28 julio 2023

Volver a casa

 Isis Barajas


A veces es más sencillo iniciar grandes gestas fuera de casa que cruzar el umbral del propio hogar dispuesto a darlo a todo

Un día cualquiera. Llega el momento anhelado de volver a casa tras una larga jornada de trabajo. Justo antes de introducir la llave en la cerradura, se empiezan a agolpar al otro lado de la puerta los gritos de varios niños. Algunos no quieren meterse en el baño, otro corre enfurecido detrás de su hermano, el mayor da un portazo porque no puede estudiar y en ese instante rompe a llorar el bebé que ya reclama su turno de comida. Todo se oye tras la puerta con dramática intensidad. Es entonces cuando uno quisiera guardar de nuevo la llave y volver dos horas más tarde. Pero no. Es la “hora santa”, la hora del sacrificio.

Un amigo de mi marido le confesó que, en estas situaciones, respira hondo y, mientras gira la llave, se dice en voz baja: “Aquí está mi cuerpo que será entregado por vosotros”. Y con esta máxima en la cabeza, deja las cosas en el dormitorio, se remanga la camisa y pregunta: “¿Por dónde empiezo?”.

Decía Santa Teresa de Calcuta que “si quieres cambiar el mundo, ve a casa y ama a tu familia”. A veces es más sencillo iniciar grandes gestas ahí fuera que cruzar el umbral del propio hogar. Y es que la casa no siempre es el remanso de paz donde recobrar las fuerzas, sino más bien ese lugar donde uno se derrama gota a gota.

El día de la boda entregamos nuestro cuerpo y también nuestra vida entera al otro. Es una donación que se actualiza cada día. El cuerpo se entrega en el lecho, pero también al levantarse rápidamente en la noche para atender a un hijo y que el otro no se despierte; el cuerpo se entrega en la ternura de una caricia, pero también regresando pronto del trabajo para aliviar la carga doméstica al que está en casa; el cuerpo se entrega al reservarnos un día para ir a cenar juntos, pero también diciendo “vete a descansar que ya me ocupo yo”.

Los esposos no son un equipo que se reparta las tareas o que gestione eficazmente la logística familiar; son una sola carne que se entrega mutuamente tanto en los grandes acontecimientos de la vida como en los detalles más pequeños. Esa grandeza del amor, que tantas veces parece imposible de vivir, en realidad es una gracia recibida en el sacramento del matrimonio, es un don que se nos regala.

En una entrevista que le hice hace unos años, Rocco Buttiglione me dejó una gran lección: “San Juan Pablo II me dijo que el don más grande que como padre podía dar a mis hijas era amar a su madre. No vivir con ella o no traicionarla, sino amarla”. Ese amor que se tenían los santos Luis y Celia Martin necesariamente fue la fuente de la que bebieron sus cinco hijas para llegar a entregarse completamente a Jesucristo como monjas de clausura. Una de ellas fue santa, Teresita del Niño Jesús, y otra, Leonia, está en proceso de beatificación.

Fue, sin duda, la profunda fidelidad de su mujer lo que sostuvo al beato Franz Jägerstätter cuando decidió oponerse al régimen nazi aun sabiendo que le costaría la vida. Solo su mujer, Franzciska, en un acto de amor y sacrificio sublime, permaneció a su lado, tal y como se puede contemplar en Vida oculta, la magnífica película de Terrence Malick.

“Volver a casa y amar a nuestro marido o esposa es hoy un acto de rebeldía”

Como diría Madre Teresa, el amor empieza en casa. Empieza, pero no termina en ella. El amor conyugal, con su dimensión martirial, tiene la capacidad de transformar el mundo. No queda en la vida íntima de la familia, sino que es fecundo y puede hacer vibrar a una sociedad dividida, aislada y dormida. Volver a casa y amar a nuestro marido o esposa es hoy un acto de rebeldía ante la mediocridad y el egoísmo. Es el comienzo de una civilización del amor.

Fuente: revistamision.com

JMJ 2023: El demonio no está invitado a Lisboa

 José Antonio García-Prieto Segura

Vaya por delante mi petición de perdón por la inmodestia de decir que el título de estas líneas lo encuentro muy acertado y nada gratuito, porque me lo ha suscitado la vida misma con sus diarios acontecimientos, mirado sala luz de la fe cristiana. Me explicaré, remontándome al origen y espíritu de estas Jornadas Mundiales. A nadie se le escapa que han sido y lo siguen siendo un grandioso acontecimiento de enorme atractivo y resonancia mundial. Desde el primer momento en que vieron la luz, en Roma, en el ya lejano 1986, instituidas e impulsadas por el papa santo Juan Pablo II, han atraído a millones de jóvenes del mundo entero. Conviene recordar brevemente su nacimiento y el espíritu que les dio inicio y las mantiene palpitantes.

          Era el Domingo de Ramos de1984 cuando, en Roma, el papa organizó un encuentro para celebrar el jubileo de los jóvenes, con motivo del Año Santo de la Redención de Cristo. Se esperaban 60.000 peregrinos, pero respondieron a la llamada unos 250.000 de muchos países. Yo vivía en Roma y pude gozar de aquel acontecimiento, que prometía mucho porque nació y estaba animado por algo imperecedero: conmemorar la alegría de la Resurrección de Cristo, centro y alma de estas Jornadas. Al año siguiente el papa decidió repetirlo: acudió todavía un mayor número de jóvenes; en marzo escribió una Carta Apostólica a los y las jóvenes de todo el mundo, yal fin, el 20 de diciembre anunciaría la institución de la Jornada Mundial de la Juventud.

          El propio Juan Pablo II habló así del espíritu de la JMJ y de la centralidad de Cristo en esos encuentros: “Todos los jóvenes deben sentirse acompañados por la Iglesia: por ello, toda la Iglesia, en unión con el Sucesor de Pedro, se siente más comprometida, a nivel mundial, a favor de la juventud, de sus preocupaciones y peticiones, de su apertura y esperanzas, para corresponder a sus aspiraciones, comunicando a través de una apropiada formación, la certeza que es Cristo, la Verdad que es Cristo, el Amor que es Cristo” (Discurso a la Curia romana, 20-XII-1985)

          Desde la primera JMJ 1986, en Roma, está a la vista el atractivo e impacto mundial que suponen. Sin ir más lejos, hace una semana, Alicia, una joven médico que charla de vez en cuando conmigo, me enviaba este mensaje: “Estoy muy liada en el trabajo, pero espero liberarme ahora en agosto: ¡Tengo enormes ganas de participar en la JMJ”. Sé que no va sola, porque conozco otros jóvenes con idénticos deseos de estar en Lisboa.

