidar: este es también el lenguaje de la Madre de Dios; un lenguaje de madre: cuidar.

Hermanos y hermanas, como todas las madres, María lleva en su vientre la vida y, así, nos habla de nuestro futuro. Pero al mismo tiempo nos recuerda que, si queremos realmente que el nuevo año sea bueno, si queremos reconstruir la esperanza, hay que abandonar los lenguajes, los gestos y las decisiones inspiradas en el egoísmo y aprender el lenguaje del amor, que es cuidado. Cuidar es un lenguaje nuevo, que va contra los lenguajes del egoísmo.  Este es el compromiso: cuidar nuestra vida —cada uno de nosotros debe cuidar de su propia vida—; cuidar de nuestro tiempo, de nuestra alma; cuidar la creación y el ambiente en el que vivimos; y, aún es más, cuidar a nuestro prójimo, a aquellos a los que el Señor nos ha puesto al lado, como también a los hermanos y a las hermanas que están necesitados e interpelan nuestra atención y nuestra compasión. Mirando a la Virgen con el Niño, mientras cuida del Niño, nosotros aprendemos a cuidar de los demás, y también de nosotros mismos, cuidando la salud interior, la vida espiritual, la caridad.

Al celebrar hoy la Jornada Mundial de la Paz, retomemos conciencia de la responsabilidad que se nos ha confiado para construir el futuro: frente a las crisis personales y sociales que vivimos, frente a la tragedia de la guerra «estamos llamados a afrontar los retos de nuestro mundo con responsabilidad y compasión» (Mensaje para la LVI Jornada Mundial de la Paz, 5). Y podemos hacerlo si nos cuidamos unos a otros y si, todos juntos, cuidamos nuestra casa común.

Imploremos a María Santísima, Madre de Dios, para que en esta época contaminada por la desconfianza y por la indiferencia, nos haga capaces de compasión y de cuidado —capaces de tener compasión y de cuidar— capaces de «conmoverse y detenerse ante el otro cuantas veces sea necesario» (Exhort. ap. Evangelii gaudium, 169).



Después del Ángelus

A todos vosotros aquí presentes y a cuantos siguen a través de los medios dirijo las mejores felicitaciones por el nuevo año. Expreso viva gratitud al Presidente de la República Italiana, el honorable Sergio Mattarella, invocando prosperidad para el pueblo italiano; con las mismas felicitaciones también para la Presidenta del Gobierno.

En este día, que san Pablo VI quiso dedicar a la oración y a la reflexión por la paz en el mundo, sentimos aún más fuerte, intolerable, el contraste de la guerra, que en Ucrania y en otras regiones siembra muerte y destrucción. Sin embargo, no perdemos la esperanza, porque tenemos fe en Dios, que en Jesucristo nos ha abierto la vía de la paz. La experiencia de la pandemia nos enseña que nadie puede salvarse solo, pero que juntos podemos recorrer senderos de paz y de desarrollo.

En el mundo entero, en todos los pueblos se alza el grito: ¡no a la guerra! ¡No al rearme! Que los recursos se destinen al desarrollo: salud, alimentación, educación, trabajo. Entre las innumerables iniciativas promovidas por las comunidades cristianas, recuerdo la Marcha nacional que se llevó a cabo ayer en Altamura, después de las cuatro caravanas que llevaron solidaridad a Ucrania. Saludo y agradezco a los numerosos amigos de la Comunidad de Sant’Egidio, que han venido también este año a testimoniar su compromiso por la “paz en todas las tierras”, aquí y en muchas ciudades del mundo. ¡Gracias, queridos hermanos y hermanas de Sant’Egidio!

Saludo a las dos bandas musicales procedentes de Virginia y Alabama, en los Estados Unidos de América —¡después queremos escucharles!—Saludo a los jóvenes del Movimiento Regnum Christi —¡gracias! ¡Se hacen oír!— de varios países de América y de Europa; así como también a los muchachos y a las familias de la Comunidad del Cenáculo, con una bendición a Madre Elvira y a todas las comunidades.

Deseo a todos un feliz domingo y feliz año. No os olvidéis de rezar por mí. Buen almuerzo y hasta pronto.

Fuente: vatican.va

Testamento espiritual de Benedicto XVI

Escrito por el propio Benedicto XVI el 29 de agosto de 2006, ha sido difundido la Oficina de Prensa de la Santa Sede en el día de su fallecimiento.


Benedicto PP XVI

Si en esta hora tardía de mi vida miro hacia atrás, hacia las décadas que he vivido, veo en primer lugar cuántas razones tengo para dar gracias. Ante todo, doy gracias a Dios mismo, dador de todo bien, que me ha dado la vida y me ha guiado en diversos momentos de confusión; siempre me ha levantado cuando empezaba a resbalar y siempre me ha devuelto la luz de su semblante. En retrospectiva, veo y comprendo que incluso los tramos oscuros y agotadores de este camino fueron para mi salvación y que fue en ellos donde Él me guió bien.

