04 agosto 2023

¡Cuidadme así! Decálogo para morir bien

Jacinto Bátiz Cantera


Tal vez no tengamos miedo a la muerte porque, a veces, incluso se espera o se desea para que acabe con los sufrimientos, pero sí tenemos miedo a morir mal.

En este libro el Dr. Jacinto Bátiz escribe en primera persona cuáles serían, para él, los diez deseos que, cuando se cumplen, se puede decir que se ha tenido una buena muerte

Puede servir de guión para mantener un diálogo sincero con el médico y cumplimentar el documento de voluntades anticipada.

Introducción

En una ocasión, un periodista, cuando me estaba entrevistando, me pidió una receta en forma de decálogo para morir bien y así poder orientar a mis colegas médicos. Le dije que yo no me sentía capaz para dar ninguna receta ni me atrevería hacer un decálogo para otros, pero que basándome en mi experiencia de acompañar en el proceso de morir a muchos enfermos de quienes había aprendido mucho, sí le indicaría mis diez deseos para que los tuvieran en cuenta quienes me atendieran cuando llegara mi momento.

Después de haber compartido con los alumnos de posgrado mis experiencias sobre estos temas y haberles explicado este decálogo comprendí que podría ser de mucha ayuda, tanto para los profesionales que se dedican a cuidar al final de la vida, como a los propios enfermos para que no tengan ningún pudor en solicitar cómo desean que les cuiden en los últimos momentos de su vida. Los enfermos me han demostrado que cuando se cumplen estos diez deseos se muere bien.

Tal vez no tengamos miedo a la muerte porque, a veces, incluso se espera o se desea para que acabe con los sufrimientos, pero sí tenemos miedo a morir mal. Hemos de tener en cuenta que morir es inevitable, pero morir mal no lo debiera ser. Los cuidados paliativos tienen el objetivo de aportar calidad a la vida que le quede a la persona enferma y ayudarlo a morir bien cuando llegue su momento. Los cuidados paliativos no pretender alargar la vida innecesariamente, sino ensancharla. Este debiera ser nuestro empeño, evitar que los enfermos mueran mal y que vivan sin sufrimiento hasta que llegue su muerte.

Tal vez, antes de seguir leyendo las páginas siguientes de este libro debiéramos aproximar alguna respuesta a la pregunta ¿qué es una buena muerte? Leyendo el libro El límite encontré una respuesta que me convencía. Una buena muerte será cuando quien se muere lo hace de la manera que lo deseaba. Esto me ayudó a elegir el título ¡Cuidadme así!

Espero que la lectura de este libro pueda contribuir al lector a planificar sus cuidados cuando llegue su momento. Dejar por escrito cómo deseamos que nos cuiden al final de nuestra vida por si no podemos expresarlo personalmente a quienes nos cuiden en ese momento es una actitud que debiera estar normalizada entre nosotros. Para ello disponemos del llamado Documento de Voluntades Anticipadas, Documento de Instrucciones Previas o del coloquialmente denominamos “testamento vital”. Tengamos presente que, en un momento u otro, todos nos vamos a encontrar en el umbral de salida de esta vida.

¡Cuidadme así! lo he escrito en primera persona porque es como quiero que me cuiden a mí. Si este libro puede dar ideas a otros para manifestar sus deseos me sentiré satisfecho, así como para que les pueda servir como guión y poder mantener un diálogo sincero con su médico o para poder cumplimentar el documento de voluntades anticipadas o de instrucciones previas más detalladas. He pretendido argumentar cada uno de los 10 deseos que considero para mí como el decálogo para morir bien.

Con este libro no pretendo dogmatizar sobre los cuidados paliativos. Lo que pretendo es compartir cómo deseo que sean estos cuidados cuando los necesite basado en lo que aprendí durante los muchos años que acompañé a los enfermos en fase terminal. Ellos me enseñaron lo que usted, amable lector, va a leer en las próximas páginas de este libro.

Fuente: bioeticaweb.com

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Llamados a edificar la familia humana

P. P. Francisco

Llamados a ser todos protagonistas de la misión

La sinodalidad, el caminar juntos es una vocación fundamental para la Iglesia, y sólo en este horizonte es posible descubrir y valorar las diversas vocaciones, los carismas y los ministerios. Al mismo tiempo, sabemos que la Iglesia existe para evangelizar,  saliendo  de  sí misma  y esparciendo la semilla del Evangelio en la historia. Por lo tanto, dicha misión es posible precisamente haciendo que cooperen todos los ámbitos pastorales y, antes aun, involucrando a todos los discípulos del Señor. Efectivamente, «en virtud del Bautismo recibido, cada miembro del Pueblo de Dios se ha  convertido  en  discípulo  misionero (cfr. Mt 28, 19). Cada uno de los bautizados, cualquiera que sea su función en la Iglesia y el grado de ilustración de su fe, es un agente evangelizador» (Evangelii gaudium, 120). Es necesario cuidarse de  la  mentalidad  que  separa  a  los  sacerdotes  de  los  laicos,  considerando  protagonistas a los primeros y ejecutores a los segundos, y llevar adelante la misión cristiana como único Pueblo de Dios, laicos  y pastores juntos. Toda  la Iglesia es comunidad evangelizadora.

Llamados a ser custodios unos de otros, y de la creación

La  palabra  “vocación”  no  tiene  que  entenderse   en  sentido  restrictivo,  refiriéndola sólo a aquellos que siguen al Señor en el camino de una consagración particular. Todos estamos llamados a participar en la misión de Cristo de reunir a la humanidad dispersa y reconciliarla con Dios. Más en general, toda persona humana, incluso antes de vivir el encuentro con Cristo y de abrazar la fe cristiana, recibe con el don de la vida una llamada fundamental. Cada uno de nosotros es una criatura querida y amada por Dios, para la que Él ha tenido un pensamiento único y especial; y esa chispa divina, que habita en el corazón  de  todo hombre  y de toda mujer, estamos llamados a desarrollarla  en  el  curso de nuestra vida, contribuyendo al crecimiento de una humanidad animada por el amor y la acogida recíproca. Estamos llamados a ser custodios unos de otros, a construir lazos de concordia e intercambio, a curar las heridas de la creación para que su belleza no sea destruida. En definitiva, a ser una única familia en la maravillosa casa común de la creación, en la armónica variedad de sus elementos. En  este sentido amplio, no sólo los individuos, sino también los pueblos, las comunidades y las agrupaciones de distintas clases tienen una “vocación”.