Las JMJ han producido muchos frutos de alegría y de vida cristiana. Refiero algunos muy sencillos: en la JMJ 2011 de Madrid, Andrés y Gema -sobrina nieta mía-, se comprometieron a seguir madurando cristianamente su noviazgo; más tarde recibieron el sacramento del matrimonio y Dios los ha bendecido ya con cuatro hijos. La JMJ de 2016 en Cracovia, vio nacer el noviazgo de Pedro con María, otra joven médico conocida; hace menos de un año se dieron el “sí” ante el altar. Y como no hay dos sin tres, mencionaré el testimonio de Carlos, un joven sacerdote catalán que estará presente en Lisboa los próximos días; él mismo recuerda así su presencia en la JMJ 2016: “Siendo seminarista, en Cracovia, tuve el privilegio de acompañar a otros jóvenes y ser testigo de cómo el Señor tocaba sus corazones. Para mí también fue una ocasión de tomar un nuevo impulso en la fe”. Son pequeños testimonios, como tres gotas de agua en el inmenso mar de las JMJ, pero ¡cuántas gotitas de decisiones de mejora personal y de seguir vivamente a Cristo habrán colmado esas Jornadas!

Llegados aquí, el lector se preguntará: ¿y dónde diablos está ese demonio que sale a relucir en el título de estas líneas? Pues apareció muy pronto en escena porque estos encuentros, al estar tan llenos de Cristo y, en torno a Él, de cientos de miles de jóvenes cristianos de todo el planeta -quizá algunos no lo sean, pero no están excluidos-, resultan un pastel extremadamente apetitoso para hacerse con esa juventud tan prometedora y que tanto atractivo suscita. Y si no es posible apropiarse del pastel y de esa juventud seguidora del Señor, el demonio se encarga de sembrar cizaña, y poner todos los medios para que el espíritu con que nacieron estas Jornadas desaparezca o se adultere, descafeinándolo con polémicas y enfrentamientos. Mencionaré dos hechos, bien conocidos, que prueban lo que acabo de escribir.

En mayo pasado el Vaticano quiso lanzar un sello conmemorativo de esta JMJ 2023 Lisboa. Diseñado ya por un artista italiano y prevista una tirada de 45.000 unidades, mostraba al papa Francisco en la quilla de una embarcación seguido por un grupo de jóvenes portando la bandera de Portugal. Pero apareció la cizaña y saltó la polémica. ¿Motivación? Quienes lo impugnaron argumentaban que esa representación emulaba la escultura del "Monumento a los Descubrimientos", instalado en la capital portuguesa durante la dictadura. El sello hubo que retirarlo y hacer otro nuevo. Pequeño embrollo, al fin, comparado con el que, de nuevo, el demonio volvió a suscitar en el mes de julio.

Se ha tratado de unas palabras del máximo representante, por parte de la Iglesia, de la JMJ en Lisboa. En la prensa hemos leído, en efecto, este comentario suyo: “Nosotros no queremos convertir a los jóvenes a Cristo ni a la Iglesia Católica ni nada de eso, en absoluto.” Dicho así, parece desvirtuar por completo el mandato evangélico y su impulso testimonial cristiano de los cientos de miles de chicas y chicos jóvenes que acudirán a Lisboa. No han faltado, enseguida, altas personalidades de la jerarquía de la Iglesia en diversos países, que han salido al paso de ese comentario poco afortunado Y, por su parte, el interesado ha rebatido que sus palabras habían sido sacadas de contexto.

Sin entrar en juicios de ningún tipo, es evidente que el demonio -único no invitado y por tanto excluido de la JMJ- está muy activo y no dejará de trabajar en lo suyo: sembrar cizaña y tratar de apartar las almas del amor de Cristo y de su seguimiento por todos los caminos de la tierra. Estemos atentos para no ser incautos y hacerle el juego.

Francisco se ha dirigido varias veces a los participantes en este encuentro. He visto su última grabación en video, donde también hacía una llamada a quienes no podamos estar allí físicamente presentes, y “sigan la Jornada desde lejos”: sepan, decía, que “es un punto de atracción para todos y donde todos hemos de mirar”. Por mi parte, animo al lector a hacerlo así de la mano de la Virgen María, cuya actitud decisiva de ir al encuentro de su prima Isabel, ha dado el lema a esta JMJ:”Se levantó y partió sin demora” (Lc 1, 39). María tenía ya a Cristo en su seno y, por eso, su presencia y encuentro con Isabel, en Ain Karim, lo llenó todo de luz y de alegría, como deseo que suceda en Lisboa.

Fuente: religion.elconfidencialdigital.com/

27 julio 2023

Nicolay Berdiaev y el Credo de Dostoievsky

Juan Luis Lorda

Casi todos los teólogos del siglo XX se sintieron fascinados por la profundidad con la que aparecen en Dostoievsky los misterios de la libertad y la gracia, el pecado y la redención por la caridad. Por eso Dostotievsky, aunque muere en 1881, casi puede ser considerado un teólogo del siglo XX.

Juan Luis Lorda en omnesmag.com

En el invierno entre 1920 y 1921, en plena revolución rusa, Nicolay Berdiaev, siempre audaz e imprevisible, dio un curso sobre Dostoievsky en la Academia Libre de la Cultura Espiritual, que había fundado en 1919.

En ese momento, el pensamiento y la teología occidental empezaban a descubrir y admirar el descomunal genio de Dostoievsky. Y el libro de Berdiaev proporcionaría claves. Berdiaev (1874-1948) fue siempre un espíritu radical e indómito, con una vertiente ácrata. Había sido marxista y revolucionario, y probó las cárceles y destierros zaristas, pero también se había interesado por la mística alemana y entrado en contacto con la tradición de Soloviev, y le sublevaba el totalitarismo bolchevique. El título de su Academia libre de la Cultura Espiritual era una declaración de principios, un reto y una provocación. Y, en efecto, después de varios arrestos, fue interrogado durante una noche por el terrible fundador de la cheka soviética, Dzerzhinsky, ante quien se defendió agotadoramente y le dejaron irse, según recuerda Solzhenitsyn en su Archipiélago Gulag.

De Moscú a París

Pero en la Rusia comunista no había sitio para una cultura libre y espiritual. Lo metieron en el famoso “barco filosófico” (“Philosophers’ ship”, 1922) y desembarcó con lo puesto y 48 años en Stettin, entonces puerto alemán. Le acompañaban algunos filósofos y teólogos, amigos suyos, como Sergei Boulgakov, y los Lossky: el padre, Nicolay, historiador de la filosofía rusa, y el hijo, Vladimir, que brillaría como el teólogo ortodoxo ruso más importante del siglo XX. Intentó fundar en Berlín una Academia de pensamiento ruso, pero resultó imposible en las duras condiciones de la posguerra alemana.

