09 enero 2023

«Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu»

Homilía del Papa Funeral de Benedicto XVI

«Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu» (Lc 23, 46). Son las últimas palabras que el Señor pronunció en la cruz; su último suspiro —podríamos decir— capaz de confirmar lo que selló toda su vida: un continuo entregarse en las manos de su Padre. Manos de perdón y de compasión, de curación y de misericordia, manos de unción y bendición que lo impulsaron a entregarse también en las manos de sus hermanos. El Señor, abierto a las historias que encontraba en el camino, se dejó cincelar por la voluntad de Dios, cargando sobre sus hombros todas las consecuencias y dificultades del Evangelio, hasta ver sus manos llagadas por amor: «Aquí están mis manos» (Jn 20, 27), le dijo a Tomás, y lo dice a cada uno de nosotros: “aquí están mis manos”. Manos llagadas que salen al encuentro y no cesan de ofrecerse para que conozcamos el amor que Dios nos tiene y creamos en él (cf. 1Jn 4, 16) [1].

«Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu» es la invitación y el programa de vida que inspira y quiere moldear como un alfarero (cf. Is 29, 16) el corazón del pastor, hasta que latan en él los mismos sentimientos de Cristo Jesús (cf. Flp 2, 5). Entrega agradecida de servicio al Señor y a su Pueblo, que nace por haber acogido un don totalmente gratuito: “Tú me perteneces… tú les perteneces”, susurra el Señor; “tú estás bajo la protección de mis manos, bajo la protección de mi corazón. Permanece en el hueco de mis manos y dame las tuyas” [2]. Es la condescendencia de Dios y su cercanía, capaz de ponerse en las manos frágiles de sus discípulos para alimentar a su pueblo y decir con Él: tomen y coman, tomen y beban, esto es mi cuerpo, cuerpo que se entrega por ustedes (cf. Lc 22, 19). La synkatabasis total de Dios.

Entrega orante que se forja y acrisola silenciosamente entre las encrucijadas y contradicciones que el pastor debe afrontar (cf. 1P 1, 6-7) y la confiada invitación a apacentar el rebaño (cf. Jn 21, 17). Como el Maestro, lleva sobre sus hombros el cansancio de la intercesión y el desgaste de la unción por su pueblo, especialmente allí donde la bondad está en lucha y sus hermanos ven peligrar su dignidad (cf. Hb 5, 7-9). Encuentro de intercesión donde el Señor va gestando esa mansedumbre capaz de comprender, recibir, esperar y apostar más allá de las incomprensiones que esto puede generar. Fecundidad invisible e inaferrable, que nace de saber en qué manos se ha puesto la confianza (cf. 2Tm 1, 12). Confianza orante y adoradora, capaz de interpretar las acciones del pastor y ajustar su corazón y sus decisiones a los tiempos de Dios (cf. Jn 21, 18): «Apacentar quiere decir amar, y amar quiere decir también estar dispuestos a sufrir. Amar significa dar el verdadero bien a las ovejas, el alimento de la verdad de Dios, de la palabra de Dios; el alimento de su presencia» [3].

Y también entrega sostenida por la consolación del Espíritu, que lo espera siempre en la misión: en la búsqueda apasionada por comunicar la hermosura y la alegría el Evangelio (cf. Exhort. ap. Gaudete et exsultate, 57), en el testimonio fecundo de aquellos que, como María, permanecen de muchas maneras al pie de la cruz, en esa dolorosa pero recia paz que no agrede ni avasalla; y en la terca pero paciente esperanza en que el Señor cumplirá su promesa, como lo había prometido a nuestros padres y a su descendencia por siempre (cf. Lc 1, 54-55).

También nosotros, aferrados a las últimas palabras del Señor y al testimonio que marcó su vida, queremos, como comunidad eclesial, seguir sus huellas y confiar a nuestro hermano en las manos del Padre: que estas manos de misericordia encuentren su lámpara encendida con el aceite del Evangelio, que él esparció y testimonió durante su vida (cf. Mt 25, 6-7).

San Gregorio Magno, al finalizar la Regla pastoral, invitaba y exhortaba a un amigo a ofrecerle esta compañía espiritual: «En medio de las tempestades de mi vida, me alienta la confianza de que tú me mantendrás a flote en la tabla de tus oraciones, y que, si el peso de mis faltas me abaja y humilla, tú me prestarás el auxilio de tus méritos para levantarme». Es la conciencia del Pastor que no puede llevar solo lo que, en realidad, nunca podría soportar solo y, por eso, es capaz de abandonarse a la oración y al cuidado del pueblo que le fue confiado [4]. Es el Pueblo fiel de Dios que, reunido, acompaña y confía la vida de quien fuera su pastor. Como las mujeres del Evangelio en el sepulcro, estamos aquí con el perfume de la gratitud y el ungüento de la esperanza para demostrarle, una vez más, ese amor que no se pierde; queremos hacerlo con la misma unción, sabiduría, delicadeza y entrega que él supo esparcir a lo largo de los años. Queremos decir juntos: “Padre, en tus manos encomendamos su espíritu”.

Benedicto, fiel amigo del Esposo, que tu gozo sea perfecto al oír definitivamente y para siempre su voz.

Fuente: vatican.va

FIESTA DEL BAUTISMO DEL SEÑOR


El Papa ayer en el Ángelus


Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

Hoy celebramos la Fiesta del Bautismo del Señor y el Evangelio nos presenta una escena asombrosa: es la primera vez que Jesús aparece en público después de su vida oculta en Nazaret; llega a la orilla del río Jordán para que Juan lo bautice (Mt 3,13-17). Era un rito con el que la gente se arrepentía y se comprometía a convertirse; un himno litúrgico dice que el pueblo iba a bautizarse “desnuda el alma y desnudos los pies” —un alma abierta, desnuda, sin ocultar nada—, es decir, con humildad y con el corazón transparente. Pero, viendo que Jesús se mezcla con los pecadores, uno se queda sorprendido y se pregunta: ¿por qué Jesús tomó esta decisión? Él, que es el Santo de Dios, el Hijo de Dios sin pecado, ¿por qué tomó esa decisión? Encontramos la respuesta en las palabras que Jesús dirige a Juan: «Deja ahora, pues conviene que así cumplamos toda justicia» (v. 15). Cumplir toda justicia: ¿Qué quiere decir?

