21 julio 2023

El trigo y la cizaña

Domingo 16º del Tiempo Ordinario (Ciclo A) 

Evangelio (Mt 13,24-43)

Jesús les propuso otra parábola:

— El Reino de los Cielos es como un hombre que sembró buena semilla en su campo. Pero, mientras dormían los hombres, vino su enemigo, sembró cizaña en medio del trigo y se fue. Cuando brotó la hierba y echó espiga, entonces apareció también la cizaña. Los siervos del amo de la casa fueron a decirle: «Señor, ¿no sembraste buena semilla en tu campo? ¿Cómo es que tiene cizaña?» Él les dijo: «Algún enemigo lo habrá hecho». Le respondieron los siervos: «¿Quieres que vayamos a arrancarla?» Pero él les respondió: «No, no vaya a ser que, al arrancar la cizaña, arranquéis también con ella el trigo. Dejad que crezcan juntos hasta la siega. Y al tiempo de la siega les diré a los segadores: “Arrancad primero la cizaña y atadla en gavillas para quemarla; el trigo, en cambio, almacenadlo en mi granero”».

Les propuso otra parábola:

— El Reino de los Cielos es como un grano de mostaza que tomó un hombre y lo sembró en su campo; es, sin duda, la más pequeña de todas las semillas, pero cuando ha crecido es la mayor de las hortalizas, y llega a hacerse como un árbol, hasta el punto de que los pájaros del cielo acuden a anidar en sus ramas.

Les dijo otra parábola:

— El Reino de los Cielos es como la levadura que tomó una mujer y la mezcló con tres medidas de harina, hasta que fermentó todo.

Todas estas cosas habló Jesús a las multitudes con parábolas y no les solía hablar nada sin parábolas, para que se cumpliese lo dicho por medio del Profeta:

Abriré mi boca con parábolas,

proclamaré las cosas que estaban ocultas

desde la creación del mundo.

Entonces, después de despedir a las multitudes, entró en la casa. Y se acercaron sus discípulos y le dijeron:

— Explícanos la parábola de la cizaña del campo.

Él les respondió:

— El que siembra la buena semilla es el Hijo del Hombre; el campo es el mundo; la buena semilla son los hijos del Reino; la cizaña son los hijos del Maligno. El enemigo que la sembró es el diablo; la siega es el fin del mundo; los segadores son los ángeles. Del mismo modo que se reúne la cizaña y se quema en el fuego, así será al fin del mundo. El Hijo del Hombre enviará a sus ángeles y apartarán de su Reino a todos los que causan escándalo y obran la maldad, y los arrojarán en el horno del fuego. Allí habrá llanto y rechinar de dientes. Entonces los justos brillarán como el sol en el Reino de su Padre. Quien tenga oídos, que oiga.

Comentario:

La imagen del campo sobre el que se ha dejado caer a manos llenas la buena semilla del Evangelio, pero donde el enemigo ha sembrado cizaña, invita a pensar en la Iglesia, que “abrazando en su seno a los pecadores, es a la vez santa y siempre necesitada de purificación y busca sin cesar la conversión y la renovación -señala el Catecismo-. Todos los miembros de la Iglesia, incluso sus ministros, deben reconocerse pecadores. En todos, la cizaña del pecado todavía se encuentra mezclada con la buena semilla del Evangelio hasta el fin de los tiempos. La Iglesia, pues, congrega a pecadores alcanzados ya por la salvación de Cristo, pero aún en vías de santificación”.

En efecto, la parábola del trigo y la cizaña plantea el problema de la coexistencia del bien y el mal. “Está claro: el campo es fértil y la simiente es buena -comentaba san Josemaría-; el señor del campo ha lanzado a voleo la semilla en el momento propicio y con arte consumada; además, ha organizado una vigilancia para proteger la siembra reciente. Si después aparece la cizaña, es porque no ha habido correspondencia, porque los hombres –los cristianos especialmente– se han dormido, y han permitido que el enemigo se acercara”.

Mons. Javier Echevarría invitaba a considerar que “esta realidad ha de movernos a la contrición, al dolor de amor, a la reparación, pero nunca al desaliento o al pesimismo. (…) A la vez, consideremos que ya ahora, en la tierra, el bien es mayor que el mal, la gracia más fuerte que el pecado, aunque su acción resulte a veces menos visible”.

La parábola de Jesús deja claro que el mal no procede de Dios, sino del enemigo, el maligno, que es astuto y siembra el mal en medio del bien, de modo que resulta difícil separarlos con claridad, aunque el justo Juez podrá hacerlo. Ahora bien, no cabe esperar una intervención inmediata para atajar el mal, porque Dios es paciente y misericordioso.

Los servidores están impacientes por arrancar la cizaña, pero “Dios en cambio sabe esperar -comenta el Papa Francisco-. Él mira el ‘campo’ de la vida de cada persona con paciencia y misericordia: ve mucho mejor que nosotros la suciedad y el mal, pero ve también los brotes de bien y espera con confianza que maduren. Dios es paciente, sabe esperar. Qué hermoso es esto: nuestro Dios es un padre paciente, que nos espera siempre y nos espera con el corazón en la mano para acogernos, para perdonarnos. Él nos perdona siempre si vamos a Él”.

Dios es paciente porque sabe que incluso el corazón que lleva tiempo manchado por muchos pecados puede cambiar y dar buen fruto. San Agustín, comentando esta parábola, aporta su experiencia de pastor de almas y constata que “muchos primero son cizaña y luego se convierten en trigo”, por lo que se requiere esa saludable paciencia, que no es indiferencia ante el mal: “Si estos, cuando son malos, no fueran tolerados con paciencia, no llegarían al laudable cambio”.

El dueño del campo no confunde el bien con el mal. Sabe qué es saludable y qué es dañino para la salud, pero no permite que sus servidores se precipiten para dar tiempo a la misericordia. Jesús nos enseña a moderar ímpetus a y saber aguardar: lo que es malo puede cambiar a algo bueno. La conversión es posible, y siempre cabe la esperanza de que se producirá.