Llamados a acoger la mirada de Dios

A esa gran vocación común se añade la llamada más particular que Dios nos dirige a cada uno, alcanzando nuestra existencia con su Amor y orientándola a su meta última, a una plenitud que supera incluso el umbral de la muerte. Así Dios ha querido mirar y mira nuestra vida.

A Miguel Ángel Buonarroti  se le atribuyen estas palabras: «Todo bloque de piedra tiene en su interior una estatua y la tarea del escultor es descubrirla». Si la mirada del artista puede ser así, cuánto más lo  será la mirada de Dios, que en aquella joven de Nazaret vio a la Madre de Dios; en el pescador Simón, hijo de Jonás, vio a Pedro, la roca sobre la que edificaría su Iglesia; en el publicano Leví reconoció al  apóstol y  evangelista  Mateo; y en  Saulo, duro perseguidor de los cristianos, vio a Pablo, el apóstol de los gentiles. Su mirada de amor siempre nos alcanza, nos conmueve, nos libera y nos transforma, haciéndonos personas nuevas.

Esta es la dinámica de toda vocación: somos alcanzados por la mirada de Dios, que nos llama. La vocación, como la santidad, no es una experiencia extraordinaria reservada a unos pocos. Así como existe la “santidad de la puerta de al lado” (cfr. Gaudete et exsultate, 6-9), también la vocación es para todos, porque Dios nos mira y nos llama a todos.

Dice un proverbio del Lejano Oriente: «Un sabio, mirando un huevo, es capaz de ver un águila; mirando una semilla percibe un gran árbol; mirando a un pecador vislumbra  a  un  santo».  Así  nos  mira  Dios,  en  cada  uno   de  nosotros  ve  potencialidades,  que   incluso    nosotros   mismos   desconocemos,   y   actúa   incansablemente durante toda nuestra vida para que podamos ponerlas al servicio del bien común.

De este modo nace la vocación, gracias al arte del divino Escultor que con sus “manos” nos hace salir de nosotros mismos, para que se proyecte en nosotros esa obra maestra que estamos llamados a ser. En particular, la Palabra de Dios, que nos libera del egocentrismo, es  capaz  de purificarnos, iluminarnos y recrearnos. Pongámonos entonces a la escucha de la Palabra, para abrirnos a la vocación que Dios nos confía. Y aprendamos a escuchar también a los hermanos y a las hermanas en la fe, porque en sus consejos y en su ejemplo puede esconderse la iniciativa de Dios, que nos indica caminos siempre nuevos para recorrer.

Llamados a responder a la mirada de Dios

La mirada amorosa  y creativa  de Dios  nos ha  alcanzado  de  una  manera totalmente única en Jesús. Hablando del joven rico, el evangelista Marcos dice: «Jesús lo miró con amor» (Mc 10, 21). Esa mirada llena de amor de Jesús se posa sobre  cada  una  y  cada  uno  de  nosotros. Hermanos  y hermanas, dejémonos interpelar por esa mirada y dejémonos llevar por Él más allá de nosotros mismos. Y aprendamos también a mirarnos unos a  otros para que las personas con las que vivimos y que encontramos —cualesquiera que sean— puedan sentirse acogidas y descubrir que hay Alguien que las mira con amor y las invita a desarrollar todas sus potencialidades.

Cuando acogemos esta mirada nuestra vida cambia. Todo se vuelve un diálogo vocacional, entre nosotros y el Señor, pero también entre nosotros y los demás. Un diálogo que, vivido en profundidad, nos hace ser cada vez más aquello que somos: en  la  vocación  al  sacerdocio  ordenado,  ser  instrumento  de  la gracia y de la misericordia de Cristo; en la vocación a la vida consagrada, ser alabanza de Dios y profecía de una humanidad nueva; en la vocación al matrimonio, ser don recíproco, y procreadores y educadores de la vida. En general, toda vocación y ministerio en la Iglesia nos llama a mirar a los demás y al mundo con los ojos de Dios, para servir al bien y difundir el amor, con las obras y con las palabras.

A este respecto, quisiera mencionar aquí la experiencia del doctor Gregorio Hernández Cisneros. Mientras trabajaba como médico en Caracas, Venezuela, quiso ser terciario franciscano. Más tarde pensó en ser monje y sacerdote, pero la salud no se lo permitió. Comprendió entonces que su llamada era precisamente su profesión como médico, a la que se entregó, particularmente por los pobres. De manera que se dedicó sin reservas a los enfermos afectados por la epidemia de gripe llamada “española”, que en esa época se propagaba por el mundo. Murió atropellado por un automóvil, mientras salía de una farmacia donde había conseguido medicamentos para una de sus pacientes que era anciana. Este testigo ejemplar de lo que significa acoger la llamada del Señor y adherirse a ella en plenitud, fue beatificado hace un año.

Convocados para edificar un mundo fraterno

Como cristianos, no sólo somos llamados, es decir, interpelados personalmente por una vocación, sino también convocados. Somos como las teselas de un mosaico, lindas incluso si se las  toma  una  por una, pero que sólo juntas componen una imagen. Brillamos, cada uno y cada una, como una estrella en el corazón de Dios y en el firmamento del universo, pero estamos llamados a formar constelaciones que orienten y aclaren el camino de la humanidad, comenzando por el ambiente en el que vivimos. Este es el misterio de la Iglesia que, en la coexistencia armónica de las diferencias, es  signo  e  instrumento  de aquello a lo que está llamada toda la humanidad. Por eso la Iglesia debe ser cada  vez más sinodal, es decir, capaz de caminar unida en la armonía de las diversidades, en la que todos tienen algo que aportar y pueden participar activamente.