Haciendo que Juan le bautice, Jesús nos desvela la justicia de Dios, esa justicia que Él ha venido a traer al mundo. Muchas veces tenemos una idea limitada de la justicia, y pensamos que significa que el que se equivoca, paga, y así repara el mal que ha hecho. Pero la justicia de Dios, como enseña la Escritura, es mucho más grande: no tiene como fin la condena del culpable, sino su salvación y su regeneración, volverlo justo: de injusto a justo. Es una justicia que proviene del amor, de esas entrañas de compasión y misericordia que son el corazón mismo de Dios, Padre que se conmueve cuando estamos oprimidos por el mal y caemos bajo el peso de los pecados y de las fragilidades. Así, la justicia de Dios no busca distribuir penas y castigos sino, como afirma el apóstol Pablo, consiste en hacernos justos a nosotros, sus hijos (cfr. Rm 3,22-31), librándonos de las ataduras del mal, resanándonos, levantándonos. El Señor está siempre con la mano tendida para ayudarnos a levantarnos, no está nunca listo para castigarnos.  Y entonces comprendemos que, en la orilla del Jordán, Jesús nos revela el sentido de su misión: Él ha venido para llevar a cabo la justicia divina, que es salvar a los pecadores; ha venido para tomar sobre sus hombros el pecado del mundo y descender a las aguas del abismo, de la muerte, con el fin de recuperarnos e impedir que nos ahoguemos. Él nos muestra hoy que la verdadera justicia de Dios es la misericordia que salva. Nos da miedo pensar que Dios es misericordia, pero Dios es misericordia, porque su justicia es la misericordia que salva, es el amor que comparte nuestra condición humana, que se hace cercano, solidario con nuestro dolor, entrando en nuestras oscuridades para restablecer la luz.

Benedicto XVI afirmó que «Dios ha querido salvarnos yendo él mismo hasta el fondo del abismo de la muerte, con el fin de que todo hombre, incluso el que ha caído tan bajo que ya no ve el cielo, pueda encontrar la mano de Dios a la cual asirse a fin de subir desde las tinieblas y volver a ver la luz para la que ha sido creado» (Homilía, 13 de enero de 2008).

Hermanos y hermanas, tenemos miedo de pensar en un justicia tan misericordiosa, pero sigamos adelante, Dios es misericordia. Su justicia es misericordia. Dejemos que Él nos tome de la mano. También nosotros, discípulos de Jesús, estamos llamados a ejercer de este modo la justicia en las relaciones con los demás, en la Iglesia, en la sociedad: no con la dureza de quien juzga y condena dividiendo las personas en buenas y malas, sino con la misericordia de quien acoge compartiendo las heridas y las fragilidades de las hermanas y de los hermanos para levantarlos. Quisiera decirlo así: no dividiendo, sino compartiendo. No dividir, sino compartir. Hagamos como Jesús: compartamos, llevemos los pesos los unos de los otros, en vez de chismorrear y destruir, mirémonos con compasión, ayudémonos mutuamente. Preguntémonos: ¿yo soy una persona que divide o que comparte? Reflexionemos: ¿soy un discípulo del amor de Jesús o un discípulo del chismorreo que divide? El chismorreo es un arma letal: mata, mata el amor, mata la sociedad, mata la fraternidad. Preguntémonos: ¿soy una persona que divide o una persona que comparte?

Y ahora recemos a la Virgen, que dio a la luz a Jesús sumergiéndolo en nuestra fragilidad para que recuperásemos la vida.



Después del Ángelus

Queridos hermanos y hermanas:

Esta mañana, siguiendo la tradición, bauticé en la Capilla Sixtina a algunos recién nacidos, hijos de empleados de la Santa Sede y del Estado de la Ciudad del Vaticano. Ahora, en la fiesta del Bautismo del Señor, me complace extender mi saludo y mi bendición a todos los niños y niñas que han recibido o recibirán el Bautismo hoy o en este período. Y al mismo tiempo renuevo a todos —a mí el primero— la invitación a celebrar la fecha en que fuimos bautizados, es decir, en que nos hicimos cristianos. Os pregunto a cada uno ¿sabéis la fecha de vuestro Bautismo? Seguro que alguno no la sabe. Preguntar a vuestros padres, familiares, padrinos: ¿cuál es la fecha de mi Bautismo? Y luego, cada año, celebrad esa fecha, porque es un nuevo cumpleaños, el cumpleaños de la fe. Esta es la tarea para hoy, para cada uno: cuál es la fecha de mi Bautismo, para poder celebrarlo.

Y ahora os saludo a vosotros, romanos y peregrinos. ¡Hay muchos polacos en la plaza!

Saludo en particular al coro “La voz de los Ángeles” de Belén. Queridos amigos, gracias de todo corazón porque, junto con vuestros cantos, traéis el “perfume de Belén” y el testimonio de la comunidad cristiana de Tierra Santa. ¡Gracias! Rezamos por vosotros y estamos a vuestro lado!

¡Y no olvidemos a nuestros hermanos y hermanas ucranianos! ¡Sufren tanto por la guerra! Esta Navidad en guerra, sin luz, sin calor, ¡sufren mucho! Por favor, no los olvidemos. Y hoy, viendo a la Virgen que tiene en su regazo al niño en el Pesebre, amamantándolo, pienso en las madres de las víctimas de la guerra, de los soldados que han caído en esta guerra en Ucrania. Las madres ucranianas y las madres rusas han perdido a sus hijos. Este es el precio de la guerra. Recemos por las madres que han perdido a sus hijos soldados, tanto ucranianas como rusas.

