07 julio 2023

La educación nunca fue ni será neutra

Catherine L'Ecuyer


Asistimos recientemente a una vuelta de tuerca más al giro metafísico iniciado por la modernidad: el culto al feísmo. El culto al feísmo ha impregnado el arte, la educación, la política y la cultura en general

Educar nunca fue neutro. Educar, decía Platón, es enseñar a desear lo bello. Lo bello, decían los griegos, es la expresión visible de la verdad y de la bondad. La potencia del bien se ha prefigurado en la naturaleza de lo bello, afirmaba Platón. En los griegos no existe una verdad que no sea bella, o una belleza que no sea expresión de lo verdadero y de lo bueno. Verdad, bondad y belleza, también llamados trascendentales, forman un todo indivisible.

Podríamos decir que la razón de ser de la educación clásica es que el educado aspire a encarnar la belleza. Que sienta placer al hacer el bien, conocer la verdad y saborear lo bello. La virtud, por lo tanto, no consiste en un suplemento de fuerza en la voluntad, o en ir meramente a contracorriente de las propias tendencias: consiste en que todo el ser marque una tendencia natural hacia los trascendentales. El virtuoso no es aquel que sufre continuamente al hacer por deber lo que le disgusta, sino el que disfruta haciendo el bien, buscando la verdad y anhelando lo bello. Llana y sencillamente lo hace porque le da la gana. El motor de la virtud es la belleza: es bello aquello que tiene sentido. Podemos imaginar algo falso, pero solo podemos encontrar sentido y comprender aquello que es verdadero, decía Newton. Es precisamente por tener sentido que la belleza llena de sentido al que la anhela.

La metafísica clásica tampoco es neutra.  «Existe belleza en todas las clases», afirma el optimista Aquinate. Según la filosofía clásica, el ser es necesariamente bello por el mero hecho de ser. ¿Existe entonces la fealdad? Sí, pero los filósofos clásicos afirman que solo existe en contraposición con lo bello: la fealdad es ausencia de belleza (que nunca puede ser completa). Para entendernos, si algo es feo, es que solo lleva un 2% de belleza: si es hermoso llevará un 50%; y si algo es bello a lo mejor alcanza un 90%. Los educadores llevan siglos en búsqueda del medidor de belleza. Pero no existe tal artefacto. Para captar la cantidad de belleza, solo existen pieles finas o pieles de elefante capaces de filtrar lo mediocre para transmitir lo excelente. Esa piel fina es la sensibilidad del educador que le permite sintonizar con lo bello.

Desde Rousseau, se hizo un giro metafísico respecto a los trascendentales. El Romanticismo, que surge como contrapeso al racionalismo y en rebelión a la filosofía clásica, da una importancia prioritaria a la filosofía clásica, da una importancia prioritaria a la imaginación productiva. Para el Romanticismo, la realidad es subjetiva y su valor departe del impacto que los sentimientos individuales tienen sobre la imaginación. La imaginación es productiva porque es, en sí misma, la medida de la realidad. «Lo que se llama Romanticismo en una metafísica sentimental», apunta Américo Castro. «No estoy seguro de nada más que de la santidad de los afectos del corazón y de la verdad de la imaginación. Lo que la imaginación toma como belleza debe ser verdad -existiera antes o no- […]», afirma Keats.

Asistimos recientemente a una vuelta de tuerca más al giro metafísico iniciado por la modernidad: el culto al feísmo. El culto al feísmo ha impregnado el arte, la educación, la política y la cultura en general. Solo hay que analizar las películas que ven nuestros hijos: el malo es el bueno y el bueno es el malo. En política, el mentiroso es el espabilado y el que dice la verdad es el bobo que se cree las noticias falsas. En el arte, la belleza se ve como un pegote cursi y la fealdad `mola´. En la educación la apología de la ignorancia campa a sus anchas y se habla de la cultura y del conocimiento como obstáculos al progreso.

El culto al feísmo tampoco es neutro. Es una forma de rebelión hacia lo bello, según la cual toda Belleza es un engaño que debe desenmascararse, destruirse. El culto a la fealdad actúa como el pirómano que encuentra satisfacción en destruir la belleza de los bosques. Se trata de un giro metafísico radical en el que los trascendentales pasan a ser la fealdad, la mentira y el mal.  Ve en las virtudes mentiras y en el vicio una manifestación de sinceridad. La sospecha hacia todo lo bueno y lo bello es consecuencia de una falta de asombro. El cinismo y el desdén universal son consecuencia de la pérdida de la capacidad de admiración. Lo que distingue la situación actual a la de otros períodos oscuros o aparentemente peores de la historia, es que entonces el mal se consideraba mal y el bien se llamaba por su nombre. Ahora, el mal está disfrazado de virtud y de superioridad moral, y se sospecha de la verdad como si fuese mentira y odio. El rechazo por llamar bien al bien y mal al mal llega hasta el extremo de llevarnos a quemar libros de literatura clásica que nos recuerdan esos cánones.

Educar no es neutro. Y cuando decimos que lo es, no solamente estamos tomando partido a favor de la primera versión de la modernidad, sino que entramos en una dinámica que hace imposible la tarea de educar. ¿Por qué, cuando dejamos, por afán de neutralidad, de enseñar lo que está bien y lo que está mal, entramos en el bucle del activismo y del eclecticismo pedagógico? Cuando dejamos de describir la realidad tal como es, el alumno pierde el compás interno que dirige sus acciones, pierde la intuición que le hace capaz de distinguir lo que es falso de lo que es verdadero y se adormece el asombro que le permite admirarse y conmocionarse ante lo bello. Pierde la motivación vital que le hace disfrutar al aprender lo que tiene sentido.  Una vez educar parece haberse convertido en una tarea utópica, sentimos la necesidad de echar mano de una panoplia de artilugios metodológicos, didácticos y tecnológicos y de confiar la educación a la suerte de los magos, los «gurús» iluminados y las empresas tecnológicas. Una educación que aspira a ser neutra siempre acaba desnortada.

¿Cómo volver a encontrarse con el placer de aprender acerca de lo verdadero, de admirarse ante lo bello y de aspirar al bien? Para ello, los educadores debemos salir de la cómoda postura de la neutralidad y volver a la esencia de lo que significa educar. Debemos descubrir la belleza que se encuentra en la verdad y la bondad. Sin complejos. En un mundo que entiende el proceso en término de vorágine de la innovación, hemos de ser conscientes de que ni los métodos, ni la didáctica, ni la innovación son neutros. Cada uno de ellos estará al servicio de una antropología romántico-idealista, mecanicista, o bien clásico-realista. La innovación sí puede tener sentido, pero siempre y cuando parta de unos fines de la educación que son estables y que resuenan con la naturaleza humana. Por eso, solo un educador capaz de usar los métodos clásicos de toda la vida es capaz de innovar con sentido.  No, la educación nunca fue ni será neutra.