Por tanto, cuando hablamos de “vocación” no se trata sólo de elegir una u otra forma de vida, de dedicar la propia  existencia  a un ministerio determinado o de sentirnos atraídos por el carisma de una familia religiosa, de un movimiento o de una comunidad eclesial; se trata de realizar el sueño de Dios, el gran proyecto de la fraternidad que Jesús tenía en el corazón cuando suplicó al Padre: «Que todos sean uno» (Jn 17, 21). Toda vocación en la Iglesia, y en sentido amplio también en la sociedad, contribuye a un objetivo común: hacer que la armonía de los numerosos y diferentes dones que sólo el Espíritu Santo sabe realizar resuene entre los hombres y mujeres. Sacerdotes, consagradas,  consagrados  y  fieles  laicos caminamos y trabajamos juntos para testimoniar que una gran familia unida en el amor no es una utopía, sino el propósito para el que Dios nos ha creado.

Recemos, hermanos y hermanas, para que el Pueblo de Dios, en medio de las dramáticas vicisitudes de  la  historia, responda  cada  vez  más a  esta llamada. Invoquemos la luz del Espíritu Santo para que cada una y cada uno de nosotros pueda encontrar su propio lugar y dar lo mejor de sí mismo en este gran designio divino.

Fuente: vatican.va

02 agosto 2023

MJ 2023, jóvenes que se buscan a sí mismos en Cristo

Paloma López Campos

 

Según una encuesta realizada por la consultora GAD3, el 94 % de los jóvenes que acuden a la JMJ de Lisboa desean encontrarse a sí mismos a través de Cristo.

La consultora GAD3 realizó del 12 al 20 de julio un sondeo entre más de 12.500 personas. El objetivo de las encuestas y las entrevistas realizadas era conocer mejor a los participantes en la Jornada Mundial de la Juventud (JMJ) de Lisboa. El estudio se llevó a cabo en los cinco idiomas oficiales del encuentro (inglés, español, francés, portugués e italiano).

Los resultados del sondeo muestran que para el 67 % de los peregrinos, la asistencia a la JMJ de Lisboa es algo nuevo. Tan solo un 34 % de los encuestados ha estado ya en otra Jornada Mundial de la Juventud. Entre aquellos que repiten esta experiencia, la mayoría asistió a Cracovia en 2016, mientras que muchos otros estuvieron en Madrid con Benedicto XVI en 2011.

El 73 % de los encuestados acuden a la JMJ como peregrinos, frente 27 % de voluntarios que colaborarán en la organización y desarrollo del encuentro. Y de todas estas personas, muchas se trasladan a Lisboa acompañados por un grupo o asociación religiosa (el 36 % de todos los asistentes). La presencia de los grupos parroquiales también es llamativa, pues un 29 % viaja a Portugal con una parroquia, mientras que el 13 % de los encuestados respondió que van a la JMJ con sus amigos.

Estancias largas y transporte público

GAD3 preguntó a los encuestados por la duración de su estancia, y el promedio de las respuestas se quedó en cinco días y medio. Por otro lado, casi la mitad señaló que se trasladará a Lisboa en avión (43 %), y el 35 % llegará en autobús.

Un encuentro internacional

El 23,3 % de los peregrinos son de Portugal, el país que acoge la JMJ. Los españoles suman el 10,7 % de los asistentes, seguidos por los italianos que serán el 10,2 % de los peregrinos.

Sin embargo, Lisboa no acogerá solo a los europeos. Se espera que un 7,2 % de brasileños llegue a Portugal esta semana para encontrarse con el Papa Francisco.

Además, muchos encuestados señalaron que aprovecharán la peregrinación para visitar también otros países, como Francia o España, o que incluso peregrinarán a sitios tan emblemáticos como Lourdes o Fátima.

JMJ, ¿por qué?

La encuesta realizada tocó también el ámbito de las motivaciones para asistir a este encuentro. El 94 % de las respuestas indicaron que la mayoría de los jóvenes van a la JMJ para “descubrirse a sí mismos a través de Jesucristo”.

Muchos también consideran esta peregrinación una oportunidad para vivir una nueva experiencia (92 %), mientras que el 89 % asiste con afán evangelizador, pues aseguran que la JMJ es un buen momento para difundir el mensaje de Cristo.

Valoraciones positivas de la JMJ

El 99 % de las personas que ya asistieron a otras JMJ afirman que su experiencia fue positiva. No solo eso, sino que el 92 % expresa que el encuentro tuvo un impacto significativo en su vida.

Casi todos los encuestados opinan que gracias a estas jornadas los jóvenes se comprometen más con la Iglesia y, a través de las diversas actividades que conforman la peregrinación, el mensaje de la Iglesia llega de manera más eficaz a todo el mundo.

Jóvenes comprometidos

La media de edad de los asistentes es de 31 años y la gran mayoría de los peregrinos (98 %) son católicos. Casi todos asisten a Misa los domingos (83 %) y hacen oración a diario (65 %). Por otro lado, más de la mitad de los asistentes forma parte de un grupo parroquial.

El 97 % de los encuestados considera que su fe le ayuda a madurar, a ser mejor persona y a contribuir a la construcción de un mundo mejor. Sus creencias no son obstáculo para vivir en la realidad de la juventud actual, pues el sondeo apuntó también el manejo de las redes sociales (el 71 % usa Instagram, por ejemplo). Además, el 82 % ha cursado estudios superiores y más de la mitad tiene trabajo.

Por último, la consultora GAD3 señala que el sondeo realizado permite afirmar que “con estas jornadas se fortalece el compromiso de los jóvenes con la sociedad en la que viven”.

Fuente: omnesmag.com

01 agosto 2023

¿Es fácil reconocer el bien?

Juan Luis Selma

El bien suele ser aquello que se considera deseable, valioso para nosotros

Todos tenemos la experiencia de que, en ocasiones, no es sencillo encontrar y disfrutar del bien, de lo bueno. Buscando lo grato, nos llevamos un chasco: un mal lugar de veraneo, un hotel cutre, un mal restaurante, un amigo que traiciona…

El bien suele ser aquello que se considera deseable, valioso para nosotros. Debería ser fácil encontrarlo, incluso todos tendríamos que estar de acuerdo al clasificarlo. La cuestión es si es algo objetivo o no, si tiene un valor intrínseco o relativo. ¿Qué requisitos debe tener algo para ser bueno? ¿Se puede hablar del bien en un mundo en que rige la tiranía relativista?