Os deseo a todos un feliz domingo. Nos os olvidéis, por favor, de rezar por mí. Buen almuerzo y hasta pronto.

Fuente: vatican.va

07 enero 2023

Bautismo de Jesús

Domingo del Bautismo del Señor (Ciclo A).

Evangelio (Mt 3,13-17)

Entonces vino Jesús al Jordán desde Galilea, para ser bautizado por Juan. Pero éste se resistía diciendo:

— Soy yo quien necesita ser bautizado por ti, ¿y vienes tú a mí?

Jesús le respondió:

— Déjame ahora, así es como debemos cumplir nosotros toda justicia.

Entonces Juan se lo permitió. Inmediatamente después de ser bautizado, Jesús salió del agua; y entonces se le abrieron los cielos, y vio al Espíritu de Dios que descendía en forma de paloma y venía sobre él. Y una voz desde los cielos dijo:

— Éste es mi Hijo, el amado, en quien me he complacido.

Comentario

Juan predicaba un bautismo de penitencia para la remisión de los pecados. Muchos acudían a él para escuchar sus palabras y realizar ese signo penitencial, dispuestos a recomenzar una nueva vida, tras ese rito de purificación. Jesús acude entre la gente, como uno más. Pero ¿es posible que Jesús haga esto? ¡si no tiene pecados de los que desprenderse! Hay algo en esta acción de Jesús que el Bautista -como nosotros- no entiende bien, por eso le pregunta desconcertado: “Soy yo quien necesita ser bautizado por ti, ¿y vienes tú a mí?” (Mt 3, 14). A lo que Jesús responde: “Déjame ahora, así es como debemos cumplir nosotros toda justicia” (Mt 3, 15). En el contexto cultural del judaísmo de aquel tiempo se considera que la “justicia” consiste en el cumplimiento fiel de la Torah, en cuanto aceptación plena de la voluntad divina. Jesús recibe el bautismo de Juan como manifestación de su acatamiento incondicional de la voluntad divina. El sentido profundo de lo que ahora comienza a vislumbrarse se manifestará sólo al final de la vida terrena de Cristo, es decir, en su muerte y resurrección.

Acudiendo a recibir este bautismo, Jesús comienza a manifestarse como aquel que cumple los planes salvadores de Dios para llevar a su pueblo a la patria prometida del Cielo. En efecto, Jesús da comienzo a su vida pública al salir de las aguas del río Jordán. Moisés había muerto, tras contemplar la tierra prometida desde el monte Nebo, justo antes de cruzar precisamente este río en el que Jesús se bautizó. Ahora Jesús comienza su predicación a partir de la orilla del Jordán, que es el sitio donde la vida de Moisés había terminado. Es Jesús quien verdaderamente lleva a plenitud lo que Moisés empezó.

De otra parte, las palabras que se escuchan indican con bastante claridad que comienza a cumplirse todo lo que se había anunciado de parte de Dios. La frase “éste es mi Hijo, el amado” (v. 17), pronunciada por una voz desde los cielos, es un eco de aquella en la que Dios se dirige a Abrahán para pedirle que le sacrifique a su hijo Isaac: toma a “tu hijo, el amado” (Gn 22,2). Este modo de referirse a Jesús pone en paralelo la dramática escena del Génesis, en la que Abrahán está dispuesto a sacrificar a Isaac que lo acompaña sin resistencia, con el drama que se consumó en el Calvario, donde Dios Padre ofreció a su Hijo en sacrificio, aceptado voluntariamente para la redención del género humano.

Además, el añadido “en quien me he complacido” (v.17) rememora el inicio de los Cantos del Siervo del Señor en el libro de Isaías: “Mira a mi siervo, a quien sostengo, mi elegido, en quien se complace mi alma” (Is 42,1). Precisamente en el cuarto de estos cantos es donde se dibuja con claridad todo lo que ese Siervo del Señor habrá de padecer para redimir al género humano: “él tomó sobre sí nuestras enfermedades, cargó con nuestros dolores, y nosotros lo tuvimos por castigado, herido de Dios y humillado. Pero él fue traspasado por nuestras iniquidades, molido por nuestros pecados. El castigo, precio de nuestra paz, cayó sobre él, y por sus llagas hemos sido curados” (Is 53,4-5).

Ahora, enseña el Catecismo de la Iglesia Católica, “el Espíritu que Jesús posee en plenitud desde su concepción viene a ‘posarse’ sobre él. De él manará este Espíritu para toda la humanidad. En su bautismo, ‘se abrieron los cielos’ (v. 16) que el pecado de Adán había cerrado; y las aguas fueron santificadas por el descenso de Jesús y del Espíritu como preludio de la nueva creación. Desde este momento la acción creadora, redentora y santificadora de la santísima Trinidad será cada vez más manifiesta en la vida de Jesús, en su enseñanza, en sus milagros, en su pasión, muerte y resurrección.

Fuente: opusdei.org


El Magisterio de Benedicto XVI

Pablo Blanco Sarto

Benedicto XVI, el Papa de la palabra, además de sus siempre inspiradas alocuciones, nos dejó tres magníficas encíclicas y cuatro exhortaciones apostólicas. Amor, verdad, esperanza, Palabra de Dios y Liturgia capitalizaron sus escritos


Benedicto XVI no solo ha sido «el papa de la razón», sino también el papa del amor y la esperanza, a juzgar por los títulos de sus encíclicas. Ha sido además «el papa de la palabra», por los inspirados discursos y homilías que ha pronunciado a lo largo de un breve pero intenso pontificado.

En estas líneas nos ceñiremos sobre todo a las encíclicas y a las exhortaciones apostólicas, para presentar una visión unitaria del programa de su pontificado.