Fuente: womanessentia.com

06 julio 2023

Leer a Jacques Maritain (1882-1973) a los 50 años de su muerte

Jaime Nubiola


Maritain no es solo un pensador teórico, sino que desarrolló un análisis de la sociedad de su tiempo, destacando cómo una nueva cultura cristiana puede transformar las estructuras de la vida social. Su lectura sigue interpelándonos hoy.


El pasado 28 de abril se cumplían cincuenta años del fallecimiento del filósofo francés Jacques Maritain, ilustre representante del pensamiento católico del siglo XX. Recuerdo mi primer encuentro con un libro suyo cuando contaba apenas 18 años. Se trataba de su manual de lógica formal: El orden de los conceptos, publicado en Buenos Aires por el Club de Lectores en 1965. Me impresionó su claridad conceptual, el orden de su exposición y el conocimiento que mostraba de la historia de la materia, que tanto contrastaba con los demás manuales disponibles entonces.

Jacques Maritain había nacido de familia protestante en París en 1882, se había casado en 1904 con Raïssa Oumansoff, inmigrante judía de origen ruso, y había sido bautizado junto con su esposa en la iglesia de san Juan Evangelista de Montmartre el 11 de junio de 1906, actuando como padrino el polémico escritor católico, también converso, Léon Bloy (1846-1917). 

El pensamiento de Maritain

En el libro de Raïssa Las grandes amistades relata con gran emoción el encuentro de ambos con Charles Péguy, Henri Bergson, Pierre y Cristina Van der Meer, ahijados, como ellos, de Bloy. Será la propia Raïssa quien introducirá a su esposo Jacques en el estudio del pensamiento de santo Tomás de Aquino.

Quizá convenga también añadir que Maritain no fue bien recibido en la España de la posguerra a causa de su posicionamiento en la guerra civil española (1936-1939). Maritain se opuso a considerar la guerra civil como una “cruzada”, ni siquiera a considerar como dignas de ser llamadas católicas a las tropas mandadas por Francisco Franco a causa de las matanzas de republicanos.

Bajo la dirección de Hubert Borde y Bernard Hubert se ha publicado el año pasado en la editorial Téqui de París un grueso volumen de más de 850 páginas con el título general de Actualité de Jacques Maritain que reúne 24 valiosas colaboraciones profundizando en diversos aspectos de su figura medio siglo después de su muerte. “El pensamiento de Maritain” ─explican los editores en este volumen─ “se inscribe en una constelación que es fácil de identificar, la de un retorno a santo Tomás que se entiende a la vez como un intento de re-apropiarse de la obra del doctor angélico y mostrar cómo ella puede responder a los desafíos del pensamiento contemporáneo”. Aquí está a mi juicio la clave del interés de leer hoy a Maritain, pues precisamente el pensamiento católico está hondamente necesitado de un potente relanzamiento para afrontar los acuciantes problemas intelectuales y vitales que afligen a nuestra cultura. Maritain, a pesar de ser todavía, “especialmente en España, un famoso desconocido” ─en palabras de Juan Manuel Burgos─ puede ser un punto de apoyo decisivo para repensar el mundo actual en el marco de la fe cristiana.

Como es conocido, Jacques Maritain participó en la elaboración de la Declaración Universal de los Derechos Humanos de las Naciones Unidas de 1948. Maritain era el jefe de la delegación oficial de Francia y ante las graves discrepancias que habían surgido en la comisión preparatoria, propuso dejar a un lado las disputas teóricas y asumir un enfoque realista y práctico que defendía la cooperación entre los seres humanos por su común naturaleza. 

Esta manera de abordar la cuestión hizo posible que se redactara y aprobara la Declaración Universal que tanta influencia ha tenido. De hecho, el pensamiento de Jacques Maritain fue decisivo para la configuración de los partidos democratacristianos en numerosos países, particularmente en Sudamérica: Argentina, Chile, Venezuela, etc.

Humanismo integral

Pregunté a un experto qué libro de la extensa obra de Maritain me recomendaba para conmemorar el 50 aniversario de su fallecimiento y me indicó sin dudarlo Humanismo integral, publicado originalmente en 1936 tanto en francés como en castellano, que lleva el significativo subtítulo Problemas temporales y espirituales de una nueva cristiandad. Se trata probablemente ─dice Burgos en la edición española que he leído publicada por la editorial Palabra en 2015─ “de su obra maestra o, por lo menos, la más conocida. […] Es un libro serio y profundo, con unas tesis muy definidas y pensadas y es precisamente esa fuerza intelectual la que provocó importantes polémicas que se han extendido en el tiempo hasta fechas muy reciente” (p. 10).

El lector actual de Humanismo integral queda impresionado, en primer lugar, por la maestría y soltura con la que Maritain se mueve en la historia de las ideas: lo bien que describe el ocaso de la cristiandad medieval, su relevo por el humanismo renacentista y moderno hasta llegar a la crisis de las primeras décadas del siglo XX en las que el cristianismo ─como nos pasa un siglo después─ parece quedar retrasado respecto de los avances de los tiempos. “Maritain” ─añade Burgos (p. 10)─ “quiso construir un nuevo proyecto de acción política y social que rompiera de una vez por todas con el paradigma de la Cristiandad Medieval como modelo de unión entre cristianismo y sociedad”.

Juan Pablo II mencionó a Jacques Maritain en la Fides et ratio como uno de aquellos pensadores cristianos que podían servirnos de ejemplo: “Prestar atención al itinerario espiritual de estos maestros ayudará, sin duda alguna, al progreso en la búsqueda de la verdad y en la aplicación de los resultados alcanzados al servicio del hombre”. Y expresaba su esperanza de que esa tradición “encuentre hoy y en el futuro continuadores y cultivadores para el bien de la Iglesia y de la humanidad” (n. 74). Releer hoy el Humanismo integral de Maritain nos invita a repensar la acción de los cristianos en el mundo en el año 2023.

Fuente: omnesmag.com


05 julio 2023

La paz mundial y la vida interior del cristiano

Ramiro Pellitero


El Papa Francisco ha trabajado a lo largo de su pontificado por la paz, insistiendo siempre en la responsabilidad común que une a todos para lograr la justicia social.

Parecería que la paz, que tanto nos preocupa, sea solo una “cuestión social”, de acuerdos y leyes. La paz verdadera tiene también que ver con el espíritu y con el corazón de cada uno de nosotros; de ahí la importancia de cultivar lo que la tradición cristiana llama la “vida espiritual” o “vida interior”.

Destacamos las enseñanzas del Papa difundidas en enero, en dos ocasiones: su discurso al Cuerpo Diplomático acreditado ante la Santa Sede, que se centró en los grandes pilares de la paz; y su Carta apostólica Totum amoris est, con ocasión de los 400 años de la muerte de san Francisco de Sales. En esa carta (firmada el 28 de diciembre) el Papa subraya la centralidad del amor en la vida espiritual o vida interior del cristiano.

Los pilares de la paz

Este año el discurso del Papa al Cuerpo Diplomático acreditado ante la Santa Sede (9-I- 2023) fue una continuación del Mensaje del 1 de enero para la Jornada mundial de la Paz: “Nadie puede salvarse solo. Recomenzar desde el Covid-19 para trazar juntos caminos de paz”.