Fuente: opusdei.org

La Eucaristía: “Autopista hacia el cielo” de Carlo Acutis

Jennifer Elizabeth Terranova


El joven Carlo Acutis estaba convencido de que si la gente entendía mejor lo que es realmente la Eucaristía, se acercaría mucho más a Dios. Por ello, empezó a evangelizar en internet documentando milagros eucarísticos por todo el mundo.

Decir que Carlo Acutis era como cualquier adolescente típico sería correcto: le encantaba el fútbol, Pokemon, las películas de acción y los animales, pero el mayor amor de Carlo era la Eucaristía.

Nació en Londres en 1991 de padres italianos, pero él y su familia se trasladaron a Milán (Italia), donde creció. Carlo fue un ejemplo de santidad y sigue inspirando a jóvenes de todo el mundo. A lo largo de su corta vida, Carlo amó y veneró profundamente la Eucaristía. Decía a menudo: “La Eucaristía es mi autopista hacia el Cielo”, y “Si nos ponemos delante del sol, nos ponemos morenos, pero cuando nos ponemos delante de Jesús en la Eucaristía, nos convertimos en santos”.

A temprana edad, el joven Carlo pidió recibir su Primera Comunión. En un convento italiano, el futuro beato Carlo recibió el Santísimo Sacramento por primera vez y asistió a Misa diariamente durante el resto de su vida, sin perder nunca la oportunidad de estar con su primer amor. Familiares y amigos cuentan que se sentía profundamente atraído por la Eucaristía y que no podía pasar por una iglesia sin detenerse a “saludar a Jesús”. Pensaba que la gente se acercaría más a Dios si sabía que Jesús estaba realmente en la Eucaristía.

Carlo Acutis, apóstol de la Eucaristía

Sin ser aún adolescente, Carlo respondió a su llamada a catequizar y se convirtió en catequista auxiliar en su parroquia. “Era un chico muy preparado y adelantado a sus compañeros”, dice su madre. Y “hacía que vivir lo ordinario fuera extraordinario”. No es casualidad que este muchacho de sólo once años empezara a visitar milagros eucarísticos por todo el mundo con su madre y su padre y a documentarlos, lo que se convertiría en su legado.

Era adepto a los ordenadores y le fascinaba el bien potencial que podían aportar y “veía internet como una forma de evangelizar”. Con el tiempo creó una exposición de Milagros Eucarísticos que sigue recorriendo el mundo. Este recurso basado en la web permite a la gente aprender sobre la fe y ahora está traducido a diecisiete idiomas.

Sin miedo

Cuando le diagnosticaron leucemia y supo que su vida iba a terminar, Carlo le dijo a su madre: “Mamá, no tengas miedo porque, con la Encarnación de Jesús, la muerte se convirtió en vida. No hay que huir: en la vida eterna nos espera algo extraordinario”.

En 2020, el beato Carlo Acutis fue beatificado en Asís (Italia), su última morada, tal y como solicitó por su admiración a San Francisco de Asís. 

El futuro “patrón de Internet” sigue inspirando, conmoviendo y motivando a innumerables personas en todo el mundo.

Fuente: omnesmag.com

20 julio 2023

Envidiar no envidiar

Enrique Gª-Máiquez

La envidia, ay, es una marca de la inferioridad: quien no envidia pertenece a un noble linaje

Albert Camus vivió una infancia tan pobre en Argelia que no tenía dinero ni para llevar zapatos. Su madre, viuda y analfabeta, se ganaba la vida limpiando casas. Camus fue, no obstante, muy feliz con su familia. Escribió: “Junto a ellos, lo que sentí no fue la pobreza, ni la indigencia, ni la humillación...; ante mi madre siento que pertenezco a un noble linaje: el que no envidia nada”. Uno lee esa frase y siente –qué trallazo de emoción– su profunda verdad. El resto de mi artículo consistirá en racionalizar por qué es tan verdad, así que quizá no le haga falta a usted seguir leyendo, sobre todo si ya pertenece a tan noble linaje.

En la envidiable falta de envidia, hay una nobleza que se impone por sí misma. Lo atestiguan los expertos. Dante dice, chulito, que es el pecado de todos que él menos tenía. Rémi Brague considera que el Decálogo es “un código de honor” y lo argumenta así: “Resulta clarísimo que es el conjunto de cosas —no mentir, no robar, no envidiar, etc.— que un caballero no hace jamás, obviamente”. El filósofo francés no da puntada sin hilo: uno de los ejemplos principales que pone es no envidiar, como es lógico. Nuestro marqués de Tamarón, en su novela El rompimiento de gloria, nos deja esta lección a Saturnino, el protagonista aldeano al que unos apolíneos aristócratas educan y adiestran: “—No, Sátur —me replicó inclinándose un poco hacia mí en la silla de pino —tú no puedes sentir envidia. Tienes que cumplir con tu deber de depositario. Tienes que dar y contar”.

Se acerca al meollo de la cuestión, pero es Ortega y Gasset el que lo desvela del todo. Élite, aristócrata o noble es el que se exige a sí  mismo cumplir su misión o su vocación o su destino personal e intransferible. Tiene que extraer su mejor yo de la piedra que ahora es, como Arturo extraía su Excalibur y sólo él podía hacerlo.

El auténtico noble no envidia. No tiene tiempo. Sabe que su papel es único y suyo exactamente igual que si fuese un título. “No hay otro yo en el mundo”, decía don Quijote. Envidiar es distraerse, equivocarse, desear una vida que, aunque objetivamente parezca mejor, no lo es, porque no es la tuya. La madre de Albert Camus no envidiaba a nadie porque cualquier otro destino implicaba no ser la madre de Albert. El noble linaje de quien no envidia vive concentrado en el cumplimiento de su aventura. La que nos tienen reservada los siglos, como también nos enseñó don Quijote.