Amor, verdad y esperanza

Son los tres pilares centrales de su magisterio. Benedicto XVI comenzó su primera encíclica titulada Deus caritas est, fechada en el día de navidad de 2005. Lo primero, el amor. Presentaba allí una «revolución del amor» que todavía no ha conseguido triunfar del todo en nuestro pequeño mundo. Todavía hay hambre, pobreza, injusticias y muertes inocentes. Para que esta «revolución del amor» se lleve a cabo de una vez por todas ─–recordaba─, hace falta no olvidar dos palabras: Dios y Cristo.

Jesucristo es «el amor de Dios encarnado», que se concreta no solo en la caridad con los demás, sino sobre todo en la cruz y en la eucaristía. De ahí nace todo nuestro amor a Dios y al prójimo: todo amor y caridad verdaderos vienen de Dios. El eros puede transformarse en agapecristiano, después de un proceso de purificación. Es algo que la Iglesia no podía olvidar y debía recordárselo a este mundo un tanto cruel. El amor puede cambiar el mundo, nos repetía Benedicto XVI con una seguridad que nos debe hacer pensar.

Después vino una nueva encíclica, esta vez sobre la esperanza. Apareció con fecha del 30 de noviembre, fiesta de san Andrés, el apóstol al que los orientales profesan una especial devoción, y en vísperas del tiempo de adviento, tiempo de esperanza. Benedicto XVI publicó esta segunda encíclica sobre la segunda virtud teologal, tras la dedicada a la caridad. El que había sido como prefecto el «guardián de la fe», se mostraba también ahora el papa del amor y la esperanza.

El título estaba tomado de san Pablo: spesalvi, «salvados por la esperanza» (Rm 8,24). En la nueva encíclica, se apreciaba un marcado tono ecuménico, sobre todo cuando se refiere a la doctrina sobre el purgatorio, en el que hacía una mención explícita a la teología ortodoxa, y la presentaba con un enfoque personalista y cristocéntrico fácil de comprender (cf. n. 48).

El purgatorio es un encuentro con Cristo que nos abraza y purifica. A la vez, el papa alemán proponía un diálogo crítico con una modernidad que busca la esperanza.

A diferencia de la encíclica sobre la esperanza, escrita personalmente por el papa desde la primera hasta la última línea, en la Caritas in veritate habían trabajado muchas mentes y manos. Benedicto XVI había dejado su huella en ella, ya visible en las palabras del título que conjugan indisolublemente caridad y verdad, una propuesta decididamente ratzingeriana. «Inyectar al mundo más verdad y amor», resumía un titular de periódico. «Solo con la caridad ─iluminada por la fe y la razón─ es posible alcanzar objetivos de desarrollo dotados de valor humano», afirmó el papa alemán.

Era la primera encíclica social de su pontificado, publicada dieciocho años después de la última encíclica social de Juan Pablo II, Centesimusannus, de 1991. Los diarios, radios y televisiones de todo el mundo estaban ansiosos por conocer las palabras del papa ante la actual coyuntura económica. Caritas in veritate, sin embargo, iba más allá de la crisis. «Las dificultades presentes pasarán en unos años, pero el mensaje de la encíclica permanecerá», garantizó monseñor Martino.

Pan y Palabra

Sacramentumcaritatis, sacramento de amor: así tituló el papa alemán la carta apostólica sobre la eucaristía, que era el resultado del sínodo de obispos celebrado en Roma en octubre de 2005. Era una reunión convocada por Juan Pablo II para que toda la Iglesia reflexionara sobre lo que es «su centro y cumbre». Ahí está Jesús ─recordaba─: la eucaristía es el mismo Cristo y, por tanto, esta «hace la Iglesia», había escrito san Juan Pablo II.

Ahora, como fruto maduro, salía esta exhortación apostólica en continuidad con la primera y hasta entonces última encíclica de Benedicto XVI titulada significativamente Dios es amor. Había hablado de la eucaristía como la máxima manifestación de amor por parte de Jesús y como el centro de toda la Iglesia. Las propuestas del sínodo ya habían sido publicadas en internet, a petición del propio papa Ratzinger, por lo que no hubo grandes sorpresas. Se trata de aplicar lo ya dicho por el Vaticano II, se insistía en la nueva carta apostólica.

Con fecha del 30 de septiembre de 2010, fiesta de san Jerónimo, salió un nuevo documento titulado Verbum Domini, la palabra del Señor. El tema era lógicamente la Escritura y era un fruto maduro del sínodo que había tenido lugar dos años antes sobre este mismo tema.Con claridad, como lo hicieron los participantes en el sínodo, subrayaba en primer lugar que «la fe cristiana no es una “religión del Libro”: el cristianismo es la “religión de la palabra de Dios”, no de una palabra escrita y muda, sino del Verbo encarnado y vivo» (n. 7).

El cristianismo no es la religión de un Libro (como lo pueden ser el judaísmo o el islam), sino de una Persona: la de Jesucristo, verdadero Dios y verdadero hombre. Sin embargo, esta Persona ─Jesucristo─ había hablado largo y tendido, así como predicado sublimes parábolas. La palabra de Dios es un acceso directo al Hijo de Dios, quien constituye la cumbre de toda la revelación, la Palabra hecha carne.

Nueva evangelización

Tras poner los fundamentos sobre el amor, la verdad y la esperanza, así como los lugares en los que se encuentra a Jesucristo ─el Pan y la Palabra─, Benedicto XVI se lanzó a la «nueva evangelización» ya propuesta por Juan Pablo II.