Deseaba ahora Francisco expresar “una invocación de paz en un mundo que ve crecer divisiones y guerras”, tras la contemplación, durante la Navidad, del Hijo de Dios, llamado en las Sagradas Escrituras “Príncipe de la paz” (Is 9, 5). 

Se cumplen, además, 60 años de la encíclica Pacem in terris, de san Juan XXIII, publicada pocos meses antes de su muerte y medio año después de la llamada “crisis de los misiles cubanos”, que supuso una amenaza nuclear y un paso en la dirección de una aniquilación de la humanidad.

Precisamente la tarea diplomática –observa el Papa– “es un ejercicio de humildad porque requiere sacrificar un poco de amor propio para entrar en relación con el otro, para comprender sus razones y puntos de vista, contrastando así con el orgullo y la arrogancia humana, causa de toda voluntad beligerante”.

Ante todo, reitera Francisco que “la posesión de armas atómicas es inmoral”, en la línea de san Juan XXIII. Lamenta el estancamiento del “Plan de acción integral conjunto” (acuerdo nuclear con Irán) y la guerra de Ucrania, como picos de un iceberg que él viene llamando la tercera guerra mundial (en marcha) “ a trozos” en un mundo globalizado. A ellos se añaden otras guerras o conflictos armados activos en el mundo.

Clama por una superación de la “lógica” de los armamentos –la carrera armamentística–, porque no es posible la paz allá donde proliferan instrumentos de muerte.

En la estela de la Pacem in terris, se detiene a continuación en cuatro bienes fundamentales o “pilares que regulan tanto las relaciones entre los seres humanos individuales como entre las comunidades políticas”: ellos son la verdad y la justicia, la solidaridad y la libertad. Los cuatro se entrelazan, observa el Papa, en una premisa fundamental: “todo ser humano es una persona”. Es decir –cabría añadir–, en una correcta antropología como fundamento de una correcta ética, compatible con una visión cristiana de la vida.

La paz en la verdad

En primer lugar, “construir la paz en la verdad significa ante todo respetar a la persona humana, con su ‘derecho a la existencia y a la integridad física’, a la que se le deben garantizar ‘la libertad en la búsqueda de la verdad, en la expresión del pensamiento y en su difusión”’, como señalaba ya la encíclica de Juan XXIII.

Subraya en este marco el Papa, junto con el reconocimiento de los derechos de las mujeres, la necesidad de defender la vida frente al aborto provocado y el descarte de otros seres humanos débiles: enfermos, discapacitados y ancianos. Insiste, como en otras ocasiones, en la inadmisibilidad de la pena de muerte y su deseo de que desaparezca en las legislaciones del mundo actual.

Señala la necesidad de promover la natalidad para proteger el futuro de la sociedad. Y defiende una “visión integral de la educación”, que implica “integrar los caminos del crecimiento humano, espiritual, intelectual y profesional, que permitan a la persona liberarse de múltiples formas de esclavitud y establecerse en la sociedad de manera libre y responsable”.

Observa la verdadera catástrofe educativa que la pandemia ha dejado, y clama para que los Estados se replanteen “la vergonzosa y asimétrica relación entre el gasto público reservado a la educación y los fondos destinados al armamento”.

Avisa de que la paz exige el reconocimiento universal de la libertad religiosa (limitada en un tercio del mundo) y denuncia el hecho de que uno de cada siete cristianos en el mundo esté perseguido. Además, defiende que la libertad religiosa no se reduce a la libertad de culto sino que afecta también a la libertad para que cada uno pueda “obrar conforme a su conciencia también en el ámbito de la vida pública y en el ejercicio de su profesión”.

Por último, en este primer apartado, apunta Francisco dos principios fundamentales relativos a la paz en la verdad. Primero, que las religiones “no (son) problemas, sino parte de la solución para una convivencia más armoniosa” (Discurso en la Sesión Plenaria del VII Congreso de Líderes Religiosos Mundiales, Astaná, 14- IX-2022). Segundo, que “la raíz de todo conflicto es el desequilibrio del corazón humano” (Mc 7, 21).

Paz, justicia y solidaridad

Un segundo pilar de la paz es la justicia. Así como la crisis de 1962 se resolvió gracias a la confianza en el derecho internacional, también ahora se requiere crear espacios de diálogo entre los pueblos, para evitar polarizaciones, totalitarismos y colonizaciones ideológicas.

En tercer lugar, la paz requiere la solidaridad. Es decir, “saberse responsables de la fragilidad de los demás en la búsqueda de un destino común” (Fratelli tutti, 115). Tras la pandemia, Francisco desea señalar tres áreas donde urge una mayor solidaridad: las migraciones (urge desarrollar un marco normativo para que se pueda acoger, acompañar, promover e integrar a los migrantes; así como asistir y atender a los náufragos, no solo en algunos países donde desembarcan); el mundo de la economía y el trabajo (proporcionando las ganancias en relación con el servicio al bien común y combatiendo la explotación); y el cuidado de la casa común (con una atención más incisiva hacia el cambio climático).

Paz y libertad

En cuanto a la libertad, ya la Pacem in terris señalaba que la construcción de la paz requiere que no haya lugar para “lesiones a la libertad, integridad y seguridad de otras naciones, cualquiera que sea su extensión territorial o su capacidad de defensa” (n. 66).

El obispo de Roma llama la atención ante el prevalecer, en diversas partes de nuestro mundo, de una cultura de la opresión, de la agresión y del debilitamiento de la democracia.Y enuncia de nuevo el deseo formulado por “el Papa bueno” (san Juan XXIII): que entre los hombres y sus respectivos pueblos “no reine el miedo, sino el amor: que tiende a expresarse en una colaboración leal, multiforme, portadora de muchos bienes” (Pacem in terris, 67).

El amor, clave de la vida interior del cristiano

La carta apostólica del Papa Francisco, Totum amoris est (Todo pertenece al amor, 28-XII-2022), en el cuarto centenario de la muerte de san Francisco de Sales, sitúa el amor como origen, manifestación y meta de la vida espiritual del cristiano.

Cabe describir el contenido de la carta esquemáticamente con nueve palabras. Cuatro para describir el contexto del pensamiento y doctrina de san Francisco de Sales; y cinco que señalan sus “decisiones”. Las cuatro palabras del contexto pueden ser: afectividad, encarnación, renovación y discernimiento. Las cinco palabras en relación con sus “decisiones”: libertad, santidad, alegría, caridad y Jesucristo.

El contexto

1. Afectividad. “Dios es Dios del corazón humano” (síntesis de su pensamiento). Importancia de integrar la afectividad en el conjunto del hombre y por tanto de la vida espiritual. “En el corazón y por medio del corazón es donde se realiza ese sutil e intenso proceso unitario en virtud del cual el hombre reconoce a Dios y, al mismo tiempo, a sí mismo, su propio origen y profundidad, su propia realización en la llamada al amor”.