De manera que, lo mismo que otros intelectuales y familias rusas, acabó en París, donde discurriría el resto de su vida. Berdiaev era de familia noble y militar, por parte de padre. Y tenía ascendencia francesa, por parte de madre. En su casa hablaban francés, idioma de moda en la Rusia del XIX. Conocía ya Francia y llegó en un momento de efervescencia intelectual, también cristiana, en la que participaría muy activamente. Toda su vida fue un gran organizador de conferencias, tertulias y diálogos.

Tiene una obra amplísima. Se siente depositario del espíritu ruso y, en particular, del “espíritu de Dostoievsky”, que para él sería un descubrimiento fascinante y una gran luz. Escribir era como otra forma de hablar, y una prolongación de sus conferencias, tertulias y diálogos. Gran parte de su obra está traducida al castellano. Destacan su Autobiografía espiritual (1949), El Credo de Dostoievsky (1923), El sentido de la historia (1923), El cristianismo y el problema del comunismo, y Reino del espíritu, reino del César, su último libro.

Un espíritu vertiginoso y grandes preguntas

Berdiaev llevaba siempre en la cabeza un torbellino de ideas, de las que tomaba nota, y después ponía por escrito, vertiginosamente, construyendo sus libros como en oleadas, sin volver atrás y sin corregir. Así lo recuerda. Todo le hacía pensar, y tenía vivamente planteadas las grandes cuestiones sobre el sentido de la vida humana, el misterio de la libertad y la “cuestión escatológica”, que atraviesan su vida.

Le interesaba Rusia, con su tensa historia y paradójico espíritu. Le interesaba la revolución, en la que veía una terrible herejía cristiana basada en el falseamiento de la esperanza y en una escatología intraterrena. Le interesaba, especialmente, el misterio de la libertad humana y su choque con los abismos de la personalidad, tan bien reflejados en las novelas de Dostoievsky; y que sentía en su propia carne, pues era un espíritu apasionado, místico a su manera, y también colérico. Todo muy ruso, si le añadimos un profundo sentido de la misericordia ante los abismos humanos.

La Autobiografía espiritual

Todo esto lo cuenta en este amplio y apasionante retrato espiritual, menos preocupado por las anécdotas biográficas que por las características y evoluciones de su espíritu. Empieza describiendo los trazos de su temperamento a la vez sanguíneo y melancólico, con una curiosa “repugnancia al aspecto fisiológico de la vida” (Miracle, Barcelona 1957, 42), que le parece vulgar, especialmente los olores.

Sigue con sus descubrimientos: “Entre mi adolescencia y mi juventud, fui agitado por el siguiente pensamiento: ‘Cierto que desconozco el sentido de la vida, pero la búsqueda de tal sentido ya confiere un sentido a la vida y consagraré toda mi vida a esta búsqueda de su sentido’” (88-89).

Relata los distintos pasos del proceso de su conversión y acercamiento al cristianismo, también provocado por su matrimonio. Aunque se sentirá espiritualmente distante de la Iglesia demasiado establecida o rutinaria, mal signo de la fuerza de las realidades tremendas que representa. No se siente cómodo con una Iglesia ortodoxa que, a veces, le parece inculta y demasiado inclinada a mandar u organizar la vida. En este punto percibe toda la tragedia que aparece en la Leyenda del Gran Inquisidor. Por contraste apreciará los signos vitales de la piedad y la caridad, que también percibe en el catolicismo.

Le molesta lo que siente como demasiado organizado en cualquier campo. Y, tras la oleada idealista que le ha llegado a través del marxismo, es un decidido enemigo de la abstracción, de la objetivación de la realidad. En eso conecta con otros autores personalistas, como Gabriel Marcel. Se titula él mismo existencialista, y desarrolla una aguda sensibilidad frente a los teorizantes, a los que gustan de sustituir lo real por lo teórico o por lo “objetivo” que en gran parte es abstracción de lo real y reconstrucción hecha por el espíritu. Eso lo aprecia también en las pretensiones materialistas de las ciencias modernas. Y, de manera eminente, en la ideología marxista, que se titula “científica”.

Se siente un decidido investigador de la libertad humana, con todas sus contradicciones personales y sociales, con sus expresiones y pretensiones históricas, con sus impulsos renovadores y revolucionarios, con sus éxtasis y sus vértigos. Pero también con la gran fuerza personal transformadora cuando la libertad es una fuerza al servicio de la Verdad que es eterna. El libro termina: “La contradicción fundamental de mi vida vuelve a manifestarse constantemente: soy activo, apto para la lucha de las ideas, y al mismo tiempo, siento una terrible angustia y sueño en otro mundo, en un mundo totalmente distinto de este. Quiero todavía escribir otro libro sobre la nueva espiritualidad y la nueva mística. El núcleo principal estará constituido por la intuición básica de mi vida acerca del acto creador, teúrgico, del hombre. La nueva mística debe ser teúrgica” (316).

El espíritu de Dostoievsky

Las conferencias del curso de invierno de 1920 se las trajo en el barco, y fueron editadas en ruso en 1923, y más tarde en francés. En 1951 hubo una traducción castellana directa del ruso (ed. Apolo) y hay una reedición más reciente (Nuevo Inicio). El libro no tiene desperdicio y, como es habitual en el estilo de Berdiaev, se suceden frases apodícticas que son chispazos de brillantez.

En el primer capítulo, El retrato espiritual de Dostoievsky, declara: “Fue no solamente un gran artista, sino también un gran pensador y un gran visionario. Es un formidable dialéctico y el mejor de los metafísicos rusos” (9). “Dostoievsky refleja todas las contradicciones del alma rusa, todas sus antinomias […]. Por él se puede estudiar la estructura peculiarísima de nuestra alma. Los rusos cuando expresan las líneas más características de su pueblo, son, o bien ‘apocalípticos’ [como el propio Berdiaev] o bien ‘nihilistas’. Esto indica que no pueden permanecer en un justo medio de la vida del alma y la cultura, sin que su espíritu se encamine hacia lo final y hacia el máximo límite” (15-16). “Dostoievsky ha hecho un profundo estudio de ambas tendencias –apocalíptica y nihilista– del espíritu ruso. Ha sido el primero en descubrir la historia del alma rusa y su extraordinaria inclinación a lo diabólico y poseso” (18). “En sus obras nos presenta la erupción plutoniana de las fuerzas espirituales subterráneas del hombre” (19). “Las novelas de Dostoievsky no son novelas propiamente dichas: son tragedias” (20).