La exhortación apostólica postsinodal─(2011) recogía los frutos de los trabajos de la II Asamblea especial para África del sínodo de los obispos. «África, tierra de un nuevo Pentecostés, ¡ten confianza en Dios! […] África, Buena Nueva para la Iglesia, ¡haz que lo sea para todo el mundo!», decía allí el papa. El documento de 138 páginas, contiene temas de lo más variados, pero se puede sintetizar en un solo punto: permanecer en el plano espiritual, para no convertirse en un partido católico. Según Benedicto XVI el papel a favor de la reconciliación, la justicia y la paz podrá mantenerse si la Iglesia se mantiene fiel a su misión espiritual, al reconciliar a la humanidad con Dios y a unos con otros por medio de Cristo.

En Porta fidei (2011) el papa alemán anunció el Año de la fe, en una continuidad perfecta con la nueva evangelización, en el contexto propiciado por el concilio Vaticano II, a los cincuenta años de su comienzo. En este sentido, el cristiano de hoy cuenta con dos instrumentos privilegiados para poder concretar y realizar esa nueva evangelización: el Concilio, del que se cumplen ahora cincuenta años; y su Catecismo, promulgado por Juan Pablo II. «Para acceder a un conocimiento sistemático del contenido de la fe, todos pueden encontrar en el Catecismo de la Iglesia católica un subsidio precioso e indispensable. Es uno de los frutos más importantes del Concilio Vaticano II» (n. 11), añadía ahora su sucesor. El Año de la fe era el año del concilio y su catecismo.

La fe es «un gran sí» que contiene e implica a su vez toda la existencia humana. Fe y vida, creencia y experiencia se encuentran mutuamente entrelazados en el acto de fe. La evangelización consiste así primero en mostrar la belleza y la racionalidad de la fe, en llevar la luz de Dios al hombre de nuestro tiempo con convicción y alegría. El tiempo nos regalará ese primer texto del papa Francisco, Lumen fidei (2013), una encíclica «escrita a cuatro manos» y que constituía la culminación del Año de la fe. La fe, la esperanza y la caridad constituían el legado del pontificado de Benedicto XVI, que contenían como núcleo al mismo Jesucristo presente en el Pan y la Palabra. Con esto estábamos perfectamente pertrechados para la nueva evangelización de este mundo ahora en crisis.

Fuente:  omnesmag.com


06 enero 2023

Epifanía del Señor

 Solemnidad

Evangelio (Mt 2,1-12)

Después de nacer Jesús en Belén de Judá en tiempos del rey Herodes, unos Magos llegaron de Oriente a Jerusalén preguntando:

— ¿Dónde está el Rey de los Judíos que ha nacido? Porque vimos su estrella en el Oriente y hemos venido a adorarle.

Al oír esto, el rey Herodes se inquietó, y con él toda Jerusalén. Y, reuniendo a todos los príncipes de los sacerdotes y a los escribas del pueblo, les interrogaba dónde había de nacer el Mesías.

— En Belén de Judá — le dijeron —, pues así está escrito por medio del Profeta:

Y tú, Belén, tierra de Judá, ciertamente no eres la menor entre las principales ciudades de Judá; pues de ti saldrá un jefe que apacentará a mi pueblo, Israel.

Entonces, Herodes, llamando en secreto a los Magos, se informó cuidadosamente por ellos del tiempo en en que había aparecido la estrella; y les envió a Belén, diciéndoles:

— Id e informaos bien acerca del niño; y cuando lo encontréis, avisadme para que también yo vaya a adorarle.

Ellos, después de oír al rey, se pusieron en marcha. Y entonces, la estrella que habían visto en el Oriente se colocó delante de ellos, hasta pararse sobre el sitio donde estaba el niño. Al ver la estrella se llenaron de inmensa alegría. Y entrando en la casa, vieron al niño con María, su madre, y postrándose le adoraron; luego, abrieron sus cofres y le ofrecieron presentes: oro, incienso y mirra. Y, después de recibir en sueños aviso de no volver a Herodes, regresaron a su país por otro camino.

Comentario

En la solemnidad de la Epifanía del Señor, la Iglesia celebra con gozo la manifestación de Jesús como Hijo de Dios, que ha nacido para traer al mundo la Salvación. En el marco del tiempo de la Navidad en el que nos encontramos, la Adoración de los Magos al Niño nos ofrece otra posibilidad más para seguir penetrando en el misterio de quién es ese niño que nació en una aldea recóndita de Israel hace veinte siglos y que, sin embargo, continúa brillando con una luz que no se puede apagar en los corazones de tantas personas.

En el evangelio de hoy hay un elemento que llama poderosamente la atención: la estrella que guía a los Magos desde Oriente hasta Belén. Los intentos de identificar esta estrella como un cometa o como una conjunción de astros no han dado resultados satisfactorios. Según ideas difundidas en la época, el nacimiento de los personajes importantes estaba relacionado con ciertos movimientos de los astros. Dios pudo valerse de esas nociones para conducirles hasta Jesucristo. En esa perspectiva, el sentido del pasaje es claro: los magos comienzan su itinerario desde la revelación de Dios en la naturaleza, la estrella, pero tienen que pasar por la revelación en las Escrituras de Israel (En Belén de Judá — le dijeron —, pues así está escrito por medio del Profeta) para encontrar al verdadero Dios[1].

En cualquier caso, la luz propia y el movimiento de esta estrella condujo a los Magos hasta Jesús, como solemos representarla en los nacimientos. Más adelante, después de sortear las argucias de Herodes, los Magos por fin encontraron al Niño con su Madre, y la estrella pasó a un segundo plano pues su misión ya había sido completada. Lo que ahora tenían delante los Magos ya no era un elemento cósmico espectacular, sino un sencillo niño –en apariencia normal y corriente– ante el que se postraron y le ofrecieron oro, incienso y mirra.

Si escucháramos este relato por primera vez, seguro que nos sorprendería la diferencia tan grande que hay entre el medio empleado por los Magos (la estrella que les acompaña y les guía) y el fin que logran (encontrar a un niño). Precisamente, esta diferencia sustancial nos puede ayudar a introducirnos más en el misterio de quién sería ese Niño que viene precedido, no solo de un astro brillante, sino también de numerosas profecías que hablaban ya de Él.