“La fe es sobre todo una disposición del corazón”. En efecto. Y en el sentido cristiano (ya en su raíz bíblica) se entiende por corazón no primeramente un sentimiento –la fe no es algo puramente emocional–, pero tampoco ante todo ni meramente un asentimiento de tipo intelectual –que es también una dimensión de la fe– sino el todo de la persona, que abarca, por tanto, sus afectos.

2. Encarnación. El santo doctor rechazaba tanto el voluntarismo (que confunde la santidad con la justificación por medio de las propias fuerzas y produce una autocomplacencia privada del verdadero amor) como el quietismo (un abandono pasivo y sin afectos, que menosprecia la carne y la historia). “En la escuela de la Encarnación aprende a leer la historia y habitarla con confianza”. Una de sus lecciones primeras es que “el amor es lo que da valor a nuestras obras”; y sostiene que “Todo en la Iglesia es para el amor, en el amor, por el amor y del amor” (Tratado del amor de Dios). Juan Pablo II le llamó “Doctor del amor divino”.

3. Renovación. Este santo vive entre dos siglos XVI y XVII. Desde el punto de vista intelectual y cultural, recoge lo mejor del siglo anterior para pasarlo al siglo posterior, “reconciliando la herencia del humanismo con la tendencia hacia lo absoluto propia de las corrientes místicas”. Todo ello, junto con una “notable dignidad teológica”: poniendo por delante la vida espiritual (la oración) y también asumiendo la dimensión de la vida eclesial (sentir en la Iglesia y con la Iglesia) en la tarea teológica. Y de este modo señala que el método teológico no se compagina con el individualismo.

4. Discernimiento. Descubre que en su tiempo se abre un mundo nuevo, donde también había “sed de Dios”, aunque de modo distinto a cómo había sucedido antes. A esto había que responder “con lenguajes antiguos y nuevos”. Supo leer los estados de ánimo de esa época. Decía: “importa mucho mirar la condición de los tiempos”. Y así pudo elaborar una síntesis espiritual y pastoral fecunda, centrada en la relación personal y en la caridad. Supo asimismo anunciar de nuevo el Evangelio de modo flexible y a la vez eficaz.

Como conclusión de lo anterior, observa el Papa: “Es lo que también nos espera como tarea esencial para este cambio de época: una Iglesia no autorreferencial, libre de toda mundanidad, pero capaz de habitar el mundo, de compartir la vida de la gente, de caminar juntos, de escuchar y de acoger”. Es lo que realizó Francisco de Sales, leyendo su época con ayuda de la gracia. Por eso, este doctor de la Iglesia nos invita a “salir de la preocupación excesiva por nosotros mismos, por las estructuras, por la imagen social, y a preguntarnos más bien cuáles son las necesidades concretas y las esperanzas espirituales de nuestro pueblo”.

Las “decisiones”

1. “Reproponer” la libertad (en perspectiva cristiana), en el marco de la iniciativa de la gracia divina y de la colaboración de nuestra acción humana.

2. Reformular la cuestión de la verdadera “devoción”: no como un simple conjunto de prácticas más o menos piadosas o ascéticas, sino más bien como manifestación de la caridad, algo así como hace la llama respecto del fuego. Y, por tanto, yendo a la raíz de la devoción, que es la santidad, para todos los cristianos en cada estado de vida, también en la “ciudad secular”. 

3. Presentar la vida cristiana como “éxtasis de la obra y de la vida”, en el sentido literal del término éxtasis (salir fuera). Es decir: la “alegría de la fe” que surge cuando salimos de nosotros mismos hacia Dios y los demás. Y no como un conjunto de obligaciones: “No es vivir en nosotros, sino fuera de nosotros y sobre nosotros”, en “un éxtasis perpetuo de acción y de operación”.

Ya lo había dicho el Papa Francisco y ahora lo retoma: “El gran riesgo del mundo actual, con su múltiple y abrumadora oferta de consumo, es una tristeza individualista que brota del corazón cómodo y avaro, de la búsqueda enfermiza de placeres superficiales, de la conciencia aislada. Cuando la vida interior se clausura en los propios intereses, ya no hay espacio para los demás, ya no entran los pobres, ya no se escucha la voz de Dios, ya no se goza la dulce alegría de su amor, ya no palpita el entusiasmo por hacer el bien. Los creyentes también corren ese riesgo, cierto y permanente. Muchos caen en él y se convierten en seres resentidos, quejosos, sin vida” (Exhort. ap. Evangelii gaudium, 2)

4. Considerar, como criterio de discernimiento de la verdad de ese estilo de vida, la caridad con el prójimo: si no existe la caridad, los “éxtasis” de la oración pueden ser ilusorios e incluso provenir del demonio.

5. Tener en cuenta el origen profundo del amor cristiano que atrae el corazón (pues la vida espiritual no puede existir sin afecto): “el amor (de Dios) manifestado por el Hijo encarnado”. Es decir, Jesucristo, en toda su vida y especialmente sobre la cruz. Por ello, dice este santo doctor, “el calvario es el monte de los amantes”.

Fuente: omnesmar.com

04 julio 2023

Derecho al aborto en perspectiva comparada

Aniceto Masferrer

La pasada semana se cumplió un año de la sentencia de la Corte Suprema de Estados Unidos (Dobbs v. Jackson Women's Health Organization, de 24.6.2022), que rechazó la doctrina que este mismo órgano había sentado hacía medio siglo (Roe v. Wade, 1973), según la cual la Constitución norteamericana otorga un derecho al aborto. Hace poco, en España también la nueva composición del Tribunal Constitucional ha entendido, bebiendo de la tradición anglosajona –aunque no se reconozca explícitamente en ningún momento–, que la Constitución, vista como un «árbol vivo» y «a través de una interpretación evolutiva», ha entendido que nuestra Carta Magna sí contiene un «derecho al aborto», prohibiendo además al legislador cualquier regulación que no pase por un sistema de plazos en el que la mujer embarazada pueda decidir –si lo desea, y sin limitación alguna– terminar con la vida en gestación que lleva en su seno (STC 44/2023, recurso de inconstitucionalidad núm. 4523-2010, 9.5.2023).

Tras una lectura sosegada de la sentencia, quiero hacer un breve análisis en perspectiva comparada que contribuya a ampliar la visión de esta cuestión fundamental. Me llama poderosamente la atención el endeble recurso al Derecho comparado en la sentencia al defender un «derecho al aborto», punto central de la nueva doctrina constitucional española. Como ningún país de nuestro entorno (casi me atrevería a decir del mundo, pero desde luego ni europeo ni anglosajón) ha llegado tan lejos, la sentencia tan sólo puede referirse a ‘Informes’, ‘Declaraciones’ u ‘Observaciones’ (de organismos internacionales y europeos), pero no a normas constitucionales o de Derecho internacional público, ni tampoco a pronunciamientos jurisprudenciales como el norteamericano de 1973, vigente hasta el año pasado. Cuando recurre a Resoluciones de la Unión Europea, por ejemplo, lo hace un tanto sesgadamente, porque la UE jamás ha establecido un derecho al aborto, sino que más bien ha declarado expresamente lo contrario. En esta línea, el Tribunal Europeo de Derechos Humanos sostiene que la regulación del aborto compete al legislador de cada Estado (no al órgano encargado de interpretar la Constitución) (Case of A, B and C v. Ireland, Application no. 25579/05, de 16 de diciembre de 2010).