Y con eso se marca un gran contraste con el otro gran novelista Tolstoy, moderado, contenido, formal, más acabado pero menos profundo. Lo apolíneo frente a lo dionisíaco, pero también lo cristiano racionalizado y desprovisto de su tragedia frente a las paradojas del anonadamiento del pecado y de la cruz y los fulgores de la resurrección y la redención.

Al final, declara: “Dostoievsky ha sabido revelarnos cosas importantísimas del alma rusa y del espíritu universal. Pero no ha sabido hacernos la revelación del caso en que las fuerzas caóticas del alma se apoderan de nuestro espíritu” (140).

Lo que todavía tiene que decirnos Dostoievsky

“Todo el cristianismo tiene que ser resucitado y renovado espiritualmente. Ha de ser una religión de los tiempos futuros, si es que pretende ser eterno […]. Y el bautismo de fuego que hace Dostoievsky en las almas, facilita el camino del espíritu creador, el movimiento religioso y el futuro y eterno cristianismo. Dostoievsky merece, más que Tolstoy ser considerado un reformador religioso. Tolstoy derribó los valores religiosos y tanteó la creación de una nueva religión […]. Dostoievsky no inventó una nueva religión, sino que se mantuvo fiel a la Eterna Verdad y las eternas tradiciones del cristianismo” (245).

“Hace mucho tiempo que la sociedad europea ha permanecido en la periferia del Ser, contentándose con vivir en lo exterior. Ha pretendido permanecer eternamente en la superficie de la tierra pero, aún allí, en la ‘burguesa’ Europa se ha revelado el terreno volcánico y es inevitable que surja en ella el abismo espiritual. En todas partes ha de nacer un movimiento que vaya desde la superficie a la profundidad, aunque los hechos que precedan a ese movimiento sean puramente superficiales, como las guerras y las revoluciones. Y entre sus cataclismos, escuchando la voz que les llama, los pueblos de Europa se dirigirán al escritor ruso que ha revelado la profundidad espiritual del hombre y profetizado lo inevitable de la catástrofe mundial. Dostoievsky representa precisamente ese inapreciable valor que constituye la razón de la existencia del pueblo ruso y que servirá para su disculpa el día del Juicio Final” (247).

Así termina el libro. Cabe considerar que la situación de Europa se ha alejado de las sensaciones trágicas de la posguerra y, envuelta en un caparazón de propaganda comercial, se aleja cada día de las tragedias en las que vive gran parte de la humanidad, mientras se deshace con un problema generacional y demográfico provocado por la trivialización del sexo. Dostoievsky sigue siendo una salida, un aterrizaje en la realidad, para los espíritus que no quieren quedar atufados en el consumismo y el nuevo pensamiento único políticamente correcto.

Impacto teológico

En los años treinta y cuarenta, Berdiaev fue muy amigo de los teólogos rusos emigrados a París (Boulgakov, Lossky) y trató con Congar, Daniélou, De Lubac, y con el grupo de Esprit, de Mounier. A sus ojos, Berdiaev representaba, en vivo, el espíritu de Dostoievsky, en un momento en que se descubría la profundidad cristiana del gran novelista ruso, y se quería conocer su biografía, su contexto y su alma.

De Lubac dedicó la mitad de El drama del humanismo ateo a Dostoievsky, calificado como “profeta” cristiano, ante el nihilismo que intenta imponerse en una sociedad que quiere separarse de Dios. Por consejo de Max Scheler, Guardini dedicó a los personajes de Dostoievsky su primer curso sobre la Weltanschauung (cosmovisión) cristiana en Berlín, El universo religioso de Dostoievsky. Charles Moeller usó las obras de Dostoievsky para mostrar el contraste entre la cultura cristiana y la griega, en temas esenciales, en Sabiduría griega y paradoja cristiana.

Casi todos los teólogos del siglo XX se sintieron fascinados por la profundidad con la que aparecen en Dostoievsky los misterios de la libertad y la gracia, el pecado y la redención por la caridad. Por eso Dostotievsky, aunque muere en 1881, casi puede ser considerado un teólogo del siglo XX, tal ha sido su impacto. Y por eso también, El espíritu de Dostoievsky, de Berdiaev fue y sigue siendo un libro de referencia.

Fuente: almudi.org

26 julio 2023

El desprendimiento de los bienes materiales

 

Una tarea indispensable para la Alta Dirección

Bartlett y Ghoshal comentan que “las empresas son una de las más importantes instituciones de la sociedad moderna, si no la más importante”. Del estilo de dirección que tenga la Alta Dirección, por tanto, dependerá mucho el impacto en la sociedad donde ellas operan.  De otro lado, el profesor Sellés explica que la calidad de una decisión depende de tres componentes: el bien objetivo que se persigue, las perfecciones en la inteligencia que la consecución de dicho bien produce, y las cualidades en la voluntad que la obtención de ese bien exige para alcanzarlo.

El también explica que en la naturaleza humana hay una regla sencilla: los bienes pequeños desarrollan perfecciones pequeñas en la inteligencia y generan cualidades simples en la voluntad; mientras que los bienes grandes desarrollan perfecciones grandes en la inteligencia y generan virtudes en la voluntad.

Es por esto, que el desarrollo de las personas y de las organizaciones depende de los objetivos que se quieran alcanzar. Si el objetivo es un bien pequeño, los desarrollos serán limitados; si en cambio, es grande, las inteligencias y las voluntades adquirirán y desarrollarán muchas perfecciones.

Si aplicamos estos criterios para evaluar en el plano empresarial el contraste que hay entre el bien común y los bienes materiales, encontraremos que entre ellos existe una diferencia sustancial: mientras que el bien común demanda acciones de largo alcance, planes muy articulados y acciones complejas, además de fortaleza y perseverancia; los bienes materiales exigen  planes menos complejos, con horizontes más inmediatos, y acciones menos exigentes. Es decir, mientras el bien común es causa de mucho desarrollo hacia dentro de la organización, e incluso hacia fuera; los bienes materiales pueden ser fuente incluso de vicios.

Ahora bien, como en una empresa la elección entre perseguir el bien común o dedicarse a un mayor enriquecimiento material corresponde a la Alta Dirección, es a este nivel al que hay que advertirle, especialmente, de esta realidad peculiar de la naturaleza humana.  Perseguir grandes bienes, como el bien común, produce muchas perfecciones en las personas; y por tanto, como comenta el profesor Cazorla, genera desarrollo en la sociedad: porque el desarrollo es de las personas, y no del entorno físico.