Los Magos, como escribía san León Magno, representan a toda la humanidad, que desde aquel momento recibió la llamada a la Salvación precisamente a través de ese pequeño Niño: «Que todos los pueblos vengan a incorporarse a la familia de los patriarcas, y que los hijos de la promesa reciban la bendición de la descendencia de Abrahán (…). Que todas las naciones, en la persona de los tres Magos, adoren al Autor del universo, y que Dios sea conocido, no ya sólo en Judea, sino también en el mundo entero, para que por doquier sea grande su nombre en Israel»[2].

La estrella, con su luz y su movimiento, precedió al Niño, que es la Luz y el Movimiento en sí mismo, porque «todo se hizo por Él, y sin Él no se hizo nada de cuanto ha sido hecho» (Jn 1,3).

La experiencia de acudir a un lugar tranquilo, de noche, en un día despejado, acomodarse para mirar hacia arriba con paz y contemplar el firmamento durante un momento nos llena de paz. Aunque no se tengan demasiadas nociones de astronomía, es fácil quedarse embelesado con la cantidad de luces que brillan en el cielo. Mirar las estrellas nos puede ayudar a salir de nuestros asuntos cotidianos, a los que con frecuencia concedemos demasiada importancia.

Sin embargo, aunque mirar al cielo puede ayudarnos a despertar, la verdadera estrella del mundo y de la historia, la que es origen y da sentido a las demás, está mucho más cercana a nosotros de lo que lo están los demás astros del firmamento. Jesús, en el pesebre o en brazos de su Madre, desea llenarnos con su luz, que nunca se apaga, para que también nosotros podamos ser estrellas que le ayuden a llenar el mundo y la historia con su claridad. Y esto es lo que celebramos en la fiesta de hoy y en todo el tiempo de Navidad, que Dios se ha hecho hombre para salvarnos, por pura gratuidad de su amor.

Fuente: opusdei.org


La gran renuncia

Enrique García-Máiquez

Con la muerte de Benedicto XVI (1927-2022), he revivido el remordimiento del único artículo de los muchos míos en prensa del que estoy arrepentido. Fue cuando él renunció. Escribí a favor de aquel gesto cuando yo estaba íntima y radicalmente convencido del error. Lo hice en parte por fervor papista y en parte por devoción personal, por fe y confianza en las razones de Ratzinger a partes iguales, pero un columnista ha de ser una fiera instintiva y escribir con su alma a flor de piel. Tendría que haber dejado suelto a mi Dante interior y clamar contra «il gran rifiuto», como hizo el florentino cuando Celestino V renunció a la sede petrina, dejándole la cátedra expedita a Bonifacio VIII.

Me habría equivocado, como se equivocó Dante, que se apresuró a poner al ex papa en el canto III del Inferno. Luego la Santa Iglesia lo canonizó, nada menos. Éste será, probablemente, el destino de Benedicto XVI, pero el mío era exhalar, como Alighieri, un aullido auténtico de dolor —hasta ahí llega la responsabilidad de un poeta— por la pérdida que suponía su renuncia para la Iglesia y para el mundo.

Hoy lo veo al fin todo con más serenidad. Los católicos sí incurriríamos en «la gran renuncia» —en la imperdonable—, si no recibiésemos e hiciésemos fructificar el legado inmenso de Benedicto XVI. Eso sí merecería el infierno; como mínimo, el de Dante.

Recibir su legado no es una misión fácil porque Joseph Ratzinger fue siempre un incomprendido. Para bosquejar su figura Peter Seewald requirió más de 1000 páginas en la mejor biografía que tenemos de él hasta la fecha: Benedicto XVI. Una vida. El gran volumen se abre con una cita de Joseph Ratzinger que quiere ser un compendio vocacional: «Mi impulso esencial ha sido sacar a la luz el auténtico núcleo de la fe, oculto bajo las incrustaciones, a fin de devolverle su fuerza y dinamismo. Tal impulso es la constante de mi vida». Es un compendio concentrado, como suyo, pues une su oficio filosófico («luz, más luz») con su amor a la fe, en una atención apreciativa del pasado, por eso habla de «devolverle su fuerza», para construir el futuro: «dinamismo».

Con sus palabras en la mano, a modo de lámpara, podemos atravesar las continuas vicisitudes y espesas incomprensiones que él ni nombra en el resumen de su vida. Los medios lo presentaron con chistes fáciles y racistas como un nazi intransigente, cuando —por un lado—se opuso radicalmente al nazismo desde su hogar familiar y su seminario y siempre en su pensamiento, y cuando fue toda su vida extraordinariamente dialogante incluso con los que no estaban dispuestos a atenderle. Esos medios simplificaron sus grandes discursos, como el de Ratisbona o la homilía de la misa pro eligendo pontifice o su lección magistral a los políticos en el Bundestag, entre tantos. Su magisterio tan profundo como claroha sido opacado por silencios, prejuicios y, sobre todo, perezas intelectuales.

Sin lugar a duda, ha sido un gran personaje contra mundum. No sólo porque vio venir al mundo postmoderno de lejos, denunciando sus bandazos contradictorios, el establecimiento de una dictadura del relativismo, el hundimiento cultural por renunciar a Israel, a Atenas y a Roma y, finalmente, alertando sobre los neo dogmas contra la vida, la libertad y la razón y sus sibilinas violencias. También ha sido contra mundum de una manera más autobiográfica: su timidez ante las cámaras y las multitudes, su gusto por el estudio y la música clásica e incluso su predisposición al diálogo, a la ingenuidad genuina del intelectual generoso y a la rectificación de sus puntos de vista en cuanto fuese necesario lo hacían excelsamente extemporáneo y más vulnerable a los mecanismos inmisericordes del debate público de hoy.