La sentencia de nuestro TC no ha podido recurrir al Derecho comparado con respecto a ese «derecho al aborto» porque, sencillamente, no existe. Este hecho resulta particularmente llamativo: pese a que EE.UU. estableció (en Roe v. Wade, 1973) un «derecho al aborto» y esta doctrina haya venido ejerciendo un notable influjo en el proceso de despenalización del aborto en todo Occidente, ningún país europeo ha seguido la estela norteamericana hasta el extremo de reconocer un derecho constitucional al aborto, salvo España, y además cuando esa doctrina ha sido ya derogada hace casi un año al otro lado del Atlántico.

¿Por qué en ningún país europeo se ha dado ese paso? Quizá para algún político –de los que sin duda sobran en España– esto se deba a que los demás países no defienden a la mujer como ésta se merece, o se dejan llevar por prejuicios culturales, morales o religiosos que impiden la plena emancipación e igualdad de la mujer. Sin embargo, no es ese el motivo que explica la inexistencia del derecho al aborto en los países de nuestro entorno. En Europa, el caso más paradigmático es el alemán, cuyo Tribunal Constitucional (BVerfG) no quiso alinearse al anterior modelo norteamericano en dos sentencias: de 25 de febrero de 1975, y de 28 de mayo de 1993. En la primera, el BVerfG declaró que el derecho a la vida (art. 2 de la Ley Fundamental de Bonn) se extiende a la vida del embrión «en tanto que interés jurídico independiente» y estableció, en consecuencia, la obligación del Estado de no lesionar la posición del nasciturus e, igualmente, de garantizar que otros no puedan impedir o lesionar su natural desarrollo. Para ello, sentó la regla de la inexigibilidad (Unzumutbarkeit) para los casos en los que la continuación del embarazo pudiera entrañar un riesgo para la vida de la madre o un grave perjuicio para su salud. Más allá de estos supuestos, el Alto Tribunal alemán reconoció que correspondía al legislador decidir qué otras circunstancias extraordinarias podrían justificar la despenalización del aborto. Un voto particular (de los jueces Rupp-von Brünneck y Simon), al referirse al «derecho al aborto» del modelo norteamericano, señaló que «esto iría demasiado lejos en el derecho constitucional alemán», añadiendo que, en su opinión, «la amenaza de castigo no promete éxito o parece, por otras razones, una reacción inadecuada».

En la segunda sentencia –casi dos décadas más tarde–, el Tribunal alemán, tras reconocer que «en el momento (…) determinado del embarazo, el no nacido es una vida individual que ya no es divisible, que está definida ya en su identidad genética y, por lo tanto, en su singularidad y no intercambiabilidad, que en el proceso de crecimiento y auto-despliegue se desarrolla no hacia un ser humano sino como un ser humano», sienta el principio base de que el aborto «debe considerarse, en principio, una injusticia». En consecuencia –continúa la sentencia–, declara que el derecho a la vida del no nacido no puede ser dejado a libre disposición (ni siquiera por un breve período de tiempo) a la madre. Así expresó el Alto Tribunal alemán esta doctrina, que sigue vigente a día de hoy en el constitucionalismo alemán:

«Los derechos fundamentales de la mujer no se extienden hasta el punto de que, por lo general, se suprima la obligación legal de llevar a término el embarazo, ni siquiera durante un cierto periodo de tiempo. Sin embargo, los derechos fundamentales de la mujer implican que en circunstancias excepcionales es permisible, y en algunos de estos casos posiblemente necesario, no imponer tal obligación legal. Corresponde al legislador determinar detalladamente tales excepciones según el criterio de lo irrazonable. Para ello, deben existir cargas que exijan tal grado de sacrificio de los propios valores vitales que no pueda esperarse de la mujer».

Los juristas conocemos el peso que tiene el Derecho y la doctrina alemana en toda Europa e incluso más allá del continente europeo. También sabemos que el Derecho constitucional alemán, como consecuencia de la triste etapa nacionalsocialista, es particularmente garantista con la vida y los derechos fundamentales de todos. Esta doctrina ha ejercido un notable influjo en los demás países europeos, cuyos códigos penales han despenalizado el aborto en algunos casos (también con el sistema de plazos), pero ningún país había llegado a declarar la existencia de un derecho constitucional al aborto, y menos aún imponer el sistema de plazos como el único posible, impidiendo así al legislador la regulación de esta materia de un modo distinto. Se ha sustraído al legislador de su genuina competencia, a saber, la de poder legislar conforme a las circunstancias de cada momento histórico.

Es triste que España sea el único país del mundo que haya dado este paso (lo que para la doctrina alemana es ir «demasiado lejos»), dejando completamente desprotegido al nasciturus (cuya vida se deja, efectivamente, en un estado totalmente «hipotético o potencial» en las 14 primeras semanas), y a la mujer sola, sin apoyo y sin recursos, cuando, de tenerlos, es obvio que trataría de salvaguardar la incipiente vida humana. Pero más triste es que la mayoría de los políticos juzgue favorablemente el «derecho al aborto» consagrado en esa sentencia, y mire con desdén y animadversión a quienes defienden que el Derecho y el Estado jamás deberían de dejar a la intemperie a los más  vulnerables.

Fuente: eldebate.com


03 julio 2023

Descodificando a Dios

Juan Luis Selma

Hace poco me comentaba un amigo sacerdote que, después de predicar una homilía sentida y sincera, se encontró por la calle un señor que salía del templo y le dijo: “Gracias padre, por bajarnos a Dios a la tierra”. Esta afirmación me ha hecho pensar. ¿Cómo es posible que, siendo Dios el más cercano a nosotros, quien se ha hecho uno de nosotros, lo perdamos tan fácilmente de vista?

Tenemos mala imagen de Dios. Vivimos como si no existiera, como si no tuviera nada que ver con nosotros. Y los creyentes, en no pocas ocasiones, tienen un concepto deformado de Él. Podríamos hacer un pequeño ejercicio y preguntarnos: ¿quién es Dios para mí?, ¿cómo es el Dios en quien creo?, ¿me he encontrado alguna vez con Él?, ¿tengo el descodificador que me ayuda a verlo?

En alguna ocasión me he encontrado con alguien que, después de unos años de noviazgo y otros de casado, ha afirmado que no conocía a la persona con que se casó. Es curioso, pero es real. Podemos convivir mucho tiempo con alguien y tener de él un conocimiento muy superficial; es más, puede ser un gran desconocido. Si esto sucede con el que vemos y tocamos, qué pasará con Dios. Si, además, estamos llenos de prejuicios y le tratamos poco, podemos ser muy injustos con nuestros juicios o apreciaciones. Esto les pasa a muchos, saben más de los marcianos que de su Dios.