Pero para que la Alta Dirección sea capaz de tomar este tipo de decisiones, antes debe aprender a vivir la virtud del desprendimiento de los bienes materiales. Sin esta virtud es difícil comprender que estos bienes son medios para servir a otros; que su acumulación tiene, por tanto, un sentido relativo; y que la propia persona debe conformarse con aquello que es suficiente para pasarlo bien, y no exagerar ni en las comodidades ni en las facilidades personales, menos cuando se utilizan recursos de la empresa.

Fuente: exaudi.org

25 julio 2023

Humanismo y tecnología

Ramiro Pellitero


“Este es el drama –observa el Papa, señalando el parecido con nuestra situación–, la colonización ideológica; el hombre, en contacto con las máquinas, se aplana cada vez más, mientras que la vida común se vuelve triste y enrarecida”.

Durante su viaje pastoral a Hungría, en el encuentro con el mundo universitario y de la cultura (cf. Discurso en la Universidad católica PéterPázmány, 30-IV-2023), el Papa Francisco retomó un argumento frecuente en las enseñanzas de su predecesor, Benedicto XVI (cf. Discurso en la entrega del I premio Ratzinger de teología, 30-VI-2011).

Se trata del contraste entre dos formas de conocimiento. Por un lado, el conocimiento humilde y relacional –humanista y realista– que se abre a la tecnología, la respeta y a la vez la sitúa constantemente en su adecuada perspectiva. Por otro lado, el conocimiento que tiende a dominar y poseer –tecnocrático–, en principio legítimo, pero que en nuestro tiempo conlleva de hecho el riesgo de acabar con el primer tipo de conocimiento, el humanismo. La armonía entre estos dos tipos de conocimientos, pertenece, efectivamente, a la buena salud de nuestras raíces.

Este argumento lo planteaba ya Romano Guardini hace un siglo: “En estos días he comprendido más que nunca que hay dos formas de conocimiento […], una conduce a la inmersión en el objeto y su contexto, por lo que el hombre que quiere saber trata de vivir en él; la otra, al contrario, reúne las cosas, las descompone, las ordena en cajas, adquiere dominio y posesión, las domina» (Cartas desde el Lago de Como. La técnica y el hombre –texto original de 1924-1927–, Brescia 2022, 55).

¿Podrá la vida permanecer viva?"

El primer tipo de conocimiento –observa Francisco– es humilde, observa y se sitúa al servicio de las personas y de la naturaleza creada; el segundo, en cambio, analiza para transformar la vida. Guardini no demoniza la tecnología, pero advierte del peligro de que se convierta en reguladora, sino en gobernante de la vida. Y se preguntaba Guardini: si este tipo de conocimiento prevalece ¿podrá la vida permanecer viva?

“Pensemos –propone el Papa a los universitarios húngaros– en el deseo de poner en el centro de todo no a la persona y sus relaciones, sino al individuo centrado en sus propias necesidades, ávido de ganar y voraz de aferrar la realidad”. No quiere el Papa generar pesimismo, sino ayudar a reflexionar sobre la “arrogancia de ser y de tener”, “que Homero ya veía como amenazante en los albores de la cultura europea y que el paradigma tecnocrático exaspera, con un cierto uso de algoritmos que pueden representar un riesgo más de desestabilización de lo humano”.

Oponerse a la colonización ideológica

Y se refiere Francisco, como otras veces, a la novela “El amor del mundo”, de Robert Benson (escrita en 1907), que describe ya un mundo dominado por la tecnología y el mito de un progreso estandarizado. Y esto, en nombre de un nuevo humanismo, que busca anular las diferencias y suprimir las religiones.

“Este es el drama –observa el Papa, señalando el parecido con nuestra situación–, la colonización ideológica; el hombre, en contacto con las máquinas, se aplana cada vez más, mientras que la vida común se vuelve triste y enrarecida”. En un mundo así “parece obvio descartar a los enfermos y aplicar la eutanasia, así como abolir las lenguas y culturas nacionales para lograr la paz universal, que en realidad se transforma en un persecución basada en la imposición del consenso, tanto que un protagonista afirma que 'el mundo parece a merced de una vitalidad perversa, que todo lo corrompe y confunde'".

Desde ahí vuelve Francisco la mirada a la Universidad y su papel: “el lugar donde nace, crece y madura el pensamiento abierto y sinfónico; no monocorde, no cerrado: abierto y sinfónico. Es el ‘templo’ donde el saber está llamado a liberarse de los estrechos confines del tener y del poseer para convertirse en cultura, es decir, ‘cultivo’ del hombre y sus relaciones fundantes: con lo trascendente, con la sociedad, con la historia, con la creación”, en la línea señalada por el Concilio Vaticano II, cuando invita a cultivar el sentido religioso, moral y social (cf. Const. past. Gaudium et spes, 59).

Ciertamente, advierte el sucesor de Pedro, cuando nos admiramos ante la obra de Dios, la cultura protege nuestra humanidad, favorece la contemplación y forma personas libres de las modas del momento, bien arraigadas, en cambio, en la realidad de las cosas. Y así, “humildes discípulos del saber, sienten que deben ser abiertos y comunicativos, nunca rígidos ni combativos”. El verdadero universitario nunca se siente satisfecho, sino que, movido por una sana inquietud, investiga y explora, sale de sus propias certezas para aventurarse humildemente en el misterio de la vida, sin caer en la rutina; se abre a otras culturas y comparte conocimientos.

Y por este camino retorna Francisco al tema con el que comenzó su discurso, con dos frases. La primera viene de la cultura clásica, que proponía “conócete a ti mismo” (oráculo de Delfos). Esto, propone el Papa, ha de llevarnos a conocer nuestros propios límites y frenar nuestra autosuficiencia. “Y mientras el pensamiento tecnocrático persigue un progreso que no admite límites, el hombre real está hecho también de fragilidades, y muchas veces es precisamente ahí donde comprende que es dependiente de Dios y está conectado con los demás y con la creación”.

Paradójicamente –observa Francisco– este situarnos en la humildad no nos hace más frágiles y pequeños, sino al contrario: nos hace más realistas y más grandes: Y así, “la cultura surge del asombro de este contraste: nunca satisfecha y siempre en búsqueda, inquieta y comunitaria, disciplinada en su finitud y abierta a lo absoluto”.

La segunda frase es de Jesucristo: "La verdad os hará libres" (Jn 8,32). Con la experiencia de la historia de Hungría, señala el Papa un riesgo que todavía no ha desaparecido: “la transición del comunismo al consumismo”. Esos dos “ismos” comparten una falsa idea de libertad: “la del comunismo fue una ‘libertad’ forzada, limitada desde fuera, decidida por otro; la del consumismo es una ‘libertad’ libertina, hedonista, cerrada en sí misma, que nos hace esclavos del consumo y de las cosas. ¡Y qué fácil es pasar de los límites impuestos a pensar, como en el comunismo, a pensar sin límites, como en el consumismo!”