Ante Benedicto XVI estos mecanismos se mostraron —quizá por impotencia— más burdos y, por tanto, más fáciles de desenmascarar. Sus posiciones intelectuales siempre han sido cuidadosamente atentas a las razones del contrario y milimétricamente prudentes en sus conclusiones. Puede verse en la delicadeza con la que se acerca al espíritu de la liturgia, amando la tradicional y cuidando de la nueva. En su aprecio de la razón y de la fe, hermanadas. En sensibilidad por la belleza. En su conciencia de las raíces culturales de Europa. En el juego que daba a la historia, a la teología y a la filología para acercase más a la figura de Jesús de Nazaret. Pero el mundo siempre presentó a Ratzinger como uno de los extremos de cualquier discusión. Él estaba en el centro, no geométrico, pero sí racional, como el fiel de una balanza, sopesando los argumentos de unos y de otros.

Todo nos lo hace más irrenunciable que nunca, como antídoto. De él dijo hace unos días el papa Francisco que «su silencio sostiene la Iglesia», y lo sabía de primera mano. Habrá que redoblar las oraciones por Francisco, ahora que el peso de la Iglesia recae exclusivamente sobre sus hombros. Cada uno de nosotros, en particular, también vamos a perder ese silencio de Benedicto XVI que nos sostenía con su oración, con su ejemplo, con su sola presencia en este tenebroso tiempo histórico.

Sin su silencio, hay que volver más que nunca a sus palabras, para que llenen el vacío que nos deja. Éste va a ser muy grande, pero sus palabras son más altas y más hondas, más perdurables. Renunciamos a renunciar a nuestro gran papa Benedicto XVI, a nuestro querido Joseph Ratzinger.

Fuente: gaceta.es

05 enero 2023

MISA EXEQUIAL POR BENEDICTO XVI

Homilía del Papa

«Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu» ( Lc 23,46). Son las últimas palabras que el Señor pronunció en la cruz; su último suspiro —podríamos decir— capaz de confirmar lo que selló toda su vida: un continuo entregarse en las manos de su Padre. Manos de perdón y de compasión, de curación y de misericordia, manos de unción y bendición que lo impulsaron a entregarse también en las manos de sus hermanos. El Señor, abierto a las historias que encontraba en el camino, se dejó cincelar por la voluntad de Dios, cargando sobre sus hombros todas las consecuencias y dificultades del Evangelio, hasta ver sus manos llagadas por amor: «Aquí están mis manos» ( Jn 20,27), le dijo a Tomás, y lo dice a cada uno de nosotros: “aquí están mis manos”. Manos llagadas que salen al encuentro y no cesan de ofrecerse para que conozcamos el amor que Dios nos tiene y creamos en él (cf. 1 Jn 4,16).

«Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu» es la invitación y el programa de vida que inspira y quiere moldear como un alfarero (cf. Is 29,16) el corazón del pastor, hasta que latan en él los mismos sentimientos de Cristo Jesús (cf. Flp 2, 5). Entrega agradecida de servicio al Señor y a su Pueblo, que nace por haber acogido un don totalmente gratuito: “Tú me perteneces… tú les perteneces”, susurra el Señor; “tú estás bajo la protección de mis manos, bajo la protección de mi corazón. Permanece en el hueco de mis manos y dame las tuyas”. Es la condescendencia de Dios y su cercanía, capaz de ponerse en las manos frágiles de sus discípulos para alimentar a su pueblo y decir con Él: tomen y coman, tomen y beban, esto es mi cuerpo, cuerpo que se entrega por ustedes (cf. Lc 22,19). La synkatabasis total de Dios.

Entrega orante que se forja y acrisola silenciosamente entre las encrucijadas y contradicciones que el pastor debe afrontar (cf. 1 P 1,6-7) y la confiada invitación a apacentar el rebaño (cf. Jn 21,17). Como el Maestro, lleva sobre sus hombros el cansancio de la intercesión y el desgaste de la unción por su pueblo, especialmente allí donde la bondad está en lucha y sus hermanos ven peligrar su dignidad (cf. Hb 5,7-9). Encuentro de intercesión donde el Señor va gestando esa mansedumbre capaz de comprender, recibir, esperar y apostar más allá de las incomprensiones que esto puede generar. Fecundidad invisible e inaferrable, que nace de saber en qué manos se ha puesto la confianza (cf. 2 Tm 1,12). Confianza orante y adoradora, capaz de interpretar las acciones del pastor y ajustar su corazón y sus decisiones a los tiempos de Dios (cf. Jn 21,18): «Apacentar quiere decir amar, y amar quiere decir también estar dispuestos a sufrir. Amar significa dar el verdadero bien a las ovejas, el alimento de la verdad de Dios, de la palabra de Dios; el alimento de su presencia».

Y también entrega sostenida por la consolación del Espíritu, que lo espera siempre en la misión: en la búsqueda apasionada por comunicar la hermosura y la alegría el Evangelio (cf. Exhort. ap. Gaudete et exsultate, 57), en el testimonio fecundo de aquellos que, como María, permanecen de muchas maneras al pie de la cruz, en esa dolorosa pero recia paz que no agrede ni avasalla; y en la terca pero paciente esperanza en que el Señor cumplirá su promesa, como lo había prometido a nuestros padres y a su descendencia por siempre (cf. Lc 1,54-55).

También nosotros, aferrados a las últimas palabras del Señor y al testimonio que marcó su vida, queremos, como comunidad eclesial, seguir sus huellas y confiar a nuestro hermano en las manos del Padre: que estas manos de misericordia encuentren su lámpara encendida con el aceite del Evangelio, que él esparció y testimonió durante su vida (cf. Mt 25,6-7).