Los cristianos tenemos la obligación, el reto de descodificarle; de mostrar su verdadera imagen, el auténtico icono de Dios. Tarea nada fácil, labor no solo intelectual. Debe ser, sobre todo, experimental. Emitimos “en abierto” cuando hemos experimentado el amor y la belleza de Dios. La teoría, los estudios eruditos de teología, solo valen si van acompañados del gozo y la paz de habernos encontrado con Él.

La Biblia, el best seller de Dios, suele ser más un libro ornamental que de consulta y quizás sea mejor así. Se podría decir que es peligroso leerla “de sopetón”. Hay que tener mucha formación para entenderla. El Nuevo Testamento, la parte más reciente de la Biblia, por su mayor proximidad cultural y espacial, es más fácil de comprender, pero contiene pasajes difíciles.

Hoy nos dice: “Quien ama a su padre o a su madre más que a mí, no es digno de mí; y quien ama a su hijo o a su hija más que a mí, no es digno de mí. Quien no toma su cruz y me sigue, no es digno de mí. Quien encuentre su vida, la perderá; pero quien pierda por mí su vida, la encontrará”. ¿Cómo entiendo esto? Parece muy duro y exigente. A primera vista, podemos intuir a un ser supremo encaramado en su trono, exigiendo una sumisión total. ¿Es esta la lectura adecuada?

Creo que lo que nos dice es que un hijo de Dios no puede amar con un amor pequeño, chiquito. Que un padre, una madre, un esposo o esposa, un amigo, se merecen otro tipo de amor que el que le damos. Debe ser amado a lo grande, como solo Dios lo sabe hacer; de un modo incondicional, con amor que sana, que reconstruye, que comprende. Amando con Dios, como Dios, engrandecemos a los nuestros.

Invitándonos a tomar la cruz, dirige nuestra mirada y sentimientos hacia la suya. Así vemos a quien tiene un amor tan grande, que da su vida por sus amigos. Al que no se rebela ante las injusticias, al que no traiciona su misión, al que perdona y disculpa: “Padre, perdónales porque no saben lo que hacen”. Nos dice que todo no acaba en la cruz, que luego viene la gloria, el gozo de la resurrección. Que incluso con dificultades, con contrariedades, con dolor y traición se puede ser feliz, se puede amar.

Hay también una enseñanza en las palabras del Maestro que nos puede venir muy bien en un mundo tan superficial: el amor es más que un sentimiento. Nos recuerdan que hemos perdido el norte en el amor. Amar no es recibir cariño, atenciones, sentir un cosquilleo interior; es querer hacer feliz al otro, procurarle el bien, llenarle de bienes, disfrutar con su presencia.

El amor no está en grandes cosas: viajes, regalos caros, fuertes emociones…Normalmente se manifiesta en pequeños detalles, en la atención, en la mirada, en una sonrisa, en el perdón. Nos recuerda el Evangelio: “Y cualquiera que dé de beber tan sólo un vaso de agua fresca a uno de estos pequeños por ser discípulo, en verdad os digo que no quedará sin recompensa”. Podemos alegrar la vida a los que tenemos cerca cuidando los detalles, prestándoles atención, pequeños servicios. Esto está a la altura de cualquier bolsillo.

Dios es mucho más cercano de lo que pensamos, muchísimo mejor de lo que imaginamos, más “humano” que cualquiera de nosotros. A su lado se está muy bien. Sería una pena no darnos cuenta.

Fuente: eldiadecordoba.es

02 julio 2023

¿Quién es el profeta?

 El Papa en el Ángelus


Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

En el Evangelio de hoy Jesús dice: «El que recibe a un profeta porque es profeta, tendrá recompensa de profeta» (Mt 10,41). Tres veces la palabra “profeta”. Pero, ¿quién es el profeta? Hay quien lo imagina como una especie de mago que predice el futuro; pero esta es una idea supersticiosa y el cristiano no cree en las supersticiones, como la magia, las cartas, los horóscopos o cosas similares. Entre paréntesis: muchos, muchos cristianos van a que les lean las manos… ¡Por favor! Otros pintan al profeta solo como un personaje del pasado, que existió antes de Cristo para preanunciar su llegada. Y Jesús mismo hoy habla de la necesidad de acoger a los profetas; por lo tanto, existen todavía, pero, ¿quiénes son? ¿Quién es el profeta?

Profeta, hermanos y hermanas, es cada uno de nosotros: de hecho, con el Bautismo todos recibimos el don y la misión de la profecía (cf. Catequismo de la Iglesia Católica 1268). Profeta es aquel que, en virtud del Bautismo, ayuda a los demás a leer el presente bajo la acción del Espíritu Santo. Esto es muy importante: leer el presente no como una crónica, sino bajo la acción del Espíritu Santo, que nos ayuda a comprender los proyectos de Dios y a corresponderlos. En otras palabras, el profeta es aquel que muestra a los demás a Jesús, que da testimonio de Él, que nos ayuda a vivir el hoy y a construir el mañana según sus planes. Por lo tanto, todos somos profetas, testigos de Jesús «para que la virtud del Evangelio brille en la vida diaria, familiar y social» (Lumen Gentium, 35). El profeta es un signo vivo que muestra a Dios a los demás, el profeta es un reflejo de la luz de Cristo en el camino de los hermanos. Y entonces, podemos preguntarnos: Yo, que fui “elegido profeta” en el Bautismo, ¿hablo y, sobre todo, vivo como testigo de Jesús? ¿Llevo un poco de su luz a la vida de alguien? ¿Yo me interrogo sobre esto? ¿Me pregunto cómo va mi testimonio, como va mi profecía?

El Señor en el Evangelio pide acoger a los profetas; por lo tanto, es importante que nos acojamos unos a otros como tales, como portadores de un mensaje de Dios, cada uno según su estado y su vocación y hacerlo allí donde vivimos, es decir, en la familia, en la parroquia, en las comunidades religiosas, en los demás ámbitos de la Iglesia y de la sociedad. El Espíritu ha distribuido dones de profecía en el Santo Pueblo de Dios: he aquí por qué está bien escuchar a todos. Por ejemplo, cuando hay que tomar una decisión importante, viene bien sobre todo rezar, invocar al Espíritu, pero después escuchar y dialogar, en la confianza de que cada uno, incluso el más pequeño, tiene algo importante que decir, un don profético que compartir. Así se busca la verdad y se difunde un clima de escucha de Dios y de los hermanos, en el que las personas no se sienten acogidas solo si dicen lo que me gusta, sino que se sienten aceptadas y valoradas como dones por lo que son.