Hace pocos días, la prensa recogía la pena por la perdida del bebé que esperaba Isabel Díaz Ayuso. Me llamó la atención de que todos llamaban bebé al hijo perdido. Por lo que he podido colegir, la razón de ser calificado con este nombre es que era un niño deseado. En otros muchísimos casos, en que la madre no lo desea, pierde la calificación de bebé para ser considerado secreción, conjunto de tejidos, injusto agresor que debe ser eliminado. En este caso, el ser deseado, es lo que le hace bueno. Bien es lo que deseo, mal lo que no quiero.

Según los filósofos clásicos, el bien se identifica con el ser, con lo real, con lo que existe. Esto parece que nos lleva a afirmar que todo es bueno; por lo tanto, haga lo que haga, siempre haré el bien o me sentará bien. La experiencia desmiente este supuesto: muchas veces no elijo bien, no obro bien, me encuentro con el mal. El mero hecho de ser no da razón suficiente de bien. Aristóteles hace una distinción entre bien real y bien aparente y, por tanto, no todo lo que aparece como bueno es realmente un bien; sino solo aquello que colabora con mi perfección, con mi actualización, de acuerdo con mis propias potencialidades.

Bien es lo que me hace bien, lo que me conviene, lo que contribuye a realizarme como persona; lo que me hace bueno. Tiene que ser algo que me armonice conmigo y con los demás, con la creación y su Creador. Para que algo sea bueno lo tiene que ser en todas sus partes y aspectos; no basta con que tenga alguna buena cualidad. No puedo decir que este es un buen coche, porque es bonito o consume poco, si le falta estabilidad. Como no está nada claro que el mejor vehículo sea el eléctrico, mientras no se mejore el rendimiento de las baterías y se encuentre la forma de que no contaminen sus residuos.

Salomón, al verse ungido rey de Israel, no deseó una larga vida o riquezas; se dirigió a Yahvé con estas palabras: “Concede, pues, a tu siervo, un corazón atento para juzgar a tu pueblo y discernir entre el bien y el mal”. La sabiduría consiste en esto: en discernir bien. Un buen gobernante, un padre, deben procurar el bien de los suyos; que no será siempre lo que ellos deseen, ni lo más fácil o cómodo.

El Evangelio nos habla de la alegría de quien encuentra un tesoro escondido; va y vende todo lo que tiene para adquirir el campo. O la del comerciante, que descubre una perla de gran valor y hace lo mismo: vende todo lo suyo para adquirirla. Ambos consideran hacer un buen negocio. Lo bueno, lo valioso tiene su precio. Todo se considera poco para adquirirlo.

Procuremos ser lo suficientemente listos para que no nos engañen las apariencias. La experiencia de la vida, la formación recibida, el buen uso de la razón nos deben ayudar a discernir lo que nos conviene; a distinguir entre la apariencia y la realidad; entre lo apetecible y lo bueno. No es fácil saber apreciar el bien, valorarlo, defenderlo. Por listos que nos creamos, nos pueden dar “gato por liebre”.

El tesoro, la perla encontrada, es el descubrimiento del sentido de la vida; la razón de mi existencia, aquello que me hará feliz. Es como adquirir el famoso “elixir de la vida”, el secreto más valioso. Lo que nos hará eternamente jóvenes, aunque pesen los años. Hay gente siempre joven, sonriente, positiva. Son los que han descubierto su bien: que son amados, que pueden amar. En palabras de san Josemaría: “Lo que se necesita para conseguir la felicidad, no es una vida cómoda, sino un corazón enamorado".

En estos momentos de incertidumbre social, de desconcierto, se necesitan sabios: expertos en encontrar el bien, que lo muestren con sus vidas, que lo hagan amable y apetecible. El mundo no lo cambiarán los políticos, sociólogos, economistas…, lo cambian los santos, los que saborean la bondad y la belleza del amor. También del “Amor de los amores”.

Hay que aprender a hacer el bien, a descubrir dónde está su fuente. Debemos formarnos: humanamente, profesionalmente, moralmente. Hacen falta personas capaces de apasionarse por la verdad, que analicen en profundidad la realidad. “Minorías creativas” que determinen el futuro, como decía Benedicto XVI.

Fuente: eldiadecordoba.es


31 julio 2023

Buscar la novedad del Señor

 EL Papa ayer en el Ángelus


Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

Hoy el Evangelio narra la parábola de un comerciante en busca de perlas preciosas. Él, dice Jesús, "encontró una perla de gran valor, fue, vendió todos sus bienes y la compró" (Mt 13,46). Detengámonos un poco en los gestos de este comerciante, que primero busca, luego encuentra y finalmente compra.

Primer gesto: buscar. Es un comerciante emprendedor, que no se queda quieto, sino que sale de su casa y se pone a buscar perlas preciosas. No dice: "Me conformo con las que ya tengo", sino que busca otras más bellas. Y esto nos invita a no encerrarnos en la costumbre, en la mediocridad de los que se conforman, sino a reavivar el deseo, para que el deseo de buscar, de seguir adelante no se extinga, a cultivar los sueños de bien, a buscar la novedad del Señor, porque el Señor no es repetitivo, siempre trae novedad, la novedad del Espíritu, siempre hace nuevas las realidades de la vida (cf. Ap 21,5). Y nosotros debemos tener esta actitud: buscar.

El segundo gesto del comerciante es encontrar. Es una persona prudente, que "tiene ojo" y sabe reconocer una perla de gran valor. No es fácil. Pensemos, por ejemplo, en los fascinantes bazares orientales, donde los bancos, llenos de mercancías, se sitúan a lo largo de las paredes de las calles abarrotadas de gente; o en algunos de los puestos que se ven en muchas ciudades, llenos de libros y objetos diversos. A veces, en estos mercados, si uno se detiene a mirar bien, puede descubrir tesoros: cosas muy valiosas, volúmenes raros que, mezclados con todo lo demás, uno no advierte a primera vista. Pero el mercader de la parábola tiene buen ojo y sabe encontrar, sabe "discernir" para encontrar la perla. Esto también es un aprendizaje para nosotros: cada día, en casa, en la calle, en el trabajo, de vacaciones, tenemos la oportunidad de vislumbrar el bien. Y es importante saber encontrar lo que vale: entrenarnos para reconocer las gemas preciosas de la vida y distinguirlas de las baratijas. ¡No desperdiciemos el tiempo y la libertad en cosas triviales, pasatiempos que nos dejan vacíos por dentro, mientras la vida nos ofrece cada día la perla preciosa del encuentro con Dios y con los demás! Es necesario saber reconocerla: discernir para encontrarla.