San Gregorio Magno, al finalizar la Regla pastoral, invitaba y exhortaba a un amigo a ofrecerle esta compañía espiritual: «En medio de las tempestades de mi vida, me alienta la confianza de que tú me mantendrás a flote en la tabla de tus oraciones, y que, si el peso de mis faltas me abaja y humilla, tú me prestarás el auxilio de tus méritos para levantarme». Es la conciencia del Pastor que no puede llevar solo lo que, en realidad, nunca podría soportar solo y, por eso, es capaz de abandonarse a la oración y al cuidado del pueblo que le fue confiado [4]. Es el Pueblo fiel de Dios que, reunido, acompaña y confía la vida de quien fuera su pastor. Como las mujeres del Evangelio en el sepulcro, estamos aquí con el perfume de la gratitud y el ungüento de la esperanza para demostrarle, una vez más, ese amor que no se pierde; queremos hacerlo con la misma unción, sabiduría, delicadeza y entrega que él supo esparcir a lo largo de los años. Queremos decir juntos: “Padre, en tus manos encomendamos su espíritu”.

Benedicto, fiel amigo del Esposo, que tu gozo sea perfecto al oír definitivamente y para siempre su voz.

Fuente: vatican.va
 

«¡Manteneos firmes en la fe!»

Benedictus PP XVI

«A los que he hecho daño de alguna manera, les pido perdón de todo corazón»

Se hace público el testamento espiritual de Benedicto XVI:

"Por último, pido humildemente: rezad por mí, para que el Señor, a pesar de todos mis pecados e insuficiencias, me reciba en las moradas eternas. A todos los que me han sido confiados, mis oraciones salen de mi corazón, día a día", escribió Benedicto XVI.

En las últimas horas ha transcendido el testamento espiritual que dejó escrito Benedicto XVI el 29 de agosto de 2006. Un legado para todos los cristianos que no tiene desperdicio.

A continuación reproducimos íntegramente este valioso y bello texto:

"Si en esta hora tardía de mi vida miro hacia atrás, hacia las décadas que he recorrido, veo en primer lugar cuántas razones tengo para dar gracias. En primer lugar, doy gracias a Dios mismo, dador de todo bien, que me dio la vida y me guió en diversos momentos de confusión; siempre me levantó cuando empecé a resbalar y siempre me devolvió la luz de su semblante. En retrospectiva veo y comprendo que incluso los tramos oscuros y fatigosos de este camino fueron para mi salvación y que fue en ellos donde Él me guió bien.

Doy gracias a mis padres, que me dieron la vida en una época difícil y que, a costa de grandes sacrificios, con su amor prepararon para mí una morada magnífica que, como una luz clara, ilumina todos mis días hasta el día de hoy. La lúcida fe de mi padre nos enseñó a los niños a creer, y como señal siempre se ha mantenido firme en medio de todos mis logros científicos; la profunda devoción y la gran bondad de mi madre son un legado que nunca podré agradecerle lo suficiente. Mi hermana me ha asistido durante décadas desinteresadamente y con afectuoso cuidado; mi hermano, con la lucidez de sus juicios, su vigorosa resolución y la serenidad de su corazón, me ha allanado siempre el camino; sin este constante precederme y acompañarme, no habría podido encontrar la senda correcta.

De corazón doy gracias a Dios por los muchos amigos, hombres y mujeres, que siempre ha puesto a mi lado; por los colaboradores en todas las etapas de mi camino; por los profesores y alumnos que me ha dado. Con gratitud los encomiendo todos a Su bondad. Y quiero dar gracias al Señor por mi hermosa patria en los Pre-Alpes bávaros, en la que siempre he visto brillar el esplendor del Creador mismo. Doy las gracias al pueblo de mi patria porque en él he experimentado una y otra vez la belleza de la fe. Rezo para que nuestra tierra siga siendo una tierra de fe y os lo ruego, queridos compatriotas: no os dejéis apartar de la fe. Y, por último, doy gracias a Dios por toda la belleza que he podido experimentar en todas las etapas de mi viaje, pero especialmente en Roma y en Italia, que se ha convertido en mi segunda patria.

A todos aquellos a los que he hecho daño de alguna manera, les pido perdón de todo corazón.

Lo que antes dije a mis compatriotas, lo digo ahora a todos los que en la Iglesia están confiados a mi servicio: ¡manteneos firmes en la fe! No se confundan. A menudo da la impresión de que la ciencia -las ciencias naturales, por un lado, y la investigación histórica (especialmente la exégesis de la Sagrada Escritura), por otro- es capaz de ofrecer resultados irrefutables en contradicción con la fe católica.

He vivido las transformaciones de las ciencias naturales desde hace mucho tiempo, y he podido comprobar cómo, por el contrario, las aparentes certezas contra la fe se han desvanecido, demostrando no ser ciencia, sino interpretaciones filosóficas sólo aparentemente pertenecientes a la ciencia; del mismo modo que, por otra parte, es en el diálogo con las ciencias naturales como también la fe ha aprendido a comprender mejor el límite del alcance de sus pretensiones, y por tanto su especificidad.

Hace ya sesenta años que acompaño el camino de la Teología, en particular de las ciencias bíblicas, y con la sucesión de las diferentes generaciones he visto derrumbarse tesis que parecían inamovibles, demostrando ser meras hipótesis: la generación liberal (Harnack, Jülicher, etc.), la generación existencialista (Bultmann, etc.), la generación marxista. He visto y veo cómo de la maraña de hipótesis ha surgido y vuelve a surgir lo razonable de la fe. Jesucristo es verdaderamente el camino, la verdad y la vida, y la Iglesia, con todas sus insuficiencias, es verdaderamente su cuerpo.

Por último, pido humildemente: rezad por mí, para que el Señor, a pesar de todos mis pecados e insuficiencias, me reciba en las moradas eternas. A todos los que me han sido confiados, mis oraciones salen de mi corazón, día a día.

Fuente: religionenlibertad.com