Doy las gracias a mis padres, que me dieron la vida en una época difícil y que, a costa de grandes sacrificios, con su amor prepararon para mí un magnífico hogar que, como una luz clara, ilumina todos mis días hasta el día de hoy. La clara fe de mi padre nos enseñó a nosotros los hijos a creer, y como señal siempre se ha mantenido firme en medio de todos mis logros científicos; la profunda devoción y la gran bondad de mi madre son un legado que nunca podré agradecerle lo suficiente. Mi hermana me ha asistido durante décadas desinteresadamente y con afectuoso cuidado; mi hermano, con la claridad de su juicio, su vigorosa resolución y la serenidad de su corazón, me ha allanado siempre el camino; sin su constante precederme y acompañarme, no habría podido encontrar la senda correcta.

De corazón doy gracias a Dios por los muchos amigos, hombres y mujeres, que siempre ha puesto a mi lado; por los colaboradores en todas las etapas de mi camino; por los profesores y alumnos que me ha dado. Con gratitud los encomiendo todos a Su bondad. Y quiero dar gracias al Señor por mi hermosa patria en los Prealpes bávaros, en la que siempre he visto brillar el esplendor del Creador mismo. Doy las gracias al pueblo de mi patria porque en él he experimentado una y otra vez la belleza de la fe. Rezo para que nuestra tierra siga siendo una tierra de fe y les ruego, queridos compatriotas: no se dejen apartar de la fe. Y, por último, doy gracias a Dios por toda la belleza que he podido experimentar en todas las etapas de mi viaje, pero especialmente en Roma y en Italia, que se ha convertido en mi segunda patria.

A todos aquellos a los que he agraviado de alguna manera, les pido perdón de todo corazón.

Lo que antes dije a mis compatriotas, lo digo ahora a todos los que en la Iglesia han sido confiados a mi servicio: ¡Manténganse firmes en la fe! ¡No se dejen confundir! A menudo parece como si la ciencia -las ciencias naturales, por un lado, y la investigación histórica (especialmente la exégesis de la Sagrada Escritura), por otro- fuera capaz de ofrecer resultados irrefutables en desacuerdo con la fe católica. He vivido las transformaciones de las ciencias naturales desde hace mucho tiempo, y he visto cómo, por el contrario, las aparentes certezas contra la fe se han desvanecido, demostrando no ser ciencia, sino interpretaciones filosóficas que sólo parecen ser competencia de la ciencia. Desde hace sesenta años acompaño el camino de la teología, especialmente de las ciencias bíblicas, y con la sucesión de las diferentes generaciones, he visto derrumbarse tesis que parecían inamovibles y resultar meras hipótesis: la generación liberal (Harnack, Jülicher, etc.), la generación existencialista (Bultmann, etc.), la generación marxista. He visto y veo cómo de la confusión de hipótesis ha surgido y vuelve a surgir lo razonable de la fe. Jesucristo es verdaderamente el camino, la verdad y la vida, y la Iglesia, con todas sus insuficiencias, es verdaderamente su cuerpo.

Por último, pido humildemente: recen por mí, para que el Señor, a pesar de todos mis pecados y defectos, me reciba en la morada eterna. A todos los que me han sido confiados, van mis oraciones de todo corazón, día a día.

Fuente:  vaticannews.va

En el fallecimiento de Benedicto XVI

 Mons. Fernndo Ocáriz

Mons. Ocáriz: “Demos gracias a Dios por Benedicto XVI, un humilde trabajador de la viña del Señor”

El prelado del Opus Dei colaboró con el cardenal Ratzinger desde que, en 1986, fue nombrado consultor de la Congregación para la Doctrina de la Fe. En este artículo, Mons. Fernando Ocáriz recuerda la figura del difunto Papa emérito.

Mons. Fernando Ocáriz recuerda la figura del difunto Papa emérito Benedicto XVI, con quien trabajó como consultor Congregación para la Doctrina de la Fe.

Con el fallecimiento de Benedicto XVI nos deja un sacerdote, un teólogo, un obispo, un cardenal y un Papa que se veía a sí mismo como “un humilde trabajador de la viña del Señor”. Junto al dolor, es natural que demos gracias a Dios por su vida y sus enseñanzas. La última lección del pontífice alemán ha sido la discreción y sobriedad con que ha vivido desde 2013, en actitud de oración.