Y el último gesto del comerciante: compra la perla. Al darse cuenta de su inmenso valor, vende todo, sacrifica todos sus bienes para tenerla. Cambia radicalmente el inventario de su almacén; no queda nada más que esa perla: es su única riqueza, el sentido de su presente y de su futuro. Esto también es una invitación para nosotros. Pero, ¿cuál es esa perla por la que se puede renunciar a todo, de la que nos habla el Señor? Esta perla es Él mismo, es el Señor! Buscar al Señor y encontrar al Señor, encontrar al Señor, vivir con el Señor. La perla es Jesús: Él es la perla preciosa de la vida, que hay que buscar, encontrar y hacer propia. Merece la pena invertirlo todo en Él, porque, cuando uno encuentra a Cristo, la vida cambia. Si te encuentras con Cristo, te cambia la vida.

Retomemos entonces los tres gestos del mercader -buscar, encontrar, comprar- y hagámonos algunas preguntas. Buscar: ¿yo, en mi vida, estoy en búsqueda? ¿Me siento bien, conforme, o entreno mi deseo por el bien? ¿Estoy en una “jubilación espiritual”? ¡Cuántos jóvenes están “jubilados”! Segundo gesto, encontrar: ¿me ejercito en discernir lo que es bueno y viene de Dios, sabiendo renunciar a lo que me deja poco o nada? Por último, comprar: ¿sé gastarme por Jesús? ¿Está Él en primer lugar para mí, es Él el mayor bien de la vida? Sería bonito decirle hoy: "Jesús, Tú eres mi mayor bien". Cada uno, en su corazón, diga ahora: “Jesús, Tú eres mi mayor bien”.

Que María nos ayude a buscar, encontrar y abrazar a Jesús con todo nuestro ser.

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Después del Ángelus:

Queridos hermanos y hermanas:

Hoy celebramos dos Jornadas Mundiales convocadas por la ONU: el Día de la Amistad y el Día contra la Trata de Seres Humanos. El primero promueve la amistad entre pueblos y culturas; el segundo combate el delito que convierte a las personas en mercancía. La trata es una terrible realidad que afecta a demasiadas personas: niños, mujeres, nietos, trabajadores... tantas personas explotadas. Todos ellos viven en condiciones inhumanas y sufren la indiferencia y el rechazo de la sociedad. Hay tanta trata en el mundo de hoy. Dios bendiga a los que se comprometen para luchar contra la trata.

No dejemos de rezar por la atormentada Ucrania, donde la guerra destruye todo, incluso el trigo. Esto es una grave ofensa a Dios, pues el trigo es Su don para alimentar a la humanidad; y el clamor de millones de hermanos y hermanas que padecen hambre se eleva al Cielo. Hago un llamamiento a mis hermanos, las autoridades de la Federación Rusa, para que se restablezca la iniciativa del Mar Negro y el trigo sea transportado con seguridad.

El próximo 4 de agosto se cumplirán tres años de la devastadora explosión en el puerto de Beirut. Renuevo mi oración por las víctimas y sus familias, que buscan verdad y justicia, y espero que la compleja crisis del Líbano pueda encontrar una solución digna de la historia y de los valores de ese pueblo. No olvidemos que el Líbano es también un mensaje.

Les pido que me acompañen con su oración en el Viaje a Portugal, que realizaré a partir del próximo miércoles, en ocasión de la Jornada Mundial de la Juventud. Tantos jóvenes, de todos los continentes, vivirán la alegría del encuentro con Dios y con los hermanos, guiados por la Virgen María, que después de la Anunciación "se levantó y partió sin demora" (Lc 1,39). A Ella, estrella luminosa del camino cristiano, tan venerada en Portugal, encomiendo los peregrinos de la JMJ y todos los jóvenes del mundo.

Y ahora saludo a ustedes, romanos y peregrinos de Italia y de muchos países. Saludo en particular al coro de niños de Veliko Tarnovo, Bulgaria, y al grupo de jóvenes de México; así como a los adolescentes de Biadene y Caonada. Y saludo a los chicos de la Inmaculada.

Les deseo a todos un feliz domingo. Por favor, no se olviden de rezar por mí. ¡Buen almuerzo y hasta luego!.

Fuente: vatican.va

30 julio 2023

C.S. Lewis, un cautivo de la alegría

Juan Luis Lorda


C.S. Lewis es una figura cristiana de rango universal. Lo confirman las ventas todavía millonarias de sus libros, la amplitud creciente de la bibliografía, también académica, y su constante presencia en los testimonios publicados de cientos de conversos, especialmente en el mundo anglosajón

Todavía no aparece en las historias de la teología del siglo XX. Pero no se puede defender con san Anselmo que la teología es la fe que busca la inteligencia de lo que se cree, y negar el título de teólogo a C.S. Lewis, uno de los autores que han hecho pensar sobre la fe a millones de personas en el siglo XX, incluidos notables filósofos, teólogos y los últimos Papas.


C.S. Lewis es una figura cristiana de rango universal. No se trata de ninguna exageración. Lo confirman las ventas todavía millonarias de sus libros, la amplitud creciente de la bibliografía, también académica, y su constante presencia en los testimonios publicados de cientos de conversos, especialmente en el mundo anglosajón. Contraste que resulta más llamativo si se compara con la caída en picado en los últimos 50 años de todas las estadísticas eclesiásticas en Occidente: de práctica religiosa, de número de vocaciones y, cómo no, de ventas de libros de teología.

La fe que busca entender

Se puede querer ver o no, pero estamos ante un fenómeno teológico. Si queremos seguir repitiendo honestamente la frase de san Anselmo fides quaerensintellectum, hay que poner a Lewis en un lugar privilegiado de la teología del siglo XX. Además, la frase de san Anselmo le afecta muy directamente, porque a él le preocupaba entender y hacer entender la fe, y hacerla significativa a los hombres y mujeres del siglo XX.