¡Pensemos en cuántos conflictos se podrían evitar y resolver así, poniéndose en escucha de los demás con el sincero deseo de comprenderse! Preguntémonos entonces: ¿Yo sé acoger a los hermanos y a las hermanas como dones proféticos? ¿Creo que los necesito? ¿Los escucho con respeto, con el deseo de aprender? Porque cada uno de nosotros necesita aprender de los demás, cada uno de nosotros necesita aprender de los demás.

Que María, Reina de los Profetas, nos ayude a ver y a acoger el bien que el Espíritu ha sembrado en los demás.

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Después del Ángelus

Queridos hermanos y hermanas:

Incluso en este periodo estival no nos cansemos de rezar por la paz, de manera especial por el pueblo ucraniano, tan probado. Y no descuidemos las demás guerras, desafortunadamente a menudo olvidadas y los numerosos conflictos y desencuentros que llenan de sangre muchos lugares de la Tierra; hay tantas guerras hoy… Interesémonos por lo que sucede, ayudemos a quien sufre y recemos, porque la oración es la fuerza mansa que protege y sostiene el mundo.

Os saludo a todos vosotros, romanos y fieles procedentes de varios países y localidades italianas; en particular, a las Hermanas de San José Bendito Cottolengo, a los jóvenes de la confirmación de Ibiza y Formentera, a los muchachos de la Unidad pastoral de Tremignon y Vaccarino, en el vicentino. Saludo también al “Grupo San Mauro” de Cavarzere y a la escuela infantil “Virgen del Olmo” de Verdellino. Y saludo a los muchachos de la Inmaculada.

Os deseo a todos un feliz domingo y, por favor, no os olvidéis de rezar por mí. ¡Buen almuerzo y hasta pronto!.

Fuente: vatican.va

01 julio 2023

Tomar la cruz

13º domingo del Tiempo Ordinario (Ciclo A) 


    Evangelio (Mt 10,37-42)

Quien ama a su padre o a su madre más que a mí, no es digno de mí; y quien ama a su hijo o a su hija más que a mí, no es digno de mí. Quien no toma su cruz y me sigue, no es digno de mí. Quien encuentre su vida, la perderá; pero quien pierda por mí su vida, la encontrará.

Quien a vosotros os recibe, a mí me recibe, y quien me recibe a mí, recibe al que me ha enviado. Quien recibe a un profeta por ser profeta obtendrá recompensa de profeta, y quien recibe a un justo por ser justo obtendrá recompensa de justo. Y cualquiera que dé de beber tan sólo un vaso de agua fresca a uno de estos pequeños por ser discípulo, en verdad os digo que no quedará sin recompensa.

 Comentario

 El evangelio según san Mateo contiene cinco grandes discursos de Jesús, como una alusión a los cinco rollos de la Ley de Moisés o Pentateuco. El segundo de estos discursos suele llamarse el Discurso de la Misión, porque contiene una serie de instrucciones del Maestro para aquellos que envió a las ciudades y aldeas a anunciar la inminente llegada del Reino de Dios. Al igual que el domingo pasado, la liturgia recoge hoy un fragmento de dicho discurso.

“Quien ama a su padre o a su madre más que a mí, no es digno de mí…” (v. 37). Las palabras de Jesús tienen un tono muy exigente y demandan de los discípulos decisiones firmes y generosas. Muy a propósito, Jesús contrasta su seguimiento y la evangelización con aquellas dimensiones de la persona más esenciales e importantes, como son la familia y la propia vida.

 El Papa Francisco explicaba esta prioridad así: “El afecto de un padre, la ternura de una madre, la dulce amistad entre hermanos y hermanas, todo esto, aun siendo muy bueno y legítimo, no puede ser antepuesto a Cristo. No porque Él nos quiera sin corazón y sin gratitud, al contrario, es más, sino porque la condición del discípulo exige una relación prioritaria con el maestro”. Jesús no promueve el rechazo o desprecio a los seres queridos, sino que ilustra el valor radical y primordial que tiene el amor a Dios y la búsqueda del bien de las almas, que es la mejor forma de amar a los demás.

“Quien no toma su cruz y me sigue…” (v. 38). Sorprende que Jesús hable ya a los apóstoles de la cruz, cuando acaba de elegirlos al inicio de su ministerio en Galilea. No sabemos qué entenderían ellos de estas palabras, pronunciadas mucho antes de la pasión. En cualquier caso, significan que el discípulo puede identificarse con el Maestro; no solo porque es enviado a anunciar el evangelio como Él, sino también porque puede sacrificarse por los demás, como hizo Jesús en la cruz.

 La idea de la cruz produce cierto miedo natural y podría retraernos de seguir más de cerca al Señor. Pero es un miedo que se vence si conocemos bien el sentido de la cruz para cada uno. San Gregorio Magno lo aclaraba así: “nosotros podemos cargar con la cruz de dos maneras: o bien dominando nuestra carne por medio de la sobriedad o bien haciendo nuestras por compasión las necesidades del prójimo”.

Cargar con la cruz cada día suele significar para la mayoría de los cristianos aprender a dominar las propias pasiones y gustos, sobre todo para hacer la vida más amable y grata a los demás. San Josemaría comentaba: “los verdaderos obstáculos que te separan de Cristo —la soberbia, la sensualidad…—, se superan con oración y penitencia. Y rezar y mortificarse es también ocuparse de los demás y olvidarse de sí mismo. Si vives así, verás cómo la mayor parte de los contratiempos que tienes, desaparecen”. 

Por otro lado, Jesús no solo habla de renuncia. También se refiere a la recompensa que obtenemos cuando le seguimos de cerca y cuando cuidamos a sus discípulos. Como decía también san Josemaría, “darse a los demás es de tal eficacia, que Dios lo premia con una humildad llena de alegría”[4]. El discípulo de Jesús que se entrega generosamente está contento. Y suele experimentar que, quienes se benefician de su labor, lo reciben con cariño y aprecio. Incluso el pequeño gesto de ofrecer un vaso de agua al discípulo es realizado como si se le ofreciera a su propio Maestro. Y por eso mismo, tampoco los gestos de cariño hacia los servidores del Maestro dejarán de ser recompensados por Dios.

Fuente: opusdei.org


30 junio 2023

¿Quién es Jesús para mí? Cómo responder a la pregunta fundamental de la vida

Homilía del Papa en S. Pedro y S. Pablo


Pedro y Pablo, dos Apóstoles enamorados del Señor, dos columnas de la fe de la Iglesia. Y mientras contemplamos sus vidas, el Evangelio de hoy nos presenta la pregunta que Jesús hace a sus discípulos: «¿Quién dicen que soy?» (Mt 16,15). Esta es la pregunta fundamental, la más importante: ¿quién es Jesús para mí? ¿Quién es Jesús en mi vida? Veamos cómo respondieron a esta pregunta los dos Apóstoles.