Fuente: diariodecadiz.es

19 julio 2023

Empujados a lo sublime

David Cerdá

«Lo insondable hace sentir una seguridad categórica que no admite racionalización. Es la máxima independencia a través de la máxima dependencia escogida, sucumbir por decisión propia a una fuerza irresistible»

Tenemos una faceta trascendente: aspiramos a sobrepasar el aquí y ahora de lo sensible. Este anhelo nuestro, del que no existen ni vestigios en otras especies, comporta vaciarse o llenarse en la realidad de un modo que no tiene que ver con nuestras otras experiencias y necesidades. Sea mediante un afecto religioso de disolución en lo absoluto, en un arrobamiento estético o en cualquiera de sus otras manifestaciones, buscamos alguna forma de ultimidad, porque este mundo se nos queda pequeño y algo tira de nosotros hacia lo sublime.

En la Encyclopédie, Louis de Jaucourt define lo sublime como «todo lo que nos eleva por encima de lo que éramos, y al mismo tiempo nos hace sentir esa elevación». Estamos sobredimensionados, optamos al infinito. El «cielo estrellado sobre mí» de Kant, las estatuas de la Isla de Pascua, el último movimiento —Resurrección— de la Segunda Sinfonía de Mahler, el desierto de Kalahari al caer la noche o la claraboya de una iglesia: puede uno inclinarse a una posibilidad u otra, lo que no puede uno es denigrarlas todas sin ponerse en evidencia. «Pusilla res est hominis anima, sed ingens res est contemptus animae»; como escribió Séneca en sus Cuestiones naturales: el alma es una cosa pequeña, pero es cosa tremenda el desprecio del alma.

Al trascender cedemos gozosamente ante un poder que se nos impone. Atisbamos una grandeza indecible y nos entregamos en un plano que no es biológico ni social ni afectivo, en un nivel que tiene sus propias hechuras y reglas. De algún modo, no es algo que hacemos, sino que nos ocurre, aunque por supuesto pueda uno predisponerse. Por eso decía Jiddu Krishnamurtique no es posible dirigir el viento, pero hay que dejar las ventanas abiertas.

Trascender es afrontar lo indescifrable. Se instaura una economía imposible: sacar de casi nada un rédito extraordinario, la multiplicación de los panes y los peces. Un austero retiro en un convento, un gong cadencioso, la danza de los derviches… La mística tiene una base prosaica desde la que obtiene resultados insólitos. No hay experiencia más universal y democrática: cualquiera puede pensar lo incognoscible y querer por encima de todos sus deseos. El contemplativo se empequeñece y así se agranda, esa es la esencia de su particular milagro.

Lo insondable hace sentir una seguridad categórica que no admite racionalización. Es la máxima independencia a través de la máxima dependencia escogida, sucumbir por decisión propia a una fuerza irresistible. Pero no es un pasatiempo, ni es fácil; se vislumbra un acantilado, se camina entre riscos. Schiller anota en Lo sublime que, «para que la razón busque refugio en la idea de libertad, debe estar en juego algo grave».

Intelecto y emoción empujan al hombre a esta terra ignota. Una vez allí, lo dejan solo en un no-espacio y un no-tiempo en el que solo puede adentrarse de puntillas. Entre fogones, en medio de un olivar, de rodillas ante un altar se entabla una conversación con la realidad misma, se busca una conjunción con Dios, la humanidad entera o el cosmos (valga la redundancia). Hay dialectos, pero es universal el lenguaje porque lo es la experiencia. Tal vez lo de menos sea la vía. Hace unos años, después de una conferencia en Francia, al dalái lama se le acercó un señor que le dijo que tras escucharle pensaba renunciar al cristianismo para hacerse budista. La respuesta del dalái fue antológica: «¿Por qué va a hacer eso? ¡Si el cristianismo está muy bien!».

Los seres humanos nos procuramos realidades ultra-terrenas en un visaje de expansión irrazonable. Shelley denominó a este gesto «el deseo de la polilla por la estrella»; una pretensión desorbitada. Si la trascendencia emparenta naturalmente con la moral, el amor y la belleza es porque las cuatro constituyen lujos orgánicos, extraños idiomas preciosos que, hasta donde nos consta, solo nosotros hablamos en el universo.

Esta quemazón por lo Otro es un fuego común que, no obstante, puede ser pabilo titubeante o bosque en llamas. La realicemos o no, la capacidad de trascender nos caracteriza. Cuando esta posibilidad se eclipsa, permanece latente, y el hueco que resulta puede incluso medirse, pues tarde o temprano aflora, ya sea en forma de mera insatisfacción o con trazas patológicas. Como explicaba José Ortega y Gasset, «el hombre a veces no tiene manos; pero entonces no es tampoco un hombre, sino un hombre manco».

Fuente: nuestrotiempo.unav.edu

17 julio 2023

¿Qué quiero cosechar?

Juan Luis Selma

Hace poco falleció, casi centenario, mi amigo Ramón, gran amante de la naturaleza. Pocas semanas antes se le veía en el huerto escardando, regando, podando. También solía cantar, y muy bien. Le gustaba la romanza de El sembrador, de La rosa del azafrán: “Cuando siembro voy cantando, porque pienso que, al cantar, con el trigo voy sembrando mis amores al azar”. Uno suele recoger lo que ha sembrado. Es posible tener la mala suerte, pero a la larga, recogemos lo que esparcimos.

Hay en el ambiente la idea de que uno se lo merece todo por su cara bonita. Entre las promesas electorales de cierto partido se defiende la medida de dar a todos los jóvenes 20.000 euros al cumplir los 23 años, basados en una supuesta herencia universal. También el Gobierno ofrece un bono cultural a los que llegan a los 18 años; ir al cine, casi gratis, a los mayores; etc., en el trasfondo de todo esto está la cultura del todo gratis, que nos encanta a los españoles, aunque sabemos que es mentira. Las cosas cuestan y, si te lo dan, te acaban pasando factura.