Es frecuente que, en ámbitos académicos, se despeje esta literatura con la etiqueta de “apologética” o con la de “divulgación”, por contraste con otras publicaciones más eruditas, generalmente dedicadas a investigaciones históricas particulares. Pero se da la paradoja de que, en realidad, es más auténticamente teológica y responde mucho más exactamente a la expresión de san Anselmo.

San Gregorio de Nisa es un gran teólogo del siglo IV, que merece ser estudiado. Pero para estudiar la Trinidad o la Encarnación en san Gregorio de Nisa en la práctica no hace falta tener fe. Basta resumir inteligentemente una cantidad ya notable de bibliografía secundaria, como hace competentemente la mayoría de los estudiosos. En cambio, para hacer plausible la doctrina de la Trinidad o de la Encarnación en pleno siglo XX y después de dos guerras mundiales, y en medio de un aluvión de filosofías, sí que hace falta fe. Y pensarla muy bien.

Un teólogo laico

C.S. Lewis era un académico y sabía que lo que escribía, aunque no tuviera formas académicas, y estaba expuesto al juicio nada benévolo de sus colegas. Se lo tomaba muy en serio. C.S. Lewis era una persona con una capacidad crítica muy grande, que no aceptaba fácilmente cualquier idea ni cualquier gusto. Al menos al principio, se sentía un tanto incómodo al entrar en terrenos donde podían concurrir especialistas con más autoridad y se disculpa con frecuencia. Tampoco revela sus fuentes, aunque sabemos de algunas, porque se esforzaba en documentarse.

Pero la fuerza de su pensamiento no está en la acumulación exhaustiva de documentación en cada tema, sino en su empeño por plantearlo y resolverlo de la manera más inteligente e impactante posible. Hay una búsqueda crítica de eficacia.

Aprender a traducir para aprender a pensar

Divulgar es decir de manera simple lo que otros han dicho con más profundidad y extensión. Supone rebaja y pérdida. Pero eso no es lo que hace Lewis. Lo suyo es ganancia de pensamiento. Porque traduce a una manera de decir relevante y significativa las doctrinas que otros conservan por repetición, pero descoloridas, deshilachadas e incomprensibles, a medida que se han apartado de las fuentes donde nacieron. Fueron pensadas para iluminar, pero se han convertido en rutinarias construcciones de palabras que se repiten sin pensarlas a fondo.

En unas charlas sobre Apologética cristiana (19445), recogidas en Lo eterno sin disimulo, dice: “Nuestra tarea consiste en exponer lo eterno (lo mismo ayer, hoy y mañana) en el lenguaje de nuestra época”; y también: “Tenemos que aprender y dominar el lenguaje de nuestra audiencia”. Señala gran cantidad de palabras cristianas cuyo sentido es incomprensible o está profundamente alterado y termina: “Como conclusión debo decir que tienen ustedes que traducir cada trozo de su teología a la lengua vulgar. […] Sirve asimismo de gran ayuda para su propio pensamiento. He llegado a la convicción de que si ustedes no pueden traducir sus ideas al lenguaje inculto es que son confusas. La capacidad de traducirlas es la prueba de que han entendido realmente el significado que uno mismo les da. Traducir un pasaje de alguna obra teológica al lenguaje vulgar debería ser un ejercicio obligatorio en el examen antes de ordenarse”.

Cautivado por la alegría (1955)

El itinerario de conversión de Lewis, narrado por él en Cautivado por la alegría (SuprisedbyJoy), ilustra dos grandes puntos, que podrían considerarse claves de la teología del siglo XX, aunque parecen deberse más a su intuición personal que a sus lecturas.

La primera es el gran tema de la “alegría”, que atraviesa el libro de parte a parte. Unas tempranas experiencias de trascendencia, con un componente estético, despiertan en su espíritu la impresión de lo maravilloso, efímeramente presentido, y le dejan una nostalgia (Sehnsucht) que va a convertirse en el motor de una búsqueda de autenticidad y verdad. Mientras, por encima, un creciente racionalismo y escepticismo, unido a un ateísmo consolidado, le hacen experimentar el mundo como algo absurdo.

Esta experiencia se puede analizar desde la perspectiva que ahora preside el Catecismo de la Iglesia Católica: toda persona lleva en el fondo de sí misma una llamada a Dios, porque estamos hechos para Él. La idea está explícita en las Confesiones de san Agustín (“nos hiciste, Señor para ti…”), pero en el siglo XX la teología toma una conciencia muy fuerte de que es la clave de la apologética cristiana (Blondel) y de la entera presentación del cristianismo, y el punto donde se encuentran lo natural y lo sobrenatural (De Lubac) y un gran tema de la antropología cristiana (Gaudium et spes).

El otro descubrimiento fascinante para él, que tiene formación y sensibilidad literaria, es que el misterio de Cristo es el “mito verdadero”. Descubrimiento que debe a una conversación con sus colegas Tolkien y Dyson, y que desencadena su conversión. La figura de Jesucristo, perfectamente situada en la historia real, y sus hechos, también resultan ser formas simbólicas y expresivas que afectan a toda la realidad. La resurrección de Cristo es una primicia absoluta de toda resurrección y el símbolo más eminente de la eficacia cristiana que hace resucitar del pecado a una vida nueva. El tema del “mito verdadero” permite entrever la centralidad de la revelación cristiana, pero también los reflejos y aspiraciones que aparecen en otras religiones.

La abolición del hombre (1943)

Nació como réplica ante un “libro blanco”, un proyecto sobre la educación en el que todos los valores se reducían, en el fondo, a sentimientos subjetivos. El libro de Lewis se convirtió en una eficaz defensa del estatuto natural de las cosas y, en particular, de lo que llamamos “ley natural”, que viene ilustrado en este libro con la idea de “tao”.

El libro manifiesta una cierta sensibilidad fenomenológica al relacionar la captación de los valores con las actitudes que no son fingidas o improvisadas, sino “respuestas adecuadas”, muy en la línea de von Hildebrand. Así sucede con la admiración ante la belleza, o la obligación ante el bien debido o el arrepentimiento ante el mal hecho. No son sentimientos arbitrariamente creados por el sujeto, sino la respuesta adecuada a lo captado. Pero, como de costumbre, Lewis apenas revela fuentes.