Estamos, en efecto, ante un salto que podríamos llamar reactivo: “De una libertad restringida a una libertad sin frenos”. Lo que Jesús nos dice, con palabras de Francisco, es: “Lo que libera es la verdad, lo que libera al hombre de sus dependencias y encierros”. Y “la clave para acceder a esa verdad es un saber nunca desconectado del amor, relacional, humilde y abierto, concreto y comunitario, valiente y constructivo”. Esta es una propuesta de Francisco para que la universidad sea una fecunda cantera de humanismo y un laboratorio de esperanza.

Fuente: iglesiaynuevaevangelizacion.blogspot.com

24 julio 2023

Una explicación de mi mal y del ajeno

Juan Luis Selma

El mal se vence con el bien, no con más males añadidos: venganza, odio, injusticia...

La semana pasada hablábamos de la siembra, de aquello que nos gustaría cosechar. Ese mismo día vimos al joven Carlos Alcaraz acariciar el preciado trofeo de Wimbledon. En esta ocasión la cosecha fue rápida y abundante. Llama la atención su fuerza para sobreponerse a la contrariedad: remontar un 1-6 adverso; enfrentarse a todo un veterano, con el que había perdido… Obtuvo una gran recompensa bien peleada.

Hemos presenciado una gran victoria, que no ha sido fácil, como nada lo es en la vida. Hay que trabajar mucho, esforzarse, para lograr la buena cosecha; pero el éxito no está garantizado. Las derrotas, los fracasos, las desilusiones e, incluso, las traiciones suelen acompañarnos siempre. El asunto es contar con ello y superarnos; como lo hizo Carlitos en su reciente derrota frente a Djokovic: aprendió de ella y la transformó en victoria.

Nos podemos extrañar ante la presencia del mal, de la existencia de gente mala, mala; también del mal que hay en nosotros mismos. Leemos en el Evangelio: “Los siervos del amo de la casa fueron a decirle: Señor, ¿no sembraste buena semilla en tu campo? ¿Cómo es que tiene cizaña? Él les dijo: Algún enemigo lo habrá hecho”.

Aquí se nos dice que el mal tiene su origen en el enemigo, no es Dios el culpable. Epicuro se planteó la siguiente paradoja: “¿Es que Dios quiere prevenir el mal, pero no es capaz? Entonces no es omnipotente. ¿Es capaz, pero no desea hacerlo? Entonces es malévolo. ¿Es capaz y desea hacerlo? ¿De dónde surge entonces el mal? ¿Es que no es capaz ni desea hacerlo? Entonces, ¿por qué llamarlo Dios?”. Así piensan muchos: no saben dar explicación del mal y niegan a Dios.

La existencia del mal en el mundo no es fruto de un malquerer de Dios, tampoco es un defecto de “fábrica”, es consecuencia de la mal vivida libertad. La Biblia lo explica con el pecado original. Dios destinó al hombre a la plena felicidad del Edén; le dio la oportunidad de ser libre, de elegir estar con Él, de moverse en su entorno. Podía elegir el bien, pero le pareció mejor optar por “la manzana”; tentado por el demonio, quiso ser dios, no reconocer a Dios sino sustituirle, vivir a su aire, romper el equilibrio de la creación. Fue engañado por el padre de la mentira y así le fue.

El no aceptarse como criatura, como hijo, por la soberbia; el preferir vivir en la mentira, fue el origen de todos los males. Se rompe el equilibrio entre la creación y el hombre. En nuestro interior, el dominio de la razón y del bien deja paso a las pasiones desordenadas, a la irracionalidad, a la injusticia; la relación entre el hombre y la mujer queda sometida a tensiones; las relaciones con los demás pasan a estar marcadas por el deseo y el dominio. La creación se vuelve hostil. Llega el dolor y la muerte.

Dios, siempre respetuoso, no tuvo más remedio que dejarnos hacer. Su sabiduría, paciencia y poderío absoluto sacará bien del mal. No destruye al pecador, al equivocado. Espera, como dice el Evangelio: “-¿Quieres que vayamos a arrancarla? Pero él les respondió: -No, no vaya a ser que, al arrancar la cizaña, arranquéis también con ella el trigo. Dejad que crezcan juntos hasta la siega. Y al tiempo de la siega les diré a los segadores: -Arrancad primero la cizaña y atadla en gavillas para quemarla; el trigo, en cambio, almacenadlo en mi granero”.

“Dios en cambio sabe esperar –comenta el Papa Francisco–. Él mira el campo de la vida de cada persona con paciencia y misericordia: ve mucho mejor que nosotros la suciedad y el mal, pero ve también los brotes de bien y espera con confianza que maduren. Dios es paciente, sabe esperar. Qué hermoso es esto: nuestro Dios es un padre paciente, que nos espera siempre y nos espera con el corazón en la mano para acogernos, para perdonarnos. Él nos perdona siempre si vamos a Él”.

El mal que vemos en nosotros y en el mundo es fruto del pecado, del original y del personal de cada uno y de los demás. No nos podemos extrañar de él, pero tampoco conformarnos. El mal se vence con el bien, no con más males añadidos: venganza, odio, injusticia, desesperación… También de los fracasos, derrotas e injusticias se pueden sacar bienes.

Estamos felices con el triunfo de Carlitos, pero antes sufrió y perdió. También podemos vencer, ganar, sacar provecho de nuestros defectos y de los ajenos. Dios y sus hijos siempre ganan. Hay que contar con la ayuda de la gracia, con lucha personal, con la paciencia. Hay que recomenzar todas las veces que sea preciso. El dueño del campo no es indiferente frente al mal, sabe la diferencia que hay entre el trigo y la cizaña, pero espera. La conversión, en nuestro caso, siempre es posible.

Este domingo podemos sembrar buen trigo acudiendo a votar; no dejemos que la pereza o la desidia nos dominen. Luego lo podríamos lamentar.

Fuente: eldiadecordoba.es

Humanismo y tecnología

Ramiro Pellitero


“Este es el drama –observa el Papa, señalando el parecido con nuestra situación–, la colonización ideológica; el hombre, en contacto con las máquinas, se aplana cada vez más, mientras que la vida común se vuelve triste y enrarecida”.