Desde que le conocí personalmente en 1986, cuando comencé a colaborar como consultor de la Congregación para la Doctrina de la Fe, me llamó la atención su disponibilidad para escuchar a todos. Tuve la oportunidad de estar a solas con él en bastantes ocasiones, tanto por asuntos de la Congregación como por otras cuestiones. En esos encuentros nunca era él quien daba por terminada la conversación, o hacía notar que le esperaban otros asuntos. Edificaba percibir la gran consideración que le merecían las opiniones de los demás, aunque en ocasiones fueran distintas a las suyas. Se le podían exponer con toda tranquilidad pareceres contrarios y no se molestaba, a pesar de que vinieran de un interlocutor de menor edad, preparación o experiencia. Lo que realmente le importaba era la verdad; así llevaba grabada en su lema episcopal unas palabras de san Juan: Cooperatores veritatis (3 Juan, v. 8).

Era ejemplar su amor a la Iglesia y al Papa, que iba más allá de lo afectivo. Recuerdo, por ejemplo, cuando Mons. Lefebvre aceptó lo que se le propuso y poco después se echó para atrás. Ante este hecho, al cardenal Ratzinger le salió del alma exclamar con pena: “¡Cómo no se dan cuenta de que sin el Papa no son nada!”.

Su humildad y su amor al Señor le hicieron capaz de responder con un “sí” a lo que el Señor y la Iglesia le pedían. Es conocido que, en varias ocasiones, presentó su renuncia a san Juan Pablo II, para que lo sustituyera por otra persona más joven y con más vitalidad física. Ante la petición del Papa de que siguiera en el cargo, el cardenal Ratzinger no dudó.

Al poco de ser elegido para la sede de Pedro, contó que cuando falleció san Juan Pablo II pensó que ya podría retirarse a su Alemania natal para dedicarse a la oración y al estudio. Pero el Señor tenía otros planes, y tuvo que escuchar, referidas a sí mismo, las palabras del capítulo 21 del evangelio de san Juan: “Te aseguro que cuando eras joven tú mismo te vestías e ibas a donde querías. Pero cuando seas viejo, extenderás tus brazos, y otro te atará y te llevará a donde no quieras”.

De la misma manera, supo hacerse a un lado cuando, en la presencia de Dios, vio que ya no podría ejercer de manera adecuada las exigentes responsabilidades que conlleva la misión de sucesor de Pedro. Como todos, recibí la noticia de su renuncia con una mezcla de pena y de cariño hacia este gran sucesor de san Pedro. En los últimos meses se veía cómo iban disminuyendo sus fuerzas físicas, pero no así su lucidez mental y su serenidad de espíritu, su sencillez y su amabilidad.

Ese saber desaparecer, sirviendo a la Iglesia con su oración silenciosa, ha sido la nota característica de estos últimos años después de su renuncia. He tenido la oportunidad de visitarle en algunas ocasiones en su residencia en los jardines vaticanos: se le notaba interesado por los demás y centrado en la oración. Como él mismo dijo, se sentía un peregrino en camino a la casa del Padre, hacia el abrazo de Cristo, objeto de su amor y de sus largos años de estudio.

En sus casi ocho años de pontificado, Benedicto XVI nos ha dejado un gran patrimonio espiritual y doctrinal, formado por las encíclicas, Deus caritas est, Spe salvi, Caritas in veritate; además de abundantes exhortaciones apostólicas y homilías. Es enormemente rico el magisterio realizado a través de las audiencias de los miércoles, como el referido a la Iglesia, a los Apóstoles y a los Padres de la Iglesia, o el ciclo de audiencias sobre la oración, que constituye un tratado de gran belleza y profundidad sobre el diálogo con Dios.

Toda su vida podría recapitularse en una preciosa frase que pronunció en la misa de inicio de su ministerio petrino: “No hay nada más bello que dejarse alcanzar por el Evangelio, por Cristo”. Para él, la felicidad “tiene un nombre, tiene un rostro: el de Jesús de Nazaret, oculto en la Eucaristía”.

Benedicto XVI condujo la barca de la Iglesia por el mar de la historia con los ojos puestos en Jesucristo, en los “días de sol y de brisa suave, días en los que la pesca ha sido abundante y momentos en los que las aguas se agitaban, el viento era contrario, y el Señor parecía dormir”. Pero sabía que la barca era de Cristo.

Benedicto XVI ha sido “una de esas luces cercanas, personas que dan luz reflejando la luz de Cristo, ofreciendo orientación para nuestras vidas”, como tan bellamente expresaba en la encíclica Spe Salvi.

Su trabajo en la viña de la Iglesia le habrá hecho merecedor de las amorosas palabras de Cristo: “Ven, siervo bueno y fiel, entra en la casa de tu Señor”.

Fuente: opusdei.org/es