Volviendo a las tareas del campo, sabemos que, si no hemos sembrado patatas, por muchas visitas que le hagamos al huerto y, por mucha ilusión que nos haga, no las cosecharemos. Habrá que comprarlas. Un poco de realismo nos irá muy bien. También saber un poco de Metafísica: rama de la Filosofía que estudia la naturaleza, estructura, componentes y principios fundamentales de la realidad. La Filosofía realista razona estudiando y contemplando la vida. Se asoma a la ventana y saca sus deducciones.

Ahora nos movemos por los vericuetos de las ideas, no de realidades, sino de lo que pensamos, de lo que nos gustaría, de los sentimientos. Un ejemplo es el mundo queer: movimiento que cuestiona las normas sociales, culturales y científicas sobre la identidad sexual y de género. Un logro reciente ha sido nombrar Miss Países Bajos a una mujer trans. Aquí el deseo y el sentimiento se impone a la biología, si es que todavía existe esa bonita rama científica.

El deseo, el gusto, los sentimientos, los relatos, están muy bien, me los puedo creer; pero, si no son reales, son relatos: cuentos. No habrá patatas en mi huerto si no las siembro; no sabré sobre determinada materia, aunque tenga una titulación regalada o comprada, sin estudio; no lograré el cariño de mi cónyuge si no le dedico tiempo y atención; no me querrán mis hijos si no los educo bien y me entrego a ellos. Si voy por la vida despreciando la verdad y con falsedades, siempre habrá alguien que grite: “pero si va desnudo”.

El Evangelio de hoy nos lleva al fresquito de la costa: “Aquel día salió Jesús de casa y se sentó a la orilla del mar. Se reunió en torno a él una multitud tan grande, que tuvo que subir a sentarse en una barca, mientras toda la multitud permanecía en la orilla”. A mí me da un poco de envidia, con “la caló” que estamos pasando.

El Maestro nos habla de las tareas de la siembra, de la diversidad de suerte del grano esparcido: “Al echar la semilla, parte cayó junto al camino y vinieron los pájaros y se la comieron. Otra parte cayó en terreno pedregoso, donde no había mucha tierra y brotó pronto por no ser hondo el suelo; pero al salir el sol, se agostó y se secó porque no tenía raíz. Otra parte cayó entre espinos; crecieron los espinos y la ahogaron. Otra, en cambio, cayó en buena tierra y comenzó a dar fruto, una parte el ciento, otra el sesenta y otra el treinta. El que tenga oídos, que oiga”.

La cosecha no es arbitraria, el grano debe caer en tierra buena y, sin la generosidad del labrador y su buen hacer, no habrá buena cosecha. Esto es de sentido común, sentido muy poco común entre muchos. La libertad, de la que tanto alardeamos, está para hacer las cosas bien, para elegir lo mejor, para preparar el campo del que queremos vivir. Para trabajar bien, para formarnos adecuadamente, para ponernos al día en nuestro oficio, si queremos obtener un buen beneficio.

Una buena familia, hay que cultivarla. Si doy amor recibiré amor. Si voy de listillo, a pasarlo bien, a lo mío, a darle a tu cuerpo alegría Macarena; me puedo quedar más solo que la una. Si quiero ser querido, tener paz, ser feliz, tendré que quitar las zarzas que me ahogan.

Dice el Papa: “Son los vicios que se pelean con Dios, que asfixian su presencia: sobre todo los ídolos de la riqueza mundana, el vivir ávidamente, para sí mismos, por el tener y por el poder. Si cultivamos estas zarzas, asfixiamos el crecimiento de Dios en nosotros. Cada uno puede reconocer a sus pequeñas o grandes zarzas, los vicios que habitan en su corazón, los arbustos más o menos radicados que no gustan a Dios e impiden tener el corazón limpio. Hay que arrancarlos, o la Palabra no dará fruto, la semilla no se desarrollará”. Si quiero una buena cosecha tendré que ponerme a ello.

Juan Luis Selma en eldiadecordoba.es

Poner la Eucaristía en el centro de nuestra vida

Rosa Corazón

“Si al salir de Misa estás igual que entraste, algo no funciona”. (Papa Francisco)

Esto es lo que nos pide el Papa Francisco a todos los católicos para el mes de julio de 2023: Que pongamos la Eucaristía en el centro de la vida.

Pero, ¿y cómo?, podemos preguntarnos… ¿Qué tengo que hacer?

Habrá que pedir ayuda al Espíritu Santo, para que nos envíe su Luz y descubramos cómo conseguirlo y qué podemos hacer.

I.       Cuidar las normas litúrgicas

No es igual cuidar, con esmero, las normas de la Iglesia prescritas en la liturgia para la Santa Misa, que no hacerlo.

No es igual, ni para Dios, que recibe nuestra adoración, ni para nosotros, que acudimos a la gracia, ni para los demás, tanto para los presentes, por el ejemplo que damos, ni para los ausentes, porque cuando el sacerdote, en cada Santa Misa, hace bajar a Dios del Cielo a la tierra, lo hace no sólo para cada uno de los presentes, sino también para toda la Iglesia universal.

No será igual ponerse en pie cuando hay que levantarse, sentarse cuando hay que sentarse, oír cuando hay que escuchar, poner en la Patena nuestra vida, vivir los 4 fines de la Misa: adorar, agradecer, desagraviar y suplicar, que no hacerlo…¡No, no es igual!

Como tampoco es igual callar antes, durante y después de la Santa Misa, porque Dios está en la Iglesia, que ponerse a cuchichear como si no estuviera.

No es igual que el sacerdote bese, con unción, el altar por dos veces, al principio y al final, que no hacerlo. Un beso… ¡Qué importante puede ser un beso!

No será igual que la homilía, si la hay, pues solo es obligatoria los domingos y festivos, sea breve, sintética, comentando los textos de la Misa, que hablar de lo que a uno se le ocurra, por no haberla preparado.

La liturgia cristiana es acción de Dios, que nos une a Jesucristo, a través del Espíritu Santo (cfr. Exhortación Apostólica Sacramentumcaritatis n. 37).