Durante su viaje pastoral a Hungría, en el encuentro con el mundo universitario y de la cultura (cf. Discurso en la Universidad católica PéterPázmány, 30-IV-2023), el Papa Francisco retomó un argumento frecuente en las enseñanzas de su predecesor, Benedicto XVI (cf. Discurso en la entrega del I premio Ratzinger de teología, 30-VI-2011).

Se trata del contraste entre dos formas de conocimiento. Por un lado, el conocimiento humilde y relacional –humanista y realista– que se abre a la tecnología, la respeta y a la vez la sitúa constantemente en su adecuada perspectiva. Por otro lado, el conocimiento que tiende a dominar y poseer –tecnocrático–, en principio legítimo, pero que en nuestro tiempo conlleva de hecho el riesgo de acabar con el primer tipo de conocimiento, el humanismo. La armonía entre estos dos tipos de conocimientos, pertenece, efectivamente, a la buena salud de nuestras raíces.

Este argumento lo planteaba ya Romano Guardini hace un siglo: “En estos días he comprendido más que nunca que hay dos formas de conocimiento […], una conduce a la inmersión en el objeto y su contexto, por lo que el hombre que quiere saber trata de vivir en él; la otra, al contrario, reúne las cosas, las descompone, las ordena en cajas, adquiere dominio y posesión, las domina» (Cartas desde el Lago de Como. La técnica y el hombre –texto original de 1924-1927–, Brescia 2022, 55).

¿Podrá la vida permanecer viva?"

El primer tipo de conocimiento –observa Francisco– es humilde, observa y se sitúa al servicio de las personas y de la naturaleza creada; el segundo, en cambio, analiza para transformar la vida. Guardini no demoniza la tecnología, pero advierte del peligro de que se convierta en reguladora, sino en gobernante de la vida. Y se preguntaba Guardini: si este tipo de conocimiento prevalece ¿podrá la vida permanecer viva?

“Pensemos –propone el Papa a los universitarios húngaros– en el deseo de poner en el centro de todo no a la persona y sus relaciones, sino al individuo centrado en sus propias necesidades, ávido de ganar y voraz de aferrar la realidad”. No quiere el Papa generar pesimismo, sino ayudar a reflexionar sobre la “arrogancia de ser y de tener”, “que Homero ya veía como amenazante en los albores de la cultura europea y que el paradigma tecnocrático exaspera, con un cierto uso de algoritmos que pueden representar un riesgo más de desestabilización de lo humano”.

Oponerse a la colonización ideológica

Y se refiere Francisco, como otras veces, a la novela “El amor del mundo”, de Robert Benson (escrita en 1907), que describe ya un mundo dominado por la tecnología y el mito de un progreso estandarizado. Y esto, en nombre de un nuevo humanismo, que busca anular las diferencias y suprimir las religiones.

“Este es el drama –observa el Papa, señalando el parecido con nuestra situación–, la colonización ideológica; el hombre, en contacto con las máquinas, se aplana cada vez más, mientras que la vida común se vuelve triste y enrarecida”. En un mundo así “parece obvio descartar a los enfermos y aplicar la eutanasia, así como abolir las lenguas y culturas nacionales para lograr la paz universal, que en realidad se transforma en un persecución basada en la imposición del consenso, tanto que un protagonista afirma que 'el mundo parece a merced de una vitalidad perversa, que todo lo corrompe y confunde'".

Desde ahí vuelve Francisco la mirada a la Universidad y su papel: “el lugar donde nace, crece y madura el pensamiento abierto y sinfónico; no monocorde, no cerrado: abierto y sinfónico. Es el ‘templo’ donde el saber está llamado a liberarse de los estrechos confines del tener y del poseer para convertirse en cultura, es decir, ‘cultivo’ del hombre y sus relaciones fundantes: con lo trascendente, con la sociedad, con la historia, con la creación”, en la línea señalada por el Concilio Vaticano II, cuando invita a cultivar el sentido religioso, moral y social (cf. Const. past. Gaudium et spes, 59).

Ciertamente, advierte el sucesor de Pedro, cuando nos admiramos ante la obra de Dios, la cultura protege nuestra humanidad, favorece la contemplación y forma personas libres de las modas del momento, bien arraigadas, en cambio, en la realidad de las cosas. Y así, “humildes discípulos del saber, sienten que deben ser abiertos y comunicativos, nunca rígidos ni combativos”. El verdadero universitario nunca se siente satisfecho, sino que, movido por una sana inquietud, investiga y explora, sale de sus propias certezas para aventurarse humildemente en el misterio de la vida, sin caer en la rutina; se abre a otras culturas y comparte conocimientos.

Y por este camino retorna Francisco al tema con el que comenzó su discurso, con dos frases. La primera viene de la cultura clásica, que proponía “conócete a ti mismo” (oráculo de Delfos). Esto, propone el Papa, ha de llevarnos a conocer nuestros propios límites y frenar nuestra autosuficiencia. “Y mientras el pensamiento tecnocrático persigue un progreso que no admite límites, el hombre real está hecho también de fragilidades, y muchas veces es precisamente ahí donde comprende que es dependiente de Dios y está conectado con los demás y con la creación”.

Paradójicamente –observa Francisco– este situarnos en la humildad no nos hace más frágiles y pequeños, sino al contrario: nos hace más realistas y más grandes: Y así, “la cultura surge del asombro de este contraste: nunca satisfecha y siempre en búsqueda, inquieta y comunitaria, disciplinada en su finitud y abierta a lo absoluto”.

La segunda frase es de Jesucristo: "La verdad os hará libres" (Jn 8,32). Con la experiencia de la historia de Hungría, señala el Papa un riesgo que todavía no ha desaparecido: “la transición del comunismo al consumismo”. Esos dos “ismos” comparten una falsa idea de libertad: “la del comunismo fue una ‘libertad’ forzada, limitada desde fuera, decidida por otro; la del consumismo es una ‘libertad’ libertina, hedonista, cerrada en sí misma, que nos hace esclavos del consumo y de las cosas. ¡Y qué fácil es pasar de los límites impuestos a pensar, como en el comunismo, a pensar sin límites, como en el consumismo!”

Estamos, en efecto, ante un salto que podríamos llamar reactivo: “De una libertad restringida a una libertad sin frenos”. Lo que Jesús nos dice, con palabras de Francisco, es: “Lo que libera es la verdad, lo que libera al hombre de sus dependencias y encierros”. Y “la clave para acceder a esa verdad es un saber nunca desconectado del amor, relacional, humilde y abierto, concreto y comunitario, valiente y constructivo”. Esta es una propuesta de Francisco para que la universidad sea una fecunda cantera de humanismo y un laboratorio de esperanza.