Para mi gusto, este libro tiene la virtud de mostrar con gran eficacia lo que enormes libros dedicados a la idea de ley natural no han conseguido ni antes ni después. Porque, en el fondo, hay algo de paradójico en que para fundamentar la existencia de algo tan próximo a la conciencia y una experiencia tan universal como se supone que es la ley natural haya que escribir libros tan difíciles y gruesos. Lewis lo consigue mejor con mucho menos aparato.

El problema del dolor (1940)

Es, en realidad, el libro que le dio a conocer como apologista cristiano, nada más terminar la segunda guerra mundial. Procedente de charlas radiofónicas, es una teodicea en toda regla, en un momento trágico, con toda la resaca de los dolores y las desgracias encima. Momento inoportuno para hacer florituras intelectuales, pero muy oportuno para entrar a fondo. Pero hace falta mucho valor e ideas muy claras para entrarle en un contexto tan duro.

Lewis entra honradamente a todo, al estatuto del dolor físico y moral, a su relación con el pecado y con Dios. El tema conocerá un giro personal con motivo de la muerte de su esposa Joy, narrado desde dentro y como en primera fila, en Una pena en observación. Lo menos que se puede decir de estos dos libros es que se han convertido clásicos sobre la cuestión.

Mero cristianismo (1952)

El libro procede también de diversos ciclos de charlas radiofónicas. Y, en parte, al final es una expansión del anterior en el que se piensa la doctrina de Dios, de la redención del pecado (en el dolor) y de la moral cristiana. Un aspecto particular y tradicional de la apologética cristiana, Los milagros, merecerá un inteligente libro aparte.

Lewis prestó una atención muy especial a la mostrar la realidad del pecado y de la redención, porque se dio cuenta de que están muy fuera de lo que la gente es capaz de entender y aceptar. Es una de sus claves teológicas.

En una charla sobre Dios en el banquillo que da título a una recopilación de artículos, dice: “El cristianismo prometía curar a aquellos que sabían que estaban enfermos. […] El hombre antiguo se acercaba a Dios (o a los dioses) como la persona acusada se aproxima al juez. Para el hombre moderno se han invertido los papeles. Él es el juez y Dios está en el banquillo. El hombre moderno es un juez extraordinariamente benévolo: está dispuesto a escuchar a Dios […] incluso en la absolución de Dios. Pero lo importante es que el hombre está en el tribunal y Dios en el banquillo“.

Estos libros encuentran un complemento maravilloso en las Cartas del diablo a su sobrino, obra genial en el que aparecen todas las tretas del enemigo en las luchas de la vida cristiana y también de la conversión.

Alegorías

En paralelo, hay que poner el conjunto de obras alegóricas que son, en sí mismas, también formas de pensar los grandes temas cristianos (Dios, pecado y redención) cambiando los contextos. De distintas maneras funcionan así la Trilogía de Ransom, el ciclo de Crónicas de Narnia, inmensamente famosas y llevadas al cine, y el Gran divorcio. También El regreso del peregrino, hecho sobre la famosa obra protestante de Bunyan (El progreso del peregrino), donde, en el fondo, revisa su itinerario de conversión.

Y más

Y no hemos comentado un libro tan genial como Los cuatro amores, que sitúa y distingue perfectamente la caridad entre el conjunto de los amores humanos (camaradería, amistad, amor conyugal). Y muchos más “escritos menores”, como las Cartas a Malcolm, con muchas indicaciones sobre la oración; y sus comentarios a los salmos. Aparte de su correspondencia enorme, interesantísima y, en su conjunto, bastante bien conservada, con grandes amigos e interlocutores cristianos (Mcdonald, Allan Griffihts, sor Penélope, San Juan Calabria).

Entre los muchos libros interesantes que han surgido en los últimos años, Joseph Pearce ha publicado C. S. Lewis y la Iglesia católica. En él muestra cómo evolucionó Lewis hacia las posiciones más catolizantes de la Iglesia anglicana, que incluían la fe en los sacramentos (incluida la confesión personal) y la doctrina del purgatorio como purificación deseada por el alma (en la misma línea que lo había expuesto Newman). Pero mantuvo hasta el final un vestigio protestante que no quiso o pudo resolver y que se manifestó en su silencio sobre la Virgen María, la infalibilidad pontificia y sobre la bondad de la Reforma.

Fuente:  omnesmag.com


Futuro

Pedro López

Si se pierde el futuro, se pierde a la vez la esperanza y la posibilidad del perdón

El comienzo de algo es un momento propicio para mirar hacia delante. Somos seres de futuro. A veces, abalanzados hacia el porvenir. Ciertamente no hay que descuidar el presente, ni dejar de tener una ternura memoriosa. Pero lo nuestro, insisto, es vislumbrar lo por venir. Nadie acude a un vidente a que le lea el pasado, ni siquiera el presente: eso ya lo sé; sino el futuro. Y de ahí las trampas que nos pueden hacer. Porque el futuro, precisamente, por serlo, no es desfuturizable: no está presente y nadie nos lo puede desvelar. Y sin embargo, hemos de vislumbrar el porvenir. Quien no tiene futuro se fosiliza en un pasado; o se esfuma en un continuum presente. Pierde consistencia y se difumina en un ir y venir, en humo. La piedra es sólida. Nuestros ancestros construyeron catedrales, porque, aunque ellos no los disfrutaran, sus hijos o nietos sí que lo harían. Y quedaría por los siglos de los siglos. Nadie planta una semilla de naranja y al día siguiente, al amanecer, va a buscar sus frutos. Las cosas tienen su tiempo y como nunca estamos hechos del todo, hay que seguir esperando. Esperar es el verbo del futuro. Y la esperanza es la virtud clave del hombre.

Mi amigo lo está pasando fatal. Está hospitalizado. Le felicité el año nuevo; y su respuesta me dejó perplejo: yo soy castigado. El castigo recae sobre el pasado, pero si uno mira al futuro está todo por decidir. No hay castigo sobre el futuro, sino que es la apertura hacia un perdón sin límites. Esperanza y perdón andan de la mano, siempre ajuntadas, en un perpetuo apretón. Por eso, si se pierde el futuro, se pierde a la vez la esperanza y la posibilidad del perdón.