II.      Los textos de la Sagrada Escritura pueden tocarnos el alma

Cuántas veces un texto de la Sagrada Escritura, oído con atención, ha entrado por nuestros oídos, ha llegado al alma, ha calado en ella y nos ha llenado de paz, si la necesitábamos, o nos ha dado luz, para enderezar nuestro comportamiento ante un problema. Recojo algunos ejemplos:

¿Puede una mujer olvidarse del hijo de sus entrañas, que amamanta? ¡No! Pues, aunque ella se olvidare, Yo no me olvidaré de ti (Is, 49, 15).

Te declaré mi pecado, no te oculté mi delito. Dije “confesaré mis culpas al Señor”. Y Tú perdonaste mi culpa y mi pecado (Sal 32, 5).

Examínese, por tanto, cada uno a sí mismo y, entonces, coma del pan y beba del cáliz; porque el que come y bebe sin discernir el Cuerpo, come y bebe su propia condenación (1Co, 11, 28 y 29).

Elcaná dijo a su mujer, Ana, que lloraba por no tener hijos: ¿Pero por qué lloras? ¿Y por qué no comes? ¿Y por qué está afligido tu corazón? ¿No soy yo para ti mejor que diez hijos? (1S, 1, 8).

Entiendo que la última pregunta implica que ellos son un matrimonio bien avenido y que él es un marido cariñoso, comprensivo y con un cierto punto de ironía, para ser capaz de sacar esa conclusión y decírsela: ¿No soy yo para ti mejor que diez hijos?

Y Dios los bendijo y fueron los padres del profeta Samuel.

III.    El Papa Francisco afirma:

A.       En el Video del Papa para el mes de julio de 2023:

“Si al salir de Misa estás igual que entraste, algo no funciona”.

“La Eucaristía es la presencia de Jesús, que es profundamente transformadora”.

“Es Cristo quien se ofrece, quien se da por nosotros, lo que debería llevarnos a que nuestra vida se alimente de Él y alimente la de nuestros hermanos”.

Es la Eucaristía la que “nos da el valor de salir al encuentro, salir de nosotros mismos y abrirnos con amor a los demás”.

B.       En el Ángelus del Papa Francisco de junio de 2021 nos dijo:

Jesús, “en la culminación de su vida, no reparte pan en abundancia para alimentar a las multitudes, sino que se parte a sí mismo en la cena de Pascua con los discípulos”.

“El objetivo de la vida es donarse, lo más grande es servir”.

IV.     Ansias de Eucaristía

Dada mi profesión, cuando una persona viene a mí para ver si puede haber o no causa de nulidad en su matrimonio canónico, fracasado y me dice, en esa primera entrevista: “Lo que daría por poder comulgar…” Me hago cargo de lo que es tener ansias de recibir al Señor en la Eucaristía.

UN CASO REAL:

Una amiga me trajo al despacho a un matrimonio que llevaban 25 años de feliz matrimonio civil. Y ella nos decía: “Lo que daría por poder comulgar”.

Él se había mal casado por la Iglesia cuando era joven, inexperto, muy manejable y sin oficio ni beneficio; pero parecía guapo y con buen porvenir. El resultado fue un desastre.

Iniciamos la Causa y la ganamos.

Ganamos la Causa, como correspondía a las pruebas aportadas y a la credibilidad de los intervinientes.

Después, le presenté a mi hermano Juanjo, sacerdote, para iniciar la preparación al Matrimonio, con una buena Confesión.

Hacía tanto tiempo que él había abandonado la práctica religiosa que me dijo: “No sé de qué voy a poder confesarme. Yo nunca he querido hacer mal a nadie”.

Ya habíamos ido venciendo, poco a poco, las dificultades encontradas: conseguir el domicilio de la otra parte, el certificado del matrimonio con el sello del Arzobispado, la Confesión, etc.

Tras confesarse, contento y agradecido, me dijo: “Qué fácil me lo ha hecho tu hermano Juanjo”.

Asistí a la boda, que celebró mi hermano en su parroquia y les regalé un cuadro de la Sagrada Familia, que tuvo siempre en su habitación.

Ahora, que mi querido hermano Juanjo y el interesado ya están en el Cielo, pienso que, si desde allí leen estas líneas, nos sonreirán los dos.

V.       Un beso, ¡qué importante puede ser un beso!

Transcribo el comentario de un joven sacerdote, llamado Rubén.

A los 6 meses de haber sido ordenado, mi Obispo me envió a una Parroquia, para suplir a un Párroco que llevaba allí más de 30 años. La triste realidad es que me encontré que unos fieles que no me aceptaban. Para mi fue una tarea ardua, pero fecunda, y nunca hubiera sido posible tanta fecundidad sin la ayuda del pequeño Gabriel.

Tras mi primera semana, se me presentó un matrimonio joven con su hijo pequeño, Gabriel, que era Down, para pedirme que lo aceptara como monaguillo. Mi primera reacción era negarme, pero no por ser Down, sino porque no sabía ni por dónde empezar, estaba sobrepasado con todas las dificultades que me iba encontrando al iniciar allí mi ministerio sacerdotal.

Pero cuando pregunté al pequeño si quería ser mi monaguillo, en vez de responderme con su boca, cariñosamente se me abrazó a la cintura, agarrándome fuerte Y no fui capaz de decirle que no y pensé, para mis adentros: Menuda forma de conseguir convencerme…

Lo cité para el siguiente domingo, unos 15 minutos antes de la Eucaristía. Gabriel llegó puntual y ya revestido con una sotanita roja y con un roquete que le había hecho su abuela.

Mi sorpresa fue cuando vi que Gabriel había traído a mi parroquia más feligreses de los que hubiera podido imaginar, pues vinieron sus familiares, que querían verlo y estos, a su vez, trajeron a otros.

Yo estaba nervioso, pues tenía que preparar todo lo necesario para la Eucaristía y no tenía a nadie que me ayudara, ni sacristán, ni el que toca las campanas, ni nadie más que yo. Así que tuve que ir corriendo de un lado para otro.