La respuesta de Pedro se podría resumir en una palabra: seguimiento. Pedro vivió en el seguimiento del Señor. Cuando Jesús interrogó a los discípulos aquel día en Cesarea de Filipo, Pedro respondió con una hermosa profesión de fe: «Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo» (Mt 16,16). Una respuesta impecable, precisa, puntual, podríamos decir una perfecta respuesta de «catecismo». Pero esa respuesta es fruto de un camino. Sólo después de haber vivido la fascinante aventura de seguir al Señor, después de haber caminado con Él y en pos de Él durante tanto tiempo, Pedro llega a esa madurez espiritual que lo lleva, por gracia, por pura gracia, a una profesión de fe tan lúcida.

De hecho, el mismo evangelista Mateo nos cuenta que todo empezó un día en que, a orillas del mar de Galilea, Jesús pasó por allí y lo llamó, junto con su hermano Andrés, e «inmediatamente, ellos dejaron las redes y lo siguieron» (Mt 4, 20). Pedro lo dejó todo para seguir al Señor. Y el Evangelio subraya que los hizo “inmediatamente»: Pedro no le dijo a Jesús que se lo pensaría, no hizo cálculos para ver si le convenía, no puso excusas para demorar la decisión, sino que dejó las redes y lo siguió, sin pedir de antemano ninguna seguridad. Todo lo iría descubriendo día a día, al seguir a Jesús y caminar tras Él. Y no es casualidad que las últimas palabras que Jesús le dirige en los Evangelios sean: «Tú sígueme» (Jn 21,22), es decir el discipulado.

Pedro, por tanto, nos dice que a la pregunta «¿quién es Jesús para mí?» no basta responder con una fórmula doctrinal impecable, ni siquiera con una idea que nos hayamos construido de una vez por todas. No. Es siguiendo al Señor como aprendemos a conocerlo cada día; es haciéndonos sus discípulos y acogiendo su Palabra la manera en que nos convertimos en sus amigos y experimentamos su amor transformador. Ese «inmediatamente» resuena también para nosotros: si podemos posponer tantas cosas en la vida, el seguimiento de Jesús es inaplazable; ahí no podemos dudar, no podemos poner excusas. Y cuidado, porque algunas excusas se disfrazan de espiritualidad, como cuando decimos «no soy digno», «no soy capaz», «¿qué puedo hacer yo?». Esto es un truco del demonio, que nos roba la confianza en la gracia de Dios, haciéndonos creer que todo depende de nuestras capacidades.

Despojarnos de nuestras seguridades terrenales, inmediatamente, y seguir a Jesús cada día: ésta es la encomienda que Pedro nos confía hoy, invitándonos a ser Iglesia-en-seguimiento.Iglesia-en-seguimiento. Una Iglesia que desea ser discípula del Señor y humilde servidora del Evangelio. Sólo así podrá dialogar con todos y convertirse en lugar de acompañamiento, cercanía y esperanza para las mujeres y los hombres de nuestro tiempo. Sólo así, incluso aquellos que están más alejados y a menudo nos miran con desconfianza o indiferencia, podrán finalmente reconocer, con el Papa Benedicto: «La Iglesia es el lugar del encuentro con el Hijo de Dios vivo, y así es el lugar de encuentro entre nosotros» (Homilía en el II domingo de Adviento, 10 diciembre 2006).

Y ahora llegamos al Apóstol de los gentiles. Si la respuesta de Pedro consistió en el seguimiento, la de Pablo fue el anuncio, el anuncio del Evangelio. También para él todo comenzó por gracia, con la iniciativa del Señor. En el camino de Damasco, mientras llevaba a cabo con determinación feroz la persecución de los cristianos, atrincherado en sus convicciones religiosas, Jesús resucitado le salió al encuentro y lo dejó ciego con su luz, o, mejor dicho, gracias a esa luz Saulo se dio cuenta de lo ciego que estaba: encerrado en el orgullo de su rígida observancia, descubrió en Jesús el cumplimiento del misterio de la salvación. Y, comparado con la sublimidad del conocimiento de Cristo, considera en adelante como «desperdicio» todas sus certezas humanas y religiosas (cf. Flp 3,7-8). Así, Pablo dedica su vida a recorrer tierra y mar, ciudades y aldeas, sin importarle sufrir penurias y persecuciones con tal de anunciar a Jesucristo. Viendo su historia, parece que cuanto más anuncia el Evangelio, más conoce a Jesús. El anuncio de la Palabra a los demás también le permite penetrar en las profundidades del misterio de Dios; el Pablo que escribió «¡ay de mí si no predicara el Evangelio!» (1Co 9,16) es el mismo que confiesa «para mí la vida es Cristo» (Flp 1,21).

Pablo, entonces, nos dice que a la pregunta «¿quién es Jesús para mí?» no se responde con una religiosidad intimista, que nos deja indiferentes ante la inquietud de llevar el Evangelio a los demás. El Apóstol nos enseña que crecemos en la fe y en el conocimiento del misterio de Cristo cuanto más somos sus heraldos y testigos. Esto sucede siempre: cuando evangelizamos, somos evangelizados. Es una experiencia diaria, cuando evangelizamos, permanecemos evangelizados. La Palabra que llevamos a los demás vuelve a nosotros, porque en la medida en que damos, recibimos mucho más (cf. Lc 6, 38). Esto también es necesario para la Iglesia de hoy: poner el anuncio en el centro. Ser una Iglesia que no se cansa de repetir «para mí la vida es Cristo» y «ay de mí si no predico el Evangelio». Una Iglesia que necesita el anuncio como el oxígeno para respirar, que no puede vivir sin transmitir el abrazo del amor de Dios y la alegría del Evangelio.

Hermanos y hermanas, celebremos a Pedro y a Pablo. Ellos respondieron a la pregunta fundamental de la vida “¿quién es Jesús para mí?”, viviendo el seguimiento y anunciando el Evangelio. Es hermoso si crecemos como Iglesia del seguimiento, como Iglesia humilde que nunca da por sentado la búsqueda del Señor. Es hermoso si nos convertimos en una Iglesia en salida, que no encuentra su alegría en las cosas del mundo, sino en anunciar el Evangelio al mundo, para sembrar la pregunta sobre Dios en el corazón de las personas. Llevar al Señor Jesús a todas partes, con humildad y alegría: en nuestra ciudad de Roma, en nuestras familias, en las relaciones y en los barrios, en la sociedad civil, en la Iglesia, en la política, en el mundo entero, especialmente allí donde anidan la pobreza, la degradación y la marginación.

Y, hoy, en el momento en que algunos de nuestros hermanos arzobispos reciben el palio, signo de comunión con la Iglesia de Roma, quisiera decirles: sean apóstoles como Pedro y Pablo. Sean discípulos en el seguimiento y apóstoles en el anuncio, lleven la belleza del Evangelio a todas partes, junto con todo el Pueblo de Dios. Y, por último, quisiera dirigir un afectuoso saludo a la Delegación del Patriarcado ecuménico, enviada hasta aquí de parte de mi querido Hermano Su Santidad Bartolomé. Gracias por su presencia, gracias: avancemos juntos, avancemos juntos, en el seguimiento y el anuncio de la Palabra, creciendo en fraternidad. Que Pedro y Pablo nos acompañen e intercedan por todos nosotros.

Fuente: exaudi.org