Fuente: iglesiaynuevaevangelizacion.blogspot.com

23 julio 2023

Dios siembra trigo y el maligno cizaña

 El Papa en el Ángelus


Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

El Evangelio de hoy nos ofrece la parábola del trigo y la cizaña (cf. Mt 13,24-43). Un agricultor, que ha sembrado buena semilla en su campo, descubre que un enemigo de noche ha sembrado en él cizaña, una planta de aspecto muy parecido al trigo, pero infectada.

De este modo, Jesús habla de nuestro mundo, que en realidad es como un gran campo, donde Dios siembra trigo y el maligno cizaña, y así el bien y el mal crecen juntos. El bien y el mal crecen juntos. Lo vemos en las noticias, en la sociedad, y también en la familia y también en la Iglesia. Y cuando, junto al trigo bueno, vemos malas hierbas, nos dan ganas de arrancarlas inmediatamente, de hacer "limpieza total" de inmediato. Pero el Señor nos advierte hoy que es una tentación hacer esto: no podemos crear un mundo perfecto y no podemos hacer el bien destruyendo precipitadamente lo que está mal, porque esto tiene efectos peores: acabamos -como se dice- "tirando el niño junto con el agua sucia".

Hay, sin embargo, un segundo campo en el que podemos limpiar: es el campo de nuestro corazón, el único en el que podemos intervenir directamente. También allí hay trigo y cizaña, de hecho, es desde allí desde donde ambos se extienden al gran campo del mundo. Hermanos y hermanas, nuestro corazón, en efecto, es el campo de la libertad: no es un laboratorio aséptico, sino un espacio abierto y, por tanto, vulnerable. Para cultivarlo adecuadamente, es necesario, por una parte, cuidar constantemente los delicados brotes de bondad y, por otra, identificar y erradicar las malezas, en el momento justo. Así pues, miremos en nuestro interior y examinemos un poco que ocurre, lo que crece en mí. Que está creciendo en mi de bien y de mal. Existe un hermoso método para hacerlo: aquello que se llama el examen de conciencia, que es ver qué sucede hoy en mi vida, qué me impactó en el corazón y qué decisión tomé. Y esto sirve precisamente para verificar, a la luz de Dios, donde están las hierbas malas y donde la semilla buena.

Después del campo del mundo y del campo del corazón hay un tercero campo. Podemos llamarlo el campo del vecino. Son las personas con las que nos relacionamos, que frecuentamos cada día y a las que juzgamos a menudo. ¡Qué fácil nos resulta reconocer su cizaña! ¡Y qué difícil es, en cambio, ver el buen trigo que crece! ¡Cómo nos gusta “despellejar” a los demás...! Recordemos, sin embargo, que si queremos cultivar los campos de la vida, es importante buscar ante todo la obra de Dios: aprender a ver en los demás, en el mundo y en nosotros mismos la belleza de lo que el Señor ha sembrado, el trigo besado por el sol con sus espigas doradas. Hermanos y hermanas, Pedimos la gracia de poder verla en nosotros mismos, pero también en los demás, empezando por los que están cerca de nosotros. No es una mirada ingenua, es una mirada creyente, porque Dios, el agricultor del gran campo del mundo, ama ver lo bueno y hacerlo crecer hasta hacer de la siega una fiesta.

Por eso, también hoy podemos hacernos algunas preguntas. Pensando en el campo del mundo: ¿Yo sé vencer la tentación de "hacer de cada hierba un montón", de hacer “limpieza total” de los demás con mis juicios? Luego, pensando en el campo del corazón: ¿soy honesto para buscar las malas plantas que hay en mí y decidido arrojarlas al fuego de la misericordia de Dios? Y, pensando en el campo del prójimo: ¿tengo la sabiduría de ver lo bueno sin desanimarme por las limitaciones y la lentitud de los demás?

Que la Virgen María nos ayude a cultivar con paciencia lo que el Señor siembra en el campo de la vida, en mi campo, en el campo de mi vecino, en el campo de todos.

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Palabras después del Ángelus

Queridos hermanos y hermanas

Hoy, mientras muchos jóvenes se preparan para partir a la Jornada Mundial de la Juventud, nosotros celebramos el Día Mundial de los Abuelos y de los Ancianos. Por eso me acompañan un nieto y una abuela. ¡Aplaudamos a los dos! Que la proximidad entre las dos Jornadas sea una invitación a promover una alianza entre las generaciones, que es muy necesaria, porque el futuro se construye juntos, en el intercambio de experiencias y en el cuidado mutuo entre jóvenes y mayores. No los olvidemos. ¡Y aplaudamos a todos los abuelos y abuelas! ¡Fuerte!

Estamos viviendo, aquí y en muchos países, fenómenos climáticos extremos: por un lado, diversas regiones se ven afectadas por olas de calor anormales e incendios devastadores; por otro, en no pocos lugares se producen aguaceros e inundaciones, como los que han azotado Corea del Sur en los últimos días: estoy cerca de quienes sufren y de quienes asisten a las víctimas y a los desplazados. Y, por favor, renuevo mi llamamiento a los dirigentes de las naciones para que hagan algo más concreto para limitar las emisiones contaminantes: es un reto urgente e inaplazable, concierne a todos. ¡Protejamos nuestra casa común!

Y ahora me gustaría llamar la atención sobre el drama que siguen viviendo los emigrantes en el septentrión de África. Miles de ellos, en medio de un sufrimiento indecible, llevan semanas atrapados y abandonados en zonas desérticas. Hago un llamamiento, en particular a los Jefes de Estado y de Gobierno europeos y africanos, para que socorran y ayuden urgentemente a estos hermanos y hermanas. Que el Mediterráneo no sea nunca más teatro de muerte e inhumanidad. Que el Señor ilumine las mentes y los corazones de todos, suscitando sentimientos de fraternidad, solidaridad y acogida.

Y sigamos rezando por la paz, especialmente por la querida Ucrania, que sigue sufriendo muerte y destrucción, como desgraciadamente ha vuelto a ocurrir esta noche en Odessa.

Les saludo a todos, romanos y peregrinos de Italia y de muchos países, especialmente a los de Brasil, Polonia, Uruguay... ¡Son muchos! También a los estudiantes de Buenos Aires y a los fieles de la diócesis de Legnica, en Polonia. Saludo también al grupo ciclista "Cuarenta años después", de Cogorno, a los participantes en la iniciativa "Pedalar por la Paz" y a los niños acogidos por algunas comunidades del Lacio.

Les deseo a todos un buen domingo y, por favor, no se olviden de rezar por mí. Y recen también por esta abuela y su nieto, y con todos los abuelos y nietos.

Que tengan un buen almuerzo y hasta pronto.

Fuente: vatican.va