Un momento antes de empezar la Misa fue cuando me di cuenta que Gabriel no sabía nada de nada, sobre cómo ayudar en la Misa y yo no se lo había explicado. Entonces, lo único que se me ocurrió fue decirle: “Gabriel, haz todo lo que yo haga. Tú hazlo igual”. Sin caer en la cuenta que un niño, como Gabriel, es el niño más obediente del mundo.

Iniciada la Misa, al besar yo el altar, el pequeño no sólo lo besó también, sino que, más bien, se quedó prendido al altar.

En la homilía, vi que algunos feligreses me sonreían cuando yo les hablaba y se alegró mi joven corazón sacerdotal. Pero luego, me di cuenta que no era por mí sino por Gabriel, que me seguía, tratando de imitarme en todos movimientos.

Terminada la Misa, le dije a Gabriel, intentando hacerlo con todo el cariño del mundo, qué era lo que él tenía que hacer y qué no. Por ejemplo, le expliqué que sólo yo podía besar el altar en la Misa, porque el sacerdote se une a Cristo con ese beso. Me miraba expectante con sus grandes ojos y, sin entender del todo mi explicación, me replicó: “Pero yo también quiero besarlo”. Con mi segunda explicación tampoco lo dejé satisfecho, y se me ocurrió decirle: “Bueno, pues si quieres yo lo beso por los dos”. Y me pareció que ahora ya lo había dejado más convencido.

Al domingo siguiente, en la Misa, cuando yo besé el altar vi, por el rabillo del ojo, que Gabriel colocaba su mejilla sobre el altar y sonreía. Terminada la Misa le dije "Pero, Gabriel, quedamos que yo besaría el altar por los dos, ¿no te acuerdas?” Y el pequeño me respondió: “Padre yo no lo besé. Fue Él el que me besó a mí y ¡me llenó de besos!”

Su respuesta, me llenó de una santa envidia y, al cerrar el templo y despedir a mis feligreses, me acerqué con piedad al altar, puse mi mejilla en él, como había hecho el pequeño y le pedí a Dios; "Señor... bésame, bésame como has hecho con Gabriel".

Ese pequeño me recordó que la obra en la parroquia no era mía y que ganar el corazón de aquel pueblo solo podía ser desde una dulce y profunda intimidad con el Sumo y Eterno Sacerdote, que es Jesucristo, realmente presente en el Sagrario.

Desde entonces, mi beso al altar es doble, pues primero lo beso, como prescriben las normas litúrgicas y, luego, coloco unos segundos mi mejilla sobre el altar para recibir el beso de Dios

¡¡Gracias Gabriel!

Mi conclusión es que, al acercar a los otros al misterio de la Salvación, Dios nos llama a vivir nuestro propio encuentro personal con Él.

Yo, a través de Gabriel, aprendí a besar y a dejarme besar por Dios y así le pido: “Señor, Jesús, haznos sentir tus besos, también entre las cruces que aparezcan, para que todos los días nuestros corazones estén llenos de Ti y nunca tengan necesidad de otro amor, porque Tú lo llenas del todo”.

VI.     El fruto de la Eucaristía

El fruto de la Eucaristía es la Salvación (cfr. Oración para después de la Comunión del domingo XIV del tiempo ordinario)

Fuente: religion.elconfidencialdigital.com

El sucesor de Pedro y su tarea

 Ramiro Pellitero

El ministerio petrino se comprende hoy en el interior y al servicio del episcopado y, así, al servicio de la entera comunidad eclesial, a la vez que promueve el compromiso ecuménico.

Así continúa la profundización de aquella sustancial comprensión acerca del primado romano como sucesión del ministerio de Pedro, comprensión inmutable y permanente, presente ya desde los primeros siglos. Lo que ha ido cambiando en la historia es el modo del ejercicio del primado del sucesor de Pedro, dependiendo de numerosos factores y circunstancias. En todo caso, permanece lo esencial, de manera que entre el segundo y el primer milenio no hay ruptura, sino novedad en la continuidad. Ciertamente, en el primer milenio se subraya la comunión eclesial, mientras que en el segundo se enfatiza la jurisdicción; pero ambas dimensiones están siempre presentes.

La infalibilidad del Papa, al servicio de la unidad

La constitución dogmática Pastor aeternus del Concilio Vaticano I (1869-1870) se centra en el ministerio del “primado romano” o “primado apostólico”. Deseaba afrontar sobre todo el riesgo del galicanismo. Señala que la finalidad del ministerio primacial de Pedro es la unidad entre los obispos, la unidad de la fe y entre todos los fieles. Afirma que Pedro recibió de Cristo un verdadero y propio primado de jurisdicción (de obediencia y no solo de honor)sobre toda la Iglesia, y que ese primado permanece en los sucesores de Pedro. La potestad de jurisdicción del primado se califica como suprema (no solo como primum inter pares; e inapelable), plena (en todos los temas), universal (en todo el mundo), ordinaria (no delegada), inmediata (no necesita mediación de los obispos o de los gobiernos) y “verdaderamente episcopal” (sin que suplante al obispo local). No distingue entre potestad de jurisdicción (enseñar y gobernar) y de orden (santificar).

Respecto a la infalibilidad del Papa, el Concilio Vaticano I definió solemnemente que el Papa es infalible en sus declaraciones ex cathedra, es decir en sus declaraciones dogmáticas. La infalibilidad del Papa se entiende ahí al servicio de su ministerio petrino, no de modo aislado, sino como cabeza del colegio de los obispos y de la comunidad eclesial.

El apresurado final del Concilio Vaticano I no permitió configurar armónicamente la doctrina del episcopado en su relación con el primado, cosa que haría después del Concilio Vaticano II en el marco de una eclesiología de comunión, declarando la doctrina acerca de la sacramentalidad del episcopado y de la colegialidad episcopal.