Tener futuro es algo que importa a todos. Los mayores, ciertamente tienen mucho pasado; los jóvenes, mucho en ciernes. Pero si miramos hacia delante, que es también mirar hacia adentro, entonces nos damos cuenta de que todos tenemos un formidable futuro, porque la vida no se termina aquí.

Siempre me ha parecido inclemente, inhumano, pensar que todo se acaba y que no hay más allá. Que nos deshacemos en polvo y que la historia todo lo sepulta en las ruinas del pasado. No disponer de futuro es la claudicación. Que todo fue un vano sueño. Y que a los que quise y quiero, una vez aparecidos en el proscenio teatral de la vida, desaparecen haciendo mutis por el foro.

Ahora que se habla tanto de resiliencia como sinónimo de resistencia ante las dificultades del presente, va bien que consideremos que fuerte no es aquel que no siente o que no cae; sino aquél que se levanta porque le espera el camino que le conduce a la meta. Si no hay futuro, no hay resiliencia: porque ya nada importa: no hay lugar al que ir.

Es quizá lo peor que nos pueda pasar. Quien carece de futuro, aunque disponga de algunas motivaciones, éstas se van consumiendo y agotando; y al final, se sume en una tiniebla que ya no se disipa a fuerza de voluntad. Lo advertía san Agustín, hace muchos siglos: «buscas la vida; buscas días buenos. Buena cosa es la que buscas, pero no está aquí. Esta piedra preciosa tiene su región propia; no se da aquí. Por mucho que te fatigues en excavar, nunca hallarás lo que no hay Fuente: levante-emv.com/

29 julio 2023

El tesoro escondido

17º domingo del Tiempo Ordinario (Ciclo A) 

Evangelio (Mt 13,44-52)

El Reino de los Cielos es como un tesoro escondido en el campo que, al encontrarlo un hombre, lo oculta y, en su alegría, va y vende todo cuanto tiene y compra aquel campo.

Asimismo el Reino de los Cielos es como un comerciante que busca perlas finas y, cuando encuentra una perla de gran valor, va y vende todo cuanto tiene y la compra.

Asimismo el Reino de los Cielos es como una red barredera que, se echa en el mar y recoge todo clase de cosas. Y cuando está llena la arrastran a la orilla, y se sientan para echar lo bueno en cestos, y lo malo tirarlo fuera. Así será el fin del mundo: saldrán los ángeles y separarán a los malos de entre los justos y los arrojarán al horno del fuego. Allí habrá llanto y rechinar de dientes.

¿Habéis entendido todo esto?

—Sí —le respondieron.

Él les dijo:

—Por eso, todo escriba instruido en el Reino de los Cielos es como un hombre, amo de una casa, que saca de su almacén cosas nuevas y cosas antiguas.

Comentario

Jesús compara el Reino de los Cielos con un tesoro escondido bajo tierra. La reacción del hombre que lo encuentra no parece la más virtuosa, porque oculta su hallazgo al dueño del campo y empeña sus bienes para comprarle el terreno y quedarse con el tesoro por añadidura. Sin embargo, con la ambiciosa reacción del personaje de la parábola, Jesús subraya por contraste el enorme valor que tiene el Reino de Dios, un tesoro cuyo descubrimiento debería llenarnos de alegría y también de un decidido afán por hacerse con él.

En realidad, el tesoro del cristiano —o la perla preciosa a la que se refiere la siguiente parábola—, es Cristo mismo, que nos ofrece su amor y su amistad; por quien vale la pena posponerlo todo en la jerarquía de nuestros afectos e intereses. San Josemaría explicaba este sentido de la parábola así: “El tesoro. Imaginad el gozo inmenso del afortunado que lo encuentra. Se terminaron las estrecheces, las angustias. Vende todo lo que posee y compra aquel campo. Todo su corazón late allí: donde esconde su riqueza”. Y añadía entonces el Fundador del Opus Dei: “Nuestro tesoro es Cristo; no nos debe importar echar por la borda todo lo que sea estorbo, para poder seguirle. Y la barca, sin ese lastre inútil, navegará derechamente hasta el puerto seguro del Amor de Dios”.

El Papa Francisco identificaba también el tesoro del campo con el amor de Jesús: “quien conoce a Jesús, quien lo encuentra personalmente, queda fascinado, atraído por tanta bondad, tanta verdad, tanta belleza, y todo en una gran humildad y sencillez. Buscar a Jesús, encontrar a Jesús: ¡este es el gran tesoro!” (…) Puedes cambiar efectivamente de tipo de vida, o bien seguir haciendo lo que hacías antes —aclara el Papa— pero tú eres otro, has renacido: has encontrado lo que da sentido, lo que da sabor, lo que da luz a todo, incluso a las fatigas, al sufrimiento y también a la muerte”.

Jesús compara el Reino de los Cielos, a su vez, con una red barredera que abre sus brazos a todos sin distinción. Y al final, todos pasan también por un examen, un juicio, como el que hacen los pescadores con los peces en la orilla, para desechar los que no son buenos. Esta parábola es por tanto una metáfora del fin del mundo, del juicio final que precede a la posesión definitiva del Reino por parte de quienes lo han merecido durante su vida. La parábola de la red barredera se relaciona además con las anteriores del tesoro y la perla: precisamente porque el Reino (el amor de Cristo) es tan valioso como un tesoro o una perla finísima, por eso también se nos pedirá cuentas de cómo lo hemos buscado y amado en esta vida: “Que busques a Cristo. Que encuentres a Cristo. Que ames a Cristo”, solía recomendar san Josemaría a quienes trataba, animándoles a poner afán generoso en su amistad con Cristo, en su amor por Él.

“Es de notar —señala Santo Tomás de Aquino— que la bienaventuranza se otorga en proporción a la caridad y no en proporción a cualquier otra virtud”. En definitiva, la mejor forma de comprar el tesoro en el campo o la perla preciosa, lo que nos hará realmente buenos peces, será nuestro amor a Dios y a los demás. Y de eso se nos juzgará: “a la tarde —escribió san Juan de la Cruz— te examinarán en el amor; aprende a amar como Dios quiere ser amado”

Fuente: opusdei.org