En el Concilio Vaticano II la doctrina sobre el primado romano se sitúa en continuidad con el Vaticano I, o mejor en la perspectiva de una novedad en la continuidad. Novedad sobre todo por el contexto eclesiológico, antes que por las aportaciones doctrinales concretas. Señalemos tres principales aportaciones relacionadas con el primado del Papa:

El Concilio declara la sacramentalidad del episcopado. Es decir, que por el sacramento del orden se confiere al obispo el triple munus de enseñar, santificar y gobernar, en comunión jerárquica con la cabeza y los miembros del colegio episcopal.

Enseña también el significado de la colegialidad episcopal: el colegio de los obispos sucede al colegio de los apóstoles, bajo la cabeza que es ahora el Papa, sucesor de Pedro. La unidad entre el Papa y el colegio episcopal se manifiesta solemnemente en el Concilio Ecuménico.

Además de la infalibilidad de las declaraciones dogmáticas del Papa, el Concilio Vaticano II declara otras tres formas en las que la Iglesia participa de la infalibilidad divina (única que es absoluta). 1) El Concilio ecuménico, en el que se ejerce de modo solemne el magisterio del Papa y de los obispos. 2) El magisterio ordinario y universal, ejercido por el Papa y los obispos en comunión con él, cuando proponen una doctrina definitiva en materia de fe y costumbres, aunque no estén reunidos en el Concilio, sino dispersos por el mundo. 3) El conjunto de los fieles en comunión con el Papa y los obispos en materias de fe y de moral goza de infalibilidad (infalibilidad in credendo) en cuanto manifestación del “sentido de la fe”.

Después del Concilio Vaticano II, el Magisterio ha explicado que el primado del Papa y el colegio episcopal pertenecen a la esencia de cada Iglesia particular “desde dentro” de ellas mismas (Carta Communionisnotio, de 1992, 14; cf. Lumen gentium, 8).

De todo lo anterior se deduce que hay que distinguir la autoridad pastoral suprema, que tiene el Papa, y los aspectos y modos de ejercerla. Esa autoridad solo puede ser única. Se descartan dos posiciones extremas: la conciliarista–episcopalista que define la autoridad de los obispos reunidos en Concilio por encima del Papa; la considerada “papalista”, según la cual solo el Papa (o el Papa solo) tendría la autoridad suprema en la Iglesia, y los obispos la recibirían de él.

La relación del Papa y de los obispos hoy tiende a considerarse en la perspectiva de un único “sujeto” de la autoridad suprema en la Iglesia: el colegio de los obispos con su cabeza; y dos modos de ejercitarla: a través del Papa, en cuanto cabeza del colegio; a través del colegio de los obispos en comunión con su cabeza.

En cuanto a la colegialidad episcopal, hoy se habla de una colegialidad episcopal “efectiva”, y de otra “afectiva”. Las dos son necesarias y han realizarse en comunión con el ministerio petrino y viceversa. La “efectiva” se manifiesta en el Concilio ecuménico (de modo solemne y plenamente técnico-jurídico) y en el magisterio ordinario universal de los obispos en comunión con el sumo pontífíce. La colegialidad “afectiva” se refiere a realizaciones parciales de la colegialidad como el Sínodo de los obispos, la Curia romana, los concilios locales y las conferencias episcopales.

Primado, unidad y sinodalidad

Volviendo al ministerio del Papa en el momento actual y en continuidad especialmente con los pontificados que se sitúan en la estela del Concilio Vaticano II, cabe observar que el papado se manifiesta a la vez en un doble plano que es también un doble desafío: de un lado, el servicio a la unidad de la fe y de la comunión para los cristianos (con los modos de ejercerlo y explicarlo que convengan teniendo en cuenta al contexto ecuménico); y simultáneamente, su innegable autoridad moral a nivel universal (en temas centrales como la dignidad de la persona y el servicio al bien común y la paz, la preocupación efectiva por los más débiles y necesitados, la defensa de la vida y de la familia, el cuidado de la Tierra como casa común).

El presente Instrumentumlaboris (Documento de trabajo) para el Sínodo de octubre se refiere al primado del Papa en varias ocasiones, precisamente en relación con la sinodalidad.

En primer lugar, cita al Concilio Vaticano II y su visión de la catolicidad de la Iglesia, para expresar que la sinodalidad ha de llevarse a cabo “permaneciendo inmutable el primado de la cátedra de Pedro, que preside la asamblea universal de la caridad, protege las diferencias legítimas y simultáneamente vela para que las divergencias sirvan a la unidad en vez de dañarla” (Lumen gentium, 13).

En segundo lugar, aparece el primado en cuatro de las preguntas formuladas como ayuda para la oración, la reflexión y el discernimiento sinodal.

La primera se formula así: “Cómo puede contribuir el proceso sinodal en curso a ‘encontrar una forma de ejercicio del primado que, sin renunciar en absoluto a lo esencial de su misión, se abra a una situación nueva’” (la cita es de san Juan Pablo II, enc. Ut unumsint, de 1995, n. 95, texto citado por el Papa Francisco en la exhort. ap. Evangeliigaudium, 32 y en la const. ap. Episcopaliscommunio, 10).

Más adelante se vuelve a preguntar sobre este tema: “¿Cómo deben evolucionar, en una Iglesia sinodal, el papel del obispo de Roma y el ejercicio del primado?”

Luego figura una afirmación que convendrá fundamentar y explicar, así como acompañar, con los recursos convenientes (a nivel espiritual, formativo, teológico y canónico), las condiciones para que contribuya efectivamente al bien de todos:

“El Sínodo 2021-2024 está demostrando claramente que el proceso sinodal es el contexto más adecuado para el ejercicio integrado del primado, la colegialidad y la sinodalidad como elementos inalienables de una Iglesia en la que cada sujeto desempeña su función peculiar de la mejor manera posible y en sinergia con los demás”.

Finalmente, reaparece el primado en una consideración y una pregunta sobre el marco general de la sinodalidad: “A la luz de la relación dinámica y circular entre la sinodalidad de la Iglesia, la colegialidad episcopal y el primado petrino, ¿cómo perfeccionar la institución del Sínodo para que se convierta en un espacio cierto y garantizado para el ejercicio de la sinodalidad, asegurando la plena participación de todos –el Pueblo de Dios, el Colegio episcopal y el Obispo de Roma– respetando sus funciones específicas? ¿Cómo valorar el experimento de extensión participativa a un grupo de ‘no obispos’ en la primera sesión de la XVI Asamblea General Ordinaria del Sínodo de los Obispos (octubre 2023)”?

Fuente: iglesiaynuevaevangelizacion.blogspot.com

16 julio 2023

Sembradores del Evangelio

 El Papa en el Ángelus


Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

Hoy el Evangelio nos presenta la parábola del sembrador (cfr Mt 13,1-23). La de la “siembra” es una imagen muy hermosa, y Jesús la usa para describir el don de su Palabra. Imaginemos una semilla: es pequeña, casi no se ve, pero hace crecer plantas que dan frutos. La Palabra de Dios es así; pensemos en el Evangelio, un pequeño libro, sencillo y al alcance de todos, que produce vida nueva en quien lo acoge. Por tanto, si la Palabra es la semilla, nosotros somos el terreno: podemos recibirla o no. Pero Jesús, “buen sembrador”, no se cansa de sembrarla con generosidad. Conoce nuestro terreno, sabe que las piedras de nuestra inconstancia y las espinas de nuestros vicios (cfr vv. 21-22) pueden sofocar la Palabra, y sin embargo espera, siempre espera que nosotros podamos dar fruto abundante (cfr v. 8).

Así actúa el Señor y así estamos llamados a actuar también nosotros: a sembrar sin cansarnos. ¿Pero cómo se puede hacer esto, sembrar continuamente sin cansarnos? Pongamos algún ejemplo.

En primer lugar, los padres: ellos siembran el bien y la fe en los hijos, y están llamados a hacerlo sin desanimarse aunque a veces estos parecen no entenderlos y no apreciar sus enseñanzas, o si la mentalidad del mundo “rema en contra”. La semilla buena se queda, esto es lo que cuenta, y echará raíces en el momento adecuado. Pero si, cediendo a la desconfianza, renuncian a sembrar y dejan a los hijos a merced de las modas y del móvil, sin dedicarles tiempo, sin educarles, entonces el terreno fértil se llenará de malas hierbas. Padres, ¡no os canséis de sembrar en los hijos!

Miramos después a los jóvenes: también ellos pueden sembrar el Evangelio en los surcos de la vida cotidiana. Por ejemplo, con la oración: es una pequeña semilla que no se ve, pero con la cual se encomienda a Jesús todo lo que se vive, y así Él puede hacerlo madurar. Pero pienso también en el tiempo para dedicar a los otros, a quien lo necesita más: puede parecer perdido, sin embargo es tiempo santo, mientras las satisfacciones aparentes del consumismo y del hedonismo dejan las manos vacías. Y pienso en el estudio: es verdad, es cansado y no es inmediatamente satisfactorio, como cuando se siembra, pero es esencial para construir un futuro mejor para todos.

Hemos visto los padres, hemos visto los jóvenes; ahora vemos los sembradores del Evangelio, muchos buenos sacerdotes, religiosos y laicos comprometidos en el anuncio, que viven y predican la Palabra de Dios a menudo sin registrar éxitos inmediatos. No olvidemos nunca, cuando anunciamos la Palabra, que también donde parece que no sucede nada, en realidad el Espíritu Santo está trabajando y el reino de Dios ya está creciendo, a través y más allá de nuestros esfuerzos. Por eso, ¡adelante con alegría, queridos hermanos y hermanas! Recordemos a las personas que han puesto la semilla de la Palabra de Dios en nuestra vida – cada uno de nosotros piense: “¿cómo empezó mi fe?” -; quizá ha brotado años después de que hayamos encontrado sus ejemplos, ¡pero ha sucedido precisamente gracias a ellos!

A la luz de todo esto podemos preguntarnos: ¿yo siembro el bien? ¿Me preocupo solo por recoger para mí o también de sembrar para los otros? ¿Lanzo algunas semillas del Evangelio en la vida de todos los días: estudio, trabajo, tiempo libre? ¿Me desanimo o, como Jesús, sigo sembrando, también si no veo resultados inmediatos? María, que hoy veneramos como Virgen del Monte Carmelo, nos ayude a ser sembradores generosos y alegres de la Buena Noticia.

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Después del Ángelus

Queridos hermanos y hermanas,

os saludo a todos vosotros, romanos y peregrinos de varios países.

Saludo a las Hermanas Misioneras de Nuestra Señora de los Apóstoles, reunidas en Roma para su Capítulo General.

Envío de corazón mi saludo a la Comunidad Cenáculo, que desde hace 40 años es lugar de acogida y promoción humana; bendigo a la madre Elvira, al obispo de Saluzzo y a todas las hermandades y a los amigos. ¡Es hermoso lo que hacéis y es hermosos que existáis! ¡Gracias!

Quiero recordar que hace ochenta años, el 19 de julio de 1943, algunos barrios de Roma, especialmente San Lorenzo, fueron bombardeados, y el Papa, el venerable Pío XII, quiso ir en medio del pueblo devastado. Lamentablemente también hoy estas tragedias se repiten. ¿Cómo es posible? ¿Hemos perdido la memoria? El Señor tenga piedad de nosotros y libere a la familia humana del flagelo de la guerra. En particular rezamos por el querido pueblo ucraniano, que sufre tanto.

Deseo saludar y dar las gracias a todas las parroquias que en este periodo realizan actividades de verano con los niños y los jóvenes – también en el Vaticano hay una muy apreciada -. ¡Gracias a los sacerdotes, a las monjas, a los animadores y a las familias! En este contexto dirijo un saludo para la próxima edición del Giffoni Film Festival, donde los protagonistas son los muchachos y los jóvenes.

Os deseo a todos un feliz domingo. Por favor, no os olvidéis de rezar por mí: yo lo hago por vosotros. Buen almuerzo y hasta pronto. 

Fuente: vatican.va